Marianela by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—Que su hijo de usted sufra una operación dolorosa, y después se quedetan ciego como antes.... Yo dije a usted: «La imposibilidad no estádemostrada, ¿hago la operación?»

—Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase lavoluntad de Dios.

Adelante.»

—¡Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.

Levantose D. Francisco y estrechó entre sus dos manos la de Teodoro, tanparecida a la zarpa de un león.

—En este clima la operación puede hacerse en los primeros días deOctubre—dijo Golfín—.

Mañana fijaremos el tratamiento a que debesujetarse el paciente.... Y nos vamos, que se siente fresco en estasalturas.

Penáguilas ofreció a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estosaceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quisollevar consigo, y también salió D. Francisco para hacerles compañíahasta el establecimiento.

Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobrecosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras alas cosechas del país. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviosea la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vistafija en el suelo. Pensaba en los terribles días de ansiedad y deesperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el caminoencontró a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. Laluna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca subía delante de élquebrándose en los peldaños y haciendo como unos dobleces que saltabande escalón en escalón. El perro iba a su lado. No teniendo D. Franciscootro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijoasí:

—Choto, ¿qué sucederá?

-XII-

El doctor Celipín

El señor Centeno, después de recrear su espíritu en las borrosascolumnas del Diario, y la Señana, después de gustar el más embriagadordeleite sopesando lo contenido en el calcetín, se acostaron. Habíanmarchado también los hijos a reposar sobre sus respectivos colchones.Oyose en la sala una retahíla que parecía oración o romance de ciego;oyéronse bostezos, sobre los cuales trazaba cruces el perezoso dedo....La familia de piedra dormía.

Cuando la casa fue el mismo Limbo, oyose en la cocina rumorcillo como dealimañas que salen de sus agujeros para buscarse la vida. Las cestas seabrieron y Celipín oyó estas palabras:

—Celipín, esta noche sí que te traigo un buen regalo; mira.

Celipín no podía distinguir nada; pero alargando su mano tomó de la deMaría dos duros como dos soles, de cuya autenticidad se cercioró por eltacto, ya que por la vista difícilmente podía hacerlo, quedándosepasmado y mudo.

—Me los dio D. Teodoro—añadió la Nela—para que me comprara unoszapatos. Como yo para nada necesito zapatos, te los doy, y así prontojuntarás aquello.

—¡Córcholis!, ¡que eres más buena que María Santísima!... Ya poco mefalta, Nela, y en cuanto apande media docena de reales... ya verán quiénes Celipín.

—Mira, hijito, el que me ha dado ese dinero andaba por las callespidiendo limosna cuando era niño, y después....

—¡Córcholis! ¡Quién lo había de decir!... D. Teodoro.... ¡Y ahora tienemás dinero!... Dicen que lo que tiene no lo cargan seis mulas.

—Y dormía en las calles y servía de criado y no tenía calzones... enfin, que era más pobre que las ratas. Su hermano D. Carlos vivía en unacasa de trapo viejo.

—¡Jesús! ¡Córcholis! Y qué cosas se ven por esas tierras.... Yo tambiénme buscaré una casa de trapo viejo.

—Y después tuvo que ser barbero para ganarse la vida y poder estudiar.

—Miá tú... yo tengo pensado irme derecho a una barbería.... Yo me pintosolo para rapar....

¡Pues soy yo poco listo en gracia de Dios! Desde queyo llegue a Madrid, por un lado rapando y por otro estudiando, he deaprender en dos meses toda la ciencia. Miá tú, ahora se me ha ocurridoque debo tirar para médico.... Sí, médico, que echando una mano a estepulso, otra mano al otro, se llena de dinero el bolsillo.

—D. Teodoro—dijo la Nela—tenía menos que tú, porque tú vas a tenercinco duros, y con cinco duros parece que todo se ha de venir a la mano.Aquí de los hombres guapos. Don Teodoro y D. Carlos eran como lospájaros que andan solos por el mundo. Ellos con su buen gobierno sevolvieron sabios. D. Teodoro leía en los muertos y D. Carlos leía en laspiedras, y así los dos aprendieron el modo de hacerse personas cabales.Por eso es D. Teodoro tan amigo de los pobres.

Celipín, si me hubierasvisto esta tarde cuando me llevaba al hombro.... Después me dio un vasode leche y me echaba unas miradas como las que se echan a las señoras.

—Todos los hombres listos somos de ese modo—observó Celipín conpetulancia—. Verás tú qué fino y galán voy a ser yo cuando me ponga milevita y mi sombrero de una tercia de alto. Y

también me calzaré lasmanos con eso que llaman guantes, que no pienso quitarme nunca como nosea sino para tomar el pulso.... Tendré un bastón con una porra dorada yme vestiré... eso sí, en mis carnes no se pone sino paño fino...¡Córcholis! Te vas a reír cuando me veas.

—No pienses todavía en esas cosas de remontarte mucho, que eres máspelado que un huevo—

le dijo ella—. Vete poquito a poquito; hoy meaprendo esto, mañana lo otro. Yo te aconsejo que antes de aprender esode curar a los enfermos, debes aprender a escribir para que pongas unacarta a tu madre pidiéndole perdón y diciéndole que te has ido de tucasa para afinarte, hacerte como D. Teodoro y ser un médico muy cabal.

—Calla, mujer.... ¿Pues qué creías que la escritura no es lo primero?...Deja tú que yo coja una pluma en la mano y verás qué rasgueos de letrasy qué perfiles finos para arriba y para abajo, como la firma de D.Francisco Penáguilas.... ¡Escribir!, a mí con esas... a los cuatro díasverás qué cartas pongo.... Ya las oirás leer y verás qué concéitos losmíos y qué modo aquel de echar retólicas que os dejen bobos a todos.¡Córcholis! Nela, tú no sabes que yo tengo mucho talento.

Lo siento aquídentro de mi cabeza, haciéndome burumbum, burumbum, como el agua dela caldera de vapor.... Como que no me deja dormir, y pienso que es quetodas las ciencias se me entran aquí, y andan dentro volando a tientascomo los murciélagos y diciéndome que las estudie.

Todas, todas lasciencias las he de aprender, y ni una sola se me ha de quedar.... Verástú...

—Pues debe de haber muchas. Pablo Penáguilas que las sabe todas, me hadicho que son muchas y que la vida entera de un hombre no basta para unasola.

—Ríete tú de eso.... Ya me verás a mí...

—Y la más bonita de todas es la de D. Carlos.... Porque mira tú que esode coger una piedra y hacer con ella latón. Otros dicen que hacen platay también oro. Aplícate a eso, Celipillo.

—Desengáñate, no hay saber como ese de cogerle a uno la muñeca ymirarle la lengua, y decir al momento en qué hueco del cuerpo tieneaposentado el maleficio.... Dicen que don Teodoro le saca un ojo a unhombre y le pone otro nuevo, con el cual ve como si fuera ojo nacido....Miá tú que eso de ver un hombre que se está muriendo, y con mandarletomar, pongo el caso, media docena de mosquitos guisados un lunes conpalos de mimbre cogidos por una doncella que se llame Juana, dejarlebueno y sano, es mucho aquel.... Ya verás, ya verás cómo se porta D.Celipín el de Socartes. Te digo que se ha de hablar de mí hasta en laHabana.

—Bien, bien—dijo la Nela con alegría—: pero mira que has de ser buenhijo, pues si tus padres no quieren enseñarte es porque ellos no tienentalento, y pues tú lo tienes, pídele por ellos a la Santísima Virgen yno dejes de mandarles algo de lo mucho que vas a ganar.

—Eso sí lo haré. Miá tú, aunque me voy de la casa, no es que quiera mala mis padres, y ya verás como dentro de poco tiempo ves venir un mozo dela estación cargado que se revienta con unos grandes paquetes; y ¿quéserá? Pues refajos para mi madre y mis hermanas y un sombrero alto parami padre. A ti puede que te mande también un par de pendientes.

—Muy pronto regalas—dijo la Nela sofocando la risa—. ¡Pendientes paramí!...

—Pero ahora se me está ocurriendo una cosa. ¿Quieres que te la diga?Pues es que tú debías venir conmigo, y siendo dos, nos ayudaríamos aganar y a aprender. Tú también tienes talento, que eso del pesquis a míno se me escapa, y bien podías llegar a ser señora, como yo caballero.¡Qué me había de reír si te viera tocando el piano como doña Sofía!

—¡Qué bobo eres! Yo no sirvo para nada. Si fuera contigo sería unestorbo para ti.

—Ahora dicen que van a dar vista a don Pablo, y cuando él tenga vistanada tienes tú que hacer en Socartes. ¿Qué te parece mi idea?... ¿Norespondes?

Pasó algún tiempo sin que la Nela contestara nada. Preguntó de nuevoCelipín, sin obtener respuesta.

—Duérmete, Celipín—dijo al fin la de las cestas—. Yo tengo muchosueño.

—Como mi talento me deje dormir, a la buena de Dios.

Un minuto después se veía a sí mismo en figura semejante a la de D.Teodoro Golfín, poniendo ojos nuevos en órbitas viejas, claveteandopiernas rotas y arrancando criaturas a la muerte, mediante copiosastomas de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por unadoncella. Viose cubierto de riquísimos paños, con las manos aprisionadasen guantes olorosos y arrastrado en coche, del cual tiraban cisnes, queno caballos, y llamado por reyes o solicitado de reinas, por honestasdamas requerido, alabado de magnates y llevado en triunfo por lospueblos todos de la tierra.

-XIII-

Entre dos cestas

La Nela cerró sus conchas para estar más sola. Sigámosla; penetremos ensu pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia.

Habiendo carecido absolutamente de instrucción en su edad primera;habiendo carecido también de las sugestiones cariñosas que enderezan elespíritu de un modo seguro al conocimiento de ciertas verdades, habíaseformado Marianela en su imaginación poderosa un orden de ideas muysingular, una teogonía extravagante y un modo rarísimo de apreciar lascausas y los efectos de las cosas. La idea de Teodoro Golfín era exactaal comparar el espíritu de Nela con los pueblos primitivos. Como enéstos, dominaba en ella el sentimiento y la fascinación de lomaravilloso; creía en poderes sobrenaturales, distintos del único ygrandioso Dios, y veía en los objetos de la Naturaleza personalidadesvagas que no carecían de modos de comunicación con los hombres.

