Los Pazos de Ulloa by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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Nota: No había capítulo nº V en el original. Pues, el capítulo VII sigue el capítulo V.

Los pazos de Ulloa

Emilia Pardo Bazán

Capítulos:

Tomo I

-I-,-II-,-III-,-IV-,-V-,-VII-,-VIII-,-IX-,-X-,-XI-

Tomo II

-XII-,-XIII-,-XIV-,-XV-,-XVI-,-XVII-,-XVIII-,-XIX-,-XX-,-XXI-,-XXII-,-XXIII-,-XXIV-,-

XXV-,-XXVI-,-XXVII-,-XXVIII-,-XXIX-,-XXX-

Tomo I

-I-

Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas susfuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes ymansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trotecochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancosdesigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repechodel camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, alpasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declivedel no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda alllevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros loque se pescaban, y alguna quinta de personaje político, algunainfluencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.

Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembrosdelicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a nodesmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto deamarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que eltraje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y pocagracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas porclérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eranasimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba caladohasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lohiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo.

Bajoel cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordadode cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos desalir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo alcuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.

Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual,y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchurainconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la regiónsacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frentesudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos delsol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa,pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, dabalánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que sehabía dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paróinmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrerorelució un instante.

—¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa delseñor marqués de Ulloa?

—¿Para los Pazos de Ulloa?—contestó el peón repitiendo la pregunta.

—Eso es.

—Los Pazos de Ulloa están allí—murmuró extendiendo la mano para señalara un punto en el horizonte.—Si la bestia anda bien, el camino que quedapronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luegole cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a manoderecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tienepérdida, porque se ven los Pazos, una costrución muy grandísima....

—Pero..... ¿como cuánto faltará?—preguntó con inquietud el clérigo.

Meneó el peón la tostada cabeza.

—Un bocadito, un bocadito....

Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.

Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se componeun bocadito, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, ypor el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en lacual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscurasprofundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que nodesmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega paraandar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteandocon el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por lallanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados yatravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y yasalían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinosnuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una solaheredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. Depronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron enblanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, segúncostumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta unamujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.

—Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?

—Va bien, va....

—¿Y... falta mucho?

Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambiguaen dialecto:

—La carrerita de un can....

¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular loque anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para uncaballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa..... Todose le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La vereda,ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchonesde robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derechae izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros.Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien,nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vezprimera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de lanaturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentesasesinadas en sitios desiertos.

—¡Qué país de lobos!—dijo para sí, tétricamente impresionado.

Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha secolumbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitartropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizoestremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía queestas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerteviolenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo,sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levementeempinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve lecondujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas deun castaño colosal, erguíase el crucero.

Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecíamonumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo defecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero,en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol,era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,pronunció descubriéndose:

«Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues portu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su miradabuscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel granedificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duróla contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merceda la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror.El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dostiros.

Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni aregistrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores;mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas delcrucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantoscanes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que lasescopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.

El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años:alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, peropor venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de lapiel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho,cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba laisleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernasrecias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobrela ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y enel hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. Elsegundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado ocolono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco degrosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón,viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y deenérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad,de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por loque hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que era unsacerdote.

¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borradapor una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pueslos duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad;menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que erasemejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unasbotas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por lasarrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el selloformidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infiernoconsiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire yposturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo.

No cabía duda:era un sacerdote.

Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la consabida pregunta:

—¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués deUlloa?

El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.

—¡Qué casualidad!—exclamó—. Aquí tenemos al forastero..... Tú,Primitivo.... Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo enviarte a Cebrea buscar al señor.... Y usted, señor abad de Ulloa.... ¡ya tiene ustedaquí quien le ayude a arreglar la parroquia!

Como el jinete permanecía indeciso, el cazador añadió:

—¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el señor de la Lage?

