Mi Tio y Mi Cura by Jean de La Brète - HTML preview

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—Permitidme, permitidme—contestaba el buen hombre, perturbado en elsaboreo de su comida;—creo que la señora de Lavalle va más allá de suidea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también escierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una granconfianza.

—Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?—decía yocon mi airecito cándido.

—¡Voto a bríos!—exclamaba mi tía, que había substituido algunaspalabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y quele parecía muy aristocrática—¡voto a bríos!

¡cállate, necia!

Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora semordía los labios.

—¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y

vuestrosromanos?

—¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!—

replicaba elcura convencido de que decía una gran verdad.

—¿Y los curas?—continuaba yo.

—Los curas están fuera de combate—respondíame con bondadosa sonrisa.

Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba delprivilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundode ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, meestaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fueseabsolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y quecorría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.

Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme laidea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos losdías: Juan el quintero, Petrilla y Susana.

Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciacionesdebían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente ladejé para postre.

Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta,situada a un kilómetro de la casa.

Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juanque limpiaba su arado.

—¡Buen día, Juan!

—¡Buen día, señorita!—contestó Juan, quitando su bonete de lana, loque permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Estaera una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estabansometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio.

—Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante—díjele,haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia queyo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba.

—Mande usted, señorita.

—Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensausted a este respecto, Juan?

—¡Unos bandidos!—repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibieraun monstruo delante de sí.

—Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted.

—¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser.

—Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no,que los hombres sean generalmente unos bandidos?

Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, loque es signo seguro de profunda meditación.

Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta ydecisiva:

—Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede serque no.

—¡Cernícalo!—díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez.

Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto todasu persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro.

Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juany de mí misma.

—¡Petrilla, ven!—grité.

Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudióinmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazosy roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según sucostumbre.

—¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?—pregunele de pronto.

—Acerca de los hom...

Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomóuna punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posadasobre la derecha mirándome de un modo embobado.

—¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres?

—Señorita, usted sin duda quiere jugar.

—No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.

—¡Caramba! señorita—respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre suspiernas,—si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo másdesagradables.

Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar.

—No hablo de lo físico—proseguí yo, alzando los hombros,—

sino de lomoral.

—Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto—respondió Petrilla,brillándole los ojos.

—¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?

Petrilla se echó a reír a carcajadas.

—Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...

Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza.

Torció sudelantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las deVilladiego.

—¿Y después? ¡Termina!

—Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.

Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en lasprofundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz.

—¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir aSusana; lo que falta es que no quiera hablar.

Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerlafuncionar activamente.

Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que seríaconveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mipregunta.

—¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!—díjele con amabilidad.

—Se hace lo que se puede—refunfuñó Susana,—y a quien no le guste, quese queje.

—Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo,

¿quieresenseñarme a hacerlo?

—Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos ydejadme tranquila en mi cocina.

No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuegohacia otro punto.

—¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tujuventud? En tanto—pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser sumarido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.

Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme.

—Todos tenemos nuestra primavera, señorita.

—Susana—proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura parallegar más rápidamente a mi objeto,—tengo ganas de hacerte unapregunta...

—¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?—

añadípensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobreambos sexos.

Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y merespondió con una convicción contundente:

—Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.

—¡Oh!—protesté yo, ¿estás segura de ello?

—Tan cierto, como que os lo digo, señorita.

Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban portierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieranrepresentado a los bípedos, blanco de su antipatía.

Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado porSusana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y quea mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valordel cero.

V.

SIN embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidícontinuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.

Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C***Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, yfue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estabamás que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupabamás de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursionestraía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie decarromato, que en el lugar llamaban maringola. Aparecía mi tía detiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltronegro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violetadesvaído.

Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera caloro frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamientola idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sinllevar sobre sí el cuero de algún animal.

Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculasde su origen.

Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se poníaun almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción delindividuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.

Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo,colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a sulado.

Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.

—¡No hagas travesuras—decía mi tía,—y cuidadito con ir a la huerta!

—¡No me revuelva la cocina!—gritaba Susana,—y para almorzar,conténtese con la ternera fiambre.

El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gestoque quería decir:

—Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.

Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasossobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados comoárganas.

Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrásmaduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llaveocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo paradesalentarme por tan poco.

Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de labiblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarlasólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompíun cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego lospedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la aberturaaquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.

Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y alotro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.

Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me habíasumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una viejaescribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecerel cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tresinfructuosas experiencias di con lo que buscaba.

Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de lafractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba demis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas enfrente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a micuarto, como si hubiera sido un tesoro, La linda joven de Perth.

En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en unarrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientossesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás laimpresión que me hizo la lectura de La linda joven de Perth.

Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien sesaca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o másbien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de unmodo ideal la obra de su corazón y de su mente.

El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelabaconocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en miinteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Meentusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida yde movimiento.

Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía connosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.

Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómome había pasado aquel accidente.

—¿Accidente?—exclamé sorprendida.

—Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.

—La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera—

observó mitía.

—Sí, a una escalera—respondí,—es verdad.

—¡Pobrecita!—exclamó el cura desolado,—y ¿caíste de boca?

Yo hice una inclinación afirmativa.

—¿Y te has puesto árnica, hijita?

—¡Bah, no vale la pena!—prosiguió mi tía;—comed vuestra sopa, señorcura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.

El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinófurtivamente.

Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensabaen la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quienme había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menorpreámbulo estallé en sollozos.

—¡Dios mío!—exclamó el cura levantándose rápidamente.—

¡QueridaReinita, mi buena hijita!

—No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.

Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastanteorgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada porella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzóen consolarme.

—No es nada, mi bueno y querido cura—díjele yo enjugando mis lágrimasy echándome a reír.—Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza yluego, debo estar horrorosa.

—Como de costumbre—dijo mi tía.

El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de miexplicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Meaconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con todadiligencia.

Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuantoque yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o defastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de queera inútil tratar de analizarlo.

Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de WalterScott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegríasreales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir sihan sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras miinteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.

Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y

meolvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en lospersonajes que excitaban mi imaginación.

Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quienhabía dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección dehistoria, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre losque mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, ycuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada enconfeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de AmyRobsart.

—¿Qué has estudiado hoy?—preguntábame al llegar.

—Nada.

—¿Cómo nada?

—Me fastidia el estudio—decía yo con tono cansado.

El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me losespetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubieradirigido a un piel roja.

Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba,desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.

Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión deherir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que erafea.

Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho másconfianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación conlas heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tanlindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles paraser amada.

El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame condesconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvidode todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, paralo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.

Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo deno dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo lacabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado quenunca, producía el efecto de un penacho.

Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cercade mi:

—Volveré con la llave.

Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrirmi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.

Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto ylas reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesarde mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con quehabía substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.

Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí elorigen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar enusarla.

Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor.

En taldisposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, loinventaba.

Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con suinsolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y mepreguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse ensu casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.

—¡Qué fea está usted hoy, Reina!

Yo salté en la silla.

—Aquí tiene—le dije pasándole el salero.

—No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.

Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fuemujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendoel tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.

—No soy de su opinión—le repuse secamente,—me encuentro muy linda.

—¡Qué disparate!—exclamó mi tía.—¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del altode la estufa!

—Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombremalogrado—repliquele.

Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportababromas al respecto.

—He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinosnos llamaban unas diosas.

—¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?

—Mucho; éramos mellizas.

—¡Qué desgraciado sería su marido!—dije yo con tono convencido.

Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.

—Al fin y al cabo—proseguí con calma,—usted tiene naturalmente elgusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...

Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper unplato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizabatodos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamentede toda su maldad para conmigo.

—¡Es usted una serpiente!—exclamó con voz estrangulada.

—No lo creo, mi tía.

—¡Una serpiente!

—Ya lo ha dicho,—respondí tranquilamente.

—¡Una serpiente cobijada en mi seno!—repitió mi tía, que estabademasiado colérica para hacer gastos de imaginación.

Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaríahallarme en semejante situación.

—Permitidme—proseguí,—he estudiado ese animal en mi historia natural,y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno denadie.

Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mislecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, mepareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:

—¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!

Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todaspartes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes;en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudenciaordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra deuna parva de heno.

Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía.

La verdades que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podríaamarme así? Pero me consolaba leyendo Peveril del Pic. Era esta una demis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causade Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.

Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porquele decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que seescapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.

—¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!

Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito alver al cura de pie, delante de mí.

Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tanconsternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve susdiamantes trocados en avellanas.

Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.

—¡Oh, Reina!...—comenzó.

—Mi querido cura—exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra micorazón,—¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!

—Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.

Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muylimpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiarde asunto.

—Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.

—¿Desgraciada, Reina?

—¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, escierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.

¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sussermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo deverdad.

—¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?

—Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos lostonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.

Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en elalma.

El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muydistante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto ymiraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sindespertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento depecado.

—Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto sedesvanecen.

—Entretanto, esas cosas existen—repliqué, coincidiendo, en elpensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer deFrancia.

—Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora deLavalle.

—¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?

—Pero... sí—respondió el cura, con aire lastimoso.

—¿Muy bonita?

—Pero... sí—respondió en el mismo tono el cura.

—¡Ah, qué contenta estoy!—exclamé saltando.—¡Cómo os quiero, señorcura!

—Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Tehas introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leídolibros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.

—¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura hablamuy bien de él.

Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo,radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sinoque escuchaba con interés lo que le refería.

En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto,le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.

—Bien—me dijo,—te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismolo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacermás travesuras.

Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asuntopara discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de lamisma opinión.

Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fuedesvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció enel Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que noconmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones enel corazón o en la imaginación de las jóvenes.

VI.

ERA un domingo.

Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el únicooficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente.

Mi tía entrabaprimero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrillacerraba la marcha.

Nuestra iglesia era vieja y pobre.

El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de mohoverdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estabaformado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a losfieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitiosantificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornadocon figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien selas echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa,admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que aser yo santa y representarme

los

mortales

de

tan

odiosa

manera,

seríaabsolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienenmi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frenteperfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gustodel hombre.

Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces elnúmero crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andabasegún la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quienrugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de queposeía una hermosa voz, que era imposible criticarle.

El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio,de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el bustodel cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacíanmueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo.

Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, comoque las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunospozos, llegaba al púlpito.

Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en lasuperficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos,en el curso de su existencia.

Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, yel cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de suvida la posesión de un púlpito.

Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mitía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sustímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se tratabade dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de suprójimo.

A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francosen su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.

Una mañana le vi llegar fuera de sí.

—Mi Reinita, ven, ven conmigo—exclamó.

—¿A dónde, señor cura?

—A la iglesia; ven pronto.

—Pero a estas horas no hay misa.

—Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.

Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba talcontento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi unode los mejores recuerdos de aquel tiempo.

No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia.

Acabábase decolocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:

—¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos unpúlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastantebueno. He realizado el sueño de mi vida.

Nunca se debe desesperar denada, hijita, nunca.

Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que miimaginación me había representado un púlpito, como algo de grande ymonumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja demadera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que,hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños paraentrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; asíes que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas,de quince centímetros de alto cada una.

—Mira, Reina, mira qué buen efecto produce—decíame el cura.—Cuandotenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lopintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad esque pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiadaambición.

Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor delpúlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieransido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel.

A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía alensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de sufelicidad sin preocupación alguna.

—Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido unaespléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debodeclarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que habíasupuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda haceralguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Diosmío, haremos abstracción de él; he ahí todo.

¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aqueltiempo.

Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con laesplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, yde su espíritu algo infantil.

—¡Si es que parece exactamente un púlpito!—decía riendo yrestregándose las manos.

Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y meextasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causade la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, detal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes delauditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos quese agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso.

Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito»

quetuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos.

No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda paraechar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzaralguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle sepreparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas poruna tía y el aburrimiento de los sermones.

No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, peroun día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación,le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que sepropuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelantecontentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otrosvicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.

Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamossumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamentelamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y noshacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por elpecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menoshorribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales,permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositabatranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el pasotriunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano.

El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana quegozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y quese bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas consus flores retóricas.

Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa,Susana nos dijo:

—Tendremos tormenta antes de que concluya el día.

Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vidamonótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y losrelámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidosse sucedían con mucha rapidez.

Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por eljardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba conmelancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estabacondenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía.

Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primerpiso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir conlos ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal ynos traían la tormenta anunciada por Susana.

Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo queme, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mique ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yonunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lomenos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba ensilencio.

Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en unrincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazoalrededor del talle.

Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:

—¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.

Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerseen el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con unaestúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.

Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegarentró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras alsirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien aquien hablar.

Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la aberturaenrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitadode bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por talaparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, yobservaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.

De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de laescalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vistade lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dargolpes de puño contra la puerta.

Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde eseinstante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues nodemostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por susgestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso paraguarecerse en el Zarzal.

En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, yno dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.

Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casosproduce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendonunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignorabapor completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantesfacultades y hace estúpidos a los hombres superiores.

Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos,latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, queestaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, perocontento.

—Señor cura—exclamó yo, corriendo hacia él,—hay un hombre en elsalón.

—¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.

—No, no señor cura, es un verdadero hombre.

—¿Cómo, un verdadero hombre?

—Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bienvestido. Entremos pronto.

Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mitía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreíaagradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecíaestar tan a sus anchas como en su propia casa.

Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo máshosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco yexpansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotesde puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que unarisa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respirabaalegría y amor a la vida.

Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nospresentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, comopara los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo elnombre de Pablo de Couprat.

—¡De Couprat!—exclamó el cura;—¿sois tal vez hijo del excelentecomandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?

—Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?

—Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelentehombre!

—Sé que mi padre es querido por todo el mundo—respondió el señor deCouprat, con el rostro más radiante que nunca.—Y el comprobarlo essiempre para mi una nueva dicha.

—Pero—continuó el cura,—¿no sois pariente del señor de Pavol?

—Exactamente: primo en tercer grado.

—Pues he aquí a su sobrina—dijo el cura presentándome.

A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor deCouprat expresaba alguna admiración.

—Me felicito de conocer tan encantadora prima—díjome con aplomo ytendiéndome la mano.

Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mimano entre la suya sin la menor turbación.

—No primo, exactamente—dijo el cura narigueando su rapé conjúbilo;—el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa erauna señorita de Lavalle.

—No importa—exclamó el señor de Couprat,—no renuncio a nuestroparentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontraríanmatrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.

Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siemprenos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión,que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, hapasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ellomás que un recuerdo vago y casi desvanecido.

Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novelaque conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevohéroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre,tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista enuna cualidad trascendental.

Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos misimaginarios héroes.

A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados,radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yoadoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.

Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia,y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat acompartir nuestra mesa.

Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con undesenfado que me encantó.

Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.

—Susana—dije entrando con agitación en la cocina,—el señor de Coupratcome con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?

—¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!—refunfuñó Susana;—hay lo que hay y nadamás.

—Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón serábastante?

—No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted.

Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizoadmirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla,pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho entrecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, yofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo.

—¡Bravo!—dije yo.—Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Haymucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada!

—Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parteese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es unhombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den.

—Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!—exclamé indignada.—Entonces¿no lo has visto?

—Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo heoído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo lapuerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, quea mí...

Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia,pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana dechamuscar el pavo.

Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar unamirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones.¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tressaleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, loscubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una trasotra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de talmodo que cada comensal

tenía

seguramente

que

dislocarse

para

alcanzarlo,puesto que la mesa era enormemente ancha.

Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que elfantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría.

Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que sabentomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad deadaptarse al medio en que se hallaba.

Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar,felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a laaparición del pavo.

—Es preciso convenir, señor cura—dijo,—que la vida es una dulceinvención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.

—No hablemos mal de los filósofos—respondió el cura,—

suelen teneralgo bueno.

—Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, sifuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a losfilósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para queasí pudieran devorarse mejor.

—¿Quién es Heráclito?—preguntó mi tía.

—Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear.

¿Puede darse¡Dios mío! una cosa más ridícula?

Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...

—Tal vez—insinué yo,—viviera con varias tías, y eso le habría agriadoel carácter.

El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en unacarcajada.

El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al quetrinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.

—La historia, primita, no dice nada al respecto.

—En todo caso—continué yo,—libraos de atacar a los antiguos; el señorcura os arrancaría los ojos.

—¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellosun recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.

—Permitid—dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla asus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en miopinión,—permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunosactos heroicos que...

—¡Ilusiones, ilusiones!—interrumpió Pablo de Couprat. Eran unospilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía conincreíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemosmás que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!

Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.

Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notablevelocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamoscon el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.

—Ya os había prevenido—nos dijo riendo,—que tenía una hambre decaníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.

—¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!—exclamó mi tía que tenía lahabilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que nodebía decirse.

—Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora—

respondiócon toda seriedad mi nuevo primo.

—¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.

—Parece que sois completamente feliz—le dijo el cura restregándose lasmanos.

—¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente,veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?

—Algunas veces—respondió sonriendo el cura.

—¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces,porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existees la tontera humana.

—Pues he ahí una desgracia.

—Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he dededucir que se le deba imitar.

—Os gustan las paradojas ¿verdad?

—No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causade una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen losuficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y quedescomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida ypienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que undefecto: el de acabarse tan pronto.

El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tíamiraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la quehabía contado para banquetear durante algunos días.

Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana ymetiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:

—He hecho café; ¿lo traigo?

—Quién te ha mandado...—comenzó mi tía.

—Sí, sí—dije interrumpiéndola con vehemencia,—traelo en seguida.

Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía nocompartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo lavolvimos a ver en la sala.

—Tenéis una excelente cocinera, prima mía,—dijo Pablo de Couprat,paladeando su café.

—Sí, pero tan rezongona...

—Eso no es más que un detalle...

—¿Y qué os parece mi tía?—le pregunté en tono confidencial.

—Pero... bastante majestuosa—respondió de Couprat, algo en aprieto.

—¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?

—¡Reina!—murmuró el cura.

—Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yoquisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenascualidades de mi tía.

—Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida basede felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentidocomún.

—¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!

—¡En cuánto a eso respondo de ello!—exclamó riendo,—y no tendríamosnecesidad de filosofar para alcanzar tal resultado.

Pero si os es lomismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.

—No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo porlas mujeres una acentuada antipatía.

—¿De veras?—preguntó riendo,—¿conocéis los gustos de Francisco I?

Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con unaexpresiva guiñada, como diciéndole:

—No os asustéis; ya comprendo.

Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo parainterpretar su oculta significación.

—A propósito de tío—dije luego—¿conocéis mucho al señor de Pavol?

—Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.

—¿Y qué tal es su hija?

—Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatroaños la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.

—¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!—exclamé.—Nos veríamos confrecuencia.

—¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocieraismás. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepciónde una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas,no sé que tenga el más mínimo vicio.

—Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detestolas personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a unamujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.

—Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.

—Os lo perdono—le dije con vivacidad.—Según eso, ¿me halláis linda?

Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que erapreciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opiniónneta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde elprincipio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mipregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero esode oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que nosea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.

—¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellosojos ni boca más bonita.

—¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mitía.

—Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasópara ella la edad de la coquetería.

—La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe sercoqueta?

—Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en elbuen sentido de la palabra.

—Vos no me habéis enseñado eso, señor cura—exclamé.

El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto delas penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragabasu café, que le sabía a amargura.

—El señor de Couprat se burla de ti.

—¿Es cierto eso, primo?

—De ninguna manera—respondió Pablo, que parecía que se divertíagrandemente.—Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta noes una mujer.

—Pues entonces trataré de serlo.

—Señorita de Lavalle—dijo el cura levantándose,—pasemos al salón.

—¡Bah!—pensé,—ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nadamalo.

La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pabloa dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso,seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando quesu querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.

Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos lospies y las piernas y riendo a carcajadas.

Conversábamos y charlábamos;sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mispequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.

¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!

De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejócaer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, yde lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mishermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había vistonada más lindo.

—Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera—me decíayo,—¿cómo es posible ser tan tonta?

Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos.Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamentenuestra conversación.

Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiabaen mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta,no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidaseterciar entre nosotros.

¡Qué velada tan agradable!

Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hastael patio.

Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercosea mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:

—Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.

—¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?

—Seguramente, y dentro de poco, según espero.

Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humanatenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó unplacer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropiade... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarmea su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar delcura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelentedragón regordete y bondadoso.

VII.

DESPUÉS de la partida del señor de Couprat viví varios días en unaespecie de beatitud que me sería difícil describir.

Experimentabamúltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, puesfue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresaruna cantidad de sensaciones.

Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, ymirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensarabsolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual elalma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadorasemejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado undulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por labóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna dehermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios ofrívolos.

Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderossombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz ycontemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía,de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso quehabía estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que sihubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.

Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensacioneshasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi almapor tan diversas fases?

Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginacióna entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tanvaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensardirectamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que mehabían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido noolvidar jamás.

Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento dereposo, y a poco recaía en poder de ellas.

Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de compararciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vihacerse la luz sobre un importante punto.

Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadoradel mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.

Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que nodejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramentecorrespondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me habíaparecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en sucorazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Milógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y porconsiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.

Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muybien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en lasimpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular porAna de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yoquería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientrasque no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo deCouprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonosmisteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había nisombra de mal.

—Un cura—pensaba yo,—debe tener sobre el amor ideas erróneas yextraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sinembargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, ytengo que saberlo.

Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevencionesa cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él esteescabroso asunto.

El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba enuna inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido parano aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocaciónde una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraermepor todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todoslos días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.

Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algúntiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura seafanaba en explicarme mis problemas.

—Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, yaquí, dados 2/ multiplicados por...

5

—Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que haysobre la tierra?

—No, Reina, ¿qué cosa?

—El amor, señor cura.

—¿De qué estáis hablando hija mía?—exclamó inquieto el buen anciano.

—¡Oh! de algo que conozco perfectamente—respondí, sacudiendo la cabezacon aire de suficiencia.—Lo que no me explicó es por qué no me habéishablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.

—He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosasque son puramente imaginarias.

—¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis quese ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!

—Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablarde él.

—¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!

—Desgraciado de mi—exclamó el cura,—que tengo que habérmelas consemejante cabeza.

—No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo,desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.

—El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te hatomado por una chiquilina sin importancia.

—Nada de eso—repliqué ofendida,—nada de eso, puesto que me ha besadola mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?

—Vamos a ver—respondió el cura que estaba como sobre espinas.

—Pues estuve a punto de saltarle al cuello.

—¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.

—Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, nose me hubiera ocurrido eso.

—¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.

—¡Oh! porque...

Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo dereojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomaruna actitud que fuera conveniente.

—Mi buen cura—le dije con voz insinuante,—si fueseis tan amablecomo...

—¿Qué más, Reina?

—Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que meandan por la mente.

Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente unagran resolución.

—Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamentede lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza condivagaciones.

—Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente piensomucho en el amor porque...

—¿Por qué?

—No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lohallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero contodo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando setrata del señor de Couprat?

—¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?

—Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mimano, mientras que si fuerais vos...

—Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablasnada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.

—¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo quellevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata,es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo,y luego un cura no se puede casar nunca.

—Sí, sí—respondió maquinalmente el cura.

—Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?

—Sin duda alguna, sin duda.

—Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombresamen a varias mujeres.

—Yo no sé eso—repúsome fastidiado el cura.

—Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otramujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu yera casado.

—Francisco I era un perdido—exclamó el cura exasperado,—

y eseBuckingham, a quien quieres tanto, era otro.

—Cada cual tiene su carácter—respondíle,—y no sé por qué se les haríaun crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señorade Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte hedescubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar deamar, como yo no...

—¿Qué, Reina?

—Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a losperdidos, porque Buckingham es lo más interesante...

—Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado dehacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.

—¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y haytanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño—continué comosoñando.—Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestraindignación?

—Basta, Reina—dijo el cura fuera de sí.—Tienes un modo de formularlas preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: haytemas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porqueeres demasiado joven.

Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre suspasos y le grité desde la puerta:

—¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lomás encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!

En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberlefastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial,para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno alque hacía los honores con tantos bríos como apetito.

—Señor cura—le dije en tono relativamente humilde,—¿estáis enojado?

—Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.

—Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.

—Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.

—¡Oh! que no comprendo...—exclamé yo, estallando inmediatamente,—encuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierrasostendré que...

—¡Bah!—exclamó desalentado el cura,—ya has faltado a tu promesa dehace un momento.

—Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada detodo esto.

—Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.

Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.

Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat novolviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de unairritabilidad de mal augurio.

Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas misesperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a unasombría tristeza.

Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta leechó de casa.

Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguienteconversación:

—Señora—dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.

—¿Sobre?

