Los Espectros-- Novelas Breves by Leonid Nikolayevich Andreyev - HTML preview

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L. ANDREIEV

Los espectros

NOVELAS BREVES

La traducción del ruso ha

sido hecha por N. Tasin

MADRID, 1919

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.

INDICE

Los espectros

El honor

Cristianos

Ben-tovit

Un hombre original

¡No hay perdón!

Las bellas sabinas

Cuadro primero, segundo, tercero

Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.—MADRID Leónidas Andreiev, uno de losmás grandes maestros de la literatura rusa moderna, acaba de morir a laedad de cuarenta y siete años. Nacido en el centro de Rusia, en Orel, deuna familia pobre, estaba predestinado a una vida llena de miserias y deprivaciones. Pero su energía y su voluntad de hierro le han permitidosubir a las más altas cimas de la vida intelectual rusa. Después dehacer sus estudios en el colegio, sin un céntimo en el bolsillo, sinpoder esperar ninguna ayuda material, partió para Petrogrado e ingresóen la Facultad de Derecho.

Cuenta en su autobiografía que durante los años de sus estudiosuniversitarios vivía en la más negra miseria y a veces estaba sin comerdos días seguidos. En 1894, cansado de luchar, desesperado, intentósuicidarse y se tiró un balazo en el pecho.

Pero los médicos salvaron lavida de quien algunos años más tarde debía ser gloria de la literaturarusa.

Sus primeras novelas, El silencio, Había una vez y otras, le dieron aconocer inmediatamente. El mismo Tolstoi saludó la aparición de estaestrella ascendente. El joven escritor tuvo un feliz principio. Lacrítica le consagró elogiosos estudios: los editores solicitaban sucolaboración. Sus posteriores novelas pusiéronle al lado de otros dosgrandes novelistas rusos: Gorky y Chejov. Cada una de sus nuevas obras,citaremos, entre otras, Los siete ahorcados, Judas Iscariote, La risaroja, El gobernador, Sachka Yegulev, Los espectros, fueron unacontecimiento literario.

Actualmente es Andreiev el autor que más se lee en Rusia. Sus novelas,así como sus obras de teatro, tienen un éxito incomparable. Susmanuscritos son pagados a razón de docenas de miles de rublos. La mayorparte de sus obras están traducidas a todas las lenguas europeas. EnEspaña, Andreiev empieza a ser conocido gracias a las recientestraducciones de sus obras Sachka Yegulev, Los siete ahorcados, etc...

LOS ESPECTROS

I

Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefede la oficina de Administración local, había perdido definitivamente larazón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastanteimportante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.

Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a susveinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Graciasa esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte:no había la menor esperanza de curarle.

Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se habíaseparado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; paraconseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; peroperdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.

La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspectoexterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada deun bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundopiso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, ytenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar alos enfermos, se izaba en él una bandera nacional.

En las mañanas apacibles de primavera y de otoño llegaban de la ciudadlos sones apagados de las campanas y el ruido sordo de los coches; pero,en general, un silencio profundo reinaba en torno de la clínica, másprofundo que en la aldea próxima, donde se oían los ladridos de losperros y los gritos de los niños. Allí no había ni perros ni niños. Lacasa estaba rodeada de un alto muro. Alrededor se extendía una pradera,que pertenecía a la clínica y se hallaba siempre desierta. A cosa de unaversta se alzaba, entre los árboles, la estrecha chimenea de unafábrica, de la que no se veía nunca salir humo. La fábrica, perdida enmedio del bosque, parecía abandonada.

Muy pocos de los que transitaban por el camino sabían que tras el altomuro y las puertas cerradas había locos. Los demás—los campesinos quepasaban en sus cochecillos saltarines, los cocheros de punto procedentesde la ciudad, los ciclistas, siempre apresurados sobre sus máquinassilenciosas—estaban habituados a ver el alto muro y no paraban en él laatención. Si cuantos se encontraban en su recinto se hubieran escapado ose hubieran muerto de repente, habríase tardado mucho en advertirlo; loscampesinos en sus cochecillos y los ciclistas sobre sus máquinassilenciosas hubieran seguido pasando por delante del muro sin sospecharnada.

El doctor Chevirev no admitía en su clínica locos furiosos; por esoreinaba en ella el silencio como en cualquier casa respetable, habitadapor gentes bien educadas. El único ruido que se oía a todas horas, desdeque, hacía ya diez años, se había abierto la clínica, era tan regular,suave y metódico, que no se advertía, como no se advierten los latidosdel corazón o el acompasado sonido de un péndulo. Lo producía un enfermoque llamaba a la puerta cerrada de su habitación. Estuviera dondeestuviera, siempre encontraba alguna puerta, a la que empezaba a llamar,aunque bastase empujarla ligeramente para que se abriese. Si se abría,buscaba otra y empezaba a llamar de nuevo; no podía sufrir las puertascerradas. Llamaba de día y de noche, sin poder apenas tenerse en pie, decansancio. Probablemente, la insistencia de su idea fija le había hechoadquirir el hábito de llamar también durante el sueño; al menos, elruido regular, monótono, que hacía no cesaba en toda la noche. Además,no se le veía nunca en la cama, y se suponía que dormía de pie, al ladode la puerta.

En fin, había gran tranquilidad en la clínica. Muy raras veces, casisiempre durante la noche, cuando el bosque invisible, sacudido por elviento, lanzaba gemidos lastimeros, alguno de los enfermos, presa de unaangustia mortal, empezaba a dar gritos. Por lo general, se acudía conpresteza a calmarlo; pero ocurría en ocasiones que el terror y laangustia eran tales que resultaban ineficaces todos los calmantes, y elenfermo seguía gritando. Entonces la angustia se les contagiaba a todoslos habitantes de la clínica, y los enfermos, como muñecos mecánicos alos que se hubiera dado cuerda a la vez, empezaban a recorrernerviosamente sus habitaciones, agitando los brazos y diciendo cosasestúpidas e ininteligibles. Todos, incluso los enfermos más apacibles,llamaban violentamente a las puertas e insistían en que se los dejaselibres.

Asustada, a punto de perder el juicio, la enfermera llamaba entonces porteléfono al doctor Chevirev, que se encontraba en el restorán Babilonia,donde acostumbraba a pasar las noches. El doctor poseía el don detranquilizar a los enfermos sólo con su presencia. Pero hasta muchotiempo después de su llegada los enfermos balbuceaban cosas fantásticasdetrás de la puerta de su cuarto y la clínica parecía un gallinero dondehubiera entrado, durante la noche, una zorra.

Pero esto ocurría raras veces y no se advertía fuera, porque el camino,por la noche, estaba completamente desierto. Además, los gritos, altravés de los muros, parecían de hombres que estaban de broma, a lo quecontribuían no poco ciertos enfermos, que cantaban en sus momentos decrisis.

II

La habitación de Pomerantzev estaba arriba, y su ventana daba al bosque.En verano, cuando penetraba por la ventana abierta el aroma de los pinosy de las acacias y se veía sobre la mesa un vaso con flores, diríaseque, en efecto, era aquello una casa de campo. Adornaban las paredestres cuadros que Pomerantzev había llevado, así como un gran retrato desu hijo, muerto de difteria hacía mucho tiempo; todo esto daba a lahabitación un aspecto muy agradable. Pomerantzev estaba satisfechísimode su cuarto, y se pasaba largos ratos contemplando los cuadros, de losque uno representaba una muchacha guardando unos patos; otro, un ángelbendiciendo la ciudad, y el tercero, un rapaz italiano. Invitaba a todosa visitar su cuarto, y tenía una singular complacencia en que el doctorChevirev fuese a verle lo más a menudo posible. Si alguien—los enfermoso el doctor—se resistía a visitarle, recurría a pequeñas astucias:aseguraba que en su cuarto había un ruiseñor que cantaba admirablemente.De esta manera procuraba atraer gente a su habitación. Los enfermosestaban tan encantados como él de su aposento, y cuando les daba porelogiar la clínica, hablaban de él en primer término. Desde unprincipio, Pomerantzev se percató de que se hallaba en una casa delocos, pero le tenía sin cuidado: estaba seguro de que, si quisiera,podía convertirse en espíritu puro y volar así por todo el mundo. Losprimeros días de su estancia en la clínica volaba cotidianamente a laciudad, a su oficina; pero después le requirieron quehaceres de másmonta, y no atendió ya a su oficina, por falta de tiempo.

Era de alta estatura, enjuto; tenía el pelo espeso, muy negro yenmarañado. Era miope y llevaba lentes muy gruesos. Cuando se reíaenseñaba no sólo los dientes, sino las encías también, lo que producíael efecto de que la risa rebosaba en todo su ser. Se reía con muchafrecuencia. Tenía voz de bajo profundo.

No tardó en trabar amistad con todos los demás enfermos, y ocupó entreellos un lugar de mucho relieve. Se constituyó en protector de suscompañeros de clínica. Se imaginaba ser un personaje muy importante, deuna posición muy elevada; pero no tenía un concepto preciso de cuál eratal posición, y sus ideas sobre ella cambiaban muy frecuentemente: tanpronto se creía el conde Almaviva como el gobernador de la ciudad o untaumaturgo y bienhechos de los hombres. La sensación de un poder enorme,de una fuerza infinita y de una gran nobleza no le abandonaba jamás. Coneste motivo ponía en su modo de tratar a la gente una benevolencia degran señor, y rara vez era con ella severo y arrogante. Sucedía estocuando le llamaban «Egor», en lugar de «Georgi», como él quería que lellamasen. Entonces se indignaba hasta saltársele las lágrimas, gritabaque se intrigaba contra él y escribía largas quejas al Santo Sínodo yal Capítulo de la Orden de Caballeros de San Jorge. El doctor Chevirev,como recibiese una queja de aquéllas, le envió inmediatamente unarespuesta oficial en toda regla, en la que le daba una completasatisfacción. Pomerantzev se calmó, y hasta hizo rabiar un poco aldoctor, que parecía muy asustado con la queja de su enfermo.

