Misericordia by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Misericordia

Benito Pérez Galdós

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII,

XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI,

XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII,

XXXVIII, XXXIX, XL, Final

I

Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián...mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son másgraciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolospor la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plazadel Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del máspuro Madrid, en quien

el

carácter

arquitectónico

y

el

moral

se

aúnanmaravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana,la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más biendanzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre yvulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone enjarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otrabanda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patioscercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y unmercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquíadvertiréis el encanto, la simpatía, el ángel, dicho sea en andaluz,que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunasde las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre comoun pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificiobifronte, con su torre barbiana, el cupulín de la capilla de laNovena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato deocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el altocampanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, majo, por decirlo deuna vez. Es un

rinconcito

de

Madrid

que

debemos

conservar

cariñosamente,como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental tambiénes un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiemposviejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindomamarracho.

Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecidade fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entrapor la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y nonecesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagradoculto por una parte y otra, porque tenemos un contador infalible: lospobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Nortela cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo deguardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la fronterade lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras quevan a donde lavan.

Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en elpatinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas ySan Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puedeescaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. Enrigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten alos intrépidos soldados de la miseria destacarse

al

aire

libre

(aunquelos

hay

constituidos

milagrosamente para aguantar a pie firme lasinclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel opasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alasa derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidableocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, yforzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso delas Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena ymedia el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitasviejas, ciegos

machacones,

reforzados

por

niños

de

una

acometividadirresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de lapostulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora decomer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volvercon nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si nohay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, oAdoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatientea su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso alescondrijo donde mal vive. Por de pronto, observémosle en su rudo lucharpor la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cualno hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sinopulgas y otras feroces alimañas.

Una mañana de Marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabrasen la boca, y azotaba el rostro de los transeúntes un polvo que por lofrío parecía nieve molida, se replegó el ejército al interior delpasadizo, quedando sólo en la puerta de hierro de la calle de SanSebastián un ciego entrado en años, de nombre Pulido, que debía detener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio, según resistíalas temperaturas extremas, siempre fuerte, sano, y con unos colores quedaban envidia a las flores del cercano puesto. La florista se replegótambién en el interior de su garita, y metiendo consigo los tiestos ymanojos de siemprevivas, se puso a tejer coronas para niños muertos. Enel patio, que fue Zementerio de S. Sebastián, como declara el azulejoempotrado en la pared sobre la puerta, no se veían más seres vivientesque las poquísimas señoras que a la carrera lo atravesaban para entraren la iglesia o salir de ella, tapándose la boca con la misma mano enque llevaban el libro de oraciones, o algún clérigo que se encaminaba ala sacristía, con el manteo arrebatado del viento, como pájaro negro queahueca las plumas y estira las alas, asegurando con su mano crispada lateja, que también quería ser pájaro y darse una vuelta por encima de latorre.

Ninguno de los entrantes o salientes hacía caso del pobre Pulido, porqueya tenían costumbre de verle impávido en su guardia, tan insensible a lanieve como al calor sofocante, con su mano extendida, mal envuelto enraída capita de paño pardo, modulando sin cesar palabras tristes, quesalían congeladas de sus labios. Aquel día, el viento jugaba con lospelos blancos de su barba, metiéndoselos por la nariz y pegándoselos alrostro, húmedo por el lagrimeo que el intenso frío producía en susmuertos ojos. Eran las nueve, y aún no se había estrenado el hombre. Díamás perro que aquel no se había visto en todo el año, que desde Reyesvenía siendo un año fulastre, pues el día del santo patrono (20 deEnero) sólo se habían hecho doce chicas, la mitad aproximadamente queel año anterior, y la Candelaria y la novena del bendito San Blas, queotros años fueron tan de provecho, vinieron en aquel con diarios desiete chicas, de cinco chicas: ¡valiente puñado! «Y me paice amí—

decía para sus andrajos el buen Pulido, bebiéndose las lágrimas yescupiendo los pelos de su barba—, que el amigo San José también nosvendrá con mala pata... ¡Quién se acuerda del San José del primer año deAmadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo seacaba, Señor, hasta el fruto de la festividá, o, como quien dice, la probeza honrada. Todo es por tanto pillo como hay en la política pulpitante, y el aquel de las suscriciones para las vítimas. Yo queDios, mandaría a los ángeles que reventaran a todos esos que en lospapeles andan siempre inventando vítimas, al cuento de jorobarnos alos pobres de tanda. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales porun lado, el Congrieso dichoso, y por otro las congriogaciones, los metingos y discursiones y tantas cosas de imprenta, quitan lavoluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no haiga pobres, y se saldrán con la suya. Pero pa entonces, yo quiero saberquién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Ya, ya sepudrirán allá las señoras almas, sin que la cristiandad se acuerde deellas, porque... a mí que no me digan: el rezo de los ricos, con labarriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivoque no vale».

