Memoria Histórica, Geográfica, Política y Económica Sobre la Provincia de Misiones de Indios Guaranís by Gonzalo de Doblas - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

MEMORIA

HISTÓRICA, GEOGRÁFICA, POLÍTICA Y ECONÓMICA sobre la

PROVINCIA DE MISIONES

DE INDIOS GUARANÍS

POR

Gonzalo de Doblas

TENIENTE GOBERNADOR.

—————

Primera Edicíon.

—————

BUENOS-AIRES.

IMPRENTA DEL ESTADO.

———

1836.

Primera parte

Segunda parte

DISCURSO PRELIMINAR

A LA

MEMORIA SOBRE MISIONES

El aislamiento en que vivían los padres de la Compañía de Jesús en susmisiones del Paraguay, cuyo acceso impedían a los mismos españoles, hahecho ignorar hasta ahora el plan de esta singular república, y losarbitrios de que se valían para gobernarla. Las relaciones que sepublicaron para justificar su supresión no merecen crédito, por elespíritu que presidió a su redacción y el objeto que se propusieron losque las divulgaban.

Ninguno de los miembros de aquella orden famosa seempeñó en rebatir estas calumnias; sea que los desalentase la desgracia,sea por la necesidad que sienten los que sufren males inmerecidos debuscar algún alivio en objetos nuevos y fantásticos. Sin desamparar elestudio, y conservando todos los hábitos de una vida laboriosa yarreglada, los Jesuitas perdieron de vista sus neófitos, y tomaron parteen los trabajos científicos y literarios que ilustraron los últimos añosde la pasada centuria. En Roma, en Boloña, en Venecia, se hicieronadmirar en las academias los que habían sido declarados enemigos de lasociedad y del trono.

Estos méritos no bastaron a restablecer su crédito, ni a librarlos delanatema de sus perseguidores. Los hombres más imparciales hacíanjusticia a los individuos, sin aprobar el espíritu de su instituto,sobre todo en lo concerniente a su modo de administrar las misiones delParaguay.

Lo que más contribuyó a acreditar estas calumnias fue lapublicación de una obra, titulada Reino Jesuítico del Paraguay[1], que el padre Bernardo Ibáñez escribió bajo el influjo de sentimientosrencorosos, después de haber sido expulsado de las Misiones por susintrigas con el Marqués de Valdelirios en tiempo de la guerraguaranítica. Este impostor llegó a Madrid cuando se meditaba ladestrucción de su orden, y se coligó con sus enemigos, denigrando a suspropios hermanos. Le salió al encuentro el padre Muriel en su apéndice ala traducción latina de la obra del padre Charlevoix; pero el idioma enque redactó sus notas, y el poco interés que inspiraba entonces estaapología, la dejaron ignorada en el público, para quien el silenciosuele ser prueba de culpabilidad en los acusados.

Con estas prevenciones, que eran generales en Europa, llegó a BuenosAires don Félix de Azara, uno de los comisarios españoles para la últimademarcación de límites. Empeñado en recoger materiales para lapublicación de su obra sobre la historia política y natural de estasprovincias, solicitó del administrador de uno de los departamentos deMisiones, que había examinado con más esmero el carácter de los indios yel de sus instituciones, un informe detallado de su origen y progresos,indicando los arbitrios que, a su juicio, podían emplearse para sacarlosde su abatimiento.

Para formase una idea de los males que acarreó a estos pueblos lasupresión de la Compañía de Jesús, basta echar la vista al siguienteestado comparativo de su situación en 1768, cuando salieron de las manosde sus doctrineros, y en 1772, cuando pasaron a las de don Juan Ángel deLascano, su administrador general.

GAN

BURR

ADO BUE CABAL YEGU POTR MUL BURR OS OVEJ

DE

YES.

LOS.

AS.

OS.

AS.

OS. ECHO

AS.

RODE

RES.

O.

Año de

743,6 44,11

64,35

12,7

225,4

31,603

3,256

6,058 1,411

1768.

08

4

2

05

86

Año de

158,6 25,49

34,60

8,14

93,73

18,149

4,619

5,083

109

1772.

99

3

5

5

9

584,9 18,62

29,74

4,56

29,74

Falla

13,454

975 1,302

09

1

7

0

7

La población disminuyó, si no en los mismos términos, al menos de unmodo notable, llegando por último hasta dejar yermos los pueblos ysolitarios sus campos. El de Candelaria, donde residía el autor de esteinforme, una de las principales reducciones de los Jesuitas, es en eldía un montón de ruinas, y el mismo aspecto de desolación presentan losdemás pueblos. Esta decadencia, que no podía atribuirse a los estragosde la guerra, que nunca asoló aquella provincia, era efecto inmediato delos vicios, o más bien de la incompatibilidad del nuevo régimen que seestableció en los pueblos de Misiones con el genio desidioso y apáticode sus habitantes. El autor de la memoria da a esta conjetura toda lafuerza de una verdad, apoyándola en una serie de observaciones sobre lasinclinaciones y hábitos de sus administrados.

Sagaz en sus investigaciones, y exento del espíritu de rutina queprevalecía en su época, descubre con una severa imparcialidad todos losdefectos del nuevo gobierno económico, introducido por España en lospueblos de Misiones, y propone otro en que no supo evitarlos,substituyendo al sistema de comunidad, que formaba la base del régimenJesuítico, el de factoría, que sólo difiere en el nombre.

Las objeciones que le hizo Azara sobre esta parte de su memoria leparecieron tan convincentes que le obligaron a refundirla en un nuevoescrito, que tituló: Disertación que trata del estado decadente en quese hallan los pueblos de Misiones, con los medios convenientes a sureparación. Como estos pensamientos han dejado de ser aplicables a lasituación presente de aquellos pueblos, hemos prescindido depublicarlos, contentándonos con haberlos mencionado para acreditar elcelo perseverante de don Gonzalo de Doblas.

Nacido en 1744, en el seno de una familia distinguida de la villa deIznájar en el reino de Andalucía, abandonó la carrera del comercio, aque lo destinaban sus padres, para dedicarse al servicio público. Pasó aAmérica en el año de 1768, y por una singular coincidencia se embarcó enel mismo jabeque que llevaba al gobernador Bucareli la cédula desupresión de la Compañía de Jesús, cuyas tareas estaba destinado acontinuar en sus establecimientos de Misiones.

Su carácter afable y una razón despejada le ganaron la benevolencia delvirrey Vertiz, que en 1781 le nombró Teniente de Gobernador deldepartamento de Concepción. En la memoria inédita que acabamos de citar,da cuenta él mismo de las disposiciones en que se hallaba cuando tomóposesión de su empleo. «Lo primero que se presentó a mi examen yconsideración fueron las infelicidades y miserias de aquellos naturales,que bajo de un clima excelente y en terrenos fertilísimos, con cuantasproporciones se pueden apetecer por las comodidades de la vida y delcomercio, se hallaban reducidos al estado más infeliz a que pueden bajarlos hombres... Sentía que unos seres inteligentes y racionales, igualesmíos por naturaleza, estuviesen, sin culpa suya, sumergidos en laignorancia y privados de disfrutar de los derechos y halagos de lasociedad, y de las mismas producciones que les prodigaba su suelonatal».

Estas reflexiones envolvían un problema interesante, que emprendió aexaminar, y de cuya solución se ocupó con más fervor para satisfacer losdeseos de Azara. A más de la copia que puso en manos de este jefe, sacóotras para los brigadieres Alvear, Lecoq, Varela, y para los virreyesLoreto y Avilés, que la juzgaron distintamente. Pero Varela a su regresoa España la elevó al conocimiento del Rey, que se manifestó dispuesto aadoptar en gran parte el plan de reforma trazado por el autor.

Mientras esto sucedía en Madrid, Doblas fue reemplazado en sugobierno, y llamado a plantificar la población de Quilmes.

