Memoria Histórica, Geográfica, Política y Económica Sobre la Provincia de Misiones de Indios Guaranís by Gonzalo de Doblas - HTML preview

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Hasta ahora he referido a usted sencillamente el modo con que segobiernan estos pueblos sin manifestarle las vejaciones, opresiones yviolencias que sufren los naturales, todo ello consecuencia precisa dela comunidad a que viven sujetos; materia es ésta de tanta consideraciónque debiera tratarse por otra pluma más elocuente que la mía, peroescribo solamente para usted, que sabrá poner en mejor orden lo que yodesaliñadamente le noticiare. Volveré a tomar el hilo desde elprincipio, para su mayor claridad e inteligencia.

Puesto el gobierno particular de cada pueblo a cargo de un administradorsecular que cuidase de la temporalidad, y de dos religiosos quedoctrinasen a los indios, les administrasen los santos sacramentos yatendiesen a la dirección de sus almas, se dividió el mando, que antesestaba en una sola persona que cuidaba de lo espiritual y temporal.Estos religiosos fueron elegidos y nombrados conforme se encontraron;los más eran muy mozos, y sin prudencia ni conocimiento. Los indios,acostumbrados a obedecer solamente a sus curas, miraban al principio conindiferencia cuanto los administradores les dictaban, de modo que nadase hacía sin consultarlo primero al padre. De estos principios nacieronlas grandes discordias entre curas y administradores, y quecontribuyeron en gran parte a la ruina de los pueblos, como se queja donFrancisco Bruno de Zavala en la representación que hizo a Su Majestad elaño de 1774. Los curas se hicieron dueños de las casas principales,nombradas colegios, no permitiendo vivir en ellas a los administradores;lo mismo hicieron con las huertas y sus frutales, de todo pretendíandisponer a su arbitrio; y como los indios estaban de su parte conseguíancuanto se les antojaba.

Procurose poner remedio a estas imprudentespretensiones de los religiosos con algunas providencias de gobierno,pero no se adelantaba un paso en ello sin ocasionar a los indios muchasvejaciones y molestias; porque, adictos siempre a obedecer a losreligiosos, y no cesando éstos de influirles máximas contrarias a lapaz, era preciso usar del rigor con ellos para sujetarlos al gobierno.

Consiguiose al fin el hacer conocer a los indios que sólo en las cosasconcernientes a su salvación debían prestar atentos oídos a sus curas, yen lo demás a sus administradores; pero no por esto cesaron lasdiscordias entre administradores y curas, porque, como unos y otrosviven en una misma casa y con cierta dependencia en sus funciones, jamásse conformaban en sus distribuciones. Los curas querían que los indiosasistiesen todos los días a la misa y al rosario, a la hora que se lesantojaba, que muchas veces era bastante intempestiva; losadministradores se lo impedían, unas veces con razón y otras sin ella, ylo que resultaba era que el cura mandaba azotar a los que obedecían aladministrador, y el administrador a los que obedecían al cura; y unos yotros castigos se ejecutaban en los miserables indios, sin más culpa queobedecer al que les acomodaba mejor el obedecer; hasta los mismoscorregidores y cabildantes no estaban libres de estas vejaciones, que nopocas veces se vieron apaleados y maltratados de los curas yadministradores, sin saber a qué partido arrimarse. Esta persecución noes tanta en el día, y, aunque una y otra vez se experimenta, no es contanto escándalo.

Por motivos menores y particulares se encendían cada día, y aún seencienden, grandes incomodidades entre curas y administradores; como lospueblos tienen obligación de alimentar a los curas, y esto corre a cargode los administradores, éstos, estando enemistados como regularmentesucede, tienen ocasión de vengarse del cura haciéndole esperar, dándolelo peor y escaso, y por otros medios dictados por el espíritu devenganza.

Bien es que no siempre tienen razón los curas para quejarse,pues solicitan que la comida sea con tanta abundancia que les sobre paradar de comer, además de los muchachos que les sirven, a seis u ocho quesuelen agregárseles.

Como en los pueblos no hay maestros de oficios que trabajen para el quequiera comprarles su obra, ni aun se puede conchabar un peón sin darcuenta al administrador, porque todos están sujetos a la comunidad, nilos indios saben vender su trabajo, ni hay cómo suplirse de las precisasnecesidades, la práctica que se observa es: si uno de los empleadostiene necesidad de un par de zapatos, llama al zapatero, le da losmateriales y le dice le haga zapatos; él los hace y los trae, y si ledan algo lo recibe, y si no se va sin pedir nada; lo mismo sucede contodas las demás necesidades. Si el cura ocupa al zapatero o a otro, yestá mal con el administrador, si éste lo sabe, inmediatamente lodespacha a los trabajos de comunidad, para que retarde o no haga laobra; luego lo sabe el cura, y está armada la zambra, y de todas lasresultas las paga el indio o los indios, a los que se persiguen porqueotros los protegen.

Aunque en las ordenanzas se previene que para el servicio de la iglesiase destine un sacristán y tres cantores, lo que se practica es que enestos ministerios se ocupan dos sacristanes mayores con otros tres ocuatro menores y diez o doce muchachos para acólitos, con más unainfinidad de músicos, que, aunque estos últimos no dejan de ocuparse enotras cosas, siempre es preciso tener algunos a mano para lo que seofrezca; y no estando prontos, o pareciéndole al cura pocos los queacuden, ya hay riña sobre que se tira a arruinar el culto divino.También la hay muy frecuente sobre que algunos curas quieran tenerocupados todo el día a los sacristanes y acólitos en su beneficio.

Los bienes de los indios son tratados como sus personas; distribuyéndoseéstos con la mayor escasez entre los indios necesitados, y aun enfermos,se gastan con la mayor profusión, no tan solamente entre los españolesempleados, sino también con cuantos pasajeros llegan, y que tal vez sinmotivo ninguno se detienen en los pueblos los días que quieren,facilitándoles cuantas comodidades se les antoja, lo que reciben comocosa que de justicia se les debe, y de no hacerlo así se muestranquejosos de los administradores que no los han tratado (dicen) comodeben; y aunque el gobierno ha dado algunas disposiciones sobre esto,ningún efecto han surtido.

Regularmente se tienen empleados uno o más indios para cuidar cadaespecie de frutos o efectos de los que se trabajan o benefician; pero,con todo, es increíble lo que se desperdicia y pierde, ya sea porimpericia o descuido de los mismos indios, o por abandono de losadministradores. ¿Quién creerá que llegando a 2.000, y aun a más, lasreses que se consumen cada año en un pueblo, se gasten todos los cuerosde ellas en sacos y otros ministerios? Pues ello es así, todos los dejanperderse, pudiendo con su beneficio y venta acrecentar los haberes de lacomunidad.

Lo mismo sucede con todo lo demás, sin encontrar medio pararemediarlo.

Para el administrador y los religiosos, que tiene el pueblo obligaciónde alimentar, hay ocupados dentro del colegio más de 50 personas. Austed le parecerá ponderación, pues no lo es, y si no haga usted lacuenta: para uno o dos almudes de trigo que se amasan cada día seemplean dos o tres atahoneros, donde hay atahona, que donde no la hay seemplean seis lo menos, y cuatro o seis panaderos; en la cocina lo menosse emplean seis, y, si los religiosos cocinan, apartan otros tantos; doslo menos de hortelanos, dos de aguateros, cuatro o más de refectoleros,y uno o dos cuidadores de los caballos de cada persona. Todos éstosalternan por semana con otros tantos, y ni unos ni otros trabajan parala comunidad, porque la semana libre es para ellos; a lo que agregaráusted los muchachos sirvientes, que cada uno tiene dos lo menos, y veráusted qué cuenta tan abultada saca.

Además de esto, todos los sábados hade traer cada persona un palo para la leña del consumo de la semana.

Donde también se denota la facilidad con que se disipan los bienes delos indios es en las fiestas anuales de los santos patronos de lospueblos. No baja lo que se gasta, en las más reducidas, del valor de 300a 400 pesos; y de éstos los que disfrutan menos son los indios, a losque sólo se da carne en abundancia esos días, y algún corto regalilloque se les distribuye; pero para los religiosos, administradores y otrosespañoles que concurren, como también para el gobernador o tenientes, siasisten, hay abundantes y exquisitas comidas, y regalos llamados tupambaes. Esta costumbre o abuso la hallé establecida, y sepracticaba en el tiempo de los jesuitas; y aunque desde luego me repugnóy lo di a entender, como se me encargó siguiera en todo el método de miantecesor, y vi que así en los pueblos del inmediato mando delgobernador como en los demás tenientazgos se practicaba lo mismo, notuve por conveniente el hacer yo novedad en una cosa en que tienenimbuidos a los indios, que hacen un grande obsequio al santo de aqueldía en repartir parte de sus bienes entre quienes no lo necesitan, ysería mejor los repartieran a los necesitados, y se ofenden si algunorehúsa el recibir su regalo; en fin, ello va así hasta que Dios proveade remedio.

Otros muchos males y perjuicios se les siguen a los indios, así en susbienes como en sus personas, pero por no ser tan comunes y frecuentes seomiten; pero es preciso advertir que los perjuicios referidos hastaahora, aunque tienen su origen en la sujeción a la comunidad, su aumentolo ha ocasionado la imprudencia o mala versación de algunos de los quelos administran y dirigen, y así no ha sido en todos los pueblos igualel desorden, sino en unos más que en otros. Pero los que ahora expresaréson comunes a todos los pueblos, y en mi inteligencia irremediables,aunque en todos

los

ministerios

se

empleasen

hombres

cuales

convenía;porque estos males son inseparables del estado a que están reducidos porla comunidad, y que sólo podrán libertarse de ellos con la totalextinción de aquésta.

Luego que los muchachos entran en la edad de 4 para 5 años, ya los tomaa su cargo la comunidad, la que tiene nombrados dos o más indios connombre de alcaldes y secretarios de los muchachos; éstos tienen lamatrícula de todos ellos, y cuidan de recogerlos todos los días por lamañana temprano, tal vez al alba, los llevan a la puerta de la iglesia arezar, allí los tienen hasta que se dice la misa, y después losdistribuyen a los trabajos u ocupaciones que les están señaladas, ydejando en el pueblo los aprendices de música y de primeras letras, losde los tejedores y demás oficios, conducen los restantes a carpir, o altrabajo que les tienen señalado; a las 2 o a las 3 de la tarde losvuelven a traer y los tienen juntos, hasta que, habiendo rezado elrosario en la iglesia, les permiten que se vuelvan a sus casas.

La elección de oficios o destinos que se les da a los muchachos, no es ala voluntad de sus padres, sino de los que los gobiernan o losnecesitan; para la música elige el maestro de ella los que le parecenmás a propósito; los curas emplean los que mejor les parece paraacólitos y sirvientes suyos; lo mismo en los demás oficios yocupaciones, sin que a sus padres les quede el arbitrio de repugnarlo.Pero no les causa ningún sentimiento, porque, como ellos se criaron conla misma educación, y no conocen otra, viven tan desprendidos de sushijos desde que llegan a la dicha edad que de nada cuidan de ellos, niprocuran el señalarles la doctrina cristiana y buenas costumbres, ni elalimentarlos y vestirlos. Si no vienen a casa a la hora que los sueltansus cuidadores, tampoco los solicitan ni buscan, ni aunque se huyan delpueblo hacen diligencia de buscarlos y traerlos, pues se considerandesobligados de todo, y aun se tendrían por dignos de reprensión sitomasen a su cargo aquel cuidado. Lo mismo sucede con las muchachas, lasque igualmente están al cargo de dos o más indios viejos con el mismotítulo de alcaldes y secretarios; éstas hasta los diez o doce años notienen otra ocupación que carpir, recoger algodón al tiempo de lacosecha y otras ocupaciones de agricultura correspondientes a su edad; yen llegando a dicha edad se les aplica (cuando no hay mucho que hacer enlas chacras) a que hilen, sin cuidar de darles ninguna otra enseñanza;pues, aunque la costura es tan propia de su sexo, es rara la que sabe niaun malamente coser, y estos oficios regularmente los hacen lossacristanes y músicos; en todo lo demás se practica con las muchachas lomismo que con los muchachos, hasta que se casan.

Ya usted conocerá que con esta educación es imposible el que conservenhonestidad, ni aun tengan idea de esta virtud; así pierden hasta elnativo pudor, andan con libertad por donde quieren, sin que sus padresse lo impidan, porque no tienen dominio en ellos; se prostituyen muyjóvenes, y se entregan al vicio de la incontinencia, de modo que cuandose casan ya están relajadas, y aun perdida la fecundidad, y así semenoscaba considerablemente la población.

Como en todos tiempos ha sido tan frecuente entre estos naturales elazotarlos, tienen tan perdido el horror a los azotes, tanto los quecastigan como los que son castigados, o los que los ven, que ningunamoción les causa el azotar, ser azotados o verlo ejecutar; y asícastigan con la mayor inhumanidad a las criaturas en todas lasocupaciones a que los destinan, acostumbrándolos de este modo a sufrircon la mayor indiferencia los azotes, en cualesquiera tiempo o edad.

Con esta separación o enajenamiento que padecen los padres de los hijos,y que en su imaginación la tienen tan anticipada que desde que nacen loscrían para aquel destino, no tiene lugar en ellos aquel cariño que vemosen los padres y madres que se han criado y crían a sus hijos con elrégimen y educación que se acostumbra entre los españoles; y así, aunquevean maltratar a sus hijos, se les da poco o ningún cuidado, y del mismomodo miran los hijos a sus padres, como que ni los necesitan ni esperannada de ellos.

Luego que los muchachos llegan a la edad de poderse casar, no retardanmucho el verificarlo, ya porque sus padres o el cura les dicen que secasen, o porque los estímulos de la concupiscencia les incitan a ello.Los más se casan con la que les dicen que se casen, pues hasta en estotienen tan cautiva la voluntad que no se atreven a hacer elección de laque ha de ser su mujer.

Desde que se casan, así él como ella, salen de la potestad que tenían yentran en otra. A los secretarios de hombres toca desde entonces eltener en su matrícula al varón, y los de mujeres a ella. Lo primero aque se le obliga es a formar chacra propia, y si tiene oficioregularmente lo aplican a él, si no sigue las faenas de comunidad en losdías que se destinan para ellas. A la mujer le reparten tarea como atodas, o la emplean en otras cosas, según lo dispone la comunidad.

Como estos matrimonios se efectúan sin que de parte de los contrayenteshaya precedido aquella inclinación que une las voluntades, se juntancomo dos brutos, con sólo el fin de saciar el apetito de la sensualidad;y como la comunidad dispone a su arbitrio de sus personas, nunca puedenconocer ni disfrutar de aquellas conveniencias que proporciona elmatrimonio, ni mirarlo como un vínculo que les facilita el cuidarsemutuamente para su felicidad y la de su prole, y así se miranregularmente con indiferencia hasta la muerte; en la que, cuando sucedela de alguno, tiene poco o ningún sentimiento, porque no pierden ningunaconveniencia ni bienestar.

Con la misma indiferencia que miran los maridos a sus mujeres, y éstas asus maridos, y ambos a sus hijos, y éstos a sus padres, con la mismamiran unos y otros a los bienes que han adquirido o pueden adquirir,porque éstos no les pueden servir sino de peso y embarazo, y de ningúnmodo de conveniencia.

Considere usted un indio que, desnudo de todas lasimpresiones que ha causado la educación a los demás, de genio activo ylaborioso, y que llevado de la viveza de su natural, con lasconveniencias que le facilita su pueblo de darle tierras para sembrar ybueyes para que las labren, quiere aprovecharse de la fertilidad de latierra para proporcionarse una vida cómoda, empleando su actividad enlos días que le deja libre la comunidad; que en efecto prepare un granterreno, y lo siembre de todas aquellas semillas que pueden rendirlesegún su deseo; la estación del año le favorece, y, por último, aunque acosta de muchos afanes, por verse sólo sin poder conchabar a otros quele ayuden, ni aun valerse cuando quisiera de la ayuda de su mujer,porque la comunidad la tiene ocupada, ni aun de su persona que tambiénla emplea la comunidad; por último, digo, recoge una cosecha tres ocuatro veces mayor que lo que él necesita para el sustento de su personay familia en todo el año;

¿y qué hará éste de aquellos frutos? Venderlosa otros. ¿Y

quiénes son estos otros? Los demás indios de su pueblo, o deotros pueblos. ¿Y éstos qué le darán por ellos? Nada tienen suyo, otrosfrutos semejantes a los suyos. Extraerlos fuera de la provincia nopuede, porque o no tiene cómo poderlo hacer, o son mayores los costosque su valor, con que se ve precisado o a dejarlos perder, o a darlos anecesitados. Conociendo éste por experiencia que nada le ha servido sutrabajo en aquel año, y no permitiéndole su genio el mantenerse enociosidad, determina sembrar un buen algodonal, un cañaveral y untabacal, persuadido de que el algodón, la miel o azúcar, y el tabaco sonefectos comerciables. Pónelo en ejecución como lo determina, y consigueverlo todo logrado; el algodón y la caña no dan fruto, o muy poco, elprimer año, y el tabaco es preciso, desde que comienza a sazonar hastaconcluir su beneficio, no apartarse de él ni un instante; y como éltiene que acudir a los trabajos de comunidad, lo que recogió los díasque tuvo para su utilidad se le pierde en los que dejó de atender, y alfin o no recoge nada, o recoge poco y malo. Al siguiente año, queesperaba tener algún beneficio del algodón y la caña, lo destinan depeón a la estancia o a los yerbales, o a otro paraje en que debepermanecer mucho tiempo; todo lo abandona y va a donde lo mandan,dejando todo su trabajo perdido.

Animales no puede tener ni criar, porque él no los puede cuidar siempre,por la obligación que tiene de acudir a la comunidad, ni conchabar aotros, porque todos están sujetos lo mismo.

Ahora bien, ¿qué hará este indio?, ¿y qué harán todos?, pues en poco omucho están viendo y experimentando cada día esto mismo; la respuesta esclara, desmayar, entregarse a la ociosidad y el abandono de todo, y,cuando más, contentarse con sembrar aquello poco que le parecesuficiente para su alimento, o que baste para libertarse del castigo quele darían si no sembrase, y si el año no favorece, como es poco losembrado, no les alcanza para nada lo que recogen. Así sucede y sucederáentretanto vivan como hasta aquí.

Agregue usted a esto las ideas tan bajas que tienen de sí mismos, elpoco conocimiento de la vida acomodada de los que poseen bienes, y delas distinciones y honras que éstos logran entre los demás hombres, y elno tener ambición de dejar a sus hijos herencia después de su muerte,porque de esto ni idea ni noticia tienen; y concluirá usted que denecesidad forzosa los indios han de vivir en una continua ociosidadentretanto vivan en comunidad.

Si los indios miran don indiferencia los bienes suyos propios, los decomunidad los miran con aborrecimiento, y por consiguiente el tiempo quese les emplea en beneficio de ella es lo mismo para ellos quedestinarlos para galeras. La costumbre en que se han criado, su muchasumisión y el miedo del azote son los que les hacen sujetar a ello; yasí cuesta un sumo trabajo el juntarlos y conducirlos a las faenas. Paracada ocupación es necesario nombrar un cuidador; hay cuidadores de lostejedores, de los carpinteros, de los herreros, de los cocineros, de lossacristanes, de los carniceros y, en fin, de todos los oficios.

Lo mismoes menester en los trabajos de los chacareros de todas especies; y, comotodos son indios, es preciso poner sobre estos cuidadores otros quereparen si aquéllos cumplen con su encargo. Estos segundos cuidadoresregularmente son los alcaldes y regidores, de los que se tiene la mismaconfianza, con corta diferencia, que de los primeros; y así es precisoque el corregidor cuide de hacerlos cumplir. Pero, aun con esto, espreciso que el administrador cele sobre el corregidor y todos los demáspara que hagan algo, que, por más cuidado que ponga, nunca se trabaja niaun la cuarta parte de lo que se pudiera; pues antes que salgan delpueblo dan regularmente las ocho de la mañana, y sólo a las nueve, odespués, comienzan a trabajar, lo que ejecutan como forzados. A las tresde la tarde ya dejan el trabajo y se vuelven, habiendo hecho poco más denada.

Agregue usted a esto el crecido número de personas que se quedanociosas, que cuando menos son más de la tercera parte, si no llega a lamitad, unos por empleados en cosas que no son necesarias en el colegio,otros que se fingen enfermos, otros que el corregidor y cabildantesocultan y libertan de los trabajos de comunidad para emplearlos en suschacras particulares, a más del crecido número de cuidadores, y veráusted los que quedan para trabajar, y cómo así los que trabajan y losque los cuidan no aspiran a más que a libertarse del castigo orepresión, y en pareciéndoles que han hecho lo que basta paralibertarse, ya no se mueven.

En la recogida de los frutos sucede el mismo desorden; los primeros queroban son los cuidadores, y, para que por los otros se les disimule,permiten a todos hagan lo mismo; de modo que, como son muchos, y lacosecha corta, en no habiendo mucho cuidado por parte del administradorroban cuando menos la mitad de lo que se recoge.

Pero ¿qué extraño es que así suceda si el corregidor y todos los demásde cabildo no tienen sueldo ni gratificación señalada por sus oficios?Es preciso que ellos se la proporcionen, ya sea robando a la comunidad,ya empleando clandestinamente indios en sus chacras; lo cierto es quetodos los que tienen oficios, entretanto les dura, se asean y tienen suscasas con abundancia de todo, sin que se les pueda impedir estedesorden. Porque, aunque entre todos ellos se sabe, ninguno es capaz deatreverse a denunciarles por no caer en desgracia y persecución de losque los mandan, y porque así los estrechan menos al trabajo.

La repugnancia y oposición que los indios tienen a la comunidad nace dedos principios; el uno es inseparable de toda comunidad de cualesquieraclase de gentes que se componga.

