Mi Tio y Mi Cura by Jean de La Brète - HTML preview

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¿qué lereprochas?

—Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sévalsar a tres tiempos—exclamé con indignación.

—¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tanjoven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás ahallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo lasmejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortunainmensa, familia honorable y muy antigua.

—¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca—interrumpí con desdén.

Tengohorror a los abuelos, tío.

—¿Por qué?

—Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Quéidiotez!

—¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V...gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista deello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?

—No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta lapunta de los dedos—respondí, aprovechándome de la ocasión para admirarmis afiladas manos.

—Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien.Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, yquiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des unacontestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, quela resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presenteen el Pavol cuando le plazca.

—Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violentaagitación.

—¡Ah, quiere salir con la suya!—decíame mordiendo el pañuelo paraahogar los sollozos;—ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que encuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mirepentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía conprudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, nirenunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desdehacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no eraprofundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remediopara tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombreque enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amoratrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sidoperfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo,con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada.

La excelenteseñora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñudade un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto quefuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía másque veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstanciaque no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte,el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

—¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

—Sí—le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.

—¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

—No.

—Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestidollevabais! ¿Os gusta el azul?

—Puesto que lo uso...

El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.

—¿Os gustan los viajes, señorita?

—No.

-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.

—¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!

La conversación duró un poco más en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayorimpertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que sepaseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado yabrevió la visita.

Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en buscamía.

—Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia

¡caramba! tantopara mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertaspor completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se puedatratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, peroquiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buenalengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de LeMaltour almorzará con nosotros.

—Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.

—Pero no vayas a decir tonterías.

—Me

inspiraré

en

la

ciencia,

tío—le

contesté

majestuosamente.

—¿Cómo? en...

—No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.

—No, sobrina, no se trata de...

Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, ycorrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner enpráctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre laTartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarmesobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar decuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan connombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunosdetalles del país y varias palabras extrañas, cuya significaciónignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

—Veremos—me decía,—si Le Maltour resiste a esta prueba.

¡Ah miquerido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí apocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, delque camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso,al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros.

Oprimíaseme el corazónal ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo mehallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor LeMaltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

—He cambiado de idea desde ayer—le dije repentinamente;—

me gustanmuchísimo los viajes.

—Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesantedistracción.

—¿Y vos habéis viajado?

—Sí, algo.

—¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies,los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?—leinterrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.

—¿Y qué es todo eso?—preguntó aturdido el barón.

—¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?

—No, jamás.

—¡No haber estado en Tartaria!—exclamé con desdén.—¿A lo menosconoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor yel diablo a cuatro?

Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacermayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de latumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labiospara no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delatabael mayor desconcierto y Blanca exclamó:

—¿Has perdido la cabeza, Reina?

—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía porNasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasabala vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozosdonde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, queignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y supaís ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo megustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duranseis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a laspersonas, y para extirparlo se...

—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.

—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—

pregunté al barón.

—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

—Para los que no tienen sangre en las venas—

respondídespreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.

—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quienllevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.

—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porquesegún mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, esla de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, noresistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de miscaprichos tártaros, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije conaire sentencioso:

—Tío, quien quiere el fin pone los medios.

XV.

SIEMPRE cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía conpuntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpíde golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido eninquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales devida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivaspor el estilo de ésta:

«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No osparece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».

O de esta otra:

«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría,de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño,un mito; todo lo que queráis, menos realidad!

«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir!

¡Morir,sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»

Él me contestaba correo por correo.

«Hijita querida:—¿Qué significa el tono de tus últimas cartas?

Hacetres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría detus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y serátu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, ypor consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo,Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, yconversaremos de tus preocupaciones.»

Yo le respondí:

«Señor Cura:—La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y lasociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado,no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa deespantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah!si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailarcon apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por ciertoque iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza.

Perocreo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con laregla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, yconvenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que lafelicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro deun queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que puedenestallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.

«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada,apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy,estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, queno espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta,como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras estándestrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.

«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne,que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi personamoral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto,completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende haciael cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moralno arruine a lo físico...

«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que esterrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?

