Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Vicente Blasco Ibáñez

LOS

CUATRO JINETES

DEL APOCALIPSIS

(NOVELA)

84.000

PROMETEO

SOCIEDAD EDITORIAL

GERMANÍAS, 53.—VALENCIA

ES PROPIEDAD.—Reservados todos los derechos de reproducción, traduccióny adaptación.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

I. —En el jardín de la Capilla Expiatoria

II. —El centauro Madariaga

III. —La familia Desnoyers

IV. —El primo de Berlín

V. —Donde aparecen los cuatro jinetes

SEGUNDA PARTE

I. —Las envidias de don Marcelo

II. —Vida nueva

III. —La retirada

IV. —Junto á la gruta sagrada

V. —La invasión

TERCERA PARTE

I. —Después del Marne

II. —En el estudio

III. —La guerra

IV. —No hay quien le mate

V. —Campos de muerte

PRIMERA PARTE

I

En el jardín de la Capilla Expiatoria

Debían encontrarse á las cinco de la tarde en el pequeño jardín de laCapilla Expiatoria, pero Julio Desnoyers llegó media hora antes, con laimpaciencia del enamorado que cree adelantar el momento de la citapresentándose con anticipación. Al pasar la verja por el bulevarHaussmann, se dió cuenta repentinamente de que en París el mes de Juliopertenece al verano. El curso de las estaciones era para él en aquellosmomentos algo embrollado que exigía cálculos.

Habían transcurrido cinco meses desde las últimas entrevistas en este square que ofrece á las parejas errantes el refugio de una calmahúmeda y fúnebre junto á un bulevar de continuo movimiento y en lasinmediaciones de una gran estación de ferrocarril. La hora de la citaera siempre las cinco. Julio veía llegar á su amada á la luz de losreverberos, encendidos recientemente, con el busto envuelto en pieles yllevándose el manguito al rostro lo mismo que un antifaz. La voz dulce,al saludarle, esparcía su respiración congelada por el frío: un nimbo devapor blanco y tenue. Después de varias entrevistas preparatorias ytitubeantes, abandonaron definitivamente el jardín. Su amor habíaadquirido la majestuosa importancia del hecho consumado, y fué árefugiarse de cinco á siete en un quinto piso de la rue de la Pompe,donde tenía Julio su estudio de pintor. Las cortinas bien corridas sobreel ventanal de cristales, la chimenea ardiente esparciendo palpitacionesde púrpura como única luz de la habitación, el monótono canto del samovar hirviendo junto á las tazas de té, todo el recogimiento de unavida aislada por el dulce egoísmo, no les permitió enterarse de que lastardes iban siendo más largas, de que afuera aún lucía á ratos el sol enel fondo de los pozos de nácar abiertos en las nubes, y que laprimavera, una primavera tímida y pálida, empezaba á mostrar sus dedosverdes en los botones de las ramas, sufriendo las últimas mordeduras delinvierno, negro jabalí que volvía sobre sus pasos.

Luego, Julio había hecho un viaje á Buenos Aires, encontrando en el otrohemisferio las últimas sonrisas del otoño y los primeros vientos heladosde la pampa. Y cuando se imaginaba que el invierno era para él la eternaestación, pues le salía al paso en sus cambios de domicilio de unextremo á otro del planeta, he aquí que se le aparecía inesperadamenteel verano en este jardín de barrio.

Un enjambre de niños correteaba y gritaba en las cortas avenidasalrededor del monumento expiatorio. Lo primero que vió Julio al entrarfué un aro que venía rodando hacia sus piernas empujado por una manoinfantil. Luego tropezó con una pelota.

En torno de los castaños seaglomeraba el público habitual de los días calurosos, buscando la sombraazul acribillada de puntos de luz. Eran criadas de las casas próximasque hacían labores ó charlaban, siguiendo con mirada indiferente losjuegos violentos de los niños confiados á su vigilancia; burgueses delbarrio que descendían al jardín para leer su periódico, haciéndose lailusión de que les rodeaba la paz de los bosques. Todos los bancosestaban llenos. Algunas mujeres ocupaban taburetes plegadizos de lona,con el aplomo que confiere el derecho de propiedad. Las sillas dehierro, asientos sometidos á pago, servían de refugio á varias señorascargadas de paquetes, burguesas de los alrededores de París queesperaban á otros individuos de su familia para tomar el tren en la Gare Saint-Lazare... Y Julio había propuesto en una carta neumática elencontrarse como en otros tiempos en este lugar, por considerarlo pocofrecuentado. Y ella, con no menos olvido de la realidad, fijaba en surespuesta la hora de siempre, las cinco, creyendo que, después de pasarunos minutos en el Printemps ó las Galerías con pretexto de hacercompras, podría deslizarse hasta el jardín solitario, sin riesgo á servista por alguno de sus numerosos conocimientos...

Desnoyers gozó una voluptuosidad casi olvidada—la del movimiento en unvasto espacio—al pasear haciendo crujir bajo sus pies los granos dearena. Durante veinte días, sus paseos habían sido sobre tablas,siguiendo con el automatismo de un caballo de picadero la pista ovoidalde la cubierta de un buque.

Sus plantas, habituadas á un suelo inseguro,guardaban aún sobre la tierra firme cierta sensación de movilidadelástica. Sus idas y venidas no despertaban la curiosidad de las gentessentadas en el paseo.

Una

preocupación

común

parecía

abarcar

á

todos,hombres y mujeres. Los grupos cruzaban en alta voz sus impresiones. Losque tenían un periódico en la mano veían aproximarse á los vecinos consonrisa de interrogación. Habían desaparecido de golpe la desconfianza yel recelo que impulsan á los habitantes de las grandes ciudades áignorarse mutuamente, midiéndose con la vista cual si fuesen enemigos.