Al llegar aquí en su meditación, acercósele un sujeto de baja estatura,con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta años,de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desaliño; yponiéndole en la mano una perra grande, que sacó de un cartucho que sinduda destinaba a las limosnas del día, le dijo: «No te la esperabas hoy:di la verdad. ¡Con este día!...

---Sí que la esperaba, mi Sr. D. Carlos—replicó el ciego besando lamoneda—, porque hoy es el universario, y usted no había de faltar,aunque se helara el cero de los terremotos (sin duda quería decir termómetros).

—Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no esflojo milagro con estas heladas y este pícaro viento Norte, capaz deencajarle una pulmonía al caballo de la Plaza Mayor. Y tú, Pulido, tencuidado. ¿Por qué no te vas adentro?

—Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a mí ni la muerte me quiere. Mejorse está aquí con la ventisca, que en los interiores, alternando con esasviejas charlatanas, que no tienen educación...

Lo que yo digo: laeducación es lo primero, y sin educación,

¿cómo quieren que haiga caridad?... D. Carlos, que el Señor se lo aumente, y se lo dé degloria...».

Antes de que concluyera la frase, el D. Carlos voló; y lo digo así,porque el terrible huracán hizo presa en su desmedida capa, y alláveríais al hombre, con todo el paño arremolinado en la cabeza, dandotumbos y giros, como un rollo de tela o un pedazo de alfombraarrebatados por el viento, hasta que fue a dar de golpe contra lapuerta, y entró ruidosa y atropelladamente, desembarazando su cabeza deltrapo que la envolvía. «¡Qué día...

vaya con el día de porra!»—exclamabael buen señor, rodeado del enjambre de pobres, que con chillidosplañideros le saludaron; y las flacas manos de las viejas le ayudaban acomponer y estirar sobre sus hombros la capa. Acto continuo repartió lasperras, que iba sacando del cartucho una a una, sobándolas un poquitoantes de entregarlas, para que no se le escurriesen dos pegadas; ydespidiéndose al fin de la pobretería con un sermoncillo gangoso,exhortándoles a la paciencia y humildad, guardó el cartucho, que aúntenía monedas para los de la puerta del frontis de Atocha, y se metió enla iglesia.

II

Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a lacapilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamentemetódico, que su vida entera encajaba dentro de un programairreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos,de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes,y hasta del moverse y del respirar.

Con un solo ejemplo se demuestra elpoder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendoen aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siemprepor la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin quehubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en lostreinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de laPlazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunquea la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de laCruz.

Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de SanLesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorríatodas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasiónse alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni unamenos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en lacapilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde conel coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando deltiempo, o de lo malo que está todo, o bien de comentar el cómo y elpor qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por lapuerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedasdel cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar lacantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: comoaconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigoque la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buenseñor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichadaen que ponerla.

Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puertaque llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegosde ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron apicotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer,¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición ysus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, yque, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse?En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porquecuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las convenienciasusuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y lapalabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefabledel dime y direte.

«¿No vus dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decirahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.

—Yo también lo dije... Toma... como que es el aniversario del mes, día24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlosbendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otromás cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.

—Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y penséque, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la festividá.

—Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D.

Carlos sabecumplir y paga lo que debe.

—Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos lachica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sinagraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos,cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarsealgunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.

—Cállate, mala lengua.

—Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!

—¡Lenguaza!».

Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según seentra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellasciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todasvestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La señá Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quientiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, puesen donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de sereshumanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás,y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata,siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando delenvoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa manode largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frasesaltaneras y descorteses tenía por nombre Flora y por apodo laBurlada, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeñay vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba elmiserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre teníaque decir algo picante y malévolo cuando los demás repartijaban, ynunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelossagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia.Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al moverde labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en susencías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca,asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminabasu perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo,cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, yla barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando lasideas con un temblor insultante.

