Marta y María by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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MARTA Y MARÍA

NOVELA DE COSTUMBRES

ORIGINAL DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

ÍNDICE

Prólogo

Pág. 6

Aclaración

7

I.—Desde la calle

9

II.—El sarao de los señores de Elorza

17

III.—La novena del Sagrado Corazón de Jesús

39

IV.—De cómo el marqués de Peñalta fue convertido en duque de Turingia

59

V.—Camino de perfección

78

VI.—En busca del Menino

94

VII.—El alma y el esposo

111

VIII.—Como ustedes gusten

123

IX.—Excursión al Moral y a la Isla

136

X.—Sigue la excursión

150

XI.—¡Caso extraño!

167

XII.—Antecedentes

177

XIII.—En que se narran los trabajos de una virgen cristiana

194

XIV.—Pálida mors

213

XV.—Gocémonos, amado

230

XVI.—El sueño del marqués de Peñalta

245

PRÓLOGO

No está fundado el libro, que hoy tengo el honor de ofrecer al público,sobre hechos usuales y corrientes, ni se narran en él sucesos queestemos avezados a presenciar todos los días. Tal vez por ello se leacuse de falso o inverosímil y se le juzgue como un producto de lafantasía lejano de toda realidad. Me someto y resigno de antemano aestas censuras, reservándome el derecho de protestar interiormente, yaque no de público, contra la injusticia de tal acusación. Porque—lo hede decir, aunque perezca mi gloria de inventor—todos los hechosfundamentales de esta novela se han efectuado. El autor no hizo más querelacionarlos y darles unidad.

Tengo la presunción de creer, por lo tanto, que aunque Marta y María no sea una novela bella, es una novela realista. Sé que elrealismo—actualmente llamado naturalismo—tiene muchos adeptosinconscientes, quienes suponen que sólo existe la verdad en los hechosvulgares de la existencia y que sólo estos son los que deben sertraducidos al arte. Por fortuna no es así. Fuera de los mercados, losdesvanes y las alcantarillas existe también la verdad. El mismo apóstoldel naturalismo, Emilio Zola, lo reconoce pintando escenas de acabada ysublime poesía, que riñen ciertamente con sus exageradas teoríasestéticas.

ACLARACIÓN

No he querido en la presente obra herir al misticismo verdadero niridiculizar la vida contemplativa. Cervantes, el gran maestro de nuestraliteratura, tampoco quiso atacar al honor y al heroísmo en su inmortal Quijote. Aunque yo piense que la esencia del Cristianismo es caridad ypor lo tanto vida activa, entiendo asimismo que sin una fe viva, estoes, sin la unión mística y amorosa de nuestro espíritu con el Creador,la misma caridad no puede beatificarnos. Pero existen y han existidosiempre seres que transportan la santidad del corazón a la fantasía, dela vida a la quimera, como el ingenioso hidalgo transportaba elheroísmo, y contra estos espíritus exaltados, imaginativos, en el fondovanidosos y egoístas, van las presentes páginas. Así como las aventurasnovelescas de los libros de caballerías enloquecían a los espíritusdébiles, ciertas exageraciones en que incurren los biógrafos de lossantos son extremadamente peligrosas para los temperamentos no bienequilibrados. Sólo los corazones sencillos son gratos a Dios y a loshombres. O niños o como niños, ha dicho el Salvador. En tal pensamientohe pretendido inspirarme para escribir este libro. No obstante, comoalgunas personas piadosas han creído ver en él menosprecio de la vidacontemplativa y burla de las gracias sobrenaturales que Dios ha operadoen algunas santas que la Iglesia venera, y como realmente al arrojarpiedras sobre el falso misticismo pude haber salpicado al verdadero,cúmpleme declarar que si esto ha sucedido, lo deploro. No doy a ningunade las palabras contenidas en mi libro otra significación que la quepueda acordarse con la fe cristiana y con las enseñanzas de la IglesiaCatólica, a las cuales me glorio de vivir sometido.

A. P. V.

I

DESDE LA CALLE

Dentro del soportal la gente se estrujaba sin compasión: cada cual hacíaprodigios de habilidad para burlar la ley física de la impenetrabilidadde los cuerpos, reduciendo el suyo a un volumen imaginario. La noche eradensa y oscura como pocas. Los pies de los curiosos se buscaban en lastinieblas, y al encontrarse prodigábanse caricias harto expresivas. Loscodos de los unos, por secreto y fatal impulso, iban derechos a los ojosde los otros. El sujeto pasivo de tales caricias llevaba inmediatamentela mano al lugar del contacto, y solía exclamar ásperamente: «¡Bárbaro!¡Ya podía usted...!» Pero un enérgico chiis chiis de la muchedumbre leobligaba a matar en flor su discurso. Y

volvía a imperar el silencio. Elsilencio era a la sazón la necesidad más apremiante que sentían losvecinos de Nieva allí congregados. El menor ruido era considerado comoacto sedicioso y castigado inmediatamente con un chicheo amenazador.Estaban prohibidas las toses y los estornudos, y con penas másaflictivas aún la risa y las conversaciones. Se sudaba muchísimo, aunquela noche no era de las más templadas de otoño.

En los soportales de las casas de enfrente acaecía poco más o menos lomismo; pero en la calle había poca gente, porque estaba cayendopausadamente una agua menudísima que los vecinos de Nieva se habíanacostumbrado a no despreciar, pues a la postre, y a pesar de sus modosblandos y sutiles, moja como cualquiera otra. Sólo unas cuantas personascon paraguas y algunas otras que, no teniéndolo, se amparaban de sufilosofía permanecían a pie firme en medio del arroyo.

Los balcones de la casa de Elorza se hallaban entreabiertos, y por laabertura salía una viva y regocijada claridad que tornaba aún más tristela noche oscura y húmeda del exterior. También salían por intervalostorrentes de notas armoniosas desprendidas de un piano.

