Mi Tio y Mi Cura by Jean de La Brète - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

JUAN DE LA BRÈTE

MI TÍO Y MI

CURA

OBRA PREMIADA

POR LA ACADEMIA FRANCESA

BUENOS AIRES

1902

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII,

XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX

PROEMIO

LAScostumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, queantaño fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee,o quiere leer algo que llene los vacíos de los ocios domésticos, o lastreguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. Lanovela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien ymal susceptible.

Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es más que undaño.

Nuestra librería nacional carece en general de libros bien escritos einteresantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casaseditoriales españolas no se ocupan en traducir más que las novelas deescándalo, vulgo: sensación. ¡Que hasta ese grado de incapacidad moralhemos llegado!

Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele serelegida con tan mal tino, que es las más de las veces insulsa y anodina,y su falta de interés coopera al falso descrédito de las obras buenas.

Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo defabricar, con el fango del vicio, muñecos que, vidriados con un barnizde pseudociencia y dorados a fuego de pasión, llegan a encantar a ungrupo de lectores, no desesperen por eso los que aun sueñan con la vidadel arte humano, del verdadero arte, que sin desdeñar nuestras miseriasde carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono.Ese arte existe todavía. Aunque la sed comercial lo desdeñe, no por esodejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman yfunden en sus cerebros esos artífices, surgen diariamente a lapublicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, esdecir, lo que tiene luz.

Ese arte existe. ¡Y cómo! tal vez más brillante y vigoroso que nunca.Francia, España, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por más que unaconspiración de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerzavital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo belloen las entrañas.

La presente novela de Juan de la Brète, coronada con el premio Montyonpor la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporación disponepara obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura,y atravesada por esa ráfaga de poesía que orea los sudores de la vida,cuando la vida es vida.

Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos años el públicoparisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que esmucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadroscondenables, ni más barro que el de la tierra, los días en que llueve.

Rafael Fragueiro.

I.

SOYtan chica, que bien pudiera dárseme la calificación de enana, si micabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporción con miestatura.

Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridícula quese atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seresdiformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden sercodiciados por más de una hermosa dama.

Sin embargo, lo exiguo de mi tamaño me ha hecho verter a hurtadillasbastantes lágrimas.

Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado unaalma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectáculo desus debilidades... y menos a mi tía. Este era mi modo de sentir a losquince años. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones,las alegrías, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizadocaracteres mucho más rígidos que el mío.

Era mi tía la mujer más desagradable del mundo y yo la hallaba pésima,en la medida de lo que podía juzgar mi entendimiento que aun no habíavisto ni comparado nada. Su fisonomía era angulosa y vulgar, su vozchillona, su andar pesado y su estatura ridículamente alta.

A su lado, yo parecía un pulgón, una hormiga.

Cuando le hablaba, tenía que levantar la cabeza, tanto como si hubiesequerido examinar la copa de un álamo. Era de origen plebeyo, y como lamayoría de los de su raza, estimaba más que cualquier otra cualidad lafuerza física y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio.

Sus cualidades morales eran una fiel reproducción de las físicas, yformaban un conjunto de rudeza y asperidades; ángulos agudos contra loscuales rompíanse diariamente las narices los infortunados que vivían conella.

Mi tío, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca,casó con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carácter. Muriópoco después de su casamiento y yo no alcancé a conocerle. Cuando fuicapaz de reflexión, atribuí a mi tía esta muerte prematura, pues meparecía con fuerzas suficientes para dar rápidamente en tierra, no digoya con un pobre tío como el mío, sino con todo un regimiento de maridos.

Tenía yo dos años, cuando mis padres se fueron al otro mundo,abandonándome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de miconsejo de familia. Dejáronme los restos, no del todo malos, de unafortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producíanuna buena renta.

Mi tía consintió en educarme. No le gustaban los niños, pero como sumarido había sido mal administrador, se vio pobre, y calculó consatisfacción, que la holgura entraría en su casa junto conmigo.

¡Que casa más fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de unpatio cuajado de estiércol, fango, gallinas y conejos.

Detrás de ellaextendíase un jardín en el que crecían entremezcladas y en desordentodas las plantas de la creación y sin que nadie se preocupara de ellas.

Creo que no había recuerdos en memoria humana, de que se hubiera vistonunca por allí, un jardinero que podase los árboles o arrancase lasmalezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi tía ni a mi se nosocurriese ocuparnos de ello.

