Marianela by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—Vaya un disparate. ¿Y las estrellas, qué son?

—Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.

—Entonces las flores....

—Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía alcielo—afirmó la Nela, con la convicción y el aplomo de un doctor—. Losmuertos son enterrados en la tierra. Como allá abajo no pueden estar sinechar una miradilla a la tierra, echan de sí una cosa que sube en formay manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque allá...en tiempos de atrás, enterraron en él muchos difuntos.

—No, no—replicó Pablo con seriedad—. No creas desatinos. Nuestrareligión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vidamortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es más que un despojo, unbarro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.

—Eso lo dirán los libros, que según dice la Señana, están llenos dementiras.

—Eso lo dicen la fe y la razón, querida Nela. Tu imaginación te hacecreer mil errores. Poco a poco yo los iré destruyendo, y tendrás ideasbuenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.

—¡Ay, ay, con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya... cuando hasquerido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltasa la redonda!... ¡Cómo se conoce que no lo ves!

¡Madre del Señor! Que memuera en este momento, si la tierra no se está más quieta que un peñón,y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio,que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando al cielo, y sécómo está gobernada toda esa máquina....

La tierra está abajo, todallena de islitas grandes y chicas. El sol sale por allá y se esconde porallí.

Es el palacio de Dios.

—¡Qué tonta!

—¿Y por qué no ha de ser así? ¡Ay! Tú no has visto el cielo en un díaclaro: hijito, parece que llueven bendiciones.... Yo no creo que puedahaber malos, no, no los puede haber, si vuelven la cara hacia arriba yven aquel ojazo que nos está mirando.

—Tu religiosidad, querida Nelilla, está llena de supersticiones. Yo teenseñaré ideas mejores.

—No me han enseñado nada—dijo María con inocencia—pero yo, cavila quecavilarás, he ido sacando de mi cabeza muchas cosas que me consuelan, yasí cuando me ocurre una buena idea, digo: «esto debe de ser así, y node otra manera». Por las noches, cuando me voy sola a mi casa, voypensando en lo que será de nosotros cuando nos muramos, y en lo muchoque nos quiere a todos la Virgen Santísima.

—Nuestra madre amorosa.

—¡Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de mí comocuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcillo de surespiración. Ella nos mira de noche y de día por medio de... no terías... por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.

—¿Y esas cosas hermosas...?

—Son sus ojos, tonto. Bien lo comprenderías si tuvieras los tuyos.Quien no ha visto una nube blanca, un árbol, una flor, el aguacorriendo, un niño, el rocío, un corderito, la luna paseándose tan majapor los cielos, y las estrellas, que son las miradas de los buenos quese han muerto....

—Mal podrán ir allá arriba si se quedan debajo de tierra echandoflores.

—¡Miren el sabihondo! Abajo se están mientras se van limpiando depecados; que después suben volando arriba. La Virgen les espera. Sí,créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino las almas de los queya están salvos? ¿Y no sabes tú que las estrellas bajan? Pues yo, yomisma las he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, lasestrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.

—¡Ay, Nela!—exclamó Pablo vivamente—. Tus disparates, con serlo tangrandes, me cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma yla fuerza de tu fantasía. Todos esos errores responden a una disposiciónmuy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad tuya, quesería primorosa si estuvieras auxiliada por la razón y la educación....Es preciso que tú adquieras un don precioso de que yo estoy privado; espreciso que aprendas a leer.

—¡A leer!... ¿Y quién me ha de enseñar?

—Mi padre. Yo le rogaré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no meniega nada. ¡Qué lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena depreciosos tesoros. Tienes bondad sin igual y fantasía seductora. De todolo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy grande.Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas lasmaravillas de tu alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo...¡Hace año y medio! Parece que fue ayer cuando empezaron nuestrospaseos.... No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay unarelación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!... Hasdicho ahora mil disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acercadel mundo y de la religión, me he sentido conmovido y entusiasmado aloírte. Se me antoja que hablas dentro de mí.

—¡Madre de Dios!—exclamó la Nela, cruzando las manos—. ¿Tendrá esoalgo que ver con lo que yo siento?

—¿Qué?

—Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos noservirían para nada si no sirvieran para guiarte y decirte cómo sontodas las hermosuras de la tierra.

El ciego irguió su cuello repentina y vivísimamente, y extendiendo susmanos hasta tocar el cuerpecillo de su amiga, exclamó con afán:

—Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?

La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.

-VII-

Más tonterías

Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada delbosque que hay más allá de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo deviejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en el suelo una serie deescalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse,que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corría unhilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigadocuerpo en un estanquillo que servía de depósito para alimentar el chorrode que se abastecían los vecinos. Enfrente el suelo se deprimía poco apoco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas debosques y caseríos, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidadvagabunda centenares de reses. En el último término dos lejanos yorgullosos cerros que eran límite de la tierra, dejaban ver en un largosegmento azul purísimo del mar. Era un paisaje cuya contemplaciónrevelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.

Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo enel borde del estanque.

Alzaba la derecha mano para coger las ramas quedescendían hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con elmover de las hojas, un rayo de sol.

—¿Qué haces, Nela?—dijo el muchacho después de una pausa, no sintiendoni los pasos, ni la voz, ni la respiración de su compañera—. ¿Quéhaces? ¿Dónde estás?

—Aquí—replicó la Nela, tocándole el hombro—. Estaba mirando el mar.

—¡Ah! ¿Está muy lejos?

—Allá se ve por los cerros de Ficóbriga.

—Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sinacabarlo de ver, ¿no es eso?

—No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando lepegas una mordida a un pan.

—Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la delmar, por causa de la sencillez que hay en él.... Oye, Nela, lo que voy adecirte.... ¿Pero qué haces?

La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía ybalanceaba graciosamente.

—Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daríaDios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosamás bonita que hacer zas, y remontarnos y ponernos de un vuelo enaquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!...

—Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, quevuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios....Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negadoel pensamiento?

—Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, tecogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo másalto de las nubes.

El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.

—Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?

—Un poquitín—replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza coninfantil confianza en el hombro de su amo.

—Respiras fuerte, Nelilla; tú estás muy cansada. Es de tanto volar....Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hicisterecordar una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que desde laedad en que tuve uso de razón, acostumbra mi padre leerme todas lasnoches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y deentretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mivida toda. Diome el Señor, para compensarme de la ceguera, una memoriafeliz, y gracias a ella he sacado algún provecho de las lecturas; puesaunque éstas han sido sin método, yo al fin y al cabo he logrado poneralgún orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. ¡Quédelicias tan grandes las mías al entender el orden admirable delUniverso, el concertado rodar de los astros, el giro de los átomospequeñitos, y después las leyes, más admirable aún, que gobiernannuestra alma! También me ha recreado mucho la historia, que es un cuentoverdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora;resultando, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y lasmismas tonterías, aunque no han cesado de mejorarse, acercándose todo loposible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que sólo posee Dios.Por último, me ha leído mi padre cosas sutiles y un poco hondas para serpenetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita enellas.

Es lectura que a él no le agrada, por no comprenderla, y que a míme ha cansado también unas veces, deleitándome otras. Pero no hay dudaque cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esasmaterias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos,sobre la razón de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, yenseñan la esencia de todas las cosas.

La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que su amigodecía; pero atendía profundamente abriendo la boca. Para apoderarse deaquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abría el pico comoel pájaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.

—Pues bien—añadió él—anoche leyó mi padre unas páginas sobre labelleza. Hablaba el autor de la belleza, y decía que era el resplandorde la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tanbien traídos y pensados, que daba gusto oírlos.

—Ese libro—dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia—no será comouno que tiene padre Centeno, que llaman... Las mil y no sé cuántasnoches.

—No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto... ¿no entenderásesto de la belleza ideal?... tampoco lo entiendes... porque has de saberque hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningúnsentido.

—Como, por ejemplo, la Virgen María—interrumpió la Nela—a quien novemos ni tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino suretrato.

—Estás en lo cierto: así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro,y él decía una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo:«Desgraciadamente tú no puedes comprenderla».

Yo sostuve que sí; dijeque no había más que una sola belleza y que esa había de servir paratodo.

La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, había cogido de las manos desu amigo las flores, y combinaba sus risueños colores.

—Yo tenía una idea sobre esto—añadió el ciego con mucha energía—unaidea con la cual estoy encariñado desde hace algunos meses. Sí, losostengo, lo sostengo.... No, no me hacen falta los ojos para esto. Yole dije a mi padre: «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo quecontiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela». Mi padre seechó a reír y me dijo que sí.