La casa de Elorza era la primera de una calle estrecha y larga yguarnecida por ambos lados de soportal, como casi todas las de la villade Nieva. Su fachada más importante miraba, pues, a esta calle; perotenía otra con balcones a la plaza del pueblo, que era amplia y hermosacomo la de una ciudad. Aunque la oscuridad no nos permite descubrirexactamente el aspecto de la casa, se puede asegurar que es un edificiode piedra labrada y de un solo piso, con espacioso soportal, cuyaarquería elegante y soberbia declara desde luego la jerarquía de susdueños. Este soportal, que bien merece los honores de pórtico, contrastanotablemente con el de las casas que le siguen, bajo y estrecho, ysostenido por pilares redondos y toscos sin ornamento alguno. También seobserva la misma diferencia en el piso, que en el soportal de quehablamos es de losa bien aderezada, mientras los demás ofrecen solamenteun incómodo pavimento empedrado de guijarros. Sin osar, por tanto,llamarla un palacio, no es aventurado afirmar que aquella mansión habíasido construidaa por una persona principal para su exclusivo uso yregalo. La circunstancia de tener sólo un piso, bien claramente lodecía. Exige la verdad que manifestemos asimismo que el arquitecto habíadado pruebas de buen gusto al trazar el plano del edificio, pues susproporciones no podían ser más elegantes y correctas. Pero lo que mássaltaba a la vista en él, sin duda alguna, era cierto bienestar amable yaristocrático, exento de presunción que, aunque lograse inspirarenvidia, no despertaba ciertamente en el corazón de la plebe los odios yrencores que excita siempre la opulencia soberbia.

El ceñudo firmamento dejaba caer sin cesar toda la ceniza húmeda y fríade que estaban preñadas sus nubes. Las sombras envolvían y borraban loscontornos de la casa, amontonándose en lo interior de los arcos y en loshuecos de sus molduras de piedra; pero no intentaban siquiera acercarsea la abertura luminosa y feliz de los balcones, que las rechazaba conespanto. Miraban furtivamente el dorado paraíso de lo interior, y roídaspor la envidia descargaban su indignación acuosa sobre la cabeza de losfilósofos que escuchaban al descubierto.

El apiñado grupo de curiosos que se guarecía en los soportales deenfrente no apartaba los ojos de aquellos balcones, mientras los que seagrupaban debajo de los arcos de la casa, careciendo de tal recurso,ateníanse exclusivamente a sus orejas, cuya capacidad receptivaprocuraban perfeccionar colocando la palma de la mano por detrás de supabellón y doblándolo un poquito hacia adelante. La oscuridad era grandeen ambos soportales, porque los faroles del municipio despedían suspálidos rayos a respetable distancia. Sólo servían para esclarecer enapartados parajes de la plaza un círculo bastante reducido, produciendoreflejos tristes sobre las piedras mojadas del suelo. Entre las sombrasbrillaba de vez en cuando el fuego de un cigarro, que con su lumbre rojailuminaba un instante los bigotes del fumador. Allá a lo lejos, en laesquina, aun permanecía abierta una tienda de quincalla; mas podía versela sombra del dueño cruzar con frecuencia por delante de la puertaarreglando ya sus cosas para cerrarla. En el piso principal de la mismacasa, los balcones se hallaban abiertos de par en par. Por ellos salíanvoces, risas desentonadas y chasquidos de bolas de billar, queafortunadamente llegaban muy debilitados al soportal. Era el café de laEstrella, concurrido hasta las altas horas de la noche por una docena deindefectibles parroquianos. Reinaba, pues, silencio, aunque no podíaevitarse el zumbido particular que origina la aglomeración de gente enun sitio, producido por el roce de los pies, el movimiento de loscuerpos, y sobre todo por las frases reprimidas que en tono de falsetedejaban caer los unos en los oídos de los otros.

El piano, en el momento de dar comienzo la presente historia, preludiabacon sonidos vibrantes el allegro apasionado de la Traviata « granDio, morir si giovine».

Terminado el preludio, empezó un acompañamientosuave y discreto. La ansiedad era grande. Al fin, sobre elacompañamiento se alzó una voz clara y dulcísima que sonó en toda laplaza como eco del cielo. Los dos grupos de curiosos se estremecieroncual si hubiesen tocado con el dedo en el botón de una máquinaeléctrica, y un murmullo sordo de complacencia corrió por encima deellos.

—Es María—dijeron tres o cuatro, esperando que no les oyese más que elcuello de la camisa.

—¡Ya era tiempo!—apuntó uno en voz algo más alta.

—Ésta sí que canta en la mano, ¡olé!, y no el otro bestia de la fábricade conservas—exclamó un tercero todavía más indiscreto.

—¡Tengan ustedes la bondad de callarse, señores, para que podamosoír!—gritó una voz irritada.

—¡Que se calle ése!

—¡Fuera!

—¡Silencio!

—¡Chis, chiis, chiis!

—¡Siempre he dicho que no hay gente peor educada que la de estepueblo!—volvió a exclamar la voz colérica.

—¡Cállese usted!

—¡No sea usted estúpido, hombre!

—¡Chis, chiis, chiis!

Al fin callaron todos y pudo oírse la fogosa melodía de Verdi,interpretada con singular delicadeza. La voz femenina que salía por losentreabiertos balcones rasgaba la atmósfera acuosa del exterior vibrandocon fuerza por el ámbito de la plaza y yendo a perderse en lasencrucijadas de la villa. La soledad y tristeza de la noche aumentabanel poder y la extensión de aquella voz amable, ¡amable sobre todoelogio!

Para un inteligente de los que se sientan embozados en laescalerilla del paraíso del Teatro Real, es posible que no fuese lacantante un prodigio de maestría en el atacar, filar y trinar lasnotas; mas para los que no se ven atormentados por escrúpulosfilarmónicos, puede afirmarse que cantaba muy bien y que poseíaespecialmente una voz hechicera, de timbre apasionado que llegaba hastalo profundo del alma.

Los curiosos de ambos soportales, lo mismo que los filósofos del arroyo,daban pruebas inequívocas de hallarse conmovidos. La afición a la músicaen los pueblos ofrece siempre un carácter más violento e impetuoso queen las capitales. Quizá se deba a que en éstas anda prodigada en demasíapor iglesias, teatros y salones, mientras en aquéllos sólo alguna queotra vez pueden gustarla. Nadie chistaba ni se movía un punto de susitio. Con la boca entreabierta y la mirada perdida seguían extáticos elcurso de aquella melodía desesperada en que Violeta se lamentaba demorir después de haber penado tanto. Los más sensibles empezaban asoltar lágrimas, recordando alguna aventura galante de su vida juvenil.El cielo seguía dejando caer, inflexible, su depósito inagotable depolvo líquido. Dos de los filósofos del arroyo se palparon la ropa,sacudieron el sombrero y, lanzando una sorda imprecación a loselementos, vinieron a refugiarse al soportal, produciendo al llegar levedisturbio entre sus convecinos.