A pesar de esto, la Nela no ignoraba completamente el Evangelio. Jamásle fue bien enseñado; pero había oído hablar de él. Veía que la genteiba a una ceremonia que llamaban misa, tenía idea de un sacrificiosublime; mas sus nociones no pasaban de aquí. Habíase acostumbrado arespetar, en virtud de un sentimentalismo contagioso, al Dioscrucificado; sabía que aquello debía besarse; sabía además algunasoraciones aprendidas de rutina; sabía que todo aquello que no se poseíadebía pedirse a Dios; pero nada más. El horrible abandono en que habíaestado su inteligencia hasta el tiempo de su amistad con el señorito dePenáguilas era causa de esto. Y la amistad con aquel ser extraordinario,que desde su oscuridad exploraba con el valiente ojo de su pensamientoinfatigable los problemas de la vida, había llegado tarde. En elespíritu de la Nela estaba ya petrificado lo que podremos llamar sufilosofía, hechura de ella misma, un no sé qué de paganismo y desentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos añadir que María, apesar de vivir tan fuera del elemento común en que todos vivimos,mostraba casi siempre buen sentido y sabía apreciar sesudamente lascosas de la vida, como se ha visto en los consejos que daba a Celipín.La grandísima valía de su alma explica esto.

La más notable tendencia de su espíritu era la que la impulsaba consecreta pasión a amar la hermosura física, donde quiera que seencontrase. No hay nada más natural, tratándose de un ser criado ensoledad profunda bajo el punto de vista de la sociedad y de la ciencia,y en comunicación abierta y constante, en trato familiar, digámoslo así,con la Naturaleza, poblada de bellezas imponentes o graciosas, llena deluz y colores, de murmullos elocuentes y de formas diversas. PeroMarianela había mezclado con su admiración el culto, y siguiendo unaley, propia también del estado primitivo, había personificado todas lasbellezas que adoraba en una sola, ideal y con forma humana. Esta bellezaera la Virgen María, adquisición hecha por ella en los dominios delEvangelio, que tan imperfectamente poseía. La Virgen María no habríasido para ella el ideal más querido, si a sus perfecciones morales noreuniera todas las hermosuras, guapezas y donaires del orden físico, sino tuviera una cara noblemente hechicera y seductora, un semblantehumano y divino al mismo tiempo, que a ella le parecía resumen y cifrade toda la luz del mundo, de toda la melancolía y paz sabrosa de lanoche, de la música de los arroyos, de la gracia y elegancia de todaslas flores, de la frescura del rocío, de los suaves quejidos del viento,de la inmaculada nieve de las montañas, del cariñoso mirar de lasestrellas y de la pomposa majestad de las nubes cuando gravementediscurren por la inmensidad del cielo.

La persona de Dios representábasele terrible y ceñuda, más propia parainfundir respeto que cariño. Todo lo bueno venía de la Virgen María, y ala Virgen debía pedirse todo lo que han menester las criaturas. Diosreñía y ella sonreía. Dios castigaba y ella perdonaba. No es esta últimaidea tan rara para que llame la atención. Casi rige en absoluto a lasclases menesterosas y rurales de nuestro país.

También es común en éstas, cuando se junta un gran abandono a una granfantasía, la fusión que hacía la Nela entre las bellezas de laNaturaleza y aquella figura encantadora que resume en sí casi todos loselementos estéticos de la idea cristiana. Si a la soledad en que vivíala Nela hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron;si su apartamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismohabría sido entonces completo habría adorado la Luna, los bosques, elfuego, los arroyos, el sol.

Esta era la Nela que se crió en Socartes, y así llegó a los quince años.Desde esta fecha su amistad con Pablo y sus frecuentes coloquios conquien poseía tantas y tan buenas nociones, modificaron algo su modo depensar; pero la base de sus ideas no sufrió alteración. Continuaba dandoa la hermosura física cierta soberanía augusta; seguía llena desupersticiones y adorando en la Santísima Virgen como un compendio detodas las bellezas naturales; haciendo de esta persona la ley moral, yrematando su sistema con las más extrañas ideas respecto a la muerte yla vida futura.

Encerrándose en sus conchas, Marianela habló así:

—Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué cuandomi madre me tuvo no me miraste desde arriba?... Mientras más me miro másfea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo?, ¿para qué sirvo?, ¿aquién puedo interesar?, a uno solo, Señora y madre mía, a uno solo queme quiere porque no me ve. ¿Qué será de mí cuando me vea y deje dequererme?...

porque ¿cómo es posible que me quiera viendo este cuerpochico, esta figurilla de pájaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia,esta nariz picuda, este pelo descolorido, esta persona mía que no sirvesino para que todo el mundo le dé con el pie. ¿Quién es la Nela? Nadie.La Nela sólo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelvea mí y me ve, caigo muerta... Él es el único para quien la Nela no esmenos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios asus novias, como Dios manda que se quieran las personas.... Señora madremía, ya que vas a hacer el milagro de darle vista, hazme hermosa a mí omátame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie másque para uno solo.... ¿Siento yo que recobre la vista? No, eso no, esono. Yo quiero que vea. Daré mis ojos porque él vea con los suyos; darémi vida toda.

Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen.¡Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo mevea, no. Antes que consentir que me vea, ¡Madre mía!, me enterraré viva;me arrojaré al río.... Sí, sí; que se trague la tierra mi fealdad. Yo nodebía haber nacido....

Y luego, dando una vuelta en la cesta, proseguía:

—Mi corazón es todo para él. Este cieguito que ha tenido el antojo dequererme mucho, es para mí lo primero del mundo después de la VirgenMaría. ¡Oh! ¡Si yo fuese grande y hermosa; si tuviera el talle, la caray el tamaño... sobre todo el tamaño de otras mujeres; si yo pudiesellegar a ser señora y componerme!... ¡Ay!, entonces mi mayor deliciasería que sus ojos se recrearan en mí... Si yo fuera como las demás,siquiera como Mariuca... ¡qué pronto buscaría el modo de instruirme, deafinarme, de ser una señora!... ¡Oh! ¡Madre y reina mía, lo único quetengo me lo vas a quitar!... ¿Para qué permitiste que le quisiera yo yque él me quisiera a mí? Esto no debió ser así:

Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por elsueño:

—¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, ala pobre Nela que no es nada.... Quiéreme mucho.... Déjame darte un besoen tu preciosísima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires...ciérralos, así, así.

-XIV-

De cómo la Virgen María se apareció a la Nela

Los pensamientos que huyen cuando somos vencidos por el sueño, suelenquedarse en acecho para volver a ocuparnos bruscamente cuandodespertamos. Así ocurrió a Mariquilla, que habiéndose quedado dormidacon los pensamientos más raros acerca de la Virgen María, del ciego, yde su propia fealdad, que ella deseaba ver trocada en pasmosa hermosura,con ellos mismos despertó cuando los gritos de la Señana la arrancaronde entre sus cestas. Desde que abrió los ojos, la Nela hizo su oraciónde costumbre a la Virgen María; pero aquel día la oración fue unaretahíla compuesta de la retahíla ordinaria de las oraciones y dealgunas piezas de su propia invención, resultando un discurso que si seescribiera habría de ser curioso. Entre otras cosas, la Nela dijo:

Anoche te me has aparecido en sueños, Señora, y me prometiste que hoy meconsolarías. Estoy despierta y me parece que todavía te estoy mirando yque tengo delante tu cara, más linda que todas las cosas guapas yhermosas que hay en el mundo.

Al decir esto, la Nela revolvía sus ojos con desvarío en derredor desí... Observándose a sí misma de la manera vaga que podía hacerlo, pensóde este modo:—A mí me pasa algo.

—¿Qué tienes, Nela?, ¿qué te pasa, chiquilla?—le dijo la Señana,notando que la muchacha miraba con atónitos ojos a un punto fijo delespacio—. ¿Estás viendo visiones, marmota?

La Nela no respondió porque estaba su espíritu ocupado en platicarconsigo mismo, diciéndose:

—¿Qué es lo que yo tengo?... No puede ser maleficio, porque lo quetengo dentro de mí no es la figura feísima y negra del demonio malo,sino una cosa celestial, una cara, una sonrisa y un modo de mirar que, oyo estoy tonta, o son de la misma Virgen María en persona. Señora ymadre mía, ¿será verdad que hoy vas a consolarme?... ¿Y cómo me vas aconsolar? ¿Qué te he pedido anoche?

—¡Eh!... chiquilla—gritó la Señana con voz desapacible, como el másdestemplado sonido que puede oírse en el mundo—. Ven a lavarte esa carade perro.

La Nela corrió. Había sentido en su espíritu un sacudimiento como el queproduce la repentina invasión de una gran esperanza. Mirose en latrémula superficie del agua, y al instante sintió que su corazón seoprimía.

—Nada...—murmuró—tan feíta como siempre. La misma figura de niña conalma y años de mujer.

Después de lavarse, sobrecogiéronla las mismas extrañas sensaciones quehabía experimentado antes, al modo de congojas placenteras. Marianela, apesar de su escasa experiencia, tuvo tino para clasificar aquellassensaciones en el orden de los presentimientos.

—Pablo y yo—pensó—hemos hablado de lo que se siente cuando va a veniruna cosa alegre o triste. Pablo me ha dicho también que poco antes delos temblores de tierra se siente una cosa particular, y las personassienten una cosa particular... y los animales sienten también una cosaparticular.... ¿Irá a temblar la tierra?

Arrodillándose tentó el suelo.

—No sé... pero algo va a pasar. Que es una cosa buena no puedodudarlo.... La Virgen me dijo anoche que hoy me consolaría.... ¿Qué es loque tengo?... ¿Esa Señora celestial anda alrededor de mí? No la veo,pero la siento, está detrás, está delante.

