Memorias de un Vigilante by José S. Alvarez - HTML preview

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"trabajos", erauna filigrana y daban tentaciones de creer que tuviera pacto con eldiablo, a cualquiera que, estando en el secreto del asunto, siguiera conatención sus procedimientos de investigación.

—¿Y quién le enseñó a trabajar, mi sargento? ¿Porque usted no habráaprendido solo, supongo?

—¡No!... ¡Qué esperanza!... ¡A mí me trajeron expresamente un maestrode Inglaterra, uno de esos tigres que conocen por la cabeza a losladrones y a los asesinos!... ¡Mis maestros, amigo, son los que debentener ustedes..., si quieren servir para algo: los ojos, los oídos y laspiernas!

—¡No digo que no haya, pero yo no los he visto! ¡Vez pasada, hace comodiez años, trajeron uno, y se lo dieron al comisario Wright!... ¡Quéhombre del diablo! ¡No sabía nada y parecía que se iba a comer el mundo!Una noche lo hicieron examinar en la comisaría a un coronel que estabade visita, y que se había disfrazado de gaucho, y después de darle milvueltas y de hacerle sacar la lengua y blanquear los ojos, dijo que eraladrón, asesino e incendiario.

—¡Y sería no más, pues! ¡Hay tantos diablos que parecen santos!

—¡Ave María Purísima!... ¡Si se trata de un coronel de lo mejor!... ¡Lo que había es que, como después se supo, el sujeto era un peine deesos que no dejan ni caspa, y que era verdad que había servido en laspolicías de Europa..., pero de farolero!

Mi aprendizaje con el sargento Gómez lo hice pronto, y sus observacionesy los cuentos que me contaba son la materia principal de los pocoscapítulos que voy a consagrar a la gente maleante con que teníamos quebregar y a la cual recién más adelante conocí, cuando, colocado ya enaltura mayor que la de simple agente de pesquisas, me fue dado penetraren las profundidades de nuestro organismo social, estudiando casosparticulares.

MUNDO LUNFARDO

XIV

EN LA PUERTA DE LA CUEVA

Penetrar en la vida de un pícaro, aquí en Buenos Aires, o, mejor dicho,en lo que en lenguaje de ladrones y gente maleante se llama mundolunfardo, es tan difícil como escribir en el aire.

Aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir paradar luz sobre un hombre: la policía, para desempeñar su misión, tieneque hacer prodigios, y parece imposible que obtenga los resultados queobtiene, dada la clase de gente en que las circunstancias la obligan areclutar su personal subalterno y el medio en que actúa.

Las policías de Londres, París y Nueva York, dotadas de mil recursospreciosos, no tiene nada de extraño que puedan encontrar un delincuentedos horas después de haber cometido el delito: lo admirable sería quepudiesen hacerlo aquí.

Quisiera ver a esos graves policemen de que nos hablan los libros, eneste escenario, en que no existen registros de vecindad, en que seignora el movimiento de la población, en que la entrada y salida deextranjeros es un secreto para las autoridades, en que uno puede sercasado diez veces, tener quince domicilios, mil nombres distintos yquinientas profesiones diferentes, y todo en la mayor reserva, no digopara la autoridad, sino para los hijos, la esposa, los hermanos y hastalos vecinos, por más curiosos que sean.

Aquí nos hemos ocupado del adoquinado y rectificación de calles, deformación de paseos, de obras de higiene convencional y de todo aquelloque luce a primera vista; pero respecto a organización social, a mediosde conocernos y controlar nuestros actos todos los convecinos, vivimoscomo en tiempo del coloniaje.

¿Por qué no se ha establecido el registro de vecindad y todos susderivados?

¡Que lo diga la Municipalidad, que tiene encarpetadas las notas en quese lo han pedido todos los jefes de policía habidos hasta hoy!

Viviéndose como se vive aquí, un pillo anda a sus anchas, hasta que unmal paso, demasiado claro, lo pone bajo los ojos de la policía, que esandariega y husmeadora, y que si no lo fuera—

de lo cual Dios nos librey nos guarde—no faltaría quien le robara a uno hasta los pelos de lanariz sin que sintiese cuándo se los arrancaban.

Y caer bajo los ojos de un empleado de policía es lo mismo que caer bajolos de toda la repartición, pues unos a los otros se van enseñando elmal hombre—cuya filiación, nombre y costumbres, si no se inscriben enun registro, quedan sin embargo grabadas en la memoria de quienes no loolvidarán jamás y serán capaces de encontrarlo más tarde, aunque setransforme en pulga.

Los lunfardos dicen, con ese motivo, cuando dan con algún agente queaún tiene paciencia para oírles sus disculpas y lamentos:

—¡Vea, señor!... ¡Más vale ser caballo de tramway que pillo conocido!

PERSPECTIVAS

Seguir a un pícaro en nuestras calles, tan llenas de movimiento, es untrabajo que no valora sino el que lo realiza.

Como él siempre está sobreaviso y teme que lo embroquen

conozcan,observen,—camina una cuadra y la desanda para ver si alguien lo sigue,da quinientas vueltas antes de llegar a un punto deseado, penetra a lascasas a preguntar por don Fulano o don Zutano—un nombre supuesto—para darle el esquinazo—lo que equivale a despistar—a algún empleadoque pasa y lo conoce.

Cuando van dos colegas juntos, nunca caminan a la par. Uno va delante yel otro un poco atrás, y si son tomados afectan no conocerse.

Un día iban dos pillos de estos por una calle: el sargento Gómez conocíaa uno y no al otro, y, como a pesar de su seriedad guaraní, era chacotóny alegre, atajó al que no conocía y le dijo:

—¿En qué trabaja usted?

—¡Soy marmolero, señor!

El otro pícaro, viendo que no lo conocían, se paró a ver en qué concluíael asunto.

—¡Marmolero... bueno! ¿Conoce a Fulano?

—¡No, señor!

—Bueno... ¡Fulano es un raspa[73] de la peor clase... es ese que estáahí... conózcalo!

Aquí el pillo se sonríe y dice con sorna

—¡Me ha cachado, señor!... es decir, «¡me ha embromado!...»

—¡Vaya, hombre!... ¿Y éste quién es?

—Ya nos embrocó, y le voy a decir: ¡este es Zutano!

ENTRE LA CUEVA

Buenos Aires encierra dos clases de pícaros: los naturales y losextranjeros.

Los primeros son pocos, relativamente, y menos peligrosos que lossegundos, pues que, desde los primeros pasos, la policía los conoce yles corta las alas, ya no dejándolos al aire sino mientras llevan unavida honrada, que para ellos es la miseria, el hambre, la falta dequeridas y de goces, u obligándoles a emigrar.

Montevideo, el Brasil, Europa, Méjico y la América del Norte son susalvación.

El ladrón argentino es, por lo general, astuto, audaz y emprendedor allídonde no le conocen; sus uñas le dan réditos fabulosos.

De tiempo en tiempo se le ve regresar lleno de dinero, bien vestido, yafectando maneras superiores a la clase en que nació; busca a quienes lorecuerdan en la policía y les dice con toda franqueza:

—¡Vengo por una temporada a visitar a la familia! ¡Le prometo que noharé ningún daño!... ¡Ya me he retirado de la vida!... ¡No me persigay ocúpeme en cualquier averiguación!

Y después se le encuentra en las casas de juego o de prostitución,derrochando afanosamente el producto de sus trabajos en el extranjero.

Cuando se ha agotado el bolsillo, se le ve desaparecer como llegó: sinque nadie lo sienta.

Otros hay que, después de llevar una vida de continuo sobresalto, puesun paso en la calle es para ellos una semana de arresto, se encierran ensus guaridas, se aíslan de sus compañeros y, pasada una temporada, salentransformados, pidiendo a la policía que no los persiga y declarando quevan a trabajar.

Parapetados detrás de un oficio o empleo cualquiera, se dedican aljuego, haciendo de él un instrumento de robo como cualquier otro.

Viven de los otarios, como llaman a las víctimas que caen entre susgarras, ya por su esfuerzo o por el de los changadores del oficio—elgremio auxiliar más importante—que se las venden por un tanto de lo queproduzcan.

Cuando un mocetón empieza a andar en malos tratos, ya los del oficio, alhablar de él, dicen: "jamás será nada" o "es un muchacho de esperanzas yque irá lejos", según sea que tal pájaro haya salido bien o mal en susprimeros revuelos. En el primer caso, no encuentra protectores y tieneque hacerse carne de cañón, soldado de la gran falange, brazo ejecutor ypor lo tanto frecuentador de calabozos y abonado a la tumba delDepartamento Central.[74]

Estos desgraciados, cuyas entradas a la policía alcanzan a veces acentenares, son los que el vulgo toma por los más temibles, ignorandoque ellos son piezas insignificantes en una partida en que los jugadorespermanecen en la sombra. El ladrón hábil es aquel que sabe permanecermás desconocido; el que ascendiendo en el gremio presta dinero para losgastos preparatorios de un robo tal como un comerciante lo daría parauna operación honesta; el que dirige empresas; el que estudia un golpe ylo combina y luego lo vende para que otro lo realice; en fin, el quepesca... sin mojarse las manos.