—Servidor y capellán...—respondió gozoso el eclesiástico, tratando deechar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad—. ¿Yusted...—exclamó, encarándose con su interlocutor—es el señor marqués?

—¿Cómo queda el tío? ¿Usted... a caballo desde Cebre, eh?—repuso ésteevasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en vivacuriosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda la pielde transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho debuen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante personacierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba conlo afable y llano de su acogida.

El capellán, muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.

—Sí, señor; justamente.... En Cebre he dejado la diligencia y me dieronesta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.... Elseñor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre.... Hacereír a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy reparando que sifuese su señor papá de usted, no se le parecería más.... Las señoritas,muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del señorito, que está enSegovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....

Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelomuy planchado y doblado, un Semanario chico, y por último una carterade tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una cartaque entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y anhelantes defatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uñauna tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por unapunta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de laescopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba susojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El solse ponía lentamente en medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. Deimproviso el marqués soltó una carcajada. Era su risa, como suya,vigorosa y pujante, y, más que comunicativa, despótica.

—El tío—exclamó, doblando la carta—siempre tan guasón y tan célebre....Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta....No parece sino que tiene uno pecados:

¿eh, señor abad? ¿Qué dice usted aesto? ¿Verdad que ni uno?

—Ya se sabe, ya se sabe—masculló el abad en voz bronca.... Aquí todosconservamos la inocencia bautismal.

Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas ysalvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo alláen su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara deniña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y lacompostura ascética de las facciones.

—¿Y usted se llama Julián Álvarez?—interrogó el marqués.

—Para servir a usted muchos años.

—¿Y no acertaba usted con los Pazos?

—Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno dedudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que....

—Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?

—¡Señor! No faltaba más.

—Primitivo—ordenó el marqués—, coge del ramal a esa bestia.

Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo,obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía supitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.

—¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?

—Boh.... Ahora se estila ordenar miquitrefes.... Y luego mucho dealzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera elarzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!

-II-

Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras delcual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía laoscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndoselas líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillabaen el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedray lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde alpunto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Despuésde cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótanocon piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras decubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaronpresto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego queardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un medianomonte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, detiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de lachimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura,y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo paracalentarse oyendo hervir el negro pote, que, pendiente de los llares,ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.

A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucadajunto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir uninstante—con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre losojos, y cara rojiza al reflejo del fuego—, pues no bien advirtió quevenía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, ymurmurando en voz quejumbrosa y humilde:

«Buenas nochiñas nos déDios», se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar pordónde. El marqués se encaró con la moza.

—¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?

Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de lachimenea:

—No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.

Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayorimperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión,reprendiendo a la muchacha.

—¿Qué estás parolando ahí...? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿Aver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.

En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el usomostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba sumorral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con losojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha elbotín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antiguay maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro devino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapartarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la increpóairadamente el marqués.

—¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?

Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidosantes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando elcansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y levantandoel partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado elnúmero de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupocanino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió quelo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatroaños, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones deblanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de losperdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejorinteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponíanen cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor ymás grueso del pote; y el marqués—que vigilaba la operación—, no dándosepor satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidadesdel caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fuedistribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridosentrecortados, de interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomarposesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe elhocico en ella, oyéndose el batir de sus apresuradas mandíbulas y elchasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patasde los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso delhambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes yexhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por eltasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la manopara cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una ferozdentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándolea refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayasde la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián, queempezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y,bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, laroña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.

—¡Pobre!—murmuró cariñosamente—. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizosangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reñirle a laperra nosotros. ¡Pícara, malvada!

Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efectoen el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas se fruncieron, yarrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó ensus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas olastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó larisa.

—¡Farsante!—gritó—. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para quévas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y despuéslagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen losvalientes?

Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que,cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió:

—¡Retebién! ¡Viva la gente templada!

—No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta—murmuró el abad deUlloa.

—¿Y no le hará daño tanto vino?—objetó Julián, que sería incapaz debebérselo él.

—¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!—respondió el marqués, con no sé quéinflexiones de orgullo en el acento—. Déle usted otros tres, y yaverá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?

—Los chupa, los chupa—afirmó el abad.

—No señor; no señor.... Es capaz de morirse el pequeño.... He oído que elvino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendrá será hambre.

—Sabel, que coma el chiquillo—ordenó imperiosamente el marqués,dirigiéndose a la criada.

Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repletocuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, paraengullirlo sosegadamente.

En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo. Al caldo, espeso yharinoso, siguió un cocido sólido, donde abundaba el puerco: los días decaza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte nohabía medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritosdesencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqués dioal codo a Primitivo.

—Tráenos un par de botellitas.... De el del año 59.

Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obsequioso:

—Va usted a beber del mejor tostado que por aquí se produce.... Es dela casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que, sin perderel gusto de la pasa, empalague menos y se parezca al mejor jerez....Cuanto más va, más gana: no es como los de otras bodegas, que se vuelvenazúcar.

—Es cosa de gusto—aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo querestaba de yema en su plato.

—Yo—declaró tímidamente Julián—poco entiendo de vinos.... Casi no bebosino agua.

Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasivade puro desdeñosa, rectificó:

—Es decir... con el café, ciertos días señalados, no me disgusta elanisete.

—El vino alegra el corazón.... El que no bebe, no es hombre—pronunció elabad sentenciosamente.

Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en cada mano una botellacubierta de polvo y telarañas. A falta de tirabuzón, se descorcharon conun cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos adhoc. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con elabad y el señorito. Sabel, por su parte, a medida que el banquete seprolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridadmayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacíanbajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, comopor no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le habíadesagradado de extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel eraun buen pedazo de lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos,su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas ycaía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a lamuchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo ybajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por nomirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que envalentonado conaquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta llegar aintroducirse entre las rodillas del capellán. Instalado allí, alzó sucara desvergonzada y risueña, y tirando a Julián del chaleco, murmuró entono suplicante:

—¿Me lo da?

Todo el mundo se reía a carcajadas: el capellán no comprendía.

—¿Qué pide?—preguntó.

—¿Qué ha de pedir?—respondió el marqués festivamente—. ¡El vino, hombre!¡El vaso de tostado!

—¡ Mama!—exclamó el abad.

Antes de que Julián se resolviese a dar al niño su vaso casi lleno, elmarqués había aupado al mocoso, que sería realmente una preciosidad a noestar tan sucio. Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en laclaridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del peloensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Susmanitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio;el marqués se lo acercó a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselocuando ya el rapaz creía ser dueño de él. Por fin consiguió el niñoatrapar el vaso, y en un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.

—¡Éste no se anda con requisitos!—exclamó el abad.

—¡Quiá!—confirmó el marqués—. ¡Si es un veterano! ¿A que te zampas otrovaso, Perucho?

Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían lumbre, ydilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño.El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso,que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; en seguida soltó larisa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caerla cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.

—¿Lo ven ustedes?—gritó Julián angustiadísimo—. Es muy chiquito parabeber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.

—¡Bah!—intervino Primitivo—. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo quetiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.

A su vez tomó en brazos al niño y, mojando en agua fresca los dedos, selos pasó por las sienes. Perucho abrió los párpados y miró alrededor conasombro, y su cara se sonroseó.

—¿Qué tal?—le preguntó Primitivo—. ¿Hay ánimos para otra pinguita detostado?

Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No eraPrimitivo hombre de darse por vencido tan fácilmente: sepultó la mano enel bolsillo del pantalón y sacó una moneda de cobre.

—De ese modo...—refunfuñó el abad.

—No seas bárbaro, Primitivo—murmuró el marqués entre placentero y grave.

—¡Por Dios y por la Virgen!—imploró Julián—. ¡Van a matar a esacriatura! Hombre, no se empeñe en emborrachar al niño: es un pecado, unpecado tan grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertascosas!

