Los Muertos Mandan by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Los muertos mandan

Vicente Blasco Ibáñez

Al lector

Primera parte

o I

o II

o III

o IV

Segunda parte

o I

o II

o III

o IV

Tercera parte

o I

o II

o III

o IV

Al lector

En mis tiempos de agitador político, allá por el año 1902, losrepublicanos de Mallorca me invitaron a un mitin de propaganda denuestras doctrinas que se celebró en la plaza de Toros de Palma.

Después de esta reunión popular, los otros diputados republicanos quehabían hablado en ella se volvieron a la Península. Yo, una vezpronunciado mi discurso, di por terminada mi actuación política, paracorrer como simple viajero la hermosa isla que vio en la Edad Media lospaseos meditativos del gran Raimundo Lulio—filósofo, hombre de acción,novelista—y en el primer tercio del siglo XIX sirvió de escenario a losamores románticos y algo maduros de Jorge Sand y Chopin.

Más que las cavernas célebres, los olivos seculares y las costaseternamente azules de Mallorca, atrajeron mi atención las honradasgentes que la pueblan y sus divisiones en castas que aún perduran, acausa sin duda del aislamiento isleño, refractario a las tendenciasigualitarias de los españoles de tierra firme. Vi en la existencia delos judíos convertidos de Mallorca, de los llamados chuetas, unanovela futura.

Luego, al volver a la Península, me detuve en Ibiza, sintiéndomeigualmente interesado por las costumbres tradicionales de este pueblo demarinos y agricultores, en lucha incesante durante mil quinientos añoscon todos los piratas del Mediterráneo. Y pensé unir las vidas de lasdos islas, tan distintas y al mismo tiempo tan profundamente originales,en una sola novela.

Transcurrieron seis años sin que pudiese realizar mi deseo.

Necesitaba volver a Mallorca e Ibiza para estudiar con más detenimientolos tipos y paisajes de mi obra, y nunca encontraba ocasión propiciapara tal viaje. Al fin, en 1908, cuando preparaba mi primera excursión aAmérica, pude escapar unas semanas de Madrid, llevando una vida errantepor ambas islas. Visité la mayor parte de Mallorca, durmiendo muchasnoches en pequeños pueblos donde me dieron alojamiento las familias«payesas» con una hospitalidad generosa, de bíblico desinterés. Corrílas montañas de Ibiza y navegué ante sus costas rojas y verdes en barcosviejos, valientes para el mar, que unos meses del año van a la pesca yotros son dedicados al contrabando.

Cuando regresé a Madrid, con el rostro ennegrecido por el sol y lasmanos endurecidas por el remo, me puse a escribir Los muertos mandan, y eran tan frescas y al mismo tiempo tan recias mis observaciones, queproduje la novela

«de un solo tirón», sin el más leve desfallecimientode mi memoria de novelista, en el transcurso de dos o tres meses.

Esta fue la última obra del primer período de mi vida literaria. Apenaspublicada me marché a dar conferencias en la República Argentina yChile. El conferencista se convirtió sin saber cómo en colonizador deldesierto, en jinete de la llanura patagónica. Olvidé la pluma como algofrívolo e inútil para la recia batalla con las asperezas de una tierrainculta desde el principio del planeta y con las malicias e ignoranciasde los hombres.

Pasé seis años sin escribir novelas. Quise crearlas en la realidad. Fuiun novelista de hechos y no de palabras.

Pero las vidas vuelven siempre a sus cauces antiguos, y después de estosseis años de catalepsia literaria, en 1914, pocos meses antes de la granguerra, reanudé en París mi trabajo de novelista «de pluma y papel»,escribiendo Los argonautas.

V. B. I.

1923

Primera parte

I

Jaime Febrer se levantó a las nueve de la mañana. Madó Antonia, que lehabía visto nacer—servidora respetuosa de las glorias de la familia—,movíase desde las ocho en la habitación, para despertarle. Pareciéndoleescasa la luz que penetraba por el montante de un amplio ventanal, abriólas hojas de madera carcomida, desprovistas de vidrios. Luego levantólas colgaduras de damasco rojo galoneadas de oro que cubrían como unatienda de campaña el amplio lecho majestuoso, en el que habían nacido,procreado y muerto varias generaciones de Febrer.

La noche anterior, al retirarse del Casino, la había encargado Jaime congran insistencia que le despertase temprano. Estaba invitado a almorzaren Valldemosa.

«¡Arriba!» La mañana era de las mejores de primavera; enel jardín de la casa chillaban a coro los pájaros sobre las ramasflorecientes, mecidas por la brisa que enviaba el vecino mar por encimade la muralla.

La criada se fue, camino de la cocina, al ver que el señor se decidía alfin a echarse fuera de la cama. Anduvo Jaime Febrer casi desnudo por lahabitación, ante la ventana abierta, partida por una columnadelgadísima. No había miedo de que le viesen. La casa de enfrente era unpalacio viejo como el suyo; un caserón de pocos huecos. Frente a suventana se extendía un muro de color indefinido, con profundosdesconchados y restos de antiguas pinturas, pero tan próximo por laestrechez de la calle, que parecía poder tocarse con la mano.

