Misericordia by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—¿Qué te traigo?—murmuró la mujer negra tambaleándose y cerrando losojos—. Aguárdate un poquitín. Tengo sueño, Jai».

Cayó nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que había requerido elpalo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez,tuvo lástima y suspiró fuerte, mascullando estas o parecidas palabras:«Pegar ti otro día».

VI

Casi no es hipérbole decir que la señá Benina, al salir de SantaCasilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortalesangustias, iba por rondas, travesías y calles como una flecha. Consesenta años a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a unaperseverancia inagotable. Se había pasado lo mejor de la vida en unajetreo afanoso, que exigía tanta actividad como travesura, esfuerzoslocos de la mente y de los músculos, y en tal enseñanza se habíafortificado de cuerpo y espíritu, formándose en ella el templeextraordinario de mujer que irán conociendo los que lean esta puntualhistoria de su vida.

Con increíble presteza entró en una botica de lacalle de Toledo; recogió medicinas que había encargado muy de mañana;después hizo

parada

en

la

carnicería y

en

la

tienda

de

ultramarinos,llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entróen una casa de la calle Imperial, próxima a la rinconada en que está elAlmotacén y Fiel Contraste.

Deslizose a lo largo del portal angosto,obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio decordelería que en él existe; subió la escalera, con rápidos andareshasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; llegó jadeanteal tercero, que era el último, con honores de sotabanco. Dio vuelta a unpatio grande, por galería de emplomados cristales, de suelo desigual, acausa de los hundimientos y desniveles de la vieja fábrica, y al finllegó a una puerta de cuarterones, despintada; llamó... Era su casa, lacasa de su señora, la cual, en persona, tentando las paredes, salió alruido de la campanilla, o más bien afónico cencerreo, y abrió, no sin laprecaución de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruzde hierro.

«Gracias a Dios, mujer...—le dijo en la misma puerta—.

¡Vaya unas horas!Creí que te había cogido un coche, o que te había dado un accidente».

Sin chistar siguió Benina a su señora hasta un gabinetillo próximo, yambas se sentaron. Excusó la criada las explicaciones de su tardanza porel miedo que sentía de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a verpor dónde salía doña Paca, y qué posiciones tomaba en su irasciblegenio. Algo la tranquilizó el tono de las primeras palabras con que fuerecibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Perola señora parecía estar de buenas, domado, sin duda, el áspero carácterpor la intensidad del sufrimiento. Benina se proponía, como siempre,acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella,cambiadas las primeras frases, se tranquilizó.

«¡Ay, señora, qué día! Yoestaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquellabendita casa.

—No me lo expliques—dijo la señora, cuyo acentillo andaluz persistía,aunque muy atenuado, después de cuarenta años de residencia en Madrid—.Ya estoy al tanto. Al oír las doce, la una, las dos, me decía yo: 'Pero,Señor, por qué tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acordé...

—Justo.

—Me acordé... como tengo en mi cabeza todo el almanaque...

de que hoy esSan Romualdo, confesor y obispo de Farsalia...

—Cabal.

—Y son los días del señor sacerdote en cuya casa estás de asistenta.

—Si yo pensara que usted lo había de adivinar, habría estado mástranquila—afirmó la criada, que en su extraordinaria capacidad paraforjar y exponer mentiras, supo aprovechar el sólido cable que su ama learrojaba—. ¡Y que no ha sido floja la tarea!

—Habrás tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro.

¡Y que noserán cortos de tragaderas los curánganos de San Sebastián, compañeros yamigos de tu D. Romualdo!

—Todo lo que le diga es poco.

—Cuéntame: ¿qué les has puesto?—preguntó ansiosa la señora, que gustabade saber lo que se comía en las casas ajenas—. Ya estoy al tanto. Lesharías una mayonesa.

—Lo primero un arroz, que me quedó muy a punto. ¡Ay, Señor, cuánto loalabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que sipor vergüenza no se chupaban los dedos...

—¿Y después?

—Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego,calamares en su tinta... luego...

—Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa,pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos deotras mesas... como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dóndetienes la cesta?».

Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que searredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugiriópronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje,en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras.

—Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y

un buensolomillo, no pusiste?

—¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de losuperior.

—¿Y postres, bebidas?...

—Hasta Champaña de la Viuda. Son el diantre los curas, y de nada seprivan... Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señoradesfallecida.

—Lo estaba; pero... no sé: parece que me he comido todo eso de que hashablado... En fin, dame de almorzar.

—¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche?

—Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolatecrudo.

—Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero prontodespacho... ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero.

—¿Hiciste todo lo que te mandé?—preguntó la señora, en marcha las doshacia la cocina—. ¿Empeñaste mis dos enaguas?

—¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D.Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.

—¿Pagaste el aceite de ayer?

—¡Pues no!

—¿Y la tila y la sanguinaria?

—Todo, todo... Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana.

—¿Querrá Dios traernos mañana un buen día?—dijo con honda tristeza laseñora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosaprontitud, reunía astillas y carbones.

—¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.

—¿Por qué me lo aseguras, Nina?

—Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día,estoy por decir que un gran día.

—Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas.Siempre estás con que mañana, que mañana...

—Dios es bueno.

—Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no medeja respirar. Tras un día malo, viene otro peor.

Pasan años aguardandoel remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Mecanso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora,y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y lasespero malas para que vengan... siquiera regulares.

—Pues yo que la señora—dijo Benina dándole al fuelle—, tendría confianzaen Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿no me ve? Yosiempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte,y estaremos tan ricamente,

acordándonos

de

estos

días

de

apuros,

ydesquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.

—Ya no aspiro a la buena vida, Nina—declaró casi llorando la señora—:sólo aspiro al descanso.

—¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en estemundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso.Morirse no.

—¿Te conformas con esta vida?

—Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra.

Venga todo antesque la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, ypueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.

—¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación,deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas yembustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernosperseguidos de tenderos y vendedores?

—¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende comopuede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando lastiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que anadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos dadinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modosde allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometopagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hayformalidad en casa, ya que no haigan otras cosas. ¡Estaría bueno quenos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo,como sabemos, que están ricos!...

—Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quierodecir, dignidad.

—Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé tambiénque Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me dejemorir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quia!...lo que tienen es pico... Y

mirando las cosas como deben mirarse, yo digoque Dios, no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obrasuya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, lascasas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo esde Dios.

—Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es?—

preguntó con lastimeroacento la señora—. Contéstame.

—También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata...

Los billetes,no sé... Pero también, también.

—Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y lastiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea! date prisa, que sientodebilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya: están sobre lacómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, quétrabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yoque tirar de ellas. (Levantándose con gran esfuerzo.) Mejor andaría yocon muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto pareceburla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de losriñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone queyo digiera como un buitre.

—Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora.

¡Bendito seael Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambresantísima!».

VII

Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña FranciscaJuárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencialastimosa por doña Paca, a secas, con lacónica y plebeyafamiliaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo,y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia laprofunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna,entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estascaídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta deMadrid, en que apenas existen hábitos de orden, pero a todos losejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete deldestino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas enla vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de loque es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buenamuestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimientollevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda,su vista se acostumbró desde la niñez a las vertiginosas depresiones delterreno; y cuando tenía pesadillas, soñaba que se caía a la profundísimahondura de aquella grieta que llaman Tajo. Los nacidos en Ronda debende tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa tal,hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no sabíamantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeñaba; sucabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es laseguridad de vista en el orden moral.

El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la casaron,muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le doblaba la edad,intendente de ejército, excelente persona, de holgada posición por sucasa, como la novia, que también poseía bienes raíces de mucha cuenta.Sirvió Zapata en el ejército de África, división de Echagüe, y despuésde Wad-Ras pasó a la Dirección del ramo. Establecido el matrimonio enMadrid, le faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de vidafrívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades al marco delas rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de prudencia, y notardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas.Hombre ordenadísimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa,que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan biensupo administrar los caudales del ejército, veía perderse los suyos,olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en elvestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo debailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue yael desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubode vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se puso a hacernúmeros y a querer establecer método y razón en el gobierno de suhacienda; pero ¡oh triste sino de la familia!

cuando más engolfadoestaba el hombre en su aritmética, de la que esperaba su salvación,cogió una pulmonía, y pasó a mejor vida el Viernes Santo por la tarde,dejando dos hijos de corta edad: Antoñito y Obdulia.

Administradora y dueña del caudal activo y pasivo, Francisca no tardó endemostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, ya su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitaspersonas que se la comían por dentro y por fuera, devorándola sincompasión. En esta época desastrosa, entró a su servicio Benigna, que sidesde el primer día se acreditó de cocinera excelente, a las pocassemanas hubo de revelarse como la más intrépida sisona de Madrid. Quétal sería la moza en este terreno, que la misma doña Francisca, de unamiopía radical para la inspección de sus intereses, pudo apreciar larapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determinó a corregirla.