Algo alejados de ambos grupos y arrimados a una columna, se percibían nomuy distintamente tres bultos menudos, con los cuales necesitamos poneral lector en relación por breves instantes. Uno de ellos sacó unacerilla para encender el cigarro, y aparecieron tres rostros de catorceo quince años, frescos, risueños y maliciosos que volvieron a borrarseal morir el fósforo.

—Oye, Manolo—dijo uno apagando todo lo posible la voz—, ¿quién te hadado esa boquilla?

—Pues se la he limpiado a mi hermano.

—¿Es de ámbar?

—De ámbar y espuma de mar: le ha costado tres duros en Madrid.

—¡Pobre de ti si llega a saber que has sido tú...!

—Calla, tonto. ¿Para qué está el criado en casa, sino para pagar estasculpas?...

Un sujeto que estaba más cerca que los demás, les mandó callarásperamente. Los chiquillos obedecieron. Mas de pronto dijo Manolo convoz apenas perceptible:

—Escuchad, muchachos. ¿Queréis que yo deshaga esto en un instante?

—¡Sí, Manolo; sí, Manolo!—repusieron precipitadamente los otros, que,por lo visto, tenían gran confianza en las facultades destructoras de sucompañero.

—Pues vais a ver; estaos quietos ahí.

Y apartándose poco trecho de ellos se agazapó al lado de una puerta ysoltó tres chillidos descomunales, idénticos a los que lanzan los perroscuando se les castiga. Un ladrido inmenso, furioso, universal, resonóinmediatamente por los espacios. Los perros todos de la población,unidos y compactos como un solo mastín, protestaban enérgicamentecontra la pena infligida a un semejante suyo. El canto de María seperdió completamente dentro de aquel formidable ladrido. La multitud queescuchaba

experimentó

dolorosa

sacudida,

se

agitó

tumultuosamente

unosinstantes, lanzó exclamaciones incoherentes contra los malditosanimales, trató de imponerles silencio a gritos, y, por último, visto loinútil de sus esfuerzos, se resignó a esperar que cesasen. Los ladridos,en efecto, se fueron extinguiendo paulatinamente, haciéndose cada vezmás raros y lejanos. Sólo el perro del comercio de quincalla, queacababa de cerrarse, continuó algún tiempo ladrando con furia. Al fintambién éste cesó, aunque muy a disgusto. El canto de la moribundaVioleta volvió a escucharse, puro y límpido como antes. Los oyentestornaron a reanudar las suaves emociones que les había producido, sibien un poco inquietos y nerviosos, como si temiesen a cada instanteverse privados de aquel placer.

Manolo se acercó a sus compañeros ahogando la risa y fue recibidotambién con risas y aplausos ahogados.

—Anda, Manolito, chilla otra vez.

—Esperad, esperad un poco; hace falta que estén descuidados.

Pasado un rato, Manolo se alejó de nuevo cautelosamente, y, rodeando elgrupo, fue a situarse en el extremo opuesto. Desde allí lanzó otros treslamentos como los anteriores, y el mismo ladrido atronador pobló elespacio respondiendo a ellos. La muchedumbre se alborotó nuevamente,pero con mucho mayor estrépito. Todos hablaban a un tiempo y lanzabanfuriosas exclamaciones.

—¡Esto es horrible!

—¡Vaya un concierto que nos están dando esos condenados de perros!

—¡El perro que chilla es el que tiene la culpa!

—¡Maldito!...

—¡Condenado!...

—¡Silencio, silencio, que ya se oye algo!

—¡Qué se ha de oír!... ¡Maldita sea mi suerte!

—¡Silencio, silencio!

—¡Chis, chiis, chiiiiis!

Los perros fueron callando uno en pos de otro cuando lo tuvieron poroportuno, y poco a poco se fue restableciendo la calma. El cántico deVioleta tornó a aparecer lleno de dulzura melancólica y de pasión. Lavoz de María sollozaba de tal suerte al interpretarlo, que el corazón seoprimía y las lágrimas brotaban en los ojos. Un solo perro,

el

delcomercio

de

quincalla,

siguió

ladrando

con

persistencia

sumamenteincómoda, pues la voz de la cantante no acababa de llegar a los oídosdel público con la debida pureza. Un hombre con garrote en mano sedestacó del grupo, y expuesto a la intemperie, atravesó la plaza parahacerle callar; mas el perro olió en seguida la caña y puso pies enpolvorosa. El hombre se metió otra vez en el soportal.

Al fin reinabacompleto silencio en la plaza y los aficionados disfrutaban a su sabordel concierto de los señores de Elorza.

¿Qué había sido de Manolo? Sus compañeros le aguardaban hacía rato paratributarle los elogios a que se había hecho acreedor; pero no acababa deaparecer.

El más pequeño preguntó, al fin, tímidamente, al otro:

—Di, ¿qué le harían si le cogiesen chillando?

—Pues nada: le administrarían un poco de jarabe de bastón.

El que había hecho la pregunta se estremeció levemente y guardósilencio.

—Pero ¡ca!—continuó el otro—, no le han cogido, no. ¡Bueno es él paradejarse atrapar!

En este momento Manolo lanzó dos gritos más rabiosos aún desde elsoportal de enfrente, y con la misma rabia contestaron ladrando losperros de la vecindad. No es posible describir lo que entonces acaecióen la muchedumbre de oyentes de uno y otro soportal. El tumulto que seprodujo fue en realidad imponente. Una porción de manos se agitaron enla oscuridad esgrimiendo terribles bastones y paraguas. Y de ambosgrupos salió un coro de imprecaciones nada lisonjeras para la razacanina. La confusión y el desorden se apoderaron de todas las cabezas.Los pechos no respiraban más que venganza y exterminio.

—¡Matad a ese perro indecente!—gritó una voz dominando el tumulto.

—¡Sí, sí, rompedle el espinazo!—repuso otro buscando ya el género demuerte más adecuado.

—¡Ese perro, ese perro!

—Pero ¿dónde está ese maldito?

—Buscadlo y rompedle el espinazo.

—Y si no se encuentra el perro, rompédselo al amo.

—¡Mala centella los mate a los dos!

