Mi Tio y Mi Cura by Jean de La Brète - HTML preview

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Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir.Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:

—Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.

—Eso pasará, pasará—respondió con voz entrecortada.—

Adiós, mi hijitaquerida; no me olvides y precávete, precávete...

Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por unbaúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componíanmi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

—¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!—exclamé.

Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mislágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, pruebairrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la másviolenta agitación, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir elconsejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:

—Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.

Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho,quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba aver tan pronto al señor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían miánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de lavida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.

Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de laimpresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que elvestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana,eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderastorturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa dela muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegidapor las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, ycomo tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de élun envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidadhacían honor al talento práctico de Susana.

Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yoque muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, seríanpara mi un manantial de sorpresas y admiraciones.

Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio,disimular cuidadosamente mis asombros.

Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y mecreía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nosdirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda larapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.

Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto yenjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillode andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:

—Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido queesperar.

Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de locual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:

—No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.

—Es también mi opinión, mi tío,—díjele bajando los ojos con modestia.

—Ah ¡esa es tu opinión!

—Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta queme ha dado el cura para vos, mi tío.

—¿Y porqué no ha venido?

—No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.

—Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero,sobrina?

—Sí, tío; está en mi bolsillo.

—¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?

—Porque es espantoso.

—¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo?No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hagoregistrar tu equipaje.

Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué elsombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo eramuy poco higiénico para tal producto de la industria humana.

Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.

—Ah, señorita—díjome Petrilla,—siento tanto dejaros, como sentiría sidejase la mejor de mis vacas.

—¡Mil gracias!—repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.

Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según metemo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besosfurtivos y sonoros.

—¡Adiós, Juan!

—Hasta la vista señorita—dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es unmodo de demostrar emoción como cualquier otro.

Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío,completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico ypor la novedad de mi posición.

Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.

Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manosgruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista unaspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud.Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían unefecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No teníamás de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataquesde gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico.Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por unmovimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existenentre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he vistogente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran lapalabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tanpronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con elmayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre miuna mirada de observación, mientras leía la carta que yo le habíatraído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datosdel cura.

—Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buenmozo?

—De ningún modo.

Mi tío hizo una ligera mueca.

—Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida?

—Porque me muero de miedo, tío.

—Miedo, y ¿de qué?

—Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso!

—Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningúnpeligro.

—Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol?

—Por cierto, y está muy deseosa de conocerte.

Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en elZarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***.

Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debíaconducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groserosde mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con latriste figura que hacían en tan elegante vehículo.

Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas paraconfortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es demi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una grancantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruajehermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

—Tío—le dije,—si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.

—Con mucho gusto, sobrina—respondió mi tío doblando inmediatamente sudiario.—Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿Dequé vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política,de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?

—Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres,creo, tío, que sé tanto como vos.

—Es muy posible—replicó el señor de Pavol, sorprendido de miaplomo.—Pues bien, elige tema.

—Decidme, tío, ¿no sois algo impío?

—¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?

—Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.

—¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.

—No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres másinteresante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón aldecir que todos los hombres eran unos herejes.

—Que, ¿le faltaba el sentido común?

—Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la únicavez—respondí con calma.

El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.

—¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué,

¿no tellevabas bien con la señora de Lavalle?

—Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez.Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Erauna mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.

—Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y mefelicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví aver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien trataday después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy,puesto que no eras feliz.

—¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?

—Sí, por cierto—respondió el señor de Pavol, con vivacidad.

—Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casarépronto.

—¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios yhablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.

—¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?

—Sí—respondió mi tío, algo ceñudo.

—Tanto mejor—dije restregándome las manos.—Y mi prima

¿es alta?

—Alta y linda—respondió complacido el señor de Pavol,—

una diosa encarne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante teconvencerás de ello, pues ya llegamos.

En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía alcastillo.

Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.

Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorgauna gracia a un súbdito.

—¡Dios mío, qué hermosa sois!—le dije, contemplándola con sorpresa.

Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi primase imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque sufisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos laadmiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.

Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; unperfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules conpestañas obscuras y bien trazadas cejas.

