Mare Nostrum by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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alimento

á

toneladas.Peces

infinitamente

pequeños

secundaban

á

los

gigantes

marinos,atracándose de huevos de arenque. Los pescados más glotones, la merluzay el bacalao, perseguían á estas praderas de carne, empujándolas hacialas costas y acabando por dispersarlas.

Se multiplicaba el bacalao hartándose de merluzas, y otra vez reaparecíael peligro para el mundo. El Océano podía convertirse en una masa debacalaos: cada uno llegaba á dar hasta nueve millones de huevos... Loshombres habían caído sobre el más fecundo de los peces, y el bacalaomantenía flotas inmensas, creando además colonias y ciudades. Seagotaban las generaciones

humanas

sin

llegar

á

vencer

esta

monstruosareproducción. Los grandes devoradores marinos eran los que restablecíanel equilibrio y el orden. El esturión, estómago insaciable, interveníaen el banquete oceánico, encontrando en el bacalao la substanciaconcentrada de ejércitos de arenques. Pero este devorador ovíparo, deamplia reproducción,

continuaba

el

peligro

mundial,

hasta

queintervenía otro monstruo tan ávido en sus apetitos como pobre en susprocreaciones, cortando de golpe la fecundidad siempre renaciente delOcéano.

Era el tiburón, boca con aletas, intestino natatorio, que traga conindiferencia muertos y vivos, carnes y maderos, limpiando las aguas devida, dejando la soledad detrás de su coleo. Este destructor sóloelaboraba en sus entrañas un tiburón único, que nacía armado y feroz,dispuesto desde el primer momento á continuar las hazañas paternas, comoun heredero feudal.

Sólo en los raros momentos de amor acallaban su hambre y su crueldadestos ásperos guerreros, despobladores del mar. Las parejas se absteníande devorarse. Se encontraban apetecibles, pero sus triples dientes y susaletas de sierra se limitaban á una ruda caricia. La hembra se dejabadominar por el compañero que enganchaba en ella sus instrumentos depresa. Por primera vez el macho no devoraba: era ella la que loabsorbía, arrastrándolo. Y

confundidos los dos monstruos rodaban en lasolas semanas enteras, sufriendo los tormentos de un hambre sin fin ácambio de

las

delicias

del

amor,

dejando

escapar

á

las

víctimasasustadas, resistiendo á las tempestades con su áspero abrazo decolmillos y epidermis de lija, corriendo centenares de leguas entre elprincipio y el fin de uno de sus espasmos de placer.

La vida errante del piloto Ferragut abundó en dramáticas aventuras.Algunas quedaron vivas para siempre en su memoria, donde empezaban áconfundirse tantos recuerdos de tierras exóticas y mares interminables.

En Glásgow se embarcó como segando de una fragata vieja que iba á Chilepara descargar carbón en Valparaíso y cargar salitre en Iquique. Latravesía del Atlántico fué buena; pero á partir de las islas Malvinas,el buque tuvo que hacer frente á la furia austral que le cerraba elacceso al Pacífico. El estrecho de Magallanes es para los vapores, quepueden disponer á su voluntad de una fuerza propulsora. El velero buscamar amplia y viento favorable para doblar el cabo de Hornos, puntaavanzada del mundo, lugar de tempestades interminables y gigantescas.

Mientras ardía el verano en el otro hemisferio, el terrible inviernoaustral salió al encuentro de los navegantes. El buque necesitaba hacerrumbo al Oeste, y precisamente los vientos soplaban del Oeste,cortándole la ruta. Ocho semanas pasaron bregando con el mar y con laatmósfera. El viento se llevó un velamen completo. El buque, de madera,algo descoyuntado por esta lucha interminable, comenzó á hacer agua, yla tripulación tuvo que mover día y noche las bombas. Nadie llegaba ádormir varias horas seguidas. Todos estaban enfermos. La voz ruda y losjuramentos del capitán apenas podían sostener la disciplina.

Algunosmarineros se acostaban deseando morir, y había que levantarlos á golpes.

Ulises conoció por primera vez lo que son las olas. Vió montañas deagua, verdaderas montañas, avanzando sobre el cascarón del buque. Sumisma enormidad las hacía formar por ambos lados larguísimas pendientes.Cuando alguna derrumbaba su cresta sobre la fragata, el piloto Ferragutpodía darse cuenta de la monstruosa pesadez del agua salada. Ni lapiedra ni el hierro tenían el golpe brutal de esta fuerza líquida, queal derrumbarse huía en raudales ó se elevaba hecha polvo. En ciertosmomentos había que abrir brechas en la obra muerta para dar salida á sumasa abrumadora.

Una penumbra lívida y brumosa era el día austral, repitiéndose semanas ysemanas sin el menor rayo de claridad, como si el sol se hubiese alejadopara siempre de la tierra. El color blanco no existía en esteesfumamiento tempestuoso; todo era gris: el cielo, la espuma, lasgaviotas, las nieves... De tarde en tarde, los velos plomizos de latormenta se rasgaban para dejar visible una pavorosa aparición. Una vezeran las montañas negras con sudarios de ventisqueros del estrecho deBeagle. Y el buque viraba, huyendo de este pasadizo acuático lleno deescollos. Otra vez surgieron ante la proa los peñascos de Diego Ramírez,el punto más extremo del cabo, y también viró la fragata, huyendo deeste cementerio de navíos. Capeando el viento llegaron á ver losprimeros icebergs, é igualmente hicieron rumbo atrás para no perderseen las soledades del polo Sur.

Ferragut llegó á creer que no doblarían nunca el cabo, quedando parasiempre en plena tempestad, lo mismo que el navío errante y maldito dela leyenda. El capitán, un salvaje del mar, taciturno y supersticioso,mostraba el puño al promontorio, maldiciéndolo como á una divinidadinfernal. Estaba convencido de que no conseguiría doblarlo hasta que loablandase con un tributo humano. Ulises vió en este inglés á losargonautas primitivos, que aplacaban con sacrificios la cólera de lasdeidades marinas.

Una noche, las olas se llevaron á un tripulante; al día siguiente cayódesde lo alto de la arboladura un gaviero, sin que nadie pensase en unasalvación imposible. Y como si el demonio austral sólo esperase estetributo, cesó el viento Oeste, el buque no tuvo ante su proa lainfranqueable barrera de un mar hostil, y pudo entrar en el Pacífico,anclando doce días después en Valparaíso.

Ulises se explicó el grato recuerdo que deja este puerto en la memoriade los navegantes. Era el descanso después de la pelea por doblar elcabo, la alegría de existir luego de haber sentido el soplo de lamuerte, la vida en los cafés y las casas alegres, comiendo y bebiendohasta la hartura, con el estómago lastimado aún por la alimentaciónsalitrosa y la piel martirizada por los furúnculos del mar.

Siguió el paso gracioso de las tapadas de negro manto, que le hicieronrecordar á su tío el médico. En las noches de remolienda apartaba suvista muchas veces de los beldades morenas y jóvenes que danzaban lazamacueca en medio del salón. Le interesaban las matronas envueltas envelos de luto que hacían sonar el piano y el arpa, acompañando la danzacon cánticos suspirantes. Tal vez alguna de estas damas sentimentales ybigotudas había podido ser su tía.

Mientras la fragata completaba en Iquique su cargamento, estuvo encontacto con la muchedumbre trabajadora de las salitreras, rotos chilenos, obreros de todos los países, que no sabían cómo derrochar susvaliosos jornales en la monotonía de unas poblaciones nuevas. Suembriaguez se recreaba con las más disparatadas magnificencias. Unoshacían correr el vino de todo un tonel para llenar un solo vaso. Otrosempleaban como blanco de su revólver las botellas de champaña alineadasen las anaquelerías de los cafés, pagando las roturas al contado.

De este viaje guardó Ferragut un sentimiento de orgullo y confianza quele hizo despreciar los peligros. Conoció después los tornados de Asia,las horribles tormentas circulares, que en el hemisferio boreal ruedande derecha á izquierda y en el austral de izquierda á derecha. Eranaccidentes rápidos, de horas, ó de días cuando más. El había doblado elcabo de Hornos en pleno invierno, después de una lucha contra loselementos que duró dos meses. Podía atreverse á todo: el Océano habíaagotado en él todas sus sorpresas... Y sin embargo, la peor de susaventuras ocurrió estando el mar en calma.