Pasó por junto a las máquinas de lavado en dirección al plano inclinadoy miraba con despavoridos ojos a todas partes. No veía más que lasfiguras de barro crudo que se agitaban con gresca infernal en medio deláspero bullicio de las cribas cilíndricas, pulverizando el agua yhumedeciendo el polvo. Más adelante, cuando se vio sola, se detuvo, yponiéndose el dedo en la frente y clavando los ojos en el suelo con lavaguedad que imprime a aquel sentido la duda, se hizo esta pregunta:

—¿Pero yo estoy alegre o estoy triste?»

Miró después al cielo, admirándose de hallarlo lo mismo que todos losdías (y era aquél de los más hermosos) y avivó el paso para llegarpronto a Aldeacorba de Suso. En vez de seguir la cañada de las minaspara subir por la escalera de palo, se apartó de la hondonada por elregato que hay junto al plano inclinado, con objeto de subir a laspraderas y marchar después derecha y por camino llano a Aldeacorba. Estecamino era más bonito y por eso lo prefería casi siempre. Había callejaspobladas de graciosas y aromáticas flores, en cuya multitud pastabanrebaños de abejas y mariposas; había grandes zarzales llenos del negrofruto que tanto apetecen los chicos; había grupos de guinderos, en cuyostroncos se columpiaban las madreselvas, y había también corpulentasencinas, grandes, anchas, redondas, hermosas, oscuras, que parece serecreaban contemplando su propia sombra.

La Nela seguía andando despacio, inquieta de lo que en sí misma pasaba yde la angustia deliciosa que la embargaba. Su imaginación fecunda supoal fin hallar la fórmula más propia para expresar aquella obsesión, yrecordando haber oído decir: Fulano o Zutano tiene los demonios en elcuerpo, ella dijo:—«Yo tengo los ángeles en el cuerpo.... VirgenMaría, tú estás hoy conmigo.

Esto que siento son las carcajadas de tusángeles que juegan dentro de mí. Tú no estás lejos, te veo y no te veo,como cuando vemos con los ojos cerrados».

La Nela cerraba los ojos y los volvía a abrir. Habiendo pasado junto aun bosque, dobló el ángulo del camino para llegar a un sitio donde seextendía un gran bardo de zarzas, las más frondosas, las más bonitas ycrecidas de todo aquel país. También se veían lozanos helechos,madreselvas, parras vírgenes y otras plantas de arrimo, que se sosteníanunas a otras por no haber allí grandes troncos. La Nela sintió que lasramas se agitaban a su derecha; miró...

¡Cielos divinos! Allí estabadentro de un marco de verdura la Virgen María Inmaculada, con su propiacara, sus propios ojos, que al mirar ponían en sí mismos toda lahermosura del cielo. La Nela se quedó muda, petrificada, y con unasensación que era al mismo tiempo el fervor y el espanto. No pudo dar unpaso, ni gritar, ni moverse, ni respirar, ni apartar sus ojos de aquellaaparición maravillosa.

Había aparecido entre el follaje, mostrando completamente todo su bustoy cara. Era, sí, la auténtica imagen de aquella escogida doncella deNazareth, cuya perfección moral han tratado de expresar por medio de laforma pictórica los artistas de diez y ocho siglos, desde San Lucashasta los contemporáneos. La humanidad ha visto esta sacra persona condistintos ojos, ora con los de Alberto Dürer, ora con los de RafaelSanzio, o bien con los de Van Eick o Bartolomé Murillo.

Aquella que a laNela se apareció era según el modo Rafaelesco, que es el mássobresaliente de todos, si se atiende a que la perfección de la bellezahumana se acerca más que ningún otro recurso artístico a la expresión dela divinidad. El óvalo de su cara era menos angosto que el del tiposevillano, ofreciendo la graciosa redondez del tipo itálico. Sus ojos deadmirables proporciones, eran la misma serenidad unida a la gracia, a laarmonía, con un mirar tan distinto de la frialdad como del extremadorelampagueo de los ojos andaluces. Sus cejas eran delicada hechura delmás fino pincel y trazaban un arco sutil y delicioso. En su frente no seconcebían el ceño del enfado ni las sombras de la tristeza, y sus labiosun poco gruesos, dejaban ver al sonreír los más preciosos dientes quehan mordido manzana del Paraíso. Sin querer hemos ido a parar a nuestramadre Eva, cuando tan lejos está la que dio el triunfo a la serpiente dela que aplastó su cabeza; pero la consideración de las distintas manerasde la belleza humana conduce a estos y a otros más lamentablescontrasentidos. Para concluir el imperfecto retrato de aquella visióndivina que dejó desconcertada y como muerta a la pobre Nela, diremos quesu tez era de ese color de rosa tostado, o más bien moreno encendido queforma como un rubor delicioso en el rostro de aquellas divinas imágenes,ante las cuales se extasían lo mismo los siglos devotos que los impíos.

Pasado el primer instante de estupor, lo que primero fue observado porMarianela, causándole gran confusión, fue que la bella Virgen tenía unacorbata azul en su garganta, adorno que ella no había visto jamás en lasVírgenes soñadas ni en las pintadas. Inmediatamente observó también quelos hombros y el pecho de la divina mujer se cubrían con un vestido, enel cual todo era semejante a los que usan las mujeres del día. Pero loque más turbó y desconcertó a la pobre muchacha fue ver que la gentilimagen estaba cogiendo moras de zarza... y comiéndoselas.

Empezaba a hacer los juicios a que daba ocasión esta extraña conducta dela Virgen, cuando oyó una voz varonil y chillona que decía:

—¡Florentina, Florentina!

—Aquí estoy, papá; aquí estoy comiendo moras silvestres.

—¡Dale!... ¿Y qué gusto le encuentras a las moras silvestres?...¡Caprichosa!... ¿no te he dicho que eso es más propio de los chicuelosholgazanes del campo que de una señorita criada en la buena sociedad?...criada en la buena sociedad?

La Nela vio acercarse con grave paso al que esto decía. Era un hombre deedad madura, mediano de cuerpo, algo rechoncho, de cara arrebolada y queparecía echar de sí rayos de satisfacción como el sol los echa de luz;pequeño de piernas, un poco largo de nariz, y magnificado con variosobjetos decorativos, entre los cuales descollaba una gran cadena dereloj y un fino sombrero de fieltro de alas anchas.

—Vamos, mujer—dijo cariñosamente el señor D. Manuel Penáguilas, puesno era otro—, las personas decentes no comen moras silvestres ni danesos brincos. ¿Ves?, te has estropeado el vestido... no lo digo por elvestido, que así como se te compró ese, se te comprará otro...

dígoloporque la gente que te vea podrá creer que no tienes más ropa que lapuesta.

La Nela, que comenzaba a ver claro, observó los vestidos de la señoritade Penáguilas. Eran buenos y ricos; pero su figura expresaba a maravillala transición no muy lenta del estado de aldeana al de señorita rica.Todo su atavío, desde el calzado a la peineta, era de señorita de puebloen día del santo patrono titular. Mas eran tales y tan supinos losencantos naturales de Florentina, que ningún accidente comprendido enlas convencionales reglas de la elegancia podía oscurecerlos. No podíanegarse, sin embargo, que su encantadora persona estaba pidiendo agritos una rústica saya, un cabello en trenzas y al desgaire, conaderezo de amapolas, un talle en justillo, una sarta de corales, ensuma, lo que el pudor y el instinto de presunción hubieran ideado porsí, sin mezcla de ninguna invención cortesana.

Cuando la señorita se apartaba del zarzal, D. Manuel acertó a ver a laNela a punto que esta había caído completamente de su burro, ydirigiéndose a ella, gritó:

—¡Oh!... ¿aquí estás tú?... Mira, Florentina, esta es la Nela...recordarás que te hablé de ella.

Es la que acompaña a tu primito... a tuprimito. ¿Y qué tal te va por estos barrios?...

—Bien, Sr. D. Manuel. ¿Y usted, cómo está?—repuso Mariquilla, sinapartar los ojos de Florentina.

—Yo tan campante, ya ves tú. Esta es mi hija. ¿Qué te parece?

Florentina corría detrás de una mariposa.

—Hija mía, ¿a dónde vas?, ¿qué es eso?—dijo el padre, visiblementecontrariado—. ¿Te parece bien que corras de ese modo detrás de uninsecto como los chiquillos vagabundos?...

Mucha formalidad, hija mía.Las señoritas criadas entre la buena sociedad no hacen eso... no haceneso....

D. Manuel tenía la costumbre de repetir la última frase de sus párrafoso discursos.

—No se enfade usted, papá—repitió la joven, regresando después de suexpedición infructuosa hasta ponerse al amparo de las alas del sombreropaterno—. Ya sabe usted que me gusta mucho el campo y que me vuelvoloca cuando veo árboles, flores, praderas. Como en aquella triste tierrade Campó donde vivimos no hay nada de esto....

—¡Oh! No hables mal de Santa Irene de Campó, una villa ilustrada, dondese encuentran hoy muchas comodidades y una sociedad distinguida. Tambiénhan llegado allá los adelantos de la civilización... de la civilización.Andando a mi lado juiciosamente puedes admirar la Naturaleza; yo tambiénla admiro sin hacer cabriolas como los volatineros. A las personaseducadas entre una sociedad escogida se las conoce sólo por el modo deandar y por el modo de contemplar los objetos todos. Eso de estardiciendo a cada instante: «¡ah!, ¡oh!... ¡qué bonito!... ¡Mire usted,papá!», señalando a un helecho, a un roble, a una piedra, a un espino, aun chorro de agua, no es cosa de muy buen gusto.... Creerán que te hascriado en algún desierto.... Con que anda a mi lado.... La Nela nos dirápor dónde volveremos a casa, porque a la verdad, yo no sé dónde estamos.

—Tirando a la izquierda por detrás de aquella casa vieja—dijo laNela—se llega muy pronto....

Pero aquí viene el Sr. D. Francisco.

En efecto, apareció D. Francisco gritando:

—Que se enfría el chocolate....

—Qué quieres, hombre.... Mi hija estaba tan deseosa de retozar por elcampo, que no ha querido esperar, y aquí nos tienes de mata en mata comocabritillos... de mata en mata como cabritillos.

—A casa, a casa. Ven tú también, Nela, para que tomes chocolate—dijoPenáguilas, poniendo su mano sobre la cabeza de la vagabunda—. ¿Qué teparece mi sobrina?... Vaya que es guapa....