De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más dediez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso queamenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenidomovimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo aldescuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor dePavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgoa rasgo a Juno; el nombre le quedó.

Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mitío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.

—¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?

—No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.

—Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dichoque eras linda.

—¿Pablo de Couprat?—exclamé.

—Cierto—dijo mi tío,—me he olvidado hablarte de él. Parece que seguareció en el Zarzal un día de tormenta.

—Bien lo recuerdo—respondí ruborizándome.

—¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?

—Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación.

¿Quién teha vestido así, Reina?

—Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto yestupidez—contesté con fastidio.

—Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten,sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle.No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; enseguida Juno te acompañará a tus habitaciones.

Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente,y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquelPavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y vercumplirse mi destino.

Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdosmás que un punto imperceptible.

IX.

MAS, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porqueeste olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegadaal Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta:

«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientosque participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dóndeempezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, quelos árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño,que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima esbella como una hada.

«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, nome quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindascomo Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señorcura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro,sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Yluego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... mehubiese consolado.

«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parecedesde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí.

«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo quevos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, lescontaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimientodelicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo.

«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo,bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo,muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera elmiedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, queridocura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.

«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajosde Susana son decididamente unas atrocidades.

No nos hagamos ilusiones,mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos,he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.

«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado antelas calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reídode mi, porque ella llama a V*** una bicoca.

¡Qué diría del Zarzal!Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, quees muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvientahice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara encosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta delo útil ni de lo práctico?

«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos;humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y lospastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable comoprovechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo,tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté enuna tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida yme compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que habíaen la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sinoque me había endeudado; pero ¿qué importa?

puesto que soy rica. Mi primarió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que larazón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo,y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compracuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de mediasy camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, queridocura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio ala razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomíaseca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, queincontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de laelocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en micuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y quepor lo menos estoy contenta.

«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo medecíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que vercon las jóvenes?

«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchasveces como a una tonta!

«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto.Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola enel Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que nome quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana oprender fuego al castillo.

«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además deser linda, poseo un buen dote.

«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero quelas dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy,pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que serácodiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es quelo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menosque... Pero ¡chist!

«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardoel lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir micorazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a másno poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras.¡Dios mío, que cosa linda es la vida!

«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y osextraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Megustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bienarregladitos y tan poco parecidos al Zarzal.

Todo está en orden, hastaen sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal.A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cadainstante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, osllamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.

«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no séporqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y esetodo está lleno de cariño.

«Os quiero con toda el alma, señor cura.— Reina».

Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando conbeatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuartoalegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles queveía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellossueltos y cara preocupada.

—Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott—ledije contemplándola con admiración.

—Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,—vengo a charlarcontigo.

—Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que misideas...

—¿Aun cuando se trate de casamiento?—prosiguió Blanca, que ya conocíami opinión sobre tema tan serio.

—¿De

casamiento?

Ya

estoy

despierta—exclamé,

incorporándomerápidamente.

—¿Deseas casarte, Reina?

—¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más prontoposible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres,excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú.

—No se debe decir que se ama a los hombres—dijo Blanca con tonosevero.

—¿Por qué?

—No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio deuna niña.

—¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas.

—¡Qué niña!—exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que mepareció chocante.—He venido a hablarte de papá, Reina.

—¿Qué pasa?

-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado yavarios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa.Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber sisiempre se opondrá a que me case.

—Pregúntaselo.

—¡Ah! ahí está el busilis—prosiguió Blanca, algo turbada;—

te declaroque papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.

Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos queme caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima.

Desde aquel instante,Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la habíacolocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volveríajamás a intimidarme.

—A mi no me asusta nadie—exclamé, tomando mi almohada y largándola depaseo al medio del cuarto.

Blanca me miró con asombro.

—¿Qué haces, Reina?

—¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mialmohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo deproceder sacaba de quicio.

—Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre.Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como paratener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesarcritica?

—Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco ami tío y arreglo todo.

Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos paranotificarle que iba a entrar en batalla.

Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, yadesconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yoeché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente alpalenque.

—¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?

—No por cierto—respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.

—¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?

—¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántroposresponderían: sí; los misántropos: no.

—Con todo ¿su opinión, tío?

—No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que laProvidencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humanaespecie.

—Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuandocriticáis el matrimonio.

—¿Ah, sí?—dijo mi tío.

—Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismotiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéisaceptar el matrimonio para todo el mundo.

—¡Caramba!—prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con talexpresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar!¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?

—El matrimonio—exclamé entusiasmada,—es la más hermosa de lasinstituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con lapersona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, esencantador!

—¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?

—Porque yo... en fin, yo pienso así—exclamé dedicando a mi pasado unasonrisa llena de misterios.

—El matrimonio entrega una víctima al verdugo—murmuró mi tío.

—¡Ah!

Juno y yo protestamos con la mayor energía.

—¿Y quién es la víctima, papá?

—¡El hombre, canarios!

—Pues, peor para los hombres—repliqué, que se defiendan.

Lo que es yo,estoy decidida a volverme verdugo.

—Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?

—A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras delmatrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Yyo, deseo que sea cuanto antes.

—¡Reina!—gritó mi prima estupefacta con mi audacia.

—No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelvesa esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.

—¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación pornadie.

—Sí, por cierto—dijo Blanca riendo,—¿a quién conoce?

Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablode Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelartal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué aresolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, alescuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sinembargo, logré dominarme.

—En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puedevivir sin amar.

—Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?

—Pero, de la vida, tío—le respondí tranquilamente.—

Recordad lasheroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.

—¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dadoconferencias sobre el amor?

—¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso!

Y encuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo.Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo unvidrio, entré por la ventana.

—¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acercadel amor?

—Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo quetrato.

—¡Canarios!—dijo mi tío riendo.—Sin embargo, acabas de decirnos queno quieres a nadie.

—¡Es cierto!—repliqué rápidamente, medio turbada con miindiscreción.—Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a laexperiencia?

—¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Yluego me parece que tú tienes buena cabeza.

—Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que almarido?

—A ningún otro—respondió sonriendo el señor de Pavol.

—Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido,naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sinamar, concluyo, que es necesario casarse.

—Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.

—¡Oh, eso no me importa!—respondió Blanca.

—¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.

—Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún casoextraordinario.

—Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?

—Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.

Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que melevanté para brincar.

—¡Entonces, no esperaré!—exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, endonde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.

—¡Qué desfachatada eres, Reina!

—¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que túmisma me has pedido?

—Es que dices las cosas muy pan, pan...

—Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.

—Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá.

—¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y loquiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el quenos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedesquejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber.

—¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador.

Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujereshechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sinpestañear las ideas de sus padres y sus tíos.

X.

EL lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablode Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.

Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás habíausado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosaadmiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso deexuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contrael suelo.

—¿A donde vas así, sobrina?

—A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos.

¿No veisqué bien estoy?

—Sí, en efecto, no estás mal.

—¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?

—¡Lindísimo!—respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas yencantado con mi alegría.

—¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario sepresentará muy pronto.

Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en elcuarto de Juno.

—¡Mira!—exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que miprima no podía ver más que un torbellino.

—Pero sosiégate, Reina—me dijo ella con su calma de siempre.—¿Cuándoserás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.

—Mira, qué piececito.

—¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina comotú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?

—Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.

—Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso?

Supongo queno habrá sido el cura.

—No, no; una persona que entendía algo en la materia.

¿Vendrá aalmorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?

—Sí, el cura y dos amigos de mi padre.

Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y prontoapareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que mepresentó.

¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!

Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotesblancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que merecordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdaderasemejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí tambiénque la simpatía era recíproca.

—Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome lasmanos:—deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.

Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubierasido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado suhijo.

Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermosovestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas misfuerzas.

Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente,que quedé cortada.

—Dadme la mano—le dije,—bien sabéis que nos conocemos.

—No me atrevía a...

—¡Qué tontería!

—¿Qué es eso, Reina?—refunfuñó mi tío.

—Una flor algo silvestre—dijo el comandante mirándome concariño,—pero una hermosa flor.

Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saberpor qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento,observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca.¡Ah, cómo me gustaba!

Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír conaquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojosfrancos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y

mitía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que sehabía trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.

No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado unaparte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.

Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente aéste, preguntándole:

—¿Por qué no volvisteis al Zarzal?

—No he podido disponer de mis acciones, señorita.

—¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?

—Muchísimo, os lo aseguro.

—Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?

—Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.

—¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais deella.

—Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, porcierto,—respondió sonriendo.

—¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?

—No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetusdel cariño.

—Pues es una tontería—dije secamente.

Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.

Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importanciaque yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentíatan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeñadecepción pasó por mi alma sin herirla.

El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes deOctubre.

—Me alegro—respondió Juno.

—Me enseñarás a bailar—le dije saltando sobre mi silla.

—Pido que se me permita ser el profesor—exclamó Pablo de Couprat.

—Pablo es un notable bailarín—dijo el comandante,—todas las señorasdesean bailar con él.

—Y luego es tan buen mozo—añadí yo.

El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mitío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas elrostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantólas cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar sudisgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que habíadicho una necedad.

Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto aencontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar elmodo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores mehabían llamado la atención.

—Reina, eres muy mal educada—decía Blanca.

—Habla así—respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mivíctima.

El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponentedignidad que no me infundía respeto.

Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi primacaminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la mirabamucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:

—Es muy linda ¿verdad?

—¡Linda, muy linda!—respondiome con una voz tan apagada que me hizoestremecer.

Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez yseis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como lasmariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo másalegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron delseñor de Pavol.

Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecerante él.

—Reina, has estado ridícula.

—¿Por qué, tío?

—No se le dice a un joven, que es buen mozo.

—Pero si me parece que lo es.

—Motivo de más, para no decírselo.

—¡Cómo!—contesté yo sorprendida.—¿Entonces debía decirle que lohallaba feo?

—No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, peroguárdala para ti.

—Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.

—No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir loque no se piensa y ocultar lo que se piensa.

—¡Qué horrible máxima!—exclamé asustada.—No la podré poner enpráctica jamás.

—Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.

—¡Y dale con la etiqueta!—respondí, marchándome de mal humor.

Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía porcostumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Penséen aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que lascosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo habíaesperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso paraconvencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y laperoración dio término con un enternecimiento de mal augurio.

Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo,pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenosconsejos y con este final:

«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, teruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voyal Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo,puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, ymi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidartetodavía.

«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote:desconfía de la imaginación».

Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.

XI.

HACÍA tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi tío pretendía que enese lapso de tiempo, había embellecido tanto, que sí me llegara aencontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparábame a esasplantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porqueson lozanas de por sí, pero que trasplantadas a tierras propicias a sunaturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increíble. Cuando memiraba al espejo, convencíame de que mis ojos pardos tenían nuevobrillo, mi boca más frescura, y de que mi tez de meridional, adquiríamatices róseos y delicados, que me producían vivísima satisfacción.

Sin embargo, algunos días después del almuerzo de que he hablado,descubrí de un modo cierto que me había engañado groseramente, creyendocon toda simpleza, que el señor de Couprat estuviese enamorado mí. Sinembargo, como nunca he sido pesimista, me apresuré a argüir paraconsolarme. Díjeme que los corazones no deben estar precisamenteformados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otrostienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si elseñor de Couprat no me amaba aún, eso tenía que suceder hoy o mañana,dado que era evidente, que existía entre nuestros gustos y caracteresrespectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepciónhubiese sido grande, no conmovió profundamente mi tranquilidad por buennúmero de días. Me expandía en un ambiente simpático a todos mis gustosy me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandordel sol.

Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fanático por lamúsica venía al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompañabasiempre. De todos modos, siempre tenía la puerta franca, pues loautorizaban para ello el haber sido compañero de infancia de Blanca ylos vínculos del parentesco que unían a las dos familias. A más, mi tíomiraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con elcomandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseabaardientemente, casar a su hija con el señor de Couprat, pues hallaba ycon razón, que entraba en la categoría de los casos extraordinarios.

Sólo más tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que deotras cosas, que me hubiera sido fácil comprender antes si hubiesetenido más experiencia.

Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetitoque sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba sólidamente a las tres.Después de esto, Blanca me daba una lección de baile, mientras élejecutaba con brío un vals propio.

Otras veces el profesor era él; miprima iba al piano, y el comandante y mi tío nos contemplaban concomplacencia, mientras yo giraba en brazos del señor de Couprat, enmedio de una alegría indecible. ¡Qué lindos días!

No hacíamos un proyecto en que él no estuviera incluido. Su comunicativaalegría, su espíritu conciliador, y el talento para organizar e inventartravesuras, que poseía en grado sumo, hacían de él un irreemplazablecompañero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro,hábil, complaciente, se prestaba a todo, y todo sabía hacer. Cuandodescomponíamos un reloj o rompíamos una pulsera o cualquier otro objeto,Blanca y yo decíamos:

—Cuando venga Pablo, lo compondrá.

Pintaba a menudo y nos enseñaba sus trabajos. Es el único punto en quenunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensaantipatía por las artes, pero sobre todo, por la música, puesto que lamaldita etiqueta no permite taparse los oídos, mientras que es lo másfácil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el señorde Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, eraél lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento,porque analizándole, un día llegué a un terrible descubrimiento.

—¿Para qué pintáis árboles, primo? El árbol más feo, es mucho mejor quetodas esas manchas verdes que echáis sobre el lienzo.

—¿De ese modo comprendéis el arte, prima?

—¿No pensáis que Juno es mil veces más linda que su retrato?

—Sí, por cierto, lo creo.

—Y esas florecitas azules que ponéis en los árboles, ¿qué son?

—Eso es un pedazo de cielo, prima.

Hice una pirueta y exclamé con aire patético:

—¡Oh cielos, oh árboles, oh naturaleza!, ¡cuántos crímenes se cometenen vuestro nombre!

Mi tío tenía muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayorparte de las familias de la región y tenía mesa puesta para todos. Raroera el día que no tuviésemos algunos invitados a almorzar o a comer.Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender,como me había dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero deboadvertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nuncadisimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.

Mi tío y Juno, completamente rígidos en cuanto al capítulo de lasconveniencias sociales, me dirigían algunas reprimendas elocuentes; perose las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora noperdía la ocasión de hacer un disparate o decir alguna majadería.

—Has estado muy inconveniente con la señora de A***, Reina.

—¿En qué, hipócrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nadamás.

—Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina.

—Es tan fea, tío. Y de veras, no siento mucha afección por las mujeres;son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vezde ser personas fueran animales curiosos.

—¿Cómo te atreves tú a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuandono te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los demás?

—Sí, pero soy linda; por consiguiente, me está permitido hacerlo. Elseñor de C..., me lo dijo el otro día.

—No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, ¿crees que loshombres no te midan también de pies a cabeza?

—Sí, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, esbuscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como heobservado una porción de cosas.

—Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar también, que lacorrección es una apreciable cualidad.

Cuando nuestros invitados masculinos eran jóvenes, nos hacían la corte aBlanca y a mi, y lo que es yo me divertía bastante; pero cuando eranviejos... ¡Dios mío! surgía siempre la política a darme jaqueca. ¡Oh!¡Cuánto me ha aburrido la política!

Llegaban irritadísimos contra las tropelías del gobierno, pero hablabande ellas con cierta discreción hasta que algún bonapartista fogosoexclamaba, que debía fusilarse a todos los republicanos, paraaterrorizarles. La ingenuidad de la frase hacía reír, pero estahecatombe imaginaria era la señal de zafarrancho para las exageracionesy desatinos. Ya nos metíamos de cabeza en la política y no salíamoshasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominara la república y a los republicanos, pero en el momento en que algunosde los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tenía buencuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que secambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates.

Envolvíase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de sufidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista;mientras que éste, en su foro interno, trataba de imbécil allegitimista. Pero como la urbanidad no le permitía emitir su opinióngritaba para resarcirse como un desesperado.