Tipo contrario al de la Burlada era el de señá Casiana: alta,huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez porllevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo delos pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estirarantodos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible yfeo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sinbrillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz degancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labiosdelgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale compararrostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a laBurlada podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el peloen una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como uncaballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros,cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con elotro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en todaregión del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta divisióncapital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lomismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase elprincipio de distinción capital. Las antiguas, o sea las que llevabanya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban depreeminencias que por todos eran respetadas, y las nuevas no teníanmás remedio que conformarse. Las antiguas disfrutaban de los mejorespuestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, juntoa la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasenesta jurisprudencia en beneficio de alguna nueva, ya les había caídoque hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzosoacudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnascolectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las antiguas; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera paraque fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho ala repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no erafácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían lapreponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largodominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte elantiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que puedendeterminar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro,dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas; la Burlada, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la másnueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivialo palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas lachispa de la discordia.

La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada osalida de fieles. Pero la Burlada no podía refrenar su reconcomio, yen la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (dequien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás,se deslenguó nuevamente con la antigua, diciéndole: «Adulona, más queadulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienescasa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo sesabe.

—Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que teenseñe la educación.

—¡A ver!...

—No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.

—Pero, señoras, por Dios—dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio máspróximo a la iglesia—. Arreparen que están alzando el SantísimoSacramento.

—Es esta habladora, escorpionaza.

—Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres caporala, notires tanto de la cuerda, y deja que las nuevas alcancemos algo de lalimosna, que todas semos hijas de Dios...

¡A ver!

—¡Silencio, digo!

—¡Ay, hija... ni que fuas Cánovas!».

III

Más adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, había otrogrupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, también sentada, condos niñas pequeñuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rígida, unavieja con traje y manto negros.

Algunos pasos más allá, a cortadistancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerposobre las muletas, el cojo y manco Elíseo Martínez, que gozaba elprivilegio de vender en aquel sitio La Semana Católica. Era, despuésde Casiana, la persona de más autoridad y mangoneo en la cuadrilla, ycomo su lugarteniente o mayor general.

Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bienregistrados aquí, con las convenientes distinciones de figura, palabra ycarácter. Vamos con ellos.

La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente,era, además de nueva, temporera, porque acudía a la mendicidad porlapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin dudapor encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran.Respondía al nombre de la señá Benina (de lo cual se infiere queBenigna se llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, siasí puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas deperfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los parroquianos que entraban o salían; en los repartos, aun siendoleoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni delejos la bandera turbulenta y demagógica de la Burlada. Con todas ycon todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba conmiramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y únicamente se permitíatrato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia,con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sinoque es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh.Fijarse bien.

Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buenaeducación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesanteque, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenasperceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos,grandes y obscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad ylos fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañerasde oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, noterminaban en uñas de cernícalo.

Eran sus manos como de lavandera, y aúnconservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en lafrente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algomejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y laexpresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto delíneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo enpenitencia. Faltábanle sólo el crucifijo y la llaga en la frente, sibien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamañode un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada másarriba del entrecejo.

A eso de las diez, la Casiana salió al patio para ir a la sacristía(donde tenía gran metimiento, como antigua), para tratar con D. Senénde alguna incumbencia desconocida para los compañeros y por lo mismo muycomentada. Lo mismo fue salir la caporala, que correrse la Burladahacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por elpasadizo, y sentándose entre la mujer que pedía con dos niñas, llamadaDemetria, y el ciego marroquí, dio suelta a la lengua, más cortante yafilada que las diez uñas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes.

«¿Pero qué, no creéis lo que vos dije? La caporala es rica, mismamenterica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí nos lo quita alas que semos de verdadera solenidá, porque no tenemos más que eldía y la noche.

—Vive por allá arriba—indicó la Crescencia—, orilla en ca los Paúles.

—¡Quiá, no, señora! Eso era antes. Yo lo sé todo—prosiguió la Burlada,haciendo presa en el aire con sus uñas—. A mí no me la da ésa, y hetomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en élcría, con perdón, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo deCuatro Caminos.

—¿Ha visto usted la jorobada que viene por ella?

—¿Que si la he visto? Esa cree que semos bobas. La corcovada es suhija, y por más señas costurera, ¿sabes?, y con achaque de la joroba,pide también. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, queallí son ricos, el Señor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engañana nosotras y a la Santa Iglesia católica, apostólica. Y como no gastanada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos losdías los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... ¡a ver!