Siete años llevaba de navegante, y se disponía una, vez más á volver áEspaña, cuando en Hamburgo aceptó puesto de piloto en un velero que ibaá hacer rumbo al Camerón y al África oriental alemana. Un marino noruegoquiso disuadirle de este viaje. Era un buque viejo y lo habían aseguradopor el cuádruplo de su valor. El capitán estaba asociado con elpropietario, que había hecho quiebra varias veces... Y precisamenteporque era irracional este viaje, Ulises se apresuró á embarcarse.

Laprudencia era para él una vulgaridad. Todo lo absurdo suponía obstáculosy peligros, tentando de un modo irresistible su atrevimiento.

Una tarde, á la altura de Portugal, cuando estaban lejos de la rutaseguida por la navegación regular, una columna de humo y de llamas seelevó sobre la cubierta, rompiendo las escotillas y devorando elvelamen. Mientras el piloto, al frente de unos negros, pretendía dominarel fuego, el capitán y los tripulantes alemanes escaparon del buque endos balleneras preparadas.

Ferragut tuvo la seguridad de que losfugitivos se reían de él al verle correr por la cubierta, que empezaba ácombarse echando fuego por sus resquebrajaduras.

Se vió, sin saber cómo, en el bote más pequeño, rodeado de varios negrosy diversos objetos amontonados con la precipitación de la fuga: unbarril de galleta medio vacío, otro de agua que sólo contenía unos pocoslitros.

Remaron toda una noche, teniendo á sus espaldas, como astro dedesgracia, el buque ardiente, que enviaba sobre las olas susresplandores sangrientos. Al amanecer se marcaron en el disco del solunas ligeras ondulaciones negras. Era la tierra...

¡pero tan lejos!

Dos días vagaron sobre las crestas móviles y los valles sombríos deldesierto azul. Ferragut se sumió varias veces en un letargo mortal, conlos pies hundidos en el agua que llenaba el fondo del bote. Los pájarosde mar trazaban espirales en torno de este ataúd flotante, y huíandespués con vigorosos golpes de ala, lanzando un graznido de muerte. Lasolas se elevaban lentas y mansas sobre los escasos centímetros de laborda, como si quisieran contemplar con sus ojos glaucos este amasijo decuerpos blancos y obscuros. Remaban los náufragos con nerviosadesesperación; luego yacían inertes, reconociendo la ineficacia de suesfuerzo perdido en la inmensidad.

El piloto, al adormecerse en la dura popa, acababa por sonreír con losojos cerrados. Todo era un mal ensueño. Estaba seguro de despertar en lacama, rodeado de las comodidades familiares de su camarote. Y cuandoabría los ojos, la realidad le hacía prorrumpir en órdenes desesperadas,que obedecían los africanos maquinalmente, como si estuviesen dormidos.

«¡No quiero morir!... ¡no debo morir!», clamaba en su interior una vozde bronce.

Gritaron é hicieron inútiles señales á buques lejanos, que se perdían enla inmensidad sin verles. Dos negros murieron de frío.

Sus cadáveresflotaron largas horas junto al bote, como si no pudieran despegarse deél. Luego se hundieron con invisible tirón. Varias aletas triangularespasaron sobre el agua, cortándola como cuchillos, al mismo tiempo que laprofundidad se ensombrecía con veloces sombras de ébano.

Cuando al fin se aproximaron á la tierra, Ferragut vió la muerte más decerca que en alta mar. La costa se elevaba como una muralla inmensa.Vista desde el bote, parecía cubrir la mitad del cielo. La largaondulación oceánica se convertía en ola rabiosa al encontrar losbaluartes avanzados de sus islotes, al desplomarse en el vacío de susabismos, formando cascadas de espuma que rodaban de abajo á arriba,levantando furiosas columnas de polvo con estampido de cañonazo.

Una mano irresistible agarró la quilla, poniendo la embarcaciónverticalmente. Ferragut salió despedido como un proyectil, cayendo enlos espumosos remolinos, y al caer tuvo la percepción de que rodabanigualmente, llovidos en el mar, hombres y toneles.

Vió blancuras burbujeantes y simas negras. Se sintió empujado porfuerzas contradictorias. Unas tiraban de su cabeza y otras de sus piesen sentido inverso, haciéndole voltear como la saeta de un reloj. Supensamiento se hizo doble. «Es inútil resistir», murmuraba en su cerebroel desaliento. Y la otra mitad de su persona afirmaba con desesperación:«¡Yo no quiero morir!...

¡no debo morir!»

Así vivió unos segundos, que fueron horas. Sintió el roce brutal deocultas asperezas; luego un choque en el abdomen, que detuvo su arrastreentre dos aguas. Y agarrándose á las anfractuosidades de la roca,emergió la cabeza y pudo respirar.

La ola se retiraba, pero otra lesumergió de nuevo, despegándolo de la peña con su espumoso mazazo,haciéndole dejar en las pétreas aristas la piel de sus manos, de supecho, de sus rodillas.

La succión oceánica le arrastró, á pesar de sus desesperados braceos.«¡Todo es inútil, voy á morir!», decía una mitad de su pensamiento. Y ála vez, el otro hemisferio mental evocaba con sintético relampagueo suvida entera. Vió la barbuda cara del Tritón en este supremo instante,vió al poeta Labarta lo mismo que cuando contaba á su ahijado lasaventuras del viejo Ulises, su lucha de náufrago con los peñascos y lasolas.

De nuevo la dilatación marina le arrojó contra una roca, anclándose enella con el agarreo instintivo de sus manos. Pero antes de que esta olase retirase, avanzó desesperadamente hasta otra piedra, pasándole eltirón del reflujo por debajo del vientre.

Así bregó largo tiempo,pegándose á las peñas cuando el mar lo cubría, arrastrándose sobre lasdesoladas conyunturas cuando su cabeza quedaba al aire libre,expeliendo agua por todos sus orificios.

Al verse sobre un saliente de la costa, libre ya de la absorción de lasolas, se extinguió de golpe su energía. El agua que goteaba su cuerpoera roja, cada vez más roja, esparciéndose en regueros por las verdesanfractuosidades de la piedra. Sintió un dolor inmenso, como si todo suorganismo hubiese perdido el amparo de su envoltura, quedando expuestaal aire la carne viva.

Quiso seguir su camino, pero sobre su cabeza se elevaba la costaformando un muro cóncavo é inabordable. Imposible salir de allí. Sehabía salvado del mar, para morir emparedado frente á él. Su cadáver noflotaría hasta una playa habitada. Los únicos que iban á conocer sumuerte eran los cangrejos enormes que remontaban los peñascos buscandosu alimento en la resaca; las gaviotas que se dejaban caerverticalmente, con las alas tendidas, desde lo alto del acantilado.Hasta los más pequeños crustáceos eran superiores á él.

Sintió de golpe toda su debilidad, toda su miseria, mientras la sangreseguía tiñendo de púrpura los minúsculos lagos de las rocas. Al cerrarlos ojos para morir, vió en la obscuridad una cara pálida, unas manosque tejían sutiles encajes, y antes de que la noche cayesedefinitivamente sobre sus párpados, murmuró con balido infantil:

—¡Mamá!... ¡mamá!...

Tres meses después, al llegar á Barcelona, encontró á su madre tal comola había visto durante su agonía en la costa portuguesa... Unospescadores le recogieron cuando su vida iba á extinguirse. Durante supermanencia en el hospital escribió varias veces á doña Cristina con untono alegre y confiado, pretextando importantes ocupaciones en Lisboa.

Al verle entrar, la buena dama abandonó su eterna labor de encajes,lívida, con las manos trémulas y las pupilas vidriosas.

Debía saber todala verdad; y si no la sabía, se la avisaba su instinto de madre viendo áUlises convaleciente, enflaquecido, vacilando entre la arrogancia y elquebranto físico, lo mismo que los bravos cuando salían de la cámara deltormento.