Enjusticia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada Benina, y Nina simplemente por la señora) tenía cualidades muy buenas que, encierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carácter, aqueldefecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, queproducía el milagro de agrandar las horas y los días. Además de esto,Doña Francisca estimaba en ella el amor intenso a los niños de la casa;amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilanciaconstante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos lesatendía. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedirque el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y enuna de estas, Benina fue despedida. Los niños la echaron muy de menos, ylloraban por su Nina graciosa y soboncita.

A los tres meses se presentó de visita en la casa. No podía olvidar a laseñora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo materialde ella, la encariñaba y atraía. Paquita Juárez también tenía especialgusto en charlar con ella, pues algo (no sabían qué) existía entre lasdos que secretamente las enlazaba, algo de común en la extraordinariadiversidad de sus caracteres.

Menudearon las visitas. ¡Ay! la Benina nose encontraba a gusto en la casa donde a la sazón servía. En fin, que yala tenemos otra vez en la domesticidad de Doña Francisca; y tan contentaella, y satisfecha

la

señora,

y

los

pequeñuelos

locos

de

alegría.Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de lafamilia en el orden administrativo: las deudas roían con diente voraz elpatrimonio de la casa; se perdían fincas valiosas, pasando sin sabercómo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Comocarga preciosa que se arroja de la embarcación al mar en los apuros delnaufragio, salían de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombrasriquísimas: las alhajas habían salido ya... Pero por más que sealigeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y desumergirse en los negros abismos sociales.

Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dosniños padecieron gravísimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia yepilepsia la otra. Benina les asistió con tal esmero y solicitud tanamorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uñas de la muerte.Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Poramor de Benina, más que por el de su madre, se prestaban a tomar lasmedicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a nocomer antes de tiempo: todo lo cual no impidió que entre ama y criadasurgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segundadespedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina saliódisparada, jurando y perjurando que no volvería a poner los pies enaquella casa, y que al partir sacudía sus zapatos para no llevarsepegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, yano las había.

En efecto: antes del año, apareciose Benina en la casa. Entró, anegadoen lágrimas el rostro, diciendo: «Yo no sé qué tiene la señora; yo no séqué tiene esta casa, y estos niños, y estas paredes, y todas las cosasque aquí hay: yo no sé más sino que no me hallo en ninguna parte. Encasa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales más omenos; seis duros de salario...

Pues no me hallo, señora, y paso lanoche y el día acordándome de esta familia, y pensando si estarán bien ono estarán bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo anadie en el mundo más que a la señora, y sus hijos son mis hijos, puescomo a tales les quiero...». Otra vez Benina al servicio de DoñaFrancisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia habíadado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales deruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción profunda.Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otromás modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las rutinas y sindeterminación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tancríticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la callede Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocasdificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con lagenerosa ayuda de Benina, que sacó del Monte sus economías, importantestres mil y pico de reales, y las entregó a la señora, estableciéndosedesde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la prósperafortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desmintió lapobre mujer sus hábitos

de

sisa,

y

descontó

un

pico

para

guardarlocuidadosamente en su baúl, como base de un nuevo montepío, que era paraella necesidad de su temperamento y placer de su alma.

Como se ve, tenía el vicio del descuento, que en cierto modo, por otrolado, era la virtud del ahorro. Difícil expresar dónde se empalmaban yconfundían la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una partegrande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto deguardarla, de ver cómo crecía lentamente su caudal de perras, sesobreponían en su espíritu a todas las demás costumbres, hábitos yplaceres. Había llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva,y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapiñas yescondrijos de la urraca. En aquella tercera época, del 80 al 85, sisabacomo antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinoshaberes de Doña

Francisca.

Sucediéronse

en

aquellos

días

grandesdesventuras y calamidades. La pensión de la señora, como viuda deintendente, había sido retenida en dos tercios por los prestamistas; losempeños sucedían a los empeños, y por librarse de un ahogo, caía prontoen mayores apreturas. Su vida llegó a ser un continuo afán: lasangustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raroseran los días de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes,sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagorías losratos de la noche, cuando se veían libres de acreedores molestos y dereclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando labaratura, y del Olmo pasaron al Saúco, y del Saúco al Almendro.Por esta fatalidad de los nombres de árboles en las calles dondevivieron, parecían pájaros que volaban de rama en rama, dispersados porlas escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos.