«Hasta la vista, mi viejo cura».

Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al curala más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos apaseo al monte San Miguel.

Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y elcomandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta yprolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspectosoñador.

Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lohicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importársememucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo demi mal humor positivamente insoportable.

—¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!—decía yo, quejándome acada paso.

—No son más que seiscientos, prima.

—¡Oh! entonces me quedo aquí.

—Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma dereumatismo.

Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery,mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantasgeneraciones.

¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de lamaravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos queduerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos,puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en elrostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones ycumplidos, sin pensar siquiera en mí.

¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras queyo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni sedignaba notarlas.

—Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices deella?

—Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algúnencanto.

—¿Que no lo encuentras en ella misma?

—De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillasarriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todoeso no sirve para nada!

—Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitecturafeudal—exclamó, riendo, mi tío.

Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.

—Nos vamos a romper la mollera—gemía yo, aferrándome al brazo delcomandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.

—¿Estamos tristes, Reinita?—me preguntó quedo el comandante.

—Habláis como mi cura—respondí emocionada.

—Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?

—Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie—contesté de malmodo.—Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo compartolas opiniones de Susana.

—¡Oh, oh!—dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, quetuve miedo de estallar en sollozos;—¡tanta misantropía en tantajuventud!

No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosaterraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enormearcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me echéa llorar.

—¡Ah!—pensaba,—cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace muchotiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Todami lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Diosmío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!

Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, queme parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causabavértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio enla afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mispropios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones quearrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.

De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.

—Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre elmonte San Miguel?

—Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.

En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en lapoca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses querecorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños defelicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca delporvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció elcamino cubierto con jirones de mi dicha.

Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tíollamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ellamuy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con laconvicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.

Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todaslas mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente.Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno,tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanerafisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.

—Reina—díjome sin preámbulos—Pablo ha pedido mi mano.

El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón.¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto pesocon un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoypor creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechosno se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de sucorazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, pormás que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

—¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?

—Un calambre—murmuré con voz débil.

—Voy a buscar éter—dijo, levantándose diligentemente.

—No, no—proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mialtivez que se desvanecía.—Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

—¿Sufres de eso a menudo, Reinita?

—No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.

Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar unimportuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza,que en breve pareció libre de su preocupación.

—Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?

—Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas susaspiraciones.

—Y a ti ¿te gusta?

—Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, perohasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.

—¿Qué defecto le encuentras?

—No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es unexcelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, yluego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te seráconvenir conmigo que está desprovisto de poesía!

—Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muynatural—respondí conteniendo mis lágrimas.

—En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.

—¿Entonces, lo desairas, Juno?

—He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; puestemo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamientoreúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fines un cumplido caballero.

—Mas, supuesto que no le amas, Blanca...

—Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en elhogar, no es necesario el amor.

—¿Cómo puedes creer semejante cosa?—exclamé saltando deindignación.—De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.

A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buensentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocabaen sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darleoídos.

—Pablo te quiere mucho, Juno—murmuré yo casi sin voz.

—Sí, desde hace tiempo.

—¿Lo sabías?

—Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y

tú, ¿no lohabías notado?

—Sí... algo—le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspirolleno de melancolía.

Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir sumano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.

Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por supadre, concluiría por dar su consentimiento.

Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casadoquince días después.

¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.

XVI.

CONVÍNOSE en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosaincreíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareciócasi decidida a otorgarle su mano.

Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda,y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguoshombres.

Pero esta resignación era sólo aparente.

Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí porpensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lomás sencillo era irme al otro mundo.

Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a élcon entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casienfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por laidea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a lasgentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven habíamuerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría suejemplo.

Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mispensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertiral cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.

Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y lepedí permiso para ir al Zarzal.

—Más vale escribir al cura que venga, Reina.

—No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.

—Es que no es nada divertido el viaje.

—No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lohagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, sies que me lo permitís.

—Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te seráfácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?

—Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré adormir en la casa parroquial.

—Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días.

Trata, pues, dehallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.

Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose labarba con aire preocupado.

—¿Estás enferma, Reina?

—No, tío.

—Sobrinita—díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no secumplan mis deseos.

Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habríavisto nada.

Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, queera muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieranéxito. Me abrazó con cariño y se retiró.

Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañíade Blanca que deseaba ir conmigo.

En el camino medité en las palabras de mi tío.

—Lo sabe todo—pensé.—¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar demis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿dequé me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puedequerer a otra. No entiendo a mi tío.

Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez.Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en suvida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.

Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda,mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver ami cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio queprofesaba a la etiqueta.

Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el clarode una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí apaso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estaralmorzando.

Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar haciaadentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol quecoloqué contra el muro a modo de banco.

Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, queformaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.

Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habíanperdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancosno estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobreel cráneo, con indecible desolación.

—¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!

Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, yme precipité en el comedor, como una bomba.

El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandecióde júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de laetiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en susbrazos y lloré largo rato sobre su pecho.

Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho deun cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habríancubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en laescuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perderla espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro quesólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tenerla pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia socialante un sentimiento sincero y profundo.

—La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo—exclamé sollozando.

—¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a talconclusión? No, no; no es posible.

Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame conenternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a unpajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar concaricias y frases cariñosas.

—Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate—medijo separándome con dulzura.

—Tenéis razón—respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mibolsillo.—Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y lacalma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos.¡Comamos, señor cura!

Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos,desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesaalegremente.

—Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta dehambre.

—Y no tengo casi nada que darte.

—¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y

pan casero!¡Es un banquete!

—Y ¿has venido sola, Reina?

—¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, aespaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso ledigan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.

El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí.Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis ymis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con unaadmiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.

—Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?

—Digo... sí, algo, Reina.

—Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de queacusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tanbien.

Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, misimpresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapécontinuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, porcierto, sin pensar en reñirme.

—¿No voy camino del infierno, señor cura?

—No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.

—¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Oshe escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.

—En todo caso, no lo pareces.

—Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y osconvenceréis.

Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió unespléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno aun lado de la chimenea.

—Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?

Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondítranquilamente.

—Mi cura, me muero.

Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera,en la que estaba a punto de introducir los dedos.

—No tienes aspecto de eso, hijita.

—¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?

—No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denotauna floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?

Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciaruna palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; unapalabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en unmovimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que seincrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.

—¿Y bien, Reina?

—Pues bien, señor cura, me muero de... amor.

El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y elmismo cura no dio más que un salto pequeñito.

—Estaba seguro de ello—dijo pasándose la mano por la cabellera blanca,que había reconquistado su revuelta actitud de los buenostiempos,—estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.

—No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puestoque amo.

—¡Oh tan joven, tan niña!

—¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor deCouprat.

—¡Ah! ¿conque es él?

—¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?

—Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.

—Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no legusto.

Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunosinstante como petrificado.

—¡Eso no es posible!—exclamó y con tal convicción que no pude ahogarla risa.

—No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y hapedido su mano.

Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; misdescubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y

coroné estanarración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real yverdadera.

El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en seriomis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de laconsternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y seesforzó en hacerme entrar en razón.

—Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.

—¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.

—Sin embargo, sucede.

—¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.

—¿Se lo has dicho a tu tío?

—No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿paraqué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo noquisiera que supiese que le amo; preferiría morir.

Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.

Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leerel secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.

Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente,cuando el cura prosiguió semisonriendo.

—Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.

-¡Ah! señor cura—repliqué rápidamente,—si Francisco I y Buckinghamestuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaríacontentísima.

¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptiblede

enojosas

interpretaciones,

y

abandonando

inmediatamente tan escabrosotema, me aconsejó resignación.

—Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y quetienes delante de ti una larga vida.

—Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no mecasaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!

Y traté de toser de un modo cavernoso.

—No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.

—Bueno—dije levantándome,—veo que no queréis creerme.

Aprovechemosdel buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para iral Zarzal, señor cura.

Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol deNoviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y elrostro del cura.

¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andarligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde laventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios ymugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetustacasa!

Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa dearriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidadde días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocassemanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se mehubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado pormi, lo hubiera creído sin dificultad.

Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba díastristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.

Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas,recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de lasdecepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.

—¿Os acordáis, señor cura?—díjele indicándole el cerezo, a que habíatrepado Pablo.

—Pensemos en otra cosa, Reinita.

—¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Osaseguro que no tiene defectos.

Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener,tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar misimpresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.

Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talentooratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena desabiduría y fácil de alcanzar.

—¡Ah, mi cura—le respondía con toda seriedad,—no sabéis lo que es elamor!

—Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y tesobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.

Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez yseis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos sonincomprensibles.

Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:

—¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!

Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:

—Señor cura, esta noche he concebido una idea.

—Veamos la idea, hijita.

—Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.

—No se puede quitar a otro su puesto, Reina.

—El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tiernaatención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?

—Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia;treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.

—¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.

—No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado enque yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de lostuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver yoír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursosintelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, notenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidioy a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacíatiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos díastan tristes de mi juventud.

El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siemprealegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podidosufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tanverdadera, tan dulce y tan sin hiel.

—Sois un santo, mi cura—le dije tomándole la mano.

—¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me hahecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácterjoven y activo.

Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puedesoportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuandose sufren con valor las pruebas y tribulaciones.

Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicabaen desierto.

Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con todaconvicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amordesgraciado.

—Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré conjúbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.

—Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglaratodo.

El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante landeau de mi tío, exclamó:

—¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entreeste coche y el carromato de Juan!

—Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena paraque el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa,puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia yun púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.

Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver pormás tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida,sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanzahabía nacido en su corazón.

XVII.

ESTA visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.

El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaíen mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra lasmujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba deconducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaronlos acontecimientos.

Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió cartade un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de susparientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada.Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor deKerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a unacontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme laesperanza.

El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos paraacordarme eternamente de tan célebre día)—el segundo día, hacía untiempo espantoso.

Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón.

Blancapreocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señorde Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar sudestierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.

Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de unaventana.

Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasiónpor las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y lalluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de eseviento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentíafatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellosinstantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dosbriosos corceles.

De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo.

Mirabaa Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.

—¡Qué aire de idiota tiene!—decíame yo, mirándola así, con los ojazosfijos y casi atontados.

—¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara delmismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh,inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.

En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.

Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:—

¡Tenemosvisitas!—Y

algunos

segundos

después

eran

introducidos en la sala, elamigo de mi tío y su agregado de embajada.

No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a lacalvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo nicalvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo nohabía visto jamás ningún hombre tan bello.

Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideasmatrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientementeelevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era suexpresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado laaureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortéshasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y unaposesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.

Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida,le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposibleimaginar una pareja más bella.

Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con caraentristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento deWeber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de granpreocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz yburlón.

El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tresdespués pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas deesto, cuando yo escribía al cura.

«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable ycaprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación yde las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidadentera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.

«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura.

Me pareceque el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir mereserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.

«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch.¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que unátomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre aquien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Quéconsideración tan absurda!

¿No es natural y lógico comer bien, cuando setiene salud?

«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en elPavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día,un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo,llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndoleentrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaríaa Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en unmarido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciarla belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella,como dicen mi tío y la etiqueta.

Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, quejamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negabaredondamente a dar su mano al señor de Couprat.

«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto comoantes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y ladejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en micuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quierohoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía meparece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestroshermosos cabellos blancos más delicados.

«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecidoverdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me hereconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiréde haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada,mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que altocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas lasengalana con su propia belleza.

«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En quéestriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando seresuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en elarreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no estádecidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Quécaos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismoinsondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vezla haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar.No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistiblese apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan ydesaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas.

Porque al fin, señorcura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en esteinstante!

«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en lavida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicenque el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos quesois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que losconocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría unadeclaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, heaquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, meprohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, ydeclarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en elfondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría aguardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismoinsondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres queavanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!

«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va máslejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?

«Dadme luz, mi viejo cura».

Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo.Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar elmatrimonio de Blanca.

Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a suhija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato eincapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo lafelicidad de una sobrina.

Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ningunaveleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tanentrañablemente sin que siquiera lo sospechara.

Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, niatravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario ypoético.

Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante.Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:

—Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremossiendo siempre buenos amigos.

Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentirhondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras,y le notaba muy cambiado, moral y físicamente.

Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubierasido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender quenuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura!