Antes desalir de Misiones fue a reconocer la Isla de Apipé en el Paraná, yllegó a su destino poco antes de la segunda invasión de los ingleses,contra la que presentó también un plan de defensa.

Tantos méritos, contraídos en una larga y laboriosa carrera, no lemerecieron más recompensa que la de recibir los despachos de tenientecoronel; bajando al sepulcro, a principios de 1809, lleno de inquietudessobre la suerte futura de su familia, a quien sólo legaba un nombre sintacha.

Gran parte de estos recuerdos, honrosos para su memoria, se hubieranborrado sin el laudable empeño del señor canónigo doctor don SaturninoSegurola de acopiar en su biblioteca el fruto de tantos trabajos, y defranquearla generosamente a los que quieren aprovecharla.

Buenos Aires, noviembre de 1836.

PEDRO DE ANGELIS.

Al señor

D. FÉLIX DE AZARA,

Capitán de fragata de la Real Armada, yComandante de la tercera partida de la demarcación de límites conPortugal por la provincia del Paraguay.

MUY SEÑOR MÍO:

Aunque mi deseo y la obligación de servir a usted me han estimulado aformar con la mayor brevedad la relación de noticias que usted me dejóencargadas cuando se retiraba de estos pueblos después de verificadassus observaciones astronómicas, mis muchas ocupaciones, que le han sidonotorias, me han impedido por algún tiempo el aplicarme a esta gustosaocupación; pero, al fin, en los intervalos que los asuntos de miobligación me dejan libres, y hurtando algunos ratos al preciso tiempode mi descanso, determiné aplicarme con empeño y tesón, para no retardarmás lo que tal vez le estará haciendo falta para perfeccionar su obra.Algo dilatado será este papel; pero, de todas las noticias que yoamontonare en él, podrá usted elegir las que le sean más oportunas, ydesechar las menos necesarias; y si entre ellas encuentra usted algunasque puedan ser útiles al servicio del Rey, bien de estos naturales, oengrandecimiento del estado, podrá usted valerse de ellas en lostérminos que tenga por conveniente; pues me compadezco de ver unaprovincia tan fértil como ésta, y que ni sus habitadores ni el Reydisfruten las conveniencias y adelantamientos que les está ofreciendo.

Si mi intento fuera dar a usted una historia completa de esta provincia,sería preciso comenzar a lo menos desde que fueron reducidos estosnaturales a poblaciones, y describir los diferentes parajes a que endistintas ocasiones han sido trasladados los más de los pueblos, conotras particularidades y noticias que hicieran amena la lectura. Estopedía mucho tiempo para examinar los varios escritos que hay sobre ello,juntar las tradiciones de los naturales y, entresacando lo más conformea la verdad, desechar lo que ha sido introducido por voluntad o interésde los escritores; pero, no siendo mi ánimo otro que el de instruir austed de aquellas noticias que conceptúo pueden convenirle, o redundaren beneficio de estos naturales y aumento del real erario, me ceñiré asolo aquello que me parece conduce a este fin; y si a usted leconviniese para otros particulares algunas noticias más, podrápedírmelas, con la seguridad de que no perdonaré fatiga ni diligenciahasta conseguir el satisfacer a usted.

Su atento y seguro servidor,

Gonzalo de Doblas.

Primera parte

Descripción del país, de sus habitantes y producciones.

Esta provincia de Misiones está situada entre los 26º y 30º de latitudmeridional, y entre los 319º y 323º de longitud, contados desde la islade Ferro. Se compone de treinta pueblos de indios, de la nación Guaraní,comúnmente llamados Tapes; su número en todos los pueblos ascendía elaño de 1717 a 121.168 almas, en treinta y una reducciones que entonceshabía, según lo refiere el padre Juan Patricio Fernández, de la Compañíade Jesús, en su Relación histórica de los Chiquitos. El año de 1744 secontaban en los treinta pueblos que hay al presente 84.606 almas, segúnse hallan numeradas en un mapa de esta provincia impreso en Viena. Altiempo del extrañamiento de los Jesuitas, curas de estos pueblos, sehallaron más de 100.000 almas; y al presente pueden computarse, los queexisten numerados, en 60.000 almas, y en más de 8 o 10.000 los que noestán empadronados, porque andan fugitivos de sus propios pueblos,dispersos en la misma provincia, y fuera de ella, en las jurisdiccionesdel Paraguay, Corrientes, Santa Fe, Buenos Aires, Montevideo, Arroyo dela China, Gualeguay y otras partes. El temperamento es benigno ysaludable, y aunque se distinguen las estaciones de invierno y estío, niuno ni otro son rigorosos, sucediendo en esta provincia lo que es comúna la de Buenos Aires y del Paraguay, de experimentarse muchos días decalor en el rigor del invierno, y otros fríos en el verano. Es el airemás húmedo que seco, a causa de los muchos bosques y ríos, y en lospueblos inmediatos a ellos se experimentan en el invierno frecuentesneblinas, que duran hasta las 10 del día. Son frecuentes los huracanes,y mucho más las tormentas de truenos, en que caen algunas centellas, yno se experimentan terremotos. La tierra es regularmente doblada, no seencuentran cerros de mucha elevación, ni llanuras dilatadas; tampoco hayserranías, y las que principian entre el Paraná y Uruguay, cerca de lospueblos de San José y Santa Ana, pasando por el de los Mártires, ysiguiendo hacia el este, por el del Corpus y el de San Xavier, son depoca elevación, y todas ellas están cubiertas de bosques inaccesiblespor su espesura. En lo restante de la provincia hay muchas isletas deárboles, unas en las cumbres de los cerrillos y otras en los terrenosmás bajos y orillas de los arroyos y ríos, dejando lo demás de la tierraenteramente limpio; de modo que donde hay árboles es tanta la espesuradesde su orilla, y tan cubiertos de maleza, que es muy dificultoso elentrar a ellos, y en los terrenos descubiertos apenas se ve un árbol. Enestos bosques, así en los que se hallan en las alturas como en losvalles o quebradas, se encuentran muchas maderas de varias especies, apropósito para construcción de embarcaciones, fábricas de casas ymuebles; algunas bastante preciosas, que para especificarlas todas senecesitaba una prolija relación que omito, porque hasta con que ustedsepa que en maderas y frutas silvestres son estos montes unos mismos conla provincia del Paraguay. No obstante, si usted necesita la noticiaextensiva de todas ellas, con su aviso la formaré y se la remitiré.

Toda la provincia la atraviesan los dos grandes ríos, Paraná y Uruguay,acercándose entre sí desde Corpus a Candelaria el Paraná, y desde SanXavier hasta cerca de Apóstoles el Uruguay, de modo que entre uno y otroapenas mediará de 15 a 18 leguas comunes. En ellos desaguan muchosriachuelos y arroyos, que dentro de la misma provincia tienen su origeny que son a propósito para fomentar la agricultura con el beneficio delos regados; así estos arroyos, como las muchas fuentes que hay en todaspartes, deben su origen a algún pantano grande o chico, según el caudaldel manantial de que se forma.