—¡Oh, hijo mío!... ¡Hasta cuándo!...

Era hora de que terminase su rabia de aventuras, su deseo loco de tentarlo imposible, arrostrando los peligros más absurdos. Si quería sermarino, podía serlo, pero en buques respetables, al servicio de una granCompañía, siguiendo una carrera de escalas determinadas, y no rodandocaprichosamente por todos los mares, mezclado con el bandidajeinternacional que se ofrece en los puertos para reforzar lastripulaciones. Lo mejor de todo sería permanecer quieto en su casa. ¡Quéfelicidad si se quedase al lado de su madre!...

Y Ulises, con asombro de doña Cristina, adoptó esta última resolución.La buena señora no estaba sola. Una sobrina vivía con ella, como sifuese su hija. El marino tuvo que rebuscar en el fondo de su memoriapara acordarse de una chicuela de cuatro años que andaba á gatas por laplaya del pueblo de su madre mientras él, con una gravedad dehombrecito, oía contar al viejo secretario del Municipio las pretéritasgrandezas de la marina catalana.

Era hija de un Blanes—el único pobre de la familia—que mandaba losbuques de sus parientes y había muerto de la fiebre amarilla en unpuerto de la América central. Ferragut no podía explicarse cómo lacriatura-reptil de la arena, con una eterna perla verde colgando de susnarices, era aquella misma joven esbelta, de un moreno pálido de arroz,que ostentaba su abultada cabellera semejante á un casco de ébano, condos pequeñas espirales ante las orejas. Sus ojos parecían tener lastintas cambiantes del mar: negros á unas horas, azules á otras, verdes yprofundos cuando reflejaba la luz del sol como un punto de oro.

Se sintió atraído por su sencillez, por la gracia tímida de sus palabrasy sonrisas. Era algo de irresistible novedad para este ruedamundo quesólo había conocido cobrizas de carcajada bestial, asiáticasamarillentas de gestos felinos ó europeas de los grandes puertos, que álas primeras palabras piden de beber y cantan sobre las rodillas delinvitante, poniéndose su gorra como testimonio de amor.

Cinta—este era su nombre—parecía conocerle toda su vida.

Había sidoel objeto de sus conversaciones con doña Cristina cuando ambasentretenían las monótonas horas tejiendo encajes al uso de su pueblo. Alpasar Ulises ante el cuarto de ella, vió unos retratos suyos de la épocaen que era simple agregado á bordo

de

un

trasatlántico.

Cinta

los

habíasustraído

indudablemente de las habitaciones de su tía. Admiraba á aquelprimo aventurero desde mucho antes de conocerlo.

Una tarde, contó el marinero á las dos mujeres cómo se había salvado enla costa de Portugal. La madre le escuchó volviendo la vista,temblándole las manos al mover los bolillos de su encaje. De pronto sonóun alarido. Era Cinta, que no podía escuchar más. Y Ulises agradeció suslágrimas, sus lamentos convulsivos, sus ojos agrandados por unaexpresión de terror.

La madre de Ferragut se preocupaba del porvenir de esta sobrina pobre.Su única salvación era el matrimonio, y la buena señora había fijado susmiras en cierto pariente que andaba más allá de los cuarenta,necesitando el aporte de esta juventud para refrescar su vida desolterón maduro. Era el sabio de la familia.

Doña Cristina lo admirabaporque no podía leer sin el auxilio de unos lentes y porque ingería enla conversación palabras latinas, lo mismo que los clérigos. Enseñabaretórica y latín en el Instituto de Manresa, y hablaba de ser trasladadoalgún día á Barcelona, término glorioso de una carrera ilustre. Todaslas semanas se escapaba á la capital para hacer largas visitas á laviuda del notario.

—Por mí no viene—decía la buena señora—. ¿Quién se molesta por unavieja?... Te digo que quiere á Cinta, y para la chica será una suertecasarse con este hombre tan sabio, tan serio.

Escuchándola, Ulises empezó á pensar qué hueso podría romperle un marinoá un catedrático de retórica sin incurrir en responsabilidad.

Un día, Cinta buscó por toda la casa un dedal opaco y gastado que leservía muchos años. De pronto cesó en sus rebuscas, se puso encarnada ybajó los ojos. Su mirada había encontrado la mirada fugitiva de suprimo. Lo tenía él. En el cuarto de Ulises se veían cintas, madejas dehilo, un abanico viejo, depositados sobre papeles y libros, por elmismo reflujo misterioso que había arrastrado sus retratos deldormitorio de su madre al de su prima.

El marino gustaba de quedarse en casa. Pasaba largas horas meditando conlos codos en la mesa, pero atento al mismo tiempo á un susurro deligeros pasos que podía sonar de un momento á otro en el corredorinmediato. Todo lo sabía: la trigonometría esférica y rectilínea, lacosmografía, las leyes de vientos

y

tempestades,

los

últimosdescubrimientos

oceanográficos. Pero ¿quién podría enseñarle la forma dehablar á una señorita sin asustarla?... ¿Dónde diablos se aprendía elarte de declararse á una persona decente?...

En él las dudas no eran nunca largas ni dolorosas. ¡Adelante!

Cada unosale del paso como puede. Y una tarde, cuando Cinta iba del salón aldormitorio de su tía para traerle un libro piadoso, tropezó en elpasillo con Ulises.

De no conocerle, hubiese temblado por su existencia. Se sintió agarradapor unas manos poderosas que la despegaron del suelo.

Luego una bocaávida estampó en la suya dos besos agresivos.

«¡Toma, y toma!...»Ferragut se arrepintió al ver á su prima temblando contra la pared, conuna palidez de muerte, los ojos lacrimosos.

—Te he hecho daño. Soy un bruto... ¡un bruto!

Casi se puso de rodillas, implorando su perdón; cerraba los puños comosi fuera á golpearse, castigando su atrevimiento.

Pero ella no le dejóseguir... «¡No, no!...» Y mientras gemía esta protesta, sus brazos secerraron formando un anillo en torno del cuello de Ulises. Su cabeza seinclinó hacia él, buscando el abrigo de su hombro. Una boca húmeda seunió modestamente á la boca del marino, al mismo tiempo que la barba deéste se mojaba con un rocío de lágrimas.

Y no se dijeron más.

Cuando, semanas después, escuchó doña Cristina la petición de su hijo,su primer movimiento fué de protesta. Una madre oye con anticipadabenevolencia toda pretensión sobre una hija, pero es ambiciosa yexigente cuando se trata de un hijo. Ella había soñado algo másbrillante. Pero su indecisión fué corta. Aquella muchacha tímida eratal vez la mejor compañera para Ulises.

Además, estaba preparada, por loque había visto en su infancia, para ser la mujer de un marino... ¡Adiósal catedrático!

Se casaron. Luego, Ferragut, que no podía vivir inactivo, volvió al mar,pero como primer oficial de un trasatlántico que hacía viajes regularesá la América del Sur. Para él, equivalía esto á ser empleado en unaoficina flotante, visitando los mismos puertos, repitiendoinvariablemente iguales trabajos. Su madre se mostraba satisfecha alverle con uniforme. Cinta fijaba su vista en el almanaque como la esposade un empleado la fija en el reloj. Tenía la certeza de que,transcurridos dos meses, le vería aparecer de nuevo viniendo del otrolado de la tierra, cargado de regalos exóticos, lo mismo que un maridoque vuelve de la oficina con un ramo comprado en la calle.

Al regreso de los dos primeros viajes fué á esperarle en el muelle,buscando con la vista su gorra de galón de oro y su levita azul entrelos pasajeros trasatlánticos que se agitaban en las cubiertas con laalegría de la llegada á Europa.

En el viaje siguiente, doña Cristina la obligó á quedarse en casa,temiendo que la emoción y las aglomeraciones del puerto perjudicasen supróxima maternidad. Luego, en cada una de sus arribadas, vió Ferragut unhijo nuevo, aunque siempre era el mismo; primeramente, un envoltorio debatistas y blondas sostenido por una nodriza endomingada; luego—cuandoya era capitán del trasatlántico—, un chicuelo con faldillas,mofletudo, de cabeza redonda cubierta de sedosa pelusa, tendiendo haciaél los bracitos; finalmente, un muchacho que empezaba á ir á la escuelay al ver á su padre agarraba su dura diestra, admirándolo con ojosprofundos, como si contemplase en su persona la concreción de todas lasfuerzas del universo.