Esta selva virgen me desagradaba, porque desde niña he tenido un gustoinnato por el orden.

La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de lacampaña, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta deuna veintena de chozas. No había castillo, castillejo ni casa solariegaen cinco leguas a la redonda.

Vivíamos en completo aislamiento.

Mi tía iba algunas veces a C***, la ciudad más próxima al Zarzal. Perocomo yo deseaba ardientemente acompañarla, no me llevaba nunca.

Los únicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de losarrendatarios que venían a pagar censos y arrendamientos y las visitasdel cura.

¡Oh, qué excelente hombre era mi cura!

Venía a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, cargócon la obligación de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le eraconocida.

Y continuó en su empeño con perseverancia, por más que yo ejercitaba supaciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprendía con facilidad.Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despechode los derroches de elocuencia del cura y de sus múltiples esfuerzospara extirpar de mi alma esa planta maléfica.

Además, y esto era lo más grave, la facultad de raciocinar se desarrollóen mi rápidamente. Entraba en discusiones que le volvían loco, y mepermitía apreciaciones que a menudo chocaban y herían sus más carasopiniones.

Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y susafirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre yme avivaba el ingenio. Creo que él experimentaba la misma sensación, yque lo hubiera desolado perdiendo mis hábitos ergotistas y laindependencia de mis ideas.

Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de lasatisfacción, cuando le veía agitarse en la silla, desgreñarse loscabellos con desesperación, y embadurnarse la nariz con rapé,olvidándose de todas las reglas del aseo, olvido que no se producía sinoen los casos serios.

Con todo, si hubiese sido por él solo, creo que hubiera resistido muchasveces al demonio tentador. Mi tía había tomado la costumbre de asistir alas lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces porhora.

Ahora bien, la contradicción, aunque no fuera dirigida a ella, lecausaba furor: furor tanto más grande, cuanto que no se atrevía a decirnada delante del cura.

Por otra parte, el verme discutir le parecía una monstruosidad en elorden físico y moral. Así es que yo nunca la emprendía directamente conella, porque era bruta y yo tenía miedo que me pegara. Por último, mivoz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), producía sobresus nervios auditivos un efecto desastroso.

Con todo lo dicho, se comprenderá que me fuese imposible, absolutamenteimposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi tíay atormentar a mi cura.

Sin embargo, yo quería al pobre cura; le quería mucho, y sabía que apesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta laimpertinencia, me profesaba el mayor cariño.

No sólo era yo su ovejapreferida, sino también el objeto de su predilección, su obra, la hijade su corazón y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclabaun tinte de admiración por mis aptitudes, mis palabras y por todas misacciones.

Había tomado su tarea con gran ahínco; se había propuesto instruirme,velar por mi como un ángel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lógicay mis arranques. Además, esta tarea pronto llegó a ser la cosa másagradable de su vida, la mejor si no la única distracción de su monótonaexistencia.

Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con frío o contormenta, veía yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta lasrodillas y el sombrero debajo del brazo. No sé si lo he visto nunca conél puesto. Tenía la manía de caminar con la cabeza al aire, sonriendo alos viandantes, a los pájaros, a los árboles, a las flores del campo.

Robusto y regordete, parecía que rebotaba sobre la tierra, que hollabacon paso vivo y se hubiera pensado que le decía:—¡Eres buena y teamo!—Estaba contento de la vida, de sí mismo, de todo el mundo. Subenévola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordábameesas rosas tardías que florecen aún bajo las primeras nieves.

Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudían a su voz paramascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antesde salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, salía ahacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurábase a abrirlela puerta y a introducirle en el salón, donde me daba las lecciones.

Mi tía plantada en un sillón, con el donaire de un pararrayos algogrueso, levantábase al verle, saludábale con aire desabrido y se lanzabaa galope al capítulo de mis fechorías. Hecho lo cual volvía a sentarselijeramente, tomaba la aguja de tejer, ponía su gato favorito sobre lasrodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasión de decirme algodesagradable.

El bondadoso cura oía con paciencia aquella voz ronca que rompía eltímpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para ély semisonriente amenazábame con el índice.

A Dios gracias conocía a mitía desde hacía mucho.

Instalábamonos junto a una mesita, que habíamos colocado cerca de laventana. Esta posición tenía la doble ventaja de tenernos bastantealejados de mi tía entronizada al lado de la estufa, en el fondo de lahabitación, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas ylas moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve enlos árboles del jardín.