Habíase dormido tarde, desasosegado y nervioso por la importancia delacto que iba a realizar en la mañana siguiente, y el aturdimiento de unsueño corto e ineficaz le hizo buscar con avidez la cariciareconfortante del agua fría.

Al lavarse en una palangana estudiantil,angosta y pobre, Febrer tuvo un gesto de tristeza. «¡Ah, miseria!...»

Lefaltaban las más rudimentarias comodidades en aquella casa de un lujoseñorial y vetusto que los ricos modernos no podían improvisar. Lapobreza surgía ante su paso, con todas sus molestias, en estos salonesque le hacían recordar los espléndidos decorados de ciertos teatrosvistos en sus viajes por Europa.

Como si fuera un extraño que entrase por primera vez en su dormitorio,admiraba Febrer esta pieza, grandiosa y de elevado techo. Sus poderososabuelos habían edificado para gigantes. Cada habitación del palacio eratan vasta como una casa moderna. El ventanal carecía de vidrios, comolos demás huecos del edificio, y en invierno había que mantenerlos todoscon las hojas cerradas, sin más luz que la que entraba por losmontantes, cubiertos de cristales resquebrajados y opacos por el tiempo.La carencia de alfombras dejaba al descubierto los pavimentos de piedraarenisca y blanda de Mallorca, cortada en finos rectángulos, como sifuese madera. Los techos lucían aún el viejo esplendor de losartesonados, unos obscuros, de artificiosas trabazones, otros con undorado mate y venerable que hacía resaltar los cuarteles coloreados delas armas de la casa. Las paredes altísimas, simplemente enjalbegadas decal, desaparecían en unas piezas bajo filas de cuadros antiguos, y enotras detrás de ricas colgaduras de colores vivos que el tiempo nolograba apagar. El dormitorio estaba adornado con ocho grandes tapicesde un tono verde de hoja seca, representando jardines, amplias avenidasde árboles otoñales, con una plazoleta terminal en la que triscabanvenados o goteaban solitarias fuentes en triples tazones. Encima de laspuertas colgaban viejos cuadros italianos de una suavidad acaramelada:niños de carnes ambarinas jugueteaban con rizados corderos. El arco quedividía el verdadero dormitorio del resto de la habitación tenía algo detriunfal, con columnas acanaladas sosteniendo un medio punto de follajetallado, todo de un oro pálido y discreto, como si fuese un altar. Sobreuna mesa del siglo XVIII veíase una imagen policroma de San Jorgepisoteando moros bajo su corcel; y más allá la cama, la imponente cama,monumento venerable de la familia.

Algunos sillones antiguos, deencorvados brazos, con el rojo terciopelo calvo y raído hasta mostrar lablancura de la trama, mezclábanse con sillas de paja y el pobre lavabo.«¡Ah, miseria!», volvió a pensar el mayorazgo. El viejo caserón de losFebrer, con sus hermosos ventanales faltos de vidrios, sus salonesllenos de tapices y sin alfombras, sus muebles venerables confundidoscon los más ruines enseres, le parecía igual a un príncipe arruinadoostentando aún manto brillante y corona gloriosa, pero descalzo y sinropa blanca.

Él era igual a este palacio, imponente y vacío caparazón que en otrostiempos había guardado la gloria y la riqueza de sus abuelos. Unoshabían sido mercaderes, otros soldados, y todos navegantes.

Las armas de los Febrer habían ondeado en flámulas y banderas sobre másde cincuenta navíos de gavia—lo mejor de la marina de Mallorca—, que,luego de tomar órdenes en Puerto Pi, iban a vender aceite de la isla enAlejandría, embarcaban especierías, sedas y perfumes de Oriente en lasescalas del Asia Menor, traficaban con Venecia, Pisa y Genova, o,pasando las Columnas de Hércules, sumíanse en las brumas de los maresdel Norte para llevar a Flandes y a las repúblicas anseáticas la loza delos moriscos valencianos, llamada por los extranjeros mayólica, acausa de su procedencia mallorquína.

Esta navegación continua a través de mares infestados de piratas habíahecho de la familia de ricos mercaderes una tribu de valerosos soldados.Los Febrer habían peleado o ajustado alianzas con corsarios turcos,griegos y argelinos, habían escoltado sus flotas por los mares del Nortepara hacer frente a los piratas ingleses, y hasta una vez, a la entradadel Bosforo, sus galeras habían abordado a las de Genova, quemonopolizaban el comercio de Bizancio.

Luego, esta dinastía de soldadosdel mar, al retirarse de la navegación comercial, había rendido tributode sangre a la seguridad de los reinos cristianos y a la fe católicahaciendo ingresar una parte de sus hijos en la santa milicia de loscaballeros de Malta.

