Mare Nostrum by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Transcurrían minutos enteros; seiba á quedar para siempre abajo; no subiría. El muchacho pensaba coninquietud en la posibilidad de tener que guiar la barca él solo hasta lacosta. De pronto, el cuerpo de blanco cristal se coloreaba de verde,creciendo y creciendo. Luego pasaba á ser moreno cobrizo, y aparecíasobre la superficie la cabeza del nadador dando bufidos, levantando losbrazos, que ofrecían al pequeño toda su cosecha submarina.

—Ahora tú—ordenaba con voz imperiosa.

Resultaban inútiles sus intentos de resistencia. El tío le insultaba conlas peores palabras ó le inducía con promesas de seguridad. No supociertamente si fué él quien se arrojó al agua ó si le arrancaron de labarca los zarpazos del médico. Pasada la primera sorpresa, experimentóla impresión del que recuerda algo olvidado. Nadaba instintivamente,adivinando lo que debía hacer antes de que se lo aconsejase su maestro.Despertaba en su interior la experiencia ancestral de una serie demarinos que habían luchado con el mar y algunas veces se quedaron parasiempre en sus entrañas.

El recuerdo de lo que existía más allá de la blandura golpeada por suspies le hacía perder de pronto su serenidad. La imaginación tiraba de élcon la pesadumbre de una bala de artillería.

—¡Tío... tío!

Y se agarraba convulsivamente á la dura isla de músculos barbuda ysonriente. El tío emergía inmóvil, como si clavase en el fondo sus piesde piedra. Era igual al promontorio cercano que obscurecía y enfriaba elagua con su sombra de ébano.

Así pasaban las mañanas, dedicados á la pesca y la natación.

Luego, enlas tardes, eran las expediciones á pie por los acantilados de la costa.

El Dotor conocía lo mismo las alturas del promontorio que susprofundidades. Por senderos de cabra salvaje subían á las cumbres, desdelas que se alcanzaba á ver la isla de Ibiza. A la salida del sol, lalejana tierra balear parecía una llama de color de rosa surgiendo de lasolas. Otras veces caminaban casi á ras del agua. El Tritón mostró á susobrino cavernas olvidadas, en las que se introducía el Mediterráneo conlentas ondulaciones. Eran á modo de cuadras marítimas, donde podíananclar los buques, permaneciendo ocultos á todas las miradas. Allíhabían escondido muchas veces sus galeras los berberiscos, para caerinesperadamente sobre un pueblo cercano.

En una de estas cuevas, sobre un zócalo de peñascos, vió Ulises unmontón de fardos.

—Vámonos—dijo el Dotor—. Cada hombre se gana la vida como puede.

Cuando tropezaban con el carabinero solitario que contempla el marapoyado en su fusil, el médico le ofrecía un cigarro ó le daba consejossi estaba enfermo. ¡Pobres hombres! ¡Tan mal pagados!... Pero sussimpatías iban á los otros, á los enemigos de la ley. El era hijo de sumar, y en el Mediterráneo, héroes y nautas todos habían tenido algo depiratas ó de contrabandistas.

Los fenicios, que difundían con susnavegaciones las primeras obras de la civilización, se cobraban esteservicio llenando sus barcos de mujeres raptadas, mercancía rica y defácil transporte.

La piratería y el contrabando formaban el pasado histórico de todos lospueblos que visitaba Ulises, amontonados unos al abrigo de unpromontorio coronado por un faro, abiertos otros en la concavidad de unabahía moteada de islotes con cinturas de espuma. Las viejas iglesiastenían almenas en sus muros y troneras junto á las puertas, para eldisparo de culebrinas y trabucos. El vecindario se refugiaba en ellascuando las humaredas de los vigías avisaban un desembarco de piratas deArgel. Siguiendo las sinuosidades del promontorio, existía una fila detorres rojizas, cada una de ellas con otras dos iguales á la vista. Estafila se prolongaba por el Sur hasta el estrecho de Gibraltar y por elNorte llegaba á Francia.

El médico las había visto iguales en todas las islas del Mediterráneooccidental, en las costas de Nápoles y en Sicilia.

Eran lasfortificaciones de una guerra milenaria, de una pelea de diez siglosentre moros y cristianos por el dominio del mar azul; lucha depiratería, en la que los hombres mediterráneos—

diferenciados por lareligión, pero idénticos en el alma—habían prolongado hasta principiosdel siglo XIX las aventuras de la Odisea.

Ferragut había alcanzado á conocer en su pueblo muchos viejos que en susmocedades fueron esclavos en Argel. Las ancianas cantaban aún romancesde cautivas en las noches de invierno y hablaban con pavor de losbergantines berberiscos.

Los ladrones del mar tenían pacto con eldemonio, que les avisaba las buenas ocasiones. Si en un monasterioacababan de profesar hermosas novicias, se conmovían sus puertas á medianoche bajo los hachazos de los demonios barbudos que avanzaban tierraadentro, dejando á sus espaldas la galera preparada para recibir suflete de carne femenil. Si se casaba una muchacha de la costa, célebrepor su belleza, á la salida de la iglesia surgían los impíos, disparandosus trabucos y acuchillando á los hombres sin armas, para llevarse lasmujeres con sus ropas de fiesta.

De todo el litoral sólo temían á los navegantes de la Marina, tanaudaces y belicosos como ellos. Cuando osaban atacar sus caseríos, eraporque los marineros estaban en el Mediterráneo y habían ido á su vez ásaquear é incendiar alguna aldea de la costa de África.

El Tritón y su sobrino cenaban bajo el emparrado en los largoscrepúsculos estivales. Después de levantados los manteles, Ulisesmanejaba las fragatas de su abuelo, aprendiendo la nomenclatura de lasdiversas partes del aparejo y la maniobra del velamen. Algunas vecespermanecían los dos hasta una hora avanzada en el rústico atrio,contemplando el mar luminoso bajo los esplendores de la luna ó con untenue regleteo de luz sideral en las noches lóbregas.

Todo lo que los hombres habían escrito ó soñado sobre el Mediterráneo lotenía el médico en su biblioteca, y lo repetía á su oyente. El marenostrum de los latinos era para Ferragut una especie de bestia azul,poderosa y de gran inteligencia, un animal sagrado como los dragones ylas serpientes que adoran ciertas religiones, viendo en ellosmanantiales de vida.

Los ríos que se arrojaban en su seno para renovarlo eran pocos y deescaso caudal. El Ródano y el Nilo parecían tristes arroyos comparadoscon los cursos fluviales de otros continentes que desaguan en losocéanos.

Perdiendo por evaporación tres veces más líquido que el que le aportanlos ríos, este mar asoleado se habría convertido en una extensión desal, de no enviarle el Atlántico una rápida corriente de renovación quese precipitaba por el estrecho de Gibraltar.

Debajo de esta corrientesuperficial existía otra en sentido opuesto, que devolvía una parte delMediterráneo al Océano, por ser más saladas y densas las aguasmediterráneas que las atlánticas. La marea apenas se hacía sentir en susriberas. Su cuenca

estaba

minada

por

fuegos

subterráneos,

que

buscabansalidas extraordinarias por el Vesubio y el Etna y respirabancontinuamente por la boca del Stromboli. Alguna vez estos hervoresplutónicos elevaban el suelo, haciendo surgir, como tumores de lava,nuevas islas sobre las olas.

En su seno existía doble cantidad de especies animales que en los otrosmares, aunque menos numerosas. El atún, cordero juguetón de sus praderasazules, saltaba sobre la superficie ó pasaba en rebaño bajo el lomo delas olas. El hombre le tendía la trampa de sus almadrabas en las costasde España y de Francia, en Cerdeña, el estrecho de Mesina y las aguasdel Adriático. Pero esta carnicería apenas aclaraba sus compactosescuadrones.

Luego de vagar por los recovecos del archipiélago griego,pasaban

los

Dardanelos,

pasaban

el

Bósforo,

conmoviendo con el hervor desu galopada invisible los dos callejones acuáticos, y dando la vuelta ála copa del mar Negro, volvían, diezmados pero impetuosos, á lasprofundidades del Mediterráneo.

Formaba el coral rojos bosques inmóviles en el zócalo submarino de lasislas Baleares y en las costas de Nápoles y África. El ámbar gris seencontraba en los acantilados de Sicilia.

Las esponjas crecían en lasaguas tranquilas al abrigo de los peñascos de Mallorca y de las islasgriegas. Hombres desnudos, sin aparato alguno, conteniendo surespiración, descendían á la profundidad, como en los tiemposprimitivos, para arrancar estos tesoros.

El médico abandonaba su descripción geográfica. Le atraía más lahistoria de su mar, que había sido la historia de la civilización.Primeramente, tribus miserables y escasas vagaban por las costas,buscando el alimento de los crustáceos arrojados por las olas: una vidasemejante á la de los pueblos rudimentarios que Ferragut había visto enlas islas del Pacífico. Cuando la herramienta de piedra ahuecaba lostroncos de los árboles y los brazos humanos se atrevían á tender elprimer cuero ante las fuerzas atmosféricas, se poblaban rápidamente lascostas.

Los templos del interior se reconstruían en los promontorios, yapuntaban las ciudades marítimas, primeros núcleos de la civilizaciónpresente. En este mar interior habían aprendido los hombres el arte denavegar. Todos miraban á las olas antes que al cielo. Por el camino azulhabían llegado las maravillas de la vida y de sus entrañas nacían losdioses. Los fenicios—judíos metidos á navegantes—abandonaban susciudades en el fondo del saco mediterráneo, para esparcir losconocimientos misteriosos de Egipto y de las monarquías asiáticas portodas las orillas del mar interior. Luego les reemplazaban los helenosde las repúblicas marítimas.

Para Ferragut, el honor más grande de Atenas era haber sido unademocracia de nautas. Los ciudadanos servían á la patria como remeros.Todos sus grandes hombres eran oficiales de marina.

—Temístocles y Pericles—añadía—fueron jefes de escuadra, que luego demandar buques gobernaron á su país.

Por eso la civilización griega se había esparcido y hecho inmortal, envez de achicarse y desaparecer sin fruto, como otras de tierrasadentro. Luego, Roma, la terrestre Roma, para no morir bajo lasuperioridad de los navegantes semitas de Cartago, tenía que enseñar elmanejo del remo y el combate en las olas á los labradores del Lacio,legionarios de mejillas endurecidas por las carrilleras del casco, queno sabían cómo mover sobre las tablas resbaladizas sus pies de hierrodominadores del mundo.

Las divinidades del mare nostrum inspiraban al médico una devociónamorosa. Sabía que no habían existido, pero creía en ellas como poéticosfantasmas de las fuerzas naturales.

El mundo antiguo sólo conocía en hipótesis el inmenso Océano, dándole laforma de un cinturón acuático en torno de la tierra. Océano era un viejodios de luengas barbas y cornuda la cabeza, que vivía en una cavernasubmarina con su mujer Tetis y sus trescientas hijas las Oceánidas.Ningún argonauta se atrevía á ponerse en contacto con estas divinidadesmisteriosas. Sólo el grave Esquilo había osado representar á lasOceánidas, vírgenes verdes y sombrías, llorando en torno del peñón enque estaba encadenado Prometeo.

Otras deidades más asequibles eran las del mar interno, en cuyos bordesestaban asentadas las ciudades opulentas de la costa siria, las ciudadesegipcias, que enviaban á Grecia destellos de su civilización ritual; lasciudades helénicas, hogares de claro fuego que fundían todos losconocimientos, dándoles una forma eterna; Roma, dominadora del mundo;Cartago, la de los audaces descubrimientos geográficos; Marsella, quehizo participar á la Europa occidental de la civilización de losgriegos, derramándola costa abajo, de factoría en factoría, hasta elestrecho de Gades.

Un hermano de las Oceánidas, el prudente Nereo, reinaba en lasprofundidades mediterráneas. Este hijo de Océano era de barbas azules yojos verdes, con haces de juncos marinos en las cejas y el pecho.Cincuenta hijas suyas, las Nereidas, llevaban sus órdenes á través delas olas ó jugueteaban en torno de las naves, enviando al rostro de losremeros la espuma levantada por sus brazos. Pero los hijos del Tiempo,al vencer á los gigantes, se repartían el mundo, jugándolo á la suerte.Zeus quedaba dueño de la tierra, el fatídico Hades reinaba en losabismos plutónicos, y Poseidón se enseñoreaba de las llanuras azules.

Nereo, monarca desposeído, huía á una caverna del mar helénico, paravivir la calmosa existencia del filósofo, dando consejos á los hombres,y Poseidón se instalaba en los palacios de nácar con sus blancoscorceles de cascos de bronce y crines de oro.

Sus ojos amorosos se fijaban en las cincuenta princesas mediterráneas,las Nereidas, que tomaban sus nombres de los colores y aspectos de lasolas: la Glauca, la Verde, la Rápida, la Melosa... «Ninfas de los verdesabismos, de rostros frescos como el botón de rosa; vírgenes aromáticasque tomáis las formas de todos los monstruos que nutre el mar», cantabael himno orfeico en la ribera griega. Y Poseidón distinguía entre todasá la nereida de la espuma, la blanca Anfitrita, que se negaba á aceptarsu amor.

Conocía al nuevo dios. Las costas estaban pobladas de cíclopes comoPolifemo, de monstruos espantables, producto de sus copulaciones condiosas olímpicas y con simples mortales.

Un delfín complaciente iba yvenía llevando recados entre Poseidón y la nereida, hasta que, rendidapor la elocuencia de este proxeneta saltarín de olas, aceptaba Anfitritaser esposa del dios, y el Mediterráneo parecía adquirir nueva hermosura.

Ella era la aurora que asoma sus dedos de rosa por la inmensa rendijaentre el cielo y el mar; la hora tibia del mediodía que adormece lasaguas bajo un manto de oros inquietos; la bifurcada lengua de espuma quelame las dos caras de la proa rumorosa; el viento cargado de aromas quehincha la vela como un suspiro de virgen; el beso piadoso que haceadormecerse al ahogado, sin cólera y sin resistencia, antes de bajar alabismo.

Su marido—Poseidón en las costas griegas y Neptuno en laslatinas—despertaba las tempestades al montar en su carro.

Los caballosde cascos de bronce creaban con su pataleo las olas que tragan á losnavíos. Los tritones de su cortejo lanzaban por sus caracolas losmugidos atmosféricos que tronchan los mástiles como cañas.

¡Oh, madre Anfitrita!... Ferragut la describía lo mismo que si hubiesepasado ante sus ojos. Algunas veces, cuando nadaba en torno de lospromontorios, como los hombres primitivos, sintiéndose envuelto por lafuerza ciega de las potencias naturales, había creído ver á la diosadesembocando entre dos rocas, con todo su risueño cortejo, luego dehaber descansado en una cueva marina.

Una concha de nácar era su carroza, y seis delfines tiraban de ella conjaeces de purpúreo coral. Los tritones, sus hijos, llevaban las riendas.Las náyades, sus hermanas, golpeaban el mar con las escamosas colas,irguiendo sus troncos de mujer envueltos en la magnificencia de unacabellera verde, entre cuyos bucles asomaban las copas de los senos conuna gota temblona

en

el

vértice.

Unas

gaviotas

blancas

y

arrulladorascomo las palomas de Afrodita aleteaban sobre las caricias y losencuentros amorosos de esta parentela inmortal entregada al serenoincesto, privilegio de los dioses. Y ella, la soberana, los contemplabadesnuda desde su movible trono, coronada de perlas y estrellasfosforescentes extraídas del fondo de sus dominios, blanca como la nube,blanca como la vela, blanca como la espuma, sin más alteración en sualba majestad que un rubor de rosa húmedo, igual al barniz de lascaracolas, que coloreaba su boca y sus calcañares, el pétalo final desus pechos y el botón convexo de su vientre, mar de nacarada tersura, enel que se borraban las huellas de la maternidad con la misma rapidez quelos círculos en el agua azul.

Toda la historia del hombre europeo—cuarenta siglos de guerras,emigraciones y choques de razas—la explicaba el médico por el deseo deposeer este mar de marco armonioso, de gozar la transparencia de suatmósfera y la vivacidad de su luz.

Los hombres del Norte, que necesitan el tronco ardiente y la bebidaalcohólica para defender su vida de las mandíbulas del frío, pensaban átodas horas en las riberas mediterráneas. Todos sus movimientosbelicosos ó pacíficos eran para descender de las orillas de los maresglaciales á las playas del mar tibio. Ansiaban la posesión de los camposdonde el sagrado olivo alterna su ancianidad severa con la alegre viña,donde el pino extiende su cúpula y el ciprés yergue su minarete. Queríansoñar bajo la nieve perfumada de los interminables bosques de naranjos;ser dueños de los valles abrigados donde el mirto y el jazmín embalsamanel aire salitroso; de los volcanes mudos que dejan crecer entre susrocas el áloe y el cacto; de las montañas de mármol que descienden susblancas aristas hasta el fondo del mar y refractan el calor africanoemitido por la costa de enfrente.

A las invasiones del Norte había contestado el Sur con guerrasdefensivas que llegaban hasta el centro de Europa. Y así continuaría laHistoria, con el mismo flujo y reflujo de oleadas humanas, peleando loshombres millares de años por dominar ó conservar la copa azul deAnfitrita.

Los pueblos mediterráneos eran para Ferragut la aristocracia de lahumanidad. El clima poderoso había templado al hombre como en ningunaotra parte del planeta, dándole una fuerza seca y resistente. Curtidos ybronceados por una absorción profunda del sol y de la energía delambiente, sus navegantes pasaban al estado del metal. Los hombres delNorte eran más fuertes, pero menos robustos, menos aclimatables que elmarino catalán, el provenzal, el genovés y el griego. Los nautas delMediterráneo se establecían en toda tierra como si fuese su casa. Sobreeste mar era donde el hombre había desarrollado sus más altas energías.La Grecia antigua había convertido en acero la carne humana.

Una exacta semejanza de paisajes y razas aproximaba á los dos litorales.Las montañas y las flores de ambas orillas eran idénticas. El catalán,el provenzal y el italiano del Sur tenían más parecido con loshabitantes de la costa africana y del archipiélago griego que con losconnacionales que vivían á sus espaldas, tierra adentro. Estafraternidad se había mostrado instintivamente en la guerra milenaria.Los piratas berberiscos, los marinos genoveses y españoles y loscaballeros de Malta se degollaban implacables sobre las cubiertas de lasgaleras, y al ser vencedores respetaban la vida del prisionero,tratándolo caballerosamente.

Barbarroja,

almirante

de

ochenta

y

cuatroaños, llamaba «mi hermano» á Doria, su eterno rival, que tenía cerca denoventa. El gran maestre de Malta estrechaba la mano del terrible Dragutal verle cautivo.

El hombre mediterráneo, fijo en las orillas que le vieron nacer,aceptaba todos los cambios de la Historia, como los moluscos aguantanlas tempestades adheridos al peñasco. Para él, lo único importante erano perder de vista su mar azul.

Español, batía el remo en las liburnasromanas; cristiano, tripulaba las naves sarracenas en la Edad Media;súbdito de Carlos V, pasaba, por un azar guerrero, de las galeras de lacruz á las de la media luna, y llegaba á ser reis de Argel, ricocapitán de mar, haciendo famoso su nombre de renegado.

Los habitantes de la costa valenciana iban con los moros andaluces, enel siglo VIII, á llevar la guerra al fondo del Mediterráneo, y seapoderaban de la isla de Creta, dándole el nombre de Candía. Desde estenido de piratas eran el terror de Bizancio, tomando por asalto áSalónica y vendiendo como esclavos á los patricios y las damas másprincipales del Imperio.

Años después, cuando desalojados de Candíaregresaban á sus costas de origen, los aventureros valencianos creabanuna población en un valle feraz, dándole el nombre de la isla lejana,que se transformaba en Gandía.

Todos los tipos del vigor humano habían surgido de la raza mediterránea,fina, aguzada y seca como el sílex, haciendo el bien y haciendo el malsiempre en grande, con la exageración de un carácter ardiente quedesconoce la medida y salta de la doblez á los mayores extremos degenerosidad. Ulises era el padre de todos, el héroe cuerdo y prudente, yal mismo tiempo malicioso y complicado. También lo era el viejo Cadmo,con su mitra de fenicio y su barba anillada, gran ladrón de mar, que ibaesparciendo, de fechoría en fechoría, el arte de escribir y las primerasnociones del comercio.

En una de sus islas nacía Hannibal, y veinte siglos después, en otra deellas, el hijo de un abogado falto de pleitos se embarcaba para Francia,sin otro equipaje que un pobre uniforme de cadete, para hacer famoso sunombre de Napoleón.

Sobre sus olas había navegado Roger de Lauria, caballero andante de lasllanuras marítimas, que pretendía vestir á los peces con los coloresaragoneses. Un visionario de origen obscuro, llamado Colón, reconocíapor su patria á la República de Génova. Un contrabandista de las costasde Liguria llegaba á ser Massena, el mariscal amado de la Victoria. Y elúltimo personaje de esta estirpe de héroes mediterráneos que se perdíaen los tiempos fabulosos era un marinero de Niza, simple y romántico, unguerrero de todos los mares y todos los continentes, llamado Garibaldi,tenor heroico que proyectaba sobre su siglo el reflejo de su camisaroja, repitiendo en la costa de Marsala la remota epopeya de losargonautas.

Ferragut resumía los méritos y defectos de los hombres de su raza. Unoshabían sido bandidos y otros santos, pero ninguno mediocre. Sus empresasmás audaces tenían mucho de reflexivo y práctico. Cuando se dedicaban alnegocio, servían al mismo tiempo á la civilización. En ellos, el héroe yel mercader se mostraban

tan

unidos,

que

era

imposible

discernir

dóndeterminaba el uno y empezaba el otro. Habían sido piratas y crueles; perolos navegantes de los mares brumosos, al imitar los descubrimientosmediterráneos en otros continentes, no se mostraban más dulces y leales.

Después de estas conversaciones sentía Ulises mayor estimación por loscacharros viejos y las figurillas borrosas que adornaban el dormitoriode su tío.

Eran objetos vomitados por el mar: ánforas recubiertas de valvas demolusco, por un enterramiento submarino de siglos.

Las aguas profundashabían cincelado estos adornos pétreos con extraños arabescos que hacíanpensar en el arte de otro planeta.

Y revueltos con los cacharros quehabían guardado el vino y el agua dulce de una liburna naufragada, habíapedazos de maroma endurecida por los infusorios calcáreos, garras deancla cuyo hierro se quebraba en láminas rojizas. Varias estatuillasroídas por la sal marina inspiraban al muchacho tanta admiración comolas fragatas del abuelo. Reía y temblaba ante estos kabiros procedentesde las birremes fenicias ó cartaginesas, dioses grotescos y terriblesque contraían sus carátulas con un gesto de lujuria y ferocidad.

Algunas de las divinidades marinas, musculosas y barbudas, tenían unaire de parentesco con su tío. Así debía ser en determinados

momentos.Ulises

había

escuchado

ciertas

conversaciones

de

los

pescadores.

Veíaademás

el

apresuramiento de las mujeres, sus ojos de inquietud cuando seencontraban con el médico en un lugar solitario de la costa.

Solamentela presencia del sobrino les hacía recobrar la tranquilidad y contenersu paso.

El mar le enloquecía de vez en cuando con una ráfaga de furor amoroso.Era Poseidón surgiendo inesperadamente en las riberas para volteardiosas y mortales. Las hembras corrían asustadas, como corren lasprincesas griegas en los vasos pintados, sorprendidas, mientras lavan suropa, por la aparición de un tritón en celo. Odiaba el amor entre cuatroparedes. Necesitaba la Naturaleza libre como fondo de su voluptuosidad;la persecución y el asalto, lo mismo que en los tiempos primitivos;sentir en sus pies la caricia de la ola muerta mientras se agitaba sobresu presa rugiendo de pasión, lo mismo que un monstruo marino.

Algunas noches, á la hora en que los faros empezaban á perforar lasombra naciente con sus primeras puñaladas de fuego, sentíasemelancólico, y olvidando la diferencia de edad, hablaba á su sobrinocomo si fuese un compañero de navegación.

Lamentaba no haberse casado... Ya tendría un hijo como Ulises. Habíaconocido mujeres de todos los colores, blancas, rojas, amarillas,verdes... pero sólo una vez había tropezado con el amor, muy lejos, alotro lado del planeta, en el puerto de Valparaíso.

Veía aún con la imaginación á su gentil chilena envuelta en un mantonegro, lo mismo que las damas del teatro calderoniano, mostrando unosolo de sus ojos obscuros y húmedos, pálida, menuda, hablando con unavoz que parecía un quejido.

Gustaba de romanzas y versos, siempre que fuesen «con mucha tristeza»; yFerragut se la comía con los ojos mientras ella pulsaba la guitarraentonando la canción de Malek-Adhel y otras romanzas de «rosas, suspirosy moros de Granada» que el médico había oído de niño á los barberos desu país. El simple intento de tornar una de sus manos provocaba en ellauna resistencia poderosa. «Eso, luego...» Estaba pronta á casarse con el godo; quería ver España... Y el médico hubiese cumplido sus deseos, deno avisarle una buena alma que á altas horas de la noche entraban porturno otros del país á oír las romanzas á solas... ¡Ah, las mujeres!Ferragut encontraba agradable su celibato al acordarse del final de esteidilio trasoceánico.

Bien entrado el otoño, tuvo el notario que ir en persona á la Marinapara conseguir que su hermano soltase á Ulises. El muchacho era de lamisma opinión de su tío. ¡Perder las pescas del invierno, las mañanasfrías de sol, el espectáculo de los grandes temporales, por el fútilmotivo de que el Instituto había comenzado sus cursos y él debíaestudiar el bachillerato!...

Al año siguiente, doña Cristina quiso evitar que el Tritón raptase ásu hijo. Sólo malas palabras y arrogancias matonescas podía aprender enla vieja casa de los Ferragut. Y pretextando la necesidad de ver á sufamilia, dejó al notario solo en Valencia, yendo á veranear con su hijoen la costa de Cataluña, cerca de la frontera de Francia.

Fué el primer viaje importante de Ulises. En Barcelona conoció á su tíoel rico, el talento financiero de la familia Blanes, un hermano de sumadre, propietario de una gran tienda de ferretería situada en una delas calles húmedas, estrechas y repletas de gentío que desembocan en laRambla. Luego conoció á los otros tíos maternos en un pueblo inmediatoal cabo de Creus. Este promontorio con sus costas bravas le recordó elotro donde vivía el Tritón. También aquí habían fundado una ciudad losprimeros nautas helénicos; también arrojaba el mar ánforas, estatuillasy hierros petrificados.

Los Blanes habían navegado mucho. Amaban el mar como su tío el médico,pero con un amor silencioso y frío, apreciándolo menos por su bellezaque por las ganancias que ofrece á los afortunados. Sus viajes habíansido á América en bergantines de su propiedad, trayendo azúcar de laHabana y maíz de Buenos Aires. El Mediterráneo sólo era una puerta queatravesaban distraídamente á la salida y á la vuelta. Ninguno de ellosconocía á Anfitrita ni de nombre.

Además, no tenían el aspecto desordenado y romántico del solitario de laMarina, pronto á vivir en el agua como un anfibio.

Eran señores de lacosta que, retirados de la navegación, confiaban sus buques á capitanesque habían sido sus pilotos; burgueses que no abandonaban la corbata yla gorra de seda, símbolos de su alta posición en el pueblo natal.

El lugar de tertulia de los ricos era el Ateneo, sociedad que, á pesarde su título, no ofrecía otras lecturas que dos periódicos en catalán.Un largo anteojo montado ante la puerta sobre un trípode enorgullecía álos socios. Les bastaba á los tíos de Ulises aplicar una ceja al ocularpara decir al momento la clase y la nacionalidad del buque que sedeslizaba por la lejana línea del horizonte. Estos veteranos del marsólo hablaban de fletes, de miles y miles de duros ganados en otrostiempos con sólo un viaje redondo, y de la terrible competencia de lamarina á vapor.

Ulises esperaba en vano que aludiesen alguna vez á las nereidas y demásseres poéticos que el médico Ferragut adivinaba en torno de supromontorio. Los Blanes no habían visto jamás estos seresextraordinarios. Sus mares sólo contenían peces. Eran hombres fríos, depocas palabras, económicos, amigos del orden y de la jerarquía social.Su sobrino adivinaba en ellos el coraje del hombre de mar, pero sinjactancia ni acometividad. Su heroísmo era el de los mercaderes, capacesde toda clase de resignaciones mientras su mercancía no corre riesgo,pero que se convierten en fieras si alguien atenta contra sus riquezas.

Los socios del Ateneo, todos viejos, eran los únicos seres masculinosdel pueblo. Aparte de ellos, sólo quedaban los carabineros instaladosen el cuartelillo y varios calafates que hacían resonar sus mazos sobreel casco de una goleta encargada por los hermanos Blanes.

Todos los hombres estaban en el mar. Unos navegaban hacia Américatripulando los bergantines y bric-barcas de la costa catalana. Los mástímidos é infelices pescaban. Otros, más valientes, ansiosos de rápidafortuna, hacían el contrabando por la frontera francesa que empezaba ádesarrollar su litoral al otro lado del promontorio.

En el pueblo sólo había mujeres, mujeres por todas partes: sentadas antelas puertas, haciendo encaje con un colchoncillo cilíndrico sobre lasrodillas, á lo largo del cual tejían los bolillos la tira de primorososcalados; agrupadas en las esquinas, frente al mar solitario dondeestaban sus hombres, hablando con una nerviosidad eléctrica queestallaba de pronto en ruidosas tempestades.

Mosén Jòrdi, el cura párroco, era víctima de este mujerío desbordante,que amargaba su existencia con rivalidades y peleas. El hombre de Diosamaba la soledad tranquila del mar, y despachaba aprisa su misa parainstalarse cuanto antes en un lugar favorable de la costa con sus cañasy sus redes.

Nadie como él conocía el motivo de la irritabilidad femenil querevolucionaba al pueblo. Solas y teniendo que vivir en incesantecontacto, acababan todas ellas por odiarse, como los pasajerosencerrados en un buque durante largos meses. Además, sus hombres lashabían acostumbrado al uso del café, bebida de navegantes, y buscabanengañar su tedio con sendas tazas del espeso líquido.

Todas tenían los ojos empañados por un vapor histérico. Sus labiostemblaban en ciertos instantes con una agitación que parecía reflejarotros estremecimientos inferiores y ocultos. Las manos se hacíanganchudas, acompañando con movimientos agresivos las vibraciones de unavoz aguda y cortante. Casi todos los días las vecinas de media calle sepeleaban con el resto de la calle, las de medio pueblo contra el restodel pueblo. Y el buen Mosén Jòrdi, que tenía la libertad de lenguaje delos castos, la descarada franqueza de los simples, lamentaba á gritos lalocura de estas furias sometidas á su cayado espiritual.

—¡Cuándo volverán los que están en el mar, para que tengamos paz!...¡Cuándo dormirán los hombres en sus casas, para que os hartéis!...

La sabiduría hablaba por su boca. Una tras otra iban desembarcando lastripulaciones al terminar su viaje redondo.

Las calles quedaban limpiasde grupos. Todas las mujeres permanecían ocultas en sus casas ó semostraban luego en las puertas, sonriendo, algo flácidas, con ladelgadez placentera del que acaba de salir de un baño caliente. Y elviejo sacerdote, durante unas semanas, podía pescar en paz, sin tenerque separar á tirones los racimos femeninos, que salían de la pelea conlas greñas revueltas, los ojos amarillos de cólera y la cara chorreandosangre.

Un interés común ponía milagrosamente de acuerdo á este mujerío cuandovivía solo. Los carabineros registraban las casas, buscando los fardosde contrabando traídos por los hombres, y las amazonas empleaban suacometividad nerviosa en el ocultamiento de las mercancías ilegales,haciéndolas pasar de un escondrijo á otro con astucias de salvaje.

Cuando los soldados del fisco llegaban á sospechar que los fardos habíanido á refugiarse en el cementerio, sólo encontraban unas fosas vacías yen el fondo de ellas unos cuantos cigarros entre calaveras que asomabanempotradas en la tierra. El jefe del cuartelillo no se atrevía áregistrar la iglesia, pero miraba de reojo á Mosén Jòrdi, un benditocapaz de permitir que escondiesen el tabaco en los altares á trueque deque le dejasen pescar en paz.

Los ricos vivían con la espalda vuelta al pueblo, contemplando laextensión azul sobre la cual se arriesgaban las casas de madera que erantoda su fortuna. En el verano, la vista del Mediterráneo terso ybrillante les hacía recordar los peligros del invierno.

Hablaban con unterror religioso del viento de tierra, el viento de los Pirineos, la«tramontana», que arrancaba edificios de cuajo y había volcado en laestación próxima trenes enteros. Además, al otro lado del promontorioempezaba el temible golfo del León.

Sobre su fondo, que no iba más alláde noventa metros, se alborotaban las aguas á impulsos del vendaval,levantando tantas olas y tan apretadas, que al chocar unas con otras, noencontrando espacio para caer, se remontaban formando torres.

Este golfo era el rincón más temible del Mediterráneo.

Lostrasatlánticos, al regreso de un viaje feliz al otro hemisferio, seestremecían con la sensación del peligro, y algunas veces volvían atrás.Los capitanes que acababan de atravesar el Atlántico fruncían el ceñocon inquietud.

Desde la puerta del Ateneo, los expertos señalaban las barcas de velalatina que se disponían á doblar el promontorio. Eran laúdes como losque había mandado el patrón Ferragut, embarcaciones de Valencia quellevaban vino á Cette y frutas á Marsella. Al ver al otro lado del cabola superficie azul del golfo sin más accidentes que una ondulación largay pesada prolongándose en el infinito, los valencianos decíanalegremente:

Pasem de presa, que'l lleó dòrm[1].

Ulises tenía un amigo, el secretario del Ayuntamiento, único habitanteque guardaba en su casa algunos libros. Tratado por los ricos con ciertomenosprecio, buscaba al muchacho, por ser el único que le oíaatentamente.

Adoraba el mare nostrum lo mismo que el médico Ferragut, pero suentusiasmo no prestaba atención á las naves fenicias y egipcias que consus quillas habían arado por primera vez estas olas. Igualmente saltabadistraído sobre las trirremes griegas y cartaginesas, las liburnasromanas y las monstruosas galeras de los tiranos de Sicilia, palacios áremo con estatuas, fuentes y jardines. A él sólo le interesaba elMediterráneo de la Edad Media, el de los reyes de Aragón, el marcatalán. Y como si temiese molestar el orgullo regionalista de sujuvenil oyente, el pobre secretario daba explicaciones.

La llamada marina catalana no era sólo de Cataluña: pertenecía á losmonarcas aragoneses, y entraban en ella todos sus Estados marítimos.Cuando los reyes formaban una flota, se componía de tres escuadras:catalana, mallorquina y valenciana.

Las atarazanas de Valencia erancélebres por sus construcciones navales. De ellas salían los mejoresnavíos de la costa española.

«Galera genovesa y navío catalán», decíanlos navegantes de la Edad Media como última expresión del arte naval.

Desde las riberas aragonesas al fondo del mar Negro, todo elMediterráneo se veía surcado por los buques de la marina catalana, querecibían los más diversos nombres. Los ligeros, que se ayudaban conremos, se llamaban galeas y galiotas, leños, corcias, burcias, taridas,fustas mancas, xuseres y saetias. Unos eran de ligna alsata, ó sea conaltas bandas; otros, de ligna plana, ó cubierta corrida. Para lasnavegaciones largas á Berbería y Oriente estaban los guarapos,xalandros, buscios, nizardos, bajeles y cocas. La cabida de estos buquesse marcaba por salmas,

botas

y

cántaros,

que

equivalían

á

las

modernastoneladas. La coca era el navío de línea para los grandes combates y loscargamentos importantes. Las había de dos ó tres cubiertas, y lasarmadas en guerra se llamaban encastilladas, por sus dos castillos áproa y á popa. Además, cubrían su casco sobre la línea de flotación concueros vacunos, excelente coraza para evitar el «fuego griego», botes dematerias inflamables que eran la artillería de entonces.

Roger de Lauria y Conrado Lanza habían venido de la Italia aragonesa áformarse como hombres de mar en la marina catalana.

Génova y Venecia, enriquecidas por las Cruzadas y dueñas de numerosasfactorías en Oriente, veían nacer con inquietud esta tercera potenciamediterránea. La coca catalana anclaba junto á sus naves en los puertosde Egipto, en la marina de Trebisonda, en el frío mar de Azof. Susmercaderes eran audaces para la navegación, ásperos para la ganancia,prontos para la pelea. Tal vez por ser los genoveses de igual carácter ysus vecinos más inmediatos, rompían con ellos. Los astutos venecianos,para arruinar á Génova, ajustaban un tratado en Perpiñán con la marinade Cataluña, y empezaba en el Mediterráneo una de las guerras máscrueles de la Historia, guerra de escuadras numerosas y odio implacable,en la que eran pasadas á cuchillo tripulaciones enteras y los capitanesvencidos morían pendientes de una antena de su buque.

Los choques iniciados frente á Italia iban á terminarse en la costa deAsia. Todo el Mediterráneo servía de palenque.

Catalanes y venecianos buscaban á los genoveses en Negroponto; peroéstos, sintiéndose inferiores, volaban á refugiarse en el Bósforo. Antelas cúpulas de Santa Sofía, á la vista de los aterrados vecinos deConstantinopla, todos estos mediterráneos de la cuenca occidentallibraban la llamada batalla de Pera, carnicería marítima en el estrechobrazo de mar que tiene por orillas los dos continentes. Moría Poncio deSantapáu, el

almirante

catalán;

moría

después

el

almirante

valencianoBernardo Ripoll, y la pérdida de estos jefes daba la victoria á los deGénova.

Pero, un año después, la marina catalana tomaba el desquite en lascostas de Cerdeña, sorprendiendo á la flota genovesa que favorecía lainsurrección del juez de Arborea contra los monarcas de Aragón, señoresde la isla. Ocho mil genoveses quedaban en el fondo del mar, y las navesvencedoras volvían á Barcelona con tres mil quinientos prisioneros ycuarenta y una galeras enemigas.

Con este desastre se iniciaba la decadencia marítima de Génova. Loscatalanes expulsaban á sus mercaderes de Egipto, monopolizando elcomercio de África. Alfonso V de Aragón, el único rey marino de España,empleaba años después el resto de su existencia en expediciones contraGénova. Sus principios eran desgraciados.

Ulises se acordó de su padrino Labarta al oír cómo este amigo del pasadohablaba del combate naval de la isla de Ponza. Aún no había llegado áconsolarse de una derrota ocurrida en 1435.

El rey y todos sus feudatarios aragoneses y sicilianos iban conarmaduras de hierro, lo mismo que para un combate terrestre, y lapesada superioridad de sus armas les hacía ser vencidos por la ligerezay la táctica de las galeras genovesas.

Alfonso V, su hermano el rey deNavarra y todo el cortejo de magnates quedaban prisioneros de laRepública. Asustada ésta por la importancia de su presa, confiaba loscautivos á la guarda del duque de Milán... Pero los monarcas seentienden fácilmente para engañar á los gobiernos democráticos, y elsoberano milanés

daba

suelta

al

rey

de

Aragón

con

todo

suacompañamiento. Luego, éste bloqueaba á Génova con una enorme flota. Lamarina provenzal iba en ayuda de sus vecinos y el rey aragonés forzabael puerto de Marsella, llevándose como trofeo las cadenas que cerrabansu entrada.

Ulises hacía gestos afirmativos. El rey navegante las había depositadoen la catedral de Valencia. Su padrino el poeta se las había enseñado enuna capilla gótica formando una guirnalda de hierro sobre los negrossillares.

Cuando Génova, agotada, iba á entregarse, moría Alfonso el Magnánimo, ysus sucesores olvidaban las rivalidades con la República, para dedicarseá las guerras por el dominio de Nápoles.

La marina catalana aún siguió dominando el Mediterráneo comercialmente.A sus antiguos buques agregó las galeras gruesas y las galeras sutiles,las tafureyas, panfiles, rampines y carabelas.

—Pero Colón—añadía tristemente el catalán—descubrió las Indias, dandoun golpe de muerte á la riqueza marítima del Mediterráneo. Además,Aragón y Castilla se juntaron, y la vida y el poder fueron contrayéndoseal centro de la Península, lejos de todo mar.

De ser Barcelona la capital de España, ésta habría conservado ladominación mediterránea. De serlo Lisboa, el imperio colonial españolhabría resultado algo orgánico, sólido, con vida robusta.

Pero ¿quépodía esperarse de una nación que había puesto su cabeza en la almohadade las amarillas estepas interiores, lo más lejos posible de los caminosdel mundo, y sólo enseñaba sus pies á las olas?...

El catalán terminaba hablando tristemente de la decadencia de la marinamediterránea: combates aislados con los berberiscos de galera á galera;expediciones inútiles á la costa de África; hazañas de Barceló, elmarino mallorquín; navegaciones comerciales en polacras, tartanas,pingües, londros, laúdes y canarios.

Todo lo que daba placer á sus gustos lo hacía remontar á los buenostiempos de la dominación del Mediterráneo por la marina catalana. Un díaofreció á Ulises un vino dulce y perfumado.

—Es malvasía. Las primeras cepas las trajeron los almogávares deGrecia.

Luego dijo, para halagar al muchacho:

—Vecino de Valencia fué Ramón Muntaner, el que escribió la expediciónde catalanes y aragoneses á Constantinopla.

Se entusiasmaba con el recuerdo de esta novelesca aventura, la másinaudita de la Historia, admirando de paso al almogávar cronista, Homerorudo en el contar, Ulises y Néstor en el consejo, Aquiles en la duraacción.

La impaciencia de doña Cristina por reunirse con su marido y devolverlelas comodidades de una casa bien gobernada arrancó á Ulises de esta vidade la costa.

Durante varios años no vió otro mar que el del golfo valenciano. Elnotario se opuso con diversos pretextos á que el médico se llevase otravez á su sobrino. Y el Tritón menudeó los viajes á Valencia,arrostrando todos los inconvenientes y peligros de estas aventurasterrestres, á impulsos de su desorientada paternidad de célibe.

El y Labarta, al ocuparse del porvenir de Ulises, tomaban cierto aire debondadosos regentes encargados del gobierno de un pequeño príncipe. Elmuchacho parecía pertenecerles á ellos más que al padre. Sus estudios ysu futuro destino ocupaban las conversaciones de sobremesa cuando elmédico estaba en la ciudad.

Don Esteban sentía cierta satisfacción en molestar á su hermano haciendoel elogio de una existencia sedentaria y fructuosa.

Allá en las costas de Cataluña vivían sus cuñados los Blanes, unosverdaderos lobos de mar. Esto último no lo podría contradecir el médico.Pues bien; sus hijos estaban en Barcelona, unos como dependientes decomercio, otros plumeando en el despacho de su tío el rico. Todos eranhijos de marinos, y sin embargo se habían emancipado del mar. En tierrafirme estaban los negocios. Sólo las cabezas locas podían pensar enbarcos y aventuras.

El Tritón sonreía humildemente ante estas alusiones y cruzaba miradascon su sobrino.

Un secreto existía entre los dos. Ulises, que terminaba su bachillerato,asistía al mismo tiempo en el Instituto á los cursos de pilotaje. Dosaños le bastaban para completar estos estudios.

El tío le habíafacilitado las matrículas y los libros, recomendándolo además á uno delos profesores, antiguo compañero de navegación.

III

PATER OCEANUS

Cuando murió casi repentinamente don Esteban Ferragut, su hijo teníadiez y ocho años y estudiaba en la Universidad.

En sus últimos tiempos, el notario llegó á sospechar que Ulises no iba áser el jurisconsulto célebre que él había soñado. Huía de las clases,para pasar la mañana en el puerto ejercitándose en el remo. Si entrabaen la Universidad, los bedeles le vigilaban, temiendo la largura de susmanos. El se creía un marino, é imitaba á los hombres de mar, que,acostumbrados á medirse con los elementos, consideran poca cosa reñircon un hombre.

Con violentas alternativas de estudio y de holganza se aproximabatrabajosamente al término de su carrera, cuando una angina de pechoacabó de pronto con el notario.

Doña Cristina, al salir de la estupefacción de su dolor, miró en tornode ella con extrañeza. ¿Por qué seguir en Valencia?...

Quiso reunirsecon los suyos al verse sin el hombre que la había trasplantado á estepaís. El poeta Labarta cuidaría de sus bienes, que no eran tancuantiosos como lo hacía esperar el rendimiento de la notaría. DonEsteban había sufrido grandes pérdidas en negocios extravagantesaceptados por bondad; pero aun así, dejaba fortuna suficiente para quela esposa viviese una desahogada viudez entre sus parientes deBarcelona.

La pobre señora no sufrió otra contrariedad en el arreglo de su nuevaexistencia que la rebeldía de Ulises. Se negaba á continuar su carrera:quería embarcarse, alegando que para esto se había hecho piloto. En vanodoña Cristina impetró el auxilio de parientes y amigos, prescindiendodel Tritón, pues adivinaba su respuesta. El hermano rico de Barcelonafué breve y afirmativo:

«¿Si eso le da dinero?...» Los Blanes de lacosta mostraron un sombrío fatalismo. Era inútil oponerse si el muchachosentía vocación. El mar agarra bien á sus elegidos, y no hay poderhumano que logre desasirlos. Por eso ellos, que ya eran viejos, no oíaná sus hijos que les llamaban á las comodidades de la capital.Necesitaban vivir junto á la costa, en agradecido contacto con elmonstruo obscuro y pesado que les había mecido maternalmente, cuando contanta facilidad podía haberlos hecho pedazos.

El único que protestó fué Labarta. «¿Marino?... Sea en buen hora; peromarino de guerra, oficial de la Real Armada.» Y el poeta veía su ahijadorevestido de los esplendores de una bélica elegancia: levita azul conbotón de oro todos los días, y en las fiestas casaca de galones yvueltas rojas, sombrero de picos, sable...

Ulises levantó los hombros ante tales grandezas. Tenía demasiados añospara entrar en la Escuela Naval. Además, quería navegar por todos losocéanos, y aquellos marinos sólo tenían ocasión de ir de un puerto áotro, como las gentes de cabotaje, ó pasaban años y años sentados en unministerio. Para envejecer como un oficinista, era preferiblereconquistar la notaría de su padre.

Al verse doña Cristina bien instalada en Barcelona, con una corte desobrinos que adulaban á la tía rica de Valencia, su hijo se embarcó comoaspirante en un trasatlántico que hacía viajes regulares á Cuba y losEstados Unidos. Así empezaron las navegaciones de Ulises Ferragut, quesólo habían de terminar con su muerte.

El orgullo de su familia le colocó en un vapor de lujo, un buque-correolleno de pasajeros, un hotel flotante, en el que los oficiales teníanalgo de gerentes de «Palace» y la verdadera importancia correspondía álos maquinistas, que andaban siempre por abajo y al volver á la luzquedaban modestamente en segundo término, por una ley de jerarquíasanterior á los progresos de la mecánica.

Pasó por el Océano varias veces como se pasa ante un paisaje terrestre átoda la velocidad de un tren expreso. La calma augusta del mar seborraba con el batir de las hélices y el ruido sordo de las máquinas.Por azul que fuese el cielo, siempre lo empañaba un crespón flotantesalido de las chimeneas. Envidiaba á los buques veleros que eltrasatlántico dejaba atrás. Eran iguales á los caminantes reflexivos,que se saturan del paisaje y entran en largo contacto con su alma. Lasgentes del vapor vivían como los viajeros terrestres que contemplanadormecidos desde las ventanillas de los vagones una sucesión de vistaspálidas y vertiginosas rayadas por los hilos telegráficos.

Terminadas sus pruebas de aspirante, fué segundo piloto de una fragataque iba á la Argentina para cargar trigo en Bahía Blanca. Las lentassingladuras en días de poco viento, las largas calmas ecuatoriales, lepermitieron penetrar un poco en los misterios de la inmensidad oceánica,amarga y obscura, que había sido para los pueblos antiguos la «noche delabismo», el

«mar de las tinieblas», el dragón azul que diariamente setraga al sol.

Ya no vió en el padre Océano el dios caprichoso y tiránico de lospoetas. Todo funcionaba en sus entrañas con una regularidad vital,sujeto á las leyes generales de la existencia. Hasta las tempestadesrugían

dentro

del

cuadriculado

de

una

reglamentación.

Los dulces vientos alisios empujaban al buque hacia el Sudoeste,manteniendo una serenidad paradisíaca en el cielo y en el mar. Ante laproa chisporroteaban las alas de tafetán de los peces voladores,abriéndose sus enjambres como escuadrillas de diminutos aeroplanos.

Sobre la arboladura cubierta de lonas trazaban largos círculos losalbatros, águilas del desierto atlántico, extendiendo en el purísimoazul el enorme velamen de sus alas. De tarde en tarde encontraba elbuque praderas flotantes, extensos campos de algas despegadas del mar delos Sargazos. Tortugas enormes dormitaban hundidas en estas hierbas,sirviendo de isla de reposo á las gaviotas posadas en su caparazón. Unasalgas eran verdes, nutridas por el agua luminosa de la superficie; otrastenían el color rojo de las profundidades, adonde llegan mortecinos yenfriados los últimos rayos del sol. Como frutos de la pradera oceánica,flotaban apretados racimos de uvas obscuras, cápsulas coriáceas repletasde agua salobre.

Al aproximarse á la línea ecuatorial, la brisa iba cayendo y laatmósfera se hacía sofocante. Era la zona de las calmas, el Océano deaceite obscuro, en el que permanecen los buques semanas enteras con elvelamen rígido, sin que lo haga estremecer un suspiro atmosférico.

Nubes de color de hulla reflejaban en el mar su lento arrastre; lluviasazotantes se derramaban sobre la cubierta, seguidas de un solincendiario que á los pocos minutos era borrado por un nuevo aguacero.Estas nubes preñadas de cataratas, esta noche tendida en pleno sol sobreel Atlántico, habían sido el terror de los antiguos. Y sin embargo,merced á tales fenómenos podían los navegantes pasar de un hemisferio áotro sin que la luz los hiriese de muerte, sin que el mar quemase comoun espejo de fuego. El calor de la Línea, elevando el agua en vapores,formaba una banda sombría en torno de la tierra. Desde los otros mundosdebía verse con un cinturón de nubes, casi semejante á los anillossiderales.

En este mar sombrío y caliente estaba el corazón del Océano, el centrode la vida circulatoria del planeta. El cielo era un regulador que,absorbiendo y devolviendo, equilibraba la evaporación. De allí seexpedían las lluvias y los rocíos á todo el resto de la tierra,modificando sus temperaturas favorablemente para el desarrollo deanimales y vegetales. Allí se cambiaban los vapores de dos mundos, y elagua del hemisferio Sur—el hemisferio de los grandes mares, sin otrosrelieves que los triángulos extremos de África y América y las gibas delos archipiélagos oceánicos—iba á reforzar, convertida en nubes, losríos y arroyos del hemisferio Norte, ocupado en su mayor parte por latierras habitadas.

De esta zona ecuatorial, corazón del globo, partían dos ríos de aguatibia, que iban á calentar las costas del Norte. Eran dos corrientes quearrancaban del golfo de Méjico y del mar de Java.

Su enorme masalíquida, huyendo sin cesar del Ecuador, determinaba un vasto llamamientode agua de los polos que venía á ocupar su espacio. Y estas corrientesfrías y más dulces se precipitaban en el hogar eléctrico de la Línea,que las calentaba y salaba de nuevo, renovando la vida mundial con susístole y su diástole.

El Océano comprimía en vano á los dos ríos cálidos, sin llegar áconfundirse con ellos. Eran torrentes de un intenso azul, casi negro,que corrían á través de las aguas verdes y frías. Antes que admitir áéstas, el río azul se acumulaba en su curso formando un dorso, unabóveda, con dos pendientes por las que resbalaban los cuerpos.

La corriente atlántica, al llegar á Terranova, se abría de brazos,enviando uno de ellos al mar del Polo. Con el otro, débil y rendido porel largo viaje, modificaba la temperatura de las islas Británicas,entibiando dulcemente las costas de Noruega. La corriente indiánica, quelos japoneses llamaban «el río negro» á causa de su color, circulabaentre las islas, manteniendo más tiempo que la otra sus potenciasprodigiosas de creación y agitación, lo que le permitía trazar sobre elplaneta una enorme cola de vida.

Su centro era el apogeo de la energía terrestre en creaciones vegetalesy animales, en monstruos y pescados. Uno de sus brazos, escapando alSur, formaba el mundo misterioso del mar de Coral. En un espacio grandecomo cuatro continentes, los pólipos, fortalecidos por el agua tibia,levantaban millares de atolones, islas anilladas, bancos y arrecifes,pilares submarinos, terror de la navegación, que, al ligarse entre sícon un trabajo milenario, iban á crear una nueva tierra, un continentede recambio, por si la especie humana perdía en un cataclismo su zócaloactual.

El pulso del dios azul eran las mareas. La tierra se volvía hacia laluna y los astros con una rotación simpática igual á la de las floresque se vuelven hacia el sol. Todo lo que en ella hay de más móvil—lamasa flúida de la atmósfera—se dilataba dos veces diariamente, hinchadosu seno, y esta succión atmosférica, obra de la atracción universal, sereflejaba en las aguas, conmoviéndolas. Los mares cerrados como elMediterráneo apenas sentían sus efectos. Las mareas se detenían á supuerta.

Pero en las costas oceánicas la pulsación marina alborotaba elejército de las olas, lanzándolas diariamente al asalto de losacantilados, haciéndolas rugir con babeos de furor entre islas,promontorios y estrechos, impulsándolas á tragarse extensas tierras, quedevolvían horas después.

Este mar salado, como nuestra sangre, que tiene un corazón, un pulso yuna circulación de dos sangres distintas, renovadas y transformadasincesantemente, se encolerizaba lo mismo que una criatura orgánicacuando á las corrientes horizontales de su seno venían á añadirse lascorrientes verticales descendidas de la atmósfera. Las violenciaspasajeras de los vientos, las crisis de la evaporación, las obscurasfuerzas eléctricas, producían las tempestades.

No eran mas que estremecimientos cutáneos. La tormenta mortal para loshombres sólo contraía la epidermis marina, mientras la masa profunda desus aguas permanecía en lóbrega calma, para cumplir la gran función deamamantar y renovar los seres. El padre Océano desconocía la existenciade los infusorios humanos

que

osaban

deslizarse

por

su

superficie

enmicroscópicos cascarones. No se enteraba de los incidentes que podíandesarrollarse en el techo de su vivienda. Su vida continuabaequilibrada, calmosa, infinita, engendrando millones de millones deseres por milésima de segundo.

La majestad del Atlántico en las noches tropicales hacía olvidar áUlises las cóleras de sus días negros. Bajo la luna, era una praderainmensa de plata viva cortada por serpenteos de sombra.

Sus

ondulacionespastosas,

repletas

de

vida

microscópica,

iluminaban

las

noches.

Losinfusorios,

estremecidos de amor, ardían con azulada fosforescencia. Elmar era de leche luminosa. Las espumas, al romperse contra la proa,brillaban

como

fragmentos

de

globos

eléctricos

agonizantes.

Cuando la tranquilidad era absoluta y el buque se mantenía inmóvil, conlas velas caídas, pasando lentamente las estrellas de un lado á otro desus mástiles, las delicadas medusas, que la más leve ola puededesgarrar, subían á la superficie, flotando entre dos aguas en torno dela isla de madera. Eran miles de sombrillas que desfilaban lentamente:verdes, azules, rosadas, con una coloración vagorosa semejante á la delas luces de aceite; una procesión japonesa vista desde lo alto, que seperdía por un lado en el misterio de las aguas negras y llegabaincesantemente por el lado opuesto.

El joven piloto amaba la navegación á vela, las luchas con el viento, lasoledad de las calmas. Estaba más cerca del Océano que en el puente deun trasatlántico. La fragata no levantaba espumarajos de rabiosopaleteo. Se deslizaba discretamente en el silencio marítimo que guardael secreto de los primeros milenarios de la tierra recién nacida. Loshabitantes oceánicos se aproximaban á ella confiadamente al verlacabecear como un cetáceo mudo é inofensivo.

En seis años cambió Ulises muchas veces de buque. Había aprendido elinglés, lengua universal de los dominios azules, y se recreaba con elestudio de las cartas de Maury, el Evangelio de los navegantes á vela,obra paciente de un genio obscuro que arrancó por primera vez al Océanoy á la atmósfera el secreto de sus leyes.

Deseoso de conocer nuevos mares y nuevas tierras, no reparaba en lalongitud de los viajes ni en los puertos de destino.

Los capitanesbritánicos, noruegos y norteamericanos acogían con gusto á este oficialde buenas maneras, poco exigente en la retribución. Así vagó Ulisessobre los océanos, como el rey de Itaca sobre el Mediterráneo, guiadopor una fatalidad que lo alejaba de su patria con rudo empellón cada vezque se proponía regresar á ella. La vista de un buque anclado junto alsuyo y próximo á partir con lejano destino era para él una tentación quele hacía olvidar la vuelta á España.

Navegó en barcos sucios, viejos y alegres, donde los tripulantessoltaban todas las velas al temporal y luego de embriagarse se dormíanconfiados en el diablo, amigo de los bravos, que los despertaría á lamañana siguiente. Vivió en buques blancos, silenciosos y limpios comouna casa holandesa, cuyos capitanes llevaban con ellos á la esposa y loshijos. Unas camareras de albos delantales cuidaban de la cocina y elaseo de este hogar flotante, compartiendo los peligros de los marinerosrojos y tranquilos, exentos de las tentaciones que provoca el roce de lamujer. Los domingos, bajo el sol de los trópicos ó á la luz cenicientade los cielos septentrionales, el contramaestre leía la Biblia. Loshombres escuchaban reflexivos, con la cabeza descubierta. Las mujeres sehabían vestido de negro, con una cofia de puntillas y las manosenmitonadas.

Fué á Terranova á cargar bacalao. Allí era donde la corriente cálida delgolfo de Méjico se encontraba con la fría del Polo. En el choque deestos dos ríos marinos, los infinitos seres que arrastra el GulfStream desde los mares tropicales morían súbitamente helados. Unalluvia de pequeños cadáveres descendía á través de las aguas. Losbacalaos se aglomeraban para nutrirse con este maná, y era tan espeso,que gran parte de él, librándose de las ávidas mandíbulas, iba ádepositarse en el fondo como una nevada caliza.

En Islandia—la «última Thule» de los antiguos—le enseñaron trozos decaoba que la corriente ecuatorial había arrastrado desde las Antillas.En las costas de Noruega admiró la fecundidad formidable del mar viendolos arenques en marcha.

De su refugio en las tenebrosas profundidades subían á la superficie,agitados por la primavera, deseosos de tomar su parte en la alegría deluniverso. Nadaban unos contra otros, oprimidos, compactos, formandobancos, como pedazos de playa que se hubiesen soltado á navegar.Parecían una isla que emerge ó un continente que empieza á hundirse. Enlos pasajes estrechos eran tantos, que las aguas se solidificaban,dificultando el avance á remo. Su número escapaba á los límites de todocálculo, como las arenas y las estrellas.

Hombres y peces carnívoros caían sobre ellos abriendo anchos surcos

dedestrucción.

Pero

las

brechas

se

cerraban

instantáneamente, y el bancoviviente seguía su camino cada vez más denso, como si desafiase á lamuerte. Cuantos más destruían los enemigos, más numerosos eran. Lascolumnas en marcha, espesas y profundas, copulaban y se reproducían sindetenerse.

El amor era para ellos una navegación, y en su ruta ibanderramando torrentes de fecundidad. El agua desaparecía bajo laabundancia del flujo materno, en el que nadaban racimos de huevos. Alsurgir el sol, el mar aparecía blanco hasta perderse de vista: blanco dejugo masculino. Las olas eran grasientas y viscosas, repletas de vidaque fermentaba rápidamente. En un espacio de centenares de leguas, elsalado Océano era de leche.

La fecundidad de estas tierras animales ponía en peligro al mundo. Cadaindividuo podía producir hasta sesenta mil huevos.

Pocas generacionesbastaban para llenar el Océano, hacerlo sólido, pudrirlo, suprimiendolos demás seres, despoblando el globo... Pero la muerte se encargaba desalvar la vida universal.

Los cetáceos se hundían en este espesorviviente y con sus bocas insaciables

absorbían

el