Los Puritanos y Otros Cuentos by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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UNA mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo yestridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con lavista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En sulugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevabacolgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre conuna campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría delos transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando seabría con estrépito un balcón, y se veía[52] una mano blanca quearrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de lacampanilla se bajaba a cojerlo, arrancaba el papel, y eran tambiénmonedas que inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuandolevantaba la vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.

Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuréalejarme de aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútilesesfuerzos para no escuchar el tañido de la fatal campanilla, y en todaspartes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transeúntes semiraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían preguntas

entono

bajo

y

misterioso.

Algunos

chicos,

pregoneros

de

periódicos,chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo queestá en capilla».

Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte ennuestro país; y no obstante siempre la he mirado del mismo modo que losautos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia.Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provinciadonde por fortuna hace ya bastantes años que no se ha aplicado. Conocíaalgunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia de losviejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, concierta admiración, mezclada de terror.

Recuerdo que en la madrugada de un día de otoño frío y lluvioso, salí demi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido comonunca lo había estado, bajé a escape la escalera en compañía de mipadre. Ambos marchábamos embozados hasta las cejas, no sé si por miedoal frío o por no vernos las caras.

Nuestros pasos resonabanprofundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del díaque comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los farolesque aún se hallaban encendidos,[53] y las casas, dejando caer de sustejados algunas gotas de lluvia, parecían llorar mi marcha. Al atravesarun campo situado a la salida de la población, me dijo mi padre: «Este esel sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerte». Sentí un temblorigual al que corrió por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajón verde.¡Dios mío, qué lejos estaba en aquel momento mi corazón de estas escenasde horror!

Pasé todo el día inquieto y nervioso, escuchando el toque de lacampanilla fúnebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si lacampanilla sonaba realmente, o eran mis oídos los que la hacían sonar.Compré cuantos papeles se vendían[54] por las calles referentes al reo,y los devoré con ansia. No me atreví, sin embargo, a pasar por delantede la cárcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba,aunque me dijeron que había mucha gente por aquellos sitios. En cambiopasé varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciadamujer había venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, yalojaba en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos deMadrid. Allá a la noche me sentí fatigado, cual si hubiera pasado el díatrabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraído por las calles,y me acosté temprano. Tardé en conciliar el sueño,[55] como sucedesiempre que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creíaganarlo, me despertó un gran estremecimiento parecido a la emoción quese experimenta al tocar el botón de una máquina eléctrica. Al fin medormí. Así como lo temía, toda la noche soñé con patíbulos y verdugos:mas no dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueños, porlo cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.

Soñé que me achacaban un gran crimen, y que ponían en seguimiento de mispasos a toda la policía de Madrid. Mis tretas para burlar supersecución, se redujeron a echarme a correr por la puerta de SanVicente hacia fuera, metiéndome en los lavaderos del Manzanares, dondeme creí perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Conefecto, estando allí muy tranquilo, mirando correr el agua de jabón yviendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobremí el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud Católica,el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cualesinmediatamente me amarraron y me condujeron a la cárcel. El ministro deFomento propuso que se me llevara[56] cogido por los pies y a la rastra,pero el presidente de la Juventud Católica hizo observar que se me ibaestropear la ropa, y fue desechada la proposición.

La cárcel era un edificio grande, sólido y austero, con un crecidonúmero de balcones y ventanas, cosa que me sorprendió, a pesar de laturbación de ánimo en que me hallaba, pues tenía la idea de que en lascárceles había poca ventilación. Me encerraron en un calabozo circular,sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la más completaoscuridad. Mas no se pasó mucho tiempo sin que se abriera la puerta depar en par, y entrara por ella un carcelero con una bujía encendida,anunciándome que pronto llegaría el juez y el escribano. Aparecieron alfin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarmeenfrente de dos señores que jugaban todas las tardes al billar conmigoen el café Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente sepusieron[57] a tomarme declaración; ofreciéndome antes algunos merenguescon objeto, según decían, de que tuviese la voz más clara. El juez, queera de los dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, despuésde haberme obligado a confesar una porción de crímenes a cual[58] máshorroroso, hizo un gesto muy expresivo a su compañero, llevándose lamano al cuello y sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomé el gesto pordonde más quemaba,[59] y barrunté muy mal del asunto.

A las dos horas poco más o menos, tornaron a abrir la puerta,[60] yentró el escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada másque a morir en garrote vil, si bien en atención a que jugaba con muchaseguridad los recodos limpios, dejábase a mi arbitrio señalar el día dela ejecución. Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamenteeste día, juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso:mas pronto revoqué mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedí se meejecutara al día siguiente. Hay que[61] confesar que tengo un sueño muydigno.

Una vez resuelto que me ejecutarían al día siguiente, la única idea quese apoderó de mí fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto,demostré, al decir de todos los que me rodeaban, un gran carácterdurante las horas de la capilla. Comí y dormí tranquilamente, y paséalgunos ratos departiendo con los redactores de La Correspondencia. Devez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que éstos lareprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.

Llegó por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia lamuerte, y yo la emprendí con la mayor sangre fría. En aquel momento loque me embargó fue un gran sentimiento de vergüenza, y recuerdo queexclamé apretándome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: «¡Ah,por Dios, que no me vean, que no me vean!» Hasta el instante de salir dela cárcel, no se me occurió que iba a hallarme frente a una muchedumbrede espectadores, y que algunos millares de ojos se irían a clavar sobremi rostro con expresión de burla y desprecio. Este pensamiento hizoflaquear mi valor: me aterraba infinitamente más que la perspectiva delcadalso. Sentía dentro de mí fuerzas bastantes para mirar a la muertecara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero desoportar la vista de un público curioso y hostil.

Congojado y muerto de vergüenza salí por la puerta de la cárcel entre ungrupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista delsuelo, porque temía desfallecer; mas el silencio pavoroso yextraordinario que observé en torno mío, incitome a alzar los ojos. ¡Quésorpresa y qué ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo queme rodeaba, ni una sola figura humana veíase cerca ni lejos.

Losbalcones y ventanas de las casas, así como las puertas de loscomercios, se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados ycarceleros, después de pasear la vista por el ámbito de la calle,mirábanse unos a otros con acentuada expresión de asombro. El únicoobjeto que hería la vista en medio de esta soledad era el carruajemiserable y fatídico que me esperaba. Antes de entrar miré al cielo.Aparecía cubierto por un leve manto de nubes, tan leve, que no conseguíavelarlo por entero, semejante a una colcha de encaje con fondo azul. Elsol, asomando su ardiente pupila por los agujeros de esta celosía denubes, era el único curioso que nos observaba.

El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones delclérigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanillaexplorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de lascasas. Nada, ni un ser humano parecía. Allá en las afueras de lapoblación, distinguí dos niños que corrían sofocados hacia la puerta deuna casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamospor delante de esta casa, la madre y los hijos habían desaparecido. Unpoco más allá tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobrela espalda, el cual, así que nos percibió, dio la vuelta y echó a andarapresuradamente por una calle lateral, perdiéndose muy pronto de vista.

Llegamos, por último, a la vista del patíbulo situado en medio de unextenso campo.

Allí fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno delpatíbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veía tampocouna figura humana. Subí las escaleras del tablado, deteniéndome a cadainstante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que eraaquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes eramás espeso; la vaporosa túnica de encaje había sido reemplazada por unacortina gris que cerraba herméticamente toda la bóveda celeste; el solya no tenía celosía por donde mirarnos. La llanura triste y oscura enque reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluía poraproximar la línea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetosofrecíanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido suscontornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodónpara sumirse luego en la tierra negra y húmeda. Respirábase en esteambiente espeso, que no hería apenas ruido alguno, cierta calma: perouna calma que oprimía en vez de refrescar el corazón.

Volví los ojos hacia la ciudad. La luz parecía que resbalaba sobre ellasin penetrarla; sus mil torrecillas no tenían fuerza para romperenteramente la atmósfera opaca que las envolvía. Mirando más y más,observé que lentamente iban elevándose desde su seno hacia el firmamentoun número infinito de pequeñas columnas de humo, las cuales[62] alextenderse en el aire se abrazaban, y juntas subían a engrosar el yatupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieronpensar en los hogares que debajo de ellas había,[63] y todo locomprendí[64] en un instante. En torno de aquellos hogares humeantesmoraban muchos seres que no habían tenido la curiosidad perversa debajar a la calle para verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban elpatíbulo para verme morir. Me sentí profundamente conmovido. La gratitudpenetró en mi corazón como una luz del cielo, como un bálsamo dulcísimo,y perdí por completo los pocos deseos que me ligaban a la vida. «Graciaspueblo de Madrid, exclamé dirigiéndome a la ciudad: gracias, pueblogeneroso y culto, por no haber venido a gozar con el espectáculo de mimuerte ignominiosa. ¡Qué hubieras ganado presenciando[65] la supremaagonía de un infeliz! En este angustioso y solemne instante no hasquerido ennegrecer aún más mi situación, con la vergüenza y el oprobio.Tú naciste para algo más que para ser ayudante del verdugo. Si hubiesesllegado hasta aquí, si hubieses contemplado con refinada crueldad mivergonzosa muerte, yo te juro que al tornar a casa no serían tan serenastus miradas como lo son ahora,[66] ni el beso de la hija o de la esposate sabría tan dulce. Mi agonía te hubiera quitado el sosiego, te hubieraenvenenado el alma por algunas horas.

Tú has sabido vencer esa feroz ybrutal curiosidad que pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porquehas adivinado que degradándome a mí, te degradabas a ti mismo.

Has sidomisericordioso y humano, y has respetado tu propio corazón. ¡Gracias,noble pueblo, gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buenaobra!»

Un torrente de lágrimas salió de mis ojos al pronunciar estas palabras:un torrente de lágrimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.Después, más sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguícontemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que laenvolvían para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano rudasujetó por un instante mi cabeza; un lienzo cubrió mis ojos; sentí muchaapretura en la garganta, y... desperté.

El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. Nohice más que soltar el botón y quedé otra vez profundamente dormido.

Notes for "El sueño de un reo de muerte":

1. [52] Se veía, there was seen.

2. [53] Que aún se hallaban encendidos, which were still lighted.

3. [54] Compré cuantos papeles se vendían, I bought all the papersthat were sold.

4. [55] Tardé en conciliar el sueño, it was a long time before Ifell asleep.

5. [56] Que se me llevara, that they carry me.

6. [57] Se pusieron, they began to.

7. [58] A confesar una porción de crímenes a cual más horroroso,to confess a number of crimes each most horrible.

8. [59] Yo tomé el gesto por donde más quedaba, I took his grimacein the worst sense.

9. [60] Tornaron a abrir la puerta, they opened the door again.

10. [61] Hay que, it is necessary.

11. [62] Las cuales, refers to columnas.

12. [63] Que debajo de ellas había, which there were under them.

13. [64] Todo lo comprendí, I understood it all.

14. [65] Presenciando, by witnessing.

15. [66] Como lo son ahora, as they are now.

LOS PURITANOS

———

NOVELA

——

ERA un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. Notenía motivo para negarme a recibirle en mi habitación algunos días. Eldueño de la fonda me lo presentó[67] como un antiguo huésped a quiendebía muchas atenciones: si me negaba a compartir con él mi cuarto, severía en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, locual sentía extremadamente.

—Pues si no ha de estar[68] en Madrid más que unos cuantos días, y notiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hayinconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Perocuidado... ¡sin ejemplar!...

—Descuide V., señorito, no volveré a molestarle con estas embajadas. Lohago únicamente porque D. Ramón no vaya a parar a otra casa. Crea V. quees una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.

Y así fue la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madridno tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix delos campañeros de cuarto. Si volvía a casa más tarde que yo, entraba yse acostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba mástemprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor dehacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía tosero moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, ysólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión erapara gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. Apesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba delos cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, quese había casado bastante joven.

Y no debía de ser feo, ni mucho menos,[69] en aquella época. Aún ahoracon su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojosanimados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchasmujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.

Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar o canturriar al tiempo delavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltabacon indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos ypulverizándolos entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardoracometía y más a menudo, era uno de Los Puritanos; me parece quepertenecía al aria de barítono en el primer acto. Don Ramón no sabía laletra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si lasupiera. Empezaba siempre:

Il

sogno

beato[70]

De

pace

e

contento

Ti,

ro,

ri,

ra,

ri,

ro,

Ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decían: La

dolce

memoria[71]

De un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el allegro.

—¡Hola! D. Ramón, le dije un día desde la cama; parece que le gusta aV. Los Puritanos.[72]

—Muchísimo; es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquiercosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzurahay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y esta es música.¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana quesólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas lasóperas de Bellini: El Pirata, Sonámbula, I Capuletti e diMontechi; pero sobre todas ellas Los Puritanos... Tengo ademásrazones particulares para que me guste más que ninguna otra, añadióbajando la voz.

—¡Ole, ole, D. Ramón! exclamé incorporándome de un salto y poniéndomelos calcetines: vengan esas razones.[73]

—Sán tonterías de la juventud... cuestión de amores, contestóruborizándose un poco.

—Pues cuente V. esas tonterías. Me muero por ellas: no lo puedoremediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecariade que V. me habló ayer.

—¡Al fin poeta!

—No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.

—Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, selo contaré ya que V. tiene curiosidad... Verá V. como es una tonteríaque no merece la pena.. .[74]

¡Pero vístase V., criatura, que se estáhelando!

El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisión delAyuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota deconsumos. Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacíasiete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lohaga.[75] Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; lacasa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquellaépoca, bueno será que le advierta, que me complacía en andar muylechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que teníasiempre escamada a mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombrede Dios?[76] ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo ydejándola un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no escelosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en esteMadrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunasvisitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminandolentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche asea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarrohabano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza queme hace vacilar; el flamante sombrero de copa fue rodando por un lado yel cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi amis pies fue una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para misadentros,[77]

lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó nocomprender. Mas como no era de presumir[78] que ella por su voluntad sehubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente, puesjamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de algunacasa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie[79] en el balcón de un primer piso,suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece o catorce años.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mifuror, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como teníadeterminado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formaciónde esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la bellezanada vulgar del criminal.

Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a alzar la cabeza y a remitirotra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresorseguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse lasamables disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto lamuñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modoalguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situaciónpoco decorosa. Me apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo,por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido algunafractura u otra herida grave.

No tenía más que leves contusiones. Alcelaen alto y la mostré a su dueño haciéndole seña de que iba a subir paraentregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escaleray tomo el cordón de la campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindoagresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, yextiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente ala muñeca desmayada.

Quise hablar, para dar mayor seguridad de que noera nada lo que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros susmiembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niñatan hermosa y simpática, etc., etc. Nada de esto fue posible. La chicamurmuró confusamente un "muchas gracias", y se apresuró a cerrar lapuerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en elmismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabezahacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos observo que está la niñaasomada, y me paro y la envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Estavez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. ¡Cuidadoque era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí lanecesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibircierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado,me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de talcriaturita. Ya no estaba en el balcón.

Pues yo no me voy sin verla[80] me dije, y pián pianito, comencé apasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura queun cadete de Estado Mayor.

Después de todo, aquí nadie me conoce—me ibarepitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguirpaseando.—Además, yo no tengo nada que hacer ahora;[81] y lo mismo davagar por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcónapareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento desorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reír[82] y seocultó de nuevo.

¡Pero, qué necios somos los hombres y qué inocentes cuando se trata[83]de estos asuntos! ¿Querrá V. creer que entonces no sospeché siquiera quela niña había estado presenciando, sin perder uno sólo, todos mismovimientos?

Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fui acasa de un amigo.

Mas al día siguiente, fuese casualidad opremeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar por elmismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de brucessobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas asíque pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase[84] por delantede la casa. Como V.

puede suponer, esto lejos de hacerme desistir, meanimó a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, encontemplación estática. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomaruna naricita nacarada,[85] que se retiró al momento velozmente, volvió aasomarse a los dos minutos y volvió a retirarse, asomose al minuto otravez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomópor entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase dedemostrar[86] que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó porentrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado por lo que amí respecta[87] de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectilesmortíferos, que debieron causar[88] notables estragos en el enemigo.Éste a la media hora oyó sin duda en la sala el toque de "alto elfuego", y se retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle, que pormás que me sintiese avergonzado[89] de aquella aventura, seguí dandovueltas a la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez másintenso y animado. A los tres o cuatro días me decidí a arrancar unahoja de la cartera y a escribir estas palabras: Me gusta V.

muchísimo.Envolví dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasarnadie, después de hacerle seña de que se retirase, la arrojé al balcón.Al día siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel queme apresuré a recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa,crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: Tanbien ustez me gusta a mí no crea que juego con muñecas era de miermanita.[90]

Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensacióndulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancólica, alrecordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aqueldía mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de sucondescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada alcombate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambaspartes. Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que seoía llamar[91] y se retiraba apresuradamente. La pregunté por señas sisalía de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en lacalle hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, quedebía de ser[92] su mamá, y de dos hermanitos.

Seguiles[93] al Retiro,aunque a respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenzael que la mamá se enterase[94] la chiquilla, con menos prudencia, volvíaa cada instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me tenían encontinuo sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo nosabía cómo se llamaba,[95] y a fin de averiguarlo escribí la pregunta enotra hoja de la cartera: ¿Cómo se llama V.? La chica contestó en lamisma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: Me llamo Teresa nocrea ustez por Dios que juego con muñecas.[96]

Diez o doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecíacada día más linda, y lo era en efecto, porque según he averiguado en elcurso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto ala mujer como el amor. La pregunté repetidas veces si podía hablar conella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamállegaba a saber algo ¡adiós balcón! Empecé a sospechar que me ibaenamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sinsentir profunda melancolía como si personificase mi juventud, misensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separadosde mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban losremordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase aaveriguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas!