—Ayer—dijo Demetria quitándole la teta a la niña—, bien lo vide. Letrajeron...

—¿Qué?

—Pues un arroz con almejas, que lo menos había para siete personas.

—¡A ver!... ¿Estás segura de que era con almejas? ¿Y qué, golía bien?

—¡Vaya si golía!... Los cazolones los tiene en ca el sacristán.

Allívienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos.

—El marido...—añadió la Burlada echando lumbre por los ojos—, es uno quevende teas y perejil... Ha sido melitar, y tiene siete cruces sencillasy una con cinco riales... Ya ves qué familia.

Y aquí me tienes que hoyno he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijola Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso.¿Tú qué dices, Almudena?

El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera ydificultosa lengua:

—¿Hablar vos del Piche? Conocierle mí. No ser marido la Casiana concasarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz,quirido.

—¿Conócesle tú?

—Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él... de mi tierra dos rosarios,y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero... Ser capatazo de la sopaen el Sagriado Corazón de allá... y en toda la probieza de allá,mandando él, con garrota él... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mumalo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo deIspania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajassoterranas. Guardar él, matarnos de hambre él...

—Es lo que faltaba—dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira—; quetambién tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.

—¡Tanto como eso!... Vaya usted a saber—indicó la Demetria, volviendo adar la teta a la criatura, que había empezado a chillar—. ¡Calla,tragona!

—¡A ver!... Con tanto chupío, no sé cómo vives, hija... Y

usted, señáBenina, ¿qué cree?

—¿Yo?... ¿De qué?

—De si tien o no tien dinero en el Banco.

—¿Y a mí qué? Con su pan se lo coman.

—Con el nuestro, ¡ja, ja!... y encima codillo de jamón.

—¡A callar se ha dicho!—gritó el cojo, vendedor de La Semana—. Aquí seviene a lo que se viene, y a guardar la circuspición.

—Ya callamos, hombre, ya callamos. ¡A ver!... ¡Ni que fuas VítorManuel, el que puso preso al Papa!

—Callar, digo, y tengan más religión.

—Religión tengo, aunque no como con la Iglesia como tú, pues yo vivo encompañía del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los papelaos de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemosenvidia, ¿sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos deflato, para irnos en globo al cielo, mientras que tú...

—Yo ¿qué?

—¡A ver!... Pues que estás rico, Eliseo; no niegues que estás rico...Con la Semana, y lo que te dan D. Senén y el señor cura...

Ya sabemos:el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita seanuestra santa miseria... El Señor te lo aumente. Dígolo porque te estoyagradecida, Eliseo. Cuando me cogió el coche en la calle de la Luna...fue el día que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes ymedio estuve en el espital, y cuando salí, tú, viéndome sola ydesamparada, me dijiste: « Señá Flora, ¿por qué no se pone a pedir enun templo, quitándose de la santimperie, y arrimándose al cisco de lareligión? Véngase conmigo y verá cómo puede sacar un diario, sin rodarpor las calles, y tratando con pobres decentes». Eso me dijiste, Eliseo,y yo me eché a llorar, y me vine acá contigo. De lo cual vino el estaryo aquí, y muy agradecida a tu conduta fina y de caballero. Sabes querezo un Padrenuestro por ti todos los días, y le pido al Señor que tehaga más rico de lo que eres; que vendas sinfinidá de Semanas, yque te traigan buen bodrio del café y de la casa de los señores condes,para que te hartes tú y la carreterona de tu mujer. ¿Qué importa queCrescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las doce delmediodía con un mendrugo, que serviría para empedrar las santas calles?Yo le pido al Señor que no te falte para el aguardentazo.

Tú lonecesitas para vivir; yo me moriría si lo catara... ¡Y ojalá que tus doshijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y temete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una tabernade las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, conperdón... El Señor te los conserve, y te los aumente cada año, y véateyo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tutarasca véala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me haolvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malosquereres, Eliseo de mi alma, y lo que a mí me falta tenlo tú, y come ybebe, y emborráchate; y ten casa de balcón con mesas de de noche, ycamas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey;y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y niña quegaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buenanafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de co,con papeles nuevos, y una batería que da gloria con tantismas cazoletas; y buenas láminas del Cristo de la Caña y Santa Bárbarabendita, y una cómoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, yhasta máquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pilade Semanas; ten también muchos amigos y vecinos buenos, y las grandescasas de acá, con señores que por verte inválido te dan barreduras delalmacén de azúcar, y papelaos del café de la moca, y de arroz detres pasadas; ten también metimiento con las señoras de la Conferencia,para que te paguen la casa o la cédula, y den plancha de fino a tumujer... ten eso y más, y más, Eliseo...

