Misericordia by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me haocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada eseste».

Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lopuso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.

«Vea usted—dijo el buen señor hojeando el libro—: aquí están todos losdías de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del Debe; aotro, la del Haber. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos:carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquílo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?

—Pero si a la señora no le ingresa nada.

—¡Caramelos!—exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro—. Algohabrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumoalguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo queusted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver,¿por qué no ha de anotarse?».

Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que lalástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco paracoger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendosu furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se loconociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta lasperras que nos da a los pobres de San Sebastián.

—Día por día—replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza—. Ypuedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses,en seis, en un año.

—No, no se moleste, señor—indicó Benina, sintiendo otra vez ganas dedarle un papirotazo—. Llevaré el libro, si usted quiere.

La señora se loagradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para unremedio.

—Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado deescribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombreo señas de casa para que no se olviden...

Tome usted este lápiz, que yaestá afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se lasaca usted con el cuchillo de la cocina».

Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo,concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamentodel orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña FranciscaJuárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano ala llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grandealegría.

«No hay ni puede haber prosperidad sin administración—

afirmó D. Carlos,abriendo la gaveta y mirando dentro de ella—.

Yo quiero que Franciscaadministre, y cuando administre...

—Cuando

administre,

¿qué?—dijo

Benina

con

el

pensamiento—. ¿Qué nos vausted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así sete pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro delcuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.

—Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no sele pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me respondede que apuntarán todo?

—Sí, señor... no se escapará ni un verbo.

—Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura yrece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?

—Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.

—Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitadosque no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza...¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».

Al oír doce duros, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa.¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descansode muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas,vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio dela busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto,y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidaden aquellos días.

«Doce duros—repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra—;pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: selos asigno...».

A Benina se le cayeron las alas del corazón.

«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Leseñalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir arecogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yoveré si debo aumentar o no la asignación.

Eso depende, fíjese usted, deque yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hayorden o sigue el... el caos.

Mucho cuidado con el caos.

—Bien, señor—manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta letenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestionescon el estrafalario y ruin vejete—. Yo le respondo de que se llevaránlos apuntes con ministración, y no se nos escapará ni una hilacha...¿Con que pasaré los días 24?

Nos viene bien para ayuda de la casa. ElSeñor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santodescanso... por jamás amén».

D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidaddesembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa yencasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sinoen días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura yfirme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat yterminaban en la Sacramental de San Justo.

XII

«El demontre del viejo—se decía la señá Benina, metiéndose a buen andarpor la calle de las Urosas—, no puede hacer más que lo que le manda sunatural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquelde plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. Noacaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros sonpeores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta yapuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan...El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el día, porquequiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con él palabra.Vendrán días malos, y él me servirá... Me quedan veinte reales, de loscuales habré de dar parte a la niña, que está pereciendo, y lo demáspara comer hoy, y... Tendré que decirle a la señora que su pariente nome ha dado más que el libro de cuentas, con el cual y el lápiz pondremosun puchero que será muy rico... caldo de números y substancia deimprenta... ¡qué risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla aDoña Paca, Dios me iluminará, como siempre, y vamos tirando. A ver siencuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir él a laiglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo está en el café dela Cruz del Rastro».

Dirigiose allá, y en la calle de la Encomienda se encontraron:

«Hijo, entu busca iba—le dijo la Benina cogiéndole por el brazo—. Aquí tienes tuduro. Ya ves que sé cumplir.

Amri, no tener priesa.

—No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que días vendrán en queyo carezca y tú me sirvas, como te serviré yo viceversa... ¿Vienes delcafé?

—Sí, y golvier si querer tú migo. Convidar tigo».

Asintió Benina al convite, y un rato después hallábanse los dossentaditos en el café económico, tomándose sendos vasos de a diezcéntimos. El local era una taberna retocada, con ridículas eleganciasentre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas demarinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería yvendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a losperiódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagarbullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente.Solos en una mesa Benina y el marroquí, charlaron de sus cosas: el ciegole contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella suentrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas yde los dos duros mensuales. De las riquezas que, según voz pública,atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero enpapelorios del Gobierno, muchismos miles de miles en el Banco),charlaron extensamente, corriéndose luego a considerar, verbigracia,el sinnúmero de pobres que podrían ser felices con toda aquella guita,que a D. Carlos le venía tan ancha, pues descontando una parte para sushijos, que de natural debían poseerlo, con lo demás se apañaríantantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre.Pero como ellos no habían de arreglarlo a su gusto, más cuenta les teníano pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan comopudiera, hasta que viniese la muerte y después Dios a dar a cada uno sumerecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de convicciónprofunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlospodían ser de ella, si quisiera.

«¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío?

Tú estásloco, Almudenilla.

Tudo tuya... por la bendita luz. Si no creer mí, priebar tú y ver.

—Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío,¿cuándo?

—Cuando querer ti.

—Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.

—Mí sabier cómo... Dicir ti secreto.

—Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer,pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, porqué no lo coges para ti?».

Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyosecreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por labendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendopuntualmente todo cuanto él le dijera.

Siempre fue Benina algo supersticiosa, y solía dar crédito a cuantashistorias sobrenaturales oía contar; además, la miseria despertaba enella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas, y aunque nohabía visto ningún milagro, esperaba verlo el mejor día. Un poco desuperstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos,y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquíexplicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto habíade ser seguramente. Díjole el ciego que todo consistía en saber el artey modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado Samdai.

«¿Y quién es ese caballero?

—El Rey de baixo terra.

—¿Cómo? ¿Un Rey que está debajo de la tierra? Pues el diablo será.

—Diablo no: Rey bunito.

—¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes?

—Ser eibrío.

—Vaya por Dios—dijo Benina, que no había entendido el término—. ¿Y a eseRey le llamas tú, y viene?

—Y dar ti tuda que pedir él.

—¿Me da todo lo que le pida?

Siguro».

La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infelizmujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertosde su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos,saltó diciendo:

«¿Y qué se hace para llamarlo?

—Yo diciendo ti.

—¿Y no me pasa nada por hacerlo?

Naida.

—¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?

—No.

—Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo.

N'gañar no ti...

—¿Podemos hacerlo ahora?

—No: hacirlo a las doce del noche.

—¿Tiene que ser a esa hora?

Siguro, siguro...

—¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... Amos, déjame a mí depamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D.Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer?

N'cesitas cosas mochas. Comprar tú cosas. Lo primiero candil debarro. Pero comprarlo has tú sin hablar paliabra.

—Me vuelvo muda.

—Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer.

—Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, yluego...».

Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con sieteagujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba novalía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? Aesto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podíansuplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el quetuviese siete bujeros, ni uno más ni uno menos.

«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar?

—Sin hablando naida».

Luego era forzoso procurarse un palo de carrash, madera de África, queaquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado cabe las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra.Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta quese prendiera bien...

Esto había de ser el viernes a las cinco en punto.Si no, no valía.

Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábadoa las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más niuna menos.

«¿Todo callandito?

—Hablar naida, naida».

Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bienvestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, amos, en pie.Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se letapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldríapor los siete bujeros, y a corta distancia se ponía la cazuela conlumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una yotra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba lapersona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo delbenjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...

«¡A las doce!—repitió Benina sobresaltada—. ¡Y al dar las docecampanadas viene... sale, se me aparece!...

—El Rey de baixo terra: pedir tú lo que quierer, y darlo ti él.

—Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que ese señor, sin más quelas cirimonias que has contado, me dé a mí lo que ahora es de DonCarlos Trujillo?

—Verlo tú, si queriendo.

—Pero con tanto requesito, si una se descuida un poco, o se equivocaen una sola palabra del rezo mental...

—Tener tú cuidado mocha.

—¿Y la oración?

—Mi enseñarla ti; dicir tú: Semá Israel Adonai Elohino AdonaiIshat...

—Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no seacastellano neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditisde esas suertes de brujería... quita, quita... Pero

¡ah! ¡si fueraverdad, qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D.

Carlos todo sudinero... amos, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantospobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba,comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no,no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago... También te digo quesuceden a veces cosas muy fenómenas, y que andan por el aire los quellaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos yoyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosasverdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todopuede ser... Pero yo, qué quieres que te diga, dudo mucho que le den auna tanto dinero, sin más ni más. Que para socorrer a los pobres, unsuponer, se quite a los ricos medio millón, o la mitad de medio millón,pase; pero tantas, tantismas talegas para nosotros... no, esa nocuela.

Tuda, tuda la que haber en el Banco, millonas mochas, lotería, tuda pa ti, hiciendo lo que decir ti.

—Pues si eso es tan fácil, ¿por qué no lo hacen otros? ¿O es que tú solotienes el secreto? ¡El secreto tú solo! Amos, cuéntaselo al Nuncio,que aquí no nos tragamos esas papas... Yo no te digo que no seaposible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría, con mil pares...Vuélveme a decir la receta de lo que ha de comprar una sin hablar...».