La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breveinstante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba mirando.

—Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse—añadió Pablocon calor—. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tucandor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa que hasido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, queno estuviese representada en la misma hermosura?... Nela, Nela—añadióbalbuciente y con afán—.

¿No es verdad que eres muy bonita?

La Nela calló. Instintivamente se había llevado las manos a la cabeza,enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que habíacogido antes en la pradera.

—¿No respondes?... Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, noserías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, yeso no puede ser. ¿No respondes?...

—Yo...—murmuró la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado—nosé... dicen que cuando niña era muy bonita.... Ahora....

—Y ahora también.

María, en su extraordinaria confusión, pudo hablar así:

—Ahora... ya sabes tú que las personas dicen muchas tonterías... seequivocan también... a veces el que tiene más ojos ve menos.

—¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven acá: dame un abrazo.

La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entresus cabellos una como guirnalda de florecillas, sintió vivos deseos deobservar el efecto de aquel atavío en el claro cristal del agua. Porprimera vez desde que vivía se sintió presumida. Apoyándose en susmanos, asomose al estanque.

—¿Qué haces, Mariquilla?

—Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo—replicó con lamayor inocencia, delatando su presunción.

—Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean eltrono de Dios.

El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.

—El agua se ha puesto a temblar—dijo la Nela—y no me veo bien,señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no semueve.... Me estoy mirando... ahora.

—¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía—añadió el ciego, extendiendo susbrazos.

—¡Linda yo!—dijo ella llena de confusión y ansiedad—. Pues esa queveo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchosque no saben ver.

—Sí, muchos.

—¡Si yo me vistiese como se visten otras!...—exclamó la Nela conorgullo.

—Te vestirás.

—¿Y ese libro dice que yo soy bonita?—preguntó la Nela apelando atodos los recursos de convicción.

—Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable—exclamó el ciego, llevadode su ardiente fantasía.

—Puede ser—observó la Nela, apartándose de su espejo pensativa y nomuy satisfecha—que los hombres sean muy brutos y no comprendan lascosas como son.

—La humanidad está sujeta a mil errores.

—Así lo creo—dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con laspalabras de su amigo—. ¿Por qué han de reírse de mí?

—¡Oh!, miserable condición de los hombres—exclamó el ciego, arrastradoal absurdo por su delirante entendimiento—. El don de la vista puedecausar grandes extravíos... aparta a los hombres de la posesión de laverdad absoluta... y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa,hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan locontrario, y les desmentiré... Váyanse ellos a paseo con sus formas.No... la forma no puede ser la máscara de Satanás puesta ante la faz deDios. ¡Ah!, ¡menguados!, ¡a cuántos desvaríos os conducen vuestros ojos!Nela, Nela, ven acá, quiero tenerte junto a mí y abrazar tu preciosacabeza.

María corrió a arrojarse en los brazos de su amigo.

—Chiquilla bonita—exclamó este, estrechándola de un modo delirantecontra su pecho—¡te quiero con toda mi alma!

La Nela no dijo nada. En su corazón lleno de casta ternura, sedesbordaban los sentimientos más hermosos. El joven, palpitante yconturbado, la abrazó más fuerte diciéndole al oído:

—Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.

María se soltó de los brazos de Pablo, y este cayó en profundameditación. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, laimpulsaba a mirarse en el espejo del agua.

Deslizándose suavemente llegóal borde, y vio allá sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con losojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no singracia, el cabello escaso y la movible fisonomía de pájaro. Alargó sucuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo halló deplorablementedesairado. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua,haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hijade la Canela sintió como si arrancaran su corazón de raíz, y cayó haciaatrás murmurando:

—¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!

—¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.

—No decía nada, niño mío.... Estaba pensando... sí, pensaba que ya eshora de volver a tu casa.

Pronto será hora de comer.

—Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame lamano, no quiero que te separes de mí.

Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio,acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de lasminas y al individuo que se había extraviado en la Terrible la nocheanterior.

—Aquí están—dijo—el señor ingeniero y su hermano, el caballero deanoche.

Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.

—Hace rato que te estamos esperando, hijo mío—dijo el padre tomando asu hijo de la mano y presentándole al doctor.

—Entremos—dijo el ingeniero.

—¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos!—exclamó el padre,mirando a Teodoro—.

Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instanteen que ustedes entran en mi casa.

—Veamos este caso—murmuró Golfín.

Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvió haciaMariquilla, que se había quedado en medio del patio inmóvil y asombrada,y le dijo con bondad:

—Mira, Nela, más vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.

Y luego, como viese que no se marchaba, añadió:

—Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.

-VIII-

Prosiguen las tonterías

Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma horadel anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillomolesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseono fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron elgran talud de las minas por Poniente con intención de bajar a lasexcavaciones.

—Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar dealegría—dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa—. ¡Nela, yosiento en mi corazón un alborozo!... Me parece que el Universo, lasciencias todas, la historia, la filosofía, la Naturaleza, todo eso quehe aprendido, se me ha metido dentro y se está paseando por mí... escomo una procesión. Ya viste aquellos caballeros que me esperabanayer....

—D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.

—El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la América,haciendo maravillosas curas.... Ha venido a visitar a su hermano....Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que meexamine.... ¡Qué cariñoso y qué bueno es! Primero estuvo hablandoconmigo; preguntome varias cosas y me contó otras muy chuscas ydivertidas. Después díjome que me estuviese quieto: sentí sus dedos enmis párpados.... Al cabo de un gran rato dijo unas palabras que noentendí: eran palabras de medicina. Mi padre no me ha leído nunca nadade Medicina.

Acercáronme después a una ventana. Mientras me observabacon no sé qué instrumento, ¡había en la sala un silencio!... El doctordijo después a mi padre: «Lo intentaremos». Decían otras cosas en vozmuy baja para que no pudiera yo entenderlas, y creo que también hablabanpor señas.

Cuando se retiraron mi padre me dijo: «Hijo de mi alma, nopuedo ocultarte la alegría que hay dentro de mí. Ese hombre, ese ángelde Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza; pero la esperanzaparece que se agarra más, cuando más chica es. Quiero echarla de mídiciéndome que es imposible, no, no, casi imposible, y ella... pegadacomo una lapa...» Así me habló mi padre.

Por su voz conocí quelloraba.... ¿Qué haces, Nela, estás bailando?

—No, estoy aquí a tu lado.

—Como otras veces te pones a bailar desde que te digo una cosaalegre.... ¿Pero hacia dónde vamos hoy?

—El día está feo. Vámonos hacia la Trascava, que es sitio abrigado, ydespués bajaremos al Barco y a la Terrible.

—Bien, como tú quieras.... ¡Ay! Nela, compañera mía, si fuese verdad, siDios quisiera tener piedad de mí y me concediera el placer de verte....Aunque sólo durara un día mi vista, aunque volviera a cegar alsiguiente, ¡cuánto se lo agradecería!

La Nela no decía nada. Después de mostrar exaltada alegría, meditaba conlos ojos fijos en el suelo.

—Se ven en el mundo cosas muy extrañas—añadió Pablo—y la misericordiade Dios tiene así... ciertos exabruptos, lo mismo que su cólera. Vienende improviso, después de largos tormentos y castigos, lo mismo queaparece la ira después de felicidades que parecían seguras y eternas,¿no te parece?

—Sí, lo que tú esperas será—dijo la Nela con aplomo.

—¿Por qué lo sabes?

—Me lo dice mi corazón.

—¡Te lo dice tu corazón! ¿Y por qué no han de ser ciertos estosavisos?—manifestó Pablo con ardor—. Sí, las almas escogidas pueden encasos dados presentir un suceso. Yo lo he observado en mí, pues como elver no me distrae del examen de mí mismo, he notado que mi espíritu mesusurraba cosas incomprensibles. Después ha venido un acontecimientocualquiera, y he dicho con asombro: «Yo sabía algo de esto».

—A mí me pasa lo mismo—repuso la Nela—. Ayer me dijiste tú que mequerías mucho.

Cuando fui a mi casa, iba diciendo para mí: «Es cosarara, pero yo sabía algo de esto».

—Es maravilloso, chiquilla mía—cómo están acordadas nuestras almas.Unidas por la voluntad, no les falta más que un lazo. Ese lazo lotendrán si yo adquiero el precioso sentido que me falta. La idea de verno se determina en mi pensamiento si antes no acaricio en él la idea dequererte más. La adquisición de este sentido no significa para mí otracosa más que el don de admirar de un modo nuevo lo que ya me causa tantaadmiración como amor.... Pero se me figura que estás triste hoy.