Undía recibí carta suya, participándome que tenía a mi hijo menor un pocoindispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviesepronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer;porque siempre he delirado por mis hijos: y como si aquello fuesecastigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después degrave y prolongada meditación, en que me eché en cara[97] sin piedad, miconducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolvíobedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo[98] estepropósito, lo primero que se me ocurrió fue no acordarme más de Teresa,ni pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después,abreviar cuanto pudiese los asuntos.

Según mis cálculos quedaría libre alos cinco o seis días.

Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después dealmorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivían unos amigos. Porla noche, después de comer, como no había peligro[99] de ver a Teresa,la cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro días; ya no me acordaba de aquella niña, o si me acordabaera de un modo vago, como la memoria de los días risueños de lajuventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con laelección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar,[100] delviernes o el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro yechándome a la calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota delAyuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que habíade decir[101] a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modomejor de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey yentré en la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastantetemplada; llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando convoluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de verpronto a mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niña medetuve y la contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguíadelante murmurando: "¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se lalleve un tunante!" Después me puse a reflexionar en lo fácil que mehubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo;pero no; hubiera sido una felonía. Por más que fuese[102] un pocodíscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para seralcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y planespolíticos, y cuando ya estaba próximo a doblar la esquina de la calle,he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que medice:

—¿Va V. muy lejos?

—¡Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándolaestupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

—¿Pero dónde va V. a estas horas?

—Me voy con V.—contestó alzando la cabeza y sonriendo como si dijesela cosa más natural del mundo.

—¿A dónde?

—¡Qué sé yo! Donde V. quiera.

A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.

—¿Ha huido V. de su casa?

—¡Qué había de huir!... solamente se la he jugado a Manuel, del modomás gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a latertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papámandó a Manuel que me acompañase.

Llegamos hasta el portal y allí ledije: márchate, que ya no haces falta;[103] y me hice como que subía laescalera,[104] pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrásde él hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dio una risa, que por pocome oye![105]

La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que meobligó a hacer lo mismo.

—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza,mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistoslos caballeros.[106]

—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echandoa correr.

La seguí y la alcancé pronto.

—¡Qué polvorilla es V. ![107]—le dije echándolo a broma—¡Vaya un modode despedirse!.. .[108] Perdón si la he ofendido...

La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buenpedazo en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir oen lo que iba a hacer, sobre todo en lo que iba a hacer. Al fin, Teresalo rompió, preguntándome resueltamente:

—¿No me dijo V. por carta que me quería?

—¡Pues ya lo creo que la quiero a V.!

—¿Entonces, por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la callede día?

—Porque temía que su mamá...

—Sí, sí, porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se lesquiere[109]

es peor... ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me ha tenido V. albalcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por lanoche detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sinmirar siquiera hacia mi casa... Yo decía, ¿estará enfadado conmigo?[110]¿Por qué se habrá enfado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tresmenos cuarto? En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada enlimpio...

Entonces dije: voy a darle un susto esta noche...

—Ha sido un susto muy agradable.

—Si no llega V. a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a losbalcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.

Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel depensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarmefijamente.

—¿Está V. contento?

—¡Vaya!

—¿Va V. a gusto conmigo?

—Mejor que con nadie en el mundo.

—¿No le estorbo?

—Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

—¿No tiene V. nada que hacer ahora?

—Absolutamente nada.

—Entonces vamos a pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva a casa ymamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si leestorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...

Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la manopara encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosavolubilidad.

—Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando ledejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡SiV. viera!... Vamos a ver ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió V.conmigo?

—¡Toma! porque me gustó V. mucho.

—Eso pensaba yo: debí de haberle sido simpática[111], porque sinó laverdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subióa llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto lapuerta... ¡Dichosa muñeca! Me dio tal rabia que la tiré contra el sueloy la partí un brazo.

—Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla comoun recuerdo.

—¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca no noshubiéramos conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...

—¿Cómo otro?

—Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado enque le he de querer[112] a la fuerza... No vaya V. a creer que es feo...al contrario, es guapo... pero a mí no me gusta... No lo puedoremediar. Le dije que sí, porque me dio lástima un día que se echó allorar.[113]

Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente porlas calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente o conocidode la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mibrazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo,sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor delante de unescaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era ungorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón; aimpulso de ella se fue disipando poco a poco el tropel de pensamientospérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, tambiéndesaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña teníaalgún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosanuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso,que nos impedía ver el riesgo que corríamos.

En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacíamás que un año que estaban en Madrid establecidos; su papá ocupaba unalto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter ycostumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; lahermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicosinsufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose.

Sumamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, perono quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:que la mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que eramuy serio, pero muy bueno; lo único que la tenía apesadumbrada era queparecía querer más a los chicos que a ellas.[114] La mamá, en cambio,mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de lacalle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: lasdos tenían novio,[115] pero no valían cuatro cuartos: chiquillos quetodavía estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que erael primo que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estabapreparando para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, enlos cortos intervalos de silencio levantaba graciosamente la cabeza,preguntándome:

—¿Va V. a gusto conmigo? ¿Le estorbo?

Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostroexpresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.

Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo ibagozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente de los labios deaquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sinembargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente quevagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingocon el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar: Teresala aceptó inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,tomamos entradas de paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y aquélrebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos yescalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos.

Teresa se encontróadmirablemente y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarlahasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telónseguimos charlando, aunque muy bajito: se había establecido entrenosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yoacariciaba embelesado.

Cuando empezó la ópera dejó de charlar y sepuso[116] a atender tan decididamente, que a mí me hizo sonreír elverla[117] con la cabecita apoyada en la pared y los ojos estáticos.Sabía música, pero había ido al teatro pocas veces; así que las melodíasinspiradas de la ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que setraducía por un leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegóel sublime canto del tenor que empieza A te, oh cara, me apretó confuerza la mano exclamando por lo bajo:—¡Oh qué hermoso! ¡oh quéhermoso! Después me hizo explicarle lo que pasaba en la escena: halló elmatrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía deveras al barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustadacuando al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a lareina y dejar abandonada a su futura, y declaró resueltamente que estaera una conducta indigna.

—Pero advierta V. que estaba obligado a hacerlo porque era su reinaquien se lo pedía.

—No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Loprimero siempre es la novia.

No me fue posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Despuésque bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarlemi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había queridomás, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin finde[118] patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestórotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntarque había excepciones, pero no fue posible hacérselo reconocer.—Ustedserá lo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un puntodel espacio); me querrá V. un poco de tiempo, y después... si te vi, nome acuerdo.

¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez, me estaba haciendopasar aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, lepregunté:

—¿Cuántos años tiene V. ?[119] Hasta ahora no me lo ha dicho.

—Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero laverdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?

—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.

—¡Ah qué presumido! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchosque pocos![120]

En seguida me propuso que nos tratásemos de tú,[121] pero después deaceptado se volvió atrás[122] ofreciéndome que yo la tratase de tú yella siguiese con el V. No quise conformarme.

—Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza...Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecillainfinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis:si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasandocomo sobre ascuas.

Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojosno se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba a menudo lossuyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresiónde su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad delprincipio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y porla cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindorostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que envirtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña setransformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano yhasta retiró la suya: volví a cogerla disimuladamente, pero al pocotiempo la retiró de nuevo.

El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón[123] me hizo mirarel reloj, y viendo las once,[124] dijo que era necesario partir enseguida, porque a las once y media, a más tardar, iba el criado abuscarla.

Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: a la puertaaguardaba una larga fila de coches, que nos fue preciso evitar.[125] Yano había[126] en las calles el movimiento de las primeras horas, perocon todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazocomo antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante,[127] y la dije aloído mil requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que mehabía inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por sucalle: recordele[128] todos los pormenores, hasta los másinsignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le dicuenta de los vestidos que le había visto y de los adornos, a fin de quecomprendiese la profunda impresión que me había causado.

Nada replicabaa mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando suactitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasarpor los mismos sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamósin mirarme:

—Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!

Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porquellegaríamos demasiado temprano.

—De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala.Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo: ¿No es verdad que una niñabien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡Si lo supiesen misprimas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero nopiense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muyaturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buenfondo.

Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en lagarganta, hasta que se echó a llorar perdidamente.[129] Me costó muchotrabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando[130] su carácterfranco y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarlasiempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo deella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó acharlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad deproyectos a cual más absurdo: según ella, debía presentarme al díasiguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muyniña, pero yo debía replicarle inmediatamente que no importaba nada: elpapá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría elejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a lasmuñecas[131]

cuando la avisaron para ir a casarse. ¿Que había de oponera este poderoso argumento?

Nada seguramente. Nos casaríamos, y actocontinuo nos iríamos a Jerez, para que conociese[132] a sus amigas y asus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero,y mucho más, cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle[133] convehemencia que me permitiese darla un beso. No fue posible. Ningúnhombre la había besado hasta entonces; solamente su primo la había dadoun beso a traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos delimón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieranlas manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios.

Perocuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos losbesos que se me antojaran,[134] aunque sospechaba que no se lospediría[135] con tanto ardor como ahora.