Repitió Almudena las fórmulas y reglas del conjuro, añadiendodescripción tan viva y pintoresca del Rey Samdai, de su rostrohermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, queformaban arregimientos de príncipes y magnates, montados en camellosblancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y sia pie juntillas no le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenuapoesía del relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo.¡Qué consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y sies verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por quéno ha de haber otros Reyes de ilusión, que vengan al socorro de losancianos, de las personas honradas que no tienen más que una muda decamisa, y de las almas decentes que no se atreven a salir a la calleporque deben tanto más cuanto a tenderos y prestamistas? Lo que contabaAlmudena era de lo que no se sabe. ¿Y no puede suceder que alguno sepalo que no sabemos los demás?... ¿Pues cuántas cosas se tuvieron pormentira y luego salieron verdades? Antes de que inventaran el telégrafo,¿quién hubiera creído que se hablaría con las Américas del Nuevo Mundo,como hablamos de balcón a balcón con el vecino de enfrente? Y antes deque inventaran la fotografía, ¿quién hubiera pensado que se puede unaretratar sólo con ponerse? Pues lo mismo que esto es aquello. Haymisterios, secretos que no se entienden, hasta que viene uno y dice talpor cual, y lo descubre... ¡Pues qué más, Señor!... Allá estaban lasAméricas desde que Dios hizo el mundo, y nadie lo sabía... hasta quesale ese Colón, y con no más que poner un huevo en pie, lo descubre todoy dice a los países: «Ahí tenéis la América y los americanos, y la cañade azúcar, y el tabaco bendito... ahí tenéis Estados Unidos, y hombresnegros, y onzas de diez y siete duros». ¡A ver!

XIII

No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vioentrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esafandangona, tu compañera de casa.

—¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, siguro, conla Diega...

—Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser másborracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos tintas.

Señá Diega enseñar vicio ella.

—¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?».

Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue empleado en elMatadero de cerdos, con perdón, y su madre cambiaba en la calle de laRuda. Murieron los dos, con diferencia de días, por haber comido gato.Buen plato es el micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en lacara al que lo

come,

y

a

los

tres

días,

muerte

natural

por

calenturas perdiciosas. En fin, que espicharon los padres, y la chica se quedó enla puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; suvoz sonaba como las músicas bonitas.

Primero se puso a cambiar, y luegoa vender churros, pues tenía tino de comercianta; pero nada le valió subuena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que enpocos días la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tresmeses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los purospellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y teníaun toser perruno y una carraspera que tiraban para atrás. A veces pedíapor el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir encualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba agua de olor, y rociándose las flaquezas, pedía prestada una camisa,una falda, un pañuelo, y se ponía de puerta en la casa del Comadreja, calle de Mediodía Chica. Pero no tenía constancia paranada, y ningún acomodo le duró más de dos días. Sólo duraba en ella elgusto del aguardiente; y cuando se apimplaba, que era un día sí y otrotambién, hacía figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos.Dormía sus monas en la calle o donde le cogía, y más bofetadas tenía ensu cara que pelos en la cabeza. Cuerpo más asistido de cardenales no seconoció jamás, ni persona que en su corta edad, pues no tenía más queveintidós años, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan amenudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, conbuen fin, desde que se quedó huérfana, y al verla tan arrastrada, dábalede tres cosas un poco: consejos, limosna y algún palo. Encontrola un díacurándose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y aliñándose lasgreñas al sol.

Propúsole que se fuera con él, poniendo cada cual lamitad del alquiler de la casa, y comprometiéndose ella a cortar de raízel vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad alconvenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso ysobre un peine de rotas púas, y aquella noche durmió Pedra en el cuartode Santa Casilda. Los primeros días todo fue concordia, sobriedad en elbeber; pero la cabra no tardó en tirar al monte, y... otra vez laendiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los delOrden.

«No poder mí con ella. B'rracha siempre. Es un dolor... un dolor. Yoestar ella migo por lástima...».

Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de tintas,miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.

« Dir tú no, Amri. Quedar migo—le dijo el ciego cogiéndola de unbrazo.

—Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya».

Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto elrostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía.

Morena,

defacciones

tan

regulares

como

pronunciadas, magníficos ojos negros, cejasque al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecíahecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza ydesaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como talimpresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensandoque le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugarsolitario.