Don Pedro el catedrático siguió visitando la casa de doña Cristina,aunque con menos asiduidad. Tenía el gesto resignado y fríamentecolérico del hombre que cree haber llegado demasiado tarde y estáconvencido de que su desgracia es obra de su descuido... ¡Si él hubiesehablado antes! La certeza de su importancia no le permitía dudar que lajoven le habría aceptado con júbilo.

A pesar de esta convicción, no podía contener en ciertos momentos

unaagresividad

irónica,

que

se

desahogaba

inventando apodos clásicos. Lajoven esposa de Ulises, inclinada sobre su labor de encajera, eraPenélope esperando la vuelta del errabundo marido.

Doña Cristina aceptaba este sobrenombre, por saber vagamente que era elde una reina de buenas costumbres. Pero el día en que el catedrático,por una deducción lógica, llamó Telémaco al hijo de Cinta, la abuelaprotestó.

—Se llama Esteban, como su abuelo... Eso de Telémaco es nombre deteatro.

En uno de sus viajes aprovechó Ulises una escala de unas cuantas horasen el puerto de Valencia para ver á su padrino.

Recibía de tarde entarde cartas del poeta, cada vez más breves y más tristes, con letrastemblorosas que delataban su decadencia.

Al entrar en el despacho sintió la misma impresión de los durmientes delas leyendas, que creen despertar después de unas horas de sueño y handormido docenas de años. Todo estaba igual que en su infancia: losbustos de los grandes poetas en la cumbre de las librerías, las coronasen sus encierros de vidrio, las joyas y estatuas ganadas á fuerza deconsonantes en sus vitrinas y pedestales, los libros de fulgurante lomoformando apretados batallones á lo largo de los estantes. Pero lablancura de los bustos había tomado un color de chocolate; los broncesestaban enrojecidos por el óxido, los oros eran verdes, las coronas sedeshojaban. Parecía que hubiese llovido ceniza sobre la inmovilidad delas cosas.

Las personas ofrecían igual aspecto de abandono y decadencia.

Ulisesencontró al poeta flaco y amarillento, sumido en un sillón, con la barbaluenga y blanca, un ojo casi cerrado y el otro enormemente abierto. Alver al marino, ancho de pecho, forzudo, bronceado, Labarta se echó állorar con un hipo infantil, como si llorase sobre la miseria de lasilusiones humanas, sobre la brevedad de una vida engañosa que necesitael oleaje de la continua renovación.

Más trabajo le costó todavía á Ferragut reconocer á una señora pequeña yencogida que estaba junto al poeta. Colgaban de su esqueleto flácidasadiposidades, como harapos de un pasado esplendor. La cabeza era exigua;su rostro tenía el arrugamiento de las manzanas invernizas, de lasciruelas, de todas las frutas que se contraen y momifican, perdiendo sulíquido. «¡Doña Pepa!...» Los dos viejos se tuteaban ahora en presenciade Ulises, con la tranquila amoralidad de los que se ven próximos á lamuerte y olvidan los temores y escrúpulos de una vida que se vaderrumbando á sus espaldas.

El marino vió en esta miseria física el triste final de un régimenalimenticio absurdo, alegre y pueril: los dulces sirviendo de base denutrición, los grandes arroces como plato diario, las sandías y melonesllenando el intermedio entre las comidas, los helados servidos en copasenormes, esparciendo el perfume de su nieve melosa.

Los dos le hablaron suspirando de sus enfermedades, que juzgabanincomprensibles, atribuyéndolas á ignorancia de los médicos. Era laconsunción que ataca de pronto á las gentes de los países abundantes. Suvida se fundía en un chorreo de azúcar líquido... Y todavía adivinabaFerragut las desobediencias de los dos viejos á las disciplinas delrégimen, sus ocultamientos infantiles, sus astucias para gustar á solaslas frutas y los jarabes, encanto de su existencia.

Fué corta la entrevista. El capitán debía volver al Grao, donde leesperaba su trasatlántico, pronto á zarpar para la América del Sur.

El poeta lloró otra vez, besando á su ahijado. Ya no vería más á estecoloso que parecía repeler sus débiles abrazos con el fuelle de surespiración.

—Ulises, ¡hijo mío!... piensa siempre en Valencia... Haz por ella todolo que puedas... Ya lo sabes. ¡Siempre Valencia!

Juró todo lo que quiso el poeta, sin comprender qué es lo que Valenciapodía esperar de él, simple marino errante por todos los mares. Labartaquiso acompañarle hasta la puerta, pero se hundió en su asiento,obediente al cariñoso despotismo de su compañera, que temía para él lasmayores catástrofes.

¡Pobre doña Pepa!... Ferragut sintió deseos de reír y de llorar alrecibir un beso de su boca arrugada, cuyo vello se había convertido enpúas. Fué un beso de beldad vieja que se recuerda al contacto de un buenmozo; un beso de mujer infecunda que acaricia al hijo que pudo tener.

—¡El infeliz Carmelo!... Ya no escribe; ya no lee... ¡Ay! ¿qué será demí?...

Hablaba de la decadencia de su poeta con la conmiseración de un serfuerte y sano. Se aterraba al pensar en los años que podría sobrevivir ásu señor. Ocupada en cuidarle, no se miraba á ella misma.

Un año después, el capitán encontró en Port-Said, á la vuelta de lasFilipinas, una carta de su padrino. Doña Pepa había muerto, y Labarta,sacudiendo la modorra lacrimosa de su abatimiento, la despedía con unlargo cántico. Ulises pasó los ojos por el recorte de periódico que ibadentro de la carta conteniendo los últimos versos del poeta. Eran versosen castellano. ¡Malo!... Después de esto, resultaba indudable su próximofin.

No tuvo ocasión de verle otra vez: murió estando él de viaje.

Aldesembarcar en Barcelona, su madre le entregó una carta escrita casi ensu agonía. «Valencia, hijo mío; ¡siempre Valencia!» Y luego de repetirvarias veces esta recomendación, le hacía saber que era su heredero.

Los libros, las estatuas, todos los recuerdos gloriosos de Labarta,pasaron á Barcelona para adornar la casa del marino. El pequeño Telémacopudo entretenerse rompiendo las viejas coronas del trovador, arrancandoestampas á los volúmenes, con la inconsciencia de un niño fogoso quetiene á su padre muy lejos y vive sometido á dos señoras que le adoran.Además, el poeta dejó á su ahijado una casa vieja en Valencia, variastierras y cierta cantidad en valores cotizables. Total: treinta milduros.

El otro tutor de su infancia, el vigoroso Tritón, permanecíainsensible al paso de los años. Ferragut le encontró varias veces, alllegar á Barcelona, instalado en su casa, en sorda hostilidad con doñaCristina, dedicando á Cinta y á su hijo una parte del cariño que antesera sólo para Ulises.

Deseaba que el pequeño Esteban conociese la casa de los bisabuelos.

—¿Me lo dejarás?... Ya sabes que allá en la Marina los hombres se hacenfuertes como el bronce. ¿De veras que me lo dejarás?...

Dudaba de su influencia ante el gesto indignado de la suave doñaCristina. ¿Confiar su nieto al Tritón, para que le infundiese el amorá las aventuras marítimas, lo mismo que á Ulises?...

¡Atrás, demonioazul!

El médico vagaba desorientado por el puerto de Barcelona...

Demasiadoruido, demasiado movimiento. Marchaba al lado de Ulises orgullosamente,haciéndole relatar las aventuras de sus años de marino vagabundo ycosmopolita. Veía en él al más grande de los Ferragut: hombre de marcomo sus abuelos, pero con título de capitán; aventurero de todos losocéanos como él lo había sido, pero con un sitio en el puente, revestidodel mando absoluto que confieren la responsabilidad y el peligro.