En el segundo caso, asciende en la consideración del gremio y su tarease facilita con ventaja personal: se hace changador de otarios, esdecir, buscador de víctimas, empresario, director, prestamista,consejero e intermediario entre los capitalistas y grandes dignatariosde la orden y los pobres ejecutores que pagarán con el martirio de sucuerpo cualquier contrariedad de la suerte.

El pillo criollo, en sus comienzos, se revela con facilidad al ojo menosobservador.

Le cuesta deshacerse de la cáscara del compadrito, origen común de todosellos, que son generalmente muchachos de la última clase, vendedores dediarios ascendidos a carreros o sirvientes, y cuya educación eilustración son casi nulas.

Sin embargo, ellos aprenden a leer y escribir en los meses de reclusión,y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina y cualquier otraciencia útil para su arte de vivir de gorra[75].

He visto un ladrón que a fuerza de leer se ha hecho un leguleyo[76]; tiene toda la exterioridad de un hombre de educación esmerada, seexpresa correctamente y no deja traslucir en su trato que, diez añosatrás, era un compadrito que escupía por el colmillo y se quebraba[77]hasta barrer el suelo con la oreja.

El pillo extranjero es el más abundante.

Éste ya viene aleccionado, por lo general, y no deja que se deduzcanreglas para conocerlo.

Viste como un caballero, como un compadre o como un artesano, de esosque recorren nuestras calles en las faenas de su oficio: adopta la formanecesaria para cada una de sus empresas oscuras y malignas.

Se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanosidentificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimañapuede sugerirle su imaginación a fin de ocultar su pasado, teniendo comorecurso invencible su poco conocimiento del idioma.

Para probarle un hecho no hay más remedio que tomarlo con la masa en lamano; con él no valen nada la deducción ni la inducción, y se le quemanlos libros al más listo.

Sin embargo, no es largo su jolgorio.

Después de un período de tres o cuatro meses de hazañas—si no halogrado salir de su mísera posición de instrumento—la policía, que nole pierde ojo, lo pilla en un renuncio[78] y tiene que confesar su viday milagros, quedando en la categoría de criollo.

¡Se le acabaron sus privilegios de extranjero!

ELLAS

El complemento del pillo es la mujer.

¡Cómo saben educarla para el fin que la necesitan, con qué egoísmojudaico explotan los tesoros de su cariño inagotable, cómo lasugestionan y la envilecen, haciéndole perder, o ya el miedo paraacompañarlos en sus empresas tortuosas sino la noción elemental del bieny del mal, llegando ellas, en su obsesión por el hombre que lasmartiriza y las deprime, hasta a creerlo un dechado de virtudes, unejemplo de honorabilidad, una víctima desgraciada de las injusticiassociales!

¡Cuántos poemas de ternura y de amor tienen por teatro diariamente loscalabozos!

¡He visto madres que no sólo abandonan las comodidades que un hijohonorable puede proporcionarles, sino que hasta cubren de vergüenza sunombre por disimular las bajezas de uno de estos canallas que ha rodadoal abismo y que les paga sus sacrificios imponiéndoles cada día otrosmayores!

He visto mujeres hambrientas, casi desnudas, vender, no ya su cuerpo sialgo valiera, sino lo más indispensable para su subsistencia, a fin dellevar cigarrillos o bebidas a sus maridos que, cuando están fuera de lacárcel, dilapidan con otras de mala vida el dinero que pueden atrapar, ya ellas les compensan su abnegación con caricias que dejan sobre suscuerpos indelebles cicatrices que no se borran jamás.

¡Son las madres, son las mujeres, son esas pobres mártires que arrastransu cruz a través del mundo— las minas, como ellos les llaman—las queles sirven de escudo contra los golpes de la suerte!

Pueden abandonarlos sus amigos, sus cómplices, los empresarios, porcuenta de quienes emprendieron un trabajo, pero ellas no les faltarány, sacando fuerza de flaqueza, removerán con sus débiles brazos el mundoentero a fin de hacerles más llevadera su desgracia.

Ellas, las mártires de los días de luz, serán el rayo de sol de los díasde sombra.

¡Luego, tras de la fila de mártires, de las que son escudo simplemente,viene la interminable de las que no son sólo escudo, sino también garra.Son éstas las que forman la temible falange de espías, de correos, denegociadoras de los robos, de ocultadoras y, luego, en los días negros,las que servirán de agentes para corromper a la justicia, usando eldinero, si el hombre que necesitan es afecto a él; halagando su lujuria,su gula o cualquiera de los pecados capitales que prime en su espíritu;amenazando su tranquilidad si es un timorato, o insinuándosepérfidamente en su corazón, si es un alma fuerte y vigorosa!

¡Ellas podrán no saber leer ni escribir, podrán ignorar las sutilezasdel espíritu y aun hasta la existencia de la palabra psicología, peronadie las sobrepasará en el arte difícil de conocer una flaqueza humanay de saber aprovechar y explotar su conocimiento!

ELLOS

Entre reos lunfardos hay cinco grandes familias: los punguistas, olimpiabolsillos; los escruchantes, o abridores de puertas; los que dan la caramayolí[79] o la biaba[80], o sea los asaltantes; los que cuentan el cuento, o hacen el scruscho, vulgarmente llamadosestafadores, y, finalmente, los que reúnen en su honorable persona lashabilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por de lascuatro armas.

Más vale toparse con el diablo que con uno de estos príncipes de la uña,de los cuales Buenos Aires cuenta más de un ejemplar.

Ellos son, generalmente, los que educan y forman los muchachos,esmerándose en aquellos que revelan mejores facultades: son los quedirigen los golpes de importancia; los que dan el cebo, o sea eldinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisaplata, dada la situación a que ha llegado el mundo; en fin, son losgrandes dignatarios de su orden.

Cada especie tiene su fisonomía especial, sus costumbres propias y sumanera de ejecutar un trabajo, por más que todas tengan siempre unpunto de contacto, menos el punguista, que es siempre el empresario desí mismo.

EL CAMPANA

El punto de contacto es el campana, es decir, el que busca la casa oel hombre fácil de robar, el que estudia el medio de efectuarlo, el queestá en relaciones con los que cambian lo robado por dinero: laprovidencia en forma de hombre.

Bien considerado, estos campanas son los verdaderos ladrones; los queefectúan el robo son solamente sus instrumentos.

Jamás se comprometen en nada, y es difícil que la policía los descubra.Adoptan todo el aire de gentes honradas, trabajan, tienen oficio,profesión o industria conocida: son sirvientes, mozos de hotel,changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden inspirar confianza yser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la piedra yesconder la mano.

¡Cuántas veces están protestando honradez y tienen entre los dedos elpedazo de masilla o cera con que al menor descuido, moldearán una llave!

¡Cuántas veces están jurando adhesión a sus patrones y ya tienen ocultodentro de un mueble al amigo que va a dar el golpe! ¡Y luego son los másempeñosos en llamar a la policía y darle cuenta del hecho, suministrandatos y noticias, sospechan que al ladrón lo han visto rondando la casay que es de este porte y del otro!

¡Cuántos de ellos han acompañado en sus investigaciones a un comisario ylo han extraviado con sus mentiras, y cuántos también han sidoimprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciaría!

¡El campana presta servicios a los ladrones, pero que digan éstos loque les cuesta: siempre se lleva él lo mejor del toco, o sea del montode lo atrapado!

¡Sus comisiones son algo de fabuloso!

Sin embargo, el negocio tiene sus contras. Veces hay que ha hechoefectuar un robo valioso, y cuando va a retirar su parte se encuentracon una puñalada o con que, sencillamente, le dicen que no sea zonzo, yse le alzan con el santo y la limosna, acción que se llama dar elrostro.

Al campana robado le queda aún como arma la delación y la usa comovenganza; si los ladrones son tomados, éstos no dejan de envolverlo ensus declaraciones, y se hunde con ellos, y si no lo son, se ve libre yqueda aguardando una oportunidad de hacerles caer en las garras delgallo policial: este es el origen verdadero de más de una pesquisacuriosa que ha servido para bombo a algún inútil.

¡Venganzas de campana, o como quien dice, puñaladas por la espalda!

Y los ladrones saben lo que vale un buen campana. Una vez me dijo uno,habiéndole yo preguntado que "a qué se dedicaba por ahora".