Al protestar, Julián se había incorporado, encendido de indignación,echando a un lado su mansedumbre y timidez congénita. Primitivo, de pietambién, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría ysocarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan unmomento.

Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre suslabios la botella destapada y terciada aún de vino, la inclinó, lamantuvo así hasta que todo el licor pasó al estómago de Perucho.Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron susbrazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en elrostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.El marqués, un tanto serio, empezó a inundar de agua fría la frente ylos pulsos del niño; Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión;todo inútil: lo que es por esta vez, Perucho la tenía.

—Como un pellejo—gruñó el abad.

—Como una cuba—murmuró el marqués—. A la cama con él en seguida. Queduerma y mañana estará más fresco que una lechuga. Esto no es nada.

Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceabaninertes, a cada movimiento de su madre. La cena se acabó menosbulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julián habíaenmudecido por completo. Cuando terminó el convite y se pensó en dormir,reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con elcual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al pisoalto, y ascendía a la torre en rápido caracol. Era grande la habitacióndestinada a Julián, y la luz del velón apenas disipaba las tinieblas, deentre las cuales no se destacaba más que la blancura del lecho. A lapuerta del cuarto se despidió el marqués, deseándole buenas noches yañadiendo con brusca cordialidad:

—Mañana tendrá usted su equipaje.... Ya irán a Cebre por él.... Ea,descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa.... Está un poco....¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la noche alabrigo de un vallado!

Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el chaleco una estampagrabada, con marco de lentejuela, que representaba a la Virgen delCarmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa dedepositar el velón. Arrodillóse, y rezó la media corona, contando porlos dedos de la mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le hacíaapetecer las gruesas y frescas sábanas, y omitió la letanía, los actosde fe y algún padrenuestro. Desnudóse honestamente, colocando la ropa enuna silla a medida que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse.Entonces empezaron a danzar en su fantasía los sucesos todos de lajornada: el caballejo que estuvo a punto de hacerle besar el suelo, lacruz negra que le causó escalofríos, pero sobre todo la cena, la bulla,el niño borracho. Juzgando a las gentes con quienes había trabadoconocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivoinsolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de lacaza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués....

Encuanto al marqués, Julián recordaba unas palabras del señor de la Lage:

—Encontrará usted a mi sobrino bastante adocenado.... La aldea, cuando secría uno en ella y no sale de allí jamás, envilece, empobrece yembrutece.

Y casi al punto mismo en que acudió a su memoria tan severo dictamen,arrepintióse el capellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no podíavencer. ¿Quién le mandaba formar juicios temerarios? Él venía allí paradecir misa y ayudar al marqués en la administración, no para fallaracerca de su conducta y su carácter.... Con que... a dormir...

-III-

Despertó Julián cuando entraba de lleno en la habitación un sol de otoñodorado y apacible.

Mientras se vestía, examinaba la estancia con algúndetenimiento. Era vastísima, sin cielo raso; alumbrábanla tres ventanasguarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios cuantoabastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles nopecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rinconespermanecían señales evidentes de los hábitos del último inquilino, hoyabad de Ulloa, y antes capellán del marqués: puntas de cigarrosadheridas al piso, dos pares de botas inservibles en un rincón, sobre lamesa un paquete de pólvora y en un poyo varios objetos cinegéticos,jaulas para codornices, gayolas, collares de perros, una piel deconejo mal curtida y peor oliente. Amén de estas reliquias, entre lasvigas pendían pálidas telarañas, y por todas partes descansabatranquilamente el polvo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial.

Miraba Julián las huellas de la incuria de su antecesor, y sin quereracusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino, el caso es que tantaporquería y rusticidad le infundía grandes deseos de primor y limpieza,una aspiración a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtudespantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. Nohabiéndose descosido jamás de las faldas de su madre sino para asistir acátedra en el Seminario, sabía de la vida lo que enseñan los librospiadosos. Los demás seminaristas le llamaban San Julián, añadiendo quesólo le faltaba la palomita en la mano.

