Memorias de un Vigilante by José S. Alvarez - HTML preview

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MEMORIAS DE UN VIGILANTE

JOSE S. ALVAREZ (FRAY MOCHO)

ADMINISTRACIÓN GENERAL

Buenos Aires

1920

FRAY MOCHO

MEMORIAS DE UN VIGILANTE

I Dos palabras

II En los umbrales de la vida

III El vaivén de mundo

IV De oruga mariposa

V De paria a ciudadano

VI El tufo porteño

VII Mosaico criollo

VIII Los bocetos de un miope

IX Cinematógrafo

X La linterna de Regnier

XI Brochazos ministeriales

XII Entretelones policiales

XIII Siempre adelante

XIV MUNDO LUNFARDO

EN LA PUERTA DE LA CUEVA

PERSPECTIVAS

ENTRE LA CUEVA

ELLAS

ELLOS

EL CAMPANA

EL ARTE ES SUBLIME

EL CAFÉ DE CASSOULET

EL BURRO DE CARGA

LOS QUE CARGAN CON LA FAMA

EL PANAL EN LA LENGUA

NO LE SALVÓ SER MINISTRO

CUPIDO Y CACO

EL PRIMER CLIENTE

AL REVUELO

XV LOS MISTERIOS DE BUENOS AIRES

XVI EL HOMBRE PROVIDENCIAL

FRAY MOCHO

José S. Alvarez (Fray Mocho), nació en Gualeguaychú, Provincia de EntreRíos, el 26 de Agosto de 1858. Su temprana afición a observar losaspectos más pintorescos de la vida le encaminó por el doble sendero delperiodismo y de la investigación policial. Así, entre cuartilla ycuartilla, llegó a ocupar el puesto de Comisario de Pesquisas en laPolicía de Buenos Aires, que tanto se adaptaba a las modalidades de suespíritu curioso y novelesco.

En ese carácter publicó (1887) su famosa Galería de ladrones de lacapital, en 2 gruesos volúmenes, colección de fotografías policialescomentadas con perspicacia; aunque esa obra tenía un carácter puramentetécnico, Alvarez demostraba en las más nimias acotaciones esaextraordinaria agudeza de ingenio que más tarde floreció en susleidísimos cuentos y en su inextinguible pasión de conversar.

En 1899 se asoció con Bartolito Mitre para fundar una revista ilustrada,que llegó a ser la popularísima Caras y Caretas, hoy convertida enmagna empresa que coopera al desenvolvimiento de las artes y las letras.

Su obra propiamente literaria consta de cinco libros, en los que suposacar partido de sus cualidades de observador y de su estilo lleno degracia picaresca. El "cuento de costumbres" llegó a ser su especialidad,en lo que tuvo muchos imitadores, sin ser igualado.

Su primer libro, Memorias de un vigilante (1897), vio la luz bajo elpseudónimo de Fabio Carrizo; le siguieron Viaje al país de losmatreros (1897) y En el mar austral (1898). En el tercer aniversariode su muerte se reunieron sus cuentos, publicados en la revista Caras yCaretas, bajo el titulo Cuentos de Fray Mocho (1906). Otros no hansido publicados en libro y aparecerán con el título Salero Criollo.

Falleció en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1903.

I

DOS PALABRAS

No abrigo la esperanza de que mis recuerdos lleguen a constituir unlibro interesante; los he escrito en mis ratos de ocio y no tengopretensiones de filósofo, ni de literato.

No obstante, creo que nadie que me lea perderá su tiempo, pues, por lomenos, se distraerá con casos y cosas que quizás habrá mirado sin ver yque yo en el curso de mi vida me vi obligado a observar en razón de mitemperamento o de mis necesidades.

II

EN LOS UMBRALES DE LA VIDA

Mi nacimiento fue como el de tantos, un acontecimiento natural, de esosque con abrumadora monotonía y constante regularidad se producendiariamente en los ranchos de nuestras campañas desiertas.

Para mi padre, fui seguramente una boca más que alimentar, para mimadre, una preocupación que se sumaba a las ocho iguales que ya tenía, ypara los perros de la casa y para los pajaritos del monte que nosrodeaba, una promesa segura de cascotazos y mortificaciones quecomenzaría a cumplirse dentro de los tres años de la fecha y duraríahasta que los vientos de la vida me arrebataran, como a todos loscongregados por la casualidad bajo aquel techo hospitalario.

Concluía quizás la primera década de mi vida, cuando un buen día llegó ala casa una tropa de carros, que, desviándose del camino que serpenteabaentre las cuchillas, allá en la linde del monte, venía a campo traviesabuscando un vado en el arroyo, que disminuía en una mitad el trecho arecorrer para llegar al pueblo más cercano.

El capataz habló con mi padre; y éste, de repente, me hizo señas de queme acercara, y dijo:

—¡Este es el muchacho!... Como obediente y humilde, no tieneyunta[1]. .. ¡el otro que podía igualarlo se nos murió la vez pasada!...¡Como conocedor del monte y del arroyo, lo verá en el trabajo!

A mí me zumbaron los oídos, y no pude saber lo que el hombre contestó;sin embargo, me di cuenta, así en general no más, de que ya no podríaextasiarme a la sombra de los espinillos florecidos viendo cómo laslagartijas se correteaban sobre la cresta de los hormigueros, haciendorelampaguear sus armaduras brillantes, ni pasarme las horas muertas,escuchando el contrapunto de las calandrias y de los zorzales,estimulados por el lamento de los boyeros parados al borde de sus nidos,colgados allá en la extremidad de los gajos más altos y flexibles de losmolles[2] y coronillos[3].

Mi padre me sacó de mi éxtasis con su voz ronca y varonil, esta vezimpregnada de una dulzura desconocida.

—¡Oiga, hijito!... ¡Vaya, traiga su petisito bayo[4] y ensíllelo!...¡Va a acompañar a este hombre, que es su patrón!

III

EL VAIVÉN DEL MUNDO

Las corrientes del mundo me arrebataron y luché con ellas con suertevaria; ninguna ¡ay! volvió a traerme hasta los montes nativos, y cuandoun día—después de muchos años—volví a ellos, ya no guardaban sinorestos miserables, escapados al hacha del montaraz; y del pobre rancho yde la familia que lo ocupó, ni el recuerdo siquiera.

¿Qué fue de los míos?

¿Qué fue de las hojas del tala frondoso, en cuyas ramas flexibles mimadre colgaba la cuna de sus hijos, aquel noque[5] de cuero que la brisamecía cariñosa?

¿Qué fue de los trinos del boyero y del contrapunto de las calandrias yde los zorzales?

¡Sólo quedan en mi memoria como un recuerdo!

Sirviendo de guía a las tropas de carretas, picando[6] éstas cuando yamis músculos lo permitieron, de peón aquí, de vago allá, llegó un díapara mí dichoso y bendecido—porque es el origen de mi felicidadactual—en que una leva[7] me tomó y puso punto final a mis correrías devagabundo, perfilando sobre la figura mal pergeñada[8] del pobre gauchoignorante la simpática silueta del soldado.

Recuerdo, como si fuese ayer, las circunstancias en que fui tomado y voya tratar de pintarlas, no con la pretensión de hacer un cuadro sino conla intención de presentar una escena de nuestros campos, vulgar ycorriente en tiempos no lejanos, pero hoy ya casi exótica, debido a lasexigencias de la vida.

IV

DE ORUGA A MARIPOSA

Tras un galope de algunas leguas—andaba de vago y era joven yaficionado al baile y las buenas mozas—llegué al viejo ranchodesmantelado y solitario—veterano de cien tormentas—

donde se iba abailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez depoblación en aquellos parajes.

Al acercarme al palenque, ya pude contar cuántos me habían precedido enla llegada y hasta saber quiénes eran: allí estaban sus caballos a modode tarjeta de visita.