El cura colocaba cerca de sí la caja de rapé, un gran pañuelo a cuadrossobre el brazo del sillón y la lección comenzaba.

Cuando no había sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientrasse tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo máscorto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra eraclara y mi estilo fácil.

El cura sacudía la cabeza con aire satisfecho, tomaba rapé conentusiasmo y repetía en todos los tonos:

—¡Bien, muy bien!

Durante todo este tiempo entreteníame yo en contar las manchas de susotana y en imaginarme lo que parecería con peluca negra, calzón corto ycasaca de terciopelo rojo, como la que mi tío abuelo ostentaba en suretrato.

La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me hacíareír a carcajadas.

Entonces, exclamaba mi tía:

—¡Tonta, bobeta!

Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenían el privilegio de sertan parlamentarias como explícitas.

El cura me miraba sonriendo y repetía dos o tres veces:

—¡Ah juventud! ¡hermosa juventud!

Y un recuerdo retrospectivo de sus quince años le hacía esbozar unsuspiro.

Después de esto pasábamos a la recitación de memoria, y ya las cosas nomarchaban tan bien. Era la hora crítica el momento de la conversación,de las opiniones personales, de las discusiones y hasta también de lasreyertas.

El cura amaba los hombres de la antigüedad, los héroes, las accionescasi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor físico. Estapreferencia era curiosa, porque, cabalmente, no había sido formado conel barro de que se hace los héroes.

Yo había notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y estedescubrimiento, aunque me le hacía más simpático, porque yo misma eramuy medrosa, no podía dejarme ninguna ilusión sobre su coraje.

Además, su buena alma plácida, tranquila, amiga del reposo, de larutina, de sus ovejas y del cuerpo que la poseía, no había soñado nuncacon el martirio, y le veía palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillasle permitían, cuando leía el relato de los suplicios aplicados a losprimeros cristianos.

Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraíso de un salto heroico, peropensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente ysin prisa. Carecía de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte,para ver más pronto a Dios.

Absolutamente: estaba decidido a irse sinmurmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegaralo más tarde posible.

Declaro que mi carácter, que no brilla por la cuerda heroica, está deacuerdo con esta moral fácil y dulce.

Pero con todo, le daba por los héroes; los admiraba, los elogiaba y losamaba tanto más cuanto que indudablemente sentía que dado el caso, eraincapaz de imitarlos.

En cuanto a mi, yo no dividía ni sus gustos, ni sus admiraciones.Experimentaba una pronunciada antipatía por griegos y romanos. Habíaresuelto por un trabajo sutil de mi imaginación, que estos últimos separecían a mi tía... o que mi tía se les parecía, como se quiera, ydesde el día en que hice esta comparación, los romanos fueron juzgados,condenados y ejecutados en mi foro interno.

Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historiaromana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Loshombres de la República no me entusiasmaban y los emperadoresconfundíanse en mi cabeza.

Por más que el cura lanzaba exclamaciones desorpresa, se enfadaba

y

razonaba,

era

inútil:

nada

modificaba

miinsensibilidad y mi idea personal.

Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scévola, yo terminaba así:

—Quemó su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo queprueba que no era sino un imbécil.

El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, seestremecía de indignación:

—¡Un imbécil, señorita! ¿y porqué?

—Porque la pérdida de su mano no reparaba su error—

respondíale,—quepor ello Pórsena no quedaba ni más ni menos vivo, ni resucitaba elsecretario.

—Bien, chiquita; pero Pórsena se asustó y levantó el sitioinmediatamente.

—Eso, señor cura, no prueba sino que Pórsena era un mandria.

—Concedido. Pero Roma quedaba libre, y ¿gracias a quién?

¡gracias aScévola, gracias a su acto heroico!

Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedochico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scévola, se exaltaba yafanaba para hacerme apreciar a su héroe.

—Sostengo lo que he dicho—replicaba yo tranquilamente;—

no era más queun imbécil y un gran imbécil.

El cura exclamaba sofocado:

—Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los niños pretendenraciocinar.

—Señor cura, vos mismo me habéis enseñado el otro día, que la razón esla más bella facultad del hombre.

—Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella.

Por otraparte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas.

—Señor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido.

Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreñaba el pelo conenergía, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreadade blanco.

—Haces mal en discutir tanto, hijita mía—decíame algunas veces;—es unpecado de orgullo. No seré siempre yo quien te conteste, y cuando estésen lucha con la vida sabrás que no se discute con ella, sino que se lasufre.