La calidad de la tierra es gredosa, mezclada con cieno o tierrahortense, con mucho esmeril y alguna arena; su color es rojo casi comola almagra, y sólo en algunos bajíos se halla tierra negra, que alparecer es compuesta de los residuos de los vegetales que por la humedadde los sitios crecen y se multiplican allí más que en otras partes. Esasimismo muy pedregosa y generalmente fértil, principalmente en lasfaldas de los cerros cerca de los montes y en los rozados; y sin embargode lo poco que los naturales cultivan la tierra para sembrarla, recogenabundantes cosechas, particularmente de toda especie de legumbres. Eltrigo, aunque no rinde tanto como en Buenos Aires, con todo se recogenbuenas cosechas, siendo lo regular dar diez por una. El arroz se críabien, y viene con abundancia, el maíz lo mismo, y todo cuanto se siembraproduce bien. Lo mismo sucede con los demás frutos comerciables. Losárboles de la yerba nombrada del Paraguay, se crían muy bien en losmismos pueblos, y todos tienen inmediatos a ellos algunos yerbales quehan plantado y cultivan, de los que benefician todos los años para sugasto, y remitir a Buenos Aires. A estos naturales les es mucho másfácil y cómodo que a los vecinos del Paraguay el extraer de los yerbalessilvestres grandes porciones de yerba, porque, además de estar no muylejos los montes, tienen la comodidad de traerla por los ríos. Elalgodón se cría bien y produce con abundancia; la caña de azúcar, aunqueno con tanta generalidad como en el Paraguay, en algunos pueblos secosecha mejor que en aquella provincia. El cacao es sin comparación demejor calidad el que se beneficia en estos pueblos que en el Paraguay.El añil se cría muy frondoso, aunque hasta ahora no se sabe su calidad,porque falta quien lo beneficie.

Las batatas y mandiocas son elprincipal renglón para el alimento de estos naturales; y, en fin,cuantas simientes se arrojan a la tierra producen con abundancia; demodo que, si hubiera estímulo que obligara a los hombres a aplicarse ala agricultura, no faltarían en todo el año en las huertas cuantasverduras se recogen en las de los otros países en las varias estacionesdel año. Lo mismo digo de las frutas, todos los frutales se crían yfructifican bien, particularmente los naranjos y limones, que crecenhasta llegar a una corpulencia desmedida. Las vides se crían bien, y danmuy buena uva, y en otros tiempos se ha hecho algún vino en los pueblosque lo han intentado; particularmente en el pueblo de la Cruz, en dondeconsta se hacía bastante y muy bueno en tiempo de los ex-jesuitas. Losganados de todas especies se conservan y multiplican muy bien; y, enfin, por cuantos lados se miren estos terrenos se encontrarán los másfértiles y de mejores proporciones para formar una provincia la máscomerciante; y, por consiguiente, si no la más rica, a lo menos la máscómoda de todo este virreinato.

Inmediato al Paraná, en una y otra banda, cerca de los pueblos deCandelaria y Santa Ana, hay minas de exquisito cobre; pero, aunque setrabajaron después de la expulsión, fueron abandonadas, porque noalcanzaban las utilidades a sufragar los costos; y aunque se asegura quelas hay de azogue y de otros metales, hasta ahora no he visto prueba queme convenza de su existencia. También hay en muchos parajes minas decristal de roca muy superior; éste se cría en el corazón de pedernaleshuecos de varios tamaños, y que en mi concepto crecen. Allí estánembutidas las piedras por toda la circunferencia interior como losgranos de una granada, pero dejando hueco en el centro, hacia dondetodas terminan en punta con varias superficies, tan iguales que pareceque con arte han sido colocadas y labradas. Algunas de estas piedras sonmoradas, tan diáfanas y duras que no me queda duda son amatistas finas;y es de creer que, si en los parajes donde se hallan en la superficie dela tierra se buscasen en su interior, tal vez se encontrarían algunas devalor.

En toda la provincia hay canteras de piedra para edificios, muy dócilesde labrar y de mucha consistencia para permanecer. De estas canterassacaron los ex-jesuitas algunas columnas de cuatro y aún más varas delargo, muy sólidas y de superficie muy igual; en algunas son las piedrasde la propiedad de las pizarras, compuestas de varias vetas que sedesunen con mucha facilidad, formándose lozas de superficie tan igualque no es menester labrarlas. En el pórtico de la iglesia de San IgnacioMiní hay tres de estas losas, que la mayor tiene más de quince pies delargo y diez de ancho, y las otras dos son poco menores. Otra especie depiedra hay muy tosca, pero facilísima de labrar, y según su peso yalgunas señales de ella parece vena de fierro, y es la que máscomúnmente se emplea en las paredes de los edificios.

Las yerbas medicinales que se encuentran son muchas; los indios las usanen sus enfermedades, dándoles nombres propios en su idioma, pero elbeneficio de su conocimiento no se podrá lograr con utilidad entretantono se destine un inteligente que descubra sus virtudes y determine sususos.

De los renglones más necesarios a la conservación y comodidad de loshombres sólo faltan dos en esta provincia, que son la sal y la cal; delprimero es preciso abastecerse de Buenos Aires o del Paraguay, y elsegundo se suple, para blanquear las iglesias y habitaciones, concaracoles grandes calcinados, que los hay en los campos con muchaabundancia, y de ellos se hace exquisita cal, pero ésta sólo alcanzapara blanquear y no más.

En esta provincia son muy pocos los insectos que incomodan a loshombres. Las pulgas, chinches y piojos son raros. Mosquitos apenas se vealguno dentro de las habitaciones, aunque en el campo los hay de variasespecies que incomodan a los animales y a los hombres. La única molestiaque hay en los pueblos es la de los que llaman piques, que son unosinsectos que se introducen por el cutis en los pies, allí tomanincremento y multiplican su especie prodigiosamente; pero, además de lafacilidad de extraerlos, en teniendo un poco de aseo en las habitacionesse pasan muchos meses sin experimentar esta molestia.

Hay también víboras de muchas especies, y algunas de mortal veneno, perono son tantas como se dice, y en los poblados raras veces se ve alguna.

En los montes y campos se crían tigres, leopardos, zorras, antas yavestruces, pero por lo regular no molestan a los hombres. Hay asimismomuchas aves particulares, como son loros, que los hay de muchasespecies, guacamayos, cuervos blancos y tucanes; estos últimos son deltamaño de una paloma, y su pico tiene de largo una sesma de vara, y dospulgadas y media

de

grueso;

es

también

muy

abundante

de

palomastorcazas, tórtolas, patos grandes y chicos, y muchos pájaros pequeñoscomestibles.

El clima es tan saludable que apenas se encuentra otro que lo sea más,aun para los forasteros; sólo los que se entregan al vicio de laincontinencia experimentan los estragos del mal venéreo de que losnaturales están bastante tocados, aunque en ellos no se experimentan losfuertes efectos que en los españoles; y aunque en algunas estaciones delaño, particularmente en el otoño, se experimentan fiebres intermitentes,que aquí llaman chuccho, son de tan poca malicia que si alguno muerees por falta de asistencia. Sólo las viruelas y el sarampión son los quecausan estragos horrorosos; bien es que éstos provienen en parte de que,pasándose muchos años sin experimentarse estas epidemias, cuandoacometen, como son pocos los que viven que las hayan tenido, y seextiende prontamente el contagio, no se halla quien asista a losenfermos, porque todos huyen de que se les comuniquen, con que no esmucho que mueran casi todos, siendo maravilla el que escape alguno aesfuerzos de la naturaleza. Yo me compadezco mucho de la miseria quepadecen en sus enfermedades; y aunque he procurado proporcionarles losauxilios que me han parecido oportunos para su alivio en todas susdolencias, no lo he podido conseguir como lo he deseado, porque cuantose destina para los enfermos lo consumen los mismos por cuya mano se lesuministra, sin que hayan bastado cuantas providencias y arbitrios heimaginado para evitarlo.

En toda esta provincia no he visto ni tengo noticia haya ningún loco nidemente; son raros los paralíticos y defectuosos y no se experimentanmuchas enfermedades crónicas.

Esta provincia se compone de pueblos, todos ellos tan semejantes losunos a los otros que visto uno están vistos los demás; y aunque ustedlos tiene observados, le mando el plano del de Candelaria y el deConcepción, para que pueda satisfacer la curiosidad de otros. Sus casasson de teja, a excepción de los de San Cosme y Jesús, que la mayor parteson de paja. La figura de los edificios o casas de los indios es la deun galpón de 50 a 60 varas de largo y 10 de ancho, inclusos loscorredores que tienen en contorno; son muy bajas, y cada galpón sedivide en 8

o 10 divisiones. Las iglesias son bastante suntuosas ygrandes, pero de irregular arquitectura y poca duración, por locorruptible de sus materiales que son de madera. Los ornamentos, vasossagrados, alhajas de plata y oro de que son servidas, son tantas, y enalgunas tan preciosas, que pueden competir con las mejores catedrales deAmérica. Las casas principales, llamadas comúnmente

colegios,

son

muycapaces

y

cómodas,

regularmente situadas en parajes de deliciosa vista.

