Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda by Juan Valera - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Morsamor:

peregrinaciones heroicas y lances de amor y

fortuna de Miguelde Zuheros y Tiburcio de

Simahonda

Por

Juan Valera

Librería de Fernando Fé

Madrid

1899

Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia

En el claustro

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X

Las aventuras

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X,XI, XII,XIII, XIV,XV, XVI,XVII,XVIII,XIX,XX,XXI,XXII,X

XIII,XXIV,XXV, XXVI,XXVII,XXVIII,XXIX,XXX,XXXI,XXXII,XXXIII,XXXIV,XXXV,

XXXVI,XXXVII,XXXVIII,XXXIX,XL,XLI, XLII,XLIII,XLIV

Reconciliación suprema

I,II,III, IV

Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia

Mi querido primo: Para distraer mis penas egoístas al considerarme tanviejo y tan quebrantado de salud, y mis penas patrióticas al considerara España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación, que no letuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios,para escribir la novela que te dedico.

Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro Fernándezde Moratín, en su Lección poética, he puesto en mi libro cuanto se hapresentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de unaépoca muy distinta de la presente, cuando era España la primera naciónde Europa. Así he procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bienescribiendo la más antimoratinesca de mis composiciones literarias.Bien puedo asegurar que hay en ella Cuanto

puede

hacinar

la

fantasía,

en

concebir

delirios

eminente:

magia,

blasón,

alquimia,

teosofía,

náutica,

bellas

artes,

oratoria,

brahmánica

y

gentil

mitología,

sacra, profana, universal historia

Y otras mil curiosidades.

Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual que doyal público resulta desabrido o empalagoso, no te negaré que he deafligirme, pero me servirá de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nadamás inocente que componer un libro de entretenimiento aunque noentretenga. Con no leerle evitará toda persona discreta el mal queinvoluntariamente pudiera yo causarle. Yo no trato de enseñar nada ni deprobar nada. Si alguien deduce consecuencias o moralejas de la lecturade este libro, él, y no yo, será responsable de ellas. Yo sólo pretendodivertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios enseñar yadoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros hombres políticos ladifícil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero en que noshemos metido.

He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos algopresuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneraciónde que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contandocuentos, aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, nien fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta queseamos ricos, indispensable condición en el día para ser fuertes. Serfuertes en el día es cuestión de lujo. Seamos pues débiles e inermesmientras que no podemos ser lujosos. Imitemos a Don Quijote, cuandoquiso hacerse pastor después de vencido por el Caballero de la BlancaLuna. Mientras que unos esquilan las ovejas y mientras que otros recogenla leche en colodras y hacen requesones y quesos, aumentando así lariqueza individual, y por consiguiente, la colectiva, nosotros, o almenos yo, incapacitados por la vejez para tan útiles operaciones,empleémonos en tocar la churumbela, el violón u otro instrumentopastoril para que se recreen las ovejas.

De pacer olvidadas escuchando

o quizás consolándose de que poco o nada les dejen que pacer losrabadanes. A fin de vivir contentos en esta forzosa Arcadia, recordemosvuestras pasadas glorias, no superadas aún por los pueblos más pujantesy engreídos que hay ahora en el mundo, y compongamos, con dichosrecuerdos y con el buen humor que no debe abandonarnos, historias comola que yo te ofrezco, la cual, si no es amena, es por su benigna ycandorosa intención, digna de todo aplauso.

Date tú el tuyo, defiéndemecon indulgente habilidad de los que me censuren y créeme siempre tuafectísimo amigo y pariente,

Juan Valera

En el claustro

-I-

En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailesfranciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en lamargen del Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen religiosoprofeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque eranatural de la enriscada y pequeña villa de dicho nombre.

No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no sedistinguía tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en elpúlpito, ni por saber mucho de teología y de cánones, ni por ningunaotra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta yseis frailes que había en el convento.

Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida ibadeslizándose allí tranquila y silenciosa, sin la menor señal ni indiciode que pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que la llevaba asu término: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie,porque Fray Miguel, aunque no era antipático, no era simpático tampoco,se daba poquísima maña para ganar voluntades y amigos, y, al parecer, nien el convento ni fuera del convento los tenía.

En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en elolvido más profundo el nombre y la vida de Fray Miguel.

Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarseesta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a taninsignificante personaje.

Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se sabráncuando esta historia termine; y otras tan generales, que bien puedendeclararse desde el principio y que voy a declarar aquí.

Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno dememoria, si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su época,haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por elpensamiento, revestido de una forma sensible, logran señalarse, pasancomo sombras sin dejar rastro ni huella en el sendero de la vida y van ahundirse en olvidada sepultura, sin que nadie deplore su muerte y sinque nadie, al cabo de pocos años, y a veces al cabo de pocos días, seacuerde de que vivieron.

Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetraren las profundidades del corazón y en los más apartados y obscurosaposentos del cerebro del personaje al parecer más insignificante, todosuele cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya quedescubrimos allí multitud de pensamientos maravillosos y de soberanasaspiraciones, y un mar tempestuoso de apasionados sentimientos, que orasean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer eimportancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella uninterés acaso mayor del que nos han inspirado los más famosos varones alsaber sus altas hazañas o al leer sus inmortales escritos.

Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores,no era escritor, ni predicador, ni por nada se distinguía. Cualquieraotro fraile de su mismo convento era más notable que él.

Antes de entrar en la vida religiosa tampoco había conseguido señalarse.Tenía ya setenta y cinco años cumplidos, y, para todos sus semejantes,no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la gransuma del linaje humano.

En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la vidapasada de Fray Miguel antes de que fuera fraile.

Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,discordias y guerras civiles, que precedió al reinado de los ReyesCatólicos, había buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder yla fortuna, y no había logrado hallarlos.

Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones,por las cuales, no siendo clérigo o fraile, podía un hombre del estadollano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos.

Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue lacapacidad o si fue la ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambicióny sus propósitos no debieron de ser pequeños si los calculamos por lasignificación del nombre que él como trovador y aventurero de armastomar había adoptado.

Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.

Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron enningún Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables,tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo, no le dieron riqueza, nivalimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en susnarraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance parareferirlas y ensalzarlas.

Dice el refrán que el lobo, harto de carne, semete fraile. Morsamor no fue como el lobo.

Morsamor no cogió la carne:apenas columbró la sombra. La desilusión, la esperanza perdida, le trajoa la vida monástica.

En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, habíacambiado todo y era menester que Morsamor también cambiase. La paz y elorden con enérgica severidad habían venido a sobreponerse a la confusióny al alboroto que estimulaban tanto la ambición y la codicia. Los falsosantiguos ideales de la Edad Media habían caído por tierra como ídolosquebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro dehierro de los nuevos soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevosideales: nuevos objetos, término y meta de la ambición humana. A susojos sólo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal religioso,que se alzaba como elevadísima y solitaria torre en medio de un campoarrasado y lleno de ruinas. Lo único que quedaba como refugio, consueloy fin de la vida de Morsamor era la religión. Hízose, pues, religiosopor no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta manera de hacersereligioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra como en elcielo.

Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por lodicho, el pobre papel que Fray Miguel de Zuheros hacía entre los demásfrailes.

Sólo Dios sabía lo que guardaba él en el centro del alma. En lo exteriorla figura inconsistente de Fray Miguel, sin color, sin energía y sincarácter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamentea desaparecer en el tiempo.

-II-

De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia einterrumpiendo la monotonía de la vida claustral, llegaban al conventonoticias vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovación en lavida social de la recién formada nación española. Los ideales, por sustode cuya ausencia se había refugiado Fray Miguel en el claustro, brotaronentonces en el suelo fecundo de España, le cubrieron todo y vinieron allamar con estrépito en su celda al desengañado solitario.

Mientras queFray Miguel vivía vida contemplativa y obscura, una vida fecunda enacciones maravillosas se había desenvuelto en toda nuestra Península,salvando sus límites y confines, y derramándose con irresistibleexpansión por el mundo todo. Los reyes unidos de Aragón y Castillahabían vencido a los portugueses en Toro, vengando la afrenta deAljubarrota; habían conquistado el hermoso reino de Granada; habíanexpulsado de Italia a los franceses, enseñoreándose de Nápoles y deSicilia. Un aventurero genovés había ofrecido llegar a Cipango y alCatay, atravesando con sus naves el nunca surcado y tenebroso mar deSargaso, y el aventurero había descubierto extensas y hasta entoncesincógnitas regiones, donde había ido a plantar la cruz del Redentor y elpendón de Castilla, dejando entrever y haciendo augurar que la tierra enque vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo lo oculto ymisterioso que hasta entonces había habido en ella, iba a revelarse y amanifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos yaragoneses.

En competencia con ellos y movidos por idéntico impulso, los portugueseshabían persistido en su casi secular empeño de navegar hasta el extremoSur de África, de ir más allá navegando, y de llegar a la India y deapoderarse allí del comercio, y de la riqueza de que hasta entonceshabían gozado árabes, persas, venecianos y genoveses.

Iba Fray Miguel enterándose vaga y confusamente de todas estasnovedades. Como era poco comunicativo no decía a nadie la impresión quele hacían; pero la impresión era profunda, acrecentando su profundidad ysu fuerza, la reconcentración y el sigilo con que en el centro de sualma lo escondía todo.

Cualquier ser humano, como no sea depravadísimo, tiene el amor de lapatria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a quepertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general que no he dehacer yo el elogio de Fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmarque le tenía. Los triunfos de su nación, el verla trocada de sociedaddesquiciada y anárquica en Potencia temida, influyente y gloriosa,lisonjeaban el orgullo de Fray Miguel y le tenía muy satisfecho yorondo. Por nada del mundo hubiera anhelado él que lo que era no fuese;que de todas las glorias, grandezas y triunfos su nación, resultasenfalsedad y sueño vano de la fantasía. Su corazón se alegraba de quefuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraña aunque frecuentecontradicción de nuestro espíritu, había en el suyo vergüenza yabatimiento de no haber contribuido a la elevación nacional de que seadmiraba y se enorgullecía. Ni con sus humildes rezos, ya en el templosolitario, ya en su mezquina celda, había contribuido Fray Miguel aninguna de las altas empresas que se habían llevado a cabo. Su corazónfalto de fe y de esperanza y su mente inclinada y torcida a no preversino lo peor, no habían podido pedir ni habían pedido al cielo loinasequible, lo absurdo, lo que no habían concebido ni en sueños,comprendiéndolo sólo al verlo en realidad efectiva. España, pobre,desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en loexterior, se había transformado de repente en la primera nación delmundo, y Fray Miguel, que en sus verdes mocedades había aspirado allenarle de su ama, como trovador y como guerrero, tenía entonces queconfesarse asimismo, en amargo vejamen, que ni como devoto fraile, conoraciones y súplicas, había contribuido a tan maravillosa transformacióny a tan no prevista ni imaginada grandeza.

Los nombres gloriosos de navegantes intrépidos, de dichosos e invictoscapitanes, de habilísimos políticos, de negociadores que sabían ganarajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos yatinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nación, todo esto,a par que halagaba el alma de Fray Miguel en lo que tenía de almaespañola y en lo que era como parte del alma superior y colectiva de supueblo y de su casta, lastimaba, hería y destrozaba su alma individual,colmándola de amargo abatimiento y de ponzoñosa envidia.

Durante muchos años, desde que se retiró Fray Miguel al claustro hastamucho después, el completo menosprecio del mundo, o sea del linajehumano en general y de su pueblo en particular, había estado en perfectaconsonancia con el menosprecio de sí mismo que Fray Miguel sentía, dedonde resultaba una tranquilidad fúnebre. Fray Miguel había estado,durante muchos años, fúnebremente tranquilo; pero el reciente altoconcepto que de su patria había formado y la consideración del valer, delas hazañas y de la gloria de los hombres que habían encumbrado supatria, se contraponían ahora al menosprecio de sí mismo que no podíamenos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma una tempestad decelos y hacía retoñar y reverdecer en ella la antigua ambición de sumocedad, volviendo a ser ambicioso con más de setenta y cinco añoscumplidos. Su corazón latía con violencia lleno de extrañas aspiracionesbajo el humilde sayal franciscano. Su corazón se agitaba en la vejezacaso con más poderosas energías que en la juventud. En su juventudhabía habido siempre algo de vano en todos sus propósitos ambiciosos:había puesto la mira en fines confusos o efímeros y poco elevados: endistinguirse en un torneo o en alguna otra empresa caballerescaatrayendo la atención y conquistando el afecto de alguna dama hermosa,encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponían, que buscaban y quealcanzaban los hombres de acción, eran más consistentes, eran más altosy no por eso menos positivos y sustanciales. El mundo, ignorado antes,había venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces nopercibida y por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religión deCristo y la civilización de Europa, llevadas par los hijos de Iberiahasta las regiones más remotas, ya entre gentes bárbaras y selváticasque separadas del resto del humano linaje no habían seguido su marchaprogresiva y hasta habían olvidado la nobleza de su origen común, yaentre los pueblos de Oriente donde persistían y florecían aún la poesíay el saber y el arte de las edades divinas, cuando entendían los hombresque estaban en comunicación y trato con los dioses y con los genios; portodas partes, entre todas las lenguas, tribus y gentes, así entreaquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y revelaciones,se habían hundido en una vida casi selvática, como entre aquellas que,combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas conlos ensueños de una exuberante fantasía, habían creado una portentosacultura, en cuya ponderación y admiración permanecían inmóviles.

Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que marchaa la conquista de una tierra de promisión, los pueblos selváticos yrudos que hacia el Occidente se habían descubierto, eran como parte dela hueste que se había extraviado en el camino y que no sólo habíadesistido de la empresa sino que la habían olvidado. Por el contrario,los pueblos que los portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente,abriéndose camino por los mares, se diría que, embelesados en el regaloy deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber ydel rico florecimiento de la antigua cultura, permanecían aún parados einertes. Misión providencial de los hijos de Iberia era sin duda sacar alos unos de la abyecta postración en que habían caído y despertar a losotros del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.

Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a losportugueses. Habían, como el gentil caballero del antiguo cuento dehadas, venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado en losdeliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde hacíamuchos siglos, la hermosísima princesa estaba dormida.

El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño, no fuea la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero larealidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran más rudos que losde ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.

Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos enItalia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos quehacia el Occidente hacían los castellanos de grandes y fértiles islas yde un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídasque no habían llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de notener animales domésticos, de no ser pastores, de vivir en un estado dehumanidad más rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y deÁfrica, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en laIndia, que renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del DiosDitirambo y las hazañas y empresas reales del Macedón Alejandro y queobscurecían las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba ysolevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le seducía, lo queejercía fascinador influjo en su ánimo y le atraía poderosamente, era eléxito de los portugueses en la India.

Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse anadie y a no desahogar confesándolo lo que tenía en su pecho, nomostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteración nicambio.

Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por persona menosnotable de lo que era, nadie advertía el cambio imperceptible y lentoque en él se había realizado. Fray Miguel estaba más retraído ysilencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensablespalabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en lavida diaria, y no sonaba su voz en más largos discursos que los de lasdevotas oraciones que rezaba en el coro.

-III-

En contraposición a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel,había en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputación desabio se extendían por toda la Península y aun trascendían a Italia y aotras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera.

Nohabía disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Eragran humanista, diestro y sutil en las controversias, teólogo yjurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que componen elmundo visible. Se suponía que de magia natural, astrología y alquimiasabía cuanto podía saberse en su tiempo, y que él además, a fuerza deestudios, meditaciones y experiencias, había descubierto grandesmisterios y secretas propiedades y leyes de las cosas creadas, de locual revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por considerarque el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad,convenientes para que pudiera confiársele sin profanación o singravísimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos, de los que sinembargo, se valía él para aliviar muchos males, corregir muchos vicios ymejorar la condición y la suerte de sus semejantes, los demás hombres.

El Padre Ambrosio había ido por orden superior y en misión secreta aRoma.

No importa a nuestra historia, ni sabríamos declarar aquí, aunqueimportase, cuál había sido el objeto de la misión del Padre Ambrosio.Baste saber que estuvo siete años en Roma, bajo el pontificado de LeónX, y que volvió a su convento de Sevilla el año de 1521 en que va aempezar la historia que aquí referimos.

A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar de laausteridad de sus costumbres, el Padre Ambrosio era benigno y afable contodos los hombres y más aún con los desatendidos y desdeñados.

De aquí que Fray Miguel de Zuheros, si de alguien había recibidomuestras de cariñosa simpatía, había sido del Padre Ambrosio, y si algolos interiores tormentos de su espíritu había revelado a alguna persona,esta persona había sido el mencionado Padre.

Durante su ausencia, pues, Fray Miguel había vivido más aislado y mudoque nunca.

Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el convento había,cuando ni los Padres ni los novicios estudiaban, meditaban o rezaban, enel extremo de la huerta donde había árboles de sombra y asientos depiedra, el Padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas quecomponían un atento auditorio, y con fácil palabra les relataba lo quellamaríamos hoy sus impresiones de viaje.

Describía el Padre elocuentemente las magnificencias de la CiudadEterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas.

El Padre Ambrosio no consideraba sin embargo a Roma comociudad-relicario, museo de antigüedades, residuo maravilloso pero inertede poderío y grandeza jamás igualados antes ni después en la historia.Roma para él había sido siempre, y entonces era más que nunca, porquevolvía deslumbrado y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujode la corte de León X, Roma era para él en realidad la Ciudad Eterna, lareina de las ciudades, la capital del mundo.

El pensamientoprofundamente católico y español del Padre Ambrosio, si no auguraba, sino se atrevía a profetizar una monarquía universal, la creía posible yhasta probable y creía ver en el giro de los sucesos y en eldesenvolvimiento que iban tomando las cosas humanas, que todo seencaminaba la formación de tan gloriosa monarquía, si monarquía podíallamarse, y no debía darse otro nombre a lo que imaginaba el Padre. Élimaginaba que el sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabezavisible de la iglesia, había de ser y era menester que fuese el Soberanoque dominase sobre toda la tierra y gobernase y dirigiese al humanolinaje como único pastor a una sola grey. Pero el Padre Santo eraprincipal ministro de un Dios de paz; en vez de cetro y espada teníacayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo sinolos espíritus: sus armas eran la bendición y el anatema. Determinandomejor su concepto, el Padre Ambrosio miraba todos los territorios, dondese había plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por elsucesor del príncipe de los apóstoles, pero gobernado por la persuasióny por la dulzura y realizando la paz perpetua. Antes sin embargo dellegar a término tan deseado, era menester el empleo de la fuerzamaterial para traer a Cristo las cosas todas, para impeler a entrar enel aprisco a las ovejas descarriadas, y para combatir, matar o domar alos leones bravos y a los hambrientos lobos que amenazaban el rebaño yque no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre Santo, pues, a pesarde su inmenso poder espiritual, necesitaba aún, y así estaba prescrito ydecretado en el plan divino de la historia, un poderoso y enérgico brazosecular que le ayudase en su empresa, que le valiese para lapacificación de la tierra toda y para lograr que Roma, al cabo,transfigurada y purificada, en nada se pareciese a la antigua Babilonia,sino a la Jerusalem refulgente, que el Águila de Patmos vio descenderdel cielo, ricamente ataviada con admirables joyas y con la vestiduranupcial y con las regias galas de la esposa de Cristo. Para el PadreAmbrosio, en suma, el Padre Santo, en nuestra Ley de Gracia, y en lanueva Era, en cuyo principio creía él vivir, parecía permanente y másdichoso Moisés, que no había de ver la tierra prometida desde lo altodel monte Nebo y allá a lo lejos, sino que había de entrar en ella ydominarla para bien de todo nuestro linaje. A este fin, el Moiséspermanente pedía al cielo un Josué activo y belicoso, cuya espadadesbaratase y rompiese las huestes enemigas y al son de cuyos clarinescayesen derribados con espantoso fragor los muros de las fortalezasinfieles, cuya poderosa hacha de armas quebrase y derribase todos losídolos y cuyo brazo infatigable acabase por plantar la Cruz del Redentoren todas las latitudes y en todas las alturas, haciendo que las gentesfieras y las más remotas y bárbaras naciones, desconocidas antes,cayesen ante ella postradas de hinojos.

Este brazo secular, este permanente Josué con que el Padre Ambrosiosoñaba, era el pueblo español y era su soberano: flamante pueblo de Diosy nuevo e inmortal caudillo que la providencia suscitaría a fin de quese cumpliesen sus altos designios, de todo lo cual la lozanía juvenil detodo Portugal, Aragón y Castilla era como signo precursor, era comoprimavera riquísima en flores, que alegraban el corazón y ya le daban enesperanza segura el venturoso y sazonado fruto.

Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que a su vuelta de Romatrajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.

-IV-

En su trato y relaciones, así con la gente seglar y profana como con lamayoría de sus hermanos los religiosos, el Padre Ambrosio de Utrera, sibien mostraba, sin vanidosa ostentación y cuando convenía, la cienciateológica que con sus estudios había adquirido y que atesoraba suinteligencia, todavía guardaba, en lo más hondo y arcano de su mente,cierta filosofía oculta que la prudencia, y tal vez compromisos ydeberes de secta, le prescribían no revelar por completo a nadie. Algosólo podía comunicar a los adeptos e iniciados, según los grados de lainiciación que tuviesen y según las pruebas que hubiesen hecho.

Con dificultad hallaba y reconocía el Padre Ambrosio en las personas conquien trataba las prendas y requisitos necesarios para la iniciación.

En el convento sólo había tres frailes con los cuales el Padre Ambrosiose entendía, uniéndolos a él por virtud de misterioso lazo y haciéndolosparticipantes con profundo sigilo de sus doctrinas esotéricas, no deltodo ni por igual, sino a cada uno según la aptitud y el vigor deentendimiento y de voluntad que en él reconocía.

No se presuma, con todo, que el Padre Ambrosio imaginase que su saberoculto se oponía en lo más mínimo a las ortodoxas afirmaciones en quepor fe creía y que forman la base de la religión de que era ministro ysacerdote.

Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmaré ni negaré yo, quehubiese o no hubiese error en el pensamiento del Padre Ambrosio. Sólodiré lo que él pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdadincontrovertible era para él cuanto está contenido en las sagradasescrituras, interpretadas recta y autorizadamente por los santos Padres,por los concilios y por la cabeza visible de la Iglesia; pero, conindependencia de esta verdad, contra la cual nada podía prevalecer, veíael Padre Ambrosio una amplia extensión, un inmenso y casi ilimitadocampo, por donde la inteligencia, la voluntad ansiosa de descubrirmisterios y hasta la fantasía creadora que forjando hipótesis tal vezlos explica y los aclara, podían volar libremente, sin ofender a Dios,antes bien, ensalzándole y glorificándole hasta donde es capaz de ellola pobre criatura humana.

Para el Padre Ambrosio la revelación era de varios modos y no acababanunca. Con frecuencia salían de su boca estas palabras que San Juan, ensu evangelio, pone en los labios de Cristo: Aún tengo que decirosmuchas cosas; mas no las podéis llevar ahora. Muchas cosas quedaban aúnpor revelar. De algunas de ellas suponía el Padre Ambrosio que él teníaconocimiento, pero este conocimiento era incomunicable, al menos para lageneralidad de los hombres, porque ahora, entonces, en el momento enque el Padre Ambrosio hablaba y pensaba, no las podían llevar, estoes, no podían comprenderlas.

Así fundaba el Padre Ambrosio su ocultismo en un texto sagrado.

Y no por eso desconocía los peligros a que se hallaba expuesto,penetrando con su espíritu por medio de hondas e inexploradas tinieblasen busca de nuevas verdades.

Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le siguieran en tanpeligroso camino los que no tuviesen valor probado y la serenidad y laelevación de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez de hallarnueva luz caer en transcendentales errores como en profundísima sima.

En la mente del Padre Ambrosio había además otro motivo que justificabala no transmisión de mucha parte de su ciencia. La palabra alada nopodía llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebrohumano a otro cerebro humano. No había frase, ni giro, ni idioma capazde expresar y de formular de modo sensible lo que el Padre suponía haberaprendido o descubierto allá en las raíces y abismos de su mente cuandotan hondo penetraba. A resurgir de allí su espíritu se figuraba quevolvía, no ya bañado, sino impregnado de luz vivísima, que sólo podíapasar inmediatamente a otras almas y no mediatamente por los sentidoscorporales y groseros. Quien anhelase poseer aquella ciencia y el poderque ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no podía adquirirla porla enseñanza oral o escrita de hombre alguno, sino descendiendo en subusca hasta los abismos donde quien la traía consigo la había alcanzado.

En suma, el Padre Ambrosio podía enseñar, y enseñaba, toda aquella partemás vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento experimentaldel organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, delinimentos y pociones; pero la potencia mágica de su alma, la fuerza quehabía tomado el espíritu en la propia raíz de su ser y con la queavasallaba las substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto nopodía transmitirse. Ni por difusión ni por intensidad cabía en estoadelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes sabía y podía másque el Padre Ambrosio. En su ciencia intransmisible no había habido nipodía haber habido progreso. El progreso, la difusión por enseñanza eradable para los menos iniciados en no pequeño conjunto de noticias, desecretos raros y de atinada averiguación de propiedades de los seres.

De los tres adeptos que el Padre Ambrosio tenía, el más adelantado erael hermano Tiburcio, humilde lego, aunque señaladísimo y estimadísimo enel convento por su ferviente piedad religiosa.

Esta piedad había hecho que en un principio mirase el hermano Tiburciocon repugnancia y hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que convaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, ladoctrina del Padre Ambrosio penetró con ímpetu en el espíritu delhermano Tiburcio, arrollando toda contradicción y produciendo allívivísima fe y devoto entusiasmo.

El mayor recelo del hermano Tiburcio se había disipado. Había pensado élque la doctrina ortodoxa debía circundar y encerrar el espíritu comofuerte muro flanqueado de eminentes torres; y temía que al salir de élel espíritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagandolos faros luminosos que en las torres resplandecían, y que el espírituentonces, perdido, sin guía y sin luz en las tinieblas, jamás volvería aencontrar su santo refugio.

A esta objeción, había contestado el Padre Ambrosio valiéndose de unsímil semejante. Así había dominado el temor del hermano Tiburcio.

—Mi fe religiosa—le había dicho el Padre Ambrosio—es sin duda comofortaleza inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en ellacobarde y ocioso, sino para que me valga como apoyo, y como centro demis más atrevidas excursiones y de mis conquistas más gloriosas por lasinmensas e ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigirun día su trono y ha de fundar su imperio. Sin duda con la fe y con elamor ayudado de los dones sobrenaturales de la gracia, el alma puedellegar hasta Dios mismo y unirse en cierto modo con él; pero mi cienciaprofana, sin contradecir la obra sobrenatural de las divinas virtudes,tiene distinto objeto, que agrada también a Dios, aunque en muy inferiorgrado. Yo no soy, ni merezco ser, un santo; pero ¿por qué no he de serun sabio, un conocedor de aquella magia, que sin ofender al cielo, sinbuscar el auxilio de genios o de ángeles réprobos y valiéndose sólo demedios naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta cienciate iniciaré yo, porque te creo capaz de estudiarla y de alcanzarla. Ybien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no se opone ni ala santidad ni a la pureza de la fe, ni a la perfección ascética ymística a que puedas elevarte.