«Hablan de la guerra—se dijo Desnoyers—. Todo París sólo habla á estashoras de la posibilidad de la guerra.»

Fuera del jardín se notaba igualmente la misma ansiedad, que hacía á lasgentes fraternales é igualitarias. Los vendedores de periódicos pasabanpor el bulevar voceando las publicaciones de la tarde. Su carrerafuriosa era cortada por las manos ávidas de los transeuntes, que sedisputaban los papeles. Todo lector se veía rodeado de un grupo que lepedía noticias ó intentaba descifrar por encima de sus hombros losgruesos y sensacionales rótulos que encabezaban la hoja. En la rue desMathurins, al otro lado del square, un corro de, trabajadores, bajoel toldo de una taberna, oía los comentarios de un amigo, que acompañabasus palabras agitando el periódico con ademanes oratorios. El tránsitoen las calles, el movimiento general de la ciudad, era lo mismo que enlos otros días, pero á Julio le pareció que los vehículos iban másaprisa, que había en el aire un estremecimiento de fiebre, que lasgentes hablaban y sonreían de un modo distinto. Todos parecíanconocerse. A él mismo le miraban la mujeres del jardín como si lehubiesen visto en los días anteriores. Podía acercarse á ellas yentablar conversación, sin que experimentasen extrañeza.

«Hablan de la guerra», volvió á repetirse; pero con la conmiseración deuna inteligencia superior que conoce el porvenir y se halla por encimade las impresiones del vulgo.

Sabía á qué atenerse. Había desembarcado á las diez de la noche, aún nohacía veinticuatro horas que pisaba tierra, y su mentalidad era la de unhombre que viene de lejos, á través de las inmensidades oceánicas, delos horizontes sin obstáculos, y se sorprende viéndose asaltado por laspreocupaciones que gobiernan á las aglomeraciones humanas. Aldesembarcar había estado dos horas en un café de Boulogne, contemplandocómo las familias burguesas pasaban la velada en la monótona placidez deuna vida sin peligros. Luego, el tren especial de los viajeros deAmérica le había conducido á París, dejándolo á las cuatro de lamadrugada en un andén de la estación del Norte entre los brazos de PepeArgensola, joven español al que llamaba unas veces «mi secretario» yotras «mi escudero», por no saber con certeza qué funciones desempeñabacerca de su persona. En realidad, era una mezcla de amigo y de parásito,el camarada pobre, complaciente y activo que acompaña al señorito defamilia rica en mala inteligencia con sus padres, participando de lasalternativas de su fortuna, recogiendo las migajas de los días prósperosé inventando expedientes para conservar las apariencias en las horas depenuria.

—¿Qué hay de la guerra?—lo había dicho Argensola antes de preguntarlepor el resultado de su viaje—. Tú vienes de fuera y debes saber mucho.

Luego se había dormido en su antigua cama, guardadora de gratosrecuerdos, mientras el «secretario» paseaba por el estudio hablando deServia, de Rusia y del kaiser. También este muchacho, escéptico paratodo lo que no estuviese en relación con su egoísmo, parecía contagiadopor la preocupación general.

Cuando despertó, la carta de ella citándolepara las cinco de la tarde contenía igualmente algunas palabras sobre eltemido peligro. A través de su estilo de enamorada parecía transpirar lapreocupación de París. Al salir en busca del almuerzo, la portera, conpretexto de darle la bienvenida, le había pedido noticias. Y en elrestorán, en el café, en la calle, siempre la guerra... la posibilidadde una guerra con Alemania...

Desnoyers era optimista. ¿Qué podían significar estas inquietudes paraun hombre como él, que acababa de vivir más de veinte días entrealemanes, cruzando el Atlántico bajo la bandera del Imperio?...

Había salido de Buenos Aires en un vapor de Hamburgo: el KönigFriedrich August. El mundo estaba en santa tranquilidad cuando el buquese alejó de tierra. Sólo en Méjico blancos y mestizos se exterminabanrevolucionariamente, para que nadie pudiese creer que el hombre es unanimal degenerado por la paz.

Los pueblos demostraban en el resto delplaneta una cordura extraordinaria. Hasta en el trasatlántico, elpequeño mundo de pasajeros, de las más diversas nacionalidades, parecíaun fragmento de la sociedad futura implantado como ensayo en los tiempospresentes, un boceto del mundo del porvenir, sin fronteras niantagonismos de razas.

Una mañana, la música de á bordo, que hacía oir todos los domingos el Coral de Lutero, despertó á los durmientes de los camarotes de primeraciase con la más inaudita de las alboradas.

Desnoyers se frotó los ojoscreyendo vivir aún en las alucinaciones del sueño. Los cobres alemanesrugían la Marsellesa

por

los

pasillos

y

las

cubiertas.

El

camarero,sonriendo ante su asombro, acabó por explicar el acontecimiento:«Catorce de Julio». En los vapores alemanes se celebran como propias lasgrandes fiestas de todas las naciones que proporcionan carga ypasajeros. Sus capitanes cuidan escrupulosamente de cumplir los ritos deesta religión de la bandera y del recuerdo histórico. La másinsignificante República ve empavesado el buque en su honor. Es unadiversión más, que ayuda á combatir la monotonía del viaje y sirve á losaltos fines de la propaganda germánica. Por primera vez la gran fecha deFrancia era festejada en un buque alemán; y mientras los músicos seguíanpaseando por los diversos pisos una Marsellesa galopante, sudorosa y conel pelo suelto, los grupos matinales comentaban el suceso. «¡Quéfinura!—decían las damas sudamericanas—. Estos alemanes no son tanordinarios como parecen. Es una atención... algo muy distinguido. ¿Y aúnhay quien cree que ellos y Francia van á golpearse?...»