De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja.

Por laestatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso,todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejovivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos decomentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora:«Esta es de las que sacan espinas con los codos».

Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sinalzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros diofuertes palmetazos.

« Tati quieta—le dijo este enarbolando el palo.

—Cuidado con él, que es malo y traicionero...—indicó la otra.

Jai... ¿verdad que eres malo y pegar tú mí?

—Yo ero beno; tú mala, b'rracha.

—No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.

—Anciana no ser ella.

—¿Tú qué sabes, si no la ves?

—Decente ella.

—Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.

—Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien—dijo Benina, azoradísima,levantándose.

—Quédese, quédese... ¡Si es groma!».

La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado undécimo de la Lotería, y ofreciéndole participación.

«Yo no juego—replicó Benina—: no tengo cuartos.

—Yo sí—dijo el marroquí—: dar vos una pieseta.

—Y la señora, ¿por qué no juega?

—Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en efetivo—dijo la Diega—. Yo,si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la callede la Sierpe. Allí te conocí, Almudena.

¿Te acuerdas?

—No mi cuerda, no...

—Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás.

—A este le llamaban Muley Abbas.

—Y a ti Cuarto e kilo, por lo chica que eres.

—Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes sellaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y estaseñora, ¿qué gracia tiene?

—Yo me llamo Benina.

—¿Es usted de Toledo, por casualidad?

—No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara.

—Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa:

¿por qué estagorrinaza de Pedrilla te llama a ti Jai? ¿Cuál es tu nombre en tureligión y en tu tierra cochina, con perdón?

—Llamarle mi Jai porque ser morito él—dijo la trágica remedando suhabla.

—Nombre mío Mordejai—declaró el ciego—, y ser yo nacido en un puebromu bunito que llamar allá Ullah de Bergel, terra de Sus... ¡oh! terra divina, bunita... mochas arbolas, aceita mocha, miela, frores, támaras, mocha güena».

El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allífue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un coloridopoético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres.Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena deestupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirióprimero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años,lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desdeaquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole supadre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a RubénToledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía deser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin dudapatriarcal confianza;

porque

el

encargo

se

hizo

efectivo

sin

ningunadificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesadoscartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casapaterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por sucuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no losdoscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dosborricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez yMequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo deDios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En elagua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño ledolían los ojos: a los tres días era ciego.

Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridadpública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos hondaproducida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. Elmuchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenquey achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajeroquedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienesterrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juezsienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que ledevolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo,y el Señor no se vuelve atrás cuando pega de firme.

Pedíale que lediera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una muquier quele amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cadadía tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraranotros por ninguna parte, y de muquieres nada. Las que se acercaban aél fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un díaestaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmentele picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no esbroma... se le aparecieron dos ángeles.

XIV

«¿Pero tú ves algo, Almudena?—le preguntó Cuarto e kilo.

Ver mí burtos ellos».

Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: estopor lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundosmisteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera ydentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, mismo comovosotras ver migo. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como noera cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían departe del Rey de baixo terra con una embajada para él. El señor Samdai tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mihombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando ilcienso,y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hastalas doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadirque los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieronconocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos desahumar, la pipa, la ración de cáñamo en un papel, y se fue caminitodel Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menosaburrido fumando.

Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos delsahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y loprimerito que vio fue un par de perros, más grandes que el cameio, brancos, con ojos de fuego. Él, Mordejai, mocha medo, un medo quele quitaba el respirar. Vino después un arregimiento de jinetes conmucho cantorio, galas mochas; luego empezó a caer lluvia espesísima dearena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta elpescuezo... y no respiraba.

Cada vez más medo... Por encima de todaaquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando alviento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió undiluvio de culebras y alcranes, que caían silbando y enroscándose. Elpobre ciego se moría de medo, sintiéndose envuelto en la horrorosanube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres apie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en lamano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosasy azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes,y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido dearena cálida y puntiagudos guijarros.

Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divinahermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro queparecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era sutraje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas queen los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. Elséquito de Samdai era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como lepreguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose unmomento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que vido también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como laluna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien.La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestrospensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto elciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juegofisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes.

Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellasbateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Quéera? Pieldras de diversas clases, mochas, mochas, que prontoformaron montones que no cabrían en ninguna casa: rubiles comogarbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, tudas, tudas grandes, diamanta fina en tal cantidad, que había para llenarde ellos sacos mochas, y con los sacos un carro de mudanzas;esmeraldas como nueces y trompacios como poño mío...

Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la caradel ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no sehallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de susalmas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de lamiseria bochornosa en que vivían.

Almudena ponía toda su alma en suvoz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, yhasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglíficodescifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber porqué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno deMordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podíadarle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor quedelante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la detodos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa,joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo todala tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a SuMajestad de baixo terra, que para nada quería tanta pedrería porfanegas, si no le daban muquier... «Querer mi ella... gustar mí muquier, y sin muquier migo, no querer pieldras finas, ni diniero ni naida».

Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que latapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo queaquella era la suya, y que la siguiese hasta cogerla o más biencazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y

dicho esto por elRey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los desu comitiva, y los arregimientos y las señoras de blanco, y tudo, tudo, no quedando más que un olor penetrante del ilcienso, y losladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas dela noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres mesesestuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía másque agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba altacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Porfin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandezadel mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino Samdai, erasuya.

«Y no la encontraste hasta tantismos años de correr, y se llamabaNicolasa—dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.

—¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.

—Entonces será la señora—apuntó la Diega, señalando no sin ciertaimpertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.

—¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por loscaminos».

Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió delimosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en estepunto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon,París, que es mu grande, con tantos olivares y buenos pisos decalle, todo como la palma de la mano.

Después de subirse hasta un puebloque le llaman Lila, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcópara Valencia.

«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por badajes, que vos daban los aiuntamientos, con dos riales detapa—dijo la Petra—, y de Madrid vos fuisteis a los Portugales, ytres años te duró el contento, camastrón, hasta que la golfa se te fuecon otro.

—Tú no saber.

—Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madridpara llevarle a San Bernardino, y ella fue al espital; y estando éluna noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo,verbigracia, ánimas, para decirle que la Nicolasa hablaba enel espital con uno que le iban a dar de alta...

—No ser eso, no ser eso: cállate tú.

—Otro día nos lo contará—indicó Benina, que, aunque gustaba de oíraquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando susapremiantes quehaceres.

—Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?—le dijo la Diega—. ¿A dónde iráusted que más valga?

—Otro día contar más—indicó el ciego sonriendo—. Mí ver mundo mocha.

—Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje lalengua, que la tienes más seca que suela de zapato.

—Yo no convidar mí ellas, b'rrachonas. No tener diniero migo.

—Por eso no quede—dijo la Diega, rumbosa.

—Yo no bebo—declaró la Benina—, y además tengo prisa, y con permiso dela compañía me voy.

—Quedar ti rato más. Dar once reloja.

—Dejarla—manifestó con benevolencia la Petra—, por si tiene que ir aganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado».

Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unosdineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habíanlanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesurapara el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sinocuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, comopalillos, mondarajas de tea, y torraé. La otra era un águila parapañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos pormilagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aqueldía pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela,teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchasde puntilla y dos chalecos de bayona.

Otro día sacarían loza, imágenes, y caballos de cartón de los que daban, a partirganancias, en la fábrica de la calle del Carnero.

Largamente hablaronambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si Cuarto ekilo era de lo que no hay para la adquisición de género por gruesas, ala otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo.Otra señal de que había venido al mundo para ser o comercianta o nada,era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban albolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que losque por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entrelos dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos.

Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud deinfundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella,Benina, se sentía negocianta; también acarició su alma alguna vez lailusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio,trabajando como una negra, hubiera tomado una puerta de calle, otrogallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral conDoña Paca la imposibilitaban para el comercio.

Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando selevantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D.

Carlos,y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda.

«Pues no lleva usted ahí pocas cosas—dijo la Petra, cogiendo el libro yhojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más biendeletreaba que leía—. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómome gusta! Marzo, dice aquí, y luego Pe...setas, y luego céntimos.Es mu bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo talcual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan enlos dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que se lleva.

—Ese libro—dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio—, me lo dio unpariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; perono sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo elotro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, lesconviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.

—¿Cuánto?

—Por ser para ustedes, dos reales.

—Es mucho—dijo Cuarto e kilo, mirando las hojas del libro, quecontinuaba en manos de su compañera—. Y ¿para qué lo queremos nosotras,si nos estorba lo negro?

—Toma—indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con eldedo mojado en saliva, las hojas—. Se marca con rayitas: tantascantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea.

—¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».

Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y porfin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Saliódel café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo,pues si resultaban fantásticas las pieldras preciosas que en montonesMordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatroperras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalodel monomaníaco Trujillo.