—Sí que lo estoy... y si he de decirte la verdad, no sé por qué...Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a un tiempo. Hoy está tanfeo el día.... Valiera más que no hubiese día, y que fuera nochesiempre.

—No, no, déjalo como está. Noche y día, si Dios quiere que yo sepa alfin diferenciaros, ¡cuán feliz seré!... ¿Por qué nos detenemos?

—Estamos en un lugar peligroso. Apartémonos a un lado para tomar lavereda.

—¡Ah!, la Trascava. Este césped resbaladizo va bajando hasta perderseen la gruta. El que cae en ella no puede volver a salir. Apartémonos,Nela; no me gusta este sitio.

—Tonto, de aquí a la entrada de la cueva hay mucho que andar. ¡Y québonita está hoy!

La Nela, deteniéndose y deteniendo a su compañero por el brazo,observaba la boca de la sima que se abría en el terreno en formaparecida a la de un embudo. Finísimo césped cubría las vertientes deaquel pequeño cráter cóncavo y profundo. En lo más hondo, una gran peñaoblonga se extendía sobre el césped entre malezas, hinojos, zarzas,juncos y cantidad inmensa de pintadas florecillas. Parecía una granlengua. Junto a ella se adivinaba, más bien que se veía, un hueco, untragadero, oculto por espesas yerbas, como las que tuvo que cortar D.Quijote cuando se descolgó dentro de la cueva de Montesinos.

La Nela no se cansaba de mirar.

—¿Por qué dices que está bonita esa horrenda Trascava?—le preguntó suamigo.

—Porque hay en ella muchas flores. La semana pasada estaban todassecas; pero han vuelto a nacer, y está aquello que da gozo verlo. ¡Madrede Dios! Hay muchos pájaros posados allí y muchísimas mariposas queestán cogiendo miel en las flores.... Choto, Choto, ven aquí, noespantes a los pobres pajaritos.

El perro, que había bajado, volvió gozoso llamado por la Nela, y lapacífica república de pajarillos volvió a tomar posesión de sus estados.

—A mí me causa horror este sitio—dijo Pablo, tomando del brazo a lamuchacha—. Y ahora

¿vamos hacia las minas? Sí, ya conozco este camino.Estoy en mi terreno. Por aquí vamos derechos al Barco.... Choto, andadelante; no te enredes en mis piernas.

Descendían por una vereda escalonada. Pronto llegaron a la concavidadformada por la explotación minera. Dejando la verde zona vegetal, habíanentrado bruscamente en la zona geológica, zanja enorme, cuyas paredes,labradas por el barreno y el pico, mostraban una interesanteestratificación, cuyas diversas capas ofrecían en el corte los másvariados tonos y los materiales más diversos. Era aquel el sitio que aTeodoro Golfín le había parecido el interior de un gran buque náufrago,comido de las olas, y su nombre vulgar justificaba esta semejanza.

Perode día se admiraban principalmente las superpuestas cortezas de laestratificación, con sus vetas sulfurosas y carbonatadas, sus sedimentosnegros, sus lignitos, donde yace el negro azabache, sus capas de tierraferruginosa que parece amasada con sangre, sus grandes y regularesláminas de roca, quebradas en mil puntos por el arte humano, y erizadasde picos, cortaduras y desgarrones. Era aquello como una herida abiertaen el tejido orgánico y vista con microscopio. El arroyo de aguassaturadas de óxido de hierro que corría por el centro, parecía un chorrode sangre.

¿En dónde está nuestro asiento?—preguntó el señorito de Penáguilas—.Vamos a él. Allí no nos molestará el aire.

Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por escabroso sendero,abierto entre rotas piedras, tierra y matas de hinojo, y se sentaron ala sombra de una enorme peña agrietada, que presentaba en su centro unalarga hendija. Más bien eran dos peñas, pegada la una a la otra, conirregulares bordes, como dos gastadas mandíbulas que se esfuerzan enmorder.

—¡Qué bien se está aquí!—dijo Pablo—. A veces suele salir unacorriente de aire por esa gruta; pero hoy no siento nada. Lo que sesiente es el gorgoteo del agua allá dentro en las entrañas de laTrascava.

—Calladita está hoy—observó la Nela—. ¿Quieres echarte?

—Pues mira que has tenido una buena idea. Anoche no he dormido,pensando en lo que mi padre me dijo, en el médico, en mis ojos.... Todala noche estuve sintiendo una mano que entraba en mis ojos y abría enellos una puerta cerrada y mohosa.

Diciendo esto sentose sobre la piedra, poniendo su cabeza sobre elregazo de la Nela.

—Aquella puerta—prosiguió—que estaba allá en lo más íntimo de misentido, abriose, como te he dicho, dando paso a una estancia dondeestaba encerrada la idea que me persigue. ¡Ay, Nela de mi corazón,chiquilla idolatrada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!...Con él me creería el más feliz de los hombres, yo, que casi lo soy yasólo con tenerte por amiga y compañera de mi vida. Para que los dosseamos uno solo, me falta muy poco; sólo me falta verte y recrearme entu belleza, con ese placer de la vista que no puedo comprender aún, peroque concibo de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espíritu, perola de los ojos me falta.

Supóngola como una nueva manera del amor que tetengo. Yo estoy lleno de tu belleza; pero hay algo en ella que no mepertenece todavía.

—¿No oyes?—dijo la Nela de improviso, demostrando interés por cosa muydistinta de lo que su amigo decía.

—¿Qué?

—Aquí dentro.... ¡La Trascava!... está hablando.

—¡Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. ¿Qué lenguaje ha desaber un chorro de agua? Sólo hay dos cosas que hablan, chiquilla mía;esas dos cosas son la lengua y la conciencia.

—Y la Trascava—observó la Nela, palideciendo—es un murmullo, un sí,sí, sí... A ratos oigo la voz de mi madre, que dice clarito: «Hija mía,¡qué bien se está aquí!»

—Es tu imaginación. También la imaginación habla; me olvidé de decirlo.La mía a veces se pone tan parlanchina, que tengo que mandarla callar.Su voz es chillona, atropellada, inaguantable; así como la de laconciencia es grave, reposada, convincente; y lo que dice no tienerefutación.

—Ahora parece que llora.... Se va poquito a poco perdiendo la voz—dijola Nela, atenta a lo que oía.

De pronto salió por la gruta una ligera ráfaga de aire.

—¿No has notado que ha echado un gran suspiro?... Ahora se vuelve a oírla voz: habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito....

—¿Qué te dice?

—Nada—replicó bruscamente María, después de una pausa—. Tú dices queson tonterías.

Tendrás razón.

—Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos—dijo elciego, tomándole la mano—. Hemos de vivir juntos toda la vida. ¡Oh,Dios mío! Si no he de adquirir la facultad de que me privaste al nacer,¿para qué me has dado esperanzas? Infeliz de mí si no nazco de nuevo enmanos del doctor Golfín. Porque esta será nacer otra vez. ¡Y quénacimiento! ¡Qué nueva vida!

Chiquilla mía, juro por la idea de Dios quetengo dentro de mí, clara, patente, inmutable, que tú y yo no nossepararemos jamás por mi voluntad. Yo tendré ojos, Nela, tendré ojospara poder recrearme en tu celestial hermosura, y entonces me casarécontigo. ¡Serás mi esposa querida...

serás la vida de mi vida, el recreoy el orgullo de mi alma! ¿No dices nada a esto?

La Nela oprimió contra sí la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar,pero su emoción no se lo permitía.

—Y si Dios no quiere otorgarme ese don—añadió el ciego—tampoco tesepararás de mí, también serás mi mujer, a no ser que te repugneenlazarte con un ciego. No, no, chiquilla mía, no quiero imponerte unyugo tan penoso. Encontrarás hombres de mérito que te amarán y quepodrán hacerte feliz. Tu extraordinaria bondad, tus nobles prendas, tuseductora belleza, que ha de cautivar los corazones y encender el máspuro amor en cuantos te traten, asegúrante un porvenir risueño. Yo tejuro que te querré mientras viva, ciego o con vista, y que estoydispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, insaciable, eterno.¿No me dices nada?

—Sí; que te quiero mucho, muchísimo—dijo la Nela, acercando su rostroal de su amigo—.

Pero no te afanes por verme. Quizás no sea yo tanguapa como tú crees.

Diciendo esto, la Nela había rebuscado en su faltriquera y sacado unpedazo de cristal azogado, resto inútil y borroso de un fementido espejoque se rompiera en casa de la Señana la semana anterior. Mirose en él;mas por causa de la pequeñez del vidrio, érale forzoso mirarse porpartes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, después la frente.Alejándolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. ¡Ay! ¡Cuán triste fue elresultado de sus investigaciones! Guardó el espejillo, y gruesaslágrimas brotaron de sus ojos.

