Los Espectros-- Novelas Breves by Leonid Nikolayevich Andreyev - HTML preview

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—Sí, me gustan mucho.

El subjefe miró con ojos de pasmo a todos los empleados sentados a lamesa, y soltó la carcajada:

—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja, ja, ja!

Y todos se echaron a reír, incluso el grueso y enfermizo Polsikov, queno se reía nunca. El mismo Kotelnikov se rió, un poco confuso, yenrojeció de gusto; pero al mismo tiempo le asaltó un ligero temor: elde que aquello le causase disgustos.

—¿Lo dice usted seriamente?—preguntó el subjefe cuando acabó dereírse.

—¡Y tan seriamente! Hay en las mujeres negras un gran ardor y algo...exótico.

—¿Exótico?

Se echaron de nuevo a reír; pero al mismo tiempo todos pensaron queKotelnikov era seguramente un hombre listo e instruido, cuando conocíauna palabra tan extraña:

«exótico». Luego empezaron a discutir,asegurando que no era posible que gustasen las negras; además de sernegras, tenían la piel como cubierta de barniz, y los labios gruesos, yolían mal.

—¡Y, sin embargo, me gustan!—insistió modestamente Kotelnikov.

—¡Allá usted!—dijo el subjefe—. Yo, por mi parte, detesto a esasbestias color de betún.

Todos sintieron una especie de satisfacción al pensar que había entreellos un hombre tan original que se pirraba por las negras. Con estemotivo, los comensales de Kotelnikov pidieron seis botellas más decerveza. Miraban con cierto desprecio a las otras mesas, en las que nohabía un hombre de tanta originalidad.

Las conversaciones terminaron. Kotelnikov estaba orgullosísimo de supapel. Ya no encendía él sus cigarrillos, sino que esperaba a que elcriado se los encendiese.

Cuando las botellas de cerveza estuvieron vacías, se pidieron otrasseis. El grueso Polsikov dijo a Kotelnikov en tono de reproche:

—¿Por qué no nos tuteamos? Ya que desde hace tantos años trabajamosjuntos...

—¡No tengo inconveniente! ¡Con mucho gusto!—aceptó Kotelnikov.

Tan pronto se entregaba de lleno a la alegría de verse, al fin,comprendido y admirado, como sentía el vago temor de que le pegasen.

Después de beber «Brudeschaft»—Hermandad—con Polsikov, bebió conTroitzky, Novoselov y otros camaradas; cambiaba besos con todos y losmiraba con ojos amorosos y tiernos.

El subjefe no bebió «Brudeschaft» con él, pero le dijo amistosamente:

—Venga usted por casa alguna vez. Mis hijas verán con curiosidad a unhombre a quien le gustan las negras.

Kotelnikov saludó, y aunque se tambaleaba un poco a causa de la cerveza,todos convinieron en que era muy chic.

Después de irse el subjefe, bebieron más, y todos juntos salieron a lacalle, tropezando con los transeúntes. Kotelnikov marchaba en medio desus camaradas, sostenido por Polsikov y Troitzky.

—No, muchacho—decía—; no puedes comprenderlo. En las negras hay algoexótico.

—Tonterías—contestaba severamente Polsikov—. No sé lo que puedeencontrarse en ella. Del color del betún...

—No, amigo; careces de gusto. La negra es una cosa...

Hasta entonces no había pensado nunca en las negras, y no acertaba a darcon la definición justa.

—¡Tienen temperamento!

Pero Polsikov no se dejaba convencer y seguía discutiendo.

—¡Haces mal en discutir!—le dijo Troitzky—. Nuestro amigo Kotelnikovtendrá sus razones. Además, sobre gustos no hay nada escrito.

Y dirigiéndose a Kotelnikov, añadió:

—¡No hagas caso, Semen! Sigue pirrándote por tus negras. Estoy tancontento, que tengo ganas de armar un escándalo.

—A pesar de todo, no lo comprendo—insistía Polsikov—. Del color delbetún...

Para mí, ni siquiera son mujeres.

—¡No, amigo, te engañas!—insistía a su vez Kotelnikov—. Porque, mira,hay algo en las negras...

Iban tambaleándose un poco, ligeramente borrachos, hablando en alta voz,tropezando con la gente y muy satisfechos de sí mismos.

Una semana después, todo el departamento sabía ya que al empleadopúblico Kotelnikov le gustaban mucho las negras. Algunas semanas mástarde, este hecho era ya conocido por los porteros de todo el barrio,por los solicitantes que acudían a la oficina, hasta por el agente depolicía de servicio en la esquina de la calle. Las señoritasmecanógrafas de las secciones vecinas se asomaban un instante a lapuerta para ver al hombre original a quien le gustaban las negras.Kotelnikov recibía estas muestras de atención con su modestia habitual.

Un día se decidió a hacer una visita a su subjefe; mientras tomaba tecon confitura de cerezas, hablaba de las negras y de algo exótico quehabía en ellas. Las muchachas menores parecían un poco confusas; pero lamayor, Nastenka, que gustaba de leer novelas, estaba visiblementeintrigada e insistía en que Kotelnikov le explicase las verdaderasrazones de su afición a las negras.

—¿Por qué justamente las negras?—preguntábale.

Todos estaban contentos, y cuando Kotelnikov se fue, hablaron de él conafecto.

Nastenka llegó a declarar que era víctima de una pasiónenfermiza. Lo cierto era que a ella le había caído en gracia. Nastenkatambién le causó cierta impresión a Kotelnikov; pero él, como hombre aquien sólo le gustaban las negras, creyó de su deber ocultar suinclinación hacia la muchacha, y, sin dejar de ser cortés, manifestosecon ella un poco reservado.

Al volver a casa por la noche, se puso a pensar en las negras, en sucuerpo color de betún, cubierto de sebo, y le parecieron repulsivas. Alimaginarse que abrazaba a una, sintió náuseas y le dieron ganas dellorar y de escribirle a su madre, residente en provincias, que acudierainmediatamente como si un grave peligro le amenazase. Al cabo logródominarse. Cuando a la mañana siguiente llegó a la oficina, bien peinadoy vestido, con una corbata encarnada y cierta cara de misterio, no cabíaduda de que a aquel hombre le encantaban las negras.

Poco tiempo después, el subjefe, que manifestaba un gran interés porKotelnikov, le presentó a un revistero de teatros. Este, a su vez, lecondujo a un café cantante y le presentó al director, el señor JacoboDuclot.

—Este señor—dijo el revistero al director, haciendo avanzar aKotelnikov—adora a las negras. Nada más que a las negras; las demásmujeres le repugnan. ¡Un original de primer orden! Me alegraría mucho siusted, Jacobo Ivanich, pudiera serle útil; es muy interesante, y talestendencias... ¿comprende usted?... hay que alentarlas.

Dio unos golpecitos amistosos en la angosta espalda de Kotelnikov. Eldirector, un francés de bigote negro y belicoso, miró al cielo comobuscando una solución, y con un gesto decidido, exclamó:

—¡Perfectamente! Ya que le gustan a usted las negras, quedarásatisfecho: tengo precisamente en mi troupe tres hermosas negras.

Kotelnikov palideció ligeramente, lo que no advirtió el director,absorto en sus cavilaciones sobre el café cantante.

—Tiene usted que darle un billete gratuito para toda la temporada.

El director consintió.

A partir de aquella misma tarde, Kotelnikov empezó a hacerle la corte auna negra, miss Korrayt, que tenía lo blanco de los ojos del tamaño deun plato y la pupila no más grande que una olivita. Cuando, poniendo talmáquina en movimiento, jugaba ella los ojos con coquetería, Kotelnikovsentía recorrer su cuerpo un frío mortal y flaquear sus piernas. Enaquellos momentos experimentaba un gran deseo de abandonar la capital eirse a ver a su pobre madre.

Miss Korrayt no sabía palabra de ruso; pero, por fortuna, no faltaronintérpretes voluntarios que se encargaron gustosísimos de la delicadamisión de traducir los cumplimientos entusiásticos que la negra dirigíaa Kotelnikov.

—Dice que no ha visto en su vida a un gentlemán tan guapo ysimpático. ¿No es eso, miss Korrayt?

Ella agitaba la cabeza afirmativamente, enseñaba su dentadura, parecidaal teclado de un piano, y volvía a todos lados los platos de sus ojos.Kotelnikov movía también la cabeza, saludando, y balbuceaba:

—Hagan el favor de decirle que en las negras hay algo exótico.

Y todos estaban tan contentos.

Cuando Kotelnikov besó por primera vez la mano a miss Korrayt, laemocionante escena tuvo por testigos a todos los artistas y a no pocosespectadores. Un viejo comerciante, incluso lloró de entusiasmo en unacceso de sentimientos patrióticos.

Después se bebió champaña.Kotelnikov tuvo palpitaciones, guardó cama durante dos días y muchasveces empezó a escribirle a su madre: «Querida mamá»—escribía—y sudebilidad le impedía siempre terminar la carta.

A los tres días, cuando llegó a la oficina, le dijeron que su excelenciael director quería verle.

Se arregló con un cepillo el pelo y el bigote, y, lleno de terror, entróen el gabinete de su excelencia.

—¿Es verdad que a usted... que a usted...?

El director buscaba palabras.

—...¿Que a usted le gustan las negras?

—¡Sí, excelentísimo señor!

El director miró con ojos asombrados a Kotelnikov, y preguntó:

—Pero vamos... ¿por qué le gustan a usted?

—¡Ni yo mismo lo sé, excelentísimo señor!