El alboroto había subido de tal suerte y la gritería era tanescandalosa, que algunos balcones de la vecindad dejaron escapar unchirrido y se abrieron discretamente. Las cabezas investigadoras que porellos asomaron, no logrando enterarse de lo que ocurría y temiendoresfriarse, se retiraron al instante. En la casa de Elorza se asomarontres o cuatro personas, que también se metieron velozmente, y ¡ohdolor!, al retirarse cerraron tras sí los balcones.

—¡Ea, ya oímos lo que teníamos que oír!

—¿Han cerrado los balcones?

—Sí, señor, los han cerrado y han hecho perfectamente.

De aquella muchedumbre salió un suspiro apagado de fatiga y de rabia.Hubo silencio durante un momento, como tributo rendido a sus esperanzasmuertas. Nadie se movía de su sitio. Al fin uno dijo en alta voz:

—Señores, buenas noches y divertirse. Me voy a la cama.

Este saludo les sacó de su estupor. Los grupos empezaron a disolverselentamente, no sin lanzar coléricas exclamaciones. Algunas personas sealejaron caminando dentro de los soportales. Otras atravesaron la plazacon los paraguas abiertos. Los menos, permanecieron en el mismo sitiohaciendo interminables comentarios sobre lo que acababa de ocurrir. Alfin quedó una media docena de curiosos, que, fatigados de murmurar enaquel paraje, se fueron a hacer lo mismo al café de la Estrella.Mientras salvaban la distancia que mediaba entre el soportal y el café,una voz irritada, la misma que había protestado contra la mala educaciónde aquel pueblo, decía con más cólera aún:

—¡Siempre he dicho que no hay perros peor enseñados que los de estavilla!

II

EL SARAO DE LOS SEÑORES DE ELORZA

—¡Qué lástima, Isidorito, que usted no hubiese estudiado para médico!¡No sé por qué se me figura que habría de tener usted mucho ojo para lasenfermedades!

El joven se ruborizó de placer.

—Doña Gertrudis, me honra usted demasiado; no tengo otro mérito que elde fijarme bien en lo que traigo entre manos, lo cual me parece deabsoluta necesidad en cualquier carrera a que uno se consagre.

—Tiene usted muchísima razón. Lo primero es fijarse en lo que se tienedelante y no andar pensando en musarañas. Y si no, aplique usted elcuento a don Máximo. No se le puede negar mucha sabiduría y buen deseo,pero tiene la desgracia de no fijarse en nada de lo que le dicen, y poreso no da casi nunca en el clavo. ¿Quiere usted decirme, Isidorito, cómoes posible que acierte a curar un hombre que cuando el enfermo le estácontando lo que padece se pone a tajar un lápiz o a tocar el tambor conlos dedos?

¡Usted no sabe lo que yo he sufrido por su causa! ¡Que Diosno le tome en cuenta el mal que me ha hecho! Mi marido le quieremucho... y yo también, no vaya usted a creer... En medio de todo es unbuen sujeto, y hace veinticuatro años que entra en casa; pero hay quedecir la verdad aunque cueste trabajo: el pobre señor tiene la desgraciade no fijarse..., de no fijarse poco ni mucho.

—Exacto, exacto. Don Máximo carece, a mi juicio, de las dotes deobservación indispensables para el arte que ejercita. Quizá se sorprendausted de que califique de arte a la medicina en vez de ciencia: es unaopinión particular mía que estoy dispuesto a sostener contra cualquiera,lo mismo en privado que en público. La medicina, a mi juicio, no es otracosa todavía que una profesión empírica, puramente empírica. Repito quees una opinión particular y que, como tal, la expongo; pero abrigo laconfianza de que será muy pronto una verdad universalmente aceptada.

—La verdad es, Isidorito, que a mí no acaba de entenderme. Anteayerpasé todo el día con un ruido en la cabeza, como si estuviese tocandodentro de ella una banda de tambores. Al mismo tiempo esta rodillaizquierda se me había inflamado de tal modo que no pude ir siquieradesde mi cuarto al comedor. Le mandé recado a don Máximo, y hasta eloscurecer no vino. Le digo a usted que pasé un día cruel, y que si nohubiera sido por unos parches de sebo, que a medianoche me puso mi hijaMarta en las sienes, me hubiese muerto sin remedio, porque don Máximo notuvo por conveniente mandar encender luz siquiera para verme.

—Lo que usted indica corrobora más y más mi aserto. Vea usted cómo losremedios caseros, administrados sin otro discernimiento que el quecomunica la rutina, por los resultados obtenidos en una larga serie decasos, obran a veces sobre el organismo de modo más favorable que unamedicación científica. No acaece otro tanto en nuestra profesión,señora, donde todos los casos que puedan ocurrir están de antemanoprevistos por las leyes o por la jurisprudencia elevada a la categoríade ley.

No hay un solo litigio que no tenga ya su resolución adecuada enlos códigos civiles, ni puede cometerse absolutamente ningún delito ofalta que no esté comprendido en algún artículo del Código penal. Y paraque jamás pueda quedar nada al libre arbitrio de los tribunales (exceptola interpretación usual), tenemos como derecho supletorio el canónico,que es un abundante venero de reglas de conducta, aunque basadas todasellas principalmente en la equidad.

—Cierto, cierto, Isidorito. Los médicos no entienden absolutamente unapalabra. Si yo pudiese meter en frascos otra vez las medicinas que hetomado, podía muy bien abrir botica. Ya ve usted que estoy como elprimer día... ¡Lo mismo que el primer día!..., sin adelantar un pasosiquiera... Dios me concede mucha resignación, que si no... Mire usted,ayer estuve regularmente, pero lo que es hoy, por ser día de mi santo,me encuentro fatal, fatal... Un desasosiego en todo el cuerpo..., unhormigueo en las piernas..., un ruido en los oídos... Usted, que tienetanto talento, ¿no sabría lo que es este ruido en los oídos?

—Señora, yo creo..., ejem..., que esa enfermedad obedece a un estadopuramente nervioso... Las alteraciones nerviosas son tan variadas yextrañas..., ejem..., que no es posible someterlas a principios fijos,sino más bien conviene no sentar ninguna regla y estudiarlas en detalle,o sea cada una de por sí.

Trabajo le costó, pero al fin salió del paso. Isidorito era un muchachomacilento y encogido, con hondos y precoces surcos en las mejillas, depelo ralo y ojos saltones.

