Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Este servicio no entusiasmaba á sujefe inmediato, pero lo agradecía como una muestra de interés por elestablecimiento.

El viejo estanciero alababa su adquisición como un triunfo, pretendiendoque su yerno la celebrase igualmente.

—Un mozo muy útil, ¿no es cierto?... Estos gringos de la Alemaniasirven bien, saben muchas cosas y cuestan poco.

Luego, ¡tandisciplinados! ¡tan humilditos!... Yo siento decírtelo, porque eresgabacho; pero os habéis echado malos enemigos.

Son gente dura de pelar.

Desnoyers contestaba con un gesto de indiferencia. Su patria estabalejos y también la del alemán. ¡A saber si volverían á ella!... Allíeran argentinos, y debían pensar en las cosas inmediatas, sinpreocuparse del pasado.

—Además, ¡tienen tan poco orgullo!—continuó Madariaga con tonoirónico—. Cualquier gringo de éstos, cuando es dependiente en lacapital, barre la tienda, hace la comida, lleva la contabilidad, vende álos parroquianos, escribe á máquina, traduce de cuatro á cinco lenguas,y acompaña, si es preciso, á la amiga del amo como si fuese una granseñora... todo por veinticinco pesos al mes. ¡Quién puede luchar con unagente así!

Tú, gabacho, eres como yo... muy serio, y te morirías dehambre antes de pasar por ciertas cosas. Por eso te digo que resultantemibles.

El estanciero, después de una corta reflexión, añadió:

—Tal vez no son tan buenos como parecen. Hay que ver cómo tratan á losque están debajo de ellos. Puede que se hagan los simples sin serlo, ycuando sonríen al recibir una patada, dicen para sus adentros: «Esperaque llegue la mía, y te devolveré tres.»

Luego pareció arrepentirse de sus palabras.

—De todos modos, este Karl es un pobre mozo, un infeliz, que apenasdigo yo algo, abre la boca como si fuese á tragar moscas.

El asegura quees de gran familia, pero ¡vaya usted á saber de estos gringos!...Todos los muertos de hambre, al venir á América, la echamos de hijos depríncipes.

A éste lo había tuteado Madariaga desde el primer instante, no poragradecimiento, como á Desnoyers, sino para hacerle sentir suinferioridad. Lo había introducido igualmente en su casa, peroúnicamente para que diese lecciones de piano á la hija menor. «Laromántica» ya no se colocaba al atardecer en la puerta contemplando elsol poniente. Karl, una vez terminado su trabajo en la Administración,venía á la casa del estanciero, sentándose al lado de Elena, quetecleaba con una tenacidad digna de mejor suerte. A última hora, elalemán, acompañándose en el piano, cantaba fragmentos de Wágner, quehacían dormitar á

Madariaga

en

un

sillón

con

el

fuerte

cigarro

paraguayoadherido á los labios.

Elena contemplaba mientras tanto con creciente interés al gringo cantor. No era el caballero de los ensueños esperado por la dama blanca.Era casi un sirviente, un inmigrante rubio tirando á rojo, carnudo, algopesado y con ojos bovinos que reflejaban un eterno miedo á desagradar ásus jefes. Pero, día por día, iba encontrando en él algo que modificabasus primeras impresiones: la blancura femenil de Karl más allá de lacara y las manos tostadas por el sol; la creciente marcialidad de susbigotes; la soltura con que montaba á caballo; su aire trovadoresco alentonar con una voz de tenor algo sorda romanzas voluptuosas conpalabras que ella no podía entender.

Una noche, á la hora de la cena, no pudo contenerse, y habló con lavehemencia febril del que ha hecho un gran descubrimiento:

—Papá: Karl es noble. Pertenece á una gran familia.

El estanciero hizo un gesto de indiferencia. Otras cosas le preocupabanen aquellos días. Pero durante la velada sintió la necesidad dedescargar en alguien la cólera interna que le venía royendo desde suúltimo viaje á Buenos Aires, é interrumpió al cantor.

—Oye, gringo: ¿qué es eso de tu nobleza y demás macanas que le hascontado á la niña?

Karl abandonó el piano para erguirse y responder. Bajo la influencia delcanto reciente, había en su actitud algo que recordaba á Lohengrin en elmomento de revelar el secreto de su vida. Su padre había sido el generalvon Hartrott, uno de los caudillos secundarios de la guerra del 70. Elemperador lo había recompensado ennobleciéndolo. Uno de sus tíos eraconsejero íntimo del rey de Prusia. Sus hermanos mayores figuraban en laoficialidad de los regimientos privilegiados. El había arrastrado sablecomo teniente.

Madariaga le interrumpió, fatigado de tanta grandeza.

«Mentiras...macanas... aire.» ¡Hablarle á él de noblezas de gringos!... Habíasalido muy joven de Europa para sumirse en las revueltas democracias deAmérica, y aunque la nobleza le parecía algo anacrónico éincomprensible, se imaginaba que la única auténtica y respetable era lade su país. A los gringos les concedía el primer lugar para lainvención de máquinas, para los barcos, para la cría de animales deprecio, pero todos los condes y marqueses de la gringuería le parecíanfalsificados.

—Todo farsas—volvió á repetir—. Ni en tu país hay nobleza, ni tenéistodos juntos cinco pesos. Si los tuvierais, no vendríais aquí á comer nienviaríais las mujeres que enviáis, que son... tú sabes lo que son tanbien como yo.

Con asombro de Desnoyers, el alemán acogió esta rociada humildemente,asintiendo con movimientos de cabeza á las últimas palabras del patrón.

—Si fuesen verdad—continuó Madariaga implacablemente—

todas esasmacanas de títulos, sables y uniformes, ¿por qué has venido aquí? ¿Quédiablos has hecho en tu tierra para tener que marcharte?

Ahora Karl bajó la frente, confuso y balbuceando. «Papá...

papá»,suplicó Elena. ¡Pobrecito! ¡Cómo le humillaban porque era pobre!... Ysintió un hondo agradecimiento hacia su cuñado al ver que rompía sumutismo para defender al alemán.

—¡Pero si yo aprecio á este mozo!—dijo Madariaga excusándose—. Sonlos de su tierra los que me dan rabia.

Cuando, pasados algunos días, hizo Desnoyers un viaje á Buenos Aires, seexplicó la cólera del viejo. Durante varios meses había sido elprotector de una tiple de origen alemán olvidada en América por unacompañía de opereta italiana. Ella le recomendó á Karl, compatriotadesgraciado que, luego de rodar por varias naciones de América y ejercerdiversos oficios, vivía al lado suyo en clase de caballero cantor.Madariaga había gastado

alegremente

muchos

miles

de

pesos.

Un

entusiasmojuvenil le acompañó en esta nueva existencia de placeres urbanos, hastaque, al descubrir la segunda vida que llevaba la alemana en susausencias y cómo reía de él con los parásitos de su séquito, montó encólera, despidiéndose para siempre, con acompañamiento de golpes yfractura de muebles.

¡La última aventura de su historia!... Desnoyers adivinó esta voluntadde renunciamiento al oir que por primera vez confesaba sus años. Nopensaba volver á la capital. ¡Todo mentira! La existencia en el campo,rodeado de la familia y haciendo mucho bien á los pobres, era lo únicocierto. Y el terrible centauro se expresaba con una ternura idílica, conuna firme virtud de sesenta y cinco años, insensibles ya á la tentación.

Después de su escena con Karl, había aumentado el sueldo de éste,apelando como siempre á la generosidad para reparar sus violencias. Loque no podía olvidar era lo de su nobleza, que le daba motivo paranuevas bromas. Aquel relato glorioso había traído á su memoria losárboles genealógicos de los reproductores de la estancia. El alemán eraun pedigrée, y con este apodo le designó en adelante.

Sentado, en las noches veraniegas, bajo un cobertizo de la casa, seextasiaba patriarcalmente contemplando á su familia en torno de él. Lacalma nocturna se iba poblando de zumbidos de insectos y cloqueos deranas. De los lejanos ranchos venían los cantares de los peones quepreparaban su cena. Era la época de la siega, y grandes bandas deemigrantes se alojaban en la estancia para el trabajo extraordinario.

Madariaga había conocido días tristes de guerras y violencias.

Seacordaba de los últimos años de la tiranía de Rosas, presenciados por élal llegar al país. Enumeraba las diversas revoluciones nacionales yprovinciales en las que había tomado parte, por no ser menos que susvecinos, y á las que designaba con el título de «puebladas». Pero todoesto había desaparecido y no volvería á repetirse. Los tiempos eran depaz, de trabajo y abundancia.

—Fíjate, gabacho—decía, espantando con los chorros de humo de sucigarro á los mosquitos que volteaban en torno de él—. Yo soy español,tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, suayudante griego, el peón de cuadra inglés, las chinas de la cocina,unas son del país, otras gallegas ó italianas, y entre los peones loshay de todas castas y leyes... ¡Y todos vivimos en paz! En Europa talvez nos habríamos golpeado á estas horas; pero aquí todos amigos.

Y se deleitaba escuchando las músicas de los trabajadores: lamentos decanciones italianas con acompañamiento de acordeón, guitarreos españolesy criollos apoyando á unas voces bravías que cantaban el amor y lamuerte.

—Esto es el arca de Noé—afirmó el estanciero.

Quería decir la torre de Babel, según pensó Desnoyers, pero para elviejo era lo mismo.

—Yo creo—continuó—que vivimos así porque en esta parte del mundo nohay reyes y los ejércitos son pocos, y los hombres sólo piensan enpasarlo lo mejor posible gracias á su trabajo.

Pero también creo quevivimos en paz porque hay abundancia y á todos les llega su parte... ¡Laque se armaría si las raciones fuesen menos que las personas!

Volvió á quedar en reflexivo silencio, para añadir poco después:

—Sea por lo que sea, hay que reconocer que aquí se vive más tranquiloque en el otro mundo. Los hombres se aprecían por lo que valen y sejuntan sin pensar en si proceden de una tierra ó de otra. Los mozos novan en rebaño á matar á otros mozos que no conocen, y cuyo delito eshaber nacido en el pueblo de enfrente...

El hombre es una mala bestia entodas partes, lo reconozco; pero aquí come, tiene tierra de sobra paratenderse, y es bueno, con la bondad de un perro harto. Allá sondemasiados, viven en montón, estorbándose unos á otros, la pitanza esescasa y se vuelven rabiosos con facilidad. ¡Viva la paz, gabacho, y laexistencia tranquila! Donde uno se encuentre bien y no corra el peligrode que lo maten por cosas que no entiende, allí está su verdaderatierra.

Y como un eco de las reflexiones del rústico personaje, Karl, sentado enel salón ante el piano, entonaba á media voz un himno de Beethoven.«Cantemos la alegría de la vida; cantemos la libertad. Nunca mientas ytraiciones á tu semejante, aunque te ofrezcan por ello el mayor trono dela tierra.»

¡La paz!... A los pocos días se acordó Desnoyers con amargura de estasilusiones del viejo. Fué la guerra, una guerra doméstica, lo que estallóen el idílico escenario de la estancia. «Patroncito, corra, que elpatrón viejo ha pelado cuchillo y quiere matar al alemán.» Y Desnoyershabía corrido fuera de su escritorio, avisado por las voces de un peón.Madariaga perseguía cuchillo en mano á Karl, atropellando á todos losque intentaban cerrarle el paso. Únicamente él pudo detenerlo,arrebatándole el arma.

—¡Ese pedigrée sinvergüenza!—vociferaba el viejo con la boca lívida,agitándose entre los brazos de su yerno—. Todos los muertos de hambrecreen que no hay mas que llegar á esta casa para llevarse mis hijas ymis pesos... ¡Suéltame te digo!

¡Suéltame para que lo mate!

Y con el deseo de verse libre, daba sus excusas á Desnoyers. A él lohabía aceptado como yerno porque era de su gusto, modesto, honrado y...serio. ¡Pero ese pedigrée cantor, con todas sus soberbias!... ¡Unhombre que él había sacado... no quería decir de dónde! Y el francés,tan enterado como él de sus primeras relaciones con Karl, fingió noentenderle.

Como el alemán había huído, el estanciero acabó por dejarse empujarhasta su casa. Hablaba de dar una paliza á «la romántica» y otra á la china, por no enterarse de las cosas. Había sorprendido á su hijaagarrada de las manos con el gringo en un bosquecillo cercano ycambiando un beso.

—¡Viene por mis pesos!—aullaba—. Quiere hacer la América pronto ácosta del gallego, y para esto, tanta humildad y tanto canto y tantanobleza. ¡Embustero!... ¡Músico!

Y repitió con insistencia lo de «¡músico!», como si fuese la concreciónde todos sus desprecios.