Primero,

el

petiso

de

los

mandados—maceta[9]

y

mosqueador[10]—quebuscando verse libre de las sabandijas[11] u obedeciendo a la costumbrede evitarlas, había ido retrocediendo hasta apartarse del grupo, ysembrando el trayecto recorrido con las pilchas[12] del muchacho a cuyoservicio lo había condenado la suerte, que nunca le fue propicia; luegolos mancarrones[13] de algunos gauchos pobres y de los viejos vagos delpago, con sus aperos formados con prendas de procedencia diversa y demás diversa fabricación, con sus riendas peludas y anudadas y con suscinchas enflaquecidas de puro dar tientos para remiendos; y, finalmente,algunos redomones[14] bravíos, que al sentirme llegar yerguen lasorejas, relinchan y se agitan, indicándome que ya hay mocetones que meharán competencia en el corazón de las dueñas de esos otros pingos,cuidados y lustrosos, tusados[15] con coquetería, y cuya crin ha servidopara dibujar ya un arco atrevido, ya una guarda griega caprichosa, y quelucen bozales tan primorosos y cabestros tan llenos nos de bordados y deadornos.

Son pingos del andar de gente presumida, y hasta con pespuntes deelegantes mozas.

Previo el consabido ladrido de los perros—arrancados por mi llegada aun sueño plácido y tranquilo, el relincho de los redomones del palenque,los saludos del dueño de la casa y las vichadas de las mozas ymocetones, que, cortos[16] con los forasteros, se han ocultado en elrancho, eché pie a tierra y fui a sentarme en el ancho patio reciénbarrido y carpido, que a la noche serviría de salón de baile, iluminadopor la luna plácida y serena, aquella luna de mi tierra que veo altravés del tiempo, quizás embellecida por el recuerdo.

Los preparativos para la fiesta estaban en lo mejor.

Allá atrás del rancho, formado por una pieza grande depaja—

quinchada[17]—había un remedo de otra, formada por cuatro cuerosde potro y algunas ramas mal atadas, que pomposamente se denominaba conel simpático nombre de la cocina.

A través del agujero que le servía de puerta, y por entre la nube dehumo que vomitaba, veía, desde donde estaba sentado, un hacinamiento decabezas, alumbradas por la llama temblorosa del fogón.

Entre risas ahogadas y cuchicheos, oía el canto monótono de la sartén enla que se freían montones de pasteles dorados, que espolvoreados conazúcar rubia, llevados de a seis u ocho—

máximum que podía contener elúnico plato de loza que había en la casa—con destino al depósitogeneral, que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una viejavigilante, tía[18] respetada de algunos muchachos greñudos y carasucias,que de vez en cuando se asomaban por ahí, espiando el momento de dar unmalón con suerte.

Eran atraídos por el olor apetitoso y agradable de los pasteles, quecorría por todo el rancho, y que al penetrar por la nariz ponía en juegolas glándulas salivales y hacía caer los estómagos en sueños deleitososy en éxtasis bucólicos.

Bajo su influencia, uno llegaba hasta a olvidar que los tales pastelesestaban guardados en un viejo fuentón de lata, bajo la cama, en compañíadel antiguo cajón de fideos, hoy humilde depósito de tabaco para el usode la patrona, y expuestos a las correrías irrespetuosas de las pulgasmatreras[19], que pasan su vida viajando de los perros a sus dueños y deéstos a los perros, hasta encontrar algún benévolo forastero que, apesar suyo, las lleve por ahí a tierras lejanas.

Ya una veintena de mates amargos y sabrosos, o no, que eran cebados porun muchacho roñoso—todo un maestro en el arte—

habían pasado a miestómago, haciéndome olvidar la fatiga y el cansancio, cuando las mozasy los mozos, que habían andado por ahí a salto de mata[20], ya másfamiliarizados con los forasteros, empezaron a dejar sus escondites pocoa poco.

Ellos se acercaban serios y graves, nos daban la mano—a mí y a otrosconvidados desconocidos que estábamos como en asamblea, con el brazorígido como si fueran a pegar una puñalada o a asigurar un ñudo,murmuraban algo que no se entendía y luego se sentaban en rueda, contoda simetría, tratando, a fuer de bien criados, de colocar los pequeñosbancos de una cuarta de alto y formados por un trozo de madera pulidopor el uso y las asentaderas, y con las cabeceras llenas de pequeñoscortes producidos por el cuchillo al picar el naco, de modo a no darla espalda a nadie.

Y allí se quedaban con las piernas dobladas y el cuerpo encogido en esaposición en que se encuentran las momias incásicas en sus urnas debarro, pintarrajeadas.

Más allá, parados, con los pies cruzados, un pucho coronando la oreja,medio perdido entre una mecha rebelde que se escapa del sombrerodescolorido y ajado, están los gauchos pobres y menos considerados, consus chiripás rayados, sus camisetas de percal y sus rebenques colgadosen el mango del facón, atravesado en la cintura y que asoma por sobre elculero[21]

fogueando por el lazo o por bajo el tirador, cuando mássujeto por una yunta de bolivianos[22] falsos.

Ellas, las mozas, venían en grupo, disimulando su turbación con unasonrisa y haciendo sonar sus enaguas almidonadas y sus vestidos depercaltiesos a fuerza de planchado y que cantaban alegremente al rozarel suelo.

Se sentaban en hilera, graves, por más que la alegría les rebosaba; seponían serias, pero la risa les chacoteaba entre las pestañas largas ycrespas, jugueteaba sobre sus labios y se arremolinaba, allí, en lasextremidades de la boca.

Pronto la conversación se hizo general, la fuente de pasteles se puso alalcance de las manos y la familiaridad comenzó a desarrugar los ceñosadustos y a alejar las desconfianzas.

Más mozos y más mozas continuaron llegando, y de recepción en recepcióny de pastel en pastel, fuimos alcanzando a la noche, que era laaspiración de todos.

Al fin llegó y con ella los guitarreros, que eran tres: un viejotuerto—verdadero archivo de cicatrices—y dos parditos, que eran susdiscípulos, los voceros de su fama y futuros herederos de su clientelaen el pago.

Se colocaron los bancos en rueda, destinado el frente que daba alrancho—sitio de honor—para los guitarreros, para las mamás y para losmosqueteros de más consideración; luego seguían las mozas que entraríanen danza y la turbamulta de mirones y de asistentes.

El bastonero[23], que era dueño de casa, se situó en un punto cómodopara abarcar el conjunto y hacer la designación de parejas con la mayorestrictez, y mientras se acordaban las guitarras, empezó a estudiar laconcurrencia para—con conocimiento de causa—poder hacer combinacionesque pudiesen satisfacer las aspiraciones de todos: enamorados-bailantesy bailantes solamente.

¡Cómo latía el corazón, en la esperanza de que fuera la moza de susimpatía la que le tocara a uno en aquel reparto de beldades, queduraría lo que durase la pieza!

¿Conmover al bastonero con una súplica? ¡Pero si eso era un sueñoirrealizable!

Un criollo bastonero era inconmovible, y, sobre todo, tenía demasiadaadmiración

por

las

elevadas

funciones

que

desempeñaba para entrar enfamiliaridades con nadie.

¡Baste decir que ni a sus sobrinos tuteaba en esos momentos, por norebajar su autoridad!

Organizadas las parejas, sonaron las guitarras, y se dejaron oír losacordes de una polka en que trinaban las primas[24] y las segundas[25], y no tanto destinada a ser bailada cuanto a demostrar la habilidad delos ejecutantes: era como un punto de atención echado por el viejoguitarrero.

Los mocetones más empilchados y ladinos fueron los que debutaron.Metidos en sus grandes botas de charol, con el taco como aguja y contodo el frente bordado, daban vueltas pretenciosas de elegantes,pareciendo muñecos movidos por un mismo resorte, tal era la precisióncon que seguían el compás que el máistro marcaba con la cabeza.