—No hay que apurarse—tranquilizaba éste al doctor—. Ya está todoarreglado.

Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tresmujeres.

Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarsemucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior,desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban loscabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eranuna señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía unaimpresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y labarba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen,por temor a que le degollaran.

En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar parapatinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera yverano trabajaban en la huerta, cultivaban flores y parecían hombresllenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev erasiempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en lostrabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo quellamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombreAnfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama dellaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en unacama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encogerlas piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para todala vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A todahora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en unataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muymodesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y alas santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban losencajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, yllevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.

Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuenciaque se cuidase del ataúd cuando ella muriese.

—Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo granconfianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de losnuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largocostará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta.Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?

—¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermosy se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.

—Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a ustedmuchísimo.

Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutinaherida por el primer rayo del sol.

Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevadoa casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horrorososacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdidoel juicio.

Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos,Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; enverano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y eninvierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas semantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas laspuertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar aella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, conintervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica teníalos dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo sefueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, sepodía creer que sus dedos eran de piedra.

Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que leencontraba.

—¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?

—¡Sí!—respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojostristes y extrañamente profundos.

—¿No abren?

—No—respondía el enfermo.

Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda comosus ojos.

—¡Déjeme usted, voy a abrir!—decía Pomerantzev.

Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta nocedía.

Entonces añadía:

—Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.

Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda yenérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándoselas manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes,al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevadaestatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.

Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:

—¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?...

—¡Es necesario que la abran!

—¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?

—Es necesario que la abran.

—¿Cómo se llama usted?

—No lo sé.

Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevabaen el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol,donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.

En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla;pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban yalos unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, susconversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.

Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya allado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían.Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decíanada y se limitaba a escuchar.

Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecíaen el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo paradormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamentey aun para perfumarse un poquito.

III

Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estarloco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a vecesel doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día enterode todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado.Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer,y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctorChevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la quesu importancia adquiría aún mayor relieve.

El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, sellenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con graveacento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montañade nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción deuna poderosa fortaleza.

No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los malesencontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó derepente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos losenfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía laseguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que,escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: losaullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo quehabía ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación deldoctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a laciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde;todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía,volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curarenfermos.

Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas yun dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horasy horas.

—¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?—le preguntaba el doctor,sentándose a su lado en la cama.

Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:

—Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!

Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadíacon una sonrisa jovial y los ojos brillantes.

—Sólo estoy un poco cansado. No es extraño, por lo demás. ¡He visitadoesta noche tres hospitales! ¡Y he tenido en ellos no poco que hacer!Figúrese usted que solamente en el hospital Detegzev había cinco niñosenfermos de fiebre tifoidea. Uno estaba casi muriéndose. Por fortuna,San Nicolás le curó en seguida, soplándole en la cara. El niño se pusoal punto muy alegre y pidió de beber. Yo y San Nicolás lloramos dealegría.

¡Palabra de honor!

Los ojos de Pomerantzev se llenaron de lágrimas; pero se apresuró asecárselas, y añadió en son de broma:

—¡Vaya un doctor San Nicolás! No se parece usted a él...

Pero inmediatamente, temiendo que el doctor se ofendiese, procurótranquilizarse:

—¡No, no, querido doctor! No tome usted en serio lo que acabo dedecirle. Bien sé que es usted un hombre excelente y cumpleconcienzudamente con su deber. Usted se parece a San Erasmo. También esun buen santo.

—¿Usted le ha visto?

—¡Ya lo creo! Yo he visto a todos los santos.

Y se puso a describir detalladamente los rostros de los santos, que,desde luego, eran todos buenos y nobles.

Después se levantó, dio algunas vueltas por la estancia, hizo algunosejercicios gimnásticos y, al fin, se detuvo junto a la ventana abierta.

—¡La nieve comienza ya a derretirse!—dijo—. ¡Me da un gusto!... ¿Quévamos a hacer hoy, doctor?

—¿Quiere usted romper el hielo del estanque?

—¿Romper el hielo? ¡Dios mío, me entusiasma! Romper el hielo es ayudara la primavera. ¡Verdaderamente, doctor, es usted un hombre excelente!

—Y usted un hombre feliz.

Se separaron grandes amigos.

Un cuarto de hora después, Pomerantzev, todo salpicado de hielo y denieve, trabajaba enérgicamente con la pala, hundiéndola en el hielo, yamedio fundido y semejante a azúcar cande. El trabajo hacía entra encalor a Pomerantzev, que estaba fatigado y sudando; pero se sentía felizy miraba con ojos encantados alrededor. El día primaveral sonreía. Delos tejados, de los árboles, del muro, caían lentamente gotas de agua,que lo ennegrecían todo en torno. Se aspiraba el olor de la nievederretida, del estiércol, los mil olores indefinibles de la primavera.

—¡Mire usted cómo trabajo!—gritaba Pomerantzev a la enfermera, unamuchacha bajita, envuelta en una capa de pieles.

Estaba sentada en un banco, dando pataditas en el suelo para calentarselos pies, y vigilaba a los enfermos. La naricita se le había puestoencarnada a causa del frío.

—¡Muy

bien,

Georgi

Timofeievich!—respondió

con

voz

débil,

sonriéndoleafectuosamente—. Me gusta mucho verle a usted trabajar.

Pomerantzev no ignoraba que la enfermera estaba enamorada de él, y,aunque no podía corresponder a tal amor, respetaba sus sentimientos yprocuraba no comprometer a la muchacha con cualquier imprudencia.Imaginábase que era una heroína que había abandonado a su opulenta yaristocrática familia para cuidar a los enfermos, aunque, en realidad,era una pobre huérfana sin parientes. Estaba seguro de que la cortejabanoficiales de la guardia imperial, y ella los rechazaba para consagrarsepor entero a su deber penoso. Se mantenía con ella en una actitudparticularmente respetuosa, la saludaba con extremada cortesía, lallevaba del brazo a la mesa y le enviaba en verano, con el guarda, ramosde flores; pero evitaba cuidadosamente el quedarse solo con ella, parano ponerla en una situación falsa.

A propósito de esta enfermera tenía frecuentes disputas con el enfermoPetrov, que la juzgaba de una manera harto distinta. Petrov afirmaba queera, como por lo demás lo eran todas las mujeres, perversa, embustera,incapaz de un sincero amor.

—Después de hablar con alguien—decía—, se burla de él. Hace unmomento, por ejemplo—seguía diciéndole confidencialmente a Pomerantzev,acariciándose la larga barba—, hace un momento coqueteaba con usted yconmigo, y estoy seguro de que ahora se está burlando de nosotros, y,escondida detrás de la puerta, ¡está llamándonos imbéciles! ¡Está ahí,créame usted! Hasta juraría que está haciéndonos muecas. ¡Oh, conozcomuy bien a esa maligna criatura!

—¡Se engaña usted! ¡Yo sí que la conozco!

—Pues está ahí, detrás de la puerta. La oigo. ¿Quiere usted que lasorprendamos?

Y los dos, cogidos de las manos, se acercaban lentamente, de puntillas,a la puerta.

Petrov la abría bruscamente.

—¡Se ha escapado!—decía con tono triunfal—. Ha oído nuestraconversación y ha huido. ¡Oh, son el diablo! Es muy difícilsorprenderlas. Puede uno perseguirlas toda la vida sin tener buen éxitonunca.

Un día afirmó que la enfermera era la querida del guarda y había tenidocon él un niño, a quien acababa de matar; le había ahogado con unaalmohada, y por la noche le había enterrado en el bosque. El sabía hastael sitio donde el pobre niño estaba enterrado.

Pomerantzev, indignado al oír tales acusaciones, retrocedió unos cuantospasos, tendió solemnemente la mano derecha y dijo con voz grave:

—¡Señor Petrov, es usted un monstruo! No volveré nunca a darle a ustedla mano.

Voy a pedir a nuestros compañeros que juzguen su conductainnoble.

Y, en efecto, dio al punto principio a la organización de un tribunal.Pero la tentativa fracasó. Cuando Pomerantzev hubo conseguido que todoslos enfermos se sentasen en semicírculo, la señora de los cabellossueltos propuso de repente que se jugase un rato al anillo, y no hubo yatribunal posible.

Media hora después, Pomerantzev y Petrov charlaban amistosamente, comosi nada hubiera ocurrido: habían olvidado por completo su desavenencia.Y hablaban, precisamente, de la enfermera y de su belleza; uno y otroestaban de acuerdo en que tal belleza existía; pero Pomerantzev afirmabaque era una belleza de ángel, mientras que Petrov sostenía que era unabelleza de demonio. Luego Petrov habló largamente, en voz baja, de susenemigos.

Tenía enemigos que habían jurado perderle. Con apariencia deinformaciones financieras publicaban en los periódicos artículos encontra suya, llenos de calumnias y de insinuaciones; sostenían contra éluna campaña persistente, por medio de carteles y de prospectos; leperseguían por todas partes en automóviles ruidosos; le acechaban detrásde los árboles. Habían sobornado a los hermanos de Petrov y a su ancianamadre, que todos los días le echaba veneno en la comida, por lo que élno se atrevía a comer y estuvo a punto de morirse de hambre. Sí, eranpoderosísimos sus enemigos, podían filtrarse al través de las piedras,de las paredes y de los árboles. Un día pasaba por el bosque, y un árbolse inclinó sobre su cabeza y tendió las ramas para estrangularle. Allevantarse por la mañana no estaba seguro de pertenecer por la noche almundo de los vivos; al acostarse, no tenía ninguna certeza de que no leasesinarían durante la noche. Sus enemigos poseían el don de penetrar ensu cuerpo; ocurría a menudo que su pierna o su brazo no le obedecían,paralizados por ellos. Podían también penetrar en su alma; confrecuencia, por la mañana, trataban de impulsarle al suicidio y le dabanconsejos sobre el mejor modo de realizarlo; una vez le habían aconsejadoque rompiese un cristal de la ventana y con uno de los pedazos secortase la arteria del brazo izquierdo por encima del codo. El doctorChevirev no ignoraba que Petrov era perseguido por numerosos enemigos.La antevíspera, por la noche, había llegado a decirle:

—¡Es usted un hombre muy desgraciado, Petrov!