Ignoraba cuándo pudo venirle lavocación; tal vez su madre, ama de llaves de los señores de la Lage,mujer que pasaba por beatona, le empujó suavemente, desde la más tiernaedad, hacia la Iglesia, y él se dejó llevar de buen grado. Lo cierto esque de niño jugaba a cantar misa, y de grande no paró hasta conseguirlo.La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la guardóincólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no pecar unavez que pecar una sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de lagracia de Dios que él solicitaba muy de veras, la endeblez de sutemperamento linfático-nervioso, puramente femenino, sin ardores nirebeldías, propenso a la ternura, dulce y benigno como las propiasmalvas, pero no exento, en ocasiones, de esas energías súbitas quetambién se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en estadonormal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud-aprendidos de su madre,que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par decalcetines una manzana camuesa—cogió fama de seminarista pollo, máximecuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era así,y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería lasabluciones frecuentes al resto del cuerpo, que procuraba traer lo másaseado posible.

El primer día de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse unpoco, atendido el polvo de la carretera que traía adherido a la piel;pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo de lujo losenseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una palangana dehojalata, a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra, ni tohalla,ni jabón, ni cubo. Quedóse parado delante de la palangana, en mangas decamisa y sin saber qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidadde refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de aire, y abrióla vidriera.

Lo que abarcaba la vista le dejó encantado. El valle ascendía en suavependiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozanía de su ladera másferaz. Viñas, castañares, campos de maíz granados o ya segados, ytupidas robledas, se escalonaban, subían trepando hasta un montecillo,cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo dela torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra concenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un granespejo, que no era sino la superficie del estanque. El aire, oxigenado yregenerador, penetraba en los pulmones de Julián, que sintió disiparseinmediatamente parte del vago terror que le infundía la gran casasolariega y lo que de sus moradores había visto. Como para renovarlo,entreoyó detrás de sí rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio aSabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara, con la otra, enplato de peltre, un púlpito de agua fresca y una servilleta gorda muydoblada encima. Venía la moza arremangada hasta el codo, con el peloalborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luzdel día se notaba más la frescura de su tez, muy blanca y comoinfiltrada de sangre. Julián se apresuró a ponerse el levitín,murmurando:

—Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes deentrar.... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese en la camatodavía... o vistiéndome.

Miróle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y exclamó:

—Disimule, señor.... Yo no sabía.... El que no sabe, hace como el que nove.

—Bien, bien.... Yo quería decir misa antes de tomar el chocolate.

—Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla el señor abad deUlloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién vaya allápor ella.

Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin misar! Cabalmente desde queera presbítero se había redoblado su fervor religioso, y sentía elentusiasmo juvenil del nuevo misacantano, conmovido aún por la impresiónde la augusta investidura; de suerte que celebraba el sacrificioesmerándose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba,anonadándose cuando consumía, siempre con recogimiento indecible. Enfin, si no había remedio....

—Ponga el chocolate ahí—dijo a Sabel.

Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julián alzaba los ojos al techo ylos bajaba al piso, y tosía, tratando de buscar una fórmula, un mododiscreto de explicarse.

—¿Hace mucho que no duerme en este cuarto el señor abad?

—Poco.... Hará dos semanas que bajó a la parroquia.

—Ah.... Por eso.... Esto está algo... sucio, ¿no le parece? Sería buenobarrer... y pasar también la escoba por entre las vigas.

Sabel se encogió de hombros.

—El señor abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.

—Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.

—Sí, señor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo lo arreglaré muyarregladito.

Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su vez quiso mostrarle unpoco de caritativo interés.

—¿Y el niño?—preguntó—. ¿No le hizo mal lo de ayer?

—No, señor.... Durmió como un santiño y ya anda corriendo por la huerta.¿Ve? Allí está.

Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una pantalla con la mano,Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol,arrojaba piedras al estanque.

—Lo que no sucede en un año sucede en un día, Sabel—advirtió gravementeel capellán—.

¡No debe consentir que le emborrachen al chiquillo: es unvicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto más en un inocente así!¿Para qué le aguanta a Primitivo que le dé tanta bebida? Es obligaciónde usted el impedirlo.

Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules pupilas, siendo imposiblediscernir en ellas el menor relámpago de inteligencia o deconvencimiento. Al fin articuló con pausa:

—Yo qué quiere que le haga.... No me voy a reponer contra mi señor padre.

Julián calló un momento atónito. ¡De modo que quien había embriagado ala criatura era su propio abuelo! No supo replicar nada oportuno, nisiquiera lanzar una exclamación de censura.

Llevóse la taza a la bocapara encubrir la turbación, y Sabel, creyendo terminado el coloquio, seretiraba despacio, cuando el capellán le dirigió una pregunta más.

—¿El señor marqués anda ya levantado?

—Sí, señor.... Debe estar por la huerta o por los alpendres.

—Haga el favor de llevarme allí—dijo Julián levantándose y limpiándoseapresuradamente los labios sin desdoblar la servilleta.

Antes de dar con el marqués, recorrieron el capellán y su guía casi todala huerta. Aquella vasta extensión de terreno debía haber sido en otrotiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de lajardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia. De todolo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa, trazadas conmirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni lavista más lince distinguiría rastro de los lobos, pinos, torresalmenadas, roeles y otros emblemas que campeaban en el preclaro blasónde los Ulloas; y, sin embargo, persistía en la confusa masa no sé quéaire de cosa plantada adrede y con arte. El borde de piedra del estanqueestaba semiderruido, y las gruesas bolas de granito que lo guarnecíanandaban rodando por la hierba, verdosas de musgo, esparcidas aquí yacullá como gigantescos proyectiles en algún desierto campo de batalla.Obstruido por el limo, el estanque parecía charca fangosa, acrecentandoel aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayerfueron cenadores y bancos rústicos se habían convertido en rinconespoblados de maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maíz, acuya orilla, como tenaz reminiscencia del pasado, crecían libres,espinosos y altísimos, algunos rosales de variedad selecta, que iban abesar con sus ramas más altas la copa del ciruelo o peral que teníanenfrente. Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el últimovástago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbandodistraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo. La presencia deJulián le dio la solución del problema. Señorito y capellán emparejarony alabando la hermosura del día, acabaron de visitar el huerto alpormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los robledales quelimitaban, hacia la parte norte, la extensa posesión del marqués. Juliánabría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón todala ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas ala calidad del terreno o el desarrollo del arbolado; pero, acostumbradoa la vida claustral del Seminario y de la metrópoli compostelana, lanaturaleza le parecía difícil de comprender, y casi le infundía temorpor la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella, en el espesor delos matorrales, en el áspero vigor de los troncos, en la fertilidad delos frutales, en la picante pureza del aire libre. Exclamó condesconsuelo sincerísimo:

—Yo confieso la verdad, señorito.... De estas cosas de aldea, no entiendojota.

—Vamos a ver la casa—indicó el señor de Ulloa—. Es la más grande delpaís—añadió con orgullo.

Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme caserón, donde penetraron porla puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el claustro formadopor arcadas de sillería, cruzaron varios salones con destartaladomueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pinturasmaltrataba la humedad, no siendo más clemente la polilla con elmaderamen del piso.

Pararon en una habitación relativamente chica, conventana de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotísimas,y asombraban la vista grandes estanterías de castaño sin barnizar, queen vez de cristales tenían enrejado de alambre grueso. Decoraba tantétrica pieza una mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, unviejísimo bade de suela, no sé cuántas plumas de ganso y una caja deobleas vacía.