Florentina, después quetoméis chocolate, la Nela os llevará a pasear a entrambos, a Pablo y ati, y verás todas las hermosuras del país, las minas, el bosque, elrío....

Florentina dirigió una mirada cariñosa a la infeliz criatura, que a sulado parecía hecha expresamente por la Naturaleza para hacer resaltarmás la perfección y magistral belleza de algunas de sus obras.

Al llegar a la casa esperábalos la mesa con las jícaras donde aún hervíael espeso licor guayaquileño y un montoncillo de rebanadas de pan.También estaba en expectativa la mantequilla, puesta entre hojas dehelechos, sin que faltaran algunas pastas y golosinas. Los vasostransparente y fresca agua reproducían en su convexo cristal estasbellezas gastronómicas, agrandándolas.

—Hagamos algo por la vida—dijo D. Francisco, sentándose.

—Nela—indicó Pablo—tú también tomarás chocolate.

No lo había dicho, cuando Florentina ofreció a Marianela el jicarón contodo lo demás que en la mesa había. Resistíase a aceptar el convite; mascon tanta bondad y con tan graciosa llaneza insistió la señorita dePenáguilas, que no hubo más que decir. Miraba de reojo D. Manuel a suhija, cual si no se hallara completamente satisfecho de los progresos deella en el arte de la buena educación, porque una de las partesprincipales de esta consistía, según él, en una fina apreciación de losgrados de urbanidad con que debía obsequiarse a las diferentes personassegún su posición, no dando a ninguna ni más ni menos de lo que lecorrespondía con arreglo al fuero social; y de este modo quedaban todosen su lugar y la propia dignidad se sublimaba, conservándose en el justomedio de la cortesía, el cual estriba en no ensoberbecerse demasiadodelante de los ricos, ni humillarse demasiado delante de los pobres...ni humillarse demasiado delante de los pobres....

Luego que fue tomado el chocolate, don Francisco dijo:

—Váyase fuera toda la gente menuda. Hijo mío, hoy es el último día queD. Teodoro te permite salir fuera de casa. Los tres pueden ir a paseo,mientras mi hermano y yo vamos a echar un vistazo al ganado.... Pájaros,a volar.

No necesitaron que se les rogara mucho. Convidados de la hermosura deldía, volaron los jóvenes al campo.

-XV-

Los tres

Estaba la señorita de pueblo muy gozosa en medio de las risueñaspraderas sin la enojosa traba de las pragmáticas sociales de su señorpadre, y así, en cuanto se vio a regular distancia de la casa, empezó acorrer alegremente y a suspenderse de las ramas de los árboles que a sualcance estaban, para balancearse ligeramente en ellas. Tocaba con lasyemas de sus dedos las moras silvestres, y cuando las hallaba madurascogía tres, una para cada boca.

—Esta para ti, primito—decía poniéndosela en la boca—y esta para ti,Nela. Dejaré para mí la más chica.

Al ver cruzar los pájaros a su lado no podía resistir movimientossemejantes a una graciosa pretensión de volar, y decía: «¿A dónde iránahora esos bribones?» De todos los robles cogía una rama y abriendo labellota para ver lo que había dentro, la mordía, y al sentir su amargor,arrojábala lejos. Un botánico atacado del delirio de las clasificacionesno hubiera coleccionado con tanto afán como ella todas las floresbonitas que le salían al paso, dándole la bienvenida desde el suelo consus carillas de fiesta. Con lo recolectado en media hora adornó todoslos ojales de la americana de su primo, los cabellos de la Nela, y porúltimo, sus propios cabellos.

—A la primita—dijo Pablo—le gustará ver las minas. Nela, ¿no teparece que bajemos?

—Sí, bajemos.... Por aquí, señorita.

—Pero no me hagan pasar por túneles, que me da mucho miedo. Eso sí queno lo consiento—

dijo Florentina, siguiéndoles—. Primo, ¿tú y la Nelapaseáis mucho por aquí?... Esto es precioso.

Aquí viviría yo toda mivida.... ¡Bendito sea el hombre que te va a dar la facultad de gozar detodas estas preciosidades!

—¡Dios lo quiera! Mucho más hermosas me parecerán a mí, que jamás lashe visto, que a vosotras que estáis saciadas de verlas.... No creas tú,Florentina, que yo no comprendo las bellezas; las siento en mí de talmodo, que casi, casi suplo con mi pensamiento la falta de la vista.

—Eso sí que es admirable.... Por más que digas—replicóFlorentina—siempre te resultarán algunos buenos chascos cuando abraslos ojos.

—Podrá ser—dijo el ciego, que aquel día estaba muy lacónico.

La Nela no estaba lacónica sino muda.

Cuando se acercaron a la concavidad de la Terrible, Florentina admiró elespectáculo sorprendente que ofrecían las rocas cretáceas, subsistentesen medio del terreno después de arrancado el mineral. Comparolo agrandes grupos de bollos, pegados unos a otros por el azúcar; después demirarlo mucho por segunda vez, comparolo a una gran escultura de perrosy gatos que se habían quedado convertidos en piedra en el momento máscrítico de una encarnizada reyerta.

—Sentémonos en esta ladera—dijo—y veremos pasar los trenes conmineral, y además veremos esto que es muy curioso. Aquella piedra grandeque está en medio tiene su gran boca,

¿no la ves, Nela?, y en la bocatiene un palillo de dientes; es una planta que se ha nacido sola.

Pareceque se ríe mirándonos, porque también tiene ojos; y más allá hay una conjoroba, y otra que fuma en pipa, y dos que se están tirando de lospelos, y una que bosteza, y otra que duerme la mona, y otra que estáboca abajo sosteniendo con los pies una catedral, y otra que empieza enguitarra y acaba en cabeza de perro, con una cafetera por gorro.

—Todo eso que dices, primita—observó el ciego—me prueba que con losojos se ven muchos disparates, lo cual indica que ese órgano tanprecioso sirve a veces para presentar las cosas desfiguradas, cambiandolos objetos de su natural forma en otra postiza y fingida; pues en loque tienes delante de ti no hay confituras, ni gatos, ni hombres, nipalillos de dientes, ni catedrales, ni borrachos, ni cafeteras, sinosimplemente rocas cretáceas y masas de tierra caliza embadurnadas conóxido de hierro. De la cosa más sencilla hacen tus ojos un berenjenal.

—Tienes razón, primo. Por eso digo yo que nuestra imaginación es la queve y no los ojos. Sin embargo, éstos sirven para enterarnos de algunascositas que los pobres no tienen y que nosotros podemos darles.

Diciendo esto tocaba el vestido de la Nela.

—¿Por qué esta bendita Nela no tiene un traje mejor?—añadió laseñorita de Penáguilas—. Yo tengo varios y le voy a dar uno, y ademásotro, que será nuevo.

Avergonzada y confusa, Marianela no alzaba los ojos.

—Es cosa que no comprendo... ¡que algunos tengan tanto y otros tanpoco!... Me enfado con papá cuando le oigo decir palabrotas contra losque quieren que se reparta por igual todo lo que hay en el mundo. ¿Cómose llaman esos tipos, Pablo?

—Esos serán los socialistas, los comunistas—replicó el jovensonriendo.

—Pues esa es mi gente. Soy partidaria de que haya reparto y de que losricos den a los pobres todo lo que tengan de sobra.... ¿Por qué estapobre huérfana ha de estar descalza y yo no?... Ni aun se debe permitirque estén desamparados los malos, cuanto más los buenos.... Yo sé que laNela es muy buena, me lo has dicho tú anoche, me lo ha dicho también tupadre.... No tiene familia, no tiene quien mire por ella. ¿Cómo seconsiente que haya tanta y tanta desgracia? A mí me quema el pan la bocacuando pienso que hay muchos que no lo prueban. ¡Pobre Mariquita, tanbuena y tan abandonada!... ¡Es posible que hasta ahora no la hayaquerido nadie, ni nadie le haya dado un beso, ni nadie le haya habladocomo se habla a las criaturas!... Se me parte el corazón de pensarlo.

Marianela estaba atónita y petrificada de asombro, lo mismo que en elprimer instante de la aparición. Antes había visto a la VirgenSantísima, ahora la escuchaba.

—Mira tú, huerfanilla—añadió la Inmaculada—y tú, Pablo, óyeme bien:yo quiero socorrer a la Nela, no como se socorre a los pobres que seencuentran en un camino, sino como se socorrería a un hermano que noshalláramos de manos a boca.... ¿No dices tú que ella ha sido tu mejorcompañera, tu lazarillo, tu guía en las tinieblas? ¿No dices que hasvisto con sus ojos y has andado con sus pasos? Pues la Nela mepertenece; yo me entiendo con ella. Yo me encargo de vestirla, de darletodo lo que una persona necesita para vivir decentemente, y le enseñarémil cosas para que sea útil en una casa. Mi padre dice que quizás,quizás me tenga que quedar a vivir aquí para siempre. Si es así, la Nelavivirá conmigo; conmigo aprenderá a leer, a rezar, a coser, a guisar;aprenderá tantas cosas, que será como yo misma. ¿Qué pensáis?, pues sí,y entonces no será la Nela, sino una señorita. En esto no me contrariarámi padre. Además, anoche me ha dicho:

«Florentinilla, quizás, quizásdentro de poco, no mandaré yo en ti; obedecerás a otro dueño...»

Sea loque Dios quiera, tomo a la Nela por mi amiga. ¿Me querrás mucho?... Comohas estado tan desamparada, como vives lo mismo que las flores de loscampos, tal vez no sepas ni siquiera agradecer; pero yo te lo he deenseñar... ¡te he de enseñar tantas cosas!...

Marianela, que mientras oía tan nobles palabras había estado resistiendocon mucho trabajo los impulsos de llorar, no pudo al fin contenerlos, ydespués de hacer pucheros durante un minuto, rompió en lágrimas. Elciego, profundamente pensativo, callaba.

—Florentina—dijo al fin—tu lenguaje no se parece al de la mayoría delas personas. Tu bondad es enorme y entusiasta como la que ha llenado demártires la tierra y poblado de santos el cielo.