En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudirnuevamente al fondo de su cofre, donde escondía el gato o montepío,producto de sus descuentos y sisas. Ascendía el montón a diez y sieteduros. No pudiendo decir a su señora la verdad, salió con el cuento deque una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarreña, lehabía dado unos duros para que se los guardara. «Dame, dame todo lo quetengas, Benina, así Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lodevolveré doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar...ya sabes... es cosa de días... ya viste la carta».

Y revolviendo en el fondo del baúl, entre mil baratijas y líos detrapos, sacó la sisona doce duros y medio y los dio a su ama diciéndole:«Es todo lo que tengo. No hay más: puede creerlo; es tan verdad como quenos hemos de morir».

No podía remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en sulimosna.

VIII

Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo delinfortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez yZapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamosal referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, DoñaFrancisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento sufortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocasamistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, lostenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezarona llamarla Doña Paca, y ya no hubo forma de designarla con otronombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombrefamiliar algún mote infamante: Doña Paca la tramposa, la Marquesa delinfundio.

Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a lascalamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sushijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaransu espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazónespinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá,y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle enlos estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina,sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza lasmalas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía elcaso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas ymimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles lavoluntad, se alzaba con el santo y la limosna.

Era muy listo para elmal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sustravesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo aparienciasagradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueranniñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes delos compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. Alos diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave asus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, seembriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados delas dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca monedaque tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arteexquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina.Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabíanqué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de ladespensa esconder sus mezquinos tesoros.

Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina leadoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismopara fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente díasde recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros,protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras delas dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tanbonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda yfácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías,verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa enel centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a suscorrerías infames, y las pobres mujeres a su desesperación.

Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna odesgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto algunode metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba,sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por losparaguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, allevantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madresy hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa nose diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa,respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuegointerior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dóndeesconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa quellevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche lasvinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchasy unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, ymultitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros nohabía ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados,temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, ytras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, yuna jaula sin pájaro.

Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano,la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló enella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómotemplar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos,peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas auna languidez mortecina.

Sus

melancolías

intensas

aburrían

a

las

pobresmujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividadmuscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problemacapital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de laniña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les habíaconcedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios,manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana;otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato.

Portemporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarsela causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillodisplicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres.Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros quetenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de laniña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica queel tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos.

Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabellocastaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosacuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuadoa semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que habíacrecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas depresunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otraspersonas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio devida, de lo cual

se

alegraba

Doña

Paca,

porque

tenía

sus

proyectosreferentes a la niña. La buena señora se habría desvivido porrealizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento desu educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba losrudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media.La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primoMatías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, queseguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por SanIsidro.

Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi seentablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y susextravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre noabandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella seconsolaba de tantas desdichas.

De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, seiniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entreObdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa deservicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos:estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obduliaignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía,versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella encartitas, entrevistas y honestos encuentros.

No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarlacon el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos nopocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndosecontrariada en su espiritual querencia.

Le daban por mañana y tardefuriosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y searañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparandouna ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entrepecho y espalda.

La marimorena que se armó en la casa no es parareferida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba elzapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte aladministrador de entierros para que, mediante una buena paliza u otramedicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de cosas demuertos, cipreses y cementerios de que había contagiado a la pobreseñorita.

Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia deltrato amoroso con el chico de la funebridad, consintiéndoselo a vecespor vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males,Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil;y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchosquebraderos de cabeza, porque también la familia fúnebre andaba amojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarsequería.

Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilanciade sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio.Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugardonde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirandoal mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lodeterminaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensandosimultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe yporrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región purade las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaronrepentinamente

sus

ideas,

y

con

perfecta

concordancia pensaron cosas muydistintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues habíacobrado la tarde anterior una factura de féretro doble de zinc y otrade un servicio completo de cama imperial y conducción con seiscaballos, etc...

La posesión del dinero realizó el prodigio decambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia;y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casacercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a susrespectivas familias, notificándoles que ya estaban casados.

Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámiteque faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico sepersonó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella ypateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechosconsumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero oefectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a Luquitas alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y unsueldecillo en la sección de Propaganda. Con esto, y el corretaje quepudiera corresponderle por trabajar el género en las casasmortuorias, colocación de artículos de lujo, o por agencia deembalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honradamodestia.

IX

No se había consolado aún la desventurada señora de la pena que eldesatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentándose de susuerte, cuando entró en quintas Antoñito. La pobre señora no sabía sisentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo acuestas: al fin era señorito, y se le despegaba la vida de loscuarteles. Pero también pensaba que la disciplina militar le vendría muybien para corregir sus malas mañas. Por fortuna o por desgracia deljoven, sacó un número muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo,y después de una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y ledijo que se casaba, que quería casarse, y que si no le daba suconsentimiento él se lo tomaría.