—¡Vea, señor, tengo un campana que ni de oro..., y trabajo decatólico!

—¿De católico?

—Sí, señor...; es decir, ando con el asunto de las limosnas para elhospital..., ¡y al que me cree lo ensarto!

EL ARTE ES SUBLIME

El punguista—como en lenguaje de ladrones se llaman los pick-pockets, osea, hablando en español, los limpiadores de bolsillos—es el másartista de todos los ladrones, y mira con cierto desdén a suscongéneres, a los cuales desprecia soberanamente..., tanto como puededespreciarlos un hombre honrado.

Para él, robar un reloj, una cartera, un rollo de dinero o cualquierotra cosa de valor que una persona pueda llevar sobre sí, no es undelito, sino un trabajo de arte, una hazaña.

Es por eso que se le ve tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, meterle acualquiera la mano en el bolsillo y sustraerle lo que guarda: su únicodolor es ser sentido por su víctima, o tomado infraganti por lapolicía a causa de su poca habilidad.

Esto lo desespera, pues le desbarranca su fama, ataca su crédito.

La gloria de un punguista es serlo y que nadie pueda probárselo: suorgullo es poder decir en la policía:

—¡Busque, señor, en los libros!... ¡Yo no tengo ninguna condena!¡Gracias a Dios, no soy ladrón!

Y luego, su frase la repite con aire modesto a cuanto individuoinvestido de autoridad encuentra a mano, pegándole a modo decoeficiente: "así le dije el otro día al señor don Fulano".

Tiene por teatro la calle y los parajes donde ocasional o habitualmentehay aglomeración de gente.

Con frecuencia se le oye decir: yo trabajo en el Banco tal, en laestación cual, en el papel sellado, en el correo, en el tramway, en elcementerio, en la plaza, en el remate, dondequiera que haya codazos yapretones.

Para el trabajo jamás va solo: lleva dos o tres ayudantes, según lanecesidad.

Estos ayudantes, que son, por lo general, practicantes-asociados, tienenpor misión formar la cadena, es decir, estacionarse detrás delartista, de tal modo que, efectuado el hurto, lo hurtado se encuentra asalvo con la rapidez del rayo, pasando de mano en mano.

Si el golpe es desgraciado y el practicante no puede huir, deja caer lohurtado, lo echa en el bolsillo de cualquiera de los presentes, en fin,se deshace como puede del cuerpo del delito, y trata de evitarse unacondena o ahorrarle un mal rato a su asociado.

Un comandante del ejército—cuento al caso—se hallaba una noche en sucasa, y al ir a sacar su pañuelo, rueda sobre la alfombra un magníficoreloj de oro, con un monograma en la tapa. Lo recoge y se echa a cavilarsobre cómo había venido a su poder.

—¡Y no daba en bola!

Al día siguiente lee en un diario una noticia que decía: RELOJ ROBADO.— Hallábase ayer en el remate de Constela el señor X. X., yde repente notó que le sacaban su reloj, y que la mano que lo llevabapertenecía al vecino que tenía a la derecha.

Lo hizo conducir a lacomisaría 2ª y resultó ser, el tal vecino, nada menos que Ángel Artirel(a) Minga-Minga. El reloj no ha sido encontrado.

El comandante se dio un golpe en la frente, recordando que se habíahallado en lo de Constela durante el incidente; pero no atinaba a dar encómo el reloj había llegado a su bolsillo.

A que le esclareciesen el punto y a devolver la prenda fue a lacomisaría 2ª.

El comisario oyó toda la relación y luego le preguntó si recordaba quévecinos había tenido durante su estada en la casa de remates.

—¡No me fijé, señor!

—¡Pues bien, uno de ellos era cómplice del ladrón, y temiendo serdescubierto ocultó en usted lo que podía comprometerlo!

El comandante ha jurado, desde entonces, usar sacos sin bolsillos.

Otro cuento, ya que en tal terreno he pisado.

Uno de estos practicantes fue sorprendido una vez con un reloj en lamano, en momentos que iba a pasarlo, y no bien vio que lo habíansorprendido, se echó a gritar:

—¿De quién es este reloj? ¿De quién es este reloj? No le valió laartimaña, y fue preso. El juez tuvo que absolverlo, pues se encerró enesta declaración:

—Yo encontré el reloj, señor, y lo levanté; no ha habido más.

Tengomalos antecedentes, es cierto, pero eso no hace al caso...,

¡el deciradiós no es dirse![81]

¡Estos practicantes llegan a ser unos doctores que dan miedo, y no pasamucho tiempo sin que den vuelta y raya a su maestro!

El punguista, cuando camina, jamás lo hace llevando al lado a suscompañeros.

Éstos marchan escalonados a retaguardia, a fin de poder, al menor asomode un empleado de policía que los descubra, hacerse entre sí losperfectamente desconocidos.

Si suben a un tramway tratan de rodear a la persona que han elegido porvíctima, y allí son los empujones por el menor motivo, los codazos, lospisotones, con el objeto de distraer al desgraciado candidato yfacilitar la obra del artista.

Éste está en acecho, espiando todas las oportunidades, y a la primeraque se presenta, ¡zas!, se apodera del objeto deseado, que desaparececomo por arte de magia.

Para dar el golpe, el punguista tiene siempre sus dedos índice y medioprontos para la acción, y los introduce en el bolsillo ajeno con unasuavidad incomparable.

Cuando es necesario interceptar la vista de alguien, ahí se encuentra elpracticante, que hará de nube, o si no el brazo que no va a operar y quese baja o se levanta a la altura necesaria.

Hay punguistas que son muy hábiles en esta maniobra, que se llama esparo, y que es reputada como uno de los escollos del arte.

Cuando dos o tres habilidosos se reúnen y se complementan, las joyas vana ellos como el acero atraído por el imán.

Jamás se reúne con los que no son de su arte, a no ser cuando entra porel aro del diablo, con tal de hacer plata.

De lo contrario evita compañías, y dice:

—¡Los amigos cantan (descubren) y no sirven sino para hacerlo embrocar (conocer) a uno!

Cuando ya son muy conocidos en sus mañas, y no pueden trabajar, sededican a schacar escabios, es decir, a robar a borrachos.

Este es el atorrantismo, la vejez miserable del arte: son los arrestosfrecuentes, los días sin comida, las condenas por cincuenta centavos.

Sin embargo, un punguista podrá robar, jugar y poseer todos los vicios,pero nunca se embriagará ni llevará vida de perro.

Mira el mundo a través de los placeres que no embrutecen, y vive lomejor que puede.

Un día dije a uno de ellos que hablaba conmigo, en el café de Cassoulet,esquina Viamonte y Suipacha, un centro de pillos:

—¿Y tú no bebes?... ¡Pide un gin!

—¡Yo!... ¡Qué esperanza!... ¡El alcohol afloja la lengua y entorpece lamano!

EL CAFÉ DE CASSOULET

Este era el paradero nocturno de todos los vagos de la ciudad y famosoentre la gente maleante, no solamente por la comodidad que, a pococosto, se obtenía en él, cuanto por la relativa seguridad que sedisfrutaba: en caso de producirse visita de la autoridad, lospropietarios tenían dispuestas las cosas de modo tal, que la clientelatenía fácil escape.

Estaba ubicado en la esquina Viamonte, antes Temple, y Suipacha. Comodependencia del café, y formando parte de la planta baja, que daba haciala primera, había hasta la mitad de la cuadra una veintena de cuartos ala calle, con puertas que se abrían a ésta y otra interior, que daba algran patio del café: eran otras tantas salidas clandestinas del antromisterioso.

Estos cuartos los ocupaban mujeres de vida airada, que eran como lacrema de aquel mundo de vicio, cuyo centro era la famosa calle delTemple, y que extendía sus brazos a las adyacentes, teniendo comoencerrado entre ellos el corazón de la ciudad.

El café debía ser una mina de plata.

Allí los ladrones, con todo su cortejo de corredores y auxiliares, losasesinos, los peleadores, los prófugos, toda la gente que tenía cuentasque saldar con la justicia o tenía por qué saldarlas, buscaba un refugiopara dormir o vivir con tranquilidad, para hacer con todo sigilo unaoperación comercial inconfesable o para ocultarse discretamente,mientras pasaban las primeras averiguaciones subsiguientes a un delitodescubierto por la policía.

Allí todo era cuestión de dinero. Teniéndolo, se hallaba desde la piezalujosamente amueblada, hasta el tugurio infame, donde podía gozarse delas comodidades de un catre de los muchos que, en fila y pegados unos aotros, contenía un pequeño cuarto de madera, y desde el vino y losmanjares exquisitos, hasta las sobras de éstos, barajadas en un champurriao[82] indescifrable, y que podía remojarse con el aguaturbia del aljibe, donde viboreaban los pequeños gusanitos rojos,descendientes quién sabe de qué putrefacción y cuyos movimientos rápidosy variados podían servir de diversión al ánimo preocupado.