Los segundones de la casa de Febrer, al mismo tiempo que recibían elagua del bautismo, llevaban cosida a sus pañales la cruz blanca de ochopuntas, símbolo de las ocho bienaventuranzas, y al ser hombrescapitaneaban galeras de la

Orden

belicosa

y

acababan

sus

días

como

ricoscomendadores de Malta, contando sus proezas a los hijos de sus sobrinasy haciéndose cuidar achaques y heridas por esclavas infieles que vivíancon ellos, a pesar del voto de castidad. Monarcas famosos, al pasar porMallorca, habían salido del alcázar de la Almudaina para visitar a losFebrer en su palacio. Unos habían sido almirantes de las flotas del rey;otros, gobernantes de lejanos territorios; algunos dormían el sueñoeterno en la catedral de La Valette con otros ilustres mallorquines, yJaime había contemplado sus tumbas en una visita a Malta.

La Lonja de Palma, gallardo edificio gótico vecino al mar, había sidodurante siglos un feudo de sus ascendientes.

Para los Febrer era todocuanto arrojaban en el inmediato muelle las galeras de alto castillo,las cocas de pesado casco, las ligeras fustas, las saetías, panfiles,rampines, tafureas y demás embarcaciones de la época, y en el inmensosalón columnario de la Lonja, junto a los fustes salomónicos que seperdían en la penumbra de las bóvedas, sus abuelos recibían como reyes alos navegantes de Oriente, que llegaban con anchos zaragüelles y birretecarmesí, a los patronos genoveses y provenzales, con su capotillorematado por frailuna capucha, a los valerosos capitanes de la isla,cubiertos con la roja barretina catalana.

Los mercaderes de Veneciaenviaban a sus amigos de Mallorca muebles de ébano con menudasincrustaciones de marfil y lapislázuli o grandes espejos de luna azuladay marco cristalino. Los navegantes de vuelta de África traían manojos deplumas de avestruz, colmillos de marfil, y estos tesoros y otros iban aadornar los salones de la casa, perfumados por misteriosas esencias,regalo de los corresponsales asiáticos.

Los Febrer habían sido durante siglos los intermediarios entre Oriente yOccidente, haciendo de Mallorca un depósito de productos exóticos, queluego desparramaban sus naves por España, Francia y Holanda. Lasriquezas afluían fabulosamente a la casa. En algunas ocasiones, losFebrer hasta hicieron préstamos a los reyes... Pero todo esto no podíaevitar que Jaime, el último de la familia, luego de perder en el Casino,la noche anterior, todo cuanto poseía—unos centenares de pesetas—,hubiese aceptado dinero, para poder ir a la mañana siguiente aValldemosa, de Toni Clapés, el contrabandista, hombre rudo, deentendimiento despierto, y el más fiel y desinteresado de sus amigos.

Mientras se peinaba, Jaime se contempló en un espejo antiguo, rajado yde luna nebulosa. Treinta y seis años: no podía quejarse de su aspecto.Era feo, con una fealdad

«grandiosa», según expresión de una mujer quehabía ejercido cierta influencia sobre su vida.

Esta

fealdad

le

había

proporcionado

algunas

satisfacciones amorosas.Miss Mary Gordon, rubia idealista, hija del gobernador de unarchipiélago inglés de Oceanía, que viajaba por Europa sin otroacompañamiento que el de una doméstica, le había conocido un verano enun hotel de Munich, y ella fue la que, impresionada, dio los primerospasos. El español era, según la miss, un vivo retrato de Wagner joven. YFebrer, sonriendo a impulsos del grato recuerdo, contemplaba su frenteabombada, que parecía

oprimir

con

su

pesadumbre

los

ojos

imperiosos,pequeños e irónicos, sombreados por gruesas cejas. La nariz era aguda yaguileña, la nariz de todos los Febrer, valientes pájaros de presa delas soledades del mar; la boca desdeñosa y sumida; el mentón saliente yrecubierto por la suave vegetación, rala y fina, de la barba y elbigote.

«¡Ah, deliciosa miss Mary!» Cerca de un año había durado laalegre peregrinación por Europa. Ella, enamorada de él rabiosamente porsu parecido con el Maestro, quería casarse, y le hablaba de los millonesdel gobernador, mezclando

sus

entusiasmos

románticos

con

las

aficionesprácticas de su raza. Pero Febrer acabó por huir, antes de que lainglesa le dejase a su vez por algún director de orquesta que seasemejase más a su ídolo.

«¡Ay, las mujeres!...» Y Jaime erguía su cuerpo de varón forzudo, algoencorvado de espaldas por el exceso de estatura. Hacía tiempo que habíarenunciado a interesarse por ellas. Unas leves canas en la barba y unligero fruncimiento de la piel en las comisuras de los ojos revelaban lafatiga de una existencia que había marchado, según decía él, «a todamáquina». Pero aun así, le buscaban, y era el amor el que iba a sacarlede su angustiosa situación.

Al acabar el arreglo de su persona, salió del dormitorio.

