Los Muertos Mandan by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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a

las

plantacionesnuevas.

Lo

que

decimos

a

veces

espontáneamente,

como

última

novedad

denuestro

pensamiento, es una idea de los otros enquistada en nuestrocerebro desde el nacimiento, y que de pronto rompe su envoltura. Losgustos, los caprichos, las virtudes, los defectos, las afinidades y lasrepulsiones, todo heredado, todo obra de los desaparecidos, que sesobreviven en nosotros.

¡Con qué terror pensaba Jaime en el poder de los muertos!... Ocultábansepara hacer menos cruel su despotismo, pero no habían muerto realmente.Sus almas estaban agazapadas y vigilantes en los límites del campo denuestra existencia, así como sus cuerpos formaban un campo atrincheradoen torno a las aglomeraciones humanas.

Nos espiaban con ojos severos,nos seguían, apartándonos con invisible zarpazo al menor intento dedesviación en la ruta. Se juntaban todos para tirar con fuerza diabólicade los rebaños de hombres que se lanzan a la conquista de un ideal nuevoy extraordinario, restableciendo con violenta reacción la calma de lavida, que aman silenciosa y plácida, con susurros de hierbas mustias yaleteos de mariposas blancas: una dulce calma de cementerio dormido bajoel sol.

El alma de los muertos llenaba el mundo. Los muertos no se van, porqueson los amos. Los muertos mandan, y es inútil resistirse a sus órdenes.

¡Ay! El hombre de las grandes ciudades, que vive vertiginosamente, nosabe quién hizo su casa, quién elaboró su pan, y no ve de la libreNaturaleza otras obras que los pobres árboles que adornan las calles,ignora la tiranía de los muertos. Ni siquiera llega a enterarse de quesu vida transcurre entre millones y millones de ascendientes que estánamontonados a pocos pasos de él y le espían y dirigen.

Obedececiegamente sus tirones, sin saber dónde termina el cabo de la cuerdaamarrado a su alma; cree todos sus actos—¡pobre autómata!—producto desu voluntad, cuando no

son

más

que

imposiciones

de

los

omnipotentesinvisibles.

Jaime, sumido en la existencia monótona de una isla tranquila,conociendo sus ascendientes uno a uno, sabiendo el origen y la historiade todo cuanto le rodeaba—objetos, ropas, muebles—y de aquella casaque parecía tener un alma, podía darse cuenta de esta tiranía mejor quelos demás.

Sí; los muertos mandan. La autoridad de los vivos, sus asombrosasnovedades, ¡todo ilusión! ¡engaños que sirven para hacernos sobrellevarla existencia!...

Febrer, mirando el mar, en cuyo horizonte se marcaba la débil columna dehumo de un vapor, pensó en los grandes trasatlánticos, pueblosflotantes, monstruos de velocidad, orgullo de la industria humana, quepueden dar en poco tiempo la vuelta al mundo... Sus remotos abuelos dela Edad Media, que iban a Inglaterra en una nave del tamaño de una barcade pesca, representaban algo más extraordinario. Y

los grandes capitanesdel presente, con sus interminables rebaños de hombres, no habíanrealizado mayores hazañas que el comendador Príamo con un puñado demarineros.

¡Ah, la vida! ¡Qué engaños, qué ilusiones bordamos sobre ella paraocultarnos la monotonía de su trama! Lo limitado de sus sensaciones y desus sorpresas resulta desesperante.

Igual es vivir treinta años quetrescientos. Los hombres perfeccionan los juguetes útiles para suegoísmo y su bienestar, las máquinas, los medios de locomoción; peroaparte de esto, lo mismo se vivía antes que ahora. Las pasiones, lasalegrías y las preocupaciones son las mismas: el animal humano nocambia.

Él se había creído un hombre libre, poseedor de un alma que llamaba«moderna», suya, toda suya, y ahora descubría en ella un confuso amasijode las almas de sus ascendientes.

Podía reconocerlas porque las habíaestudiado, porque estaban guardadas en una habitación inmediata, en elarchivo, como esas flores secas que se conservan aplastadas entre lashojas de un libro viejo. La mayoría de los humanos que sólo guardanmemoria, cuando más, de sus bisabuelos; las familias que no conocendetalladamente la historia de su pasado al través de los siglos, no sepueden dar cuenta de la vida ancestral que perdura en su alma, tomandocomo inspiraciones propias los gritos que los ascendientes lanzan dentrode ellos. Nuestra carne es carne de los que ya no existen; nuestrasalmas son fragmentos de las almas de otros muertos.

Jaime sentía vivir en su interior al grave abuelo don Horacio, y con éllos escrúpulos del Inquisidor Decano, el de la tarjeta horripilante, ylas almas del famoso comendador y otros ascendientes. Su mentalidad dehombre moderno guardaba algo de la de aquel regidor perpetuo queconsideraba como una raza aparte y envilecida a los judíos conversos dela isla.

Los muertos mandan. Ahora se explicaba la repugnancia que había sentidoal ponerse en contacto con aquel don Benito tan obsequioso y atento...¡Y estos sentimientos eran irresistibles! Se los imponían otros que eranmás fuertes que él. Los muertos le mandaban, y debía obedecer.

Este pesimismo le hizo recordar su situación presente.

¡Todo perdido!...Él no servía para los pequeños negocios, para las transacciones yarreglos que sacan adelante una vida de apuros. Renunciaba a aquellaboda que era su única salvación, y los acreedores, así que se enterasende esta renuncia que desvanecía sus esperanzas, caerían sobre él.

Iba averse expulsado de la casa de sus abuelos, y la gente le compadeceríacon una lástima más aflictiva para él que el insulto. Sentíase sinfuerzas para presenciar el naufragio definitivo de su raza y su nombre.¿Qué hacer?... ¿Adonde ir?...

Permaneció gran parte de la tarde contemplando el mar, siguiendo elcurso de las blancas velas que se ocultaban tras el cabo o se perdían enel dilatado horizonte de la bahía.

Al retirarse de la terraza, Febrer, sin saber cómo, se vio abriendo lapuerta del oratorio, una puerta antigua y olvidada, que al chirriarsobre sus pernos oxidados esparció polvo y telarañas. ¡Cuánto tiempo queno había entrado allí!... En este ambiente denso de pieza cerrada creyópercibir un vago olor de esencias, de bote de perfumes abierto yabandonado; un olor que le hizo recordar a las solemnes damas de lafamilia cuyos retratos estaban en el recibimiento.

A través de un rayo de luz que se filtraba por los ventanillos de lacúpula danzaban en espiral ascendente millones de corpúsculos de polvoinflamados por el sol. El altar, de talla antigua, brillabadiscretamente en la penumbra con reflejos de oro viejo. Sobre la mesasagrada había unos zorros y un cubo, olvidados allí hacía años, desde laúltima limpieza.

Dos reclinatorios de viejo terciopelo azul parecían guardar aún lahuella de señoriales y delicados cuerpos que ya no existían. Quedabansobre sus pupitres, como olvidados, dos libros de oraciones con laspuntas roídas por el uso. Jaime reconoció uno de estos libros. Era de sumadre, la pobre señora pálida y enferma que compartía su vida entre elrezo y la adoración a un hijo para el que había soñado las mayoresgrandezas. El otro tal vez había pertenecido a su abuela, aquellaamericana de los tiempos del romanticismo, que aún parecía estremecer elcaserón con el roce de sus blancos vestidos y los susurros de su arpa.

Esta aparición del pasado, todavía latente en la capilla abandonada, elrecuerdo de aquellas dos damas, la una toda piedad, la otra idealista,elegante y soñadora, acabó de trastornar a Febrer. ¡Y pensar que dentrode poco las manazas de la usura vendrían a profanar tanta cosavenerable!... Él no podría presenciarlo. ¡Adiós!

¡adiós!...

Al anochecer buscó en el Borne a Toni Clapés. Con la confianza amistosaque le inspiraba el contrabandista, le pidió dinero.

—No sé cuándo podré devolvértelo. Me voy de Mallorca.

Que se hundatodo, pero que yo no lo vea.

Clapés dio a Jaime más dinero que el que éste le pedía.

Toni quedaba enla isla, y con ayuda del capitán Valls intentaría arreglar sus asuntos,si aún era posible. El capitán entendía de negocios y sabía desenmarañarlos más confusos. Febrer y él estaban reñidos desde el día anterior;pero no importaba: Valls era un verdadero amigo.

—No digas a nadie que me voy—añadió Jaime—. Sólo debes saberlo tú...y Pablo. Tienes razón al decir que es un amigo fiel.

—¿Y cuándo te vas?...

Esperaba el primer vapor que saliese para Ibiza. Aún poseía allá algo:un montón de rocas con hierbajos y conejos; una torre ruinosa del tiempode los piratas. Lo sabía por casualidad desde el día anterior: se lohabían dicho unos payeses de Ibiza que había encontrado en el Borne.

—Lo mismo es estar allí que en otra parte... Tal vez mucho mejor.Cazaré, pescaré; voy a vivir sin ver gente.

Clapés, recordando sus consejos de la noche anterior, apretó satisfechola mano de Jaime. ¡Se acabó lo de la chueta!... Su alma de payés sealegraba de esta solución.

—Haces bien en irte. Lo otro... lo otro era una locura.

Segunda parte

I

Febrer contemplaba su imagen, sombra transparente, de flotantescontornos por el estremecimiento de las aguas, a través de la cualveíase el fondo del mar con lácteas manchas de arena y bloques obscurosdesprendidos de la montaña que se habían cubierto de costras vegetales.

Las hierbas marinas ondeaban temblorosas sus verdes cabelleras; frutosredondos semejantes a los higos chumbos agrupábanse blancuzcos en lasaristas de las rocas; flores que parecían de nácar brillaban en laprofundidad de las aguas verdes; y entre esta vegetación de misteriodestacaban las estrellas de mar sus puntas de colores, apelotonábase elerizo como un borrón negro lleno de púas, nadaban inquietos loscaballitos del diablo, y un chisporroteo de plata y púrpura, de colas ynadaderas, pasaba veloz entre torbellinos de burbujas, surgiendo de unacueva para perderse en otra boca de insondable misterio.