El bastonero—para satisfacción de las mamás, que se le dormían[26] alos pasteles y al mate, agrupadas alrededor de losguitarreros—circulaba

entre

las

parejas,

diciendo

cuchufletas[27] yhaciendo con su frase sacramental—¡que se vea luz, caballeros!—que lasaproximaciones no fueran más allá de lo lícito y honesto.

Concluida la polka, las parejas se deshicieron: las mozas, después desacudirse las polleras para quitarles la tierra, tomaron asiento ycomenzaron a torcer sus pañuelos, a sacarse mentiras o a alisarse eljopo, para dar ocupación a las manos, que ociosas les incomodaban,mientras los mozos volvían sonrientes a nuestras filas, de donde elbastonero los sacaba de uno a uno, para hacerles probar de cierta cañacon cáscara de naranja, que tenía reservada para los preferidos.

Volvieron a sonar las guitarras, haciéndose oír un rasgueo, alegre yarmonioso; era un gato que se bailaba solo de puro sentido y bientocado.

Dos parejas salieron al medio de la rueda. La segunda, que era puramentedecorativa, pasaba desapercibida: la primera era formada por un mocetónde color bronceado—vistiendo amplio chiripá de grano de oro, caídohasta el taco de la charolada bota de campana, camiseta de merino negrotableada, pañuelo volador de seda punzó, sombrero chambergo de felpa conun barbijo lleno de borlas que le castigaban la nariz y la barba—y poruna moza, no mal parecida, que lucía entre el cabello negro, lustroso,un ramo de fragantes claveles rojos y que indudablemente era laconsentida del mocetón.

Debutó él con un saludo y luego con un zapateado en que lucía todas lasgracias de sus pies adiestrados, siguiendo al mismo tiempo el compás,mientras el guitarrero se desgañitaba, gritando con voz gangosa: "¡saltala perdiz madre!" y ella, la consentida, se hacía la que huía de losataques del animalito que era empecinado y la seguía, haciendo resonarel suelo con el acompasado golpeteo de sus pies.

Iba a terminar la pieza, cuando de allá de la última fila de mirones ygauchos pobres salió una voz que dijo ¡barato! [28],

mientras avanzabaa reemplazar al mocetón—que parecía ceder su puesto de mala gana—otro,que era su rival y que, aunque más despilchado, tenía la habilidad decantar y no dejaba de ser famoso en el pago.

Su aparición fue aplaudida, y la muchacha, encendida, se remilgó y tratóde lucir toda su gracia al que le daba tal prueba de distinción.

Cuando llegó el momento del canto, moduló con voz llena de dulzura,aunque emitida por la nariz, unas coplas llenas de sentimiento en quehabía una que envolvía todo un piropo, que venía como de molde:

¡Las muchachas bonitas

Son perseguidas

Como la azucarera

Por las hormigas!

Y remató su canto con un escobilleo que arrancó voces de admiración: lospies se movían con tal presteza, mientras el tronco permanecía recto,que era imposible seguirlos con la vista.

La muchacha volvió a su asiento, y el mocetón quedó gozando de sutriunfo, orgulloso y satisfecho.

La caña hizo su aparición, llevando la alegría a todos los corazones, ylos guitarreros, después de tocar un triste, en que palpitaban todos losanhelos de un alma enamorada, comenzaron a puntear un pericón con todaslas reglas del arte.

Salieron las parejas al centro, elegidas con cuidado por el bastonero,entre los mozos y mozas de más fama.

Hicieron la demanda, algo como la primera figura de la cuadrilla—conmucho garbo y donaire, rivalizando ellos en gravedad y ellas ensonrojo—y vino el alegre que permitió a un aficionado, mientras las dosparejas valsaban, lanzar su nota quejumbrosa:

Las estrellas en el cielo

forman corona imperial.

Mi corazón por el tuyo

Y el tuyo ¡no sé por cuál!

Y concluyeron su danza con el cielo—pasadas las peripecias de lacadena—en que los bailarines coronaron su esfuerzo, haciendocastañetear los dedos al compás de la música y con gran habilidad,mientras las guitarras gemían con un vals lleno de sentimiento y armoníade esos que, según la expresión consagrada, levantan de los pelos.

Y tras el pericón vino un triunfo, donde se floreó aquel que fue héroeen el gato y que endilgó estas indirectas a su moza: Dicen que las heladas

Secan los yuyos,

¡Ansí me voy secando

De amores tuyos!

¡Este es el triunfo, madre

Dueña del alma;

Más quiero dulce muerte

Que vida amarga!

***

¡Ni aunque todos se opongan

Los doloridos,

No hay dolor que se iguale

Al dolor mío!

¡Este es el triunfo, madre,

Dame la muerte,

Dámela despacito,

No me atormente!

Y así siguió toda la noche la jarana, mientras la caña circulaba y loscorazones anhelosos se buscaban, tratando de fundir en una sola todassus aspiraciones.

Con los primeros rayos de la aurora se pensó recién en poner punto finala la fiesta, y los guitarreros echaron el resto en una hueya[29] deaquellas donde se oyen quejidos y risas, donde se ven lágrimas yalegrías, verdadero reflejo del carácter de nuestro gaucho.

Las guitarras comenzaron a vibrar, mientras uno de los cantores gemíacon voz gutural:

¡Por una ausencia larga

Mandé sangrarme,

Hay ausencias que cuestan

Gotas de sangre!

***

¡A la hueva, hueya,

Hueya sin cesar,

Abrasé la tierra

Vuelvasé a cerrar!

Y tras la hueya, la concurrencia comenzaba a despedirse y a dirigirse alpalenque—unos en busca de sus pilchas para dormir por ahí, en cualquierparte, otros para tomar sus caballos y buscar su rancho, solos oacompañando a alguna de las damas que, llevando en ancas a su mamá,volvía al suyo,—cuando de repente un tropel de caballos despertó losecos del campo dormido, y coreado por ruidos de latas, pasosprecipitados, ladridos de perros y ayes acongojados de las mujeresasustadas, resonó

estentórea

una

voz

vinosa

que,

dominando

aqueldesconcierto, nos dejó como clavados en el puesto que cada uno ocupaba.

—¡Alto a la polecía!... ¡No se mueva naides!

Vino el dueño de casa y se acercó al que gritaba, que no era otro que elsargento de policía que andaba de recorrida:

—¿Qué busca, mi sargento, por estos pagos? ¿En qué le podemos servir?

—¡En nada, amigo!... ¡A ver, caballeros, formensén en ese limpio[30]:vamos a revisar las papeletas[31]!

Cinco de los presentes carecíamos de semejante documento y algunos deellos, como yo y el que después fue el cabo Minuto, que murió en losCorrales[32] en 1880, ni habíamos oído hablar jamás de tal requisito quedebieran llenar los ciudadanos.

¿Quién se iba a ocupar en enseñarnos las leyes?

¿Con qué objeto?

¡Ya se encargará el castigo de probarnos que no era bueno desobedecerlos mandatos del Gobierno!

Excuso decir que hasta sin despedirnos del dueño de casa abandonamos elviejo rancho bamboleante, rodeados por la partida y montados de dos endos en mancarrones inservibles a cuyas piernas hubiese sido una locuraconfiarles una esperanza de salvación.

¡Los fletes nuestros y nuestras pilchas mejores, serían la presa de lospiquetanos que nos habían cazado como a chorlos![33]

¡Ahí quedaban entre sus garras hambrientas!

Siempre he pensado, después, que estos procedimientos son el origen deese odio ciego, de esa invencible antipatía que los soldados de líneasienten por las policías rurales, y que los hombres observadores noalcanzan a explicarse.

¿Trata uno de cobrarse las prendas tan injusta como infamementearrebatadas en un momento de desgracia?

Puede ser...