Los contadísimos franceses que viajaban en el buque se veían admirados,como si hubiesen crecido desmesuradamente ante la pública consideración.Eran tres nada más: un joyero viejo que venía de visitar sus sucursalesde América y dos muchachas comisionistas de la rue de la Paix, laspersonas más modositas y tímidas de á bordo, vestales de ojos alegres ynariz respingada, que se mantenían aparte, sin permitirse la menorexpansión en este ambiente poco grato. Por la noche hubo banquete degala.

En el fondo del comedor, la bandera francesa y la del Imperioformaban un vistoso y disparatado cortinaje. Todos los pasajerosalemanes iban de frac y sus damas exhibían las blancuras de sus escotes.Los uniformes de los sirvientes brillaban como en un día de granrevista. A los postres sonó el repiqueteo de un cuchillo sobre un vaso,y se hizo el silencio. El comandante iba á hablar. Y el bravo marino,que unía á sus funciones náuticas la obligación de hacer arengas en losbanquetes y abrir los bailes con la dama de mayor respeto, empezó eldesarrollo de un rosario de palabras semejantes á frotamientos detabletas, con largos intervalos de vacilante silencio. Desnoyers sabíaun poco de alemán, como recuerdo de sus relaciones con los parientesque tenía en Berlín, y pudo atrapar algunas palabras. El comandanterepetía á cada momento

«paz» y «amigos». Un vecino de mesa, comisionistade comercio, se ofreció como intérprete, con la obsequiosidad del quevive de la propaganda.

—El comandante pide á Dios que mantenga la paz entre Alemania y Franciay espera que cada vez serán más amigos los dos pueblos.

Otro orador se levantó en la misma mesa que ocupaba el marino. Era elmás respetado de los pasajeros alemanes, un rico industrial deDüsseldorf que venía de visitar á sus corresponsales de América. Nuncalo designaban por su nombre. Tenía el título de consejero de Comercio, ypara sus compatriotas era Herr Comerzienrath, así como su esposa sehacía dar el título de Frau Rath. La «señora consejera», mucho másjoven que su importante esposo, había atraído desde el principio delviaje la atención de Desnoyers. Ella, por su parte, hizo una excepciónen favor de este joven argentino, abdicando su título desde la primeraconversación. «Me llamo Berta», dijo dengosamente, como una duquesa deVersalles á un lindo abate sentado á sus pies. El marido tambiénprotestó al oir que Desnoyers le llamaba

«consejero» como suscompatriotas: «Mis amigos me llaman capitán. Yo mando una compañía de la landsturm.» Y el gesto con que el industrial acompañó estas palabrasrevelaba la melancolía de un hombre no comprendido, menospreciando loshonores que goza para pensar únicamente en los que no posee.

Mientras pronunciaba el discurso, Julio examinó su pequeña cabeza y surobusto pescuezo, que le daban cierta semejanza con un perro de pelea.Imaginariamente veía el alto y opresor cuello del uniforme haciendosurgir sobre sus bordes un doble bullón de grasa roja. Los bigotesenhiestos y engomados tomaban un avance agresivo. Su voz era cortante yseca, como si sacudiese las palabras... Así debía lanzar el emperadorsus arengas. Y el burgués belicoso, con instintiva simulación, encogíael brazo izquierdo, apoyando la mano en la empuñadura de un sableinvisible.

A pesar de su gesto fiero y su oratoria de mando, todos los oyentesalemanes rieron estrepitosamente á las primeras palabras, como hombresque saben apreciar el sacrificio de un Herr Comerzienrath cuando sedigna divertir á una reunión.

—Dice cosas muy graciosas de los franceses—apuntó el intérprete en vozbaja—. Pero no son ofensivas.

Julio había adivinado algo de esto al oir repetidas veces la palabra franzosen. Se daba cuenta aproximadamente de lo que decía el orador:« Franzosen, niños grandes, alegres, graciosos, imprevisores. ¡Lascosas que podrían hacer juntos los alemanes y ellos, si olvidaban losrencores del pasado!» Los oyentes germanos ya no reían. El consejerorenunciaba á su ironía, una ironía grandiosa, aplastante, de muchastoneladas de peso, enorme como el buque. Ahora desarrollaba la parteseria de su arenga, y el mismo comisionista parecía conmovido.

—Dice, señor—continuó—, que desea que Francia sea muy grande y quealgún día marchemos juntos contra otros enemigos... ¡contra otros!

Y guiñaba un ojo sonriendo maliciosamente, con la misma sonrisa de comúninteligencia que despertaba en todos esta alusión al misterioso enemigo.

Al final, el capitán consejero levantó su copa por Francia.

« ¡Hoc! »,gritó como si mandase una evolución á sus soldados de la reserva. Portres veces dió el grito, y toda la masa germánica, puesta de pie,contestó con un « ¡Hoc! » semejante á un rugido, mientras la música,instalada en el antecomedor, rompía á tocar la Marsellesa.

Desnoyers se conmovió. Un escalofrío de entusiasmo subía por su espalda.Se le humedecieron los ojos, y al beberse el champañ creyó haber tragadoalgunas lágrimas. El llevaba un nombre francés, tenía sangre francesa, ylo que hacían aquellos gringos—que las más de las veces le parecíanridículos y ordinarios—era digno de agradecimiento. ¡Los subditos delkaiser festejando la gran fecha de la Revolución!... Creyó estarasistiendo á un gran suceso histórico.

—¡Muy bien!—dijo á otros sudamericanos que ocupaban las mesasinmediatas—. Hay que reconocer que han estado muy gentiles.

