Los Muertos Mandan by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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burlona

complacencia:«Mercader de libros.»

Hablaba al último de los Febrer con una bondad de abuelo, esforzándosepor que entendiese sus relatos, a pesar de que era parco en palabras ypoco sufrido en sus relaciones con la familia. Le contaba sus viajes aParís y Londres: los primeros en buque de vela hasta Marsella y luego ensilla de posta; los otros en vapores de ruedas y en camino de hierro,grandes inventos cuya infancia había presenciado. Hablaba de la sociedaden la época de Luis Felipe; de los grandes estrenos del romanticismo, alos que había asistido; de las barricadas que había visto levantar desdesu cuarto, callándose que al mismo tiempo abarcaba el talle de una«griseta» asomada junto a él.

Su nieto había nacido en buen tiempo: el mejor de todos.

Don Horacio seacordaba de sus desavenencias con su terrible padre, que le habíanobligado a viajar por Europa; aquel caballero que salía al encuentro delrey Fernando para pedirle la vuelta a los usos antiguos, y bendecía alos hijos diciéndoles: «Dios te haga un buen inquisidor.»

Luego enseñaba a Jaime grandes estampas con vistas de las ciudades enlas que había vivido, y que al niño le parecían poblaciones de ensueño.Algunas veces se quedaba contemplando el retrato de «la abuela delarpa», de su esposa, la interesante doña Elvira, el mismo lienzo queestaba ahora en el recibimiento con las demás señoras de la familia. Noparecía conmoverse. Conservaba la misma gravedad con que acompañaba lasbromas a que era aficionado y las palabras gruesas que matizaban suconversación, pero decía con voz algo trémula:

—Tu abuela era una gran señora, un alma de ángel, una artista. Yoparecía un bárbaro a su lado... Era de nuestra familia, pero vino deMéjico para casarse conmigo. Su padre fue marino y se quedó allá con los«insurgentes». No hay en toda nuestra raza quien se parezca a aquellamujer.

A las once y media de la mañana abandonaba al nieto, y calándose unsombrero de copa, de seda negra en invierno y de castor en verano, salíaa dar un paseo por las calles de Palma, siempre por igual sitio eidénticas aceras, lo mismo cuando llovía que cuando abrasaba el sol,insensible al frío y al calor, puesto de levita en todo tiempo,siguiendo su marcha con la regularidad de los autómatas de reloj, queaparecen, caminan y se ocultan al sonar ciertas horas.

Sólo una vez en treinta años había modificado su camino por las callessolitarias y blancas de sol, en las que resonaban sus pasos. Una mañanahabía oído la voz de una mujer en el interior de una casa:

Atlota... las doce. Pon el arroz, que pasa don Horacio.

Él se había vuelto hacia la puerta con su gravedad de gran señor:

—No soy reloj de p...

Y soltó la palabra gorda, sin despojarse de su seriedad, como lanzabasiempre las expresiones más atroces. Desde aquel día modificó su camino,para huir de los que tenían fe en la exactitud de sus paseos.

Algunas veces hablaba a su nieto de las antiguas grandezas de la casa.Los descubrimientos geográficos habían arruinado a los Febrer. ElMediterráneo no era ya el camino de Oriente. Los portugueses y losespañoles del otro mar habían encontrado nuevos derroteros, y las navesmallorquinas pudríanse en la inacción. Ya no había guerras con lospiratas. La santa Orden de Malta sólo era una distinción honorífica. Unhermano de su padre, comendador en La Valette cuando Bonaparte conquistóla isla, había venido a morir a Palma con su pobre pensión de retirado.Los Febrer hacia dos siglos que, olvidados del mar—donde no quedabacomercio y sólo hacían la guerra pobres patrones e hijos depescadores—, se habían dedicado a imponer su nombre con un lujoesplendoroso, arruinándose lentamente.

El abuelo aún había alcanzado los tiempos de verdadero señorío, cuandoser butifarra era en Mallorca algo que colocaban las gentes entre Diosy los caballeros. La venida al mundo de un Febrer era un acontecimientodel que se hablaba

en

toda

la

ciudad.

La

gran

dama

parturientapermanecía recluida en su palacio cuarenta días, y en todo este tiempolas puertas estaban abiertas, el zaguán lleno de carrozas, laservidumbre formada en la antecámara, los salones llenos de visitas, lasmesas cubiertas de dulces, bizcochos y refrescos. Había días de lasemana destinados a la recepción de cada clase social. Unos eranúnicamente para los butifarras, aristocracia de la aristocracia, casasprivilegiadas, contadísimas familias, unidas todas por el parentesco decontinuos cruces; otros días para los caballeros, nobleza tradicionalque vivía, sin saber por qué, supeditada a los anteriores; luego serecibía a los mossons, clase inferior pero en trato familiar con losgrandes, intelectuales de la época, médicos, abogados y escribanos queprestaban sus servicios a las familias ilustres.

Don Horacio recordaba el esplendor de estas recepciones.

Los antiguossabían hacer las cosas en grande.

—Cuando nació tu padre—decía a su nieto—, fue la última fiesta enesta casa. Ochocientas libras mallorquinas pagué a un confitero delBorne por azucarillos, bizcochos y refrescos.

De su padre se acordaba Jaime menos que de su abuelo.

Era en su memoriauna figura simpática y dulce, pero algo borrosa. Al pensar en él sóloveía una barba suave y algo clara como la suya, una frente calva, unasonrisa dulce y unos lentes que brillaban al inclinarse. Contaban que demuchacho había tenido amores con su prima Juana, aquella señora austerallamada por todos «la Papisa», que vivía como una monja y gozaba deenormes riquezas, regalándolas pródigamente en otros tiempos alpretendiente don Carlos, y ahora a las gentes eclesiásticas que larodeaban.

El rompimiento de su padre con ella era, sin duda, la causa de que «laPapisa Juana» se mantuviese alejada de esta rama de su familia, tratandoa Jaime con hostil despego.

Su padre había sido oficial de la Armada, siguiendo una tradición de lafamilia. Estuvo en la guerra del Pacífico, fue teniente en una fragatade las que bombardearon el puerto del Callao, y como si sólo esperasehaber dado una prueba de valor, se retiró inmediatamente del servicio.Luego se casó con una señorita de Palma, de fortuna escasa, cuyo padreera gobernador militar de la isla de Ibiza. «La Papisa Juana», hablandoun día con Jaime, había pretendido herirle, con su voz fría y su gestoaltivo.

—Tu madre era noble, de familia de caballeros... pero no era butifarra como nosotros.

Jaime pasó los primeros años de su vida, cuando empezó a darse cuenta delo que le rodeaba, sin ver a su padre más que en los rápidos viajes quehacía a Mallorca. Era del partido progresista, y la Revolución de 1868le había hecho diputado. Luego, al ser rey Amadeo de Saboya, estemonarca revolucionario, execrado y abandonado por la noblezatradicional, había tenido que acudir a nuevos hombres históricos paraformar su corte. El butifarra, por una exigencia del partido, fue altofuncionario de Palacio.

Su mujer, instada por él para que se trasladasea Madrid, no quiso abandonar la isla. ¡Ir ella a la corte! ¿Y su hijo,que casi acababa de nacer?... Don Horacio, cada vez más enjuto y másdébil, pero siempre erguido en su eterna levita nueva, seguía dando elpaseo diario, ajustando su vida a la marcha del reloj del Ayuntamiento.Liberal antiguo, gran admirador de Martínez de la Rosa por sus versos ypor la elegancia diplomática de sus corbatas, torcía el gesto al leerlos periódicos y las cartas de su hijo. ¿En qué pararía todo aquello?...

En el corto período de la República volvió el padre a la isla, dando porterminada su carrera. «La Papisa Juana», a pesar

del

parentesco,

fingíano

conocerle.

Estaba

ocupadísima en aquella época. Hacía viajes a laPenínsula; giraba, según se decía, enormes cantidades para lospartidarios de don Carlos que sostenían la guerra en Cataluña y lasprovincias del Norte. ¡Que no la hablasen de Jaime Febrer, el antiguomarino! Ella era una verdadera butifarra, una defensora de latradición, y hacía sacrificios para que España fuese gobernada porcaballeros. Su primo era menos que un chueta: era un «descamisado». Ysegún afirmaba la gente, a este odio de ideas iba unida la amargura porciertas decepciones del pasado que no había podido olvidar.

Al restaurarse los Borbones, el «progresista», el palatino de donAmadeo, se convirtió en republicano y conspirador.

Hacía frecuentesviajes; recibía cartas cifradas de París; iba a Menorca para visitar laescuadra surta en Mahón, y valiéndose de sus amistades de antiguooficial, catequizaba a los compañeros, preparando una sublevación de lamarina.