De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaríamejor.

XVIII.

EL quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco ypronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado.Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que nome cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría yespléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puestoal unísono de su belleza.

Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido.

Bajó

muyemocionada;

nos

abrazamos

todos

patéticamente y... camino de Italia.

—¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo.

Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé,pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capade pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentíaespecial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y acierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que alcaer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente ypintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en unamargen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando enla siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibióque el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizocolocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianasentre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compactacomo para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, quese podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos ycaer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar quehabía escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir ya admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al sersorprendidos en su líquido curso por el hielo.

No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del fríoque me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de miternura, como diría el poeta.

El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleandolos árboles con un bastón que había tomado en un momento de distraccióndel cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba yse esparcía sobre él.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que lasmujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de susmovimientos.

Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente,los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y mehacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sinque él se fijara, le miraba de soslayo.

—Prima...

—¿Primo...?

Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que seatascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el oradorpara alentarle.

Frunció las cejas y exclamó con ansia:

—Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

—¡Muy buena idea!—repúsele yo con tono seco,—iré a vuestro entierro.

Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y memiró con fijeza.

—¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que nome importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar estevalle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo.Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto demi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo sulúgubre proyecto, quedaba desconcertado.

—Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez quenos vimos me encontrasteis tan amable.

—¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a lasociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?

—¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por noser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora deLavalle?

—Lo habéis dicho, primo.

Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, yponiéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh,cómo comprendía yo los movimientos de su alma!

Se sentía feliz, feliz deencontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modoque me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos debarro y con el infortunado barón de Le Maltour.

—Vuestra tía era horrible, señorita,—me dijo volviéndose bruscamente.

—Mis lindos ojos compensaban su fealdad,—respondí en igual tono.

—¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

—Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión?

Lo creísinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... enperfecta salud.

—Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos,con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Quéos he hecho?

—Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestrocuerpo a la última mansión.

—¡Mi cuerpo!—exclamó con doloroso escalofrío.—Aun no estoy muerto,señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.

—¡Buen viaje, primo!

Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manoscon desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre suspasos.

—Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Peroqué... ¿estáis llorando?

—Pensaba en Juno—repuse logrando hacerlo con voz segura.

—Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?

—Con mucho gusto, Pablo.

¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano másbella, que había soñado poseer.

Y partió para no volver.

A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente ycontemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre elhielo.

¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesarioque la quiera prodigiosamente.

Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado deella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es unaintrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras quecerca de él, una almita?...

—¿Qué haces ahí, Reina?—me interrogó mi tío, que había venido sin queyo le sintiese.

Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción.

—¡Cómo! ¿Lloramos?

—¡Qué tontos son los hombres, tío!

—Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras?

—Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,—

proseguíllorando.

—¿Le crees capaz de semejante crimen?

—No,—contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.—Tal atrocidad esincompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que...

—Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme,la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón nose equivoque más.

—¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en suvida sin ser un fenómeno?

El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con unaconmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.

—¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros queel Pico de la Aguja Verde.

—Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.

Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía másque poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.

—Con todo, Juno es tan linda.

—Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas yplantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes deque las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto alPavol y...

Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miréalejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos quepredicen el porvenir con tanto aplomo.

—Todo está muy bien,—me dije encaminándome lentamente hacia elcastillo,—pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujerdurante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Serápreciso mandarle a Laponia.

Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo enmomentos en que el comandante subía a su carruaje.

Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:

—Comandante ¿Pablo se va a Rusia?

—Sí, su viaje está decidido.

—He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo mehabía imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.

-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.

—Los dados están echados—exclamé en voz alta golpeando el suelo con elpie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:

—Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre losesquimales, os lo suplico.

—¿Y por qué entre los esquimales?

—Porque las mujeres de por allá son espantosas—balbuceé,—

mientras quelas rusas son lindísimas.

El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestósencillamente:

—Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.

—¡Cuánto os quiero!—exclamé con los ojos llenos de lágrimas yestrechándole la mano.—Decidle que no permanezca mucho tiempo en laschozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:

—Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantenedla vuestra.

Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguidopor completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principiosde la dignidad.

Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamossalir del paso?

Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio yescribí:

«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices,encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar deJuno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso?

«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres queaman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura,mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que elseñor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.

«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol».

XIX.

EL único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto lainstalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútildemostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temorde próxima separación.

¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidadde los hombres!

Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotanaremangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.

Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.

Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Junoque respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darmepaciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle miscuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veíaobligada a soportar.

Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto elviaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y lashermosas eslavas me daban un miedo horrible.

—¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?

—Es de esperarse, Reinita.

—Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿Enqué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera;decidme que no es posible y que pronto me querrá.

—Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponerlo contrario y prepararte de antemano.

—Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señorcura.

—¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!

—El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad.

Decidmeque me querrá, señor cura, decídmelo.

—No deseo otra cosa, hijita querida,—respondíame el cura, quien apesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir elejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiesedependido de semejante sacrificio.

Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la detodos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día pordía.

Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durantehoras enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista ypensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador,con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en elZarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.

Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mimelancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señorde Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, estesolo hecho habría bastado para probarle su intensidad.

Seis meses pasáronse así.

Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en eljardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón habíarefrescado la atmósfera y regado las flores del cura.

Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influenciade dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejabaarrebatar por risueñas esperanzas.

Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua quedoblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que merecordaba las mejores horas de mi vida.

De tiempo en tiempo, decíame el cura:

—Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas!

¿Creerás, Reina,que he encontrado ya más de quinientas?

Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buencura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a misquimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.

Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardíny el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más reciosacudimiento que sentí en mi vida.

—¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina¿dónde está?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular unapalabra.

—¡Ah, allí está!—exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.

—¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy devolver a veros!

Tomó mi mano y la besó.

Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéispensar mal de mí.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; perocuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspirabaesta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuandole vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa,especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensartantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderosoque mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojóen sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.

Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre lasmanos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, ala vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchasveces a mi mente.

—Querida Reina—murmuró Pablo a mi oído;—si hubiese conocido antesvuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.

Yo no respondí, porque lloraba.

Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientrasque yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a unlado la cara y hacía esfuerzos por librarme.

—Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece.

Vuelve la carahacia acá, Reina.

Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, yexclamé:

—¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la AgujaVerde.

—¿El Pico de la Aguja Verde?—preguntó sorprendido.

—Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho loque ignorabais al partir?

—Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venidorecordando desde hace dos meses.

—¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

—Nada es más cierto, mi querida novia.

¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientrasque el cura lloraba de alegría.

Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de laprisión en que las había puesto el cura.

Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; suplumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personaslo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sétampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos,y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura porgorriones y babosas.

Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escucharsu voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sinembargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba elespíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía anombrársela.

—¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?

—Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte.¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?

No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:

—Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...

—¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.

—¡Oh¡—repuse mirándole solapadamente,—si mi tía era horrible.

—No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais másencantadora...

—Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

—Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valercomo si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más feae inculta es la tierra en que brota.

—Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.

—¡Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.

—No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo contoda la sinceridad de mi corazón.

Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba,pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar elpreguntarle:

—¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?

—¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?—

replicóseriamente.—¿No tienes confianza en mi lealtad?

—¡Oh, sí!—dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu decariño.

Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más laimagen de Blanca.

Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfectaconfianza.

—Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.

—¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?

—Sois muy poco discreto tío—le dije,—ruborizándome.

—Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que loconocía.

—¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.

—No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.

—Es posible.

—Y Pablo no ha ido a Laponia—continuó, riéndose, mi tío.

¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esafelicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuántadelicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sinsaberlo, había divulgado a todo viento.

Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sinigual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, defe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a losque no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrarpor sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin,nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo,nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener laestimación por base.

Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajola vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado aotro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinasy detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una miradainvestigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentorformal.

A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con éladmirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:

—¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de queel amor no es la cosa más encantadora del mundo?

—¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podidoconvencerte.

—¿Y, no tenía razón?

—Así parece—y sonreía bondadosamente.

El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul labóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no locreo.

Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia.

Y murmuraba:

—¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No seabría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.

Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían alpasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiadoviejas para casarse.

El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algomis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores,deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por elgusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, ymordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios.Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que merepita eternamente...

Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.