Al reembarcarse Ulises, se alejaba el Tritón hacia sus dominios.

—Será la próxima vez—decía para consolarse al partir sin el hijo de susobrino.

Y pasados unos meses reaparecía, cada vez más grande, más feo, máscurtido, con una sonrisa silenciosa que estallaba en palabras anteUlises, lo mismo que una nube tempestuosa estalla en truenos.

A la vuelta de un viaje al mar Negro, doña Cristina anunció á su hijo:

—Tu tío ha muerto.

La piadosa señora lamentaba cristianamente la desaparición de su cuñado,dedicándole una parte de sus rezos, pero insistió con cierta crueldad enel relato de su triste fin. No podía perdonarle su fatal intervención enel destino de Ulises. Había muerto como había vivido, en el mar, víctimade su temeridad, sin confesión, lo mismo que un pagano.

Otra herencia que caía sobre Ferragut... Su tío se había lanzado á nadaren una mañana asoleada de invierno, y no había vuelto.

Los viejos de lacosta explicaban á su modo el accidente: un desmayo, un choque con lasrocas. El Dotor era aún vigoroso, pero los años no pasan sin dejarhuella. Algunos creían en una lucha con un «cabeza de olla» ú otro pezcarnívoro de los que cazan en las aguas mediterráneas. En vano lospescadores llevaron sus barcas por todas las angulosidades entrantes ysalientes del promontorio, explorando las cuevas sombrías y los bajosfondos de cristalina transparencia. Nadie pudo encontrar el cadáver del Tritón.

Ferragut recordó el cortejo de Afrodita que el médico le había descritotantas veces en las noches estivales, viendo á lo lejos las luces de losfaros. Tal vez había tropezado con la alegre comitiva de las nereidas,uniéndose á ella para siempre.

Esta suposición absurda que Ulises formuló mentalmente, con incrédula ytriste sonrisa, se repitió al mismo tiempo en el pensamiento simple demuchas gentes de la Marina.

Se negaban á creer en su muerte. Un brujo no se ahoga. Habría encontradoabajo algo muy interesante, y cuando se cansase de vivir en las verdesprofundidades volvería nadando á su casa.

No; el Dotor no había muerto.

Y durante muchos años, las mujeres que seguían la costa al anochecerapresuraron el paso, persignándose, al distinguir en las aguas obscurasun madero ó un paquete de algas. Temían que surgiese de pronto el Tritón, barbudo, lúbrico, chorreante, volviendo de su correría por lasmisteriosas entrañas del mar.

IV

FREYA

El nombre de Ulises Ferragut empezó á ser famoso entre los capitanes delos puertos españoles. Las aventuras náuticas de su primera épocaentraban por muy poco en esta popularidad. Los más de ellos habíanarrostrado mayores peligros, y si le apreciaban, era por el instintivorespeto que sienten los hombres enérgicos y simples ante unainteligencia que consideran superior. Sin otras lecturas que las de sucarrera, hablaban con asombro de los numerosos libros que llenaban elcamarote de Ferragut,

muchos

de

ellos

sobre

materias

que

les

parecíanmisteriosas. Algunos hasta hacían afirmaciones inexactas para completarel prestigio de su camarada:

—Sabe mucho... Además de marino, es abogado.

La consideración de su fortuna contribuía igualmente al aprecio general.Era accionista importante de la compañía naviera á la que prestaba susservicios. Los compañeros calculaban con orgullosa exageración lariqueza de su madre, tasándola en millones.

Encontraba amigos en todo buque que ostentase á popa la banderaespañola, fuese cual fuese su puerto de origen y el regionalismo de sustripulantes.

Todos le querían: los capitanes vascos, sobrios en palabras, rudos y detuteo confianzudo; los capitanes asturianos y gallegos, enamoradizos yderrochadores, que desmienten con su carácter la avaricia y la tristezade tierra adentro; los capitanes andaluces, que parecen llevar en sugracioso lenguaje un reflejo de la blanca Cádiz y sus vinos luminosos;los capitanes valencianos, que hablan de política en el puente,imaginando lo que podrá ser la marina de la futura República; loscapitanes de Cataluña y de Mallorca, conocedores de los negocios tan áfondo como sus armadores. Siempre que les unía la necesidad de defendersus derechos, pensaban inmediatamente en Ulises. Ninguno escribía comoél.

Los viejos pilotos venidos de abajo, hombres de mar que habían empezadosu carrera en las barcas de cabotaje y á duras penas ajustaban susconocimientos prácticos al manejo de los libros, hablaban de Ferragutcon orgullo:

—Dicen que los del mar somos gente bruta... Ahí tienen á don Luis, quees de los nuestros. Pueden preguntarle lo que quieran...

¡Un sabio!

El nombre de Ulises les hacía titubear. Lo creían apodo, y no queriendoincurrir en una falta de respeto, habían acabado por transformarlo endon Luis. Para algunos de ellos, el único defecto de Ferragut era subuena suerte. Aún no se había perdido un buque mandado por él. Y todobuen marino que navega sin descanso debe tener en su historia una deestas desgracias para ser un capitán completo. Solamente los labradoresno pierden barcos.

Cuando murió su madre, Ulises quedó indeciso ante el porvenir, nosabiendo si continuar su vida de navegante ó emprender otracompletamente nueva. Sus parientes de Barcelona, mercaderes de ágilentendimiento para la evaluación de una fortuna, sumaban lo que habíandejado el notario y su esposa, y añadiendo lo de Labarta y el médico,casi llegaban á un millón de pesetas... ¿Y un hombre con tanto dineroiba á seguir viviendo lo mismo que un pobre capitán que necesita elsueldo para mantener á su familia?...

Su primo Joaquín Blanes, dueño de una fábrica de géneros de punto, leinstó repetidas veces á que siguiese su ejemplo. Debía quedarse entierra y emplear su capital en la industria catalana.

Ulises era delpaís, por su madre y por haber nacido en la vecina tierra de Valencia.Se necesitaban hombres de fortuna y energía para que interviniesen en elgobierno. Blanes hacía política regionalista con el entusiasmo de unburgués que se lanza en aventuras novelescas.

Cinta no dijo una palabra para decidir á su esposo. Era hija de unmarino y había aceptado ser la esposa de otro. Además, entendía elmatrimonio con arreglo á la tradición familiar: la mujer dueña absolutadel interior de la casa, pero confiada en los asuntos exteriores á lavoluntad del señor, del guerrero, del jefe del hogar, sin permitirsepensamientos ni objeciones sobre sus actos.

Fué Ulises el que adoptó por sí mismo la decisión de abandonar la vidade navegante. Trabajado por las sugestiones de sus primos, le bastó unapequeña disputa con uno de los directores de la casa armadora paraofrecer su renuncia, sin que lograsen hacerle retroceder los ruegos yexplicaciones de los otros consocios.

En los primeros meses de su existencia terrestre, extrañó la inmovilidaddesesperante de las cosas. El mundo era de una rigidez y una durezaantipáticas. Sintió algo semejante á un principio de mareo al ver quetodo permanecía allí donde él lo dejaba, sin permitirse el menor vaivén,la más leve fantasía dinámica.

Por las mañanas, al entreabrir sus ojos, experimentaba la dulcesensación de la libertad irresponsable. Nada le importaba la suerte deaquella casa. Las vidas de los que dormían en los otros pisos, encima ydebajo de él, no estaban confiadas á su vigilancia... Pero á los pocosdías sintió que le faltaba algo que era una de las mayoressatisfacciones de su existencia: la voluntad del poder, el gusto delmando.

Dos criadas de aire azorado acudían á sus voces y sus repiqueteos detimbre. Esto era todo para él, que había mandado docenas de hombres deáspera dureza que infundían terror al bajar en los puertos.

Nadie le consultaba ahora, mientras que en el mar todos buscaban suconsejo y muchas veces necesitaban interrumpir su sueño. La casa podíaexistir sin que él la visitase diariamente desde las cuevas al tejado,revisando hasta el último grifo. Las mujeres que hacían la limpieza porlas mañanas le obligaban á refugiarse en el despacho con sus terrestresescobazos. No le era permitido formular observaciones, no podía extenderun brazo galoneado, lo mismo que cuando reñía á la grumetería descalza ydespechugada, exigiendo que la cubierta quedase limpia como un salón. Sesentía empequeñecido, exonerado. Pensaba en Hércules vestido de mujer,hilando su rueca. El amor á la familia le había hecho renunciar á suvida de varón poderoso.