Cruzó un salónvastísimo iluminado por los rayos del sol, que pasaban a través de losmontantes de tres ventanales cerrados. El suelo estaba en la penumbra,mientras las paredes brillaban como un jardín de vivos colores,cubiertas de interminables tapices con figuras de doble tamaño natural.Eran escenas mitológicas y bíblicas; damas arrogantes, de abultadascarnes color de rosa, que comparecían ante guerreros rojos o verdes;enormes columnatas; palacios con guirnaldas de flores; cimitarras enalto, cabezas por el suelo, tropeles de caballos panzudos con una pataen alto: todo un mundo de viejas leyendas, pero con tintas frescas apesar de los siglos, y entre franjas de manzanas y hojarasca.

Febrer miró al pasar con ojos irónicos estas riquezas heredadas de susascendientes. Nada era suyo. Hacía más de un año que estos tapices y losdel dormitorio y todos los de la casa pertenecían a ciertos usureros dePalma, que los habían dejado colgados en el mismo sitio. Esperaban lallegada de un aficionado rico, que los pagaría con más esplendidez alimaginárselos adquiridos directamente de su dueño. Jaime no era más queun depositario, amenazado con la cárcel en caso de infidelidad en sucustodia.

Al llegar al centro del salón dio un pequeño rodeo, a impulsos de lacostumbre, pero empezó a reír viendo que no había nada que interrumpiesesu paso. Un mes antes aún estaba allí una mesa italiana de mármolespreciosos que había traído el famoso comendador don Príamo Febrer de unade sus expediciones en corso. Más allá tampoco había nada que le hiciesetropezar. Un brasero enorme de plata repujada, montado sobre una tarimadel mismo metal, con una

fila

circular

de

geniecillos

que

sostenían

estemonumento, lo había convertido Febrer en dinero, vendiéndolo al peso. Yel brasero le hizo recordar una áurea cadena, regalo del emperadorCarlos V a uno de sus ascendientes, que años antes había vendido enMadrid, también al peso, con el aditamento de dos onzas de oro recibidaspor el trabajo artístico y la antigüedad. Después había llegadovagamente hasta él la noticia de que la cadena la vendieron en París porcien mil francos. «¡Ah, miseria!»

Los caballeros ya no podían vivir enestos tiempos.

Su vista tropezó con el brillo de unos enormes vargueños de laborveneciana montados sobre mesas antiguas sostenidas por leones. Parecíanfabricados para gigantes, con innumerables y profundos cajones, cuyascaras exteriores tenían esmaltes policromos representando escenasmitológicas. Eran cuatro piezas magníficas de museo: un recuerdo de laantigua magnificencia de la casa.

Tampoco eran suyos. Habían corrido lamisma suerte que los tapices, y allí estaban esperando un comprador.Febrer no era ya más que el conserje de su propia casa. Y

tambiénpertenecían a los acreedores los cuadros italianos y españoles queadornaban las paredes de dos gabinetes inmediatos; los muebles antiguoscon sedas rapadas o rotas, pero de hermosas tallas; todo, en fin, lo queconservaba algún valor entre los restos de la secular herencia.

Salió a la sala de recibimiento, vasta pieza en el centro del edificio,fría y de altísimo techo, que comunicaba con la escalera. Las paredesblancas habían tomado con los años un tono amarillento de marfil. Erapreciso echar la cabeza atrás para alcanzar con la vista el negroartesonado del techo. Ventanas abiertas junto a la cornisa ayudaban alos ventanales de abajo a iluminar este salón inmenso y austero.Muebles, pocos y conventuales: amplios sillones de brazos, con asientosy respaldares de vaqueta adornados de clavos; mesas de roble deretorcidas patas; cofres obscuros, con oxidados herrajes sobre fondos depaño verde apolillado. La blancura amarillenta de los muros sólo eravisible, como las líneas de un enrejado, entre las filas de lienzos,muchos de ellos sin marco.

Eran centenares de cuadros, todos malos e interesantes a la vez;pinturas encargadas para perpetuar las glorias de la familia, hechas porantiguos artistas italianos y españoles de paso en Mallorca. Un encantotradicional parecía emanar de estos lienzos. Era la historia delMediterráneo escrita por torpes e ingenuos pinceles: encuentros degaleras, asaltos de fortalezas, grandes batallas navales envueltas enhumo, sobre cuyas vedijas flotaban los gallardetes de los navíos y lasaltas torres de popa, en cuya cima rizábanse las banderas con la cruz deMalta o la media luna. Los hombres peleaban en las cubiertas de losbuques o en los esquifes que flotaban junto a ellos; el mar, enrojecidopor la sangre o las llamas de los barcos, estaba matizado de centenaresde cabecitas de náufragos, que a su vez luchaban sobre las olas. Unamasa de cascos y chambergos chocaba, sobre dos navíos aferrados, conotra de turbantes blancos y rojos, y sobre ellas alzábanse mandobles ypicas, cimitarras y hachas de abordaje. El disparo de cañones y trabucoscortaba con lenguas rojas el humo del combate. En otros lienzos no menosobscuros veíanse castillos arrojando llamas por sus troneras, y al piede ellos guerreros con la cruz blanca de ocho puntas sobre la coraza,tan grandes casi como las torres, y aplicando a éstas sus escalas parasubir al asalto.