Tarde de la noche, cuando el café se cerraba, decenas de desgraciados,sin hogar, tomaban posesión de las mesas del largo salón,—bajo lavigilancia de los dependientes, que tendían sus colchones sobre las debillar, cuando las otras estaban ocupadas—y por dos pesos de losantiguos, encontraban un techo y una tabla para dormir, y por uno, loprimero y el duro suelo de los patios y pasillos.

Aquello era un verdadero hervidero del bajo fondo social porteño: allíse barajaban todos los vicios y todas las miserias humanas, y allíencontraban albergue todos los desgraciados, que aún tenían un escalónque recorrer antes de llegar a los caños de las aguas corrientes que,apilados allá en el bajo de Catalinas 20, ofrecían albergue gratuito.

Cassoulet era, en la noche, la providencia de los míseros desterrados deun mundo superior, era la ensenada que recogía la resaca social que ensu continuo vaivén arrastraba hacia playas desconocidas el oleajeincesante.

Hoy comparten con él los beneficios de la industria protectora lospequeños cafés del Riachuelo y la ribera, que venden marineros borrachosa los buques que necesitan completar su rol clandestinamente, paraborrar las huellas de un crimen o de un accidente—a fin de evitarse lasmolestias que en nuestro país acarrea cualquier gestión ante laautoridad—y los tugurios que, con el nombre de posadas o sin nombrealguno, encierran entre sus paredes y alojan, según el dinero con quecuentan, a los desgraciados que vagan sin hogar, o a aquellos quelegalmente no pueden habitar en parte alguna.

En aquel tiempo compartían la clientela de Cassoulet, pero sólo duranteel día, el café Chiavari, en la esquina de Cuyo 80 y Uruguay, y el caféde Italia, en la misma calle, frente al Mercado del Plata.

Estas tres eran las cloacas máximas de Buenos Aires, en tiempos que yano volverán, pero que se repetirán, transformándose.

EL BURRO DE CARGA

EL escruchante—Es decir, aquel cuya especialidad es abrir puertas cono sin violencia—es otra interesante variedad de la familia lunfarda.

Los que la forman son, por lo general, individuos de avería, hombresavezados a todas las asperezas de la vida.

Brotan de las capas inferiores de la sociedad, y rara vez alcanzan otrasmás elevadas: son constante y perennemente víctimas del que hacampaneado—estudiado—el robo a realizar, y su fin es generalmentedesastroso.

Concluyen por ser un harapo humano a fuerza de consumirse en lascárceles o en los más bajos fondos de la corrupción.

La miseria, engendradora de todas las lepras, luce en ellos sus fuerzasy su vigor.

De todos los lunfardos es el escruchante el más desgraciado: sus robosson los más fáciles de descubrir, sus condenas son las más largas, susdías son los más negros, pues cuando no está preso lo andan buscando.

Es necesario tener una afición desenfrenada a lo ajeno, para dedicarseal escrucho.

El escruchante tiene tres especialidades: se dedica a fabricar llavesfalsas, a trabajar con el formón o a cargar la burra, o sea alzar losrobos.

Poco se le ve en la calle durante el día: camina sólo de noche o en lamadrugada, hora en que la vigilancia es menos activa.

Sus golpes los reciben ya estudiados por el campana, que percibirásu buena parte, sin riesgo.

Éste es el que moldea las llaves que el escruchante fabricará en losratos de ocio, en su tugurio, donde tiene su pequeño taller adhoc[83]; el que estudia las costumbres del habitante de la casa que vaa robarse; el que levanta el plano de sus entradas, salidas, caminosfáciles para escapar, parada del vigilante, hora en que hace la ronda ydemás datos útiles.

¡En posesión de todos estos elementos, es que el escruchante tienta suempresa y va dispuesto a todo!

Si se ha moldeado bien la llave, ésta ha sido seguramente bien hecha yfuncionará a maravilla, simplificándose mucho el trabajo.

Si no anda bien, es necesario abandonar la empresa hasta que losdefectos se hayan corregido o recurrir a la violencia, que dobla lasprobabilidades del fracaso, y sobre todo la condena.

Entonces es cuando se recurre a cortar el tablero de la parte inferiorde la puerta, formado por lo general de madera blanda, en la cual unacuchilla afilada entra como en queso y abre un buen postigo.

Si el dueño de casa es precavido, y usa sus puertas enchapadas de hierroen la parte vulnerable, se da un corte en el umbral con el formón frentea los pasadores y se levantan éstos; luego se introduce la pata decabra—instrumento de acero, formado en zigzag—frente a la cerradura,y se la hace saltar sin ruido, con un leve movimiento lateral.

La puerta ya presenta facilidad para enlazar con una faja el pasador dearriba y correrlo.

Puede ser que la precaución del propietario haya llegado hasta poner unabarra, y entonces hay que tratar de sacarla.

La extremidad libre de la faja con que se enlazó el pasador se pasa pordebajo de la barra y se tira para arriba.

Si aquélla es de gancho, cede al esfuerzo, y se la baja hasta el suelocon cuidado para que no haga ruido, para lo cual se afloja una de laspuntas de la faja poco a poco; si es de las que tienen candado, es mejorrenunciar al golpe: la puerta es infranqueable.

Cuando el robo no puede hacerse con violencia, se recurre a sobornar undependiente que deje la puerta abierta, o se coloca en la casa unapersona que lo haga, y que pasará en ella el tiempo necesario paraacreditarse y alejar sospechas.

Si estos medios no son posibles, queda aún el recurso de meter ungato, es decir, hacer esconder en la casa un cómplice que a una horadada franqueará la entrada.

Este papel de gato no lo desempeña cualquiera es necesario dedicarse aél y hacerse una especialidad; acostumbrarse a estar inmóvil por horasenteras; a respirar sin hacer ruido; a no estornudar ni toser; en fin, ahacerse un cadáver.

El Cuervito, Román—un gajo de cierta familia, en que padres, hijos,hijas, tíos y tías, eran del arte, abarcando todas sus variedades, semetió de gato en casa de un inglés, en la calle Corrientes, y surespiración fatigosa—pues era asmático—le traicionó, valiéndole unbalazo y una buena condena.

Una vez, cierto ladrón conocido—un santafecino, Ludueña—

que había sidosoldado de línea, después desertor en la frontera y hasta capitanejoentre los indios, penetró en un almacén, luego de acostados los dueños yrobó el dinero que encontró, llegando en su osadía hasta haber bebido ycomido como si estuviera en su casa.

El robo lo practicó a vista y paciencia de los damnificados—

unmatrimonio italiano—quienes no se animaron a contar los detalles cuandodieron cuenta del hecho.

Al ser conocidos éstos por referencias o jactancia del mismo Ludueña,fue muy celebrada la hazaña, llegando ella a nuestros oídos.

Estando una vez preso por haber practicado un robo en la fábrica debaldosas "La Fe", y respondiendo a alguien que le preguntó si era ciertolo del almacén, dijo:

—¿Cómo no?... ¡Si yo vi que los gringos se hacían los dormidos y meaproveché!

El ladrón que penetra a una casa, va por lo general seguro de que nadieatentará a su vida; sabe muy bien si el dueño es hombre capaz dedefender lo suyo, y en este caso, espera asegurarlo, o si en caso desentirlo, evitará un lance.

Muy rara vez llegan a asesinos: para ello necesitan no tener ningúnmedio de que valerse a fin de tomar lo que codician o verse acorraladosy sin más probabilidad de escapar a un fracaso que una puñalada dada atiempo.

Su afán, su ambición, es poder llegar a ser maestros, a dirigir golpessin riesgo, es decir, a hacerse de un capitalito y trabajar de campana.

Llegado a esa meta, el escruchante es feliz, y ha escapado alatorrantismo, que es su bestia negra.

¡Y asimismo, hay campana de éstos que de repente tropieza y quiebra sudicha: entonces rueda al abismo sin esperanza de levantarse!

Del cinismo hacen un arte, y suele no faltarles ingenio.

Un comisario pescó, en circunstancia muy especial, a cierto escruchanteconocido: violentaba una caja en una mueblería, donde se habíaintroducido.

El ladrón hacía su trabajo y de repente vio entrar a un changador de lacasa, que le dijo:

—¿Qué hace usted?

—Silencio..., tengo una cita con la señora.

—¿Cita?... ¡Ahora verá!

Y a empellones lo sacó a la calle para entregarlo a un vigilante, ¡perocuál no sería su asombro al verse agredido a trompada limpia! Acudió elvigilante, y ladrón y changador fueron conducidos a la comisaría por"desorden en vía pública".