Son estos naturales de regular estatura y disposición; su color esmoreno algo pálido, particularmente las mujeres, las que, sin embargo deandar todas descalzas y casi desnudas, y estar ordinariamente ocupadasdesde niñas en los trabajos de agricultura, como son carpidos y otros,se admira lo pequeño y bien formado de sus pies y manos, y buenadisposición de sus cuerpos. Son todos de regular habilidad y comprensiónen cuanto se les aplica; comprenden más por la vista que por el oído;cualesquiera cosa que se les pone por delante, la imitan con bastanteperfección; pero, por más que se les explique lo que no ven, no aciertancon ello. Son tan humildes y obedientes, particularmente a losespañoles, y a los que reconocen superiores, que obedecen ciegamente ysin examen cuanto se les manda. Son tenidos comúnmente por perezosos,fundándose en que es preciso compelerlos con rigor al trabajo, no tansólo para lo que es de comunidad, sino también para lo que es propio deellos. También son tenidos por ladrones diestros, y, en efecto, el menosnotado de este vicio es el que no busca la ocasión, porque al que se lepresenta no la pierde.

Es grande la inclinación que tienen estos indios a saber, de modo quesiempre que se les proporciona ocasión de instruirse la aprovechan. Todoaquello que ven ejecutar a los españoles procuran imitarlo, y ponenatentos oídos cuando en su idioma se los refieren algunos puntos dehistoria, o se les hace relación de algunas particularidades de Europa,refiriéndolas ellos entre sí con gusto y admiración. Pero la lástima esque tienen cerradas las puertas a toda instrucción; ellos no entiendennuestro idioma, y en el suyo no hay quien les dé noticia de nada, sinoúnicamente de las cosas más precisas de la religión; no tienen libros enque aprender, ni objetos que mirar, con que es preciso que suimaginativa esté perpetuamente en inacción, y por consiguiente vivanenvueltos en las tinieblas de la ignorancia.

Asimismo es grande en ellos la inclinación a tratar y contratarcontinuamente, cambiar unas cosas por otras; pero, como no tienenconocimiento del verdadero valor de ellas, por casualidad se verifica untrato con igualdad, y sucede muy frecuente el engañarlos algunosespañoles de pocas obligaciones que clandestinamente tratan con ellos,sin que el gobierno ni los administradores puedan remediarlo; porque,aunque muchas veces se les hace ver el engaño que han padecido, no hayforma de persuadirlos a que no compren ni vendan por sí solos, teniendopor mengua el que los consideren incapaces de comprar y vender. Peroalgunos, que en esta parte se han aventajado a los demás, no es fácil elque los engañen, pues saben muy bien darle la estimación a las cosas queposeen.

Todos ellos son inclinados a mandar y anhelar por cualesquiera empleo yocupación por despreciable que sea; y procuran desempeñarlo el tiempoque les dura, y manifiestan mucho sentimiento cuando, fuera de tiempo ypor algún motivo que hayan dado, se les priva del empleo, teniéndolo pormengua y deshonor; sienten asimismo las palabras injuriosas, y el estaren desgracia del que los manda, de modo que, en cometiendo alguna falta,aunque sean los muchachos, desean que luego los azoten, y no losmaltraten de palabras, para volver a la gracia de sus superiores. Es enellos circunstancia apreciable para emplearlos la elocuencia ypersuasiva, y tienen en poco al que le falta esta prerrogativa, aunquetenga otras recomendables; se precian mucho de vergonzosos ypundonorosos, pero por falta de educación y de ideas no saben usarrectamente de estas virtudes. En ellos no es deshonor el emplearse enoficios ruines, aun los que acaban de obtener los empleos máshonoríficos, porque no conocen ni distinguen lo noble de lo uno, ni loruin de lo otro. Tampoco es deshonor el que los azoten cada día, bien esque, si esto lo fuera, muy raro sería el que no se consideraradeshonrado. La incontinencia de las mujeres, así solteras como casadas,se mira con indiferencia; aun los mismos maridos paran poco laconsideración en eso, y así se entregan las mujeres al apetito de loshombres, particularmente si son españoles o mandarines, con pocarepugnancia y ciega obediencia, tal es la disposición de su ánimo aobedecer a todos los que consideran superiores. Son inclinados estosnaturales, como todos los indios, a la embriaguez, pero no la practican,porque no tienen proporciones para ello, y porque se castiga al que seembriaga; si alguno cae en este vicio es por causa de algunosinconsiderados españoles, que por obsequiarlos les dan bebida. Sontambién muy amantes de la música, a cuyo ejercicio se aplican sin sercompelidos, y así en cada pueblo hay infinidad de músicos; los tamboresy todo instrumento estrepitoso son muy de su gusto, y así les acompañanpara todo.

No hay faena a que no se destinen tres o cuatro tamborilesque estén tocando entre tanto los otros trabajan, y se conoce desmayo enellos cuando no tocan al tiempo que faenan. Son muy sufridos en todoslos trabajos; apenas se les oirá quejarse, ni aun cuando rigorosamentelos azotan, ni cuando por algún descuido son heridos de algún gran golpeen los obrajes o faenas.

Lo mismo sucede en sus enfermedades, por agudose intensos que sean sus dolores, sólo se les conoce porque ellos lodicen cuando se les pregunta, o porque a la naturaleza del mal soninseparables algunas señales de sentimiento; pero ellos los sufren conuna constancia y serenidad que admira. Yo me dedico bastante a visitarlos enfermos, y en estas visitas, y en las veces que acompaño alSantísimo Sacramento cuando se les da por viático, nunca he visto ni aun solo enfermo desasosegado; siempre fijos en la hamaca o catre sobreun cuero, que es regularmente su cama, parecen difuntos, según laquietud con que se mantienen; sólo se conoce están vivos por elmovimiento de los ojos, o por lo que responden cuando se les pregunta;así permanecen hasta que mueren o sanan.

En sus casas se tratan con mucha indecencia y desaseo; regularmenteandan desnudos los padres y las madres delante de los hijos e hijas, aunsiendo adultos, y éstos lo mismo delante de sus padres; y no tansolamente los de una propia familia, sino también los de otras que vivendentro de una sola habitación, pues son inclinados a vivir muchosjuntos. Esto parece lo hacen porque en ello encuentran algunaconveniencia, pues con un solo fogón guisan la comida, se calientan yalumbran, y aun juntan sus viandas y comen juntos; y como todo esto lohacen dentro de la vivienda en que asisten, la tienen tan inmunda,negra, llena de humo y hediondez, que es repugnante entrar en ellas, ycontribuye no poco a su desaseo y abatimiento.

Los indios tratan regularmente a sus mujeres, y las tienen como muyinferiores a ellos, y las obligan a todo género de trabajo, así en suschacras en las labranzas y carpidos, como en sus casas en hilados ytraer a ellas todo lo necesario para la comida y disponerla, excusándoseellos cuanto pueden del trabajo y cargándole a la mujer, a la que nopocas veces maltratan inhumanamente, pareciéndoles le es lícito y puedenhacerlo, y de esto es rara la vez que la mujer se queja, aun sabiendoque la justicia castiga severamente a los que así se portan.