A Petrov le complació mucho oír aquellas palabras de verdad y decompasión, mucho más apreciables sabiendo, como sabía él perfectamente,que el doctor era un vulgar egoísta, un borracho y un libertino, quehabía fundado su clínica con el único objeto de explotar a losimbéciles. Era muy probable que el doctor fuese también cómplice de sumadre y que sólo esperase el momento favorable para perderle.

Eldomingo anterior Petrov había visto con sus propios ojos a su madre,que, escondida detrás de un árbol, miraba fijamente a su ventana; cuandole oyó gritar, se marchó corriendo. Era un hecho real, y, no obstante,el doctor afirmaba que no había nadie en el jardín. Pero él la habíavisto allí, detrás de aquel árbol, con su gorra de piel y sus terriblesojos fijos en la ventana.

Al contar todo esto a Pomerantzev, parecía lleno de un terror queapagaba su voz y se manifestaba también en la agitación de su barba. Nisiquiera advirtió la salida de Pomerantzev, y solo en su aposento, iba yvenía con paso nervioso, se oprimía con desesperación la cabeza entrelas manos, hablaba efusivamente y lloraba. Luego comenzó a amenazar conlos puños cerrados a sus enemigos invisibles y a llorar aún másamargamente, con mayor desconsuelo. Algunos instantes después, como sise hubiera acordado de algo, se animó, y con los ojos brillantes seasomó a la ventana: acechaba a su madre. Permaneció asomado a la ventanauna hora entera. Muchas veces creyó divisar detrás de la esquina lagorra de piel, los ojos terribles y el pálido rostro maternos. Sedisponía ya a lanzar un grito de horror, cuando la visión desapareció.En torno se derretía la nieve, pesadas gotas de agua caían del tejado,de los árboles, del muro. El aire tibio, límpido, de la primaveraenvolvía el jardín. El día era claro, luminoso.

La excitación de Petrov desapareció, así como los pensamientosfragmentarios que turbaban su espíritu. Sólo le quedó una hondatristeza.

Se tendió en la cama. La tristeza, como si fuera un ser viviente, seposó en su pecho y le clavó las garras en el corazón. Así permanecieronambos, estrechamente unidos, mientras fuera, en el jardín, caían gruesasgotas de nieve derretida, y todo era claridad, luz radiante.

Se oía, hacia el estanque, una risa jovial; era Pomerantzev, que echabaal agua barquitas de papel y se reía, lleno de júbilo.

IV

La enfermera María Astafievna no estaba enamorada de Pomerantzev; desdehacía tres años, el tiempo que llevaba en la clínica, amabadesesperadamente al doctor Chevirev y no se atrevía a decírselo. Leamaba por su inteligencia, por su hermosura varonil, por la nobleza desu corazón, por los perfumes especiales y aristocráticos que exhalabasiempre; le amaba, en fin, porque no hablaba nunca y porque parecíasolitario y desgraciado.

En las tres piezas del piso superior que habitaba el doctor no habíadetalle del mobiliario, pedazo de papel ni cuadro que no le fuesenfamiliares. Abría afanosa cuantos libros le veía a él leer, comobuscando en sus páginas el rastro de su mirada melancólica. Se sentabaen todos los sillones y canapés, pensando que el doctor había estadosentado en ellos. Una noche, hallándose el doctor, según su costumbre,en el restorán Babilonia, llegó a tenderse con cuidado en la cama. En laalmohada quedó la huella de su cabeza; asustada, iba a hacerladesaparecer, cuando, pensándolo mejor, renunció a su propósito, y todala noche, entre las burdas sábanas de la clínica, abrasándose de rubor,de placer y de amor, estuvo besando locamente su almohada blanca dedoncella. Sobre el tocador del doctor había encontrado hacía tiempo unfrasco de esencia, y había perfumado su pañuelo, que guardaba como sifuese un objeto precioso, y cuyo perfume saboreaba como saborea unborracho el aroma del vino.

Además de las tres estancias habitadas, había en el piso superior otramás, completamente desierta y con una ventana italiana que abarcaba casipor completo la pared. La acristalaban multitud de pequeños vidrios decolores y de una misión arquitectónica puramente estética; mirada desdefuera, era grata a la vista; pero causaba una impresión turbadora yextraña mirada desde dentro. Siempre que la enfermera subía al pisoalto, permanecía largo rato en aquel aposento, contemplando, al

travésde

la

vidriera

policroma,

el

paisaje

conocidísimo,

y,

sin

embargo,extraordinario, que se veía desde allí. El cielo, el muro, el camino, lapradera y el bosque, mirados al través de los vidrios rojos, amarillos,azules y verdes, cambiaban de un modo fantástico; el efecto, mirando altravés del conjunto de los cristales, era el de una gama; pero si semiraba al través de un solo cristal, se experimentaba una emoción quevariaba según el color. La correspondiente al amarillo era muyinquietante; el paisaje parecía anunciar alguna desgracia, evocarvagamente algún terrible crimen. Al mirar al través del cristalamarillo, la enfermera sentía una tristeza infinita y perdía todaesperanza de que el doctor Chevirev se casara con ella. A no ser poraquel cristal, le hubiera confesado, hacía mucho tiempo, su amor. Ysiempre se juraba no volver a mirar por aquella ventana; pero miraba,sin embargo, llena de susto y de tristeza ante el extraño cambio delpaisaje conocidísimo. La proximidad de la ventana al gabinete del doctorla inquietaba mucho, como si presintiera en ella un riesgo cercano ymisterioso.

La soledad del doctor le inspiraba algo así como un sentimientomaternal. Cuidaba su ropa y sus libros, y sentía mucho que su autoridadno se extendiese a la cocina, tanto más cuanto que, a su juicio, eldoctor comía muy mal.

Tenía celos de los enfermos, del guarda, al que el doctor confiaba aveces misiones misteriosas; de cuantos trataban con su ídolo. Guardabaen la cómoda, amorosamente, junto al pañuelo perfumado, un gruesocuaderno, donde escribía sus más íntimos pensamientos y donde le rogabaal doctor que renunciase a sus visitas cotidianas al restoránBabilonia, al champaña y a la vida de libertino que ella sospechaba.Cuando escribió la palabra «libertino» experimentó un dolor tan intenso,tuvo tanta vergüenza del doctor y de sí misma, que no pudo ya escribirmás; habiéndose tendido, sin soltar el cuaderno, en la cama, estuvollorando toda la noche y emborronó con sus lágrimas dos páginas.

En el mismo cuaderno se brindaba al doctor Chevirev, pero a condición deque se casase con ella y renunciase a Babilonia y al champaña.Demostraba que, desde el punto de vista económico, eso sería muyventajoso para el doctor; una vez casada con él, dejaría de cobrarsueldo. Además, prometía ampliar, con la autorización del doctor, laclínica, y mejorar las condiciones de vida de los enfermos, puesto quesabía bastante psiquiatría y se hacía cargo de los defectos de laclínica. Le rogaba al doctor—siempre en el cuaderno—que resolviese lacuestión lo más pronto posible, pues ella había ya cumplido veinticuatroaños y pronto comenzaría a marchitarse.

Hacía ya dos años que guardaba el cuaderno, y nunca se atrevía aentregárselo al doctor. A menudo, en su timidez y su desesperación,llamaba a la muerte. Cuando se muriese, el doctor leería de seguro loque ella había escrito.

El doctor no sospechaba nada. Todas las noches, a las diez, se iba alrestorán Babilonia y no volvía hasta el amanecer. Y siempre seencontraba en el corredor, al volver, a la enfermera, que le esperaba.

—¿No se ha acostado usted aún?—preguntaba con tono indiferente—.¡Buenas noches!

Ella respondía, con voz apenas perceptible:

—¡Buenas noches!

En el restorán Babilonia, el doctor Chevirev era considerado como unviejo cliente, que casi formaba parte de la casa, y como un personajeimportante, que ocupaba el primer lugar después del dueño del hotel.Conocía por sus nombres a todo el personal, así como a todos losmiembros de la orquesta y a todos los cantores y cantatrices rusos ybohemios. Tomaba parte en las alegrías y en las tristezas delestablecimiento, arreglaba a menudo las desavenencias entre laadministración y los clientes borrachos.

Todas las noches se bebía tresbotellas de champaña, ni una más ni una menos.

Considerándose allí no unmédico, sino un particular, se permitía, en ocasiones, sonreír, lo queno hacía nunca en la clínica; pero hablaba tan poco como en dicho lugar.

Hasta las doce o la una permanecía en la sala común, ante una de lasinnumerables mesitas, en medio de un mar abigarrado de rostros, devoces, de trajes, la espalda casi vuelta a la escena, donde aparecían devez en cuando cantores, cantatrices, juglares, acróbatas. Resonaban entoda la sala el ruido de las copas y de los platos, las voces sonoras,que se unían en un conjunto monótono y regular; la atmósfera estabaimpregnada de perfumes de mujer y de vapores de vino; hermosas mujeres,muy pintadas, deslizándose entre las mesas, sonreían al doctor; todoestaba inundado de una luz eléctrica deslumbradora.

Unos se iban y otros ocupaban sus puestos; pero se diría que siempreeran los mismos; tal semejanza había entre ellos, al fulgor de la luzeléctrica, en medio del ruido incesante y del olor de los perfumes y delvino. No de otra manera, durante una nevada, caen ante los cristales deuna ventana iluminada millares de copos de nieve. Y

parece que sonsiempre los mismos, siendo en realidad siempre otros, en su constantetránsito de lo obscuro a lo obscuro.