Cortó los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo unsilencio terrorífico en el pasadizo, la repentina aparición de la señá Casiana por la puerta de la iglesia.

—Ya salen de misa mayor—dijo; y encarándose después con la habladora,echó sobre ella toda su autoridad con estas despóticas palabras:«Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casade Dios».

Empezaba a salir gente, y caían algunas limosnas, pocas. Los casos deronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel díalas escasas moneditas de cinco y dos céntimos iban a parar a las manosdiligentes de Eliseo o de la caporala, y algo le tocó también a laDemetria y a señá Benina. Los demás poco o nada lograron, y la ciegaCrescencia se lamentó de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablabaen voz baja con Demetria, la Burlada pegó la hebra con Crescencia en elrincón próximo a la puerta del patio.

—¡Qué le estará diciendo a la Demetria!

—A saber... Cosas de ellas.

—Me ha golido a bonos por el funeral de presencia que tenemos

mañana.A

Demetria

le

dan

más,

por

ser

arrecomendada de ese que celebra laprimera misa, el D.

Rodriguito de las medias moradas, que dicen essecretario del Papa.

—Le darán toda la carne, y a nosotras los huesos.

—¡A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturasa cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estasholgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandísimas pendonazas,hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada año se trae unalechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del año queviene.

—¿Y es casada?

—Como tú y como yo. De mí nada dirán, pues en San Andrés bendito me casécon mi Roque, que está en gloria, de la consecuencia de una caída delandamio. Esta dice que tiene el marido en Celiplinas, y será quedesde allá le hace los chiquillos... por carta... ¡Ay, qué mundo! Tedigo que sin criaturas no se saca nada: los señores no miran a la dinidá de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lástimade las criaturas, sin reparar en que más honrás somos las que no lastenemos, las que estamos en la senetú, hartas de trabajos y sin podervalernos. Pero vete tú ahora a golver del revés el mundo, y a gobernarla compasión de los señores. Por eso se dice que todo anda trastornado yal revés, hasta los cielos benditos, y lleva razón Pulido cuando hablade la rigolución mu gorda, mu gorda, que ha de venir para meter encintura a ricos miserables y a pobres ensalzaos».

Concluía la charlatana vieja su perorata, cuando ocurrió un suceso tanextraño, fenomenal e inaudito, que no podría ser comparado sino a lasúbita caída de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a laexplosión de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que entoda la caterva mísera produjo. Los más antiguos no recordaban nadasemejante; los nuevos no sabían lo que les pasaba. Quedáronse todosmudos, perplejos, espantados. ¿Y qué fue, en suma? Pues nada: que DonCarlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que el mundo eramundo, salía infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... noalteró aquel día su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvióadentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularísimo,absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera.

Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusión la desusadasalida por aquella parte, sino que D. Carlos se paró en medio de lospobres (que se agruparon en torno a él, creyendo que les iba a repartirotra perra por barba), les miró como pasándoles revista, y dijo: «Eh,señoras ancianas, ¿quién de vosotras es la que llaman la señá Benina?».

—Yo, señor, yo soy—dijo la que así se llamaba, adelantándose temerosa deque alguna de sus compañeras le quitase el nombre y el estado civil.

—Esa es—añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese quehacía falta su exequatur de caporala para conocimiento o certificaciónde la personalidad de sus inferiores.

—Pues, señá Benina—agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos paraafrontar el frío de la calle—, mañana, a las ocho y media, se pasa ustedpor casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo?

—Yo la acompañaré—dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente enobsequio del señor y de la mendiga.

—Bueno. La espero a usted, señá Benina.

—Descuide el señor.

—A las ocho y media en punto. Fíjese bien—añadió D. Carlos a gritos, queresultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas delembozo raído—. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después,no me encuentra... Ea, con Dios.

Mañana es 25: me toca en Montserrat, ydespués, al cementerio.

Con que...

IV

¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febrilcuriosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buenD. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresaprivó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cualandaba la procesión...

dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La señá Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, sedespidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue.

Siguiola, conminutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezarona saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa yconfusión: «Ya lo sabremos mañana...

Será por desempeñarla... Tiene másde cuarenta papeletas.