El hecho es que cada vez que se ve una chaquetilla de infantería puestasobre un pantalón particular, un sable golpeando sin gracia las canillasde un compadrito y un kepí[34]

con vivos colorados jineteando sobre unachasca[35] enmarañada y estribando en los cachetes por medio del barbijoroñoso, el alma se subleva: uno recuerda los primeros dolores y lasprimeras humillaciones, y, por las dudas, pela[36] el machete paravengar, si no los agravios de uno, los de aquellos que más tarde hanrecorrido el áspero sendero.

V

DE PARIA A CIUDADANO

Fui soldado y me hice hombre.

Con el 64 de línea, adonde me destinaron por cuatro años, como infractora la ley de enrolamiento, recorrí la República entera, y, llevando en mikepí el número famoso, sentí abrirse mi espíritu a las grandesaspiraciones de la vida.

Allí, en las filas, aprendí a leer y a escribir, supe lo que era orden ylimpieza, me enseñaron a respetar y a exigir que me respetaran, y bajoel ojo vigilante de los jefes y oficiales se operó la transformación delgaucho bravío y montaraz.

¡Ah!

¡Qué día, aquel feliz, en que después de cuatro años de rudo aprendizajetuve en mi brazo la escuadra de cabo 2º de la 4ª

Compañía!

¡Era alguien, y esto es mucho para quien no había sido nada!

Ya no era el paria, el desheredado, el caballo patrio[37] que cualquieraensilla y nadie cuida: era el cabo Fabio Carrizo, el principio de aquelsargento 14, que en 1880 recibía su baja absoluta, después de diez añosde servicios prestados dondequiera que hubiese flameado la viejabandera, jurada allá en la cuesta de una loma en marcha para San Luis.

¡Aquel batallón fue mi hogar y fue mi escuela!

¡Hoy, cuando lo veo desfilar por las calles, siempre con el aire marciala que obliga la tradición del número, busco en vano el rostro tostado deaquellos que conmigo tiritaban en los fogones de la frontera, y ya noestán!

¡Queda sólo del tiempo viejo de las miserias sufridas en silencio, lagloriosa bandera deshilachada que tantas veces cuidé en largas horas deangustia y cuya vista hace latir todavía mi corazón como en aquellas,dichosas, en que, al regreso de una expedición arriesgada de la quemuchos de los nuestros no volvían, era sacada para que el capellándijera ante ella su misa por el eterno descanso de los que quedaban alláentre las sinuosidades de las sierras, en el triste cementerio aldeano obajo el manto eterno de verdura de la pampa desierta y misteriosa!

VI

EL TUFO PORTEÑO

Se había extinguido la última chispa de aquel incendio que, comenzandoen la Plaza de la Victoria[38] se propagó por toda la República y estuvoa punto de hacer revivir las épocas de barbarie que el tiempo y lacivilización habían muerto en nuestra patria, y auras de paz y deprogreso corrían desde Jujuy hasta el Estrecho y desde los Andes alAtlántico.

Cumplido mi servicio, pulido mi espíritu hasta donde me había sido dadolograrlo y ansiando mezclarme al mundo de Buenos Aires, que hervía a mialrededor y me atraía como atrae siempre lo desconocido, pedí mi baja yme separé del 6º; como quien dice, dejé mi casa, y en ella todos loshalagos de mi juventud, todas mis afecciones de la vida.

Con mi baja en el bolsillo y con una carta de recomendación de micoronel, me presenté al señor don Marcos Paz[39], que era entonces élJefe de Policía, en su despacho del Departamento viejo[40], que ocupabalo que hoy es la Avenida de Mayo[41], frente a la Plaza de la Victoria.

¡Cómo palpitaba mi corazón al encontrarme en el vasto salón, cuyasventanas se abrían hacia la plaza, en el cual yo contemplaba elhervidero de gentes que me atraía!

¡Oh!... ¡Cuánta ilusión durante las largas horas de espera!

Aquellos hombres que pasaban afanosos, secándose el sudor de susfrentes, aquellos que con un cigarro en la boca caminaban despreocupadosy tranquilos, yo los conocería en mi hora, yo sabría de las pasiones quelos movían y de las esperanzas que los alentaban.

Y alguna, quizás, de esas preciosas mujeres que como en un relámpagopasaban en sus coches lujosos, deslumbrando mi vista, estaba destinada aapartarse conmigo, allá, a una casita lejana, en cuyo umbral modestoirían a morir sin rumores las olas tempestuosas que me azotaran en lashoras de lucha.

Y luego mi vista recorría con asombro los muros del despacho,empapelados de color granate; los muebles tallados de los cuales notenía la menor idea, y comparaba aquello—que yo creía la últimaexpresión del lujo—con el destartalamiento de la carpa del coronel que,a nosotros, nos parecía suntuosa.

¡Era el punto de comparación que teníamos para darnos cuenta de lamagnificencia de los palacios encantados que en sus cuentos nosdescribía el trompa Gareca, aquel viejo veterano que recibió el Sol delEcuador a las órdenes de San Martín, que fue asistente del generalPaunero[42] en la guerra del Paraguay y que hoy duerme el sueño delolvido en las soledades de Las Manzanas![43]

Cayó durante uno de aquellos combates homéricos del general ConradoVillegas[44], con el bravo Namuncurá[45], y allá se quedó...

como se hanquedado tantos—modestos y oscuros, de esos que cumplen el deber por eldeber y a quienes los eunucos[46] de la acción y del pensamiento lesllaman soñadores porque no pusieron, sobre todo, las exigencias de labestia,—sin que la patria les recuerde, por más que le consagraron loúnico que poseían: ¡la vida!

De repente me sacó de mis sueños y contemplaciones la voz del ordenanza,quien tocándome en el hombro, me decía:

—¡Ahí está el jefe!... ¡aproveche!

VII

MOSAICO CRIOLLO

Avanza hacia mí un hombre alto, delgado, de color pálido, ceñudo, peroen cuya fisonomía serena se leía algo de bondadoso que atraía:

—¿Qué se le ofrece, paisano?

Solamente el Himno Nacional tiene notas comparables a las que yoencontré en esta frase sencilla me pareció ver el sol dentro de aquelsalón oscuro.

—¡Traigo esta carta para Usía...; es de mi coronel!

Rompió la cubierta, tomó la cartulina que contenía y luego derecorrerla, exclamó:

—¡Diez años de servicio sin un arresto, y dos ascensos por acción demérito!... ¿Qué es lo que desea, sargento?

—¡Querría servir con Usía en la policía!

—¿Conoce bien la ciudad?

—No, señor.

—¡Bueno!... ¡Ya se hará a la cancha![47]. .. Vea, no tengo sino puestosde vigilante; pero aquí, con buena conducta, se asciende pronto.

—Está bien, señor.

Y diez minutos después recibía mi ropa en la mayoría[48], y quedaba comovigilante en la guardia del Departamento.

El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Carecía hasta delas nociones más elementales de lo que formaba la vida de la ciudad, ytodo era para mí motivo de asombro y de curiosidad.

Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes lujosos,las jugueterías, las joyerías, las, iglesias, no era extraño que mearrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no tuviera ojos nioídos para observarlas y asombrarme: era que todo me llamaba, todo meatraía.

No conocía ningún detalle de la vida civilizada, y cada cosa que saltabaante mi vista era un motive de sorpresa. No hablo, por cierto, de lasmaravillas de la electricidad, de la fotografía, de la imprenta e de lamedicina, que eran cosas abstractas para mí en ese tiempo: hablo de loscarros, de los carruajes, de los vendedores ambulantes, del adoquinado,del agua corriente, que no podía comprender cómo manaba de una pared consólo dar vuelta a una llave; del gas, que me producía verdadero deliriocada vez que pensaba en él; de las casas de vistas[49], de las vidrieraslujosas, del sombrero, de la ropa y hasta del modo de reír y conversarde las gentes.

Durante un mes mi cerebro trabajó como no había trabajado durante todoslos días, de mi vida, reunidos, y de noche las paredes desnudas de mimodesto cuarto de conventillo me veían caer como borracho sobre mi cama,abrumado bajo el peso de las sensaciones de cada día.