Los padres de familia cuidan poco o nada de la educación de los hijos,ni de su alimento y vestuario, porque de todo ha de cuidar el común,quien a su placer los emplea donde y conforme les parece, desde que soncapaces de hacer algo; tampoco anhelan por adquirir bienes que dejarlesa sus hijos, ni tienen idea de lo que es herencia, ni aun de lapropiedad actual de las cosas, porque la costumbre de dejarlas, y deverlas dejar de otros para ir a donde el común los destina, les hacemirarlas con indiferencia y abandonarlas sin sentimiento. Resisten connotable constancia el trabajo y la hambre, pasándose muchas veces todoel día trabajando, sin haberse desayunado y sin manifestar flaqueza;pero al mismo tiempo admira lo que comen cuando lo tienen. El vestidoregular en las mujeres es una especie de saco de lienzo de algodón, aque llaman tipoy, sin mangas ni cuello, sino sólo unas puntadas poruna de sus bocas con que lo acomodan al cuerpo; otras forman con lomismo una camisa larga a manera de una alba que es algo más decente,aunque ya esto está bastante mejorado.

Son estos naturales muy amantes al Rey, y muy obedientes a todo cuantose les manda en su real nombre; en los cabildos el común modo deexplicarse y de persuadir a los otros a que hagan lo que deben esdecirles que así lo manda Dios y el Rey. Cuando alguno viene a pediralguna gracia o justicia, su introducción es:

«Dios y el Rey os hamandado para que nos amparéis como a pobres miserables que somos, y asíen su real nombre os suplicamos, etc.». Y de este modo se explican entodos sus razonamientos, trayendo siempre juntos a Dios y al Rey.

Del mismo modo aman a los españoles, y viven persuadidos que cuanto bienposeen lo deben a ellos, pareciéndoles que si los desamparasenperecerían; y se maravillan de que dejemos nuestras casas, parientes yamigos sólo por venir (como ellos dicen) a cumplir la voluntad de Dios ydel Rey en beneficio suyo.

Estos pueblos, desde su reducción, se han mantenido y mantienen encomunidad; y aunque este método de gobierno sería útil a los principios,después no ha servido, en mi concepto, sino a impedir los progresos depolicía y civilidad, los que subsistirán del mismo modo, entre tanto nose mude de gobierno, dando entera libertad a los indios como dicta lamisma naturaleza. Pero antes de tratar de esto será bueno el dar a usteduna idea de lo que fue esta comunidad en tiempo de los Jesuitas que laestablecieron, y lo que es al presente desde su expulsión, con lasconsecuencias precisas que se siguen de ella.

Como la vida de estos naturales, en su gentilidad, era el andar errantespor los montes en pequeñas familias o cacicazgos, alimentándose defrutas silvestres, miel de abejas, que las hay en los montes de muchasespecies, de los animales que cazaban, y tal vez de algunas semillas quesembraban; fue preciso, para reducirlos a pueblos y educarlos en nuestrasanta fe, el proporcionarles el sustento fuera de los montes en queantes lo encontraban. Para esto parece no se presentaba mejor método,atendiendo a su rudeza, que el que eligieron aquellos primerosdoctrineros, que fue constituirse cada uno en su reducción como padretemporal de sus neófitos, persuadiéndolos y obligándolos a sembrar decomún, recoger y guardar sus frutos, y distribuírselos con economía, demodo que no les faltase en todo el año; y así en todo lo demás queestablecieron con el tiempo, y que uniformemente practicaban en todosestos pueblos.

Por algunos cuadernos que existen del tiempo de los expatriados, por lacostumbre de los indios y por las noticias que con facilidad seadquieren, se sabe con toda certeza que el gobierno de estos pueblos, altiempo de la expulsión, era el siguiente. En cada pueblo había uncorregidor indio, un teniente de corregidor, dos alcaldes y algunosregidores, y otros individuos de cabildo, todos sujetos enteramente a ladirección y voluntad del cura. Así mismo, había una casa grande contiguaa la iglesia, con muchas viviendas, oficinas y almacenes, a la quellamaban colegio, que servía de vivienda a los padres, de almacenarlos frutos y efectos de sus manufacturas y de oficinas para todos losoficios que mantenían. Cada pueblo tenía su estancia o estancias, bienprovistas de ganados de todas especies, todo al cargo del cura queadministraba los bienes de comunidad.

A los indios en aquel tiempo no se les permitía propiedad en cosaalguna, pues, aunque a todos se les obligaba a tener chacras propias, yse les daba tiempo para que las cultivasen, éstas habían de ser deltamaño que el padre quería y en el paraje que él señalaba, y sus frutoslos habían de consumir y gastar conforme a la voluntad del padre; y, enfin, en un todo habían de vivir sin libertad.

Cada semana señalaban los tres primeros días para que todos los indiostrabajasen para la comunidad, en los trabajos que el padre disponía, ylos tres restantes habían de ir a trabajar a sus chacras, lo queasimismo celaba el padre que lo cumplieran, castigando a los quefaltaban a ello.

Para los tejedores y demás empleados en oficios o faenas, como asimismopara las viudas, huérfanos y viejos, sembraban una grande chacra,cultivándola como lo demás de comunidad, y sus frutos los repartíanentre aquellos para quien se sembraba.

A las indias repartían regularmente diez y ocho onzas de algodón a lasemana, en dos porciones y en distintos días, las que traían en losmismos, seis onzas de hilo en dos ovillos. En esto había algunadiferencia de unos pueblos a otros, como asimismo en la cantidad dealgodón; pues, si el hilo había de ser para lienzo grueso, la tarea eracomo queda dicho, pero, si había de ser para mediano o delgado, eramenor, proporcionado a la calidad del hilo. Y como los carpidos de losalgodonales y de otros sembrados los habían de hacer las indias, cuandolas ocupaban en estos trabajos no les daban tarea de algodón sino a lasembarazadas, a las que estaban criando y a otras que tenían legítimoimpedimento para salir al campo. Lo mismo hacían con los muchachos ymuchachas, que corrían, hasta que se casaban, al cargo del padre, así enel alimento y vestido como en la educación y aplicación al trabajo.

Tenían en cada pueblo una casa en que recogían a las indias de malvivir, a los enfermos habituales y viejos impedidos; allí lossustentaban y vestían, aplicando cada uno a lo que podían.

Cuidaban de los enfermos con aquella asistencia que las circunstanciaspermitían; la falta de médico la suplían con enfermeros, que llamaban curusuyás, que a lo más sabían sangrar y aplicar algunos remedios queel padre le decía eran buenos, o a ellos les parecía lo eran. Éstostenían obligación de visitar a menudo los enfermos, cuidar que lacomida, que el padre les hacía disponer, se les llevase y comiesen, yprincipalmente el avisar al cura cuando les parecía estaba alguno depeligro, para que le administrase los santos sacramentos, pues los decasa, por más inmediatos que fueran, se consideraban desobligados deesto.

Todos los frutos de comunidad se recogían y almacenaban en el colegio,de los cuales los que eran comerciables los despachaban fuera de laprovincia, la mayor parte a Buenos Aires, y con su producto pagaban lostributos, diezmos, etc. El sobrante lo retornaban en efectos para elconsumo de los pueblos, de los que mucha parte se invertía en adornos yalhajas de las iglesias, en algunos efectos comerciables, y una nopequeña parte en comprar vestidos costosísimos, que más servían deridiculizar que de adorno en sus festividades.

Uno de los mayores cuidados de los curas, y tal vez el mayor, era elmantener una perfecta igualdad entre todos los indios, así en el trajecomo en la asistencia a los trabajos; de modo que el corregidor ycorregidora habían de ser los primeros en concurrir al paraje en dondedebían acudir todos, y así los demás de cabildo y sus mujeres. A ningunopermitían calzado, ni distinguirse en la ropa, ni modo de traerla, todoshabían de ser iguales, y sólo se distinguía el cabildo en las varas ybastones, y los días de fiesta o de función en los vestidos que lacomunidad tenía guardados para aquellas ocasiones. Los caciques eranregularmente los más miserables; raro es de los de aquel tiempo el quesabe leer; y no los ocupaban en empleo alguno, o, si lo hacían, era conalguno muy raro. Así, se conoció al tiempo de la expulsión que en lostreinta pueblos sólo había tres o cuatro caciques corregidores; sin dudarecelaban que, juntándose a la veneración que los indios tienen a suscaciques, la que les correspondía por el empleo, quisieran tener másautoridad que la que en aquel tiempo convenía.