Así lo vemos en las religiones, que,como cualesquiera de sus individuos pueden excusarse sin nota de losactos de comunidad de que no esperan premio, lo hacen, y se aplican congusto de lo que conocen les ha de proporcionar adelantamientos; y elmejor prelado para ellos es el que con más profusión asiste a lacomunidad, mas que conozcan que después les ha de hacer falta. Lo mismosucede a los indios, que, como saben que de su aplicación lo que lesresulta es trabajo y no premio, siempre que pueden excusarse con algúnpretexto que los liberte del castigo, se excusan, y el mejor día paraellos es aquél en que se gasta parte de los bienes de la comunidad,aunque sea con extraños, por lo que a ellos les toca en aquella función.Parecidos en esto a los hijos de familia, que nunca están más contentosque el día en que su padre da un convite a sus amigos, que, por lo queparticipan, quisieran se repitiese todos los días, sin reflexionar quelo que el padre disipa les ha de hacer falta en sus herencias. ¿Pero,para qué me canso en símiles, cuando es patente a todo el mundo que losbienes de comunidad no los miran los individuos que la componen comopropios, sino para disiparlos, porque les falta la propiedad enparticular?

El segundo motivo que causa a los indios el aborrecimiento a suscomunidades es el ver que de los efectos y frutos más preciosos que serecogen y almacenan no tienen más parte en ellos que el haberloscultivado y recogido; ellos siembran, cultivan y benefician la caña parala miel y azúcar, lo mismo el tabaco y trigo; ellos ven o saben que deBuenos Aires mandan sal, que ellos tanto apetecen, y otros efectoscomprados con el importe de los frutos que produce su trabajo, y quetodo se guarda en los almacenes, de donde no vuelve a salir para ellos;conque no es mucho que a vista de esto desmayen y aun aborrezcan todocuanto se dirige a bien de la comunidad.

A todos los hombres nos estimulan dos motivos para obrar bien: laesperanza del premio y el miedo del castigo son los polos a que sedirige la recta razón y en los que se sustenta nuestra felicidad. Paralos indios no hay sino un polo en que estribar, que es el miedo delcastigo; conque si éste les falta nada se hace y todo da en tierra; yasí es preciso estar con el azote levantado, descargándolo continuamenteen estos infelices sin haber remedio para evitar este rigor. Y lo peores que, con pretexto de castigar las faltas de asistencia a los trabajosde comunidad, castigan el corregidor y los de cabildo a muchos sin otromotivo que el de vengar sus particulares agravios o sentimientos, que esotra opresión que padecen estos infelices.

Aunque el gobierno sabe estos desórdenes y le toca remediarlos, por másempeño que ponga no es posible conseguirlo; porque, si se reprende alcorregidor y cabildo por alguno de estos hechos, y se le quieren limitarsus facultades, éstos, por no verse segunda vez reprendidos, toleran lasfaltas que se cometen, no prestan aquella actividad que se requiere parahacer trabajar a gente forzada. Los indios conocen la falta de autoridadde su corregidor y cabildo, les pierden el miedo, que es el único motivoque les obliga a trabajar, y todo se convierte en desorden. Eladministrador se queja de que nada se hace, el corregidor se disculpacon que los indios no le obedecen, porque no le tienen miedo, y todopara en que es preciso dejar al corregidor y cabildo obrar con libertad,porque el pueblo no se pierda.

Del aborrecimiento que los indios tienen a la comunidad, de la cortaasistencia que tienen de ésta y de las vejaciones que reciben de loscorregidores y cabildos resulta la mayor parte de la deserción que seexperimenta en los pueblos; la que es tanta que se puede computar que enel día está fuera de sus pueblos cuando menos la octava parte de losnaturales que existen. Éstos están dispersos en las jurisdicciones deBuenos Aires, Montevideo, Santa Fe, Bajada, Gualeguay, Arroyo de laChina, terrenos de Yapeyú, Corrientes y Paraguay, cuyos parajes asegurantodos están llenos de indios Tapes; y muchos de los prófugos de lospueblos permanecen en esta provincia de Misiones, pasados de unospueblos a otros, en los que los tienen ocultos en sus chacras los mismosindios.

Los perjuicios que se ocasionan de estas deserciones son muchos, yalgunos de la mayor consideración. De los reales tributos se haceinverificable la recaudación; la decadencia de los pueblos, así en lapopulación, que se disminuye con la falta de ellos y de su posteridad,como en la de sus bienes, privándose del trabajo de los desertores, esconsiderable; pero lo más doloroso es el daño espiritual que seexperimenta en ellos y que pide se solicite remedio.

Los indios que se desertan llevan regularmente alguna india que no es sumujer, con la que vive como si lo fuera; y, ya salga de la provincia ose quede en ella, en todas partes pasan por casados, porque aquéllos aque se agregan, sean indios o españoles, sólo cuidan de disfrutar de sutrabajo, sin reparar en que vivan como cristianos o no. Y así niprocuran que oigan misa, ni el que se confiesen, ni que ejerciten ningúnacto de cristianos, pues saben que si los quieren obligar a ello se vana otra parte y los dejan; conque, por no privarse del servicio que leshacen, los dejan vivir como infieles.

Los que se van solos, abandonando a sus mujeres y familias, y lo mismolas indias que también se huyen solas, en cualesquiera parte que seestablecen procuran, si pueden, casarse; luego es muy creíble que estedesorden haya sido más frecuente en los años anteriores, por pococuidado de los curas de españoles en las informaciones, o por testigosfalsos que afirman la soltura; en los mismos pueblos se ha visto tambiéneste desorden. El señor Malbar en su general visita dejó proveído enforma de auto a todos los curas de españoles no pudiesen casar a ningúnindio sin dar primeramente parte a sus propios curas. De esta acertadaprovidencia se puede inferir que en el día no será tanto el exceso;pero, cuando esto no suceda, sucede el que el indio que se ahuyenta,dejando a su mujer, o la india que deja a su marido, el que permanece enel pueblo queda sin que jamás pueda tomar estado, aunque haya enviudado;porque, como se ignora dónde se halla el fugitivo, se ignora también sies vivo o muerto, y así no pueden pasar a segundas nupcias, de lo queresulta vivir siempre en continuo amancebamiento, con ruina de sus almasocasionada de estas deserciones.

Tengo noticia que en Santa Fe y Corrientes, y aun dentro de los mismospueblos, está sucediendo que los curas han casado indios con negras ymulatas esclavas, y, como las leyes previenen que la mujer del indio ysus hijos sean del pueblo de él, y por otra parte la esclava debe seguira su amo y los hijos son esclavos, no sé cómo pueda componerse esto; almismo tiempo el indio habrá de seguir a la mujer, y entonces seperjudican los reales tributos, y el pueblo con su falta y la de laposteridad; y me parece que éste es un punto que pide remedio.

Éste es el estado presente de estos pueblos en lo general, y al queviven reducidos estos naturales.

Ya que he manifestado a usted lo que han sido y son en general estospueblos y su gobierno, quiero decir algo en particular de los deldepartamento de mi cargo, con la satisfacción de que hablo con quien losha visto y comparado con el resto de los demás pueblos de estaprovincia, y que puedo confirmar cuanto dijere, con la autoridad delseñor don Pedro Melo de Portugal, Gobernador Intendente y CapitánGeneral de esa provincia del Paraguay, que también los ha visto, cuyanarración podrá servir de confirmación de cuanto llevo dicho, y deanticipación para lo que dijere cuando trate de los medios que meparecen oportunos para mejorar el gobierno de estos pueblos, aumento delreal erario, y felicidad de estos naturales, a quienes deseo la mayorprosperidad.

A mediados del año de 1781 me encargué del mando de este departamento,que se componía de ocho pueblos, incluso el de Nuestra Señora deCandelaria, que ahora se ha separado por pertenecer al obispado delParaguay, y por consiguiente a su gobierno e intendencia, quedándomeahora los de San Carlos, San José, Apóstoles, Concepción, SantosMártires, Santa María la Mayor y San Francisco Xavier. Estos pueblos porsu situación son los de menos proporciones para su adelantamiento: notienen yerbales silvestres, campos para vaquerías, ni cómo extraermaderas, porque, por lo peligroso del Uruguay, sobre cuya costa estánsus montes, nunca se ha intentado enviar a Buenos Aires; conque sólo laagricultura e industria les han de producir su subsistencia. Además deesto, son todos ellos de muy corto número de habitadores; el año de 1781tenían 8.752 almas y 1.822 tributarios, según los padrones que formó miantecesor, el teniente de dragones don Juan Valiente.

Por los años de 1773 y 74 estuvieron estos pueblos en la última miseria,solo el pueblo de Concepción tenía algún ganado en sus estancias, en lasde los demás era muy poco el que había.

Los almacenes de todos estabanvacíos, el chacarerío arruinado, sin algodonales ni cosa que les pudieraproducir para su subsistencia. Pero la solicitud de dicho mi antecedenteles proporcionó el volver a poblar sus estancias, hizo plantaralgodonales y puso en regular estado todos los pueblos a élencomendados, de modo que a mi ingreso tenían las estancias de los ochopueblos más de 100.000 cabezas de ganado vacuno y caballar, y demásespecies en buen estado, y el chacarerío y algodonales bastanteadelantados, bien que estaban empeñados en más de 90.000 pesos decomercio, resto del importe de los ganados acopiados para poblar lasestancias. En lo demás estaban bastante atrasados, sus almacenesenteramente vacíos, las casas, así las principales nombradas colegioscomo las particulares de los indios, caídas o muy deterioradas; muchadesnudez, ninguna civilidad, en fin, en sus costumbres y preocupacionesconvenían con los demás pueblos en los términos que queda dicho.

Al principio apliqué todo mi cuidado en granjearme la voluntad yconfianza de todos los individuos del departamento, no tan solamente delos indios, sino también de los curas y administradores; y lo logré tancumplidamente que hasta el presente nadie me ha ocasionado quebranto deconsideración; todos desean complacerme, y así consigo cuanto deseo.

Conociendo que de las enemistades de curas y administradores resultabaparte de la ruina de los pueblos, o estorbaba su adelantamiento, procuréante todas cosas arrancar de raíz el espíritu de discordia,estableciendo con algunos reglamentos una paz sólida, que cada día se haasegurado más y más. Es verdad que alguna u otra vez ha habido algunosdisgustos entre curas y administradores, pero éstos han sido de pocaconsideración, y con facilidad se han disipado sin que haya sidomenester dar parte a la superioridad, adonde antes era preciso acudir amenudo.

Procuré también que a los corregidores y cabildos se les tratara conaquella atención que encargan las leyes, y que ninguna persona deninguna calidad se atreviese a faltar al respeto debido a ninguno de susindividuos, haciéndoles conocer a éstos el modo con que debían portarsepara no desmerecer las honras y distinciones debidas a sus empleos, yque yo quería se les guardasen como lo manda el Rey.

Establecí reglas para que entre el cabildo y administrador no hubiesemotivo de discordia en la distribución de las faenas de comunidad y suverificación, con otros varios puntos concernientes al buen gobierno delpueblo; y particularmente para evitar las vejaciones que padecían losindios por los corregidores y cabildos, que muchas veces los castigabanpor sus fines particulares, aunque con pretexto de otras faltas.

Pararemediar esto mandé que en el cabildo haya un libro en que se escribantodos los castigos que se ejecutan, en esta forma: «A fulano de tal sele dieron tal día tantos azotes por tal delito, por mandado de tal juezque entendió en su causa», y al fin del mes han de firmar y autorizartodos los del cabildo esta relación, y el administrador ha de certificara continuación constarle no haberse hecho más castigos que los que allíse refieren, y si se ha dejado o no de castigar a otros que lo hanmerecido, con todo lo demás que le parezca digno de mi noticia; ysacando del libro una copia, me la envían mensualmente. Con estaprovidencia he atajado, cuando no todas, mucha parte de las injusticiasque hacían, y he dado una regular forma al gobierno económico de lospueblos y a la armonía que debe haber entre el corregidor, cabildo yadministrador de cada establecimiento.

Apliqué todo mi conato a promover la agricultura y la industria,animándolos con mis exhortaciones y consejos; y para que se aplicasencon más empeño, acrecenté la ración de carne que se les daba en untercio más, y así he conseguido sin rigor el que se apliquen al trabajo,y el ver pagadas todas las deudas, y aumentado el ganado vacuno en lasestancias, que al presente tienen cerca de 80.000 cabezas más de las quetenían a mi ingreso, y a proporción es al aumento de las boyadas,yeguas, potros, caballos, mulas y ovejas, no siendo menor la ventaja quese conoce en el chacarerío. Se han aumentado los algodonales, plantadocañaverales, reparado los yerbales y mejorado todos los ramos deagricultura; también he procurado se construyan casas nuevas en todoslos pueblos, y que se reparen las que había, como asimismo las iglesiasy casas principales. Aunque en esto no se ha adelantado tanto como yoquisiera, porque la falta de albañiles lo ha impedido, no ha sido tanpoco lo que se ha hecho que no se conozca bastante diferencia de ahora acomo estaban antes. Pero, para haber conseguido estos adelantamientos,me ha sido preciso recorrer a lo menos cada dos meses todos los pueblos,ver sus obrajes y chacareríos, mejorar lo que no estaba según debía,establecer lo que consideraba útil, animar a los indios y no perdonardiligencia ni

fatiga

como

la

considerase

oportuna

al

logro

deladelantamiento. Hasta las mismas estancias he visitado, sin embargo deestar muy separadas de los pueblos (algunas distan más de 40 leguas); hereconocido todos sus terrenos, poblaciones, puestos, rodeos, corrales,estado de sus ganados, aperos de los peones y, en fin, cuanto puedeconducir al conocimiento práctico de ellas, remediando muchos abusos yotras faltas que encontré, dejando establecido con consejo de doscapataces hábiles y de experiencia cuanto consideré podía ser útil alaumento y buen estado de los ganados; y el éxito ha correspondidoconforme a mis deseos.

Viendo que una de las principales causas que influía para el abatimientoen que vivían estos naturales era la indecencia y desaseo con que setrataban en sus casas, procuré que a los corregidores se les dispusieranhabitaciones decentes, dándoles a entender lo que me agradaría elencontrarlos a ellos y sus mujeres con decencia siempre que yo losvisitase, que sería a menudo. Después establecí que cada año aseasen yreparasen sus casas interior y exteriormente todos los de cabildo, y asíse van mejorando los pueblos y acostumbrando a vivir con decencia.

Para que al aseo de sus casas correspondiese el de sus personas, lesprocuré persuadir cuán grato me sería el ver que en lugar de tipoy, deque usaban sus mujeres, vistiesen camisas, polleras o enaguas, aunquefueran de lienzo de algodón, y corpiños o ajustadores que ciñeran sucuerpo y ocultaran los pechos; y que las que se presentasen con más aseoserían tratadas por mí, y haría lo fuesen por todos con más distinción.En este punto hubo algo que vencer, porque, preocupados los indios conla igualdad en que los habían criado, no permitían que ningunasobresaliese de las otras; pero al fin se les ha desimpresionado de esteerror, y el aseo se ha introducido con no pequeños adelantamientos.

Como las cosas que se intentan no se consiguen con el éxito que se deseasi al mandarlas o persuadirlas no se acompañan con la práctica dealgunos actos en que por la experiencia se conozcan los favorablesefectos y conveniencias que se le propone, para que desde luegoconocieran estos naturales lo que se les había de seguir del aseo,dispuse el que en las casas principales, en la del corregidor, o en lasde otros indios principales, no se les impidiese el juntarse a tener susdiversiones caseras cuando hubiera un razonable motivo, y con ladecencia y orden regular, a las que no pocas veces asistí yo con mimujer, y a mi ejemplo asisten siempre los administradores y sus mujeres,con lo que he conseguido desterrar la odiosa separación que había entreespañoles e indios, estableciendo el trato y comunicación mutua, no tansolamente en estas ocasiones, sino también en todos los días del año quemutuamente se visitan con los españoles y españolas todas las familiasen quien resplandece el aseo; y éste es un poderoso estímulo paraanimarlos más y más cada día, como se va experimentando.

Considerando las pocas proporciones que tienen estos naturales paraconseguir algunos adelantamientos, por faltarles los medios debeneficiar, por medio de la venta, los frutos que pueden adquirir con sutrabajo, y que de no proporcionarles este beneficio serían inútiles misesfuerzos y providencias, he dispuesto que todos los frutos que recojanen sus chacras particulares y quieran venderlos a la comunidad, se loshan de comprar precisamente, pagándoles de contado su valor en aquellosfrutos o efectos que ellos quieran o el pueblo tenga, haciéndolesreservar lo preciso para el alimento de aquel año.

Asimismo debencomprarles por su justo precio cualquiera cosa que con su industriahayan adquirido, por los precios que señalé en un arancel que formé parael efecto.

Esta providencia ha tenido favorables efectos, que en sólo dos años quese practica han adquirido muchos indios unas regulares conveniencias, sehan aseado muchas familias y, ya aseadas, no se avergüenzan de parecerdelante de toda clase de gentes, con cuyo trato se van haciendosociables y adquiriendo una perfecta civilidad, reinando en todos laabundancia, y cada día va a más, pues el ejemplo de unos sirve deestímulo a otros. Usted lo ha visto, y también lo ha visto el señorGobernador Intendente de esta provincia, y así no me queda recelo de quele parezca a usted encarecimiento nacido del amor propio.

Aunque en la opinión común son tenidos estos naturales por perezosos eincapaces de poderles infundir deseo de salir de la miseria yabatimiento en que se hallan, pareciéndoles a los que así opinan que esnatural en ellos este abandono, yo nunca me he podido persuadir de estaopinión. No negaré que el temperamento y alimentos pueden influir algoen la robustez y disposición del cuerpo, y hacerlo más o menos activosegún sus cualidades; y mucho más puede influir, en mi concepto, laeducación, por la cual se imprimen en el ánimo las ideas que determinansus operaciones; pero negaré siempre que éstos sean unos estorbosincapaces de vencerlos, como muchos piensan.

Convendré, sí, en quecostará trabajo, pero no en que es imposible.

Por reiteradas experiencias tengo conocido que los indios Guaranís noson tan perezosos como los suponen, ni aun se les debe notar deperezosos. Del pueblo de Candelaria destiné a trabajar al de Santa Maríala Mayor a cuatro indios aserradores, por no haber indios de este oficioen Santa María; a éstos se les señaló de jornal dos reales cada día, eluno para la comunidad de su pueblo y el otro para ellos; en dicho pueblotrabajaban de sol a sol muy gustosos por el jornal que sabían estabanganando.

Llegó el caso de haber de despedir dos de ellos, por haber yaaprendido a aserrar otros de Santa María; ninguno de los cuatro queríaser despedido, todos querían continuar, sin acobardarse del fuertetrabajo de la sierra, y les causó mucho sentimiento cuando losdespidieron. Lo mismo ha sucedido con los que han trabajado de calafatesen los barcos de San José; y, en fin, cuantos se emplean en estostérminos trabajan con gusto y empeño.

Todos los españoles empleados en los pueblos tienen uno o más indios quelos sirven, sin darles más jornal que la comida, el vestido y algúncorto realillo. Y con solo esto son muy puntuales y eficaces sirvientes,sin que jamás se excusen a lo que se les manda, aunque sea trabajosísimala ejecución, y el mayor castigo que puede dárseles a estos sirvienteses el despedirlos, porque es cosa que les cuesta mucho sentimiento.

Cualquier indio a quien se ofrezca un corto interés está pronto a todocuanto quieran mandarle, brindándose ellos mismos, y procurando serpreferidos a los otros; conque éstos no son procedimientos de perezosos,porque, si lo fueran, ningún interés les moviera a trabajar.

En todas partes en que a los indios Tapes los ocupan pagándoles jornalson muy buenos peones, como se experimenta en la ciudad de Buenos Airesy en todas las de españoles, que los prefieren a otros peones; conque elno ser aquí aplicados es porque les falta el estímulo de la paga.

También son notados de ladrones, y es verdad que roban cuanto pueden,pero a ello les obliga la necesidad; ellos apetecen cuanto ven, y muchomás lo que no hay dentro de los pueblos, y como lo desean y no tienencómo comprarlo, y aunque tuvieran no hallarían quien se lo vendiera, noconociendo otro modo de adquirirlo, roban, si hallan ocasión. Bien esque ya no es tan general este vicio, en el que no conciben infamia, puestal vez el que este año lo castigaron por ladrón, al siguiente lo hacenalcalde. Yo en este vicio descubro en los indios una buena disposiciónpara civilizarlos y hacerlos laboriosos, pues una vez que codician lobrillante, si se les proporciona poderlo adquirir a costa de su trabajo,se aplicarán con empeño, lo que no sucedería si mirasen las cosas conindiferencia.

Para completar esta relación quiero referir aquí lo más particular delgobierno político y económico de estos naturales, según la generalidadcon que lo practican en estos pueblos, para que usted venga más enconocimiento de las luces, genio y costumbre de todos ellos.

Cada pueblo tiene un cabildo compuesto de un corregidor, teniente decorregidor, dos alcaldes, cuatro regidores, un alcalde de la hermandad,un alguacil mayor, un mayordomo y un secretario, los que se eligen eldía de año nuevo, según lo prevenido en las leyes, a excepción delcorregidor y teniente, que no tienen tiempo determinado. Las eleccioneslas practican juntándose ocho o más días antes, y cada capitular proponeun indio para que ocupe el empleo que él ejerce, consultando antes lavoluntad del corregidor y la del administrador, que son los principalesen que rueda esta máquina. Estando todos acordes, llevan la lista de losque piensan nombrar al administrador, el que, si les parece bien, lesdice que lo hagan así, y si alguno de los señalados tiene alguna tacha,o no es del gusto del administrador, les dice que aquél no conviene, yque señalen otro que tal vez el administrador les indica, o lo insinúaprivadamente al corregidor, y así se hace. Además de los empleos decabildantes, se nombran el año entrante todos los empleos militares, losde los cuidadores de las faenas y maestros principales de todos losoficios y artes, de modo que en cada pueblo pasan de 80 y aun 100 losque ocupan oficios, y si el pueblo es corto, todos se vuelvenmandarines, y quedan pocos a quien mandar. Estos últimos empleos toca alcorregidor privativamente el nombrarlos, pero siempre lo hace conacuerdo del administrador, particularmente aquéllos cuya ocupación es elcuidado de los bienes de comunidad.