—Nela, sobre mi frente ha caído una gota. ¿Acaso llueve?

—Sí, niño mío, parece que llueve—dijo la Nela sollozando.

—No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Túeres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazomisterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes deuna misma cosa, ¿verdad?

—Verdad.

—Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir.¿No es verdad que me querrás mucho lo mismo si me dan vista que sicontinúo privado de ella?

—Lo mismo, sí, lo mismo—dijo la Nela con vehemencia y turbación.

—¿Y me acompañarás?...

—Siempre, siempre.

—Oye tú—exclamó el ciego con amoroso arranque—si me dan a escogerentre no ver y perderte, prefiero....

—Prefieres no ver.... ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengodentro de mí!

—Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro demí clara como la verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, ytu persona me seduce y enamora más que todas las cosas.

—Sí, sí, sí—afirmó la Nela con desvarío—yo soy hermosa, soy muyhermosa.

—Oye tú—exclamó el ciego con amoroso arranque—tengo unpresentimiento... sí, un presentimiento. Dentro de mí parece que estáDios hablándome y diciéndome que tendré ojos, que te veré, que seremosfelices.... ¿No sientes tú lo mismo?

—Yo.... El corazón me dice que me verás... pero me lo dicepartiéndoseme.

—Veré tu hermosura ¡qué felicidad!—exclamó el ciego con la expresióndelirante que era propia de él en ciertos momentos—. Pero si ya la veo;si la veo dentro de mí, clara como la verdad que proclamo y que me llenatodo....

—Sí, sí, sí...—repitió la Nela con desvarío, espantados los ojos,trémulos los labios—. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.

—Bendita seas tú...

—¡Y tú!—añadió ella besándole en la frente—. ¿Tienes sueño?

—Sí, principio a tener sueño. No he dormido anoche. Estoy tan bienaquí...

—Duérmete, niño....

Principió a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Pocodespués Pablo dormía.

La Nela oyó de nuevo la voz de la Trascava,diciéndole:

—Hija mía... aquí, aquí.

-IX-

Los Golfines

Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de sullegada pasó largas horas en el laboratorio con su hermano, y en lossiguientes recorrió de un cabo a otro las minas, examinando y admirandolas distintas cosas que allí había, que ya pasmaban por la grandeza delas fuerzas naturales, ya por el poder y brío del arte de los hombres.Por las noches, cuando todo callaba en el industrioso Socartes, quedandosólo en actividad los bullidores hornos, el buen doctor que era muyentusiasta músico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuñada Sofía,esposa de Carlos Golfín y madre de varios chiquillos que se habíanmuerto.

Los dos hermanos se profesaban el más vivo cariño. Nacidos en la clasemás humilde, habían luchado solos en edad temprana por salir de laignorancia y de la pobreza, viéndose a punto de sucumbir diferentesveces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, queal fin llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrás las turbiasolas en que se agita en constante estado de naufragio el grosero vulgo.

Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Ayudóa éste con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuandole vio en camino, tomó el que anhelaba su corazón aventurero, yéndose aAmérica. Allá trabajó juntamente con otros afamados médicos europeos,adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a España, tornó alNuevo Mundo, vino más tarde para regresar al poco tiempo. En cada una deestas excursiones daba la vuelta a Europa para apropiarse los progresosde la ciencia oftálmica que cultivaba.

Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonomía tan inteligentecomo sensual, labios gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante,naturaleza incansable, constitución fuerte, si bien algo gastada por elclima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su melenarebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, habíansido motivo para que dijeran de él: «es un león negro». En efectoparecía un león, y como el rey de los animales, no dejaba de manifestara cada momento la estimación en que a sí mismo se tenía. Pero la vanidadde aquel hombre insigne era la más disculpable de todas las vanidades,pues consistía en sacar a relucir dos títulos de gloria, a saber: supasión por la cirugía y la humildad de su origen.

Hablaba por lo generalincorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia lasoraciones. Eran sus frases rápidas y entrecortadas conforme a la emisiónde su pensamiento, que era una especie de emisión eléctrica. Muchasveces Sofía, al pedirle su opinión sobre cualquier cosa, decía: «A verlo que piensa de esto la Agencia Havas».

—Nosotros—solía decir Teodoro—aunque descendemos de las yerbas delcampo, que es el más bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho árbolescorpulentos.... ¡Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!...

Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos,tenemos sangre inglesa en nuestras venas.... Hasta nuestro apellidoparece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondría de este modo: Gold, oro... to find, hallar.... Es, como si dijéramos, buscador deoro.... He aquí que mientras mi hermano lo busca en las entrañas de latierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo enabreviatura que se llama el ojo humano.

En la época de esta veraz historia venía de América por la vía deNew-York Liverpool, y según decía, su expatriación había cesadodefinitivamente; pero no le creían, por haber dicho lo mismo en otrasocasiones y haber hecho todo lo contrario.

Su hermano Carlos era un bendito, hombre muy pacífico, estudioso,esclavo de su deber, apasionado por la mineralogía y la metalurgia hastaponer a estas dos mancebas cien codos más altas que su mujer. Por lodemás, ambos cónyuges vivían en conformidad completa, o como decíaTeodoro, en estado isomórfico, porque cristalizaban en un mismosistema. En cuanto a él, siempre que se hablaba de matrimonio, decíariendo:

—El matrimonio sería para mí una Epigenesis o cristal pseudomórfico; es decir, un sistema de cristalización que no mecorresponde.

Sofía era una excelente señora de regular belleza, cada día reducida amenor expresión, por una tendencia lamentable a la obesidad. Le habíandicho que la atmósfera de carbón de piedra enflaquecía, y por eso habíaido a vivir a las minas, con propósito de pasar en ellas todo el año.Por lo demás, aquella atmósfera saturada de polvo de calamina y de humocausábale no poco disgusto. No tenía hijos vivos, y su principalocupación consistía en tocar el piano y en organizar asociacionesbenéficas de señoras para socorros domiciliarios y sostenimiento dehospitales y escuelas. En Madrid, y durante buena porción de años, suactividad había hecho prodigios, ofreciendo ejemplos dignos de imitacióna todas las almas aficionadas a la caridad. Ella, ayudada de dos o tresseñoras de alto linaje, igualmente amantes del prójimo, había logradocelebrar más de veinte funciones dramáticas, otros tantos bailes demáscaras, seis corridas de toros y dos de gallos, todo en beneficio delos pobres.

En el número de sus vehemencias, que solían ser pasajeras, contábase unaque quizás no sea tan recomendable como aquella de socorrer a losmenesterosos, y consistía en rodearse de perros y gatos, poniendo enestos animales un afecto que al mismo amor se parecía. Últimamente, ycuando residía en el establecimiento de Socartes, tenía un toy terrier que por encargo le había traído de Inglaterra Ulises Bull, jefe deltaller de maquinaria. Era un galguito fino y elegante, delicado y mimosocomo un niño. Se llamaba Lili, y había costado en Londres doscientosduros.

Los Golfines paseaban en los días buenos; en los malos tocaban el pianoo cantaban, pues Sofía tenía cierto chillido que podía pasar por cantoen Socartes. El ingeniero segundo tenía voz de bajo profundo, Teodorotambién era bajo profundo. Carlos allá se iba; de modo que armaban unaespecie de coro de sacerdotes, en el cual descollaba la voz de Sofíacomo una sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio. Todas laspiezas que se cantaban eran, o si no lo eran lo parecían, de sacerdotessacrificadores y sacerdotisa sacrificada.

En los días de paseo solían merendar en el campo. Una tarde (a últimosde Setiembre y seis días después de la llegada de Teodoro a las minas)volvían de su excursión en el orden siguiente: Lili, Sofía, Teodoro,Carlos. La estrechez del sendero no les permitía caminar de dos en dos.Lili llevaba su manta o gabancito azul con las iniciales de su ama.Sofía apoyaba en su hombro el palo de la sombrilla, y Teodoro llevaba enla misma postura su bastón, con el sombrero en la punta. Gustaba muchode pasear con la deforme cabeza al aire. Pasaban al borde de laTrascava, cuando Lili, desviándose del sendero con la elástica ligerezade sus patillas como alambres, echó a correr césped abajo por lavertiente del embudo. Primero corría, después resbalaba. Sofía dio ungrito de terror. Su primer movimiento, dictado por un afecto que parecíamaterno, fue correr detrás del animal, tan cercano al peligro; pero suesposo la contuvo, diciendo:

—Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; él volverá. No se puedebajar, porque este césped es muy resbaladizo.

—¡Lili, Lili!...—gritaba Sofía, esperando que sus amantes ayesdetendrían al animal en su camino de perdición, trayéndole al de lavirtud.

Las voces más tiernas no hicieron efecto en el revoltoso ánimo de Lili,que seguía bajando. A veces miraba a su ama, y con sus expresivosojuelos negros parecía decirle: «Señora, por el amor de Dios, no seausted tan tonta».

Lili se detuvo en la gran peña blanquecina, agujereada, muzgosa, que enla boca misma del abismo estaba, como encubriéndola. Fijáronse allítodos los ojos, y al punto observaron que se movía un objeto. Creyeronde pronto ver un animal dañino que se ocultaba detrás de la peña, peroSofía lanzó un nuevo grito, el cual antes era de asombro que de terror,y dijo:

—Si es la Nela.... Nela, ¿qué haces ahí?

Al oír su nombre, la muchacha se mostró toda turbada y ruborosa.

—¿Qué haces ahí, loca?—repitió la dama—. Coge a Lili y tráemelo...¡Válgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido ameter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado....

¡Qué cosas leenseñas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.

—Esa muchacha es de la piel de Barrabás—dijo D. Carlos a su hermano—.Mira dónde se ha ido a poner.

Mientras esto se decía en el borde de la Trascava, la Nela habíaemprendido allá abajo la persecución de Lili, el cual, más travieso ycalavera en aquel día que en ningún otro de su monótona existencia, huíade las manos de la chicuela. Gritábale la dama, exhortándole a serjuicioso y formal; pero él, poniendo en olvido las más vulgares nocionesdel deber, empezó a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, comodiciéndole: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?»

Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas quecubrían la boca de la cueva, y allí la mantita de que iba vestido fuelede grandísimo estorbo. El animal, viéndose imposibilitado de salir deentre la maleza, empezó a ladrar pidiendo socorro.

—¡Que se me pierde, que se me mata!—exclamó gimiendo Sofía—. Nela,Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo... ve concuidado.... Agárrate bien.

La Nela se deslizó intrépidamente, poniendo su pie sobre las zarzas yrobustos hinojos que tapaban el abismo; y sosteniéndose con una mano enlas asperezas de la peña, alargó la otra hasta pillar el rabo de Lili,con lo cual le sacó del aprieto en que estaba. Acariciando al animal,subió triunfante a los bordes del embudo.

—Tú, tú, tú tienes la culpa—díjole Sofía de mal talante, aplicándoletres suaves coscorrones—

porque si no te hubieras metido allí... Yasabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra....

¡Qué buenapieza!

Y luego, besando al descarriado animal y administrándole dos nalgadas,después de cerciorarse de que no había padecido nada de fundamento en suestimable persona, le arregló la mantita, que se le había puesto pormontera, y lo entregó a Nela, diciéndole:

—Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado, y estas largascaminatas pueden hacerle daño. Cuidado.... Anda delante de nosotros....Cuidado, te repito.... Mira que voy detrás observando lo que haces.

Púsose de nuevo en marcha la familia, precedida por la Nela. Lili mirabaa su ama por encima del hombro de la Nela, y parecía decirle: «¡Ay,señora; pero qué boba es usted!»

Teodoro Golfín no había dicho nada durante el conmovedor peligro delhermoso Lili, pero cuando se pusieron en marcha por la gran pradera,donde los tres podían ir al lado uno de otro sin molestarse, el doctordijo a la mujer de su hermano:

—Estoy pensando, querida Sofía, que ese animal te ocupa demasiado. Esverdad que un perro que cuesta doscientos duros no es un perro como otrocualquiera. Yo me pregunto por qué has empleado el tiempo y el dinero enhacerle un gabán a ese señorito canino, y no se te ha ocurrido comprarleunos zapatos a la Nela.

—¡Zapatos a la Nela!—exclamó Sofía riendo—. Y yo pregunto: ¿para quélos quiere?...

Tardaría dos días en romperlos. Podrás reírte de mí todolo que quieras... bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es unaextravagancia... pero no podrás acusarme de falta de caridad....

Altoahí... eso sí que no te lo permito (al decir esto tomaba un tono muyserio con evidente expresión de orgullo). Y en lo de saber practicar lacaridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelantepersona alguna.... No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son,cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada.¡Si querrás darme lecciones!... Mira, Teodoro, que en eso sé tanto comotú en el tratado de los ojos.

—Sí, ya sé, ya sé, querida, que has hecho maravillas. No me cuentesotra vez lo de las funciones dramáticas, bailes y corridas de torosorganizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de lasrifas, que poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugarpara dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando sólo para losenfermos un resto de poca monta. Todo eso sólo me prueba las singularescostumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando,toreando y jugando a la lotería.... No hablemos de eso: ya conozco estasheroicidades y las admiro: también eso tiene su mérito, y no poco. Perotú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su mismaboca la causa de su miseria... ni para observar qué clase de miseria leaqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con lafácil limosna del ochavo... ni tampoco con el mendrugo de pan....

—Ya tenemos a nuestro filósofo en campaña—dijo Sofía con mal humor—.¿Qué sabes tú lo que yo he hecho ni lo que he dejado de hacer?

—No te enfades, querida—replicó Golfín—; todos mis argumentos van aparar a un punto, y es que debías haberle comprado zapatos a la Nela.

—Pues mira, mañana mismo se los he de comprar.

—No, porque esta misma noche se los compraré yo. No se meta usted enmis dominios, señora.

—¡Eh!... Nela—gritó Sofía, viendo que la muchacha estaba a largadistancia—. No te alejes mucho; que te vea yo para saber lo que haces.

—¡Pobre criatura!—dijo Carlos—. ¡Quién ha de decir que eso tiene diezy seis años!

—Atrasadilla está. ¡Qué desgracia!—exclamó Sofía—. Y yo me pregunto,¿para qué permite Dios que tales criaturas vivan?... Y me preguntotambién, ¿qué es lo que se puede hacer por ella?

Nada, nada más quedarle de comer, vestirla hasta cierto punto.... Ya se ve... rompe todolo que le ponen encima. Ella no puede trabajar, porque se desmaya; ellano tiene fuerzas para nada.

Saltando de piedra en piedra, subiéndose alos árboles y jugando y enredando todo el día y cantando como lospájaros, cuanto se le pone encima conviértese pronto en jirones....

—Pues yo he observado en la Nela—dijo Carlos—algo de inteligencia yagudeza de ingenio bajo aquella corteza de candor y salvaje rusticidad.No, señor, la Nela no es tonta ni mucho menos. Si alguien se hubieratomado el trabajo de enseñarle alguna cosa, habría aprendido mejorquizás que la mayoría de los chicos. ¿Qué creen ustedes? La Nela tieneimaginación; por tenerla y carecer hasta de la enseñanza másrudimentaria, es sentimental y supersticiosa.

—Eso es, se halla en la situación de los pueblos primitivos—dijoTeodoro—. Está en la época del pastoreo.

—Ayer precisamente—añadió Carlos—pasaba yo por la Trascava y la vi enel mismo sitio donde la hemos hallado hoy. La llamé, hícela salir, lepregunté qué hacía en aquel sitio, y con la mayor sencillez del mundo mecontestó que estaba hablando con su madre.... Tú no sabes que la madrede la Nela se arrojó por esa sima.

—Es decir, que se suicidó—dijo Sofía—. Era una mujer de mala vida ypeores ideas, según he oído contar. Carlos no estaba aquí todavía; peronos han dicho que se embriagaba como un fogonero. Y yo me pregunto:¿Esos seres tan envilecidos que terminan una vida de crímenes con elmayor de todos, que es el suicidio, merecen la compasión del génerohumano? Hay cosas que horripilan; hay personas que no debieran habernacido, no señor, y Teodoro podrá decir todas las sutilezas que quiera,pero yo me pregunto....

—No, no te preguntes nada, hermana querida—dijo vivamente Teodoro—.Yo te responderé que el suicida merece la más viva, la más cordialcompasión. En cuanto a vituperio, échesele encima todo el que hayadisponible, pero al mismo tiempo... bueno será indagar qué causas lellevaron a tan horrible extremo de desesperación... yo observaría si lasociedad no le ha dejado abierta, desamparándole en absoluto, la puertade ese abismo horrendo que le llama....

—¡Desamparado de la sociedad! Hay algunos que lo están...—dijo Sofíacon impertinencia—.