Cada semana daban, dos o tres días, ración de carne, o conforme elpueblo podía, y en los demás les daban menestras o carne en las faenas,particularmente a los muchachos y muchachas, a quienes siempre les dabancocida la comida; y en los años estériles, en que no recogían lo precisoen sus chacras, les repartían de la comunidad lo necesario para que nopadeciesen; y lo mismo hacían con el vestuario, al que ocurrían conformela necesidad pedía.

Ya usted ve, amigo mío, que éste era un régimen excelente practicado conpupilos, o por un padre con sus hijos entretanto están bajo la patriapotestad, pero no para formar pueblos con ánimo de que sus habitadoresadelantaran en cultura y policía, según ha sido en todos tiempos lavoluntad del Rey. Así se practicaba, y las consecuencias fueron lasmismas que se debían esperar. No podía ocultársele esto a sus curas, nial cuerpo de la religión que los gobernaba, pero sus fines particularestenían el primer lugar en todo lo que ejecutaban, y así preferían estemétodo, separando por medio de él a los indios de todo lo que pudierasacarlos de su ignorancia y abatimiento.

Con este régimen, y la economía jesuítica, no es de admirar que, en másde ciento y cincuenta años que hace están fundados estos pueblos,acopiasen los fondos que tenían al tiempo de su extrañamiento, así enlas iglesias como en lo que se llama fondo de comunidad. Yo por mi parteno me admiro de lo que había, atendiendo a lo fértil de esta provincia yla mucha subordinación de los indios, que, con tenerles negadoabsolutamente el trato con los españoles, no conocían otra autoridad quela de los jesuitas, y así hacían cuanto querían de ellos.

Ya que he manifestado a usted del mejor modo que he podido lo que fueronestos indios en tiempo de sus antiguos curas, diré a usted lo que hansido y son hasta el presente, en el nuevo gobierno.

Después que fueron expulsados los Jesuitas, curas a cuyo cargo corríanestos pueblos tanto en lo espiritual como en lo temporal, se establecióen ellos el método de gobierno que aún subsiste, bajo las reglas yordenanzas que formó el excelentísimo señor don Francisco Bucareli,Gobernador y Capitán General de Buenos Aires, las que, después dealgunas mutaciones, vinieron a fijarse en los términos siguientes:

Se estableció un gobernador con jurisdicción sobre los treinta pueblos,equiparada a la que tienen por las leyes los corregidores y alcaldesmayores de pueblos de indios, pero subordinado al gobierno de BuenosAires. Al mismo tiempo se establecieron tres tenientazgos subordinadosal gobernador, pero con la misma jurisdicción los tenientes en susrespectivos departamentos, haciéndoles responsables, así al gobernadorcomo a los tenientes, de las resultas de la parte que a cada uno se leencargaba, según se expresa en las citadas ordenanzas.

Para cada pueblo se nombró un Administrador español que manejase susbienes, cuidase de sus aumentos, dirigiese a los naturales, así en susfaenas como en el giro y distribución que debe darse a los bienes decomunidad, teniendo obligación de dar cuenta de todo cuanto se lepidiere, con otros varios cargos que constan de las ordenanzas y órdenesexpedidas posteriormente, a los que les señaló de sueldo 300 pesos alaño y la manutención.

Asimismo se pusieron en cada pueblo dos religiosos con título de cura ycompañero, para que cuidasen de la dirección de las almas y del cultodivino, prohibiéndoles toda mezcla en los asuntos temporales,señalándole al cura 300 pesos de sínodo, y al compañero 250 pesos, y quea uno y otro les suministrase el pueblo el alimento. Esta asignación seles rebajó a ambos religiosos, señalando a cada uno 200 pesos por realcédula de 5

de octubre de 1778.

En las mismas ordenanzas se previene que en cada pueblo se continúe elnombramiento de un corregidor indio, dos alcaldes, cuatro regidores, unalguacil mayor, dos alcaldes de la hermandad y un mayordomo, con otrosoficios correspondientes a la iglesia, como son un sacristán, trescantores y dos fiscales, que cuiden de aquellos ministerios propios desu destino, y estas elecciones las confirma el gobernador de lospueblos.

El nombramiento de corregidores tocaba, según las ordenanzas, algobernador de Buenos Aires, y cada corregidor no debía serlo por mástiempo que el de tres años; pero no se observan estos puntos, pues elgobernador de Misiones nombra los corregidores, y éstos toman posesiónen clase de perpetuos, de modo que sólo por algún defecto se les privadel empleo, y así hay todavía en los pueblos corregidores que lo eran entiempo de los jesuitas. Puede ser que esta práctica se haya seguidoporque no es fácil encontrar en los pueblos muchos indios que puedandesempeñar el cargo de corregidores, pero, por cualquiera motivo que sehaya seguido, debe tenerse por un abuso perjudicialísimo a los indios,pues priva a otros de la esperanza de conseguir este empleo, haciéndoseacreedores a él con su aplicación y buenos procedimientos. Lo que talvez no ponen en ejecución porque no esperan ningún premio, y se da lugara los indios corregidores a que se hagan despóticos, y a que opriman alos otros, seguros de que su empleo no tiene término, lo que nosucedería si supieran que les había de durar sólo tres años; y sipasados éstos no se encontraba absolutamente otro en el pueblo capaz deser corregidor, ningún inconveniente había en volverlo a proponer,después de haber dado los descargos que pudieran resultarle de los tresaños de su empleo.

A todos los indios e indias se les dejó sujetos a la comunidad, como loestaban en tiempo de sus precedentes curas, considerándolos incapaces depoder subsistir de otro modo; el gobierno y dirección de toda lacomunidad se depositó en el corregidor y cabildo, ayudados y dirigidosdel administrador español, y sujetos en un todo al gobernador otenientes a quienes correspondiese el inmediato mando, dándose reglas enla misma ordenanza para el mejor manejo de los bienes y susadelantamientos, como también para desterrar de los naturales la rudezay abatimiento en que habían sido educados, infundiéndoles ideaspolíticas y racionales que les excitasen el deseo de una felicidad queno conocían, y a que les está convidando la fertilidad de sus terrenos,con otras muchas y sabias reglas que allí se establecen.

Para que el sobrante de los frutos y efectos que se recogen y beneficianen estos pueblos se expendiesen con aquella estimación más ventajosa alos pueblos, se estableció un Administrador general en la ciudad deBuenos Aires, dándole reglas equitativas y muy útiles para que, puestoslos frutos y efectos en una sola mano, no perdiesen la estimación, comosucedería distribuidos en las de muchos; y que por mano de éste sesurtiesen los pueblos de lo necesario, pagasen los reales tributos segúnlos padrones, a razón de un peso por cada tributario, y enterase a laiglesia los diezmos que están regulados a 100 pesos cada pueblo.

Aunque desde los principios se conoció que lo que más había influidopara la incapacidad de estos indios era el haberlos tenido sujetos a lacomunidad y no haberles inspirado otras ideas que las de la sumisión yobediencia, tratándolos como a hijos de familia

menores

de

edad,

nopudiendo

ilustrar

sus

entendimientos para que desde luego aprendiesen atrabajar para ellos, tratar y comerciar unos con otros con sus frutos yefectos, conchabándose los de menos habilidad con los más expertos ylaboriosos, y a verificar todos aquellos medios y arbitrios que sepractican entre gente civilizada, tratando y comerciando, no tansolamente entre sí, sino también con los forasteros, que es en lo queconsiste el aumento y felicidad de los pueblos y naciones; no pudiendo,como digo, darles a conocer desde luego estas ventajas, pareció lo másconveniente el dejarlos por entonces sujetos a la misma comunidad, comolo habían estado, hasta que con el tiempo se hiciesen más capaces. Pero,como el principal motivo que los tenía reducidos a la incapacidad era lasujeción a la

comunidad,

subsistiendo

ésta,

subsistía

siempre

elimpedimento de sacarlos de tan miserable estado; y así se haexperimentado que, por más que se ha trabajado, es muy poco lo que se haadelantado en el particular.