—La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto asu espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura dealgunas novelas. Le hace falta distracción.

—¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover:estoy enferma.

—Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesarioescribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casadurante algún tiempo.

—¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica noquerría volver aquí.

—Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la quenos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedadhoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y veamuchas cosas de las que no tiene la menor idea.

—No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.

—Pero, señora—replicó el cura que se acaloraba,—os repito, que esurgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho,estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.

—Poco me importa eso—repuso mi tía, que era incapaz de comprender lasrazones del cura.

—Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y esexactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño aReina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentasno es más que una niñería.

—¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!—pensé yo.—

Tratar deniñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día alseñor de Couprat.

—Señor cura—contestó mi tía, con su voz más áspera,—

ocupaos de lo queos concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.

—Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitirque sufra—replicó el cura con una entonación que no le conocía.

Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menordistracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en laignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Lerepito que es preciso escribir al señor de Pavol.

—Esto es demasiado—exclamó mi tía, furiosa;—¿no soy yo el ama en micasa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.

—Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que sino he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta dever constantemente a mi Reinita.

El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.

—¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí...

¿Qué va aser de nosotros, si no nos vemos más?

—Qué ¿has oído la discusión, hijita?

—Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer!

qué...

—Vamos, vamos, Reina, un poco de calma—prosiguió el cura que estabatembloroso y encendido.—Esta misma noche escribiré a tu tío.

—Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga abuscarme en seguida.

—Esperémoslo—respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad ycon tristeza.

Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavolesa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunassemanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después,la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de miexistencia.

VIII.

INMEDIATAMENTE de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vezdurante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugiéen la casa parroquial.

El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señorade Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tanrápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlacefatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nostelegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir alentierro.

Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todorepuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse alZarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde aC***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir arecibirme allí.

Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para elotro mundo sin gran cortejo de simpatías.

Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco detristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reprochesde mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza yen mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de unhombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamadoen un soberbio arranque de misantropía:

—No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de unaniña decente, y lo que veo me espanta.

Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme deella para satisfacer a los manes de mi tía.

Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 ypasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba dehora en hora ante la idea de nuestra separación.

El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nosinstalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención dereponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfocontener el llanto.

El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiadotriste para poder dormir y por otra parte como no le era posibleacompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta dediez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todasmis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban porsu ausencia.

—Mi hijita querida—me dijo después de un largo silencio,—

¿no teolvidarás de tu viejo cura?

—Jamás, jamás—respondile con vehemencia.

—No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación,Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica unainteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le damucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y losincendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.

—Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguroque me gustan mucho las fogatas.

—Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!

—Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puededarse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fríasobre el fuego...

—Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?

—¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.

—Quiera Dios, que no sea así—exclamó el cura.—El agua fría, mi hijitaquerida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día,ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso deagua para calmar mi emoción.

—Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muymarcado por la coquetería.

—Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,—me dijo el curacon su bondadosa sonrisa;—pero no es bueno abusar, Reina.

Por otraparte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sincontar con que tu tío te sabrá guiar bien.

—¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta deque agradaré, siendo tan linda...

—Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exageradosy de la vanidad.

—¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

—¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el curarevolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tuedad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar conel Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!

—¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurreque sus ideas han de andar fuera de moda.

—Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y lospensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos poruna señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.

Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba lahora de la partida.

—Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

—Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

—Cierto es—respondió el cura, que con la preocupación perdía lacabeza.—Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.

Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzospara mascullar algunas migas de pan y pastel.

—¡Ah!, ¡cuánto siento—exclamé, estallando en sollozos,—

cuánto sientodejaros, mi querido cura!

—No lloremos, no lloremos; es absurdo—dijo el cura, sin darse cuentaque por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

—¡Ah! señor cura—continué yo, presa de un repentino remordimiento,¡cómo os he hecho enojar!

—No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.

—¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza ylogró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima areventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debíaacompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío.

Conducíanos elarrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecíaprovisionalmente al cuidado del Zarzal.

Ordené a Juan que marchara, yel cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto deestar juntos un poco más.

—Os escribiré todos los días, señor cura.

—No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes;pero con toda intimidad.

—Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

—Veremos—replicó el cura con sonrisa incrédula.—Harás una vida tannueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tuexactitud.