Luego, con la vehemencia de sus veintisiete años, acometió en elantecomedor al joyero, echándole en cara su mutismo. Era el únicociudadano de Francia que iba á bordo. Debía haber dicho cuatro palabrasde agradecimiento. La fiesta terminaba mal por su culpa.

—¿Y por qué no ha hablado usted, que es hijo de francés?—

dijo el otro.

—Yo soy ciudadano argentino—contestó Julio.

Y se alejó del joyero, mientras éste, pensando que «podía haberhablado», daba explicaciones á los que le rodeaban. Era muy peligrosomezclarse en asuntos diplomáticos. Además, él

«no tenía instrucciones desu gobierno». Y por unas cuantas horas se creyó un hombre que habíaestado á punto de desempeñar un gran papel en la Historia.

Desnoyers pasaba el resto de la noche en el fumadero, atraído por lapresencia de la «señora consejera». El capitán de la landsturm,avanzando un enorme cigarro entre sus bigotes, jugaba al poker conotros compatriotas que le seguían en orden de dignidades y riquezas. Sucompañera se mantenía al lado suyo gran parte de la velada, presenciandoel ir y venir de los camareros cargados de bocks, sin atreverse áintervenir en este consumo enorme de cerveza. Su preocupación eraguardar un asiento vacío junto á ella para que lo ocupase Desnoyers.

Letenía por el hombre más «distinguido» de á bordo porque tomaba champañen todas las comidas. Era de mediana estatura, moreno, con un piebreve—que la obligaba á ella á recoger los suyos debajo de lasfaldas—, y su frente aparecía como un triángulo bajo dos crenchas depelo lisas, negras, lustrosas cual planchas de laca. El tipo opuesto delos hombres que la rodeaban. Además vivía en París, en la ciudad queella no había visto

nunca,

después

de

numerosos

viajes

por

amboshemisferios.

—¡Oh, París! ¡París!—decía abriendo los ojos y frunciendo los labiospara expresar su admiración cuando hablaba á solas con el argentino—.¡Cómo me gustaría ir á él!

Y para que le contase las cosas de París se permitía ciertasconfidencias sobre los placeres de Berlín, pero con ruborosa modestia,admitiendo por adelantado que en el mundo hay más, mucho más, y que elladeseaba conocerlo.

Julio, al pasear ahora en torno de la Capilla Expiatoria, se acordabacon cierto remordimiento de la esposa del consejero Erckmann. ¡El, quehabía hecho el viaje á América por una mujer, para reunir dinero ycasarse con ella!... Pero inmediatamente encontraba excusas á suconducta. Nadie iba á saber lo ocurrido. Además, él no era un asceta, yBerta Erckmann representaba una amistad tentadora en medio del mar.

Alrecordarla, veía imaginariamente un caballo de carreras grande, enjuto,rabio y de largas zancas. Era una alemana á la moderna, que no reconocíaotro defecto á su país que la pesadez de sus mujeres, combatiendo en supersona este peligro nacional con toda clase de métodos alimenticios. Lacomida era para ella un tormento, y el desfile de los bocks en elfumadero un suplicio tantalesco. La esbeltez conseguida y mantenida poresta tensión de la voluntad dejaba más visible la robustez de suandamiaje, el fuerte

esqueleto,

con

mandíbulas

poderosas

y

unos

dientesgrandes, sanos, deslumbradores, que tal vez daban origen á lacomparación irreverente de Desnoyers. «Es delgada y sin embargo enorme»,se decía al examinarla. Pero á continuación la declaraba igualmente lamujer más distinguida de á bordo; distinguida para el Océano, elegante áestilo de Munich, con vestidos de colores indefinibles que hacíanrecordar el arte persa y las viñetas de los manuscritos medioevales. Elmarido admiraba la elegancia de Berta, lamentando en secreto suesterilidad casi como un delito de alta traición. La patria alemana eragrandiosa por la fecundidad de sus mujeres. El kaiser, con sushipérboles de artista, había hecho constar que la verdadera bellezaalemana debe tener el talle á partir de un metro cincuenta.

Cuando entró Desnoyers en el fumadero para ocupar el asiento que lereservaba la consejera, el marido y sus opulentos camaradas tenían labaraja inactiva sobre el verde tapete. Herr Rath continuaba entreamigos su discurso, y los oyentes se sacaban el cigarro de los labiospara lanzar gruñidos de aprobación. La presencia de Julio provocó unasonrisa de general amabilidad. Era Francia que venía á fraternizar conellos. Sabían que su padre era francés, y esto bastaba para que loacogiesen como si llegase en línea recta del palacio del muelle deOrsay, representando á la más alta diplomacia de la República. El afánde proselitismo hizo que todos ellos le concediesen de pronto unaimportancia desmesurada.

—Nosotros—continuó el consejero, mirando fijamente á Desnoyers como siesperase de él una declaración solemne—

deseamos vivir en buena amistadcon Francia.

El joven Julio aprobó con la cabeza, para no mostrarse desatento. Leparecía muy bueno que las gentes no fuesen enemigas. Por él, podíaafirmarse esta amistad cuanto quisieran.

Lo único que le interesaba enaquellos momentos era cierta rodilla que buscaba la suya por debajo dela mesa, transmitiéndole su dulce calor á través de un doble telón desedas.

—Pero Francia—siguió quejumbrosamente el industrial—se muestra ariscacon nosotros. Hace años que nuestro emperador le tiende la mano connoble lealtad, y ella finge no verla... Eso reconocerá usted que no escorrecto.

Aquí Desnoyers creyó que debía decir algo, para que el orador noadivinase sus verdaderas preocupaciones.

—Tal vez no hacen ustedes bastante. ¡Si ustedes devolviesen, ante todo,lo que le quitaron!...

Se hizo un silencio de estupefacción, como si hubiese sonado en el buquela señal de alarma. Algunos de los que se llevaban el cigarro á loslabios quedaron con la mano inmóvil á dos dedos de la boca, abriendo losojos desmesuradamente. Pero allí estaba el capitán de la landsturm para dar forma á su muda protesta.

—¡Devolver!—dijo con una voz que parecía ensordecida por el repentinohinchamiento de su cuello—. Nosotros no tenemos por qué devolver nada,ya que nada hemos quitado. Lo que poseemos lo ganamos con nuestroheroísmo.

La oculta rodilla se hizo más insinuante, como si aconsejase prudenciaal joven con sus dulces frotamientos.

—No diga usted esas cosas—suspiró Berta—. Eso sólo lo dicen losrepublicanos corrompidos de París. ¡Un joven tan distinguido, que haestado en Berlín y tiene parientes en Alemania!...

Pero Desnoyers ante toda afirmación hecha con tono altivo sentía unimpulso hereditario de agresividad, y dijo fríamente:

—Es como si yo le quitase á usted el reloj y luego le propusiera quefuésemos amigos, olvidando lo ocurrido. Aunque usted pudiera olvidar, loprimero sería que yo le devolviese el reloj.

Quiso responder tantas cosas á la vez el consejero Erckmann, quebalbuceó, saltando de una idea á otra: ¡Comparar la reconquista deAlsacia á un robo!... ¡Una tierra alemana!... La raza... la lengua... lahistoria...

—Pero ¿dónde consta su voluntad de ser alemana?—preguntó el joven sinperder la calma—. ¿Cuándo han consultado ustedes su opinión?...

Quedó indeciso el consejero, como si dudase entre caer sobre elinsolente ó aplastarlo con su desprecio.

—Joven, usted no sabe lo que dice—afirmó al fin con majestad—. Ustedes argentino y no entiende las cosas de Europa.

Y los demás asintieron, despojándolo repentinamente de la ciudadanía quele habían atribuído poco antes. El consejero, con una rudeza militar, lehabía vuelto la espalda, y tomando la baraja, distribuía cartas. Sereanudó la partida. Desnoyers, viéndose aislado por este menospreciosilencioso, sintió deseos de interrumpir el juego con una violencia.Pero la oculta rodilla seguía aconsejándole la calma y una mano no menosinvisible buscó su diestra, oprimiéndola dulcemente. Esto bastó para querecobrase la serenidad. La «señora consejera» seguía con ojos fijos lamarcha del juego. El miró también, y una sonrisa maligna contrajolevemente los extremos de su boca, al mismo tiempo que se decíamentalmente, á guisa de consuelo:

«¡Capitán, capitán!... No sabes lo quete espera.»

En tierra firme no se habría acercado más á estos hombres; pero la vidaen un trasatlántico, con su inevitable promiscuidad, obliga al olvido.Al otro día, el consejero y sus amigos fueron en busca de él,extremando sus amabilidades para borrar todo recuerdo enojoso. Era unjoven «distinguido», pertenecía á una familia rica, y todos ellosposeían en su país tiendas y otros negocios. De lo único que cuidaronfué de no mencionar más su origen francés. Era argentino, y todos á corose interesaban por la grandeza de su nación y de todas las naciones dela América del Sur, donde tenían corresponsales y empresas, exagerandosu importancia como si fuesen grandes potencias, comentando con gravedadlos hechos y palabras de sus personajes políticos, dando á entender queen Alemania no había quien no se preocupase de su porvenir, prediciendoá todas ellas una gloria futura, reflejo de la del Imperio, siempre quese mantuviesen bajo la influencia germánica.

A pesar de estos halagos, Desnoyers no se presentó con la mismaasiduidad que antes á la hora del poker. La consejera se retiraba á sucamarote más pronto que de costumbre. La proximidad de la líneaequinoccial le proporcionaba un sueño irresistible, abandonando á suesposo, que seguía con los naipes en la mano. Julio, por su parte, teníamisteriosas ocupaciones que sólo le permitían subir á la cubiertadespués de media noche.

Con la precipitación de un hombre que desea servisto para evitar sospechas, entraba en el fumadero hablando alto yvenía á sentarse junto al marido y sus camaradas. La partida habíaterminado, y un derroche de cerveza y gruesos cigarros de Hamburgoservía para festejar el éxito de los gananciosos. Era la hora de lasexpansiones germánicas, de la intimidad entre hombres, de las bromaslentas y pesadas, de los cuentos subidos de color. El consejero presidíacon toda su grandeza estas diabluras de los amigos, sesudos negociantesde los puertos anseáticos que gozaban de grandes créditos en el Deutsche Bank ó tenderos instalados en las repúblicas del Plata conuna familia innumerable. El era un guerrero, un capitán, y al celebrarcada chiste lento con una risa que hinchaba su robusta cerviz, creíaestar en el vivac entre sus compañeros de armas.

En honor de los sudamericanos que, cansados de pasear por la cubierta,entraban á oir lo que decían los gringos, los cuentistas vertían alespañol las gracias y los relatos licenciosos despertados en su memoriapor la cerveza abundante. Julio admiraba la risa fácil de que estabandotados todos estos hombres. Mientras los extranjeros permanecíanimpasibles, ellos reían con sonoras carcajadas, echándose atrás en susasientos. Y

cuando el auditorio alemán permanecía frío, el cuentistaapelaba á un recurso infalible para remediar su falta de éxito.

—A kaiser le contaron este cuento, y cuando kaiser lo oyó, kaiser riómucho.

No necesitaba decir más. Todos reían, «¡ja, ja, ja!» con una carcajadaespontánea, pero breve; una risa en tres golpes, pues el prolongarlapodía interpretarse como una falta de respeto á la majestad.

Cerca de Europa, una oleada de noticias salió al encuentro del buque.Los empleados del telégrafo sin hilo trabajaban incesantemente. Unanoche, al entrar Desnoyers en el fumadero, vió á los notables germánicosmanoteando y con los rostros animados. No bebían cerveza: habían hechodestapar botellas de champañ alemán, y la Frau consejera, impresionadasin duda por los acontecimientos, se abstenía de bajar á su camarote.

Elcapitán Erckmann, al ver al joven argentino, le ofreció una copa.

—Es la guerra—dijo con entusiasmo—, la guerra que llega...

¡Ya erahora!

Desnoyers hizo un gesto de asombro. ¡La guerra!... ¿Qué guerra esesa?... Había leído, como todos, en la tablilla de anuncios delantecomedor un radiograma dando cuenta de que el gobierno austriacoacababa de enviar un ultimátum á Servia, sin que esto le produjese lamenor emoción. Menospreciaba las cuestiones de los Balkanes. Eranquerellas de pueblos piojosos, que acaparaban la atención del mundo,distrayéndolo de empresas más serias. ¿Cómo podía interesar este sucesoal belicoso consejero? Las dos naciones acabarían por entenderse.

Ladiplomacia sirve algunas veces para algo.

—No—insistió ferozmente el alemán—; es la guerra, la bendita guerra.Rusia sostendrá á Servia, y nosotros apoyaremos á nuestra aliada... ¿Quéhará Francia? ¿Usted sabe lo que hará Francia?...

Julio levantó los hombros con mal humor, como pidiendo que le dejase enpaz.

—Es la guerra—continuó el consejero—, la guerra preventiva quenecesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros.Cuatro años más de paz, y habrá terminado sus ferrocarriles estratégicosy su fuerza militar, unida á la de sus aliados, valdrá tanto como lanuestra. Mejor es darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar laocasión... ¡La guerra! ¡La guerra preventiva!

Todo su clan le escuchaba en silencio. Algunos no parecían sentir elcontagio de su entusiasmo. ¡La guerra!... Con la imaginación veían losnegocios paralizados, los corresponsales en quiebra, los Bancos cortandolos créditos... una catástrofe más pavorosa para ellos que las matanzasde las batallas. Pero aprobaban con gruñidos y movimientos de cabeza lasferoces declamaciones de Erckmann. Era un Herr Rath, y además unoficial. Debía estar en el secreto de los destinos de su patria, y estobastaba para que bebiesen en silencio por el éxito de la guerra.

El joven creyó que el consejero y sus admiradores estaban borrachos.«Fíjese, capitán—dijo con tono conciliador—, eso que usted dice talvez carece de lógica.» ¿Cómo podía convenir una guerra á la industriosaAlemania? Por momentos iba ensanchando su acción: cada mes conquistabaun mercado nuevo; todos los años su balance comercial aparecía aumentadoen proporciones inauditas. Sesenta años antes tenía que tripular susescasos buques con los cocheros de Berlín castigados por la policía.Ahora sus flotas comerciales y de guerra surcaban todos los océanos, yno había puerto donde la mercancía germánica no ocupase la parte másconsiderable de los muelles. Sólo necesitaba seguir viviendo de estemodo, mantenerse alejada de las aventuras guerreras. Veinte años más depaz, y los alemanes serían los dueños de los mercados del mundo,venciendo á Inglaterra, su maestra de ayer, en esta lucha sin sangre. ¿Ytodo esto iban á exponerlo—como el que juega su fortuna entera á unacarta—en una lucha que podía serles desfavorable?...

—No; la guerra—insistió rabiosamente el consejero—, la guerrapreventiva. Vivimos rodeados de enemigos, y esto no puede continuar. Esmejor que terminemos de una vez. ¡O ellos ó nosotros! Alemania se sientecon fuerzas para desafiar al mundo.

Debemos poner fin á la amenaza rusa.Y si Francia no se mantiene quietecita, ¡peor para ella!... Y si alguienmás...

¡alguien! se atreve á intervenir en contra nuestra, ¡peor paraél!

Cuando yo monto en mis talleres una máquina nueva, es para hacerlaproducir y que no descanse. Nosotros poseemos el primer ejército delmundo, y hay que ponerlo en movimiento para que no se oxide.

Luego añadió con pesada ironía:

—Han establecido un círculo de hierro en torno de nosotros paraahogarnos. Pero Alemania tiene los pechos robustos, y le bastahincharlos para romper el corsé. Hay que despertar, antes de que nosveamos maniatados mientras dormimos. ¡Ay del que encontremos enfrente denosotros!...

Desnoyers sintió la necesidad de contestar á estas arrogancias.

El nohabía visto nunca el círculo de hierro de que se quejaban los alemanes.Lo único que hacían las naciones era no seguir viviendo confiadas éinactivas ante la desmesurada ambición germánica. Se preparabansimplemente para defenderse de una agresión casi segura. Queríansostener su dignidad, atropellada continuamente por las más inauditaspretensiones.

—¿No serán los otros pueblos—preguntó—los que se ven obligados ádefenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo?...

Una mano invisible buscó la suya por debajo de la mesa, como algunasnoches antes, para recomendarle prudencia. Pero ahora apretaba fuerte,con la autoridad que confiere el derecho adquirido.

—¡Oh, señor!—suspiró la dulce Berta—. ¡Decir esas cosas un joven tandistinguido y que tiene...!

No pudo continuar, pues su esposo le cortó la palabra. Ya no estaban enlos mares de América, y el consejero se expresó con la rudeza de undueño de casa.

—Tuve el honor de manifestarle, joven—dijo, imitando la cortantefrialdad de los diplomáticos—, que usted no es mas que un sudamericano,é ignora las cosas de Europa.

No le llamó «indio», pero Julio oyó interiormente la palabra lo mismoque si el alemán la hubiese proferido. ¡Ay, si la garra oculta y suaveno le tuviese sujeto con sus crispaciones de emoción!... Pero estecontacto mantuvo su calma y hasta le hizo sonreir. «¡Gracias,capitán!—dijo mentalmente—. Es lo menos que puedes hacer paracobrarte.»

Y aquí terminaron sus relaciones con el consejero y su grupo.

Loscomerciantes, al verse cada vez más próximos á su patria, se ibandespojando del servil deseo de agradar que les acompañaba en sus viajesal Nuevo Mundo. Tenían, además, graves cosas de que ocuparse. Elservicio telegráfico funcionaba sin descanso. El comandante del buqueconferenciaba en su camarote con el consejero, por ser el compatriota demayor importancia. Sus amigos buscaban los lugares más ocultos parahablar entre ellos.

Hasta Berta comenzó á huir de Desnoyers. Le sonreíaaún de lejos, pero su sonrisa iba dirigida más á los recuerdos que á larealidad presente.

Entre Lisboa y las costas de Inglaterra, habló Julio por última vez conel marido. Todas las mañanas aparecían en la tablilla del antecomedornoticias alarmantes transmitidas por los aparatos radiográficos. ElImperio se estaba armando contra sus enemigos. Dios los castigaría,haciendo caer sobre ellos toda clase de desgracias. Desnoyers quedóestupefacto de asombro ante la última noticia. «Trescientos milrevolucionarios sitian á París en este momento. Los barrios exterioresempiezan á arder.

Se reproducen los horrores de la Commune.»

—¡Pero estos alemanes se han vuelto locos!—gritó el joven ante elradiograma, rodeado de un grupo de curiosos tan asombrados como él—.Vamos á perder el poco sentido que nos queda... ¿Qué revolucionarios sonesos? ¿Qué revolución puede estallar en París si los hombres delgobierno no son reaccionarios?

Una voz se elevó detrás de él, ruda, autoritaria, como si pretendiesecortar las dudas del auditorio. Era el Herr consejero el que hablaba.

—Joven, esas noticias las envían las primeras agencias de Alemania... YAlemania no miente nunca.

Después de esta afirmación le volvió la espalda, y ya no se vieron más.

En la madrugada siguiente—último día del viaje—, el camarero deDesnoyers lo despertó con apresuramiento. « Herr, suba á cubierta:lindo espectáculo.» El mar estaba velado por la niebla, pero entre losbrumosos telones se marcaban unas siluetas semejantes á islas conrobustas torres y agudos minaretes. Las islas avanzaban sobre el aguaaceitosa lenta y majestuosamente, con pesadez sombría. Julio contó hastadiez y ocho. Parecían llenar el Océano. Era la escuadra de la Mancha,que acababa de salir

de

las

costas

de

Inglaterra

por

orden

del

gobierno,navegando sin otro fin que el de hacer constar su fuerza. Por primeravez, viendo entre la bruma este desfile de dreadnoughts, que evocabanla imagen de un rebaño de monstruos marinos de la prehistoria, se diócuenta exacta Desnoyers del poderío británico. El buque alemán pasóentre ellos empequeñecido, humillado, acelerando su marcha.

«Cualquieradiría—pensó el joven—que tiene la conciencia inquieta y desea ponerseen salvo.» Cerca de él, un pasajero sudamericano bromeaba con un alemán.«¡Si la guerra se hubiese declarado ya entre ellos y ustedes!... ¡Si noshiciesen prisioneros!»

Después de mediodía entraron en la rada de Sóuthampton. El FriedrichAugust mostró prisa en salir cuanto antes. Las operaciones se hicieroncon vertiginosa rapidez. La carga fué enorme: carga de personas y deequipajes. Dos vapores llenos abordaron al trasatlántico. Una avalanchade alemanes residentes en Inglaterra invadió las cubiertas con laalegría del que pisa suelo amigo, deseando verse cuanto antes enHamburgo. Luego, el buque avanzó por el canal con una rapidez desusadaen estos parajes.

La gente, asomada á las bordas, comentaba los extraordinarios encuentrosen este bulevar marítimo, frecuentado ordinariamente por buques de paz.Unos humos en el horizonte eran los de la escuadra francesa llevando alpresidente Poincaré, que volvía de Rusia. La alarma europea habíainterrumpido su viaje. Luego vieron más navíos ingleses que rondabanante sus costas como perros agresivos y vigilantes. Dos acorazados de laAmérica del Norte se dieron á conocer por sus mástiles en forma decestos.

Después pasó á todo vapor, con rumbo al Báltico, un navío ruso,blanco y lustroso desde las cofas á la línea de flotación.«¡Mal!—clamaban los viajeros procedentes de América—. ¡Muy mal! Pareceque esta vez va la cosa en serio.»

Y miraban con inquietud las costascercanas á un lado y á otro.

Ofrecían el aspecto de siempre, pero detrásde ellas se estaba preparando tal vez un nuevo período de Historia.

El trasatlántico debía llegar á Boulogne á media noche, aguardando hastael amanecer para que desembarcasen cómodamente los viajeros. Sinembargo, llegó á las diez, echó el ancla lejos del puerto y elcomandante dió órdenes para que el desembarco se hiciese en menos de unahora. Para esto había acelerado la marcha, derrochando carbón.Necesitaba alejarse cuanto antes, en busca del refugio de Hamburgo. Poralgo funcionaban los aparatos radiográficos.

A la luz de los focos azules, que esparcían sobre el mar una claridadlívida, empezó el transbordo de pasajeros y equipajes con destino áParís desde el trasatlántico á los remolcadores.