Desnoyers, firme y sobrio en palabras, dió un desenlace al conflicto.«La romántica», abrazada á su madre, se refugió en los altos de la casa.El cuñado había protegido su retirada, pero á pesar de esto, la sensibleElena gimió entre lágrimas pensando en el alemán: «¡Pobrecito! ¡Todoscontra él!» Mientras tanto, la esposa de Desnoyers retenía al padre ensu despacho, apelando á toda su influencia de hija juiciosa. El francésfué en busca de Karl, mal repuesto aún de la terrible sorpresa, y le dióun caballo para que se trasladase inmediatamente á la estación deferrocarril más próxima.

Se alejó de la estancia, pero no permaneció solo mucho tiempo.Transcurridos unos días, «la romántica» se marchó detrás de él... Iseo«la de las blancas manos» fué en busca del caballero Tristán.

La desesperación de Madariaga no se mostró violenta y atronadora, comoesperaba su yerno. Por primera vez le vió éste llorar. Su vejez robustay alegre desapareció de golpe. En una hora parecía haber vivido diezaños. Como un niño, arrugado y trémulo, se abrazó á Desnoyers, mojándoleel cuello con sus lágrimas.

—¡Se la ha llevado! ¡El hijo de una gran pulga... se la ha llevado!

Esta vez no hizo pesar la responsabilidad sobre su china. Lloró juntoá ella, y como si pretendiese consolarla con una confesión pública, dijorepetidas veces:

—Por mis pecados... Todo ha sido por mis grandísimos pecados.

Empezó para Desnoyers una época de dificultades y conflictos. Losfugitivos le buscaron en una de sus visitas á la capital, implorando suprotección. «La romántica» lloraba, afirmando que sólo su cuñado, «elhombre más caballero del mundo», podía salvarla. Karl le miró como unperro fiel que se confía á su amo. Estas entrevistas se repitieron entodos sus viajes. Luego, al volver á la estancia, encontraba al viejomalhumorado, silencioso, mirando con fijeza ante él, como si contemplasealgo invisible para los demás, y diciendo de pronto: «Es un castigo: elcastigo de mis pecados.» El recuerdo de sus primeras relaciones con elalemán, antes de llevarlo á la estancia, le atormentaba como unremordimiento. Algunas tardes hacía ensillar un caballo, partiendo átodo galope hacia el pueblo más próximo. Ya no iba en busca de ranchoshospitalarios.

Necesitaba pasar un rato en la iglesia, hablar á solascon las imágenes, que estaban allí sólo para él, ya que era él quienhabía pagado las facturas de adquisición... «Por mi culpa, por migrandísima culpa.»

Pero á pesar de su arrepentimiento, Desnoyers tuvo que esforzarse muchopara obtener de él un arreglo. Cuando le habló de regularizar lasituación de los fugitivos, facilitando los trámites necesarios para elmatrimonio, no le dejó continuar.

«Haz lo que quieras, pero no me hablesde ellos.» Pasaron muchos meses. Un día, el francés se acercó con ciertomisterio.

«Elena tiene un hijo, y le llaman Julio como á usted.»

—Y tú, grandísimo inútil—gritó el estanciero—, y la vaca floja de tumujer vivís tranquilamente, sin darme un nieto... ¡Ah, gabacho! Por esolos alemanes acabarán montándose sobre vosotros. Ya ves: ese bandidotiene un hijo, y tú, después de cuatro años de matrimonio... nada.Necesito un nieto, ¿lo entiendes?

Y para consolarse de esta falta de niños en su hogar, se iba al ranchodel capataz Celedonio, donde una banda de pequeños mestizos seagrupaban, temerosos y esperanzados, en torno del patrón viejo.

De pronto murió la china. La pobre Misiá Petrona se fuédiscretamente, como había vivido, procurando en su última hora evitartoda contrariedad al esposo, pidiéndole perdón con la mirada por lasmolestias que podía causarle su muerte. Elena se presentó en la estanciapara ver el cadáver de su madre, y Desnoyers, que llevaba más de un añososteniendo á los fugitivos á espaldas del suegro, aprovechó la ocasiónpara vencer el enojo de éste.

—La perdono—dijo el estanciero después de una larga resistencia—. Lohago por la pobre finada y por ti. Que se quede en la estancia y quevenga con ella el gringo sinvergüenza.

Nada de trato. El alemán sería un empleado á las órdenes de Desnoyers, yla pareja viviría en el edificio de la Administración, como si noperteneciese á la familia. Jamás dirigiría la palabra á Karl.

Pero apenas lo vió llegar, le habló para tratarle de «usted», dándoleórdenes rudamente, lo mismo que á un extraño. Después pasó siempre juntoá él como si no lo conociese. Al encontrar en su casa á Elenaacompañando á la hermana mayor, también seguía adelante. En vano «laromántica», transfigurada por la maternidad, aprovechaba todas lasocasiones para colocar delante de él á su pequeño y repetía sonoramentesu nombre:

«Julio... Julio.»

—Un hijo del gringo cantor, blanco como cabrito desollado y con pelode zanahoria, quieren que sea nieto mío... Prefiero á los de Celedonio.

Y para mayor protesta, entraba en la vivienda del capataz, repartiendo ála chiquillería puñados de pesos.

A los siete años de efectuado su matrimonio, la esposa de Desnoyerssintió que iba á ser madre. Su hermana tenía ya tres hijos. Pero ¿quévalían éstos para Madariaga, comparados con el nieto que iba á llegar?«Será varón—dijo con firmeza—, porque yo lo necesito así. Se llamaráJulio, y quiero que se parezca á mi pobre finada.» Desde la muerte de suesposa, que ya no la llamaba «la china», sintió algo semejante á un amorpóstumo por aquella pobre mujer que tanto le había aguantado durante suexistencia, siempre tímida y silenciosa. «Mi pobre finada»

surgía á cadainstante en las conversaciones del estanciero, con la obsesión de unremordimiento.

Sus deseos se cumplieron. Luisa dió á luz un varón, que recibió elnombre de Julio, y aunque no mostraba en sus rasgos fisonómicos, todavíaabocetados, una gran semejanza con su abuela, tenía el cabello y losojos negros y la tez de un moreno pálido. ¡Bien venido!... Este era unnieto.

Y con la generosidad de la alegría, permitió que el alemán entrase en sucasa para asistir á la fiesta del bautizo.

Cuando Julio Desnoyers tuvo cuatro años, el abuelo lo paseó á caballopor toda la estancia, colocándolo en el delantero de la silla. Iba derancho en rancho para mostrarlo al populacho cobrizo, como un ancianomonarca que presenta á su heredero.

Más adelante, cuando el nieto pudohablar sueltamente, se entretuvo conversando con él horas enteras á lasombra de los eucaliptos. Empezaba á marcarse en el viejo ciertadecadencia mental. Aún no chocheaba, pero su agresividad iba tomando uncarácter pueril. Hasta en las mayores expansiones de cariño se valía dela contradicción, buscando molestar á sus allegados.