Mas me importaba un bledo la vida. Tenía un cura para ejercitar milógica y esto me bastaba.

Cuando le había fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzábase endar a su fisonomía una severa expresión, pero se veía obligado arenunciar a su proyecto, porque su boca risueña siempre, rehusaba enabsoluto obedecerle. Entonces me decía:

—Señorita de Lavalle, repasará usted sus emperadores romanos, y tratede no confundir a Tiberio con Vespasiano.

—Dejemos a esos individuos, señor cura—respondíale yo;—

me aburren.¿No sabéis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habrían asado vivo,o arrancado la lengua y las uñas, o picado en pedacitos menuditos,menuditos, como picadillo de pastel?

Ante tan lúgubre cuadro, estremecíase ligeramente el cura y se iba apaso rápido y breve, sin dignarse responderme.

Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba señorita de Lavalle.Este ceremonioso nombre era la más viva manifestación de su enojo, y yosentía remordimientos hasta que le volvía a ver de nuevo con loscabellos al viento y la sonrisa en los labios.

II.

MItía me maltrató mientras fui chica y yo tenía tal miedo de sus golpesque la obedecía sin discutir.

Hasta el día en que cumplí diez y seis años me pegó aún, pero fue porúltima vez.

A partir de ese día, fecundo para mi en acontecimientos íntimos, estallóde pronto una revolución que rugía sordamente en mi espíritu desde hacíaalgunos meses, y cambió completamente mi modo de ser para con mi tía.

Por aquel tiempo el cura y yo repasábamos la historia de Francia, que mejactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas yrestricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible.

Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneración, y sinembargo, no quería a Francisco I. Esta antipatía era tanto más singular,cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular.

Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasión decriticarle; así es que por espíritu de contradicción lo elegí yo porfavorito.

El día a que me he referido más arriba, debía yo dar la lecciónconcerniente a mi amigo. Largo tiempo revisé la víspera buscando algúnmedio para hacerlo brillar a los ojos del cura.

Desgraciadamente yo nopodía hacer más que citar las expresiones de mi historia, al emitiropiniones que se apoyaban más en una impresión que no en unrazonamiento.

Hacía una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atravesómi mente una brillante idea.

—¡La biblioteca!—exclamé.

E inmediatamente atravesé corriendo un largo pasadizo y penetré porprimera vez en una pieza de regular tamaño enteramente atestada deestantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenueshilos de una multitud de telarañas.

Esta pieza comunicaba con los departamentos que después de la muerte demi tío, se habían cerrado para no abrirse más, y olía de tal modo atasto y moho que casi me asfixié. Apresureme a abrir la ventana, que eramuy pequeña, no tenía postigos ni persianas y daba sobre el jardín; enseguida procedí a mis investigaciones. Mas ¿cómo descubrir a Francisco Ien medio de todos aquellos volúmenes?

Ya iba a abandonar la partida, cuando el título de un librito me hizoprorrumpir en un grito de alegría.

Eran las biografías de los reyes de Francia hasta Enrique IV

inclusive.Tenía

adjunto

un

grabado

bastante

bueno,

representando a Francisco I,vestido con el espléndido traje de los Valois. Lo examiné con asombro.

—¿Y es posible—me dije,—que haya hombres tan lindos como éste?

El biógrafo, que no participaba de la antipatía del cura por mi héroe,hacía sin ninguna restricción el elogio de su belleza, de su valor, desu espíritu caballeresco y de la inteligente protección que diera a lasletras y a las artes.

Terminaba con dos líneas sobre su vida privada y supe lo que ignorabacompletamente y era que:

«Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres.Y que prefirió grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu,a quien dio el condado de Etampes, que erigió en ducado para serleagradable.»

De estas pocas palabras, saqué yo las siguientes conclusiones: Primero,como había descubierto desde hacía un mes que mi existencia eramonótona, que me faltaban muchas cosas, que la posesión de un cura, unatía, conejos y gallinas no constituían la felicidad, colegí que una vidaalegre era evidentemente el reverso de la mía, y por consiguienteFrancisco I había dado, eligiéndola, pruebas de mucho juicio.

Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de lacaridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres.

Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mitambién me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condadoerigido en ducado, para serme agradable.

—¡Bravo!—exclamé lanzando el libro hasta el techo y recogiéndoloinmediatamente. Ya tengo con qué confundir al cura y convertirlo a miopinión.

Por la noche releí en mi cama la pequeña biografía.

