Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

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Recuerdos,esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba yatormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raroexamen de conciencia. El bien y el mal de cuanto había hecho se leaparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismotiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio yconfuso, triunfos y derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio ymil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento quelos ligase, en un porvenir nebuloso.

Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto enaquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir loque bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabraescrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de loque entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente erasimultáneo no podrá menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que élinteriormente se hablaba, carecía de conclusión y de principio y semanifestaba todo a la vez.

Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel alos treinta y cinco años de su edad se había refugiado en el claustro.Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó endefensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.

Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no aspirarsino a la paz, pero conoció pronto que la paz no le bastaba. Su ambicióny su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, lealejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar susatisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso quetodas las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en sucomparación, ruindad, misericordia y sombra. En la fertilidad y verdurade los campos, en las umbrías solitarias, durante las horas meridianas,cuando vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augustosilencio de la noche, en la amplitud del cielo lleno de estrellas, en elmovimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que pisaban suspies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remotoque sus ojos apenas distinguían, en lo más cercano y en lo más distante,Fray Miguel buscó la clave del misterio, quiso hallar la cifra de unnombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le revelase losobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amorquien impulsaba a Fray Miguel; Fray Miguel no consiguió nada.

Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo creado, decuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en nuestrosoídos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de losmares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio ser,buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de loinfinito. Tampoco así halló nada, sino obscuridad vacía y lúgubre.

Volvió el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando laidea de estar poseído, concibió la esperanza de poder estar obseso. ¿Eraél tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicación conseres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universoestá lleno de tales seres. ¿Por qué eran tan groseros sus sentidos queno los percibían? ¿No podría él evocarlos, formar pacto y alianza conellos y adquirir virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee lageneralidad de los mortales de su misma especie?

Cuando se paraba Fray Miguel en esta impía imaginación, solía caer en elmás hondo abatimiento, y tal vez exclamaba:

—Sin duda no me ha faltado ni la intención, ni el propósito, ni elvalor de darme al diablo; pero el diablo no me quiere y me desdeña. Yono consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estúpida. Laspuertas que defienden la mansión del milagro, ya celestial, ya infernal,están cerradas para mí. Llamo a ellas y nadie me responde.

La reacción del orgullo venía luego a levantar su espíritu y a elevarleal extremo contrario: al mayor grado de soberbia:

—Ningún demonio viene y me ayuda—decía—porque son inferiores a mí,porque no pueden darme lo que me falta, porque yo valgo más que ellos.En balde me humillo pidiéndoles que me socorran. Lo que me conviene esbuscar el camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinaciónpueden conducirme, y, desde allí, llamarlos y sujetarlos a mi mandado,no tomándolos como protectores sino como siervos sumisos.

En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban juntas enla mente de Fray Miguel, habían pasado muchos años de su vida claustral.Su orgullo no había consentido que fuese un santo, pero también suorgullo se había opuesto a que ningún poder infernal viniese a dominarsu alma, ocupada y dominada toda por su orgullo mismo.

En el espíritu de Fray Miguel había además poco briosas facultades quele habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del pensamiento,Era distraído, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo, perosin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla.

FrayMiguel, si era algo, si algo valía, era como hombre de acción, aunque supoca fortuna o su mucha torpeza le habían extraviado en el camino,encontrando sólo, cuando se cansó y se hartó de andar por él, eldesengaño más negro. Aborrecía la vida, pero tenía miedo de la muerte.Así por la época de fe en que vivía como por la natural condición de suespíritu, en la cabeza de Fray Miguel no cabía imaginar que fuera lamuerte la aniquilación del individuo, la desaparición de la persona, elolvido de todo. Él veía en el término de su vida mortal, no sueñoeterno, sino tránsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el temor deser condenado y no salvado, cuanto el humillante recelo de ser taninsignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que asíen el cielo, como en el infierno, se le hiciese poquísimo caso: se letratase con el mismo desdén con que en este mundo sublunar sussemejantes le habían tratado.

La monotonía y la uniformidad de la vida habían hecho que el tiempopareciese que pasaba con inaguantable lentitud, según iba pasando; pero,pasado ya, transcurridos los cuarenta años de convento, Fray Miguelvolvía la vista atrás y no veía el larguísimo camino que había seguido yla enorme distancia que del punto de partida le separaba. Como no teníavariedad de sucesos con qué llenar, diversificar y distinguir aquellalarga serie de años, toda ella le parecía soplo, relámpago fugitivo,desmayo y letargo que al disiparse se lo había llevado todo consigo,esperanzas y proyectos y hasta la posibilidad de forjarlos de nuevo. Lahorrible vejez había caído sobre él sin sentir. Su cabeza se habíacubierto de canas y su rostro de arrugas.

Cascada y temblona estaba suvoz, sin brío sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas. La luz heríay lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distinción, claridad y deleitelas formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofendía más quele iluminaba, estaba amenazándole con abandonarle para siempre y sumirleen tinieblas. Y ya sabía él por sus experiencias y por sus frustradosconatos anteriores, que por mucho que penetrase y ahondase en estastinieblas, no lograría romper su duro y tupido velo y bañar su espírituen el infinito y luminoso mar donde le habían dicho que se bañan lasalmas, si se reconcentran en ellas mismas y se desprenden de lo terrenaly caduco.

Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces había sido lastimosa yestéril, y, sin embargo, él daba inmenso precio a la vida. En esta bajatierra, encerrado nuestro espíritu en este cuerpo mortal y flaco, yasistido y servido por sus órganos durante breve tiempo, que huye paranunca volver, Fray Miguel entendía que era menester conquistar elrespeto, la nombradía y el valor y el mérito que por toda una eternidadhemos de poseer, siendo por ello remunerados o castigados, glorificadoso despreciados. Tan alta era la importancia que Fray Miguel daba anuestra existencia efímera y transitoria en este planeta. De muchodudaba Fray Miguel, en mucho no creía; pero, como roca, cuyo cimiento yraíz se hunde tanto en el seno de la tierra que no hay impetuosotorrente que la derribe y la arrastre, así su firme creencia en el valerde la vida humana, en este mundo, para preparación y prueba y paraconquista de otra más alta vida, se conservaba firme y arraigada en suespíritu contra todas las tempestades y contra todas las avenidas dedudas y pasiones que habían pugnado y que pugnaban aún por arrancarla deallí y por sepultarla en la vana región de los sueños.

Cuán enorme no sería el pesar de Fray Miguel, que tamaña importanciaatribuía a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba a sufin, sin que persistiese más en ella que la energía de atormentarse y dedesesperarse.

Si el Padre Ambrosio no se burlaba de él, si no se jactaba en vano, sipor medio de sus artes mágicas podía volverle la mocedad, Fray Miguelestaba seguro de que sabría aprovecharla y no perderla sin fruto comohabía perdido la mocedad pasada. Ahora tenía él más claro concepto delvalor de la vida y de los fines a que podía y debía aspirar en el mundo.La ociosa y larga meditación de sus cuarenta años de vida claustral, lasestupendas novedades y sucesos cuya resonancia había llegado aconmoverle y alborotarle en su retiro, la explicación que el PadreAmbrosio hacía de todo y de que él se había penetrado con pasmo oyendosus discursos, todo le persuadía de que se mostraba ante sus ojos elblanco a donde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de suresucitada actividad, la misión que le tocaba cumplir secundando elpropósito y cooperando al plan de la Providencia.