Se le tenía por uno de los jóvenes másformales o acaso el más formal de la villa y servía siempre de espejo alos padres de familia para afear la conducta de sus hijoscalaveras:—«¿No ves a Isidorito qué bien se produce en sociedad, y conqué aplomo habla sobre todas las cuestiones?»—«¡Ah, si tú fueses comoIsidorito, qué vejez tan dulce me harías pasar!»—«¡Vergüenza te habíade dar que Isidorito se hubiese hecho doctor hace ya cuatro años, y túno hayas logrado graduarte de licenciado todavía, zopenco!»

Doña Gertrudis, esposa del señor don Mariano de Elorza, dueño de la casaen que nos hallamos, está sentada, o por mejor decir, recostada en unsillón al lado de Isidorito. Aunque no pasaba de cuarenta y cinco añosde edad, representaba casi tantos como su marido, que frisaba ya en lossesenta. En su rostro descaecido y marchito, sin embargo, no se habíanborrado aún enteramente los rasgos de una belleza excepcional, que habíadado mucho que decir allá por los años de 1846 al 48, y que le valieramultitud de romances, sonetos y acrósticos de los más eminentes poetasde la villa, insertos en un periódico semanal que entonces se publicabaen Nieva con el título de El Judío Errante. Doña Gertrudis guardabacon gran esmero una colección lujosamente encuadernada de JudíosErrantes y solía asegurar a los amigos que si el joven que firmaba susacrósticos con una V y tres estrellas no hubiese fallecido de una tisisgalopante, sería a la fecha el poeta a la moda, y que si otro muchacho,llamado Ulpiano Menéndez, que se ocultaba bajo el seudónimo de El Morode Venecia, no se hubiera marchado a América a hacer fortuna en elcomercio, sería por lo menos tanto como Zorrilla o Espronceda. DonMariano, su esposo, participaba de la misma convicción, aunque en otraépoca, tanto el poeta lírico como el comerciante le habían causadograndes desasosiegos y turbado no pocas veces la paz de sus relacionesamorosas. Pero era hombre justificado y amigo de dar a cada uno lo suyo.

Doña Gertrudis estaba rebujada en una magnífica manta de felpa, y teníala cabeza cubierta con una cofia, por debajo de la cual enseñaba algunoscabellos entre rubios y blancos. Su rostro era de singular blancuramate, fino y correcto. Los ojos azules y sumamente tristes. Más que dela enfermedad advertíanse en aquel rostro las huellas de la clausura.

—Me mata, me mata este ruido en los oídos. No puedo comer, no puedodormir, no puedo sosegar en ninguna parte.

—Juzgo que debiera usted permanecer en la cama.

—Es peor, Isidorito, es peor. En la cama no puedo prender los ojos.Empiezo a dar vueltas como un molinillo y llega a producirme fiebre.Estoy mucho más enferma de lo que se cree. Ya se verá cómo esto tienemal fin. Hoy me encuentro tan nerviosa, tan nerviosa... Tómeme usted elpulso, Isidorito, y dígame usted si tengo fiebre.

Al sacar la mano enflaquecida y dársela al joven, don Mariano y donMáximo, que charlaban animadamente en el hueco de un balcón, dirigieronla vista hacia allí y sonrieron. Doña Gertrudis se ruborizó un poco yvolvió a ocultar su mano velozmente dentro de la manta.

—Ya tiene un nuevo médico de cámara su señora—apuntó don Máximo conacento irónico.

—¡Bah, bah, bah!... ¿Con qué perro o gato de la villa habrá dejado mimujer de celebrar consulta? Estos días anda furiosa con usted y dice quese va a morir sin que usted haga caso de ella. Yo la encuentro mejor quenunca... Pero vamos a ver, don Máximo, ¿usted cree de buena fe quepodemos aceptar el trazado de Miramar?

—¿Y por qué no?

—¿No comprende usted que nos hundimos para siempre?

—Don Mariano, me parece que está usted obcecado. Lo que le importa aNieva es tener ferrocarril pronto, pronto, pronto.

—Lo que le importa a Nieva es tener ferrocarril bueno, bueno, bueno. Eltrazado de Miramar sería nuestra ruina, porque nos acerca a Sarrió, que,como usted sabe muy bien, tiene más importancia comercial y marítima quenosotros. En pocos años nos tragaría como una pepita de cereza. Ademásdebe usted tener en cuenta que habiendo quince kilómetros desde elempalme hasta Nieva y doce solamente a Sarrió, ninguna mercancía dejaráde preferir este punto para exportarse. Si a esto agrega usted que tardeo temprano...

Un golpe violento de tos cortó la palabra a don Mariano. Era un hombregrueso, alto, con barba y cabellos blancos; aquélla muy crecida. Susojos negros brillaban como los de un joven, y en sus mejillas sonrosadasel tiempo no había conseguido labrar profundos surcos. Sin duda habíasido uno de los jóvenes más gallardos de su época. Tal como ahora lehallamos, todavía llamaba la atención por su fisonomía simpática yvenerable, y por su figura atlética. Con la violencia de la tos, sutemperamento sanguíneo experimentó una fuerte sacudida: el rostro secoloreó excesivamente. Cuando hubo cesado, tornó a coger el hilo deldiscurso.

—Si a esto agrega usted que tarde o temprano tendremos un buen puerto,ya sea en El Moral o en el mismo Nieva, porque la guerra no ha de durareternamente ni el Gobierno ha de dejarnos reducidos siempre a lacondición de parias, ya verá usted qué vuelo toma en un instante elcomercio de la villa y qué pronto le hacemos sombra a Sarrió.

—Bien, bien: convengo en que el trazado de Sotolongo ofrece algunasventajas; pero usted bien sabe que por ahora ni en mucho tiempo no hayque soñar con él, mientras que el de Miramar lo tenemos en la mano. ElGobierno está profundamente interesado en ello, porque no hay otro mediode proteger nuestra fábrica de armas. Ya comprende usted que si loscarlistas llegasen a romper la línea de Somosierra, entrarían aquí comoPedro por su casa, tomarían las armas que les pareciera, inutilizaríanla fábrica y podrían marcharse por el valle de Cañedo sin peligroalguno.

Por ahora no hay cuidado que rompan la línea, ya lo sé, pero¿quién puede asegurar lo que sucederá con el tiempo? Además, ¿no puedellegar un día en que el mismo elemento carlista que aquí tenemos levantela cabeza? Pues si hubiese ferrocarril, cualquiera que él fuese, nadamás fácil que poner aquí en dos horas cuatro o cinco mil hombres...

—En primer lugar, don Máximo, un ferrocarril militar, como usted mismoconfiesa que es el de Miramar, no es el que tenemos derecho a exigir dela Nación.

Necesitamos un ferrocarril verdadero y adecuado para elfomento de nuestros intereses y que no sirva únicamente para protegeruna fábrica. Hágase usted cargo de que es obra para siempre y que, sidesde su origen adolece de un vicio grave, este vicio pesará eternamentesobre nuestra villa. En segundo lugar, los carlistas no pasarán jamás deSomosierra. En cuanto a que aquí levanten la cabeza, demasiado comprendeusted que no es posible, porque cuentan con muy pocos elementos..., yeso que bien lo trabajan.

—¡Ya lo creo que lo trabajan! Hay que estar prevenidos... y nodormirse... Y en último resultado, más vale pájaro en mano... Perodígame usted, don Mariano, hablando de otra cosa, ¿han terminado ya dearreglar las cocheras?

Don Mariano, antes de responder, se palpó con aire distraído todos losbolsillos de la ropa, y no hallando lo que buscaba, dirigió la vistahacia un rincón de la sala.

—Martita, ven acá.

Una niña que estaba sentada en el extremo de un diván, sin hablar connadie, llegó corriendo. Podría tener trece o catorce años, pero estabanya bien señaladas en ella las formas de la mujer: vestía de corto, sinembargo. Era blanca, con ojos y cabellos negros, mas su semblante noofrecía la expresión provocativa que suele tener esta clase de rostros.Las facciones no podían ser más correctas ni el conjunto más armonioso.Faltaba a aquella belleza, no obstante, un soplo de vida que la animase.Era lo que se llama vulgarmente un rostro parado.

—Oye, hija mía; ve a mi cuarto, abre el segundo cajón de la izquierdade la mesa de escribir y tráeme la petaca.

La niña se alejó presurosa y no tardó en volver con ella.

—Vamos a fumar al comedor—dijo don Mariano tomando a don Máximo delbrazo.

Y ambos salieron del salón por una de las puertas laterales.

Marta volvió a sentarse otra vez en el mismo sitio. Las señoras que sehallaban cerca estaban empeñadas en una conversación animadísima en lacual ella no tomaba parte.

Quedose, pues, sentada, paseando su miradaindiferente de una a otra parte de la sala, deteniéndola ahora en ungrupo, ahora en otro de circunstantes y fijándola más particularmente enel pianista que ejecutaba a la sazón la sinfonía de Semíramis.

Pocas veces había presentado el salón de los señores de Elorza aspectotan brillante.

Todos sus divanes de damasco floreado estaban ocupadospor señoras ricamente ataviadas, con los brazos y el pecho al aire. Laaraña de cristal que colgaba en el centro despedía hermosos cambiantesde luz que iban a caer sobre su tersa piel produciendo visos nacarados.Los espejos reflejaban de uno y otro lado aquellos pechos hasta elinfinito. El severo papel verde botella del salón realzaba su blancura.Marta tenía frente a sí a las señoras de Delgado; tres hermanas, unaviuda y dos solteras. Todas pasaban de los cuarenta. Las solteras nofiaban de su juventud, pero tenían absoluta confianza en el poder de susespaldas lustrosas y en sus brazos redondos y crasos. Cerca de ellasestaba la señorita de Morí, carirredonda, vivaracha, de ojos negrosmaliciosos, huérfana y rica. Un poco más allá la señora de Ciudad,dormitando sosegadamente hasta que llegaba la hora de recoger a las seishijas que tenía diseminadas por los distintos parajes de la sala. Allá,en un rincón, su hermana María charlaba íntimamente con un joven. Losojos de la niña rodaban de un sitio a otro lentamente. La música leinteresaba poco. Parecía estar segura de no ser observada por nadie, ysu rostro tenía la expresión glacial e indiferente del que se encuentrasolo en su cuarto.

Los

caballeros,

con

levita

negra

correctamente

abrochada,

se

arrimabanlánguidamente a las puertas del gabinete y del comedor, lanzando desdeallí miradas persistentes a los brazos y los pechos que ocupaban losdivanes. Otros se mantenían en pie detrás del piano, esperando que uncompás de silencio les diese tiempo para expresar por medio deexclamaciones reprimidas la admiración que rebosaba de su alma. Sólo muypocos, bien quistos de la suerte, habían logrado que alguna señorarefrenase con la mano, en obsequio suyo, el vuelo exuberante de susfaldas de seda y les hiciese un lugarcito a su lado. Orgullosos de talprerrogativa, manoteaban sin cesar y derrochaban su ingenio paraentretener a la magnánima señora y a las tres o cuatro amigas quetomaban parte en la conversación. El torrente de fusas y semifusas quesalía del piano colocado en un ángulo del salón llenaba su recinto yapagaba enteramente el cuchicheo de las conversaciones. A veces, sinembargo, cuando los dedos del pianista herían suavemente las teclas enalgún pasaje, se oía el ruido áspero de los abanicos al abrirse ycerrarse y sobre el murmullo tenue y confuso de los imprudentes quecharlaban se percibía súbito una palabra o una frase entera que hacíavolver con disgusto la cabeza de los que formaban detrás del piano. Elcalor era grande, a pesar de hallarse entreabiertos los balcones. Laatmósfera, sofocante y cargada de un desagradable olor, mezcla delperfume de pomadas y esencias con los efluvios de los cuerpos que yatranspiraban. En esta mixtura de olores predominaba el aroma acre de lospolvos de arroz.

Doña Gertrudis, según costumbre cotidiana, se había dormidoprofundamente en la butaca. Tenía fuero de enferma y nadie se lo tomabaa mal. Isidorito levantose silenciosamente y fue a arrimarse a la puertadel gabinete. Desde aquella posición inexpugnable comenzó a lanzarmiradas abrasadoras, largas y profundas sobre la señorita de Morí, querecibió los fuegos de la batería con una calma heroica. Isidorito habíaamado a la señorita de Morí desde que tuvo conocimiento de lo que erandotes y bienes parafernales, asombrando después por su fidelidad a todala villa. Aquella pasión había hecho presa de tal suerte en su alma, quejamás se le vio cruzar la palabra ni dirigir una mirada incendiaria aotra mujer que no fuese la citada señorita.