Estaba Jaime inclinado sobre la borda de una pequeña embarcación quetenía su vela caída. En una mano sustentaba el volantí, largo hilo convarios anzuelos que casi tocaba el fondo del mar.

Era cerca de mediodía. El barquichuelo estaba en la sombra. A espaldasde Jaime extendíase con grandes sinuosidades de puntas salientes yprofundas escotaduras la costa bravia de Ibiza. Ante él erguíase elVedrá, peñasco aislado, mojón soberbio de trescientos metros de altura,que en su aislamiento aún parecía más enorme. A sus pies la sombra delcoloso daba a las aguas un color denso y transparente a la vez. Más alláde su sombra azulada hervía el Mediterráneo con burbujeo de oro bajo laluz del sol, y las costas de Ibiza, rojas y escuetas, parecían irradiarfuego.

Jaime venía a pescar todos los días de calma en un estrecho canal, entrela isla y el Vedrá. Era en los días buenos un río de agua azul, conpeñascos submarinos que asomaban sobre la superficie sus cabezas negras.El gigante se dejaba abordar, sin perder por eso su aspecto imponente,duro y hostil. Así que refrescaba el viento, las cabezas mediosumergidas se coronaban de espuma, lanzando rugidos; montañas de aguapenetraban sordas y lívidas en la marítima garganta, y había que izar lavela y huir cuanto antes de este callejón, caos ruidoso de remolinos ycorrientes.

En la proa de la barca estaba el tío Ventolera, viejo marinero que habíanavegado en buques de diversas naciones, y era el acompañante de Jaimedesde que éste llegó a Ibiza. «Cerca de ochenta años, señor», y nodejaba un solo día de embarcarse para pescar. Ni enfermedades ni miedoal mal tiempo. Tenía el rostro curtido por el sol y el aire salitroso,pero con pocas arrugas. Las piernas, enjutas y al descubierto bajo unospantalones arremangados, tenían la piel fresca y tirante de los miembrosvigorosos. La blusa, abierta sobre el pecho, dejaba ver una pelambreragris, del mismo color que su cabeza, cubierta con una gorranegra—

recuerdo de su último viaje a Liverpool—, con una borlaencarnada en el vértice y ancha cinta a cuadritos blancos y rojos.Llevaba adornado el rostro con estrechas patillas y de sus orejaspendían unos aretes de cobre.

Jaime, al conocerle, había sentido curiosidad por estos adornos.

—De chico fui grumete en una goleta inglesa—dijo Ventolera en sudialecto ibicenco, cantando las palabras con vocecita dulce—. El patrónera un maltés muy arrogante, con patillas y pendientes. Y yo me decía:«Cuando sea hombre, he de ser igual al patrón...» Aunque usted me veaahora así, yo he sido muy pinturero y me ha gustado imitar a laspersonas que valen.

Los primeros días que Jaime pescó en el Vedrá olvidábase de mirar alagua y al aparejo que tenía en la mano, para fijarse en el coloso que sealza sobre el mar, despegado de la costa.

Amontonábanse las rocas, soldadas unas a otras, y al remontarse en elespacio, obligaban al espectador a echar la cabeza atrás para alcanzarcon sus ojos la aguda cumbre.

Los peñascos de la orilla del agua eranabordables.

Penetraba el mar entre ellos, sumiéndose en las bajasarcadas de cuevas submarinas, refugio en otros tiempos

de

corsarios

ydepósitos

ahora

de

los

contrabandistas algunas veces. Podía caminarsesaltando de peñasco

en

peñasco,

entre

cabinas

y

otras

vegetacionessilvestres, por una parte de la orilla del Vedrá; pero más adentro laroca se elevaba recta, lisa, inabordable, en pulidas paredes grisescortadas a pico. A enorme altura existían algunas mesetas cubiertas deverde, y tras de ellas volvía a elevarse el peñón en su cortaduravertical, hasta llegar a la cumbre, aguda como un dedo. Algunoscazadores habían escalado una parte de esta ciudadela, aprovechando comosenderos las aristas entrantes de la piedra para llegar de este modo alas primeras mesetas. Más allá sólo había ido, según el tío Ventolera,cierto fraile desterrado por el gobierno como agitador carlista, quehabía construido en la costa de Ibiza la ermita de los Cubells.

—Era un hombre duro y atrevido—continuó el viejo—.

Dicen que puso unacruz en lo más alto, pero hace tiempo que se la llevaron los malosvientos.

Febrer veía saltar sobre las oquedades del gran peñón gris, sombreadaspor el verde de las sabinas y los pinos marítimos, unos puntos de color,semejantes a pulgas rojas o blanquecinas, de incesante movilidad. Eranlas cabras del Vedrá;

cabras

salvajes

por

el

aislamiento,

abandonadashacía muchos años, y que se reproducían lejos del hombre, habiendoperdido todo hábito de domesticidad, huyendo monte arriba conprodigiosos saltos apenas una barca abordaba el peñón. En las mañanastranquilas, sus balidos,

agrandados

por

el

silencio

agreste,

extendíansesobre la superficie del mar.

Un amanecer, Jaime, que había traído su escopeta, disparó dos tiroscontra un grupo de cabras que estaban a gran distancia, seguro de notocarlas, por el placer de verlas saltar en su huida. Los estampidos,agrandados por el eco del canal, poblaron el espacio de chillidos yaleteos. Eran centenares

de

gaviotas

viejas

y

enormes

que

abandonabansus guaridas espantadas por el estruendo. El islote, estremecido,arrojaba fuera a sus alados habitantes.

En lo más alto, como puntosnegros, volaban hacia la isla grande otros pájaros fugitivos: loshalcones que se refugiaban en el Vedrá y daban caza a las palomas deIbiza y Tormentera.

El viejo marinero señaló a Febrer ciertas cuevas abiertas como ventanasen las paredes más rectas e inaccesibles del islote. Ni las cabras nilos hombres podían llegar a ellas. El tío Ventolera sabía lo que seocultaba más adentro de sus negras gargantas. Eran colmenas; colmenasque tenían siglos y siglos, refugios naturales de las abejas que,pasando el estrecho entre Ibiza y el Vedrá, venían a refugiarse en estascuevas inaccesibles luego de haber revoloteado sobre los campos de laisla. Él había visto en cierta época del año brillar junto a estas bocashilos de luz que serpenteaban peñas abajo. Era miel que derretía el solen la entrada de la caverna y chorreaba inútil fuera del depósito.

El tío Ventolera tiró de su aparejo de pesca con un ronquido desatisfacción.

—¡Y van ocho!...

Pendiente de un anzuelo, coleaba y movía sus patas una especie delangosta de obscuro gris. Otras semejantes descansaban inertes en unaespuerta al lado del viejo.

—Tío Ventolera, ¿no canta usted la misa?

—Si usted lo permite...

Jaime conocía las costumbres del viejo, su afición a entonar loscánticos de la misa mayor cada vez que se sentía alegre. Retirado de laslargas navegaciones, su placer era cantar los domingos en la iglesia delpueblo de San José o en la de San Antonio, extendiendo luego estaafición a todos los momentos felices de su vida.

—Allá voy... allá voy—dijo con tono de superioridad, como si fuese adispensar a su acompañante el mayor de los placeres.

Llevándose una mano a la boca, se extrajo de golpe la dentadura,guardándola en la faja. Su rostro se llenó de arrugas en torno a la bocasumida, y comenzó a cantar las frases del sacerdote y las respuestas delayudante. Su voz temblona e infantil adquiría una grave sonoridad alresbalar sobre la acuática extensión y ser reproducida por los ecos delas rocas. Las cabras del Vedrá respondían de vez en cuando con tiernosbalidos de sorpresa. Jaime reía de la vehemencia del viejo, el cual,poniendo los ojos en blanco, se llevaba una mano al corazón sin soltarde la otra la cuerda del volantí. Así estuvieron largo rato, atentoFebrer a su aparejo, en el que no percibía el más leve movimiento.

Todala pesca era para el anciano. Esto le puso de mal humor, y de pronto sesintió molestado por sus cánticos.

—Basta, tío Ventolera... ¡Ya hay bastante!

—Le ha gustado, ¿verdad?—dijo el viejo con candidez—.

También séotras cosas; sé lo del capitán Riquer: un sucedido, nada de cuentos. Mipadre lo vio.

Jaime hizo un ademán de protesta. No; nada del capitán Riquer. Se sabíade memoria la hazaña. En tres meses que salían juntos al mar, raro erael día que terminaba sin el relato del suceso. Pero el tío Ventolera,con su inconsciencia senil, convencido de la importancia de todo losuyo, había ya empezado su historia, y Jaime, vuelto de espaldas, echabael cuerpo fuera de la borda, mirando las profundidades del mar, para nooír una vez más lo que sabía de memoria.

¡El capitán Antonio Riquer!... Un héroe de la isla de Ibiza, un marinotan grande como Barceló... Pero como Barceló era mallorquín y el otroibicenco, todos los honores y los grados habían sido para aquél. Sihubiese justicia, debía tragarse el mar a la isla orgullosa, madrastrade Ibiza.

De pronto, el viejo recordaba que Febrer era mallorquín, ypermanecía en confuso silencio por unos instantes.

—Esto es un decir—añadía excusándose—. Buenas personas las hay entodas partes. Vostra mercé es una de ellas. Pero volviendo al capitánRiquer...

Era patrón de un jabeque armado en corso, el San Antonio, tripuladopor ibicencos, en continua guerra con las galeotas de los morosargelinos y los navíos de Inglaterra, enemiga de España. El nombre deRiquer lo conocían en todo el Mediterráneo. El suceso ocurrió en 1806.El día de la Trinidad, por la mañana, se presentó a la vista de laciudad de Ibiza una fragata con bandera inglesa, dando bordadas, fueradel alcance de los cañones del castillo. Era la Felicidad, el navíodel italiano Miguel Novelli, apodado

«el Papa», vecino de Gibraltar ycorsario al servicio de Inglaterra. Venía en busca de Riquer, a burlarseen sus propias barbas, navegando arrogante a la vista de su ciudad.Tocaron a rebato las campanas, sonaron los tambores, el vecindario seagolpó en las murallas de Ibiza y en el barrio de la Marina. El SanAntonio estaba carenándose en tierra; pero Riquer, con los suyos, loechó al agua. Los cañoncitos del jabeque habían sido desmontados, y lossujetaron a toda prisa con cuerdas. Todos los de la Marina queríanembarcarse, pero el capitán sólo escogió cincuenta hombres, y oyó misacon ellos en la iglesia de San Telmo. Al ir a izar las velas se presentóel padre de Riquer, un marino viejo, y atropellando la resistencia de suhijo se metió en el buque.