Sólo el trato de su esposa, que le rodeaba de asiduos cuidados, como siquisiera compensarse con esto de las largas separaciones, le hizollevadera la situación. Además, sentía satisfecha su conciencia al hacerde padre «terrestre», preocupándose de su hijo, que empezaba áprepararse para ingresar en el Instituto, repasando sus libros,ayudándole en la comprensión de los textos.

Pero tampoco estos placeres fueron de larga duración. Le aburrían lastertulias de familia en su casa y en la de sus parientes; lasconversaciones con tíos, primos y sobrinos sobre ganancias y negocios ósobre los defectos de la tiranía centralista. Según ellos, todas lascalamidades del cielo y de la tierra procedían de Madrid. El gobernadorde la provincia era el

«cónsul de España».

Estos mercaderes sólo interrumpían sus críticas para oír con religiososilencio la música de Wágner golpeada en el piano por las niñas de lafamilia. Un amigo con voz de tenor cantaba Lohengrin en catalán. Elentusiasmo hacía rugir á los más exaltados: «¡El himno... el himno!» Noera posible equivocarse.

Para ellos sólo existía un himno. Y acompañabancon una canturria á media voz la música litúrgica de Los segadores.

Ulises recordaba con nostalgia su vida de comandante de trasatlántico:una vida amplia, mundial, de incesantes y variados horizontes, demuchedumbres cosmopolitas. Se veía detenido en las cubiertas por gruposde muchachas elegantes que le pedían nuevos bailes en la semana. Salíaná su paso faldas de blanco revoloteo, velos que ondulaban como nubes decolores, risas y trinos parlantes en un español que parecía puesto enmúsica; todo el estrépito juguetón de una jaula de pájaros del Trópico.

Los ex presidentes de República—generales ó doctores que iban ádescansar á Europa—le contaban en el puente, con una gravedadnapoleónica, los principales hechos de su historia. Los hombres denegocios, al dirigirse á América, le confiaban sus planes estupendos:ríos cambiados de cauce, ferrocarriles á través de la selva virgen,monstruosas fuerzas eléctricas extraídas de cascadas de varioskilómetros de anchura, ciudades vomitadas por el desierto en unassemanas; todas las maravillas de un mundo en la pubertad, que desearealizar cuanto concibe su joven imaginación. Era el demiurgo delpequeño mundo flotante; disponía á su antojo de la alegría y del amor.

En las tardes calurosas de la Línea, le bastaba dar una orden parasacudir la embrutecida modorra de las cosas y los seres.

«Que suba lamúsica y que sirvan refrescos.» Y á los pocos minutos giraban lasparejas á lo largo de la cubierta, sonreían las bocas, se iluminaba enlos ojos un punto brillante de ilusión y de deseo. A sus espaldas sonabael elogio. Las matronas le encontraban muy distinguido. «Se ve que espersona bien

Camareros y tripulantes hacían una relación exageradade su riqueza y sus estudios. Algunas jóvenes que navegaban hacia Europacon la imaginación en pleno hervidero novelesco, se contraíandecepcionadas al saber que el héroe era casado y tenía un hijo. Lasdamas solitarias, tendidas en una chaise longue, con un volumen en lamano, arreglaban, al verle, la corola de sus faldas, tapándose laspiernas con tanta precipitación, que siempre las dejaban más aldescubierto. Luego, fijando en él una mirada profunda, iniciaban eldiálogo, siempre del mismo modo:

—¿Cómo ha llegado usted á capitán, siendo tan joven?

¡Ah, miseria!... El que había convivido varios años, de un extremo áotro del Atlántico, con un mundo rico, alegre, perfumado, resistiéndoseunas veces por prudencia á los caprichos femeniles, entregándose otrascon un recato de marino discreto, se veía ahora sin otros admiradoresque la vulgarota tribu de los Blanes, sin otras ilusiones que las que lesugería su primo el fabricante, entusiasmado porque los grandesapóstoles del partido se fijaban con cierta simpatía en el capitán.

Todas las mañanas, al despertar, sufría un rudo choque en sus gustos. Loprimero que contemplaba era una habitación «sin personalidad», unavivienda que nada tenía de él, arreglada por las sirvientas con limpiezaprolija y falta de lógica, que cambiaba incesantemente el emplazamientode las cosas.

Recordaba con nostalgia su camarote reducido y ordenado, donde no habíaun mueble que escapase á su vista ni un cajón cuyo contenido noestuviera en su memoria. Su cuerpo se deslizaba, con el desembarazo dela costumbre, por los desfiladeros del mobiliario. Se había adaptado átodos los ángulos entrantes y salientes, como la carne del molusco seadapta á las sinuosidades internas de sus valvas. El camarote parecíaformado con secreciones de su ser: era un caparazón, una concha que ibacon él de un extremo á otro de los océanos, caldeándose con las altastemperaturas del Trópico, cerrándose con un calafateo de cabaña esquimalal aproximarse á los mares fríos.

Le inspiraba un amor semejante al que siente el fraile por su celda;pero esta celda era mundial, y al entrar en ella, después de una nochede tormenta pasada en el puente ó de una bajada á tierra en los puertosmás diversos, la veía siempre lo mismo, con los papeles y los librosinmóviles sobre la mesa, las ropas colgadas de las perchas, lasfotografías fijas en las paredes.

Cambiaba el diario espectáculo demares y tierras, cambiaba la temperatura y el curso de los astros; lasgentes, arrebujadas en gabanes invernales, vestían de blanco una semanadespués y buscaban en el cielo las nuevas estrellas del opuestohemisferio...

y su camarote siempre igual, como si fuese un rincón de unplaneta aparte, insensible á las variaciones de este mundo.

Por las mañanas, al despertar en él, se veía envuelto en una atmósfera,verdosa y suave, lo mismo que si hubiese dormido en el fondo de un lagoencantado. El sol trazaba sobre la blancura del techo y de las sábanasuna red inquieta de oro, cuyas mallas se sucedían incesantemente: erael reflejo del agua invisible. En la inmovilidad de los puertos entrabanpor el ventano el chirrido de las grúas, los gritos de los cargadores,las conversaciones de los que ocupaban los botes en torno deltrasatlántico. En alta mar era el silencio fresco y rumoroso de lainmensidad lo que llenaba su dormitorio. Un viento de infinita pureza,que venía tal vez del otro lado del planeta, deslizándose miles deleguas por los desiertos salados sin tocar una sola corrupción,resbalaba en la garganta de Ferragut como un vino de gaseosa embriaguez.Su duro costillaje iba dilatándose á impulsos de este trago de vida,mientras sus ojos parpadeaban ante el azul luminoso del horizonte.

En su casa, lo primero que veía al despertar era un edificio catalán,rico y monstruoso, semejante á los palacios que dibujan los hipnotizadosen sus ensueños: una amalgama de flores persas, columnas góticas,troncos de árboles con cuadrúpedos, reptiles y caracoles entre follajesde cemento. El adoquinado le enviaba por sus respiraderos la fetidez deunas alcantarillas solidificadas por la escasez de agua; los balconesesparcían el polvo de las alfombras sacudidas; el palacio-quimera setragaba con una insolencia de rico novel todo el cielo y el sol quecorrespondían á Ferragut.

Una noche sorprendió á sus parientes haciéndoles saber que volvía almar. Cinta asintió con un silencio doloroso á esta resolución, como sila hubiese adivinado mucho antes. Era algo inevitable y fatal que debíaaceptar. El fabricantes Blanes tartamudeó de asombro. ¡Volver á su vidade aventuras cuando los grandes señores del partido se ocupaban de supersona!... Tal vez en las primeras elecciones le hiciesen concejal.