—¡Qué hombre tan simpático este Francisco I!—me dije.—

Mas ¿porqué elautor habla sólo de su afecto a las mujeres?

¿Porqué no ha puesto quequería también a los hombres? En fin, después de todo, cada cual tienesus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi tía, pienso quevoy a preferir considerablemente a los hombres.

Luego recordé que el biógrafo era de sexo masculino, y pensé que sinduda habría tenido por cortés, amable y modesto, dejarse en el tintero ypasar en silencio a sus congéneres.

Y me dormí sobre esta luminosa idea.

Levanteme contentísima al día siguiente.

En primer lugar tenía diez y seis años, después la personita que semiraba al espejo, tenía una carita que no le disgustaba; luego hice doso tres piruetas pensando en la estupefacción del cura ante mi nuevaciencia.

Cuando llegó, rosado y risueño, hacía mucho tiempo que llevada por miimpaciencia me había instalado junto a la mesa.

Al verle, me latió elcorazón, como late el de los grandes capitanes la víspera de unabatalla.

Veamos, hija mía—me dijo así que hubo corregido los deberes y esbozadouna mueca al notar su laconismo,—pasemos a Francisco I y examinémoslebajo todas sus faces.

Arrellanose cómodamente en el sillón, tomó con una mano la tabaquera ycon la otra su pañuelo, y mirándome de soslayo, preparose a sostener ladiscusión que preveía.

Yo me lancé de golpe a mi asunto; me agité, me animé, me entusiasmé ehice incapié sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de locual pasé a mis conocimientos particulares.

—¡Y qué hombre más encantador señor cura! ¡Su porte era majestuoso, sufisonomía noble y hermosa; tenía una barba tan bonita, recortada enpunta y unos ojos tan lindos!

Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado,enderesándose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajasde cartón, exclamó:

—¿De dónde ha sacado usted todas esas tonterías, señorita?

—Ese es mi secreto—repliqué yo con una sonrisita misteriosa.

Y quemando mis navíos:

—Señor cura: yo no sé lo que os puede haber hecho ese pobre FranciscoI. ¿No sabéis que tenía mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amabaprodigiosamente a las mujeres.

Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlosreventar.

—¡San Miguel, San Bernabé!—exclamó dejando caer su tabaquera con unruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona saltó a tierra conun desesperado maullido.

Mi tía que dormía, se despertó sobresaltada y gritó:

—¡Ah, bestia!

Dirigiéndose a mi, y no al gato y sin saber de qué se trataba.

Pero esteepíteto componía invariablemente el exordio y la peroración de todos susdiscursos.

Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, quedé algoconfusa ante la fisonomía, verdaderamente extraordinaria del cura.

Pero no tardé en continuar imperturbablemente:

—Amó especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. ¡Confesad,señor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarseen lugar de Ana de Pisseleu!

—¡Santa Madre de Dios!—murmuró el cura con una voz sin fuerzas,—estaniña está poseída.

—¿Qué hay?—gritó mi tía, traspasándose el rodete con una de sus agujasde tejer.—Échela afuera si se permite impertinencias.

—Hijita mía—continuó el cura—¿dónde has aprendido lo que acabas dedecir?

—En un libro—respondí lacónicamente, sin nombrar la biblioteca.

—¿Y cómo puedes repetir tales abominaciones?

—¡Abominaciones!—interrumpí escandalizada;—¿qué señor cura, os pareceabominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? ¿Quevos no las amáis?

—¿Que dice? rugió mi tía, que habiéndome escuchado atentamente desdehacía unos instantes, sacó de mi pregunta los pronósticos másdesastrosos. ¡Desfachatada! sin...

—¡Calma, señora, calma!—interrumpió el cura, a quien parecía que enaquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme.

—Déjeme usted explicarme con Reina. Veamos, ¿qué encuentras digno dealabanza en la conducta de Francisco I?

—¡Caramba! pues es bien simple—respondí con tono desdeñoso, pensandoque mi cura envejecía y empezaba a comprender con dificultad.—Todos losdías me predicáis el amor al prójimo, y me parece que Francisco I poníaen práctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prójimo como a timismo, por amor de Dios.

No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre elque gruesas gotas de sudor corrían, echose hacia atrás en su sillón ycon ambas manos sobre el vientre, se entregó a una homérica risa, queduró tanto, que me hizo saltar lágrimas de contrariedad y de despecho.

—Por cierto—añadí, con temblorosa voz,—he sido bien tonta enfatigarme para estudiar mi lección y haceros admirar a Francisco I.