Con lógica inconsecuencia, Fray Miguel estaba lleno de dudas, y pormomentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscabala verdad; pero, no bien su pensamiento salía fuera de sí y se extendíasobre la faz de la tierra, todo era en Fray Miguel fe y esperanza en lossublimes destinos del humano linaje y en el papel principal y brillanteque le tocaba hacer a su pueblo. La fe del Padre Ambrosio había sidocomo llama voraz que había incendiado su alma haciéndola de luz y defuego. El entusiasmo le poseía, pero hasta entonces la envidia, nacida apar del entusiasmo, le había desgarrado el pecho y le había devorado lasentrañas. Vivir y morir en la obscuridad y en la inercia cuando tangrandes cosas realizaba el esfuerzo de los hombres, para Fray Miguel erainsufrible. Resolvió, pues, someterse a todas las pruebas y a todas lasoperaciones mágicas de que el Padre Ambrosio había hablado a fin deremozarse y de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en lalucha. La agitación y el estruendo de esta lucha penetraba en elclaustro, rompían su silencio, llamaba a la puerta de su celda y leexcitaba y le convidaba a armarse y a ir al combate. Se le antojaba aveces que resonaba en sus oídos como la trompeta del día del juicio yque le resucitaba de entre los muertos.

El portentoso poema épico que el Padre Ambrosio fantaseaba en susdiscursos iba verificándose y desarrollándose en la consistente realidadde la historia, y Fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lectordel poema, sino que anhelaba ser uno de sus héroes. Y ora fuese porseveridad de juicio, ora porque Fray Miguel no quería que ningúnindividuo descollase mucho sobre él, Fray Miguel ponía como héroeprincipal del poema a todo su pueblo, mirándole como pueblo elegido,como nuevo pueblo de Dios que había de vencer a todos los enemigos de suley, que había de arrostrar todos los peligros y que había de dar cima amil inauditas empresas.

Fray Miguel no veía ni se forjaba en la mente un campeón que todo lodirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban osurgían todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla yValencia por las comunidades y germanías, allá en su pensar sigilosoFray Miguel no estimaba mucho al joven, extranjero y ausente Emperador.Sospechaba que había de heredar algo de la extravagante locura materna yde la ligera futilidad de su padre, y que una inquietud sin propósitohabía de tejer la tela de su vida. Pero el pueblo español era grande, yde su seno surgirían adalides que venciesen y dominasen. Ellosderrotarían al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con armastemporales y espirituales, lograrían sofocar la herejía que estabanaciendo en Alemania y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperiode Roma en los espíritus, como los antiguos bárbaros habían destruido elimperio material de Roma. España, con sus héroes y con sus santos, habíade sostener y conservar la unidad divina que informa y da vigor a lacivilización europea. Y esta civilización poderosa y benéfica había decontinuar difundiéndose por todos los climas y regiones, tierras y maresdel mundo que habitamos.

Fray Miguel había ya oído hablar con horror y sabía las audacias delfraile Martín Lutero y sus propósitos infernales; pero, en el fervorosoespíritu de Fray Miguel, estaba ya la convicción profunda de que Dioshabía suscitado en España un gigantesco contrario al sajón heresiarcapara arrebatarle sus conquistas. Entre tanto seguían extendiéndosemagnificándose las de nuestra fe y nuestras armas en los más apartados yhasta entonces inexplorados países y entre gentes infieles y selváticas,alucinadas por el demonio y entregadas a crueles supersticiones y amonstruosos y nefandos ritos. A esta difusión de la luz y de la verdad,aunque más por medio de las armas que por medio de vanos discursos, seconsideraba llamado y predestinado Fray Miguel, en cuanto el PadreAmbrosio realizase en él el prometido milagro de remozarle.

Fray Miguel acudió, pues, a la celda del Padre Ambrosio, resuelto atodo, y en la noche y en la hora convenidas.

-X-

El Padre Ambrosio estaba aguardándole. Saludó a Fray Miguel con una leveinclinación de cabeza, y sin decir palabra, le indicó que le siguiese.Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cámara que yaconocemos.

Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Sólo había tresobjetos que por su novedad llamaron en seguida la atención de FrayMiguel. En la chimenea, en vez de no haber más que rescoldo y cenizas,ardía bastante leña que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unastrébedes se veía una retorta de cobre donde empezaba a hervir unlíquido. El tubo encorvado, con que terminaba la cobertera de aquelpequeño alambique, iba a parar a una urna de vidrio suspendida en lapared y llena de agua clara. Dentro de la urna o refriante se veían lasroscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra aparecía fuera dela urna en su parte baja.

No lejos de la chimenea estaba por el suelo un féretro abierto y vacío.Y por último, ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde habíade reposar la cabeza la persona que en el féretro se encerrase, estabael hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discípulo del PadreAmbrosio.

Encarándose este con Fray Miguel, apenas dejó caer la compuerta pordonde había entrado, le dijo con gravedad solemne:

—Si fuera lícito valerse de palabras sagradas, aplicándolas a loprofano, con el único propósito de hacerse entender mejor, yo meatrevería a decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirteomnímoda confianza en mí, que yo soy resurrección y vida, y que si creesen mí, vivirás, cuando mueras.

—A todo estoy dispuesto. Mátame, si es necesario o conveniente anuestros fines.

—A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te dé hade ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien lapierde no es dada aún, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramentenatural y humana. Y yo, conviene que así lo entiendas, no acudo niquiero ni puedo acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios.Mi magia es toda natural y lícita, aunque es de dos maneras: la que sefunda en el conocimiento de hierbas, de drogas y de otros recursosenteramente materiales, en la cual está instruido el hermano Tiburcio,que como ves ha venido a ayudarme, y la magia superior, incomunicable ypura, cuyo poder estriba en el centro del espíritu, en el ápice de lamente, en la raíz misma por donde nuestro limitado pensamiento, no sólotoca, sino está asido a lo infinito. De esta más elevada ciencia, aunquetodavía natural y nada más que humana, el hermano Tiburcio tiene pocasnociones. Yo sólo soy aquí quien la posee. De ella depende el éxito demi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el éxito porseguro, reconozco modestamente que puede engañarme el amor propio. Siasí fuese, si el amor propio me engañase, yo te mataría sin querer, perote mataría. Ya ves a lo que me aventuro. ¿Quieres tú tambiénaventurarte?

—Quiero—contestó sin arrogancia y con tranquilidad Fray Miguel.

—Para el rejuvenecimiento—continuó el Padre Ambrosio—que ha deverificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no seamuerte. ¿Te sometes a ello?

—Me someto.

—Pues bien, dentro de poco te sumiré en letargo profundísimo; elhermano Tiburcio y yo te ungiremos las sienes y la frente con unprecioso bálsamo, te tenderemos y te encerraremos en ese féretro quemiras abierto en el suelo; y al cabo de poco, si no son falsas misteorías, aunque nunca corroboradas aún por la experiencia, así como lacrisálida rompe la tela que la envuelve y sale convertida en mariposa,aparecerás tú, mozo robusto y capaz, si tienes brío en el alma, deacometer y de dar cima a las empresas más arriesgadas y espantables. Veocon satisfacción que estás muy animado. Ya no dudo de tus bríosespirituales. Pero, aunque el espíritu sea fuerte, la carne flaquea, yes menester que se fortalezca tu mísera carne. Así, antes de remozarte,a par que sientas el deseo en el alma sentirás en tu cuerpo debilitadoya por los años el prurito de que se remoce. Para ello has a tomar unapoción preparatoria, sabiamente compuesta de substancias eficacísimas,con tal habilidad y tino combinadas y templadas que no se neutralizansus encontrados efectos, sino que se armonizan y conspiran todos almismo fin.