—¡Qué exageración!—dijo Florentina riendo.

Poco después de esto la señorita se levantó para coger una flor quedesde lejos había llamado su atención.

—¿Se fue?—preguntó Pablo.

—Sí—replicó la Nela, enjugando sus lágrimas.

—¿Sabes una cosa, Nela?... Se me figura que mi prima ha de ser algobonita. Cuando llegó anoche a las diez... sentí hacia ella grandísimaantipatía.... No puedes figurarte cuánto me repugnaba. Ahora se meantoja, sí, se me antoja que debe ser algo bonita.

La Nela volvió a llorar.

—¡Es como los ángeles!—exclamó entre un mar de lágrimas—. Es como siacabara de bajar del cielo. En ella cuerpo y alma son como los de laSantísima Virgen María.

—¡Oh!, no exageres—dijo Pablo con inquietud—. No puede ser tanhermosa como dices....

¿Crees que yo, sin ojos, no comprendo dónde estála hermosura y dónde no?

—No, no; no puedes comprender... ¡qué equivocado estás!

—Sí, sí... no puede ser tan hermosa—manifestó el ciego, poniéndosepálido y revelando la mayor angustia—. Nela, amiga de mi corazón; ¿nosabes lo que mi padre me ha dicho anoche?...

Que si recobro la vista mecasaré con Florentina.

La Nela no respondió nada. Sus lágrimas silenciosas corrían sin cesar,resbalando por su tostado rostro y goteando sobre sus manos. Pero ni aunpor su amargo llanto podían conocerse las dimensiones de su dolor. Sóloella sabía que era infinito.

—Ya sé por qué lloras tanto—dijo el ciego estrechando las manos de sucompañera—. Mi padre no se empeñará en imponerme lo que es contrario ami voluntad. Para mí no hay más mujer que tú en el mundo. Cuando misojos vean, si ven, no habrá para ellos otra hermosura más que la tuyacelestial; todo lo demás será sombras y cosas lejanas que no fijarán miatención. ¿Cómo es el semblante humano, Dios mío? ¿De qué modo seretrata el alma en las caras? Si la luz no sirve para enseñarnos lo realde nuestro pensamiento, ¿para qué sirve? Lo que es y lo que se siente,¿no son una misma cosa? La forma y la idea ¿no son como el calor y elfuego? ¿Pueden separarse?

¿Puedes dejar tú de ser para mí el máshermoso, el más amado de todos los seres de la tierra cuando yo me hagadueño de los inmensos dominios de la forma?

Florentina volvió. Hablaron algo más; pero después de lo que hemosescrito, nada de cuanto dijeron es digno de ser transmitido al lector.

-XVI-

La promesa

En los siguientes días no pasó nada; mas vino uno en el cual ocurrió unhecho asombroso, capital, culminante. Teodoro Golfín, aquel artíficesublime en cuyas manos el cuchillo del cirujano era el cincel del genio,había emprendido la corrección de una delicada hechura de la Naturaleza.Intrépido y sereno, había entrado con su ciencia y su experiencia en elmaravilloso recinto cuya construcción es compendio y abreviado resumende la inmensa arquitectura del Universo. Era preciso hacer frente a losmás grandes misterios de la vida, interrogarlos y explorar las causasque impedían a los ojos de un hombre el conocimiento de la realidadvisible.

Para esto había que trabajar con ánimo resuelto, rompiendo uno de losmás delicados organismos, la córnea; apoderarse del cristalino y echarlofuera, respetando la hialoides y tratando con la mayor consideración alhumor vítreo; ensanchar por medio de un corte las dimensiones de lapupila, y examinar por inducción o por medio de la catóptrica el estadode la cámara posterior.

Pocas palabras siguieron a esta atrevida expedición por el interior deun mundo microscópico, empresa no menos colosal que la medida de lasdistancias de los astros en las infinitas magnitudes del espacio. Mudosy espantados estaban los individuos de la familia que el casopresenciaban. Cuando se espera la resurrección de un muerto o lacreación de un mundo no se está de otro modo. Pero Golfín no decía nadaconcreto, sus palabras eran:

—Contractibilidad de la pupila... retina sensible... algo de estadopigmentario... nervios llenos de vida.

Pero el fenómeno sublime, el hecho, el hecho irrecusable, la visión,¿dónde estaba?

—A su tiempo se sabrá—dijo Teodoro, empezando la delicada operacióndel vendaje—.

Paciencia.

Y su fisonomía de león no expresaba desaliento ni triunfo; no dabaesperanza, ni la quitaba. La ciencia había hecho todo lo que sabía. Eraun simulacro de creación, como otros muchos que son gloria y orgullo delsiglo XIX. En presencia de tanta audacia la Naturaleza, que no permitesean sorprendidos sus secretos, continuaba muda y reservada.

El paciente fue incomunicado con absoluto rigor. Sólo su padre leasistía. Ninguno de la familia podía verle.

Iba la Nela a preguntar por el enfermo cuatro o cinco veces; pero nopasaba de la portalada, aguardando allí hasta que salieran el Sr. D.Manuel, su hija o cualquiera otra persona de la casa.

La señorita,después de darle prolijas noticias y de pintar la ansiedad en que estabatoda la familia, solía pasear un poco con ella. Un día quiso Florentinaque Marianela le enseñara su casa, y bajaron a la morada de Centeno,cuyo interior causó no poco disgusto y repugnancia a la señorita,mayormente cuando vio las cestas que a la huérfana servían de cama.

—Pronto ha de venir la Nela a vivir conmigo—dijo Florentina, saliendoa toda prisa de aquella caverna—, y entonces tendrá una cama como lamía y vestirá y comerá lo mismo que yo.

Absorta se quedó al oír estas palabras la señora de Centeno, así como laMariuca y la Pepina, y no les ocurrió sino que a la miserable huérfanaabandonada le había salido algún padre rey o príncipe, como se contabaen los cuentos y romances.

Cuando estuvieron solas Florentina dijo a María:

—Ruégale a Dios de día y de noche que conceda a mi querido primo esedon que nosotros poseemos y de que él ha carecido. ¡En qué ansiedad tangrande vivimos! Con su vista vendrán mil felicidades y se remediaránmuchos males. Yo he hecho a la Virgen una promesa sagrada: he prometidoque si da la vista a mi primo he de recoger al pobre más pobre queencuentre, dándole todo lo necesario para que pueda olvidarcompletamente su pobreza, haciéndole enteramente igual a mí por lascomodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta vestir a unapersona, ni sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Espreciso ofrecerle también aquella limosna que vale más que todos losmendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la consideración, ladignidad, el nombre. Yo daré a mi pobre estas cosas, infundiéndole elrespeto y la estimación de sí mismo. Ya he escogido a mi pobre, María;mi pobre eres tú. Con todas las voces de mi alma le he dicho a laSantísima Virgen que si devuelve la vista a mi primo, haré de ti unahermana: serás en mi casa lo mismo que soy yo, serás mi hermana.

Diciendo esto la Virgen estrechó con amor entre sus brazos la cabeza dela Nela y diole un beso en la frente.

Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda enaquella culminante hora de su vida. Un horror instintivo la alejaba dela casa de Aldeacorba, horror con el cual se confundía la imagen de laseñorita de Penáguilas, como las figuras que se nos presentan en unapesadilla; y al mismo tiempo sentía nacer en su alma admiración ysimpatía considerables hacia aquella misma persona.... A veces creía conpueril inocencia que era la Virgen María en esencia y presencia. De talmodo comprendía su bondad que creía estar viendo, como el interior de unhermoso paraíso abierto, el alma de Florentina, llena de pureza, deamor, de bondades, de pensamientos discretos y consoladores. La Nelatenía la rectitud suficiente para adoptar y asimilarse al punto la ideade que no podría aborrecer a su improvisada hermana. ¿Cómo aborrecerla,si se sentía impulsada espontáneamente a amarla con todas las energíasde su corazón? La aversión, la repulsión eran como un sedimento que alfin de la lucha debía quedar en el fondo para descomponerse al cabo ydesaparecer, sirviendo sus elementos para alimentar la admiración y elrespeto hacia la misma amiga bienhechora. Pero si desaparecía laaversión, no así el sentimiento que la había causado, el cual, nopudiendo florecer por sí ni manifestarse solo, con el exclusivismoavasallador que es condición propia de tales afectos, prodújole unaplanamiento moral que trajo consigo la más amarga tristeza. En casa deCenteno observaron que la Nela no comía, que parecía más parada que decostumbre, que permanecía en silencio y sin movimiento como una estatualarguísimos ratos, que hacía mucho tiempo que no cantaba de noche ni dedía.

Su incapacidad para todo había llegado a ser absoluta, y habiéndolamandado Tanasio por tabaco a la Primera de Socartes, sentose en elcamino y allí se estuvo todo el día.

Una mañana, cuando habían pasado ocho días después de la operación, fuea casa del ingeniero jefe, y Sofía le dijo:

—¡Albricias, Nela! ¿No sabes las noticias que corren? Hoy han levantadola venda a Pablo....

Dicen que ve algo, que ya tiene vista.... Ulises,el jefe de taller, lo acaba de decir.... Teodoro no ha venido aún, peroCarlos ha ido allá; pronto sabremos si es verdad.

Quedose la Nela al oír esto más muerta que viva, y cruzando las manosexclamó así:

—¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!... Ella,ella sola es quien lo ha hecho.

—¿Te alegras?... Ya lo creo: ahora la señorita Florentina cumplirá supromesa—dijo Sofía en tono de mofa—. Mil enhorabuenas a la señora doñaNela.... Ahí tienes tú como cuando menos se piensa se acuerda Dios delos pobres. Esto es como una lotería... ¡qué premio gordo, Nelilla!...

Ypuede que no seas agradecida... no, no lo serás.... No he conocido aningún pobre que tenga agradecimiento. Son soberbios, y mientras más seles da, más quieren.... Ya es cosa hecha que Pablo se casará con suprima: es buena pareja; los dos son guapos chicos; y ella no parecetonta...

y tiene una cara preciosa, ¡qué lástima de cara y de cuerpo conaquellos vestidos tan horribles!...

