Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage quedó huérfano de padremuy niño aún. A no ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenidocarrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,enciclopedista y francmasón que se permitía leer al señor de Voltaire,cierta tradición de cultura trasañeja, medio extinguida ya, perosuficiente todavía para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. Enlos Pardos de la Lage era, al contrario, axiomático que más vale asnovivo que doctor muerto. Vivían entonces los Pardos en su casa solariega,no muy distante de la de Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, elmayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita dedistinción, trasladando sus reales al pueblo; y don Gabriel, elsegundón, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompañar a su hermana,según decía, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban losmaldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuñado difunto.Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió el mando de la casa:él descubrió y propuso para administrador a aquel bendito exclaustradofray Venancio, medio chocho desde la exclaustración, medio idiota denacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda delsobrino, desempeñando la tutela. Una de las habilidades de don Gabrielfue hacer partijas con su hermana cogiéndole mañosamente casi toda sulegítima, despojo a que asintió la pobre señora, absolutamente inepta enmateria de negocios, hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba consórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de ir poniendo enonzas de oro, de las más antiguas, de premio. Cortos eran los réditosdel caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblonesde fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasara las de doña Micaela, ya no salían de allí sino en forma de peluconas,camino de cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a pocoformándose una leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba, donGabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevándolo consigo aferias, cazatas, francachelas rústicas, y acaso distracciones menosinocentes, y enseñándole, como decían allí, a cazar la perdiz blanca; yel chico adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y resuelto, diestro enlos ejercicios corporales, groseramente chistoso, como todos los de laLage, en las sobremesas: especie de señor feudal acatado en el país, queenseñaba prácticamente al heredero de los Ulloas el desprecio de lahumanidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y sobrino sedeportaban, según costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de losPazos, habiéndose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a lascuatro de la tarde y estando abiertas todas las puertas del caserónsolariego, se presentó en él una gavilla de veinte hombres enmascaradoso tiznados de carbón, que maniató y amordazó a la criada, hizo echarseboca abajo a fray Venancio, y apoderándose de doña Micaela, le intimóque enseñase el escondrijo de las onzas; y como la señora se negase,después de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja,mientras unos cuantos proponían que se calentase aceite para freírle lospies. Así que le acribillaron un brazo y un pecho, pidió compasión ydescubrió, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampahábilmente disimulada por medio de una tabla igual a las demás del piso,pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosasmedallas, apoderáronse también de la plata labrada que hallaron a mano,y se retiraron de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.Algún labrador o jornalero les vio salir, pero ¿qué había de hacer? Eranveinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.

Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual puntapié o puñadadespreciativa, no necesitó más pasaporte para irse al otro mundo, depuro miedo, en una semana; la señora se apresuró menos, pero, como sueledecirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía serosale impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Delrobo se habló largo tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños:se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentesconocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba cargo público,y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con lafamilia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de lascostumbres de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres, y dela insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la másvaliosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió alos autores del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro pariente quesu tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un sacerdotebrusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.Desde tiempo atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticasPrimitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la puntería más certera,y el padre de la moza más guapa que se encontraba en diez leguas a laredonda. El fallecimiento de doña Micaela permitió que hija y padre seinstalasen en los Pazos, ella a título de criada, él a título de...montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para elempleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando enPrimitivo un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro añosdespués de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gotaque pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que ya sesusurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero deCebre. El hidalgo se trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en lavillita; otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes ycaudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; yhabiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios demalísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sípor completo.

Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y pellizcos, la casa deUlloa, a pesar de poseer dos o tres decentes núcleos de renta, estabaenmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián: una ruina. Dada lacomplicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a lapropiedad gallega, un poco de descuido o mala administración basta paraminar los cimientos de la más importante fortuna territorial. Lanecesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había sidocausa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; perola hipoteca es como el cáncer: empieza atacando un punto del organismo yacaba por inficionarlo todo. Con motivo de los susodichos censos, elseñorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre;tiempo perdido: o la señora no había atesorado más desde el robo, o lohabía ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.

La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigoempezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por las casasnobles en que entran; pero más le llenó de confusión encontrar entre lospapelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas,sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡elmarqués de Ulloa!

Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa auténtico y legal, elque consta en la Guía de forasteros, se paseaba tranquilamente encarretela por la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867,mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bienajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesiónhabía pagado religiosamente su impuesto de lanzas y medias anatas, lodisfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad queal legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,duque de algo, marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocíaen Madrid sino por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor,aun cuando el título de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira dePortugal, pudiese ganar en antigüedad y estimación a los más eminentes.Al pasar a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue elmarquesado a donde correspondía por rigurosa agnación; pero losaldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos deUlloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a los dueñosde la gran huronera.

Los señores de los Pazos no protestaban: eranmarqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en uncamino hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro, murmurando:«Vaya usía muy dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleograto en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:«Felices tardes».

-V-

Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies fríos y la cabezacaliente: él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente lasnociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercercon inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, nopodía; su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cadapaso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tomábaseel trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de loscultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, lasbodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntarpara qué servía esto y aquello y lo de más allá, y cuánto costaba y acómo se vendía; labor inútil, pues olfateando por todas partes abusos ydesórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y degramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito nole acompañaba en semejantes excursiones: harto tenía que hacer conferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, desuerte que el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los hay.Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible,encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, ladeclaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante elcelo de Julián surgían montones de dificultades menudas, impidiéndolerealizar ninguna modificación útil. Y lo más alarmante era observar laencubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos,jornaleros, y hasta el ganado en los establos, parecía estarlesupeditado y propicio: el respeto adulador con que trataban al señorito,el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían al capellán,se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada porfórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad,indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sinpestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre quemandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto decriado con ribetes de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeadaescrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba surostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero,sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.Tal vez la filosofía de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y nohabía de ser Julián la excepción.