Estábamos próximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvía delas tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y laobligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacíanguiños, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellosmomentos felices, que no habían de volver.[136] A lo lejos sólo seveían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvió a hacermejurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente a las dosen punto[137] de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.

—Cuidado que no faltes.[138]

—No faltaré, preciosa.

—¿A las dos en punto?

—A las dos en punto.

—Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato[139] se oyeron lospasos del portero.

—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate deprisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la toméentre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todoslos que pude hasta que oí rechinar la llave.[140] Y me alejé a pasolargo.

Dejó de hablar D. Ramón.

—¿Y después, qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.

—Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al díasiguiente tomé el tren para mi pueblo.

—¿Sin ver a Teresa?

—Sin ver a Teresa.

Notes for "Los Puritanos":

1. [67] Me lo presentó, note the use of " lo" instead of " le".

2. [68] Ha de estar, is to be.

3. [69] No debía de ser feo, ni mucho menos, he must not have beenugly, far from it.

4. [70] Il sogno beato, the beautiful dream.

De pace e contento, of peace and contentment.

5. [71] La dolce memoria, the sweet memory.

De un tenero amore, of a tender love.

6. [72] Parece que le gusta a V. Los Puritanos, it seems that youlike the Puritanos.

7. [73] Vengan esas razones, let's have those reasons. Vengan,lit., let them come.

8. [74] Que no merece la pena, which is not worth the trouble.

9. [75] No aconsejaré a nadie que lo haga, I shall not adviseanyone to do it.

10. [76] ¿Para qué te compones tanto, hombre de Dios? man alive,what are you dressing up so much for? This familiar use of " Dios" bythe Spanish people is considered not a sin but "the instinctiveelevation of the soul to its Maker".

11. [77] Para mis adentros, to myself.

12. [78] Mas como no era de presumir, but as it was not to bepresumed.

13. [79] Estaba de pie, was standing.

14. [80] Yo no me voy sin verla, I am not going away without seeingher.

15. [81] Yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar porun lado que por otro, I have nothing to do now; and it's just the sameto loiter on one side as the other.

16. [82] Se echó a reír, she began to laugh.

17. [83] Cuando se trata de, when it is a question of.

18. [84] Antes de que pasase, (subjunctive " aorist"), before Ipassed.

19. [85] No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar unanaricita nacarada, four minutes did not pass without seeing a littlepearly nose peeping.

20. [86] Cual si tratase de demostrar, as if she tried to show.

21. [87] Acompañado por lo que a mí respecta de, accompanied on mypart by.

22. [88] Que debieron causar, which must have caused.

23. [89] Por más que me sintiese avergonzado, however much I feltashamed.

24. [90] Tan bien... ermanita, también me gusta a mí. No crea V.que juego con muñecas.

Era de mi hermanita.

25. [91] Hasta que se oía llamar, until she heard herself called.

26. [92] Debía de ser, must have been.

27. [93] Seguiles, I followed them.

28. [94] El que la mamá se enterase, that the mother should takenotice.

29. [95] A todo esto, yo no sabía cómo se llamaba, after all this,I did not know her name; lit., how she called herself.

30. [96] Me llamo... muñecas, Me llamo Teresa. No crea V. por Diosque juego con muñecas.

31. [97] Me eché en cara, I upbraided myself.

32. [98] Para llevar a cabo, in order to carry out.

33. [99] Como no había peligro, as there was no danger.

34. [100] A más tardar, at the latest.

35. [101] Pensando en lo que había de decir, thinking of what I wasto say.

36. [102] Por más que fuese, although he was.

37. [103] Que ya no haces falta, since I need you no longer.

38. [104] Me hice como que subía la escalera, I made out that I wasgoing up the steps.

39. [105] Que por poco me oye, that he came near hearing me.

40. [106] De que solemos estar tan bien provistos los caballeros,with which we gentlemen are accustomed to be so well provided.

41. [107] ¡Qué polvorilla es V.! what a lively girl you are!

42. [108] ¡Vaya un modo de despedirse! a fine way of taking leave!

43. [109] Cuanto más se les quiere, the more one loves them.

44. [110] Estará enfadado conmigo, is he probably angry with me?

45. [111] Debí de haberle sido simpática, I must have beenattractive to you.

46. [112] Que le he de querer, that I am to love him.

47. [113] Se echó a llorar, began to weep.

48. [114] Que parecía querer más a los chicos que a ellas, that heappeared to love the boys more than them, i. e., the girls.

49. [115] Las dos tenían novio, note that " novio" is singular,contrary to English usage.

50. [116] Dejó de charlar y se puso a, stopped chattering and beganto.