—Aquí todas nacen de pie—dijo la Burlada a Crescencia—, menosnosotras, que hemos caído en el mundo como talegos».

Y la Casiana, afilando más su cara caballuna, hasta darle proporcionesmonstruosas, dijo con acento de compasión lúgubre: «¡Pobre Don Carlos!Está más loco que una cabra».

A la mañana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de nohaber ido a la parroquia ni la señá Benina ni el ciego Almudena,menudearon los comentarios del extraño suceso. La Demetria expusotímidamente la opinión de que D. Carlos quería llevar a la Benina a suservicio, pues gozaba ésta fama de gran cocinera, a lo que agregó Eliseoque, en efecto, la tal había sido maestra de cocina; pero no la queríanen ninguna parte por vieja.

«Y por sisona—afirmó la Casiana, recalcando con saña el término—. Habéisde saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahoracomo se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en queestuvo la echaron por ser tan larga de uñas, y si ella hubiá tenido conduta, no le faltarían casas buenas en que acabar tranquila...

—Pues yo—declaró la Burlada con negro escepticismo—, vos digo que siha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntandinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay.Hasta con coche las he conocido yo.

—Aquí no se habla mal de naide.

—No es hablar mal. ¡A ver!... La que habla pestes es bueycencia,señora presidenta de ministros.

—¿Yo?

—Sí... Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Beninasisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuvierano vendría a pedir. Tómate esa.

—Por bocona te has de condenar tú.

—No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita lalimosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen alraso.

—Ea, que estamos en la casa de Dios, señoras—dijo Eliseo dando golpesen el suelo con su pata de palo—. Guarden respeto y decencia unas paraotras, como manda la santísima dotrina».

Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia dealgunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezarbostezando se les pasaban las tristes horas.

Ahora conviene decir que la ausencia de la señá Benina y del ciegoAlmudena no era casual aquel día, por lo cual allá van las explicacionesde un suceso que merece mención en esta verídica historia. Salieronambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunosminutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablandocon Pulido, el ciego marroquí se le juntó, y ambos emprendieron juntosel camino por las calles de San Sebastián y Atocha.

«Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo quehablar contigo».

Y agarrándole por el brazo con solicitud cariñosa, le pasó de una aceraa otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina,a resguardo de coches y transeúntes, volvió a decirle: «Tengo que hablarcontigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo,porque los demás conocimientos de la parroquia para nada me sirven.¿Te enteras tú? Son unos egoístas, corazones de pedernal... El quetiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que ladejarán a una morirse de vergüenza, y si a mano viene, se gozarán enver a una pobre mendicante por los suelos».

Almudena volvió hacia ella su rostro, y hasta podría decirse que lamiró, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos,ya que no la vista, la intención, y en cierto modo la atención, tansostenida como ineficaz. Apretándole la mano, le dijo: « Amri, saber túque servirte Almudena él, Almudena mí, como pierro. Amri, dicermi cosas tú... de cosas tigo.

—Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. ¿Vas a tu casa?

—Voy a do quierer tú.

—Paréceme que te cansas. Vamos muy a prisa. ¿Te parece bien que nossentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar contranquilidad?».

Sin duda respondió el ciego afirmativamente, porque cinco minutosdespués se les veía sentados, uno junto a otro, en el zócalo de la verjaque rodea la estatua de Mendizábal. El rostro de Almudena, de unafealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala delcuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de laboca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegandola floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Losojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchassanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo habíaperdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y depasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a lamorisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja yllena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieranenmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches yretazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamentedefendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongorevelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir aprestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues lasabolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa materialdel cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que loempuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico,la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una ruedade merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lomenos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vidavagabunda del desgraciado hijo de Sus.

«Pues a lo que íbamos, Almudena—dijo la señá Benina, quitándose elpañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosaque quiere ventilarse la cabeza—.

Tengo un grave compromiso, y tú, nadamás que tú, puedes sacarme de él.

Dicermi ella, tú...

—¿Qué pensabas hacer esta tarde?

—En casa mí, mocha que jacer mí: lavar ropa mí, coser mocha,remendar mocha.

—Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro comotú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una agujacon la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección;eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y después de pedir en laparroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempopara ir un ratito al café... Eres de lo que no hay; y si en el mundohubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debierandarte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejotrabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasionesson los amigos.

—¿Qué sucieder ti?

—Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú nome amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes.

Amri... tirar no.

—Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposibleque se pueda salir de ellos. Te lo diré de una vez para que te hagascargo: necesito un duro...

—¡Un durro!—exclamó Almudena, expresando con la súbita gravedad delrostro y la energía del acento el espanto que le causaba la magnitud dela cantidad.

—Sí, hijo, sí... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo.Es preciso que yo tenga ese duro: discurre tú, pues hay que sacarlo dedebajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea.

—Es mocha... mocha...—murmuraba el ciego volviendo su rostro haciael suelo.

—No es tanto—observó la otra, queriendo engañar su pena con ideasoptimistas—. ¿Quién no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tienecualquiera... Con que ¿puedes buscármelo tú, sí o no?».

Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por lapalabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual contestóAlmudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato enmeditación dolorosa, mirando al suelo y después al cielo y a la estatuade Mendizábal, aquel verdinegro señor de bronce que ella no sabía quiénera ni por qué le habían puesto allí. Con ese mirar vago y distraído quees, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso delalma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentespresurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo.Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricochescon botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual eraconducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. Enlas tiendas entraban

compradores

que

salían

con

paquetes.

Mendigosharaposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasórevista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todaslas casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos,adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues dela vida faltaba un duro.

Después pensé que sería un paso muy salado quese presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieranel favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo.Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondríanbonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que encualquier parte donde un duro no representaba más que un valorinsignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... comoun átomo inmenso. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que conotras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteraciónsensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo:los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Puessiendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón habíapara que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, ypara que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a susmanos?

¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Beninase contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro nopodía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo elestanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?

V

Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación calculista,que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te dijo:

«¿No tenier tú cosa que peinar?

—No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas.

—¿No haber persona que priestar ti?

—No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una malacara.

—Señor Carlos llamar ti mañana.

—Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena,pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal quetengo en la garganta.

—No llorar, amri. Tú ser buena migo; yo arremediando ti...

Vesloahora.

—¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.

—Yo peinar ropa.

—¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán?

—Dos piesetas y media.

—Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?

—Vamos a casa migo—dijo Almudena levantándose con resolución.

—Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde.

¡Pues nohay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda!».

Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes,hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la vivezadel paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas derelojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte lesempujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco.Las manos de

uno y otro

eran

de

hielo;

sus

narices

rojas

destilaban.Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste.

No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda deToledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena

de

viviendasbaratas

alineadas

en

corredores

sobrepuestos. Entrase a ella por unpatio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura,residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto quehabitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y nohabía que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase lavivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: aun lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete,con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias comootras del mismo caserón o humana madriguera.

Una silla era el únicomueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimadotodo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros,cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de lahabitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o uncostal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada lapuerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más quepor la vista, comprendió que era una persona.

«Ya estar aquí la Pedra borracha.

—¡Ah! ¡qué cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto...

Borrachona,sinvergüenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yolo llevaré... y con la ayuda de Dios, sacaré siquiera dos ochenta. Vepensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santísima te lo dará, y yohe de rezarle para que te lo dé doblado, que a mí seguro es que noquiere darme cosa ninguna».

Haciéndose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolgó de unclavo el traje que él llamaba nuevo, por un convencionalismo

muycorriente

en

las

combinaciones

mercantiles, y lo entregó a su amiga, queen cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luegohacia el llamado Campillo

de

Manuela.

El

mendigo,

en

tanto,

pronunciandopalabras coléricas, que no es fácil al narrador reproducir, por ser enlengua arábiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpomuerto en mitad del cuartucho yacía. A las expresiones airadas delciego, sólo contestó

con

ásperos

gruñidos,

y

dio

media

vuelta,espatarrándose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor máshondo y en más brutal inercia.

Almudena metía mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues,revueltos con los del mantón, formaban un lío inextricable, yacompañando su registro de exclamaciones furibundas, exploró también elfláccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estabael hombre, que descubría lo que debe estar cubierto, y tapaba lo quegusta de ver la luz del día. Allí sacó rosarios, escapularios, un fajode papeletas de empeño envuelto en un pedazo de periódico, trozos deherradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, yotras baratijas. Terminado el registro, entró la Benina, de vuelta ya desu diligencia, la cual había despachado con tanta presteza, como si lahubieran llevado y traído en volandas los angelitos del cielo. Venía lapobre mujer sofocadísima del veloz correr por las calles; apenas podíarespirar, y su rostro sudoroso despedía fuego, sus ojos alegría.