Me acostaba, y la baraúnda de las calles zumbaba en mis oídos, ydesfilaban, en hilera interminable, las figuras heterogéneas que en eldía habían pasado ante mi vista.

Veía las mesitas de hierro de los cafés y confiterías de la Recoba[50], que dividía las plazas de la Victoria y 25 de Mayo—

que años más tardedemolió el intendente Alvear,—rodeadas por borrachines paquetes[51], por otros ya transformados en verdaderos descamisados o que estaban porserlo, por soldados y marineros barajados con clases[52], oficiales yhasta jefes, y en las calles laterales y en las veredas, hombrescargados con canastas, que anunciaban en todos los tonos las másvariadas mercancías, gentes apuradas, que se llevaban por delante unas aotras; carruajes, carros, tramways, y más lejos, allá abajo, en elpuerto, máquinas de tren que cruzaban, vapores que silbaban, changadoresque corrían, carros que andaban entre el agua como en tierra, ysirviendo de fondo a la escena el río imponente con su festón delavanderas en el primer plano, y en lontananza un bosque impenetrable demástiles y chimeneas.

Pero lo que más me desvelaba eran las ilusiones del oído, aquellas vocespronunciadas en todos los idiomas del mundo y en todos los tonos yformas imaginables.

Veía venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que, con voz detiple[53], aunque doliente como un quejido, exclamaba acompasadamente:"Pobre doña Luisa", "Pobre doña Luisa", mientras lo que en realidadhacía era ofrecer los fósforos y cigarrillos que llevaba en un cajóncolgado al pescuezo; otro alto, rollizo, con un cuello de media vara, yllevando canastas repletas de bananas y naranjas, exclamaba en tonoalegre: "arránqueme esta espina"; mientras un francés que vendíaanteojos, cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrón de bajo:

"soyun pillo", coronado por un vendedor de requesones, que clamabaintermitentemente: "tres colas negras".

Luego, de allá, del fondo de la memoria, surgía la figura de unsemigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofrecía su mazamorrabatida, y tras él un negro pastelero, que silbaba y muy echado paraatrás, muy ventrudo, llevando en la cabeza un gran cajón de factura,soplaba como un fuelle: "ta tapao; meté la mano".

Mi cabeza era un volcán: todo lo oía, todo lo interpretaba y mi cuerpose debilitaba en aquellas horas de agitación y de fiebre.

¡Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su movimiento

dehormiguero,

bullía

en

mi

imaginación

calenturienta!

VIII

LOS BOCETOS DE UN MIOPE

¡Y considerar que a pesar de haber tanta gente a mi alrededor, de tenertantos compañeros en mi nuevo puesto, yo estaba solo, solo como si mehallara en el desierto!

¡No había en la multitud un alma que armonizara con la mía, y envidiabade corazón a los cabos y sargentos que de nada se asombraban y parecíansaberlo todo, no sabiendo nada en realidad, y a los soldados como yo, aquienes no les preocupaba lo que ignoraban, sino lo poco que sabían ytenían el coraje de estar alegres y de reír!

¡Con qué ahinco estudiaba mis obligaciones, y cómo me contraía a misdeberes, circunscribiéndolos al límite más estrecho que era posible,tratando de aislarlos del mundo aquel, que me rodeaba y que temía!

¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y libre ydespreocupado pude entregarme a la investigación paciente y minuciosa detodo lo que me rodeaba, a la observación metódica y tranquila de todo loque veía y oía, y cuánta conquista pude hacer para mi alma anhelosa deconocer, y sedienta de vivir!

Tengo grabadas en la retina, y para siempre lo estarán tal vez, lasescenas callejeras que más me impresionaron, los cuadros de la vida queprimero descifraron mis ojos y las primeras letras del abecedario socialque aprendí a conocer.

Mi primer servicio en carácter de vigilante fui a prestarlo a los veintedías de mi ingreso, bajo la dirección del cabo Pérez; el teatro elegidofue el Ministerio del Interior[54], donde se requería, por no sé quécausa, ayuda de la fuerza pública.

El tal servicio consistía en estar parado en la puerta de la sala deespera... y en nada más.

Quince días pasé desempeñando mi comisión con toda conciencia, bajo lainmediata vigilancia del cabo, que era flamante, lleno de ardimiento, ycreía que las funciones que desempeñábamos eran de esas que ni lospueblos ni los gobiernos olvidan, y hacen de los que han tenido lasuerte de ocuparse en ellas una especie de dioses chicos, merecedores,no ya de estatuas en las plazas públicas, sino de ser tenidos comoejemplos en la historia de la humanidad civilizada.

¡Pobre Pérez!

¡Era español, como de treinta años, y se tenía por bello, por valiente ypor muy entendido en achaques de ordenanzas de policía! ¡Casi no habíabuena cualidad atribuida por los hombres de una época a los que vivieronen otra, que él, con una modestia verdaderamente infantil, no se lasatribuyera y tratara de convencer, a los pocos con quienes teníacontacto en el mundo, que verdaderamente las poseía!

Era generoso, y una vez casi lloró porque lo mandaron al Once deSeptiembre y no le dieron dos pesos de los viejos para el tramway; erasuertudo en lides de amor, y la mujer se le escapó con un sepulturero dela Recoleta, que se iba como administrador del Cementerio deNavarro[55]; era sobrio y por lo general lo arrestaban por ebrio; y eravaliente, y hubo que darlo de baja porque desertó una consigna,perseguido por unos vendedores de diarios, que le quitaron el machete yel kepí.

¡Allí, en el Ministerio, se daba un corte bárbaro, y aún me parece versu figurita, que parecía recortada de una caja de fósforos!

Con paso reposado medía, contoneándose, el ancho corredor, mientras yoestaba de facción en la puerta del salón de espera, casi al lado de laventanilla correspondiente a la Mesa de Entradas y Salidas.

Invariablemente llevaba la mano izquierda apoyada en la relucienteempuñadura del machete, la derecha suspendida por el pulgar en la partedelantera del cinturón, jugando como al descuido con la cadena—virgenseguramente en poder del cabo—, el kepí volteado con aire coqueto sobrela oreja y echando sombra sobre un ojo de color blanquizco, que parecíahacerle guiños a una nariz arremangada y carnuda, que emergía de entreunos bigotes semirrubios y enmarañados, que eran el orgullo de supropietario.

Con esto y con bañar su rostro en una sonrisa con pretensiones depicarescamente bonachona, quedaba perfilado el cabo Pérez en toda sugraciosa majestad.

Estas impresiones, que son las primeras que tuve en Buenos Aires, puededecirse, las tengo presentes, y las siento como si fueran de ayer; veoaún las escenas y las cosas, tal como se presentaron a mí, así entropel, medio confusas, informes, barajándose de una manera infernal,figuras, espectáculos, diálogos, ruidos y hasta aire de personasabsolutamente desconocidas, que yo encontraba en la calle o veía en lasantesalas del Ministerio en las horas de facción.

Durante mi corta comisión alcancé a conocer, con sólo verlos caminar, alos vagos que pasan la vida en las antesalas, buscando empleo; a losimaginativos que se creen en posesión de los puestos que anhelan porquehan llevado al ministro una carta de cualquiera

que

se

les

antoja

devalimiento[56],

a

los

pichuleadores[57], a los amigos de confianza delos escribientes y auxiliares, a los de otros que vuelan más alto, a loscomisionistas, a los noticieros de los diarios, a las señoras honestasque buscan pensión y a las más interesantes aun que gestionan asuntospor cuenta ajena; fueron las que estudié y observé con más detenimiento,porque eran las que abundaban y las que constantemente tenía ante losojos.

Las conocía por el aire de suficiencia que respiraban, por la majestad,que como un perfume se exhalaba de sus personas, y por el amaneramientode todos sus gestos y ademanes.