Las estanterías entreabiertas dejaban asomar legajos y protocolos enabundancia; por el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima de lamesa, en el alféizar mismo de la enrejada ventana, había más papeles,más legajos, amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos;tanta papelería exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleabaen la garganta desagradablemente. El marqués de Ulloa, deteniéndose enel umbral y con cierta expresión solemne, pronunció:

—El archivo de la casa.

Desocupó en seguida las sillas de cuero, y explicó muy acalorado queaquello estaba revueltísimo-aclaración de todo punto innecesaria—y quesemejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio,administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manospecadoras había venido el archivo a parar en lo que Julián veía....

—Pues así no puede seguir—exclamaba el capellán—. ¡Papeles deimportancia tratados de este modo! Hasta es muy fácil que alguno sepierda.

—¡Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya me habrán causado, ycómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero.... Esto es lo que ustedve: ¡un desastre, una perdición! ¡Mire usted..., mire usted lo que tieneahí a sus pies! ¡Debajo de una bota!

Julián levantó el pie muy asustado, y el marqués se bajó recogiendo delsuelo un libro delgadísimo, encuadernado en badana verde, del cualpendía rodado sello de plomo. Tomólo Julián con respeto, y al abrirlo,sobre la primera hoja de vitela, se destacó una soberbia miniaturaheráldica, de colores vivos y frescos a despecho de los años.

—¡Una ejecutoria de nobleza!—declaró el señorito gravemente.

Por medio de su pañuelo doblado, la limpiaba Julián del moho, tocándolacon manos delicadas.

Desde niño le había enseñado su madre a reverenciarla sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado,dorado, le parecía cosa muy veneranda, digna de compasión por haber sidopisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el señoritopermanecía serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas bajo la barba,otras palabras del señor de la Lage acudieron a la memoria del capellán:«Todo eso de la casa de mi sobrino debe ser un desbarajuste.... Haríausted una obra de caridad si lo arreglase un poco». La verdad es que élno entendía gran cosa de papelotes, pero con buena voluntad y cachaza....

—Señorito—murmuró—, ¿y por qué no nos dedicamos a ordenar esto como Diosmanda?

Entre usted y yo, mal sería que no acertásemos. Mire usted,primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de lo que esté muyestropeado se podría hacer sacar copia; lo roto se pega con cuidaditocon unas tiras de papel transparente....

El proyecto le pareció al señorito de perlas. Convinieron en ponerse altrabajo desde la mañana siguiente. Quiso la desgracia que al otro díaPrimitivo descubriese en un maizal próximo un bando entero de perdicesentretenido en comerse la espiga madura. Y el marqués se terció lacarabina y dejó para siempre jamás amén a su capellán bregar con losdocumentos.

-IV-

Y el capellán lidió con ellos a brazo partido, sin tregua, tres o cuatrohoras todas las mañanas.

Primero limpió, sacudió, planchó sirviéndose dela palma de la mano, pegó papelitos de cigarro a fin de juntar lospedazos rotos de alguna escritura. Parecíale estar desempolvando,encolando y poniendo en orden la misma casa de Ulloa, que iba a salir desus manos hecha una plata. La tarea, en apariencia fácil, no dejaba deser enfadosa para el aseado presbítero: le sofocaba una atmósfera demohosa humedad; cuando alzaba un montón de papeles depositado desdetiempo inmemorial en el suelo, caía a veces la mitad de los documentoshecha añicos por el diente menudo e incansable del ratón; las polillas,que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus alas y se le metíanpor entre la ropa; las correderas, perseguidas en sus más secretosasilos, salían ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin granrepugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose los oídos parano percibir el ¡ chac! estremecedor que produce el cuerpo estrujado delinsecto; las arañas, columpiando su hidrópica panza sobre susdescomunales zancos, solían ser más listas y refugiarse prontísimamenteen los rincones oscuros, a donde las guía misterioso instintoestratégico. De tanto asqueroso bicho tal vez el que más repugnaba aJulián era una especie de lombriz o gusano de humedad, frío y negro, quese encontraba siempre inmóvil y hecho una rosca debajo de los papeles, yal tocarlo producía la sensación de un trozo de hielo blando y pegajoso.

Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución, triunfó Julián en subatalla con aquellas alimañas impertinentes, y en los estantes, yadespejados, fueron alineándose los documentos, ocupando, por efectomilagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde nocupieron jamás. Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante deplomo, quedaron apartadas, envueltas en paños limpios. Todo estabaarreglado ya, excepto un tramo de la estantería donde Julián columbrólos lomos oscuros, fileteados de oro, de algunos libros antiguos. Era labiblioteca de un Ulloa, un Ulloa de principios del siglo: Juliánextendió la mano, cogió un tomo al azar, lo abrió, leyó la portada...« La Henriada, poema francés, puesto en verso español: su autor, elseñor de Voltaire...». Volvió a su sitio el volumen, con los labioscontraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le hería oescandalizaba: no era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire,de buena gana le haría lo que a las cucarachas; no obstante, limitóse acondenar la biblioteca, a no pasar ni un mal paño por el lomo de loslibros: de suerte que polillas, gusanos y arañas, acosadas en todaspartes, hallaron refugio a la sombra del risueño Arouet y su enemigo elsentimental Juan Jacobo, que también dormía allí sosegadamente desde losaños de 1816.

No era tortas y pan pintado la limpieza material del archivo; sinembargo, la verdadera obra de romanos fue la clasificación. ¡Aquí tequiero! parecían decir los papelotes así que Julián intentabadistinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto sin hiloconductor. No existía faro que pudiese guiar por el piélago insondable:ni libros becerros, ni estados, ni nada.

Los únicos documentos queencontró fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde suantecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores yarrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para élsolo, o con palabras más enigmáticas aún, el balance de sus pagos. Losunos tenían una cruz, los otros un garabato, los de más allá unallamada, y los menos, las frases no paga, pagará, va pagando, ya pagó.¿Qué significaban pues el garabato y la cruz? Misterio insondable. Enuna misma página se mezclaban gastos e ingresos: aquí aparecía Fulanocomo deudor insolvente, y dos renglones más abajo, como acreedor porjornales. Julián sacó del libro del abad una jaqueca tremebunda. Bendijola memoria de fray Venancio, que, más radical, no dejara ni rastro decuentas, ni el menor comprobante de su larga gestión.

Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo, creyendo no le seríaimposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba paraentender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas de las escrituras;quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres ocuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y seasombraba de que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidadesde centeno y trigo, se necesitase tanto fárrago de procedimientos, tantadocumentación indigesta. Perdíase en un dédalo de foros y subforos,prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones, cartas dotales, diezmos,tercios, pleitecillos menudos, de atrasos, y pleitazos gordos, departijas. A cada paso se le confundía más en la cabeza toda aquellapapelería trasconejada; si las obras de reparación, como poner carpetasde papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacían de puroviejas le eran ya fáciles, no así el conocimiento científico de losmalditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones ypráctica. Ya desalentado se lo confesó al marqués.

—Señorito, yo no salgo del paso.... Aquí convenía un abogado, una personaentendida.

—Sí, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo también.... Es indispensabletomar mano en eso, porque la documentación debe andar perdida.... ¿Cómola ha encontrado usted? ¿Hecha una lástima? Apuesto a que sí.

Dijo esto el marqués con aquella entonación vehemente y sombría queadoptaba al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes quefuesen; y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo su collar decascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas codornices.

—Sí, señor...—murmuró Julián—. No está nada bien, no.... Pero la personaacostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un soplo.... Y tieneque venir pronto quien sea, porque los papeles no ganan así.

La verdad era que el archivo había producido en el alma de Julián lamisma impresión que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta yamenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en laactualidad se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julián aprensión norazonada, que se transformaría en convicción si conociese bien algunosantecedentes de familia del marqués.