«Me han dado tres—dijo mostrando las monedas—, una en cuartos. No hetenido poca suerte en que estuviera allí Valeriano; que a llegar a estarel ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico».

Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo ytriunfo, le mostró entre los dedos una peseta.

«Encuentrarla aquí, en el piecho de esta... Cogerla tigo.

—¡Oh, qué suerte! ¿Y no tendrá más? Busca bien, hijo.

—No tenier más. Mi regolver cosas piecho».

Benina sacudía las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda.Pero no saltaron más que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbón.

«No tenier más».

Siguió parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio delcarácter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieranencontrado a esta en estado de normal despejo, les habría dado la pesetacon sólo pedirla. Con una breve frase sintetizó Almudena a su compañerade hospedaje: «Ser güena, ser mala... Coger ella tudo, dar ella tudo».

Acto continuo levantó el colchón, y escarbando en la tierra, sacó unapetaca vieja y sucia, que cuidadosamente escondía entre trapos ycartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro,extrajo un papelejo, que desenvuelto mostró una monedita de dos reales,nueva y reluciente. La cogió Benina, mientras Almudena sacaba de subolsillo, donde tenía multitud de herramientas, tijeras, canuto deagujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Añadió aellas la que había recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobreanciana, diciéndole: « Amri, arriglar así tigo.

—Sí, sí... Pongo lo mío de hoy, y ya falta tan poco, que no quieromolestarte más. ¡Gracias a Dios! Me parece mentira. ¡Ay, hijo, québueno eres! Mereces que te caiga la lotería, y si no te cae, es porqueno hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adiós, hijo, no puedodetenerme ni un momento más... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Mevoy volando a casa... Quédate en la tuya... y a esta pobre desgraciada,cuando despierte, no la pegues, hijo, ¡pobrecita! Cada uno, por el aquelde no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo,otros con otra cosa. Yo también las cojo; pero no así: las mías son decosa de más adentro... Ya te contaré, ya te contaré».

Y salió disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de quealguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando,arrastradas de sus tumultuosos pensamientos.

Al quedarse solo, Almudenafue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tenía una palanganitade estaño y un cántaro de agua. Se lavó las manos y los ojos; despuéscogió un cazuelo en que había cenizas y carbones apagados, y pasando auna de las casas vecinas, volvió al poco rato con lumbre, sobre la cualderramó un puñadito de cierta substancia que en un envoltorio de papeltenía junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olorpenetrante. Era el sahumerio de benjuí, única remembranza material de latierra nativa que Almudena se permitía en su destierro vagabundo. Elaroma especial, característico de casa mora, era su consuelo, su placermás vivo, práctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquelhumo se puso a rezar cosas que ningún cristiano podía entender.

Con el humazo, la borracha gruñía más, y carraspeaba, y tosía, comoqueriendo dar acuerdo de sí. El ciego no le hacía más caso que a unperro, atento sólo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arábiga ohebrea, tapándose un ojo con cada mano, y bajándolas después sobre laboca para besárselas. Mediano rato empleó en sus meditaciones, y alterminarlas, vio sentada ante sí a la mujerzuela que con ojos esquivos ylloricones, a causa del picor

producido

por

el

espeso

sahumerio,

lemiraba.

Presentándole gravemente las palmas de las manos, Almudena lesoltó estas palabras:

«Gran púa, no haber más que un Dios... b'rracha, b'rrachona, nohaber más que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo».

Soltó la otra sonora carcajada, y llevándose la mano al pecho, queríaarreglar el desorden que la mano inquieta de su compañero de viviendahabía causado en aquella parte interesantísima de su persona. Tan torpesalía del sueño alcohólico, que no acertaba a poner cada cosa en susitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempreque se cubran. « Jai, tú me has arregistrao.

—Sí... No haber más que un Dios, un Dios solo.

—¿Y a mí, qué? Por mí que haigan dos o cuarenta, todos los que ellosmesmos quieran haberse... Pero di, gorrón, me has quitado la peseta. Nome importa. Pa ti era.

—¡Un Dios solo!».

Y viéndole coger el palo, se puso la mujer en guardia, diciéndole: «Ea,no pegues, Jai. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena.¿Cuánto dinero tienes? ¿Qué quieres que te traiga?...

¡B'rrachona! no haber diniero... Llevarlo los embaixos, tú dormida.