No vagaban sin rumbo bajo los largos corredores de la Casa de Gobierno,buscando aquí y allá una oficina desconocida, como cualquiera 19 viudaque busca pensión, empleo para un jovencito que es una monada, o becapara una señorita joven pero honrada; no señor, ellas iban seguras a suobjeto, serenas, tranquilas, y no necesitaban indicaciones nilazarillos.

No se las veía en las antesalas haciendo esperas, porque conocían lashoras del despacho, y si se adelantaban por un caso fortuito, sepaseaban en los corredores con aires de dueñas de casa, o formaban en larueda de los ordenanzas y porteros, donde salpicaban los comentariosbanales o los chismes corrientes, con la observación mordaz o el relatopimentado, recogido de "los mismos labios de los de la presidencia", "delos del Congreso" o de cualquier otro foco de fama indiscutible.

Yo, en mi facción al lado de la Mesa de Entradas y Salidas, que es suteatro, las veía en toda su magnificencia y gozaba en grande, viéndolasdesfilar en su opulenta variedad.

Al principio creía en sus amenazas, en sus cóleras, en sus penas y hastaen sus súplicas, pero después me convencí de la realidad—comediapura—y al cabo de dos o tres días oía los diálogos con curiosidad, perosin interesarme mayormente ni por el asunto ni por quienes lo trataban.

IX

CINEMATÓGRAFO

Se acercaba a la ventanilla, tras la cual estaba el empleado encargadodel despacho, una señora seria, pero con una seriedad de esas que llamanla atención en dondequiera y a cualquier hora y se sucedían los diálogosy las escenas.

—¡Para servir a usted!... ¿El expediente número cuatrocientosveinticinco, letra L, de la serie H?

—¡Está en Contaduría, señora!

—¿En Contaduría?... ¡Pero qué escándalo! ¡Es inaudito! ¡Hace seis mesesque está en la misma oficina! ¡Esa Contaduría es una carreta, señor!¡Seis meses para una simple toma de razón; usted ve que eso habla muypoco en favor de la administración nacional! A Dios gracias tengo buenasrelaciones en la prensa y ya verá usted la mosquita que le haréponer[58] al señor contador...

¡Ya verá usted y se reirá!... ¿Y no sabecuándo vendrá el tan célebre expediente?

—No, señora..., ¡no puedo decirle nada al respecto!

La señora se sonríe y exclama, por si acaso, como quien tira un anzuelopor si pica.

—¡Muchas veces en ustedes pende el despacho!... ¡No me diga usted a mí;conozco muy bien lo que son oficinas!

Y no teniendo respuesta a su jactancia, se retiraba con aire majestuosoy cedía el puesto a otra dama también de fuste[59],

aunque bastantevivaracha y nerviosa.

—¿El expediente número mil cuatro, letra P, sobre embargo de sueldo alvigilante Zacarías Machete?..., ¡un guardián que no le gusta pagar casay que tiene unas costumbres que da vergüenza!... Figúrese usted que...

—Por orden del señor ministro, señora, esos expedientes dientes estánreservados... Son tantos, que para firmarlos se necesita un mesentero...

—Es decir que el público es nadie, y que tenemos que aguantar...

—Pero señora, es que...

—¡No me diga usted, no me diga!... ¡Todo es porque el ministro no seincomode!... ¡Cuidado, no se vaya a mancar firmando!

—Pero señora, si es que...

—¡Yo sé bien, sí, lo que hay en todo esto; lo que se necesita paramover los asuntos, son recomendaciones, cartitas, empeños[60]. .. yaceite para la máquina! .. .[61] ¡Pero, déjese usted estar; yo veré alministro y le contaré lo que pasa! ¡Se ponen ustedes a charlar y a tomarté, y no llevan los asuntos a la firma!

¡Ya verán ustedes el trote[62]que les voy a meter!

—Pero señora... ¡mire usted que está faltando[63] en la oficina!

—¡Ahora mismo voy a ver al ministro, y ya sabrá usted si estoyfaltando!

El empleado ve que toda reflexión es inútil y se retira de laventanilla.

La señora se aleja, vociferando y maldiciendo de los empleados, de sufalta de educación, de su descortesía con las señoras, y jurando que leshará ajustar las cuentas, aunque tenga que perder un ojo de la cara.

¡Ya verán con su sobrino, noticiero de un diario de oposición y mozo quetiene una pluma que es un serrucho de reputaciones!

Y aparece tras ella otra señora, pero ésta no es como las anteriores,sino humilde, inocente, y en su fisonomía no hay rasgo revelador de lastempestades que rugen en su alma.

—El expediente sobre concesión de bosques en el Chaco, iniciado por donPalemón Tagliarin... ¿podría usted informarme?

—¿Qué número tenía, señora?

—¡El número no lo sé... pero si usted me hiciera el obsequio de buscarpor la letra!...

—¡Hay una enormidad de expedientes, señora, y me es imposible echarme abuscar entre ellos el suyo... así... sin dato ninguno!...

—¡Le agradecería, señor, que me lo buscara: es un favor!...

Fuepresentado en noviembre...

El empleado, refunfuñando, comienza a remover enormes masas de papel, yal fin extrae el codiciado expediente.

—¡Vaya... aquí está! ¡Hay una reposición de sellos!

—¿Qué resolución tiene, señor?

—No puedo decírsela hasta que no me traiga usted tres sellos.

—Pero señor, soy una persona...

—Es inútil, señora; yo no quiero que me caiga una multa...

¡Traigausted los sellos y sabrá la resolución!

La señora sale y al rato vuelve, habiendo hecho el desembolso necesariopara llenar el deseado requisito.

—¡Aquí está, señor! ¿Podría decírmela?...

—Sí, señora. "Previa reposición de sellos, no ha lugar y archívese."

—¡Pero señor, qué escandaloso! ¿En qué tierra vivimos? ¿Es posible quehaya gastado tantos pesos para tener semejante resolución? ¡¡Esto es unapillería, un robo, una judería[64]!!

—¡Señora, yo no tengo la culpa!... ¿Qué le vamos a hacer?

—¡Ya verá usted lo que le vamos a hacer! ¡Cómplice!

¡Fariseo[65]!¡Judas Iscariote! ¡Porque me ve así no crea que soy lo que parezco;ahora mismo veré al ministro!... ¡No ha lugar y archívese!..., ¿yentretanto al señor Mengano y al señor Zutano les conceden?... ¡Esclaro, todos son de una camada!... ¡Pero conmigo se han de ver lascaras, no hay cuidado! ¡Yo no tengo pelos en la lengua, y se las he decantar!

El empleado se retira con toda cachaza, y va a ocupar su asiento; laseñora sale de la oficina con una rapidez de huracán, gesticulando ytartamudeando improperios contra el gobierno y los empleados, y,todavía, al toparse conmigo, me da un encontrón, y como un relámpagoalcanza al cabo Pérez que, siguiendo sus paseos coquetos e inofensivos,ignora lo sucedido y le azota con esta frase, cuyo final va a perderseallá en los vericuetos del zaguán que da salida a la escalera, frente aldespacho presidencial:

—¡Ladrones!... ¡Permita Dios que venga el cólera y acabe con todos!¡Fariseos!... ¡Asesinos!

X

LA LINTERNA DE REGNIER

Fue aquí, en este servicio, donde por primera vez conocí a don TomásRegnier, mi compañero desde pocos días después, y mi maestro siempre.Fue él quien encontrándome perdido en medio de la multitud, sirvió deguía a mi alma, pudiera decirse infantil; fue mi maestro y fue el focode luz que iluminó mi espíritu, proveyéndome de armas—él que era inermepara emprender con vigor la pesada lucha por la vida.