Corría entre tanto el invierno, y el capellán se habituaba a la vidacampestre. El aire vivo y puro le abría el apetito: no sentía ya lasefusiones de devoción que al principio, y sí una especie de caridadhumana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba suinstintiva ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho, el rapazembriagado por su propio abuelo; le dolía verle revolcarseconstantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en elestiércol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón delas vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierbadestinada al pienso de la borrica; y determinó consagrar algunas horasde las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo el abecedario,la doctrina y los números. Para realizarlo se acomodaba en la vastamesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesostroncos; y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mecherodel velón, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,repitiendo la monótona salmodia por donde empieza el saber: be-a bá,be-e bé, be-i bí.... El chico se deshacía en bostezos enormes, en muecasrisibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; seacorazaba, se defendía contra la ciencia de todas las manerasimaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose, almenor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincón ovolverse al tibio abrigo del establo.

En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en tertulia, casiexclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de lado, comorecelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por unaespecie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a ladeleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo delino, hilaban después de haberse calentado las manos, o sacando delbolsillo castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y todas,empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.Era Sabel la reina de aquella pequeña corte: sofocada por la llama, conlos brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de lasadulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos decaldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en laesquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar elhirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara.

Noches había en que nose daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres enentrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilabasin duda, como en mesón barato, la parroquia entera. Al salir cogíanaparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con surebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o lacón rápidamenteescondido en un justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de lasristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a lasfaltriqueras. La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba mástiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas deestopa, entrevista por Julián la noche de su llegada a los Pazos. Eraimponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas, y, de perfil,le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el fuego hacíaresaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme bocio o papera que deformaba su garganta del modo más repulsivo.Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artistapodía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecenjuntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuñade cabra.

Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a Julián la tertulia y lasfamiliaridades de Sabel, que se le arrimaba continuamente, a pretexto debuscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier objetoindispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegadosen caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento,comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudosorprendía clavados a hurtadillas en su rostro.

Ignorando en qué fundarsus recelos, creía Julián que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo,salvo tal cual momentáneo acceso de brusca y selvática alegría, hombretaciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; ycon todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad encubierta porparte del cazador; en rigor, ni hostilidad podía llamarse; más bientenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, aquien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante actitud nopodía definirse, ni expresarse apenas. Julián se refugió en su cuarto,adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lecciónacostumbrada. Así como así, el invierno había pasado, y el calor de la lareira no era apetecible ya.

En su habitación pudo el capellán notar mejor que en la cocina laescandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le cubría lapiel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas,estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suertede cuerpos extraños. Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastróhacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas yjabón. Empezó a frotar. ¡María Santísima y qué primer agua la que salióde aquella empecatada carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa.Para el pelo fue preciso emplear aceite, pomada, agua a chorros, unbatidor de gruesas púas que desbrozase la virgen selva. Al paso queadelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones,dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del sol y del aire;y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artísticamente como enuna testa de Cupido, y descubrían su matiz castaño dorado, que acababade entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios aaquel muñeco!

Todos los días, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián lolavaba así antes de la lección. Por aquel respeto que profesaba a lacarne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria enverdad. Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián, eldiablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vidaen el cuarto. Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba alpobre presbítero: la tinta le servía a Perucho para meter en ella lamano toda y plantarla después sobre el silabario; la pluma, paraarrancarle las barbas y romperle el pico cazando moscas en los vidrios;el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con él cucuruchos; lasarenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes ycollados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo el dedode golpe. Además, revolvía la cómoda de Julián, deshacía la camabrincando encima, y un día llegó al extremo de prender fuego a las botasde su profesor, llenándolas de fósforos encendidos.

Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo enlimpio de semejante hereje; pero se complicaron con otra cosa bastantemás desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por suhabitación. Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir: que sele había olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le había esquecido mudar la toalla. Y

se endiosaba, y tardaba un buen rato enbajar, entreteniéndose en arreglar cosas que no estaban revueltas, oponiéndose de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota,alardeando de una confianza que Julián, cada día más reservado, noautorizaba en modo alguno.

Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de aguapara las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos dereparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas,con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie ypierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía másque la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo ycomadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros. Juliánretrocedió, y la jarra tembló en su mano, vertiéndose un chorro de aguapor el piso.

—Cúbrase usted, mujer—murmuró con voz sofocada por la vergüenza—. No metraiga nunca el agua cuando esté así... no es modo de presentarse a lagente.

—Me estaba peinando y pensé que me llamaba...—respondió ella sinalterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre el escote.

—Aunque la llamase no era regular venir en ese traje.... Otra vez que seesté peinando que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... ocualquiera....

Y al pronunciar estas palabras, volvíase de espaldas para no ver más aSabel, que se retiraba lentamente.

Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la muchacha como de unanimal dañino e impúdico; no obstante, aún le parecía poco caritativoatribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo achacarlo aignorancia y rudeza. Pero ella se había propuesto demostrar locontrario. Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda,cuando una tarde, mientras Julián leía tranquilamente la Guía dePecadores, sintió entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, quealgo arreglaba en el cuarto. De pronto oyó un golpe, como caída depersona contra algún mueble, y vio a la moza recostada en la cama,despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una aflición, una cosa repentina, y Julián, turbado pero compadecido,acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin deejecutarlo se acercó a la acongojada enferma. Apenas se inclinó haciaella, pudo—a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia—convencersede que el supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima ysinvergüenza calificada. Una ola de sangre encendió a Julián hasta elcogote: sintió la cólera repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba sulinfa, y señalando a la puerta, exclamó:

—Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones..., ¿entiendeusted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta.... Todo, todo lo quenecesite, me lo traerá Cristobo.... ¡Largo inmediatamente!