Ferragut rió de la simpleza de su primo. Quería mandar otra vez unbarco, pero suyo, sin tener que sufrir las imposiciones de losarmadores. El podía permitirse este lujo. Sería como un yate enorme,pronto á hacer rumbo á su gusto ó su conveniencia y proporcionándole almismo tiempo cuantiosas ganancias. Tal vez su hijo llegase á serdirector de compañía marítima, al convertirse con los años este primervapor en una flota enorme.

Conocía todos los puertos del mundo, todos los caminos del tráfico, ysabría adivinar los lugares faltos de buques, donde se pagan fletesaltos. Hasta ahora había sido un asalariado valeroso y ciego. Iba áempezar su vida de explotador del mar.

Dos meses después escribió desde Inglaterra diciendo que había compradoel Fingal, vapor-correo de tres mil toneladas, que hacía el serviciodos veces por semana entre Londres y un puerto de Escocia.

Ulises se mostraba entusiasmado por la baratura de su adquisición. El Fingal había sido propiedad de un capitán escocés, que, á pesar de suslargas dolencias, no quiso abandonar nunca el mando, muriendo á bordo desu buque. Los herederos, hombres de tierra adentro, cansados de unalarga espera, ansiaban deshacerse de él á cualquier precio.

Cuando el nuevo propietario entró en el salón de popa, rodeado decamarotes—único lugar habitable en este buque de carga—, los recuerdosdel muerto salieron á su paso. En los planos de las entrepuertas estabanpintados los héroes de la Ilíada escocesa: el bardo Ossián y su arpa;Malvina la de los redondos brazos y sueltas crenchas de oro; losguerreros bigotudos, con cascos de aletas y salientes bíceps, que sedaban cuchilladas en los broqueles, despertando los ecos de los lagosverdes.

Un sillón mullido y profundo abría sus brazos ante una estufa.

Allíhabía pasado sus últimos años el dueño del buque, enfermo del corazón,con las piernas hinchadas, dirigiendo desde su asiento un rumbo que serepetía todas las semanas, á través de las nieblas, á través de las olasinvernales que arrastraban pedazos de hielo arrancados á los icebergs.Cerca de la estufa había un piano, y sobre su tapa un rimero departituras amarilleadas por el tiempo: La sonámbula, Lucía, romanzasde Tosti, canciones napolitanas, melodías fáciles y graciosas queesparcían las viejas cuerdas del instrumento con el timbre frágil ycristalino de una caja de música. El pobre nauta de piernas de piedratendía su corazón enfermo hacia el mar de la luz. Esta música hacíasurgir en

medio

de

los

cielos

brumosos

las

colinas

de

Sorrento,cubiertas de naranjos y limoneros, las costas de Sicilia, perfumadas poruna flora ardorosa.

Ferragut tripuló el buque con gente amiga. Su segundo fué un piloto quehabía empezado su carrera en las barcas de pesca. Era del mismo pueblode los abuelos de Ulises, y se acordaba del Dotor con respeto yadmiración. Había conocido á su capitán actual cuando éste era pequeño éiba á pescar con su tío. En dicha época, Tòni era ya marinero en un laúdde cabotaje, superioridad de años que le había autorizado para tutear áUlises.

Al verse ahora bajo sus órdenes, quiso modificar el tratamiento, pero elcapitán no lo consintió. Tòni y él eran tal vez parientes lejanos. Todoslos de aquel pueblo de la Marina estaban unidos por largos siglos deexistencia aislada y peligros comunes. La tripulación, desde el primermaquinista á los últimos marineros, se mostraba igualmente familiar ensu respeto. Unos eran de la misma tierra del capitán, otros habíannavegado largamente á sus órdenes.

Ulises

conoció

como

armador

un

sinnúmero

de

preocupaciones que no habíasospechado antes. Se verificó en él la angustiosa transformación delartista que se convierte en empresario, del literato que se desdobla eneditor, del ingeniero dedicado á la fantasía de los inventos que pasa áser dueño de fábrica. Su amor romántico por el mar y sus aventuras fuéacompañado ahora de preocupaciones sobre el precio y el consumo delcarbón, sobre la concurrencia rabiosa que hacía bajar los fletes, y labusca de puertos nuevos con carga pronta y remuneradora.

El Fingal, que había sido rebautizado por su nuevo propietario con elnombre de Mare nostrum, en memoria de su tío, resultaba una compradudosa á pesar de su bajo precio. Ulises se había entusiasmado comonavegante al ver su proa alta y afilada dispuesta á afrontar los peoresmares, su esbeltez de buque veloz, sus máquinas sobradamente poderosaspara un vapor de carga, todas las condiciones que le habían hecho servirde correo durante varios años. Consumía demasiado combustible paradedicarse con ganancia al transporte de mercancías. El capitán, durantesus navegaciones, sólo pensaba ahora en el alimento de las calderas.Siempre le parecía que Mare nostrum marchaba con excesiva rapidez.

—¡Media máquina!—gritaba por el tubo á su primer mecánico.

Pero á pesar de esta precaución y de otras, el gasto de combustibleresultaba enorme al hacer el arqueo de un viaje. El buque consumía todaslas ganancias. Su velocidad era insignificante comparada con la de untrasatlántico, pero resultaba absurda en relación con la de los vaporesmercantes de gran casco y pequeña máquina que iban solicitando carga ácualquier precio por todos los puntos.

Esclavo de la superioridad de su buque y en continua lucha con ella,Ferragut se esforzó por seguir navegando sin grandes pérdidas. Todas lasaguas del planeta vieron á Mare nostrum dedicado á los transportes másraros. Gracias á él ondeó la bandera española en puertos que no lahabían visto nunca.

Hizo viajes por los mares solitarios de Siria y Asia Menor, ante costasdonde la novedad de un buque con chimenea hacía correr y aglomerarse álas gentes de los aduares. Realizó desembarcos en puertos fenicios ygriegos cegados por la arena, que sólo conservaban unas cuantas chozasal pie de montones de ruinas. Algunas columnas de mármol se erguían aúncomo troncos de palmeras desmochadas. Ancló junto á temibles rompientesde la costa occidental de África, bajo un sol que hacía arder lacubierta, para recibir caucho, plumas de avestruz y colmillos deelefante traídos en largas piraguas por remeros negros. Salían siemprede un río poblado de cocodrilos é hipopótamos, en cuyas orillas alzabala factoría los conos pajizos de sus techumbres.

Cuando faltaban estos viajes fuera de las rutas ordinarias, Marenostrum hacía rumbo á América, resignándose á luchar en baratura coningleses y escandinavos, que son los arrieros del Océano. Su tonelaje ysu calado le permitían remontar los grandes ríos de la América delNorte, llegando hasta las ciudades del remoto interior que hacen humearlas filas de chimeneas de sus fábricas al borde de un lago dulceconvertido en puerto.

Navegó por el rojizo Paraná hasta Rosario y Colastiné, para cargar trigoargentino; fondeó en las aguas de ámbar de Uruguay, frente á Paysandú yFray Ventos, recibiendo cueros destinados á Europa y carne salada paralas Antillas. En el Pacífico remontó el Guayas á través de unavegetación ecuatorial, en busca del cacao de Guayaquil. Su proa cortó lainfinita lámina del Amazonas, apartando los troncos gigantescosarrastrados por las inundaciones de la selva virgen, para anclar frenteá Pará ó frente á Manaos, tomando cargamentos de tabaco y café. Hastallevó de Alemania pertrechos de guerra para los revolucionarios de unapequeña República.

Estos viajes, que en otro tiempo entusiasmaban á Ferragut, tenían ahoracomo final una decepción. Después de pagados los gastos y de habervivido con rabiosa economía, apenas quedaba algo para el armador. Cadavez eran más numerosos los buques de carga y el flete más barato.Ulises, con su elegante Mare nostrum, no podía luchar contra loscapitanes septentrionales, alcoholizados y taciturnos, que aceptaban ácualquier precio el llenar sus buques sórdidos, emprendiendo una marchade tortuga á través de los océanos.

—No puedo más—decía con tristeza á su segundo—. Voy á arruinar á mihijo. Si me compran Mare nostrum, lo vendo.