—¡Ven aquí, profeta falso!—decía á su nieto—. Tú eres un gabacho.

Julio protestaba como si le insultasen. Su madre le había enseñado queera argentino, y su padre le recomendaba que añadiese español, para dargusto al abuelo.

—Bueno; pues si no eres gabacho—continuaba el estanciero—

, grita:«¡Abajo Napoleón!»

Y miraba en torno de él para ver si estaba cerca Desnoyers, creyendocausarle con esto una gran molestia. Pero el yerno seguía adelante,encogiéndose de hombros.

—¡Abajo Napoleón!—decía Julio.

Y presentaba la mano inmediatamente, mientras el abuelo buscaba susbolsillos.

Los hijos de Karl, que ya eran cuatro, y se movían en torno del abuelocomo un coro humilde mantenido á distancia, contemplaban con envidiaestas dádivas. Para agradarle, un día en que le vieron solo se acercaronresueltamente, gritando al unísono: «¡Abajo Napoleón!»

—¡ Gringos atrevidos!—bramó el viejo—. Eso se lo habrá enseñado áustedes el sinvergüenza de su padre. Si lo vuelven á repetir, los corroá rebencazos... ¡Insultar así á un grande hombre!

Esta descendencia rubia la toleraba, pero sin permitirle ningunaintimidad. Desnoyers y su esposa tomaban la defensa de sus sobrinos,tachándole de injusto. Y para desahogar los comentarios de su antipatíabuscaba á Celedonio, el mejor de los oyentes, pues contestaba á todo:«Sí, patrón.» «Así será, patrón.»

—Ellos no tienen culpa alguna—decía el viejo—, pero yo no puedoquererlos. Además, ¡tan semejantes á su padre, tan blancos, con el pelode zanahoria deshilachada, y los dos mayores llevando anteojos lo mismoque si fuesen escribanos!...

No parecen gentes con esos vidrios: parecentiburones.

Madariaga no había visto nunca tiburones, pero se los imaginaba, sinsaber por qué, con unos ojos redondos de vidrio, como fondos de botella.

A la edad de ocho años, Julio era un jinete. «¡A caballo peoncito!»,ordenaba el abuelo. Y salían á galope por los campos, pasando comocentellas entre los millares y millares de reses cornudas. El«peoncito», orgulloso de su título, obedecía en todo al maestro. Y asíaprendió á tirar el lazo á los toros, dejándolos aprisionados yvencidos, á hacer saltar las vallas de alambre á su pequeño caballo, ásalvar de un bote un hoyo profundo, á deslizarse por las barrancas, nosin rodar muchas veces debajo de su montura.

—¡Ah, gaucho fino!—decía el abuelo, orgulloso de estas hazañas—. Tomacinco pesos para que le regales un pañuelo á una china.

El viejo, en su creciente embrollamiento mental, no se daba cuentaexacta de la relación entre las pasiones y los años. Y el infantiljinete, al guardarse el dinero, se preguntaba qué china era aquella ypor qué razón debía hacerle un regalo.

Desnoyers tuvo que arrancar á su hijo de las enseñanzas del abuelo. Erainútil que hiciese venir maestros para Julio ó que intentase enviarlo ála escuela de la estancia. Madariaga raptaba á su nieto, escapándosejuntos á correr el campo. El padre acabó por instalar al niño en un grancolegio de la capital cuando ya había pasado de los once años. Entonces,el viejo fijó su atención en la hermana de Julio, que sólo tenía tresaños, llevándola, como al otro, de rancho en rancho sobre el delanterode su montura. Todos llamaban Chichí á la hija de Chicha, pero el abuelole dió el título de «peoncito», como á su hermano. Y

Chichí, que secriaba vigorosa y rústica, desayunándose con carne y hablando en sueñosdel asado, siguió fácilmente las aficiones del viejo. Iba vestida comoun muchacho, montaba lo mismo que los hombres, y para merecer el títulode «gaucho fino» conferido por el abuelo, llevaba un cuchillo en latrasera del cinturón. Los dos corrían el campo de sol á sol.

Madariagaparecía seguir como una bandera la trenza ondulante de la amazona. Esta,á los nueve años, echaba ya con habilidad su lazo á las reses.

Lo que más irritaba al estanciero era que la familia le recordase suvejez. Los consejos de Desnoyers para que permaneciese tranquilo en casalos acogía como insultos. Así como avanzaba en años, era más agresivo ytemerario, extremando su actividad, como si con ella quisiera espantar ála muerte. Sólo admitía ayuda de su travieso «peoncito». Cuando al ir ámontar acudían los hijos de Karl, que eran ya unos grandullones, paratenerle el estribo, los repelía con bufidos de indignación.

—¿Creen ustedes que ya no puedo sostenerme?... Aún tengo vida pararato, y los que aguardan que muera para agarrar mis pesos se llevanchasco.

El alemán y su esposa, mantenidos aparte en la vida de la estancia,tenían que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado deprotección, vivía á la sombra del francés, aprovechando toda oportunidadpara abrumarle con sus elogios.

Jamás podría agradecer bastante lo quehacía por él. Era su único defensor. Deseaba una ocasión para mostrarlesu gratitud: morir por él, si era preciso. La esposa admiraba á sucuñado con grandes extremos de entusiasmo: «El caballero más cumplido dela tierra.» Y Desnoyers agradecía en silencio esta adhesión,reconociendo que el alemán era un excelente compañero. Como disponía enabsoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente á Karl sinque el viejo se enterase. El fué quien tomó la iniciativa para quepudiesen realizar la mayor de sus ilusiones. El alemán soñaba con unavisita á su país. ¡Tantos años en América!... Desnoyers, por lo mismoque no sentía deseos de volver á Europa, quiso facilitar este anhelo desus cuñados, y dió á Karl los medios para que hiciese el viaje con todasu familia. El viejo no quiso saber quién costeaba los gastos. «Que sevayan—dijo con alegría—y que no vuelvan nunca.»

La ausencia no fué larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para unaño. Karl, que había hecho saber á sus parientes la gran fortuna quesignificaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario, enpleno goce de sus riquezas. Elena volvió transfigurada, hablando conorgullo de sus parientes: del barón, coronel de húsares, del comandantede la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos lospueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo.Hasta tomó cierto aire de protección al alabar á Desnoyers, un hombrebueno, ciertamente, pero «sin nacimiento», «sin raza», y además francés.Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesión de antes, permaneciendoen sumisa modestia detrás de su cuñado.

Este tenía las llaves de la cajay era su única defensa ante el terrible viejo... Había dejado sus doshijos mayores en un colegio de Alemania. Años después, fueron saliendocon igual destino los otros nietos del estanciero, que éste considerabaantipáticos é inoportunos, «con pelos de zanahoria y ojos de tiburón».

El viejo se veía ahora solo. Le habían arrebatado su segundo

«peoncito».La severa Chicha no podía tolerar que su hija se criase como unmuchacho, cabalgando á todas horas y repitiendo las palabras gruesas delabuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadorastenían que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias desu bravía alumna.

Al volver á la estancia Julio y Chichí durante las vacaciones, el abueloconcentraba su predilección en el primero, como si la niña sólo hubiesesido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tantodesordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de unestudiante de familia rica que remedia la parsimonia de sus padres contoda clase de préstamos imprudentes. Pero Madariaga salía en defensa desu nieto. «¡Ah, gaucho fino!...» Al verlo en la estancia, admiraba sugentileza de buen mozo. Le tentaba los brazos para convencerse de sufuerza; le hacía relatar sus peleas nocturnas, como valeroso campeón deuna de las bandas de muchachos licenciosos, llamados patotas en el argot de la capital. Sentía deseos de ir á Buenos Aires para admirarde cerca esta vida alegre. Pero ¡ay! él no tenía diez y seis años comosu nieto. Ya había pasado de los ochenta.

—¡Ven acá, profeta falso! Cuéntame cuántos hijos tienes...

¡Porque túdebes tener muchos hijos!

—¡Papá!—protestaba Chicha, que siempre andaba cerca, temiendo lasmalas enseñanzas del abuelo.

—¡Déjate de moler!—gritaba éste, irritado—. Yo sé lo que me digo.

La paternidad figuraba inevitablemente en todas sus fantasías amorosas.Estaba casi ciego, y el agonizar de sus ojos iba acompañado de uncreciente desarreglo mental. Su locura senil tomaba un carácter lúbrico,expresándose con un lenguaje que escandalizaba ó hacía reir á todos losde la estancia.

—¡Ah, ladrón, y qué lindo eres!—decía mirando al nieto con sus ojosque sólo veían pálidas sombras—. El vivo retrato de mi pobre finada...Diviértete, que tu abuelo está aquí con sus pesos.

Si sólo hubieses decontar con lo que te regale tu padre, vivirías como un ermitaño. Elgabacho es de los de puño duro: con él no hay farra posible. Pero yopienso en ti, peoncito. Gasta y triunfa, que para eso tu tatica hajuntado plata.

Cuando los nietos se marchaban de la estancia, entretenía su soledadyendo de rancho en rancho. Una mestiza ya madura hacía hervir en elfogón el agua para su mate. El viejo pensaba confusamente que bien podíaser hija suya. Otra de quince años le ofrecía la calabacita de amargolíquido, con su canuto de plata para sorber. Una nieta tal vez, aunqueél no estaba seguro. Y así pasaba las tardes, inmóvil y silencioso,tomando mate tras mate, rodeado de familias que le contemplaban conadmiración y miedo.

Cada vez que subía á caballo para estas correrías, su hija mayorprotestaba. «¡A los ochenta y cuatro años! ¿No era mejor que se quedasetranquilamente en casa? Cualquier día iban á lamentar una desgracia...»Y la desgracia vino. El caballo del patrón volvió un anochecer con pasotardo y sin jinete. El viejo había rodado en una cuesta, y cuando lorecogieron estaba muerto... Así terminó el centauro, como había vividosiempre, con el rebenque colgando de la muñeca y las piernas arqueadaspor la curva de la montura.

Su testamento lo guardaba un escribano español de Buenos Aires casi tanviejo como él. La familia sintió miedo al contemplar el voluminosodocumento. ¿Qué disposiciones terribles habría dictado Madariaga? Lalectura de la primera parte tranquilizó á Karl y Elena. El viejomejoraba considerablemente á la esposa de Desnoyers; pero aun así,quedaba una parte enorme para «la romántica» y los suyos.

«Hagoesto—decía—en memoria de mi pobre finada y para que no hablen lasgentes.» Venían á continuación ochenta y seis legados, que formabanotros tantos capítulos del volumen testamentario. Ochenta y cincoindividuos subidos de color—

hombres y mujeres—, que vivían en laestancia largos años como puesteros y arrendatarios, recibían laúltima munificencia paternal del viejo. Al frente de ellos figurabaCeledonio, que en vida de Madariaga se había enriquecido ya sin otrotrabajo que escucharle, repitiendo: «Así será, patrón.» Más de un millónde pesos representaban estas mandas en tierras y reses. El quecompletaba el número de los beneficiados era Julio Desnoyers. El abuelohacía mención especial de él, legándole un campo «para que atendiera ásus gastos particulares, supliendo lo que no le diese su padre».

—¡Pero eso representa centenares de miles de pesos!—

protestó Karl, quese había hecho más exigente al convencerse de que su esposa no estabaolvidada en el testamento.

Los días que siguieron á esta lectura resultaron penosos para lafamilia. Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen dedespertar, contemplándolo bajo una nueva luz, con aspecto distinto.Olvidaban lo que iban á recibir, para ver únicamente las mejoras de losparientes.

Desnoyers, benévolo y conciliador, tenía un plan. Experto en laadministración de estos bienes enormes, sabía que un reparto entre losherederos iba á duplicar los gastos sin aumentar los productos.Calculaba además las complicaciones y desembolsos de una particiónjudicial de nueve estancias considerables, centenares de miles de reses,depósitos en los Bancos, casas en las ciudades y deudas por cobrar. ¿Noera mejor seguir como hasta entonces?... ¿No habían vivido en la santapaz de una familia unida?...

El alemán, al escuchar su proposición, se irguió con orgullo.

No; cadauno á lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El queríaestablecerse en Europa, disponiendo libremente de los bienes. Necesitabavolver á «su mundo».

Desnoyers le miró frente á frente, viendo á un Karl desconocido, un Karlcuya existencia no había sospechado nunca cuando vivía bajo suprotección, tímido y servil. También el francés creyó contemplar lo quele rodeaba bajo una nueva luz.

—Está bien—dijo—. Cada uno que se lleve lo suyo. Me parece justo.

III

La familia Desnoyers

La «sucesión Madariaga»—como decían en su lenguaje los hombres de leyinteresados en prolongarla para aumento de su cuenta dehonorarios—quedó dividida en dos grupos separados por el mar. LosDesnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los Hartrott se trasladaroná Berlín luego que Karl hubo vendido todos los bienes, para emplear elproducto en empresas industriales y tierras de su país.

Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte años había sidoel jefe de una enorme explotación agrícola y ganadera, mandando ácentenares de hombres en varias estancias. Ahora el radio de suautoridad se había restringido considerablemente al parcelarse lafortuna del viejo con la parte de Elena y los numerosos legados. Leencolerizaba ver establecidos en las tierras inmediatas á variosextranjeros, casi todos alemanes, que las habían comprado á Karl.Además, se hacía viejo, la fortuna de su mujer representaba unos veintemillones de pesos, y su ambicioso cuñado, al trasladarse á Europa,demostraba tal vez mejor sentido que él.

Arrendó parte de sus tierras, confió la administración de otras áalgunos de los favorecidos por el testamento, que se consideraban de lafamilia, viendo siempre en Desnoyers al patrón, y se trasladó á BuenosAires. De este modo podía vigilar á su hijo, que seguía llevando unavida endiablada, sin salir adelante en los estudios preparatorios deingeniería... Además, Chichí era ya una mujer, su robustez le daba unaspecto precoz, superior á sus años, y no era conveniente mantenerla enel campo para que fuese una señorita rústica como su madre. Doña Luisaparecía cansada igualmente de la vida de estancia. Los triunfos de suhermana le producían cierta molestia. Era incapaz de sentir celos; pero,por ambición maternal, deseaba que sus hijos no se quedasen atrás,brillando y ascendiendo como los hijos de la otra.

Durante un año llegaron á la casa que Desnoyers había instalado en lacapital las más asombrosas noticias de Alemania.

«La tía deBerlín»—como llamaban á Elena sus sobrinos—

enviaba unas cartaslarguísimas, con relatos de bailes, comidas, cacerías y títulos, muchostítulos nobiliarios y dignidades militares: «nuestro hermano elcoronel», «nuestro primo el barón», «nuestro tío el consejero íntimo»,«nuestro tío segundo, el consejero verdaderamente íntimo». Todas lasextravagancias del escalafón social alemán, que discurre incesantementetítulos nuevos para satisfacer la sed de honores de un pueblo divididoen castas, eran enumeradas con delectación por la antigua

«romántica».Hasta hablaba del secretario de su esposo, que no era un cualquiera,pues había ganado como escribiente en las oficinas públicas el título de Rechnungsrath (Consejero de Cálculo). Además, mencionaba con orgulloal Oberpedell retirado que tenía en su casa, explicando que estoquería decir:

«Portero superior».

Las noticias referentes á sus hijos no resultaban menos gloriosas. Elmayor era el sabio de la familia. Se dedicaba á la filología y lasciencias históricas; pero su vista resultaba cada vez más deficiente, ácausa de las continuas lecturas. Pronto sería doctor, y antes de lostreinta años Herr Professor. La madre lamentaba que no fuese militar,considerando sus aficiones como algo que torcía los altos destinos de lafamilia. El profesorado, las ciencias y la literatura eran refugio delos judíos, imposibilitados por su origen de obtener un grado en elejército.

Pero se consolaba pensando que un profesor célebre puedeconseguir con el tiempo una consideración social casi comparable á la deun coronel.

Sus otros cuatro hijos varones serían oficiales. El padre preparaba elterreno para que pudiesen entrar en la Guardia ó en algún regimientoaristocrático sin que los compañeros de cuerpo votasen en contra alproponer su admisión. Las dos niñas se casarían seguramente, cuandotuviesen edad para ello, con oficiales de húsares que ostentasen en sunombre una partícula nobiliaria, altivos y graciosos señores de los quehablaba con entusiasmo la hija de Misiá Petrona.

La instalación de los Hartrott era digna de sus nuevas amistades. En lacasa de Berlín, la servidumbre iba de calzón corto y peluca blanca ennoches de gran comida. Karl había comprado un castillo viejo, contorreones puntiagudos, fantasmas en los subterráneos y varias leyendasde asesinatos, asaltos y violaciones, que amenizaban su historia de unmodo interesante.

Un arquitecto condecorado con muchas órdenesextranjeras, y que además ostentaba el título de «Consejero deConstrucción», era el encargado de modernizar el edificio medioeval sinque perdiese su aspecto terrorífico. «La romántica» describía poranticipado las recepciones en el tenebroso salón, á la luz difusa de laslámparas eléctricas que imitarían antorchas; el crepitar de la blasonadachimenea, con sus falsos leños erizados de llamas de gas; todo elesplendor del lujo moderno aliado con los recuerdos de una época denobleza omnipotente, la mejor, según ella, de la Historia. Además, lascacerías, las futuras cacerías en una extensión de tierras arenosas ymovedizas, con bosques de pinos, en nada comparables al rico suelo de laestancia natal, pero que habían tenido el honor de ser pisadas siglosantes por los marqueses de Brandeburgo, fundadores de la casa reinantede Prusia. Y todos estos progresos, esta rápida ascensión de la familia,¡en solo un año!... Tenían que luchar con otras familias ultramarinasque habían amasado fortunas enormes en los Estados Unidos, el Brasil ólas costas del Pacífico. Pero eran alemanes «sin nacimiento», groserosplebeyos que en vano pugnaban por introducirse en el gran mundo haciendodonativos á las obras imperiales. Con todos sus millones, á lo más quepodían aspirar era á unir sus hijas con oficiales de infantería delínea. ¡Mientras que Karl!... ¡Los parientes de Karl!... Y

«laromántica» dejaba correr la pluma glorificando á una familia en cuyoseno creía haber nacido.

De tarde en tarde, con las epístolas de Elena llegaban otras brevesdirigidas á Desnoyers. El cuñado le daba cuenta de sus operaciones, lomismo que cuando vivía en la estancia protegido por él. Pero á estadeferencia se unía un orgullo mal disimulado, un deseo de desquitarse desus épocas de humillación voluntaria.

Todo lo que hacía era grande yglorioso. Había colocado sus millones en empresas industriales de lamoderna Alemania. Era accionista de fábricas de armamento enormes comopueblos, de Compañías de navegación que lanzaban un navío cada medioaño. El emperador se interesaba en estas obras, mirando con benevolenciaá los que deseaban ayudarle. Además, Karl compraba tierras. Parecía áprimera vista una locura haber vendido los opulentos campos de suherencia para adquirir arenales prusianos que sólo producían á fuerza deabonos. Pero siendo terrateniente figuraba en el «partido agrario», elgrupo aristocrático y conservador por excelencia, y así vivía en dosmundos opuestos é igualmente distinguidos: el de los grandesindustriales, amigos del emperador, y el de los junkers, hidalgos delcampo, guardianes de la tradición y abastecedores de oficiales del reyde Prusia.

Al enterarse Desnoyers de estos progresos, pensó en los sacrificiospecuniarios que representaban. Conocía el pasado de Karl. Un día, en laestancia, á impulsos del agradecimiento, había revelado al francés lacausa de su viaje á América. Era un antiguo oficial del ejército de supaís; pero el deseo de vivir ostentosamente, sin otros recursos que elsueldo, le arrastró á cometer actos reprensibles: sustracción de fondospertenecientes al regimiento, deudas sagradas sin pagar, falsificaciónde firmas.

Estos delitos no habían sido perseguidos oficialmente porconsideración á la memoria de su padre; pero los compañeros de cuerpo lesometieron á un tribunal de honor. Sus hermanos y amigos le aconsejaronel pistoletazo como único remedio; pero él amaba la vida, y huyó áAmérica, donde á costa de humillaciones había acabado por triunfar. Lariqueza borra las manchas del pasado con más rapidez que el tiempo. Lanoticia de su fortuna al otro lado del Océano hizo que su familia lerecibiese bien en el primer viaje, introduciéndolo de nuevo en

«sumundo». Nadie podía recordar historias vergonzosas de centenares demarcos tratándose de un hombre que hablaba de las tierras de su suegro,más extensas que muchos principados alemanes. Ahora, al instalarsedefinitivamente en el país, todo estaba olvidado; pero ¡qué decontribuciones impuestas á su vanidad!... Desnoyers adivinó los miles demarcos vertidos á manos llenas para las obras caritativas de laemperatriz, para las propagandas imperialistas, para las sociedades deveteranos, para todos los grupos de agresión y expansión constituídospor las ambiciones germánicas.

El francés, hombre sobrio, parsimonioso en sus gastos y exento deambiciones, sonreía ante las grandezas de su cuñado.

Tenía á Karl por unexcelente compañero, aunque de un orgullo pueril. Recordaba consatisfacción los años que habían pasado juntos en el campo. No podíaolvidar al alemán que rondaba en torno de él cariñoso y sumiso como unhermano menor. Cuando su familia comentaba con una vivacidad algoenvidiosa las glorias de los parientes de Berlín, él decía sonriendo:«Déjenlos en paz; su dinero les cuesta.»

Pero el entusiasmo que respiraban las cartas de Alemania acabó por crearen torno de su persona un ambiente de inquietud y rebelión. Chichí fuéla primera en el ataque. ¿Por qué no iban ellos á Europa, como losotros? Todas sus amigas habían estado allá. Familias de tenderositalianos y españoles emprendían el viaje, ¡Y ella, que era hija de unfrancés, no había visto París!...

¡Oh, París! Los médicos que asistíaná las señoras melancólicas declaraban la existencia de una enfermedadnueva y temible: «la enfermedad de París». Doña Luisa apoyaba á su hija.¿Por qué no había de vivir ella en Europa, lo mismo que su hermana,siendo como era más rica? Hasta Julio declaró gravemente que en el viejomundo estudiaría con mayor aprovechamiento. América no es tierra desabios.

Y el padre terminó por hacerse la misma pregunta, extrañando que no sele hubiera ocurrido antes lo de la ida á Europa ¡Treinta y cuatro añossin salir de aquel país que no era el suyo!... Ya era hora de marcharse.Vivía demasiado cerca de los negocios. En vano quería guardar suindiferencia de estanciero retirado. Todos ganaban dinero en torno deél. En el club, en el teatro, allí donde iba, las gentes hablaban decompras de tierras, de ventas, de negocios rápidos con el provechotriplicado, de liquidaciones portentosas. Empezaban á pesarle las sumasque guardaba inactivas en los Bancos. Acabaría por mezclarse en algunaespeculación, como el jugador que no puede ver la ruleta sin llevar lamano al bolsillo. Para esto no valía la pena el haber abandonado laestancia. Su familia tenía razón: «¡A París!...»

Porque en el grupoDesnoyers, ir á Europa significaba ir á París.

Podía «la tía de Berlín»cantar toda clase de grandezas de la tierra de su marido.«¡Macanas!—exclamaba Julio, que había hecho serias comparacionesgeográficas y étnicas en sus noches de correría—. No hay más queParís.» Chichí saludaba con una mueca irónica la menor duda acerca deesto: «¿Es que las modas elegantes las inventan acaso en Alemania?» DoñaLuisa apoyó á sus hijos. ¡París!... Jamás se le había ocurrido ir á unatierra de luteranos para verse protegida por su hermana.

—¡Vaya por París!—dijo el francés, como si le hablasen de una ciudaddesconocida.

Se había acostumbrado á creer que jamás volvería á ella.

Durante susprimeros años de vida en América le era imposible este viaje, por nohaber hecho el servicio militar. Luego tuvo vagas noticias de diversasamnistías. Además, había transcurrido tiempo sobrado para laprescripción. Pero una pereza de su voluntad le hacía considerar lavuelta á la patria como algo absurdo é inútil. Nada conservaba al otrolado del mar que tirase de él. Hasta había perdido toda relación conaquellos parientes del campo que albergaron á su madre. En las horas detristeza, proyectaba

entretener

su

actividad

elevando

un

mausoleoenorme, todo de mármol, en la Recoleta, el cementerio de los ricos, paratrasladar á su cripta los restos de Madariaga, como fundador dedinastía, siguiéndole él, y luego todos los suyos, cuando les llegase lahora. Empezaba á sentir el peso de su vejez. Estaba próximo á lossesenta años, y la vida ruda del campo, las cabalgadas bajo la lluvia,los ríos vadeados sobre el caballo nadador, las noches pasadas al raso,le habían proporcionado un reuma que amargaba sus mejores días.

Pero la familia acabó por comunicarle su entusiasmo. «¡A París!...»Creía tener veinte años. Y olvidando la habitual parsimonia, deseó quelos suyos viajasen lo mismo que una familia reinante, en camarotes degran lujo y con servidumbre propia. Dos vírgenes cobrizas nacidas en laestancia y elevadas al rango de doncellas de la señora y su hija lessiguieron en el viaje, sin que sus ojos oblicuos revelasen asombro antelas mayores novedades.

Una vez en París, Desnoyers se sintió desorientado.

Embrollaba losnombres de las calles y proponía visitas á edificios desaparecidos muchoantes. Todas sus iniciativas para alardear de buen conocedor ibanacompañadas de fracasos. Sus hijos, guiándose por recientes lecturas,conocían París mejor que él. Se consideraba un extranjero en su patria.Al principio, hasta experimentó cierta extrañeza al hacer uso del idiomanatal. Había permanecido en la estancia años enteros sin pronunciar unapalabra en su lengua. Pensaba en español, y al trasladar las ideas alidioma de sus ascendientes, salpicaba el francés con toda clase delocuciones criollas.

—Donde un hombre hace su fortuna y constituye su familia, allí

está

suverdadera

patria—decía

sentenciosamente,

recordando á Madariaga.

La imagen del lejano país resurgió en él con obsesión dominadora tanpronto como se amortiguaron las primeras impresiones del viaje. No teníaamigos franceses, y al salir á la calle, sus pasos le encaminabaninstintivamente hacia los lugares de reunión de los argentinos. A éstosles ocurría lo mismo. Se habían alejado de su patria, para sentir conmás intensidad el deseo de hablar de ella á todas horas. Leía losperiódicos de allá, comentaba el alza de los campos, la importancia dela próxima cosecha, la venta de novillos. Al volver hacia su casa leacompañaba igualmente el recuerdo de la tierra americana, pensando condelectación en que las dos chinas habrían atropellado la dignidadprofesional de la cocinera francesa, preparando una mazamorra, una carbonada ó un puchero á estilo criollo.

Se había instalado la familia en una casa ostentosa de la avenida VíctorHugo: veintiocho mil francos de alquiler. Doña Luisa tuvo que entrar ysalir muchas veces para habituarse al imponente aspecto de los porteros:él condecorado, vestido de negro y con patillas blancas, como un notariode comedia; ella majestuosa, con cadena de oro sobre el pechoexuberante, y recibiendo á los inquilinos en un salón rojo y dorado.Arriba, en las habitaciones, un lujo ultramoderno, frío y glacial á lavista, con

paredes

blancas

y

vidrieras

de

pequeños

rectángulos,exasperaba á Desnoyers, que sentía entusiasmo por las tallas complicadasy los muebles ricos de su juventud. El mismo dirigió el arreglo de lasnumerosas piezas, que parecían siempre vacías.

Chichí protestaba de la avaricia de papá al verle comprar lentamente,con tanteos y vacilaciones.

—Avaro, no—respondía él—. Es que conozco el precio de las cosas.

Los objetos sólo le gustaban, cuando los había adquirido por la terceraparte de su valor. El engaño del que se desprendía de ellos representabaun testimonio de superioridad para el que los compraba. París le ofrecióun lugar de placeres como no podía encontrarlo en el resto del mundo: elHotel Drouot. Iba á él todas las tardes, cuando no encontraba en losperiódicos el anuncio de otras subastas de importancia. Durante variosaños no hubo naufragio

célebre

en

la

vida

parisién,

con

la

consiguienteliquidación de restos, del que no se llevase una parte. La utilidad ynecesidad de las adquisiciones resultaban de interés secundario; loimportante era adquirir á precios irrisorios.

Y las subastas inundaronaquellas habitaciones que al principio se amueblaban con lentituddesesperante.

Su hija se quejó ahora de que la casa se llenaba demasiado.

Los mueblesy objetos de adorno eran ricos, pero tantos...

¡tantos! Los salonestomaban un aspecto de almacén de antigüedades. Las paredes blancasparecían despegarse de las sillerías magníficas y las vitrinas repletas.Alfombras suntuosas y rapadas, sobre las que habían caminado variasgeneraciones, cubrieron todos los pisos. Cortinajes ostentosos, noencontrando un hueco vacío en los salones, iban á adornar las puertasinmediatas á la cocina. Desaparecían las molduras de las paredes bajo unchapeado de cuadros estrechamente unidos como las escamas de una coraza.¿Quién podía tachar á Desnoyers de avaro?... Gastaba mucho más que si unmueblista de moda fuese su proveedor.

La idea de que todo lo adquiría por la cuarta parte de su precio le hizocontinuar estos derroches de hombre económico. Sólo podía dormir biencuando se imaginaba haber realizado en el día un buen negocio. Comprabaen las subastas miles de botellas procedentes de quiebras. Y él, queapenas bebía, abarrotaba sus cuevas, recomendando á la familia queemplease el champañ como vino ordinario. La ruina de un peletero le hizoadquirir catorce mil francos de pieles que representaban un valor denoventa mil. Todo el grupo Desnoyers pareció sentir de pronta un fríoglacial, como si los témpanos polares invadiesen la avenida Víctor Hugo.El padre se limitó á obsequiarse con un gabán de pieles; pero encargótres para su hijo. Chichí y doña Luisa se presentaron en todas partescubiertas de sedosas y variadas pelambreras: un día chinchillas, otroszorro azul, marta cibelina ó lobo marino.

El mismo adornaba las paredes con nuevos lotes de cuadros, dandomartillazos en lo alto de una escalera, para ahorrarse el gasto de unobrero. Quería ofrecer á los hijos ejemplos de economía. En sus horas deinactividad cambiaba de sitio los muebles

más

pesados,

ocurriéndoseletoda

especie

de

combinaciones.

Era

una

reminiscencia

de

su

buena

época,cuando manejaba en la estancia sacos de trigo y fardos de cueros. Suhijo, al notar que miraba con fijeza un aparador monumental, se ponía ensalvo prudentemente. Desnoyers sentía cierta indecisión ante sus doscriados, personajes correctos, solemnes, siempre de frac, que noocultaban su extrañeza al ver á un hombre con más de un millón de rentaentregado á tales funciones. Al fin, eran las dos doncellas cobrizas lasque ayudaban al patrón, uniéndose á él con una familiaridad decompañeras de destierro.

Cuatro automóviles completaban el lujo de la familia. Los hijos sehabrían contentado con uno nada más, pequeño, flamante, exhibiendo lamarca de moda. Pero Desnoyers no era hombre para desperdiciar las buenasocasiones, y, uno tras otro, había adquirido los cuatro, tentado por elprecio. Eran enormes y majestuosos como las carrozas antiguas. Suentrada en una calle hacía volver la cabeza á los transeúntes. El chauffeur necesitaba dos ayudantes para atender á este rebaño demastodontes. Pero el dueño sólo hacía memoria de la habilidad con quecreía haber engañado á los vendedores, ansiosos de perder de vista talesmonumentos.

A los hijos les recomendaba modestia y economía.

—Somos menos ricos de lo que ustedes creen. Tenemos muchos bienes, peroproducen renta escasa.