Llevados, sin embargo, ante el comisario, éste, que era un lince paraeso de ladrones, empezó a revolverle las respuestas y no tardó endescubrir la verdad: el desorden era un pretexto para ocultar latentativa de robo.

El ladrón decía, no obstante

—¡Señor, ese changador es un canalla..., nos hemos peleado porque lecobré dinero, y ahora me sale con una pata de gallo!.. .[84]

¡Está lindolo que pasa!

LOS QUE CARGAN CON LA FAMA

Los que dan caramayolé o la biaba son los ladrones de la clase másíntima, es la plebe del mundo lunfardo: ellos no necesitan para realizarsus empresas usar el mínimum de talento.

Un buen garrote esgrimido comomaza, y descargado a tiempo sobre un transeúnte descuidado, o unapedrada en la cabeza, asestada a mansalva, son sus recursos favoritos, yéstos no son difíciles de usar.

No obstante, a veces estudian también las víctimas, a fin de no dar elgolpe sin provecho, pero no es condición indispensable: se confían alacaso. Hay algunos de estos asaltantes que combinan sus golpes conhabilidad, pero son raros.

El sargento Gómez me refirió a este respecto una hazaña del pardoVilaró, llamado vulgarmente "el de los pavos", para distinguirlo de untocayo que se llamaba "el de los mates", que es un caso típico deasaltante, metido a ejercer de escrucho a la alta escuela.

En la calle Buen Orden[85], al llegar a Brasil, había una platería deaquellas que antes abundaban en el barrio del Sur, poblado casi todo porestancieros y gente de campo, cuyo comercio consistía en la venta defrenos, facones, espuelas y demás artículos similares, hechos de plata.La tienda era pequeña y lo poco de valor que contenía estaba encerradoen una vidriera movible, que descansaba sobre el mostrador, hacia laderecha, frente a un pequeño venta que, daba a una pieza interior, porel cual el platero, cuando no estaba en el negocio, veía todo lo quepasaba en éste.

La puerta de comunicación entre la tienda y la pieza interior quedabahacia la izquierda.

Una mañana el platero tomaba su desayuno, cuando de repente ve entrar alnegocio a un pardo grande y fornido, que levantando en alto la vidrieracorría hacia la calle. Se echó tras él y consiguió hacerlo detener, peroya no llevaba la vidriera ni fue posible dar con ella por más pesquisasque se hicieron.

El detenido fue puesto en libertad, y más tarde, se jactaba del robo yde su astucia, diciendo:

—¡Amigo, que son mulitas[86]!. .. ¡Yo tenía en la puerta de la plateríaun carro cargado de pasto verde, pero arreglado con un hueco en elmedio; pasé, tiré la vidriera y seguí corriendo, seguido del platero!¡Pobre hombre! ¡Ni coceó, y el carro se fue con la vidriera, mientras amí me enloquecían a preguntas en la comisaría!... ¡Vivos los mozos!

EL PANAL EN LA LENGUA

Los que hacen el scrucho o cuentan el cuento, son simplemente, enbuen romance, los estafadores, los más inteligentes, más astutos y demás buen tono en el mundo lunfardo; son, como si dijéramos, suaristocracia.

¡Y así son de odiados por sus congéneres los punguistas y losescruchantes!

Éstos se llaman batidores—delatores—y cuidan de ocultarles susmanejos lo más que pueden; pero todo es inútil: no escapan al ojo sagazdel estafador que es un infatigable caminador, y que, como anda día ynoche por las calles en busca de otarios

víctimas—no deja deconocerles las guaridas y los trabajos en que andan ocupados. Se lesoye decir con mucha frecuencia:

—¡Vea!... ¡El trabajo (robo) que hace un hombre, se conoce en el modode caminar!... ¡Si fuéramos de la policía, qué pesquisas de mi flor!

El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre lleva a ladistancia un compañero que le sirve para cualquier papel que seanecesario desempeñar.

Sus útiles de trabajo son simples: consisten sólo en un diario doblado,al cual le llaman el toco mischo—el montón pobre—o el balurdo, yen algunos cobres.

No se tienen por ladrones, y siempre dicen:

—¡Nosotros lo que hacemos es embromar a quien nos tiene por zonzos! ¡Alos otarios les contamos un cuento, les ofrecemos una ganancia enorme,y encandilados, los clavamos[87]: eso es todo!... ¡No les hacemosdaño, no los golpeamos, ni asustamos!...

¡Si se clavan, nadie tiene laculpa!

Si uno los apura, demostrándoles que son ladrones, exclaman

—¡Bueno!... ¡Entonces, también los otarios lo son!... ¡En el Brasil, laley los castiga como estafadores!

Individuos de estos he conocido que cuando se les ha motejado deladrones se han indignado.

—¿Yo ladrón?... ¡no he estado preso jamás por eso, señor!...

¡Yo notengo sino estafas!...

—¿Y la estafa no es robo?

—¡No, señor; no es robo!... Dígame, ¿qué va a hacer uno cuando ve untano (napolitano) que a fuerza de no comer junta unos marengos, y loprimero que hace es largarse a su tierra?...

¡Quitárselos!

—¡Pero eso está mal hecho!

—Pero señor, ¿y uno va a tener la sangre fría de dejar que se lleve laplata del país?

—¿Y acaso la plata es tuya?

—¡Claro que es mía!..., ¿cree que no soy argentino?

Y si es extranjero varía la respuesta, diciendo

—¡Mía no; pero sí de mis hijos que han nacido aquí!

Hay pillos de estos para quienes es una mala noticia saber que untrabajador extranjero ha abandonado el país, llevándose una fortuna.

Alcachofa, el ladrón más decidor que he conocido, decía siempre,cuando lo llevábamos a la comisaría:

—¡Aquí me tráin[88], señor!... ¡siempre por lo mismo!..., secuestrode marengos—parodiando el estilo de los partes policiales—¡a ungringo que quería volar!

Y éste murió en su ley: lo mató una puñalada, tirada por uno que,próximo a embarcarse, llevando unos ahorros, se encontró en un minutomás pobre que Job.

El método de robo en que la inteligencia desempeña un papel más activo,es la estafa.

El buen resultado para el ladrón depende de mil circunstancias que debenestudiarse, tales como el carácter del individuo, candidato a robado,sus tendencias, sus aficiones, sus amistades, su parentela, etc.

Todo debe ser tenido en cuenta, y no puede darse un paso sinpremeditación, bajó pena de perder el tiró.

Por eso los estafadores veneran el tiempo: teniéndolo, son capaces derobar a un avaro.

Sus trabajos son largos, pero seguros.

Rara vez emprenden ellos la tarea de estudiar el individuó a quien van ahacer víctima de su habilidad: ese es trabajo del auxiliar, a quienellos llaman changador de otarios, y que permanece siempre en lasombra, aun cuando lleva la parte más gorda de la empresa.

Este auxiliar es, por lo general, un almacenero, que es el confidente detodos los artesanos y sirvientes de su barrió, un amigo desleal einfamemente codicioso, un pequeño negociante con apariencias dehonorable, en fin, un individuó que a mansalva se informa de laspeculiaridades de cada semejante, y las vende luego a los que inventaránel cuento apropiado para despojarlo, los que fabricarán la ganzúa queles franqueará el acceso hasta la caja anhelada.

Jamás los estafadores dignos de fama malogran un esfuerzo: cuando sedeterminan a dar su golpe, es ya sobre seguro.

El vulgo generalmente dice:

—¡Amigo, que todavía haya tontos que se claven con estas cosas!

Esta frase es hija de la ignorancia: no es que la víctima sea un tonto,no es que haya visto el lazó que le tienden: es que las cosas se lepresentan con tal habilidad y con tal disimuló, que no hay previsión nidesconfianza que valgan.

Un buen día se encuentran con un paisano y amigo—recién venido, a estara su declaración—que les habla de la familia ausente, de la cartaúltima que ha recibido, de las noticias en ella consignadas, relativasal estado de ánimo y fortuna del pariente que está en América, y éstecree a pie juntillas que quien le habla es efectivamente persona de supueblo, amigo de los suyos, uno de esos seres indiferentes, cuyorecuerdo se ha borrado de la memoria con el transcurso del tiempo.

Y entabla la relación; establecida la confianza, pronto la empresa habrállegado a su término.

¿El individuó es desconfiado y avaro?

El cuento que se prepara halagará su pasión predominante, y será no paraque hable a su imaginación, sino a su juicio.

¿Es la víctima futura un imaginativo o un aventurero que quiere forzarla suerte?

El cuento tendrá todos los caracteres necesarios para arrebatarlo.