Retiróse la moza cabizbaja y mohína, como quien acaba de sufrir pesadochasco. Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado, descontento desí mismo, cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato de ira:hasta sentía dolor físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se habíaexcedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa, envez de palabras de menosprecio. Su obligación de sacerdote era enseñar,corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos delarchivo. Al cabo Sabel tenía un alma, redimida por la sangre de Cristoigual que otra cualquiera. Pero ¿quién reflexiona, quién se modera antetal descaro? Hay un movimiento que llaman los escolásticos primoprimis fatal e inevitable. Así se consolaba el capellán. De todosmodos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no máspúdica que las vacas. ¿Cómo podía haber mujeres así? Julián recordaba asu madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada ysuave, con su casabé abrochado hasta la nuez, sobre el cual, paramayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra. ¡Quémujeres! ¡Qué mujeres se encuentran por el mundo!

Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse elagua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes, ya Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta. Lo que más extrañezay susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no serecataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeadaque equivalía a una declaración de guerra. Julián no podía dudar queestorbaba en los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ellointerrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis librosde San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio; pero al poco rato,descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando de ser útiljamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en sus páginasmísticas.

Arriba De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hechoJulián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad deUlloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por sudesmedida afición al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, encambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar mariquita; porquepara el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caerun hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas:tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón conla simonía.

«Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes,convencidísimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha depresentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clérigo nopierde, ipso facto, los fueros de hombre, y el hombre debe oler abravío desde una legua. Con los demás curas de las parroquias cercanastampoco frisaba mucho Julián; así es que, convidado a las funciones deiglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan lasceremonias, sin aceptar jamás la comida que era su complementoindispensable. Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidada pasar en Naya el día del patrón, aceptó de buen grado,comprometiéndose a no faltarle.

Según lo convenido, subió a Naya la víspera, rehusando la montura que leofrecía don Pedro.

¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tardehermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardómucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tanoportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de lagaita, bombo y tamboril, a la luz de los fachones de paja de centenoencendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijospatronales. Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,cantando y atruxando como locos, y con ellos descendió Julián.

El cura esperaba en la portalada misma: recogidas las mangas de suchaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostenía labandeja con vasos. Detúvose el grupo; el gaitero, vestido de pana azul,en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo punteiro caía sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosacon un pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de lasluces que alumbraban la casa del cura permitían distinguir su caraguapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillascastañas. Cuando le sirvieron el vino, el rústico artista dijocortésmente: «¡A la salud del señor abade y la compaña!» y, después deechárselo al coleto, aún murmuró con mucha política, pasándose el revésde la mano por la boca: «De hoy en veinte años, señor abade». Laslibaciones consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas deatención.

Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a lasazón con los preparativos de la fiesta y asistía impávido a lospreliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y huerto.Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, másque de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo lacorteza infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento de lavida práctica. Sociable y tolerante, había logrado no tener un soloenemigo entre sus compañeros. Le conceptuaban un rapaz inofensivo.

Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julián la mejor cama yhabitación que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba laalborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron juntos los dosclérigos a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para lamisa solemne. Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto queel patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, queallí estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su estáticasonrisilla, su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra, yla siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola. Laimagen modesta, la iglesia desmantelada y sin más adorno que algúnrizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos cacharros deloza, todo excitaba en Julián tierna piedad, la efusión que le hacíatanto provecho, ablandándole y desentumeciéndole el espíritu. Ibanllegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado dehierba, se oía al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientrasen la iglesia el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los queiban entrando, despedía olor campestre y fresquísimo. La procesión seorganizaba; San Julián había descendido del altar mayor; la cruz y losestandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en laestrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de sedaen la cabeza en forma de burelete, se ofrecían a llevar las insigniassacras. Después de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse brevesinstantes frente al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia, yfue pujado, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muyengalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmesí. La misaempezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás festejos. Más deuna docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijadoincensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas, soltando unhumo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecíasuavizarse el desentono del introito, la aspereza de las broncaslaringes eclesiásticas. El gaitero, prodigando todos sus recursosartísticos, acompañaba con el punteiro desmangado de la gaita yhaciendo oficios de clarinete. Cuando tenía que sonar entera laorquesta, mangaba otra vez el punteiro en el fol; así podíaacompañar la elevación de la hostia con una solemne marcha real, y elpostcomunio con una muñeira de las más recientes y brincadoras, que, yaterminada la misa, repetía en el vestíbulo, donde tandas de mozos ymozas se desquitaban, bailando a su sabor, de la compostura guardada porespacio de una hora en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno de luz,el templo sembrado de hojas de hinojos y espadaña que magullaron lospisotones, alumbrado, más que por los cirios, por el sol que puerta yventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes, perosatisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueño ensus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y lacándida palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal,nada inspiraba la augusta melancolía que suele imperar en las ceremoniasreligiosas. Julián se sentía tan muchacho y contento como el santobendito, y salía ya a gozar el aire libre, acompañado de don Eugenio,cuando en el corro de los bailadores distinguió a Sabel, lujosamentevestida de domingo, girando con las demás mozas, al compás de la gaita.Esta vista le aguó un tanto la fiesta.

Era a semejante hora la rectoral de Naya un infierno culinario, si esque los hay. Allí se reunían una tía y dos primas de don Eugenio—aquienes por ser muchachas y frescas no quería el párroco tener consigo adiario en la rectoral—; el ama, viejecilla llorona, estorbosa e inútil,que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama biendistinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedadeshabía servido a un canónigo compostelano, y era célebre en el país porsu destreza en batir mantequillas y asar capones. Esta fornidaguisandera, un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademán brioso, habíavuelto la casa de arriba abajo en pocas horas, barriéndola desde lavíspera a grandes y furibundos escobazos, retirando al desván lostrastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable ejército deguisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, conrápida ojeada de general en jefe, la hidrópica despensa, atestada dedádivas de feligreses; cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones,ollas de vino, manteca y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos ymorcillas. Conocido ya el estado de las provisiones, ordenó lasmaniobras del ejército: las viejas se dedicaron a desplumar aves, lasmozas a fregar y dejar como el oro peroles, cazos y sartenes, y un parde mozancones de la aldea, uno de ellos idiota de oficio, a desollarreses y limpiar piezas de caza.

Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, delos que han derramado la poesía del arte sobre la prosa de la vidadoméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la grancocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panzareluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con lacarne no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojasmejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, comoninfas con un sátiro atado, arrojándole entre el cuero y la camisapuñados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos después, cuando elgaitero y los demás músicos vinieron a reclamar su parva o desayuno,el guiso de intestinos de castrón, hígado y bofes, llamado en el país mataburrillo, ¡cuán digna de su pincel encontraría la escena derozagante apetito, de expansión del estómago, de carrillos hinchados ytragos de mosto despabilados al vuelo, que allí se representó entrebromas y risotadas!

¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado enla sala de la rectoral?

Media docena de tablas tendidas sobre otrostantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima doslimpios manteles de lamanisco sostenían grandes jarros rebosando tintoañejo; y haciéndoles frente, en una esquina del aposento, esperabanturno ventrudas ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla eramezclada, y entre el estaño y barro vidriado descollaba algún talavera legítimo, capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos queahora se consagran a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa ysus apéndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomandoasiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos depreferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de Loiro—la personamás respetable en años y dignidad de todo el clero circunvecino, que nohabía asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas delgentío en la misa—, y a Julián, en quien don Eugenio honraba a lailustre casa de Ulloa.

Sentóse Julián avergonzado, y su confusión subió de punto durante lacomida. Por ser nuevo en el país y haber rehusado siempre quedarse acomer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa estabaimponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entreellos el médico, notario y juez de Cebre, el señorito de Limioso, elsobrino del cura de Boán, y el famosísimo cacique conocido por el apodode Barbacana, que apoyándose en el partido moderado a la sazón en elpoder, imperaba en el distrito y llevaba casi anulada la influencia desu rival el cacique Trampeta, protegido por los unionistas y mal vistopor el clero. En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca,faltando sólo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres. Lamonumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos yhuevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescostarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De vez encuando se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidadde la guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de losconvidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen,afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, puesapenas había otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortésdesairar a su huésped, cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fuesu terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platos, losveintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la másabundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajabamucho.

Para llegar al número prefijado, no había recurrido la guisandera a losartificios con que la cocina francesa disfraza los manjaresbautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles yengañifas. No, señor: en aquellas regiones vírgenes no se conocía, loadosea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto,varonil y clásico como la olla.

¿Veintiséis platos? Pronto se hace lalista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes,con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese el mismo sistema a lacarne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así, sin calentarse loscascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares.

¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de magia apareciese allíun cocinero francés empeñado en redactar un menú, en reducirse acuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y enconceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el amadel cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderastambién. ¡Legumbres el día del patrón!

Son buenas para los cerdos.

Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para rechazar con la manolas fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los convidados unosa otros: a bien que ya le observaban menos, pues la conversación secalentaba. El médico de Cebre, atrabiliario, magro y disputador; elnotario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir anécdotas;el sobrino del cura de Boán, estudiante de derecho, muy enamorado decondición, hablaba de mujeres, ponderaba la gracia de las señoritas deMolende y la lozanía de una panadera de Cebre, muy nombrada en el país;los curas al pronto no tomaron parte, y como Julián bajase la vista,algunos comensales, después de observarle de reojo, se hicieron losdesentendidos. Mas duró poco la reserva; al ir vaciándose los jarros ydesocupándose las fuentes, nadie quiso estar callado y empezaron lasbromas a echar chispas.

Máximo Juncal, el médico, recién salido de las aulas compostelanas,soltó varias puntadas sobre política, y también malignas pullasreferentes al grave escándalo que a la sazón traía muy preocupados a losrevolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos, su influenciaen Palacio. Alborotáronse dos o tres curas; y el cacique Barbacana,con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga,díjole desdeñosamente una verdad como un templo: que

«muchos hablaban delo que no entendían», a lo cual el médico replicó, vertiendo bilis porojos y labios, «que pronto iba a llegar el día de la gran barredura, queluego se armaría el tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo acasa de su padre Judas Iscariote».

Afortunadamente profirió estos tremendos vaticinios a tiempo que lamayor parte de los párrocos se hallaban enzarzados en la discusiónteológica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados enella, no prestó atención a lo que el médico decía ninguno de los quepodían volvérselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicosode Boán, ni el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvíalas discusiones políticas a gritos, alzando el índice de la mano derechacomo para invocar la cólera del cielo. En aquel punto y hora, mientrascorrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotabanlas copas de tostado, llegaba a su periodo álgido la disputa, y seentreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.

Nego majorem....

Probo minorem.

—Eh.... Boán, que con mucho disimulo me estás echando abajo la gracia....

—Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito más nos vamos aencontrar con el libre albedrío perdido.

—Cebre, mira que vas por mal camino: ¡mira que te marchas con Pelagio!

—Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.

—Esa proposición puede admitirse simpliciter, pero tomándola en otrosentido... no cuela.

—Citaré autoridades, todas las que se me pidan: ¿a que no me citas tú nimedia docena? A ver.

—Es sentir común de la Iglesia desde los primeros concilios.

—Es punto opinable, ¡ quoniam! A mí no me vengas a asustar tú conconcilios ni concilias.

—¿Querrás saber más que Santo Tomás?

—¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de la gracia?

—¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Señores... la gracia....

—¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es herejía formal; es pelagianismopuro!

—Qué entiendes tú, qué entiendes tú.... Lo que tú censures, que me loclaven....

—Que diga el señor Arcipreste.... Vamos a aventurar algo a que no me dejamal el señor Arcipreste.