Los cuadros tenían a un lado cartelas blancas con los mismos rematesplegados de un escudo de armas, y en ellas, escrito en defectuosasmayúsculas, el relato del suceso: encuentros victoriosos con galeras delGran Turco o con piratas pisanos, genoveses y vizcaínos; guerras enCerdeña; asaltos de Bujía y de Tedeliz; y en todas estas empresas era unFebrer el que dirigía a los combatientes o se hacía notar por suheroísmo, descollando sobre todos el comendador don Príamo, héroeendiablado, burlón y poco religioso, que había sido la gloria y lavergüenza de la casa.

Alternando con estas escenas belicosas estaban los retratos de lafamilia. En la parte más alta, tocando a una fila de viejos lienzos deevangelistas y mártires, que formaban un friso, mostrábanse los Febrermás antiguos, venerables mercaderes de Mallorca pintados algunos siglosdespués de su muerte, graves varones de nariz judaica y ojos agudos, conjoyas sobre el pecho y altos gorros de aspecto oriental. A continuaciónvenían los hombres de armas, los navegantes de espada, con la cabelleraal rape y el perfil de pájaro de presa, todos vistiendo armadura denegro acero y algunos con la blanca cruz de Malta. De retrato enretrato, los rostros se iban afinando, sin perder la frente abombada yla nariz imperiosa de la familia. El cuello de la camisa, ancho, flácidoy de burdo tejido, iba elevándose con el serpenteo almidonado de larizada gola; la coraza se convertía en justillo de terciopelo o seda;las barbas duras y anchas, a la moda del Emperador, trocábanse en agudasperillas y empinados bigotes, a los que servían de marco suavesguedejas.

Entre los rudos hombres de guerra y los elegantes caballeros resaltabanlos hábitos negros de ciertos eclesiásticos con bigotes y barbillas,ostentando altos bonetes de borla. Unos eran dignatarios eclesiásticosde Malta, a juzgar por la insignia blanca que adornaba su pecho; otros,venerables inquisidores de Mallorca, según la leyenda que ensalzaba sucelo en pro de la fe. Después de todos estos señores negros, de gestoimponente y ojos duros, venía el desfile de pelucas blancas, de rostrosaniñados por la rasura, de vistosas casacas de seda y oro adornadas conbandas y condecoraciones. Eran regidores perpetuos de la ciudad dePalma; marqueses cuyo marquesado había perdido la familia con losentronques matrimoniales, yendo sus títulos a fundirse con otros de lanobleza de la Península; gobernadores, capitanes generales y virreyes depaíses americanos y oceánicos, cuyos nombres despertaban una visión defantásticas riquezas; entusiastas botiflers partidarios de Felipe V,que habían tenido que huir de Mallorca, apoyo postrero de los Austrias,y ostentaban como supremo título nobiliario el apodo de butifarras dado por el populacho hostil.

Cerrando el glorioso desfile, casi a ras de los muebles, estaban losúltimos Febrer de principios del siglo XIX, oficiales de la Armada, decortas patillas, rizos sobre la frente, alto cuello con anclas de oro ynegro corbatín, que habían peleado en el cabo de San Vicente y enTrafalgar; y tras ellos el bisabuelo de Jaime, un viejo de ojos duros yboca desdeñosa, que al volver Fernando VII de su cautiverio en Franciase había embarcado para prosternarse a sus pies en Valencia, pidiendocon otros grandes señores que restableciese los usos antiguos yexterminase la naciente plaga del liberalismo. Era un patriarcaprolífico, que había prodigado su sangre en varios distritos de la islapersiguiendo a las payesas, sin perder nada de su gravedad, y al dar abesar la mano a algunos de los hijos legítimos que vivían en su casa yllevaban su apellido, decía con voz solemne: «¡Dios te haga un bueninquisidor!»

Entre estos retratos de los Febrer ilustres veíanse algunos de mujeres.Eran señoras con hinchados guardainfantes que llenaban todo el lienzo,iguales a las damas pintadas por Velázquez. Una que emergía su bustofrágil de la campana de terciopelo floreado de sus faldas, con carapuntiaguda y pálida y un lazo descolorido en las rizadas y cortasmelenillas, era la hembra notable de la familia, la que habían apodado«la Greca» por su sabiduría en letras helénicas. Su tío, fray EspiridiónFebrer, prior de Santo Domingo, gran lumbrera de la época, había sido sumaestro, y «la Greca» podía escribir en su idioma a los corresponsalesde Oriente que aún mantenían con Mallorca un mortecino comercio.