El sargento Gómez y Regnier—mi maestro inolvidable más tarde, en losdías en que ya la fortuna comenzó a sonreírme y que me sirvió de guíapara penetrar en el bajó mundo social de Buenos Aires, cuyos misteriosharé desfilar ante la vista de mis lectores en cursó de estasMemorias—me fueron enseñando poco a poco a distinguir los caracteres delas cosas que como en un caleidoscopio pasaban ante mi vista.

El primero me contó algunas estafas en que él había intervenido comoempleado, en el tiempo viejo, que son, para aquella época lejana, obrasmaestras de habilidad, que si bien no pueden compararse con las de laépoca actual, que son verdaderas maravillas, dan ya una idea de lo quees el estafador y de los recursos de que echa mano para conseguir susfines.

NO LE SALVÓ SER MINISTRO

Era teniente cuando en la Piedad, allá por 18..., un asturiano llamadoJosé Cañete y Puertas, hombre ahorrativo y económico, amigo de lasmonedas como un judío, y más deseoso de hacer fortuna que de llegar aconquistar fama de santo y verse un día adorado en pintarrajeada efigiepor creyentes masculinos y femeninos.

A fuerza de guardar sus sueldos, limpiar las alcancías cuando podía ydesplegar toda su astucia para cazar propinas y estipendios, habíallegado a juntarse sus buenos cincuenta y cinco mil pesos de la antiguamoneda, los cuales, en billetes del Banco de la Provincia, dormíantranquilos en el fondo del inmenso baúl que lo acompañaba desde sutierra.

Cosa es que nunca pudo averiguarse cómo dos lunfardos llegaron a conocerel tesoro de Cañete: el hecho es que se lo robaron de una maneraingeniosa.

Una tarde, al toque de oraciones, llegó a la sacristía un individuo alparecer italiano, cohibido, tímido, cortado, y le dijo que un amigo suyoque estaba moribundo deseaba confesarse con él, que sabía era caritativoy generoso.

—No puedo salir ahora.

—¡Pero señor!..., ¡el pobre Juan está enfermo!..., ¡mañana no hablarámás!..., ¡por caridad, vaya a verlo!

—¡No puedo y no puedo!...

—¡Le haremos cualquier demostración!... ¡Tenemos dinero!

—¿Dinero?..., ¿cuánto me dará?

—¡Doscientos pesos!

—Bueno... ¿dónde está la casa?

—Aquí cerca... calle Paraná número setenta.

Y el cura Cañete, próximo a tener un suplemento de doscientos pesos,entró contoneándose al número 70 de la calle de Paraná, acompañado deaquel cuya oratoria había vencido su voluntad.

El número 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, noencontró sino un miserable catre en un rincón y en él, agonizante, unhombre ya de edad.

Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada enel cuello de una botella.

El moribundo, al entrar el sacerdote, levantó la cabeza toda reatada[89]y la dejó caer pesadamente sobre la bolsa que le servía de almohada.

—¡No se mueva, hermano!...—dijo Cañete con voz que quiso hacer tierna,y acercando a la cama del enfermo la única silla que había en el cuarto,se sentó.

Su acompañante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro más lejano delgrupo.

El cura Cañete comenzó a hablar como interrogando, luego acercó más susilla al enfermo y volvió a escuchar lo que éste hablaba.

De repente se levantó y dirigiéndose al que había sido su acompañante,le dijo con tono compungido:

—Da lástima, ¿eh?... Ya vuelvo; voy a buscar un crucifijo...,

¡esnecesario que ese pobre muera como buen cristiano que es!

Y salió.

El enfermero se acercó al enfermo y éste le dijo con cara alegre:

—¡Pisó el palito!.. ¡cái como un ángel!

Minutos después se sintió el taloneo del cura, que esta vez venía comovolando.

Volvió a acercarse al enfermo, habló algo con él y no tardó en dejarlo.

El enfermero lo salió acompañando, y lo acompañó hasta la misma esquinade la iglesia: Cañete volvió varias veces la cabeza mientras atravesabael atrio y allí estaba el pobre italiano mirándolo y poniendo una caracomo de quien no puede aguantar el llanto.

Cañete siguió el largo pasadizo que, abriéndose sobre el atrio, conducea la sacristía, y no bien desapareció, el acompañante echó a corrercalle arriba.

Dos minutos después, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantaday llevando una bolsita en la mano.

Corrió hasta el número 70, y llamó: no obtuvo respuesta.

Siguió llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenerode la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendió, y más aloírle decir:

—¿Dónde está el enfermo?

—¿Qué enfermo?

—El que vivía en este cuarto.

—¡Si este cuarto no está habitado todavía!... ¡Hoy me lo alquilaronunos mozos, pero aun no han traído sino un catre!...

El cura no oyó más, y salió en dirección a la comisaría a dar cuenta deque lo habían robado.

Se abrió la puerta y en el cuarto no se encontró sino un catre y un cabode vela.

Enfermo y enfermero se habían hecho humo.

Para engañar al pobre Cañete, los ladrones halagaron su pasióndominante.

El enfermo le dijo que bajo la almohada guardaba cinco mil pesos enoro,—que entonces tenía un premio de ciento veinticinco porciento[90]—y que quería dejarlos para misas, pero que deseaba dejarlecincuenta mil pesos papel a su cuñada, que vivía en Flores, y era elúnico pariente que tenía.

Cañete se ofreció para decir las misas.

El enfermo aceptó, pero agregó:

—Hay una dificultad. ¡El dinero de mi cuñada quiero que lo lleve miamigo que me ha ayudado tanto! Deseo darle algo a él, pero quisiera queno supiese que dejo para misas... así, si usted pudiera cambiarme porpapeles, yo haría el reparto mañana...

¡No he de morir todavía!

Cañete vio un negocio espléndido en el cambio y trajo sus pesos apretexto del crucifijo, recibiendo por ellos una bolsita llena de...balas achatadas.

Su amor a las monedas lo dejó en el mismo estado financiero en que llegóal país: todo fue, pues, cuestión de comenzar de nuevo.

Jamás pudo dar la policía con los ingeniosos autores de este cuento.

CUPIDO Y CACO

Otro scrucho o cuento lindo—digno del anteriores el que hubieron dehacerle a don José Robillotti, honrado italiano, que a fuerza de laborhabía conseguido acumular unos dos mil nacionales.

El amigo Robillotti, viudo, vivía en una casa de inquilinato, ubicada enla calle de Reconquista, en compañía de Rosita, su hija.

La tal muchacha, con sus 14 años, su carita rosada y sus piernas gruesasy bien torneadas, era algo apetitoso y tentador y hacía la desesperaciónde los dandys del barrio, que no perdían ocasión de verla pasearse en lavereda con sus coquetos vestiditos rosa, sus delantales negrosguarnecidos de trencilla punzó con pliegues de pestaña, haciendo cantarsus zuequitos escotados, y moviendo al son de esa música su cuerpoflexible y airoso.

Y, ¡luego los vestiditos que usaba!... Si eran lo más traidores: jamáscubrían las hermosas piernas tentadoras, calzadas, por lo general, conmedias punzó.

Esas piernas eran, para los adoradores de Rosita, como la miel para lasmoscas.

Y ella lo sabía la muy mimada, y sin embargo se hacía la inocente, y lasdeclaraciones más ardientes, los piropos más expresivos y másachicharradores, apenas le arrancaban como contestación un:

—¡Puerco!... ¡Cochino!... ¡Qué más se quisiera!... ¿Quiere ver quellamo a me tatas?

Frases con las que dejaba helados a sus novios, que se contentaban conmirarla desde la esquina, blanqueando los ojos, retorciéndose el bigote,si lo tenían o pellizcándose el punto donde debieran tenerlo, yentregándose a toda suerte de ejercicios gimnásticos con sus respectivosbastones, cosa que creían la más sublime expresión del chic y la máselocuente prueba de su experiencia en asuntos amorosos.

¡Pero Rosita era insensible a estas demostraciones equilibristas!

Un buen día dejó de salir a la vereda, y en el barrio se corrió la vozde que la visitaba un mozo, empleado de la Municipalidad.

Como no volvióa aparecer en la calle, sus adoradores, fastidiados, fueron a sersatélites de otras constelaciones.

Desde entonces se vio a Robillotti acompañado de un joven al parecercriollo, llevando con cierta elegancia un trajecito de saco, de esos queson una falsificación de última moda,—hechos con toda conciencia porun sastre baratillero—y que era de su misma opinión en todos losasuntos que trataban.

Evidentemente, era un yerno futuro: sólo éstos son capaces de pensar entodo igual a otro hombre; es privilegio de los que están por ser suegrosencontrar quien no los contradiga en nada.

Una tarde venía por bajo los sauces de Palermo el sargento Gómez, cuandode repente se topó con un ladrón, conocido por el apodo de Silvita que,acompañando a un individuo que respiraba honradez por todos sus poros,se ocupaba en contar los árboles del bosque.