Dispuestas las listas y acordes todos, se juntan el día de año nuevo, demañana temprano, y a toque de caja van publicando en las puertas de lacasa de cabildo los nombrados, a cuyo acto asiste toda la gente delpueblo, unos por curiosidad, y otros para recibirse de sus empleos, deque al instante toman posesión, sin aguardar la confirmación delgobierno. Allí entregan las varas y bastones a los alcaldes y demáscabildantes nuevamente nombrados,

y

a

los

oficiales

militares

lasinsignias

correspondientes; desde allí van a misa, y después a casa deladministrador a hacerse presente, el que les encarga el cumplimiento desu obligación; y si no está ya extendido el acuerdo de las elecciones,lo extiende, y firmado de los electores, que dicen siempre que todosunánimes y a pluralidad de votos han elegido y nombrado a loscontenidos, se remite al gobernador de la provincia para su aprobación;para los demás empleos que no son de cabildo basta el visto bueno delteniente gobernador del departamento.

Todos los días del año, al amanecer, ya están juntos todos loscabildantes a la puerta del corregidor, en cuyos corredores tienen unbanco o escaño en que se sientan entretanto es hora de ir a misa, quesiempre es temprano. Los alcaldes llevan sus varas, y los regidores susbastones, que rara vez los sueltan de las manos, y acabada la misa es laprimera diligencia el ir a la puerta de la habitación del cura, asaludarlo, y tomar las gracias, y desde allí pasan a la deladministrador, el que les previene lo que han de hacer aquel día; y,despedidos, se van juntos a la casa del corregidor, y a su puertadeterminan el reparto de la gente, y demás que corresponde a las faenas.Entretanto llega la hora de ir a los trabajos, que siempre es tarde,oyen las quejas y demandas que hay, que casi siempre son faltas altrabajo, hurtos, amancebamientos y chismes de unos con otros. Si elacusador es cabildante, o tiene a su cargo el cuidado de alguna cosa,hacen traer preso al indio o india acusado, y con muy poco examen lemandan azotar, según les parece. Bien es que nunca pueden pasar suscastigos de 50 azotes que este gobierno les permite, reservándose loscastigos de los delitos mayores para entender en sus causas ysentencias, a excepción de las capitales, o que merecen pena a otros quea los reos, que se despachan a Buenos Aires con las sumarias. A losejecutores de las prisiones y castigos llaman sargentos, y éstos nuncadejan de la mano la alabarda, y el azote lo traen ceñido al cuerpo paraestar prontos al instante que se lo mandan. Regularmente entienden enlas causas todos los cabildantes, juntos con el corregidor y alcaldes;pero en las faenas y trabajos cualquiera del cabildo, aunque no sea sinoregidor, manda azotar al que le falta o comete otro defecto.

Desde el tiempo de los jesuitas tienen por costumbre, y observan todavíapuntualísimamente, el que, en acabando de azotar a los delincuentes, sehan de levantar del suelo, donde los hacen tender, y con mucha humildadvan delante del que los mandó castigar, y le dan los agradecimientos dehaberles corregido sus defectos. Si alguno omite este requisito le hacencargo de ello, y teniéndolo por prueba de soberbia, lo vuelven a mandarazotar para que se humille, quiera o no quiera.

Siempre se procura que en las cárceles no se detengan presos, sinoaquellos procesados por delitos capitales, o a los que se desertan confrecuencia, y a los demás se les aplica la pena, luego que se justificael delito, y se ponen en libertad, porque las cárceles son poco seguras,y los que las tienen a su cargo muy descuidados; y así se les van amenudo los presos sin que baste el castigar a los cuidadores. Ellos losdejan salir solos a sus necesidades, los llevan a oír misa, aun a loshomicidas, de modo que no se va el que no quiere.

Todos los días clásicos y de función se visten de gala con los vestidosque tiene el pueblo para estas funciones. Vístense también los oficialesmilitares con los suyos, y otros muchos se visten y formanacompañamiento; entre estos vestidos hay algunos costosos, pero más lessirve de ridiculizarlos que de adornarlos. En el pueblo donde asiste elgobernador o algún teniente gobernador concurren todos a su habitación,lo acompañan de ida y vuelta a la iglesia en toda ceremonia, peroestando solos guardan poca formalidad. Siempre que van juntos van enpelotón, o más bien en hilera, el corregidor delante, al que sigue elteniente y alcaldes, y por su orden los demás, siendo el último el menosgraduado. En la iglesia se sientan en escaños; regularmente se dividenen las dos bandas, aunque en algunos pueblos se sientan todos los decabildo en un solo escaño, y el teniente de corregidor con los oficialesmilitares ocupan el puesto; pero los caciques, que debían serpreferidos, no tienen ningún lugar señalado, ni cosa que los distinga,sino es que, por tener empleo, ocupan el lugar que por él les toca.

Al gobernador de los pueblos le ponen en la iglesia silla, tapete yalmohada, y se le guardan por los curas todas las preeminencias quedisponen las leyes se guarden a los gobernadores los días de funcionesclásicas, y en que asisten religiosos de otros pueblos. Le da paz unsacerdote con estola, y en los demás festivos un acólito con bandaaseada; lo mismo se observa con los tenientes gobernadores, cuando noestá presente el gobernador, por disposición del excelentísimo señor donFrancisco

Bucareli;

aunque

los

gobernadores

por

condescendencia hanpermitido que al teniente se le ponga otra silla inmediata a la suya,cuando se halla algún teniente en donde él está. Supongo será estoporque, como los indios son tan rudos, no piensen es desaire que se leshace, o que el teniente, en ausencia del gobernador, le usurpa aquelhonor; en fin, ello así se practica. A los cabildos da la paz unacólito, y el cura les da el agua bendita a la puerta de la iglesia losdías más clásicos; pero al gobernador todos los festivos.

Los días de cumpleaños del Rey, los de su real nombre, y todos aquellosen que se festeja alguna felicidad de la monarquía o de la real familia,desde la víspera de mañana se pone el Cabildo en ceremonia; sacan de lascasas de cabildo las cuatro banderas que tiene cada pueblo, dos con lasarmas reales y dos con cruces de Borgoña, y las demás insigniasmilitares, que son cuatro picas largas de a cinco o seis varas, y muydelgadas, con mojarras pequeñas en las puntas, y algunos pequeñosplumajes de colores; puestos con orden y distribución en algunas partesde ellas, cuatro jinetas a la usanza antigua, y algunos bastones, unosen la forma común, y otros con escudete de metal o acero por puños.Desde las diez del día comienzan a dar varias vueltas con orden, a toqueo ruido de cajas, por la plaza, unos a pie y otros a caballo, en quearman varias escaramuzas y torneos; hasta las doce, a cuya hora seanuncia la festividad con repiques de campanas y algunos tiros decamaretas, a cuya señal concurren todos los del pueblo a la puerta de laiglesia, en cuyo pórtico está colocado el real retrato en el ladocorrespondiente al evangelio, en un cajón, con sus puertas y cortinasinteriores, y al lado opuesto están las armas reales pintadas en lapared o en lienzo.