Dirigiose entonces el Padre Ambrosio, hacia un ángulo de la estanciadonde había un pequeño velador y sobre él una bandeja, un jarro y unaancha copa de plata. Llenó luego la copa del líquido que el jarrocontenía, y llamando a Fray Miguel y dándosela para que bebiese le dijo:

—Con esto se fortalecerá tu cuerpo y se hará apto para las operacionesulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composición entran el nepenthes que dio Elena a Telémaco para disipar su melancolía; la flordel cáñamo de la India; el soma o licor divino de los antiguosbrahmanes; el hongo de Siberia que infunde furor bélico, y el zumo delas mandrágoras, con que Lía amó y deseó con mayor vehemencia a Jacob yse hizo de él amada y deseada.

Fray Miguel tomó la copa, y, casi de un solo trago, apuró todo el licorque contenía.

El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en silencio,aproximó un taburete e indicó por señas a Fray Miguel, que en él sesentase. En seguida tomó en los dedos cierto linimento oloroso, quehabía en un pomito de vidrio, y ungió con él lo más alto de la cabeza,la frente y las sienes del fraile.

Mientras se verificaba la untura, el Padre Ambrosio, recitó no cortaserie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje exótico y puntomenos que inaudito. Al extraño son de aquellas palabras, o acaso porobra del linimento, Fray Miguel imaginó que todo brincaba y giraba entorno suyo con rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo seestremecían y amenazaban derrumbarse, y que el edificio no estaba paradoy fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el espacio sinlímites.

Por dicha, cesó pronto en el cerebro de Fray Miguel, aquel a modo demareo. Y, terminada también la serie de conjuros ininteligibles, oyó queel Padre Ambrosio le decía:

—No es todo alucinación mental lo que acabas de experimentar ahora. Engran parte, es efecto de las palabras mágicas que he pronunciado. Nadasin embargo más natural. No receles artes ni prestigios diabólicos. Laspalabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me constaque nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando portradición oral entre varones piadosos aficionados a la magia lícita, yson palabras del idioma primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham,en Ur de los caldeos, y aun antes, en el imperio que fundó Nemrod en elcentro del Asia. La clave de este idioma se perdió siglos ha, y acaso novuelva nunca a encontrarse. Yo he oído referir que un antiguo rey deNínive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes de nuestra era, formóuna biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era ya una lenguamuerta, como el latín hoy entre nosotros. Pero los libros reunidos porAsurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de antiquísimaciudad y regio alcázar, eran ya de una época de gran decadencia, cuandoel mencionado primitivo idioma estaba corrompidísimo, y la altafilosofía que le había informado viciada y cuajada de supersticiones. Encambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, yno son signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y substancialcon los objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, laagitación y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabrasse pronuncian. Juzgo de mi deber explicarte todo esto para que no te desa sospechar que soy brujo, que me valgo de prestigios o que ando entratos con el diablo. Aunque peque yo de sobrado llano y pedestre, dirépara mayor claridad, que juego limpio.

Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de rejuvenecerse, quelas explicaciones del Padre Ambrosio le parecían inútiles y le cansaban.Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevió a dar la menor señalde impaciencia.

El Padre Ambrosio se complacía en perorar y prosiguió de esta suerte:

—Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que va aremozarte, se está verificando en ese pequeño alambique. Apenas empiecea salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudiré arecogerla en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y túla beberás sin vacilar.

—La beberé con ansia—contestó Fray Miguel—para apagar la sed de viday de juventud que me devora.

—Todavía me incumbe decirte—interpuso el Padre—que no quiero, cuandote remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves entu compañía a alguien de toda mi confianza, que sabrá, sin duda,conquistar la tuya y que vendrá a ser como tu criado, paje, escudero ysecretario todo en una pieza.

—¿Y quién va a ser ese acompañante que me designas?

—El hermano Tiburcio que está presente—contestó el Padre Ambrosio—.Más gana tiene él de correr mundo que de estar metido en su celda. Contodo, no es esta la razón que me induce a que el hermano Tiburcio teacompañe. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempreescuderos y tú no has de infringir esta ley o esta costumbre. En cuantashistorias conozco de hombres que para medrar o para divertirse yholgarse se han dado al diablo, el diablo figura después constantementeal lado de ellos como ayudante o espolique, y tú no has de ser menosaunque distes muchísimo de haberte dado al diablo. Tendrás, pues,escudero, aunque natural y humano. El hermano Tiburcio, si bien es unmozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y te valdrá de mucho. Porotra parte, yo he observado que tú eres sobrado serio y esta seriedadcontinua a la larga a ti mismo te aburriría. Importa, pues, que latemple y modere un sujeto algo cómico y jocoso, como lo será elmencionado hermano. Jovial será él, si tú saturnino, y juntos recibiréiscombinado el influjo mirífico de los dos más poderosos planetas. Hepensado además que necesito tener con frecuencia noticias tuyas,satisfacer mi curiosidad y ver cómo va saliendo esta experiencia queahora hago. En las venideras edades sé yo que inventarán los hombresmedios ingeniosos para ponerse en comunicación con la rapidez del rayo ydirigirse la palabra desde un extremo a otro de la tierra. Pero talesinventos distan mucho aún de verse realizados y de ser vulgares. Sólolos iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan desde muylejos, sin aparato alguno físico ni mecánico, sino por el arte y lafuerza del alma. El hermano Tiburcio, irá pues contigo también, para quese entienda conmigo y me informe de todo.

Y por último, si tú acometesaltas empresas, las llevas a cabo y vences y triunfas, no quiero yo quetodo esto se ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, quees un buen letrado, te acompañará para ponerlo por escrito con el mayoresmero y legarlo a la posteridad más remota.

Será para ti, válgame comoejemplo, lo que para Don Pedro Niño, valeroso y galante Conde de Buelna,fue Gutierre Díez de Games, su alférez.

A este punto de su algo prolija disertación llegó el Padre Ambrosio,cuando empezó a manar por la piquera del alambique, el líquidodestilado. Sin darse un instante de vagar, tomó el Padre la copa deplata, se acercó a la piquera, la llenó del líquido y se le dio a bebera Fray Miguel sin decir más palabra.

En silencio también, sin susto y con ansia, Fray Miguel se llevó la copaa los labios y bebió el licor que había en ella.

El efecto fue rápido y terrible. A Fray Miguel se le trabó la lengua yno pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubrió su rostro. Alos pocos instantes cayó como herido del rayo. Y

sin duda hubiera dadoen tierra de golpe, si el Padre Ambrosio y el hermano Tiburcio,apercibidos ya para el caso, no le hubiesen sostenido.

Todo el cuerpo de Fray Miguel, adquirió de súbito una rigidez más quecadavérica. No parecía ya de carne sino de madera o de barro.

El Padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaución de cruzar aFray Miguel las manos sobre el pecho.

El hermano Tiburcio tomó por la espalda a Fray Miguel. Por los pies lelevantó el Padre Ambrosio. Ambos le llevaron al féretro y allí ledejaron tendido.

Juan Valera

Las aventuras

-I-

En el año 1521 era Lisboa la más espléndida, animada, pintoresca yoriginal ciudad de Europa.

Fundada sobre varias colinas, se extendía yapor la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Lospalacios y jardines de dicha margen hacían delicioso el camino que iba yva hasta el sitio donde el rey D. Manuel el Dichoso había erigidograciosa y elegante torre, en conmemoración de que allí se embarcó Vascode Gama para ir por vez primera a la India, y no lejos el magníficotemplo y claustro de Belén, obra de singular y bellísima arquitectura.Frente del más populoso centro de la ciudad, en la opuesta orilla delrío, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado promontorio. Y desdeallí, mirando en dirección contraria a la que trae el agua, esta seextiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa bahía,capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio quesurcaban los mares.

Aquella bahía estaba concurridísima. En ella había naves inglesas yfrancesas, de Holanda y de las ciudades anseáticas, de Aragón y deCastilla, de Génova y de Venecia y de otras Repúblicas y principados deItalia. Todas acudían allí para traer telas, alhajas, primores y otrosobjetos de arte producto de la industria europea, conque satisfacer elamor al fausto de los portugueses, y para llevar, en cambio clavo ypimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas delCatay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces deCachemira, perlas, diamantes y rubíes de las montañas y de los golfos dela India, bambúes y cañas y tejidos de algodón y de nipa de Bengala,monos, papagayos y otras aves de vistosas plumas, y mil exóticascuriosidades del extremo Oriente.

La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y paseos,calles y plazas de Lisboa, tenía extraño y pasmoso aspecto por lavariedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que ibanhablando. Por donde quiera se notaban movimiento y bullicio, pero másque en ninguna parte en la Calle Nueva y Plaza del Rocío, donde estabanlas tiendas de los más ricos mercaderes, y a lo largo de la orilla, casihasta Belén, donde a la par de las quintas y de los parques habíagrandes almacenes o depósitos para las mercancías que se embarcaban odesembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas delpuerto y en otros trabajos, discurrían solícitos por donde quiera.Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo, paseaban o formabangrupos para charlar y reír, tratar de amores o promover pendencias.Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie ya a las ancas de una mula quemontaba y dirigía respetable escudero, ya en soberbios y doradospalanquines, solían llevar lucido séquito de dueñas, lacayos y pajespara mayor autoridad y decoro. Los magnates y señores ricos se mostrabancabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitivade criados y familiares de sus casas. Y el Señor Rey, que gustaba comonadie de la pompa y del aparato, salía con frecuencia en públicoformando con su lujoso y raro acompañamiento una procesión admirable. Nosemejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino déspotaoriental, soberano de cuentos de hadas o de Las mil y una noches,merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedían a veceselefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigresdomesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los más brillantesseñores de la corte, sus favoritos y validos, todos con muy elegantes yvistosas ropas y con airosas y blancas plumas en los birretes. DonManuel, que era regocijado y festivo, también se hacía acompañar amenudo de juglares y bufones, que le divertían con sus chistes y burlas,y casi nunca prescindía de los músicos, que iban tocando sonorosinstrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los sitios pordonde transitaba.

Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso júbilo enLisboa, en la hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521, enque el rey Don Manuel cumplía los cincuenta y dos de su edad, celebrandocon gran pompa su natalicio.

Terminada además la soberbia fábrica del templo de Belén, el monarcalusitano le abría y le mostraba por vez primera a su pueblo haciendocantar en él un solemne Te Deum.

Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina Doña Leonor, hermanadel César Carlos V, con más ricas y pomposas galas que nunca ycircundado de brillante y vistosa comitiva, había acudido a la iglesiapara presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.

Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en él alos convidados; porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre,no pocos se hubieran maltratado allí dentro, a causa de los miles ymiles de personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sinode otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.

La muchedumbre, pues, se agitaba y bullía fuera del templo,extendiéndose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo comoenorme mosaico de cabezas humanas.

La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos descollabanno pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en sillasde manos por esclavos o sirvientes.

A la puerta del santuario, en el atrio y también a la puerta delconvento, guardaban los caballos de los reyes y de su séquito,custodiados por pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de laguardia del Rey.

A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran número de gentes, quereían, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del órganoy el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bóvedasdel templo, salía a veces de él y se difundía en ráfagas sonoras sobrelos asistentes que se hallaban más cerca.

Apenas estaría mediada aquella fiesta, que parecía absorber enteramentela atención del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dichaatención, excitando la curiosidad general.

Por el camino de Lisboa, y abriéndose paso por entre el apiñado gentío,aparecieron en sendos y magníficos caballos, ricamente enjaezados, dosmuy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala.

Parecía uno de ellos hombre de veinticinco años de edad, de barba y ojosnegros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostrohermosísimo. En todo él había además algo de noble, raro y peregrino,como procedente de tierras extrañas, y en el gesto y en los ademanes unno sé qué de soberbio e imperativo que infundía involuntariamenterespeto.

Era el otro jinete mozo barbilampiño. Su blanco y sonrosado rostro, susojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta deun lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caían dichoscabellos en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentilextranjero la apariencia de una disfrazada andante damisela, si nohubieran mostrado que era muy hombre, la energía insolente de su mirar,su briosa apostura y el desahogo y la destreza conque manejaba ydominaba su fogoso caballo, que retenido por él hacía piernas, seencabritaba impaciente y tascaba el freno, cubriéndole de espuma.

Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a otrasquiénes eran aquellos dos galanes. Y como no faltó allí quien ya loshubiera visto, en la gran posada de la Calle Nueva, donde ellos habíanvenido a parar y donde habían declarado su condición y sus nombres,pronto pasaron estos de boca en boca, y por donde quiera se oía decir:

—Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el más granadose llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor; y el jovencito,que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda.

-II-

La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de laguardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiesepasar holgadamente por entre la muchedumbre que a un lado y a otro seapiñaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para servisto del Rey, de la Reina o de los señores y damas de la corte yalcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa.

Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de lacalle que se iba abriendo, y como estaban a caballo bien podían verlotodo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es que no semolestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si seavergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.

No salió el Rey por la puerta del templo, sino por la del atrio cercadode magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos leacompañaban.

Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la admiracióngeneral dio muestras de sí en murmullos, exclamaciones y vítores.Aquello era verdaderamente espléndido: un derroche de sedas, randas,plumas, oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos.Los rayos del sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, lasjoyas, los metales preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo lavista con fúlgidos destellos. El Rey llevaba aquel día el bonete y elestoque de honor, que le había regalado el Padre Santo y que sólo sacabaen las más solemnes ocasiones. La Reina Doña Leonor, muy bizarra ylujosamente vestida y tocada, cabalgaba a la derecha del Rey. Lesseguían y lo circundaban las principales damas de la corte y muchosegregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por armas yletras.

