Los Muertos Mandan by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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los

mismos

lugares

que

antes

cruzabaindiferente.

En ninguna parte del edificio se notaba como aquí la antiguaprosperidad. El zaguán, enorme cual una plaza, podía admitir más de unadocena de carrozas y todo un escuadrón de jinetes.

Doce columnas algo panzudas, de mármol avellanado de la isla, sosteníanlos arcos de piedra cortada en piezas, sin revestimiento alguno, encimade los cuales extendíase el techo de vigas negras. El pavimento era deguijarros, y entre ellos crecía el musgo de la humedad. Una frescura deruina extendíase por esta entrada gigantesca y solitaria. Un gatoatravesó el zaguán, saliendo por el orificio de una puerta carcomida delas antiguas cuadras, para desaparecer en los abandonados subterráneosque habían guardado las cosechas en otros tiempos. A un lado, había unpozo de la misma época en que se construyó el palacio, un orificioabierto en la roca, con brocal de piedra roída por el tiempo y unaespadaña de hierro trabajada a martillo. La hiedra crecía en frescosramilletes entre los salientes de la pulida piedra. Muchas veces, Jaime,siendo niño, se había asomado para contemplarse allá abajo, en la pupilacircular y luminosa de sus aguas dormidas.

La calle estaba solitaria. Al final de ella, junto, a las tapias deljardín de los Febrer, veíase la muralla de la ciudad, y abierto en estamuralla un portalón con barrotes de madera en su arco, iguales a losdientes de una boca enorme de pescado. En el fondo de esta bocatemblaban, verdes y luminosas, las aguas de la bahía.

Anduvo Jaime algunos pasos por las azuladas piedras de la calle, faltade aceras, y se detuvo luego para contemplar su casa. No era más que unpequeño resto del pasado. El antiguo palacio de los Febrer ocupaba todauna manzana, pero había ido empequeñeciéndose con el paso de los siglosy los apuros de la familia. Ahora una parte de él era residencia demonjas, y otras fracciones habían sido adquiridas por ciertos ricos, quedesfiguraban con balconajes

modernos

la

primitiva

unidad

del

edificio,atestiguada por la línea uniforme de aleros y tejados. Los mismosFebrer, refugiados en la parte del caserón que miraba al jardín y almar, habían tenido que ceder los pisos bajos, para aumento de susrentas, a almacenistas y pequeños industriales. Junto a la portadaseñorial, tras unas vidrieras, trabajaban planchando ropa blanca algunasmuchachas, que saludaron a don Jaime con respetuosa sonrisa. Éste siguióinmóvil en su contemplación de la antigua casa.

¡Qué hermosa todavía, a pesar de sus amputaciones y su vejez!...

La piedra del zócalo, agujereada y combada hacia dentro por el roce depersonas y carruajes, estaba partida por varios tragaluces con rejas aras del suelo. La parte baja del palacio mostrábase roída, lacerada ypolvorienta, como unos pies que hubiesen caminado durante siglos.

A partir del entresuelo, piso con entrada independiente, que había sidoalquilado a un almacenista de drogas, comenzaba a desarrollarse elesplendor señorial de la fachada. Tres ventanales al nivel del arco delportalón, divididos por dobles columnas, mostraban sus marcos de mármolnegro finamente trabajado. Los pétreos cardos trepaban por las columnasque sostenían las cornisas, y sobre estas últimas campeaban tres grandesmedallones: el del centro con el busto del Emperador y la inscripción Dominus Carolus Imperator 1541, recuerdo de su paso por Mallorca parala infortunada expedición de Argel; los de los lados ostentando lasarmas de los Febrer, sostenidos por peces con barbudas cabezas dehombre. En las grandes ventanas del primer piso trepaban por jambas ycornisas unas guirnaldas formadas con anclas y delfines, testimonio delas glorias de esta familia de navegantes.

Sobre sus remates abríanseenormes conchas. En la parte más alta de la fachada extendíase una filacompacta de ventanillas

con

adornos

góticos,

unas

tapiadas,

otrasabiertas para dar luz y aire a los desvanes, y sobre ellas el aleromonumental, el alero grandioso, como sólo se encuentra en los palaciosde Mallorca, extendiendo hasta el promedio de la calle su ensamblaje demaderos tallados, ennegrecidos

por

el

tiempo

y

sostenidos

por

vigorosasgárgolas.

Por toda la fachada extendíanse, formando cuadriláteros, listones demadera carcomida con clavos y abrazaderas de hierro oxidado. Eran restosde las grandes iluminaciones con que la casa conmemoraba ciertas fiestasen sus tiempos de esplendor.

Jaime pareció satisfecho de este examen. Aún era hermoso el palacio desus abuelos, a pesar de las ventanas faltas de cristales, del polvo ylas telarañas amontonados en los huecos, de los desgarrones que lossiglos habían abierto en su revoque. Cuando él se casase y la fortunadel viejo Valls pasara a sus manos, iban todos a asombrarse de lamagnífica resurrección de los Febrer. ¿Y aún se escandalizaban algunosde su resolución y sentía él ciertos escrúpulos?... ¡Adelante!

Se dirigió hacia el Borne, ancha avenida que es el centro de Palma,antiguo torrente que en otros tiempos separaba la ciudad en dos villas ydos bandos enemigos: Can Amunt y Can Avall. Allí encontraría un cocheque le llevase a Valldemosa.

Al entrar en el Borne atrajo su atención la inmovilidad de variospaseantes que bajo la sombra de los copudos árboles contemplaban a unoscampesinos detenidos ante el escaparate de una tienda. Febrer reconociósus trajes, distintos de los usados por los payeses de la isla.

Eranibicencos... ¡Ah, Ibiza! El nombre de esta isla evocaba el recuerdo deun año remoto de su adolescencia pasado allá. Al ver a aquellas gentesque hacían sonreír a los mallorquines como si fuesen extranjeros, Jaimesonrió también, mirando con interés sus trajes y figuras.

Eran, indudablemente, un padre con su hija y su hijo. El campesinocalzaba alpargatas blancas, sobre las que caía la ancha campana de unpantalón de pana azul. Su chaqueta-blusa iba sujeta sobre el pecho conun broche, dejando ver la camisa y la faja. Un mantón obscuro de mujerdescansaba sobre sus hombros como un chal, y para completar este atavíosemifemenil, que contrastaba con sus facciones duras y morenas de moro,llevaba bajo el sombrero un pañuelo anudado en el mentón, con las puntascolgando sobre la espalda. El hijo, que parecía tener catorce años, ibavestido como él, con el mismo pantalón estrecho de pierna y amplio decampana, pero sin el mantón ni el pañuelo. Un lazo de color de rosapendía sobre su pecho a guisa de corbata, un ramito de hierbas asomaba auna de sus orejas, y el sombrero de cinta bordada a flores echado sobreel cogote dejaba en libertad una onda de rizos cayendo sobre el rostromoreno, enjuto, malicioso, animado por la luz de unos ojos africanos, deintensa negrura.

La muchacha era la que llamaba más la atención, con su falda verde demenudos pliegues, bajo la cual se adivinaba la presencia de otrasfaldas, hinchado globo de varias envolturas que parecía empequeñecer aúnmás los pies finos y graciosos encerrados en blancas alpargatas. Elpecho ocultaba sus contornos salientes bajo un mantoncillo amarillentocon flores rojas. De éste surgían unas mangas de terciopelo de distintocolor que el jubón, adornadas con doble fila de botones de filigrana,obra de los plateros chuetas. Una triple cadena de oro deslumbrante,rematada por una cruz, partía su pecho, pero con eslabones tan enormes,que a no ser huecos la hubiesen agobiado bajo su pesadumbre. El pelonegro separábase en dos crenchas sobre la frente y se perdía bajo unpañuelo blanco anudado en el mentón, volviendo a surgir atrás en formade trenza larga y enorme, con adorno de cintas multicolores que tocabanel borde de la falda.

La muchacha, con una cestilla al brazo, permanecía inmóvil en el bordede la acera, admirando las altas casas y las terrazas de los cafés. Erablanca y sonrosada, sin la rudeza cobriza y dura de las hembras delcampo. Tenía en sus facciones una delicadeza de monja aristocrática ybien cuidada, una pálida suavidad, animada por el reflejo luminoso de ladentadura y el tímido brillo de sus ojos bajo el pañuelo semejante a unatoca monástica.

Jaime, por una curiosidad instintiva, se aproximó al padre y al hijo,vueltos de espaldas a la muchacha y enfrascados en la contemplación delescaparate. Era una tienda de armas. Los dos ibicencos examinaban unapor una todas las expuestas, con ojos ardientes y gestos de devoción,cual si adorasen ídolos milagrosos. El muchacho avanzaba su cabeza depequeño moro, como si pretendiese introducirla por el cristal.

Fluxas... ¡Pare, fluxas! —exclamaba con la sorpresa del queencuentra un amigo inesperado, señalando a su padre unos pistolonesLefaucheux.

Pero la admiración de los dos era para las armas desconocidas, que lesparecían maravillosas obras de arte: para las escopetas sin llavesvisibles, las carabinas de repetición y las pistolas con depósito, quepodían hacer seguidamente muchos disparos. ¡Lo que inventan los hombres!¡Lo que gozan los ricos!... Aquellas armas inmóviles les parecían seresvivientes, con un alma maligna y un poder sin límites. Debían matarsolas, sin que su dueño se tomase el trabajo de apuntar.

La imagen de Febrer reflejándose en el cristal hizo volver al padre lacabeza rápidamente.

¡Don Chaume!... ¡Ay, don Chaume!

Tal fue el aturdimiento de su sorpresa y tan grande su alegría, que,agarrando las manos de Febrer, faltó poco para que se arrodillase almismo tiempo que hablaba tembloroso.

Estaban entreteniéndose en el Bornepara ir a casa de don Jaime cuando éste se hubiese levantado. Ya sabíaél que los señores se acuestan tarde. ¡Qué felicidad verle!... ¡Aquí los atlots, y que mirasen bien al señor! Era don Jaime: era el amo. Diezaños que no le había visto, pero lo mismo le hubiese reconocido entremil personas.

Febrer, desconcertado por las vehemencias cariñosas del payés y lacuriosidad respetuosa de sus dos hijos, plantados ante él, no acertaba acoordinar sus recuerdos. El buen hombre adivinó este olvido en su miradaindecisa. ¿De veras que no le reconocía? Pep Arabi, de Ibiza... Peroesto mismo no decía gran cosa, pues en la isla sólo existen seis o sieteapellidos, y Arabi eran una cuarta parte de sus habitantes. Seexplicaría mejor. Pep de Can Mallorquí.

Febrer sonrió. ¡Ah, Can Mallorquí! Un pobre predio de Ibiza donde élhabía pasado un año siendo muchacho: la única herencia de su madre.Hacía doce años que Can Mallorquí no era suyo. Se lo había vendido aPep, cuyos padres y abuelos venían cultivando la finca.

Fue esto en la época que aún tenía dinero. ¿Pero de qué podía servirleaquella tierra en una isla apartada a la que no volvería nunca?... Y enuna genialidad de gran señor bondadoso, la cedió a Pep a bajo precio,capitalizándola con arreglo al arrendamiento tradicional y concediendoamplios plazos para el pago; cantidades que, al sobrevenir despuésépocas de apuro, habían representado muchas veces para él una alegríainesperada. Hacía varios años que Pep había satisfecho su deuda, y sinembargo, aquellas buenas gentes seguían llamándole amo, y al verle ahorasentían la impresión del que se halla en presencia de un ser superior.

Pep Arabi fue presentando a su familia. La atlota era la mayor, y sellamaba Margalida: una verdadera mujer, aunque sólo tenía diez y sieteaños. El atlot, que era casi un hombre, contaba trece.

Quería trabajar la tierra, como su padre y sus abuelos, pero él lodestinaba al Seminario de Ibiza, ya que era listo en asuntos de letra.Sus tierras las guardaba para un muchacho bueno y trabajador que secasase con Margalida.

Ya andaban muchos en la isla tras de ella, yapenas volviesen iba a empezar la temporada de los festeigs, elcortejo tradicional, para que escogiese marido.

Pepet, su hijo, estaba llamado a más altos destinos: iba a ser cura, ydespués que cantase misa entraría en un regimiento o se embarcaría conrumbo a América, como lo habían hecho otros ibicencos que recogían allámucho dinero y lo enviaban a sus padres para comprar tierras en la isla.

¡Ay, don Jaime, y cómo pasa el tiempo!... Él había visto al señor casiun niño, cuando pasó un verano con su madre en Can Mallorquí. Pep lehabía enseñado a manejar la escopeta, a cazar los primeros pájaros. «¿Seacuerda vostra mercé?...» Él estaba entonces para casarse; aún vivíansus padres. Luego sólo se habían visto una vez, en Palma, para la ventadel predio—un gran favor que no olvidaba nunca—

; y ahora, cuandovolvía a presentarse, ya era casi un viejo, con hijos tan altos como él.

Al explicar su viaje, enseñaba su fuerte dentadura de campesino consonrisas de inocente malicia. ¡Una verdadera calaverada, de la quehablarían mucho tiempo las gentes allá en Ibiza! Él había sido siempreandariego y atrevido: resabios del tiempo en que fue soldado. El patrónde un laúd, gran amigo suyo, tenía carga para Mallorca, y le habíainvitado como por broma. Pero con él no valían bromas: ¡lo pensado,hecho al instante! Los chicos no habían estado en Mallorca; en toda laparroquia de San José, que era la suya, no llegaban a una docena laspersonas que conocían la capital. Muchos habían ido a América; uno habíaestado en Australia. Algunas vecinas hablaban de sus viajes a Argelia enfaluchos contrabandistas; pero a Mallorca nadie iba, y con razón. «Nonos quieren, don Jaime: nos miran como animales raros, nos creensalvajes, como si no fuésemos todos hijos de Dios...» Y allí estaba élcon sus atlots, aguantando desde por la mañana la curiosidad de lasgentes, lo mismo que si fuesen moros.

Diez horas de navegación con unmar magnífico; la atlota llevaba en la cesta la comida para los tres.Se marcharían al amanecer del día siguiente, pero él deseaba anteshablar con el amo. Tenían que tratar negocios.

Jaime hizo un gesto de extrañeza, prestando mayor atención a laspalabras de Pep. Este se expresó con cierta timidez, embarullándose ensus palabras. Los almendros eran la mejor riqueza de Can Mallorquí. Elaño anterior la cosecha había sido buena, y éste no se presentaba mal.Se vendía a buen precio a los patrones, que la embarcaban para Palma yBarcelona. Él había plantado de almendros casi todos sus campos, y ahorapensaba desmontar y limpiar de piedras ciertas tierras del señor,cultivando trigo en ellas, el preciso nada más para el consumo de lafamilia.

Febrer no ocultó su asombro. ¿Qué tierras eran aquéllas?... ¿Pero lequedaba algo en Ibiza?... Pep sonrió.

No eran tierras precisamente: eraun peñón, un promontorio de

rocas

avanzado

sobre

el

mar,

pero

que

podíaaprovecharse por la parte de tierra formando algunos bancales en supendiente. Arriba estaba la torre del Pirata,

¿no se acordaba elseñor?... Una fortificación del tiempo de los corsarios, a la que habíasubido don Jaime muchas veces cuando niño, lanzando gritos de pelea, conun garrote de sabina en la mano, dando órdenes para el asalto a unejército imaginario.

El señor, que había creído por un instante en el descubrimiento de unafinca olvidada, la única de la que podía ser verdadero dueño, sonriótristemente. ¡Ah, la torre del Pirata! Se acordaba de ella. Una rocacaliza, un avance de la costa, en cuyos intersticios nacían plantassalvajes, refugio y alimento de conejos. El viejo fortín de piedra erauna ruina que lentamente iba deshaciéndose bajo los embates del tiempo ylos soplos del mar. Los sillares caían de sus alvéolos; las almenastenían las puntas roídas. Al vender Can Mallorquí, la torre habíaquedado fuera del contrato, tal vez por olvido, a causa de suinutilidad. Podía hacer Pep lo que gustase: él no había de volver jamása aquel lugar olvidado de su juventud.

Y como el payés pretendiese hablar de futuras remuneraciones, don Jaimele atajó con un gesto de gran señor. Luego miró a la muchacha. Muyguapa; parecía una señorita disfrazada; en la isla debían ir los atlots locos tras de ella.

El padre sonrió, orgulloso y turbado por estos elogios.

«¡Saluda, atlota! ¿Cómo se dice?...»

La hablaba como si fuese una niña, y ella, con los ojos bajos, el rostrocoloreado por una llamarada de sangre, cogiendo con la diestra una puntade su delantal, murmuró trémula algunas palabras en ibicenco: «No; nosoy guapa.

Servidora de vuestra mercé...»

Febrer dio por terminada la entrevista, ordenando a Pep y a los suyosque fuesen a su casa. El payés conocía de antiguo a madó Antonia, y lavieja tendría mucho gusto en verle. Comerían con ella lo que tuviese. Yales vería al anochecer, cuando volviese de Valldemosa. «¡Adiós, Pep!¡Adiós, atlots

E hizo señas a un cochero sentado en el pescante de un carruajemallorquín, vehículo ligerísimo, montado sobre cuatro ruedas finas, conalegre toldo de lona blanca.

II

Febrer, al verse fuera de Palma, en plena campiña primaveral, searrepintió de su vida presente. Llevaba un año sin salir de la ciudad,pasando las tardes en los cafés del Borne y las noches en la sala dejuego del Casino.

¡No ocurrírsele nunca asomar la cabeza fuera de Palma para ver el campo,de un verde tierno, con sus acequias susurrantes; el cielo, de suaveazul, en el que flotaban islotes de blancos vellones; las colinas, de unverde obscuro, con sus molinillos de viento braceando en la cumbre; lassierras abruptas, de color de rosa, cerrando el fondo; todo el paisajerisueño y rumoroso que había asombrado a los navegantes antiguos,haciéndoles llamar a Mallorca la isla Afortunada!... Cuando, gracias asu casamiento, adquiriese una fortuna y pudiera rescatar el hermosopredio de Son Febrer, pasaría en él la mayor parte del año, lo mismoque sus ascendientes, haciendo la vida rústica y benéfica de un granseñor, dadivoso y respetado. El carruaje, a todo correr de sus doscaballos, rozaba y dejaba atrás una fila de payeses que volvían de laciudad por el borde del camino. Eran esbeltas mujeres morenas, llevandosobre la trenza y el blanco rebocillo un ancho sombrero de paja concintas colgantes y ramos de flores silvestres; hombres vestidos de drilrayado—la llamada tela mallorquína—, con fieltros echados atrás queparecían una aureola negra o gris en torno de sus rostros afeitados.

Recordaba Febrer las sinuosidades de este camino, por el que no habíapasado en algunos años, lo mismo que un extranjero que volviese a laisla después de una visita remota. Más adelante se bifurcaba la ruta:una rama se dirigía a Valldemosa y otra a Sóller... ¡Ay, Sóller!...

¡Laniñez olvidada que acudía de golpe a su memoria!

Todos los años, en uncarruaje como aquél, emprendía la familia de Febrer su viaje a Sóller,donde poseía una antigua casa, de amplio zaguán, la casa de la Luna,llamada así por un hemisferio de piedra con ojos y nariz que adornaba loalto del portalón, representando al astro de la noche.

Era siempre a principios de Mayo. El pequeño Febrer, cuando el carruajetransponía una garganta, en lo más alto de la sierra, lanzaba gritos dealegría contemplando a sus pies el valle de Sóller, el jardín de lasHespérides de la isla.

Las montañas, obscuras de pinares y moteadas deblancas casitas, tenían las cumbres envueltas en turbantes de vapores.Abajo, en torno a la villa y prolongándose por todo el valle hasta elmar invisible, estaban los huertos de naranjos. La primavera estallabasobre este suelo feliz con una explosión de colores y perfumes. Lasplantas salvajes crecían entre los peñascos coronados de flores; losárboles tenían los troncos vestidos de serpenteante verdura; las pobrescasas de los payeses ocultaban su miseria ruinosa bajo sábanas derosales trepadores. Acudían de todos los pueblos del contorno a lafiesta de Sóller las rústicas familias: las mujeres con blancosrebocillos, pesadas mantillas y botones de oro en las mangas; loshombres con vistosos chalecos, capotes de paño y fieltros con cintas decolor. Gangueaba la dulzaina llamando al baile; pasaban de mano en manolos vasos de dulce aguardiente de la isla y de vino de Bañalbufar. Erala alegría de la paz después de mil años de guerra y de piratería conlos pueblos infieles del Mediterráneo: la regocijada conmemoración de lavictoria conseguida por los payeses de Sóller sobre una flota decorsarios turcos en el siglo xvi.

En el puerto, los pescadores, disfrazados de musulmanes y de guerreroscristianos, fingían a trabucazos y estocadas sobre sus pobres barcas unabatalla naval, o se perseguían por los caminos inmediatos a la costa. Enla iglesia se celebraba una fiesta para conmemorar la milagrosavictoria, y Jaime, sentado junto a su madre en un sitio honorífico,estremecíase

de

emoción

escuchando

al

predicador, lo mismo que cuandoleía una novela interesante en la biblioteca que su abuelo tenía enPalma, en el segundo piso de la casa.

El vecindario se ponía en armas con los habitantes de Alaró y Buñola, alsaber por una barca de Ibiza que veintidós galeotas turcas con algunasgaleras marchaban sobre Sóller, la más rica población de la isla.

Milsetecientos turcos y africanos, lo peor de la piratería, tomaban tierraatraídos por la riqueza del pueblo, y más aún por el deseo de asaltarcierto convento de monjas, donde vivían retiradas del mundo jóveneshermosas y de ilustre familia. Divididos en dos columnas, marchaba unacontra la tropa de cristianos que había salido a su encuentro, mientrasla otra, dando un rodeo, penetraba en la población, cautivando doncellasy mancebos, robando las iglesias, matando a los sacerdotes. Loscristianos sentían la incertidumbre de su situación. Enfrente, milturcos que avanzaban; a sus espaldas, la villa entregada al saqueo, susfamilias sometidas al ultraje y a la violencia, que les llamaban condesesperación. Pero la duda fue corta. Un sargento de Sóller, heroicoveterano de los ejércitos de Carlos V en las guerras de Alemania y elGran Turco, los decide a todos por el ataque contra el enemigoinmediato.

Se arrodillan, invocan al apóstol Santiago, y esperando unmilagro, atacan con sus escopetas, arcabuces, lanzas y hachas. Losturcos cejan y vuelven las espaldas. En vano les anima su temiblecaudillo Suffarais, capitán general del mar, turco viejo y de granobesidad, famoso por su coraje y atrevimiento. Al frente de una escuadrade negros, que eran su guardia, ataca cimitarra en mano, formando entorno de él un círculo de cadáveres; pero al fin un sollerense leatraviesa el pecho con su lanza, y al caer huyen los invasores,perdiendo su estandarte. Un nuevo enemigo les cierra el paso cuandoescapan hacia la costa para salvarse en sus navíos. Una cuadrilla debandoleros ha presenciado el combate desde los riscos, y al ver huir alos turcos sale a su encuentro, disparando los pedreñales y esgrimiendosus dagas. Llevan con ellos una tropa de mastines, feroces compañeros desu vida infame, y esas bestias, arrojándose sobre los fugitivos ydestrozándoles, prueban, según los cronistas de la época, «la bondad dela casta mallorquina».

La tropa vencedora vuelve atrás, penetrando en lavilla desolada, y los saqueadores huyen como pueden camino del mar, ocaen degollados en las calles.

El predicador exaltábase al relatar esta acción victoriosa, atribuyendola mejor parte del éxito a la Reina de los Cielos y al guerrero apóstol.Luego ensalzaba al capitán Angelats, el héroe de la expedición, el Cidde Sóller, y a las valentas dònas de Can Tamany, dos mujeres de unpredio inmediato a la villa que habían sido sorprendidas por tres turcosansiosos de saciar en ellas su carnívoro apetito tras largasabstinencias en las soledades del mar. Las valentas donas, arrogantesy duras como buenas payesas, no gritaban ni huían a la vista de estostres piratas enemigos de Dios y de los santos. Con la tranca de lapuerta mataban a uno, y luego se encerraban en la casa. Arrojando elcadáver por una ventana sobre los asaltantes, descalabraban a otro yperseguían a pedradas al tercero, como esforzadas nietas de los honderosmallorquines. ¡Ah, las valentas dònas, las esforzadas hembras de CanTamany! El buen pueblo las adoraba como santas heroínas de la guerramilenaria contra los infieles, y reía cariñosamente de las hazañas deestas Juanas de Arco, pensando con orgullo en lo peligroso que era eltrabajo de los musulmanes para abastecer de carne nueva sus harenes.

Luego, el predicador, siguiendo la costumbre tradicional, daba fin a suarenga citando las familias que habían tomado parte en el combate: uncentenar de apellidos, que escuchaba atentamente el rústico auditorio,moviendo la cabeza cada cual con signos de asentimiento cuando sonaba elnombre de uno de sus ascendientes. Esta enumeración interminable parecíacorta a muchos, que hacían un gesto de protesta al callarse elpredicador. «Otros estuvieron, y no los nombran», murmuraban los payesescuyos apellidos no habían sonado. Todos querían ser descendientes de losguerreros del capitán Angelats.

Cuando terminaban las fiestas y Sóller recobraba su plácida calma, elpequeño Jaime pasaba los días correteando por los naranjales conAntonia, la vieja madó Antonia de ahora, que era entonces una mujeronafresca, de blancos dientes, curvo pecho y pisada fuerte, viuda a lospocos meses de matrimonio y perseguida por las miradas ardorosas de todala payesía. Juntos iban al puerto, tranquilo y solitario lago, cuyaentrada era casi invisible por las revueltas entre las peñas del brazoacuático que lo comunicaba con el mar. Sólo de tarde en tarde aparecíanen esta plaza cerrada de agua azul los mástiles de algún velero quevenía a cargar naranjas para Marsella. Las bandas de gaviotas viejas,enormes como gallinas, aleteaban con evoluciones de contradanza sobre latersa superficie. A la caída de la tarde entraban las barcas de lospescadores, y bajo los tinglados de la playa quedaban colgando deescarpias peces enormes, con la cola arrastrando por el suelo, quesangraban lo mismo que bueyes; rayas y pulpos que despedían como pedazosde tembloroso cristal sus blancas viscosidades.

Jaime amaba este puerto tranquilo, de misteriosa soledad, con un respetoreligioso. Recordaba en él las milagrosas historias con que su madre leadormecía por la noche; el gran prodigio de un siervo de Dios paraburlar sobre aquellas aguas los empedernidos pecadores. San Raimundo dePeñafort, virtuoso y austero monje, indignábase contra el rey don Jaimede Mallorca, torpemente amancebado con una dama, doña Berenguela, ysordo a sus santos consejos.

El fraile quiso huir de la isla deperdición, y el rey se lo impidió poniendo embargo a todas las barcas ynavíos.

Entonces el santo bajó al solitario puerto de Sóller, tendió sumanto sobre las olas, montó en él y emprendió el rumbo hacia las costasde Cataluña.

Madó Antonia le había contado también este milagro, pero en versosmallorquines, en un sencillo romance que respiraba la cándida credulidadde los siglos aficionados a lo maravilloso. El santo, embarcado en sumanto, ponía el bordón por mástil y el capuchón por vela. Un viento deDios soplaba sobre la extraña nave, y en pocas horas, el siervo delSeñor iba de Mallorca a Barcelona. El vigía de Montjuich anunciaba conbandera la aparición del prodigioso barco, repicaban las campanas de laSeo, y los mercaderes acudían a la muralla del mar para recibir al santoviajero.

El pequeño Febrer, con la curiosidad excitada por estas maravillas,quería saber más, y su acompañante llamaba a los viejos pescadores, quele enseñaban la roca en que había puesto los pies el santo mientrasinvocaba el auxilio de Dios antes de embarcarse. Una montaña de tierraadentro, vista desde el puerto, tenía la forma de un fraile encapuchado.A lo largo de la costa, en un lugar inaccesible, una peña, que sóloveían los pescadores, era semejante a un monje arrodillado y en oración.Tales prodigios los había hecho Dios, según estas almas sencillas, paraperpetuar el famoso milagro.

Jaime aún recordaba los estremecimientos de emoción con que acogía estosrelatos. ¡Ah, Sóller! ¡La época de santa inocencia, en que abrió susojos a la vida entre relatos de milagros y conmemoraciones de luchasheroicas!... La casa de la Luna habíala perdido para siempre, lo mismoque la credulidad y la inocencia de aquella época para él casi remota.Habían transcurrido más de veinte años sin que volviese a la olvidadaSóller, que ahora resucitaba en su memoria con todos los risueñosespejismos de la infancia.

Llegó el carruaje a la bifurcación del camino, emprendiendo la ruta deValldemosa, y todos los recuerdos parecieron quedar atrás, inmóviles alborde de la carretera, esfumándose con la distancia.

El camino de Valldemosa no ofrecía para él memoria alguna del pasado.Sólo lo había seguido dos veces, siendo ya hombre, para visitar con unosamigos las celdas de la Cartuja. Se acordaba de los olivos del camino,los famosos olivos seculares, de formas extrañas y fantásticas, quehabían servido de modelo a muchos artistas, y avanzó la cabeza por unaventanilla deseando verlos. El terreno subía; comenzaban los campospedregosos de secano, las primeras estribaciones de la sierra. El caminoiba serpenteando entre arboledas. Pasaban ya ante las ventanillas delcarruaje los primeros olivos.

Febrer los conocía, había hablado de ellos muchas veces, y sin embargo,sintió la sensación de lo extraordinario, como si los viese por primeravez. Eran árboles negros, de enorme tronco nudoso y abierto, abombadospor grandes excrecencias y con escaso follaje; olivos que tenían siglosde existencia, que no habían sido podados nunca y en los que la vejezrobaba savia al ramaje, hinchando el tronco con las expansiones de unalenta y penosa circulación. El campo parecía un abandonado taller deescultura, con miles de bocetos informes, de monstruos esparcidos en elsuelo, sobre una alfombra verde matizada de margaritas y campanillassilvestres.

Un olivo parecía un sapo enorme, encogido y en actitud de saltar, con unramillete de hojas en la boca; otro, una boa informe de amontonadosanillos, con un penacho de olivo en la cabeza; veíanse troncos abiertoscomo ojivas, al través de cuyos orificios lucía el cielo azul;serpientes monstruosas enrolladas en grupo como las espirales de unacolumna salomónica; gigantes negros, cabeza abajo, con las manos en elsuelo, hundiendo los dedos de sus raíces y los pies en alto, de los quesurgían varas llenas de hojas. Algunos, vencidos por los siglos, seacostaban en el suelo, sostenidas sus leñosidades por horquillas, comoviejos que intentasen incorporarse sobre sus muletas.

Parecía haber pasado sobre estos campos una tempestad, abatiéndolo todo,retorciéndolo todo, petrificándose después para mantener esta desolaciónbajo su peso y que no recobrara las primitivas formas. Muchos olivoserguidos, de perfiles

más

suaves,

parecían

tener

rostro

y

formasfemeniles. Eran vírgenes bizantinas, con tiara de leves hojas y luengasvestiduras de leña. Otros eran ídolos feroces, de ojos saltones y barbasondeadas y rastreantes; fetiches de religiones obscuras y bárbaras,capaces de detener

a

la

humanidad

primitiva

en

sus

emigraciones,haciéndola caer de rodillas con la emoción de un encuentro divino. En lacalma de este retorcimiento tempestuoso e inmóvil, en la soledad deestos campos poblados de espantables y perennes visiones, cantaban lospájaros, extendían su invasión hasta el pie de los troncos carcomidoslas flores silvestres, y las hormigas iban y venían en infinito rosario,socavando como mineras infatigables las añosas raíces.

Gustavo Doré había dibujado—según decían muchos isleños—en estosolivares sus más fantásticas concepciones, y el recuerdo de dichoartista trajo a la memoria de Jaime el de otros más célebres que pasarontambién por el mismo camino y vivieron y sufrieron en Valldemosa.

Dos veces había visitado la Cartuja sólo por ver de cerca los lugaresinmortalizados por el amor triste y enfermizo de una pareja de seresfamosos. Su abuelo le había hablado muchas veces de «la francesa» deValldemosa y su compañero «el músico».

Un día, los habitantes de Mallorca y los peninsulares que se habíanrefugiado en la isla huyendo de los horrores de la guerra civil, vierondesembarcar un matrimonio extranjero acompañado de un niño y una niña.Era en 1838. Al bajar el equipaje a tierra, los isleños admiraron conasombro un piano enorme, un piano Erard, como entonces se veían pocos.El piano quedó cautivo en la Aduana, mientras se resolvía el enredo deciertos escrúpulos administrativos, y los viajeros fueron a alojarse enuna posada, alquilando después la finca de Son Vent, inmediata aPalma.

El hombre parecía enfermo; era más joven que ella, pero enflaquecido porlas dolencias, pálido, con una palidez transparente de hostia, losclaros ojos brillantes de fiebre, el angosto pecho agitado por ruda ycontinua tos. Unas patillas finísimas

sombreaban

sus

mejillas;

unacabellera

tumultuosa de león coronaba su frente, cayendo atrás encascada de rizos. Ella era varonil y corría con todos los trabajos de lacasa, como una buena burguesa más pródiga en voluntad que enhabilidades. Jugaba con sus hijos lo mismo que una niña, y su rostrobondadoso y risueño ensombrecíase

únicamente

al

oír

la

tos

del

«amadoenfermo». Un ambiente de exotismo, de existencia irregular, de protestacontra las leyes que rigen a los humanos, parecía envolver a estafamilia vagabunda. Ella vestía trajes de cierta fantasía, con un puñalde plata clavado en la cabellera, adorno romántico que escandalizaba alas devotas señoras mallorquinas. Además, no iba a misa a la ciudad, nohacía visitas, no salía de su casa más que para juguetear con sus hijoso sacar al sol al pobre tísico, dándole el brazo. Los niños eran tanextraordinarios como la madre: la hija iba vestida de muchacho, paracorrer por los campos con mayor soltura.

Pronto la isleña curiosidad se enteró de los nombres de estos forasterosde aspecto alarmante. Ella era una francesa, autora de libros: AuroraDupín, antigua baronesa separada de su marido, que se había hecho unareputación universal por sus novelas, firmándolas con un nombremasculino y el apellido de un asesino político: Jorge Sand. Él era unmúsico polaco, organismo delicado que parecía dejar un pedazo deexistencia en cada una de sus obras, y se sentía moribundo a losveintinueve años. Le llamaban Federico Chopin. Los hijos eran de lanovelista, que estaba ya en los treinta y cinco años.

La

sociedad

mallorquina,

encerrada

en

sus

preocupaciones tradicionales,como un molusco en sus valvas, y enemiga por instinto de las novedadesde París, indignóse ante este escándalo. ¡No eran casados!... ¡Y

ellaescribía novelas que espantaban por su audacia a las gentes de bien!...La curiosidad femenil quiso conocerlas, pero en Mallorca sólo recibíalibros don Horacio Febrer, el abuelo de Jaime, y los pequeños volúmenesde Indiana y Lelia propiedad de aquél corrieron de mano en mano sinque los lectores los entendiesen. ¡Una mujer casada que escribía librosy vivía con un hombre que no era su marido!...

Doña Elvira, la abuela de Jaime, una señora venida de Méjico, cuyoretrato había él contemplado tantas veces, y a la que se imaginabasiempre vestida de blanco, con los ojos en alto y el arpa dorada entrelas rodillas, visitó a la solitaria de Son Vent. Gozábase en abrumarcon su superioridad de forastera a las señoras de la isla que no sabíanfrancés; escuchaba a la escritora sus líricos elogios de la originalidadde este paisaje africano, con sus blancas casitas, espinosos cactos,esbeltas palmeras y seculares olivos, que tan rudamente contrastaba conel armónico orden de las campiñas de Francia. Luego, doña Elvira, en lastertulias de Palma, defendía con vehemencia a la escritora, una pobremujer apasionada, cuya vida actual era más abundante en tristezas ycuidados de hermana de la Caridad que en satisfacciones de amor. Elabuelo tuvo que intervenir, prohibiendo a la esposa estas visitas paraacallar murmuraciones.

Se hizo el vacío en torno a la escandalosa pareja.

Mientras los niñosjugaban con su madre en el campo, como pequeños salvajes, el enfermotosía recluido en su dormitorio, detrás de los cristales, o se asomaba ala puerta buscando un rayo de sol. Por las noches, a altas horas, era lavisita de la musa, enfermiza y melancólica, y sentado al pianoimprovisaba entre toses y gemidos su música, de una voluptuosidadamarga.

El dueño de Son Vent, un burgués de la ciudad, dio orden a losforasteros de levantar el campo, como si fuesen una banda de bohemios.El pianista estaba tísico, y él no quería contagiar su finca. ¿Adondeir?... El regreso a la patria era difícil: estaban en pleno invierno, yChopin temblaba como un pájaro abandonado pensando en los fríos deParís. La isla inhospitalaria era amada, sin embargo, por la dulzura desu clima. Como único refugio se ofreció a ellos la cartuja deValldemosa: edificio sin bellezas arquitectónicas, sin otro encanto queel de su antigüedad medioeval, pero enclavado entre montañas por cuyasladeras se derrumban bosques de pinos, teniendo como suaves cortinas queamortiguan el ardor del sol plantaciones de almendros y palmeras, entrecuyo ramaje alcanzan los ojos la verde llanura y el lejano mar. Era unmonumento casi en ruinas, un convento de melodrama, lúgubre ymisterioso, en cuyos claustros acampaban vagabundos y mendigos. Paraentrar en él era preciso atravesar el cementerio de los frailes, con susfosas removidas por las raíces de las plantas silvestres, que sacabanlos huesos a flor de tierra. En las noches de luna vagaba por elclaustro un espectro blanco, el alma de un fraile maldito que aguardabala hora de la redención paseándose por el lugar de sus pecados.

Allá marcharon los fugitivos un día lluvioso de invierno, azotados porel aguacero y el huracán, siguiendo el mismo camino que ahora seguíaFebrer, pero un camino antiguo que sólo tenía de tal el nombre. Loscarros de la caravana iban, como decía Jorge Sand, «con una rueda por lamontaña y otra por el fondo de una torrentera». El músico, arrebujado enun capote, temblaba y tosía bajo la lona del toldo, estremeciéndose conlos dolorosos vaivenes.

La novelista seguía a pie en los malos pasos,llevando a sus hijos de la mano en este viaje de vagabundos.

Pasaron todo el invierno en la soledad de la Cartuja. Ella, calzandobabuchas y con el puñalito en la cabellera mal peinada, hacía la cocinaanimosamente, con la ayuda de una mozuela del país, que aprovechaba elmenor descuido para engullirse los bocados destinados al «queridoenfermo».

Los chicuelos de Valldemosa apedreaban a los pequeñosfranceses, creyéndolos moros, enemigos de Dios.

Las mujeres robaban a lamadre al venderla los comestibles, y además la apodaban «la Bruja».Todos hacían la cruz a estos gitanos que se atrevían a vivir en unacelda del monasterio, cerca de los muertos, en continuo trato con elfraile fantasma que se paseaba por el claustro.

De día, mientras descansaba el enfermo, preparaba ella el puchero yayudaba a la sirvienta, con sus manos finas y pálidas de artista, amondar las legumbres. Luego corría con sus hijos a la abrupta costa deMiramar, cubierta de arboleda, donde Raimundo Lulio estableció suescuela de estudios orientales. Sólo al llegar la noche comenzaba suverdadera existencia.

El claustro, obscuro, enorme, conmovíase con una música misteriosa queparecía venir de muy lejos, al través de los recios paredones. EraChopin, que, inclinado ante el piano, componía sus Nocturnos. Lanovelista, a la luz de una vela, escribía Spiridón, la historia delmonje que acaba por demoler todas sus creencias, y muchas veces cortabasu trabajo para correr al lado del músico y preparar sus tisanas,alarmada por la frecuencia de su tos. En las noches de luna tentábala elescalofrío de lo misterioso, la voluptuosidad del miedo, y salía alclaustro, cuya lobreguez cortaban las manchas lácteas de los ventanales.¡Nadie!...

Después sentábase en el cementerio de los monjes, esperandoen vano la aparición del fantasma para animar su monótona existencia conalgo novelesco.

Una noche de Carnaval, la Cartuja fue invadida por los moros. Eranjóvenes de Palma que después de recorrer la ciudad disfrazados deberberiscos pensaron en «la francesa», avergonzados sin duda delaislamiento en que la tenían las gentes. Llegaron a media noche,turbando con sus canciones y guitarreos la calma misteriosa delconvento, haciendo aletear medrosos a los pajarracos albergados en lasruinas. En una pieza de la celda bailaron danzas españolas, que elmúsico seguía atentamente con sus ojos de fiebre, mientras la novelistaiba de un grupo a otro, sintiendo la simple alegría de la burguesa queno se ve olvidada.

Esta fue su única noche feliz en Mallorca. Luego, al volver laprimavera, el «amado enfermo» se sintió mejor y emprendieron el lentoretorno a París. Eran aves de paso que detrás de su invernaje no dejabanotra huella que la del recuerdo. Ni siquiera pudo saber Jaime concerteza qué habitación había sido la suya. Las reformas realizadas en elconvento habían borrado todo vestigio. Muchas familias de Palmaveraneaban ahora en la Cartuja, convirtiendo las celdas en hermosashabitaciones, y cada cual quería que la suya fuese la de Jorge Sand,infamada y despreciada por sus abuelas. Febrer había visitado elconvento con un nonagenario de los que fueron vestidos de moros a darserenata a la francesa. No se acordaba de nada; no podía reconocer lahabitación.

El nieto de don Horacio sentía una especie de amor retrospectivo haciaaquella mujer extraordinaria. La veía como en los retratos de sujuventud, con el rostro inexpresivo y los ojos profundos y enigmáticosbajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien.¡Pobre Jorge Sand! El amor había sido para ella lo que la antiguaesfinge: cada vez que intentaba interrogarlo sentía en el corazón suzarpazo sin misericordia. Todas las abnegaciones y rebeldías del amorlas había conocido aquella

mujer.

La

hembra

caprichosa

de

las

nochesvenecianas, la infiel compañera de Musset, era la misma enfermera queguisaba la cena y preparaba las tisanas al moribundo Chopin en lasoledad de Valldemosa...

¡Si él hubiese conocido una mujer así, unamujer que llevase dentro mil mujeres, toda la infinita variedad femenilde dulzuras y crueldades!... ¡Ser amado por una hembra superior, a laque pudiera imponer el ascendiente varonil y que al mismo tiempo leinspirase respeto por su grandeza intelectual!...

Quedó Febrer largo rato como adormecido por este deseo, mirando elpaisaje sin verlo. Luego sonrió irónicamente, como si compadeciese suinsignificancia. Recordaba el objeto de su viaje y se tenía lástima. Él,que soñaba con grandes amores desinteresados y extraordinarios, iba avenderse, ofreciendo su mano y su nombre a una mujer que apenas habíavisto; a contraer una alianza que escandalizaría a toda la isla...¡Digno término de una vida inútil y atolondrada!

El vacío de su existencia se le aparecía ahora claramente, sin losengaños de la presunción personal. La proximidad del sacrificio lo hacíareplegarse en sus recuerdos, cual si buscase en ellos una justificaciónde los actos presentes.

¿Para qué había servido su paso por el mundo?...

Volvió otra vez a las memorias de su infancia que había evocado en elcamino de Sóller. Veíase en el venerable caserón de los Febrer con suspadres y su abuelo. Era hijo único. Su madre, una señora pálida, debelleza melancólica, había quedado enferma a consecuencia de sunacimiento.

Don Horacio vivía en el segundo piso, en compañía de unviejo criado, como si fuese un huésped en la casa, mezclándose con lafamilia o aislándose de ella a su capricho.

Jaime, en medio de la vaguedad de sus recuerdos infantiles, contemplabacon saliente relieve la figura de su abuelo. Jamás había encontrado unasonrisa en aquel rostro de patillas blancas, que contrastaban con susojos negros e imperiosos. Los de la casa tenían prohibido subir a sushabitaciones. Nadie le había visto más que en traje de calle, con unapulcritud minuciosa. El nieto, que era el único que podía subir a sudormitorio a todas horas, encontrábale de buena mañana con su levitaazul, alto cuello de puntas y la negra corbata arrollada en variasvueltas, sujeta por una perla enorme. Hasta en días de enfermedadconservaba su aspecto correcto, de una elegancia antigua. Si la dolenciale obligaba a guardar cama, daba órdenes al criado para que no recibieseni a su hijo.

Febrer pasaba las horas sentado a los pies de su abuelo, escuchando susrelatos e intimidado por la enorme cantidad de libros que desbordaba delos armarios, extendiéndose por sillas y mesas. Le veía igual en todotiempo, con su levita forrada de seda roja, que parecía siempre la mismay era renovada, sin embargo, cada seis meses. Las estaciones no traíanotra mudanza que el convertir el invernal chaleco de terciopelo en otrode seda bordada. Cifraba su principal orgullo en la ropa blanca y en loslibros. Le traían del extranjero docenas de docenas de camisas, quemuchas veces amarilleaban olvidadas, sin estrenar, en el fondo de losarmarios. Los libreros de París enviábanle enormes paquetes de volúmenesrecién publicados, y en vista de sus continuas demandas, escribían en ladirección una línea que don

Horacio

mostraba

con