Todas las tardes, invariablemente, llegaba a las antesalas un hombre alparecer convaleciente de larga enfermedad, tal era su extrema palidez yla debilidad de toda su persona, que era desaliñada en gradosuperlativo. Vestía de negro, con levita y sombrero de copa, pero todoen un estado tal de ruindad y falta de higiene, que asombraba cómo lasautoridades permitían la exhibición de miseria semejante. No obstante,era correcto: las prendas podían ser como eran, viejas y sucias, pero nole faltaba ninguna de las correspondientes al rango de su traje, que élllevaba con toda majestad y respeto, contrastando singularmente con sumiseria y la exigüidad de su persona—

pues, sobre ser enclenque, era deuna estatura reducida a la expresión más mínima—la suficiencia, y hastadiría, la importancia que trasudaba.

Todo en él era altisonante, desde el taco torcido de sus viejos botinesdeslustrados—que él al caminar tenía la pretensión de hacer sonar contoda prosopopeya[66] y acompasadamente, pues su andar era cadencioso, ycasi pudiera decirse rítmico—, hasta el lente que colgaba sobre su finanariz aguileña, y el cual, no conteniendo sino un vidrio, pues el otrose había caído, daba a su fisonomía una expresión grotesca, marcadamentesatírica.

Yo

lo

veía

llegar,

avanzando

despacio,

tranquilo,

despreocupado, con sucuello erguido, la cabeza levantada con cierta insolencia de buen tono ycon su levita que se caía a pedazos, sus pantalones deshilachados ygrasientos y su galera y la corbata y hasta el bastón que llevaba bajoel brazo, lo mismo, y trataba de averiguar, aunque fuera por deducción,el objeto que lo traía diariamente al despacho.

Se sentaba en el rincón más oscuro del salón de espera durante unosveinte minutos, permanecía quieto y silencioso y luego se retiraba talcomo había venido, si por acaso no encontraba al mayordomo Luis Morel,persona que hacía el servicio especial del ministro. Si lo encontraba,la escena tenía una variante, pues el mayordomo lo llevaba al cuarto delos ordenanzas, le daba una taza de café con galletita,—que él tomabaen silencio, y muy despacio—y luego se ausentaba con la mismaprosopopeya, y la misma importancia y el mismo pasito cadencioso yrítmico con que había venido.

Los ordenanzas y porteros no lo conocían, y por lo que pude notar lomiraban con desprecio, llegando uno, que abrigaba rivalidadesmayordomescas, a decirme con socarronería:

—¡Es un amigo del hombre de confianza del ministro!...

¡Persona muybien relacionada, como usted lo ve!

El cabo Pérez no se dignaba bajar la vista hasta él, y cuando lepregunté quién sería el personaje me echó una mirada fulminante con suojo blanquizco que brillaba bajo la visera del kepí, y me dijo:

—¿Cree que yo voy a conocer eso?... ¿No ve que es un atorrante delevita?

La respuesta no me satisfizo y me prometí interrogar al mayordomo en laprimera oportunidad; parecía éste un buen sujeto, contra la opinión delos murmuradores que se reunían en el cuarto de los sirvientes yordenanzas, y, a pesar de la actividad que yo le veía desplegar y delaspecto de hombre ocupado, que siempre tenía y que sus subordinadosinterpretaban como signo visible de servilismo y adulonería, cosa que aellos—hombres altivos e independientes,—no les cuadraba.

No tuve necesidad, no obstante, de recurrir a informaciones de nadie;una tarde, mi hombre se acercó espontáneamente y, con acento francés muypronunciado, me dijo confidencialmente, y mirándome a medias, pues lohacía con el único ojo que cubría su lente y entrecerrando el otro,mortificado por la luz:

—¡Diga, vigilante!... ¿No lo ha visto al mayordomo?

—No, señor..., ¡ayer no lo vi tampoco!

—¿Tampoco, eh?... ¡Pues, entonces estará enfermo!... Y luego dequedarse un rato pensativo, me dijo con una dulzura infinita:

—¡Es lástima!... Mañana tengo que ir a la Con valecencia.. .[67]¿sabe?... porque me va a dar el ata que, y...

¡Caramba!... el mayordomome dijo que me pagaría el tramway porque está lejos y no puedo caminar.

—Si quiere... ¡tome!

Y metiendo la mano en el bolsillo saqué cinco pesos de la antigua moneday le di.

Me miró como asustado, parpadeó el ojo que quedaba sin vidrio y me dijo,como alelado:

—¡Vaya, gracias... amigo vigilante!... ¡Voy a traerle el vuelto...porque, como comprenderá, no tengo cambio y, después, el enano ese queme persigue, ¿sabe?, puede ser que sople en su caracol, y entonces,aunque haya baile me va a comenzar la picazón de la nariz, y no voy apoder ir al Banco, porque lo cierran de miedo al enjambre de hormigasque acompañan al maldito enano ese!...

Comprendí que el hombre era un enfermo y que la alegría que acababa derecibir le había quitado el poco seso que solía tener, y dije paradistraerlo:

—Deje el vuelto no más, no se preocupe: otro día me lo da.

—¡Ah!... ¡Sí!... ¡Bueno!...

Y luego, pasándose la mano por la frente, exclamó, como quien vuelve deun sueño:

—¿Ve?... ¡Ya se me iba la cabeza!... ¡Amigo, qué cosa!... ¡No puedopensar en nada!

Y me contó con toda lentitud y en voz baja, su enfermedad y cómo cadatantos días tenía que ir a recluirse en el Hospicio de Dementes, dondelo asistían con mucho éxito, pues, momento a momento, se iba sintiendoen salud.

¡Pobre Regnier!

¿Quién me hubiera dicho que él, el pobre enfermo que en esos momentostenía ante mis ojos, y a quien miraba compasivo, llegaría en día nolejano—cuando por segunda vez nos halláramos en la vida—a tener unainfluencia tan decisiva en mi destino, como en realidad la tuvo?

Fue él quien me puso en el sendero de la dicha, quien abrió mi espíritua la luz vivificante del saber y quien despertó en mi alma los anhelos ylas esperanzas que fortificaron y alentaron mis ambiciones, formándomecon la experiencia de su vida asendereada[68] de bohemio y de vagabundo,una sólida plataforma que me permitiera elevarme sobre el nivel vulgar aque me condenaban mis condiciones personales y el medio en que meagitaba.

¿Qué maestro más amoroso pude tener?

¡Con qué pasión de enfermo, con qué persistencia de maniático emprendióla tarea de ilustrarme y de educarme!

¡En las horas de descanso del día presente—cuando en el jardín de lacasita en que vivimos lo veo rodeado de mis hijos, que le llaman abuelo,pulcramente vestido de negro, aunque conservando el mismo pasocadencioso y rítmico de los primeros días en que le conocí—suelo evocarlos viejos recuerdos, y comparando mi existencia de los días oscuros conlos que después alcancé, comprendo cuánto le debo y cuál fue mi suerteal encontrarlo en el camino de la vida!

XI

BROCHAZOS MINISTERIALES

Dos días después, al llegar una tarde al Departamento, tras quince díasde facción en el Ministerio del Interior, se me comunicó que debíapresentarme al siguiente en la comisaría 2ª, a cuyo personal quedabaadscripto.

¡Adiós vida regalona y tranquila!

¡Salve días oscuros y brumosos!

Esa noche vi pasar ante mis ojos, en sueños, la figura plácida delministro del Interior[69], con sus cuidadas patillas canosas, susverrugas y lunares, y la eterna sonrisa bondadosa con que acompañaba sussaludos graves, correctos y parsimoniosos.

Tras él iba también la turbamulta de buscadores de empleos, que formabansu séquito ministerial, y que, según la voz corriente en antesalas,jamás se desengañaba, y raras veces conseguía lo que buscaba, pues sibien el hombre era servicial y generoso, el ministro no tenía medioscómo satisfacer sus exigencias, siempre crecientes.