No, no, si necesito vestirme, no metraigan acá a la modista de Santa Irene de Campó.

Esto decía cuando entró Carlos. Su rostro resplandecía de júbilo.

—¡Triunfo completo!—gritó desde la puerta—. Después de Dios, mihermano Teodoro.

—¿Es cierto?...

—Como la luz del día.... Yo no lo creí... ¡Pero qué triunfo Sofía! ¡Quétriunfo! No hay para mí gozo mayor que ser hermano de mi hermano.... Esel rey de los hombres.... Si es lo que digo: después de Dios, Teodoro.

-XVII-

Fugitiva y meditabunda

La estupenda y gratísima nueva corrió por todo Socartes. No se hablabade otra cosa en los hornos, en los talleres, en las máquinas de lavar,en el plano inclinado, en lo profundo de las excavaciones y en lo altode los picos, al aire libre y en las entrañas de la tierra.

Añadíanseinteresantes comentarios: que en Aldeacorba se creyó por un momento quedon Francisco Penáguilas había perdido la razón; que D. ManuelPenáguilas pensaba celebrar el regocijado suceso dando un banquete atodos cuantos trabajaban en las minas, y finalmente, que D. Teodoro eradigno de que todos los ciegos habidos y por haber le pusieran en lasniñas de sus ojos.

La Nela no se atrevía a ir a la casa de Aldeacorba. Una secreta fuerzapoderosa la alejaba de ella. Anduvo vagando todo el día por losalrededores de la mina, contemplando desde lejos la casa de Penáguilas,que le parecía transformada. En su alma se juntaba a un gozoextraordinario una como vergüenza de sí misma; a la exaltación de unafecto noble la insoportable comezón, digámoslo así, del amor propio mássusceptible.

Halló una tregua a las congojosas batallas de su alma en la madresoledad, que tanto había contribuido a la formación de su carácter, y enla contemplación de las hermosuras de la Naturaleza, que siempre lefacilitaba extraordinariamente la comunicación de su pensamiento con ladivinidad. Las nubes del cielo y las flores de la tierra hacían en suespíritu efecto igual al que hacen en otros la pompa de los altares, laelocuencia de los oradores cristianos y las lecturas de sutilesconceptos místicos. En la soledad del campo pensaba ella y decíamentalmente mil cosas, sin sospechar que eran oraciones.

Mirando a Aldeacorba, decía:

—No volveré más allá... Ya acabó todo para mí... Ahora, ¿de qué sirvoyo?

En su rudeza pudo observar que el conflicto en que estaba su almaprovenía de no poder aborrecer a nadie. Por el contrario, érale forzosoamar a todos, al amigo y al enemigo, y así como los abrojos se trocabanen flores bajo la mano milagrosa de una mártir cristiana, la Nela veíaque sus celos y su despecho se convertían graciosamente en admiración ygratitud. Lo que no sufría metamorfosis era aquella pasioncilla queantes llamamos vergüenza de sí misma, y que la impulsaba a eliminar supersona de todo lo que pudiera ocurrir en lo sucesivo en Aldeacorba.

Eraaquello como un aspecto singular del mismo sentimiento que en los sereseducados y civilizados se llama amor propio, por más que en ellarevistiera los caracteres del desprecio de sí misma; pero la filiaciónde aquel sentimiento con el que tan grande parte tiene en las accionesdel hombre culto, se reconocía en que estaba basado como éste en ladignidad más puntillosa. Si Marianela usara ciertas voces habría dicho:

—Mi dignidad no me permite aceptar el atroz desaire que voy a recibir.Puesto que Dios quiere que sufra esta humillación, sea; pero no he deasistir a mi destronamiento. Dios bendiga a la que por ley natural va aocupar mi puesto; pero no tengo valor para sentarla yo misma en él.

No pudiendo expresarse así, su rudeza expresaba la misma idea de esteotro modo:

—No vuelvo más a Aldeacorba.... No consentiré que me vea.... Huiré conCelipín, o me iré con mi madre. Ahora yo no sirvo para nada.

Pero mientras esto decía, parecíale muy desconsolador renunciar aldivino amparo de aquella celestial Virgen que se le había aparecido enlo más negro de su vida extendiendo su manto para abrigarla. ¡Verrealizado lo que tantas veces había visto en sueños palpitando de gozo,y tener que renunciar a ello!... ¡Sentirse llamada por una voz cariñosa,que le ofrecía amor fraternal, hermosa vivienda, consideración, nombre,bienestar, y no poder acudir a este llamamiento, inundada de gozo, deesperanza, de gratitud!... ¡Rechazar la mano celestial que la sacaba deaquella sentina de degradación y miseria para hacer de la vagabunda unapersona, y elevarla de la jerarquía de los animales domésticos a la delos seres más respetados y queridos!...

—¡Ay!—exclamó clavándose los dedos como garras en el pecho—. Nopuedo, no puedo....

Por nada del mundo me presentaré en Aldeacorba.¡Virgen de mi alma, ampárame.... Madre mía, ven por mí!...

Al anochecer marchó a su casa. Por el camino encontró a Celipín con unpalito en la mano y en la punta del palo la gorra.

—Nelilla—le dijo el chico—¿no es verdad que así se pone el Sr. D.Teodoro? Ahora pasaba por la charca de Hinojales y me miré en el agua.¡Córcholis!, me quedé pasmado, porque me vi con la mesma figura que D.Teodoro Golfín.... Cualquier día de esta semanita nos vamos a sermédicos y hombres de provecho.... Ya tengo juntado lo que quería. Veráscomo nadie se ríe del señor Celipín.

Tres días más estuvo la Nela fugitiva, vagando por los alrededores delas minas, siguiendo el curso del río por sus escabrosas riberas ointernándose en el sosegado apartamiento del bosque de Saldeoro. Lasnoches pasábalas entre sus cestas sin dormir. Una noche dijo tímidamentea su compañero de vivienda:

—¿Cuándo, Celipín?

Y Celipín contestó con la gravedad de un expedicionario formal:

—Mañana.

Los dos aventureros levantáronse al rayar el día y cada cual fue por sulado: Celipín a su trabajo, la Nela a llevar un recado que le dio Señanapara la criada del ingeniero. Al volver encontró dentro de la casa a laseñorita Florentina que la esperaba. Quedose María al verla sobrecogiday temerosa, porque adivinó con su instintiva perspicacia, o más bien conlo que el vulgo llama corazonada, el objeto de aquella visita.

—Nela, querida hermana—dijo la señorita con elocuente cariño—. ¿Quéconducta es la tuya?... ¿Por qué no has parecido por allá en todos estosdías?... Ven, Pablo desea verte.... ¿No sabes que ya puede decir «quierover tal cosa»? ¿No sabes que ya mi primo no es ciego?

—Ya lo sé—dijo Nela, tomando la mano que la señorita le ofrecía ycubriéndola de besos.

—Vamos allá, vamos al momento. No hace más que preguntar por la señoraNela. Hoy es preciso que estés allí cuando D. Teodoro le levante lavenda.... Es la cuarta vez.... El día de la primera prueba... ¡qué día!,cuando comprendimos que mi primo había nacido a la luz, casi nos morimosde gozo. La primera cara que vio fue la mía.... Vamos.

María soltó la mano de la Virgen Santísima.

—¿Te has olvidado de mi promesa sagrada—añadió ésta—o creías que erabroma? ¡Ay!, todo me parece poco para demostrar a la Madre de Dios elgran favor que nos ha hecho.... Yo quisiera que en estos días nadieestuviera triste en todo lo que abarca el Universo; quisiera poderrepartir mi alegría, echándola a todos lados, como echan los labradoresel grano cuando siembran; quisiera poder entrar en todas lashabitaciones miserables y decir: «ya se acabaron vuestras penas; aquítraigo yo remedio para todos». Esto no es posible, esto sólo puedehacerlo Dios. Ya que mis fuerzas no pueden igualar a mi voluntad,hagamos bien lo poco que podemos hacer... y se acabaron las palabras,Nela. Ahora despídete de esta choza, di adiós a todas las cosas que hanacompañado a tu miseria y a tu soledad. También se tiene cariño a lamiseria, hija.

Marianela no dijo adiós a nada, y como en la casa no estaba a la sazónninguno de sus simpáticos habitantes, no fue preciso detenerse porellos. Florentina salió llevando de la mano a la que sus noblessentimientos y su cristiano fervor habían puesto a su lado en el ordende la familia, y la Nela se dejaba llevar sintiéndose incapaz de oponerresistencia. Pensaba ella que una fuerza sobrenatural le tiraba de lamano y que iba fatal y necesariamente conducida, como las almas que losbrazos de un ángel trasportan al cielo.

Aquel día tomaron el camino de Hinojales, que es el mismo donde lavagabunda vio a Florentina por primera vez. Al entrar en la calleja laseñorita dijo a su amiga:

—¿Por qué no has ido a casa? Mi tío decía que tienes modestia y unadelicadeza natural que es lástima no haya sido cultivada. ¿Tu delicadezate impedía venir a reclamar lo que por la misericordia de Dios habíasganado? No hay más sino que tiene razón mi tío.... ¡Cómo estaba aquel díael pobre señor!... decía que ya no le importaba nada morirse.... ¿Vestú?, todavía tengo los ojos encarnados de tanto llorar. Es que anoche mitío, mi padre y yo no dormimos; estuvimos formando proyectos de familiay haciendo castillos en el aire toda la noche.... ¿Por qué callas?,

¿porqué no dices nada?... ¿No estás tú también alegre como yo?

La Nela miró a la señorita, oponiendo débil resistencia a la dulce manoque la conducía.

—Sigue... ¿qué tienes? Me miras de un modo particular, Nela.

Así era, en efecto; los ojos de la abandonada, vagando con extravío deuno en otro objeto, tenían al fijarse en la Virgen Santísima elresplandor del espanto.