Kotelnikov sintió de pronto que el valor le abandonaba.

—¿Cómo? ¿No lo sabe usted? ¿Quién va a saberlo, pues? Pero no se turbeusted, joven. Sea franco. Me place ver en mis subordinados ciertoespíritu de independencia... naturalmente, si no traspasa ciertoslímites definidos por la ley.

Bueno, dígame francamente, como si hablaseusted con su padre, por qué le gustan las negras.

—¡Hay en ellas algo exótico, excelentísimo señor!

Aquella noche, en el Club Inglés, jugando a la baraja con otras personasimportantes, su excelencia dijo entre dos bazas:

—Tengo en mi departamento un empleado a quien le gustan las negras.Pásmense ustedes. ¡Un simple escribiente!

Sus compañeros de juego eran también excelencias, directores dedepartamento, y experimentaron al oírle un poco de envidia; cada uno deellos tenía también a sus órdenes un ejército de empleados; pero erantodos hombres grises, opacos, sin ninguna originalidad, vulgares.

—Y yo, pásmense ustedes—dijo una de las excelencias—, tengo unempleado con un lado de la barba negro y el otro rojo.

Esperaba así tomar revancha; pero todos comprendieron que una barba, noya como aquélla, sino policroma, no tenía importancia comparada con unapasión extravulgar por las negras.

—¡Afirma ese hombre original que hay en las negras algoexótico!—añadió su excelencia.

Poco a poco, la popularidad de Kotelnikov en los círculos burocráticosde la capital llegó a ser muy grande. Como sucede siempre, quisieronimitarle; mas sus imitadores sufrieron fracasos lamentables. Uno deellos, un viejo escribiente que contaba veintiocho años de servicio ysostenía una numerosa familia, declaró de repente que sabía ladrar comoun perro, y no tuvo ningún éxito. Otro empleado, muy joven aún, simulóestar perdidamente enamorado de la mujer del embajador chino; durantealgún tiempo logró atraer sobre él la atención y aun la compasión; perola gente experimentada no tardó en comprender que aquello no era sinouna imitación miserable de una auténtica originalidad, y todos levolvieron con desprecio la espalda.

Hubo otras muchas tentativas de la misma índole. En general, notábaseentre los empleados públicos cierta inquietud de ánimo, que se traducíaen esfuerzos por ser original.

Un joven de buena familia, no logrando encontrar medio de ser original,acabó por decirle a su jefe una porción de groserías, y, naturalmente,tuvo que abandonar al punto su empleo.

Kotelnikov se creó muchos enemigos. Afirmaban insidiosamente que estabaen ayunas en lo atañedero a las negras. Sin embargo, no mucho después,un periódico publicó una interviú con él, en la que Kotelnikov declarabafrancamente que le gustaban las negras porque había en ellas algoexótico.

A partir de aquel día, su estrella comenzó a brillar con más fulgor aún.A la sazón visitaba frecuentemente a la familia de su subjefe, que lerecibía con los brazos abiertos. Nastenka lloraba a veces pensando en elterrible destino reservado a aquel aficionado a las negras. Kotelnikov,sentado a la mesa, sentía sobre él las miradas de piedad de toda lafamilia y se esforzaba en dar a su rostro una expresión melancólica y almismo tiempo exótica. Todos estaban muy satisfechos de que un hombre tanoriginal frecuentara la casa, en calidad de buen amigo; todos, inclusola abuela sorda que lavaba los platos en la cocina.

El hombre original se retiraba tarde a casa y lloraba desconsolado,porque amaba a Nastenka con toda su alma y no podía ver a miss Korrayt.

Hacia las Pascuas se corrió la voz de que Kotelnikov se casaba con missKorrayt, la cual, con tal motivo, se convertía a la religión ortodoxa yabandonaba el café cantante del señor Jacobo Duclot. Según los mismosrumores, el propio director había consentido en ser el padrino del jovenesposo.

Los compañeros, los solicitantes y los porteros felicitaban aKotelnikov, que les daba las gracias y saludaba con la muerte en elalma.

La velada anterior a su boda la pasó en casa del subjefe. Le recibieroncomo a un héroe, y todos parecían muy contentos, excepto Nastenka, quese iba a su cuarto de vez en cuando a llorar a sus anchas, y que, paraocultar las huellas del llanto, se ponía tantos polvos que sedesprendían de su faz en tanta abundancia como la harina de una piedrade molino.

Durante la cena todos felicitaban al novio y brindaban en honor suyo. Elpropio subjefe, que se había excedido un poco en la bebida, le dirigióuna pregunta algo turbadora:

—¿Podría usted decirme de qué color serán los niños?

—¡Serán a rayas!—observó Polsikov.

—¿Cómo a rayas?—exclamaron, asombrados, los asistentes.

—Muy sencillo: una raya blanca, otra negra; una raya blanca, otranegra... Como las cebras—explicó Polsikov, a quien le inspiraba granlástima su desgraciado amigo.

—¡No, no es posible!—exclamó Kotelnikov, poniéndose muy pálido.

Nastenka no podía ya contener las lágrimas, y, sollozando, huyó a sucuarto, llenando de emoción a los asistentes.

Durante dos años, Kotelnikov pareció el hombre más feliz de la tierra, ydaba gusto verle. Hasta fue recibido un día con su mujer por el propiodirector. Cuando llegó a ser padre de un hijo se le dio, a modo desubsidio, una suma bastante crecida, y se le ascendió.

El hijo no era a rayas. Tenía un tinte ligeramente gris, más bien colorde oliva.

Kotelnikov decía a todos que estaba encantado con su mujer ycon su hijo; pero nunca se daba prisa en volver a casa, y, cuandovolvía, se detenía largo rato ante la puerta.

Cuando su mujer salía aabrirle y le enseñaba su dentadura, semejante al teclado de un piano, ylo blanco de sus ojos, grande como un plato, cuando se estrechaba contraél, el pobre experimentaba una repulsión invencible y pensaba, con undolor cruel, en los seres dichosos que tenían mujeres blancas y niñosblancos.

—¡Querida mía!—decía.

Y a instancias de su mujer se dirigía a la habitación donde estaba suhijo. No podía ver a aquel niño de labios gruesos, gris como el asfalto;pero lo cogía en brazos y procuraba simular que se le caía la baba,combatiendo con gran trabajo la tentación de tirarlo al suelo.

Tras no pocas vacilaciones, escribió a su madre noticiándole sumatrimonio, y, con gran asombro, recibió una respuesta alegre. Tambiénella estaba satisfecha de que su hijo fuera un hombre tan original y deque el propio director hubiera sido su padrino.

A los dos años de su boda, Kotelnikov murió del tifus. Momentos antes demorir hizo llamar al sacerdote. El cual, al ver a su mujer, acarició suespesa barba y lanzó un profundo suspiro. El también sentía ciertaadmiración por Kotelnikov, con motivo de su originalidad. Cuando seinclinó sobre el moribundo, éste, haciendo acopio de todas sus fuerzas,exclamó:

—¡Aborrezco a ese diablo negro!

Sin embargo, un minuto después, como se acordase de su excelencia, delsubsidio que le habían dado, de su subjefe, de Nastenka, y viese a sumujer llorar, añadió, con voz dulce:

—Me encantan las negras... Hay en ellas algo exótico.

Procuró iluminar su rostro con una sonrisa feliz, y con la sonrisa enlos labios se fue al otro mundo.

La tierra le acogió indiferente, sin preguntarle si le gustaban o no legustaban las negras, y mezcló sus huesos con los de otros muertos. Peroen los círculos burocráticos se habló todavía mucho tiempo de aquelhombre original, a quien volvían loco las negras y que encontraba enellas algo exótico.

¡NO HAY PERDÓN!

Una estudianta. Muy joven, casi una niña. La nariz fina, linda, noformada aún completamente, como la de los niños, un poco arremangada;los labios también son infantiles, y parece que exhalan olor a bombonesde chocolate. Los cabellos son tan abundantes y sedosos, cubren sucabeza de una manera tan graciosa, que al mirarlos se piensa sin quereren mil cosas amables: en el cielo azul sin nubes, en las cancionesprimaverales de los pajarillos, en el florecer de las lilas. Se piensatambién, al admirar esta bella cabeza de muchacha, en los manzanosflorecientes, bajo los que se busca sombra en un medio día de verano, yque dejan caer sobre el sombrero, sobre los hombros y sobre los brazospétalos delicados color de nieve y rosa.

Los ojos eran también juveniles, claros, tranquilos e ingenuos; peroexaminándola de cerca se podían advertir en su rostro sombras ligeras decansancio, indicios de alimentación insuficiente, de noches de insomnio,de largas veladas en cuartos pequeños y llenos de humo, donde se pasanlas horas en discusiones interminables. Se pensaba también que susmejillas habían conocido las lágrimas; lágrimas dolorosas y amargas.Había algo de nervioso y de inquietante en sus movimientos: el rostroera alegre y sonreía; pero el piececito, calzado con un chanclodeteriorado y sucio de barro, hería nerviosamente el suelo, como siquisiera acelerar la marcha del tranvía, que avanzaba muy despacio. Nadade esto se le había escapado a Mitrofan Vasilich Krilov, que poseía eldon de la observación. Iba de pie en la plataforma del tranvía, frente ala muchacha. Por entretenerse, la contemplaba, un poco distraída yfríamente, como una fórmula algebraica sencilla y muy conocida que sedestacase en la negrura del encerado. En los primeros momentos, lacontemplación le divirtió, como a cuantos miraban a la muchacha; peroeso duró poco, y no tardó en caer de nuevo en su mal humor. No teníamotivos para estar contento. Al contrario. Volvía del liceo, donde eraprofesor, cansado, con el estómago vacío; el tranvía estaba repleto, yno había posibilidad de sentarse y leer el periódico. El tiempo eratambién execrable en aquel terrible mes de noviembre; la ciudad era feay le disgustaba, así como toda aquella vida, que no valía más que elbillete, desgarrado por un extremo, que llevaba en la mano. Todos losdías hacía igual viaje: de su casa al liceo y del liceo a su casa.