—Mi buena hijita—díjome por fin, recobrando su seriedad y empleando suexpresión favorita cuando estaba contento de mi,—lo que me extrañómucho, mi buena hijita, no sabía que profesaras tal admiración por laspersonas que practican la caridad.

—En todo caso, eso no es un motivo de risa—respondíle bruscamente.

—Vamos, vamos, no nos enojemos.

Y el cura aplicándome una palmadita en la mejilla, abrevió mi lección,me dijo que vendría al día siguiente y dirigiose a confiscar la llave dela biblioteca, que yo ignoraba conociese.

No había aún el cura salido del patio, cuando mi tía se abalanzó sobremi sacudiéndome el hombro hasta la dislocación.

—¡Bachillera, atrevida!—voceó,—¿qué has hecho para que el cura sehaya ido tan pronto?

—¿Por qué se enfada usted—le repliqué,—si no sabe de lo que se trata?

—¡Ah! ¿Conque yo no sé? ¿Conque no he oído lo que le decías al cura,desfachatada?

Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su cólera, me diouna bofetada, me pegó con fuerza, y me echó como a un perrillo.

Corrí a mi cuarto y me atrincheré sólidamente. Lo primero que hice fuequitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos yflacos de mi tía habían dejado marcas azules en mis hombros.

—¡Ah, vil esclava!—me dije mostrándole los puños a mi imagen en elespejo,—¿soportarás por más tiempo semejantes cosas? ¿Será posible, quepor cobardía, no te atrevas a sublevarte?

Durante un rato me reprendí duramente; vino luego la reacción, caí sobreuna silla y lloré mucho.

—¿Qué he hecho yo—pensaba, para que me trate así? ¡Qué odiosamujer!—Y en seguida:—¿por qué ponía el cura una cara tan chusca,mientras yo recitaba mi lección?

Y me eché a reír mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. Peropor más que intenté profundizar este problema, no di con la solución.

Púseme después a contemplar melancólicamente el jardín, por la ventanaabierta, e iba ya recobrando mi sangre fría, cuando me pareció reconocerla voz de mi tía que conversaba con Susana.

Me incliné un poco paraescuchar la conversación.

—Usted hace mal—decía Susana,—la pequeña ya no es una niña. Si ustedla maltrata, se quejará al señor de Pavol, que se la llevará.

—No faltaba más. Pero ¿cómo quiere usted que piense en su tío? Apenassabe que existe.

—¡Bah! la pequeña es avisada; le bastará un momento de memoria, paraenviaros a paseo, si la mortificáis, y sus buenas rentas desapareceráncon ella.

—¡Ah! tenéis razón... No le pegaré más, pero...—Se alejaban y no oí elfinal de la frase.

Después de la comida, a la que no quise asistir, salí en busca deSusana.

Susana había sido amiga de mi tía, antes de ser su cocinera.

Reñían diezveces al día, pero ninguna de las dos podía pasarse sin la otra.

No se me creerá con facilidad, si digo que Susana quería sinceramente ami tía; sin embargo, es la pura verdad.

Mas si perdonaba a mi tía su elevación en la escala social, sedesquitaba sin duda alguna con el prójimo, con las circunstancias y conla vida, porque refunfuñaba siempre.

Tenía el semblante áspero de un salteador de caminos, vestíaconstantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nuncafuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginación como la dela lechera de la fábula.

—Susana—díjele colocándome delante de ella, con aireresuelto,—¿conque yo soy rica?

—¿Quién os ha dicho tal sandez, señorita?

—Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y medigas dónde vive mi tío de Pavol.

—¡Quiero, quiero!—rezongó Susana,—se acabó la niña a fe mía. Ídos apasear, señorita; no os diré nada, porque nada sé.

—Mientes, Susana, y te prohíbo que me contestes así. He oído lo quedecías a mi tía, no hace mucho.

—Pues bien, señorita, si habéis oído no tenéis necesidad de hacermehablar.

Susana me volvió la espalda y no quiso contestar a ninguna de mispreguntas.

Regresé a mi cuarto, muy exasperada, y permanecí por mucho tiempo decodos en la ventana; desde allí tomé por testigos a la luna, lasestrellas y los árboles, de que formaba la inquebrantable resolución deno dejarme tocar más, de no tener miedo de mi tía en adelante, y deemplear todo mi ingenio en desagradarla.