Jaime encontraba con su vista algunos lienzos más allá—

distancia querepresentaba el paso de un siglo—, otro retrato de hembra famosa de lafamilia. Era una niña de blanca peluquíta, vestida de mujer, con lafalda plegada y los grandes ahuecadores de las damas del siglo XVIII.Estaba junto a una mesa, al lado de un búcaro de flores, y sostenía conla exangüe diestra una rosa igual a un tomate, mirando ante ella conojillos porcelanescos de muñeca. A ésta la habían llamado «la Latina».La cartela del retrato hablaba, en el estilo ampuloso de la época, de sudiscreción y su ciencia, acabando por llorar su muerte a los once años.Las hembras eran como retoños secos en el tronco vigoroso de los Febrer,peleadores y exuberantes. La sabiduría se agostaba pronto en estafamilia de marinos y guerreros, como planta que surge por equivocaciónen un clima adverso.

Preocupado por sus pensamientos de la noche anterior y por el próximoviaje a Valldemosa, Jaime se detuvo en el recibimiento contemplando losretratos de sus ascendientes.

¡Cuánta gloria... y cuánto polvo! Hacíaveinte años tal vez que un trapo misericordioso no se había remontado alo largo de la ilustre familia para adecentarla un poco. Los abuelos másremotos y las batallas famosas estaban cubiertos de telarañas. ¡Y pensarque los prestamistas no habían querido adquirir este museo de glorias,con el pretexto de que eran pinturas malas! ¡No poder traspasar estosrecuerdos a ciertos ricos ansiosos de crearse un origen ilustre!...

Jaime atravesó el recibimiento, entrando en las habitaciones del alaopuesta. Eran piezas de techo más bajo; tenían encima un segundo piso,ocupado en otros tiempos por el abuelo de Febrer; habitacionesrelativamente modernas, con muebles viejos de estilo Imperio y en lasparedes estampas iluminadas del período romántico representando lasdesventuras de Átala, los amores de Matilde y las hazañas de HernánCortés. Sobre las cómodas ventrudas veíanse santos policromos ycrucifijos de marfil, entre polvorientas flores de trapo, bajo campanasde cristal.

Una panoplia de ballestas, flechas y cuchillos recordaba aun Febrer, capitán de corbeta del rey, que hizo un viaje alrededor delmundo a fines del siglo XVIII. Conchas purpúreas, caracolas de marenormes, con entrañas de nácar, adornaban las mesas.

Siguiendo un corredor, camino de la cocina, dejó a un lado la capilla,que estaba cerrada muchos años, y al otro la puerta del archivo, vastapieza cuyas ventanas daban sobre el jardín, y en la que había pasadoJaime, de vuelta de sus viajes, muchas tardes, revolviendo legajosguardados tras el enrejado de alambre de vetustas estanterías. Se asomóa la cocina, inmensa dependencia donde se preparaban en otros tiemposlos famosos banquetes de los Febrer, rodeados de parásitos y generososcon todos los amigos que llegaban a la isla. Madó Antonia parecía máspequeña en esta habitación de dilatados términos, junto a la granchimenea del hogar, que podía admitir un montón enorme de troncos,asando a la vez varias piezas. Los bancos de hornillos podían servirpara toda una comunidad. El frío aseo de esta dependencia demostraba sufalta de uso. En las paredes, grandes escarpias delataban la ausencia delas vasijas de cobre que habían sido en otros tiempos gloriaesplendorosa de esta cocina conventual. La vieja criada hacía sus guisosen un pequeño hornillo al lado de la artesa en la que amasaba el pan.

Jaime dio un grito a madó Antonia para avisarle su presencia, y seintrodujo en una habitación inmediata, el pequeño comedor que habíanutilizado los últimos Febrer, venidos a menos en su fortuna, huyendo delgran salón donde se celebraban los antiguos banquetes.

También aquí era visible el paso de la miseria. La mesa larga hallábasecubierta con un hule resquebrajado, de dudosa blancura. Los aparadoresestaban casi vacíos. La antigua loza, al romperse, había sidoreemplazada por unos cuantos platos y jarros de grosera fabricación. Dosventanas abiertas en el fondo encuadraban pedazos de mar de inquietoazul, palpitante bajo el fuego del sol. En sus rectángulos balanceábansepausadamente las ramas de unas palmeras. Más allá marcábanse en elhorizonte las alas blancas de una goleta que venía hacia Palmalentamente, como una gaviota fatigada.

Entró madó Antonia, dejando sobre la mesa un tazón humeante de cafécon leche y una gran rebanada de pan cubierta de manteca. Jaime atacó eldesayuno con avidez, y al mascar el pan hizo un gesto de desagrado. Madó asintió con un movimiento de cabeza, rompiendo a hablar en sulenguaje mallorquín.

—Muy duro, ¿verdad?... Aquel pan no podía compararse con los panecillosque comía el señor en el Casino; mas la culpa no era de ella. Pensabahaber amasado el día anterior, pero no tenía harina y estaba esperandoque el payés de Son Febrer

trajese

su

tributo.

¡Las

gentes

ingratas

yolvidadizas!...