Puso en estas empresas revolucionarias el mismo ardor aventurerode los antiguos Febrer, su audacia tranquila, hasta que repentinamentemurió en Barcelona, lejos de los suyos.

El abuelo acogió la noticia con impasible gravedad, pero ya no le vierona mediodía en las calles de Palma las vecinas que aguardaban su pasopara poner el arroz al fuego. Ochenta y seis años: ya había paseadobastante: ¡para lo que le quedaba que ver!... Se recluyó en el pisosegundo, donde sólo admitía a su nieto. Cuando venían a visitarle losparientes, prefería bajar al salón, a pesar de su debilidad,correctamente vestido, con levita nueva, los dos triángulos blancos delcuello asomando sobre las roscas de la corbata, siempre recién afeitado,con las patillas bien peinadas y el tupé brillante de goma. Llegó un díaen que no pudo abandonar la cama, y el nieto le vio entre sábanas, conel mismo aspecto de siempre, conservando la fina camisa de batista, lacorbata, que el criado le cambiaba todos los días, y el chaleco de sedaa flores. Cuando le anunciaban la visita de su nuera, don Horacio hacíaun gesto de contrariedad.

—Jaimito: la levita... Es una señora, y hay que recibirla con decencia.

Igual operación se repetía al llegar el médico o las contadas visitasque se dignaba recibir. Había que mantenerse hasta el último momentosobre las armas, o sea como le habían visto toda la vida.

Una tarde, llamó con voz débil a su nieto, que leía junto a una ventanaun libro de viajes. Podía retirarse: necesitaba estar solo. Jaime se fuey el abuelo pudo morir dignamente, en la soledad, sin el tormento detener que velar por la pulcritud de sus gestos, pudiendo entregarse sintestigos a las muecas y estremecimientos de la agonía.

Al quedar solos Febrer y su madre, el muchacho sintió ansias delibertad. Tenía llena su imaginación de aventuras y viajes leídos en labiblioteca del abuelo, e igualmente de las hazañas de sus ascendientescelebradas en los relatos de familia. Quería ser marino de guerra, comosu padre y como la mayoría de sus abuelos. La madre se opuso, congrandes extremos de susto que hacían palidecer sus mejillas y azulearsus labios. ¡El único Febrer, sometido a una existencia peligrosa yviviendo lejos de ella!... No; bastantes héroes había tenido la casa.Debía ser señor en la isla; un caballero de vida tranquila, que creaseuna familia para perpetuar el apellido que llevaba.

Jaime cedió a los ruegos de su madre, eterna enferma a la que la menorcontrariedad parecía poner en peligro de muerte. Ya que no le queríamarino, estudiaría otra carrera.

Necesitaba hacer lo mismo que los otrosmuchachos de su edad a los que había tratado en las aulas del Instituto.A los diez y seis años se embarcó para la Península. Su madre deseabaque fuese abogado, para que pudiera desenmarañar la fortuna de lafamilia, gravada y revuelta con hipotecas y préstamos.

Su equipaje fue enorme, un verdadero ajuar de casa, y el bolsillo lollevaba bien provisto. Un Febrer no podía vivir como un simpleestudiante. Fue primero a Valencia, por creer la madre esta poblaciónmenos peligrosa para la juventud. En otro curso pasó a Barcelona, ysucesivamente fue viajando de Universidad en Universidad, según el humorde los catedráticos y su benevolencia con los alumnos. Su carrera noadelantó gran cosa. Aprobaba ciertos cursos por un azar feliz en elmomento del examen o por la tranquila audacia con que hablaba de lo queno sabía.

En otros se atascaba, no pudiendo seguir adelante. La madreaceptaba como buenas todas sus explicaciones al volver a Mallorca. Ellamisma le consolaba, aconsejándole que no extremase sus estudios, y serevolvía contra la injusticia de los tiempos presentes. Su implacableenemiga

«la Papisa Juana» estaba en lo cierto. Estos tiempos no eranpara los caballeros; les habían declarado la guerra, se cometían todaclase de injusticias para mantenerlos relegados.

Jaime gozaba de cierta popularidad en las sociedades y cafés deBarcelona y Valencia donde había juegos de azar.

Le llamaban «elmallorquín de las onzas», porque su madre le remitía el dinero en onzasde oro, que rodaban con reflejo escandaloso sobre las mesas verdes. Alprestigio de esta magnificencia monetaria iba unido su extraño título de butifarra, que hacía sonreír en la Península, evocando en laimaginación de muchos una especie de autoridad feudal, con derechos desoberano, sobre lejanas islas.

Transcurrieron cinco años. Jaime era ya hombre, pero aún no habíallegado a la mitad de sus estudios. Sus condiscípulos de la isla, alvolver durante el verano, regocijaban a los contertulios de los cafésdel Borne con el relato de las aventuras de Febrer en Barcelona. Leveían del brazo por las calles con mujeres de llamativo lujo; la gentebravia que frecuenta las timbas guardaba grandes respetos al «mallorquínde las onzas» por su fuerza y su coraje. Contaban que una noche habíaagarrado a cierto matón, levantándolo en vilo con sus brazos de atletapara arrojarlo por una ventana. Y los mallorquines pacíficos, al oíresto, sonreían con un orgullo de localidad. Era un Febrer, un verdaderoFebrer. La isla producía mozos bravos como siempre.

La buena doña Purificación, madre de Jaime, tuvo un grave disgusto y unaalegría maternal al saber que cierta hembra escandalosa había llegado ala isla en seguimiento de su hijo. La comprendía y la excusaba. ¡Un mozotan guapo como su Jaime!... Pero la mozuela alborotó con sus trajes yademanes las tranquilas costumbres de la ciudad; las buenas familias seindignaron, y doña Purificación trató con ella, valiéndose deintermediarios, para darle dinero y que abandonase la isla.

En otras vacaciones el escándalo fue mayor. Jaime, que cazaba en SonFebrer, tuvo relaciones con una payesa joven y hermosa, y casi anduvo aescopetazos con un mozo rústico que la pretendía. Sus amores campestresle ayudaban a pasar el destierro del verano. Era un legítimo Febrer, lomismo que su abuelo. La pobre señora sabía a qué atenerse respecto aaquel suegro siempre serio y correcto, que acariciaba la barbilla de laspayesas jóvenes con una frialdad de señor grave. En los alrededores delpredio de Son Febrer eran muchos los mozos que tenían la cara de donHoracio; pero su esposa la mejicana, alma poética, vivía muy por encimade estas vulgaridades, mientras con el arpa en las rodillas y los ojosentornados recitaba las poesías de Ossián. Las rústicas beldades denítido rebocillo, trenza suelta y blancas alpargatas atraían a lospulcros y señoriales Febrer con una fuerza irresistible.

Cuando doña Purificación se quejaba de las largas excursiones de cazaque emprendía su hijo por la isla, éste se quedaba en la ciudad, pasandoel día en el jardín para ejercitarse en el tiro de pistola. Enseñaba asu asustadiza madre un saco guardado a la sombra de un naranjo.

—¿Ve usted esto?... Es un quintal de pólvora. Hasta que no lo queme nodescanso.

Y madó Antonia temía asomarse a las ventanas de su cocina, y lasmonjas que ocupaban una parte del antiguo palacio

mostraban

un

instantesus

tocas

blancas,

ocultándose

inmediatamente

como

palomas

amedrentadaspor el continuo tiroteo.

El jardín, encerrado entre tapias almenadas lindantes con la muralla demar, estremecíase de la mañana a la noche bajo el estrépito de lasdetonaciones. Huían los pájaros con medroso aleteo; trepaban por losagrietados muros verdosos lagartos, ocultándose entre las capas dehiedra; trotaban los gatos por las avenidas con un galope de terror. Losárboles eran

viejísimos,

respetables,

como

el

palacio:

naranjoscentenarios, de tronco retorcido, que necesitaban el apoyo de un cercode horquillas para sostener sus miembros venerables; magnolierosgigantes, con más leña que hojas; palmeras infecundas, que se remontabanen el espacio azul buscando el mar por encima de las almenas parasaludarlo con vaivenes de su cabeza empenachada.

El sol hacía crujir las cortezas de los árboles y estallar las simientesolvidadas a flor de tierra; danzaban como chispas de oro los insectoszumbadores en las barras de luz que perforaban el follaje; caían conblando chapoteo, de tarde en tarde, los higos maduros despegándose delas ramas; sonaba a lo lejos el arrullo del mar, batiendo las rocas alpie de la muralla; y en esta calma poblada de murmullos seguía Febrerdisparando pistoletazos. Era ya un maestro. Cuando apuntaba al monigotedibujado en el muro, lamentábase de que no fuese un hombre, un enemigoodiado al que necesitase exterminar. Esta bala iba al corazón. ¡Pum!

Ysonreía satisfecho al ver marcarse el agujero del proyectil en el mismolugar a que había apuntado.

El estrépito de los tiros, el humo de la pólvora, despertaban en suimaginación belicosas fantasías, historias de lucha y de muerte en lasque siempre era un héroe triunfador. ¡Veinte años, y aún no se habíabatido!...

Necesitaba un lance para dar prueba de su coraje. Era unadesgracia que no tuviese enemigos, pero ya procuraría crearse algunocuando volviera a la Península. Y

persistiendo en estos desvaríos de suimaginación, excitada por el estampido de las detonaciones, fingía unlance de honor. Su adversario le tocaba al primer tiro y él caía alsuelo. Aún tenía la pistola en la mano; debía defenderse, debíacontestar tendido en el suelo. Y con gran escándalo de su madre y de madó Antonia, que al asomarse le creían loco, permanecía echado debruces y disparaba en esta posición, amaestrándose «para cuando lehiriesen».

Al volver a la Península con el propósito de seguir sus interminablesestudios, iba fortalecido por la vida de campo, arrogante por susensayos del jardín y deseoso de tener el ansiado duelo con el primeroque le diese el más leve pretexto. Pero como era hombre cortés, incapazde injustas provocaciones, y

su aspecto

imponía respeto

a

losinsolentes, transcurría el tiempo y el lance no llegaba.

Su vitalidadexuberante, su fuerza impulsiva, consumíanse en obscuras aventuras yestúpidos derroches, de los que hablaban luego en la isla con admiraciónlos compañeros de estudios.

Viviendo en Barcelona, recibió un telegrama anunciador de que su madreestaba enferma de gravedad. Tardó dos días en embarcarse: no había unbuque pronto a zarpar.

Cuando llegó a la isla, su madre había muerto. Dela antigua familia que había visto en su niñez no quedaba nadie.

Sólo madó Antonia le podía recordar los tiempos pasados.

Cuando se vio dueño de la fortuna de los Febrer y en plena libertad,tenía veintitrés años. La tal fortuna estaba roída por las esplendidecesde sus ascendientes y abrumada con toda clase de gravámenes. La casa deFebrer era grande, como esos buques que al encallar y perderse parasiempre hacen la riqueza de la costa adonde van a morir. Sus restos ydespojos, que hubieran mirado con desprecio los antiguos, representabanaún una fortuna.

Jaime no quiso pensar, no quiso saber. Necesitaba vivir, ver mundo, yrenunció a sus estudios. ¿Qué le importaban las leyes y costumbresromanas y los cánones eclesiásticos para pasar una buena existencia? Yasabía bastante. En realidad, lo mejor y más ameno de sus conocimientosse lo debía a su madre, cuando él vivía, siendo niño, en el palacio, sinhaber visto maestros. Ella le había enseñado algo de francés y un pocode piano en un antiguo instrumento de teclas amarillentas y granfrontispicio de seda roja que casi llegaba al techo. Otros sabían menosque él y eran tan caballeros y mucho más dichosos. ¡A vivir!....

Permaneció dos años en Madrid. Tuvo amantes que le dieron ciertapopularidad, caballos famosos, alborotó en los entresuelos de Fornos,fue íntimo amigo de un torero célebre y jugó fuerte. Tuvo un duelo, perofue a espada—no como él se lo había imaginado, tendido en el suelo, lapistola en la diestra—, y salió del lance con un pinchazo en un brazo;algo como una puntada de alfiler en una epidermis de elefante.

Ya no era «el mallorquín de las onzas». El depósito de redondeles de oroguardado por su madre se había extinguido; pero arrojaba los billetespródigamente en las mesas de juego, y cuando venía «la mala» escribía asu administrador, un abogado hijo de una familia de antiguos mossons,dependientes de los Febrer desde hacía siglos.

Se cansó de Madrid, donde se consideraba casi un extranjero. Perdurabaen él el alma de los antiguos Febrer, grandes viajeros de todos lospaíses menos de España, pues siempre habían vivido vueltos de espaldas asus reyes.

Muchos de sus abuelos eran familiares de todas las ciudadesimportantes del Mediterráneo; habían visitado a los príncipes de lospequeños Estados italianos, habían sido recibidos en audiencia por elPapa y por el Gran Turco, pero jamás se les ocurrió ir a Madrid.

Además, Febrer se irritaba muchas veces con sus parientes de la corte,jóvenes orgullosos de sus títulos nobiliarios, que sonreían al mencionarsu rara cualidad de butifarra. ¡Y pensar que la familia había dejadoque pasasen a

los

parientes

de

la

Península

varios

marquesados,prefiriendo este título supremo de nobleza isleña y el goce de las altasdignidades caballerescas de Malta!...

Comenzó a viajar por Europa, fijando su residencia el otoño y parte delinvierno en París, los meses de frío en la Costa Azul, la primavera enLondres y el verano en Ostende, con varias expediciones a Italia, aEgipto y a Noruega para ver el sol de media noche.

En esta nueva existencia apenas era conocido. Vivía como un viajero más,insignificante glóbulo circulante de la gran red arterial que el ansiadel viaje extiende sobre el continente. Pero esta vida de continuomovimiento, con monotonías abrumadoras e inesperadas aventuras,satisfacía sus instintos atávicos, las aficiones heredadas de susremotos ascendientes, grandes visitadores de pueblos nuevos.

Además, esta existencia errante halagaba su ansia por todo loextraordinario. En los hoteles de Niza, falansterios de la corrupciónmundial correcta e hipócrita, se había visto agraciado en la obscuridadde su cuarto por las más inesperadas visitas. En Egipto había tenido quehuir de las caricias decadentes de una condesa húngara, marchita flor deelegancia, de ojos hundidos y violento perfume, que revelaba bajo tersosy juveniles esmaltes la podredumbre de su carne.

Estando en Munich cumplió veintiocho años. Había ido poco antes aBayreuth para una representación de las óperas de Wagner, y ahora, en lacapital de Baviera, asistía al teatro de la Residencia, donde severificaba el festival de Mozart. Jaime no era melómano, pero su vidaerrante le obligaba a ir donde iba la gente, y su condición de pianistaaficionado le había hecho asistir dos años seguidos a esta romeríamusical.

En el hotel que habitaba en Munich encontró a miss Mary Gordon, a la quehabía visto antes en el teatro de Wagner.

Era una inglesa alta, esbelta,de pocas y finas carnes; un cuerpo de gimnasta, en el que los deporteshabían contenido las

amenas

redondeces

femeniles,

dándola

un

aspectojuvenil, sano y asexual de bello muchacho. La cabeza era lo más hermoso:una cabeza de paje, con transparencias de porcelana, sonrosadasnaricillas de perro juguetón, húmedos ojos azules y una cabellera rubia,de oro blanquecino en la superficie y oro obscuro en sus profundidades.Su belleza era adorable y frágil; la belleza británica que se pierde alos treinta años bajo violáceas rubicundeces y granulaciones de la piel.

En el restorán había sorprendido Jaime repetidas veces la mirada de susojos azules, cándidos y tranquilamente atrevidos, fijos en él. Iba conuna dama gorda, fofa y de rostro arrebolado, una señora de compañíavestida de negro, con un sombrero de paja roja y un cinturón de igualcolor que partía en dos abultados hemisferios su pecho y su vientre.Ella, juvenil y ligera, parecía una flor de oro y nácar dentro de susvestidos de franela blanca, de corte masculino, con corbata de hombre yun panamá de alas caídas, al que se arrollaba un velo azul.

Febrer se encontraba con ellas frecuentemente: en la Pinacoteca, frentea los Evangelistas de Durero; en la Glicoteca, contemplando losmármoles de Egina; en el teatro rococó de la Residencia, donde cantabanlas obras de Mozart, sala de otro siglo, con una decoración de porcelanay guirnaldas que parecía imponer a los espectadores el uso del tacón depúrpura y la peluca blanca.

Habituados a verse, Jaime la saludaba conuna sonrisa, y ella parecía contestarle tímidamente con el brillo de susojos.

Una mañana, al salir de su cuarto, encontró a la inglesita en un rellanode la escalera. Inclinaba su busto de muchacho sobre la barandilla.

¡Lift!¡lift! —gritaba con su vocecita de pájaro, avisando alencargado del ascensor para que lo subiese.

La saludó Febrer al entrar con ella en la caja movible y dijo algunaspalabras en francés para entablar conversación.

La inglesa callaba,mirándolo fijamente con sus pupilas azules claras, en las que parecíaflotar una estrella de oro.

Permaneció inmóvil como si no le entendiese,pero Jaime la había visto en el salón de lectura hojeando diarios deParís.

Al salir del ascensor, la inglesa se dirigió con paso rápido a laoficina donde estaba pluma en mano el cajero del hotel.

Éste la escuchócon gesto obsequioso, como un políglota pronto a entender a todos loshuéspedes, y saliendo de su encierro fuese hacia Jaime, que fingía leerlos anuncios del vestíbulo, turbado aún por su fracaso. Febrer creyó queno le hablaban a él. «Señor, esta señorita me pide que le presente.»

Y volviéndose hacia la inglesa, el hotelero añadió con germanatranquilidad, como quien cumple un deber de su cargo:

Monsieur el hidalgo Febrer, marqués de España.

Sabía su obligación. Todo español que viaja con buenas maletas eshidalgo y marqués mientras no prueba lo contrario.

Luego indicó con sus ojos a la inglesa, que permanecía tiesa y gravedurante esta ceremonia, sin la cual ninguna joven bien nacida puedecruzar su palabra con un hombre:

«Miss Gordon, doctora de la Universidadde Melbourne.»

La miss alargó su manecita enguantada de blanco y sacudió con una rudezagimnástica la diestra de Febrer.

Sólo entonces se decidió a hablar.

—¡Oh, España!... ¡Oh, don Quichotte!

Sin saber cómo, salieron los dos del hotel hablando de lasrepresentaciones a que asistían por las tardes. Aquel día no era deteatro, y ella pensaba ir a la pradera llamada Teresienwiese, al piede la estatua de la Bavaria, para ver la feria de los tiroleses yescuchar sus canciones. Después de almorzar en el hotel visitaron elcampo de la feria; subieron a la cabeza de la enorme estatua,contemplando la planicie bávara, sus lagos y sus lejanas montañas;recorrieron la Galería de la Gloria, llena de bustos de bávaroscélebres, cuyos nombres leían por primera vez, y acabaron yendo debarraca en barraca, admirando los trajes de los tiroleses, sus bailesgimnásticos, sus gorjeos y trinos iguales a los del ruiseñor.

Marchaban los dos como si se hubiesen conocido toda la vida, admirandoJaime en los ademanes de miss Gordon esa libertad varonil de lasmuchachas sajonas, que no temen el contacto con el hombre y se sientenfuertes al ser guardadas por ellas mismas. Desde aquel día salieronjuntos a correr los museos, las academias, las viejas iglesias, unasveces solos, otras con la señora de compañía, que se esforzaba porseguir sus pasos. Eran dos camaradas que se comunicaban sus impresionessin pensar nunca en la diversidad

de

sus

sexos.

Jaime

sentía

deseos

deaprovecharse de esta intimidad diciendo galanterías, osando pequeñosatrevimientos; pero se detenía en el momento oportuno. Con estas mujeresera peligrosa la acción, se mantienen impasibles, a prueba de toda clasede impresiones. Debía esperar que fuese ella la que tomase lainiciativa. Eran hembras que podían ir solas por el mundo, sintiéndosecapaces de interrumpir los arrebatos de pasión con golpes de boxeo.Algunas había visto él en sus viajes que llevaban en el manguito, o enel bolso de mano, entre la caja de polvos y el pañuelo, un diminuto yniquelado revólver.

Miss Mary le hablaba del lejano archipiélago oceánico en el que su padreera algo así como un virrey. No tenía madre, y había venido a Europapara completar los estudios hechos en Australia. Ella era doctora de laUniversidad de Melbourne; doctora en música... Jaime, disimulando elasombro que le causaban estas noticias de un mundo lejano, hablaba deél, de su familia, de su país, de las curiosidades de la isla, de lacaverna de Artá, trágicamente grandiosa, caótica como una antesala delinfierno; de las cuevas

del

Dragón,

con

sus

bosques

de

estalactitasluminosas, cual un palacio de hielo, y sus lagos milenarios y dormidos,de cuyo profundo cristal parecía que iban a surgir mágicas desnudecessemejantes a las de las hijas del Rhin que guardaban el tesoro de losNibelungos.

Miss

Gordon

le

escuchaba

embelesada.

Jaime

parecíaengrandecerse ante sus ojos al ser hijo de aquella isla de ensueño,donde es siempre azul el mar, luce el sol en todo tiempo y florece elnaranjo.

Poco a poco Febrer fue pasando las tardes en la habitación

de

lainglesa.

Habían

terminado

las

representaciones del festival de Mozart.Miss Gordon necesitaba diariamente el alimento espiritual de la música.Tenía un piano en su salón y un rimero de partituras que la acompañabanen sus viajes. Jaime sentábase junto a ella, frente al teclado, yprocuraba seguirla como acompañante en las piezas que interpretaba,siempre del mismo autor, del dios, del único. El hotel estaba próximo ala estación, y el ruido de camiones, coches y tranvías enervaba a lainglesa, haciéndola cerrar las ventanas. La dama de compañía quedábaseen su cuarto, satisfecha de verse libre de aquel chaparrón musical,cuyas delicias no podían compararse con las de hacer una buena labor depunto de Irlanda. Miss Gordon, sola con el español, le trataba como unamaestra.

—A ver, otra vez: repitamos el tema de «la espada».

Ponga ustedatención.

Pero Jaime se distraía contemplando de reojo el cuello largo yblanquísimo de la inglesa, erizado de pelillos de oro, la red de venasazules que se marcaba levemente en la transparencia de su epidermisnacarada.

Llovía una tarde; el cielo plomizo parecía rozar los tejados de lascasas; en el salón había una luz difusa de bodega. Tocaban casi atientas, avanzando las cabezas para leer en la mancha blanca de lapartitura. Zumbaba la selva de los encantos, moviendo sus verdes yrumorosas cabelleras ante el rudo Sigfrido, inocente hijo de laNaturaleza, ansioso de conocer el lenguaje y el alma de las cosasinanimadas. Cantaba el pájaro maestro, haciendo resaltar su dulce vozentrecortada sobre los murmullos del follaje. Mary se estremeció.

—¡Ah, poeta!... ¡poeta!

Y siguió tocando. Luego, en la creciente obscuridad del salón sonaronlos rudos acordes que acompañan al héroe a la tumba; la fúnebre marchade los guerreros llevando sobre el pavés el cuerpo membrudo, blanco yrubio de Sigfrido, interrumpida por la frase melancólica del dios de losdioses.

Mary seguía temblando, hasta que de pronto sus manos abandonaronel teclado y su cabeza fue a posarse en un hombro de Jaime, como unpájaro que abate sus alas.

¡Oh, Richard!... ¡Richard, mon bien aimée!

El español vio sus ojos extraviados y su boca llorosa que se ofrecían;sintió en sus manos las manos frías de ella, le envolvió su aliento.Sobre su pecho se aplastaron ocultas redondeces de elástica y firmedureza cuya existencia no había podido sospechar.

Y aquella tarde no hubo más música.

A media noche, cuando se acostó Febrer, aún no había salido de suasombro. Él era el precursor, el primero que llega; no tenía dudas.Después de tantos miramientos, así habían ocurrido las cosas, con lamayor simpleza, como quien ofrece la mano, sin que él pusiera nada de suparte.

Otro de sus asombros había sido oírse llamar con un nombre que no era elsuyo. ¿Quién podía ser aquel Ricardo?... Pero en la hora de dulces ysoñolientas explicaciones que siguen a las de locura y olvido, ella lehabía hablado de la impresión que sintió en Bayreuth al verle porprimera vez entre las mil cabezas que llenaban el teatro. ¡Era él... él,como le representaban sus retratos de joven! Y al encontrarle de nuevoen Munich bajo el mismo techo, había sentido que la suerte estaba echaday era inútil luchar por desprenderse de esta atracción.

Febrer se examinó con irónica curiosidad en el espejo de su cuarto. ¡Loque una mujer es capaz de descubrir! Sí; algo tenía del otro... lafrente pesada, los cabellos lacios, la nariz picuda y la barba saliente,que, andando los años, se inclinarían buscándose, para darle ciertoperfil de bruja...

¡Excelente y glorioso Ricardo! ¡Por dónde habíavenido a proporcionarle una de las mayores felicidades de su vida!...¡Qué hembra tan original aquélla!

Y su asombro aún se aumentó en los otros días, mezclado con ciertaamargura. Era una mujer que parecía renovarse diariamente, olvidando lopasado. Le recibía con grave tiesura, como si nada hubiese ocurrido,como si en ella no dejasen rastro los hechos, como si el día anterior noexistiese, y únicamente cuando la música evocaba la memoria del otrovenían el enternecimiento y la sumisión.

Jaime, irritado, se proponía dominarla: por algo era hombre. Al fin fueconsiguiendo que el piano sonase menos y que ella viese en su personaalgo más que un retrato viviente del ídolo.

En su feliz embriaguez les pareció feo Munich y enojoso aquel hoteldonde les habían conocido extraños el uno al otro. Sentían la necesidadde arrullarse libremente, de volar lejos, y un día se vieron en unpuerto que tenía a su entrada un león de piedra y más allá la líquidaplanicie de un lago inmenso que se confundía con el cielo en la líneadel horizonte. Estaban en Lindau. Un vapor podía llevarlos a Suiza, otroa Constanza, y prefirieron la tranquila ciudad alemana del famosoConcilio, yendo a instalarse en el Hotel de la Isla, antiguo monasteriode dominicos.

¡Cómo se conmovía Febrer al recordar este período, el mejor de suexistencia! Mary seguía siendo para él una mujer de carácter original,en la que siempre quedaba algo por conquistar, abordable a ciertas horasy repelente y austera el resto del día. Era su amante, y sin embargo nopodía permitirse un descuido, una libertad que revelase la confianza dela vida común. La más leve alusión a sus intimidades la hacía enrojecerde protesta: «¡Shocking!...»

Y no obstante, todas las madrugadas, al romper el alba, Febrer,siguiendo los corredores del antiguo convento, regresaba a su cuarto,deshacía la cama para que no sospechasen los sirvientes y se asomaba albalcón. Cantaban los pájaros en un jardín de altos rosales situado a suspies.

Más allá, el lago de Constanza se coloreaba de púrpura con lasalida del sol. Los primeros esquifes de pesca partían las aguas conondulaciones de color anaranjado; sonaban a lo lejos, veladas por lahúmeda brisa mañanera, las campanas de la catedral; comenzaban arechinar las grúas en la orilla donde el lago deja de serlo,encauzándose para convertirse en el Rhin; los pasos de los criados y losfrotes de la limpieza despertaban en el hotel los ecos del claustromonacal.

Junto al balcón, adosada al muro, y tan inmediata que Febrer podíatocarla con la mano, había un torrecilla con montera de pizarra yantiguos escudos en su pared circular.

Era la torre donde había vividopreso Juan Huss antes de marchar a la hoguera.

El español pensaba en Mary. A aquellas horas estaría en la penumbraperfumada de su habitación, con la rubia cabecita entre los brazos,durmiendo el primer sueño serio de la noche, cansado el cuerpo yvibrante aún por la más noble de las fatigas... ¡Pobre Juan Huss! Jaimele compadecía como si hubiese sido amigo suyo. ¡Quemarle ante un paisajetan hermoso, tal vez una mañana como aquélla!... ¡Meterse en la boca dellobo y dar la vida por si el Papa era bueno o malo, o los laicos debíancomulgar con vino lo mismo que los sacerdotes! ¡Morir por talessimplezas cuando la vida es tan hermosa y el hereje hubiera podidoamenizarla ricamente con cualquiera de las rubias pechugonas ycaderudas, amigas de cardenales, que presenciaron

su

suplicio!...¡Infeliz

apóstol!

Febrer

compadecía irónicamente la simpleza del mártir.Él veía la existencia con otros ojos... ¡Viva el amor!... Era lo únicoserio de la existencia.

Cerca de un mes permanecieron en la antigua ciudad episcopal, paseando ala caída de la tarde por las calles solitarias cubiertas de hierba, consus palacios ruinosos del tiempo del Concilio; bajando en esquife lacorriente del Rhin a lo largo de riberas orladas de bosques;deteniéndose a contemplar las casitas de techo rojo y amplias parrasbajo las cuales cantaban los burgueses jarro en mano, con una alegríagermánica de sochantre, grave y reposada.

De Constanza pasaron a Suiza, y después a Italia. Un año anduvieronjuntos, contemplando paisajes, viendo museos, visitando

ruinas,

cuyassinuosidades

y

escondrijos

aprovechaba Jaime para besar la nacarada pielde Mary, gozándose en sus auroras de rubor y en el gesto de enfado conque protestaba: «¡Shocking!...» La acompañanta, insensible como unamaleta a las novedades del viaje, seguía la confección de un gabán depunto de Irlanda empezado en Alemania, seguido a través de los Alpes, alo largo de los Apeninos y a la vista del Vesubio y del Etna.

Privada depoder hablar con Febrer, que ignoraba el inglés, lo saludaba con elbrillo amarillento de sus dientes y volvía a su trabajo, siendo unafigura decorativa de los halls de los hoteles.

Los dos amantes hablaban de casarse. Mary resolvía la situación conenérgica rapidez. A su padre sólo necesitaba escribirle dos líneas.Estaba muy lejos, y además nunca le había consultado en ningún asunto.Aprobaría cuanto ella hiciese, seguro de su seso y prudencia.

Estaban en Sicilia, tierra que recordaba a Febrer su isla.

También losantiguos de la familia habían andado por allí, pero con la coraza sobreel pecho y en peor compañía. Mary hablaba del porvenir, arreglando laparte financiera de la futura sociedad con el sentido práctico de suraza. No le importaba que Febrer tuviese poca fortuna: ella era ricapara los dos. Y enumeraba todos sus bienes, tierras, casas y acciones,como un administrador seguro de su memoria. Al regresar a Roma secasarían en la capilla evangélica y en una iglesia católica. Ellaconocía a un cardenal que le había proporcionado una visita al Papa. SuEminencia lo arreglaría todo.

Jaime pasó una noche en claro en un hotel de Siracusa...

¿Casarse? Maryera agradable: embellecía la vida y llevaba con ella una fortuna. ¿Perorealmente se casaba con él?...

Comenzaba a molestarle el otro, elfantasma ilustre que había surgido en Zurich, en Venecia, en todos loslugares visitados por ellos que guardaban recuerdos del paso delmaestro... Él se haría viejo, y la música, su temible rival, seconservaría siempre fresca. Dentro de pocos años, cuando el matrimoniohubiese quitado a sus relaciones el encanto de lo ilegal, el deleite delo prohibido, Mary encontraría algún director de orquesta más semejanteaún

«al otro», o un violonchelista feo, melenudo y de pocos años que lerecordase a Beethoven muchacho. Además, él era de otra raza, de otrascostumbres y pasiones. Estaba cansado de aquella reserva pudibunda en elamor, de aquella resistencia a la entrega definitiva que le gustaba alprincipio, como una renovación de la mujer, pero había acabado porfatigarle. No; aún era tiempo de salvarse.

—Lo siento por lo que pensará de España... Lo siento por donQuijote—dijo haciendo su maleta en la madrugada.

Y huyó, yendo a perderse en París, adonde la inglesa no iría a buscarle.Odiaba a esta ciudad ingrata por la silba del Tannhauser, sucesoocurrido muchos años antes de nacer ella.

De estas relaciones, que habían durado un año, sólo guardó Jaime elrecuerdo de una felicidad agrandada y embellecida por el paso del tiempoy un mechón de cabellos rubios. También debía tener entre varias guíasde viaje y numerosas postales con vistas, guardadas en un mueble antiguode su caserón, un retrato de la doctora en música, vistiendo una toga deluengas mangas y un birrete cuadrado del que pendía una borla.

De la vida que llevó después apenas se acordaba. Era un vacío de tediocortado por congojas monetarias. El administrador mostrábase tardo ydoliente en sus remesas.

Jaime

le

pedía

dinero,

y

contestaba

con

cartasquejumbrosas, hablando de intereses que había que satisfacer, desegundas hipotecas para las cuales apenas encontraba prestamistas, deirregularidad de una fortuna en la que no quedaba nada libre degravamen.

Creyendo que con su presencia podía solucionar esta mala situación,Febrer hacía cortos viajes a Mallorca, terminados siempre por la ventade alguna finca; y apenas veía dinero en sus manos, levantaba otra vezel vuelo, sin prestar oído a los consejos del administrador. El dinerole comunicaba un optimismo sonriente. Todo se arreglaría. A última horacontaba con el recurso del matrimonio.

Mientras tanto... ¡a vivir!

Y vivió todavía algunos años, unas veces en Madrid, otras en las grandesciudades del extranjero, hasta que al fin el

administrador

cerró

esteperíodo

de

alegres

prodigalidades enviando su dimisión, sus cuentas, ycon ellas la negativa a seguir remitiendo dinero.

Un año llevaba en la isla «enterrado», como él decía, sin otra diversiónque las noches de juego en el Casino y las tardes pasadas en el Borne enuna mesa de antiguos camaradas, isleños sedentarios que gozaban con elrelato de sus viajes. Apuros y miserias: ésta era la realidad de su vidapresente. Los

acreedores

le

amenazaban

con

inmediatas ejecuciones.

Aún conservaba aparentemente Son Febrer y otros bienes de susantepasados, pero la propiedad producía poco en la isla; las rentas, poruna costumbre tradicional, eran iguales que en tiempo de sus abuelos,pues las familias de arrendatarios se perpetuaban en el disfrute de lasfincas.

Estos pagaban directamente a sus acreedores, pero aun así, nollegaban a satisfacer la mitad de los intereses. Los ricos adornos delpalacio sólo los conservaba como un depósito.

La noble casa de losFebrer estaba sumergida y él era incapaz de sacarla a flote. Pensabafríamente algunas veces en la conveniencia de salir del mal paso sinhumillaciones ni deshonras, haciendo que le encontrasen una tarde en eljardín, dormido para siempre bajo un naranjo, con un revólver en ladiestra.

En tal situación, alguien le sugirió una idea al salir del Casino,después de las dos de la madrugada, a la hora en que el insomnionervioso hace ver las cosas con una luz extraordinaria que parece darlesdistinto relieve. Don Benito Valls, el rico chueta, le apreciabamucho. Varias veces había

intervenido

espontáneamente

en

sus

asuntos,librándole de peligros inminentes. Era simpatía a su persona y respeto asu nombre. Valls no tenía más que una heredera, y además estaba enfermo:la exuberancia prolífica de su raza se había desmentido en él. Su hijaCatalina había querido ser monja en la adolescencia; pero ahora, pasadoslos veinte años, sentía gran amor por las vanidades del mundo, ycompadecía tiernamente a Febrer cuando hablaban ante ella de susdesgracias.

Jaime se resistió a la proposición casi con tanto asombro como madó Antonia. ¡Una chueta!... Pero la idea fue abriéndose camino,lubrificada en su incesante taladro por los apuros y las miseriascrecientes que acompañaban la llegada de cada día. ¿Por qué no?... Lahija de Valls era la heredera más rica de la isla, y el dinero no tienesangre ni raza.

Al fin había cedido a las instancias de algunos amigos, oficiososmediadores entre él y la familia, y aquella mañana iba a almorzar en lacasa de Valldemosa, donde vivía Valls gran parte del año para alivio delasma que le ahogaba.

Jaime hizo un esfuerzo de memoria queriendo recordar a Catalina. Lahabía visto varias veces, en las calles de Palma.

Buena figura, rostroagradable. Cuando viviera lejos de los suyos y vistiese mejor, sería unaseñora «presentable»...

¿Pero podía amarla?...

Febrer sonrió escépticamente. ¿Acaso resultaba necesario el amor paracasarse? El matrimonio era un viaje a dos por el resto de la vida, yúnicamente había que buscar en la mujer las condiciones que se exigen enun compañero de excursión: buen carácter, identidad de gustos, lasmismas aficiones en el comer y en el dormir... ¡El amor! Todos se creíancon derecho a él, y el amor era como el talento, como la belleza, comola fortuna, una dicha especial que sólo disfrutaban contadísimosprivilegiados. Por suerte, el engaño venía a ocultar esta crueldesigualdad, y todos los humanos acababan sus días pensandonostálgicamente en la juventud, creyendo haber conocido realmente elamor, cuando no habían sentido otra cosa que el delirio de un contactode epidermis.

El amor era una cosa hermosa, pero no indispensable en el matrimonio nien la existencia. Lo importante era escoger una buena compañera para elresto del viaje; acomodarse bien en los asientos de la vida; arreglar elpaso de los dos a un mismo ritmo, para que no hubiesen saltos niencontronazos; dominar los nervios y que la piel no se repeliese en elcontacto de la existencia común; poder dormir como buenos camaradas, conmutuo respeto, sin herirse con las rodillas ni meterse los codos en loscostillares... Él esperaba encontrar todo esto, dándose por contento.

Valldemosa se presentó de pronto a su vista sobre la cumbre de unacolina rodeada de montañas. La torre de la Cartuja, con adornos deazulejos verdes, elevábase sobre la frondosidad de los jardines de lasceldas.

Febrer vio un carruaje inmóvil en una revuelta del camino. Un hombredescendió de él, moviendo los brazos para que el cochero de Jaimedetuviese sus bestias. Luego abrió la portezuela y subió riendo, parasentarse al lado de Febrer.

—¡Hola, capitán!—dijo éste con extrañeza.

—No me esperabas, ¿eh?... También soy del almuerzo; me convido yomismo. ¡Qué sorpresa va a tener mi hermano!...

Jaime estrechó su diestra. Era uno de sus más leales amigos: el capitánPablo Valls.

III

Pablo Valls era conocido en toda Palma. Cuando tomaba asiento en laterraza de un café del Borne formábase en torno de él un apretadocírculo de oyentes, que sonreían ante sus ademanes enérgicos y su vozruidosa, incapaz de sonar en tono discreto.

—Yo soy chueta, ¿y qué?... ¡Judío de lo más judío!

Todos los de mifamilia procedemos de «la calle». Cuando yo mandaba el Roger de Launa,una vez que estuve en Argel me detuve a la puerta de la sinagoga, y unviejo, luego de mirarme, dijo: «Tú puedes pasar: tú eres de losnuestros.» Y yo le di la mano y contesté: «Gracias, correligionario.»

Los oyentes reían, y el capitán Valls, declarando a gritos su calidad de chueta, miraba a todas partes como si desafíase a las casas, a laspersonas, al alma de la isla, hostil a su raza por un odio absurdo desiglos.

Su rostro delataba su origen. Las patillas rubias y canosas, unidas porun bigote corto, revelaban al marino retirado de la navegación; perosobre estos adornos capilares resaltaba su perfil semita, su curva ypesada nariz, su

mentón

saliente

y

unos

ojos

de

párpados

prolongados,con pupilas de ámbar o de oro, según era la luz, en las que parecíanflotar algunos puntos de color de tabaco.

Había navegado mucho; había vivido largas temporadas en Inglaterra y losEstados Unidos, y de la permanencia en estas tierras de libertad,insensibles a los odios religiosos, traía una franqueza belicosa que leimpulsaba a desafiar las preocupaciones de la isla, tranquila e inmóvilen su estancamiento. Los otros chuetas, atemorizados por varios siglosde persecución y menosprecio, ocultaban su origen o procuraban hacerloolvidar con su mansedumbre. El capitán Valls aprovechaba todas lasocasiones para hablar de él, ostentándolo como un título de nobleza,como un reto que lanzaba a la general preocupación.

—Soy

judío,

¿y

qué?...—seguía

gritando—.

Correligionario de Jesús, deSan Pablo y otros santos a los que se venera en los altares. Los butifarras hablan con orgullo de sus abuelos, que datan casi de ayer.Yo soy más noble, más antiguo. Mis ascendientes fueron los patriarcas dela Biblia.

Luego, indignándose contra las preocupaciones que se habían ensañado ensu raza, volvíase agresivo.

—En España—decía gravemente—no hay cristiano que pueda levantar eldedo. Todos somos nietos de judíos o de moros. Y el que no... el queno...

Aquí se detenía, y tras una breve pausa afirmaba con resolución:

—Y el que no, es nieto de fraile.

En la Península no se conoce el odio tradicional al judío que aún separala población de Mallorca en dos castas.

Pablo Valls se enfurecíahablando de su patria. No existían en ella judíos de religión. Hacíasiglos que había quedado disuelta la última sinagoga. Todos se habíanconvertido en masa, y los rebeldes fueron quemados por la Inquisición.Los chuetas de ahora eran los católicos más fervorosos de Mallorca,llevando a sus creencias un fanatismo semita. Rezaban en alta voz,hacían sacerdotes a sus hijos, buscaban influencias para meter a sushijas en los conventos, figuraban como gente de dinero entre lospartidarios de las ideas más conservadoras, y sin embargo pesaba sobresus personas la misma antipatía que en otros siglos, y vivían aislados,sin que ninguna clase social quisiera aliarse con ellos.

—Cuatrocientos cincuenta años llevamos en el cogote el agua delbautismo—seguía vociferando el capitán Valls—, y somos aún losmalditos, los réprobos, como antes de la conversión. ¿No tiene graciaesto?... «¡Los chuetas!

¡Cuidado con ellos! ¡Mala gente!...» EnMallorca hay dos catolicismos: uno para los nuestros y otro para losdemás.

Luego, con un odio en el que parecían concentradas todas lapersecuciones, decía el marino, refiriéndose a sus hermanos de raza:

—Bien empleado les está, por cobardes, por tener demasiado amor a laisla, a esta Roqueta en la que hemos nacido. Por no abandonarla sehicieron cristianos, y hoy que lo son de veras les pagan a coces. Deseguir judíos, esparciéndose por el mundo como lo hicieron otros, talvez serían a estas horas personajes y banqueros de reyes, en vez deestar en las tiendecitas de «la calle» fabricando bolsillos de plata.

Escéptico en materias religiosas, despreciaba o atacaba a todos: a losjudíos fieles a sus antiguas creencias, a los conversos, a loscatólicos, a los musulmanes, con los que había vivido en sus viajes alas costas de África y en las escalas de Asia Menor. Otras vecessentíase dominado por una ternura atávica, mostrando cierto respetoreligioso hacia su raza.

Él era semita: lo declaraba con orgullo golpeándose el pecho. «El primerpueblo del mundo.»

—Éramos unos piojosos muertos de hambre cuando vivíamos en Asia, porqueallí no había con quién hacer comercio ni a quién prestar dinero. Peronadie más que nosotros ha dado al rebaño humano sus pastores actuales,que aún serán por muchos siglos los amos de los hombres. Moisés, Jesús yMahoma son de mi tierra... Qué tres socios de fuerza, ¿eh, caballeros? Yahora hemos dado al mundo un cuarto profeta, también de nuestra raza ynuestra sangre, sólo que éste tiene dos caras y dos nombres. Por un ladose llama Rothschild, y es el capitán de todos los que guardan el dinero;por otro lado se llama Carlos Marx, y es el apóstol de los que quierenquitárselo a los ricos.

La historia de su raza en la isla la condensaba Valls a su modo enbreves palabras. Los judíos eran muchos, muchísimos, en otros tiempos.Casi todo el comercio estaba en sus manos; gran parte de las naves eransuyas. Los Febrer y otros potentados cristianos no tenían reparo enasociarse con ellos. Los tiempos antiguos podían llamarse de libertad;la persecución y la barbarie eran relativamente modernas. Judíos eranlos tesoreros de los reyes, los médicos y otros cortesanos en lasmonarquías medioevales

de

la

Península.—Al

iniciarse

los

odiosreligiosos, los hebreos más ricos y astutos de la isla habían sabidoconvertirse a tiempo, voluntariamente, fundiéndose con las familias delpaís y haciendo olvidar su origen. Estos católicos nuevos eran los quedespués, con el fervor del neófito, habían azuzado la persecución contrasus antiguos hermanos. Los chuetas de ahora, los únicos mallorquinesde

origen

judío

conocido,

eran

los

descendientes de los últimosconvertidos, los nietos de las familias en las que se había ensañado laInquisición.

Ser chueta, proceder de la calle de la Platería, a la que se llamabapor antonomasia «la calle», era la peor desgracia que le podía ocurrir aun mallorquín. En vano se habían hecho revoluciones en España y aclamadoleyes liberales que reconocían la igualdad de todos los españoles; el chueta, al pasar a la Península, era un ciudadano como los otros, peroen Mallorca era un réprobo, una especie de apestado, que sólo podíaemparentar con los suyos.

Valls comentaba irónicamente el orden social en que habían vivido,escalonadas durante siglos, las diversas clases de la isla, y del quequedaban aún muchos peldaños intactos. Arriba, en la cúspide, losorgullosos butifarras; luego los nobles, los caballeros; después los mossons; tras éstos los mercaderes y los menestrales, y a continuaciónlos payeses, cultivadores del suelo. Abríase aquí un enorme paréntesisen el orden seguido por Dios al crear a unos y a otros: un vasto espaciolibre que cada cual podía poblar a su capricho. Indudablemente, detrásde los mallorquines nobles y plebeyos venían en orden de consideraciónlos cerdos, los perros, los asnos, los gatos, las ratas... y a la colade todas estas bestias del Señor, el odiado vecino de

«la calle», el chueta, paria de la isla. Nada importaba que fuese rico, como elhermano del capitán Valls, o inteligente, como otros. Muchos chuetas,funcionarios del Estado en la Península, militares, magistrados,hacendistas, al volver a Mallorca encontraban que el último mendigo seconsideraba superior a ellos, y al creerse molestado prorrumpía eninsultos contra sus personas y sus familias. El aislamiento de estepedazo de España rodeado de mar servía para mantener intacta el alma deotras épocas.

En vano los chuetas, huyendo de este odio que perduraba a través delprogreso, extremaban su catolicismo con una fe vehemente y ciega, en laque influía mucho el terror infiltrado en su alma y en su carne por unapersecución de siglos. En vano seguían rezando a gritos en sus casas,para que se enterasen los vecinos de la calle, imitando en esto a susabuelos, que hacían lo mismo y además guisaban la comida en las ventanascon el propósito de que viesen todos que comían cerdo. Los odiostradicionales de separación no caían vencidos. La Iglesia católica, quese titula universal, era cruel e inabordable para ellos en la isla,pagando su adhesión con hurañas repulsiones. Los hijos de los chuetas que deseaban ser curas no encontraban sitio en el Seminario. Losconventos cerraban las puertas a toda novicia procedente de «la calle».Las hijas de los chuetas se casaban en la Península con hombresnotables o de gran fortuna, pero en la isla apenas encontraban quienaceptase su mano y sus riquezas.

—¡Gente mala!—continuaba diciendo irónicamente Valls—. Sontrabajadores, ahorran, viven en paz en el seno de sus familias, hastason más católicos que los otros; pero son chuetas, y algo tendráncuando les odian. Tienen...

«algo», ¿se enteran ustedes? «algo». Él quequiera saber más que averigüe.

Y el marino reía hablando de los pobres payeses del campo, que hastapocos años antes afirmaban de buena fe que los chuetas estabancubiertos de grasa y tenían rabo, aprovechando la ocasión de encontrarsolo a un niño de «la calle» para desnudarlo y convencerse de si eracierto lo del apéndice caudal.

—¿Y lo de mi hermano?—proseguía Valls—. ¿Y lo de mi santo hermanoBenito, que reza a voces y parece que se vaya a comer las imágenes?...

Todos recordaban el caso de don Benito Valls, y reían francamente, yaque el hermano era el primero en burlarse del suceso. El rico chueta se había visto dueño, al cobrar unos créditos, de una casa y valiosastierras en un pueblo del interior de la isla. Al ir a tomar posesión dela nueva propiedad, los vecinos más prudentes le habían dado buenosconsejos. Era muy dueño de visitar su hacienda durante el día, ¿peropernoctar en su casa?... ¡nunca! No había memoria de que un chueta hubiese dormido en el pueblo. Don Benito no prestó atención a estosconsejos y se quedó una noche en su propiedad; pero apenas se metió enla cama huyeron los caseros. Cuando el amo se cansó de dormir saltó dellecho. Ni el más tenue resplandor entraba por las rendijas. Creía haberdormido doce horas lo menos, pero aún era de noche. Abrió una ventana, ysu cabeza tropezó cruelmente en la obscuridad; intentó franquear lapuerta, y no pudo. Durante su sueño el vecindario había tapiado todoslos huecos y salidas, y el chueta tuvo que salvarse por el tejado,entre las risotadas de la gente, que celebraba su obra. Esta broma sóloera a guisa de advertencia; si persistía en ir contra las costumbres delpueblo, alguna noche despertaría entre llamas.

—¡Muy bárbaro, pero gracioso!—añadió el capitán—.

¡Mi hermano!...¡Una buena persona!... ¡un santo!...

Todos reían al oír estas palabras. Seguía tratándose con su hermano,aunque con cierta frialdad, y no hacía secreto de los agravios que teníacon él. El capitán Valls era el bohemio de la familia, siempre en el maro en lejanas tierras, llevando una vida de solterón alegre. Bastantetenía para vivir. Y a la muerte del padre, su hermano se había quedadocon los negocios de la casa, quitándole muchos miles de duros.

—¡Lo mismo que entre cristianos viejos!—se apresuraba a añadirPablo—. En esto de las herencias no hay razas ni credos. El dinero noconoce religión.

Las interminables persecuciones sufridas por sus ascendientes irritabana Valls. Todas las circunstancias eran buenas para atropellar a lasgentes de «la calle». Cuando los payeses tenían agravios con los noblesy bajaban los foráneos en bandas armadas contra los ciudadanos de Palma,el conflicto se resolvía asaltando unos y otros el barrio de los chuetas, matando a los que no huían y robando sus tiendas. Si unbatallón mallorquín recibía orden de marchar a España en caso de guerra,los soldados se amotinaban, salían del cuartel y saqueaban «la calle».Cuando las reacciones sucedían en España a las revoluciones, losrealistas, para celebrar su triunfo, asaltaban las platerías de los chuetas, se apoderaban de sus riquezas y hacían hogueras con losmuebles, arrojando a las llamas hasta los crucifijos... ¡Crucifijos deantiguo judío, que forzosamente habían de ser falsos!

—¿Y quiénes son los de «la calle»?—gritaba el capitán—

. Ya se sabe:los que tienen la nariz y los ojos como yo.

Pero hay muchos chuetas que son romos y no presentan nada del tipo común. En cambio, ¿cuántosque se tienen por caballeros rancios, de nobleza orgullosa, presentanuna cara que ni la de Abraham y Jacob?...

Existía una lista de apellidos sospechosos para conocer a los verdaderos chuetas. Pero estos mismos apellidos los llevaban cristianos viejos, yera el capricho tradicional el que separaba a unos de otros. Sólo habíanquedado marcadas por el odio popular las familias descendientes de losque fueron azotados o quemados por la Inquisición. El famoso

catálogo

delos

apellidos

estaba

sacado

indudablemente de los autos del SantoOficio.

—¡Una felicidad el hacerse cristiano! Los abuelos achicharrados en lahoguera y los nietos marcados y malditos por los siglos de los siglos...

El capitán perdía su tono irónico al recordar la historia horripilantede los chuetas de Mallorca. Se coloreaban sus mejillas y brillaban susojos con fulgores de odio. Para vivir tranquilos, se habían convertidotodos en masa en el siglo XV. No quedaba un judío en la isla, pero a laInquisición le era preciso hacer algo para justificar su existencia, yhubo quemas de sospechosos de judaísmo en el Borne, espectáculosorganizados, como decían los cronistas de la época, «con arreglo a lasfunciones más lucidas celebradas para el triunfo de la Fe en Madrid,Palermo y Lima».

Unos chuetas fueron quemados, otros sufrieron azotes, otros salieronúnicamente a la vergüenza con caperuza pintada de diablos y vela verdeen la mano; pero todos vieron por igual confiscados sus bienes, y elSanto Tribunal se

enriqueció.

Desde

entonces,

los

sospechosos

dejudaísmo, los que no contaban con un protector clérigo, tuvieron que irtodos los domingos a misa a la catedral con sus familias, bajo el mandoy custodia de un alguacil, que los formaba en rebaño, les ponía un mantopara que nadie los confundiese, y así los llevaba al templo, entre lasrechiflas, insultos y pedradas del devoto populacho. Esto era un domingoy otro domingo, y en este suplicio semanal y sin término morían lospadres y se convertían en hombres los hijos, engendrando nuevos chuetas destinados al insulto público.

Unas cuantas familias se concertaron para huir de esta vergonzosaesclavitud. Se reunían en un huerto inmediato a la muralla y lasaconsejaba y dirigía un tal Rafael Valls, hombre animoso y de grancultura.

—No sé ciertamente si fue pariente mío—decía el capitán—. ¡Han pasadomás de dos siglos desde entonces!

Pero si no lo fue, quiero que losea... Me honra mucho tenerlo como abuelo mío. ¡Adelante!

Pablo Valls había coleccionado en su casa papeles y libros de la épocade las persecuciones, y hablaba de éstas como de un suceso acaecido díasantes.

—Se embarcaron hombres, mujeres y niños en un buque inglés; pero untemporal lo volvió de nuevo a las costas de Mallorca, y los fugitivosfueron presos. Esto era gobernando a España Carlos II el Hechizado.¡Querer huir de Mallorca, donde tan bien les trataban, y a más de esto,en un buque tripulado por luteranos!... Tres años estuvieron presos, yla confiscación de sus bienes produjo un millón de duros. Además, elSanto Tribunal contaba con otros millones arrancados a las víctimasanteriores, y construyó un palacio en Palma, el mejor y más lujoso quetuvo en parte alguna la Inquisición. A los prisioneros les dierontormento hasta confesar lo que deseaban sus jueces, y en 7 de Marzo de1691 comenzaron las ejecuciones.

Aquel suceso tuvo un historiador comono se conoce otro en el mundo, el padre Garau, santo jesuita, pozo deciencia teológica, rector del Seminario de Monte-Sión, donde ahora estáel Instituto, autor del libro La fe triunfante, un monumento literarioque no vendo por todo el dinero del mundo. Aquí está: me acompaña atodas partes.

Y sacaba de un bolsillo La fe triunfante, librito encuadernado enpergamino, de antigua y rojiza impresión, que acariciaba con un cariñoferoz.

¡Bendito padre Garau! Encargado de exhortar y fortalecer a los reos, lohabía visto todo de cerca, y se hacía lenguas de los miles y miles deespectadores que acudieron de los diversos pueblos de la isla parapresenciar la fiesta, de las misas solemnes con asistencia de treinta yocho reos destinados a la quema, del lujoso atavío de caballeros yalguaciles, jinetes en briosos corceles al frente de la procesión, y de«la piedad del gentío, que prorrumpía otras veces en gritos de lástimacuando llevaban a la horca a un facineroso, y permanecía mudo ante estosréprobos olvidados del Señor...» En aquel día se mostró, según el doctojesuita, el temple de alma de los que creen en Dios y de los que ledesconocen. Los sacerdotes marchaban animosos, dando gritos deexhortación sin cansarse; los miserables reos iban pálidos, decaídos ysin fuerzas. Bien se vio de qué parte estaba la ayuda celeste.

Los sentenciados fueron conducidos al pie del castillo de Bellver, parala quema final. El marqués de Leganés, gobernador del Milanesado, depaso en Mallorca con su flota, se apiadó de la juventud y belleza de unamuchacha condenada a las llamas y pidió su perdón. El Tribunal alabó lossentimientos cristianos del marqués, pero no quiso admitir su súplica.

El padre Garau era el encargado de convencer a Rafael Valls, «hombre deciertas letras, pero al que inspiraba el demonio un desmedido orgullo,impulsándolo a maldecir a los que le condenaban a muerte, y sin quererreconciliarse con la Iglesia». Pero, como decía el jesuita, estasvalentías, obra del Malo, acaban ante el peligro y no pueden compararsecon la serenidad del sacerdote que exhorta al reo.

—El padre jesuita era un héroe lejos de las llamas. Ahora verán ustedescon qué piedad evangélica relata la muerte de mi abuelo.

Y abriendo Valls el libro por una página señalada, leía con lentitud:«Mientras llegó sólo el humo a él, era una estatua; en llegando lallama, se defendió, se cubrió y forcejeó como pudo, y hasta que no pudomás. Estaba gordo como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior;de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes comoun tizón; y reventando por medio, se le cayeron las entrañas como aJudas. Crepuit medius difusa sunt omnia viscera ejus.»

Esta lectura bárbara producía siempre efecto. Cesaban las risas, seentenebrecían los rostros, y el capitán Valls paseaba en torno sus ojosde ámbar, respirando satisfecho, como si acabase de alcanzar un triunfo,mientras el pequeño volumen volvía a ocultarse en su bolsillo.

Una vez que Febrer figuraba entre los oyentes, el marino le dijo con vozrencorosa:

—Tú también estabas allí. Es decir, tú no. Uno de tus abuelos, unFebrer, llevaba la bandera verde, como alférez mayor del Tribunal; y lasdamas de tu familia fueron en carroza al pie del castillo parapresenciar la quema.

Jaime, molestado por el recuerdo, levantó los hombros.

—¡Cosas viejas! ¿Quién se acuerda de lo que ya pasó?

Sólo algún lococomo tú... Anda, Pablo, cuéntanos algo de tus viajes... de tusconquistas de mujeres.

El capitán rezongaba... ¡Cosas viejas! El alma de la Roqueta era aúnla misma que en aquellos tiempos. Persistía el odio de religión y deraza. Por algo vivían aparte, en un pedazo de tierra aislado por el mar.

Pero Valls recobraba pronto su buen humor, y como todos los que hanrodado por el mundo, no podía resistirse a la invitación de relatar supasado.

Febrer, otro vagabundo como él, gozaba escuchándole.

Los dos habíanvivido una existencia agitada y cosmopolita, distinta de la monótonavida de los isleños; los dos habían gastado el dinero con prodigalidad.La única diferencia estribaba en que Valls había sabido ganarloigualmente con el genio activo de su raza, y ahora, diez años mayor queJaime, tenía con qué atender desahogadamente a sus modestas necesidadesde solterón. Todavía comerciaba de vez en cuando y hacía comisiones paraamigos que le escribían desde puertos lejanos.

De su accidentada historia de marino, Febrer desechaba el relato dehambres y borrascas, y sólo sentía curiosidad por los amoríos en losgrandes puertos internacionales, donde se amontonan los vicios exóticosy las hembras de todas las razas. Valls, en sus tiempos juveniles,cuando mandaba buques de su padre, había conocido mujeres de todasclases y colores, viéndose mezclado en orgías marinerescas que acababanentre olas de whisky y golpes de cuchillo.

—Pablo, cuéntanos aquellos amoríos en Jaffa, cuando los moros tequerían matar.

Y Febrer lanzaba carcajadas escuchándole, mientras el marino se decíaque este Jaime era un buen muchacho, digno de mejor suerte, sin otrodefecto que ser un butifarra algo pegado a las preocupaciones defamilia.

Cuando subió al carruaje de Febrer en el camino de Valldemosa, dandoorden al cochero que lo había traído hasta allí para que regresase aPalma, se echó atrás el sombrero de fieltro flexible, que llevaba entodo tiempo, aplastado de copa, con el ala delantera subida y laposterior desplomada sobre la nuca.

—¡Aquí estamos todos! ¿de veras que no me esperabas?