«Hijo mío, sí, sí—dijo la madre prorrumpiendo en llanto—.

Vete con Dios,y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que hasencontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y teaguante, allá te las hayas. Yo no puedo más».

A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones de lanovia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena queno había más que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, quepespuntaba con primor, y que no tenía más dote que su dedal.

«Bien, niño, bien—le dijo una tarde Doña Paca—. Me he lucido con mishijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes, tiene sobre qué caersemuerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir?

¿Del dedal y las puntadas de eseprodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan económico,aumentarás las ganancias de ella con tu arreglo. ¡Dios mío, quémaldición ha caído sobre mí y sobre los míos! Que me muera pronto parano ver los horrores que han de sobrevenir».

Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el noviazgo deAntoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus mañasrapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su caráctersufrió un cambio radical: mostrándose afectuoso con su madre y conBenina, resignábase a no tener más dinero que el poquísimo que le daban,y hasta en su lenguaje se conocía el trato de personas más honradas ydecentes que las de antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concedierael consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla.Charlando con su señora de estas cosas, Benina aventuró la idea de quetal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendría lasuerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por dondelógicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increíbles. No sedaba por convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una melancolíacorrosiva, no veía ya en la existencia ningún horizonte que no fueraceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocaciónde los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se aveníancon su soledad, y echaban de menos a la familia menuda; cosa en verdadmuy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a ladescendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre.

A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la calle delAlmendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabono le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habíanreducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastabapara tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del messe pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremodifícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédito entiendas o en cajones de la plazuela, habíase agotado. De los hijos nadapodía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente supropia subsistencia. La situación era, pues, desesperada, de naufragioirremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla omadero a que poder agarrarse. Por aquellos días, hizo la Beninaprodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer asu ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como teníaconocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejoresexcelente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precioínfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas orepollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres,que ocupan casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistadesy relaciones, y con poquísimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando alfiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos olentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas porquerías quepresentaba a la señora como artículo de mediana clase.

Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermedades,conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto yapetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquelcaso de las más rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas decomestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos,empleando la

actividad

corpórea,

la

atención

intensa

y

la

inteligentetravesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien,con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía,y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como paracompensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformábaseella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuandoDoña Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariñosa perdíasus mañas instintivas; siempre ocultaba a su señora una parte deldinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo ycapital nuevo.

Al año del casorio, los hijos, que habían entrado en la vida matrimonialcon regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como siheredaran la maldición recaída sobre la pobre madre. Obdulia, que nopudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enfermó de hipocondría;malparió; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de sumarido, que de ella no

se

cuidaba,

agravaron

sus

males

constitutivos.Mezquinamente socorrida por sus suegros, vivía en un sotabanco de lacalle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo,consumiéndose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaríos de suimaginación.

En cambio, Antoñito se había hecho hombre formal después de casado, talvez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de sumujer, que salió verdadera alhaja. Pero todos estos méritos, que habíanproducido el milagro de la redención moral de Antonio Zapata, nobastaban a defenderle de la pobreza. Vivía el matrimonio en un cuartitode la calle de San Carlos, que parecía el interior de una bombonera, yapenas se entraba en él se veía en todo una mano hacendosa. Para mayordicha, el que en otro tiempo perteneció a la clase de los llamados golfos, adquiría el hábito y el gusto del trabajo productivo, y nohabiendo cosa mejor en que ocuparse, se había hecho corredor deanuncios. Todo el santo día le teníais como un azacán, de comercio encomercio, de periódico en periódico, y aunque de sus comisiones habíaque descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba paraayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la Singer. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no erainferior a su disposición casera, porque en el primer parto se trajo dosgemelos. No hubo más remedio que poner ama, y una boca más en la casaobligó a duplicar los movimientos de la Singer y las correrías deAntoñito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el ex-golfo solía sorprender a su madre con esplendideces y rasgos deamor filial, que eran las únicas alegrías saboreadas por la infelizseñora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a vecesmedio duro, y Doña Paca lo agradecía más que si sus parientes de Rondale regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa losmellizos, ávidos de vida y de leche, que había que formar con buenosalimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a laabuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tenía. Más quepara dar estaba para que le dieran.

Al contrario de este matrimonio, el de los funerarios, Luquitas yObdulia, iba mal, porque el esposo se distraía de sus obligacionesdomésticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el café, y quizáslugares menos honestos, por lo cual se le privó de la cobranza defacturas de servicios mortuorios. Obdulia no tenía ni asomos dearreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martesenviaba recaditos a su madre con la portera, pidiéndole cuartos, queDoña Paca no podía darle. Todo esto era ocasión de nuevos afanes ycavilaciones para Benina, que amaba entrañablemente a la señorita de lacasa, y no podía verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante desocorrerla según sus medios. No sólo tenía que atender a su casa, sino ala de Obdulia, cuidando de que lo más preciso no faltase en ella.

¡Quévida, qué fatigas horrorosas, qué pugilato con el destino, en lassombras tétricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar elcrédito, mirar por el decoro! La situación llegó a ser un día tanextremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar acielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido elcrédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitriopara continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedirlimosna. Hízolo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, ysiguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el tristeoficio mendicante, privándola en absoluto de todo otro medio de atendera los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no podía menos de llegar ypermanecer allí hasta la muerte, por ley social, económica, si es queasí se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tantadesventura, armó el enredo de que le había salido una buena proporción de asistenta, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadosocomo adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingidopersonaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D.Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenuestrospara que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, porquien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por lasnoches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedíanoticias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta lacasa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladasreferencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.

X

Pues señor, atando ahora el cabo de esta narración, sigo diciendo queaquel día comió la señora con buen apetito, y mientras tomaba losalimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digería fácilmentelos piadosos engaños que su criada y compañera le iba metiendo en elcuerpo. Había llegado a tener Doña Paca tal confianza en la disposiciónde Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del mañana,segura de que la otra las había de vencer con su diligencia yconocimiento del mundo, valiéndole de mucho la protección del bendito D.Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doña Paca ledecía: «No debes escatimar el tiempo a esos señores; y aunque tuobligación es servirles no más que hasta las doce, si algún día quierenque te estés allí por la tarde, estate, mujer, que ya me entenderé yoaquí como pueda.

—Eso no—respondió Benina—, que tiempo hay para todo, y yo no puedofaltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...

—Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen tratoque te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me lehacían obispo.

—Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo deno sé qué punto, allá en las islas de Filipinas.

—¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga muchobien.

—Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas.

—¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?

—No; esa es la otra.

—Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.

—Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No,no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, segúndicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche.

—En los antípodas.

—Pero la hermana, Doña Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Diosquisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver alreverendísimo en el puesto que le corresponde.

—Puede que tenga razón. ¿Y qué hemos de hacer nosotras más queconformarnos con la voluntad del Señor, si nos llevan tan lejos al que,amparándote a ti, a mí también me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, yhasta podría suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que elbuen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispode acá, o al propio Nuncio...

—Yo creo que sí. En fin, allá veremos».

No pasó de aquí la conversación referente al imaginario sacerdote, aquien Doña Paca conocía ya como si le hubiera visto y tratado,forjándose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos ypintorescos que Benina un día y otro le daba. Pero lo demás quepicotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayorimportancia.

«Cuéntame, mujer. Y Obdulia ¿qué dice?

—Pues nada. ¿Qué ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parecepor allí hace dos días. Asegura la niña que tiene dinero, que cobró deun embalsamado, y se lo gasta con unas pendangas de la calle delBonetillo.

—¡Jesús me valga! Y su padre, ¿qué hace?

—Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no leenderezan ya. A la niña le mandan comida de casa de los padres; pero tantasada, que no le llega al colmillo. Se moriría de hambre si no lellevara yo lo que le llevo. ¡Pobre ángel! Pues verá usted: estos días mela he encontrado contenta. Ya sabe usted que la niña es así. Cuando haymás motivos para que esté alegre, se pone a llorar; cuando debiera estartriste, se pone como unas castañuelas. Sólo Dios entiende aquellazampoña y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, sí señora,y es porque da en figurarse cosas buenas. Más vale así. Es de las que secreen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, sonfelices cuando debieran ser desgraciadas.

—Pues si le da por lo contrario, ayúdame tú a sentir... ¿Y

estaba sola,enteramente sola con la chica?

—No, señora: allí estaba ese caballero tan fino que la acompaña algunasmañanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted.

—Ya... Frasquito Ponte. Figúrate si lo conoceré. Es de mi tierra, o deAlgeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantón y se empeña enserlo todavía... porque te advierto que es más viejo que un palmar...Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, deestos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosería y malaeducación. Viene a ser Ponte cuñado de unas primas de mi esposo, porquesu hermana casó con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Mealegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones desujetos dignos, decentes y de buena posición.