La sociedad no puede amparar a todos. Mira laestadística, Teodoro; mírala y verás la cifra de pobres.... Pero si lasociedad desampara a alguien, ¿para qué sirve la religión?

—Refiérome al miserable desesperado que reúne a todas las miserias lamiseria mayor, que es la ignorancia.... El ignorante envilecido ysupersticioso sólo posee nociones vagas y absurdas de la divinidad....Lo desconocido, lejos de detenerle, le impulsa más a cometer sucrimen.... Rara vez hará beneficios la idea religiosa al que vegeta enestúpida ignorancia. A él no se acerca amigo inteligente, ni maestro, nisacerdote. No se le acerca sino el juez que ha de mandarle apresidio....

Es singular el rigor con que condenáis vuestra propiaobra—añadió con vehemencia, enarbolando el palo en cuya punta tenía susombrero—. Estáis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestrascómodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo loque es necesario a la niñez, desde los padres hasta los juguetes... lesestáis viendo, sí... nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad,haciéndoles saber que son seres humanos, dándoles las ideas de quecarecen; no se os ocurre ennoblecerles, haciéndoles pasar del bestialtrabajo mecánico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo enhabitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionándose cada día en susalvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos lascomodidades de que estáis rodeados.... ¡Toda la energía la guardáis luegopara declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sinreparar que sostenéis escuela permanente de estos tres crímenes!

—No sé para qué están ahí los asilos de beneficencia—dijo agriamenteSofía—. Lee la estadística, Teodoro, léela, y verás el número dedesdichados.... Lee la estadística....

—Yo no leo la estadística, querida hermana, ni me hace falta para nadatu estadística. Buenos son los asilos; pero no, no bastan para resolverel gran problema que ofrece la orfandad. El miserable huérfano, perdidoen las calles y en los campos, desamparado de todo cariño personal yamparado sólo por las corporaciones, rara vez llena el vacío que formaen su alma la carencia de familia... ¡oh!, vacío donde debían estar, yrara vez están, la nobleza, la dignidad y la estimación de sí mismo.Sobre este tema tengo una idea, es una idea mía; quizás os parezca undisparate.

—Dínosla.

—El problema de la orfandad y de la miseria infantil no se resolveránunca en absoluto, como no se resolverán tampoco sus compañeros losdemás problemas sociales; pero habrá un alivio a mal tan grande cuandolas costumbres, apoyadas por las leyes... por las leyes; ya veis queesto no es cosa de juego, establezcan que todo huérfano, cualquiera quesea su origen... no reírse... tenga derecho a entrar en calidad de hijoadoptivo en la casa de un matrimonio acomodado que carezca de hijos. Yase arreglarían las cosas de modo que no hubiera padres sin hijos, nihijos sin padres.

—Con tu sistema—dijo Sofía—ya se arreglarían las cosas de modo quenosotros fuésemos padres de la Nela.

—¿Por qué no?—repuso Teodoro—. Entonces no gastaríamos doscientosduros en comprar un perro, ni estaríamos todo el santo día haciendomimos al señorito Lili.

—¿Y por qué han de estar exentos de esa graciosa ley los solterosricos? ¿Por qué no han de cargar ellos también con su huérfano, comocada hijo de vecino?

—No me opongo—dijo el doctor, mirando al suelo—. ¿Pero qué esesto?... ¡sangre!

Todos miraron al suelo, donde se veían de trecho en trecho pequeñasmanchas de sangre.

—¡Jesús!...—exclamó Sofía, apartando los ojos—. Si es la Nela. Miracómo se ha puesto los pies.

—Ya se ve.... Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tudichoso Lili. Nela, ven acá.

La Nela, cuyo pie derecho estaba ensangrentado, se acercó cojeando.

—Dame al pobre Lili—dijo Sofía, tomando el canino de manos de lavagabunda—. No vayas a hacerle daño. ¿Te duele mucho? ¡Pobrecita! Esono es nada. ¡Oh, cuánta sangre!... No puedo ver eso.

Sensible y nerviosa, Sofía se volvió de espaldas, acariciando a Lili.

—A ver, a ver qué es eso—dijo Teodoro, tomando a la Nela en sus brazosy sentándola en una piedra de la cerca inmediata.

Poniéndose sus lentes, le examinó el pie.

—Es poca cosa; dos o tres rasguños.... Me parece que tienes una espinadentro.... ¿Te duele?...

Sí, aquí está la pícara.... Aguarda un momento.Sofía, echa a andar, si te molesta ver una operación quirúrgica.

Mientras Sofía daba algunos pasos para poner su precioso sistemanervioso a cubierto de toda alteración, Teodoro Golfín sacó su estuche,del estuche unas pinzas, y en un santiamén extrajo la espina.

—¡Bien por la mujer valiente!—dijo, observando la serenidad de laNela—. Ahora vendemos el pie.

Con su pañuelo vendó el pie herido. Marianela trató de andar. Carlos ledaba la mano.

—No, no; ven acá—dijo Teodoro, tomando a Marianela por los brazos.

Con rápido movimiento levantola en el aire y la sentó sobre su hombroderecho.

—Si no estás segura, agárrate a mis cabellos; son fuertes. Ahora, llevatú el palo con el sombrero.

—¡Qué facha!—exclamó Sofía, muerta de risa al verlos venir—. Teodorocon la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler....

-X-

Historia de dos hijos del pueblo

—Aquí tienes, querida Sofía—dijo Teodoro—un hombre que sirve paratodo. Este es el resultado de nuestra educación, ¿verdad, Carlos? Comono hemos sido criados con mimos; como desde nuestra más tierna infancianos acostumbramos a la idea de que no había nadie inferior anosotros.... Los hombres que se forman solos, como nosotros nosformamos; los que, sin ayuda de nadie, ni más amparo que su voluntad ynoble ambición, han logrado salir triunfantes en la lucha por laexistencia... sí ¡demonio!, estos son los únicos que saben cómo se hade tratar a un menesteroso. No te cuento diversos hechos de mi vida,atañederos a esto del prójimo como a ti mismo, por no caer en el feopecado de la propia alabanza y por temor de causar envidia a tus rifas ya tus bailoteos filantrópicos. Quédese esto aquí.

—Cuéntalos, cuéntalos otra vez, Teodoro.

—No, no... todo eso debe callarse; así lo manda la modestia. Confiesoque no poseo en alto grado esta virtud preciosa; yo no carezco devanidades, y entre ellas tengo la vanidad de haber sido mendigo, dehaber pedido limosna de puerta en puerta, de haber andado descalzo conmi hermanito Carlos y dormir con él en los huecos de las puertas, sinamparo, sin abrigo, sin familia.

Yo no sé qué extraordinario rayo deenergía y de voluntad vibró dentro de mí. Tuve una inspiración.Comprendí que delante de nuestros pasos se abrían dos sendas: la delpresidio, la de la gloria. Cargué en mis hombros a mi pobre hermanito,lo mismo que hoy cargo a la Nela, y dije:

«Padre nuestro que estás enlos cielos, sálvanos»... Ello es que nos salvamos. Yo aprendí a leer yenseñé a leer a mi hermano. Yo serví a diversos amos, que me daban decomer y me permitían ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; yocompré una hucha.... Yo reuní para comprar libros....

Yo no sé cómoentré en los Escolapios; pero ello es que entré, mientras mi hermano seganaba su pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos....

—¡Qué cosas tienes!—exclamó Sofía muy desazonada, porque no gustaba deoír aquel tema—

. Y yo me pregunto: ¿a qué viene el recordar talesniñerías? Además, tú las exageras mucho.

—No exagero nada—dijo Teodoro, con brío—. Señora, oiga usted ycalle.... Voy a poner cátedra de esto.... Oíganme todos los pobres,todos los desamparados, todos los niños perdidos....

Yo entré en losEscolapios como Dios quiso; yo aprendí como Dios quiso.... Un benditopadre diome buenos consejos y me ayudó con sus limosnas.... Sentíafición a la medicina.... ¿Cómo estudiarla sin dejar de trabajar paracomer? ¡Problema terrible!... Querido Carlos, ¿te acuerdas de cuandoentramos los dos a pedir trabajo en una barbería de la antigua calle deCofreros?... Nunca habíamos cogido una navaja en la mano; pero erapreciso ganarse el pan afeitando.... Al principio ayudábamos... ¿teacuerdas, Carlos?... Después empuñamos aquellos nobles instrumentos....La flebotomía fue nuestra salvación. Yo empecé a estudiar la anatomía.¡Ciencia admirable, divina!

