Los Espectros-- Novelas Breves by Leonid Nikolayevich Andreyev - HTML preview

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No soy yo, Elsa; soy mi espectro. El verdadero duqueviene con sus barones.

ELSA.—No estarán lejos.

ENRIQUE.—No; pronto oirás los sonidos de sus trompetas, y entonces miespectro te dejará.

ELSA.—¿Por mucho tiempo?

(Cambian besos y hablan en voz baja. En lo alto de la escalinataaparecen el conde y Astolfo.)

ASTOLFO. (Quedamente.)—¿Veis, conde?

EL CONDE. (También quedamente.)—Sí, ya veo.

ASTOLFO.—¡Es el duque!

EL CONDE.—¿Crees?

ASTOLFO.—¿Quién puede ser, si no, ese hombre? Sí, es el duque.

EL CONDE.—Pero esa no es su capa.

ASTOLFO.—Y, sin embargo, le reconozco: es el duque.

EL CONDE.—Lo dudo. Es otro, sin duda. Sí, muchacho, es otro. ¡Pero esterrible! La condesa traiciona a su noble prometido, y mientras él vuelahacia aquí en alas del amor, ella se deja abrazar por un advenedizo.¡Ahí tienes lo que son las mujeres, Astolfo!

(Se echa a reír.)

ASTOLFO.—¿Bromeáis, conde?

EL CONDE.—Nada de eso. Lo que estás viendo no parece una broma.

ASTOLFO.—Pero os aseguro que es el duque.

EL CONDE.—¡Calla, tonto! ¿Crees al duque capaz de una cosa así? Segúntú, es capaz de colarse en el castillo, en medio de la noche, porcualquier agujero, como un ladrón, como una zorra en el gallinero pararobar gallinas. El duque, en efecto, nos ha sido impuesto por elemperador; pero nos tiene respeto y no se permitiría nunca...

Parece querequieres tu acero, amigo.

ASTOLFO.—Comienzo a tener dudas. Vos veis mejor que yo, conde.

EL CONDE.—Además, la noche es obscura, ¿verdad?

ASTOLFO.—Sí, muy obscura.

EL CONDE.—¿Ves? Y cuando está obscuro, es muy fácil equivocarse.

ASTOLFO.—Sí, es muy fácil. ¡Decididamente, no es el duque!

EL CONDE.—¡Pobre duque! ¡Ser engañado tan cruelmente en su misma nochede bodas! Pero vamos a defender su honor, que no puede defender por símismo.

ASTOLFO.—Sí, no es él. Ahora lo veo bien.

EL CONDE.—¡Silencio! Coge tres hombres... de los que tengan más hambre:el hambre doblará sus fuerzas... ¡Ah, villano, cómo besa a mi hija, a lanovia del pobre duque!... Sí, coge tres hombres y acechad a ese intruso.Cuando pase por delante de vuestro escondrijo, caed sobre él y tiradloal estanque. ¡Chis!... Le ataréis a las piernas plomo y piedras... ¡Cómobesa a mi hija ese ladrón de mi honor!

ASTOLFO.—Sí, ahora estoy convencido de que no es el duque.

EL CONDE.—¡Silencio!

(Se van.)

ELSA.—¿Por qué te has hecho esperar tanto?

ENRIQUE.—¡Oh, el día me ha parecido interminable! Desde por la mañana,desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierraparecía adherirse a mis pies.

¡Mil obstáculos, mil aventuras, mildesgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda porqué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando elespacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y locruzo a nado.

Hombres y caballos se hunden; pero yo salgo sano y salvo.

ELSA. (Lanza un grito.)—¡Ah!

ENRIQUE.—¿Qué tienes?

ELSA.—Nada. Me había parecido oír algo. Decías que un río te habíaatajado el camino...

ENRIQUE.—Luego, unos hombres nos atacan. Una batalla sangrientasobreviene; pero logramos abrirnos paso.

ELSA.—¿Y después?

ENRIQUE.—Atravesamos una ciudad ardiendo. Creo que nunca voy a salir deella.

No tarda mi segundo caballo en caer. Mis barones gruñen. En todosestos contratiempos ven funestos presagios. Las cejas fruncidas, aunqueintrépidos, se muestran recelosos y no quieren avanzar más. Insisten enque nos detengamos; pero yo grito: «¡Adelante! ¡Mi amada prometida, mihermosa, me espera! ¡Adelante!» Y heme aquí contigo. Toco tus manos ytus hombros y respiro tu puro aliento. Se me figura un dulce sueño. Pero¿por qué no dices nada? Pareces inquieta; tu corazón late presuroso.

Di,querida mía, ¿qué tienes?

ELSA.—Nada. Pero el sol de hoy era tan triste...

ENRIQUE.—Ya se ha puesto.

ELSA.—Sí, se ha puesto; no está ya en el cielo, y tú estás aquí, juntoa mí. Pero no, no eres tú; es tu espectro de los labios ardientes y lamirada luminosa.

(Se oyen las trompetas.)

ELSA.—¡Es el duque que llega!

ENRIQUE.—Sí, es el duque.

ELSA.—Dios mío, ¿cómo le confesaré mi traición? He abrazado a otro.

ENRIQUE.—El duque llega, y yo debo alejarme. Tiene gracia; me inspiraalgo así como celos el feliz mortal cuya llegada anuncian esastrompetas.

ELSA.—Llega de una manera solemne, acompañado de barones armados.

ENRIQUE.—Y de guerreros. Lenta y gravemente se adelanta su magníficocaballo...

Pero no va nadie en la silla.

(Ríen. En lo alto de la escalinata aparecen cuatro sombras, ydesaparecen al punto en las tinieblas. Se oyen por segunda vez lastrompetas.) ENRIQUE.—¡Adiós, amor mío!

ELSA.—¡Un momentito más!

ENRIQUE.—Están ya a la puerta. Hemos convenido en que si yo no losrespondo a la tercera llamada, invadirán el patio del castillo. Tienenmiedo de que me suceda alguna desgracia.

ELSA.—Sí, mi padre está furioso.

ENRIQUE.—Le reservo una sorpresa: cediendo a mis ruegos, el emperadorse ha dignado devolver a tu padre todos sus antiguos dominios.

ELSA.—¡Qué bueno eres!

ENRIQUE.—¡Cuánto te amo! ¡Adiós, mi amor, mi dicha, mi sol de mañana!He venido a tu lado por breves instantes, como un espectro, y dentro deun momento vendré de nuevo, entonces a unirme contigo para toda la vida.

ELSA.—¡Un momento más!

(Se oyen por tercera vez las trompetas.)

ENRIQUE.—Me llaman. Parecen muy inquietos. Acudo. ¡Adiós, amor mío!

ELSA.—¡No, hasta la vista! Enrique, amado mío, te espero. ¡Dime algomás... una sola palabra! ¡Enrique!

(Al alejarse, Enrique le dice con voz queda: «¡Elsa!» Luegodesaparece. Al punto se oye un ruido ahogado de lucha, un sordo gemido;después, todo queda tranquilo.) ELSA. (Asustada.)—¡Enrique!... No me oye. ¿Quién habrá lanzado esegemido lastimero? Quizá no haya sido sino fruto de mi imaginación. Esposible.

(El sonido de las trompetas se hace más insistente.) ELSA.—¡Trompetas queridas! ¡Qué alegres suenan! ¡Cantad más alto, másalegremente, queridas trompetas! Acompañad a mi prometido, a mi espectrode los labios ardientes. Se ha retrasado un poco; pero hay queperdonárselo: se ha retrasado besándome. ¡Ah, Elsa, liviana doncella! Notienes pudor. ¿A quién acabas de besar en la obscuridad? Tus mejillasenrojecidas te denunciarán... Gracias a Dios, las trompetas han calladoal fin. Ahora mi Enrique estará ya sobre su caballo... Debe de estarentrando ya en el castillo. A la puerta le recibirá mi padre... ¡Pobrepadre!

(Las trompetas lanzan aún algunos sonidos apagados.) ELSA.—¿Qué es eso? ¿Todavía? Probablemente es reglamentario entre esosguerreros, de cuyas costumbres no tengo la menor idea... ¡Ah, ya hanentrado!

¡Están en el patio del castillo!

(Se oyen gritos, ruido. A través del follaje se ven ir y venirantorchas.) ELSA.—Me buscan a mí. Me da vergüenza lo que he hecho, y mis mejillasenrojecidas me venderán, sobre todo al resplandor de las antorchas.Cuando tú, Enrique, me mires con una sonrisa maliciosa, me moriré deconfusión. No, no; esperaré aquí... (Una corta pausa.) ¡Dios mío, seacercan! Oigo pasos pesados y rápidos...

(Aparece, gritando, una turba de hombres armados. Llevan en la manoaceros desnudos. Les siguen los barones del viejo conde, con las cejasfruncidas, gruñendo, llenos de una cólera sorda. Las antorchas proyectanuna luz lúgubre sobre la escena.

Se oyen gritos de «¡El duque!» «¿Dóndeestá el duque?») VALDEMAR.—¿Sois vos, condesa? ¿Dónde está el duque? ¿Dónde estáEnrique?

ELSA.—No comprendo lo que me preguntáis.

VALDEMAR.—¿Dónde está Enrique? Soy su amigo. Le buscamos por todaspartes y no le encontramos. Os suplico, condesa, que nos digáis dónde sehalla: ¡vos debéis saberlo!

LOS BARONES.—¡Es terrible! ¡Insultan a la condesa!

ELSA.—¡Pero yo no le he visto!

VALDEMAR.—Eso no es verdad; nos ha dejado para correr junto a vos. ¡Lehabéis visto!

LOS BARONES. (Blandiendo los aceros.)—¡Qué insolencia! Llamad alconde:

¡insultan a su hija!

—¡Nos han hecho esperar todo el día!

—¡Y ahora se atreven a acusar de liviandad a la condesa!

—¡Defenderemos su honor!

—¡No permitiremos que se la insulte!

(En lo alto de la escalinata aparece el viejo conde.) EL CONDE.—Esperad, barones. ¿Quién se atreve a acusar de liviandad a mihija? ¿Y

qué gentes son ésas, con traza y gesto de bandidos?

(Valdemar y los barones del duque Enrique se descubren.) VALDEMAR.—Perdonad, conde, nuestra irrupción: buscamos al duque. Nadiepone en duda vuestra nobleza caballeresca, conde. Pero nuestro amor alduque no es menos grande. Debéis comprender nuestra ansiedad cuando, apesar de nuestra tercera llamada, no ha acudido junto a nosotros.

ELSA.—¿Cómo? ¡No ha acudido!

EL CONDE.—Me llenáis de asombro. ¿No está con vosotros el duque? ¿Dóndeestá entonces? Desde muy de mañana esperamos con los brazos abiertos alnoble prometido de mi hija. Los barones están ya cansados de esperarle.

(Los barones prorrumpen en exclamaciones de enojo.) EL CONDE.—¿Dónde está, pues, vuestro duque? ¿Acaso la turba de bandidosque, pisoteando el honor caballeresco, se atreve a blandir los aceros ennuestro castillo, pretende reemplazarle? En tal caso, me veré obligado adecirle al emperador: «Son demasiados prometidos para mi hija.»

VALDEMAR.—A vos, conde, os toca decir dónde está el duque.

EL CONDE.—¿A mí?

VALDEMAR.—Sí, a vos. El duque estaba aquí. Ved la prueba: aquí está suguante.

(Asombro. Gritos de indignación.)

VALDEMAR.—Sí, ha estado aquí, donde tenía una cita con vuestra hija.

(Los gritos de indignación aumentan.)

EL CONDE.—Estáis en un error, caballero. Aunque yo no vea con buenosojos la boda del duque con mi hija, no puedo creerle un ladrón que secuele por un agujero en el castillo, cuando todas las puertas estánabiertas para él de par en par. No tenemos motivos para amar al duque;pero le debemos respeto por el rango que ocupa. Y

aunque sois tan amigosuyo, le conocéis muy poco si le juzgáis capaz de atentar contra elhonor de su prometida y contra el mío. Buscad a vuestro duque encualquier otro sitio; acaso le encontréis en una taberna del camino,empinando el codo...

(Los barones del conde ríen. Los del duque hacen gestos amenazadores ylanzan gritos de indignación.)

VALDEMAR.—¡Registraré de arriba abajo el castillo!

EL CONDE.—Haced lo que os plazca... (Una corta pausa.) Pero oíd unmomento.

Astolfo, ven aquí. (A Valdemar.) ¿Estáis seguro, caballero,de que el duque no está entre vosotros? Eso me inquieta: temo que hayasido víctima de un advenedizo. Yo no quería revelar este secreto sino alpropio duque; pero puesto que sois su amigo...

Caballeros, escuchad loque voy a deciros: ¡Mi hija ha sido infiel a su prometido! Es unavergüenza para ella y para mí; pero no quiero ocultarla.

ELSA.—¿Dónde está Enrique? ¡Voy a volverme loca! ¿Por qué todas esasantorchas?

Lanzan un resplandor terrible. Enrique, ¿dónde estás?

EL CONDE.—¡Representas bastante bien la comedia, hija mía! Sinembargo...

Astolfo, refiere lo que has visto.

ASTOLFO.—Estábamos aquí, en este mismo escalón...

EL CONDE.—¡Más aprisa, muchacho! Sé lacónico.

ASTOLFO.—Y vimos de repente a alguien, que llevaba una vieja capa yparecía un criado, abrazar a la condesa. «¡Qué desgracia!—me dijo elconde—. Mi hija le es infiel a su prometido. Nunca una cosa así hadeshonrado a nuestra familia!»

EL CONDE.—¡Más aprisa, muchacho!

ASTOLFO.—El conde añadió: «Coge tres hombres, cae sobre el malhechor,átale a los pies plomo y piedras y...»

VALDEMAR.—¿Y lo has hecho? ¡Oh, cielos! ¿Dónde está el duque entonces?

(Silencio.)

EL CONDE. (Señalando con la mano.)—Ahí, en el fondo del estanque.

(Gran agitación entre los asistentes.)

ELSA.—¡Enrique! ¡Espectro querido de los labios ardientes! ¡Voy areunirme contigo, amado mío!

(Cae muerta.)

VALDEMAR.—No eres un padre; eres una bestia feroz. Coged a ese monstruoy encadenadle. ¡Como una fiera, se lo llevaremos enjaulado al emperador!¡Prended fuego por los cuatro costados a ese castillo maldito! ¡Que noquede nada de este nido lúgubre! ¡Que la inmensa hoguera se eleve, enmedia de la obscura noche, a los cielos!

¡Así festejaremos tu boda,duque Enrique, desgraciado amigo!

TELÓN

CRISTIANOS

La nieve caía tras los cristales; pero en el gran edificio del tribunalhacía calor.

Había mucha gente, y los que frecuentaban el tribunal encumplimiento de su deber—

como, por ejemplo, los reporterosjudiciales—se hallaban allí muy a gusto.

Encontrábanse con susdesconocidos; como en el teatro, asistían diariamente a larepresentación de dramas—llamados por los reporteros «dramasjudiciales»—. Era agradable ver al público, oír el ruido de las vocesen los corredores, mezclarse con aquella multitud agitada.

El buffet estaba muy animado. Lo alumbraba ya la luz eléctrica, ysobre el mostrador veíanse cosas muy apetitosas. El público se agolpabajunto al mostrador, y charlaba, comiendo y bebiendo. Los rostrosmelancólicos que se veían a veces no turbaban la alegría general: alcontrario, son precisos con harta frecuencia para hacer más pintorescosel cuadro, sobre todo en lugares donde se representan dramas.

Todoscontaban que en una de las salas del tribunal acababa de suicidarse unacusado; se oía ruido de cadenas y de fusiles. Un dulce calor reinaba entodo el edificio, y se estaba allí divinamente.

En una de las salas, la animación era grandísima: un proceso pintorescoatraía mucha gente. Los jueces, los jurados, los abogados estaban ya ensus puestos. Un reportero, mientras llegaban sus demás colegas, disponíaante él las cuartillas y examinaba muy contento la sala. El presidentedel tribunal, un hombre grueso, de rostro vulgar y bigotes blancos,pasaba revista presuroso y con voz monótona, a los testigos.

—¡Efimov! ¿Cuál es el patronímico de usted?

—Efim Petrovich.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—Sí.

—Colóquese entonces a la izquierda... ¡Karasev! ¿El patronímico deusted?

—Andrey Egorich.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—Sí.

—A la izquierda. ¡Blumental!

En esto se empleó mucho tiempo; los testigos eran lo menos veinte.

Unoscontestaban a las preguntas del presidente en alta voz, con un placervisible, y pasaban a la izquierda sin esperar la orden; otros parecíansorprendidos por la llamada del presidente, ponían cara estúpida,miraban en torno, sin comprender nada, como si hubieran olvidado supropio nombre o como si creyesen que había en la sala otras personas quetuvieran el mismo. Los testigos honorables esperaban que el presidenteterminase su pregunta y respondían sin apresurarse, de una maneradetallada.

El acusado, un joven con un cuello postizo muy alto, se acariciaba elbigotito y tenía los ojos bajos. Estaba preso por distracción de fondosy operaciones financieras sucias.

A veces, al oír el nombre de cualquiertestigo, hacía un gesto, examinaba con mirada hostil al declarante yempezaba de nuevo a acariciarse el bigote.

Su abogado, un joven también, bostezaba de vez en cuando, tapándose laboca con la mano, y miraba por la ventana caer, en gruesos copos, lanieve. Había dormido bien aquella noche, y acababa de comerse en el buffet del tribunal una ración de jamón con guisantes.

Sólo quedaban por llamar media docena de testigos, cuando el presidentetropezó, de pronto, con una dificultad imprevista.

—¿Quiere usted prestar juramento?

—¡No!—respondió una voz femenina.

Al modo de aquel que, corriendo, choca contra un árbol, el presidente sedetuvo, aturdido; buscó con la mirada entre los testigos a la mujer quele había contestado tan rotundamente, y todas las mujeres se leantojaron iguales, lo que le impidió orientarse.

Entonces examinó lalista de testigos.

—¡Pelagueia Vasilievna Karaulova! ¿Quiere usted prestarjuramento?—preguntó otra vez.

—No.

Ahora vio a aquella mujer. Era de regular edad, nada fea, de cabellosnegros. A pesar de su sombrero chic y su traje a la moda, su aspectono era el de una mujer de posición o ilustrada. Llevaba grandespendientes semicirculares; con las manos, que tenía juntas sobre elvientre, sujetaba un bolso. Su rostro, cuando hablaba, permanecíainmóvil, impasible.

—¿Pero usted es ortodoxa?

—Sí.

—¿Por qué no quiere entonces prestar juramento?

Ella le miró y no respondió.

—¿Acaso pertenece usted a alguna secta que prohíbe prestarjuramento?... Dígalo francamente, sin temor. El tribunal tomará enconsideración sus explicaciones.

—No.

—¿Cómo que no? ¿No pertenece usted a ninguna secta?

—No.

—Usted teme quizá que en su declaración haya algo enojoso para usted...Teme, en fin, verse obligada a decir cosas que no querría decir. Puesbien: la ley le permite a usted dejar de contestar a las preguntas quele parezcan enojosas. ¿Quiere usted ahora prestar juramento?

—No.

Su voz era sonora, joven—más joven que el rostro—, clara y limpia.Debía de cantar muy bien.

El presidente se encogió de hombros, se inclinó hacia el juez, que sehallaba sentado a su izquierda, y le dijo algunas palabras al oído.

El otro le contestó en voz baja:

—Sí, es extraordinario. No lo entiendo.

—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose de nuevo aKaraulova—. El tribunal quiere conocer las razones que la hacen negarsea prestar juramento. Sin esa condición no podemos dispensarle a usted deprestarlo. Responda.

Siempre inmóvil, impasible, la testigo respondió algo, pero con voz tandébil que no pudo oírse claramente.

—No se oye nada. Más alto; tenga la bondad.

La testigo tosió, y luego dijo en alta voz:

—Soy una prostituta.

El abogado, que estaba sumido en sus reflexiones, levantó de pronto lacabeza y miró con curiosidad a aquella mujer.

—Convendría iluminar la sala—pensó.

El ujier, como si hubiera adivinado su pensamiento, oprimió uno trasotro los botones eléctricos. El público, los jurados y los testigoslevantaron la cabeza y miraron las lámparas encendidas. Sólo los juecespermanecieron indiferentes. Así se estaba aún más a gusto. Uno de losjurados, un viejo, miró a Karaulova y dijo a su vecino:

—¡Tiene gracia esa mujer!

—Sí—contestó el otro.

—Bueno—objetó el presidente—. El hecho de que sea usted unaprostituta no es una razón para negarse a prestar juramento.

Pronunció la palabra «prostituta» con el mismo acento con que estabahabituado a pronunciar las palabras «asesino», «ladrón», «bandido».

—¿Usted es, con todo, cristiana?

—No, no soy cristiana. Si fuera cristiana, no sería prostituta.

La situación se complicaba. El presidente, frunciendo las cejas,consultó a su colega de la izquierda y se dispuso a hablar; pero cayó enla cuenta de que también debía consultar a su colega de la derecha, y seinclinó hacia él. El juez, sonriendo, hizo con la cabeza un signo deaprobación.

—Escuche usted—dijo el presidente, dirigiéndose a Karaulova—. Eltribunal ha decidido explicarle a usted su error. Usted no se consideracristiana porque se dedica a ese oficio; pero está equivocada. Es unerror, ¿comprende usted? Su oficio no le interesa al tribunal, sinosolamente a usted y a su conciencia. Nosotros no podemos mezclarnos eneso. Su oficio no puede impedirle a usted el ser cristiana.

¿Comprende?Se puede ser ladrón o bandido, sin dejar por eso de ser cristiano,mahometano o judío. Todos nosotros, los jueces, los jurados, el fiscal,tenemos nuestras respectivas profesiones, y eso no nos impide el sercristianos...

Hizo una corta pausa, como si buscase palabras, y continuó:

—¿Ha comprendido usted? Su oficio es una cosa por completo ajena a estacuestión.

Si usted practica los ritos de la religión cristiana, sifrecuenta la iglesia... ¿Verdad que frecuenta la iglesia?

—No.

—¿Cómo que no? ¿Por qué?

—Con mi oficio, ¿cómo quiere usted que yo vaya a la iglesia?

—Pero irá usted a confesar.

—No.

Las respuestas eran bien claras. Iluminada por la luz eléctrica, latestigo parecía de mejor color y más joven, acaso también a causa de laemoción. A cada una de las respuestas, el público se miraba, divertido,risueño. Alguien, con aspecto de artesano, en los últimos bancos, sehallaba en el colmo del regocijo.

—¡Esto va siendo interesante!—proclamó, en voz tan poco queda, que sele oyó en toda la sala.

—Pero rezará usted...—preguntó el presidente.

—No. Antes rezaba; mas hace ya tiempo que no lo hago.

El miembro del tribunal que se encontraba a la izquierda del presidentele dijo por lo bajo:

—¿Por qué no les pregunta usted a las demás mujeres? ¿Acaso tampocoquerrán prestar juramento?

El presidente tomó la lista de testigos y leyó:

—¡Pustochkina! Usted también, a lo que parece, se ocupa...

—¡Sí, también yo soy prostituta!—respondió con apresuramiento, casicon orgullo, una muchacha no menos bien trajeada.

Estaba muy contenta de verse en la sala del tribunal, donde todo legustaba. Había ya cambiado algunas miradas con el joven abogado.

—¿Y usted? ¿Quiere prestar juramento?

—Sí, con mucho gusto.

—¿Ve usted, Karaulova? Su amiga no se opone a prestar juramento... ¿Yusted, Kravchenko? ¿Consiente?

—Sí—contestó con voz ronca, masculina, Kravchenko, una mujer alta ygruesa, con sotabarba.

—¿Ve usted, Karaulova? Todas están dispuestas a prestar juramento. ¿Nocambiará usted de opinión?

Karaulova no respondió.

—¿No quiere usted?

—No.

Pustochkina le sonrió amistosamente. Karaulova, a su vez, le sonrió, yluego volvió a ponerse seria. El tribunal deliberó en voz baja, despuésde lo cual el presidente, con una expresión amable y al mismo tiemporespetuosa, punto menos que religiosa, se dirigió al sacerdote, que, enespera de que los testigos prestasen juramento, se mantenía un poco adistancia.

—Padre: en vista de la obstinación de esta mujer, ¿quiere usted tomarseel trabajo de persuadirla de que es cristiana? ¡Karaulova, acérquese!

Karaulova, sin descomponerse, dio dos pasos hacia delante.

El sacerdote estaba visiblemente molesto. Muy colorado, se acercó alpresidente y le dijo algo al oído.

—¡No, no, padre!—le respondió el presidente—. ¡Se lo suplico austed! Si no, las demás pueden también negarse...

Luego de arreglarse la cruz que llevaba en el pecho, el sacerdote, máscolorado aún, se dirigió a Karaulova en voz apenas perceptible:

—Señora, sus sentimientos le hacen a usted honor; pero siendocristiana...

—¡Si yo no soy cristiana!

El sacerdote miró, confuso e impotente, al magistrado, que dijo:

—Karaulova, escuche al sacerdote; él se lo explicará a usted todo.

Y el pobre sacerdote siguió:

—Todos nosotros, señora, somos pecadores. Unos pecamos de palabra;otros, de obra. Dios omnipotente, tan sólo, puede ser juez de nuestraconciencia. Dócil y humildemente, debemos someternos a cuantas pruebasnos envía... Como cuenta de Job la Biblia, debemos resignarnos connuestro destino. Sin la voluntad del Todopoderoso, ni un solo cabellopuede desprenderse de nuestra cabeza. Por grandes que sean nuestrospecados y nuestros crímenes, no tenemos derecho a condenarnos nosotrosmismos ni a alejarnos de la Santa Iglesia por nuestra propia voluntad;sería un crimen aun más grande e imperdonable, porque de ese modo nosmezclaríamos en las decisiones del Juez Supremo. Quizá, con motivo de suoficio de usted, le envía Dios una prueba, de la misma suerte que envíaenfermedades y otras desgracias, mientras que usted, en su orgullo...

—¡Pero si nosotras no estamos nada orgullosas de nuestro oficio! No haypor qué estarlo...

—...Mientras que usted, en su orgullo, se mezcla en las decisiones delJuez Supremo y se atreve a apartarse de la Santa Iglesia Ortodoxa.¿Usted conoce los símbolos de la fe?

—No.

—¿Pero cree usted en Nuestro Señor Jesucristo?

—¿No he de creer?

—Pues todo el que cree en Nuestro Señor debe ser considerado cristiano.

El presidente se juzgó en el deber de apoyar al sacerdote:

—Perfectamente—dijo—. ¿Comprende usted? Basta creer en Nuestro SeñorJesucristo...

—¡No, no!—repuso firmemente Karaulova—. Puedo creer todo lo quequiera; pero con este oficio... Si yo fuera cristiana, no haría lascosas que hago. Ni siquiera rezo.

—¡Es verdad!—afirmó su amiga Pustochkina—. No reza nunca. Cuando hacepoco trajeron a nuestra casa un icono, se marchó para no asistir a laceremonia. Nuestros esfuerzos para retenerla fueron inútiles. ¿Qué se leva a hacer? ¡Es así, señores jueces!

Ella es la primera víctima de sucarácter.

—Nuestro Señor Jesucristo—continuó el sacerdote—perdonó a la mujerperversa cuando se arrepintió.

—Pero yo no me he arrepentido.

—Ya llegará la hora en que usted se arrepienta.

—No. Quizá cuando me haga vieja o cuando me vaya a morir; pero no setrata de eso. No puede tomarse en serio semejante arrepentimiento: pecauna toda su vida, años y años, y luego, cuando es ya demasiado tarde,comienza a arrepentirse... No; en cuanto a eso, sé a qué atenerme.

—Tiene razón—afirmó la joven prostituta Kravchenko, que seguía ladiscusión con un interés sostenido—. ¡Se divertiría, cantaría, bebería,recibiría hombres, y luego, de la noche a la mañana, a hacer penitencia!No; sería demasiado cómodo. De ese modo, hasta a los mayores pecadoresles sería fácil convertirse en santos.

El joven abogado la miraba con una atención siempre en aumento.Asombrábase de no haber visto hasta entonces a aquellas mujeres y de nosaber siquiera dónde se encontraba su casa de tolerancia.

El presidente hizo un gesto de desesperación y dijo al sacerdote:

—Perdóneme usted... Tozudez semejante... Dispense que la hayamosmolestado...

El sacerdote saludó y volvió a su sitio. Sus manos, mientras arreglabanla cruz que pendía sobre su pecho, temblaban ligeramente.

—¡Esto es magnífico!—comentó entusiasmado, en voz queda, el artesanode los últimos bancos, volviendo a todos lados su rostro, radiante dealegría, sonriente.

El acusado, a quien contrariaba el retraso causado por la obstinaciónde Karaulova, la miraba con desprecio.

El tribunal deliberaba.

—Bueno. ¿Qué hacer?—decía en voz baja el presidente, furiosísimo—. Esuna verdadera imbécil: la arrastran al paraíso y no quiere ir...

—Creo que debían examinarse sus facultades mentales—dijo su vecino dela izquierda—. En la Edad Media, los tribunales condenaban a la hogueraa mujeres que no tenían nada de brujas, sino que eran simplementehistéricas.

—¡Ya comienza usted con sus concepciones patológicas!—repuso elpresidente—.

En ese caso deberíamos comenzar por examinar lasfacultades mentales del adjunto del fiscal. ¡Tenga usted la bondad demirarle!

El adjunto del fiscal, un joven con alto cuello postizo y fino bigote,parecido de un modo extraño al acusado, se esforzaba hacía largo rato enatraer sobre su persona la atención del tribunal. Se removía en suasiento, se alzaba de él, se apoyaba sobre la mesa hasta casi tenderse,balanceaba la cabeza, sonreía y, cuando el presidente le dirigía porcasualidad una mirada, avanzaba todo el cuerpo en dirección almagistrado.

Era evidente que sabía algo y ardía en deseos de decírseloal tribunal.

—¿Usted quiere decir algo, señor fiscal?—le preguntó al fin elpresidente—. Le suplico que sea breve.

—Permítame usted una pregunta...

Y sin esperar el permiso se puso de pie, y, fijando los ojos enKaraulova, le preguntó:

—Diga usted, testigo, ¿cuál es su nombre de pila?

—Grucha.

—Grucha es el diminutivo; pero el verdadero nombre es, si no me engaño,Agrafena, ¿no es eso? Es un nombre cristiano. Así, pues, ha sido ustedbautizada y se le ha puesto tal nombre. Por consiguiente...

—No; al bautizarme me pusieron el nombre de Pelagueia.

—¿Cómo? Si acaba usted de afirmar que la llaman Grucha...

—Sí, me llaman Grucha; mas mi verdadero nombre es Pelagueia.

—¡Cómo! Entonces...

Pero el presidente le interrumpió:

—Sí, señor fiscal, tiene razón: en la lista también figura con elnombre de Pelagueia.

Puede usted cerciorarse.

—Entonces, no tengo nada más que decir.

Se separó los faldones de la levita, y, lanzando una mirada severa alacusado y a su defensor, se sentó.

Karaulova esperaba. La situación se iba haciendo ridícula.

En el público se hablaba del incidente en alta voz, y el ujier,levantando amenazadoramente el dedo, trataba de restablecer el silenciopara mantener incólume el prestigio del tribunal. Mas el regocijo eratan desbordante, que se hacía muy poco caso de aquella advertencia.

—¡Silencio!—exclamó el presidente—. Ujier, si alguno habla alto,hágale usted salir.

En aquel momento se levantó un miembro del Jurado, un viejo delgado,huesudo, con una larga levita negra, y se dirigió al presidente:

—¿Quiere usted permitirme una pregunta?... Karaulova, ¿hace muchotiempo que es usted prostituta?

—Ocho años.

—¿Y qué hacía usted antes?

—Era criada.

—Y, naturalmente, quien la puso a usted en el mal camino fue su amo...¿O su hijo quizá?

—No, el amo mismo.

—¿Y cuánto le dio a usted?

—Diez rublos, y, además, un broche de plata y un corte de traje...Tenía un gran almacén de telas.

—¿Y por eso se perdió usted para toda la vida?

—¿Qué quiere usted? Yo era joven y tonta.

—¿Tuvo usted hijos?

—Sí, un muchacho.

—¿Qué ha sido de él?

—Murió en un asilo.

—Claro, después no ha tenido usted hijos...

—No.

El viejo, siempre severo, volvió a ocupar su asiento, y, ya sentado,dijo:

—Tienes razón: no eres cristiana. Por diez rublos perdiste tu cuerpo ytu alma.

—¡Hay viejos que dan más de diez rublos!—replicó, en defensa deKaraulova, su amiga Pustochkina—. No hace mucho estuvo en casa un viejomuy respetable... como usted...

El público soltó la carcajada.

—¡Cállese usted!—gritó, dirigiéndose a Pustochkina, el presidente—.¡No tiene usted derecho a hablar mientras no se le pregunte!

Y viendo que otro miembro del Jurado se levantaba, preguntó:

—¿Usted también quiere hacer una pregunta?

—Sí, con su permiso—dijo, con voz fina, casi infantil, un alto ygrueso comerciante, formado todo él de esferas y semiesferas: suvientre, su pecho, sus mejillas y sus labios eran redondos, abombados.

Y dirigiéndose a Karaulova, continuó:

—Escucha: tú puedes arreglar tus asuntos con Dios como quieras; peroaquí, en la tierra, debes cumplir tus deberes. Hoy te niegas a prestarjuramento so pretexto de que no eres cristiana; quizá mañana cometas unrobo o envenenes a uno de tus clientes: de mujeres como vosotras puedeesperarse todo... Haces mal en obstinarte y separarte de nuestra SantaIglesia. Si has pecado, puedes arrepentirte—para eso existen lostemplos—; en modo alguno rechazar tu religión, sin la cual carecerás detodo freno y creerás que todo te está permitido.

—Tal vez me haga ladrona o algo peor todavía... Desde el momento en queno soy cristiana...

El grueso comerciante sentóse, y dijo a su vecino:

—¡Imposible hacerla entrar en razón! ¡Tiene la cabeza demasiado dura!

Apenas se hubo sentado, el adjunto del fiscal se levantó:

—Permítame usted otra pregunta, señor presidente... Usted ha dicho,Karaulova, que su verdadero nombre es Pelagueia. Por consiguiente, se labautizó con tal nombre. Así, pues, es usted cristiana, lo que consta,como es natural, en su pasaporte.

El presidente hizo una mueca, y dijo a su colega de la izquierda,bajando la voz:

—¡Nos está haciendo perder el tiempo!

Dirigiéndose a Karaulova, preguntó:

—¿Ha comprendido usted? Según sus documentos, es usted cristiana.

—Y, sin embargo, no lo soy.

—Ya ve usted, señor fiscal, no quiere comprender.

El incidente comenzaba a enojarle. La tozudez de aquella mujer turbabael orden, paralizaba todo el mecanismo de la justicia, que solíafuncionar con mucha regularidad, sin ningún entorpecimiento. Era hastaofensivo; con toda su modestia aparente, su resignación y su humildad,aquella mujer parecía, en cierta manera, superior a los jueces, a losjurados, al público.

El ruido en la sala aumentaba, y al ujier le costaba mucho trabajorestablecer un silencio relativo. El tribunal deliberó en voz baja.

—¡Es inadmisible!—protestó uno de los jueces—. Esto no es ya untribunal, sino más bien una casa de locos. Se diría que es ella quiennos está juzgando.

—¡La culpa no es mía!—repuso el presidente—. ¿Qué quiere usted que yole haga?

Lo peor es que las otras mujeres están de parte de esta loca.Es una verdadera rebelión contra la Iglesia.

En aquel momento, un tercer miembro del Jurado se levantó:

—¿Quiere usted decir algo?—le interrogó el presidente—. Haga el favorde darse prisa; ya hemos perdido bastante tiempo.

Era un joven de rostro en extremo inteligente, en demasía inteligente,de largos cabellos de poeta y de manos finas. Hablaba con mucho trabajo,como si se viera obligado a vencer, a cada palabra, la resistenciaencarnizada del aire. En su dulce voz se adivinaba el sufrimiento:

—Es muy triste todo esto—dijo a Karaulova—. La comprendo a usted y lamiro con simpatía. Sin embargo, la idea que tiene usted del cristianismoes falsa. El cristianismo es algo de más monta que las virtudes y lospecados, los ritos exteriores y las oraciones. El verdadero cristianismoconsiste en una comunión mística con Dios.

—¡Perdón!—le interrumpió el presidente—. Karaulova, ¿comprende ustedlo que quiere decir «mística»?

—No.

—Ya lo ve usted, señor miembro del Jurado: no le entiende a usted.Tenga la bondad de hablar más sencillamente.

—Bueno. Escúcheme bien, Karaulova: la base del cristianismo es laimagen de Cristo. Las virtudes y los pecados no son sino categoríaspasajeras, emanaciones personificadas de la especie humana, la esfingeenigmática, por decirlo así.

—Señor jurado—le interrumpió una vez más el presidente—. Yo tampococomprendo nada. ¿No podría usted encontrar términos más claros?

—Lo siento; pero no me es posible—dijo con tono melancólico eljurado—. No se puede hablar de las cosas místicas en términosvulgares... ¿No me entiende usted, Karaulova? Hay que estar en comunióncon Dios.

—Eso es imposible para mí... Cuando se tiene este oficio, no se puedeestar en comunión con Dios. Ni siquiera me atrevo a encender unalamparilla ante el icono de mi cuarto.

Todos estaban fatigados.

—¡Hay que acabar, cueste lo que cueste!—dijo uno de los jueces—. ¡Esun escándalo inadmisible!

Pero, luego del jurado, se levantó el defensor.

—¿Aún más?—exclamó el presidente—. ¿Usted también quiere decir algo?

—Puesto que usted ha permitido hablar al señor adjunto del fiscal...

—¿Usted tiene que hablar también?—preguntó con ironía el presidente—.Bueno, está usted en su derecho. Pero le suplico que sea lo más breveposible.

El abogado, haciendo un ademán elegante con su mano derecha, se volvióhacia el Jurado y comenzó:

—Los ejercicios oratorios del señor adjunto del fiscal...

—Señor abogado, no puedo permitir polémicas.

—Bueno, obedezco.

Se volvió de nuevo hacia el Jurado, le contempló con una larga mirada,clara y franca, y quedó un instante pensativo, cabizbajo, levantadasambas manos a la altura del pecho, los ojos entornados, las cejasfruncidas. Los jurados y el público le miraban con interés, esperandoalgo extraordinario; sólo los jueces, habituados a las maneras oratoriasde aquel señor, permanecían indiferentes. Después, poco a poco, eldefensor salió de su estado de postración; cayeron sus manos, abrióluego los ojos, levantó la cabeza y, al cabo, pronunció con solemneacento:

—¡Señores jurados y señores jueces!

Su voz produjo un efecto extraño: ora murmuraba, bien que de manerabastante fuerte para ser oído; ora gritaba, ora hacía una larga pausa,fijando los ojos en algún jurado, que, azorándose, no tardaba en volvera otro lado los suyos.

—Señores jurados y señores jueces: Acaban ustedes de oír el discursodel señor adjunto del fiscal. Estarán, sin duda, de acuerdo conmigo siles digo que la presión ilegal e inadmisible que trataba de ejercer elseñor adjunto del fiscal...

—Señor defensor, no puedo permitirle a usted ultrajar aquí a losrepresentantes del poder establecido. Si continúa en ese tono, me veréobligado a retirarle la palabra.

El abogado saludó.

—Bueno, obedezco. He querido sólo decir, señores jurados, que la señoraKaraulova no renunciará a sus convicciones aunque se le amenace conhacerla quemar en una hoguera y con todos los horrores de laInquisición, lo que, por fortuna, es imposible en nuestra época. En lapersona de la señora Karaulova vemos, señores jurados, algo así como elreverso de la mártir cristiana. En nombre de Cristo, renuncia a Cristo,y diciendo siempre «no», dice, en realidad, «sí».

Se iba arrebatando con su propia elocuencia. En su entusiasmo oratorio,hasta sintió un escalofrío, y, con voz conmovida, añadió:

—Sí, es cristiana y voy a probároslo, señores jurados. Lasdeclaraciones de las señoras Pustochkina y Kravchenko, así como lasconfesiones de Karaulova misma, nos han trazado, de modo elocuente, elcamino por donde ha llegado a esta terrible situación. Muchachainexperta, ingenua, que acaba, acaso, de dejar la aldea, con susalegrías sencillas e inocentes, cae en manos de un repugnante sátiro, yve, horrorizada, que ha quedado encinta. Habiendo dado a luz encualquier parte, bajo un cobertizo, un niño...

—Abrevie usted, si le es posible, señor defensor—dijo el presidente—.Sabemos desde el principio que Karaulova es una prostituta. Los señoresjurados no son unos niños y comprenden muy bien, sin que haya queexplicárselo, cómo se llega a prostituta. Por otra parte, la testigo noes una campesina, sino una hija de la ciudad de Vorones.

—Bueno, obedezco, señor presidente; por más que las hijas de lasciudades tienen también sus pequeñas alegrías sencillas... El caso esque la señora Karaulova lleva en su corazón un ideal de verdaderacristiana. Por desgracia, la triste realidad, con los viejos perversos,la embriaguez, el desorden y los ultrajes, maltrata y desnaturaliza eseideal. Y en este choque trágico, el corazón de Karaulova se desgarra.¡Señores jurados! La veis ahí tranquila, casi sonriente; pero ¿sabéiscuántas lágrimas amargas han vertido esos ojos en el silencio de lanoche, cuántas flechas agudas de remordimientos de conciencia se hanclavado en ese corazón de mártir? ¿Acaso no querría ella ir a laiglesia, como las mujeres honradas, y confesarse con el sacerdote,vestida con un traje blanco, símbolo de pureza, y no como mujermenospreciada y desdeñada? Tal vez, en sus sueños nocturnos, se vea derodillas en las gradas de piedra del templo, sintiéndose indigna deentrar en él y llorando desconsolada. ¡Y pretende que no es cristiana!¿Quién, entonces, merece el nombre de cristiano si ella no lo es? Consus lágrimas ha hecho penitencia, como la Magdalena, y sus lágrimas lahan purificado para siempre, convirtiendo en mártir cristiana a estapecadora.

—¡Nada de eso es verdad!—le interrumpió Karaulova—. No he llorado nihecho penitencia. Y continúo con mi oficio; por tanto, no me hearrepentido. ¡Miren ustedes!—Abrió su bolso y sacó el portamonedas,tomó dos piezas de a rublo y un poco de plata menuda y se los enseñó alabogado y a los jueces—-. ¡Miren! Este dinero lo he ganado con mioficio. Este traje también, así como este sombrero y estos pendientes.No tengo nada, absolutamente nada que no haya ganado así. Ni mi cuerpome pertenece; está vendido por tres años, quizá por toda la vida, que noes mucho decir, puesto que nuestra vida es corta. No, no me hable ustedde penitencia.

No sólo no me arrepiento, sino que no tengo vergüenza niconciencia. Que me digan que me quede en cueros, y me quedaré. Que medigan que escupa a la cruz, y escupiré.

Kravchenko empezó de pronto a llorar. Lágrimas abundantes caían sobre supecho, como sobre una ancha bandeja.

—Entre nosotras—continuó Karaulova—no se respeta nada, ni moral, nireligión. El otro día me casaron, en broma, con uno de los clientes.Toda la ceremonia fue un sacrilegio. Se hizo burla de cuanto seconsidera sagrado... ¡No, no, no hago penitencia!

No voy a la iglesia, yno sólo no lloro en sus gradas de piedra, como ha dicho el señorabogado, sino que hasta evito pasar por delante. No rezo, y ni siquierasé rezar.

Ignoro con qué palabras debe una dirigirse a Dios. ¿Y quépedirle? ¿Ganar el reino de los cielos? No creo en él. Aquí abajo, lasoraciones no dan gran resultado; yo recé en otro tiempo para que mi hijono se separase de mí, y murió en un asilo. Yo pedí, cuando aun erajoven, muchas cosas a Dios, y mis oraciones no sirvieron de nada. Ya norezo nunca... No, señores, no soy cristiana, y cuanto el señor abogadoha dicho es una monserga. ¡Soy Grucha la prostituta, y nada más! Poreso, ni puedo ni quiero prestar juramento...

—Señor presidente—dijo, levantándose, el adjunto del fiscal—. Envista de que Karaulova ha mencionado aquí casos de sacrilegio, yoquisiera, en mi calidad de representante de la autoridad pública, que mediese los nombres de quienes cometieron tal acto.

—¡No hubo sacrilegio ninguno!—contestó Karaulova—. Estaban todosborrachos.

Además, no recuerdo los nombres.

El adjunto del fiscal se sentó, descontento.

—Entonces ¿no prestará usted juramento?—interrogó el presidente aKaraulova.

—No.

—¿Y ustedes?—preguntó, dirigiéndose a Kravchenko.

—Nosotras aceptamos.

El tribunal deliberó largamente, hasta invitó al adjunto del fiscal adar su opinión. Al fin, el presidente hizo conocer la decisión tomada:

—En vista de las opiniones no cristianas de Karaulova, el tribunal lepermite que haga su declaración sin prestar juramento.

Los demás testigos se acercaron al altarcito, ante el cual esperaba elsacerdote.

—¡Levantaos!—proclamó en alta voz el ujier.

Todo el mundo en la sala se levantó y volvió la cabeza hacia elaltarcito.

—¡Levantad la mano!—dijo el sacerdote.

Todos obedecieron.

—¡Repetid lo que voy a decir!

Luego, cambiando de voz, continuó en tono más solemne:

—Me comprometo y juro...

Los testigos repitieron en voces diferentes, y no todos a una:

—Me comprometo y juro...

—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...

—Ante Dios Todopoderoso y ante su Santo Evangelio...

El presidente lanzó un suspiro de satisfacción; al fin, todo estabaarreglado, y el mecanismo judicial, después de aquel entorpecimiento,funcionaba con regularidad, como es necesario.

Los testigos, excepto Karaulova, fueron alejados de la sala.

—Karaulova—dijo el presidente—. El tribunal le permite a usted noprestar juramento; pero no olvide usted que debe decir toda la verdad,según su conciencia.

¿Lo promete usted?

—No puedo prometerlo, porque no tengo conciencia.

—¿Y qué quiere usted que hagamos nosotros?—exclamó con desesperaciónel presidente—. Le pedimos que diga la verdad. ¿Comprende usted?

—Diré lo que sepa.

Media hora más tarde, el interrogatorio de los testigos había terminado.El mecanismo judicial funcionaba de nuevo regularmente. Las preguntaseran seguidas de respuestas. El adjunto del fiscal tomaba notas. Elreportero dibujaba, con aire grave y atareado, cabezas de mujeres. Elacusado daba explicaciones detalladas.

—En cuanto al recibo del Monte de Piedad, tengo el honor de declarar altribunal...

—En cuanto a mis visitas a la casa de tolerancia, donde, según laacusación, gasté sumas muy fuertes, sólo estuve en ella cuatro veces: el21 de diciembre, el 7 de enero, el 25 de enero y el 1 de febrero. Lastres primeras veces todos mis gastos fueron pagados por mi camaradaProtasov; la cuarta vez pagué una suma insignificante, lo que puedoprobar con la cuenta del ama...

La sala hallábase bien alumbrada, y se estaba allí a gusto. Fuera caía,en gruesos copos, la nieve. La justicia seguía su curso como una máquinaperfecta.

BEN-TOVIT

El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en quese crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día,el comerciante de Jerusalén Ben-Tovit tenía, desde por la mañana, undolor horrible de muelas.

Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben-Tovit experimentó en ellado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, unasensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre lasotras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Perodespués de comer, la molestia pasó, Ben-Tovit la olvidó y acabó detranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso,negocio que le puso de buen humor.

Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar susueño. Se diría que alguien llamaba a Ben-Tovit para algún grave asunto.No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuentaal punto de que tenía dolor de muelas.

Entonces era un dolor franco yclaro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y

no se podía yacomprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o lasdemás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como siestuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca conun poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, yBen-Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dichasensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era inclusoagradable. Ben-Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno ypensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató devolver a dormirse. Pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo,más cruel que antes. Ben-Tovit se sentó en la cama y empezó a balancearel cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión desufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gotade sudor frío.

Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salidadel sol—

de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sustres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.

Ben-Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; perocuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándosede que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de susterribles sufrimientos.

La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba queera el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a sumarido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, enla mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte deaguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estabanescritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.

El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben-Tovit, pero por brevetiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras uncorto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durantelos escasos momentos de tregua, Ben-Tovit procuraba olvidarlocompletamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando sehacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decirque se iba a romper la cabeza contra la pared.

Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiadoa la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabezaenvuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijosacudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a JesúsNazareno. Ben-Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos;pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con elpie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunqueamaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oíraquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados delas casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y lemiraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo,como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:

—Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.

—¡Déjame en paz!—respondió colérico Ben-Tovit—. ¿No ves lo que sufro?

Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga deque el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y seacercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado,la mano en la mejilla, miró hacia abajo.

A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden,una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos,centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajoel peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de suscabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de lossoldados romanos. Uno de los condenados—el que tenía largos cabellosrubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas—tropezó en unapiedra que le habían tirado y cayó.

Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo consus olas la superficie de un islote.

Ben-Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como sialguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemidolastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándoleun bledo cuanto sucedía en la calle.

—¡Dios mío, cómo gritan!—gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas,con las muelas no atormentadas por el dolor.

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritarcomo los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo máscruel su sufrimiento, y Ben-Tovit empezó a balancear furiosamente lacabeza y a lanzar gritos.

—Cuentan que curaba a los ciegos—dijo su mujer, que no se apartaba dela barandilla ni dejaba de mirar abajo.

Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzabalentamente, medio muerto ya a latigazos.

—¡Tonterías!—respondió Ben-Tovit con acento burlón—. ¡Si posee, enefecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!

Y tras un corto silencio añadió:

—¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño!Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!

Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizáel estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó endormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi porcompleto; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramentehinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos,

así

loaseguraba

su

mujer.

Ben-Tovit,

escuchándola,

sonreía

maliciosamente;bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decircosas agradables.

Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben-Tovit le enseñósu nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel apropósito del cuadrúpedo.

Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tresal Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben-Tovit refirió aSamuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómosintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómose había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolorinsoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacíamuecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecinoasentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:

—¡Dios mío! ¡Es terrible!

A Ben-Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda laintensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuantole había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo habíatenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbulainferior.

Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado aalumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado traslas colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba,semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondodel cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en mediopodían distinguirse siluetas humanas prosternadas.

La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.

Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben-Tovitcogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben-Tovitexperimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo ahablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgotaabajo. Ben-Tovit, animado por las exclamaciones de compasión queprofería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión desufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras delas profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía laobscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimenque se acababa de cometer sobre la tierra.

UN HOMBRE ORIGINAL

Un corto silencio reinó entre los comensales, y en medio del murmullo delas conversaciones, alrededor de las mesas lejanas y del ruido ahogadode los pasos de los criados, que traían y llevaban los platos, alguiendeclaró con voz dulce y tranquila:

—¡A mi me encantan las negras!

Antón Ivanich, el subjefe de la oficina, por poco si deja caer la copade vodka que se llevaba a los labios; un criado dirigió al que habíapronunciado tales palabras una mirada de asombro; todos volvieron lacabeza para ver quién había dicho aquella cosa extraña. Y todo el mundovio la carita con bigotito rojo, los ojillos opacos y la cabecitacuidadosamente peinada de Semen Vasilievich Kotelnikov.

Durante cinco años habían trabajado con él en la oficina; todos los díasle daban la mano al llegar y al marcharse; todos los días le hablaban;todos los meses, después de cobrar, comían con él, como aquel día, en unrestorán, y, no obstante, se les antojaba que aquel día lo veían porprimera vez. Lo vieron y se llenaron de extrañeza.

Observaron que no erafeo del todo, a pesar de su absurdo bigote y sus pecas, semejantes alas salpicaduras de barro lanzadas por un automóvil. Observaron tambiénque no vestía mal y que llevaba un cuello muy limpio.

El subjefe, después de fijar largamente su mirada de asombro enKotelnikov, dijo:

—Pero Semen...

—¡Semen Vasilievich!—pronunció con cierta dignidad, Kotelnikov.

—Pero Semen Vasilievich, ¿le gustan a usted las negras?