El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un prodigiopara enterarse de todo a escape. No sabemos, si sólo por naturaleza opor virtud de la magia que había estudiado, gozaba de pasmosa aptitudpara averiguarlo todo; para reconocer a los sujetos notables, aunquenunca los hubiese visto; y para narrar la historia de cada uno hasta ensus más insignificantes pormenores.

Además de esta habilidad, poseíaotra más rara aún, que en lo sucesivo valió de mucho a su señor, Miguelde Zuheros. Tiburcio de Simahonda era, en aquella edad, aunque en gradomás eminente, lo que ha sido en la nuestra el célebre CardenalMezzofanti. Ya fuese empleando un método ingenioso y secreto o caminandopor ignorados atajos, ya fuese por preciosa capacidad nativa, ello esque Tiburcio a los dos o tres días de oír hablar cualquier idioma, sepenetraba de su organismo, se enseñoreaba de sus formas y leyesgramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto había de esencial yde radical en su léxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente ycon muy buena pronunciación, como si no hubiera hecho otra cosa en todasu vida.

Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que sabía su doncel, en aparienciacon tan poca edad que apenas le apuntaba el bozo, se daba a sospechar sisería más viejo que él y si estaría como él remozado o si de cualquieraotra suerte habría vivido largas y sospechosas vidas anteriores.

Miguelde Zuheros, sin embargo, no persistía en cavilar sobre estas cosascuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacergala de su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberlaadquirido por medios y caminos, no raros y reprobados, si no lícitos yvulgares.

En aquella ocasión Tiburcio dio pruebas de lo bien que se enteraba detodo, señalando a su señor los más conspicuos caballeros y las másgarridas damas, que en aquella procesión se parecían, y diciendo susnombres, sus cualidades y su historia.

Nadie llamó tanto la atención de Miguel de Zuheros, como una dama muyhermosa y muy joven que iba cerca de la Reina.

—Esa es—dijo Tiburcio—la señora doña Sol de Quiñones, íntima amiga yfavorita de la Reina, y nieta de aquel famoso y enamorado D. Suero quesostuvo el Paso honroso en el puente de Órbigo. Ya ves que es muy bella.Su beldad, no obstante, queda eclipsada por su discreción, por sutalento, por sus virtudes y por la ingenua candidez de su carácter.Cuantos la tratan se prendan de ella y se hacen lenguas en su elogio.

Al contemplar tanta pompa y hermosura, Miguel de Zuheros sentía vivaimpaciencia de darse a conocer y de ser presentado en la corte. Pensandoen cómo lo conseguiría de la manera para él más favorable, vio pasar lacomitiva toda.

Aún salía mucha más gente del templo, y nuestros dos aventurerospermanecieron parados para verla salir.

Ya de los últimos, apareció un pequeño grupo que montó a caballo a lapuerta del templo y que pasó muy cerca de Miguel de Zuheros, excitandosu curiosidad. Tiburcio la satisfizo diciéndole:

—Esos dos galanes, que van como cautivos al lado de las damas, sonPedro Carvallo y Ramón de Acevedo, valientes soldados de fortuna ambos,que han vuelto de la India con más oro que pesan. La graciosa morenita,que ríe a carcajadas y se zarandea y se mueve come si estuviera hecha derabillos de lagartijas, es la muy ponderada ninfa gaditana, conocida yaen gran parte del mundo, con el extraño apodo que su compañera le hadado. La llaman Teletusa la Culebrosa, en conmemoración de la Teletusaantigua y clásica, a quien celebra Marcial en uno de sus epigramas porlo bien que bailaba, repiqueteaba las castañuelas y hacía otrosprimores. La principal figura del grupo, y por serlo la he dejado paralo último, es nada menos que donna Olimpia de Belfiore, una de las másartísticas, hermosas, sabias y elocuentes mujeres, que ha producidoItalia en nuestros días, en que renacen, más allí que en otras regiones,la antigua cultura greco-romana y las ciencias y artes de amor, de paz yde guerra. Atraída donna Olimpia por la trascendente fama del esplendory de la riqueza de esta capital, ha venido a ella, hará dos semanas, encompañía de su amiga y en cierto modo discípula, la de Cádiz, a quien hadado el nombre que ya te he dicho de Teletusa. Porque es de saber, quela tal donna Olimpia, lejos de ser una hembra adocenada, tieneportentoso ingenio y despunta por su mucha doctrina. En Italia lacelebran de mirabilmente colta. Sabe latín como Nebrija; sabe tambiénalgo de griego; ha leído los poetas e historiadores antiguos y clásicosy los de su patria, y entiende tanto de cuanto hay que entender, quepasa por un Pico de la Mirándola o por un Fernando de Córdoba, confaldas.

A este punto de su perorata llegaba Tiburcio, cuando donna Olimpia y losque le acompañaban pasaron casi tocando con Miguel de Zuheros, el cualpudo ver bien y de frente a la dama. Estrella de amor le pereció y deprimera magnitud y deslumbrante brillo. Sus cabellos relucían como orocandente, suponiéndose que se los adobaba y doraba con cierta locióncosmética de muy pocos conocida, y usada también por la famosa LucreciaBorgia, Duquesa de Ferrara. Tanto hubo de ser así que no faltó en aqueltiempo quien asegurase, que el precioso rizo que tenía Pietro Bembo enel principio de su ejemplar de Lucrecio, donde está la invocación aVenus, rizo que se conserva aún en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, noera de la Duquesa de Ferrara, sino de la tal donna Olimpia. Sea de estolo que se quiera, lo que nos importa añadir aquí es que el aspecto,ademán y entono de donna Olimpia estaban llenos de reposada majestad. Desus años no sabemos qué decir. Como las deidades mitológicas, como losseres inmortales, su edad era problemática; era casi un misterio. Sediría, no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el meridianode su belleza y de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba ysentada sobre blandos cojines en elegantísimo sillón o jamugas, semejabauna emperatriz en su trono.

Al encararse con Miguel de Zuheros, mirándole de frente, le hizo bajarlos ojos deslumbrado por la viveza de aquel mirar y por la fuerzamagnética de aquellos ojos verdes o glaucos como los de Minerva, Medea yCirce, y que podrían compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas.

Donna Olimpia era alta y bien formada, pero, más que esbelta, amplia yexuberante sin perder la gracia y el hechizo, como las ninfas y diosasque pintaba Tiziano Vecelli.

Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosiguió su arenga diciendo:

—Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad quetiene. Quizá sea como la hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza yenamoraba y seducía a todos los hombres. Su hermosura, sustancial oaparente, no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se complacióen retratarla en un cuadro delicioso. Ella está figurando a Venus, conla ligereza de ropas que tal figuración requiere, pero en su soberbiacabeza lleva el morrión penachudo, y a sus pies tiene por tierra latruculenta espada de Marte. Por dichas prendas, que le ha entregado elDios de la guerra que está allí contemplándola en éxtasis, le entregaella un travieso amorcito, que tiene cogido por las alas y que ha sacadode una jaula, donde quedan aún presos otros varios hermanos suyos.Paréceme, señor Miguel, que no os disgustaría que os regalase o vendiesedonna Olimpia alguno de los mencionados hermanos.

Interpelado así bruscamente, contestó Miguel de Zuheros:

—Déjate de eso ahora. En asuntos más graves debemos ocuparnos y másgloriosas empresas nos conviene acometer. Dime, sin embargo, pues no teniego que soy curioso, algo más que sepas de donna Olimpia.