Necesitó el San Antonio largas horas y expertas maniobras paraaproximarse a la fragata del «Papa». El pobre jabeque parecía un insectoal lado del gran navío, tripulado por la gente más brava y aventurerarecogida en los

muelles

de

Gibraltar:

malteses,

ingleses,

romanos,venecianos, liorneses, sardos y raguseos. La primera andanada de loscañones del navío mata cinco hombres sobre la cubierta del jabeque,entre ellos el padre de Riquer. Éste coge el cadáver destrozado,manchándose con su sangre, y corre a ocultarlo en la cala. «¡Han muertoa nuestro padre!», gimen los hermanos de Riquer. «¡A lo queestamos!—grita éste con rudeza—. ¡A los frascos! ¡Al abordaje!»

Los «frascos», arma terrible de los corsarios ibicencos, botellas ígneasque al romperse sobre la cubierta enemiga la incendiaban con su fuego,caen sobre el navío del «Papa».

Arden los cordajes, flamea la obramuerta, y como demonios saltan entre las llamas Riquer y los suyos, lapistola en una mano, el hacha de abordaje en la otra. La cubiertachorrea sangre, los cadáveres ruedan al mar con la cabeza destrozada. Al«Papa» lo encontraron escondido y medio muerto de miedo en un armario desu cámara.

Y el tío Ventolera reía con su risa de niño al recordar este detallegrotesco de la gran victoria de Riquer. Luego, al ser conducido «elPapa» a la isla, las gentes de la ciudad y los payeses acudidos entropel lo miraban como un animal raro.

¡Éste era el pirata, terror delMediterráneo! ¡Y lo habían encontrado metido entre tablas por miedo alos ibicencos!

Le formaron proceso para colgarlo en la isla de losAhorcados, un islote donde ahora estaba el faro, en el estrecho de losFreus; pero Godoy dio orden para que lo canjeasen por varios prisionerosespañoles.

Su padre había visto estos grandes sucesos: iba de paje en el jabeque deRiquer. Luego había caído cautivo de los argelinos, siendo de losúltimos esclavos, antes de que llegasen los franceses a Argel. Allí sevio en peligro de muerte un día que los diezmaron a todos por elasesinato de un moro perverso, cuyo cadáver apareció embutido en unaletrina. El tío Ventolera se acordaba también de los relatos que hacíasu padre de la época en que Ibiza tenía corsarios y llegaban a su puertoembarcaciones apresadas, con moras y moros cautivos. Los prisioneroscomparecían ante el «escribano de presas» como testigos del suceso, y seles exigía juramento de verdad «por Alaquivir, el Profeta y su Alcorán,alto el brazo y el dedo índice, mirando su rostro al nacimiento delsol». Mientras tanto, los duros corsarios ibicencos, al repartirse elbotín, apartaban un fondo para la compra de sábanas destinadas aconvertirse en vendajes de sus futuras heridas, y dejaban otra parte delas ganancias para que «un sacerdote celebrase misa todos los díasmientras ellos estuviesen fuera de la isla».

El tío Ventolera pasaba de Riquer a otros valerosos patrones de corsosanteriores a él; pero Jaime, molestado por su charla, en la que latía undeseo de asombrar a la isla de Mallorca, vecina y enemiga, acabó porimpacientarse.

—¡Que son las doce, abuelo!... Vámonos; ya no pican.

El viejo miró el sol, que sobrepasaba la cumbre del Vedrá. Aún no eramediodía, pero faltaba poco. Luego miró el mar; el señor tenía razón: yano picarían los peces, pero él estaba satisfecho de la jornada.

Con sus brazos enjutos tiró de la cuerda, izando la pequeña velatriangular de la embarcación. Ésta se inclinó sobre un costado, cabeceóun poco sin moverse del sitio, y de repente empezó a cortar el agua consuave murmullo.

Salieron del canal, dejando atrás el Vedrá y siguiendola costa de Ibiza. Jaime empuñaba el timón, mientras el viejo,manteniendo el cesto de la pesca entre su rodillas, iba contando ymanoseando las piezas con avaro deleite.

Doblaron un cabo y apareció una nueva sección de la costa. Sobre unmontículo de peñas rojas, cortado a trechos por manchas obscuras dematorrales, destacábase una torre ancha y amarilla, un cilindroachatado, sin más huecos por la parte del mar que una ventana, negroagujero de contornos irregulares. En el coronamiento de la torre, unatronera que había servido en otros tiempos para un pequeño cañónrecortaba su tajadura sobre el azul del cielo.

A un lado delpromontorio, cortado a pico sobre el mar, descendía el terreno,cubriéndose de verde con arboledas bajas y frondosas, entre las cualesasomaba la mancha blanca de un exiguo caserío.

La embarcación hizo rumbo a la torre, y al llegar cerca de ella desviósehacia una playa inmediata, chocando su proa en el fondo de grava. Elviejo amainó la vela y aproximó la embarcación a una roca aislada enmedio de la playa, de la cual pendía una cadena. Amarró a ella la barca,y luego saltaron a tierra él y Jaime. No quería poner en seco laembarcación; pensaba volver al mar aquella tarde, luego de comer: asuntode calar unos palangres, que recogería a la mañana siguiente. ¿Leacompañaba el señor?... Febrer hizo un gesto negativo, y el viejo sedespidió de él hasta la madrugada siguiente. Le despertaría desde laplaya cantando el Introito cuando aún hubiera estrellas en el cielo.El amanecer debía sorprenderles en el Vedrá. ¡A ver si el señor salíapronto de su torre!

Se alejó el viejo tierra adentro, llevando pendiente de un brazo elcesto de pescado.

—Déle usted mi parte a Margalida, tío Ventolera, y que me traiganpronto la comida.

El marinero contestó con un movimiento de hombros, sin volver el rostro,y Jaime fue avanzando por el borde de la playa hacia la torre. Sus pies,calzados de alpargatas, hollaban la grava, en la que se perdían losúltimos estremecimientos del mar. Entre las azuladas piedrecitas veíansefragmentos de barro cocido: pedazos de asas; superficies cóncavas dealfarería, con vestigios de remotos adornos que tal vez habíanpertenecido a panzudas vasijas; pequeñas esferas irregulares de tierragris, en las que parecía adivinarse, a través de las roeduras del aguasalitrosa, rostros informes, fisonomías crispadas por el paso de lossiglos. Eran misteriosos despojos de los días de tormenta; fragmentosdel gran secreto del mar que volvían a la luz tras una ocultación demiles de años; la historia confusa y legendaria devuelta por las olasincoherentes a las riberas de estas islas, abrigo en tiempos remotos defenicios y cartagineses, árabes y normandos. El tío Ventolera hablaba demonedas de plata, delgadas como hostias, encontradas por muchachos aljugar en la costa. Su abuelo le había contado, siendo niño, la tradiciónde cavernas submarinas que contenían tesoros, cuevas de los sarracenos ynormandos que habían sido muradas con pedruscos, perdiéndose después elsecreto del escondrijo.

Jaime comenzó a ascender por la peñascosa ladera, camino de la torre.Los tamariscos erguían su áspera y rumorosa vegetación de pinos enanos,que parecía nutrirse de la sal disuelta en el ambiente, hundiendo susraíces en la roca. El viento de los días tempestuosos, al remover laarena, dejaba descubiertas sus múltiples y enmarañadas raíces, negras ydelgadas serpientes en las que se enredaban muchas veces los pies deFebrer. Al eco de los pasos de éste respondía en los matorrales un rumorde medrosas carreras y chasquido de hojas, viéndose pasar entre mata ymata, con ciega velocidad, un bulto de pelos grises con la cola en formade botón. La fuga de los conejos hacía correr a los lagartos de color deesmeralda tendidos perezosamente al sol.

Junto con estos rumores llegó a oídos de Jaime un débil tamborileo y unavoz de hombre que entonaba un romance ibicenco. Deteníase de vez encuando como indecisa, repitiendo los mismos versos tenazmente, hasta quelograba pasar a otros nuevos, lanzando al final de cada estrofa, segúncostumbre del país, un cloqueo extraño semejante al graznido del pavoreal, un gorgorito rudo y estridente como el que acompaña a los cantosde los árabes.

Cuando Febrer estuvo en la cumbre vio al músico sentado en una piedradetrás de la torre y contemplando el mar.

Era un atlot al que había encontrado algunas veces en Can Mallorquí,la casa de su antiguo arrendatario Pep.

Tenía apoyado en un muslo eltamboril ibicenco, pequeño tambor pintado de azul con flores y ramajesdorados. El brazo izquierdo se apoyaba en el instrumento y la caradescansaba en una mano, oculta casi por la palma y los dedos. Con ladiestra armada de un palillo golpeaba lentamente uno de los parches, yasí permanecía inmóvil, en actitud reflexiva, con el pensamientoconcentrado en su improvisación, contemplando el inmenso horizonte delmar a través de sus dedos.

Le llamaban el Cantó, como a todos los que en la isla cantan versosnuevos en bailes y serenatas. Era un mozuelo alto, paliducho y estrechode hombros, un atlot que aún no había llegado a los diez y ocho años.Al cantar, tosía y se hinchaba su frágil cuello, arrebolándosele elrostro, de una blancura transparente. Sus ojos eran grandes, ojos demujer, con el lagrimal de color rosa muy saliente. Vestía traje defiesta en todo tiempo: sus pantalones eran de terciopelo azul, la faja yel lazo que le servía de corbata de encendido rojo, y por encima de estaúltima prenda ostentaba un pañolito femenil arrollado al cuello, con labordada punta por delante. Dos rosas asomaban sobre sus orejas, y bajoel ala de su fieltro, echado atrás y adornado con una cinta a flores,escapábanse en rizado flequillo las ondulaciones de su cabello, lustrosode pomada. Febrer, viendo estos adornos casi femeniles, sus grandes ojosy su pálida tez, lo comparó a una doncella exangüe de las que idealizael arte moderno. Pero esta virgen mostraba cierto bulto inquietante enel ruedo de su faja roja. Indudablemente era un cuchillo o un pistoletede los que fabrican los herreros de la isla; el compañero inseparable detodo atlot ibicenco.