—¿Por qué tiembla tu mano?—preguntó la señorita—, ¿estás enferma? Tehas puesto más pálida que una muerta y das diente con diente. Si estásenferma yo te curaré, yo misma. Desde hoy tienes quien se interese porti y te mime y te haga cariños.... No seré yo sola, pues Pablo teestima... me lo ha dicho. Los dos te querremos mucho, porque él y yoseremos como uno solo.... Desea verte. Figúrate si tendrá curiosidadquien nunca ha visto... pero no creas... como tiene tanto entendimientoy una imaginación que, según parece, le ha anticipado ciertas ideas queno poseen comúnmente los ciegos, desde el primer instante supodistinguir las cosas feas de las bonitas. Un pedazo de lacre encarnadole agradó mucho y un pedazo de carbón le pareció horrible. Admiró lahermosura del cielo y se estremeció con repugnancia al ver una rana.Todo lo que es bello le produce un entusiasmo que parece delirio: todolo que es feo le causa horror y se pone a temblar como cuando tenemosmucho miedo. Yo no debí parecerle mal, porque exclamó al verme: «¡Ay,prima mía, qué hermosa eres! ¡Bendito sea Dios que me ha dado esta luzcon que ahora te siento!»

La Nela tiró suavemente de la mano de Florentina y soltola después,cayendo al suelo como un cuerpo que pierde súbitamente la vida.Inclinose sobre ella la señorita, y con cariñosa voz le dijo:

—¿Qué tienes?... ¿Por qué me miras así?

Clavaba la huérfana sus ojos con terrible fijeza en el rostro de laVirgen Santísima; pero no brillaban, no, con expresión de rencor, sinocon una como congoja suplicante, a la manera de la postrer mirada delmoribundo que con los ojos pide misericordia a la imagen de Dios,creyéndola Dios mismo.

—Señora—murmuró la Nela—yo no la aborrezco a usted, no... no laaborrezco.... Al contrario, la quiero mucho, la adoro.

Diciéndolo, tomó el borde del vestido de Florentina, y llevándolo a sussecos labios lo besó ardientemente.

—¿Y quién puede creer que me aborreces?—dijo la de Penáguilas llena deconfusión—. Ya sé que me quieres. Pero me das miedo... levántate.

—Yo la quiero a usted mucho, la adoro—repitió Marianela besando lospies de la señorita—

pero no puedo, no puedo....

—¿Qué no puedes?... Levántate, por amor de Dios.

Florentina extendió sus brazos para levantarla; pero sin necesidad deser sostenida, la Nela levatose de un salto, y poniéndose rápidamente abastante distancia, exclamó bañada en lágrimas:

—No puedo, señorita mía, no puedo.

—¿Qué?... ¡por Dios y la Virgen!... ¿qué te pasa?

—No puedo ir allá.

Y señaló la casa de Aldeacorba, cuyo tejado se veía a lo lejos entre losárboles.

—¿Por qué?

—La Virgen Santísima lo sabe—replicó la Nela con cierta decisión—.Que la Virgen Santísima la bendiga a usted.

Haciendo una cruz con los dedos se los besó. Juraba. Florentina dio unpaso hacia ella. María comprendiendo aquel movimiento de cariño, corrióvelozmente hacia la señorita, y apoyando su cabeza en el seno de ella,murmuró entre gemidos:

—¡Por Dios!... ¡déme usted un abrazo!

Florentina la abrazó tiernamente. Entonces, apartándose con unmovimiento, o mejor dicho, con un salto ligero, flexible y repentino, lamujer o niña salvaje subió a un matorral cercano. La yerba parecía quese apartaba para darle paso.

—Nela, hermana mía—gritó con angustia Florentina.

—Adiós, niña de mis ojos—dijo la Nela mirándola por última vez.

Y desapareció entre el ramaje. Florentina sintió el ruido de la yerba,atendiendo a él como atiende el cazador a los pasos de la presa que sele escapa; después todo quedó en silencio y no se oía sino el sordomonólogo de la naturaleza campestre en mitad del día, un rumor queparece el susurro de nuestras propias ideas al extenderse irradiando porlo que nos rodea. Florentina estaba absorta, paralizada, muda,afligidísima, como el que ve desvanecerse la más risueña ilusión de suvida. No sabía qué pensar de aquel suceso, ni su bondad inmensa, queincapacitaba frecuentemente su discernimiento, podía explicárselo.

Largo rato después hallábase en el mismo sitio, con la cabeza inclinadasobre el pecho, las mejillas encendidas y los celestiales ojos mojadosde llanto, cuando acertó a pasar Teodoro Golfín, que de la casa deAldeacorba con tranquilo paso venía. Grande fue el asombro del doctor alver a la señorita sola y con aquel interesante aparato de pena ydesconsuelo, que lejos de mermar su belleza, la acrecentaba.

—¿Qué tiene la niña?—exclamó con interés muy vivo—. ¿Qué es eso,Florentina?

—Una cosa terrible, Sr. D. Teodoro—replicó la señorita de Penáguilas,secando sus lágrimas—. Estoy pensando, estoy considerando qué cosas tanmalas hay en el mundo.

—¿Y cuáles son esas cosas malas, señorita?... Donde está usted, ¿puedehaber alguna?

—Cosas perversas; pero entre todas hay una que es la más perversa detodas.

—¿Cuál?

—La ingratitud, Sr. Golfín.

Y mirando tras de la cerca de zarzas y helechos dijo:

—Por allí se ha escapado.

Subió a lo más elevado del terreno para alcanzar a ver más lejos.

—No la distingo por ninguna parte.

—Ni yo—exclamó riendo el médico—. El señor D. Manuel me ha dicho quese dedica usted a la caza de mariposas. Efectivamente esas pícaras sonmuy ingratas al no dejarse coger por usted.

—No es eso.... Contaré a usted si va hacia Aldeacorba.

—No voy, sino que vengo, preciosa señorita; pero porque usted me cuentealguna cosa, cualquiera que sea, volveré con mucho gusto. Volvamos aAldeacorba: ya soy todo oídos.

-XVIII-

La Nela se decide a partir

La Nela estuvo vagando sola todo el día, y por la noche rondó la casa deAldeacorba, acercándose a ella todo lo que le era posible sin peligro deser descubierta. Cuando sentía rumor de pasos alejábase prontamente comoun ladrón. Bajó a la hondonada de la Terrible, cuyo pavoroso aspecto decráter le agradaba en aquella ocasión, y después de discurrir por elfondo contemplando los gigantes de piedra que en su recinto se elevabancomo personajes congregados en un circo, trepó a uno de ellos paradescubrir las luces de Aldeacorba. Allí estaban, brillando en el bordede la mina, sobre la oscuridad del cielo y de la tierra. Después demirarlas como si nunca en su vida hubiera visto luces, salió de laTerrible y subió hacia la Trascava. Antes de llegar a ella sintió pasos,detúvose, y al poco rato vio que por el sendero adelante venía conresuelto andar el señor de Celipín. Traía un pequeño lío pendiente de unpalo puesto al hombro, y su marcha como su ademán demostraban firmeresolución de no parar hasta medir con sus piernas toda la anchura de latierra.

—Celipe... ¿a dónde vas?—le preguntó la Nela, deteniéndole.

—Nela... ¿tú por estos barrios?... Creíamos que estabas en casa de laseñorita Florentina, comiendo jamones, pavos y perdices a todas horas ybebiendo limonada con azucarillos. ¿Qué haces aquí?

—¿Y tú, a dónde vas?

—¿Ahora salimos con eso? ¿Para qué me lo preguntas si losabes?—replicó el chico, requiriendo el palo y el lío—. Bien sabes quevoy a aprender mucho y a ganar dinero.... ¿No te dije que esta noche?...pues aquí me tienes, más contento que unas Pascuas, aunque algo triste,cuando pienso lo que padre y madre van a llorar.... Mira, Nela, laVirgen Santísima nos ha favorecido esta noche, porque padre y madreempezaron a roncar más pronto que otras veces, y yo, que ya tenía hechoel lío, me subí al ventanillo, y por el ventanillo me eché fuera...¿Vienes tú o no vienes?

—Yo también voy—dijo la Nela con un movimiento repentino, asiendo elbrazo del intrépido viajero.

—Tomaremos el tren, y en el tren iremos hasta donde podamos—dijoCelipín con generoso entusiasmo—. Y después pediremos limosna hastallegar a los Madriles del Rey de España; y una vez que estemos en losMadriles del Rey de España, tú te pondrás a servir en una casa demarqueses y condeses y yo en otra, y así mientras yo estudie tú podrásaprender muchas finuras. ¡Córcholis!, de todo lo que yo vaya aprendiendote iré enseñando a ti un poquillo, un poquillo nada más, porque lasmujeres no necesitan tantas sabidurías como nosotros los señoresmédicos.

Antes de que Celipín acabara de hablar, los dos se habían puesto encamino, andando tan a prisa cual si estuvieran viendo ya las torres delos Madriles del Rey de España.

—Salgámonos del sendero—dijo Celipín, dando pruebas en aquella ocasiónde un gran talento práctico—porque si nos ven nos echarán mano y nosdarán un buen pie de paliza.

Pero la Nela soltó la mano de su compañero de aventuras, y sentándose enuna piedra, murmuró tristemente:

—Yo no voy.

—Nela... ¡qué tonta eres! Tú no tienes como yo un corazón del tamaño deesas peñas de la Terrible—dijo Celipín con fanfarronería—.¡Recórcholis!, ¿a qué tienes miedo? ¿Por qué no vienes?

—Yo... ¿para qué?

—¿No sabes que dijo D. Teodoro que los que nos criamos aquí nosvolvemos piedras?... Yo no quiero ser una piedra, yo no.

—Yo... ¿para qué voy?—dijo la Nela con amargo desconsuelo—. Para ties tiempo, para mí es tarde.

La Nela dejó caer la cabeza sobre su pecho y por largo rato permanecióinsensible a la seductora verbosidad del futuro Hipócrates. Al ver queiba a franquear el lindero de aquella tierra donde había vivido y dondedormía su madre el eterno sueño, se sintió arrancada de su suelonatural. La hermosura del país, con cuyos accidentes se sentía unida poruna especie de parentesco, la escasa felicidad que había gustado en él,la miseria misma, el recuerdo de su amito y de las gratas horas de paseopor el bosque y hacia la fuente de Saldeoro, los sentimientos deadmiración o de simpatía, de amor o de gratitud que habían florecido ensu alma en presencia de aquellas mismas flores, de aquellas mismasnubes, de aquellos árboles frondosos, de aquellas peñas rojas, y comoasociados a la belleza, al desarrollo, a la marcha y a la constancia deaquellas mismas partes de la Naturaleza, eran otras tantas raícesmorales, cuya violenta tirantez, al ser arrancadas, producíala vivísimodolor.