—Pues la posición del tal D. Frasquito me parece a mí que es como la delque está montado al aire, lo mismo que los brillantes.

—En mis tiempos era un solterón que se daba buena vida.

Tenía un buenempleo, comía en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino.

—Pues debe de estar ahora más pobre que una rata, porque las noches selas pasa...

—¿Dónde?

—En los palacios encantados de la señá Bernarda, calle de MediodíaGrande... la casa de dormir, ¿sabe?

—¿Qué me cuentas?

—Ese Ponte duerme allí cuando tiene los tres reales que cuesta la cama,en el dormitorio de primera.

—Tú estás trastornada, Benina.

—Le he visto, señora. La Bernarda es amiga mía. Fue la que nos prestólos ocho duros aquellos, ¿sabe? cuando la señora tuvo que sacar cédulacon recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda.

—Ya... la que venía todos los días a reclamar la deuda y nos freía lasangre.

—La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado porjusticia, aunque nos amenazaba. Otras son peores.

Sepa usted que estárica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarentamil duros lo que ha ganado, sí señora, y todo ello lo ha puesto en elBanco, y vive del interés.

—¡Qué cosas se ven! Bueno está el mundo... Pues volviendo al caballeroPonte, que así le llamaban en Andalucía, si es tan pobre como dices,dará lástima verle... Y más vale así, porque la reputación de la niñapodría sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigode levita, fuera un galán de posibles, aunque viejo.

—Yo creo—dijo Benina riendo, pues su condición jovial se mostraba encuantito que los afanes de la vida le daban un respiro—, que va allá...para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antesque esté corruto».

Doña Paca se rió un poco con aquellas ocurrencias, y después pidióinformes de la otra familia.

«Al niño no le he visto ni hoy ni ayer—respondió Benina—; pero me hadicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones,porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes demedicinas. Piensa ganar mucho dinero y echar él un periódico, todo decosas de tienda, poniendo, un suponer, dónde venden este artículo o elotro artículo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; perobuenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cuándoempieza a comer, pero no cuándo acaba. La Juliana me dijo que probaremosalgo de la matanza que le ha de mandar su tío el día del santo, yademás dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapateríapara donde ella pespunta.

—Es buena esa chica—dijo con gravedad Doña Paca—, aunque tan ordinaria,que no empareja ni emparejará nunca conmigo. Sus regalos me ofenden,pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de quenos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestión,prepárame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me sientomás cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. ¡Santo Dios, sime quedaré ciega! Yo no sé qué es esto. Como bien, gracias a Dios, y lavista se me va de día en día, sin que me duelan los ojos. Ya no paso lasnoches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por mí, y aldespertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodón.Yo digo: ¿qué tiene que ver el reúma con la visual? Me mandan que pasee.¿Pero a dónde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendotropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posición,o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?».

Acordose al oír esto Benina de lo más importante que tenía que decir asu señora aquella noche, y no queriendo dejarlo para última hora, portemor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientrasuna y otra recogían las escasas piezas de loza para fregarlas, nodesdeñándose Doña Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tonomás natural que usar sabía:

«¡Ah! ya no me acordaba... ¡qué cabeza tengo! Hoy me encontré al Sr. D.Carlos Moreno Trujillo».

Quedose Doña Paca suspensa, y poco faltó para que se le cayera de lasmanos el plato que estaba lavando.

«D. Carlos... Pero ¿has dicho D. Carlos? Y qué... ¿te habló, te preguntópor mí?

—Naturalmente, y con un interés que...

—¿Es de veras? A buenas horas se acuerda de mí ese avaro, que me havisto caer en la miseria, a mí, a la cuñada de su mujer... pues Purita ymi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme unamano...

—El año pasado, tal día como hoy, cuando se quedó viudo, mandó a laseñora un socorrito.

—¡Seis duros! ¡Qué vergüenza!—exclamó Doña Paca, dando vueltas a suindignación y a la inquina y despecho acumulados en su alma durantetantos años de oprobio y escasez—. La cara se me pone como fuego aldecirlo. ¡Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldasrotas, y un traje de sociedad, antiquísimo, de cuando se casó laReina... ¿Para qué me sirvieron aquellas porquerías?... En fin, siguecontando: le encontraste, ¿a qué hora, en qué sitio?

—Serían las doce y media. Él salía de San Sebastián...