—Poco más puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere, no hahabido, en lo que va de siglo, mujer más victoriosa. A sus pies hanestado príncipes y duques, guerreros invictos, acaudalados mercaderes ylaureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el Aretino,Sannazaro y muchos más cuyos nombres no acuden a mi memoria. En ciertafarsa o representación alegórica, en el palacio de Alejandro VI, hizouna vez la figura de la Justicia, con la balanza en su fiel, pesandoméritos y repartiendo premios según a cada uno le tocaba. Se cuenta, porúltimo, que donna Olimpia, allá en su primera mocedad, se lució una vezen la academia platónica de Florencia, pronunciando un sublime discursosobre el amor, que oyó Marcilio Ficino, ya viejo, y quedó embelesado deoírle.

—Vamos, vamos, no me cuentes más de esa mujer. Basta con lo que hasdicho para comprender que es la más desvergonzada de las aventureras.

Terminada aquella conversación, Miguel de Zuheros y su doncel soltaronlas riendas a sus caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para notropezar con la muchedumbre que atajaba el paso, se dirigieron a laPlaza del Rocío, para ver de nuevo la procesión o pompa regia, que debíapasar por allí. En seguida, según estaba anunciado, la procesión subiríaa iglesia del Carmen, edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza,y donde se ven y persisten aún sus ruinas, después del terremotohorrible que la destruyó en 1755.

En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de losDolores, de quien era el Rey muy devoto y a quien iba a presentar ricaofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes triunfos que lasarmas portuguesas habían alcanzado en Ceilán y en otras islas másremotas.

-III-

La procesión iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y Tiburcio notuvieron que apresurarse para llegar a la Plaza del Rocío antes de quela procesión llegara.

Poca gente había aún en dicha plaza, en uno de cuyos ángulos se pararonnuestros aventureros.

Todo en torno estaba sosegado. El escaso públicohablaba en voz baja y hacía poco ruido, pero de súbito todo cambió deaspecto, levantándose allí cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba adonde el tumulto había empezado: unas personas para tomar parte en él ypor curiosidad otras.

Un anciano de venerable aspecto, de blanca yluenga barba, vestido de negro a la italiana, y acompañado sólo de otrode menos edad, que parecía ser su familiar o secretario, estaba rodeadode hombres y mujeres del pueblo, de esclavos negros y de muchachuelosvagabundos, que en ademán hostil le insultaban y amenazaban a gritos,llamándole marrano, enemigo de Cristo y perro judío.

Sin provocar más la furia del populacho, y sin tratar tampoco de huir,el anciano miraba con serenidad y calma a los que le ofendían,manifestando en sus miradas, no indignación, sino dulce y resignadatristeza.

Aquel grave modo de sufrir la injuria, así como el valor pasivo de queel anciano daba pruebas, contuvieron por algunos momentos la furia delpopulacho. Los gritos no obstante de perro judío y de marrano, que losmás desaliñados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaronlas malas pasiones. Todavía quedaba alrededor del denostado, un claro ovacío no pequeño; pero el círculo se iba estrechando, y era de temer,era casi seguro, que pronto las ofensas de palabra iban a convertirse enrudas ofensas de hecho. Ya algunos pilletes y mujercillas habíandisparado contra el anciano desperdicios de berzas y frutas, y alguientambién había escupido sobre él, aunque sin tocarle.

Un mulato, el más insolente de la chusma, avanzó hacia el anciano con lamano levantada como para darle en el rostro. El anciano permanecióimpasible e inmóvil, apoyado en la larga bengala que le servía debáculo; pero su secretario o familiar, más joven y robusto, perdiópaciencia, se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudió tan fuertepuñetazo, que lo derribó por tierra.

La ira popular rompió entonces todo freno. Hombres, mujeres y chiquilloscayeron sobre los dos, al parecer forasteros y judíos, y sin duda loshubieran despedazado, si no acuden muy a tiempo Miguel de Zuheros yTiburcio, abriéndose paso por entre la alborotada y amontonadamuchedumbre y sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas,aunque procurando que fuese de plano, para no causar heridas ni muertes.

Sorprendida y asustada la turba por aquella súbita e imprevistaintervención, retrocedió no poco, dejando despejado un largo trecho entorno de los forasteros inermes, delante de los cuales se pusieronprontos a defenderlos los otros dos forasteros a caballo.

El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremetió contraMiguel de Zuheros y Tiburcio, yendo algunos de los que acometían armadosde garrotes y de puñales.

Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de éxito fatal paranuestros dos héroes, si de repente no hubieran recibido el socorro de ungallardo mozo, más joven en apariencia que Tiburcio, a caballo también,elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas realesbordado en la sobreveste, manifestando así que era mozo fidalgo o meninode la cámara del Rey.

Su nombre corrió entonces de boca en boca entre la plebe. Era elsimpático Damián de Goes, que privaba mucho con el soberano.

Por lo pronto tuvo esto a raya a la multitud, pero no faltó quien lairritase, y empezó entre los tres caballeros por una parte, y siete uocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y por otraparte la desarrapada muchedumbre, una muy reñida escaramuza, que hubieraterminado en tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la cólera detodos, parándolos atónitos y respetuosos el resonar de los clarines y elestruendo jubiloso de las aclamaciones que anunciaban la entrada en laplaza del Rey y de su comitiva.

Aunque la lucha cesó, no cesó tan a tiempo que el Rey no se enterase deella. Y mandados por él, se adelantaron algunos soldados de su guardia,rompieron por medio de la apiñada multitud y llegaron al centro mismodonde se hallaban los que dieron ocasión al alboroto.

Damián de Goes, haciéndose seguir de Miguel de Zuheros, de Tiburcio y delos dos forasteros desconocidos, llegó donde estaba el Rey y le refiriótodo el suceso.

Dirigiéndose el Rey al anciano desconocido, le preguntó:

—¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la alegría yla paz de Lisboa en ocasión tan solemne?

Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lenguaportuguesa, el anciano contestó al Rey:

—Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años de mivida. Las saudades de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo aVuestra Alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver aPortugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque másabrumado por los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer enPortugal muy poco tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese,descubriendo y divulgando mi nombre, mi religión y mi casta, tanaborrecida hoy en España toda. Por desgracia no ha sido así.

Interesadosenemigos míos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgode que soy israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sidovíctima, si estos nobles caballeros no me socorren.

—¿Y cuáles son tu condición y tu nombre?—preguntó el Rey.

Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el anciano.

García de Resende, que acompañaba al Rey y no estaba muy lejos, seacercó entonces y dijo:

—Bien puede Vuestra Alteza estar satisfecho de que este anciano hayaquedado libre de toda injuria. No sólo es portugués, sino uno deaquellos portugueses que dan más gloria a Portugal en esta nuestra edadpara Portugal tan gloriosa.

Y dirigiéndose luego al anciano y alargándole la diestra para estrecharamistosamente la suya, añadió el ínclito trovador:

—¿Te has olvidado acaso de mí y del amistoso lazo con que nos unimos enRoma y de las largas pláticas que allí teníamos, cuando estuve yo comoSecretario de la pomposa Embajada de Tristán de Acuña?