Pero Isidorito, contra lo que pudiera creerse dados sus vastosconocimientos jurídicos y su formalidad no menos vasta, experimentabauna leve contrariedad en sus amores. La señorita de Morí tenía porcostumbre prodigar sonrisas amables a todo el mundo, derrochar miradaslargas y apasionadas con todos los jóvenes de la población; con todos...menos con Isidorito. Esta conducta inexplicable no dejaba de causarlealgunas inquietudes, obligándole a meditar frecuentemente sobre lasabiduría de los legisladores romanos que jamás quisieron otorgarcapacidad jurídica a la mujer.

Había sido nombrado recientemente fiscalmunicipal del distrito, lo cual, al constituirle en autoridad, le dabagran prestigio entre sus convecinos. Pues bien, la señorita de Morí,lejos de dejarse fascinar por la nueva posición de su apasionado,pareció encontrar ridículo tal nombramiento, a juzgar por el empeño conque desde entonces trató de evitar toda comunicación visual con él. Peronuestro joven no se dejó abatir por estas nubecillas tan frecuentesentre enamorados y continuó bloqueando, unas veces por medio de pláticaseruditas y otras con actitudes lánguidas y románticas, la carita redonday los tres mil duros de renta de la inquieta damisela.

Al lado de Marta cierto joven ingeniero que acababa de llegar de Madridconvertía en un edén con su charla insinuante y graciosa la tertulia quese había formado para escucharle. Era una tertulia o petit comité,como lo llamaba el ingeniero, compuesta exclusivamente de damas, dondeel núcleo estaba constituido por tres señoritas de Ciudad.

—Eso no es más que una galantería de usted, Suárez—dijo una señora.

—¡Ya se ve!—repitieron varias.

—Es la pura verdad, y cualquiera que haya vivido allí algún tiempo lopodrá decir.

En Madrid no hay términos medios: o las mujeres sontotalmente hermosas o totalmente feas. No hay el conjunto de rostrosagradables y simpáticos que aquí veo.

Porque no les extrañará a ustedesque les diga que el número de feas es allí mucho mayor que el dehermosas.

—¡Bah! ¡bah! En Madrid es donde se encuentran las mujeres más bonitasy, sobre todo, más elegantes.

—Eso ya es otra cosa: elegantes, sí; pero bonitas, no paso por ello.

—Pues aunque usted no pase.

—Señoras, hay una razón para que ustedes sean más bonitas que lasmadrileñas: es una razón que pueden apreciar mejor los que, como yo, sehan dedicado a las bellas artes. Aquí hay el color y la forma, que allíno existen. Esta noche, afortunadamente, tengo ocasión de observarlo yde establecer comparaciones que resultan muy favorables para ustedes.Ahora que nos permiten contemplar lo que ordinariamente cubren con talcuidado, puedo asegurar que ustedes tienen forma de mujer, la forma quetanto admiramos en las estatuas griegas y en las pinturas flamencas,mórbida, blanca, transparente, mientras que al entrar en un salón deMadrid no se tropieza más que con esqueletos en traje de baile...

Las señoras rieron, tapándose la cara con los abanicos.

—¡Qué lengua, qué lengua tiene usted, Suárez!

—No me sirve más que para decir lo que es cierto. Las niñas de Madridme hacen el efecto de sombras chinescas. En ustedes encuentro seresvisibles, palpables... y hasta confortables.

Marta observó que la bujía de un candelabro se estaba concluyendo y queiba a hacer estallar la arandela de cristal. Se levantó y fue a apagarlacon un soplo. Después, al sentarse nuevamente, lo hizo en sitiodistinto.

El pianista terminó sin novedad su sinfonía. Las conversaciones cesaronde golpe.

Algunos batieron las palmas y otros dijeron: «¡Muy bien, muybien!» Ninguno le había escuchado. El pianista se creyó indemnizado desus fatigas, y asomando la cara ruborosa por encima del piano, dio lasgracias a la sociedad con sonrisa triunfal. Un joven que traía el pelosobre la frente al estilo de los elegantes de Madrid aprovechó estemomento de felicidad para obligarle a tocar un vals-polca.

Desde los primeros acordes se pudo notar extraordinaria agitación en lajuventud de las puertas, que se enervaba a ojos vistas por la falta deejercicio. Algunos empezaron a meterse los guantes apresuradamente;otros se aliñaron los cabellos con la mano y apretaron el nudo de lacorbata. Uno preguntó con voz alterada:

—Es mazurca, ¿verdad?

—No; es vals-polca.

—¿Cómo vals-polca?

—¿No lo estás oyendo?

—¡Ah, sí, es verdad! ¡Pues, señor, ese bruto del piano se empeña en queyo no baile con Rosario esta noche!

Todos parecían inquietos y nerviosos como si fuesen a entrar en fuego.Los más atrevidos salieron con paso rápido al medio de la sala y seacercaron a las jóvenes, disimulando su emoción con una sonrisapetulante. Cuando la señorita invitada se levantaba para apoyarse en subrazo, empezaban a sentirse dueños de sí mismos. Otros menos osadosdaban tres o cuatro chupadas intensas al cigarro, despidiendo el humohacia el pasillo, y, después de arrojar la punta, se dirigíanpausadamente hacia alguna joven de las menos agraciadas, que les pagabasu atención con una sonrisa henchida de promesas amables. Los máscobardes forcejeaban con los guantes buen rato y concluían por rogar aalgún señor grave que les abrochase los botones.

Terminada la operacióny al disponerse a bailar, se encontraban con que no había ningunamuchacha sentada. Entonces se resignaban a bailar con alguna mamá.

Una en pos de otra, todas las parejas rompieron el baile. Martapermaneció sentada.