Podíacontar los días por el número de billetes. Su vida era a modo de unalarga cinta de billetes de tranvía, de la que se arrancaba uno cadaveinticuatro horas.

No tardó en cansarse de contemplar a la muchacha, y la hubiera olvidadosin dificultad; pero se hallaba frente a él, y no podía menos demirarla de vez en cuando.

«Ha venido hace muy poco de la provincia—pensaba severamente—. ¿A quédiablos vienen aquí? Yo, por ejemplo, abandonaría con mucho gusto estamaldita ciudad y me iría a cualquier rincón. Naturalmente, ella se pirrapor las conversaciones, por las discusiones; tiene sus ideas políticas ysociales. No estaría de más que se cuidase un poco del arreglo de supersona; mas no tiene tiempo de ocuparse en cosas tan mezquinas: ¡debesalvar a la humanidad! Es lástima, sobre todo siendo tan bonita.»

La muchacha advirtió las miradas severas de Krilov, y se turbó. Se turbóde tal modo, que la sonrisa desapareció de su rostro y fue reemplazadapor una expresión de miedo infantil, mientras su mano izquierda, con unmovimiento instintivo, se dirigía hacia su pecho, como si llevase algoescondido en el corsé.

«¡Tiene gracia!—se dijo Krilov, volviendo a otro lado los ojos ytratando de dar a su rostro una expresión de indiferencia—. Le danmiedo mis gafas azules; todas estas muchachas están seguras de que unhombre con gafas azules es un espía... Lleva probablemente proclamasescondidas en el corsé. En otro tiempo, las muchachas escondían cartasamorosas; ahora son proclamas y boletines revolucionarios lo queesconden. ¡Boletines! ¡Qué palabra más estúpida!»

Dirigió de nuevo, a hurtadillas, una mirada a la muchacha, y volvió enseguida los ojos. Ella le miraba, como mira un pájaro a una serpienteque se acerca, y apretaba la mano contra su costado izquierdo. Krilov seincomodó.

«¡Qué estúpida es! Me toma por un espía, a causa de mis gafas azules.

Nocomprende que un hombre puede llevar gafas azules por estar enfermo dela vista.

Es tan cándida, que se hace traición. ¡Y pensar que pretendesalvar a la humanidad!

¡Necesita aún una niñera esta revolucionaria! Noestamos en sazón todavía para la revolución. En vez de Lasalles, entrenosotros, se dedican los chiquillos a la política.

¡No sabe aún resolverun sencillo problema aritmético, y habla, sin duda, con aplomo, decuestiones políticas, sociales, financieras! No estaría de más asustarlaun poco; sería una buena lección para ella.»

Apenas había formulado en su interior tal pensamiento, tuvo unainspiración repentina. Era una idea inspirada por el cielo gris denoviembre, por el suelo fangoso, por el hambre que le atormentaba.Inmediatamente comenzó a ponerla en práctica.

Con un movimiento nada seductor bajó la cabeza, dio a su rostro unaexpresión desagradable y maliciosa, propia, a su juicio, de un espía, ylanzó una mirada severa y escrutadora a la muchacha. El resultado lesatisfizo: la muchacha se estremeció de miedo, y sus ojos se llenaron deangustia.

«¡Vamos, pequeña!—pensaba, triunfante, Krilov—. Parece que huirías debuena gana; pero ¿cómo? ¡Magnífico! ¡Espera, que aun hay más!»

Se iba interesando en el juego, encontrando en él un placer. Olvidaba suhambre y el mal tiempo, se dedicó a la imitación de un espía, con tantahabilidad como si fuera un verdadero artista, o como si en realidadestuviese al servicio de la Policía secreta.

Su cuerpo se tornó flexible como el de una serpiente; sus ojosadquirieron una expresión de alegría pérfida; su mano derecha, quellevaba en el bolsillo, oprimía con toda su fuerza el billete, como siéste fuera su revólver cargado con seis balas o un carnet de policía.

No sólo la muchacha, sino muchos otros viajeros comenzaron a desazonarseal mirarle: tan de espía era su apariencia. Un comerciante grueso ycolorado que ocupaba él solo la tercera parte de la plataforma seestrechó de pronto, se hizo pequeñísimo y volvió la cabeza. Un hortera,debajo de cuyo gabán se veía un delantal blanco, miró a Krilov con ojosde conejo asustado, y, empujando a la muchacha, saltó del tranvía ydesapareció entre la multitud.

«¡Muy bien!»—se cumplimentó a sí mismo Krilov, con el corazón lleno dela alegría pérfida de un enfermo del hígado. Había algo de pintoresco,de sugestivo, de agradablemente inquietante en esa renuncia a su propiapersona, en representar un papel antipático, en que los demás le odiaseny le temiesen. En el fondo gris de la vida cotidiana se abrían a modode abismos obscuros, llenos de misterio y de sombras movibles y mudas.Se acordó de la clase donde daba todos los días las lecciones, de lafisonomía de los alumnos, que no le inspiraban ya sino disgusto, de suscuadernos azules, con manchas de tinta, sucios, llenos de faltasestúpidas, idiotas, que hacían aún más detestable la vida.

«Debe de ser una cosa muy interesante el oficio de espía—se dijo—. Unespía arriesga su vida tanto como un revolucionario. A veces la prácticadel espionaje cuesta la cabeza. He oído decir que mataron a un espíahace poco. Le degollaron como a un cerdo.»

Durante un minuto tuvo miedo y quiso renunciar al papel que se habíapropuesto representar; pero su oficio de profesor era tan odioso paraél, tan monótono y aburrido, que le gustaba, aunque sólo fuera por unrato, cambiar de pellejo.

La estudianta no le miraba ya, y, no obstante, su juvenil rostro, ellóbulo rosa de su oreja, que se veía bajo un bucle de sus cabellosondulados; su cuerpo, un poco inclinado hacia delante; su pecho, quebajaba y subía anhelosamente, todo expresaba una angustia terrible y undeseo loco de huir. En aquel momento soñaba quizá con tener alas. Dosveces se movió un poquito, disponiéndose a descender, y, al sentir sobresus mejillas ruborosas la mirada inquisitorial de Krilov, permaneciócomo clavada en su sitio, sin retirar la mano de la barandilla en que seapoyaba. Su guante negro, con un dedo algo descosido, temblaba un poco.Le daban vergüenza aquel guante y aquel dedo minúsculo, tímido,desamparado; pero no tenía fuerza para levantar la mano.

«¡Muy bien! ¡Muy bien!—pensaba Krilov—. Estoy muy contento. De buenagana huirías; ¡pero no, pequeña! Será una buena lección para ti. Esto teenseñará a ser más prudente. ¡La vida no es lo que tú te creías!»

Se imaginó la vida de aquella muchacha. Era tan interesante como la deun espía; pero había en ella algo que no conocían los espías: unaarrogancia, una mezcla armónica de lucha, de misterio, de horror y dealegría... Era perseguida, y hay algo de singularmente delicioso en queun malvado, hostil y temible, tienda las manos aprehensoras a nuestragarganta y prepare, hilo por hilo, la cuerda para estrangularnos.

¡Entales momentos, el corazón late con tanta violencia, se ilumina la vidacon una luz tan fúlgida y se la ama con tanto ardor!

Con disgusto, Krilov dirigió una mirada a su viejo gabán, al botón quecolgaba con un pedazo de la tela; se imaginó su rostro amarillo y agrio,que detestaba, hasta el extremo de no afeitarse sino una vez al mes; susojos, con gafas azules, y se convenció, con un placer maligno, de queparecía, en efecto, un espía. Sobre todo, a causa de su botón colgante;los espías no tienen a nadie que pueda coserles los botones, y todosdeben de llevar colgando del gabán un botón de que no pueden servirse.

Experimentó un sentimiento de soledad triste, propia sólo de los espías.Una profunda melancolía invadió su corazón. El cielo, la vida, lasgentes, todo se tornó a sus ojos sombrío, negro, al par que hondo,misterioso y lleno de sentido.

Trató de mirarlo todo con una mirada semejante a la de la muchacha. Ytodo se le presentó bajo un aspecto nuevo.

No se había parado nunca a penetrar el significado del día y la noche;la noche misteriosa, engendradora de tinieblas, escondedora de hombres,silenciosa e inescrutable; ahora veía su aproximación callada; admirabalas luces que se encendían una tras otra; percibía algo de solemne enaquella lucha entre el resplandor y las sombras, y se asombraba de lacalma de la multitud, que discurría por la calle sin darse cuenta, alparecer, de que la noche se acercaba.

La muchacha miraba ávidamente a los rincones negros de las callejuelas,no alumbradas aún, y él seguía sus miradas y hundía la vista en esoscorredores obscuros, que invitan, en la sombra, con una elocuenciamisteriosa. La muchacha miraba con angustia a las altas casas, queestaban como defendidas por sus pilares de la calle, y él seguía siempresu mirada, y aquellas masas estrechas, aquellas malas fortalezas se leantojaban asimismo algo nuevo.

En una de las paradas, al final de un trayecto del tranvía, Krilov debíadescender; pero la muchacha no lo hizo, y él le dijo en voz alta alconductor:

—Deme usted un billete hasta la parada próxima.

Le satisfizo mucho encontrar en su bolsillo una monedita de cincocopecks para pagar el billete; se figuraba que los espías sólo llevabanmonedas de cobre o billetes de Banco sucios, viejos, casi rotos; no sepuede pagar a los espías en buen dinero; de lo contrario, serían gentescomo las demás. El cobrador, silencioso, parecía también comprenderlo;al menos tomó la moneda con un desagrado tan visible, que Krilov seindignó. Asestó contra el cobrador sus gafas, a modo de cañones, y sedijo, al recibir el billete:

«¡Me desprecias, canalla! Lo que no te impide robar a la Compañía. Osconozco a todos.»

Y empezó a imaginar cómo vigilaría al cobrador, le cogería en flagrantedelito y, cuando menos lo esperase, le denunciaría a la Administración.Luego se dedicaría a vigilar a los demás cobradores, y los denunciaría asu vez.

La muchacha seguía allí siempre. No había que perderla de vista.

Escogiendo un momento favorable, apartó de la barandilla la mano delguante descosido, lo que le dio ánimos, y descendió presurosa deltranvía, en la esquina de una ancha calle, donde se cruzaban los rieles.Otros viajeros estaban también a punto de descender. Los había, alcontrario, que subían. Una mujer delgada, que llevaba un granenvoltorio, impidió a Krilov la salida.

—¡Permítame usted!—le dijo él, tratando de abrirse paso.

Pero el sitio que dejaba libre el envoltorio era demasiado estrecho, yno podía pasar.

Por el otro lado impedían el paso el conductor y elcomerciante grueso y rojo. Este último fingía no darse cuenta de queKrilov quería descender.

—¡Pero déjeme usted pasar!—exclamó Krilov con cólera—. Conductor,¿oye usted?

¡Reclamaré!

—¡Señor, haga el favor de dejar paso!—dijo el conductor, dirigiéndoseal comerciante.

El cual miró a Krilov y se apartó un poco, tan poco, que el otro apenaspudo pasar, y hasta hubiera jurado que el comerciante le oprimía exprofeso con su voluminoso cuerpo. Sofocado, Krilov saltó, por fin, atierra y empezó a correr, a la ventura en persecución de la muchacha.

La alcanzó en una estrechísima callejuela. Marchaba de prisa, dirigiendomiradas atrás. Al divisar a alguna distancia a Krilov, casi echó acorrer, no disimulando ya el temor. Krilov apresuró también el paso. Enaquella callejuela obscura y desconocida, donde sólo se hallaban él y lamuchacha, experimentó un malestar muy parecido al miedo.

«¡Hay que acabar!»—se dijo.

Sin embargo, siguió corriendo, casi ahogándose de fatiga.

La muchacha se detuvo a la puerta de una gran casa, con muchos pisos.Cuando se disponía a abrir, Krilov se acercó a ella y, sonriendoamistosamente, la miró a los ojos.

Con la sonrisa quería decirle que labroma se había terminado y que ya no tenía nada que temer. Pero lamuchacha, al entrar, le lanzó en pleno rostro, sofocada de cólera:

—¡Canalla!

Y desapareció. Un instante después divisó Krilov su silueta a través delos cristales.

Con su sonrisa amistosa en los labios, asió el picaporte y trató deabrir; pero al ver al portero junto a la escalera, retrocedió conlentitud. A algunos pasos de distancia, se detuvo y se encogió dehombros. Despojándose de las gafas, empezó a reflexionar.

¡Era estúpidotodo aquello! La chicuela ni siquiera le había dejado abrir la boca paraexplicarse, y le había lanzado en pleno rostro el despectivo insulto.Debía, no obstante, comprender que sólo se trataba de una broma. ¡Quédiablo de muchacha!

¡Como si verdaderamente le interesase con susproclamas! Eso no era de su incumbencia. Que hicieran las locaschicuelas lo que les pareciese; le tenía completamente sin cuidado...

Se figuró que en aquel momento la muchacha refería a compañeros suyos deambos sexos que un espía le había perseguido. Como es natural, seindignarían, murmurarían, cerrarían los puños. ¡Qué idiotas!

«¡Yo también he hecho mis estudios en la Universidad, y no soy inferiora vosotros, imbéciles!»—dijo casi en voz alta.

Tuvo calor, y se desabrochó el gabán; pero temiendo coger frío, se loabrochó de nuevo.

«¡Sí; soy tan honorable como vosotros, jóvenes idiotas! Quizá máshonorable. Soy un padre de familia que mantiene a ocho personas... Esde todo punto necesario poner fin a esta farsa. Hay que hacerles saberque tengo un diploma universitario y que odio a la Policía tanto comoellos. ¿Pero qué hacer? La muchacha ha desaparecido. No puedo esperarlaaquí hasta mañana. ¡No faltaba más! Por otra parte, aun no he comido...»

Dio algunos pasos, volvió sobre ellos, miró la larga fila de ventanasiluminadas y continuó reflexionando:

«Apuesto cualquier cosa a que creen que soy, en efecto, un espía.¡Idiotas! Hay que decirles que yo he sido también estudiante y hellevado melena como ellos. Me corto el pelo ahora, porque empieza acaérseme; pero eso no prueba que yo sea espía. Claro es que está uno mása salvo si lleva melenas de que le tomen por espía; pero ¿qué culpatengo yo de que se me caiga el pelo? O ¿acaso hay, que llevar peluca...como un espía de verdad?»

Encendió un cigarrillo y lo tiró en seguida; no tenía ganas de fumar.

«Lo más sencillo sería entrar en su casa y decirles: Señores, ha sidouna broma. Pero no, no lo creerían. Y hasta es posible que me dieran unapaliza.»

Se alejó cosa de veinte pasos y se detuvo nuevamente. El aire iba siendomás frío.

Su gabán casi no le abrigaba. Al meterse la mano en elbolsillo, encontró el periódico.

Casi estuvo a punto de llorar de rabia.Podía hallarse ya en su casa muy cómodo, haber comido, haber tomado elte calentito y estar tendido en el canapé, leyendo el periódico y sin lamenor inquietud. Al otro día, sábado, se jugaba a las cartas en casa delinspector... Y en lugar de estar en su casa, tiritaba de frío allí, enaquella maldita callejuela, ante aquella maldita casa, albergue deestudiantes melenudos. ¿Qué había ido a hacer en tal sitio?

De repente, se abrió la puerta de la casa y se volvió a cerrar conviolencia, después de dar paso a dos estudiantes.

Ambos, con paso rápido y resuelta actitud, se dirigieron hacia él.

Lleno de terror, huyó precipitadamente. Corrió a través de la nieblaenloquecido, jadeante, atropellando a los transeúntes, tropezando conlos faroles, los caballos, los coches. Se detuvo en una ancha avenida,que le costó mucho trabajo reconocer. Todo se hallaba alrededor desiertoy silencioso. Caía una menuda lluvia. No se veía ya a los estudiantes.

Encendió con mano trémula un cigarrillo, y apenas se lo hubo fumado,encendió otro.

«¡Vaya una aventura!—se dijo—. Será un milagro que no me resfríe.Acaso la tuberculosis en perspectiva... Por fortuna, no me han dadoalcance los estudiantes, aunque corrían de lo lindo. Uno no cesaba degritar: «¡Alto!» ¡Era terrible!»

Tres estudiantes aparecieron a alguna distancia. Krilov los miró conojos espantados y se alejó a toda prisa.

En cuanto llegó, en su carrera, a cierta callejuela angosta y tortuosa,se detuvo. ¿Iba a huir de todos los estudiantes de la ciudad? Además,sus perseguidores sólo eran dos.

Volvió sobre sus pasos y no tardó en encontrarse de nuevo en la avenida.Se sentó en un banco y comenzó a considerar, con sangre fría, lasituación.

«¡Sobre todo, calma!—se dijo—. No hay motivos para alarmarse. ¡Que sevaya al diablo la muchacha! Tanto peor para ella si me toma por unespía. ¿Qué me importa a mí? No me conoce, ni los estudiantes tampoco.Ni siquiera han podido verme la cara, pues me he levantado el cuello delgabán.»

Se reía ya un poco, regocijado por tal pensamiento, cuando, de súbito,una idea terrible puso fin a su regocijo.

«Pero ¿y ella? ¡Ella me ha visto! ¡Durante una hora entera ha podidoestudiar mi rostro, y si me encuentra en alguna parte...!»

Se imaginó toda una serie de posibilidades terribles.

Como hombre ilustrado, asistía a la Universidad siempre que se daban enella conferencias interesantes, a los teatros, a los museos; y en todaspartes se exponía a toparse con la muchacha, a quien, seguramente,saldría a acompañar toda una banda de estudiantes de ambos sexos, puesaquellas muchachas rara vez iban solas, y si le veía...

Krilov se estremeció de pies a cabeza.

Si le veía, se lo señalaría inmediatamente a toda su banda con el dedo,diciendo en alta voz: «¡Miradle, es un espía!»

«Tendré que dejar de llevar gafas y cortarme la barba—pensó Krilov—.Si pierdo la vista, ¿qué le vamos a hacer? Además, el médico quizá seengañe y puede que yo no necesite gafas. En cuanto a la barba...verdaderamente no me cambiará mucho el quitármela. Más que una barba, esuna perilla insignificante. Ni siquiera se notará que me la he quitado.»

«¡Hasta mi barba crece menos que la de los demás!—pensó con disgusto—.Pero todo esto son tonterías. Aunque me reconozca, no hay por quéapurarse. Sería necesario probar que soy espía, probarlo serena,lógicamente, como se hace con los teoremas.»

Se imaginó una reunión de jóvenes de largos cabellos, ante la que éldemostraba, con voz firme y tranquila, su inocencia. Todo era claro,convincente. Las frases se seguían en un orden perfecto, como fórmulasmatemáticas unidas por signos de igualdad. «De esta suerte, señores,podrán ustedes advertir...»

Con una dignidad severa se pone bien las gafas y sonríe despectivamente.Después reanuda sus pruebas y se percata, con horror, de que la lógica ylas fórmulas exactas están muy a menudo en contradicción con la vida; deque en la vida hay poca lógica y de que él no encuentra manera dedemostrar que no es espía. Si alguien—la muchacha, por ejemplo—leacusara de serlo, no habría en su vida nada preciso, claro y convincenteque oponer a la acusación.

El terror invadió su alma. ¿Dónde estaban sus convicciones, su profesiónde fe? Su espíritu hallábase vacío, y no veía nada seguro sobre quépoder apoyarse para no caer en el fondo de aquel abismo negro,espantoso.

«Mis convicciones—balbuceó, imaginándose que se encontraba ante losjueces—.

Todo el mundo conoce mis convicciones. Estoy convencido deque...»

Busca en los repliegues de su memoria algo claro, preciso, fuerte, y noencuentra nada. ¿Es posible que no tenga ni una convicción seria? «Estoyconvencido, Ivanov, de que usted no ha estudiado su lección dearitmética.» ¡No, no es eso! Luego recuerda fragmentos de artículos deperiódico, de discursos que ha oído; ¿pero qué piensa él?

¿Cuáles sonsus convicciones? ¡No las tiene! Hablaba y pensaba como hablaban ypensaban los demás, y encontrar sus propias ideas, sus propias palabras,era tan imposible como encontrar en un montón de trigo un granodeterminado. Sucede a veces que alguien dice algo fuerte, violento, quequeda grabado en la memoria de los demás, aunque lo diga en estado deembriaguez o sin reflexionar. No muchos años antes, el maestro decaligrafía de su colegio, un viejecito modesto y callado, en una comidaen casa del director, como hubiera bebido algo más de lo justo, exclamóde repente: «¡Insisto en la necesidad de la reforma radical de laenseñanza!»

Naturalmente, aquello provocó un escándalo. Desde entoncestodo el mundo se acordaba de aquel incidente, y en cuanto veía al viejo,le preguntaba: «Bueno, ¿qué hay de las reformas?» Y todos leconsideraban un hombre muy radical... ¿Y él, Krilov? Cuando bebía unacopa de más, se dormía, o empezaba a llorar y abrazaba a todo el mundo.Una vez abrazó hasta al criado. Pero aun en estado de embriaguez seguardaba de decir nada excesivo, y no protestaba contra nada. En fin,hay hombres que creen en Dios y los hay que no creen. ¿Y él?

«Veamos. ¿Existe Dios? ¿Sí o no? No lo sé, no sé nada. ¿Y yo? ¿Existoyo?»

Krilov siente un escalofrío: ni siquiera tiene una idea clara de siexiste o no existe.

Alguien está sentado en un banco del bulevar y fuma;¿pero es él, en efecto? Los árboles, la menuda lluvia que cae, losfaroles encendidos, todo es incomprensible, desprovisto de sentido,misterioso.

Se levantó bruscamente y se fue.

«¡Tonterías! Son los nervios. Además, no se trata de convicciones, sinode actos. Sí, de actos; eso es lo esencial.»

Y tampoco recordó actos suyos. Era un empleado, un padre de familia;pero ¿dónde estaban sus actos? ¿Qué había hecho? Buscó en los replieguesde su memoria, recorrió mentalmente los años pasados, como se recorrecon los dedos el teclado de un piano, y los halló vacíos, desprovistosde sentido.

«¡Vamos, señorita!—balbuceó con la cabeza baja y gesticulando—. Esidiota creer que soy un espía. ¿Yo espía? ¡Qué insensatez! Voy ademostrárselo a usted. Mire usted, yo soy...»

Después, el vacío, la nada. ¿Qué podía decir en su favor? En su mundo sele consideraba un hombre inteligente, bueno, justo, y probablementehabía motivos para ello.

No hacía mucho tiempo le había comprado un corte de traje a su suegra, ysu mujer le había dicho: «¡Eres demasiado bueno!» Pero ¿aquello probabaalgo? Los espías también podían ser obsequiosos con sus suegras...

Sin darse cuenta, Krilov, automáticamente, volvió a la casa donde habíaentrado la estudianta, y ni aun lo advirtió. Sólo sabía que era tarde,que estaba rendido y que tenía ganas de llorar, como un colegialcastigado. Luego alzó los ojos, miró la casa y la reconoció.

«¡Sí, es la maldita casa! ¡Qué aspecto más desagradable!»

Se alejó con paso rápido, como de una bomba de dinamita, y poco despuésse detuvo y comenzó de nuevo a reflexionar.

«Lo mejor sería escribirle a esa muchacha. Naturalmente, sin firmar. Enesta forma, por ejemplo: «Señorita, un hombre a quien ha tomado ustedpor un espía...» Y seguir así, punto por punto. Sería tonta si no mecreyese.»

Volvió sobre sus pasos, llegó a la casa y, tras una corta vacilación,abrió con trabajo la puerta. Entró, con gesto decidido y severo. En elumbral de su habitáculo apareció el portero, sonriendo cortésmente.

—Escuche usted, amigo mío... Una joven estudianta acaba de entrar. ¿Enqué piso vive?

—¿Por qué le interesa a usted?

Krilov le miró de un modo significativo a través de sus gafas, y elportero comprendió en seguida; hizo con la cabeza un signo que daba aentender que adivinaba lo que llevaba allí a Krilov y le tendió la mano.

—¡Qué confianzudo!—se dijo Krilov; pero estrechó con fuerza la manodura e inflexible como una plancha.

—¡Entremos en mi casa!—invitó el portero.

—¿Para qué? Yo sólo quería...

Al ver que el portero entraba ya en su habitación, Krilov, apretando losdientes de rabia, le siguió dócilmente.

«¡También me ha tomado por un espía este canalla!»

El habitáculo era reducidísimo. Sólo había en él una silla, en la que sesentó el portero, sin ceremonia.

«¡Qué indecente! Ni siquiera me invita a sentarme!», pensó Krilov.

El portero le examinó, con mucha calma, de pies a cabeza, con una miradaindiferente e insolente a la vez, y, tras un corto silencio, dijo:

—Anteayer vino también uno de ustedes... Uno rubio, con grandesbigotes. ¿Le conoce usted?

—¿No he de conocerle?... Rubísimo.

—Hay muchos como usted... que recorren las calles...

—¡Escuche!—protestó Krilov—. Todo eso me tiene sin cuidado. Sólovengo...

El portero no hizo caso de sus palabras y continuó:

—¿Cuánto cobra usted al mes? El rubio me dijo que cincuenta rublos. Noes mucho.

—¡Doscientos!—dijo Krilov, observando con una alegría maligna que elrostro del portero expresaba casi el entusiasmo.

—¡Oh, doscientos! Eso es otra cosa... ¿Quiere usted un cigarrillo?

Krilov aceptó con reconocimiento el cigarrillo que le tendía el portero,y echó de menos su pitillera japonesa, su gabinete de trabajo, loscuadernos azules de los colegiales que él debía corregir y que leparecían ahora tan gratos al alma.

Encendió el cigarrillo y casi sintió náuseas: el tabaco eradesagradable, mal oliente.

«Un verdadero tabaco de espía»—se dijoKrilov.

—¿Les pegan a ustedes con frecuencia?—preguntó el portero.

—Pero escuche...

—El rubio asegura que nunca le han pegado, y yo no lo creo. Esimposible que no les peguen a ustedes. Como no les rompen ningún hueso,no tiene importancia. Por doscientos rublos al mes, bien puede unoresignarse a eso. ¿Verdad?

El portero le miraba sonriendo amistosamente.

—Yo quería...—comenzó Krilov; pero el otro le interrumpió de nuevo:

—Naturalmente, no hay que tener pelo de tonto en su oficio de ustedes,y, además, es preciso que en la fisonomía no haya nada de extraordinarioque llame la atención.

He visto a un colega de usted en extremodesfigurado, con un ojo de menos...

—¡Vamos, vamos!—exclamó Krilov—. No tengo tiempo que perder. No me harespondido usted aún.

Abandonando, con un disgusto manifiesto, aquel interesante tema, elportero preguntó cómo era la muchacha a quien se refería. Cuando el otrole hubo hecho una descripción de su exterior, dijo:

—Ya caigo. Es la señorita Ivanov. Viene a ver a sus amigos del terceroderecho...

No deben tirarse las colillas al suelo; ¡no las barrerás túdespués!

Cuando Krilov salía ya, oyó al portero despedirle con estas palabras:

—¡Atajo de gandules!

«¡Canalla!»—contestó mentalmente Krilov, acelerando el paso y buscandocon la vista un coche. ¡En seguida, a casa! De pronto recordó que teníasu diario, y que en tal diario había escrito en cierta ocasión—hacíamucho tiempo, cuando era aún estudiante—algo muy radical, atrevido ybello. Con todo lujo de detalles acudió a su imaginación aquella veladainolvidable, y pensó en su cuartito, en el tabaco esparcido sobre lamesa, en el orgullo y el entusiasmo con que escribió aquellas líneasfirmes y enérgicas... No tenía mas que arrancar las páginas yenviárselas a la muchacha. Ella las leería, y lo comprendería todo;pues, al fin, era una señorita inteligente y de corazón noble. ¡Al cabohabía dado con la solución! ¡A casa en seguida! Además, tenía un hambrehorrible...

Le abrió la puerta su mujer.

—¿Dónde has estado?—le preguntó llena de angustia—. ¿Qué te pasa?

Quitándose precipitadamente el gabán, el profesor dijo con cólera:

—Es un fastidio: la casa está llena de gente, y no hay nadie que mecosa el botón del abrigo.

Y se dirigió a su gabinete.

—¡Pero ven a comer!—le dijo su mujer.

—¡Déjame tranquilo! No me sigas.

Una vez solo, se puso a registrar con mano febril su biblioteca. Habíaen ella numerosos libros y papeles; pero el diario no parecía. Comotropezase con un paquete de cuadernos de sus discípulos, lo rechazóindignado. Sentado en el suelo, buscaba nerviosamente en el cajóninferior del armario, lanzando suspiros de desesperación.

¡Por fin!¡Allí estaba su diario! Un cuaderno azul, de escritura vacilante,ingenua...

Algunas flores secas dentro, un ligero perfume... ¡Dios mío,qué joven era entonces!

Se sentó junto a la mesa y empezó a hojear el diario, sin encontrar loque buscaba.

Observó que algunas páginas estaban arrancadas. De pronto,se acordó. Hacía cinco años, con motivo de un registro practicado por lapolicía en casa de un colega suyo, se había asustado tanto que habíaarrancado de su diario las páginas comprometedoras y las había quemado.Asunto concluido; no había ya para qué buscar.

La cabeza baja, el rostro oculto entre las manos, permaneció inmóvillargo rato ante su diario devastado. La habitación estaba mal alumbradapor una bujía—no había tenido tiempo de encender la lámpara—y llena desombras negras, inquietantes. En las habitaciones próximas jugaban losniños, gritando y riendo. Se oía el ruido de los platos en el comedor,donde hablaban, iban y venían; pero allí, en su gabinete, todo estaba ensilencio como en un cementerio. Si un pintor hubiera visto aquelaposento obscuro y triste, con el montón de libros y de cuadernos por elsuelo, con aquel hombre inclinado sobre la mesa, dolorosamentecabizbajo, hubiese pintado un cuadro titulado «A punto de suicidarse».

«Las páginas ardieron—pensó con dolor Krilov—; pero puedo acordarme desu contenido. Lo escrito en ellas existe; sólo necesito recordarlo.»

Y lo intentó, sin encontrar en su memoria sino detalles insignificantes:la forma de las páginas arrancadas, la escritura, hasta los puntos y lascomas. Lo esencial, lo principal, se había perdido para siempre y noresucitaría ya. Había vivido, y a la sazón ya no existía, como vive ymuere todo sobre la tierra. Las bellas palabras habían desaparecido enel desierto vacío, infinito, y nadie las conocía, nadie las recordaba,en ningún corazón habían dejado huella alguna. Era inútil llorar,implorar, suplicar de rodillas, amenazar, enfurecerse; con ello nadalograría. El vacío infinito permanecería mudo, impasible, pues nodevuelve nunca nada de lo que devora. Nunca, ni lágrimas ni súplicas,han podido tornar a la vida lo que ha muerto. No hay perdón, no hayremedio; tal es la ley cruel de la vida. Sí, aquello había muerto. Elmismo había sido su asesino. Con sus propias manos había quemado lasmejores flores que se habían abierto, en una noche santa, en su almamísera y estéril. ¡Pobres flores perdidas! No tenían quizá la fuerza deuna idea creadora; pero eran, con todo, lo más exquisito de su alma.Entonces no existían ya, y no se abrirían ya nunca. No hay perdón, nohay remedio; tal es la ley cruel de la vida.

No podía continuar solo.

—¡Macha!—gritó a su mujer.

Acudió inmediatamente. Su faz era redonda y bondadosa; su cabello,descuidado, tenía un color impreciso. Llevaba en la mano un traje deniño, que ella confeccionaba.

—Bueno, ¿vas a comer? Voy a decir que calienten la comida; todo estáfrío.

—No, espera... Tengo que hablarte.

Macha manifestó inquietud; puso sobre la mesa su labor y miró fijamentea su esposo. Este volvió los ojos.

—¡Siéntate!—dijo.

Ella se sentó, arregló su ropa, y con las manos sobre las rodillas sedispuso a escuchar. Como ocurría siempre, desde su infancia, cuandotenía que escuchar algo, puso al punto una cara estúpida.

—¡Te escucho!

Pero el profesor no decía palabra, y miraba con extrañeza el rostro desu mujer. Le parecía, en aquel instante, por completo desconocido, comoel de un nuevo alumno que asistiese por primera vez a su clase. Se leantojaba absurdo que aquella mujer fuera su esposa. Una idea nueva,súbita, turbó su cerebro trastornado. En voz baja, murmurando, dijo:

—¿No sabes, Macha? ¡Soy un espía!

—¿Cómo?

—Soy un espía. ¿Comprendes?

Ella se quedó inerte en su asiento, y, con un gesto desesperado,exclamó:

—¡Ya me lo sospechaba! Lo había adivinado hace tiempo. ¡Dios mío, quédesgraciada soy!

Krilov se levantó de un salto, se acercó a ella y se puso a agitarfuriosamente el puño cerrado ante su rostro, conteniendo a malas penassu deseo de golpearla.

—¡Qué bestia eres! ¡Qué idiota!—exclamó con voz tan furiosa que unsilencio de muerte reinó en seguida en las habitaciones próximas—. ¿Locrees, pues? ¿Lo creías hace mucho tiempo? ¿Es posible? Después de doceaños que vivimos juntos... ¡Doce años! Y es mi mujer, la compañera demi vida, a quien se lo doy todo... mis pensamientos, mi dinero...

Luego volvió la espalda y empezó a llorar. Ella no comprendía por quélloraba: si por ser espía, en efecto, o por no serlo. Tuvo piedad de él.Se sintió, al mismo tiempo, ofendida por sus palabras, y empezó a llorara su vez.

—Siempre lo mismo—dijo lloriqueando—. Siempre soy yo la culpable.¿Para qué casarse con una idiota?

Krilov se volvió hacia ella y, airadísimo, balbuceó:

—¡Dios mío! ¡Doce años! Si mi mujer puede creer que soy en realidadespía... ¡Qué estúpida eres! ¡Qué idiota!

—Vamos, ¿quieres acabar con tus insultos?—protestó ella—. ¡Tú haceslas porquerías, y luego soy yo la responsable!

Krilov se puso aún más furioso.

—¿Qué porquerías? ¿Crees que soy espía, pues? Di: ¿soy espía, o no losoy?

—¿Como quieres que yo lo sepa? ¡Puede que sí!

Rabiosos, locos de odio y de cólera, los dos desgraciados siguieroncambiando durante largo rato insultos, llorando, gritando, jurando. Alfin, cansados, postradísimos, olvidada la ruda querella que acababa detener lugar entre ellos, se sentaron uno junto a otro y comenzaron ahablar tranquilamente. Los niños se pusieron de nuevo a jugar y a hacerruido en la habitación próxima. Confuso, evitando algunos detalles,Krilov refirió a su mujer su aventura con la joven estudianta, ymanifestó sus temores de que la muchacha pudiera encontrárselo porcasualidad.

—¿No es más que eso, pues?—gritó Macha tranquilizada—. ¡Y yo que mehabía figurado cosas terribles! No hay por qué atormentarse; no tienesmás que afeitarte la barba y quitarte las gafas para que no tereconozca. Durante las clases puedes tener las gafas puestas.

—Sí, pero... eso no me cambiará mucho. Si al menos yo tuviese una buenabarba...

como los demás...

—No digas tonterías; tu barba es admirable. Lo he dicho siempre y lorepito.

El profesor experimentó un gran alivio. Abrazó a su mujer y le hizocosquillas con la barba detrás de la oreja. A media noche, cuando Machase fue a la cama y el silencio reinó en la casa, llevó a su gabinete unespejo y agua caliente, y empezó a afeitarse. Además de la lámpara sevio obligado a encender dos bujías; tanta luz le molestaba un poco.Habiéndose afeitado un lado de la barba, se miró fijamente a los ojos yse detuvo como paralizado. «¡Mira cómo eres!», se dijo como si mirase aotra persona.

Verdaderamente no era guapo; su rostro estaba envejecido, mustio, llenode arrugas; sus ojos no tenían brillo; las gafas le habían dejado unaseñal roja en lo alto de la nariz.

Había en su fisonomía un no sé qué degris, de muerto, como si no fuera la de un hombre vivo, sino lamascarilla de un cadáver. No parecía ni un espía ni uno de los que losespías se dedican a perseguir.

—¡Mira cómo eres!—balbuceó Krilov.

¿Por qué tenía aquella cara estúpida? ¿Quién se había atrevido adársela?

Una gruesa lágrima cayó de sus ojos. Apretando los dientes, se afeitó laotra mitad de la barba, y, tras una corta vacilación, se afeitó tambiénel bigote. Mirose de nuevo al espejo. Al día siguiente todos se reiríanal verle así. Y, sin embargo, en otro tiempo era muy otra aquella cara.

Con gesto decisivo, asió fuertemente la navaja, echó atrás la cabeza y,con suavidad, se pasó dos veces por la garganta el contrafilo de lahoja. No hubiera estado mal degollarse; pero no pudo.

—¡Cobarde! ¡Canalla!—dijo en alta voz y tono indiferente.

Su rostro en el espejo, aunque movió los labios, permaneció gris,muerto. Podía ser golpeado, escupido; permanecería siempre igual;guiñaría los ojos con mayor ligereza, y nada más.

Al día siguiente, todos se reirían de aquella cara: los colegas, losdiscípulos, los porteros. Su mujer se reiría también.

Hubiera querido encolerizarse, llorar, romper el espejo, hacer algoviolento; pero su alma estaba vacía, sin vida. Sólo deseaba una cosa:dormir. «Como he respirado demasiado tiempo el aire frío...», se dijo,bostezando. El otro, en el espejo, también bostezó.

Guardó la navaja, apagó la lámpara y las velas y se dirigió a la alcoba.

No tardó en dormirse, hundida en la almohada la faz, aquella pobre faz,que al día siguiente haría reír a todos: a sus colegas, a susdiscípulos, a su mujer y a él mismo.

LAS BELLAS SABINAS*

*N. del T.—Esta comedia es una sátira escrita contra el partidopolítico ruso de los

«cadetes» (constitucionalistas-demócratas), cuyaacción se caracteriza por la indecisión, la falta de audacia y laprudencia exagerada, rayana en lo ridículo. En vez de lucharabiertamente por la libertad del pueblo, apelaban al buen sentido delgobierno, invocaban razones jurídicas y humanitarias, se conducían, enfin, como los «sabinos», tan magistralmente pintados por Andreiev enesta piececita.

CUADRO PRIMERO

Un lugar salvaje, completamente inculto. Comienza a despuntar eldía. Romanos armados salen de detrás de la montaña, arrastrando alas sabinas robadas, bellas mujeres, medio desnudas, que seresisten, gritan, muerden las manos de sus raptores. Sólo hay unaque permanece del todo tranquila, y se diría que duerme en losbrazos del romano que la lleva. Lanzando exclamaciones de dolor,los romanos dejan en tierra a las sabinas y se apresuran aapartarse, ahogados de fatiga. Las mujeres poco a poco se calman,miran desde lejos con desconfianza a los romanos y cambian en vozbaja impresiones.

CONVERSACION DE LOS ROMANOS

—¡Por la cabeza de Hércules! Estoy cubierto de sudor y parezco una ratade río.

Creo que la mía lo menos pesa doscientos kilos.

—Has hecho mal en coger a una mujer tan gorda. Yo he cogido unapequeñita, delgada, y...

—Sí; pero, con todo, veo que tiene buenas garras. Llevas en el rostroseñales abundantes.

—¡Tiene garras de gata!

—Todas parecen gatas. He tomado parte en cien batallas; he recibidosablazos, bastonazos, pedradas, hasta murallazos, y nunca he pasado unrato tan malo. Sospecho que ha desfigurado mi bella nariz romana.

—Y a mí, si no fuera afeitado completamente, como cuadra a un romano dela antigüedad, me hubiera arrancado hasta el último pelo. Esas mujerestienen unos deditos encantadores, con unas uñas finísimas. Las comparáiscon las gatas, y las gatas son ángeles comparadas con ellas. La mía havenido arrancándome concienzudamente, durante todo el camino, el vellodel labio superior. Estaba tan absorta en este trabajo, que ni siquieragritaba.

UN GRUESO ROMANO. (Con voz de bajo profundo.)—La mía, metiendo lasmanos por debajo de mi armadura, me hacía cosquillas. He venido todo elcamino riéndome como un loco.

(Las sabinas, al oír esto, prorrumpen en una risita llena de ironíamordaz y venenosa.)

—¡Silencio, nos están oyendo! Señores, dejad vuestras quejas; de locontrario, perderemos su estimación. Mirad a Pablo Emilio: ahí tenéis unhombre que sabe conducirse con dignidad.

—Sí, está reluciente como la aurora.

—¡Por la cabeza de Hércules! No tiene ni un solo arañazo en la cara.¿Cómo es eso, Pablo?

PABLO EMILIO. (Con afectada modestia.)—No sé. Desde el primer momentosintió por mí un profundo afecto, como si yo fuera su marido. Cuandocargué con ella, pareció sentirse muy feliz, y se abrazó a mi cuello contanta fuerza, que por poco me ahoga. Tiene las manos finas, peroextremadamente fuertes.

—¡Vaya una suerte!

—Y, sin embargo, es bien sencillo. Su corazón inocente y confiado ledijo que yo la amaba y la estimaba sinceramente. Casi todo el camino havenido durmiendo en mis brazos como un niño.

EL GRUESO ROMANO.—Pero decid, señores romanos: ¿cómo podrá ahora cadauno de nosotros reconocer a la suya? Las hemos robado en las tinieblas,como a las gallinas de un corral.

(Las mujeres prorrumpen en exclamaciones de enojo. Se oye una voz quegrita:

«¡Qué comparación más indecente!»)

—¡Silencio! Nos oyen.

EL

GRUESO

ROMANO.

(Con

voz

ahogada.)—Yo

me

pregunto

cómo

podremosreconocerlas. La mía era muy alegre, y no se la cederé a nadie. ¡Eso no!

—¡Tonterías!

—Yo reconoceré a la mía por la voz: creo que no olvidaré sus gritoshasta el nacimiento de Jesucristo.

—Yo reconoceré a la mía por sus uñas.

—Y yo a la mía por el perfume delicioso de sus cabellos.

PABLO EMILIO.—Y yo a la mía por la dulzura y la belleza de su alma.¡Sí, señores romanos! Hoy empieza para nosotros una vida nueva. ¡Seacabó la soledad dolorosa!

¡Se acabaron las noches sin término, con susmalditos ruiseñores! ¡Váyanse al diablo ahora los ruiseñores y todos losdemás pájaros!

EL GRUESO ROMANO.—Sí, ya es hora de comenzar una vida de familia.

(Entre las mujeres se oye una voz irónica: «¡Intentadlo sólo, yveréis!»)

—¡Silencio! Nos escuchan.

—¡Sí, ya es hora!

—Señores romanos, ¿quién será el primero?

(Una pausa. Nadie se mueve. Las mujeres prorrumpen en risitasirónicas.) EL GRUESO ROMANO.—Yo me he reído ya bastante. Ahora les toca a losdemás. ¡Tú, Pablo, anda!

—¡Qué monstruo! ¿No ves que la mía está durmiendo aún? Mira, allí, allado de la piedra; es mi bonísima chiquilla.

ESCIPIÓN.—De nuestra actitud indecisa e inquieta infiero, señoresromanos, que ninguno de vosotros se atreve a acercarse solo a esascriaturas implacables. Voy a proponeros un plan...

EL GRUESO ROMANO.—¡Tiene un talento este Escipión!...

—He aquí cuál es mi plan: avancemos todos a una, ocultándonos uno trasotro y sin apresurarnos. Si no hemos tenido miedo de los maridos...

EL GRUESO ROMANO.—¡Lo de menos son los maridos!

(Entre las mujeres se oyen suspiros y llantos.)

—¡Silencio! Nos están oyendo.

—¡Este diablo de Marco Antonio, con su manera de gritar!... Además,¿por qué hablar de los maridos y molestar a las pobres mujeres? Así,pues, señores, ¿os conviene mi plan?

—¡Sí, sí!

—¡Entonces, señores, adelante!

(Los romanos se aperciben al ataque; las mujeres a la defensa. En vezde lindos rostros, no se ven sino uñas agudas, prontas a caer sobre lacara y los cabellos. Se oyen voces femeninas, parecidas al silbo de laserpiente. Los romanos operan con arreglo al plan concebido; es decir,ocultándose uno tras otro. Pero con esta estratagema, en vez de avanzarretroceden y acaban por desaparecer de escena. Las mujeres sueltan lacarcajada. Los romanos reaparecen, visiblemente confusos.)

—Creo, Escipión, que hay un defecto en tu plan. Queriendo avanzar,hemos retrocedido, que diría Sócrates.

EL GRUESO ROMANO.—¡Yo no comprendo!

PABLO EMILIO.—Señores romanos, ¡seamos valerosos! ¿A qué nos exponemos?¿A uno o dos arañazos? Bien puede arrostrarse tal peligro por apoderarsede esas divinas criaturas. ¡Adelante, romanos! ¡Al asalto!

(Todos los romanos—excepto Pablo Emilio, que mira, soñador, alcielo—se lanzan contra las mujeres, y a los pocos momentos de mudocombate retroceden a toda prisa.

Reina un breve silencio, todos setientan las narices.) ESCIPIÓN.—¿Habéis notado, señores, que no han dado ni un grito? Es unamala señal. Prefiero una mujer que grite.

—¿Qué hacer ahora?

—Yo sólo deseo llevar una vida de familia.

—Yo también sueño con un hogar. Sin un hogar, la vida no tieneatractivos. Hemos trabajado ya bastante, fundando a Roma, y nos hemosganado un descanso apacible.

ESCIPIÓN.—Por desgracia, señores, no hay nadie entre nosotros queconozca bien la psicología femenina. Ocupados en guerrear y en fundar aRoma, nos hemos embrutecido, hemos perdido la elegancia en el tratosocial y hemos olvidado completamente lo que es una mujer.

PABLO EMILIO. (Con modestia.)—¡No todos!

ESCIPIÓN.—Y, no obstante, esas mujeres lo son de unos maridos a quienespegamos ayer. Eso prueba que existe también un medio de apoderarse delas mujeres. Por desgracia, no lo conocemos. Es de todo punto necesarioconocerlo. Pero ¿cómo?

EL GRUESO ROMANO.—Hay que preguntárselo a las mismas mujeres.

—No nos lo dirán.

(Se oye entre las mujeres una risa irónica.)

—¡Silencio! Nos están oyendo.

ESCIPIÓN.—Tengo un plan.

EL GRUESO ROMANO.—¡Tiene un talento este Escipión!

ESCIPIÓN.—Nuestras lindísimas raptoras—porque parece que no somosnosotros quienes las hemos raptado, sino todo lo contrario—. Nuestraslindísimas raptoras, digo, ocupadas en arañarse la cara con sus rosadasuñas o en tirarnos de los pelos o en hacernos cosquillas, no pueden oírnuestros argumentos. Y puesto que no pueden oírnos, no podemosconvencerlas. Esto no tiene vuelta de hoja.

(Los romanos repiten con desesperación y en tono doliente: «¡Esto notiene vuelta de hoja!» Las mujeres aguzan el oído.)

ESCIPIÓN.—He aquí por qué os propongo el plan siguiente: Elijamos entrenosotros un parlamentario, con arreglo a nuestras costumbres de guerra,y propongamos a nuestras encantadoras enemigas que hagan lo mismo.Espero que los representantes de uno y otro campo estarán bajo laprotección de la bandera blanca, en completa seguridad—se tienta lasnarices—, y podrán llegar a un modus vivendi, para expresarme en buenlatín. Y entonces...

(Los romanos interrumpen su magnífico discurso con entusiastas hurras. Por unanimidad se designa como parlamentario a Escipión. Este, con labandera blanca en la mano, se adelanta con lentitud hacia las mujeres.Al mismo tiempo dirige miradas ansiosas atrás y les dice a los otros:«¡No os alejéis demasiado!») ESCIPIÓN. (Con acento acariciador.)—¡Bellas sabinas! Os suplico quepermanezcáis en vuestros sitios. Ya veis que estoy protegido por labandera blanca. La bandera blanca es una cosa sagrada, y yo soy tambiénuna persona sagrada, puesto que me encuentro bajo la protección de labandera blanca. Os lo aseguro bajo mi palabra de honor. ¡Bellas sabinas!Aún no hace veinticuatro horas que hemos tenido el gusto de raptaros, yya hay entre nosotros discordias y malas inteligencias.

CLEOPATRA.—¡Qué insolente! ¿Os figuráis acaso que por el mero hecho deenarbolar ese garrote con la rodilla blanca tenéis derecho a decirporquerías?

ESCIPIÓN. (Con acento acaramelado.)—Lejos de mí, señora, la intenciónde decir porquerías. Al contrario, soy muy feliz... o, mejor dicho,somos muy desgraciados...

(Con el valor de la desesperación.) ¡Nosmorimos de amor, os lo juro por la cabeza de Hércules! Señora, bien seve que tenéis un noble corazón, y me tomo la libertad de pediros un granfavor. Tened, bellas sabinas, la bondad de elegir entre vosotras unaparlam...

CLEOPATRA.—No os molestéis en repetirlo: hemos oído vuestro genialproyecto.

ESCIPIÓN.—¿De veras? Y, no obstante, hemos hablado quedísimo.

VOCES FEMENINAS.—¡Os hemos oído, sin embargo!

CLEOPATRA.—Id, con vuestra rodilla blanca, a vuestro puesto, y esperad.Nosotras vamos a deliberar... ¡Más lejos! ¡Os lo ruego! No queremos quenos oigáis. ¿Quién es ese papanatas de la boca abierta? (Señala con eldedo a Pablo Emilio, que continúa mirando soñadoramente al cielo.) ¡Quese vaya también más lejos!

(Los romanos, contentos, cuchichean: «Esto toma buen cariz», yretroceden de puntillas; algunos se tapan honradamente los oídos.) CONVERSACION DE LAS SABINAS

—¡Qué insolencia! ¡Qué cobardía! Han abusado de sus fuerzas esos vilesromanos.

¡Oh, nuestros pobres maridos!

—Os lo juro: ¡antes les sacaría los ojos a todos los romanos que serleinfiel a mi pobre marido! Puedes dormir tranquilo, caro amigo mío. ¡Velopor tu honor!

—¡Yo también lo juro!

—¡Y yo también!

CLEOPATRA.—¡Ah, mis queridas compatriotas! Todas juramos, pero noadelantamos nada con eso. Estos romanos son tan mal educados y brutales,que no se puede esperar de ellos que respeten nuestros juramentos. Almío le he hecho sangre con los dientes en las narices.

—¿Te acuerdas de él?

CLEOPATRA. (Con acento de odio.)—¡No lo olvidaré hasta la tumba! Esun patán, un bruto. ¡Me estrechaba tan rudamente entre sus brazos!¡Pobre marido mío!

—A cien kilómetros trasciende su olor a soldados.

—Y todos tienen una manera singular de estrecharnos entre sus brazos.Debe ser una costumbre nacional.

—Cuando yo era aún muy pequeñita, un soldado estuvo en mi casa y medijo...

CLEOPATRA.—Señoras, no tenemos tiempo de entregarnos a los recuerdos.

—Yo sólo quería decir que aquel soldado...

CLEOPATRA.—Juno, pequeña, no podemos ocuparnos de tu soldado; tenemosahora otros en que pensar... ¿Qué haremos, pues, queridas amigas? Voy aproponeros una cosa...

(En este momento se acerca a las mujeres Verónica, a quien hadespertado el ruido de las voces. Es una mujer entrada en años yflaquísima.) VERÓNICA. (Interrumpiendo.)—¿Dónde están? ¿Por qué se han ido tanlejos? Quiero que se acerquen. No puedo vivir lejos de ellos. Quisieraver al picaruelo que me ha traído en sus brazos. Exhalaba un olordelicioso a soldado. ¿Dónde está?

CLEOPATRA.—Mírale, con la boca abierta.

VERÓNICA—¡Me voy con él!

CLEOPATRA.—¡Detenedla! ¿Es posible, Verónica, que ya hayas olvidado atu pobre marido?

VERÓNICA—Juro amarle eternamente al pobrecito; pero... ¿por qué noestamos con los romanos? Parecéis turbadas. ¿Qué pasa?... Si no queréisir a buscarlos, deben venir ellos aquí. No deben ser orgullosos...

CLEOPATRA.—Bueno, escuchad lo que voy a proponeros, queridas amigas.

Loprimero que os propongo es que juremos no ser nunca infieles a nuestrospobres mariditos. Que hagan con nosotras lo que quieran: siemprepermaneceremos firmes, como la Roca Tarpeya. Cuando pienso cómo sufriráahora, cómo gritará en vano:

«¡Cleopatra! ¿Dónde estás, mi adoradaCleopatra?» Cuando pienso lo que me quiere...

(Todas lloran.)

CLEOPATRA.—Juremos, pues, queridas amigas; están esperando.

—¡Juramos, juramos todas! Pueden hacer con nosotras lo que les dé lagana; permaneceremos fieles.

CLEOPATRA.—Ahora estoy tranquila por nuestros pobres maridos. ¡Podéisdormir confiados, caros amigos!... Ahora, queridas compatriotas,designemos, conforme al deseo de esos odiosos romanos, unaparlamentaria. Irá...

—¡Y les sacará a todos los ojos!

CLEOPATRA.—No; y les dirá a esos cobardes la verdad. Se figuran que nosomos capaces sino de arañarles la cara. Es preciso que vean que tambiénsabemos hablar.

VERÓNICA. (Alzando los enjutos ojos.)—No comprendo de qué podemoshablar. Es absolutamente inútil, puesto que la fuerza está de su parte.No tenemos más remedio que someternos.

CLEOPATRA.—¡Detenedla! La fuerza, Verónica, no es el derecho, comodicen los jurisconsultos romanos. Dejadme a mí hablarle a esas gentes,y yo les probaré que no tienen ningún derecho a retenernos, que están enel deber de devolvernos la libertad, que, según todas las leyes divinasy humanas, han cometido una cochinería.

NUMEROSAS VOCES FEMENINAS.—¡Ve, Cleopatra, ve!

—¡Detened a Verónica!

CLEOPATRA.—¡Eh, el de la rodilla blanca! Venid, tengo que hablaros.

ESCIPIÓN.—¿Queréis que deje mi acero?

CLEOPATRA.—No, no merece la pena; no tenemos miedo de vuestro acero.Pero acercaos, no temáis; no os morderé. ¡No sois muy valiente quedigamos! Ayer, cuando nos arrancasteis brutalmente de los brazos denuestros maridos, no erais tan tímidos...

¡Os digo que os acerquéis!

(Escipión se acerca lentamente. Los romanos y las sabinas forman dosgrupos simétricos a ambos lados de la escena para seguir laconversación.) ESCIPIÓN.—Me felicito, señora...

CLEOPATRA.—¡Calla! ¿Os felicitáis? Bueno, escuchad lo que voy adeciros: sois un canalla, un necio, un ladrón, un bandido, un asesino,un monstruo. ¡Lo que habéis hecho es indigno, innoble, abominable,repugnante, escandaloso, indecente, inaudito!

ESCIPIÓN.—¡Señora!

CLEOPATRA.—Sí; me sois antipático hasta más no poder, me inspiráis undisgusto profundo, una repulsión sin límites. Oléis atrozmente asoldado. Si vuestras narices no estuviesen tan arañadas, ya veríais...