El Arcipreste era respetado más por su edad que por su cienciateológica; y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando seincorporó difícilmente, con ambas manos puestas tras los oídos,vertiendo sangre por la cara, a fin de dirimir, si cabía lograrlo, lacontienda. Pero un incidente distrajo los ánimos: el señorito de Ulloaentraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos cascabeles acompañabansu aparición con jubiloso repique. Venía, según su promesa, a tomar unacopa a los postres; y la tomó de pie, porque le aguardaba un bando deperdices allá en la montaña.

Hízosele muy cortés recibimiento, y los que no pudieron agasajarle a élagasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando la cabeza en todaslas rodillas, lamiendo aquí un plato y zampándose un bizcocho allá. Elseñorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en laexcursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, puesrara vez salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro yel morral a la cintura.

Cuando partieron los dos hidalgos, ya se había calmado la efervescenciade la discusión sobre la gracia, y el médico, en voz baja, le recitabaal notario ciertos sonetos satírico-políticos que entonces corrían bajoel nombre de belenes. Celebrábalos el notario, particularmente cuandoel médico recalcaba los versos esmaltados de alusiones verdes ypicantes. La mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada devino tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensalesmenos pulcros, indicaban la terminación del festín; Julián hubiera dadoalgo bueno por poderse retirar; sentíase cansado, mortificado por larepugnancia que le inspiraban las cosas exclusivamente materiales; perono se atrevía a interrumpir la sobremesa, y menos ahora que seentregaban al deleite de encender algún pitillo y murmurar de laspersonas más señaladas en el país. Se trataba del señorito de Ulloa, desu habilidad para tumbar perdices, y sin que Julián adivinase lacausa, se pasó inmediatamente a hablar de Sabel, a quien todos habíanvisto por la mañana en el corro de baile; se encomió su palmito, y almismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si laconversación se relacionase con él. El capellán bajaba la vista segúncostumbre, y fingía doblar la servilleta; mas de improviso, sintiendouno de aquellos chispazos de cólera repentina y momentánea que no eradueño de refrenar, tosió, miró en derredor, y soltó unas cuantasasperezas y severidades que hicieron enmudecer a la asamblea.

DonEugenio, al ver aguada la sobremesa, optó por levantarse, proponiendo aJulián que saliesen a tomar el fresco en la huerta: algunos clérigos sealzaron también, anunciando que iban a echar completas; otros seescurrieron en compañía del médico, el notario, el juez y Barbacana, amenear los naipes hasta la noche.

Refugiáronse al huerto el cura de Naya y Julián, pasando por la cocina,donde la algazara de los criados, primas del cura, cocineras y músicosera formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona amenazaba durarhasta el sol puesto. El huerto, en cambio, permanecía en su tranquilo ypoético sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba lasúltimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follajede las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, setendieron ambos presbíteros, no sin que don Eugenio, sacando un pañuelode algodón a cuadros, se tapase con él la cabeza, para resguardarla delas importunidades de alguna mosca precoz. A Julián todavía le duraba elsofoco, la llamarada de indignación; pero ya le pesaba, de su cortapaciencia, y resolvía ser más sufrido en lo venidero. Aunque bienmirado....

—¿Quiere escotar un sueño?—preguntó el de Naya al verle tan cabizbajoy mustio.

—No; lo que yo quería, Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfadoque tomé allá en la mesa.... Conozco que soy a veces así... un pocovivo... y luego hay conversaciones que me sacan de tino, sin poderloremediar. Usted póngase en mi caso.

—Pongo, pongo.... Pero a mí me están embromando también a cada rato conlas primas..., y hay que aguantar, que no lo hacen con mala intención;es por reírse un poco.

—Hay bromas de bromas, y a mí me parecen delicadas para un sacerdote lasque tocan a la honestidad y a la pureza. Si aguanta uno por respetoshumanos esos dichos, acaso pensarán que ya tiene medio perdida lavergüenza para los hechos. Y ¿qué sé yo si alguno, no digo de lossacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, pero de los seglares, creeráque en efecto...?

El de Naya aprobó con la cabeza como quien reconoce la fuerza de unaobservación; pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que lucía la desigualdentadura era suave e irónica protesta contra tanta rigidez.

—Hay que tomar el mundo según viene...—murmuró filosóficamente—. Serbueno es lo que importa; porque ¿quién va a tapar las bocas de losdemás? Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que quiere....En teniendo la conciencia tranquila....

—No, señor; no, señor; poco a poco—replicó acaloradamente Julián—. Nosólo estamos obligados a ser buenos, sino a parecerlo; y aún es peor enun sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el escándalo, que el mismopecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe mejor que yo, porque tienecura de almas.

—También usted se apura ahí por una chanza, por una tontería, lo mismoque si ya todo el mundo le señalase con el dedo.... Se necesita una varade correa para vivir entre gentes. A este paso no le arriendo laganancia, porque no va a sacar para disgustos.

Caviloso y cejijunto, había cogido Julián un palito que andaba por elsuelo, y se entretenía en clavarlo en la hierba. Levantó la cabeza depronto.

—Eugenio, ¿es mi amigo?

—Siempre, hombre, siempre—contestó afable y sinceramente el de Naya.

—Pues séame franco. Hábleme como si estuviésemos en el confesonario. ¿Sedice por ahí...

eso?

—¿Lo qué?

—Lo de que yo... tengo algo que ver... con esa muchacha, ¿eh? Porquepuede usted creerme, y se lo juraría si fuese lícito jurar: bien sabeDios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habré miradoa la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.

—No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene como una rosa.... Ea,sosiéguese: a mí se me figura que nadie piensa mal de usted con Sabel.El marqués no inventó la pólvora, es cierto que no, y la moza sedistraerá con los de su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en lagaita de hoy; pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela en susbarbas, con el mismo capellán....

Hombre, no hagamos tan estúpido almarqués.

Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con losojos abiertos de par en par.

—Pero... el señorito..., ¿qué tiene que ver el señorito...?