Dos o tres pollastres habían venido muy almibaradosy dándose aires de protección a invitarla, pero les contestó que nosabía bailar. El motivo verdadero de la negativa era que a su padre nole gustaba que empezase tan niña a figurar en sociedad. Quedose, pues,mirando atentamente cómo daban vueltas los demás. Sus grandes ojosnegros se iban posando con plácida expresión sobre cada una de lasparejas que por delante de ella cruzaban. Algunas le interesaban más queotras, y las seguía con la vista. Las actitudes, los movimientos y latraza de ellas eran tan distintos que ofrecían estudio curioso. Un jovenlargo y delgado doblaba cuanto podía el espinazo para abrazar a unaseñorita diminuta que se empinaba sobre la punta de los pies. Una damaajamonada y obesa se apoyaba lánguidamente sobre el hombro de unmuchacho, embadurnándole la levita con el blanco cera de Circasia.Algunos, como Isidorito, no llevaban compás de ninguna clase, y pisabancon frecuencia a sus parejas, que concluían por declararse fatigadas ypedir tregua. Otros lo marcaban con fuertes taconazos, estropeando laalfombra. A éstos les miraba Marta con cierta mala voluntad de ama decasa. Al cabo de un rato los rostros empezaron a reflejar el cansancio,poniéndose rojos o pálidos, según el temperamento de cada uno. Con laboca entreabierta, las mejillas inflamadas y la frente cubierta desudor, no ofrecían otra expresión que la de la estupidez más cumplida.En un principio habían sonreído y hasta habían dejado escapar de suslabios alguna palabra galante; pero muy pronto cesaron las galanterías yse apagó la sonrisa. Todos concluyeron por brincar graves y silenciosos,como si una mano invisible descargase latigazos sobre ellos para que lohiciesen. Marta cerraba de vez en cuando los ojos, y de esta suerteevitaba el mareo que empezaba a acometerle.

Al fin dejó de sonar el piano repentinamente. Las parejas, en virtud delimpulso adquirido, dieron otros tres o cuatro saltos sin música, lo cualhizo sonreír a Marta.

Antes de sentarse, las muchachas pasearon unosmomentos por el salón de bracero con sus galanes, anudando alguna rota einteresante plática. El pianista recibía las gracias efusivas delpollastre del pelo por la frente. Al cabo, las damas fueron sentándoseen sus respectivos sitios, y los galanes se replegaron de nuevo hacialas puertas, limpiándose el sudor con el pañuelo. Los que habían bailadocon las bellezas de la sala tenían la cara resplandeciente de felicidady acogían, sonriendo, las bromitas de sus amigos, mientras los quehabían apechugado con las feas, un tanto mohínos, ponían por las nubesla destreza en el baile de sus parejas.

El joven del pelo por la frente inició la idea de que cantase donSerapio, y recorrió los diversos grupos del salón haciendo propagandainstantánea y satisfactoria de tan feliz pensamiento.

—Sí, sí, que cante don Serapio.

—Que cante don Serapio, que cante don Serapio.

—¡Señores, por Dios! Estoy sumamente acatarrado.

—Mil gracias, señoras, mil gracias. Quisiera poseer en este momento lavoz de un ángel, porque los ángeles sólo deben escuchar a los ángeles.

El piropo produjo excelente efecto en la parte femenina del salón. Laparte masculina lo recibió con sonrisas burlonas.

—Siempre hemos tenido gusto en escucharle; ya lo sabe usted.

—Porque siempre va unida a la belleza la bondad. Los rostros son espejode las almas, suelen decir, y si esto es cierto, ¿cómo no han de serustedes benévolas conmigo?

El segundo piropo fue recibido también con risas de complacencia por lasseñoras.

Los hombres continuaron sonriendo malignamente.

—A cantar, a cantar, don Serapio.

—¡Pero si no tengo nada ensayado!... No sé cómo arreglarme paracorresponder a tanta bondad... Además, estoy ronco.

Don Serapio se hizo de rogar todavía algún tiempo. Por último se fueacercando al piano rodeado de señoras, a quienes dirigía sonrisas ypalabras llenas de almíbar, y terminó por sacar disimuladamente un rollode papeles de música que traía en el bolsillo interior de la levita. Elpianista se hizo cargo al instante de la maniobra, y le ayudó,quitándoselo rápidamente de la mano.

—Don Serapio, va usted a cantar..., va usted a cantar... la romanza Lontano a te

dijo, desplegándola sobre el atril.

—¡Oh, por Dios! Es demasiado sentimental, y estas señoras no estánahora por el romanticismo...

—Al contrario, don Serapio—exclamó una de las señoritas de Delgado—,las mujeres, en esta época de interés y de cálculo, somos las quedebemos rendir culto al sentimiento y al corazón.

—¡Siempre tan linda como discreta!—manifestó el cantante inclinándosehasta el suelo.

Comenzó a preludiar el piano. Don Serapio, antes de emitir nota alguna,arqueó repetidas veces las cejas y estiró cuanto pudo el cuello en señalde asentimiento.

Pasaba de los cincuenta, aunque las pomadas, tinturas ycosméticos le diesen aspecto de joven a cierta distancia. De cerca, susbigotes engomados a la perfección no bastaban a compensar las patas degallo y arrugas de todo linaje que le cruzaban el rostro. Era fabricantede conservas alimenticias y solterón empedernido, no porque dejase dehonrar al bello sexo y tenerle en gran estima, sino porque pensaba queel matrimonio era la muerte del amor y sus ilusiones. No había hombremás azucarado y mantecoso en conversación con las damas, ni jamás tuvogalán un surtido más numeroso de requiebros para soltarles. En casitodos ellos jugaba mucho papel el fuego de la pasión, la pérdida delalbedrío, el aliento perfumado, los latidos del corazón y otras cuantaslindezas análogas, todas trasnochadas. Esto en cuanto a las señoras. Encuanto a las doncellas de labor y cocineras, no paraban aquí losgalanteos de don Serapio. Se le consideraba como uno de los másterribles y dañinos seductores de este género; y era cosa bien sabida enNieva que más de una vez y más de dos habían ido a la fábrica con algúntierno infante entre los brazos a armarle un escándalo mayúsculo, que élse había apresurado a conjurar con los rellenos de su gaveta.Ordinariamente hacía una vida arreglada, levantándose muy de mañana,yendo a la fábrica a despachar las cuentas y a inspeccionar elcondimento de los pescados y mariscos y viniendo a eso de las cinco dela tarde a jabonarse y vestirse para emprender su paseo o sus visitasque no eran pocas, y que terminaban siempre a las once de la noche. Laúnica lectura que le agradaba, las novelas de crímenes.

La voz de don Serapio era poquita, pero desagradable, como decía unjoven humorista de los que se arrimaban a las puertas. Nunca pudoaveriguarse si era tenor, barítono o bajo. En cambio, cantaba con unsentimiento capaz de derretir a las piedras, del cual podía juzgarse porlos movimientos infinitos de sus cejas y por la expresión de desconsueloque tomaba su fisonomía así que se hallaba frente al piano. Nadie vio unrostro tan arqueado, estirado y compungido. La romanza Lontano a te,más que ninguna otra, tenía el privilegio de despertar su sensibilidad ydar a sus ojos expresión extremadamente amarga.