Tanto era el trabajo escolástico, que tuveque abandonar la barbería de aquel famoso maestro Cayetano.... El día enque me despedí, él lloraba.... Diome dos duros y su mujer me obsequiócon unos pantalones viejos de su esposo.... Entré a servir de ayuda decámara. Dios me protegía dándome siempre buenos amos. Mi afición alestudio interesó a aquellos benditos señores, que me dejaban libre todoel tiempo que podían. Yo velaba estudiando. Yo estudiaba durmiendo.

Yodeliraba, y limpiando la ropa repasaba en la memoria las piezas delesqueleto humano.... Me acuerdo que el cepillar la ropa de mi amo meservía para estudiar la miología.... Limpiando una manga, decía:«músculo deltoides, bíceps, gran supinador, cubital», y en lospantalones:

«músculos glúteos, psoas, gemelos, tibial, etc...» Enaquella casa dábanme sobras de comida, que yo llevaba a mi hermano,habitante en casa de unos dignos ropavejeros. ¿Te acuerdas, Carlos?

—Me acuerdo—dijo Carlos con emoción—. Y gracias que encontré quien mediera casa por un pequeño servicio de llevar cuentas. Luego tuve ladicha de tropezar con aquel coronel retirado, que me enseñó lasmatemáticas elementales.

—Bueno: no hay guiñapo que no saquen ustedes hoy a la calle—observóSofía.

—Mi hermano me pedía pan—añadió Teodoro—y yo le respondía: «¿Pan hasdicho?, toma matemáticas...» Un día mi amo me dio entradas para elteatro de la Cruz; llevé a mi hermano y nos divertimos mucho; peroCarlos cogió una pulmonía.... ¡Obstáculo terrible, inmenso! Esto erarecibir un balazo al principio de la acción.... Pero no, ¿quiéndesmaya?, adelante... a curarle se ha dicho. Un profesor de la Facultad,que me había tomado gran cariño, se prestó a curarle.

—Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacénde trapo viejo, de hierro viejo y de cuero viejo.

—Dios estaba con nosotros... bien claro se veía.... Habíase puesto denuestra parte.... ¡Oh, bien sabía yo a quién me arrimaba!—prosiguióTeodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rápida, ardiente, que era tansuya como las melenas negras y la cabeza de león—. Para que mi hermanotuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No puedenandar juntas la farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, elenfermo consumió mi capa, después mi levita... mis calzones seconvirtieron en píldoras.... Pero mis amos no me abandonaban... volví atener ropa y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «que vaya aconvalecer al campo...»

Yo medité... ¿Campo dijiste? Que vaya a laescuela de Minas. Mi hermano era gran matemático.

Yo le enseñé laquímica... pronto se aficionó a los pedruscos, y antes de entrar en laescuela, ya salía al campo de San Isidro a recoger guijarros.... Yoseguía adelante en mi navegación por entre olas y huracanes.... Cada díaera más médico. Un famoso operador me tomó por ayudante; dejé de sercriado.... Empecé a servir a la ciencia... mi amo cayó enfermo; asistilecomo una hermana de la Caridad.... Murió, dejándome un legado... ¡cosagraciosa! Consistía en un bastón, una máquina para hacer cigarrillos, uncuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!...

Mihermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vestí de gente, empecé a tenerenfermos. Parece que la humanidad perdía la salud sólo por darmetrabajo.... ¡Adelante, siempre adelante!...

Pasaron años, años... al finvi desde lejos el puerto de refugio después de grandes tormentas....

Mihermano y yo bogábamos sin gran trabajo... ya no estábamos tristes....Dios sonreía dentro de nosotros. ¡Bien por los Golfines!... Dios leshabía dado la mano. Yo empecé a estudiar los ojos y en poco tiempodominé la catarata; pero yo quería más.... Gané algún dinero; pero mihermano consumía bastante.... Al fin Carlos salió de la escuela...¡Vivan los hombres valientes!... Después de dejarle colocado enRiotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido unaespecie de Colón, el Colón del trabajo; y una especie de Hernán Cortés;yo había descubierto en mí un Nuevo Mundo, y después de descubrirlo, lohabía conquistado.

—Alábate, pandero—dijo Sofía riendo.

—Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos—afirmó Carlos,demostrando gran admiración por su hermano.

—Prepárese usted ahora, señor semi-Dios—dijo Sofía—a coronar todassus hazañas haciendo un milagro, que milagro será dar la vista a unciego de nacimiento.... Mira, allí sale D. Francisco a recibirnos.

Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado dePoniente, habían llegado a Aldeacorba y a la casa del señor dePenáguilas, que echándose el chaquetón a toda prisa, salió al encuentrode sus amigos. Caía la tarde.

-XI-

El patriarca de Aldeacorba

—Ya la están ordeñando—dijo antes de saludarles—. Supongo que todostomarán leche.

¿Cómo va ese valor, doña Sofía?... ¿Y usted, D.Teodoro?... ¡Buena carga se ha echado a cuestas!

¿Qué tiene MaríaCanela?... una patita mala. ¿De cuándo acá gastamos esos mimos?

Entraron todos en el patio de la casa. Oíanse los graves mugidos de lasvacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al gratoaroma campesino del heno que los mozos subían al pajar, recreabadulcemente los sentidos y el ánimo.

El médico sentó a la Nela en un banco de piedra en un banco de piedra, yella, paralizada por el respeto, no se atrevía a hacer movimiento algunoy miraba a su bienhechor con asombro.

—¿En dónde está Pablo?—preguntó el ingeniero.

—Acaba de bajar a la huerta—replicó el señor de Penáguilas, ofreciendouna rústica silla a Sofía—. Mira, Nela, ve y acompáñale.

—No, no quiero que ande todavía—objetó Teodoro, deteniéndola—. Ademásva a tomar leche con nosotros.

—¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde?—preguntó el señor dePenáguilas.

—Con el examen de ayer me basta—replicó Golfín—. Puede hacerse laoperación.

—¿Con éxito?

—¡Ah! ¡Con éxito!... eso no se puede decir. ¡Cuán gran placer seríapara mí dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo de usted posee unainteligencia de primer orden, una fantasía superior, una bondadexquisita. Su absoluto desconocimiento del mundo visible hace resaltarmás aquellas grandiosas cualidades... se nos presentan solas,admirablemente sencillas, con todo el candor y el encanto de las grandescreaciones de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres.En él todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Escomo un yacimiento colosal, como el mármol en las canteras.... No conocela realidad... vive la vida interior, la vida de ilusión pura.... ¡Oh!¡Si pudiéramos darle vista!... A veces me digo: «si al darle la vista leconvertiremos de ángel en hombre...» Problema y duda tenemos aquí...Pero hagámosle hombre; ese es el deber de la ciencia; traigámosle delmundo de las ilusiones a la esfera de la realidad, y entonces, dado supoderoso pensar, será verdaderamente inteligente y discreto; entoncessus ideas serán exactas y tendrá el don precioso de apreciar en suverdadero valor todas las cosas.

Sacaron los vasos de leche blanca, espumosa, tibia, rebosando de losbordes con hirviente oleada. Ofreció Penáguilas el primero a Sofía, ylos caballeros se apoderaron de los otros dos.

Teodoro Golfín dio elsuyo a la Nela, que abrumada de vergüenza se negaba a tomarlo.

—Vamos, mujer—dijo Sofía—no seas mal criada: toma lo que te dan.

—Otro vaso para el Sr. D. Teodoro—dijo D. Francisco al criado.

Oyose enseguida el rumorcillo de los menudos chorros que salían de laestrujada ubre.

—Y tendrá la apreciación justa de todas las cosas—dijo D. Francisco,repitiendo esta frase del doctor, la cual había hecho no poca impresiónen su espíritu—. Ha dicho usted, señor D.

Teodoro, una cosa admirable.Y ya que de esto hablamos, quiero confiarle las inquietudes que hacedías tengo. Sentareme también.

Acomodose D. Francisco en un banco que a la mano tenía. Teodoro, Carlosy Sofía se habían sentado en sillas traídas de la casa, y la Nelacontinuaba en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le habíadejado un bigotillo blanco en su labio superior.

—Pues decía, Sr. D. Teodoro, que hace días me tiene inquieto el estadode exaltación en que se halla mi hijo: yo lo atribuyo a la esperanza quele hemos dado.... Pero hay más, hay más. Ya sabe usted que acostumbroleerle diversos libros. Creo que ha enardecido demasiado su pensamientocon mis lecturas, y que se ha desarrollado en él una cantidad de ideassuperior a la capacidad del cerebro de un hombre que no ve. No sé si meexplico bien.