Establecido el gobierno en los términos que sumariamente va explicado,fueron colocados al principio, para administradores, unos hombres cualeslos deparó la suerte. Eran los más de éstos de tan poca habilidad comolos mismos indios; y como, aun los expertos, eran bisoños en aquelmanejo, y no tenían a quien imitar ni consultar, se mantenían en lamayor inacción. Al mismo tiempo los indios, no acostumbrados a moverse anada sin ser mandados y aun obligados, como los administradores nada omuy poco disponían, ellos tampoco hacían nada; de modo que sólo se dabanprisa para mandar traer de las estancias crecidas mitas de ganado, a loque los administradores no se oponían, porque ni sabían cómo debíanmanejar lo que tenían a su cargo, ni tenían valor para oponerse a losindios, ni aun sabían lo que ellos hacían. De este modo en pocos añosdisiparon y consumieron cuanto había en los pueblos y estancias, sinpensar en trabajar ni reponer lo que consumían. A esto se siguió lagrande epidemia de viruelas que causó la desolación de los pueblos, quequedaron sin indios ni hacienda. Cuando el Gobierno conoció el daño, yano tenía otro remedio que aplicarse a repararlo del mejor modo posible.Para esto se removieron todos aquellos administradores inútiles,sustituyéndolos con otros de más habilidad y mejor conducta; se trató deobligar a los indios

al

trabajo,

poniendo

el

mayor

empeño

en

elrestablecimiento de las estancias, y, en fin, se adoptaron todosaquellos

medios

que

parecieron

conducentes;

y

efectivamente con ellos seconsiguió, si no en todos los pueblos, en los más, el volverlos a poneren una medianía que promete algún alivio a sus naturales, y mayoresadelantamientos en lo futuro.

Este atraso se les siguió a los pueblos por no haber verificado lo quese previene en las mismas ordenanzas, y es que cada año en el tiempo másoportuno se celebrase en Candelaria una Junta general,

compuesta

delgobernador,

los

tenientes,

los

corregidores y administradores de todoslos pueblos, para que en ella se examinen con los libros de acuerdos quedeben tener todos ellos, y las disposiciones acordadas semanalmente porlos cabildos y administradores, sus efectos y consecuencias, proponiendocada uno lo que considere más útil a los pueblos, acordando ydeterminando lo que a la misma Junta te pareciese más conveniente, de lacual debían resultar los estados anuales que debían remitirse alGobierno de Buenos Aires, con los informes necesarios y las propuestasque en beneficio de los pueblos tuviesen por convenientes. Pero estaJunta, tan esencial y conveniente a los pueblos, no se ha verificado niuna sola vez; los motivos que la han impedido los ignoro, y el único quese presenta a mi idea es la dificultad de juntarse todos, por ladistancia que hay de los pueblos más distantes. Pero haciéndose cargoque algunos administradores por solo concurrir a alguna función dejan supueblo y van a otro, que dista tal vez más leguas que las que hay desdelos más apartados al de Candelaria, no se hallará dificultad en quetodos concurrieran a la Junta. Pero, aun dado caso que este motivo seestime como suficiente, con facilidad se allanaba por otro método quesurtiría los mismos efectos, y era el que cada teniente en su distritoformase una junta particular de los de su jurisdicción, y con susresultas uno o dos administradores y otros tantos corregidores de susatisfacción pasasen a Candelaria, en donde juntos todos los tenientescon sus asociados, y lo resultivo de sus juntas, formaran la general conel gobernador, evitando así los inconvenientes que pudieran seguirse deconcurrir todos, y sin duda tendría los mismos efectos que si secelebrase como se previene en las ordenanzas. Si esta Junta hubieratenido efecto, seguramente no hubieran experimentado los pueblosaquellos atrasos que tuvieron a los principios, y las cosas se hubieranarreglado en mejor pie del que se hallan; pues, tomando de cada unoaquello que había tenido mejor éxito, se establecerían con conocimientolas reglas más oportunas para lo futuro; allí se conocería el mérito yaplicación de cada uno, y se desecharían todos aquellos que por suimpericia u otros motivos diesen lugar a ello, y se trabajaría con másuniformidad y acierto.

Como a los principios de nada se cuidaba, y después fue preciso atendersolamente a poblar de ganados las estancias, se descuidaron los otrosobjetos que se encargan en las ordenanzas, y que exigían la atención detodo buen gobierno. Se ha desatendido la reparación y aumento de losedificios, así de las casas principales llamadas colegios, como departiculares de los indios, de modo que los pueblos se han arruinado ylas iglesias algunas amenazan ruina. Los yerbales que se cultivan juntoa los pueblos se han dejado casi perder, no haciendo otra cosa quesacarles cuanta utilidad han podido, sin cuidar de reponer con nuevasplantas las que se iban perdiendo o envejeciendo, por aplicar la pocagente que había quedado a otras labores, de que en el mismo año serecoge la utilidad.

Tampoco se ha cuidado de introducir el aseo en las personas y casas deestas gentes, ni el que se traten con honestidad, descuidando también elsuministrarles aun lo preciso para su subsistencia, pues por atender alrestablecimiento de las estancias fue preciso abandonar todo lo demás.

Como la experiencia dio a conocer la incapacidad de los indios y supropensión a gastarlo todo y no trabajar, fue preciso que lasprovidencias del gobierno ampliasen las facultades a losadministradores, subordinándoles en cierto modo a los corregidores ycabildos, para que así obligasen a los demás indios al trabajo ymoderasen los gastos. Con estas providencias, en las que siempre se haprocurado en lo posible salvar el espíritu de las ordenanzas, se havenido por último a fijar la práctica de gobierno que al presente seobserva, la que en muchos puntos se aparta bastante de las ordenanzas,pero la necesidad ha dado lugar a ello.

Aunque por las ordenanzas se establece que la dirección del pueblo hayade correr a cargo del corregidor y cabildo, y que el administrador sólosea un director que les aconseje y persuada lo mejor, y que nada debehacerse sin que sea dispuesto y acordado por el cabildo, no sucede así,pues los administradores son los que tienen toda la superioridad,sirviendo los corregidores y cabildos solamente de ejecutores de lasdisposiciones que el administrador les da, sin que en ellas se encuentrerepugnancia en practicar cuanto el administrador les dicta, ni tampocoen asentir a cualquiera trato que el administrador celebra, firmandocuantos papeles les ponen delante y consintiendo gustosos y sin examenen todo lo que el administrador quiera hacer de ellos y de su pueblo.

Y aunque es circunstancia precisa que todos los tratos que hacen losadministradores los ha de autorizar con su permiso el gobernador oteniente a quienes corresponda el inmediato mando, como no siemprepueden enterarse de la calidad de lo que se compra, que lo regular esganado vacuno o caballar, no puede saber si efectivamente es de lacalidad que se le propone en la propuesta, ni sirve comisionar a otropara que presencie la entrega, porque o ha de ser de la parteinteresada, o con facilidad puede ser sobornado, y los indios, que porinteresados debían ser los más celosos, son los que más procuran ocultarsus mismos perjuicios, con que es preciso estar a la buena fe deladministrador, sin que se encuentre medio de atajar los fraudes si él esde mala conciencia. A lo que puede agregarse la permisión ocondescendencia del inmediato superior que, si tal sucediera en algúntiempo, yendo a la parte con los administradores, podrían con facilidaddestruir los intereses de los indios; y éstos firmarían gustosos losdocumentos que acrediten la legítima inversión de sus caudales, aunquesupieran y conocieran que se convertían en utilidades de otros.