XV

El largo descanso en el café le permitió recorrer como una exhalación la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde vivía laseñorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse acasa, pues era indudable que a la niña correspondía la mitad, perra máso menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuartoentraba en el portal, que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta deuna cárcel. En lo bajo había un establecimiento de burras de leche,con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire niluz, las pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En laportería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que eratambién punto fijo en San Sebastián. Con él y con el burrero charló unrato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba asubir el pan y que había bajado mucho la Bolsa, señal lo primero de queno llovía, y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda, todoporque los artistas pedían las ocho horas y los amos no queríandarlas.

Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaríatodo el dinero metálico y no quedaría más que papel, hasta para laspesetas, y que echarían nuevas contribuciones, inclusive, por rascarsey por darse de quién a quién los buenos días. Con estas malasimpresiones subió Benina la escalera, tan descansada como lóbrega, conlos peldaños en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran losletreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas decuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, nilos faroles sucios que de día semejaban urnas de santos. En el primerpiso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a lastejas y buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por laanchura de

las

habitaciones

destartaladas

y

frías,

hubiera

parecidoconvento, a no ser por la poca elevación de los techos, que casi secogían con la mano. Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas, comoen el Congo las levitas y chisteras; sólo en lo que llamaban gabinetehabía un pedazo de fieltro raído, rameado de azul y rojo, como de dosvaras en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapasrotas, sus patas inválidas, sus posturas claudicantes, el desastre desus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza.

La misma Obdulia abrió la puerta a Benina, diciéndole que la habíasentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de unapareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso,frotando su lomo contra ella. «Los pobres animalitos—dijo la niña conmás lástima de ellos que de sí misma—, no se han desayunado todavía».

Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa, de corteelegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas dechocolate y grasa, algún siete en las mangas, la falda arrastrada,revelándose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su dueña levenía un poco ancha, por aquello de que la difunta era mayor. De todosmodos, tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa deLuquitas.

«¿No ha venido anoche tu marido?—le dijo Benina, sofocada de la penosaascensión.

—No, hija, ni falta que me hace. Déjale en su café, y en sus casas deperdición, con las socias que le han sorbido el seso.

—¿No te han traído nada de casa de tus suegros?

—Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un día sí y otro no.

No havenido más que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van acomer juntas en casa de su tía.

—De modo que estás como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta,pero no ahoga, y aquí estoy yo para que no ayunes más de la cuenta, queel cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... ¿Havenido ese caballero?

—Sí: ahí está desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta meentretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa más que dos onzasde chocolate, media docena de dátiles, y algunos mendrugos de pan... Sihas de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos,que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen:«Pero ¿qué es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestracordillita?».

—En seguida traeré para remediaros a todos—dijo la anciana—. Pero antesquiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con lasseñoras».

Entró en el llamado gabinete, y el señor de Ponte y Delgado se deshizocon ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad.

«Siempre echándola austed de menos, Benina... y muy desconsolado cuando brilla usted por suausencia.

—¡Que brillo por mi ausencia!... ¿Pero qué disparates está usteddiciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres depueblo, esos términos tan fisnos... Ea, quédense con Dios. Yo vuelvopronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Yaunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Leconvido yo... no, le convida la señorita.

—¡Oh, cuánto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.

—Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de lagrandeza. Pero como es tan bueno, se dizna sentarse a la mesa de lospobres.

—Consideración que tanto le agradecemos—dijo Obdulia—.

Ya sé que para elSr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas...

—¡Por Dios, Obdulia!...

—Pero su mucha bondad le inspira estos y otros mayores sacrificios.¿Verdad, Ponte?

—Ya la he reñido a usted, amiga mía, por ser tan paradójica.

Llamasacrificio al mayor placer que puede existir en la vida.

—¿Tienes carbón?...—preguntó Benina bruscamente, como quien arroja unapiedra en un macizo de flores.

—Creo que hay algo—replicó Obdulia—; y si no, lo traes también».

Fue Nina para adentro, y habiendo encontrado combustible, aunque escaso,se puso a encender lumbre y a preparar sus pucheros. Durante la prosaicaoperación, conversaba con las astillas y los carbones, y sirviéndose delfuelle como de un conducto fonético, les decía: «Voy a tener otra vez elgusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambrepor la vergüenza que le da... ¡Cuánta miseria en este mundo, Señor! Biendicen que quien más ha visto, más ve. Y

cuando se cree una que es elacabose de la pobreza, resulta que hay otros más miserables, porque unase echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo sealimenta... Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, yson delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles yeducación, y no quieren rebajarse... ¡Dios mío, qué desgraciados son!lo que discurrirán para matar el gusanillo... Si me sobra dinero,después de darle de almorzar, he de ver cómo me las compongo para quetome la peseta que necesita para pagar el catre de esta noche.