«¡Aprisa! ¡aprisa!» Losmarineros empujaban á las señoras de paso tardo, que recontaban susmaletas creyendo haber perdido alguna. Los camareros cargaban con losniños como si fuesen paquetes. La precipitación general hacíadesaparecer la exagerada

y

untuosa

amabilidad

germánica.

«Son

comolacayos—pensó Desnoyers—. Creen próxima la hora del triunfo y noconsideran necesario fingir...»

Se vió en un remolcador que danzaba sobre las ondulaciones del mar,frente al muro negro é inmóvil del trasatlántico, acribillado deredondeles luminosos y con los balconajes de las cubiertas repletos degente que saludaba agitando pañuelos. Julio reconoció á Berta, que movíauna mano, pero sin verle, sin saber en qué remolcador estaba, por unanecesidad de manifestar su agradecimiento á los dulces recuerdos que seiban á perder en el misterio del mar y de la noche. «¡Adiós, consejera!»

Empezó á agrandarse la distancia entre el trasatlántico que partía y losremolcadores que navegaban hacia la boca del puerto. Como si hubieseaguardado este momento de impunidad, una voz estentórea surgió de laúltima cubierta con acompañamiento de ruidosas carcajadas. «¡Hastaluego! ¡Pronto nos veremos en París!» Y la banda de música, la mismabanda que trece días antes había asombrado á Desnoyers con su inesperada Marsellesa, rompió á tocar una marcha guerrera del tiempo de Federicoel Grande, una marcha de granaderos con acompañamiento de trompetas.

Así se perdió en la sombra, con la precipitación de la fuga y lainsolencia de una venganza próxima, el último trasatlántico alemán quetocó en las costas francesas.

Esto había sido en la noche anterior. Aún no iban transcurridasveinticuatro horas, pero Desnoyers lo consideraba como un suceso lejanode vagorosa realidad. Su pensamiento, dispuesto siempre á lacontradicción, no participaba de la alarma general. Las arrogancias delconsejero le parecían ahora baladronadas de un burgués metido á soldado.Las inquietudes de la gente de París eran estremecimientos nerviosos deun pueblo que vive plácidamente y se alarma apenas vislumbra un peligropara su bienestar. ¡Tantas veces habían hablado de una guerra inmediata,solucionándose el conflicto en el último instante!... Además, él noquería que hubiese guerra, porque la guerra trastornaba sus planes devida futura, y el hombre acepta como lógico y razonable todo lo queconviene á su egoísmo, colocándolo por encima de la realidad.

—No; no habrá guerra—repitió mientras paseaba por el jardín—. Estasgentes parecen locas. ¿Cómo puede surgir una guerra en estos tiempos?...

Y después de aplastar sus dudas, que renacerían indudablemente al pocorato, pensó en la realidad del momento, consultando su reloj. Las cinco.Ella iba á llegar de un instante á otro. Creyó reconocerla de lejos enuna señora que atravesaba la verja por la entrada de la rue Pasquier.Le parecía algo distinta, pero se le ocurrió que las modas veraniegaspodían haber cambiado el aspecto de su persona. Antes de que seaproximase pudo convencerse de su error. No iba sola: otra señora seunió á ella. Eran tal vez inglesas ó norteamericanas, de las que rindenun culto romántico á la memoria de María Antonieta.

Deseaban visitar laCapilla Expiatoria, antigua tumba de la reina ejecutada. Julio las viócómo subían los peldaños atravesando el patio interior, en cuyo sueloestán enterrados ochocientos suizos muertos en la jornada del 10 deAgosto, con otras víctimas de la cólera revolucionaria.

Desalentado por esta decepción, siguió paseando. Su mal humor le hizover considerablemente agrandada la fealdad del monumento con que larestauración borbónica había adornado el antiguo cementerio de laMagdalena. Pasaba el tiempo sin que ella llegase. En cada una de susvueltas miraba ávidamente hacia las entradas del jardín. Y ocurrió loque en todas sus entrevistas.

Ella se presentó de repente, como sicayese de lo alto ó surgiera del suelo lo mismo que una aparición. Unatos, un leve ruido de pasos, y al volverse, Julio casi chocó con la quellegaba.

—¡Margarita! ¡Oh, Margarita!...

Era ella, y sin embargo tardó en reconocerla. Experimentaba ciertaextrañeza al ver en plena realidad este rostro que había ocupado suimaginación durante tres meses, haciéndose cada vez más espiritual éimpreciso con el idealismo de la ausencia. Pero la duda fué de brevesinstantes. A continuación le pareció que el tiempo y el espacio quedabansuprimidos, que él no había hecho ningún viaje y sólo iban transcurridasunas horas desde su última entrevista.

Adivinó Margarita la expansión que iba á seguir á las exclamaciones deJulio, el apretón vehemente de manos, tal vez algo más, y se mostró fríay serena.

—No; aquí no—dijo con un mohín de contrariedad—. ¡Qué idea habernoscitado en este sitio!

Fueron á sentarse en las sillas de hierro, al amparo de un grupo deplantas, pero ella se levantó inmediatamente. Podían verla los quetransitaban por el bulevar con sólo que volviesen los ojos hacia eljardín. A estas horas, muchas amigas suyas debían andar por lasinmediaciones, á causa de la proximidad de los grandes almacenes...Buscaron el refugio de una esquina del monumento, metiéndose entre éstey la rue des Mathurins. Desnoyers colocó dos sillas junto á un macizode vegetación, y al sentarse quedaron invisibles para los quetransitaban por el otro lado de la verja. Pero ninguna soledad. A pocospasos de ellos un señor grueso y miope leía su periódico, un grupo demujeres charlaba y hacía labores. Una señora con peluca roja y dosperros—alguna vecina que bajaba al jardín para dar aire á susacompañantes—