En suma, tantas y tales razones alegó el Padre Ambrosio, que el hermanoTiburcio hubo de quedar convencido, convirtiéndose en su más apasionadodiscípulo y en su más constante satélite.

De los otros dos iniciados que tenía el Padre Ambrosio, no se fiabatanto, aunque también les comunicaba algunos de sus menos hondossecretos.

Para los demás frailes y para el resto del humano linaje no iniciado, elPadre Ambrosio jamás hablaba de su ciencia oculta, pero discurría confácil elocuencia sobre todo cuanto del saber paladino o no oculto sealcanzaba en su época, y trataba de viajes, de planes políticos y decuanto presumía que había de suceder en el mundo o que convenía quesucediese.

Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que, a su vuelta deRoma, trajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.

-V-

El Padre Ambrosio era inagotable en las descripciones y pinturas decuanto había visto en Roma y de los grandes sucesos que allí habíapresenciado o que había allí comprendido mejor por encontrarse él en elcentro del mundo.

Cada día, en el extremo de la huerta, bajo los álamos frondosos, hacíael Padre Ambrosio un largo discurso que frailes y novicios escuchaban enreligioso silencio. No siempre comprendía la mayoría del auditorio todocuanto el padre describía o contaba; pero, hasta lo menos comprendidotenía un no sé qué de peregrino y poético que deleitaba y cautivaba laatención.

Los discursos del Padre Ambrosio eran como una serie de lecciones en lascuales instruía a sus oyentes y les mostraba el estado del mundo, en laedad aquella, y contemplado todo desde el foco mismo de la civilizacióncristiana. A veces pintaba el Padre el florecimiento de las artes, yencomiaba las obras pasmosas de Leonardo de Vinci, de Rafael y de MiguelÁngel, que venían a eclipsar las obras del arte antiguo, o a competir almenos con las que resurgían y se extraían del seno de la tierra, endonde habían estado sepultadas durante largos siglos de obscuridad y debarbarie. Pugnaba el arte nuevo por imitar el antiguo, pero la misma novencida dificultad de la imitación daba ser a un arte distinto.

Algo semejante ocurría en ciencias y en letras humanas. Comentando,explicando e interpretando los antiguos filósofos, como Platón yAristóteles, se formaba una nueva filosofía, se abrían esplendidos ydilatados horizontes, y se descubrían caminos y términos con los queAristóteles y Platón jamás habían soñado. Como si la tierra de Italiaestuviese fecundada por un espíritu nuevo, hasta los prófugos de laantigua Bizancio, que habían traído como penates la ciencia y las letrasde los antiguos, las transformaban, al transmitirlas y enseñarlas a lositalianos, en algo lleno de novedad, de vida y de sugestión poderosa.Esos mismos prófugos, que sin dejar huella, mudos e inactivos, hubieranacabado en el viejo imperio de Bizancio por disiparse como sombras y porhundirse en el olvido, arrojados de su patria y en el nuevo suelo queles daba hospitalidad, habían cobrado inesperada energía, y, difundiendosu saber, cumplían alta misión civilizadora y dejaban en pos de ellos unimperecedero y luminoso rastro. En la magnífica puerta de la edadmoderna, arco triunfal que daba entrada a una nueva Era, esos hombres,escapados de las ruinas de un destrozado imperio y como exhumados yvueltos a la vida, figuraban y resplandecían ahora entre los fundadoresde nueva y mayor civilización, entre los hierofantes de la ciencia delporvenir. Bessarión, Láscaris, Teodoro Gaza, Juan Argirópulos,Chrisóloras, Jemistio Pleton y no pocos otros fueron los iniciadores ymaestros del saber antiguo y como los paraninfos que procuraron yconcertaron las fecundas bodas del poderoso genio del renacimiento y dela musa helénica.

En otros días pintaba el Padre Ambrosio el esplendor y la magnificenciade la corte de León X, a quien rendían tributo todas las naciones yprestaban respetuoso homenaje los más altos príncipes y poderososmonarcas. Dábale esto ocasión para ensalzar al pueblo y a los soberanosde España, que pasmosamente cumplían su misión de dilatar por el mundoel imperio de la fe cristiana. Entusiasmado con esto el Padre Ambrosio,pintó a los frailes la pompa triunfal con que Tristán de Acuña entró enRoma. Tal vez desde los tiempos en que volvió el andaluz Trajano deconquistar la Dacia, moviendo por última vez al dios Término para queensanchase el imperio de Roma, Roma no había presenciado espectáculo másgrandioso. Esta vez los nuevos romanos, los fuertes hijos de Lusitania,habían llevado al dios Término más allá de donde le llevaron o soñaronen llevarle Osiris, el hijo de Semele, y Alejandro de Macedonia. Lehabían llevado más allá del Indo y del Ganges. El tremendo conquistadorAlfonso de Alburquerque había recorrido victorioso los mares de Orientedesde Aden hasta Borneo; había conquistado y destruido reinos, habíahecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desdeOrmuz, emporio de Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremosur de Siam. Para capital de los nuevos dominios portugueses habíatomado dos veces por asalto a Goa, en el vecino reino de Villapor,realizando increíbles hazañas y cometiendo inauditas crueldades. Habíavisitado a Ceilán, tierra encantada de las piedras preciosas, deliciadel mundo, patria de la canela y de las perlas. El apóstol Santiago,montado en su caballo blanco, se aparecía en las más sangrientasbatallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo, para dartestimonio de la misión divina que a Alburquerque había confiado, lemostró en el cielo una gran cruz luminosa, hacia el lado de Arabia,convidándole y excitándole a conquistar a Aden, a ir luego a la Meca aincendiar y destruir el templo de la Caaba, y a dirigirse por último aJerusalem para libertar el Santo Sepulcro. La muerte sorprendió aAlbuquerque en medio de estos últimos colosales proyectos; pero antes demorir había realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel, suaugusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer al Papa de unmodo digno y solemne, y para ello le envió como embajador a Tristán deAcuña, quien había precedido a Albuquerque en el mando de la India ybajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.

De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio presenciódurante su permanencia en Roma, hizo el Padre a los frailes unentusiasta relato.

-VI-

La fama, decía el Padre Ambrosio, había anunciado por toda Italia lanovedad singular de la Embajada portuguesa. Gran multitud de forasterosde todas las repúblicas y principados de Italia acudieron a Roma.Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que seapiñaba y empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesión desdela puerta del pueblo hasta el punto en que León X debía recibirla. Era afines de Marzo: una hermosa mañana de la naciente primavera. Rompían lamarcha varios heraldos a caballo con los estandartes de Portugal.Seguían luego, a caballo también, los trompeteros y los músicos tocandoclarines y chirimías. Trescientos palafreneros, vestidos de seda,llevaban de la rienda otras tantas briosas y bellísimas alfanas,ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado y cairelesde oro. Iba en pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego todoslos portugueses, eclesiásticos y seculares, que entonces residían enRoma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos queostentaban ricos jaeces. Eran los jinetes más de sesenta hidalgos, quelucían sedas y encajes, collares y cadenas de oro y de piedraspreciosas, y en los sombreros, cubiertos de perlas, airosas y blancasplumas. Para mayor decoro y ostentación de la Embajada, marchabanenseguida muchos empleados y gentiles hombres asistentes al soliopontificio, y la guardia de honor de Su Santidad, compuesta de arquerossuizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda partede la procesión el caballerizo mayor del rey, Nicolás de Faría, quienmontaba un magnífico caballo con arreos cubiertos de oro y tachonados deperlas.

Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban lospresentes que el rey don Manuel enviaba al Papa. Con fantásticos yvistosos trajes, naires de la India, montados en el cuello de aquellosgigantescos cuadrúpedos, los iban dirigiendo. Después aparecía lo másespantoso de aquella pompa. Montado en un soberbio alazán de Persia ibaun domador de Ormuz, que llevaba a las ancas, en el mismo caballo y casiabrazado con él, un tigre domesticado.

En carros, y encerrados enjaulas, iban después leopardos y otras alimañas feroces que el rey donManuel regalaba al Papa, además de las joyas, de la canela, de lapimienta, del clavo, de las armas y de los tejidos y bordados delOriente. La Embajada venía en pos de todo esto formando un conjuntodeslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta García de Resende,recopilador del Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de laEmbajada, y le seguían los reyes de armas de Portugal con sus lucientescotas y los maceros del Papa, que precedían al Embajador Tristán deAcuña. Este, por la riqueza de su traje, por su gentil y noble presenciay por la pujanza y hermosura del corcel en que cabalgaba, dejabaeclipsados a todos los caballeros y personajes que iban en torno de élformando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de Bari, a losObispos y a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania, Francia,Castilla, Inglaterra, Polonia, Venecia, Milán y otros Estados.

Al ir desfilando esta procesión, la multitud entusiasta lanzaba sonorosvivas y altos gritos de admiración y de aplauso, mientras queestremecían el aire el estruendo de las salvas de artillería y elrepique de campanas de todas las iglesias de Roma.

El Padre Santo aguardó la Embajada y la vio venir desde el balcónprincipal de la Mole Adriana o Castillo de Santángelo, donde se parecíacercado de cardenales, príncipes y altos dignatarios. Los elefantes,cuando estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en unascalderetas de oro, que para el caso iban preparadas y llenas deexquisita agua de olor, y lanzaron luego el líquido que en las trompashabían absorbido, perfumando a la muchedumbre.

Al referir todo esto, el Padre Ambrosio encumbraba el concepto que dePortugal debía tenerse; pero, en su mente, era más alto aún el conceptoque Aragón y Castilla le merecían. El Papa Alejandro VI había repartidoy dividido el mundo entre las dos monarquías de la Península. Por lopronto, Portugal brillaba más, pero la empresa de Aragón y Castilla eramás sublime, gloriosa y difícil, y por lo mismo tardaba más enrealizarse. Ambos pueblos iban buscando la cuna de las primerascivilizaciones; los orientales alcázares del Sol, donde le recibía en sutálamo la Aurora; el imperio en que se cría la seda, y la tierra fértilde las especias y de los aromas. Los portugueses habían llegado ya,caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el Occidente,ansiosos de circunnavegar el planeta, habían hallado un imprevistoobstáculo, un valladar inmenso, un continente extensísimo que sedilataba millares de leguas, casi desde un polo a otro, y que lescerraba el camino de Cipango, del Catay y de la India. El mundoresultaba mucho mayor de lo que se habían imaginado. En la realidad, omás bien en el concepto de los hombres, era ya más que doble. Colón,creyendo hallar la India y la China, había hallado un nuevo mundo. A loscastellanos incumbía civilizarle, erigir en él la cruz de Cristo,edificar en él templos y palacios y fundar en él ciudades y repúblicas.La tarea era más ardua, aunque al principio menos lucida. Todo ello, noobstante, no se oponía, y ya el Padre Ambrosio lo pronosticaba, a que,salvado el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las quillascastellanas más largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo yencontrasen, caminando siempre hacia el ocaso, a los portugueses en elextremo Oriente victorioso.

Agitado por inspiración profética, el Padre Ambrosio predecía ya comomuy cercano, como muy próximo a realizarse este glorioso acontecimiento,el mayor y el más trascendente de la historia humana después de latempestuosa proclamación de la Ley antigua en la cumbre del Sinaí, ydespués del tremendo drama del Calvario que redimió a los hombres, y quecon sangre divina lavó sus pecados y confirmó la Ley nueva.

-VII-

Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa,oía Fray Miguel todos los discursos del Padre Ambrosio, y su alma ardíacada vez más en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, elorgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba sucorazón y tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los añosde su juventud primera.

La otra pasión era de envidia, de crecienteabatimiento, de rabia y de menosprecio de sí mismo, al considerar suobscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis decuarenta años, en los cuales se había renovado el mundo, se habíarevelado y más que duplicado a los ojos de las asombradas nacioneseuropeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado porcima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entraday largo camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Estesegundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel y le ponía mástétrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba nipor indicios el tormento infernal que desgarraba el corazón delambicioso Fray Miguel, y que para un observador perspicaz y que sintiesepor él algún afecto, se vislumbraba en su pálido y demacrado rostro, enlas muecas nerviosas y como de réprobo que involuntariamente hacía devez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos,a los cuales, así como a la despejada y blanca frente, daba casi siempresombra la capucha.

El Padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso estado delánimo de Fray Miguel y la ambición y la envidia que le devoraban y queel propio Padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente,había con sus discursos solevantado y exacerbado.

El Padre Ambrosio tuvo compasión de Fray Miguel: pensó en consolarle yhasta en curarle y anheló en esta obra de misericordia desplegar todoslos poderes que su ciencia oculta le había dado y acudir a losmisteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artesadquiridas por él a fuerza de estudios y de largas vigilias.

El Padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo en elconvento. Hubiera podido ser guardián, pero era sencillamente un frailecomo otro cualquiera. Su extraordinaria reputación inspiraba, noobstante, el respeto más profundo. Y más que el Padre guardián por sudignidad y oficio, se hacía él respetar, obedecer y temer por lassingulares prendas de su carácter, por su inteligencia, por su saber ypor los poderes sobrenaturales que se le atribuían.

Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por lacuriosidad y el empeño de penetrar en el fondo obscuro de un corazónhumano cuya profundidad vislumbraba, el Padre Ambrosio, después de unode los discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a FrayMiguel para que fuese a hablar con él en su celda.

—Tengo—le dijo—no pocas cosas que confiarle y muchas más quepreguntarle a las que quiero que en puridad me responda, sin reserva nidisimulo.

Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre completasy maitines.

El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal ardíauna lámpara que iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre másanciano que Fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanquísimale daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, además de la lámpara,había recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano,varios libros manuscritos e impresos y una calavera.

Cuando entró Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indicó para que sesentase un sillón de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al queél ocupaba.

Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habló de estasuerte:

—Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha penetradoen el tuyo y ha visto que está lleno de ambición, de codicia, de sed dedeleites, honores y poder, y de desesperación, porque en tu mocedad nopudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la másleve esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonasteel mundo y la vida activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa ymística. Mas por el pensamiento eres menos capaz de elevarte que por laacción, y ahora, al ver cuánto han conseguido por la acción los hombresde tu edad y de tu pueblo, aunque como español te enorgulleces, teacibaran el patriótico orgullo y te roen las entrañas la envidia de esoshombres y la contemplación de la obscura y estéril inercia en que tú hasvivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y queel linaje humano en las vías que sigue, trazado por el mismo Dios, sehallaba cerca del término que deseo y que considero infalible, yocondenaría esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como haymucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal vezdurante siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, yaunque renacidos tan tarde y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos,sino darles pábulo y hasta satisfacción en cuanto esté a mi alcance,valiéndome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú,he desdeñado siempre la acción material; en vez de dominar el mundo, mehe satisfecho con contemplarle, pero al contemplarle, le he comprendido,y comprendiéndole, me he enseñoreado de él con poder más amplio y máshondo y seguro que el de los más poderosos soberanos. Ellos además nodominan sino lo presente; el término de su vida ha de ser el término desu imperio. Yo hasta cierto punto domino también en el porvenir. Midominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos hayuna parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas yde plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros:no hay potencia humana que los desvíe de la senda que tienen trazadadesde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en elcielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia seenseñorea de la ley como si la impusiera, porque mi voluntad coincide entan elevado punto con la inteligencia y con ella se identifica. Dentrode esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se muevecon holgura el libre albedrío del hombre, y caben determinaciones yhechos, que nosotros podemos modificar o producir.

En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudiré a una comparación afin de que mejor lo entiendas. Figúrate que la historia de nuestrolinaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el cualni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni unasílaba, ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarsesin modificación, sin supresión y sin añadidura: tal como lo escribió elpoeta: pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escenapueda repartir a su gusto los papeles. La sabiduría eterna, que todo loprevé, previó también esta repartición, pero no la dispuso. Dejó que lalibertad humana la dispusiera. Ahora bien, yo creo, o mejor dicho, yodoy por seguro que, en virtud de mi ciencia y por los poderes que miciencia me otorga, puedo conceder o dar un papel brillante a quien mejorme parezca, aunque no ciegamente, sino después de ciertas pruebas yexamen que justifiquen mi elección y que me demuestren a las claras serdigno de ella el elegido. Las pruebas son terribles. ¿Querrás tú, podrástú someterte a esas pruebas?

En el rostro de Fray Miguel, al escuchar con atención el anteriordiscurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedían, yacoexistían, combatiendo unos contra otros por la posesión de su alma.Interrogado por el Padre Ambrosio, le contestó de esta manera:

—Me deleita y me pasma lo que dices, pero he de confesarte que entiendoalgo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de ningúnmodo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia yrecelo que el amor propio te lleve a dilatar fantásticamente sus límitesmucho más allá de donde en realidad llega su imperio. No negaré yo quetú has leído en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ellahay. No admiro, sin embargo, tu penetración. Antes de que años ha tefueses a Roma, ganaste mi confianza y lograste que te descubriera yoentonces parte de las pasiones que me agitaban. No lo has olvidado.Después ha sido fácil y es poco pasmoso, aunque yo nada te he dicho, quehayas adivinado que mi mal, en vez de remediarse, ha ido en aumento. Delo que yo dudo ahora es de que esté en tu mano dar a mi mal remedio. Nimi mal le tiene ni tú se le buscas ya por medio de la religión. Lorepugna mi espíritu cada vez más pervertido y agriado. Cuando abandonéel siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban yhalagaban ambiciosas esperanzas que también al fin se han desvanecido.En la tierra no había logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna,o por mengua de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre losdemás hombres por fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con lasenergías de mi anhelo podría yo conquistar el reino de Dios y alcanzaren él bienes superiores a todo el poder que en la tierra despliegan loshombres, a toda la riqueza de que gozan y a toda la fama y crédito queconceden. En el día de hoy estoy ya desesperado. Reconozco que todo fuevana ilusión de mi orgullo. Ignoro si es culpa mía o de mis hadosadversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca de alas paraelevarse a ciertas alturas, que no haya impulso en él para penetrar enel abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en élvalerosamente por un arranque de abnegación y por la irresistible fuerzadel amor divino. Ello es que yo, y perdóneme Dios el concepto groseroque formo de su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que,acrisolado y purificado por mil tormentos, que hacen un purgatorio de mivida, logre entrar en el cielo, haré en él tan insignificante, vil ydesairado papel como el que en la tierra he hecho. ¿Qué seré yo al ladode los santos gloriosos, de los heroicos mártires, de los que asombraronal mundo con sus penitencias, de los que difundieron por cuantos son susclimas y, regiones la hermosa doctrina del Cordero inmaculado?

En elcielo, pues, será delirio de mi imaginación perversa, pero aun cuando yome ponga, me pongo entre la más baja plebe. Y mi envidia, y mis celos, ymi rabia, en intensidad y en duración, toman las colosales proporcionesde la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en infierno. Aextremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hastaimaginándome salvado, soy precito. Mi ser íntimo está formado de suerte,que nunca en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo aganarlas en esta, podrá hallar satisfacción, paz y ventura. El desengañoamargo, el conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzoñoso de misderrotas, subirán conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y mela trocarán en espantoso infierno.

Sí, Padre, el infierno está en mialma; en lo más profundo de ella he querido esconderle, pero no hepodido engañar a Dios; Dios lo ha visto y no me llevará a su cielocuando el infierno está en mí. Yo me explico la abnegación, yo me sientocapaz de todo sacrificio, yo desdeñaría honras, poder y deleites, y lodejaría todo, y haría vida penitente y me abrasaría entonces en amordivino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, teneren mi mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poderluego desdeñarlos y sacrificarlos. Pero no teniéndolos ¿qué desdeño niqué sacrifico? Yo me he metido fraile creyendo que no servía sino parafraile. Luego he descubierto con horror y asco de mí mismo que ni parafraile sirvo. Ahora quisiera yo desgarrar y tirar mis hábitos, volver almundo y acometer y llevar a cabo empresas tales que justificasen miambición, que la justificasen a mis propios ojos y que anonadasen eldesprecio con que a mí mismo me miro y con que al mirame me mato, perocon muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad está en miconciencia.