Al ver a Jaime se levantó el cantor, dejando el tamborcillo pendiente deuna correa sujeta al brazo izquierdo, mientras con la mano derecha, queaún empuñaba el palillo, tocaba el ala de su sombrero.

¡Bon día tengui!

Febrer, que como buen mallorquín creía en la ferocidad de los ibicencos,admiraba sin embargo su aspecto cortés al encontrarlos en los caminos.Se mataban entre ellos, siempre por asuntos de amor, pero el forasteroera respetado, con el mismo escrúpulo tradicional que muestra el árabepor el hombre que pide hospitalidad bajo su tienda.

El Cantó parecía avergonzado de que el señor mallorquín le hubiesesorprendido junto a su casa, en un terreno que era suyo. Balbuceabaexcusas. Venía a sentarse allí porque le gustaba contemplar el mar desdela altura. Sentíase mejor a la sombra de la torre; ningún amigo leturbaba con su presencia y podía componer libremente los versos de unromance para el próximo baile en el pueblo de San Antonio.

Jaime sonrió al oír las tímidas excusas del cantor.

Seguramente que susversos eran dedicados a alguna atlota.

El muchacho inclinó la cabeza.«Sí, señor...» ¿Y quién era ella?

Flo d'enmetllé—dijo el poeta.

«¡Flor de almendro!...» Bonito nombre. Y animado por la aprobación delseñor, el atlot siguió hablando. «Flor de almendro» era Margalida, lahija del siñó Pep de Can Mallorquí. Él era quien había dado estenombre, al verla blanca y hermosa como las flores que echa el almendrocuando terminan las heladas y vienen del mar los soplos tibiosanunciadores de la primavera. Todos los muchachos del contorno repetíaneste nombre, y Margalida no era conocida por otro. El cantor confesabaposeer cierta habilidad para la invención de apodos bonitos. Lo que éldecía quedaba para siempre.

Febrer acogió sonriendo estas palabras del muchacho.

¿Adonde había ido arefugiarse la poesía?... Luego le preguntó si trabajaba, y el atlot contestó negativamente. No querían sus padres: un médico de la ciudad lehabía visto un día de mercado, aconsejando a su familia que le evitasetoda fatiga. Y él, satisfecho del consejo, pasaba los días de labor enpleno campo, a la sombra de un árbol, oyendo cantar a los pájaros,espiando a las atlotas que transitaban por las sendas; y cuando lebullía en la cabeza un trovo nuevo, sentábase a la orilla del mar paradevanarlo lentamente, fijándolo en su memoria.

Jaime se despidió de él: podía continuar su trabajo poético.

Pero a los pocos pasos se detuvo, volviendo la cabeza al no oír de nuevoel tamboril. El cantor se alejaba cuesta abajo, temeroso de molestar alseñor con su música, e iba en busca de otro lugar solitario.

Llegó Febrer a la torre. Todo lo que parecía de lejos piso bajo era unaconstrucción maciza. La puerta estaba al nivel de las ventanassuperiores; así los antiguos guardianes podían evitar una sorpresa delos piratas, valiéndose para sus entradas y salidas de una escala, queretiraban al interior en cuanto llegaba la noche. Jaime había hechofabricar una ruda escalera de madera para llegar a su habitación, perono la retiraba nunca. La torre, construida con piedra arenisca, estabaalgo roída en su exterior por el viento del mar.

Muchos sillares habíanrodado fuera de sus alvéolos, y estas oquedades eran como peldañosdisimulados para escalar la torre.

Ascendió el solitario a su habitación. Era una pieza circular, sin máshuecos que la puerta y la ventana trasera, aberturas que casi parecíantúneles en el desmesurado espesor de los muros. Éstos, por su parteinterna, hallábanse cuidadosamente enjalbegados con la deslumbrante calde Ibiza, que da una transparencia y una suavidad lácteas a todos losedificios, comunicando aspecto de risueñas mansiones a las casuchassórdidas de la campiña. Sólo en la bóveda, cortada por un tragaluzrevelador de la antigua escalera que conducía a la plataforma, quedabael hollín de las fogatas que se habían encendido en otros tiempos.

Unas tablas mal unidas por cruces de maderos que les servían de refuerzocerraban la puerta, la ventana y el tragaluz. No había ni un cristal enla torre. Aún era verano, y Febrer, indeciso sobre su destino, o másbien indiferente, dejaba los trabajos de una instalación definitiva paramás adelante.

Le parecía hermoso y seductor este retiro, a pesar de su rudeza. Notabaen él la mano adicta de Pep y la gracia de Margalida. Jaime se fijaba enlo nítido de las paredes, en la limpieza de las tres sillas y la mesa detablas, muebles fregoteados por la hija de su antiguo arrendatario.

Unosaparejos de pesca extendían sus mallas por los muros con ondulaciones detapiz. Más allá colgaban la escopeta y un bolso de municiones. A trechosagrupábanse, formando abanicos, largas y estrechas valvas de mariscosque tenían la transparencia acaramelada del carey. Eran regalo del tíoVentolera, así como dos caracolas enormes que adornaban la mesa,blancas, erizadas de púas y con el interior de un rosa húmedo, como elde la carne femenil.

Cerca de la ventana permanecía arrollado el jergóncon su almohada y sus sábanas, cama rústica que Margalida o su madrehacían todas las tardes.

Jaime dormía allí con más tranquilidad que en su palacio de Palma. Losdías que no le despertaba al romper el alba el tío Ventolera cantando lamisa desde la playa o subiendo la colina para lanzar unas cuantaspiedras contra la puerta de la torre, el solitario permanecía en sujergón hasta bien entrada la mañana. Llegaba a sus oídos la voz monótonadel mar, la gran madre arrulladora. Una luz misteriosa, mezcla de oro desol y azul acuático, filtrábase por las rendijas, temblando en lablancura de las paredes. Las gaviotas chillaban afuera, y pasando antelas ventanas con aleteo juguetón trazaban rápidas sombras en el muro.

Las noches en que se acostaba temprano, reflexionaba el solitario conlos ojos abiertos, viendo deslizarse la luz difusa estelar o elresplandor de la luna por los maderos entreabiertos. Era esa media horaen la que se ve todo el pasado con una percepción sobrenatural; antesaladel sueño, por la que pasan los recuerdos más remotos. El mar gruñía;sonaban estridentes silbidos de los pajarracos de la noche; las gaviotasse quejaban con un lamento de niños martirizados. ¿Qué harían a aquellashoras sus amigos?...

¿Qué dirían en los cafés del Borne?... ¿Quién deellos estaría en el Casino?...

Por la mañana estos recuerdos le hacían sonreír con gesto lastimero. Lanueva luz parecía embellecer su vida, haciéndola más amable. ¡Y él habíapodido ser como los otros, adorando la existencia en la ciudad!... Laverdadera vida era ésta.

Paseaba su mirada por la interna redondez de la torre. Un verdaderosalón, más apacible para él que los de la casa de sus antepasados. Todosuyo, sin miedo a la copropiedad con prestamistas y usureros. Hastatenía bellas antigüedades que nadie le podía disputar. Cerca de lapuerta se apoyaban en el muro dos ánforas extraídas por las redes deunos pescadores,

dos

piezas

de

barro

blancuzco,

adornadascaprichosamente por el mar con guirnaldas de conchas petrificadas. En elcentro de la mesa, entre las caracolas, estaba otro regalo del tíoVentolera: una cabeza de mujer rematada por una especie de tiara redondasobre los cabellos en trenzas. El barro gris estaba moteado de blancas yduras esferillas, granulaciones de los siglos y del agua salitrosa. PeroJaime, al contemplar a esta compañera de soledad, atravesaba con laimaginación su áspera mascarilla, adivinando sus serenas facciones y elmisterio de sus ojos orientales, rasgados en forma de almendra. La veíacomo nadie podía verla. Sus largas horas de contemplación silenciosahabían acabado por borrar el rugoso antifaz, obra de los siglos.

—Mírala, es mi novia—había dicho una mañana a Margalida, mientras éstalimpiaba la habitación—. ¿Verdad que es hermosa?... Debió ser princesade Tiro o Ascalón, no lo sé cierto; pero lo que sé indiscutiblemente esque estaba reservada para mí. Me amaba cuatro mil años antes de naceryo, y ha venido a buscarme a través de los siglos.

Tenía barcos, teníaesclavos, tenía trajes de púrpura y palacios con terrazas que eranjardines; pero lo abandonó todo por ocultarse en el mar, esperandodurante siglos y siglos que una ola la arrastrase a la playa para serrecogida por el tío Ventolera y que éste la trajese a mi casa...

¿Porqué me miras así? Tú, pobrecita, no entiendes estas cosas.

Margalida le miraba con asombro. Heredera del respeto que su padresentía por el señor, sólo se imaginaba a don Jaime hablando gravemente.¡Las cosas que había visto en el mundo!... Y ahora sus palabras sobre lanovia milenaria conmovían su credulidad, haciéndola sonreír levemente,al mismo tiempo que miraba con temor supersticioso a la gran señora deotros tiempos que sólo era una cabeza. ¡Cuando el señor decía aquello!¡Era tan extraordinario todo lo suyo!...