Pero ¡ay!no... que necesitará ocho reales. Me da el corazón que anoche no pagó...y como esa condenada Bernarda no fía más que una vez... será precisopagarle toda la cuenta... y a saber si le ha fiado dos o tres noches...No, aunque yo tuviera el dinero, no me atrevería a dárselo; y aunque selo ofreciese, primero dormía al raso que cogerlo de estas manospobres... ¡Señor, qué cosas, qué cosas se van viendo cada día en estemundo tan grande de la miseria!».

En tanto el lánguido Frasquito y la esmirriada Obdulia platicabangozosos de cosas gratas, harto distantes de la triste realidad. Desdeque vio entrar a la Providencia, en figura de Benina, sintiose la niñacalmada de su ansiedad y sobresalto, y el caballero también respiró porel propio motivo feliz, y se le alegraron las pajarillas viendoconjurado, por aquel día, un grave conflicto de subsistencias. Uno yotro, marchita dama y galán manido, poseían, en medio de su radicalpenuria, una riqueza inagotable, eficacísima, casi acuñable, extraídade la mina de su propio espíritu; y aunque usaban de los productos deeste venero con

prodigalidad,

mientras

más

gastaban,

más

superabundanciatenían sus caudales. Consistía, pues, esta riqueza, en la facultadpreciosa de desprenderse de la realidad, cuando querían, trasladándose aun mundo imaginario, todo bienandanzas, placeres y dichas. Gracias aesta divina facultad, se daba el caso de que ni siquiera advirtiesen, enmuchas ocasiones, sus enormes desdichas, pues cuando se veían privadosabsolutamente de los bienes positivos, sacaban de la imaginación elcuerno de Amaltea, y lo agitaban para ver salir de él los bienesideales. Lo extraño era que el Sr. de Ponte Delgado, con tener tresveces lo menos la edad de Obdulia, casi la superaba en poderimaginativo, pues en la declinación de la vida, se renovaban en él losaleteos de la infancia.

D. Frasquito era lo que vulgarmente se llama un alma de Dios.

Su edadno se sabía, ni en parte alguna constaba, pues se había quemado elarchivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron. Poseía el raroprivilegio físico de una conservación que pudiera competir con la de lasmomias de Egipto, y que no alteraban contratiempos ni privaciones. Sucabello se conservaba negro y abundante; la barba, no; pero con un pocode betún casi armonizaban una con otro. Gastaba melenas, no de lasrománticas, desgreñadas y foscas, sino de las que se usaron hacia el50, lustrosas, con raya lateral, los mechones bien ahuecaditos sobre lasorejas. El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones ymodelarlos en su sitio, era uno de esos resabios fisiológicos, de segunda naturaleza, que llegan a ser parte integrante de la primera.Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta, el rostrode Frasquito Ponte era de los que llaman aniñados, por no sé quéexpresión de ingenuidad y confianza que veríais en su nariz chica, y ensus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos. Miraban siempre conternura, lanzando sus rayos de ocaso melancólico en medio de un celajede lagrimales pitañosos, de pestañas ralas, de párpados rugosos, deextensas patas de gallo. Dos presunciones descollaban entre las muchasque constituían el orgullo de Ponte Delgado, a saber: la melena y el piepequeño. Para las mayores desdichas, para las abstinencias más crueles ymortificantes, tenía resignación; para llevar zapatos muy viejos o quedesvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de suspiececitos, no la tenía, no.

XVI

Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos. Nadie como élsabía encontrar en excéntricos portales sastres económicos, que porpoquísimo dinero volvían una pieza; nadie como él sabía tratar conmimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los años,conservándose en los puros hilos; nadie como él sabía emplear la bencinapara limpieza de mugres, planchar arrugas con la mano, estirar loencogido y enmendar rodilleras. Lo que le duraba un sombrero de copa noes para dicho.