—Perfectamente.

—Sus cavilaciones no acaban nunca. Yo me asombro de oírle y del meolloy agudeza de sus discursos. Creo que su sabiduría está llena de milerrores por la falta de método y por el desconocimiento del mundovisible.

—No puede ser de otra manera.

—Pero lo más raro es que, arrastrado por su imaginación potente, lacual es como un Hércules atado con cadenas dentro de un calabozo y queforcejea por romper hierros y muros....

—Muy bien, muy bien dicho.

—Su imaginación, digo, no puede contenerse en la oscuridad de sussentidos, y viene a este nuestro mundo de luz y quiere suplir con susatrevidas creaciones la falta de sentido de la vista.

Pablo posee unespíritu de indagación asombroso; pero este espíritu de investigación esun valiente pájaro con las alas rotas. Hace días que está delirante, noduerme, y su afán de saber raya en locura. Quiere que a todas horas lelea libros nuevos, y a cada pausa hace las observaciones más agudas conuna mezcla de candor que me hace reír. Afirma y sostiene grandesabsurdos, y vaya usted a contradecirle.... Temo mucho que se me vuelvamaniático; que se desquicie su cerebro.... ¡Si viera usted cuán triste ycaviloso se me pone a veces!... Y coge un tema, y dale que le darás, nolo suelta en una semana. Hace días que no sale de un tema tan graciosocomo original.

Ha dado en sostener que la Nela es bonita.

Oyéronse risas, y la Nela se quedó como púrpura.

—¡Que la Nela es bonita!—exclamó Teodoro cariñosamente—. Pues sí quelo es.

—Ya lo creo, y ahora que tiene su bigote blanco—dijo Sofía.

—Pues sí que es guapa—repitió Teodoro, tomándole la cara—. Sofía,dame tu pañuelo....

Vamos, fuera ese bigote.

Teodoro devolvió a Sofía su pañuelo después de afeitar a la Nela. Díjolea esta D. Francisco que fuese a acompañar al ciego, y cojeando entró enla casa.

—Y cuando le contradigo—añadió el señor de Aldeacorba—mi hijo mecontesta que el don de la vista quizás altere en mí ¡qué disparate másgracioso!, la verdad de las cosas.

—No le contradiga usted y suspenda por ahora absolutamente laslecturas. Durante algunos días ha de adoptar un régimen de tranquilidadabsoluta. Hay que tratar al cerebro con grandes miramientos antes deemprender una operación de esta clase.

—Si Dios quiere que mi hijo vea—dijo el señor de Penáguilas confervor—le tendré a usted por el más grande, por el más benéfico de loshombres. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida: esa sombranegra ha hecho tristes mis días, entenebreciéndome el bienestar materialque poseo. Soy rico: ¿de qué me sirven mis riquezas? Nada de lo que élno pueda ver es agradable para mí. Hace un mes he recibido la noticia dehaber heredado una gran fortuna... ya sabe usted, Sr. D. Carlos, que miprimo Faustino ha muerto en Matamoros. No tiene hijos; le heredamos mihermano Manuel y yo.... Esto es echar margaritas a puercos, y no lo digopor mi hermano, que tiene una hija preciosa ya casadera; dígolo por estemiserable que no puede hacer disfrutar a su único hijo las deliciashonradas de una buena posición.

Siguió a estas palabras un largo silencio, sólo interrumpido por elcariñoso mugido de las vacas en el cercano establo.

—Para él—añadió el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza—noexiste el goce del trabajo, que es el primero de todos los goces. Noconociendo las bellezas de la Naturaleza, ¿qué significan para él laamenidad del campo ni las delicias de la agricultura? Yo no sé cómo Diosha podido privar a un ser humano de admirar una res gorda, un árbolcuajado de peras, un prado verde, y de ver apilados los frutos de latierra y de repartir su jornal a los trabajadores y de leer en el cieloel tiempo que ha de venir. Para él no existe más vida que una cavilaciónfebril. Su vida solitaria ni aun tendrá el consuelo de la familia,porque cuando yo me muera ¿qué familia tendrá el pobre ciego? Ni élquerrá casarse, ni habrá mujer de punto que con él se despose, a pesarde sus riquezas, ni yo le aconsejaré tampoco que tome estado. Así es quecuando el señor D. Teodoro me ha dado esperanza... he visto el cieloabierto; he visto una especie de Paraíso en la tierra... he visto unjoven y alegre y sencillo matrimonio; he visto ángeles, nietecillosalrededor de mí; he visto mi sepultura embellecida con las flores de lainfancia, con las tiernas caricias que aun después de mi última horasubsistirán acompañándome debajo de la tierra.... Ustedes no comprendenesto; no saben que mi hermano Manuel, que es más bueno que el buen pan,luego que ha tenido noticia de mis esperanzas, ha empezado a hacercálculos y más cálculos.... Vean ustedes lo que me dice... (Sacó variascartas que revolvió breve rato sin dar con la que buscaba)...

Enresumidas cuentas, él está loco de contento, y me ha dicho: «Casaré a miFlorentina con tu Pablito, y aquí tienes colocado a interés compuesto elmedio millón de pesos del primo Faustino...» Me parece que veo a Manolofrotándose las manos y dando zancajos como es su costumbre cuando tieneuna idea feliz. Les espero a él y a su hija de un momento a otro: vienena pasar conmigo el 4 de octubre y a ver en qué para esta tentativa dedar luz a mi hijo....

Iba avanzando mansamente la noche y los cuatro personajes rodeábanse deuna sombra apacible. La casa empezaba a humear, anunciando la grata cenade aldea. El patriarca, que parecía la expresión humana de aquellatranquilidad melancólica, volvió a tomar la palabra, diciendo:

—La felicidad de mi hermano y la mía dependen de que yo tenga un hijoque ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre deDios, como la Virgen María Inmaculada según la pintan cuando viene elángel a decirle: «el Señor es contigo...» Mi ciego no servirá para elcaso... pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos missueños y la bendición de Dios entrando en mi casa.

Callaron todos, hondamente impresionados por la relación tan patéticacomo sencilla del bondadoso padre. Este llevó a sus ojos la mano basta yruda, endurecida por el arado, y se limpió una lágrima:

—¿Qué dices tú a eso, Teodoro?—preguntó Carlos a su hermano.

—No digo más sino que he examinado a conciencia este caso, y que noencuentro motivos suficientes para decir: «no tiene cura», como handicho los médicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo noaseguro la curación; pero no la creo imposible. El examen catóptrico quehice ayer no me indica lesión retiniana ni alteración de los nervios dela visión. Si la retina está bien, todo se reduce a quitar de en medioun tabique importuno.... El cristalino, volviéndose opaco y a veces durocomo piedra, es el que nos hace estas picardías. Si todos los órganosdesempeñaran su papel como les está mandado.... Pero allí, en esarepública del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian....

—De modo que todo queda reducido a una simple catarata congénita—dijoel patriarca con afán.

—¡Oh, no, señor; si fuera eso sólo, seríamos felices! Bastaba decretarla cesantía de ese funcionario que tan mal cumple su obligación.... Lemandan que dé paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, sealtera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, Sr.D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos lamano en ella. Pero de todo eso me río yo, si cuando tome posesión de eseojo por tanto tiempo dormido, entro en él y encuentro la coroides y laretina en buen estado. Si por el contrario después que aparte elcristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado, yme encuentro con una amaurosis total.... Si fuera incompleta, habríamosganado mucho; pero si es general.... Contra la muerte del aparatonervioso de la visión no podemos nada. Nos está prohibido meternos enlas honduras de la vida.... ¿Qué hemos de hacer? Paciencia. El casopresente ha llamado extraordinariamente mi atención: hay síntomas de quelos aposentos interiores no están mal. Su Majestad la retina se hallaquizás dispuesta a recibir los rayos lumínicos que se le quieranpresentar. Su Alteza el humor vítreo probablemente no tendrá novedad. Sila larguísima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algode glaucoma... una especie de tristeza...

ya trataremos de arreglarle.Todo estará muy bien allá en la cámara regia.... Pero pienso otra cosa.La fisura y la catarata permiten comúnmente que entre un poco declaridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hechocavilar.... Verdad es que las capas corticales están muy opacas... losobstáculos que halla la luz son muy fuertes.... Allá veremos, D.Francisco.

¿Tiene usted valor?

—¿Valor? ¡Que si tengo valor!—exclamó don Francisco con ciertoénfasis.

—Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente....

—¿Cuál?