—Yo no me voy—repitió.

Y Celipín hablaba, hablaba, cual si ya, subiendo milagrosamente hasta elpináculo de su carrera, perteneciese a todas las Academias creadas y porcrear.

—¿Entonces vuelves a casa?—preguntole al ver que su elocuencia era taninútil como la de aquellos centros oficiales del saber.

—No.

—¿Vas a la casa de Aldeacorba?

—Tampoco.

—Entonces ¿te vas al pueblo de la señorita Florentina?

—No, tampoco.

—Pues entonces ¡córcholis, recórcholis!, ¿a dónde vas?

La Nela no contestó nada: seguía mirando con espanto al suelo, como sien él estuvieran los pedazos de la cosa más bella y más rica del mundo,que se acababa de caer y romperse.

—Pues entonces, Nela—dijo Celipín, fatigado de sus largosdiscursos—yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme.... ¿Quieresque te dé una peseta, por si se te ofrece algo esta noche?

—No, Celipín, no quiero nada.... Vete, tú serás hombre de provecho....Pórtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.

El viajero sintió una cosa impropia de varón tan formal y respetable,sintió que le venían ganas de llorar; mas sofocando aquella emociónimportuna, dijo:

—¿Cómo me he de olvidar a Socartes?... Pues no faltaba más.... No meolvidaré de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto.... Adiós,Nelilla.... Siento pasos.

Celipín enarboló su palo con una decisión que probaba cuán templadaestaba su alma para afrontar los peligros del mundo; pero su intrepidezno tuvo objeto, porque era un perro el que venía.

—Es Choto—dijo Nela temblando.

—Agur—murmuró Celipín, poniéndose en marcha.

Desapareció entre las sombras de la noche.

La geología había perdido una piedra y la sociedad había ganado unhombre.

La Nela sintió escalofríos al verse acariciada por Choto. El generosoanimal, después de saltar alrededor de ella, gruñendo con tantaexpresión que faltaba muy poco para que sus gruñidos fuesen palabras,echó a correr con velocidad suma hacia Aldeacorba. Creeríase que corríatras una pieza de caza; pero al contrario de ciertos oradores, el buenChoto ladrando hablaba.

A la misma hora Teodoro Golfín salía de la casa de Penáguilas. Llegose aél Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qué. Era como una bruscainterpelación pronunciada entre los bufidos del cansancio y los ahogosdel sentimiento. Golfín, que sabía muchas lenguas, era poco fuerte en lacanina, y no hizo caso. Pero Choto dio unas cuarenta vueltas en torno deél, soltando de su espumante boca, unos al modo de insultos que despuésparecían voces cariñosas y después amenazas. Teodoro se detuvo entoncesprestando atención al cuadrúpedo. Viendo Choto que se había hechoentender un poco, echó a correr en dirección contraria a la que llevabaGolfin. Este le siguió murmurando:—Pues vamos allá.

Choto regresó corriendo como para cerciorarse de que era seguido, ydespués volvió a alejarse.

Como a cien metros de Aldeacorba Golfín creyósentir una voz humana, que dijo:

—¿Qué quieres, Choto?

Al punto sospechó que era la Nela quien hablaba. Detuvo el paso, prestóatención colocándose a la sombra de una haya, y no tardó en descubriruna figura que, apartándose de la pared de piedra, andaba despacio. Lasombra de las zarzas no permitía descubrirla bien. Despacito siguiola abastante distancia, apartándose de la senda y andando sobre el céspedpara no hacer ruido.

Indudablemente era ella. Conociola perfectamentecuando entró en terreno claro, donde no oscurecían el suelo árboles nizarzas.

La Nela avanzó después más rápidamente. Al fin corría. Golfín corriótambién. Después de un rato de esta desigual marcha, la Nela se sentó enuna piedra. A sus pies se abría el cóncavo hueco de la Trascava, sombríoy espantoso en la oscuridad de la noche. Golfín esperó y con paso muyquedo acercose más. Choto estaba frente a la Nela, echado sobre loscuartos traseros, derechas las patas delanteras, y mirándola como unaesfinge. La Nela miraba hacia abajo.... De pronto empezó a descenderrápidamente, más bien resbalando que corriendo. Como un león se abalanzóTeodoro a la sima, gritando con voz de gigante:

—¡Nela! ¡Nela!

Miró y no vio nada en la negra boca. Oía, sí, los gruñidos de Choto quecorría por la vertiente en derredor, describiendo espirales, cual si learrastrara un líquido tragado por la espantosa sima.

Trató de bajarTeodoro y dio algunos pasos cautelosamente. Volvió a gritar, y una vozle contestó desde abajo:—Señor....

—Sube al momento.

No recibió contestación.

—¡Que subas!

Al poco rato dibujose la figura de la vagabunda en lo más hondo que sepodía ver del horrible embudo. Choto, después de husmear el tragadero dela Trascava, subía describiendo las mismas espirales. La Nela subíatambién, pero muy despacio. Detúvose, y entonces se oyó su voz que decíadébilmente:—¿Señor?...

—Que subas te digo.... ¿Qué haces ahí?

La Nela subió otro poco.

—Sube pronto... tengo que decirte una cosa.

—¿Una cosa?...

—Una cosa, sí; una cosa tengo que decirte.

La Nela subió y Teodoro no se creyó triunfante hasta que pudo asirfuertemente su mano para llevarla consigo.

-XIX-

Domesticación

Anduvieron breve rato los dos sin decir nada. Teodoro Golfín, con sersabio, discreto y locuaz, sentíase igualmente torpe que la Nela,ignorante de suyo y muy lacónica por costumbre. Seguíale sin hacerresistencia, y él acomodaba su paso al de la mujer-niña, como hombreque lleva un chico a la escuela. En cierto paraje del camino donde habíatres enormes piedras blanquecinas y carcomidas que parecían huesos degigantescos animales, el doctor se sentó, y poniendo delante de sí enpie a la Nela, como quien va a pedir cuentas de travesuras graves,tomole ambas manos y seriamente le dijo:

—¿Qué ibas a hacer allí?

—¿Yo... dónde?

—Allí. Bien comprendes lo que quiero decirte. Responde claramente, comose responde a un confesor o a un padre.

—Yo no tengo padre—replicó la Nela con ligero acento de rebeldía.

—Es verdad; pero figúrate que lo soy yo, y responde. ¿Qué ibas a hacerallí?

—Allí está mi madre—le fue respondido de una manera hosca.

—Tu madre ha muerto. ¿Tú no sabes que los que se han muerto están en elotro mundo o no están en ninguna parte?

—Está allí—afirmó la Nela con aplomo, volviendo tristemente los ojosal punto indicado.

—Y tú pensabas ir con ella, ¿no es eso?, es decir, que pensabasquitarte la vida.

—Sí, señor; eso mismo.

—¿Y tú no sabes que tu madre cometió un gran crimen al darse la muertey que tú cometerías otro igual imitándola? ¿A ti no te han enseñadoesto?

—No me acuerdo de si me han enseñado tal cosa. Si yo me quiero matar¿quién me lo puede impedir?

—Pero tú misma, sin auxilio de nadie, ¿no comprendes que a Dios nopuede agradar que nos quitemos la vida?... ¡Pobre criatura abandonada atus sentimientos naturales sin instrucción, ni religión, sin ningunainfluencia afectuosa y desinteresada que te guíe!... ¿Qué ideas tienesde Dios, de la otra vida, del morir?... ¿De dónde has sacado que tumadre está allí?... ¿A unos cuantos huesos sin vida, llamas tu madre?...¿Crees que ella sigue viviendo, pensando y amándote dentro de esacaverna? ¿Nadie te ha dicho que las almas una vez que sueltan su cuerpojamás vuelven a él? ¿Ignoras que las sepulturas, de cualquier forma quesean, no encierran más que polvo, descomposición y miseria?... ¿Cómo tefiguras tú a Dios? ¿Como un señor muy serio que está allá arriba con losbrazos cruzados, dispuesto a tolerar que juguemos con nuestra vida y aque en lugar suyo pongamos espíritus, duendes y fantasmas que nosotrosmismos hacemos?... Tu amo, que es tan discreto, ¿no te ha dicho jamásestas cosas?

—Sí me las ha dicho; pero como ya no me las ha de decir....

—Pero como ya no te las ha de decir ¿atentas a tu vida? Dime, tonta,arrojándote a ese agujero

¿qué bien pensabas tú alcanzar?, ¿pensabasestar mejor?

—Sí, señor.

—¿Cómo?

—No sintiendo nada de lo que ahora siento, sino otras cosas mejores, yjuntándome con mi madre.

—Veo que eres más tonta que hecha de encargo—dijo Golfín riendo—.Ahora vas a ser franca conmigo. ¿Tú me quieres mal?

—No, señor, yo no quiero mal a nadie, y menos a usted que ha sido tanbueno conmigo y que ha dado la vista a mi amo.

—Bien: pero eso no basta: yo no sólo deseo que me quieras bien, sinoque tengas confianza en mí, y me confíes tus cosillas. A ti te pasancosillas muy curiosas, picarona, y todas me las vas a decir, todas.Verás como no te pesa; verás como soy un buen confesor.

La Nela sonrió con tristeza. Después bajó la cabeza, y doblándose suspiernas, cayó de rodillas.

—No, tonta, así estás mal. Siéntate junto a mí; ven acá—dijo Golfíncariñosamente sentándola a su lado—. Se me figura que estabas rabiandopor encontrar una persona a quien poder decirle tus secretos. ¿No esverdad? ¡Y no hallabas ninguna! Efectivamente estás demasiado sola en elmundo.... Vamos a ver, Nela, dime ante todo, ¿por qué... pon muchaatención... por qué se te puso en la cabeza quitarte la vida?

La Nela no contestó nada.