Siendo el administrador, como lo es en las presentes circunstancias, elsuperior en el pueblo, él determina por sí solo todo cuanto se ha dehacer, a él se le presenta el corregidor y cabildo como súbditos, de élreciben las órdenes y a él dan cuenta de la ejecución y resultas. Por suinforme y a su pedimento confiere el gobierno los empleos, porque, comola ocupación de éstos es más en las faenas que en la administración dejusticia, el que el administrador propone para corregidor, a ése senombra, y lo mismo los demás empleos y ocupaciones del pueblo.

Las faenas de los pueblos se reducen a podar, arar y carpir losalgodonales, recoger el algodón, resembrarlos cuando se han perdidomuchas matas, o sembrarlos de nuevo cuando se envejecen o hay necesidad.Estos trabajos se ejecutan por los indios (el arar, sembrar y podar),pero el carpir y recoger el algodón se hace con las indias, muchachos ymuchachas. Las sementeras de trigo, maíz y toda clase de legumbres severifican en

la

misma

conformidad

que

el

cultivo

de

los

algodonales.Cuando los yerbales del pueblo están en sazón, se ocupan en el beneficiode la yerba, como en todo lo demás, cada uno a lo que puede o alcanzansus fuerzas, y lo mismo en otras faenas menores de agricultura, para locual se destina la mitad del tiempo, y la otra mitad para que acudan asus chacras particulares y se proporcionen su subsistencia. Pero, aunqueregularmente se dice que se les deja a los indios la mitad del tiempopara sus particulares labores, siempre la comunidad cercena muchos días,de modo que apenas les quedará la tercera parte para ellos.

Las indias se ocupan regularmente en hilar para la comunidad, a las quese les reparten dos tareas a la semana, o tres cuando lo pide lanecesidad. En cada tarea se les da diez onzas de algodón para quetraigan tres de hilo, y se procura no ocuparlas en otra cosa; pero, enlas ocasiones de carpidos y otras semejantes, destinan a ellas, cuandono a todas, las más robustas y que no están embarazadas ni criando; ylas que no van a carpir se ejercitan en hilar.

Los indios de oficios, como son tejedores de lienzos, carpinteros,rosarieros y otros, que siempre se mantienen más por costumbre que porutilidad, trabajan en sus oficios el tiempo que deben hacerlo para lacomunidad, y el restante van a sus chacras, que es preciso las tengan,pues de lo contrario no podrían subsistir. Sólo los tejedores permanecenalgo más en sus oficios, del que no se les permite se aparten hasta queconcluyan la pieza comenzada, y entonces se les da cinco varas de lienzoy una o dos semanas libres, para que vayan a sus chacras, y despuésvuelven a su ocupación.

Un pueblo que tenga 300 indios de trabajo, y correspondiente número

deindias,

muchachos

y

muchachas,

con

un

administrador de buena conducta,se puede regular la cosecha de un año bueno en los frutos siguientes:800 arrobas de algodón, otras tantas de yerba, 100 fanegas de trigo, 200de todas las demás especies de grano, incluso el maíz, 50 arrobas detabaco, otras tantas de miel, y 15.000 varas de lienzo. En lo queconocerá usted que, a excepción de los lienzos, en que el hilado es obrade las indias, todo lo demás podría verificarse con 25 o 50 peones biendistribuidos, mayormente en estos pueblos cuyos terrenos son muyfértiles, y que abundan de bueyes y todas las providencias para hacerventajosas las faenas; pero sólo se tira a pasar el tiempo, comomanifestaré a usted.

Como las estancias son el nervio principal que asegura la subsistenciade los pueblos, se ha puesto en ellas y se pone el principal cuidado; yen efecto se ha conseguido el que las más estén en un ventajoso estadocomparadas con el que tenían ahora diez años; y, aunque se admire elbuen gobierno que ahora tienen respecto al que entonces tenían, ¿quiénnegará que es perjudicialísimo el crecido número de indios que hay encada estancia? En la que menos hay 30 indios, que con sus mujeres,muchachos y muchachas regularmente pasan de 70

personas, aunque notengan que cuidar arriba de 20.000 animales de todas especies, cuandoentre españoles con una docena de peones estaría bien servida unaestancia semejante. Así consumen cada año más de 400 reses, fuera de lasterneras que roban, y que precisamente han de ser muchas, cuando nuncapasa la yerra de la sexta parte del ganado que hay, siendo así quepudiera llegar cuando menos a la cuarta parte. Pero no hay arbitrio pararemediar este desorden en las presentes circunstancias, porque, dequererlos apremiar, luego se experimenta la deserción.

Cada semana se les da, dos o tres días, ración de carne en el pueblo,según la posibilidad de él. Regularmente se mata para cada cien personasun toro, y los despojos de todos se distribuyen a los muchachos ymuchachas.

Además de las reses que se distribuyen los días de ración, se matan cadadía una o dos reses para el consumo diario de los curas, administrador,enfermos, corregidor, mayordomos, los de oficios, y generalmente lossirvientes del colegio, que son en gran número.

También se consumen varias reses en las faenas de comunidad, puesregularmente se les da de comer a mediodía, o al tiempo de retirarse deltrabajo, mayormente cuando la faena es algo pesada. De modo que a unpueblo que tiene 300 indios de trabajo se le puede regular de consumo2.000 reses al año.

Asimismo, todas las menestras que recogen se consumen en dar de comer alos muchachos y muchachas, y en suplir a algunos para que siembren.

En los pueblos que están bien asistidos se les da cada año de vestir alos muchachos y muchachas, a los impedidos, viejos y viejas, yregularmente a los que se les nota desnudez, que son aquellos y aquellasque no son de provecho para sí ni para la comunidad, en cuyos socorros,y las mortajas, que también se dan, puede regularse el consumo de unpueblo de indios del número insinuado en 4.000 varas al año.

También se les da ración de yerba, pero en el pueblo que más no pasa de300 arrobas al año.

De los demás frutos y efectos es muy poco lo que disfrutan los indios;el trigo, el tabaco, la miel, la azúcar que se beneficia o se compra, locomestible que de Buenos Aires viene, comprado con el caudal de losindios, todo se consume en la casa principal; sólo el corregidor, los decabildo y los enfermos disfrutan alguna cortedad de estos efectos.

Esto es lo que los pueblos mejor arreglados, y que mejor asisten a losindios, distribuyen anualmente, cuyos frutos, regulado su valor por losprecios más subidos de estos pueblos, pueden ascender a 5.000 pesos, alos que, agregando los reales tributos, diezmos, sueldo deladministrador y gasto de iglesia, podrá computarse todo el gasto en8.000 pesos al año.

Un pueblo de 300 indios de trabajo podrá tener 1.200 almas entre chicosy grandes, con que, teniendo presente que desde cinco años para arribatodos trabajan lo que pueden, y que los muchachos y muchachas no tienendías libres, se podrá regular en 800 trabajadores que emplean la mitaddel año en beneficio de la comunidad; repartiendo entre ellos los 8.000pesos de gastos precisos, toca a cada uno 10 pesos. Ahora bien, ¿en quépodrá usted ejercitar a un indio o india en esta provincia tan fértil yde tantas proporciones, que trabajando con una mediana aplicación noproduzca su trabajo cuando menos 40 o 50 pesos en la mitad de un año?Agregue usted a esto el producto de las estancias que, llegando a 20.000cabezas de ganado mayor, ha de rendir, fuera de gastos y costos, 3.000pesos cuando menos cada año; y hallará usted que el no adelantarse lospueblos es, o porque la inacción de estos naturales es mucha, o porqueel consumo y desperdicio de la casa principal es grande; uno y otrosucede, como manifestaré en su lugar.