Sospechando que fuera una víctima futura del acompañante, le interrogósobre lo que andaba haciendo, y le encontró muy reservado y pocodispuesto a hablar de sus intenciones y miras.

Silvita, colorado hasta las orejas, se entretenía en mascar unas hojitasde sauce.

El sargento se llevó los dos ciudadanos a la comisaría y allí sedescubrió el pastel.

El paseante del bosque—que no era otro que Robillotti—

cuando supo quéclase de pájaro era su acompañante, cantó de plano.

Dijo que este era el novio de su hija, y que hacía seis días que lahabía pedido en matrimonio, declarándole que no podía casarse hasta norealizar un negocio que tenía entre manos.

Interrogado por él sobre la naturaleza de este negocio, le había dicho:

—Yo soy empleado municipal, y puedo sacar con facilidad el corte detodo el sauzal de Palermo. Pagan veinte centavos por cada árbol y dejanéste a beneficio del contratista; pero hay que dar una garantía de dosmil nacionales y yo no los tengo.

—Pero los tengo yo... y es lo mismo, dijo Robillotti, que, habiendosido carbonero, conocía el precio de la leña, y como buen genovés,calculó en un segundo que la fortuna llamaba a su puerta.

—¿Cuántos son los árboles?

—Amigo Robillotti, va a ser un sacrificio...

—¡Bueno!... no hablemos más de eso. ¿Cuántos son los árboles?

—No lo sé.

—Mañana los contaremos... ¡ofrezca no más la garantía!

Y Robillotti andaba ya por largar la mosca[91], cuando para felicidad desu bolsillo, lo encontró el agente policial.

Silvita halló cierta toda la relación del que hubo de ser su suegro yse contentó con decirle cínicamente:

—¡Qué mi suegro este!... ¡Hubiese querido verle la cara cuando los chafes (vigilantes) lo hubieran agarrado cortando sauces!

Robillotti no paró hasta su casa.

Allí instruyó a Rosita sobre el fracaso de su casorio, y ésta, pasada laprimera impresión, volvió de nuevo a la vereda a lucir sus piernastorneadas y a hacer cantar a sus zuecos el aire con que acompañaba losmovimientos graciosos de su cuerpo flexible.

EL PRIMER CLIENTE

Acababa de recibir su título de abogado y de instalar su estudio contoda coquetería.

Eran dos pequeñas piezas situadas en una casa de altos de la calle deBolívar, puestas con la magnificencia que sus escasos recursos le habíanpermitido y que consideraba regias, dado el esfuerzo que le habíacostado alhajarlas.

¡Era en ellas un rey!

¡Qué pequeños y miserables conceptuaba, comparados con él, al estudiantede primer año que debía servirle de amanuense y que era uncomprovinciano suyo y al gallego Manuel que le servía de mandadero!

Ambos no le llamaban sino el doctor, como obligaban las tablillas quetenía a la puerta, y le halagaba que no le olvidaran el título ni aun enla más insignificante emergencia de la vida.

Esa frase que se había ganado y que le distinguía de los demás mortales,le sonaba en el oído de una manera especial: la encontraba dulce,acariciadora, melodiosa.

Tres días hacía que a las doce en punto llegaba a su oficina vestidotodo de negro, con levita y galera, llevando en la mano un rollo depapel, y que veía al amanuense y a Manuel, que dejaban los dibujos yletras góticas que se ocupaban en borronear y le saludaban, volviendo asu tarea luego que él se instalaba en su escritorio con todaprosopopeya.

Ya esta escena se le iba haciendo familiar, cuando al cuarto día entraal estudio y en vez de hallar sus súbditos haciendo ensayoscaligráficos, los encuentra nada menos que parados al lado de la puertacomo jugando a quien le abordaba primero.

Algo extraordinario le ocurrió que acontecía, e interrogó al amanuenseque con una presteza suma le contestó:

—Ha venido, doctor, un señor de edad, acompañado de una niña. Dijo quequería confiarle un asunto. Yo le dije que volviese a las doce y media.

El amor propio le impidió abrazar al amanuense.

¡Un cliente!

¡Ya le parecía que la fortuna estaba en su mano!

Comenzó a pasearse inquieto, en el escritorio, hasta que oyó la voz deManuel que decía: "Ahí están", con un tono tal, que traducía a lasclaras su alegría por haber aventajado al amanuense en una informaciónpara el doctor, que era el Dios de ambos.

No tardó en hallarse en su presencia un señor alto, de manerasdistinguidas, vestido de negro, con el cabello blanco, cortado en formade melena.

Acompañábalo una niña de quince o dieciséis años, espléndidamente bonitay vestida con una sencillez y una elegancia admirables.

Para más señas, tenía un hoyito en la barba que se llevaba los ojos deuno, como si no tuvieran dueño. Mientras duró la conferencia con elpadre, no le quitaba la vista de encima, y ella bajaba la suya, seruborizaba, y para disimular su turbación, jugaba con el abanico con unaire infantil que enloquecía.

Quedaron con el padre en que al día siguiente le llevaría losantecedentes de la cuestión que quería entablar, que era intrincadísima.

Le prometió, sin embargo, que la ganaría con costas y aun que haríaencarcelar a la parte contraria.

¡Con qué ansia esperó el día próximo!

¡Imagínenlo los que puedan, no olvidando que se trataba de su primercliente, y de una muchacha de quince años, que tenía unos ojos másalegres que un informe in vote 36 de cualquier abogadillo ramplón[92]!

Esa noche soñó con una porción de cosas bellas, y todas ellas teníanalgo que ver con la hija del cliente de la melena.

Llegó, por fin el día y con él la hora de oficina.

Se hallaba en su escritorio, y sin embargo le parecía que no era cierto;le faltaba el aplomo; el corazón le latía.

Paró un carruaje de repente: se puso de pie como movido por un resorte.

¡Ahí estaban, ella y él!

Cuando vio que no entraba sino ella, casi se cayó la emoción leparalizaba la lengua.

—Señor doctor, habiéndose enfermado mi padre...

—Señorita..., señori... ta, crea que...

—...no puede concurrir y me...

—¡Valiente!... Tanta incomodidad... ¡Tome usted asiento!

—...¡envía con estos papeles para que usted los revise!

Le tomó los papeles, y cuando sus dedos rosados tocaron los suyos,sintió un cosquilleo en el corazón, en la espalda y en las piernas, que,francamente, le hizo pasar un mal rato.

Ella, ruborosa, le miraba con sus ojos brillantes e incomparables.

Revisó los papeles a la ligera y se convenció de que no le daban luzalguna en la cuestión.

Lo manifestó así a la portadora, y con este motivo entró en unaagradable conversación, que degeneró en charla bullanguera.

Cuando se despidieron eran lo más amigos, y ella prometió volver al díasiguiente a traerle nuevas luces, cosa de que él no dudaba, mirando sushermosos ojos pardos, dulces y tiernos.

Las visitas, para darle datos, se repitieron unos seis u ocho días.Durante ellos, no se ocupó de clientes ni de nada: no tenía máspreocupación que Angelina, y ella, según se lo había manifestado, enmomentos en que la ternura llevaba a tocarse sus cabezas, no teníatampoco más preocupación que el doctor.

Una tarde en que el idilio alcanzó proporciones alarmantes, y en que suboca sedienta de besos, pedía y pedía sin cesar pruebas del amor quereflejaban los ojos de la hija del cliente respetable, ésta le prometióla gloria: a las doce de la noche le esperaría en la sala de su casa enla calle de las Artes[93], cuyo zaguán sería dejado entreabierto paradarle paso.

Esta sentencia definitiva que se prometía a sus súplicas, le entreabríael cielo.

Toda esa tarde se creyó un Tenorio.

Con el último campanazo de las doce, dado por el reloj de San Nicolás,penetraba él sigilosamente a la casa de su amada, y se arrojaba en susbrazos.

Un mundo de besos fue el saludo: era mudo, pero expresivo.

Luego se encaminaron a tientas a una butaca, pero no se habían sentadoaún, cuando en una de las puertas interiores apareció el respetablecliente con una vela en la mano y seguido de dos testigos.

La inocente muchacha aprovechó la confusión para hacerse humo.

Él estaba alelado.

—Ha pretendido usted corromper a una menor... ¡los señores sontestigos! Voy a labrar un acta y...

—¡Es inútil, señor! ¡Yo voy a retirarme!

—¿Sí?..., ¡está bien! ¡Sin embargo, sepa usted que si para dentro detres días no me entrega dos mil nacionales, me presento a los tribunalesy le armo una cuestión que le dé por resultado perder su título cuandomenos!