En seguida se caía a plomosobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba,se les fusilaba, se les decapitaba y se les hacía picadillo; puesbonapartistas y legitimistas se unían en un odio común, para barrer dela faz de la tierra a tales bípedos. Se peroraba apasionadamente, segesticulaba, se salvaba a la patria y se ponían como remolachas... loque no obstaba ¡ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi tío, detiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salidaingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusión en un terreno máselevado que el del interés personal y las simpatías individuales. Nadalegitimista, y sin tener opinión determinada, no dejaba de ver que laFrancia, desde hacía un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendoesa una postura anormal, concluirá por perder el equilibrio y caer en unprecipicio en el que la enterrarían.

Se reía de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero amenudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrenciachistosa. Jamás lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a losvariados rugidos de sus huéspedes, seguro siempre, de que suya sería laúltima palabra, pues veía claro y lejos. Sin embargo, sus antipatíaseran vehementes y execraba a los republicanos.

No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saberguardar un justo medio: hubiese aceptado una república, si la hubiesecreído posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres,que luchan de buena fe por una utopía.

Algunas veces le oía llamar a nuestros gobernantes, jugadores deraqueta, comparando las leyes que las dos cámaras se envían diariamenteuna a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar conojos plácidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetablesnarices y se las aplastan.

De donde saqué yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referiré asu tiempo.

Al señor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y

aunque hablabapoco, escuchaba con interés. Bajo una corteza rústica escondíaconocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a unaaltura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongoque, como la mayoría de los hombres, habría tenido sus flaquezas y suserrores; pero creía en un Dios, en el alma, en la virtud, y noconsideraba la incredulidad, la mala fe y el espíritu de impiedad ydifamación como signo de virilidad intelectual.

Gustábale oír desarrollar sus sistemas a los materialistas ylibrepensadores, y su silencio burlón hablaba elocuentemente, mientrasobservaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que leocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad,les replicaba:

—¡Caramba! señor, ¿sabéis que os admiro? Habéis llegado casi a laperfecta humildad del Evangelio. Me avergüenzo de no poder seguirvuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedirásiempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdoque se revuelca en mi corral.

Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no legustaban los aldeanos, y pretendía que no hay nada más pillo y canallaque un campesino. Así, aunque se le estimaba y respetaba, no eraquerido. Sin embargo, hacía grandes limosnas y no desperdiciaba ocasiónpara ejercitar su bondad; pero jamás se dejaba envolver por la malicia yastucia de los buenos labriegos.

Por último, si mi tío no había seguido carrera alguna, si no había sidoni médico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomático, ni aunministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanastradiciones, respetando lo que es respetable, no dejándose arrastrar porlas divagaciones de la época, y usando de su influencia para encaminaral bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi tío era unhombre de talento, de corazón y de bien. Yo le quería mucho, y si nohubiese hablado nunca de política, le hubiera creído sin defectos. En lavida privada era ejemplar. Quería con locura a su hija, y en cuanto ami, pronto me tomó cariño.

—¡Qué cosa horrible son los gobiernos!—decía yo al señor deCouprat.—Sería necesario suprimirlos todos; por lo menos así no seoiría hablar de política. Hay que suprimir dos cosas: el piano y lapolítica.

—Sí, por cierto, y soy de vuestra opinión—me respondió riendo.

—Ah... ¿qué no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca laescucháis con placer; por lo menos, o así parece.

—Es que Blanca tiene mucho talento.

Esta explicación me produjo la fastidiosa sensación, que causan losmosquitos rondando alrededor de nuestros oídos cuando dormimos: nosincomodan sin turbarnos completamente el sueño. Evidentemente, la razónque me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo queno amaba el piano, sentía ganas de gritar y de escaparme cada vez queella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. ¡Qué dos hombresque pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo medesesperaba pensando en sus mujeres.

En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeñas inquietudesdesvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de unaexistencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entoncesmi tío, con el aspecto fúnebre de un hombre que va al cadalso, sepreparó a llevarnos a las tertulias anunciadas por el señor de Couprat.

XII.

PUEDO asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en miprimer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión deun placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y esoporque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decíaal oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia;pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.

A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.

—¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?

—No señor; seis semanas, más o menos.

—¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?

—En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡graciasa Dios! ha muerto.

—En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.

—¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?

—Defender el monte atacado por los ingleses.

—¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!

—¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?

—¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da unbledo.

—Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?

—Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a losromanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.

Y partíamos, girando.

Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor deCouprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señorasriquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallabatan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunquefuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindobigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que nohablaré por no escandalizar al prójimo.

Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor,dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos loshombres y desesperé a todas las muchachas.

El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, quetenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora departir, exclamé, desde el extremo del salón:

—Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.

Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa ycorrecta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sinhacer caso de mis recriminaciones.

Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomémi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a todavoz.

Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.

—¡Reina! ¿qué haces?

—¡Ya ves, bailar!

—¡Dios, mío! ¡qué niña eres!

—Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.

—Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.

Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose alos pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma esuna gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debehacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía queuna almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...

—¡En

cuanto

a

eso

estoy

conforme!

díjele

interrumpiéndola,—sólo sonagradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienenbigotes: bigotes rubios, por ejemplo.

Un bigotito que os acaricia lamejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...

En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.

Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol.

Acudíinmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tíogerminaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de misconjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en lossermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé unsillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobremis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:

—¿Y? ¡Empezad, pues, tío!

—Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud másrespetuosa.

—Pero tío—repuse abriendo los ojos, asombrada;—no ha sido miintención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era paraoíros mejor.

—Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.

—Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decíamuchas veces que le haría morir de pesar.

—Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablopor causa de una chicuela mal educada, como tú?

—Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, ysegundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo micorazón.

—¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mislecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera taninconveniente?

—Especificad las acusaciones, tío.

—Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sidoinconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamadopor su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estabacerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba elbrazo, le pareció muy chocante.

—¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!

—Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.

—Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo lellamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimosa él directamente.

—Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie estáobligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de laspersonas.

—¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y deotro delante de gente?

—Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.

—Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.

—En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa.

Pareceademás, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.

—¡Cierto, ya lo creo!—exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar amis compañeros.—¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parteles había trampeado piezas y para que no se contrariaran...

—Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace sietesemanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesariomesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías,y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta ydesgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...

—¡Al fin y al cabo!—interrumpí, satisfecha,—así es como me gustan lossermones.

—No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.

—Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, medijisteis: eres terriblemente linda.

—Y ¿qué hay con eso, sobrina?

—¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre unmovimiento primo.

—Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo,hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes elaspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que tecorresponde.

—¡La dignidad!—exclamé,—y ¿para qué?

—¿Cómo para qué?

—No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobiernotiene tan poca?

—No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?

—¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? Laverdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Yentonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que losministros y los senadores?

Mi tío se echó a reír.

—Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre losdedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no tedejaré ir más a ninguna tertulia.

—¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de laInquisición!

—Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu meobedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquierahábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años,mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!

—¿Por qué, tío?

El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.

—¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.

—Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y unaselva son la misma cosa.

—En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete yreflexiona.

Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerréen mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante loscuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relacióncon la mesura.

XIII.

MUY pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría deque gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer espoder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner enpráctica los consejos de mi tío.

No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desdeentonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logrévolverme seria y adquirir un sosiego relativo.

Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsióndel porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el quemis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Eraaquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía,y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes yallegados.

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonadosmuchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban concariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasadoscuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para queaquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.

Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida losabuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos delas nietecillas criadas en el fondo de los bosques.

Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermososojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienesmi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía unafelicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear lascabezas en veletas.

¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!

Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después deasistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias ymatices.

Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a miauditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento paradedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de laiglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos.Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeresmás finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosay altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerlaadmirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones ypillerías que hacían mi felicidad.

Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta deque el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Meveía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle,coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces,melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, queahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecíatratarme como a una chica.

Y la frase de mi cura: «Está cierta de que teha tomado por una chiquilina

sin

consecuencia»,

comenzaba

a

preocuparmeenormemente.

A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un soloinstante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda,pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; peronunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo deCouprat.

Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían unasemejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado.Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe,alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia depersonajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un temapsicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, notengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofíay paso.