Para

averiguarlo

no

valdría

compulsar

todas

lascronologías de la moda, pues a fuerza de ser antigua la delchisterómetro que usaba, casi era moderna, y a esta ilusión contribuíael engaño de aquella felpa, tan bien alisada con amorosos cuidadosmaternales. Las demás prendas de ropa, si al sombrero igualaban enlongevidad, no podían emular con él en el disimulo de años de servicio,porque con tantas vueltas y transformaciones, y tantos recorridos deaguja y pases de plancha, ya no eran sino sombra de lo que fueron. Ungabancillo de verano, clarucho, usaba D. Frasquito en todo tiempo: erasu prenda menos inveterada, y le servía para ocultar, cerrado hasta elcuello, todo lo demás que llevaba, menos la mitad de los pantalones. Loque se escondía debajo de la tal prenda, sólo Dios y Ponte lo sabían.

Persona más inofensiva no creo haya existido nunca; más inútil, tampoco.Que Ponte no había servido nunca para nada, lo atestiguaba su miseria,imposible de disimular en aquel triste occidente de su vida. Habíaheredado una regular fortunilla, desempeñó algunos destinos buenos, y notuvo atenciones ni cargas de familia, pues se petrificó en el celibato,primero por adoración de sí mismo, después por haber perdido el tiempobuscando con demasiado escrúpulo y criterio muy rígido un matrimonio deconveniencia, que no encontró, ni encontrar podía, con las gollerías yperendengues que deseaba. En la época en que aún no existía la palabra cursi, Ponte Delgado consagró su vida a la sociedad, vistiendo conafectada elegancia, frecuentando, no diré los salones, porque entoncespoco se usaba esta denominación, sino algunos estrados de casas buenas ydistinguidas. Los verdaderos salones eran pocos, y Frasquito, por másque en su vejez hacía gala de haber entrado en ellos, la verdad era queni por el forro los conocía. En las tertulias que frecuentaba y bailesa que asistía, así como en los casinos y centros de reunión masculina,no digamos que desentonaba; pero tampoco se distinguía por su ingenio,ni por esa hidalga mezcla de corrección y desgaire que constituye laelegancia verdadera.

Muy estiradito siempre, eso sí; muy atento a susguantes, a su corbata, a su pie pequeño, resultaba grato a las damas,sin interesar a ninguna; tolerable para los hombres, algunos de loscuales verdaderamente le estimaban.

Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos ydistinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatroterruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marquesesy condes de sangre azul, o con los próceres del dinero, en los centrosde falsa elegancia; que se junten y alternen los que explotan la vidasuntuaria por sus negocios, o sus vanidades, o bien por audaces amoríos,y los que van a bailar y a comer y departir con las señoras, sin másobjeto que procurarse recomendaciones para un ascenso, o el favor de unjefe para faltar impunemente a las horas de oficinas. No digo esto porFrasquito Ponte, el cual era algo más que un pelagatos fino en lostiempos de su apogeo social. Su decadencia no empezó a manifestarse deun modo notorio hasta el 59; se defendió heroicamente hasta el 68, y alllegar este año, marcado en la tabla de su destino con trazo muy negro,desplomose el desdichado galán en los abismos de la miseria, para nolevantarse más. Años antes se había comido los últimos restos de sufortuna. El destino que con grandes fatigas pudo conseguir de GonzálezBravo, se lo quitó despiadadamente la revolución; no gozaba cesantía, nohabía sabido ahorrar. Quedose el cuitado sin más rentas que el día y lanoche, y la compasión de algunos buenos amigos que le sentaban a sumesa. Pero los buenos amigos se murieron o se cansaron, y los parientesno se mostraban compasivos. Pasó hambres, desnudeces, privaciones detodo lo que había sido su mayor gusto, y en tan tremenda crisis, sudelicadeza innata y su amor propio fueron como piedra atada al cuellopara que más pronto se hundiera y se ahogara: no era hombre capaz deimportunar a los amigos con solicitudes de dinero, vulgo sablazos, ysólo en contadísimas ocasiones, verdaderos casos críticos o de peligrode muerte, en la lucha con la miseria, se aventuró a extender la mano endemanda de auxilio, revistiéndola, eso sí, para guardar las formas, deun guante, que aunque descosido y roto, guante era al fin. Antes semuriera de hambre Frasquito, que hacer cosa alguna sin dignidad. Se dioel caso de entrar disfrazado en el figón de Boto, a comer dos reales decocido, antes que presentarse en una buena casa, donde si le admitíancon agasajo, también lastimaban con crueles bromas su decoro,refregándole en el rostro su gorronería y parasitismo.

Con angustioso afán buscaba el infeliz medios de existencia, aunquefueran de los menos lucrativos; pero la cortedad de sus talentosdificultaba más lo que en todos los casos es difícil.