—¿Cómo había yo de olvidarme de García de Resende?—respondió elinterrogado—. Yo no podía olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyoCancionero además, regalado por él, hace mi delicia y me vale,leyéndole, para conservar y perfeccionar en mi alma la lenguaportuguesa, que fue la primera que hablé.

—Pero a todo esto—exclamó el Rey con impaciencia y encarándose con elanciano—tú no acabas de decirme quién eres.

—Perdona mi tardanza, señor.

Y añadió luego, echándose a los pies del Rey:

—Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor Alfonso V elAfricano. Yo soy Judas Abravanel, más conocido hoy en el mundo con elnombre de León Hebreo.

Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos de lacomitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle yaplaudirle. Sus discretísimos Diálogos de amor eran muy admirados enla corte. La Reina, la Infanta doña Beatriz y otras muy sabias señorasse deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofías.Todas, pues, se dieron el parabién de que León Hebreo no hubiera sidogravemente ofendido.

El Rey, no sin meditar para mejor ocasión algo en desagravio y obsequiode León Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie leacompañasen y le escoltasen hasta su posada.

Aunque Damián de Goes había dicho al Rey los nombres de los dosaventureros castellanos que habían tomado la defensa del ilustrefilósofo israelita, el Rey, por distracción fingida o verdadera, y acasopor estar depriesa, no les dirigió la palabra y aparentó no fijar laatención en ellos. Conocedor de las más notables alcurnias y casas de lanobleza castellana, los apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron maly sordamente en sus oídos.

Harto contrariado se sintió de esto Morsamor. No valía la pena deremozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitando oresurgiendo a nueva vida para que le desdeñasen y le hiciesen tanpoquísimo caso como en la vida antigua. Un reniego, apenas articulado,brotó de sus labios. Morsamor, no obstante, se repuso y disimuló suenojo, pero Tiburcio no dejó de notarlo y le dijo en voz baja:

—No pierdas paciencia, y ya verás cómo pronto te es propicia lafortuna.

En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le eransimpáticos, o para mitigar el desdén o descuido del Rey, Damián de Goesestuvo afabilísimo con ellos y los movió a seguirle a la iglesia delCarmen, en pos de la comitiva del Rey.

Contrariado y triste se mostraba Damián de Goes, que era muy humano ybenigno, de la feroz conducta que había tenido la plebe lisbonense conJudas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judíosque pocos años antes, siendo él todavía muchacho, había hecho la plebede Lisboa, fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada pormarineros de diversos países de cuantos barcos estaban anclados en elTajo. Tres días duraron el saqueo y la matanza. Más de quinientos judíosmurieron quemados, y degollados cerca de dos mil. El hedor de la carnechamuscada, de los cadáveres insepultos y de la sangre corrompidainfectaba el aire.

El Rey Don Manuel el Dichoso se hallaba entonces enÉvora. Cuando volvió a su capital castigó, severamente justo, tan cruelinfamia, haciendo ahorcar a varios de los amotinados y a dos o tres delos frailes instigadores. Los judíos portugueses, y no pocos de losexpulsados de Castilla que en Portugal se habían refugiado, con mayorrecelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que pudocausar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en público en díasde fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia había sido lade León Hebreo.

Pensando casi en alta voz, y según iban subiendo a la iglesia delCarmen, el futuro historiador del Rey Don Manuel, más excitado por elamor de la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenabala ferocidad de sus compatriotas contemporáneos así contra los judíos enPortugal como allá en la India contra las diversas gentes, musulmanas ygentiles, que iban venciendo y sujetando.

Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damián de Goes, procuró consolarlediciendo de esta manera:

—No os apesadumbréis tanto, mi buen señor, por lo tremendos y ferocesque suelen mostrarse en el día los hombres de esta península, engreídospor sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sinpiadoso designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que seanlas naciones de Aragón, Portugal y Castilla las que prevalezcan ydescuellen en esta edad, todavía algo bárbara y de costumbres pocosuaves. El sentimiento y la creencia de la fraternidad y de la igualdadhumanas están más hondamente arraigados y grabados en el corazón y en lamente de los pueblos del Mediodía de Europa que en el corazón y en lamente de los pueblos del Norte. No hay castellano, ni portugués, que sejuzgue de una raza superior; que deje de tener por hermanos suyos a losdemás hombres; pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y porrobar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyenteceloso a infligir duras penas temporales con el intento y buen propósitode sacar del poder del diablo y de libertar de las penas eternas a losque están dados al diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dichotiene inconvenientes enormes, pero aún sería incomparablemente peor sifuese un pueblo más soberbio quien hoy predominara. Dentro de dos o tressiglos, cuando el corazón humano se ablande mucho con la cultura, acasosean los pueblos del Norte los que predominen sin los horrores yestragos que hoy causaría su predominio. En el engreimiento del triunfo,tendrían por evidente que eran una raza superior y nos exterminarían atodos sus prójimos no creyéndonos tales. Dentro de dos o tres siglos,según ya he dicho, la culta filantropía no consentirá tan horrible caso.Lo más que podrá ocurrir, será que con su desdén orgulloso abatan yhundan en la abyección a los pueblos de que se enseñoreen, y que talvez, predicándoles y enseñándoles doctrinas religiosas contrarias a lafe católica, sin el esplendor artístico y sin la pompa de sus ritos ycon un concepto tremendo y duro de la justicia divina, no templada porla misericordia, entristezcan y desesperen a sus catecúmenos y los haganmorir de aburrimiento. Así presumirán ellos que, sin crueldad, vandespejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta para quese extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior aque pertenecen.

La extraña teoría de Tiburcio no convenció a Damián de Goes, pero lehizo reír; y si no la halló verdadera, la halló chistosa.

Morsamor, distraído y taciturno, no prestó atención a lo que Tiburciodecía.

Así llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y, encomendando suscaballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los tuvieron de labrida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el Rey y todo suséquito.

-IV-

Poco tiempo permaneció Morsamor en la iglesia. Pronto salió de ellaacompañado de Tiburcio que le seguía como su sombra.

—Yo no podía estar allí—dijo Morsamor—. Aquel ambiente me sofocaba.Me consideré reo del sacrilegio más espantoso. Fraile perjuro a susvotos imaginé que me arrojaban del santuario aquellos mismos tresángeles poderosos que armados de azotes y montados en fantásticoscorceles, arrojaron del templo de Jerusalén, para que no le profanase,al impío Heliodoro, ministro del rey de Siria.

—Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece—contestó Tiburcio—.Te atormentas en demasía. Es muy excepcional tu situación. Tú debes sertambién excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva porcompleto. Tu remozamiento casi es resurrección. Desecha remordimientosvanos. No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en elconvento de Sevilla. Cree más bien que eres el hijo de aquel fraile, quete engendró antes de entrar en la regla, y hasta que eres el nieto deaquel otro aventurero Morsamor que andaba por el mundo en el reinado deEnrique IV de Castilla.

Morsamor replicó:

—Quiero suponer que tienes razón en lo que dices. Me serenaré; meaquietaré creyéndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que meamarga y emponzoña esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: eldesdén, el menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado pormi alma, pero dejando en ella doloroso rastro como si fuese metalderretido, un abominable pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de súbitosobre ese rey presuntuoso que me desdeñaba, y le hubiese dado violentamuerte, de súbito también hubiera salido yo de la insignificanteobscuridad en que me veo y las diez mil voces de la Fama hubieranllevado mi nombre por el mundo todo.