Pasó ante mí, siguiéndolo, el viejo sargento del tiempo de Rosas, que sesentaba en la cuarta silla de la izquierda; el señor calvo que se reuníaen uno casi invisible, con que quería taparse la oreja, los pocosmechones dispersos que poseía; el caballero cordobés que promiscuabaentre esta antesala y la de los demás ministros, y cerrando la marcha dela larga fila interminable, los habituales del despacho, los amigos deconfianza: un señor, que más tarde he visto de comerciante de fuste,otro medio francés, que era periodista, y que después he encontrado delibrero; un periodista fogoso, que luego ha sido orador político ehistoriador de vuelo, y un coronel, que—según la voz corrientecirculada por El

Cascabel,

que

redactaba

esa

pléyade

de

inteligenciasvigorosas, que después ha tenido tanta actuación en nuestrapatria—"comandó con gran denuedo los lanceros de la Muerte, que semurieron de miedo".

Y más lejos, atrás de todos, el mayordomo Luis Morel, siempre apurado,perseguido por el ordenanza, su rival, que iba lanzando pullas agudascontra el ministro, y analizando su costumbre de tener cigarrillos parasu uso y otros para convidar, y de alumbrarse con vela durante el día,teniendo el despacho casi a oscuras!

Este rival del mayordomo era el propagandista más asidao de lasversiones contra el ministro, y tengo la seguridad de que la mayor partede los cuentos que circulaban en la Casa de Gobierno, como unacosquilla, eran hijos de su labio maldiciente.

Una vez lo vi rodeado de todos los ordenanzas del Congreso, que andabanen no sé qué gestión ministerial, y se entretenían en contar el modo deser y de vivir de cada congresal, en aquilatar sus méritos como oradoresy sus probabilidades de reelección, en criticar su vestuario y hasta envituperar su procedimiento dentro de la Cámara.

—¡Ése es bueno, dijo uno, refiriéndose al señor José Fernández,caudillo de la Boca del Riachuelo; cuando puede, sirve: es mediocamandulero[70] cuando no puede, pero tiene alma!

—Hombre—interrumpió el rival del mayordomo—, decile que aprenda de miministro, que sirve con palabras desleídas en sonrisitas. Mirá. ¡Aquíverás siempre las antesalas llenas de la misma gente: son personas queesperan durante meses un maná que nunca llega, y... siempre estáncontentas!

—¡No digás!

—¿No digás?... ¡Pero si es sabido! ¡Y el proceder es sencillo!

Cuandohay una vacante de administrador de Correos en algún pueblito de lafrontera o de Jujuy, de esos que ganan diez pesos,

¿sabés?..., laguarda, y empieza a hacer entrar a los penitentes.

—¡Claro!... ¡Y los pobres no agarran!

—¡Qué van a agarrar!... Y ahí empieza él con sus sonrisas y susdisculpas: "No hay más; por esto verá que no lo olvido; otra vezserá"... ¡Y los hombres se retiran satisfechos, y... como vinieron!

XII

ENTRETELONES POLICIALES

Una mañana en que había llegado a la comisaría, y me disponía a salircon el tercio[71] en que formaba, para ir a hacer mi monótono serviciode bocacalle, allí frente al almacén de doña Petrona, en la esquina deLuján 25 y Defensa—donde puede decirse que no tenía más misión queproteger los intereses de los comerciantes ambulantes contra lastravesuras de los estudiantes de medicina y de derecho que, avecindadosen aquel barrio, lo constituían casi en una mitad—oí que el oficialescribiente gritaba en medio del patio desmantelado, donde los ebriosrecogidos

en

la

noche

anterior

comenzaban

a

desperezarse, acostados enlos rincones, teniendo por almohada las baldosas:

¡Agente Carrizo!..., ¡vaya al despacho del comisario!

¡Es preciso haber sido vigilante para conocer todo el efecto que puedetener frase semejante! ¡El comisario!

¡Qué lejos se ve su figura, y qué grande, desde el modesto punto de miraque tienen los agentes!

Allí, en aquella mano, están todas las recompensas y están todos loscastigos; ella tiene la suerte de cada uno, casi como la de Dios; ellapuede dar y puede quitar; puede condenar a una eternidad depadecimientos lentos, y puede llevarlo a uno hasta la cumbre en uninstante: es la omnipotencia.

Ser llamado por el comisario a su despacho es algo que un agente lorecordará toda su vida: podrá olvidar a la madre, a los hijos, a lamujer, pero jamás olvidará el día y hora en que compareció ante la vistadel dispensador de todos los bienes o del causante de todas lasdesgracias.

Aquel minuto que uno tarda en atravesar el patio, equivale a una hora deemociones.

¿Será la suerte que se acerca a mí?

¿Será el ala negra de la desgracia que bate el aire a mi alrededor y vaa proyectar su sombra sobre mi frente?

¿Qué habrá?

Desfilan ante la vista nublada las copas tomadas a escondidas en latrastienda de los almacenes de la manzana; las graciosas sirvientas conquienes uno se saluda más o menos cariñosamente en las horas de facción;los cigarrillos fumados clandestinamente en el zaguán de las grandescasas, durante la recorrida, y todos estos recuerdos se alzan pavorososy cada uno es un fantasma que aterroriza.

—¡A la orden, señor comisario!

Y el comisario—un viejo criollo, de cara bonachona y sonriente—alzó lavista, me miró, y dijo: "Esperá", mientras concluía la tarea de poner elsobre escrito a una carta.

—¡Decime, che!... ¿Has sido sargento del sexto?

—¡Sí, señor!

—¡Con razón te piden de la quinta!... ¡Claro! ¡Se llevan los mejoresagentes y lo dejan a uno aquí con puros gallegos!...

¡Mirá!... ¡Te vas aquedar conmigo; te voy a enseñar para pesquisa!

—¡Está bien, señor!

—El comisario de la quinta te ha pedido al jefe, pero voy a contestarque pides seguir el servicio aquí.

—¡Está bien, señor!

—¿Sos casado?

—¡No, señor!

—¡Bueno!... ¡Llevá tus pilchas a casa y decile al sargento Gómez que teacomode con él!

—¡Está bien, señor!

Di media vuelta y salí como con alas en los talones. Ir a servir con elsargento Gómez, el agente mejor reputado en la comisaría, el crédito dela sección, era para mí la gloria.

¡Pedir más, la verdad, hubiera sido tentar la suerte!

XIII

SIEMPRE ADELANTE

El sargento Servando Gómez, era oriundo de Corrientes, y como soldadodel 3º de línea, había hecho las campañas del Paraguay y del interior, alas órdenes del general Arredondo. Era, pues, un veterano como yo.

Su aprendizaje había sido rudo y tremendo; por eso en sus consejos nuncase olvidaba de incluirme este: "Mirá, si querés pasar de sargento,aprendé la pluma; sin esto—y movía la mano en el aire como quienescribe—es al ñudo[72] forcejear."

No era un hombre ilustrado ni mucho menos, pero era más educado, en laverdadera acepción del concepto, que muchos que he conocido ocupandoposiciones más elevadas.

Sus labios nunca se abrieron para una falsedad, ni para cometer unainjusticia, y en la comisaría era como el Evangelio una afirmación quese le oyera, llegándose a decir que era hasta capaz de declarar encontra suya si a mano venía.

Serio, grave, pocos habían visto una sonrisa en su cara angulosa,cubierta por una tez apergaminada y morena, casi negra; no obstante, eradecidor y alegre en las horas de ocio, y más de una de sus aventuras,casi novelescas, entretuvieron largas horas de espera en las correríasque juntos teníamos que emprender todas las noches, ya siguiendo lapista de algún pícaro que andaba estudiando la sección, o ya buscando lade algún asesino que, después de cometer una fechoría, se nos habíaescapado de entre las manos.

¡Y cómo admiraba yo la sagacidad, la viveza, el fino tacto y ladiscreción del viejo sargento!

Cada una de sus pesquisas, a que él llamaba modestamente