Y dejando caer los pétalos de una flor, que deshojaba, arrojé al mismotiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces.Comprendí que ya no era la misma, y me dormí consolada.

Esa noche soñé que mi tía, transformada en dragón, luchaba contraFrancisco I, que la partía con una gran espada. Me tomaba entre susbrazos y huía conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado,enjugándose el rostro con su pañuelo a cuadros. Torcíalo en seguida contodas sus fuerzas y caía el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubieraempapado en el arroyo.

III.

NObien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo,abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofiaen la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.

—¿Qué hay? ¿Fuego?—interrogó mi tía.

—No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa.

La vaca haido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo nopuedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos enla huerta.

—¡En la huerta!—exclamó mi tía que se levantó lanzándome una coléricamirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objetode sus únicos amores.

—¡Mis lindos capones!—gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unirsu nota sombría a la nota chillona de su ama.

—¡Ah, piel de Judas!—gritó mi tía.

Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de ungolpazo.

—Señor cura—dije yo inmediatamente,—¿creéis que en el universo enterohaya otra mujer tan abominable como mi tía?

—¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?

—¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!

—¡Pegado!—repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecíaque alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tandelicado como mi persona.

—¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.

Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado.

—Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo—

exclamóprecipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojoshacia las puntas de sus zapatos.

—¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seisaños!—y continué yo abrochando mi bata.—¿Sabéis que la detesto?

Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante.

—Veamos, veamos, mi buena hijita—díjome conmovido el cura,—cálmate ycuéntame lo que tú le hiciste.

—Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobremi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!

—Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.

—¡Sí, está fresca!—exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndomea pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás!

Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de maneraque continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogroy el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado unade las botas de siete leguas.

—Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes estahumillación con espíritu de penitencia, por tus pecados.

—¡Mis pecados!—repliqué, deteniéndome y alzando levemente loshombros,—bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tanpequeños, que no vale la pena hablar de ellos.

—¡De veras!—dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.—Entonces,ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amorde Dios.

—¡Oh, no, a fe mía!—le repliqué decididamente.—Quiero amar a Dios,pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al vermedesgraciada.

—¡Qué cabeza!—exclamó el cura.—¡Bonita educación la mía!

—En

fin—continué

yo,

emprendiendo

la

marcha

nuevamente,—quierovengarme, y me vengaré.

—Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame.

—La venganza es el placer de los dioses,—proseguí yo, dando un saltopara cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza.

—Vamos, hijita, hablemos con seriedad.

—Pero si yo hablo seriamente—respondí, deteniéndome delante de unespejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación mesentaba.—Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tíacomo Judith a Holofernes.

—¡Esta chica está hidrófoba!—exclamó desolado el cura.—

Estese unmomento quieta, señorita, y no diga disparates.

—Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía niun céntimo.

Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigadade rapé en sus fosas nasales.

—Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno secoloque.

—¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porquelibertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente loque yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo queestán muertos y enterrados...

¿y os parece mal que haga lo mismo por mipropia libertad? ¡Y

eso que yo gracias a Dios, estoy viva!—añadí,girando varias veces sobre mis talones.

—Veo que tienes buena opinión de ti—respondió el cura, que hacíaesfuerzos por tomar severo aspecto.

—¡Ah, excelente!

—Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme?

—Estoy cierta—continué yo, siguiendo mi idea,—de que Holofernes erainfinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendidocon él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediríaimitar a Judith.

—¡Reina!—exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie.

—No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré ami tía, tengo otro medio de vengarme.

—Cuéntame eso—dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caersobre un canapé.

Yo me senté a su lado.

—Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol?

—Sí, por cierto. Vive cerca de V***

—Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad?

—El Pavol.

—Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V***¿llegaría la carta?

—Sin duda.

—Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mitía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos?

—Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?—

díjomeescandalizado el cura.

—Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo queafirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol,y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío,y no estoy muy lejos—continué después de un instante de reflexión,—dehacerlo el día menos pensado.

—¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente—dijo sonriendo el buen cura.

—¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!—exclamé batiendo palmas.

—Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debepegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armassino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tienedefectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.

Yo hice una mueca petulante.

—No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, osprometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme.

—¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré porenfadarme.

—Es más que una insubordinación—repliqué gravemente,—es unarevolución.

—¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!—murmuró elcura.—Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a miautoridad.

—Escuchad—proseguí con zalamería,—os quiero con todo mi corazón, aunmás; sois la única persona que quiero en el mundo.