Juntos todos, con la música completa, se abre elcajón y descubre el real retrato repitiendo varias veces: «Viva el Rey,Nuestro Señor, don Carlos III», y se pone una guardia con las banderas,y dos centinelas efectivas delante del real retrato. A la tarde secantan vísperas con mucha solemnidad, esmerándose en esto no poco losreligiosos curas, y después vuelven a las escaramuzas, entretantodisponen algunos bailes o danzas de muchachos, que maravilla el orden ycompás que guardan, aunque sean de tan corta edad que no lleguen a ochoaños. Los bailes que usan son antiguos o extranjeros; yo no he visto enEspaña danzas semejantes, ni en las diversiones públicas de algunospueblos, ni en las que se usan en el día y octava de Corpus. Ahoramodernamente van introduciendo algunas contradanzas inglesas, danzasvalencianas y otros bailes que usan los españoles. A estos muchachosdanzantes los adornan con vestidos a propósito, con coronas y guirnaldasque hacen vistosas las danzas; hay algunas que se componen de 24danzantes, que forman varios enlaces, y aun letras, con el nombre quequieren.

Entre danza y danza hacen juegos o entremeses, que en su idioma llaman menguas, todos de su invención, y algunos de ellos que parecen debastante artificio y gracia a los principios, pero que no sabenconcluirlos con propiedad, los más los acaban a golpes y azotes, lo quecelebran con mucha risa los circunstantes.

Al ponerse el sol se reserva el real retrato con las ceremonias yvítores con que se descubre, y a la noche se ponen luminarias y se armanfogones en la plaza, y se repiten los bailes como a la tarde. Al díasiguiente, al salir el sol, se vuelve a descubrir el real retrato en laforma dicha, el que permanece descubierto todo el día. A la horaacostumbrada, y dados los repiques de campanas, se junta toda la genteen la iglesia, en la que se canta la misa y Te Deum con muchasolemnidad, y después se prosiguen en la plaza las carreras de caballosen contorno, en las que, divididos en cuatro cuadrillas, los indioshacen muchas evoluciones o figuras, a la usanza antigua, todo a toque demuchas cajas y clarines, y con grande algazara y ruido de cascabelesgrandes, de que llevan cubiertos los pretales y cabezadas de loscaballos, lo que tienen por adorno y grandeza.

Para mediodía tienen dispuestas seis u ocho mesas de convite, que sehace en casa del corregidor, y en las de algunos caciques y cabildantes,para las cuales se da de los bienes de comunidad, para cada mesa, untoro, un poco de sal y un par de frascos de miel, y ellos agregan de losuyo lo que pueden. En cada casa en que hay convite disponen una mesalarga en los corredores, que suele ser una tabla angosta sobre dospalos, y una mesita chica adornada a manera de altarito, con respaldo,en la que colocan alguna imagen o estampa de santo; en esta mesita ponenlas viandas más finas y delicadas, como son aves, pasteles, batatascocidas o asadas, pan, etc. Estas mesas, con más algunos grandes pedazosde asados, y otras cosas, las traen a la plaza, cerca de la puerta delcolegio, a las doce del día, a que el cura les eche la bendición, a cuyaceremonia gustan los indios que asistan todos los españoles que hay enel pueblo, particularmente si está el gobernador o teniente gobernador;y luego que el cura les bendice la comida, saludan con toque de cajas yclarines, y baten las banderas y la música, entonan una letra, quetienen dispuesta en su idioma, para dar gracias a Dios que les da decomer, y hecho esto se retiran con las mesas a sus casas, y se ponen acomer en los corredores, lo que ejecutan estos días con toda ceremonia.No se sientan en aquellas mesas sino los que son convidados, que debentener oficio o cargo; tampoco se sienta ninguna india. En tomandoasiento los indios, que todos dan la cara a la plaza, vienen las mujerese hijas de los convidados, cada una con un plato de barro grande; llegay lo pone debajo de la mesa, a los pies del padre o marido, y se retiraun poco, manteniéndose en pie, frente de su marido, todo el tiempo quedura la comida, la que van sirviendo algunos indios, que traen a cadaconvidado un plato de buen porte colmado de comida, del que come un pocoo hace que come, y luego lo desocupa en el plato que tiene a sus pies;da el plato vacío, y se lo vuelven a traer lleno de otra cosa o de lamisma, y hace lo mismo que con el primero; y así continúan hasta queconcluyen.

De modo que juntan en un plato todas las sobras de cuantasviandas les han servido a la mesa; hasta los dulces, si los hay, losjuntan con lo demás. Luego que han acabado, llegan las mujeres y tomanlos platos de las sobras y se los llevan a sus casas, a donde tambiénvan los maridos, y juntos con sus hijos o amigos comen lo que ha sobradoen el convite.

Aunque los corregidores tenían el mismo estilo cuando yo vine a estospueblos, lo han desterrado enteramente en sus particulares, y elconvite, que en estas fiestas y en la del santo patrón titular delpueblo tienen en su casa, lo hacen ya del mismo modo que los españoles.Dentro de su casa disponen la mesa bien servida y aseada, en ella sesientan las mujeres juntamente con sus maridos y se portan consobriedad, y los curas van a casa de los corregidores a bendecirles lamesa.

A la tarde corren sortija en la plaza, dando premios al que la lleva, ya la noche se repiten los bailes y menguas.

De estas funciones la que se hace con más solemnidad es la del día delsanto del patrón titular del pueblo. Para ella disponen en la plaza, enla entrada de la calle que está en frente de la puerta de la iglesia, uncastillo o andamio hecho de maderos altos, en el que forman pórticos ybalcones, con ramos verdes, y adornan con colgaduras y bastidores delienzo pintado; allí colocan en un altar la imagen del santo titular, ydelante, al pie del mismo altar, dejan lugar para enarbolar el realestandarte.

Desde muy temprano, la mañana de la víspera, ya están todoslos cabildantes, oficios militares y demás empleados del pueblo vestidosy con caballos ensillados para salir a recibir al camino al gobernador,a los tenientes y a los curas, administradores y cabildos de otrospueblos, convidados a la fiesta; tienen puestas espías en todos loscaminos, y en avisando que viene alguno salen a medio cuarto de legua aencontrarlo; allí lo saludan, le dan la bienvenida y lo acompañan hastasu alojamiento. En estos recibimientos pasan toda la mañana, empleandolos intervalos de tiempo en correr a caballo alrededor de la plaza, quees la pasión más dominante de los indios, que no cesan de correr lostres días que dura la función; y para ello tienen reservados con muchocuidado los caballos que han de servir esos días, a los que llaman loscaballos del santo; y éstos sólo en faenas particulares sirven, pero noen el servicio diario de las estancias; lo que también es conveniente,pues se hallan en buen estado aquellos caballos cuando se necesitan.

En el regidor primero es en quien recae el empleo de alférez real, acuya casa acude el cabildo a las doce del día, y lo acompañan a la casade cabildo, en donde le entregan la insignia de alférez real, que es unbastón alto que tiene sobre el puño un escudo de plata del tamaño de unamano, en el que están grabadas las armas reales. Al alférez realacompaña un indiecito que le sirve de paje, y le lleva el bastón cuandoél lleva el real estandarte. Para uno y otro tienen los pueblos vestidosiguales, con bordados y galones muy costosos; pero, como están cortadosa la antigua y no les ajusta a sus cuerpos, los hacen ridículos. Elalférez real toma el real estandarte y con todo el acompañamiento lolleva y coloca en el castillo, repitiendo muchas veces: «Viva el Rey,Nuestro Señor, don Carlos III».

Desde allí van todos a la puerta de laiglesia, y descubren el retrato en la forma que queda dicho; y despuésentran en la iglesia,

en

donde

se

canta

el