Y se retiró alicaído y cabizbajo, mortificado por su amor propio, ajadoy deprimido, y dejando en poder de su cliente un documento

firmado

enque

constaban

prolijamente

las

circunstancias y pormenores de sudesventura.

Reflexionó con calma, y vio que lo mejor era echar tierra al asunto ypagar sin decir una palabra.

¡Y pagó su chapetonada[94]!

Testigos fueron las letras del Banco de la Provincia, que conservó muchotiempo como recuerdo de su primer cliente, que era nada menos que elladrón más sagaz y más fino que ha producido Buenos Aires.

Su nombre es conocido: El Cuervito.

AL REVUELO

Los lunfardos que cuentan el cuento, dan a cada uno de sus robos unnombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.

Cuando estafan, valiéndose de los sentimientos religiosos, dicen que hanhecho "un católico", y si han empleado el recurso de los papelesinservibles, o sea el balurdo, han hecho un toco o un vento, mischo.

También tienen otro golpe lucrativo, que es el cambiazo, o sea elengaño, la mistificación, otra prueba del ingenio de estos perdulariosque si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas útiles,producirían verdaderas maravillas.

Un señor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a horadeterminada a un almacén, cuyo propietario encierra en el fondo de sualma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibidopara el vulgo, pero que el olfato finísimo de los estafadores hadescubierto.

Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos,diariamente y a la misma hora: el almacenero nota la singularidad ydesigna a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando unmomento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar suconsumo.

Cuando ya ha sido notado, pregunta un día si hay buen Oporto o buenCoñac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires dehombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando al despacho debebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.

Este pequeño consumo a hora fija, establece una especie de intimidadentre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, lehace saber que es un funcionario de categoría elevada, más o menos enlos ramos en que el almacenero pueda tener algún día necesidad de unbuen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo políticodominante o con el comisario de la sección o con la comisión de higienede la parroquia.

Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad delconsumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos otres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen día elhombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro,con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:

—¡Vea!... ¡Hágame el favor de hacerme tasar esta prenda con algúnjoyero de su confianza, algún amigo de conciencia!...

¡Tengo necesidadde saber exactamente su precio!

El almacenero acepta complacido la comisión, y al otro día le informaque la alhaja es riquísima y que puede valer como mínimum seiscientospesos.

—¡Bueno, amigo!... ¡Me alegro!... ¡Estoy salvado!... Figúrese quenecesito trescientos pesos por cuatro o cinco días para un compromiso, yun usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no era buena yque por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría cincuentade interés.

—¡Qué bárbaro!—dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole losojos.

—Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?

—¡Claro!

—¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!

—¡Es natural!... ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza!...¿Qué diablos, para qué son los amigos?

Y cierran el trato.

A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar laprenda en setecientos pesos y quiere verla.

El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y seretiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito"famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".

Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.

El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios,llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando condolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sinotambién su nombre y apellido.

La duda le asalta y va a ver al joyero que le tasó la prenda, y éste ledeclara rudamente que no es la misma que le llevó la primera vez sinouna imitación.

Y aquí son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas laspersonas que entran al negocio, pero nada le vale: el cambiazo seefectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesosvolaron del cajón como por arte de encantamiento.

XV

LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES

Mi permanencia en el delicado servicio que tenía a su cargo el sargentoGómez, fue la mejor escuela de la vida a cuyas aulas yo pudieraconcurrir, y en ella aprendí a conocer este Buenos Aires bello ymonstruoso, esta reunión informe de vicios y de virtudes, de grandezas yde miserias.

Yo penetré el movimiento de los hombres en sus calles estrechas, laspasiones que encierran los palacios y los conventillos, los interesesque se juegan diariamente desde la Bolsa a los mercados, y, nacido enlas más humildes esferas, ascendí peldaño a peldaño la larga escalasocial, tendida entre el humilde vigilante, que, parado en una esquina,expuesto a las inclemencias del tiempo, ignora todo lo que no serelacione con el pequeño radio puesto a su cuidado, y apenas sospechalos sucesos de más volumen que ocurren fuera de su parada y la vidaturbulenta y accidentada de los hombres de mundo.

Todo lo que vi y aprendí en mi larga y penosa ascensión, todo desfilaráen las páginas de estas Memorias, y si no en este volumen, en otro quele seguirá reflejaré con toda la precisión que me sea dado, las cosas ylos hombres que encontré en el andar de mi vida y los sucesosextraordinarios en que más de una vez tuve que actuar.

XVI

EL HOMBRE PROVIDENCIAL

Un suceso criminal que después relataré y que forma uno de los capítulosmás importantes de mi vida, me proporcionó ocasión de distinguirme, yfui ascendido a sargento y nombrado en reemplazo del viejo Gómez, quefue jubilado.

La noche del día en que recibí mi nombramiento, me retiraba a mi modestocuarto de conventillo—pues tiempo hacía que había dejado el que pormeses ocupara en casa del comisario—e iba con el corazón lleno deilusiones, y cantándome en el alma un coro de alegría, cuando derepente, al volver la esquina de Piedad 88 y Suipacha, me topé de manosa boca con un hombre que pretendió ocultarse en el hueco de una puerta.

Era un individuo correctamente vestido de negro, de levita perfectamenteabrochada y sombrero de copa, y llevaba bajo el brazo un bastón, cuyacontera reluciente brillaba con los primeros rayos de luna que comenzabaa alzarse sobre el atrio de San Miguel.

En el suelo y ante él, estaba un pequeño paquete y al lado el cajón dela basura, perteneciente a la casa en cuyo umbral se había detenido.

Cuando se irguió, le conocí, a pesar de hacer seis meses que no le veía:era el concurrente a las antesalas del Ministerio del Interior, elvisitante del mayordomo, don Tomás Regnier, aquel hombre cuya miseriatanto me había llamado la atención en mis horas de guardia, frente a lapuerta de la sala de espera y cuya silueta he presentado al comenzarestas Memorias.

—¡Hola amigo!, ¿qué hace?

—¡Qué quiere que haga, señor vigilante! Disputaba a aquel atorrante—yalzando el brazo me mostró un perro de esos callejeros, flaco y sucio,que parado sobre tres de sus cuatro patas por tener una enferma, nosmiraba desde el atrio—¡esos restos de pescado y de puchero que heenvuelto en ese diario!

—¿Para qué?

—¡La pregunta!... ¡Para cenar!... ¡La vida hay que hacerla a pesar detodo, señor vigilante!

—Dígame, ¿no es usted aquel hombre que concurría todas las tardes alMinisterio del Interior, y que se iba a curar en la Convalecencia?

—¡El mismo, sí, el mismo!... ¿Y Vd. quien es?

—¿No se acuerda de mí?... Aquel agente que le dio cinco pesos para quefuera...

—¡Oh! ¡Oh!... ¡Sí! ¡Sí!... ¡Oh! ¡Me acuerdo bien, sí!...

¡Después no lohe visto más!... ¡Y eso que voy al Ministerio como siempre!...

—¿Y se curó?

—¡Muy bien, gracias, muy bien!... Hoy ya estoy sano de los vahidos(perfectamente sano), pero la posición ¿sabe usted?... ¡la posiciónsocial..., eso sigue mal, muy mal!... ¡La suerte es caballa!

Me dio lástima aquel pobre ser enclenque y miserable, que disputaba alos perros callejeros su alimento y, diciéndole que me siguiera, loconduje hasta "La Croce di Malta", en la calle cortada del Mercado delPlata, donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botellade vino y un plato de busecca.

Allí, en una mesa, cerca de otra, donde un grupo de trasnochadores hacíasu colación alegremente, nos sentamos los dos, y luego que él saludó concomplacencia y gran dignidad a los turbulentos vecinos, diciéndome,mientras movía la cabeza y sonreía: "son los muchachos de los diarios,¿sabe?, los noticieros de la Patria Argentina[95], La Nación, La Prensa,que vienen a conspirar contra los directores porque no les aumentan elsueldo", nos pusimos a comer.

De esa noche data mi amistad con el hombre extraordinario, cuyasaventuras forman por sí solas el volumen más curioso de la vida porteñaque pueda imaginarse, y data también mi engrandecimiento moral, pues, sibien yo le proporcioné los medios de regenerarse físicamente, él, encambio, me dio alas, me arrebató consigo y me puso en aptitud no sólo dehacer con brillo mi camino, sino también de escribir estas Memorias,cuya primera parte termina por haber llegado el momento en que el vagode las cuchillas, el humilde soldado del 6º, alcanzando al puesto desargento en la policía de Buenos Aires, pudo ensanchar la esfera de suacción y dejar a la espalda los días oscuros en que el anónimo matabatodas sus iniciativas e invalidaba sus penosos esfuerzos!