51. [117] Que a mi me hizo sonreír el verla, that it made me smileto see her. The infinitive used as a verbal noun is preceded by thedefinite article el.

52. [118] Un sin fin de, no end of. The phrase sin fin is used as asubstantive.

53. [119] Cuántos años tiene V.? How old are you?

54. [120] Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos quepocos, why I am to love you the same whether you have many or few, i.e., whether you are old or young.

55. [121] Que nos tratásemos de tú, that we address each other bythou. This would be an acknowledgment of intimate friendship.

56. [122] Pero después de aceptado se volvió atrás, but afterhaving accepted, she backed out.

57. [123] Al bajarse el telón, when the curtain fell.

58. [124] Viendo las once, seeing that it was eleven o'clock.

59. [125] Que nos fue preciso evitar, which was necessary for us toavoid.

60. [126] Ya no había, there was no longer.

61. [127] Entonces me tocó llevar la voz cantante, then it came myturn to be cheerful.

62. [128] Recordele, I related to her.

63. [129] Hasta que se echó a llorar perdidamente, until she beganto weep bitterly.

64. [130] Al fin lo conseguí elogiando, finally, I succeeded bypraising.

65. [131] Jugando a las muñecas, jugar is regularly followed by" a".

66. [132] Para que conociese, that I should know.

67. [133] No pude menos de pedirle, I could not help asking her.Note that pedir takes the dative case.

68. [134] Que se me antojaran, that I should take a notion to.

69. [135] Que no se los pediría, that I would not ask her forthem.

70. [136] Que no habían de volver, which were not to return.

71. [137] A las dos en punto, at two o'clock sharp.

72. [138] Cuidado que no faltes, take care that you do not fail.

73. [139] Al poco rato, after a little while.

74. [140] Todos los que pudo hasta que oí rechinar la llave, allthat I could until I heard the key creak.

VOCABULARY

———

WORDS OF SIMILAR ORTHOGRAPHY AND MEANING IN

BOTH LANGUAGES HAVE BEENOMITTED

———

A

a, at, to, for, by, in.

abajo, below, under.

abatir, to cast down, to humble.

abierto, open, pp. of abrir.

abogado, m. , advocate, lawyer.

abrazar, to embrace, to clasp.

abreviar, to abridge.

abrigar, to shelter, to cover, to protect.

abrigo, m. , shelter, protection.

abrir, to open.

absurdo, absurd.

acabar, to finish, end; -- de, to have just.

acalorar, to heat, warm, inflame.

acariciar, to caress.

acento, m. , accent.

acentuar, to accentuate.

aceptar, to accept.

acera, f. , sidewalk.

acerca de, about, in regard to.

acercarse, to approach.

acerqué; see acercarse.

acertar, to meet, find, happen unexpectedly.

achacar, to impute, attribute.

acometer, to attack, undertake.

acomodar, to arrange, fit, suit.

acompañar, to accompany.

acongojar, to afflict, grieve, trouble.

aconsejar, to advise.

acontecimiento, m. , event.

acordar, to agree, decide; --se, to recollect.

acosar, to pursue, molest.

acostar, to put to bed; --se, to go to bed.

acostumbrar, to accustom, be accustomed.

acre, acid, sour.

actitud, f. , attitude.

acto, act; -- continuo, immediately.

acudir, to help, run to.

acuerdas; see acordar.

acuerdo; see acordar.

acurrucar, to wrap up.

adelante, forward, henceforth.

ademán, m. , gesture, manners.

además, besides, moreover.

adentro, within; para mis --s, to myself.

adicto, addicted, favorable.

adios, good-bye, adieu.

adivinar, to conjecture, divine, guess.

administrar, to administer.

admiración, wonder, admiration.

admirable, excellent.

admirarse, to be seized with admiration.

adorno, m. , ornament, decoration.

advertir, to notice, advise, give warning.

advierta; see advertir.

afán, m. , anxiety, solicitude.

afeitar, to shave.

afición, affection, inclination.

aficionar, to cause fondness or affection.

aficionado a, fond of.

afirmar, to affirm.

afirmativamente, positively.

afortunadamente, luckily.

Africana, La, title of an opera.

afueras, f. , pl. environs.

agente, agent, solicitor, attorney.

agitar, to agitate, stir.

agonía, agony.

agradable, agreeable, pleasing.

agradar, to please, gratify.

agradecimiento, m. , gratefulness.

agregar, to collect, unite.

agresor, aggressor.

agrupar, to group.

agua, f. , water.

aguardar, to expect, to wait for.

agudo, sharp.

aguja, f. , steeple, needle.

agujero, m. , hole.

ahí, there, yonder.

ahogar, to smother, drown.

ahora, now.