La faz del cura se dilató radiante.

—Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto.Tengo mucho más talento que ella...

Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con unamordaz exclamación.

—No protestéis—proseguí yo, mirándole de soslayo,—bien sabéis quesois de mí misma opinión.

—¡Qué educación, qué educación!—murmuró el cura con tono lastimero.

—Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o tempranonos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho mástalento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anocheme he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y alas estrellas por testigo.

—Hija mía—díjome con seriedad el cura,—no me quieres oír, y tearrepentirás.

—¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yoquien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas convos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte;tengo marcas negras en los hombros.

Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, notuvo tiempo para contestarme.

—Ven acá, Reina—gritó ella, con la faz amoratada por la ira y ladesordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos.

Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto deinteligencia a mi aliado.

—Os dejo con el cura.

Felizmente la ventana estaba abierta.

Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín,con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta paracortarme la retirada.

Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondidadetrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendolos reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía.

Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perroa quien se le arrebata un hueso.

Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato,arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, ypor último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó unabotella y la tiró por la ventana.

Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se habíaservido y lo lancé detrás de la botella.

—¡Ah miserable pilla!—vociferó mi tía, lanzándose sobre mí.

—No se me acerque—le dije retrocediendo;—si me llega a tocar, estanoche misma escribo a mi tío de Pavol.

—¡Ah!...—dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido.

—Si no es esta noche—proseguí,—será mañana o pasado, porque no quieroque se me pegue.

—Tu tío no te creerá—gritó mi tía.

—¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mishombros. Sé que es muy bueno y me iré con él.

No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío,puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y últimavez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a surespecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.

Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazosde Susana.

IV.

DECLARADA estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo enluchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía aabrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que elcura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antesde que hubiese concluido mi frase.

Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatanapor naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamenteinsuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta vozconmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante delespejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.

¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mispensamientos íntimos!

No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influenciaenorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que noespecifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que losindividuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar suscualidades externas.

Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De lainfluencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre».

No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que deninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte,Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y granfelicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso,cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correríatras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con untantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gustopor la contradicción para no convenir que estas cualidades no son ladistintiva

de

las

mencionadas

filosofías.

Mas

no

hallandosuficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome conprofesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en éltodos los días por espíritu de gratitud.

Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaracesy bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra pormucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie esperfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo queno es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algopeor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos.

Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente conmis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante demi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comidadiscusiones que amenazaban degenerar en tempestades.

Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que eraignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuandoapoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte,jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadasde mi propia mente.

Desgraciadamente, érame imposible luchar contra suexperiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban detal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unosagentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada.Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes conquienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea delgénero humano, en las circunstancias comunes de la vida.

Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivossecretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación(exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues nooponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía.

La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de uncapón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.

El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciarel arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando suapetito.

Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación erano menos invariable que la lista de la comida.

—Hace buen tiempo—adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no semodificaba sino en el adjetivo.

—¡Espléndido!—respondía alegremente el cura,—da gusto caminar con unsol tan hermoso.

Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre,del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándosesobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando elencanto de un buen fuego.

—Pero no hace calor—continuaba mi tía,—y ¡es sorprendente! en mitiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco!

—¿Os sentaban los trajes blancos?—preguntábale yo rápidamente.

Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía unamirada preventiva antes de responder:

—Sí, por cierto; bastante.

—¡Oh!—exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cercade mi íntima convicción.

—Y en mi tiempo—continuaba,—las niñas no hablaban sino cuando se lesdirigía la palabra.

—Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía?

—Cuando me hacían alguna pregunta y nada más.

—¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía?

—Sí, por cierto, sobrina.

—¡Qué época horrible!—suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.

Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseabasus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel,evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza.

Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hastael momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por losesfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometidaa excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera.Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba,al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes yhuesos machacados, sino de monstruos de toda especie.

—Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,—decía en el idiomaarmonioso y elegante que le era peculiar.

El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer,bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición.

—¡Herejes, bandidos!—proseguía mirándome con un aire terrible, como siyo hubiese pertenecido a la especie en cuestión.

—¡Hum!—hacía el cura.

—¡No piensan más que en gozar y en comer!—continuaba mi tía, que seacordaba de la miseria que le había legado su marido.—¡Agentes deldiablo!

—¡Hum, hum!—proseguía el cura, moviendo la cabeza.

—¡Señor cura!—exclamaba yo impaciente—¡hum, hum! no es un argumentomuy convincente.