—Singular extravío de tu espíritu—interpuso con calma el PadreAmbrosio—fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando eldespecho por verdadera y santa vocación. Pero tú eres tan valiente comoambicioso, si nada te asusta ni te arredra, yo podré, no remediar tumal, pero ponerte en situación de que tú mismo le remedies, de quesatisfagas tus ambiciosos propósitos, de que apartes de ti la duda quepuedes o de que no puedes, y de que realices los esfuerzos de tuvoluntad, haciéndolos fecundos. Mi ciencia, por ti, puede hacer unmilagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni le hará miciencia sin tu auxilio. En la producción del milagro, por tanto o pormás que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plenaconfianza en mí, tu firme decisión y tu brío. He de poner a prueba tuvalor. Veremos si desfalleces.

-VIII-

El Padre Ambrosio, en pago de la confianza que a Fray Miguel infundía,quiso mostrarse no menos confiado.

—Yo no puedo revelarte—le dijo—mi oculto saber. Se oponen a ello porsentencia unánime los iniciados y maestros. En el estado que hoy tienela sociedad humana, divulgar mis secretos sería causa de unaperturbación espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con lacondenación eterna a quien los divulgue. La doctrina debe permaneceroculta y sólo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosossímbolos y para el vulgo indescifrables figuras. La llave del tesoro hade confiarse sólo a quien sea capaz de custodiarla. La ciencia no es unsueño vano. Todo está escrito desde hace más de sesenta siglos, pero sonpocos, muy pocos los que entienden lo escrito y lo interpretan. Hermes,tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua grabó todo losustancial de la ciencia en una lámina de esmeralda y dejó escondida lalámina en la mayor de las pirámides de Egipto, en recóndito y estrechoaposento, a donde no podía llegarse sino por un revuelto e inextricablelaberinto, o bien por la violencia de un héroe conquistador desobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia halló la lámina deesmeraldas, pero no la comprendió. Ni Aristóteles ni ninguno de lossabios que después ha habido, la han interpretado y comentado como sedebe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero nipuedo explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que leentiende, la lámina misma lo declara, tendrá toda la gloria del mundo yde en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no puedo darte laciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quierodarte los bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeño porque soysuperior a ellos, pero que sujeto a mis órdenes. Sígueme si tienesvalor; sube conmigo a mi laboratorio y allí verás cómo se agitan losmisteriosos poderes y cómo las energías ocultas realizantransformaciones y van más allá, y trasmutan las sustancias, y de losólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el movimientoy la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienesvalor, si presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendasoperaciones y te sometes a ellas, yo te prometo que te devolveré elvigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda vez, ysin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales.

Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que ardíasobre la mesa y sirviendo de guía, hizo entrar a Fray Miguel en lamezquina alcoba donde tenía su cama. Allí había en el ángulo formado porlas paredes del fondo y lado derecho una estrechísima escalera decaracol, por donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Alextremo de ellos había una compuerta que el Padre Ambrosio levantó confacilidad. Ambos se encontraron entonces en un espacioso camaranchón,lleno de extraños objetos que provocaron la admiración y el asombro ydespertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaquelesmultitud de vasijas de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, quecontenían sin duda extrañas drogas; arrimados a la pared o suspendidosde ella dos esqueletos humanos y pájaros y reptiles disecados; endiversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos yvasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de campana, que estabaen la pared opuesta al sitio por donde habían entrado, ardía un poco deleña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia unalámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz másviva, clara e intensa que la producida por la combustión de la cera ydel aceite. Casi debajo de la lámpara había un atril y en el atril ungran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acercó al libroy dijo:

—Esta es la Alegoría de Merlín.

Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua vernácula elcontenido de las páginas por donde el libro estaba abierto:

«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebió. Sepuso muy pálido. Sintió grandes dolores como si le arrancasen contenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga.Cayó por último en profundo letargo. Ha muerto, decía la gente. Elmédico que le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle oquemarle antes de que se pudra e inficione toda la tierra. Pero el sabiomédico no consintió que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro enforma de cruz, ungiéndole antes con raros linimentos y olorososbálsamos. Cercó de fuego y de llamas el féretro metálico, y pronto, muypronto volvió a la vida el que parecía muerto, y volvió tan lleno dehermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los poderososde cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le temían».

El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de estasuerte:

—Algo semejante al procedimiento alegórico del sabio puedo yo hacercontigo. De tu confianza en mí y de tu valor depende el logro de tudeseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal esardiente líquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad,juventud, fuerza y plena duración de vida. Si te sometes, me atrevo ahacer en ti la peligrosa experiencia.

Hay quien afirma que mi maestroLulio consiguió remozarse, que Alán de la Isla vivió cerca de dossiglos, que Nicolás Flamel vivió cuatro, y que frisó en la edad de milaños el sabio Artefio.

Algo de esto entiendo yo que podré hacer contigosi tú te prestas y si Dios me ayuda.

Fray Miguel de Zuheros permaneció en silencio por no saber quécontestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrédulo ydesconfiado, y su corta ventura y los muchos y tristes años que habíavivido, habían arraigado en su alma y acrecentado más cada día laincredulidad y la desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosioatribuyendo a jactancia sus ofrecimientos, ora recelaba de un modoconfuso que el Padre Ambrosio intentaba hacerle juguete de una burlacruel para reprimir y humillar su ambición impotente e inveterada.

Notando el Padre Ambrosio que la vacilación, que el recelo causaba elsilencio de Fray Miguel, habló de nuevo y dijo:

—Te callas y vacilas y no lo extraño ni lo censuro. Para que yo hagacontigo lo que puedo hacer, se necesita que te fíes de mí por completo,que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos,mientras duren mis operaciones mágicas, como masa inerte, sin voluntad,sin entendimiento y sin sentido. No bastaría que yo por fuerza o porastucia te despojase de todo. Se requiere que tú mismo te despojes y tesometas a mi poder con abnegación sin límites. Y no quiero ni exijo yoque esto sea de repente y como por sorpresa. Te concedo tres días paraque lo pienses y lo decidas. Al cabo de ellos, ven por aquí, a la mismahora en que has venido esta noche, a decirme la determinación que hayastomado. Ahora vete a tu celda.

Respondiendo sólo con una profunda inclinación de cabeza, obedeció FrayMiguel; bajó del camaranchón antes que el Padre Ambrosio, ydespidiéndose de él atravesó los oscuros claustros, levemente iluminadospor la luz de las estrellas y por una lamparilla que ardía ante uncrucifijo pendiente del muro, y se retiró a su celda, todo conmovido porlos mil encontrados pensamientos, deseos y temores que combatían por laposesión de su alma.

-IX-

Desde que se retiró a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaronlos tres días y se cumplió el plazo señalado por el Padre Ambrosio, laagitación del ánimo de Fray Miguel fue grandísima y apenas le dejó pocosinstantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. Ladestemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacíantiritar con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de lacalentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni alcoro ni al refectorio. Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas ycasi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos.

Fray Miguel no habló con nadie, pero habló mucho consigo mismo, enaquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no esmenester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo deun modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios delas frases y de las palabras.

Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó yse dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, lasimágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma,sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos deotros.

En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sinvoz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero allá en losabismos de su alma se levantaba tempestad espantosa.