—Ya sé que se pasa toda la mañana de iglesia en iglesia, royendo peanas.¿Dices que a las doce y media? ¡Pues si a esa hora estabas tú sirviendoel almuerzo a D. Romualdo!».

No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecundapara el embuste, y su memoria felicísima para ordenar las mentiras queantes había dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, lasacaron del apuro.

«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa, faltaba unaensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plazadel Ángel, esquina a Espoz y Mina?

—Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la cocina momentosantes de servir el almuerzo?

—Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además, no entiendede compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina envez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedabaen la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto comoyo, o más... En fin, que me encontré al vejestorio de D. Carlos.

—Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenías quepasar por San Sebastián, mujer.

—Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá, mirando alreloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero salió a saludarle.D. Carlos me vio; hablamos...

—¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo.

—¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por los niños.

—¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los hijos! ¡Unhombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, según dicen, tantascomo la edad de Cristo y una más; un hombre que ha ganado dineraleshaciendo contrabando de géneros, untando a los de la Aduana y engañandoa medio mundo, venirse ahora con cariñitos! A buenas horas, mangasverdes... Le dirías que le desprecio, que estoy por demás orgullosa conmi miseria, si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no seacerca a los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que repartiendolimosnas de ochavo, y proporcionándose por poco precio las oraciones delos humildes, podrá engañar al de arriba y estafar la gloria eterna, ocolarse en el cielo de contrabando, haciéndose pasar por lo que no es,como introducía el hilo de Escocia declarándolo percal de a real y mediola vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origenfalsos también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho?

XI

—No le he dicho eso, señora, ni había para qué—replicó Benina, viendoque Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostrose le subía.

—Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, quetambién era Alejandro en puño. Pues cuando empezaron mis desastres, seaprovechaban de mis apuros para hacer su negocio.

En vez de ayudarme,tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devoradapor la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenascondiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando meveía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazode pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda...Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de unembargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron porel San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de lacasa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida?¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatroduros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedady de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijodespués que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves quégente!

No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que nipor el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda,peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Puesellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, yalguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón,que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamoscafé... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más queagua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco,siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De lagrosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo.Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería,se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pistoestrepitoso en la Castellana y Retiro».

No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas,porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar quele diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto,sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlosme mandó que fuera a su casa mañana.

—¿Para qué?

—Para hablar conmigo...

—Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna...

Justamente: hoy es elaniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería.

—¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...

—¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un parde duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocandoviolines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría lalimosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos unpoquito de dignidad, Nina.

—No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es ustedorgullosa y qué sé yo qué.

—Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?

—Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye lamisa, y después echan un parrafito en la sacristía.

—Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D.Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de últimahora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya mecontarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro delsermón».

Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación,evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señoratardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche enla preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente,que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D.Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bienpodría ser.

A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minutomenos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, yuna criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos losmuebles igualitos en color y hechura.

Mesa de ministro ocupaba elcentro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros noeran de leer, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pareddel centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasanegra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía,que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos,veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, ypegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitudde coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengascintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado laseñora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porqueno se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea,nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, yno lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.

Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, congorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de andar porcasa, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuode esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por suaborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa detanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traíacuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin dudarespondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelode cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices;después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina enpie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en elsillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado,al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, comotodo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.

«Pues la he llamado a usted para decirle...».

Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblornervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este tic se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados deexcitación del individuo.

«Para decirle...».

Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpiólos ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual notenía más razón de ser que la pereza de afeitarse.

Desde la muerte de suesposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara,quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro,dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros yamarillos.

«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y elencontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevarcuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en lamendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, losricos...

—Paran en pobres, sí, señor,—dijo humildemente Benina, que, aunque yasabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimientoreciente de D. Carlos.

—Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos miseñora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en lamiseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntarasus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y elque no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supojamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!

—Verdad, señor, mucha verdad—dijo Benina suspirando, en expectativa delo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.

—Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí ypara mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de miquerida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad losnegocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día lacontabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todoslos apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso alMayor. Vea usted, véalo para que se convenza—añadió marcando más eltemblor negativo—. Lo que yo quisiera es que Francisca pudieraaprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».

Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, quese acercó para ver tanta maravilla numérica.

«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada,ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos delcartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago ylo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales,cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día pordía, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Franciscahubiera hecho balance, no estaría como está.

—Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance,que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella,como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es unángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta parasocorrerla.

—Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro austed que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos dellevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, lehubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabezadestornillada; convenga usted conmigo en que es una cabezadestornillada.

—Sí, señor, convengo en ello.