La vieja servidora insistió en su desprecio al labriego cultivador de Son Febrer, predio que constituía la última fortuna de la casa. Todolo debía el rústico a la benevolencia de la familia, y ahora, en losmomentos difíciles, olvidaba a sus buenos señores.

Jaime siguió mascando, con el pensamiento puesto en Son Febrer. Tampoco aquello era suyo, no obstante figurar él como dueño. El predio,situado en el centro de la isla—la mejor finca heredada de sus padres,la que llevaba el nombre de la familia—, lo tenía hipotecado e iba aperderlo de un momento a otro. La renta, escasa y corta, conforme a losusos tradicionales, servíale para pagar únicamente una exigua parte delinterés de los préstamos, engrosando el resto la cuantía de la deuda.Quedaban las aldehalas, los pagos en especie que el payés debía hacerle,siguiendo costumbres antiguas, y con ellos se mantenían él y madó Antonia, perdidos en el inmenso caserón que había sido hecho paraalbergar una tribu. En Navidad y en Pascua de

Resurrección

recibía

unapareja

de

corderos

acompañados de una docena de aves de corral; en elotoño dos cerdos bien cebados para la matanza, y todos los meses huevosy una cantidad de harina, a más de los frutos de la estación. Con estasaldehalas, unas consumidas en la casa y otras vendidas por la sirviente,iban sosteniéndose Jaime y madó Antonia en la soledad del palacio,aislados de la curiosidad pública, como dos náufragos perdidos en unislote. Las ofrendas en especie se retrasaban cada vez más. El payés,con ese egoísmo rústico propenso a huir de la desgracia, hacíase elremolón, evitando el cumplimiento de sus obligaciones. Sabía que elmayorazgo ya no era el verdadero amo de Son Febrer, y muchas veces, alllegar a la ciudad con sus presentes, torcía el camino, yendo adepositarlos en las casas de los acreedores, temibles personajes a losque deseaba tener propicios.

Jaime miró con tristeza a la servidora, que permanecía erguida ante él.Era una antigua payesa que aún conservaba el traje de su pueblo: jubónobscuro, con doble fila de botones en las mangas; falda clara y rameada,y cubriendo su cabeza el rebocillo, blanco velo sujeto al cuello y alpecho, por debajo del cual se escapaba la gruesa trenza—

que llevabapostiza y muy negra—rematada por largas cintas de terciopelo.

—¡Miserias, madó Antonia!—dijo el señor en el mismo lenguaje—.Todos huyen de los pobres, y el mejor día, si ese tuno no trae lo quenos debe, tendremos que comernos uno a otro, lo mismo que si fuésemosnáufragos.

La vieja sonrió: «El señor siempre alegre.» En esto era un vivo retratode su abuelo don Horacio, eternamente serio, con una cara que metíamiedo, ¡pero diciendo unas cosas!...

—Esto debe acabar—prosiguió Jaime, sin hacer caso de la alegría de lasirviente—. Esto acabará hoy mismo; estoy decidido... Sábelo, madó,antes de que la noticia corra: me caso.

La criada juntó las manos devotamente para expresar su asombro y elevóla mirada al techo. ¡Santísimo Cristo de la Sangre! Ya era hora... Antesdebía haberlo hecho, y otro sería el estado de la casa. Despertóse enella la curiosidad, y preguntó con una avidez de campesina:

—¿Es rica?...

El gesto afirmativo del señor no la sorprendió.

Forzosamente había deser rica. Sólo una mujer que llevase con ella una gran fortuna podíaaspirar a unirse con el último de los Febrer, que habían sido loshombres más notables de la isla y tal vez del mundo entero.

La pobre madó pensó en su cocina, poblándola instantáneamente con laimaginación de vasijas de cobre brillantes como oro, viéndola con todoslos fogones encendidos, llena de muchachas de brazos arremangados, elrebocillo atrás, la trenza flotante, y ella en medio, sentada en unsillón, dando órdenes y aspirando el deleitoso tufillo de las cacerolas.

—¡Será joven!—afirmó la vieja, para sacar más noticias a su señor.

—Sí, joven; mucho más joven que yo; demasiado joven: unos veintidósaños. Poco me falta para poder ser su padre.

Madó hizo un gesto de protesta. Don Jaime era el hombre más guapo dela isla. Lo decía ella, que le había admirado desde los tiempos en queiba con pantalón corto y lo llevaba de la mano a pasear entre los pinosinmediatos al castillo de Bellver. Era un Febrer, de aquella familia deseñorones arrogantes, y con esto quedaba dicho todo.

—¿Y es de buena casa?—siguió preguntando para forzar el laconismo desu señor—. Familia de caballeros indudablemente; de lo mejorcito de laisla... Pero no: ya adivino. Tal vez es de Madrid. Algún noviazgo decuando usted vivía allá.

Jaime quedó indeciso unos instantes, palideció, y luego dijo con rudaenergía, para ocultar su turbación:

—No, madó... Es una chueta.