Al subir Febrer a la torre se sentó cerca de la puerta, contemplandotodo el paisaje de tierra adentro que se dominaba desde este agujero. Alpie de la colina extendíanse algunos campos roturados recientemente.Eran los pedazos de montaña propiedad de Febrer, que Pep ibaconvirtiendo en tierra cultivable. Más allá comenzaban las plantacionesde almendros, con su follaje de un verde fresco, y los añosos yretorcidos olivares, que extendían su leña negra con ramilletes de hojasde plateado gris. La casa, el Can Mallorquí, era una vivienda casiárabe, un grupo de construcciones cuadradas como dados, de techo plano ydeslumbrante blancura. Conforme aumentaban las necesidades y laexpansión de la familia, se iban levantando nuevas construccionesblancas. Cada dado era una habitación, y todos juntos formaban una casa,que más bien parecía

un aduar,

no adivinándose

exteriormente

cuálesservían para la vida de los habitantes y cuáles para las bestias delabor.

Más allá del Can extendíanse la arboleda, dividida por paredones depiedra seca, y los bancales de altos ribazos.

Los vientos de la isla nopermitían la ascensión de los árboles, y éstos esparcían su ramaje entorno de ellos con una prolijidad exuberante, ganando en extensión loque perdían en altura. Todos conservaban las ramas sostenidas pornumerosas horquillas. Algunas higueras llegaban a tener centenares desostenes, y se extendían como una inmensa tienda verde destinada acobijar un sueño de gigantes. Eran cenadores naturales, en los que podíaocultarse casi un pueblo. El fondo del horizonte estaba cerrado pormontañas cubiertas de pinos con grandes calvas de tierra roja. Entre elobscuro follaje se elevaban columnas de humo. Eran las fogatas de losleñadores que fabricaban carbón vegetal.

Tres meses que Febrer estaba en la isla. Su llegada había asombrado aPep Arabi, todavía ocupado en relatar a parientes y amigos su estupendaaventura, su inaudito atrevimiento, el reciente viaje a Mallorca con los atlots, la estancia en Palma de unas horas, y su visita al palacio delos Febrer, lugar encantado que guardaba cuanto en el mundo puedeexistir de señorial y lujoso.

Las rudas declaraciones de Jaime asombraron menos al payés.

—Pep, estoy arruinado; tú eres rico si te comparas conmigo. Vengo avivir en la torre... no sé hasta cuándo. Tal vez para siempre.

Y entró en los detalles de instalación, mientras Pep sonreía con aireincrédulo. ¡Arruinado!... Todos los grandes señores decían lo mismo, ylo que a ellos les sobraba en su desgracia podía hacer ricos a muchospobres. Eran como los barcos que encallaban en Formentera antes que elgobierno pusiera faros. Los formenterinos, gente sin ley y dejada deDios—por ser de una isla más pequeña—, encendían hogueras para engañara los navegantes; y cuando se perdía el barco para éstos, no se perdíapara los isleños, pues sus despojos hacían ricos a muchos.

¡Pobre un Febrer!... No quiso aceptar el dinero que le ofreció donJaime. Él iba a cultivar unas tierras que eran del señor; ya arreglaríancuentas. Y viendo su empeño en ocupar la torre, trabajó Pep por hacerlahabitable, ordenando además a sus hijos que llevasen la comida al señorlos días que no quisiera bajar para sentarse a su mesa.

Estos tres meses habían sido para Jaime de rústico aislamiento; niescribir una carta, ni abrir un periódico, ni conocer más libros quemedia docena de volúmenes que había traído de Palma. La ciudad de Ibiza,tranquila y soñolienta

como

un

pueblo

del interior

de

la

Península,parecíale una capital remota. Mallorca no debía existir ya, ni tampocolas grandes ciudades que él había visitado. En el primer mes de estanueva vida, un suceso extraordinario turbó su plácida tranquilidad.Llegó una carta, un pliego con membrete de un café del Borne y unoscuantos renglones de letra gruesa y defectuosa. Era Toni Clapés quien leescribía. Le deseaba muchas felicidades en su nueva existencia. En Palmatodo continuaba lo mismo. Pablo Valls no le escribía porque estabaenfadado con él. ¡Marcharse sin avisarle!... Pero era un buen amigo y seocupaba en desenmarañar sus asuntos.

Tenía para esto una habilidaddiabólica. ¡Al fin, chueta!...

Ya le daría más noticias.

Después habían transcurrido dos meses sin que por suerte llegase otracarta. ¿Qué le importaban a él estas noticias de un mundo al que nopensaba volver?... No sabía ciertamente qué le reservaba el porvenir:allí había llegado y allí se quedaba, sin otros placeres que la caza yla pesca, gozando una voluptuosidad animal al no tener más ideas ydeseos que los del hombre primitivo.

Permanecía aparte de la vida ibicenca, sin mezclarse en sus costumbres.Era un señor entre los payeses, un forastero. Aquéllos le tratabanrespetuosamente, pero con un respeto frío.

La existencia tradicional de estas gentes, ruda y un tanto feroz, leatraía con la fuerza de todo lo que es extraordinario y de contornosvigorosos. La isla, abandonada a sus propias fuerzas, había tenido quehacer frente durante siglos y siglos a los piratas normandos, a losnavegantes árabes, a las galeras de Castilla, enemiga de los estadosaragoneses, a los barcos de las repúblicas italianas, a los bajelesturcos, tunecinos y argelinos, y a los corsarios ingleses en tiempos másrecientes. Formentera, deshabitada durante siglos, luego de haber sidogranero de los romanos, servía de refugio traicionero a las flotashostiles. Las iglesias de los pueblos eran aún verdaderas fortalezas contorres robustas, donde se refugiaban los labriegos al enterarse por lasfogatas de que desembarcaban enemigos. Esta vida azarosa, de continuopeligro e interminable lucha, había creado una población habituada alderramamiento de sangre, a defender sus derechos con las armas en lamano.

Los labradores y pescadores del presente, encerrados en su isla,tenían aún la misma mentalidad y costumbres de sus abuelos.

Los

pueblosno

existían.

Eran

caseríos

desparramados en muchos kilómetros, sin másnúcleo que la iglesia y las casas del cura y el alcalde. La únicapoblación era la capital, la llamada en los antiguos documentos

«RealFuerza de Ibiza», con su barrio anexo de la Marina.

Cuando un atlot llegaba a la pubertad, su padre lo llamaba a la cocinade la alquería en presencia de toda la familia.

—Ya eres hombre—declaraba solemnemente.

Y le hacía entrega de un cuchillo de recia hoja. El atlot armadocaballero perdía su encogimiento filial. En adelante se defendería élmismo, sin buscar la protección de su familia. Luego, al juntar algúndinero, completaba sus arreos paladinescos comprando un pistolete conadornos de plata a los herreros del país, que tenían su forja en elbosque.

Fortalecido por el contacto de estos dos testimonios de virilciudadanía, que no le abandonarían mientras viviese, se juntaba con losotros atlots igualmente pertrechados, y empezaba para él la vidajuvenil y amorosa: las serenatas con

acompañamiento

di

relinchos,

losbailes,

las

excursiones a las parroquias que celebraban la fiesta de susanto patrón, donde se divertía tirando al galle con certeras pedradas,y sobre todo los festeigs, los tradicionales cortejos, la busca denovia, costumbre la más respetable de todas, que daba origen a riñas ymuertes.

En la isla no había ladrones. Las casas aisladas en pleno campoconservaban muchas veces la llave en la puerta mientras los dueñosestaban ausentes. Los hombres no se mataban por cuestiones de interés.El disfrute del suelo estaba muy repartido, y la dulzura del clima asícomo la frugalidad de las gentes hacían que éstas fuesen generosas ypoco apegadas a los bienes materiales. El amor, sólo el amor empujaba alos hombres a matarse. Los rústicos caballeros eran apasionados en suspredilecciones y fatales en sus celos, como héroes de novela. Por una atlota de ojos negros y manos morenas se buscaban y se provocaban enla obscuridad de la noche con relinchos de desafío; se aucaban delejos antes de venir a las manos. El arma moderna que sólo emite unproyectil en cada disparo les parecía insuficiente, y sobre el cartuchoañadían un puñado de pólvora y otro de balas, atacándolo todofuertemente. Si el arma no reventaba en sus manos, el agresor estabaseguro de hacer polvo a su contrario.

Los cortejos duraban meses y años. El payés que tenía una atlota enedad de noviazgo veía presentarse a los muchachos del distrito y deotros distritos de la isla, pues todos los ibicencos contaban con igualderecho para solicitarla.

El

padre

apreciaba

el

número

de

lospretendientes. Diez, quince, veinte: a veces hasta treinta.

Luegocalculaba el tiempo de que podía disponer en la velada antes de que lerindiese el sueño, y teniendo en cuenta el número de solicitantes, lodividía a tantos minutos cada uno.

Al cerrar la noche iban acudiendo por distintos caminos los del cortejo,unos en grupos, canturreando con acompañamiento de relinchos y cloqueos,otros solitarios, haciendo vibrar en su boca el zumbido del bimbau, uninstrumento compuesto de dos laminillas de hierro que gruñía como unmoscardón y les hacía olvidar la fatiga de la marcha. Venían de muylejos. Los había que caminaban tres horas a la ida y otras tantas a lavuelta, yendo de un extremo a otro de la isla, los jueves y sábados,días de cortejo, para hablar tres minutos con una atlota.

Sentábanse en el verano en el porchu, especie de zaguán de laalquería, o entraban en la cocina si era invierno.

Inmóvil en un poyo depiedra les esperaba la muchacha.

Habíase despojado del sombrero de palmacon largas cintas, que le daba a las horas de sol un aire de pastora deopereta; vestía el traje de fiesta, la falda verde o azul de menudospliegues, que guardaba el resto de la semana apretada entre cuerdas ypendiente del techo para que conservase intacto su plegado. Debajo deésta llevaba otras faldas y otras, ocho, diez o doce zagalejos, toda laropa femenil de la casa, un embudo sólido de paños y bayetas que borrabalos vestigios del sexo y hacía imposible imaginarse la existencia de unarealidad carnal bajo la balumba de tejidos. Las hileras de botones defiligrana brillaban en las mangas postizas del jubón. Sobre el pecho,aplastado por un corsé monjil que parecía de hierro, brillaba la triplecadena de oro de enormes eslabones. Por debajo del pañuelo que cubría sucabeza colgaba una gruesa trenza con remate de cintas. Sobre el poyo,sirviendo de tapiz a unas rotundidades que parecían voluminosas comoglobos por el enorme bulto de las faldas, estaba el abrigais, laprenda femenil de invierno.

Deliberaban los solicitantes para el buen orden del cortejo, y uno trasotro iban a sentarse al lado de la atlota hablando con ella losminutos marcados. Si alguno, enardecido por la conversación, se olvidabade los compañeros, dejando pasar el tiempo, éstos se lo advertían contoses, miradas furiosas y palabras de amenaza. Si insistía, el másfuerte de la banda lo agarraba de un brazo, apartándolo para que otroocupase su lugar. Algunas veces, cuando los pretendientes eran muchos yapremiaba el tiempo, la atlota hablaba con dos a la vez, haciendoesfuerzos de habilidad para no dar la preferencia a uno sobre otro...Así continuaban los cortejos hasta que ella manifestaba su preferenciapor un atlot, sin tener en cuenta la voluntad de sus padres. En estacorta primavera de su vida, la mujer era reina. Luego, al casarse,cultivaba la tierra como su marido y era poco más que una bestia.

Los atlots despreciados se retiraban, cuando no sentían gran interéspor la muchacha, trasladando sus amores algunas leguas más allá; pero siestaban realmente enamorados, seguían acechando la casa, y el preferidotenía que pelearse con sus antiguos rivales, llegando milagrosamente alcasamiento a través de cuchillos y pistolas.

La pistola era como una segunda lengua del ibicenco. En los bailesdomingueros soltaba tiros para demostrar su entusiasmo amoroso. Saliendode la alquería de la novia, para dar a ésta y a su familia una muestrade aprecio, disparaba un tiro al transponer la puerta, y gritaba luego: «¡Bona nit!» Si, por el contrario, se retiraba ofendido y deseabainferir a la familia una grave injuria, invertía los términos, dandoprimero las buenas noches y disparando la pistola después; pero en talcaso había de salir inmediatamente a todo correr, pues los de la casacontestaban acto seguido a la declaración de guerra con otros disparos ocon palos y pedradas.

Jaime vivía al borde de esta existencia ruda y tradicional, contemplandode lejos las costumbres de aduar que aún se mantenían en el apartamientode la isla. España, cuya bandera ondeaba todos los domingos sobre elmenguado caserío de cada parroquia, apenas hacía memoria de este pedazode su suelo perdido en el mar. Muchas tierras de la lejana Oceanía sehallaban en comunicación más frecuente con los grandes núcleos humanosque esta isla, arrasada en otros tiempos por la guerra y la rapiña, ymísera ahora al hallarse lejos del camino de los grandes buques,encerrada en un cinturón de islotes, rocas y bajos, entre freos ycanales cuyas aguas transparentaban el fondo submarino.

Sentía Febrer en esta nueva existencia el deleite del que ocupa sitiocómodo para presenciar un espectáculo interesante. Aquellos campesinos ypescadores, belicosos nietos de corsarios, eran para él agradablescompañeros de existencia. Pretendía contemplarlos de lejos, como untestigo curioso, pero lentamente sus costumbres habían hecho presa enél, arrastrándolo a los mismos hábitos de existencia. No tenía enemigos,y sin embargo, en sus paseos por la isla, cuando no llevaba la escopetaal hombro, ocultaba un revólver en su faja... por si acaso.

En los primeros días de su estancia en la torre, como las necesidades dela instalación le obligaban a ir a la ciudad, conservó su traje; peropoco a poco prescindió de la corbata, del cuello de camisa, de lasbotas. La caza le hizo preferir la blusa y el pantalón de pana de lospayeses. La pesca le aficionó a marchar con los pies desnudos dentro deunas alpargatas por playas y peñascos. Un sombrero igual al que usabantodos los atlots en la parroquia de San José cubrió su cabeza.

La hija de Pep, conocedora de las costumbres de la isla, admiraba concierto agradecimiento el sombrero del señor.

Los hombres de los diversos cuartones que de antiguo dividían a Ibiza distinguíanse unos de otrospor la manera de llevar el sombrero y la forma de sus alas, diferenciaimperceptible para el que no fuese de la tierra. El de don Jaime eraidéntico al de todos los atlots de San José y se diferenciaba de losusados por los vecinos de los otros pueblos, todos con nombres desantos. Un honor para la parroquia de que ella era hija.

¡Ingenua y graciosa Margalida! Febrer gustaba de hablar con ella,gozándose en el asombro que sus relatos de otras tierras y sus bromas,dichas con gesto grave, despertaban en su alma simple...

No tardaría en traerle la comida. Hacía media hora que una columna tenuede humo flotaba sobre la chimenea de Can Mallorquí. Se imaginaba a lahija de Pep guisando, yendo y viniendo junto al hogar, seguida por lamirada de la madre, payesa infeliz y de silenciosa torpeza, que no osabaponer mano en las cosas del señor.

De un momento a otro la vería aparecer bajo el sombrajo del porchu quedaba entrada a su casa, llevando al brazo la cesta de la comida y sobresu rostro de milagrosa blancura, que el sol apenas doraba con ligerapátina de marfil antiguo, un sombrero de paja con largas cintas.

Alguien se movió bajo el sombrajo, emprendiendo la marcha hacia latorre. ¡Era Margalida!... No; no era ella.

Llevaba pantalones. Era suhermano Pepet... Pepet, que vivía en Ibiza desde un mes antes,preparándose para seminarista, y al que la gente había dado por esto elapodo de el Capellanet.

II

¡Bon día tengui!...

Pepet extendió una servilleta en un lado de la mesa y puso sobre ellados platos tapados y una botella de vino de parra que tenía el color yla transparencia del rubí. Luego se sentó en el suelo, abarcando lasrodillas con los brazos, y quedó inmóvil. El luminoso marfil de sudentadura brillaba sonriente

sobre

el

rostro

moreno.

Sus

ojos

maliciososfijábanse en el señor con una expresión de can alegre y fiel.

—Pero ¿no estabas en Ibiza para ser cura?—preguntó Jaime mientrasatacaba la comida.

El muchacho movió la cabeza. Sí, señor; estaba. Su padre lo habíaconfiado a un profesor del Seminario. ¿Sabía don Jaime dónde era elSeminario?...

Hablaba el pequeño payés de él como de un remoto lugar de tortura. Niárboles, ni libertad, ni aire apenas: la vida no era posible en aquelencierro.

Febrer, oyéndole, recordaba su visita a la ciudad alta, la Real Fuerzade Ibiza, población muerta, separada del barrio de la Marina por unagran muralla del tiempo de Felipe II, con los intersticios de la piedraarenisca cubiertos de verdes y ondeantes alcaparros. Estatuas romanassin cabeza decoraban en tres hornacinas la puerta que comunicaba laciudad con el arrabal. Más allá, las calles tortuosas empezaban aempinarse hacia la cumbre, ocupada por la catedral y el castillo:pavimentos de piedra azul, por cuyo centro corrían en pendiente lasinmundicias; fachadas de nítida

blancura,

marcando

borrosamente

bajo

suenjalbegado escudos nobiliarios y la labor de antiguos ventanales; unsilencio de cementerio a orillas del mar, interrumpido solamente por ellejano rumor de la resaca y el zumbido de las moscas amontonándose en elarroyo. De tarde en tarde, pasos en el pavimento de estas calles morunasy ventanas que se entreabren con la ávida curiosidad de un sucesoextraordinario; unos soldados que suben lentamente hacia el castillo porlas empinadas cuestas; los señores canónigos que bajan del coro, con elpecho de la sotana brillante de grasa y el sombrero de teja y el manteode color de ala de mosca, míseros prebendados de una catedral olvidada,pobre y sin obispo.

En una de estas calles había visto Febrer el Seminario, casa larga, deblancas paredes, con las ventanas cubiertas de rejas lo mismo que unacárcel. El Capellanet, al recordarla, poníase grave, borrándose de surostro achocolatado el blanco marfil de la sonrisa. ¡Qué mes habíapasado allí! El maestro entretenía el aburrimiento de las vacaciones coneste pequeño campesino, queriendo iniciarlo en las bellezas de lasletras latinas con ayuda de su elocuencia y de una correa. Deseaba hacerde él un prodigio, para sorprender a los otros profesores cuando seabriesen las clases, y los golpes menudeaban. Además de esto, las rejas,que sólo dejaban ver la pared de enfrente; la aridez de la ciudad, dondeno se encontraba una hoja verde; los aburridos paseos al lado del curapor aquel puerto de aguas muertas que olía a almeja corrompida y sinotros barcos que algunos veleros que llegaban a cargar sal... El díaanterior, unos cuantos correazos más fuertes habían acabado con supaciencia. «¡Pegarle a él! ¡Si no fuese un cura!...» Se había fugado,emprendiendo a pie el regreso a Can Mallorquí; pero antes, comovenganza, desgarró varios libros que el maestro tenía en gran estima,volcó el tintero sobre

la

mesa

y

escribió

en

las

paredes

vergonzosasinscripciones, con otras travesuras de mono en libertad.

La noche había sido de emociones en Can Mallorquí. Pep había dado depalos a su hijo: lo quiso matar, ciego de ira, teniendo que interponerseentre los dos Margalida y su madre.

La sonrisa del atlot había vuelto a reaparecer. Hablaba con orgullode los palos que llevaba recibidos sin que le arrancasen un grito. Erasu padre quien le pegaba, y un padre puede pegar, porque así demuestraque se interesa por sus hijos. Pero que probase otro a golpearle: eracomo sentenciarse a muerte. Y al decir esto, se erguía con la belicosapetulancia de una raza habituada a ver correr la sangre y a hacersejusticia por su mano. Pep hablaba de llevar a su hijo otra vez alSeminario, pero el muchacho dudaba de esta amenaza. No iría aunque supadre cumpliera la promesa de llevarlo atado como un costal a lomos deun asno: huiría antes a la montaña o al islote del Vedrá, para vivir conlas cabras salvajes.

El dueño de Can Mallorquí había dispuesto del porvenir de sus hijosrudamente, con esa energía del campesino que no repara en obstáculoscuando cree hacer el bien.

Margalida se casaría con un payés, y para élserían las tierras y la casa. Pepet sería cura, lo que representaba unaascensión social de la familia, honor y fortuna para todos.

Jaime sonreía al escuchar las protestas del atlot contra su destino.En toda la isla no existía otro centro de enseñanza que el Seminario, ylos payeses y patrones de barca que deseaban para sus hijos una suertemejor los llevaban a él.

¡Los curas de Ibiza!... Muchos de ellos,mientras seguían sus estudios, tomaban parte en los cortejos, usandocuchillo y pistolete. Nietos de corsarios y de soldados, al vestir lasotana guardaban la arrogancia y la ruda virilidad de sus ascendientes.No eran impíos, pues su simpleza de pensamiento no les permitía estelujo, pero tampoco eran devotos ni austeros: amaban la vida con todassus dulzuras y

sentían

la

atracción

de

los

peligros

con

atávicoentusiasmo. La isla era una fábrica de sacerdotes animosos yaventureros. Los que permanecían en España acababan por ser capellanesde regimiento. Otros, más atrevidos, apenas cantaban misa se embarcabanpara América, donde ciertas repúblicas de aristocrático catolicismo sonel Eldorado de los sacerdotes españoles que no temen al mar. Desde allágiraban mucho dinero a sus familias y compraban casas y tierras,alabando a Dios, que mantiene a sus sacerdotes con más holgura en elNuevo Mundo que en el viejo. Había buenas señoras en Chile y el Perú quedaban cien pesos de limosna por una misa. Estas noticias hacían abrir laboca de asombro a los parientes, reunidos durante las noches de inviernoen la cocina. A pesar de tales grandezas, su deseo era regresar a laisla amada, y volvían a los pocos años con el propósito de vegetar ensus tierras. Pero el demonio de la vida moderna les había mordido en elcorazón, y se aburrían en la monótona existencia isleña, tradicional ycerrada. Pensaban en las ciudades jóvenes del otro continente, y al finvendían sus bienes o los regalaban a la familia, embarcándose para novolver más.

Indignábase Pep contra la tenacidad de su hijo, que se empeñaba encontinuar siendo payés. Hablaba de matarlo, como si lo viese en uncamino de perdición. Llevaba la cuenta de todos los hijos de amigossuyos que habían partido para el otro mundo con la sotana puesta. Elhijo de Treufoch llevaba enviados de América cerca de seis mil duros.Otro, que vivía tierra adentro, entre indios, en unas montañas muy altasa las que llamaban los Andes, había comprado un predio en Ibiza, quecultivaba su padre. ¡Y el pillo de Pepet, más listo para las letras quelos demás, negábase a seguir tan hermosos ejemplos!... Había paramatarlo.

La noche anterior, en un momento de calma, cuando Pep descansaba en sucocina con el brazo fatigado y el gesto triste del padre que acaba depegar fuerte, el atlot, rascándose los golpes, había propuesto unarreglo. Sería cura; obedecería al siñó Pep pero antes deseaba serhombre, ir con los muchachos de la parroquia a hacer música, bailar losdomingos, mezclarse en los cortejos, tener novia, llevar un cuchillo enla faja. Esto último era lo que deseaba con mayores ansias. Si su padrele regalaba el cuchillo del abuelo, él pasaría por todo.

¡El gabinet del güelo, pare! —imploraba el muchacho—. ¡El gabinetdel güelo!

Por obtener el cuchillo del abuelo sería cura, y hasta si era precisoviviría solitario, de la limosna de las gentes, como los ermitaños queestaban a orillas del mar en el santuario de los Cubells. Al recordarel arma venerable, brillaban sus ojos con fulgores de admiración y se ladescribía a Febrer. ¡Una joya! Era una antigua lima de acero aguzada ybruñida. Podía atravesarse con ella una moneda, ¡y en manos de suabuelo!... Su abuelo era un hombre famoso. El nieto no le habíaconocido, pero hablaba de él con admiración, colocando su memoria porencima del mediano respeto que le inspiraba el buenazo de su padre.

Luego, a impulsos de su deseo, se atrevía a implorar la protección dedon Jaime. ¡Si quisiera darle ayuda!...

Bastaría que pidiese una vez elfamoso cuchillo, para que su padre se lo entregara al instante.

Febrer acogió esta demanda con risa bondadosa.

—Tendrás el cuchillo, muchacho. Y si tu padre no quiere entregarlo, yote compraré otro cuando vaya a la ciudad.

Esta certeza entusiasmó al Capellanet. Necesitaba ir armado para podermezclarse con los hombres. Su casa iba a verse frecuentada por los atlots más valerosos de la isla.

Margalida era ya moza e iba acomenzar el festeig. El siñó Pep había sido rogado por los atlots con objeto de que fijase día y hora para la visita de los cortejantes.

—¡Ah! ¡Margalida!—dijo Febrer con asombro—.

¡Margalida con novios!...

Lo que él había visto en tantas casas de la isla parecíale unespectáculo absurdo en Can Mallorquí. Se había olvidado de que la hijade Pep era una mujer. ¿Pero realmente aquella niña, aquella muñecablanca e ingenua, podía gustar a los hombres?... Sentía la extrañeza delpadre que ha enamorado en otro tiempo a muchas mujeres, y juzgando luegopor su propia sensibilidad, no puede comprender que su hija inspirepasiones.

Pasados algunos instantes ya no la vio así. Margalida era otra a susojos: era una mujer. La transformación le dolía.

Creyó que acababa deperder algo, pero se resignó ante la realidad.

—¿Y cuántos son?—dijo con voz algo apagada.

Pepet agitó una mano al mismo tiempo que elevaba los ojos a la bóveda dela torre. ¿Cuántos?... Aún no se sabía con certeza. Lo menos treinta.Iba a ser un festeig del que se hablaría en toda la isla; y eso quemuchos, aunque se comían a Margalida con los ojos, no osaban entrar enel cortejo, dándose de antemano por vencidos. Como su hermana habíapocas en la isla: guapa, alegre y con un buen pedazo de pan, pues el siñó Pep hablaba en todas partes de dar Can Mallorquí al yernocuando él muriese. ¡Y el hijo que se reventase con la sotana a cuestasal otro lado del mar, sin ver más atlotas que las indias! ¡Futro!...

Pero su indignación duró poco. Entusiasmábase al pensar en los mozos queiban a acudir a su casa dos veces por semana para hacer la corte aMargalida. Iban a venir hasta de San Juan, al otro extremo de la isla,el pueblo de los hombres valientes, donde muchos evitaban salir de sucasa apenas cerraba la noche, sabiendo que cada ribazo servía de sosténa una pistola y cada árbol de guarida a una escopeta, y todos esperabanpacientemente la satisfacción de un agravio recibido muchos años antes;la patria de las temibles «fieras de San Juan». Juntos con estospersonajes vendrían otros de los demás cuartones, y muchos tendríanque caminar leguas para llegar a Can Mallorquí.

El Capellanet regocijábase pensando en los mozos arrogantes que iba aconocer. Todos le tratarían como un compañero, por ser hermano de lanovia; pero de estas futuras amistades la que más le halagaba era la dePere, apodado el Ferrer por su oficio de herrero, un hombre cercano alos treinta años, del que se hablaba mucho en la parroquia de San José.

El muchacho lo admiraba como gran artista.

Cuando se decidía a trabajar, fabricaba las más hermosas pistolas que seconocían en los campos de Ibiza. Pepet enumeraba su trabajo. Le enviabande la Península cañones viejos de escopeta—lo viejo inspiraba respetoal atlot—y los montaba a su modo en culatas de pistola esculpidas conbárbara fantasía, añadiendo a la obra prolijos adornos de plata. Armasalida de sus manos podía cargarse hasta la boca, sin miedo a quereventase.

Pero otra circunstancia más importante aumentaba su admiración por el Ferrer. Lo declaró en voz baja, con un tono de misterio y respeto:

El Ferrer és un verro.

¡Un verro!... Jaime quedó pensativo unos instantes, coordinando susrecuerdos sobre las costumbres de la isla.

Un gesto expresivo del Capellanet ayudó a su memoria. Un verro es un hombre cuyo valor nonecesita probarse, pues tiene pudriendo tierra uno o varios ejemplos dela dureza de su mano o de lo certero de su puntería.

Pepet, para que los suyos no quedasen por debajo del Ferrer, volvió arecordar a su abuelo. También había sido verro, pero los antiguossabían hacer mejor las cosas. Aún se acordaban en San José de lahabilidad con que el güelo despachaba sus asuntos: un golpe nada máscon el famoso cuchillo, y después las precauciones tan bien tomadas quesiempre se presentaban testigos para declarar que lo habían visto alotro extremo de la isla a la misma hora en que agonizaba el enemigo.

El Ferrer era un verro con menos fortuna. Hacía medio año que habíadesembarcado, después de pasar ocho en un presidio de la Península. Lehabían condenado a catorce, pero le alcanzaron varios indultos. Elrecibimiento fue triunfal. ¡Un hijo de San José que regresaba de tanheroico destierro!... No debían mostrarse menos entusiastas que losvecinos de otras parroquias, que acogían a sus verros con grandesagasajos. Y bajaron al puerto de Ibiza, el día de la llegada del vapor,los parientes lejanos del Ferrer, que eran medio pueblo, y todo elresto del vecindario por puro patriotismo. Hasta el alcalde hizo elviaje, seguido de su secretario,

para

conservar

las

simpatías

de

susadministrados. Los señores de la ciudad protestaban con indignación deestas costumbres bárbaras e inmorales de la payesía, mientras hombres,mujeres y chiquillos asaltaban el vapor, ansioso cada uno de ser elprimero en estrechar la mano del héroe.

Pepet se acordaba de la vuelta del verro a San José. Él también habíafigurado en la comitiva, larga hilera de carros, caballos, asnos ypeatones, como si el pueblo entero emigrase. En todas las tabernas yventorros del camino deteníase la romería, y el grande hombre eraobsequiado con jarros de vino, pedazos de sobreasada y copas de figola, licor de hierbas de la isla. Admiraban su traje nuevo—

untraje de señor que había comprado al salir del presidio—, se asombrabanen silencio de la desenvoltura de sus maneras, del aire de buen príncipecon que acogía a sus antiguos amigos, protegiéndolos con el gesto y lamirada.

Muchos le envidiaban. ¡Lo que aprende un hombre saliendo de laisla! ¡No hay como correr el mundo!... El antiguo herrero los abrumó atodos con la superioridad de sus recuerdos durante el viaje a San José.Luego, en el espacio de varias semanas, la tertulia en la taberna delpueblo, a la caída de la tarde, resultó interesantísima.

Las palabrasdel verro se repetían de hogar en hogar por todos los esparcidoscaseríos del cuartón, viendo cada payés algo honroso para su parroquiaen estas aventuras del convecino.

El Ferrer no se cansaba de alabar las bellezas del establecimiento enel que había permanecido ocho años.

Olvidaba las cóleras y tristezassufridas allá. Todo lo veía al través de ese amor a lo pasado quedesfigura los recuerdos.

Él no había vivido, como ciertos infelices, en un establecimiento penalde las llanuras manchegas, donde hay que subir el agua a lomos dehombre, sufriendo los tormentos de un frío ártico. Tampoco había estadoen los presidios de la vieja Castilla, donde la nieve blanquea lospatios y los huecos de las rejas. Venía de Valencia, del penal de SanMiguel de los Reyes, llamado Niza, a causa de la dulzura de su clima,por los habituales pensionistas de dichos establecimientos. Hablaba conorgullo de esta casa, lo mismo que un rico estudiante recuerda los añospasados en una universidad inglesa o alemana. Altas palmeras sombreabanlos patios, ondeando su capitel de plumas por encima de los tejados.Desde las rejas llegaba a verse toda la extensión de la huertavalenciana, con los frontones triangulares y blancos de sus barracas, ymás allá el Mediterráneo, una faja azul inmensa, tras cuyo lomo seocultaba el peñón natal, la isla amada. Tal vez había pasado por ella elviento cargado de emanaciones salinas y ardores vegetales que se colabacomo una bendición en las hediondas cuadras del presidio. ¡Qué más podíadesear un preso!... La vida era dulce: se comía a sus horas, siempre decaliente; había orden, y el hombre no tenía más que obedecer, dejarsellevar. Se hacían buenas amistades; se trataba uno con gentes notables,que jamás hubiese conocido de permanecer en la isla. Y el Ferrer hablaba con orgullo de sus amigos. Unos habían tenido millones y paseadoen lujosos carruajes allá en Madrid, ciudad casi fantástica, cuyo nombresonaba en los oídos de los isleños como el de Bagdad para el pobre árabedel desierto que escucha un relato de Las mil noches y una noche.Otros habían corrido medio mundo antes de que la desgracia les confinaseen el encierro, y recordaban ante un corro absorto sus aventuras entierras de negros o en países donde los hombres eran amarillos o verdesy llevaban trenzas mujeriles. En aquel antiguo convento, grande como unpueblo, vivía lo mejor de la tierra. Algunos habían ceñido espada ymandado hombres; otros habían manejado papeles sellados e interpretadola ley. ¡Hasta un cura había sido compañero de cuadra del Ferrer!...

Los admiradores de éste le oían con los ojos muy abiertos y las naricespalpitantes de emoción. ¡Qué dicha! Ser verro, haber ganado lacelebridad y el respeto matando a un enemigo en las sombras de la noche,y a cambio de esto, ocho años en Niza, lugar de delicias y honores.¡No tendrían ellos tanta suerte!...

El Capellanet, que había escuchado estos relatos, sentía por el verro un respeto admirativo. Describía las particularidades de supersona con la prolijidad del que se siente enamorado de un héroe.

No era alto ni fuerte como el señor; pero era ágil, nadie le ganaba enel baile, y podía danzar horas enteras, hasta rendir a todas lasmuchachas de la parroquia. Había traído de su larga temporada en Niza una tez pálida y lustrosa, una tez de monja en clausura; pero ya estabaobscuro como los demás, con la cara bronceada y curtida por el aire delmar y el sol africano de la isla. Vivía en la montaña, en una casuchainmediata a los bosques de pinos, cerca de los carboneros queproporcionaban combustible a su fragua.

Esta no se encendía todos losdías. El Ferrer, con sus pretensiones de artista, sólo trabajabacuando tenía que reparar una escopeta, transformar un viejo trabuco dechispa en arma de pistón, o fabricar aquellas pistolas con adornos deplata que admiraban al Capellanet.

Deseaba éste verle preferido por su hermana; que el verro entrase ensu familia con sus asombrosas habilidades. Tal vez a impulsos delpróximo parentesco se decidiese a regalarle una de aquellas joyas.

—Puede ser que Margalida le quiera, y entonces el Ferrer me dé una desus pistolas. ¿Usted qué cree, don Jaime?...

Abogaba por el verro como si fuese ya pariente suyo. ¡El pobre vivíatan mal!... Solo en la fragua, sin otra compañía que una parienta vieja,siempre vestida de negro por remotos lutos, lagrimeante un ojo, cerradootro, y tirando del fuelle mientras su sobrino batía el hierro rojo.

Lavecindad del fogón secaba cada vez más su huesosa flacura. En su caraarrugada de manzana vieja parecían liquidarse las cuencas de los ojos.

Aquel antro ahumado y lóbrego en medio de los pinares podía embellecersecon la presencia de Margalida. Su único adorno actual eran unos cuantoscestillos de juncos de colores tejidos en forma de tablero de ajedrez,con pompones de seda, amistoso recuerdo de los ignorados artistas queentretenían sus ocios en el retiro de Niza.

Cuando su hermana vivieseen la fragua, Pepet iría a verla, y contaba adquirir de la munificenciade su cuñado, en estas visitas, un cuchillo tan famoso como el delabuelo, si es que el señor Pep perseveraba injustamente en negarle estaherencia gloriosa.

El recuerdo de su padre pareció obscurecer las esperanzas del muchacho.Veía difícil que el dueño de Can Mallorquí aceptase como yerno a Pereel Ferrer. Nada malo podía decir el viejo de él; aceptaba su fama comouna honra para el pueblo. La isla no sólo tenía hombres bravos en

«lasfieras de San Juan»; también San José podía enorgullecerse de mozosvalientes que habían sufrido duras pruebas. Pero el Ferrer era hombrede oficio, poco entendido en materias agrícolas, y aunque todos losibicencos mostrábanse igualmente dispuestos a cultivar la tierra, echaruna red en el mar o hacer un alijo de contrabando, pasando fácilmente deun trabajo a otro, él quería para su hija un verdadero labrador,habituado toda su vida a arañar el suelo. Su resolución erainquebrantable. En aquel cerebro yermo y duro, cuando llegaba a retoñaruna idea, echaba raíces tan hondas, que no había huracán ni cataclismoque la arrancase. Pepet sería cura y correría mundo. Margalida laguardaba para un labrador que agrandase las tierras de Can Mallorquí al heredarlas.

El Capellanet inquietábase al pensar en quién podría ser el favorecidopor Margalida. Trabajo le daba a todos teniendo enfrente a un hombrecomo el Ferrer. Aunque su hermana se inclinase hacia otro, elagraciado tendría que vérselas luego con Pere, el bravo glorioso,quitándolo de en medio. Iban a verse cosas grandes. Del cortejo deMargalida se hablaba ya en todas las casas del cuartón; su famaacabaría por extenderse a toda la isla. Y Pepet sonreía con ferozdeleite, como un pequeño salvaje que ve próxima una matanza.

Admiraba a Margalida, reconociendo en ella una autoridad mayor que ladel padre, por lo mismo que no estaba basada en el miedo a los golpes.Ella lo dirigía todo en la casa. La madre marchaba tras sus pasos comouna doméstica, no osando hacer nada sin consultarla. El siñó Pep, tanabsoluto en sus ideas, deteníase antes de tomar una resolución,rascándose la frente con gesto de duda mientras decía en voz baja: «Estohabrá que consultarlo con la atlota». El mismo Capellanet, que habíaheredado la terquedad paternal, desistía fácilmente de sus intentos deprotesta con sólo una palabra de la hermana, una insinuación de su bocasonriente, de su voz dulce.

—¡Lo que ella sabe, don Jaime!—decía el muchacho con admiración—. Yoignoro si es guapa. Por ahí dicen que sí; pero a mí no me gusta. A mí megustan otras de mi edad.

¡Lástima que no estén aún para admitir el festeig!....

Y volviendo a hablar de su hermana, enumeraba sus talentos, insistiendocon cierto respeto en su habilidad para el canto.

¿Conocía don Jaime al Cantó, un atlot malucho del pecho, que notrabajaba y pasaba los días tendido a la sombra de los árboles,golpeando el tamboril y mascullando versos?... Era un blanco cordero,una gallina, con ojos y piel de mujer, incapaz de hacer frente a nadie.También éste pretendía a Margalida; pero el Capellanet juraba meterleel tamboril por el cogote antes que aceptarlo como cuñado...

Él sólopodía emparentar con un héroe... Pero en lo de sacarse canciones de lacabeza y cantarlas intercaladas con alaridos de pavo real no había quiense midiese con el Cantó. Había que ser justos, y Pepet reconocía sumérito.

Era para el cuartón una gloria que casi podía compararse conla del valeroso Ferrer. Pues bien; a este cantor le hacía frenteMargalida cuando, en las tertulias de verano en el porchu de laalquería o en los bailes del domingo, ruborosa, empujada por lascompañeras, se decidía a sentarse en el centro del corro, y con eltamboril en una rodilla, ocultos los ojos tras un pañuelo, contestabacon un largo romance, todo de su invención, a lo que había dicho antesel poeta.

Si el Cantó soltaba un domingo un interminable relato sobre lafalsedad de las mujeres y lo caras que cuestan al hombre por su aficióna los trapos, Margalida le respondía al otro domingo con un romancedoblemente largo criticando la vanidad y el egoísmo de los hombres, y laturba de atlotas coreaba sus versos con cloqueos de entusiasmo,reconociendo la gloria de una vengadora en la muchacha de CanMallorquí.