No se advertía cómo transcurrían las horas. Las botellas se vaciaban. Elruido y el calor aumentaban; la atmósfera se iba poniendo poco a pocomás turbadora y excitante. Había momentos, al contrario, en que el ruidose debilitaba casi hasta el silencio, y entonces oíase cualquier palabraaislada que se pronunciase en el otro extremo del salón; peroinmediatamente el ruido se hacía más intenso; intermitente, irregular,parecía subir una escalera de escalones ruinosos y caer, para seguirsubiendo luego, dispersándose al cabo, como los fuegos artificiales, enmil chispas multicolores, rojas, verdes, amarillas. En tales momentos,se diría que nuevas voces, ya fuertes, ya suaves, se mezclaban con losgritos de la multitud abigarrada; gritos aislados flotaban a veces sobreel ruido general, semejantes a copos de espuma sobre las olas: risasnerviosas, histéricas, fragmentos de canciones, juramentos furiosos. Amedida que avanzaba el tiempo, iban siendo más numerosas y frecuenteslas voces iracundas que votaban y renegaban. No se sabía la garganta dedonde salían; atravesaban el espacio a modo de murciélagos cegados porla luz deslumbrante. El olor de los perfumes y el vino se iba haciendomás fuerte e impedía la respiración, como si el aire que impregnabahuyese de las bocas, ávidamente abiertas. Hacia la una o las dos de lamadrugada solían llegar algunos hombres y mujeres que el doctor conocía;en Babilonia había tenido ocasión de conocer a casi toda la ciudad. Laalegre comparsa ocupaba en seguida un gabinete particular e invitaba aldoctor Chevirev. Se le acogía siempre con gritos alegres y bromas;algunos, que se consideraban sus amigos, le abrazaban. Ayudaba acomponer el menú de la cena; elegía los vinos; indicaba los mejorescantantes y cantatrices, a quienes se invitaba también al gabinete.Luego se sentaba en un extremo de la mesa, con su botella de champaña,que los criados le llevaban cada vez que cambiaba de sitio. Cuando ledirigían la palabra se sonreía, y diríase que hablaba mucho, aunqueguardaba, en realidad, casi siempre silencio.

Al principio, la temperatura en el gabinete era bastante baja; pero notardaba la atmósfera en caldearse. Como la habitación era mucho másreducida que el salón general, cuanto pasaba en ella parecía más extrañoy más desordenado. Se bebía, se reía, hablaban todos a la vez, nooyendo sino sus propias palabras; se cambiaban declaraciones de amor,abrazos y, a veces, bofetadas.

La gente variaba diariamente. Ante el doctor Chevirev pasaban artistas,escritores, pintores, comerciantes, aristócratas, empleados públicos,oficiales llegados de provincias. Había en la tertulia cocottes,señoras honorables y, en ocasiones, muchachas puras e inocentes,encantadas de cuanto veían y que se emborrachaban a la primera gota devino. No obstante su diversidad, toda aquella gente hacía lo mismo.

No tardaban en entrar los bohemios, los hombres altos, de cuello largo ycara triste y aburrida; las mujeres modestas, vestidas casi todas denegro, indiferentes a las conversaciones, a las palabras que se lesdirigían y a los vinos que había en la mesa.

Luego, de repente,empezaban todos a gritar, y el gabinete se llenaba de una alegría loca,de una tempestad de sonidos, de un huracán de pasiones, como si todo setrastornase y desencadenase. Luego comenzaban los bailes. Cualquieresqueleto vestido de mujer daba vueltas como un peón junto a la mesa, enuna danza loca, frenética. El silencio reinaba de nuevo, y de nuevo seveían mujeres modestas vestidas de negro y hombres de cara seria ytriste. Durante un rato, las mujeres, cansadas, respiraban máspesadamente, y temblaban las manos de la que acababa de bailar.

Una joven bohemia morena comenzaba a cantar un «solo». Bajaba los ojos.Todos deseaban vérselos; pero ella no los levantaba. Hermosa, morena,como enajenada, cantaba:

Ni

debo

amarte

ni

olvidarte

puedo,

y

hondo

dolor

mi

corazón

destroza.

¡Contigo,

el

crimen,

y

sin

ti,

la

muerte!

Lejos

de

ti,

todo

en

mi

vida

es

sombra.

Aunque

maldigo

mi

pasión

insana,

me

complazco

en

sus

cuitas

deliciosas.

Ni

quiero

amarte

ni

olvidarte

puedo.

¡Malhaya el lazo!; pero ¿quién lo corta?

De esta suerte cantaba, sin mirar a nadie, morena, hermosa, comoenajenada; parecía que lo que cantaba no fuese una canción, sino larealidad, y en todos producía una impresión de realidad. La tristezainvadía las almas, los corazones se llenaban de la nostalgia de algodesconocido y bello, la memoria evocaba algo que quizá no había existidonunca. Y todos, los que habían conocido el amor y los que no lo habíanconocido jamás suspiraban y bebían vino ávidamente. Y mientras bebíanpercatábanse de que la vida sobria que habían llevado hasta entonces noera sino una mentira, un engaño; de que la verdadera vida, la real,estaba allí, en aquellos lindos ojos bajos, en aquellas exaltaciones delsentir y el pensar, en aquel vaso que acababa alguien de romper,derramando sobre el mantel un vino color de sangre.

Se aplaudía con entusiasmo a la cantatriz, y se pedían más vino y máscanciones.

Luego, a petición del doctor Chevirev, cantaba una bohemiaentrada en años, de rostro enflaquecido y enormes ojos rasgados; aludíaen sus cantos al ruiseñor, a las citas amorosas en el jardín, al amorjuvenil y a los celos. Estaba embarazada de su sexto hijo. Junto a ellase hallaba su marido, un alto bohemio, vestido de levita, con unamejilla hinchada a causa del dolor de muelas, que la acompañaba con laguitarra.

Ella cantaba, refiriéndose en sus canciones al ruiseñor, a lasnoches de luna, a las citas deliciosas en el jardín, al amor juvenil, ytambién las cosas que cantaba producían una impresión de realidad, apesar de su embarazo y de su rostro envejecido.

Y así hasta el amanecer.

El doctor Chevirev no se esforzaba por conservar en la memoria losnombres de sus amigos del Babilonia, y no se daba cuenta de quedesaparecían y eran reemplazados por otros. Callaba, sonreía cuando sedirigían a él, bebía su champaña mientras los demás gritaban, bailabancon los bohemios, se regocijaban o se entristecían, reían o lloraban.Generalmente, una alegría estúpida reinaba en la tertulia, lo que no eraóbice para que a veces también ocurrieran en ella cosas lamentables.

Hacía dos años, mientras una joven y bella bohemia cantaba, unestudiante se pegó un tiro; se fue a un rincón, se inclinó como paraescupir y se disparó el revólver en la boca, que olía aún a vino. Otranoche, uno de los amigos del doctor, momentos después de abrazarle ymarcharse del Babilonia, fue desvalijado y asesinado en un garito.Algunos años antes, el doctor había conocido allí a su enfermo Petrov;en aquella época, Petrov llevaba una linda perilla, reía, derramaba vinoen los floreros y cortejaba a una hermosa bohemia. A la sazón llevabauna larga barba descuidada y estaba recluido en un manicomio; la bohemiahabía desaparecido. O quizá no había existido en la vida y el doctor sela había inventado. ¿Quién sabe?

A las cinco de la mañana, el doctor Chevirev acababa su tercera botellade champaña, y se iba a su casa. En invierno, como todavía era de nochea dicha hora, tomaba un coche; pero en primavera y en verano, si hacíabuen tiempo, se iba a pie.

No tenía que andar sino cinco o seiskilómetros hasta su clínica. Había que atravesar una gran aldea, seguirdespués el camino, a ambos lados del cual extendíase la campiña, ycruzar, por último, el bosque.

El sol se levantaba, y parecía que sus ojos estaban aún rojos de sueño;todo alrededor—el bosquecillo, los árboles, el polvo del camino—sehallaba ligeramente teñido de un color rosa pálido. El doctor se cruzabade vez en cuando con campesinos y campesinas, que se dirigían en suscochecillos al mercado de la ciudad. En su cara y en su actitud sereflejaba aún la impresión del frío de la noche. Tras los cochecillos sealzaban leves nubes de polvo. Junto a una taberna jugaban unos perritos.De vez en cuando pasaban por el camino hombres con sacos a la espalda,gentes misteriosas, de esas que siempre, a toda hora, van a algunaparte. El bosque estaba húmedo aún; los rayos del sol no habían tenidotiempo de ahuyentar el frescor nocturno; por eso el doctor Chevirevprefería dar un rodeo y caminar por campo abierto.

Bien afeitado, muy currutaco con su sombrero de copa, balanceabanegligentemente su mano enguantada, y silbaba, acompañando a lospájaros, cuyas canciones resonaban en la atmósfera. Dejaba tras sí, enel aire fresco de la mañana, un ligero olor a perfumes, a vino y afuertes cigarros.

V

Al verano siguió el otoño, frío y lluvioso. Durante dos semanas, lalluvia casi no cesó. En las raras horas de intervalo, nieblas fríasalzábanse por todos lados, a modo de cortinas de humo.

Un día cayó en gruesos copos blancos la nieve; se extendió como unblanco tapiz desgarrado sobre la hierba, verde aún, y en seguida sederritió, aumentando la frialdad y la humedad del aire.

En la clínica se encendían las luces a las cinco de la tarde. En todo eldía no se veía un rayo de sol, y los árboles, tras los cristales,agitaban tristemente las ramas, como queriendo despojarse de las últimashojas.

El ruido incesante de la lluvia sobre el tejado de cinc, la ausencia delsol y la falta de distracciones, ponían a los enfermos nerviosos,excitados. Les daban más a menudo ataques y se quejaban constantemente.Algunos se resfriaron, entre otros el enfermo que llamaba a las puertas,el cual tuvo una inflamación pulmonar, y durante algunos días estuvo ala muerte. Al menos, el doctor afirmaba que cualquier otro, en su lugar,no sobreviviría. Diríase que su indomable voluntad, su loca idea fija delas puertas que debían abrirse, le habían hecho invulnerable, casiinmortal, y que la enfermedad no podía nada contra su cuerpo, olvidadohasta por él mismo. Ni soñando dejaba de hablar de las puertas, derogar, de suplicar y aun de exigir con voz terrible y amenazadora quelas abriesen; la enfermera tenía miedo de quedarse con él de noche,aunque le habían puesto una camisa de fuerza y le habían atado a lacama.

Mejoraba rápidamente. El doctor dio orden de que le dejasensiempre abierta la puerta de la habitación, y el enfermo no se acordabade que había en la casa otras puertas cerradas, y estaba muy contento.Pero desde que abandonó el lecho se le oyó llamar a la puerta vecina.

Pomerantzev también se resfrió. Tuvo un fuerte romadizo; además perdióla voz, y sólo podía hablar bajito. Sin embargo, estaba de excelentehumor. En el verano había sembrado una mata de sandías, y cuandoestuvieron en sazón le regaló la más hermosa a la enfermera. Esta quisodársela a la cocinera para que la sirviese en la mesa; pero Pomerantzevno lo permitió; la colocó él mismo sobre el velador, en la habitación dela enfermera, y acudía a cada momento a admirarla: le recordabavagamente el globo terráqueo y le sugería grandes ideas.

El doctor le regaló diez tarjetas postales ilustradas, y Pomerantzev sededicó a la tarea de componer un catálogo de sus cuadros. Trabajódurante mucho tiempo en el dibujo de la cubierta. Comenzó por dibujar supropia persona, como propietario de los cuadros, y esto le gustó tantoque repitió el retrato en todas las páginas. Luego le pidió al doctoruna gran hoja de papel, y dibujó una vez más su imagen, bajo la queescribió con letras muy grandes: «Georgi el Victorioso». Colocó elcuadro en una pared del comedor, muy cerca del techo, y los enfermos quelo veían le felicitaban.

Pero el mal tiempo ejercía también sobre él una influencia perniciosa.Sus ensueños nocturnos tornábanse inquietantes y belicosos. Todas lasnoches le atacaba una turba de diablos chorreando agua, y de mujeresrojas, de aspecto infernal, que se parecían a la suya. Luchaba largorato, denodadamente, con sus enemigos, y acababa por ponerlos en fuga;diablos y mujeres huían a todo correr ante su espada flamígera, lanzandogritos de terror y gemidos lastimeros. Pero por la mañana, después detan fieras batallas, estaba tan cansado que, para recobrar las fuerzas,tenía que quedarse en la cama un par de horas más.

—Naturalmente, yo también he recibido algunos golpes—le confesabafrancamente al doctor Chevirev—. Un diablo muy grande ha cogido unaviga y me la ha tirado entre las piernas, me ha hecho caer y hapretendido estrangularme. Pero yo he acabado por vencerle. ¡Se hallevado lo suyo!... Me han amenazado cuando huían con volver esta noche.Si oye usted ruido, no se asuste; pero venga y verá. ¡Es interesante; selo aseguro!

Y seguía durante largo rato, con gran copia de curiosos detalles,hablando del combate nocturno.

Pero, de todos los enfermos, el que peor estaba era Petrov. Las nieblasdel otoño, que por las ventanas invadían la clínica, le inspiraban laidea de que todo se había acabado, y a cada momento esperaba un sucesoterrible. El presentimiento de una desgracia próxima era en él tanintenso, que permanecía horas y horas inmóvil, sin atreverse alevantarse. Estaba seguro de que mientras no se moviese nada malo podíaocurrirle, y de que con sólo levantarse, con sólo moverse de su sitio,con sólo volver la cabeza, la desgracia terrible ocurriríainmediatamente. Pero una vez en pie, y habiendo comenzado a andar, no seatrevía ya a pararse, pues se le antojaba que el peligro estabaprecisamente en la quietud. Y andaba más aprisa a cada momento,volviéndose

con una

frecuencia

creciente,

lanzando

en

todas

direccionesmiradas de pavor, hasta que caía muerto de cansancio en la cama.

Por la noche escondía la cabeza bajo las almohadas y las sábanas, de talmanera que se ahogaba; pero no se atrevía a sacarla, aunque lahabitación estaba bien alumbrada y frente a la cama dormía unaenfermera, a quien el doctor, en vista del estado inquietante de Petrov,había encargado de vigilarle toda la noche. Como durante el día, Petrovunas veces no se atrevía a moverse y parecía un cadáver, y otras sacudíatodo el cuerpo, como si temblara de frío. Todo su horror se concentrabaen su madre, en la pobre vieja de cara pálida. No pensaba ya que fueracómplice de los médicos que querían perderle. Ni siquiera razonaba elhorror que le inspiraba; pero temía ver su cara y oírle decir: «¡Hijitomío!»

No sabía lo que ocurriría en ese momento, y no se atrevía a pensarlo. Ya toda hora sentía que la pobre vieja estaba allí, muy cerca. Estabaseguro de que se paseaba por el bosque vecino, con su gorro de pieles, yde que se ocultaba debajo de la mesa, debajo de la cama, en todos losrincones obscuros. Durante la noche permanecía en pie detrás de lapuerta, tratando de abrirla suavemente.

El domingo anterior, por la mañana, había estado a verle. Durante unahora estuvo llorando en el aposento del doctor; Petrov no la vio; pero amedia noche, cuando todos dormían ya, tuvo un ataque de locura. Se llamóa toda prisa al doctor, que estaba en Babilonia, y cuando llegó, Petrovse encontraba ya mucho mejor, gracias a la presencia de gente y a unafuerte dosis de morfina que le habían dado; pero seguía temblando depies a cabeza y jadeando. Medio ahogándose, iba y venía de un cuarto aotro y renegaba de todo y de todos: de la clínica, del personal, de laenfermera, que se dormía en vez de velar. Cuando entró el doctor, lerecibió lleno de ira.

—¡Tiene gracia esta casa de locos!—gritaba sin dejar de andar—. ¡Vayauna casa de locos! Ni siquiera cierran las puertas de noche, ycualquiera... si le da la gana... ¡Me quejaré! Si no puede usted nitener un guarda, ¿para qué se mete a abrir clínicas? ¡Es una bribonada!¡Sí, señor, una bribonada! ¡Roba usted a sus enfermos! ¡Abusa de suconfianza! Le creen a usted un hombre honrado, y usted...

—A ver el pulso—dijo el doctor Chevirev.

—Tómemelo, si quiere; pero no se crea que voy a dejarme engañar con elpulso y otras zarandajas.

Petrov se detuvo, y, mirando con ira el rostro afeitado del doctor,preguntó de repente:

—¿Estaba usted en el Babilonia?

El doctor hizo con la cabeza un signo afirmativo.

—¡Qué! ¿Se está bien allí?

—Sí.

—¡Ya lo creo que se está bien! ¿Por qué no? Sin embargo, hay que tenercuidado de que cierren las puertas. No hay que olvidar la clínica por elBabilonia.

Se echó a reír a carcajadas; pero sus labios temblaban, y su risaparecía el ladrido de un perro con frío.

—Sí; voy a dar orden de que cierren siempre las puertas. Le ruego austed que me perdone; ha sido un descuido del personal.

—Para usted tal descuido acaso no tenga importancia, mientras que paramí podría tenerla muy grande. Pero le perdono a usted por esta vez.

Luego, dirigiéndose al enfermero y a los guardas, les dijo severamente:

—¿Han oído ustedes? ¡Cierren en seguida las puertas!

Y añadió riendo:

—De lo contrario, yo y el doctor nos iremos inmediatamente a pasar elrato al Babilonia.

Cuando se logró que Petrov se retirase a su aposento y se acostase, eldoctor subió a sus habitaciones. En el corredor, junto a la escalera,encontró a la enfermera; se hallaba completamente vestida, y sus ojosbrillaban.

—¡Doctor!—murmuró.

Estaba tan emocionada, que no podía continuar.

—¡Doctor!—repitió, sin alzar la voz.

—¡Ah, es usted! ¿No se ha acostado todavía? Es ya tarde.

—¡Doctor!

—¿Qué hay? ¿Necesita usted algo?

—¡Doctor!

Le faltaron ánimos. ¡Quería decirle tantas cosas! Le hubiera hablado desu amor, del Babilonia, del champaña, de que abusaba. Pero se limitó apreguntar:

—¿Hay que darle bromuro a Polakov?

—¡Desde luego! ¡Buenas noches!

—Muy buenas. ¿Volverá usted a irse?

El doctor consultó su reloj. Eran las tres y media.

—No, es demasiado tarde. No saldré ya.

—¡Gracias!

Ahogó un sollozo y huyó a su habitación, a llorar, tan pequeña en elamplio y largo corredor, que parecía una niñita.

El doctor la siguió con la vista, consultó de nuevo su reloj y,sacudiendo la cabeza, se dirigió a sus habitaciones.

El día siguiente fue gris, y, aunque no llovió, hizo mucho frío. Elinvierno se echaba encima. El barro no tardó en secarse. A las cuatro,cuando se hizo salir un rato a los enfermos a tomar el aire, lasavenidas estaban completamente secas, el suelo parecía de piedra y lashojas caídas crujían bajo las pisadas.

El doctor, Pomerantzev y Petrov se paseaban a lo largo de la avenida. Eldoctor y Petrov callaban; Pomerantzev se divertía en hundir los piesentre las hojas secas, y miraba a cada instante atrás, para ver siquedaban huellas. Charlaba acerca del otoño en Crimea, aunque él nohabía estado allí nunca; acerca de la caza, que no conocía, y acerca deotras muchas cosas incoherentes, pero divertidas y no desprovistas deinterés.

—¡Sentémonos!—propuso el doctor.

Sentáronse en un banco; el doctor, entre ambos enfermos. Veían anteellos el cielo frío, de nubes grises y pálidas, muy elevadas.

Las tinieblas descendían. Lejos, por encima de los árboles del bosque,que se veía apenas, cerníase una bandada de grajos en busca de un lugardonde pasar la noche.

Formaban una larga cinta viviente, y aunque erannumerosos, en sus gritos se adivinaba un sentimiento de soledad, eltemor de una interminable noche fría, una queja dolorosa. Varios grajosse destacaron de la bandada, y cuando estuvieron más cerca, pudo verseque cuatro de ellos perseguían a otro; después todos desaparecieron trasel bosque.

Petrov, considerablemente calmado después del ataque de la víspera,miraba fijamente, ora a los pájaros, ora al médico. Guardaba un silenciotenaz. Pomerantzev también había enmudecido, y con gesto severo miraba alo alto.

—Se está bien ahora en casa—dijo con una voz que parecía, no se sabepor qué, de asombro—. No estaría mal tomar ahora te.

—¡Vuelan aquí!—dijo Petrov.

Se puso pálido y se acercó más al doctor.

—¿Vamos?—propuso éste—. Usted, señor Pomerantzev, vaya delante.

Estas palabras sonaron en los oídos de Pomerantzev como una llamada alpoder. Se irguió orgullosamente, y empezó a andar con paso firme,imitando con las manos los movimientos de un tambor y tarareando algoparecido a una marcha guerrera.

—¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!

De esta suerte, tamborileando y andando con paso marcial, avanzabadelante del doctor y de Petrov, que, inconscientemente, seguían elcompás. Petrov se estrechaba contra el doctor y miraba con ansia,volviendo la cabeza, la bandada de grajos en el cielo frío y a cadamomento más obscuro.

—¡Tam-tara-ta-tam! ¡Tam-tara-ta-tam!

El guarda, habiendo visto desde lejos llegar al doctor, abrió la puertade par en par.

Pomerantzev entró el primero, con paso solemne, la cabezaorgullosamente echada atrás y tamborileando. Los otros dos le seguían.En el umbral de la puerta, Petrov dirigió una mirada atrás, y su rostroexpresó un miedo horrible.

A media noche se levantó un viento muy fuerte. Sacudía el cinc deltejado y parecía atacar furiosamente a toda la clínica.

Aquella noche Petrov se murió de terror.

VI

Se transportó al muerto a una vasta habitación fría, que existe en todoslos hospitales, destinada a tal fin; se le lavó y se le vistió con unalevita negra, que se le abrochó sobre el pecho.

Al día siguiente llegaron la madre de Petrov y su hermano mayor, unescritor muy conocido. Después de pasar algunos momentos con el muerto,volvieron al aposento del doctor. La anciana, completamente quebrantadapor el dolor, apenas entró en el salón de Chevirev, se dejó caer en elsofá; pequeña, consumida por una larga vida de sufrimientos, parecía unbultito negro, de faz pálida y cabellos blancos. Derramando lágrimasheladas de anciana, empezó a contar prolijamente de qué manera en lafamilia amaban a su hijo Sacha y el terrible golpe que había sido paraellos su enfermedad inesperada. No había habido nunca locos en lafamilia, ni aun en las generaciones precedentes. El propio Sacha habíasido siempre un joven sano, aunque un poco desconfiado. La ancianainsistía en este punto. Se diría que trataba de justificarse, dedemostrar algo; pero no lo lograba.

El doctor procuraba, con breves réplicas monosilábicas, tranquilizarla;el escritor, alto, sombrío, de cabellos negros, algo parecido a suhermano muerto, iba y venía con paso nervioso de un extremo a otro de laestancia, torturaba su barba, miraba por la ventana y daba a entenderclaramente, con su actitud, que las palabras de su madre ledesagradaban. Tenía su opinión sobre la enfermedad de su hermano, muysabia, fundada en los datos de la ciencia tanto como en su personalconocimiento de las miserias de la vida. Pero entonces, ya muerto Sacha,no quería hablar de eso, sobre todo porque se veía obligado a insistiren lo atañadero al mal carácter del difunto.

Al cabo, no pudiendo ya contenerse, interrumpió a su madre:

—Mamá, ya es hora de que nos vayamos. Estamos molestando al señordoctor.

—En seguida, hijo mío. Dos palabras más, y nos vamos.

Y comenzó de nuevo a hablar, a justificarse y a pretender demostraralgo, sin conseguirlo. El hijo miraba con una curiosidad malévola lacabeza temblorosa y cana de la madre; recordaba las cosas insensatas quele decía en el camino, y pensaba que estaba loca; que abajo, en losaposentos cerrados, había locos; que su hermano, que acababa de morir,estaba también loco, y no paraba de inventar historias ridículas, viendoenemigos por todas partes, figurándose que se le perseguía a cada paso.¡El pobre desgraciado se imaginaba tener enemigos! ¿Qué hubiera dichosi, en efecto, los hubiera tenido como él, el escritor, reales,poderosos, implacables, infatigables, que no retrocedían ante lacalumnia y la denuncia?

—¡Mamá, hay que marcharse!

—¡En seguida, hijo mío! Diga usted, doctor, ¿podré pasar la noche juntoa mi Sacha? ¡Está solo el pobrecito! Nadie en nuestra familia habíamuerto en un hospital, y el pobre hijo mío...

Y se echó a llorar.

El doctor la autorizó para pasar la noche velando al difunto. La madre yel hijo se fueron. Por el camino, la anciana comenzó de nuevo a decircosas insensatas; su hijo hacía gestos de impaciencia y miraba con malhumor los tristes campos, despojados por el otoño de su pompa.

En consideración al carácter tranquilo de Pomerantzev, no se le cerrabanunca la puerta de la habitación. Durante todo aquel día inquietanteanduvo de un lado para otro por la clínica. Asistía a todos losservicios religiosos fúnebres, distribuía velas, las recogía luego, y sialguien se olvidaba de apagar la suya, se acercaba y la apagaba él,soplando muy solícito.

El muerto le inspiraba una gran curiosidad. De media en media horaentraba en la cámara mortuoria para mirarle, ajustaba sobre el cadáverel lienzo que lo cubría y le arreglaba la levita. Y creía que su papelallí no era menos grave e importante que el del muerto. El estaba vivo ylleno de actividad, lo que no era menos interesante, misterioso y graveque estar muerto y yacer en el ataúd. Mientras andaba por toda laclínica, de un lado para otro, pensaba en las palabras conmovedoras ysolemnes que acababa de oír durante el servicio religioso: «Difunto»,«llamado por Dios al reino de los cielos» y otras. Tales palabras, ycuanto pasaba aquel día le hacían felicísimo; pero en lo profundo de sualma sentía una extraña inquietud, como si se hubiera olvidado de algomuy grave y no pudiera recordarlo, a pesar de todos sus esfuerzos. En suir y venir incansable se detenía a veces y se rascaba, con airepreocupado, la frente. Con frecuencia le pedía órdenes a la enfermera.

—¿Me ha encargado usted que haga algo? Me parece que ya está todo.

La enfermera, que se sentía dichosa todavía porque el doctor no habíavuelto, algunas noches antes, al Babilonia, respondió afectuosamente:

—Sí, querido Georgi Timofeievich, lo ha hecho usted todo. Le estamosmuy agradecidos yo y el doctor. ¿Comprende usted? ¡Yo y el doctor! Yo yel doctor...

—Me alegro mucho. Temía haber dejado algo por hacer.

Y seguía apresuradamente su camino.

Cuando llegó la noche, Pomerantzev trató en vano de conciliar el sueño:daba vueltas, suspiraba; pensaba en mil cosas, pero no lograba dormirse.Entonces se volvió a vestir y se fue a ver al muerto. El largo corredorno estaba alumbrado sino por una lamparilla, y apenas se veía en él. Enla cámara mortuoria ardían tres gruesos cirios, y otro, muy fino,alumbraba el breviario que leía en alta voz una monja llamada para velaral muerto. Había mucha luz en la estancia; el aire estaba impregnado deolor a incienso. Cuando entró Pomerantzev, su cuerpo proyectó sobre elsuelo y sobre las paredes algunas sombras vacilantes.

—Deme usted su breviario, hermanita—propuso Pomerantzev a la monja—.La reemplazaré a usted un rato.

La monja, que, en plena juventud, se pasaba la vida leyendo oraciones ala cabecera de los muertos, aceptó muy gustosa la proposición y seretiró a un ángulo del cuarto.

Había tomado a Pomerantzev por un miembrodel personal de la clínica o por un pariente del difunto.

En aquel momento se levantó del canapé la madre de Petrov, envuelta enun chal negro. Su cabecita cana temblaba; su rostro era tan pulcro en susenilidad como si se lavase diez veces al día cada arruguita. Llevabalargo rato en el canapé, sin dormir, sumida en sus tristes pensamientos.

Al principio, Pomerantzev leía muy bien, con voz expresiva; pero loscirios y las flores que cubrían el cuerpo del difunto no tardaron enatraer su atención. Acabó por leer de un modo incoherente, saltándosemuchas líneas. La monja se aproximó a él sin que lo advirtiese, y,suavemente, le quitó de la mano el breviario. En pie ante el ataúd, conla cabeza ligeramente echada a un lado, contempló al muerto unosmomentos, admirándole, como un pintor admira su cuadro. Después arreglóun poco la levita del difunto, y le dijo, como para tranquilizarle:

—¡Duerme tranquilo, hermano mío! No tardaré en volver.

—¿Conocía usted a mi pobre Sacha?—preguntó la vieja, acercándose.

Pomerantzev se volvió hacia ella.

—Sí—dijo con tono decidido—; era mi mejor amigo. Mi amigo de lainfancia.

—Yo soy su madre. Me da gusto oírle a usted hablar así de mi pobreSacha.

Permítame usted que le hable un poco.

Pomerantzev se imaginó que él era el doctor Chevirev, que escuchaba lasquejas de los enfermos. Adoptando una actitud grave, atenta ysuplicante, respondió con mucha cortesía:

—¡Estoy a sus órdenes! Tenga la bondad de sentarse. Estará usted mejor.

—No, gracias; estoy bien así. Diga usted, ¿no es verdad que mi pobreSacha no era un mal hombre?

—¡Era un hombre excelente!—exclamó con sincero acento Pomerantzev—.Era el mejor de los hombres que he conocido. Claro es que tenía susdefectillos; pero...

¿quién no los tiene?

—Es lo que yo digo; pero mi hijo segundo, Vasia, se incomoda. ¡Soy tanfeliz oyéndole a usted! Es un gran consuelo para mí... Diga usted, ¿mipobre Sacha no se quejaba nunca de mí? ¡Pobrecito! Se figuraba que yo nole quería y, no obstante, créame usted, yo le quería mucho, mucho...

Y llorando suavemente, le contó a Pomerantzev todos sus sufrimientos,todos sus dolores de madre, que veía a su hijo perdido y no podía hacernada por él. Y de nuevo pareció querer justificarse, demostrar algo, sinlograrlo. Se diría que tanto ella como Pomerantzev, que apoyabatranquilamente el codo sobre el ataúd, se habían olvidado del muerto; lavieja estaba tan cerca de la muerte, que no le atribuía una granimportancia y la concebía como otra vida misteriosa; Pomerantzev, porsu parte, ni siquiera pensaba en ella. Pero las lágrimas de la ancianade cabellos blancos le conmovieron, y experimentó de nuevo unsentimiento de vaga inquietud.

—¡A ver el pulso!—le dijo—. Bueno. No se apure usted. Todo searreglará lo mejor posible. Yo haré todo lo que esté en mi mano. Estéusted completamente tranquila.

—Me consuela usted. ¡Es usted tan bueno! Se lo agradezco con toda mialma.

Y la vieja, de pronto, le cogió la mano a Pomerantzev y se la llevó alos labios.

El se puso muy colorado, como se ponen los hombres que ya peinan canas ytienen arrugas en la cara, y exclamó con indignación:

—¡Vamos, señora, vamos! ¿Se les besa la mano a los hombres?

Y salió de la estancia.

El corredor estaba mal alumbrado. Pomerantzev marchaba lentamente. Depronto, a algunos pasos de distancia, vio a San Nicolás, el taumaturgo.Era un hombrecillo de pelo gris, con pantuflas tártaras muy agudas y unapequeña aureola dorada alrededor de la cabeza. Pomerantzev avanzabacabizbajo, y el santo también, sin ruido alguno, como si anduviese sobreuna espesa alfombra. Durante largo rato, uno y otro guardaron silencio.Marchaban emparejados y sumidos en sus reflexiones. El corredor parecíainterminable. Se veían a ambos lados blancas puertas cerradas; detrásde unas reinaba un silencio absoluto; detrás de otras se adivinaba unaligera agitación: la de los enfermos insomnes, que no podían estarsequietos. El corredor no se terminaba jamás, y las puertas eranextrañamente numerosas. Detrás de una de ellas, al lado izquierdo delpasillo, oyeron un ruido seco y monótono; el loco que llamaba a laspuertas se entregaba infatigablemente a su ocupación predilecta.

—¡Llama!—dijo Pomerantzev a San Nicolás, sin levantar la cabeza.

—¡Llama!—respondió el otro, sin levantar la cabeza tampoco.

—¡Muy bien!

—¡Sí, muy bien!—confirmó San Nicolás.

Y siguieron andando, sumidos uno y otro en sus reflexiones.

—¿Por qué siento a veces en el pecho, bajo el corazón, algo que meoprime, que me pesa? Di, Nicolás.

—¡Es natural! En una casa de locos no puede uno menos de fastidiarsealguna vez.

—¿Crees...?

Pomerantzev volvió la cabeza hacia San Nicolás. Este le miraba conafecto y sonreía dulcemente. Tenía los ojos arrasados en lágrimas.

—¿Por qué lloras? Sonríes y lloras al mismo tiempo.

—¿Y tú? Tú también sonríes y lloras.

Y siguieron andando, sumidos en sus reflexiones.

—¡Llama!—dijo Pomerantzev.

—¡Llama!—respondió San Nicolás.

—Me das lástima, Nicolás. Estando tan viejo, tan enfermo, tan falto defuerzas, andas sin cesar, vuelas sin descanso sobre la tierra y no tecuidas de nada. Ahora has venido por los aires a visitarme. Veo que nome olvidas.

—No tiene importancia: llevo pantuflas. Con botas es más difícil volar.

—¡Llama!—dijo Pomerantzev—. Vámonos volando a cualquier parte, ¿teparece?

Porque, ya ves, me aburro aquí. ¡Me aburro tanto! Además, meduelen las piernas.

—¡Bueno, volemos!—aceptó San Nicolás.

Y volaron.

En el corredor, mal alumbrado, reinaba un silencio inquietante. Tras laspuertas cerradas oíase la charla de los enfermos que no conocían eldescanso. En el extremo del corredor, tras una puerta silenciosa hastaentonces, se oyó un grito:

—¡Qui-qui-ri-quí!

Lo lanzaba un enfermo que se imaginaba ser un gallo. Con la puntualidadde un cronómetro se despertaba a media noche, a las tres y a las seis,agitaba los brazos, a modo de alas, y gritaba imitando al gallo ydespertando a los otros enfermos.

Ahora no se despertó nadie. El enfermo que se imaginaba ser un gallo sedurmió de nuevo. Todo quedó otra vez tranquilo. Detrás de una puerta,del lado izquierdo del pasillo, el enfermo seguía golpeando de un modoregular y monótono; pero aquel ruido no turbaba el silencio, porque seconfundía con él.

La noche avanzaba, y el enfermo seguía llamando. En el restoránBabilonia se habían apagado ya todas las luces, y él seguía llamando,locamente obstinado, infatigable, casi inmortal.

EL HONOR

(DRAMA PARODIA)

Se oyen los sones de una música lejana. Una noche estrellada deprimavera. Un viejo jardín salvaje, limitado por un ancho foso. Unaescalinata ennegrecida y casi en ruinas. Sobre las copas de losárboles se alza la masa sombría del castillo. Todas las ventanasestán iluminadas. Sobre el muro almenado acaban de encenderbarriles de alquitrán, que lanzan fulgores siniestros.

La condesa está sentada sola en un banco de piedra. Lleva un trajeblanco, y una pequeña corona adorna sus cabellos. Aparece en laescalinata semirruinosa del castillo del viejo conde. Le precede sufiel servidor, el viejo Astolfo, de aspecto muy semejante al de suamo. Astolfo, encorvado, con una linterna en la mano, le alumbra elcamino al conde.

EL CONDE. (Sin ver a su hija, con voz llena de cólera.)—¡Que levantende nuevo todos los puentes! ¡Que apaguen todas las luces! ¡Que laservidumbre se retire! ¡Que se acompañe a los barones a sus aposentos!Es hora ya de que todo el mundo descanse.

Harto hemos esperado al novio,y aunque nos lo ha recomendado el propio emperador, no somos lo bastantericos para hacer arder toda la noche aceite y alquitrán. ¡Que se apaguentodos los fuegos!

ASTOLFO.—¿Y cuáles son las órdenes del conde en lo que se refiere a lasmesas servidas?

EL CONDE.—¡Que les echen toda la comida a los perros! Pero no: somosdemasiado pobres para eso; estamos más hambrientos aún que los perros.No, Astolfo; dales, más bien, a mis barones de comer, pues están nomenos hambrientos que yo, y guarda los restos en la cueva. Nos loscomeremos después, procurando que duren todo lo posible.

Sí, Astolfo,todo lo posible. En nuestra situación hay que ser muy económicos.

ASTOLFO.—¡A vuestras órdenes, conde!

EL CONDE.—Sí, Astolfo, hay que ser económicos. Seamos como aquellaburguesa prudente que, después de casar a su hija, se nutrió durantemedio año con los restos del festín nupcial. Escatima cada pedazo,pésalo, calcúlalo. Si se cubre de moho, corta la parte superior; a pesarde eso, lo comeremos muy a gusto.

ASTOLFO.—Los barones están furiosos; desde por la mañana estánesperando al duque, al noble prometido de la noble condesa Elsa.

EL CONDE.—¡Los barones! Y tú, Astolfo, ¿estás contento? A juzgar por tucara, me parece que no. (Reparando en su hija.) ¿Ah, estáis ahí,condesa? ¿Sola, sin vuestras damas de compañía? (A Astolfo.) ¡Puedesirte, muchacho!

(Astolfo deja la linterna sobre la balaustrada y se va.) EL CONDE.—Vuestro prometido no se apresura demasiado, condesa Elsa;hace largo rato que ha anochecido, y sigue sin venir. Desde por lamañana tenemos abiertos los brazos para recibir al noble huésped, y sóloabrazamos el vacío. ¿No creéis, condesa, que esta tardanza manifiestauna falta de respeto, tanto a vos como a vuestro viejo padre? (Elsa nocontesta.)

EL CONDE.—¿Os calláis? Sí, tenéis razón; cuando se trata del honor devuestro padre, preferís callaros. Vuestro padre está enfermo deorgullo—¿no se llama así mi enfermedad?—, y nuestro buen emperador leha prescrito, como medicina, un yerno para uso interno, como dicen losmédicos. ¡Ja, ja, ja! Sí, para uso interno, y nosotros hemos abiertoampliamente la boca... es decir, la puerta, para recibirle; pero noviene.

Sí; nuestro buen emperador ha encontrado un remedio seguro contrami enfermedad.

Pero si vuestro prometido os ama, hay que confesar que suamor tiene pasos muy cortos. Qué, condesa, ¿lloráis?

ELSA. (Llorando.)—Padre, le ha ocurrido una desgracia. Tengo unpresentimiento.

Le ha ocurrido una desgracia.

EL CONDE.—¡Crees! Es chistoso; hasta ahora, yo estaba seguro de que eraa nosotros a quien nos había ocurrido una desgracia.

ELSA.—Esta mañana, cuando vi la luz del sol, ya experimenté unpresentimiento doloroso. Y todo el día he sido presa de temores. El solse ha puesto ya, y le sigo esperando en vano. Ha muerto, padre; estoysegura.

EL CONDE.—Según mis noticias, el duque goza de una excelente salud.Vuestros temores, condesa, son exagerados, como vuestro amor. Bajo laprotección del propio emperador, avanza tranquilo a través de nuestrastierras. Se burla del odio de mis barones hambrientos, que rechinan,rabiosos, los dientes, como los lobos en invierno.

No tiene nada quetemer, puesto que su cabeza está protegida por las alas y el pico rapazdel propio emperador.

ELSA.—Pero ¿por qué no viene? Hace largo rato que ha anochecido, y lesigo esperando en vano.

EL CONDE.—Sí, hace largo rato que ha anochecido, y no está todavíaaquí. ¡Oh, si yo no fuese el conde mendigo, de quien se burlan en lacorte; si mis muros almenados no estuviesen punto menos que en ruinas;si mi castillo fuese una fortaleza sólida y amenazadora, como en tiemposde mis abuelos, entonces el duque no se retrasaría!

¡Sería cortés yrespetuoso como el último de mis vasallos, hubiera llegado muy de mañanay, arrodillado ante mí, me hubiera lamido, como un perro sumiso, lamano!

ELSA.—¡Padre, es el elegido de mi corazón!

EL CONDE.—¡Y al mismo tiempo, mi enemigo!

ELSA.—No le conoces. Cegado por el odio al emperador, empezaste aodiar al duque sin haberle visto siquiera.

EL CONDE.—Sí, odio a todos esos aduladores serviles que andan a cuatropatas por las gradas del trono. Mendigan lo que hay que tomar por lafuerza. A la vida libre de un lobo prefieren la de un perro encadenado asu caseta, porque le tienen miedo al hambre. Son traidores a nuestralibertad. Ellos han arruinado mi castillo, en los agujeros de cuyosmuros, en otro tiempo terribles para nuestros enemigos, hacen ahora susnidos los cuervos. La servidumbre se ríe a hurtadillas cuando mandolevantar los puentes; sabe que eso es inútil, porque se puede penetraren el castillo por los muros agujereados. ¡Levantar los puentes! ¡Ja,ja, ja!

ELSA.—No eres justo, padre; mi Enrique es honrado y noble. ¿No te hatendido la mano para obtener tu gracia?

EL CONDE.—Sí, y yo no he aceptado esa mano.

ELSA.—Te ha suplicado que consientas en nuestro matrimonio, mientrasque tú, con la crueldad de un hombre obcecado...

EL CONDE.—Puedes no medir demasiado tus palabras, Elsa; no tienes queviolentarte con tu viejo padre. El propio emperador te apoya, sus garrasmantienen mi cabeza humillada, su pico ha peinado esta mañana miscabellos blancos para la acogida del novio. Sé audaz y noble como tuprometido, Elsa. Es verdaderamente irritante: ¡un conde miserable seopone a esa boda, grata a los ojos del emperador! Si el pobre conde seobstinase, el duque se arrastraría hacia el trono del emperador y lerogaría que le diese lo que no le pertenece: la hermosa hija delridículo viejo. ¡Y la hija se daría gustosísima al noble duque, mientrassu viejo padre!...

ELSA.—¡Ten piedad de mí, padre mío! ¡Le amo tanto!

EL CONDE.—Yo también he conocido el amor; pero si tu madre se hubieraparecido a ti, la hubiera echado como a una ínfima esclava, como a unainnoble criatura, sólo útil para satisfacer los caprichos fugaces de susamos.

ELSA.—¡Os dejáis llevar de la ira, conde! Cuando rechazasteisbrutalmente al duque al pediros mi mano, yo me postré a los pies delemperador, rogándole que tuviese piedad de los infelices enamorados yque suavizase con su poder divino vuestra crueldad.

EL CONDE.—¡Sí, con su poder divino! ¡Muy bien dicho!

ELSA.—Y entonces el emperador, tomándome bajo su protección, os dirigióuna orden en la que me llamaba su hija. Ahora insultáis al emperador.

(El conde baja irónicamente la cabeza.)

EL CONDE.—¡Os pido humildemente perdón, duquesa! Espero vuestrasórdenes; mi castillo está por completo a vuestra disposición, lo mismoque a la del señor duque. He hecho mal ordenando que se apaguen lasluces. En seguida van a encenderlas de nuevo. Voy a ordenar que seenciendan todos los fuegos, que arda el alquitrán en los barriles; vamosa esperar toda la noche al novio retrasado, sin pegar los ojos ennuestro éxtasis amoroso y nuestra sumisión canina.

ELSA.—Perdóname, padre.

EL CONDE.—Sí, seremos dóciles como perros; de otra suerte, el emperadorpodrá enfadarse con nosotros. Hace mucho tiempo que detesta al condemiserable que se atreve aún a conservar un poco de altivez, y mañana,quizá, le echará de su nido familiar y ordenará luego la destrucción delnido. (Finge que llora.) ¿Adónde irá entonces el desgraciado conde?¿Dónde encontrará un asilo? Es pobre, va mal vestido.

Los perros de laaldea le morderán las piernas; las mujeres y los niños harán mofa de él.¿Adónde irá entonces el desgraciado conde? (Cae de rodillas ante Elsa ytrata de coger sus manos para besarlas.) ¡Oh, noble y generosa duquesa!¡Os ruego que os compadezcáis de mí! Suplicad a nuestro buen emperadorque no me eche; dadle la seguridad de mi plena, de mi absolutasumisión...

ELSA.—¡Vamos, padre! ¡Te lo suplico! Levántate.

EL CONDE.—Sí, noble duquesa; suplicad al emperador que no destruya elnido en que ha nacido el pobre conde. No hay piedra, no hay agujero enel castillo que le sean desconocidos. De niño andaba a gatas por laslosas del patio. Desde sus torres, siendo mozo, miraba a lo lejos,soñando conquistar el mundo y adornar su frente con una corona. Aquíconoció a su mujer, y, bajo las frondas de estos árboles, arrullaba a supequeña Elsa, que era el sol de su vida...

ELSA. (Llorando.)—¿Qué haces conmigo, padre? ¡Déjame! ¡Me haces dañoen las manos! ¿Lloras de verdad? Sí, siento en las manos la humedad detus lágrimas. Te lo ruego, no llores. Ten piedad de mí. ¡Si supierascómo le amo! ¡Sufro tanto! ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué ha pasado? ¿Por quéno viene? Un terror loco se apodera de mí. He estado temblando todo eldía. Tengo terribles presentimientos. Apiádate de mí, padre; procuratranquilizarme. ¿Te acuerdas de mi madre? ¡Qué hermosa era! ¡Cómo laamabas! (El conde se levanta y se aparta un poco.) EL CONDE.—Calmaos, condesa; el deseo de nuestro emperador se cumplirá.El castillo está dispuesto para el recibimiento del noble prometido. Voya mandar que enciendan nuevos fuegos; los barriles de alquitrán están yaapagándose.

ELSA.—¡Padre!

EL CONDE.—¿Queréis, quizá, que os envíe a vuestras damas de compañía?No tenéis más que mandarlo. Pero no; el amor prefiere la soledad.Perdonad a un viejo que ha olvidado ya lo que es el amor. ¡A vuestrasórdenes!

(Sube por la escalinata.)

ELSA. (Sola.)—¡Pobre padre, cuánto sufre! No conoce a mi Enrique.Cuando lo conozca, le amará como yo le amo... ¿De qué proviene estatristeza que invade mi alma?... ¡Ah, ese presentimiento! Y luego eselúgubre castillo... Ese viejo estanque, cubierto de musgo verde... Loaborrezco. Me da miedo, sobre todo hoy. Está lleno de ranas que saltanruidosamente de la orilla al agua. Cuando he visto esta noche reflejarsenuestro castillo, con sus ventanas iluminadas, en el agua inmóvil delestanque, he pensado que así debe de ser el castillo de la muerte. ¡Lamuerte!...

Pero si Enrique, en efecto, ha muerto, ¿por qué le siento tancerca de mí? Sus besos me queman los labios, y mi corazón...

(Se interrumpe de pronto y deja escapar un grito. Sale el duque deentre los árboles.)

ELSA.—¿Quién es?

ENRIQUE.—¡Elsa! ¡Amor mío! ¡Mi amada prometida!

ELSA.—¡Enrique!

(Se abrazan y permanecen así unos momentos, las bocas juntas en unbeso. En lo alto de la escalinata aparece Astolfo. Mira un instante ydesaparece de nuevo.) ELSA.—¿Por qué me habéis hecho esperar tanto tiempo? He creído morir deangustia y desesperación. Enseñadme la faz... Si sois vos... eres tú...¿Por qué no dices nada, Enrique? ¿Acaso has muerto y no eres más que tuespectro?

ENRIQUE.—Sí, soy mi espectro.

ELSA.—¿Pero cómo queman tus labios de tal modo? Los labios de unespectro están fríos y mudos.

ENRIQUE.—Una llama del infierno arde en ellos.

ELSA.—¿Y cómo fulguran de tal modo tus ojos? Los ojos de los espectrosestán apagados y mudos.

ENRIQUE.—Los iluminan resplandores del paraíso. ¡Amor mío, noviaquerida! ¡Si supieras cómo te amo! ¡Qué largo ha sido este día para mí!

ELSA.—¡Y para mí qué terrible!

ENRIQUE.—No podía más. He abandonado a mis barones y misguerreros—¡avanzan tan lentamente, de una manera tan solemne!—, y hecorrido aquí. ¡Qué dicha, te he encontrado sola! ¿Me esperabas aquí,amor mío?

ELSA.—No. ¡Pero qué extraña capa llevas!

ENRIQUE.—Es la de uno de mis servidores; no he querido que mereconociesen aquí.