—Menester es—interpuso Tiburcio—que deseches esa ridícula y constantepreocupación de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy causaprincipal de que no te le hagan. Tal preocupación proviene de sobra devanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quienno está seguro de su propio valer. Ora duda de él y quiere que losextraños confirmen y acrediten que le tiene; ora en el fondo de suatribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y aspira sinembargo, a imponerse, engañando al mundo. Al orgulloso, al que hace altaestimación de sí propio, poco o nada le preocupa la estimación de losdemás. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si le estiman,todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un átomo,la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles,era muy frecuente esa preocupación que tú tienes ahora. Sin duda por elafán de lucirse y de inmortalizarse, así como Eróstrato incendió eltemplo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron lacelebridad más que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria,sino por amor de la vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos.El gran satírico de Roma lo consigna en sus versos: Pocos son lostiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada ypacífica y sin violencia ni sangre. La religión de Cristo ha mitigadoeste furor de celebridad.

Acaso llegue un día en que las creencias seanmenos firmes, y entonces movidos los miserables por la sed de nombradía,volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre losdemás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildadcristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad aviniéndose conel orgullo recto y sano. Después de exclamar, con el muy elocuenteObispo de Hipona: ¡Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza deDios! , ¿quién ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan ono le hagan caso? Si ha de consistir nuestra aspiración en serperfectos como nuestro Padre que está en el cielo, ¿qué añaden a lasuma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? Elbuen imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es conrelación al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es despreciablepecador, es vil gusano, pero esa misma humillación le encumbra luego. Elhumilde Francisco de Asís sube al cielo, y, si hemos de dar fe a larevelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en elesplendoroso y elevadísimo trono que dejó allí vacante Lucifer despuésde su rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento.

Básteme concluiraconsejándote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no tehagan caso. La estimación se la da uno mismo sin necesidad de que se ladé nadie. Otras son las mil cosas materiales e inmateriales que estánfuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester buscar y hallar.Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrarás tú quiente ame.

Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio detodas ellas, pongo el dinero, y ese le tenemos en abundancia, gracias ala espléndida munificencia del Padre Ambrosio. Alégrate pues, y tenpecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrádispuesto los sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin,pues basta que te atiendas tú, sino como medio de realizar otros fines.

Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de laiglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principalhidalgo que era. Y parándose delante de Morsamor y mirándole de hito enhito con jubilosa sorpresa, le dijo:

—Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de vuestroabuelo, a quien conocí y traté hará ya medio siglo, pero cuya imagenestá grabada en mi memoria con rasgos indelebles.

Le debí primerofranca, leal y cariñosa amistad y después, la vida. Yo me llamo Duarte ysoy hijo del heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla deToro se mantuvo tanto tiempo en el castillo de Castronuño, contra todoel poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella nación, cuyonombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre deguerra era también Morsamor, fue en aquel castillo mi constantecompañero de armas. Audaces correrías hicimos a menudo en el paísenemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y volvimos nopocas veces a nuestra fortaleza cargados de botín riquísimo. En una deestas excursiones, que no olvidaré nunca, nos cercó gran golpe devillanos armados y de gente guerrera a caballo. Allí me derribaron delmío, asaz mal herido, y allí hubiera muerto yo, si Morsamor no medefiende con extraordinario brío. Él pudo rechazar por algunos instantesa los que nos cercaban, ponerme con increíble ligereza a las ancas de sucorcel, y huir conmigo a todo escape entre un diluvio de flechas y debalas. Así pudimos refugiarnos en el castillo de Castronuño. Poco tiempodespués desalojó mi padre el castillo en virtud de muy honrada yventajosa capitulación.

Siete mil florines cobró mi padre del castellanopor el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a supatria. Entonces nos separamos de Morsamor que se quedó en Castilla.Como yo le debo tanto, jamás he podido olvidarle, aunque no volví averle ni a saber de él después. Ya en aquella época era él, sin duda, demayor edad que tú ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en suscabellos y en su barba, negros como la endrina, blanqueaban bastanteshilos de plata. Morsamor era más joven, pero aparentaba tener más decuarenta años. Tú resplandeces ahora en juventud lozana. Acaso no hayascumplido aún los veinticinco. Entiendo, pues, que no eres el hijo, sinoel nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre. Permíteme quereanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la deuda demi gratitud y que estrechamente te abrace.

Morsamor se dejó abrazar y abrazó también con efusión a Duarte deMendaña, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que elbienhechor no había sido él, sino su abuelo.

—Así es mejor—dijo Tiburcio riendo y por lo bajo—. Así te triplicas yde ti mismo te forjas antepasados. Así te asemejas a cierto mercader queel Padre Ambrosio conoció en Roma, de quien contaba que se hizo retrataren escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta deaquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buenamaña se formó larga serie de progenitores ilustres.

Como quiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de Mendaña hizode Morsamor, le sirvió de mucho, allanó dificultades, disipó recelos ehizo que el Rey le hablase y le recibiese en su corte.

-V-

Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron prontoser estimados y queridos.

Las fiestas de todo género se sucedían entonces sin un momento dedescanso. El Rey quería celebrar el concertado enlace de su hija laInfanta doña Beatriz con el Duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a losembajadores de aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, lamagnificencia y el esplendor de la capital de sus dominios. El tiempovolaba sin sentir en medio de tantos deleites. Hubo brillantes saraos,festines, cacerías y giras campestres variadas y amenas.

Tiburcio, que era muy alegre y decidor, divertía y regocijaba a lasdamas y tenía con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con loshombres. Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolían otros de lainsolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a losdados.

De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio hacía,Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtenía aplausos mayores.

Muy celebrado fue Tiburcio por la serenidad y la destreza con que en unamontería a caballo, hirió con su rejón un enorme y espumante jabalí,dejándole muerto. Pero Morsamor aún fue más aplaudido, porque, encerrado coso, a caballo, y armado también de frágil bastón en cuyaextremidad había acicalado hierro, lidió y mató bravos toros entre lasentusiastas aclamaciones de caballeros y de damas.

Sin duda entonces hubo de prendarse de Morsamor doña Sol de Quiñones. Locierto es que él se prendó de ella, hizo gala de que la servía y vistiósus colores.

Cuando se dispuso que hubiese también algo a modo de justas, donde loscaballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta,corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en lasjustas y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientosamorosos que doña Sol le había inspirado.

Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía, Tiburcio hubode decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la empresano fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sinodotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notableconcisión y más bien en latín que en idioma moderno.

Tiburcio añadió luego:

—Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el día.No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que noguste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya ensu bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estasempresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con queexpresan el pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. Deaquí que varones muy doctos no han desdeñado inventarlas, sino que lohan tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro enCastilla de letras humanas, se cuenta que inventó la empresa del Rey D.Fernando el Católico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y rotopor la mano y espada de Alejandro, con un letrero que decía: Tantomonta, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde el Sr.Luis Marliani, Obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventóempresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabónde Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa larepresentación de las columnas de Hércules, con esta letra: Plusultra; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mentede quien las lee la inmensidad del Océano, las islas y los continentesincógnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por latenacidad, la osadía y la ventura de los hijos de Iberia. Empresaspolíticas son estas; pero también los galanes enamorados han solidoinventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a tise te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines.