Mare Nostrum by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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VICENTE BLASCO IBAÑEZ

M A R E

N O S T R U M

(NOVELA)

95.OOO EJEMPLARES

PROMETEO

Gemanías, 33.—VALENCIA

(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.—Reservados todos los derechos de reproducción, traduccióny adaptación.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.

INDICE

I. —El capitán Ulises Ferragut.

II. —Mater Anfitrita.

III. —Pater Oceanus.

IV. —Freya.

V. —El Acuario de Nápoles.

VI. —Los artificios de Circe.

VII. —El pecado de Ferragut.

VIII. —El joven Telémaco.

IX. —El encuentro de Marsella.

X. —En Barcelona.

XI. —«Adiós. Voy á morir».

XII. —¡Anfitrita!... ¡Anfitrita!

M A R E N O S T R U M

I

EL CAPITÁN ULISES FERRAGUT

Sus primeros amores fueron con una emperatriz.

El tenía diez años y la emperatriz seiscientos. Su padre, don EstebanFerragut—tercera cuota del Colegio de Notarios de Valencia—, admirabalas cosas del pasado.

Vivía cerca de la catedral, y los domingos y fiestas de guardar, en vezde seguir á los fieles que acudían á los aparatosos oficios presididospor el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su mujer y su hijo á oírmisa en San Juan del Hospital, iglesia pequeña, rara vez concurrida enel resto de la semana.

El notario, que en su juventud había leído á Wálter Scott, experimentabala dulce impresión del que vuelve á su país de origen al ver las paredesque rodean el templo, viejas y con almenas. La Edad Media era el períodoen que habría querido vivir. Y el buen don Esteban, pequeño, rechoncho ymiope, sentía en su interior un alma de héroe nacido demasiado tarde alpisar las seculares losas del templo de los Hospitalarios. Las otrasiglesias enormes y ricas le parecían monumentos de insípida vulgaridad,con sus fulguraciones de oro, sus escarolados de alabastro y suscolumnas de jaspe. Esta la habían levantado los caballeros de San Juan,que, unidos á los del Temple, ayudaron al rey don Jaime en la conquistade Valencia.

Al atravesar un pasillo cubierto, desde la calle al patio interior,saludaba á la Virgen de la Reconquista traída por los freires de labelicosa Orden: imagen de piedra tosca, con colores y oros imprecisos,sentada en un sitial románico. Unos naranjos agrios destacaban su verderamazón sobre los muros de la iglesia, ennegrecida sillería perforadapor largos ventanales cegados con tapia. De los estribos salientes de surefuerzo surgían, en lo más alto, monstruosos endriagos de piedra,carcomida.

En su nave única quedaba muy poco de este exterior romántico. El gustobarroco del siglo XVII había ocultado la bóveda ojival bajo otra demedio punto, cubriendo además las paredes con un revoque de yeso. Perosobrevivían á la despiadada restauración los retablos medioevales, losblasones nobiliarios, los sepulcros de los caballeros de San Juan coninscripciones góticas, y esto bastaba para mantener despierto elentusiasmo del notario.

Había que añadir además la calidad de los fieles que asistían á susoficios. Eran pocos y escogidos; siempre los mismos. Unos se dejabancaer en su asiento, flácidos y gotosos, sostenidos por un criado viejo ópor la esposa, que iba con pobre mantilla, lo mismo que una ama degobierno. Otros oían la misa de pie, irguiendo su descarnada cabeza, quepresentaba un perfil de pájaro de combate, cruzando sobre el pecho lasmanos siempre negras, enguantadas de lana en el invierno y de hilo en elverano.

Los nombres de todos ellos los conocía Ferragut por haberlosleído en las Trovas de Mosén Febrer, métrico relato en lemosín de loshombres de guerra que vinieron al cerco de Valencia desde Aragón,Cataluña, el Sur de Francia, Inglaterra y la remota Alemania.

Al terminar la misa, los imponentes personajes movían la cabezasaludando á los fieles más cercanos. «Buenos días.» Para ellos era comosi acabase de salir el sol: las horas de antes no contaban. Y elnotario, con voz melosa, ampliaba su respuesta:

«Buenos días, señormarqués.» «Buenos días, señor barón.» Sus relaciones no iban más allá;pero Ferragut sentía por los nobles personajes la simpatía que sientenlos parroquianos de un establecimiento, acostumbrados á mirarse duranteaños con ojos afectuosos, pero sin cruzar mas que un saludo.

Su hijo Ulises se aburría en la iglesia obscura y casi desierta,siguiendo los monótonos incidentes de una misa cantada. Los rayos delsol, chorros oblicuos de oro que venían de lo alto iluminando espiralesde polvo, moscas y polillas, le hacían pensar nostálgicamente en lasmanchas verdes de la huerta, las manchas blancas de los caseríos, lospenachos negros del puerto, repleto de vapores, y la triple fila deconvexidades azules coronadas de espuma que venían á deshacerse concadencioso estruendo sobre la playa color de bronce.

Cuando dejaban de brillar las capas bordadas de los tres sacerdotes delaltar mayor y aparecía en el púlpito otro sacerdote blanco y negro,Ulises volvía la vista á una capilla lateral. El sermón representabapara él media hora de somnolencia poblada de esfuerzos imaginativos. Loprimero que buscaban sus ojos en la capilla de Santa Bárbara era unaarca clavada en la pared á gran altura, un sepulcro de madera pintada,sin otro adorno que esta inscripción: Aquí yace doña Constanza Augusta,Emperatriz de Grecia.

El nombre de Grecia tenía el poder de excitar la fantasía del pequeño.También su padrino, el abogado Labarta, poeta laureado, no podía repetireste nombre sin que una contracción fervorosa pasase por su barba entrecana y una luz nueva por sus ojos. Algunas veces, al poder misterioso detal nombre se yuxtaponía

un

nuevo

misterio

más

obscuro

y

de

angustiosointerés: Bizancio. ¿Cómo aquella señora augusta, soberana de remotospaíses de magnificencia y de ensueño, había venido á dejar sus huesos enuna lóbrega capilla de Valencia, dentro de un arcón semejante á los queguardaban retazos y cachivaches en los desvanes del notario?...

Un día, después de la misa, don Esteban le había contado su historiarápidamente. Era hija de Federico II de Suabia, un Hohenstaufen, unemperador de Alemania, pero que estimaba en más su corona de Sicilia.Había llevado en los palacios de Palermo—verdaderas ruzafas por susorientales jardines—una existencia de pagano y de sabio, rodeado depoetas y hombres de ciencia (judíos, mahometanos y cristianos), debayaderas, de alquimistas y de feroces guardias sarracenos. Legisló comolos jurisconsultos de la antigua Roma, escribiendo al mismo tiempo losprimeros versos en italiano. Su vida fué un continuo combate con losPapas, que lanzaban contra él excomunión sobre excomunión. Para obtenerla paz se hacía cruzado y marchaba á la conquista de Jerusalén. PeroSaladino, otro filósofo de la misma clase, se ponía rápidamente deacuerdo con su colega cristiano. La posesión de una pequeña ciudadrodeada de eriales y con un sepulcro vacío no valía la pena de que loshombres se degollasen

durante

siglos.

El

monarca

sarraceno

le

entregabaJerusalén graciosamente, y el Papa volvía á excomulgar á Federico porhaber conquistado los Santos Lugares sin derramamiento de sangre.

—Fué un grande hombre—murmuraba don Esteban—. Hay que reconocer quefué un grande hombre...

Lo decía tímidamente, sintiendo que sus entusiasmos por aquella épocaremota le obligasen á hacer esta concesión á un enemigo de la Iglesia.Se estremecía al pensar en los libros blasfematorios, que nadie habíavisto, pero cuya paternidad atribuía Roma al emperador siciliano:especialmente el de Los tres impostores, en el que Federico medía conel mismo rasero á Moisés, Jesús y Mahoma. Este escritor coronado era elperiodista más antiguo de la Historia: el primero que en pleno sigloXIII había osado apelar al juicio de la opinión pública en susmanifiestos contra Roma.

Su hija la había casado con un emperador de Bizancio, Juan DukasVatatzés, el famoso «Vatacio», cuando éste tenía cincuenta años y ellacatorce. Era una hija natural, legitimada luego, como casi toda suprole: un producto de su harén libre, en el que se mezclaban beldadessarracenas y marquesas italianas.

Y la pobre joven, casada con «Vatacioel Herético» por un padre necesitado de alianzas, había vivido largosaños en Oriente con toda la pompa de una basilisa, envuelta envestiduras de rígidos bordados que representaban escenas de los librossantos, calzada con borceguíes de púrpura que llevaban en las suelaságuilas de oro, último símbolo de la majestad de Roma.

Primeramente había reinado en Nicea, refugio de los emperadores griegosmientras Constantinopla estuvo en poder de los cruzados, fundadores deuna dinastía latina; luego, cuando, muerto Vatacio, el audaz MiguelPaleólogo reconquistaba Constantinopla, la viuda imperial se veíasolicitada por este aventurero victorioso. Durante varios años resistióá sus pretensiones, consiguiendo al fin que su hermano Manfredo, nuevorey de Sicilia, la devolviese á su patria. Federico había muerto;Manfredo hacía frente á las tropas pontificales y á la cruzada francesaque habían levantado los Papas ofreciendo al rudo Carlos de Anjou lacorona de Sicilia. La pobre emperatriz griega llegaba á tiempo pararecibir la noticia de la muerte de su hermano en una batalla y seguir lafuga de su cuñada y sus sobrinos. Todos se refugiaban en Lucera deiPagani, castillo defendido por los sarracenos al servicio de Federico,únicos fieles á su memoria.

El castillo caía en poder de los guerreros de la Iglesia, y la esposa deManfredo era conducida á una prisión, donde se extinguía su vida al pocotiempo. La obscuridad tragaba los últimos restos de la familia maldecidapor Roma. La muerte rondaba en torno de la basilisa. Todos perecían: suhermano Manfredo, su hermanastro el poético y lamentable Encio, héroe detantas canciones. Su sobrino el caballeresco Coradino iba á morir másadelante bajo el hacha del verdugo al intentar la defensa de susderechos. Como la emperatriz oriental no representaba ningún peligropara la dinastía de Anjou, el vencedor la dejaba seguir su destino solay desamparada, como una princesa de Shakespeare.

Viuda del emperador Juan Dukas, tenía el señorío de tres villasimportantes de Anatolia, con una renta de tres mil besantes de oro fino.Pero esta renta lejana, no llegaba nunca. Y casi de limosna se embarcóen una nave que hacía rumbo á las perfumadas orillas del golfo deValencia. Su sobrina Constanza, hija de Manfredo, estaba casada con elinfante don Pedro de Aragón, hijo de don Jaime. La basilisa se instalabaen Valencia, recién conquistada. Su sobrino el futuro Pedro III, queintervenía en el gobierno por la ancianidad de su padre, le ofrecióEstados; pero cansada de una vida de aventuras, prefería entrar en elconvento de Santa Bárbara.

Ultima representante del glorioso Federico, ella y su sobrina Constanzatransmitían á Pedro III los derechos sobre Sicilia, y el grave y tenazmonarca aragonés los reivindicaba años adelante, apoderándose de la islaluego de las famosas Vísperas Sicilianas.

La pobre emperatriz vivióhasta el siglo siguiente en la pobreza de un convento recién fundado,recordando las aventuras de su destino melancólico, viendo con laimaginación el palacio de mosaicos de oro junto al lago de Nicea, losjardines donde Vatacio había querido morir bajo una tienda de púrpura,las gigantescas murallas de Constantinopla, las bóvedas de Santa Sofía,con sus teorías hieráticas de santos y basileos coronados.

De todos sus viajes y sus fortunas esplendorosas sólo había conservadouna piedra, único equipaje que la acompañó al saltar en la playa deValencia. Era un fragmento de una roca de Nicodemia que manó aguamilagrosamente para el bautismo de Santa Bárbara. El notario mostraba ásu hijo el sagrado pedrusco incrustado sobre una pileta de agua bendita.En la misma capilla estaba la tumba de otra princesa, hija del basileoTeodoro Lascaris, que había venido á reunirse con su tía en el lejanodestierro.

Ulises, sin dejar de admirar los conocimientos históricos de su padre,los acogía con cierta ingratitud.

—Mi padrino me explicará mejor esto... Mi padrino sabe más.

Cuando miraba la capilla de Santa Bárbara en el transcurso de la misa,sus ojos huían del fúnebre arcón. Le inspiraba repugnancia el pensar enlos huesos hechos polvo. Aquella doña Constanza no existía. La que leinteresaba era la otra, la que estaba un poco más allá, pintada en unpequeño cuadro. Doña Constanza tuvo lepra—enfermedad que en aquellostiempos no perdonaba

á

las

emperatrices—,

y

Santa

Bárbara

curómilagrosamente á su devota. Para perpetuar este suceso, allí estabaSanta Bárbara en el cuadro, vestida con ancha saya y mangas de farolacuchilladas, lo mismo que una dama del siglo XV, y á sus pies labasilisa con traje de labradora valenciana y gruesas joyas. En vanoafirmó don Esteban que este cuadro había sido pintado siglos después dela muerte de la emperatriz. La imaginación del niño saltabadesdeñosamente sobre estos reparos. Así había sido doña Constanza, talcomo aparecía en el lienzo, pelirrubia y con enormes ojos negros,guapetona, un poco llena de carnes, como conviene á una mujeracostumbrada á arrastrar mantos regios y que sólo por devoción accede ádisfrazarse de campesina.

La imagen de la emperatriz llenó su pensamiento infantil. Por lasnoches, cuando sentía miedo en la cama, impresionado por la enormidaddel salón que le servía de alcoba, le bastaba hacer memoria

de

lasoberana

de

Bizancio

para

olvidar

inmediatamente sus inquietudes y losmil ruidos extraños del viejo edificio. «¡Doña Constanza!...» Se dormíaabrazado á la almohada, como si ésta fuese la cabeza de la basilisa. Susojos cerrados veían las negras pupilas de la regia señora, maternales yamorosas.

Todas las mujeres, al aproximarse á él, tomaban algo de aquella otra quedormía seis siglos en lo alto de un muro.

Cuando su madre, la dulce y pálida doña Cristina, dejaba por un instantesus labores y le daba un beso, veía en su sonrisa algo de la emperatriz.Cuando Visanteta, una criada de la huerta, morena, con ojos de zarzamoray una piel ardorosa y fina, le ayudaba á desnudarse ó le despertaba parallevarle al colegio, Ulises tendía los brazos en torno de ella conrepentino entusiasmo, como si le

embriagase el perfume de

animalidadvigorosa y púdica que exhalaba la muchacha.

«¡Visanteta!... ¡Oh,Visanteta!...» Y pensaba en doña Constanza.

Así debían oler lasemperatrices, así debía ser el contacto de su epidermis.

Estremecimientos misteriosos é incomprensibles atravesaban su cuerpocomo ligeros vapores, como débiles burbujas del légamo que duerme en elfondo de toda infancia y se remonta á la superficie con lasfermentaciones de la juventud.

Su padre adivinaba una parte de esta vida imaginativa al ver sus juegosy lecturas.

—¡Ah, comediante!... ¡Ah, historiero!... Eres igual á tu padrino.

Decía esto con una sonrisa ambigua en la que entraban igualmente sumenosprecio por los idealismos inútiles y su respeto á los artistas; unrespeto semejante á la veneración que sienten los árabes por los locos,viendo en su demencia un regalo de Dios.

Doña Cristina ansiaba que este hijo único, objeto de mimos y cuidadoscomo un príncipe heredero, fuese sacerdote. ¡Verle cantar la primeramisa!... Luego canónigo; luego prelado. ¡Quién sabe si, cuando ella noexistiese, otras mujeres le admirarían precedido de una cruz de oro,arrastrando el manto rojo de cardenal-arzobispo,

rodeado

de

un

estadomayor

de

sobrepellices, y envidiarían á la madre que había dado á luzeste magnate eclesiástico!...

Para guiar las aficiones de su hijo había instalado una iglesia en unode los salones inútiles del caserón. Los compañeros de colegio de Ulisesacudían en las tardes libres, atraídos doblemente por el encanto de«jugar á los curas» y por la merienda generosa que preparaba doñaCristina para dejar satisfecho á todo el clero parroquial.

La solemnidad empezaba por el furioso volteo de unas campanas montadasen una puerta del salón. Los clientes del notario, sentados en elentresuelo en espera de los papeles que acababan de garrapatear á todaprisa los escribientes, levantaban la cabeza con asombro. El metálicoestrépito hacía temblar aquel edificio, cuyos rincones parecían repletosde silencio, y conmovía la calle, por la que sólo de tarde en tardepasaba un carruaje.

Mientras unos encendían las velas del altar y desdoblaban los sagradosmanteles con primorosas randas, obra de doña Cristina, el hijo y susamigos más íntimos se revestían á la vista de los fieles, cubriéndosecon albas y doradas casullas, colocando en sus cabezas graciososbonetes. La madre, que espiaba detrás de una puerta, tenía que haceresfuerzos para no entrar y comerse á besos á Ulises. ¡Con qué graciaimitaba los gestos y genuflexiones del sacerdote principal!...

Hasta aquí todo iba perfectamente. Cantaban á pleno pulmón los tresoficiantes junto á la pirámide de luces, y el coro de fieles respondíadesde el fondo de la pieza con temblores de impaciencia. De prontosurgía la protesta, el cisma, la herejía. Ya habían hecho bastante decapellanes los que estaban en el altar.

Debían ceder las casullas á losque miraban, para que, á su vez, ejerciesen el sagrado ministerio. Estoera lo tratado. Pero el clero se resistía al despojo con la altivez y lamajestad de los derechos adquiridos, y las manos impías tiraban de lassantas vestiduras, profanándolas hasta rasgarlas. Gritos, coces,imágenes y cirios por el suelo, escándalo y abominación, como si yahubiese nacido el Anticristo. La prudencia de Ulises ponía término á lalucha. «¿Si fuésemos á jugar al pòrche?...»

El pòrche era el inmenso desván del caserón. Todos aceptaban conentusiasmo. ¡Se acabó la iglesia! Y como una bandada de pájaros, volabanescalera arriba, sobre unos peldaños de azulejos multicolores conredondeles de barniz saltado que mostraban la roja pasta del ladrillo.Los ceramistas valencianos del siglo XVIII los habían ornado con galerasberberiscas y cristianas, aves de la cercana Albufera, cazadores deblanca peluca que ofrecían flores á una labradora, frutas de todasclases y briosos jinetes cabalgando en caballos como la mitad de sucuerpo ante casas y árboles que apenas llegaban á las rodillas delcorcel.

Se esparcía el ruidoso grupo por el último piso como las más horrendasinvasiones de la Historia. Gatos y ratas huían por igual á los rincones.Los pájaros, despavoridos, salían como flechas por los tragaluces deltecho.

¡Pobre notario!... Jamás había vuelto con las manos vacías cuando erallamado fuera de la ciudad por la confianza de los labriegos ricos,incapaces de creer en otra ciencia jurídica que no fuese la suya. Era eltiempo en que los comerciantes de antigüedades no habían descubierto aúnla rica Valencia, donde la gente popular se vistió de seda durantesiglos, y muebles, ropas y cacharros parecían impregnarse de la luz deun sol siempre igual, del azul de un ambiente siempre sereno.

Don Esteban, que se creía obligado á ser anticuario en su calidad deindividuo de varias sociedades regionales, iba llenando su casa con losrestos del pasado adquiridos en los pueblos ó que le ofrecíanespontáneamente sus clientes. No encontraba ya para los cuadros paredeslibres, ni espacio en sus salones para los muebles. Por esto las nuevasadquisiciones tomaban el camino del pòrche, provisionalmente, enespera de una instalación definitiva. Años después, cuando al retirarsede la profesión pudiera construir un castillo medioeval—todo lomedioeval que fuese posible—en las costas de la Marina, junto al pueblodonde había nacido, colocaría cada objeto en un lugar digno de suimportancia.

Lo que el notario iba dejando en las habitaciones del primer pisoaparecía misteriosamente en el desván, como si le hubiesen salido patas.Doña Cristina y sus sirvientas, obligadas á vivir en continua pelea conel polvo y las telarañas de un edificio que se desmenuzaba poco á poco,sentían un odio feroz contra todo lo viejo.

Arriba no eran posibles las desavenencias y batallas de los muchachospor falta de disfraces. No tenían mas que hundir sus manos en cualquierade los arcones que latían con sordo crepitamiento de carcoma, y cuyoshierros, calados como encajes, se desclavaban de la madera. Unosblandían espadines de puños de nácar ó largas tizonas, luego deenvolverse en capas de seda carmesí obscurecidas por los años. Otros seechaban en hombros colchas de brocado venerables, faldas de labradoracon gruesas flores de oro, guardainfantes de rico tejido que crujíancomo papel.

Cuando se cansaban de imitar á los cómicos con ruidoso choque de espadasy caídas de muerte, Ulises y otros amantes de la acción proponían eljuego de «ladrones y alguaciles». Los ladrones no podían ir vestidos conricas telas, su uniforme debía ser modesto. Y revolvían unos montones detrapos de colores apagados que parecían arpilleras. En las diversasmanchas de su tejido se adivinaban piernas, brazos, cabezas, ramajes deun verde metálico.

Don Esteban había encontrado estos fragmentos rotos ya por loslabradores para tapar tinajas de aceite ó servir de mantas á las mulasde labor. Eran pedazos de tapices copiados de cartones del Ticiano y deRubens. El notario los guardaba únicamente por respeto histórico. Eltapiz carecía entonces de mérito, como todas las cosas que abundan. Losroperos de Valencia tenían en sus almacenes docenas de paños de la mismaclase, y al llegar la fiesta del Corpus cubrían con ellos las vallas delos terrenos sin edificar en las calles seguidas por la procesión.

Otras veces, Ulises repetía el mismo juego con el título de

«indios yconquistadores». Había encontrado en los montones de libros almacenadospor su padre un volumen que relataba, á dos columnas, con abundantesgrabados en madera, las navegaciones de Colón, las guerras de HernánCortés, las hazañas de Pizarro.

Este libro influyó en el resto de su existencia. Muchas veces, siendohombre, encontró su imagen latente en el fondo de sus actos y susdeseos. En realidad, sólo había leído algunos fragmentos. Para él lointeresante eran los grabados, más dignos de su admiración que todos loscuadros del desván.

Con la punta de su estoque trazaba en el suelo una línea, lo mismo quePizarro en la isla del Gallo ante sus desalentados compañeros, prontos ádesistir de la conquista. «Que todo buen castellano pase esta raya...» Ylos buenos castellanos—una docena de pilluelos con largas capas ytizonas, cuya empuñadura les llegaba á la boca—venían á agruparse entorno del caudillo, que imitaba los gestos heroicos del conquistador.Luego surgía el grito de guerra: «¡Sus, á los indios!»

Estaba convenido que los indios debían huir: para eso iban envueltosmodestamente en un trozo de tapiz y llevaban en la cabeza plumas degallo. Pero huían traidoramente, y al verse sobre vargueños, mesas ypirámides de sillas, empezaban á disparar volúmenes contra susperseguidores. Venerables libros de piel con dorados suaves, infolios deblanco pergamino, se abrían al caer en el suelo, rompiéndose susnervios, esparciendo una lluvia de páginas impresas ó manuscritas, deamarillentos grabados, como si soltasen la sangre y las entrañas,cansados de vivir.

El escándalo de estas guerras de conquista atrajo la intervención dedoña Cristina. Ya no quiso admitir más á unos diablos que preferían lasgritonas aventuras del desván á las delicias místicas de la abandonadacapilla. Los indios eran los más dignos de execración. Para compensar lahumildad de su papel con nuevos esplendores, habían acabado por metersus tijeras pecadoras en tapices enteros, cortándose varias dalmáticasde modo que les cayese sobre el pecho una cabeza de héroe ó de diosa.

Ulises, al quedar sin compañeros, encontró un nuevo encanto á la vida enel desván. El silencio poblado de chasquidos de maderas y correteos deanimales invisibles, la caída inexplicable de un cuadro ó de unos librosapilados, le hacían paladear una sensación de miedo y de misterionocturnos bajo los chorros de sol que entraban por los tragaluces.

En esta soledad se encontraba mejor. Podía poblarla á su capricho. Leestorbaban los seres reales, como los inoportunos ruidos que despiertande un ensueño hermoso. El desván era un mundo con varios siglos deexistencia, que le pertenecía por entero y se plegaba á todas susfantasías.

Metido en un cofre sin tapa, lo hacía balancearse, imitando con la bocalos rugidos de la tempestad. Era una carabela, un galeón, una nave, talcomo los había visto en los viejos libros: las velas con leones ycrucifijos pintados, un castillo en la popa y un figurón tallado en elavante, que se hundía en las olas para reaparecer chorreando.

El cofre, en fuerza de empujones, abordaba la costa tallada á pico de unarcón, el golfo triangular de dos cómodas, la blanda playa de unosfardos de telas. Y el navegante, seguido de una tripulación tan numerosacomo irreal, saltaba á tierra tizona en mano, escalando unas montañas delibros, que eran los Andes, y agujereaba varios volúmenes con el regatónde una lanza vieja para plantar su estandarte. ¿Por qué no había de serconquistador?...

Inútilmente acudían á su memoria fragmentos de conversación entre supadrino y su padre, según los cuales todo era conocido en la superficiede la tierra. Algo, sin embargo, quedaría por descubrir. El era el puntode encuentro de dos líneas de marinos.

Los hermanos de su madre teníanbarcos en la costa de Cataluña.

Los abuelos de su padre habían sidovalerosos y obscuros navegantes, y allá en la Marina estaba su tío elmédico, un verdadero hombre de mar.

Al fatigarse de estas orgías imaginativas, contemplaba los retratos dediversas épocas almacenados en el desván. Prefería los de mujeres: damasde melena corta y rizada, con un lazo en una sien, como las que pintóVelázquez, caras largas del siglo siguiente, con boca de cereza, doslunares en las mejillas y una torre de pelo blanco. El recuerdo de labasilisa parecía esparcirse por estos cuadros. Todas las damas teníanalgo de ella.

Entre los retratos de hombres había un obispo que le molestaba por suedad absurda. Era casi de sus años; un obispo adolescente, con ojosimperiosos y agresivos. Estos ojos le inspiraban cierto pavor, y por lomismo decidió acabar con ellos:

«¡Toma!» Y clavó su espada en el viejocuadro, añadiendo á sus desconchados dos agujeros en el lugar de laspupilas. Todavía, para mayor remordimiento, añadió unas cuantascuchilladas... En la misma noche, estando su padrino invitado á cenar,el notario habló

de

cierto

retrato

adquirido

meses

antes

en

lasinmediaciones de Játiva, ciudad que miraba con interés por haber nacidolos Borgia en una aldea cercana. Los dos hombres eran de la mismaopinión. Aquel prelado casi infantil no podía ser otro que César Borgia,nombrado arzobispo de Valencia, por su padre el Papa, cuando tenía diezy seis años. Un día que estuviesen libres examinarían con detenimientoel retrato... Y

Ulises, bajando la cabeza, sintió que se le atragantabanlos bocados.

Ir á casa del padrino representaba para él un placer más intenso ypalpable que los juegos solitarios del desván. El abogado don CarmeloLabarta se mostraba ante sus ojos como la personificación de la vidaideal, de la gloria de la poesía. El notario hablaba de él conentusiasmo, compadeciéndole al mismo tiempo.

—¡Ese don Carmelo!... El primer civilista de nuestra época. A espuertaspodría ganar el dinero, pero los versos le atraen más que los pleitos.

Ulises entraba en su despacho con emoción. Sobre las filas de librosmulticolores y dorados que cubrían las paredes veía unas cabezotas deyeso, con frentes de torre y ojos huecos que parecían contemplar la nadainmensa.

El niño repetía sus nombres como un pedazo de santoral, desde Homero áVíctor Hugo. Después buscaba con su vista otra cabeza igualmentegloriosa, aunque menos blanca, con las barbas rubias y entrecanas, lanariz rubicunda y unas mejillas herpéticas que en ciertos momentosechaban á volar las películas de su caspa. Los ojos dulces del padrino,unos ojos amarillos moteados de pepitas negras, acogían á Ulises con elamor de un solterón que se hace viejo y necesita inventarse una familia.El era quien le había dado en la pila bautismal su nombre, que tantaadmiración y risa despertaba en los compañeros de colegio; él quien lehabía contado muchas veces las aventuras del navegante rey de Itaca conla paciencia de un abuelo que relata á su nieto la vida del santoonomástico.

Luego, el muchacho consideraba con no menos devoción todos los recuerdosde gloria que adornaban la casa: coronas de hojas de oro, copasargentinas, desnudeces marmóreas, placas de diversos metales sobre fondode peluche, en las que brillaba imperecedero el nombre del poetaLabarta. Todo este botín lo había conquistado á punta de verso en loscertámenes, como guerrero incansable de las letras.

Al anunciarse unos Juegos Florales temblaban los competidores, temiendoque al gran don Carmelo se le ocurriese apetecer alguno de los premios.Con asombrosa facilidad se llevaba la flor natural destinada á la odaheroica, la copa de oro del romance amoroso, el par de estatuasdedicadas al más completo estudio histórico, el busto de mármol para lamejor leyenda en prosa, y hasta el «bronce de arte» recompensa delestudio filológico. Los demás sólo podían aspirar á las sobras.

Por fortuna, se había confinado en la literatura regional, y suinspiración no admitía otro ropaje que el del verso valenciano.

Fuera deValencia y sus pasadas glorias, sólo la Grecia merecía su admiración.Una vez al año le veía Ulises puesto de frac, con el pecho constelado decondecoraciones y una cigarra de oro en la solapa, distintivo de losfelibres de Provenza.

Era que se iba á celebrar la fiesta de la literatura lemosina, en la quedesempeñaba siempre un primer papel: vate premiado, discurseante, ósimple ídolo, al que tributaban sus elogios otros poetas, clérigos dadosá la rima, encarnadores de imágenes religiosas, tejedores de seda quesentían perturbada la vulgaridad de su existencia por el cosquilleo dela inspiración; toda una cofradía de vates populares, ingenuos y deestro casero, que recordaban á los Maestros Cantores de las viejasciudades alemanas.

Labarta, después de transcurridos doscientos años, no había llegado áperdonar á Felipe V, déspota francés que reemplazó á los déspotasaustriacos. El había suprimido los fueros de Valencia. «¡Borbón, malditoseas!...» Pero se lo decía en verso y en lemosín, circunstanciasatenuantes que le permitían ser partidario de los sucesores de Felipe elMaldito y haber figurado por unos meses como diputado mudo del gobierno.

Su ahijado se lo imaginaba á todas horas con una corona de laurel en lassienes, lo mismo que aquellos poetas misteriosos y ciegos cuyos retratosy bustos ornaban la biblioteca. Veía perfectamente su cabeza limpia detal adorno, pero la realidad perdía todo valor ante la firmeza de susconcepciones. Su padrino debía llevar corona cuando él no estabapresente.

Indudablemente la llevaba á solas, como un gorro casero.

Otro motivo de admiración eran los viajes del grande hombre.

Habíavivido en el lejano Madrid—escenario de casi todas las novelas leídaspor Ulises—, y cierta vez hasta había pasado la frontera, lanzándoseaudazmente por un país remoto titulado el Mediodía de Francia, paravisitar á otro poeta que él llamaba «mi amigo Mistral». Su imaginación,pronta é ilógica en sus decisiones, envolvía al padrino en un halo deinterés heroico semejante al de los conquistadores.

Al sonar las campanadas de las doce, Labarta, que no admitíainformalidades en asuntos de mesa, se impacientaba, cortando el relatode sus viajes y triunfos.

—¡Doña Pepa! Aquí tenemos al convidado.

Doña Pepa era el ama de llaves, la compañera del grande hombre, quellevaba quince años atada al carro de su gloria. Se entreabría uncortinaje, y avanzaba una pechuga saliente sobre un abdomen encorsetadocon crueldad. Después, mucho después, aparecía un rostro blanco yradiante, una cara de luna. Y

mientras saludaba al pequeño Ulises con susonrisa de astro nocturno, seguía entrando y entrando el complementodorsal de su

persona,

cuarenta

años

carnales,

frescos,

exuberantes,inmensos.

El notario y su esposa hablaban de doña Pepa como de una personafamiliar, pero el niño nunca la había visto en su casa.

Doña Cristinaelogiaba sus cuidados con el poeta, pero desde lejos y sin deseos deconocerla. Don Esteban excusaba al grande hombre.

—¡Qué quieres!... Es un artista, y los artistas no pueden vivir comoDios manda. Todos, por serios que parezcan, son en el fondo unosperdidos. ¡Qué lástima! Un abogado tan eminente...

¡El dinero que podríaganar!...

Las lamentaciones del padre abrieron nuevos horizontes á la malicia delpequeño. De un golpe abarcó el móvil principal de nuestra existencia,que hasta entonces sólo había columbrado envuelto en misterios. Supadrino tenía relaciones con una mujer; era un enamorado como los héroesde las novelas. Recordó muchas de sus poesías valencianas, todasdirigidas á una dama; unas veces cantando su belleza con la embriaguez yla noble fatiga de una reciente posesión; otras quejándose de su desvío,pidiéndole la entrega de su alma, sin la cual no es nada la limosna delcuerpo.

Ulises se imaginó una gran señora, hermosa como doña Constanza. Cuandomenos, debía ser marquesa. Su padrino bien merecía esto. Y se imaginóigualmente que sus encuentros debían ser por la mañana, en uno de loshuertos de fresas inmediatos á la ciudad, adonde le llevaban sus padresá tomar chocolate después de oír la primera misa en los amaneceresdominicales de Abril y Mayo.

Mucho después, cuando sentado á la mesa del padrino sorprendiócruzándose sobre su cabeza las sonrisas de éste y el ama de llaves,llegó á sospechar si doña Pepa sería la inspiradora de tanto versolacrimoso y entusiástico. Pero su buena fe se encabritaba ante talsuposición. No, no era posible; forzosamente debía existir otra.

El notario, que llevaba largos años de amistad con Labarta, pretendíadirigirle con su espíritu práctico, siendo el lazarillo de un geniociego. Una renta modesta heredada de sus padres bastaba al poeta paravivir. En vano le proporcionó su amigo pleitos que representaban enormescuentas de honorarios. Los autos voluminosos se cubrían de polvo en lamesa, y don Esteban había de preocuparse de las fechas, para que elabogado no dejase pasar los términos del procedimiento.

Su hijo, su Ulises, sería otro hombre. Le veía gran civilista, como supadrino, pero con una actividad positiva heredada del padre. La fortunaentraría por sus puertas como una ola de papel sellado.

Además, podía poseer igualmente el estudio notarial, oficinapolvorienta, de muebles vetustos y grandes armarios con puertasalambradas y cortinillas verdes, tras de las cuales dormían losvolúmenes del protocolo envueltos en becerro amarillento, con inicialesy números en los lomos. Don Esteban sabía bien lo que representaba suestudio.

—No hay huerto de naranjos—decía en los momentos de expansión—, nohay arrozal que dé lo que da esta finca. Aquí no hay heladas, nivendaval, ni inundaciones.

La clientela era segura; gentes de Iglesia, que llevaban tras de ellas álos devotos, por considerar á don Esteban como de su clase, ylabradores, muchos labradores ricos. Las familias acomodadas del campo,cuando oían hablar de hombres sabios, pensaban inmediatamente en elnotario de Valencia. Le veían con religiosa admiración calarse las gafaspara leer de corrido la escritura de venta ó el contrato dotal que susamanuenses acababan de redactar. Estaba escrito en castellano y lo leíaen valenciano, sin vacilación alguna, para mejor inteligencia de losoyentes. ¡Qué hombre!...

Después, mientras firmaban las partes contratantes, el notario,subiéndose los vidrios á la frente, entretenía á la reunión con algunoscuentos de la tierra, siempre honestos, sin alusiones á los pecados dela carne, pero en los que figuraban los órganos digestivos con todaclase de abandonos líquidos, gaseosos y sólidos. Los clientes rugían derisa, seducidos por esta gracia escatológica, y reparaban menos en lacuenta de honorarios.

¡Famoso don Esteban!... Por el placer de oírlehabrían hecho una escritura todos los meses.

El futuro destino del príncipe de la notaría era objeto de lasconversaciones de sobremesa en días señalados, cuando estaba invitado elpoeta.

—¿Qué deseas ser?—preguntaba Labarta á su ahijado.

Los ojos de la madre imploraban al pequeño con desesperada súplica: «Diarzobispo, rey mío.» Para la buena señora, su hijo no podía debutar deotro modo en la carrera de la Iglesia.

El notario hablaba, por su parte, con seguridad, sin consultar alinteresado. Sería un jurisconsulto eminente; los miles de duros rodaríanhacia él como si fuesen céntimos; figuraría en las solemnidadesuniversitarias con una esclavina de raso carmesí y un birrete chorreandopor sus múltiples caras la gloria hilada del doctorado. Los estudiantesescucharían respetuosos al pie de su cátedra. ¡Quién sabe si le estabareservado el gobierno de su país!...

Ulises interrumpía estas imágenes de futura grandeza:

—Quiero ser capitán.

El poeta aprobaba. Sentía el irreflexivo entusiasmo de todos lospacíficos, de todos los sedentarios, por el penacho y el sable.

A lavista de un uniforme, su alma vibraba con la ternura amorosa del ama decría que se ve cortejada por un soldado.

—¡Muy bien!—decía Labarta—. ¿Capitán de qué?... ¿De artillería?...¿De Estado Mayor?

Una pausa.

—No; capitán de buque.

Don Esteban miraba el techo, alzando las manos. Bien sabía él quién erael culpable de esta disparatada idea, quién metía tales absurdos en lacabeza de su hijo.

Y pensaba en su hermano el médico, que vivía retirado en la casapaterna, allá en la Marina, un hombre excelente pero algo loco, al quellamaban el Dotor las gentes de la costa y el poeta Labarta apodaba el Tritón.

II

MATER ANFITRITA

Cuando de tarde en tarde aparecía el Tritón en Valencia, la hacendosadoña Cristina modificaba el régimen alimenticio de la familia.

Este hombre sólo comía pescado. Y su alma de esposa económica temblabaangustiosamente al pensar en los precios extraordinarios que alcanza lapesca en un puerto de exportación.

La

vida

en

aquella

casa,

donde

todo

marchaba

acompasadamente, sufríagraves perturbaciones con la presencia del médico. Poco después deamanecer, cuando sus habitantes saboreaban los postres del sueño, oyendoadormecidos el rodar de los primeros carruajes y el campaneo de lasprimeras misas, sonaban rudos portazos y unos pasos de hierro hacíancrujir la escalera. Era el Tritón, que se echaba á la calle incapaz depermanecer entre cuatro paredes así que apuntaba la luz.

Siguiendo lascorrientes de la vida madrugadora llegaba al Mercado, deteniéndose antelos puestos de flores, donde era más numerosa la afluencia femenina.

Los ojos de las mujeres iban hacia él instintivamente, con una expresiónde interés y de miedo. Algunas enrojecían al alejarse, imaginando contrasu voluntad lo que podría ser un abrazo de este coloso feo éinquietante.

—Es capaz de aplastar una pulga sobre el brazo—decían los marinerosde su pueblo para ponderar la dureza de sus bíceps.

Su cuerpo carecía de grasa. Bajo la morena piel sólo se marcaban rígidostendones y salientes músculos; un tejido hercúleo del que había sidoeliminado todo elemento incapaz de desarrollar fuerza. Labarta leencontraba una gran semejanza con las divinidades marinas. Era Neptunoantes de que le blanquease la cabeza; Poseidón tal como le habían vistolos primeros poetas de Grecia, con el cabello negro y rizoso, lasfacciones curtidas por el aire salino, la barba anillada, con dosrematas en espiral que parecían formados por el goteo del agua del mar.La nariz algo aplastada por un golpe recibido en su juventud, y los ojospequeños, oblicuos y tenaces, daban á su rostro una expresión deferocidad asiática. Pero este gesto se esfumaba al sonreír su bocadejando visibles los dientes unidos y deslumbrantes, unos dientes dehombre de mar, habituado á alimentarse con salazón.

Caminaba los primeros días por las calles desorientado y vacilante.Temía á los carruajes; le molestaba el roce de los transeúntes en lasaceras. Se quejaba del movimiento de una capital de provincia,encontrándolo insufrible, él, que había visitado los puertos másimportantes de los dos hemisferios. Al fin emprendía instintivamente elcamino del puerto en busca del mar, su eterno amigo, el primero que lesaludaba todas las mañanas al abrir la puerta de su casa allá en laMarina.

En estas excursiones le acompañaba muchas veces su sobrino.

Elmovimiento de los muelles tenía para él cierta música evocadora de sujuventud, cuando navegaba como médico de trasatlántico; chirridos degrúas, rodar de carros, melopeas sordas de los cargadores.

Sus ojos recibían igualmente una caricia del pasado al abarcar elespectáculo del puerto: vapores que humeaban, veleros con sus lonastendidas al sol, baluartes de cajones de naranjas, pirámides decebollas, murallas de sacos de arroz, compactas filas de barricas devino panza contra panza. Y saliendo al encuentro de estas mercancías quese iban, los rosarios de descargadores alineaban las que llegaban:colinas de carbón procedentes de Inglaterra; sacos de cereales del marNegro; bacalaos de Terranova, que sonaban como pergaminos al caer en elmuelle, impregnando el ambiente de polvo de sal; tablones amarillentosde Noruega, que conservaban el perfume de los bosques resinosos.

Naranjas y cebollas caídas de los cajones se corrompían bajo el sol,esparciendo sus jugos dulces y acres. Saltaban los gorriones en torno delas montañas de trigo, escapando con medroso aleteo al oír pasos. Sobrela copa azul del puerto trenzaban sus interminables contradanzas lasgaviotas del Mediterráneo, pequeñas, finas y blancas como palomas.

El Tritón iba enumerando á su sobrino las categorías y especialidadesde los buques. Y al convencerse de que Ulises era capaz de confundir unbergantín con una fragata, rugía escandalizado:

—Entonces, ¿qué diablos os enseñan en el colegio?...

Al pasar junto á los burgueses de Valencia sentados en los muelles cañaen mano, lanzaba una mirada de conmiseración al fondo de sus cestasvacías. Allá en su casa de la costa, antes de que se elevase el sol yatenía él en el fondo de la barca con qué comer toda una semana. ¡Miseriade las ciudades!

De pie en los últimos peñascos de la escollera, tendía la vista sobre lainmensa llanura, describiendo á su sobrino los misterios ocultos en elhorizonte. A su izquierda—más allá de los montes azules de Oropesa quelimitaban el golfo valenciano—veía imaginativamente la opulentaBarcelona, donde tenía numerosos amigos; Marsella, prolongación deOriente clavada en Europa; Génova, con sus palacios escalonados encolinas cubiertas de jardines. Luego su vista se perdía en el horizonteabierto frente á él. Este camino era el de la dichosa juventud.

Marchando en línea recta encontraba á Nápoles, con su montaña de humo,sus músicas y sus bailarinas morenas de pendientes de aro. Más allá, lasislas de Grecia; en el fondo de una calle acuática, Constantinopla; y ácontinuación, bordeando la gran plaza líquida del mar Negro, una seriede puertos donde los argonautas olvidaban sus orígenes, sumidos en unhervidero de razas, acariciados por el felinismo de las eslavas, lavoluptuosidad de las orientales y la avidez de las hebreas.

A su derecha estaba África. Veía los puertos egipcios, con su corrupcióntradicional que empieza á removerse y croquear como un pantano fétidoapenas desciende el sol; Alejandría, en cuyos cafetuchos bailan lasfalsas almeas sin más ropas que un pañuelo en la mano, y cada mujer esde una nación diferente, y suenan á coro todos los idiomas de latierra...

Los ojos del médico se apartaban del mar para convergir en su aplastadanariz. Recordaba una noche de calor egipcio, aumentado por los ardoresdel whisky; el roce de las mercenarias desnudeces;

la

pelea

con

otrosnavegantes

rojos

y

septentrionales; el boxeo á obscuras, y él, con lacara ensangrentada, huyendo al buque, que afortunadamente zarpaba alamanecer. Como todos los hombres mediterráneos, no bajaba á tierra sinllevar el aguijón oculto en el talle, y había pinchado para abrirsepaso.

«¡Qué tiempos!», pensaba el Tritón, con más nostalgia queremordimiento. Y añadía como excusa: «¡Ay, entonces tenía yoveinticuatro años!»

Estos recuerdos le hacían volver los ojos á una mole que avanzaba en elmar, azuleada por la distancia, despegada de la tierra á la simplevista, como un islote enorme. Era el promontorio coronado por el Mongó,el gran promontorio Ferrario de los geógrafos antiguos, la punta másavanzada de la Península en el Mediterráneo inferior, que cierra por elSur el golfo de Valencia.

Tenía la forma de una mano cuyas falanges fuesen montañas, pero lefaltaba el pulgar. Los otros cuatro dedos se tendían sobre las olas,formando los cabos de San Antonio, San Martín, La Nao y Almoraira. Enuna de sus ensenadas estaba su pueblo natal y la casa de los Ferragut,cazadores de piratas moros en otros siglos, contrabandistas á ratos enlos tiempos modernos, navegantes en todas las épocas, tal vez desde quelos primeros caballos de madera aparecieron saltando sobre las espumasque hierven en el promontorio, desde que llegaron los griegos deMarsella para fundar Artemisión, la ciudad de la divina Artemis que loslatinos llamaron Diana y tomó definitivamente el nombre de Denia.

En esta casa quería vivir y morir, sin deseos de ver más tierras, con larepentina inmovilidad que acomete á los vagabundos de las olas y leshace fijarse sobre un escollo de la costa, lo mismo que un molusco á unacabellera de algas.

Pronto se cansaba el Tritón de sus paseos al puerto. El mar deValencia no era un mar para él. Lo enturbiaban las aguas del río y delas acequias de riego. Cuando llovía en las montañas de Aragón, unlíquido terroso desaguaba en el golfo, tiñendo las olas de encarnado ylas espumas de amarillo. Además, le era imposible entregarse al placerdiario de la natación. Una mañana de invierno, al empezar á desnudarseen la playa, la gente corrió como atraída por un fenómeno. El pescadodel golfo tenía para él un sabor insoportable á légamo.

—Me voy—acababa por decir al notario y su esposa—. No comprendo cómopodéis vivir aquí.

En una da esas retiradas á la Marina se empeñó en llevarse á Ulises.Empezaba el estío, el muchacho estaba libre del colegio por tres meses,y el notario, que no podía alejarse de la ciudad, veraneaba con sufamilia en la playa del Cabañal, cortada por acequias malolientes, juntoá un mar despreciable. El pequeño se mostraba paliducho y débil por susestudios y cavilaciones. Su tío le haría fuerte y ágil como un delfín. Yá costa de rudas porfías, pudo arrancárselo á doña Cristina.

Lo primero que admiró Ulises al entrar en la casa del médico fueron tresfragatas que adornaban el techo del comedor: tres embarcacionesmaravillosas, en las que no faltaban vela, garrucha, cuerda ni ancla, yque podían hacerse al mar en cualquier momento con una tripulación deliliputienses.

Eran obra de su abuelo el patrón Ferragut. Deseoso de libertar á sus doshijos de la servidumbre marina que pesaba largos siglos sobre lafamilia, los había enviado á la Universidad de Valencia para que fuesenseñores de tierra adentro. El mayor, Esteban, apenas terminada sucarrera, obtenía una notaría en Cataluña. El menor, Antonio, se hizomédico por no contrariar al viejo, pero una vez conseguido el título,entró á prestar sus servicios en un trasatlántico. Su padre le habíacerrado la puerta del mar, y él entraba por la ventana.

Fué envejeciendo el patrón, completamente solo. Cuidaba de sus bienes,unas cuantas viñas escalonadas en la costa, á la vista de la casa.Estaba en frecuente correspondencia con su hijo el notario. De tarde entarde llegaba una carta del menor, del predilecto, desde remotos paísesque sólo conocía de oídas el viejo navegante mediterráneo. Y las largasinercias á la sombra de su emparrado, frente al mar azul y luminoso, lasentretenía construyendo sus pequeños buques. Todos ellos eran fragatasde gran porte y atrevido velamen. Así se consolaba el patrón de no habermandado en su vida mas que pesados y robustos laúdes, iguales á lasnaves de otros siglos, en los que llevaba vino á Cette ó cargaba cosasprohibidas en Gibraltar y la costa de África.

Ulises no tardó en darse cuenta de la rara popularidad que gozaba su tíoel Dotor, una popularidad compuesta de los más antagónicos elementos.Las gentes sonreían al hablar de él, como si le tuviesen por loco; peroestas sonrisas sólo osaban desplegarse cuando estaba lejos, pues á todosles inspiraba cierto miedo. Al mismo tiempo lo admiraban como una glorialocal.

Había corrido todos los mares, y además tenía su fuerza, sudesordenada y tempestuosa fuerza, terror y orgullo de sus convecinos.

Los mocetones, al ensayar el vigor de sus puños pulseando con lostripulantes de los buques ingleses que venían á cargar pasas, evocabanel nombre del médico como un consuelo en caso de derrota.

—¡Si estuviese aquí el Dotor!... Media docena de ingleses son pocospara él.

No había empresa poderosa, por disparatada que fuese, de que no lecreyeran capaz. Inspiraba la fe de los santos milagrosos y los capitanesaudaces. En algunas mañanas de invierno serenas y asoleadas, corrían lasgentes á la orilla, mirando con ansiedad el mar solitario. Los veteranosque se calentaban al sol, junto á las barcas en seco, al tender suvista, habituada al sondeo de los dilatados

horizontes,

alcanzaban

áver

un

punto

casi

imperceptible, un grano de arena danzando á caprichode las olas.

Todos emitían á gritos sus conjeturas. Era una boya ó un pedazo demástil, restos de un lejano naufragio. Para las mujeres era un ahogado,un cadáver que la hinchazón hacía flotar lo mismo que un odre, luego dehaber permanecido muchos días entre dos aguas...

De pronto surgía una suposición que dejaba perplejos á todos.

«¡Si seráel Dotor!» Largo silencio... El pedazo de madera tomaba la forma deuna cabeza; el cadáver se movía. Muchos llegaban á distinguir elburbujeo de la espuma en torno de su busto, que avanzaba como una proa,y las vigorosas palas de sus brazos... ¡Sí que era el Dotor! Seprestaban unos á otros los viejos catalejos para reconocer sus barbashundidas en el agua, su rostro contraído por el esfuerzo ó dilatado porlos bufidos.

Y el Dotor pisaba la orilla seca, desnudo y serenamente impúdico comoun dios, dando la mano á los hombres, mientras chillaban las mujeresllevándose el delantal á un solo ojo, espantadas y admiradas á la vez desu monstruosidad colgante que esparcía á cada paso una rociada de gotas.

Todos los cabos del promontorio le inspiraban el deseo de doblarlos ánado, como los delfines; todas las bahías y ensenadas necesitabamedirlas con sus brazos, como un propietario que duda de la mensuraajena y la rectifica para afirmar su derecho de posesión. Era un buquehumano que había cortado con la quilla de su pecho las espumasarremolinadas en los escollos y las aguas pacíficas, en cuyo fondochisporrotean los peces entre ramas nacaradas y estrellas movedizas comoflores.

Se había sentado á descansar en las rocas negras con faldellines dealgas que asoman su cabeza ó la hunden, al capricho de la ola, esperandola noche y el buque ciego que venga á romperse como una cáscara. Habíapenetrado lo mismo que un reptil marino en ciertas cuevas de la costa,lagos adormecidos

y

glaciales

iluminados

por

misteriosas

aberturas,donde la atmósfera es negra y el agua diáfana, donde el nadador tiene elbusto de ébano y las piernas de cristal. En el curso de estasnataciones comía todos los seres vivientes que encontraba pegados á lasrocas ó moviendo antenas y brazos. El roce de los grandes peces quehuían medrosos, con una violencia de proyectil, le hacía reír.

En las horas nocturnas pasadas ante los barquitos del abuelo, Ulises leoyó hablar del Peje Nicolao, un hombre-pez del estrecho de Mesina,citado por Cervantes y otros autores, que vivía en el agua manteniéndosede las limosnas de los buques. Su tío era algo pariente del PejeNicolao. Otras veces mencionaba á cierto griego que, para ver á suamante, pasaba á nado todas las noches el Helesponto. Y él, que conocíalos Dardanelos, quería volver allá como simple pasajero, para que nofuese un poeta llamado Lord Byron el único que hubiese imitado lalegendaria travesía.

Los libros que guardaba en su casa, las cartas náuticas clavadas en lasparedes, los frascos y bocales llenos de bestias y plantas de mar, y másque todo esto sus gustos, que chocaban con las costumbres de susconvecinos, le habían dado una reputación de sabio misterioso, unprestigio de brujo.

Todos los que estaban sanos le tenían por loco, pero apenas sentíancierto quebranto en su salud, respiraban la misma fe que las pobresmujeres que permanecían largas horas en casa del Dotor, viendo á lolejos su barca, esperando que volviese del mar para enseñarle los niñosenfermos que llevaban en brazos. Tenía sobre los otros médicos el méritode no cobrar sus servicios; antes bien, muchos enfermos salían de sucasa con monedas en las manos.

El Dotor era rico, el más rico de todo el país, ya que no sabía quéhacer de su dinero. Diariamente, su criada—una vieja que había servidoá su padre y conocido á su madre—recibía de sus manos la pescanecesaria para la manutención de los dos, con una generosidad regia. El Tritón, que había izado su vela al amanecer, desembarcaba antes de lasonce, y la langosta crujía purpúrea sobre las brasas, esparciendo unperfume azucarado; la olla burbujeaba, espesando su caldo con la grasasuculenta de la escòrpa; cantaba el aceite en la sartén, cubriendo lapiel rosada de los salmonetes; chirriaban bajo el cuchillo los erizos ylas almejas, derramando sus pulpas todavía vivas en el hervor de lacazuela. Además, en el corral mugía una vaca de repletas ubres ycacareaban docenas de gallinas de incansable fecundidad.

La harina amasada por la sirviente y el café espeso como barro era todolo que el Tritón adquiría con su dinero. Si buscaba la botella deaguardiente de caña á la vuelta de una natación, era para emplear sucontenido en frotaciones.

Una vez al año el dinero entraba por sus puertas. Las muchachas de lavendimia se extendían por la escalinata de sus viñas, cortando losracimos de grano pequeño y apretado. Luego los tendían á secar en unoscobertizos llamados riurraus. Así se producía la pasa menuda,preferida por los ingleses para la confección de sus puddings. Laventa era segura: del mar del Norte venían los buques á buscarla. Y el Tritón, al ver en sus manos cinco ó seis mil pesetas, quedabaperplejo, preguntándose interiormente qué puede hacer un hombre contanto dinero.

—Todo esto es tuyo—dijo á su sobrino al mostrarle la casa.

Suyos también la barca, los libros y los muebles antiguos, en cuyoscajones estaba disimulado el dinero con disfraces cándidos que atraíanla atención.

A pesar de verse proclamado dueño de todo lo que le rodeaba, undespotismo cariñoso y rudo pesó sobre Ulises. Estaba muy lejos su madre,aquella buena señora que cerraba las ventanas á su paso y no le dejabasalir sin haberle anudado la bufanda con acompañamiento de besos.

Cuando dormía mejor, creyendo que aún le quedaban muchas horas á lanoche, sentíase despertado por un tirón de pierna violento. Su tío nopodía tocar de otro modo. «¡Arriba, grumete!» En vano protestaba, con laprofunda somnolencia de su juventud... ¿Era ó no era el «gato» de laembarcación que tenía al médico por capitán y único tripulante?...

Las zarpas del tío lo exponían de pie ante las bocanadas de airesalitroso que entraban por la ventana. El mar estaba obscuro y veladopor una leve neblina. Brillaban las últimas estrellas con parpadeos desorpresa, prontas á huir. En el horizonte plomizo se abría un desgarrón,enrojeciéndose por momentos, como una herida á la que afluye la sangre.Abajo, en la cocina, humeaba el café entre dos galletas de marinero. El«gato» de barca cargaba con varios cestos vacíos. Delante de él marchabael patrón como un guerrero de las olas, llevando los remos al hombro.Sus pies marcaban en la arena una huella rápida. A sus espaldas, elpueblo empezaba á despertar. Sobre las aguas obscuras se deslizaban comosudarios las velas de los pescadores huyendo mar adentro.

Dos paladas vigorosas separaban su barca del pequeño muelle de rocas.Luego iba por las bordas desatando la vela, preparando las cuerdas,haciendo acostarse la embarcación sobre un flanco bajo sus férreasplantas. La lona subía chirriante y se hinchaba con blanca convexidad.«Ya estamos; ahora á correr.»

El agua empezaba á cantar, deslizándose por ambas caras de la proa.Entre ésta y el borde de la vela veíase un pedazo de mar negro, yasomando poco á poco sobre su filo, una gran caja roja.

La ceja seconvertía en un casquete, luego en un hemisferio, después en un arcoárabe estrangulado por abajo, hasta que al fin se despegaba de la masalíquida lo mismo que una bomba, derramando fulgores de incendio. Lasnubes cenicientas se ensangrentaban, los peñascos de la costa empezabaná brillar como espejos de cobre. Se extinguían por la parte de tierralas últimas estrellas. Un enjambre de peces de fuego coleaba ante laproa, formando un triángulo con el vértice en el horizonte. La espuma delos promontorios era sonrosada, como si su blancura reflejase unaerupción submarina.

¡Bòn día! —gritaba el médico á Ulises, ocupado en calentar susmanos, ateridas por el viento.

Y enternecido por la alegría pueril del amanecer, lanzaba su voz de bajoá través del marítimo silencio, entonando unas veces romanzassentimentales que había oído en su juventud á una tiple de zarzuelavestida de grumete; repitiendo otras las salomas en valenciano de lospescadores de la costa, canciones inventadas mientras tiraban de lasredes, en las que se reunían las palabras más indecentes al azar de larima. En ciertos recovecos de la costa amainaba la vela, quedando labarca sin otro movimiento que una lenta rotación en torno de la cuerdadel ancla.

Al mirar Ulises el espacio obscurecido por la sombra del casco,encontraba el fondo tan inmediato, que casi creía alcanzarlo con lapunta de su remo. Las rocas eran como de vidrio. En sus intersticios yoquedades, las plantas se agitaban con una vida animal y las bestiastenían la inmovilidad de los vegetales y las piedras. La barca parecíaflotar en el aire, y á través de la atmósfera líquida que envolvía áeste mundo del abismo iban bajando los anzuelos, y un enjambre de pecesnadaba y coleaba al encuentro de la muerte.

Era un chisporroteo de fuegos amarillos, de lomos azules, de aletasrosadas. Salían de las cuevas plateados y vibrantes como relámpagos demercurio; otros nadaban lentamente, panzudos, casi redondos, con unacota de escamas de oro. Por las pendientes se arrastraban los crustáceossobre su doble fila de patas, atraídos por esta novedad que alteraba lacalma mortal de las profundidades submarinas, donde todos persiguen ydevoran, para ser á su vez devorados. Cerca de la superficie flotabanlas medusas, sombrillas vivientes de un blanco opalino, con bordecircular lila ó rojo tostado. Debajo de su cúpula gelatinosa se agitabala madeja de filamentos que les sirve para la locomoción, la nutrición yel amor.

No había mas que tirar de los sedales y una nueva presa caía en labarca. Los cestos se iban llenando. El Tritón y su sobrino acababanpor fatigarse de esta pesca fácil... El sol estaba próximo á lo más altode su curva: cada ondulación marina se llevaba un pedazo de la faja deoro que partía la inmensidad azul. La madera de la barca parecía arder.

—Hemos ganado nuestro jornal—decía el Tritón mirando al cielo yluego á los cestos—. Ahora un poco de limpieza.

Y despojándose de sus ropas, se arrojaba al mar. Ulises le veíadescender por el centro del anillo de espumas abierto con su cuerpo.Ahora se daba cuenta de la profundidad de este mundo fantástico,compuesto de rocas vidriosas, plantas-animales y animales-piedras. Elcuerpo moreno del nadador tomaba, al descender, las transparencias de laporcelana. Parecía de cristal azulado: una estatua fundida con pasta deespejo de Venecia, que iba á romperse apenas tocase el fondo.

Caminaba como un dios de la profundidad, arrancando plantas,persiguiendo con sus manos los relámpagos de bermellón y oro que seocultaban en las grietas de las peñas.