En una de sus expediciones infructuosas, cuando sentía mayor desaliento,una noticia inesperada cambió su situación. Acababan de llegar áTenerife con maíz de la Argentina y fardos de alfalfa seca. Tòni volvióá bordo después de haber legalizado los papeles del buque.

¡La guèrra, che! —gritó en valenciano, la lengua de su intimidad.

Ulises, que se paseaba por el puente, acogió la noticia conindiferencia. «¿La guerra?... ¿Qué guerra era esa?...» Pero al saber queAlemania y Austria habían roto las hostilidades contra Francia y Rusia,y que Inglaterra acababa de intervenir en defensa de Bélgica, elcapitán se lanzó á calcular las consecuencias políticas de estaconflagración. No veía otra cosa.

Tòni, menos desinteresado, habló de la suerte futura del buque...¡Terminada la miseria! Los fletes á trece chelines tonelada de unhemisferio á otro iban á ser en adelante un recuerdo vergonzoso. Notendrían ya que solicitar carga de puerto en puerto como quien pide unalimosna. Ahora les tocaba darse importancia, viéndose solicitados porlos consignatarios y comerciantes desdeñosos. Mare nostrum iba á valercomo si fuese de oro.

Tales predicciones, que Ferragut se resistía á aceptar, empezaron ácumplirse al poco tiempo. Escasearon los barcos en las rutas del Océano.Unos se refugiaban en los puertos neutrales más próximos, temiendo á loscruceros enemigos. Los más eran movilizados por sus gobiernos para losenormes transportes de material que exige la guerra moderna. Loscorsarios alemanes, valiéndose de astucias, aumentaban con sus presas elpánico de la marina mercante.

Saltó el precio del flete de trece chelines la tonelada á cincuenta;luego á sesenta, y á los pocos días á ciento. Ya no podía subir más,según el capitán Ferragut.

—Aún subirá—afirmaba el segundo con una alegría cruel—.

Veremos latonelada á ciento cincuenta, á doscientos... ¡Vamos á hacernos ricos!

Y Tòni empleaba el plural al hablar de la futura riqueza, sin que se leocurriese por un momento pedir á su capitán unos céntimos más sobre loscuarenta y cinco duros que recibía al mes. La fortuna de Ferragut y delbuque la consideraba como suya. Se tenía por dichoso siempre que no lefaltase el tabaco y pudiera enviar su sueldo íntegro á la mujer y loshijos, que vivían allá en la Marina.

Su ambición era la de todos los navegantes modestos: comprar un pedazode tierra y hacerse labrador en su vejez. Los pilotos vascos soñaban conpraderas y manzanos, una casita en una cumbre, y muchas vacas. El seimaginaba una viña en la costa, una vivienda blanca con emparrado, ácuya sombra fumaría su pipa, y toda la familia, hijos y nietos,extendiendo la cosecha de pasa sobre los cañizos.

Le unía á Ferragut una admiración familiar, igual á la del antiguoescudero por su paladín, á la de un sargento viejo por un oficial degenio. Los libros que llenaban el camarote del capitán le hacíanrecordar sus angustias al examinarse en Cartagena para adquirir eltítulo de piloto. Los graves señores del tribunal le habían vistopalidecer y balbucear como un niño ante los logaritmos y las fórmulastrigonométricas. A él que le preguntasen sobre casos prácticos, y supericia de patrón de barca, habituado á todos los peligros del mar, leharía responder con el aplomo de un sabio.

En los trances difíciles—días de tormenta, bajos tortuosos, vecindad decostas traidoras—, Ferragut sólo se decidía á descansar cuando Tòni lereemplazaba en el puente. Con él no había miedo á que entrase pordescuido la ola de través que barre la cubierta y apaga las máquinas, óque el escollo invisible clavase su colmillo de piedra en el vientre delbuque. Seguía junto al timonel el rumbo indicado, inmóvil y silencioso,como si durmiese de pie; pero en el momento oportuno dejaba caer labreve palabra de mando.

Era enjuto de carnes, con la recocida delgadez de los mediterráneosbronceados. El viento salino más que los años había curtido su rostro,frunciéndolo con profundas arrugas. Una coloración caprichosa hacíanegro el fondo de estas grietas, mientras que la parte expuesta al solparecía lavada por la luz, con tonos más claros. La barba corta y durase extendía por los surcos y lomas de su piel. Además, tenía pelo en lasorejas, pelo en las fosas nasales, anchas y respingadas, prontas áestremecerse en los momentos de cólera ó de admiración...

Pero estafealdad disminuía bajo la luz de sus ojos pequeños, con las pupilasentre verdes y aceitosas; unos ojos que miraban dulcemente, conexpresión canina de resignación, cuando el capitán se burlaba de suscreencias.

Tòni era «hombre de ideas». Ferragut sólo le conocía cuatro ó cinco,pero duras, cristalizadas, inconmovibles, como los moluscos que,adheridos á la roca, acaban por convertirse en una excrecencia pétrea.Las había adquirido en veinticinco años de cabotaje mediterráneo,leyendo todos los periódicos de un radicalismo lírico que le salían alencuentro en los puertos.

Además, al final de sus viajes estabaMarsella, y en una de sus callejuelas un salón rojo adornado de columnassimbólicas, donde se encontraba con navegantes de todas las razas ytodas las lenguas, entendiéndose fraternalmente por medio de signosmisteriosos y palabras rituales.

Cuando entraba en un puerto de la América del Sur, después de largaausencia, admiraba los rápidos adelantos de los pueblos jóvenes: muellesenormes construídos en un año, calles interminables que no existían enel viaje anterior, parques frondosos y elegantes sobre antiguas lagunasdesecadas.

—Es natural—afirmaba rotundamente—. Por algo son República.

Al entrar en los puertos españoles, la menor contrariedad en el amarredel buque, una discusión con los empleados oficiales, la falta deespacio para un buen fondeo, le hacían sonreír con amargara.«¡Desgraciado país!... Todo era obra del altar y el trono.»

En el río de Londres ó ante los muelles de Hamburgo, el capitán Ferragutse burlaba de su subordinado.

—¡Aquí no hay República, Tòni...! Y sin embargo, esto es algo.

Pero Tòni no se daba por vencido. Contraía el peludo rostro, haciendo unesfuerzo mental para dar forma á sus vagas ideas, vistiéndolas depalabras. En el fondo de estas grandezas presentía una afirmación de susmismos pensamientos. Al fin se entregaba, desarmado, pero no convencido.

—No sé explicarme: me faltan palabras... Son las gentes las que hacentodo eso.

Al recibir en Tenerife la noticia de la guerra, resumió todas susdoctrinas con el laconismo de un triunfador.

—Hay en Europa demasiados reyes... ¡Si todos los pueblos fuesenRepúblicas!...

Esta

calamidad

había

de

llegar

forzosamente.

Y Ferragut no se atrevió á burlarse esta vez de la simpleza de susegundo.

Toda la gente de Mare nostrum se mostraba entusiasmada por el nuevoaspecto de los negocios. Los marineros, taciturnos en las navegacionesanteriores, como si presintiesen la ruina ó el cansancio de su capitán,trabajaban ahora alegremente, lo mismo que si fuesen á participar de lasganancias.

En el rancho de proa se entregaban muchos de ellos á cálculoscomerciales. El primer viaje de la guerra equivalía á diez de losanteriores; el segundo tal vez proporcionase ganancia como veinte. Y sealegraban por Ferragut, con el mismo desinterés que su primer oficial,acordándose de los malos negocios de antes. Los maquinistas ya no eranllamados al camarote

del

capitán

para

idear

nuevas

economías

decombustible. Había que aprovechar el tiempo, y Mare nostrum iba á todovapor, haciendo catorce millas por hora, como un buque de pasajeros,deteniéndose únicamente cuando le cerraba el paso un destroyer inglés ála entrada del Mediterráneo, enviándole un oficial para convencerse deque no llevaba á bordo súbditos de los Imperios enemigos.

La abundancia reinaba igualmente entre el puente y la proa, dondeestaban la cocina y el alojamiento de los marineros, espacio del buquerespetado por todos como dominio incontestable del tío Caragòl.