El cura de Naya saltó a su vez, sin que ninguna mosca le picase, yprorrumpió en juvenil carcajada. Julián, comprendiendo, preguntónuevamente:

—Luego el chiquillo... el Perucho....

Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener que limpiarse loslagrimales con el pañuelo de cuadros.

—No se ofenda...—murmuraba entre risa y llanto—. No se ofenda porque merío así.... Es que, de veras, no me puedo contener cuando me pega larisa; un día hasta me puse malo.... Esto es como las cosqui...cosquillas... involuntario....

Aplacado el acceso de risa, añadió:

—Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado, como nuestropatrón San Julián..., pero esto pasa de castaño oscuro.... ¡Vivir en losPazos y no saber lo que ocurre en ellos! ¿O es que quiere hacerse elbobo?

—A fe, no sospechaba nada, nada, nada. ¿Usted piensa que iba a quedarmeallí ni dos días, caso de averiguarlo antes? ¿Autorizar con mi presenciaun amancebamiento? ¿Pero... usted está seguro de lo que dice?

—Hombre.... ¿tiene usted gana de cuentos? ¿Es usted ciego? ¿No lo hanotado? Pues repárelo.

—¡Qué sé yo! ¡Cuando uno no está en la malicia! Y el niño..., ¡infelizcriatura! El niño me da tanta compasión.... Allí se cría como unmorito.... ¿Se comprende que haya padres tan sin entrañas?

—Bah.... Esos hijos así, nacidos por detrás de la Iglesia.... Luego, siuno oye a los de aquí y a los de allá.... Cada cual dice lo que se leantoja.... La moza es alegre como unas castañuelas; todo el mundo en lasromerías le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro a resolio, éste la saca a bailar, aquél la empuja.... Se cuentan milenredos.... ¿Usted se ha fijado en el gaitero que tocó hoy en la misa?

—¿Un buen mozo, con patillas?

—Cabal. Le llaman el Gallo de mote. Pues dicen si la acompaña o no porlos caminos....

¡Historias!

Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces vocerío alegre yargentinas carcajadas.

—Son las primas...—dijo don Eugenio—. Van a la gaita, que está tocandoen el crucero ahora.

¿Quiere usted venir un ratito? A ver si se le pasael disgusto.... Ahí en casa unos rezan y otros juegan.... Yo no rezo nuncasobre la comida.

—Vamos allá—contestó Julián, que se había quedado ensimismado.

—Nos sentaremos al pie del crucero.

-VII-

Volvía Julián preocupado a la casa solariega, acusándose de excesivasimplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillocomo la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita sercauto como la serpiente.... Ya no podía continuar en los Pazos....

¿Cómovolvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa?¿Y cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tanllanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso yadicto? Todo era verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?

Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo linderomanzanilla y cabrifollos despedían grato aroma. Era la noche templada ybenigna, y Julián apreciaba por primera vez la dulce paz del campo,aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madrenaturaleza. Miró al cielo, oscuro y alto.

—¡Dios sobre todo!—murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitarun pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.

Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisabapróxima la vasta mole de los Pazos. El postigo debía estar abierto.Julián distaba de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó dos o tresgritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimañaherida, a los cuales se unía el desconsolado llanto de un niño.

Engolfóse el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor ybodega, y llegó velozmente a la cocina. En el umbral se quedó paralizadode asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa del candilón. Sabel,tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor,la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puños metidosen los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que hacía, arrojóse Julián haciael grupo, llamando al marqués con grandes voces:

—¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!

Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopetaempuñada por el cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y las manosagitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenesí o deacudir a la víctima, balbució roncamente:

—¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, ote deshago! ¡A levantarse... o te levanto con la escopeta!

Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalandoentrecortados ayes. Tenía aún el traje de fiesta con el cual la vieraJulián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio; pero el mantelo de rico paño se encontraba manchado de tierra; el dengue degrana se le caía de los hombros, y uno de sus largos zarcillos defiligrana de plata, abollado por un culatazo, se le había clavado en lacarne de la nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre.

Cincoverdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómohabía sido derribada la intrépida bailadora.

—¡La cena he dicho!—repitió brutalmente don Pedro.

Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la muchacha hacia el rincóndonde hipaba el niño, y le tomó en brazos, apretándole mucho. Elangelote seguía llorando a moco y baba. Don Pedro se acercó entonces, ymudando de tono, preguntó:

—¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho?

Púsole la mano en la frente y la sintió húmeda. Levantó la palma: erasangre. Desviando entonces los brazos, apretando los puños, soltó unablasfemia, que hubiera horrorizado más a Julián si no supiese, desdeaquella tarde misma, que acaso tenía ante sí a un padre que acababa deherir a su hijo. Y el padre resurgía, maldiciéndose a sí propio,apartando los rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, yatándolo con cuidado indecible sobre la descalabradura.

—A ver cómo lo cuidas...—gritó dirigiéndose a Sabel—. Y cómo haces lacena en un vuelo....

¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a pasarte las horasen las romerías sacudiéndote, perra!

Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permanecíaparada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en elcual debía tener alguna dolorosa contusión. En voz baja y lastimera,pero con suma energía, pronunció sin mirar al señorito:

—Busque quien le haga la cena..., y quien esté aquí.... Yo me voy, mevoy, me voy, me voy....

Y lo repetía obstinadamente, sin entonación, como el que afirma una cosanatural e inevitable.

—¿Qué dices, bribona?

—Que me voy, que me voy.... A mi casita pobre.... ¡Quién me trajo aquí!¡Ay, mi madre de mi alma!

Rompió la moza a llorar amarguísimamente, y el marqués, requiriendo suescopeta, rechinaba los dientes de cólera, dispuesto ya a hacer algunabarrabasada notable, cuando un nuevo personaje entró en escena. EraPrimitivo, salido de un rincón oscuro; diríase que estaba allí ocultohacía rato. Su aparición modificó instantáneamente la actitud de Sabel,que tembló, calló y contuvo sus lágrimas.

—¿No oyes lo que te dice el señorito?—preguntó sosegadamente el padre ala hija.

—Oi-go, siii-see-ñoor, oi-go-tartamudeó la moza, comiéndose lossollozos.

—Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si volvieron ya las otrasmuchachas para que te ayuden. La Sabia está ahí fuera: te puede encenderla lumbre.

Sabel no replicó más. Remangóse la camisa y bajó de la espetera unasartén. Como evocada por alguna de sus compañeras en hechicerías, entróen la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las greñas blancas,la Sabia, que traía el enorme mandil atestado de leña. El marqués teníaaún la escopeta en la mano: cogiósela respetuosamente Primitivo, y lallevó al sitio de costumbre. Julián, renunciando a consolar al niño,creyó llegada la ocasión de dar un golpe diplomático.

—Señor marqués..., ¿quiere que tomemos un poco el aire? Está la nochemuy buena.... Nos pasearemos por el huerto....

Y para sus adentros pensaba:

«En el huerto le digo que me voy también.... No se ha hecho para mí estavida, ni esta casa».

Salieron al huerto. Oíase el cuarrear de las ranas en el estanque, peroni una hoja de los árboles se movía, tal estaba la noche de serena. Elcapellán cobró ánimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir cosasdifíciles.

—Señor marqués, yo siento tener que advertirle....

Volvióse el marqués bruscamente.

—Ya sé..., ¡chist!, no necesitamos gastar saliva. Me ha pescado usted enuno de esos momentos en que el hombre no es dueño de sí.... Dicen que nose debe pegar nunca a las mujeres.... Francamente, don Julián, segúnellas sean.... ¡Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas cosasacabarían con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que sientoes el golpe que le tocó al chiquillo.

—Yo no me refería a eso...—murmuró Julián—. Pero si quiere que le hablecon el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está bien maltratarasí a nadie.... Y por la tardanza de la cena, no merece....

—¡La tardanza de la cena!—pronunció el señorito—. ¡La tardanza! A ningúncristiano le gusta pasarse el día en el monte comiendo frío y llegar acasa y no encontrar bocado caliente; ¡pero si esa mala hembra no tuvieseotras mañas...! ¿No la ha visto usted? ¿No la ha visto usted todo eldía, allá en Naya, bailoteando como una descosida, sin vergüenza? ¿No laha encontrado usted a la vuelta, bien acompañada? ¡Ah!... ¿Usted creeque se vienen solitas las mozas de su calaña?

¡Ja, ja! Yo la he visto,con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el deno haberle roto una pierna, para que no baile más por unos cuantosmeses!

Guardó silencio el capellán, sin saber qué responder a la inesperadarevelación de celos feroces. Al fin calculó que se le abría camino parasoltar lo que tenía atravesado en la garganta.

—Señor marqués—murmuró—, dispénseme la libertad que me tomo.... Unapersona de su clase no se debe rebajar a importársele por lo que haga ono haga la criada.... La gente es maliciosa, y pensará que usted tratacon esa chica.... Digo pensará Ya lo piensa todo el mundo....

Y el casoes que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa donde, según lavoz pública, vive un cristiano en concubinato.... Nos está prohibidoseveramente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernoscómplices de él. Lo siento a par del alma, señor marqués; puede creermeque hace tiempo no tuve un disgusto igual.

El marqués se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.

Leria, leria...—murmuró—. Es preciso hacerse cargo de lo que es lajuventud y la robustez.... No me predique un sermón, no me pidaimposibles. ¡Qué demonio!, el que más y el que menos es hombre comotodos.

—Yo soy un pecador—replicó Julián—, solamente que veo claro en esteasunto, y por los favores que debo a usted, y el pan que le he comido,estoy obligado a decirle la verdad. Señor marqués, con franqueza, ¿no lepesa de vivir así encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría y asu nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!

Siguieron andando, acercándose a la linde del bosque, donde concluía elhuerto.

—¡Una bribona desorejada, que es lo peor!—exclamó el marqués después deun rato de silencio—. Oiga usted...—añadió arrimándose a un castaño—. Aesa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas ynietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a laaldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba unarama del castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Meestán saqueando, me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta meaborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acudendescalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes deaplastarle los sesos como a una culebra!

Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y seadmiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.

—Pero, señor...—balbució—. Si usted mismo lo conoce y lo comprende....

—¿Pues no lo he de comprender? ¿Soy estúpido acaso para no ver que esadesvergonzada huye de mí, y cada día tengo que cazarla como a unaliebre? ¡Sólo está contenta entre los demás labriegos, con la hechiceraque le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me detesta. A lahora menos pensada me envenenará.

—Señor marqués, ¡yo me pasmo!—arguyó el capellán eficazmente—. ¡Queusted se apure por una cosa tan fácil de arreglar! ¿Tiene más que ponera semejante mujer en la calle?

Como ambos interlocutores se habían acostumbrado a la oscuridad, no sólovio Julián que el marqués meneaba la cabeza, sino que torcía el gesto.

—Bien se habla...—pronunció sordamente—. Decir es una cosa y hacer esotra.... Las dificultades se tocan en la práctica. Si echo a ese enemigo,no encuentro quien me guise ni quien venga a servirme. Su padre....¿Usted no lo creerá? Su padre tiene amenazadas a todas las mozas de quea la que entre aquí en marchándose su hija, le mete él una perdigonadaen los lomos.... Y

saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un díacogí yo a Sabel por un brazo y la puse en la puerta de la casa: la mismanoche se me despidieron las otras criadas, Primitivo se fingió enfermo,y estuve una semana comiendo en la rectoral y haciéndome la cama yomismo.... Y tuve que pedirle a Sabel, de favor, que volviese....Desengáñese usted, pueden más que nosotros. Esa comparsa que traenalrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente. ¿Piensausted que yo ahorro un ochavo aquí en este desierto? ¡Quiá! Vive a micuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienensus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña,mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro;yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco dela mano; en mis establos hay un rebaño de bueyes y terneros que jamás seuncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso sí, peroluego se dan a parcería y no se me rinden cuentas jamás....

—¿Por qué no pone otro mayordomo?

—¡Ay, ay, ay! ¡Como quien no dice nada! Una de dos: o sería hechura dePrimitivo y entonces estábamos en lo mismo, o Primitivo le largaría untiro en la barriga.... Y si hemos de decir verdad, Primitivo no esmayordomo.... Es peor que si lo fuese, porque manda en todos, incluso enmí; pero yo no le he dado jamás semejante mayordomía.... Aquí elmayordomo fue siempre el capellán.... Ese Primitivo no sabrá casi leer niescribir; pero es más listo que una centella, y ya en vida del tíoGabriel se echaba mano de él para todo.... Mire usted, lo cierto es queel día que él se cruza de brazos, se encuentra uno colgadito.... Nohablemos ya de la caza, que para eso no tiene igual; a mí me faltaríanlos pies y las manos si me faltase Primitivo.... Pero en los demásasuntos es igual.... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se valíasin él; y usted, que también ha venido en concepto de administrador,séame franco: ¿ha podido usted amañarse solo?

—La verdad es que no—declaró Julián humildemente—. Pero con eltiempo..., la práctica....

—¡Bah, bah! A usted no le obedecerá ni le hará caso jamás ningúnpaisano, porque es usted un infeliz; es usted demasiado bonachón. Ellosnecesitan gente que conozca sus máculas y les dé ciento de ventaja enpicardía.

Por depresiva que fuese para el amor propio del capellán la observación,hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado ya, se propusoagotar los recursos del ingenio para conseguir la victoria en lucha tandesigual. Y su caletre le sugirió la siguiente perogrullada:

—Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale un poco al pueblo? ¿No seríaése el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que un señorito comousted pueda aguantar todo el año aquí, sin moverse de estas montañasfieras.... ¿No se aburre?

El marqués miraba al suelo, aun cuando en él no había cosa digna deverse. La idea del capellán no le cogía de sorpresa.

—¡Salir de aquí!—exclamó—. ¿Y a dónde demontre se va uno? Siquiera aquí,mal o bien, es uno el rey de la comarca.... El tío Gabriel me lo decíamil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no se distinguende los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo ysacando la lesna, se sube encima de cualquier señor, de los que lo somosde padres a hijos.... Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y aandar entre árboles que corto si se me antoja.

—Pero al fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!

—Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés, si se mehinchan las narices, sin que el juez me venga a empapelar.... No lo hago;pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo haría si quisiese.¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los culatazos dehoy?

Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.

—Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente, que salga unatemporadita, a ver cómo le prueba.... Apartándose usted de aquí algúntiempo, no sería difícil que Sabel se casase con persona de su esfera, yque usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad,una esposa legítima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; poreso no es bueno para el hombre vivir solo, porque se encenaga, y comodijo quien lo entendía, es mejor casarse que abrasarse enconcupiscencia, señor don Pedro. ¿Por qué no se casa, señorito?—exclamó,juntando las manos—. ¡Hay tantas señoritas buenas y honradas!

A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear los ojos del marqués deUlloa.

—¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había ocurrido a mí? ¿Piensausted que no sueño todas las noches con un chiquillo que se me parezca,que no sea hijo de una bribona, que continúe el nombre de la casa...,que herede esto cuando yo me muera... y que se llame Pedro Moscoso,como yo?

Al decir esto golpeábase el marqués su fornido tronco, su pecho varonil,cual si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciadoheredero. Julián, lleno de esperanza, iba a animarle en tan buenospropósitos; pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a susespaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.

—¿Qué es eso?—exclamó volviéndose—. Parece que anda por aquí el zorro.

El marqués le cogió del brazo.

—Primitivo...—articuló en voz baja y ahogada de ira—. Primitivo que nosatisbará hace un cuarto de hora, oyendo la conversación.... Ya está ustedfresco.... Nos hemos lucido.... ¡Me valga Dios y los santos de la cortecelestial! También a mí se me acaba la cuerda. ¡Vale más ir a presidioque llevar esta vida!

-VIII-

Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios quebrotaban en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto: afeitado ylimpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un pie tras otro, en elcaballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara dechocolate, y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasala diligencia de Orense a Santiago; malo sería que en interior o cupé nohubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría abuscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado elpaisaje ameno, el huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón delsoto, la verdura de los prados y maizales, la montaña, el limpiofirmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulcesoledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vidatoda. ¡Cómo ha de ser!

Dios nos lleva y trae según sus fines.... No, noera Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba delparaíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla....Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron unapalmada en el hombro.

Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro, tan metamorfoseadocomo venía? Afeitado también, aunque sin detrimento de su barba, quebrillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a ropalimpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongoazul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevoy diferente, con veinte grados más de educación y cultura que elanterior. De golpe lo comprendió todo Julián... y la sangre le diogozoso vuelco.

—¡Señorito...!

—Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompañarme aSantiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía.

—¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoyarreglando la maleta.

¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que mequede aquí entretanto....

—¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a daruna sorpresa al tío Manolo, y a conocer a las primas, que sólo las hevisto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo aanimarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua yponga el aparejo a la borrica.

En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojósiniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues preguntóimpaciente:

—Vamos a ver, ¿qué ocurre?

—La yegua—respondió Primitivo sin alzar la voz—no sirve para el camino.

—¿Por qué razón? ¿Puede saberse?

—Está sin una ferradura siquiera—declaró serenamente el cazador.

—¡Mal rayo que te parta!—vociferó el marqués echando fuego por losojos—. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que estéherrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?

—Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....

—Señor—intervino Julián—, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar esepaseo. Lleve usted la burra.