Antonia fue a juntar las manos, como momentos antes, invocando otra vezla Sangre de Cristo, tan venerada en Palma; pero de pronto se dilataronlas arrugas de su rostro moreno, y rompió a reír... ¡Qué señor tanalegre! Lo mismo que su abuelo. Decía las cosas más estupendas eincreíbles con una seriedad que engañaba a las gentes. ¡Y ella, pobreboba, que había creído tales bromas! Tal vez hasta lo del casamiento eramentira...

—No, madó. Me caso con una chueta... Me caso con la hija de donBenito Valls. Para eso iré hoy a Valldemosa.

La voz apagada de Jaime, sus ojos bajos, el acento tímido con quesusurró tales palabras, quitaron toda duda a la sirviente. Quedó éstacon la boca abierta, los brazos caídos, sin fuerzas para levantar lasmanos ni los ojos.

—¡Señor... Señor... Señor!...

Le era imposible decir más. Creyó que había sonado un trueno, haciendoestremecerse la vieja casa; que un nubarrón acababa de pasar ante elsol, obscureciéndolo; que el mar se volvía plomizo, avanzando enencrespadas olas contra la muralla. Luego vio que todo estaba lo mismo,que sólo ella se había conmovido con esta noticia estupenda, digna detrastornar el orden de lo existente.

—¡Señor... Señor... Señor!...

Y agarrando el vacío tazón y los restos del pan, echó a correr, deseosade refugiarse cuanto antes en la cocina.

Después de oír tales horrores,la casa le inspiraba miedo.

Debía andar alguien por los venerablessalones de la otra parte del edificio: alguien que ella no podía saberquién fuese, pero que seguramente acababa de despertar de un sueño desiglos. Aquel palacio tenía un alma. Cuando la vieja quedaba sola en él,crujían los muebles como si hablasen entre ellos, palpitaban los tapicesmovidos por su cara oculta, vibraba en un rincón un arpa dorada de laabuela de don Jaime, y ella no sentía miedo nunca, porque los Febrerhabían sido gente buena, simple y bondadosa con sus servidores. ¡Peroahora, después de oír tales cosas!... Pensaba con cierta inquietud enlos retratos que adornaban la pieza de recibimiento. ¡Qué cara la deaquellos señores, si habían llegado hasta ellos las palabras de sudescendiente!

Madó Antonia acabó por serenarse, bebiendo los restos del cafépreparado para el señor. Ya no tenía miedo, pero sentía honda tristezapor la suerte de don Jaime, como si le viese en peligro de muerte.¡Acabar de este modo la casa de los Febrer! ¿Y Dios podía tolerar talescosas?... Cierto desprecio

por

el

señor

vino

a

sobreponersemomentáneamente al antiguo cariño. Al fin, un calavera olvidado de lareligión y las buenas costumbres, que había derrochado lo que restaba dela fortuna de su casa. ¿Qué iban a decir sus ilustres parientes?

¡Quévergüenza la de su tía doña Juana, aquella noble señora—la más santa ylinajuda de la isla—a la que, unos por burla y otros por exceso deveneración, llamaban «la Papisa»!

—Adiós, madó... Al anochecer estaré de vuelta.

La vieja saludó con un gruñido a Jaime, que asomaba la cabeza paradespedirse. Luego, viéndose sola, levantó los brazos, invocando la ayudade la Sangre de Cristo, de la Virgen del Lluch, patrona de la isla, ydel portentoso San Vicente Ferrer, que tantos milagros había realizadodurante sus predicaciones en Mallorca. ¡Uno más, santo prodigioso, paraevitar la monstruosidad que proyectaba su señor!...

¡Que cayese unpedrusco de las montañas, interceptando para siempre el camino deValldemosa; que volcase el carruaje y trajeran a don Jaime entre cuatrohombres... todo antes que aquella vergüenza!

Febrer atravesó el recibimiento, abrió la puerta de la escalera y empezóa descender los suaves peldaños. Sus abuelos, como todos los nobles dela isla, construían en grande. La escalera y el zaguán ocupaban unatercera parte de los bajos de la casa. Una especie de loggia a laitaliana, con cinco arcos sostenidos por delgadas columnas, extendíase ala terminación de la escalera, abriéndose en sus extremos las dospuertas que daban acceso a las dos alas superiores del edificio. En elcentro de su baranda, situada sobre el arranque de la escalera, frente ala puerta de la calle, estaba el escudo en piedra de los Febrer, con unfarolón de hierro forjado.

Jaime, al descender, chocaba su bastón en la piedra arenisca de losescalones o tocaba las grandes ánforas barnizadas que adornaban losrellanos, y éstas devolvían el golpe con una sonoridad de campana. Labaranda de hierro, oxidada

por

los

años

y

deshaciéndose

en

herrumbrosasescamas, temblaba, casi suelta de sus alvéolos, con el ruido de lospasos.

Al llegar al zaguán, Febrer se detuvo. La extrema resolución que habíaadoptado, y que iba a influir para siempre en los destinos de su nombre,le hizo mirar con curiosidad