El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situadocerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamentelinda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fuipedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, ycontra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojosque comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañíade tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de laregión. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muyaburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunasinvitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat,demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre ysatisfecho que las circunstancias requerían.

Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimasde la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabíaagasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mitío decía:

—Si tiene el diablo en el cuerpo.

¡Sea tenido por infame el que mal piense!

Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi meinvitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.

Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó.Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulode la sala, negándome rotundamente a bailar más.

Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita,y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas,cuyas simpatías me había conquistado.

—Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina delbaile.

—Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.

—Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que laseñorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.

—Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo quechocaría en otras, en ella es encantador.

—Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señorde Couprat.

—Así he oído decir.

Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a misojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de lascolgaduras que me ocultaban.

Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecíavelado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarleque nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.

Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:

—No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirmetanto?

Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una grandesgracia se cernía sobre mí.

Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seisaños, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla deaquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.

Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en taldisposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo alas más fugitivas impresiones.

En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón.El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata deBeethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpadosentornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.

Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sincesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubierapodido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión,observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos.Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yosentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que nome gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismorespecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estabaenamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas legustaban en la mujer amada.

Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque deentusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:

—¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáismaravillosamente.

—¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!—

exclaméponiéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez,lanzaron un gruñido furibundo.

—Creo que dormías, Reina.

—No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras túinterpretabas tu maldito Beethoven.

—Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propiasimpresiones.

—¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propiasimpresiones!—respondí con voz temblona.

—¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormidoanoche.

—No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito ysostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era ungusto.

Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de untorbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.

Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de miceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla,cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de quepueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio deamores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamentedesalentada.

Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles,que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez,sino veinte.

El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era unaviva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.

En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular misimpresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.

Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más mansosiente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquiercosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen queestallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos deterracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas yridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo unextraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.

Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. Lasuerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando esteprocedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudocontenerse y respondió con una expresiva exclamación.

—¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?

—Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío—respondíle, aproximándomeal alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayorfuerza mis proyectiles.

—¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!

—Os pido perdón, tío, pero no os había visto.

—¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tuschucherías?

—Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!

Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor dePavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.

A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, puesen medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era unglobo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.

Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacíanlastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que misilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.

XIV.

TAL vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sintener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedadincreíble, por lo menos una vez en la vida?

Quisiera saber si existe unsolo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho,que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarseperspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen lospuntos sobre las íes.

Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor deCouprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba aBlanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentícelos de Juno.

¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente,pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor.Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor deCouprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas.No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida merefugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándomediscursos.

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le pareceen nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, porcierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientrasque a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotrosarmonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto?

Pero Blanca es tan buenacomo linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se leordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesarde la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quincedías todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis manerascaprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas;pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y nodespegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante alseñor de Pavol.

—¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

—Nada, tío.

—¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

—¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

—Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy untirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestasde matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?

—No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quierocasarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oírhablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar.

Aunque el señor dePavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sinembargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yopor lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casosextraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamentehacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos mellamaron la atención.

Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de lasobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre paraelegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar amis pretendientes.

—¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?—

mepreguntó Blanca.

—No me casaré, si no encuentro lo que deseo.

—¡Ah! ¿y qué deseas?

—No lo sé aún—respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.

—Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien?

¿A Pablo?

—Te juro, que no—díjele, zafándome de su caricia,—no quiero a nadie,y cuando quiera, lo sabrás en seguida.

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que enaquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por unhombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente nose trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que enpresencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.

—Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.

—Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal—

respondiomesonriendo,—¡cinco pedidos a la vez: figúrate!

—No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, meoprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades másraras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarseen el número de mis adoradores.

¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en lasociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lomás pronto posible.

Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.

—Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.

—Que le aproveche, tío.

—¿Te gusta?

—Al contrario.

—¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las delotro día que no valían nada.

—Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.

—Vamos al señor P. muy bien...

—¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!

—¿Y el señor de C.?

—¡Un hombre espantoso!

—Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.

—¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A losveintiséis años!

—¡Ah!... ¿y el pequeño D?...

—No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vezcasado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.

—Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour;