Las Inquietudes de Shanti Andia by Pío Baroja - HTML preview

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El señor don Matías Cepeda era el socio principal de la Sociedad navieraVasco-Andaluza, Cepeda y Compañía, propietaria de la fragata que mandabadon Ciriaco y de otros muchos buques.

Fuimos al barco, dormí yo en mi camarote y por la mañana me despertarondos golpes en la puerta.

—¡Eh, Shanti!--me dijo don Ciriaco—, ya es hora. Duermes como unlirón.

Me levanté, me vestí y me acicalé todo lo posible. Los marineros de lafragata, vestidos de día de fiesta, nos esperaban en el bote; entramosdon Ciriaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cádiz. En el camino micapitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmentea la señora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primerocon Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda, un almacenista,socio del primer marido.

Desembarcamos en el muelle, pasamos la puerta del Mar y seguimos por unacalle próxima a la muralla.

Llegamos cerca de la Aduana, y don Ciriaco se detuvo delante de una casagrande, con miradores.

—Aquí es—dijo.

Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamóel capitán; un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con elsuelo también de mármol, el techo encristalado y las galerías conarcadas.

Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y,recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejosy medallones.

Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, unamujer opulenta, hermosísima.

Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciriaco estuvo muy cortesano conella. Realmente, el viejo capitán era un hombre de salón.

Don Ciriaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mifamilia, de nuestra casa solariega de Lúzaro, de mis antepasados.... Aloír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bellaseñora aumentó.

Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminenciasnobiliarias, y resultó cosa no muy rara entre vascongados, que teníamosun apellido común.

—Debemos ser parientes—dijo ella.

—Es muy posible—repuse yo.

—Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú,porque a mí me pareces todavía un chiquillo.

Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegraría de estaconfianza por su parte.

Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hijade doña Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años,preciosa. Don Ciriaco estuvo con ella como un viejo galante de la cortede Versalles. Dolorcitas se parecía a su madre; pero era más pequeña deestatura, de ojos más negros y de tez algo más morena. Tenía una granmovilidad en la expresión y mucha gracia hablando.

¿Habrá que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho untonto? No, no es necesario. Me encontraba en la edad del pavo, no habíatratado a ninguna mujer y era naturalmente tímido.

Doña Hortensia dijo al criado:

—Dígale al señor que le esperamos para almorzar.

Media hora después vino don Matías Cepeda y fué presentado a él. Elseñor Cepeda no era un hombre simpático ni mucho menos; tenía la caradura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto ycerdoso.

Con don Ciriaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió serocurrente; a mí no me miró. Sin duda, el no tener cincuenta años, paradon Matías era una impertinencia.

Solamente me dirigió una frase, y ésta me escoció:

—Ten cuidado—me dijo—, porque aquí, en Cádiz, te van a tomar el pelo.

Después de almorzar, don Matías y don Ciriaco se retiraron para hablarde negocios, y doña Hortensia y Dolorcitas quisieron enseñarme la casa.Esto halagaba su vanidad.

La casa era enorme. Se traslucía allí un verdadero delirio de grandezas:el suelo era de mármol, los salones vastísimos, con techos pintados ehistoriados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran otrashabitaciones. En los testeros se veían espejos de toda la pared, y enlos pasillos se levantaban estatuas y fuentes de alabastro.

Yo entonces aun no había visto nada, no podía comprender la diferenciaque existe entre la ostentación lujosa y el buen gusto, y quedémaravillado.

Después de recorrer la casa subimos la azotea y estuvimos contemplandola bahía de Cádiz, inundada de sol, llena de fragatas, de bergantines yde goletas.

Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa María, Rota yPuerto Real.

Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don Ciriaco. Después vinieronunas cuantas amigas de Dolorcitas. Yo estuve hablando con doñaHortensia, que se mostró muy amable conmigo.

A media tarde don Ciriaco me llamó.

—Vamos, Shanti—me dijo.

El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y días de fiestaestaba invitado a comer allá. Si no iba, preguntarían por mí y mellevarían a la fuerza.

Me despedí de todos, y salí con don Ciriaco, entusiasmado. El viejocapitán me llevó a un colmado de la misma calle de la Aduana, llamó aldueño, un montañés amigo suyo, y le recomendó una comida escogida, unacomida para gente que comprende lo trascendental de la misión deengullir. El dueño del colmado y don Ciríaco discutieron detalladamentelos platos, las salsas y los vinos.

—Necesito una hora para preparar todo eso—dijo el montañés.

—Muy bien—contestó el capitán—. Le concedemos a usted la hora.

—Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.

—No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla deSanlúcar y unas aceitunas.

Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don Ciriaco:

—Mira, pilotín; te he presentado a Hortensia y a don Matías, porque tepueden servir.

—¡Muchas gracias!--repuse yo.

—Espérate. Aquí tienes que quedarte durante un año; no conoces a nadiey es conveniente que, en caso de necesidad, puedas dirigirte a alguien;pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a quéatenerte.

—¡Demonio! Tiene historia.

—Tú verás. Hortensia es vizcaína, de un pueblo próximo a Bilbao. Supadre era un contramaestre a quien llamaban el Griego. Probablemente losería; algún aventurero que llegó al pueblo y se casó. La bellaHortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con uncualquiera. Después de todo hacía bien. En esto, un amigo mió, FermínMenchaca, capitán de barco metido a comerciante en Cádiz, fué al pueblo,donde acababa de morir su padre, que era patrón de una lancha; vio aHortensia y se enamoró de ella. Menchaca no estaba dispuesto a casarse,ni tampoco a dejar a Hortensia. La llenó de regalos y de joyas. Elladijo que no a todo. O

su mujer o nada. Menchaca prometió hacerla sumujer y Hortensia cedió. En el momento del matrimonio, Menchaca, que eravoluble, se escapó del pueblo, dejando a Hortensia embarazada.

La muchacha, nada tímida, al ver su abandono, vendió las joyas que lehabía regalado el amante y se presentó con su hija en Cádiz. Menchacaestaba en Filipinas; Hortensia fué a Filipinas, encontró a Menchaca y leobligó a casarse con ella.

Menchaca era un hombre exaltado, brutal, atrevido, con ideas geniales,capaz de cosas buenas y de cosas malas. Menchaca no era un hombrecompleto; creía como en un artículo de fe en esa simpleza de que a lasmujeres no hay que tomarlas en serio. Te lo dice un viejo, y un viejosolterón que ha adorado a las mujeres; Shanti, no creas nada de lo quedigan ellas, y menos lo que te digan de ellas. No creas que una mujeres, por serlo, débil o tímida o poco inteligente. El sexo es unaindicación muy vaga y las variaciones son infinitas. Si quieres sabercómo es una mujer, primeramente no te enamores de ella; despuésestúdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien ... te pasará queya no te importará nada por ella.

—Trataré de seguir su consejo.

—Si puedes, pilotín; si puedes.... Como iba diciendo, a pesar de queMenchaca tenía medios de comprobar que Hortensia era un carácter, noquiso verlo ni reconocerlo. Menchaca se había asociado con este donMatías Cepeda que has visto; asociación extraña desde el punto de vistadel carácter, porque Menchaca era un hombre atrevido y lleno deiniciativas, y, por el contrario, Cepeda es el tipo vulgar delcomerciante escamón que va marchando rutinariamente sobre seguro. Cepedaes un asturiano que vino aquí sin un cuarto y hoy tiene una granfortuna.

—Pues eso, don Ciriaco, no me parece de tontos.

—¿Pero tú sabes por qué medio ha hecho Cepeda su fortuna?

—No.

—Pues con su físico.

—¿Con su físico? Tiene gracia.

—Sí, con su físico. Tú dirás que no es un Adonis; pero la fealdad en unhombre no es casi nunca un obstáculo. Cepeda llegó a Cádiz, de susmontañas de Asturias, y entró de dependiente en un gran almacén deazúcar, de café y de cacao de la calle de la Aduana; luego se casó conla dueña, y ésta, al morir, le instituyó heredero único, con lo quequedó viudo y riquísimo.

Cepeda era naturalmente tímido con su dinero; Menchaca le impulsó a losnegocios y los dos ganaron millones. El uno completaba al otro. Menchacaera el hombre de iniciativa y de brío, el que concebía los proyectos;Cepeda resolvía los detalles y las dificultades prácticas.

Menchaca, cuando se instaló en Cádiz, tuvo la veleidad de poner casa auna muchacha de Puerto Real, y de pasear con ella en coche y regalarlatrajes y joyas.

Entonces fué cuando se comenzó a hablar de que Hortensia se entendía conel socio de su marido, con Cepeda. Yo nunca lo creí. Menchaca era, comote he dicho, un exaltado, casi un loco, y al oír que su mujer leengañaba se enamoró de ella nuevamente. Menchaca ya era viejo.

Tendríacerca de cincuenta años, y un hombre de cincuenta años que se enamora escomo el caballo de un coche simón que se desboca. Menchaca abandonó a lamuchacha de Puerto Real y comenzó a vigilar a su mujer.

Ella estaba ofendida profundamente; él, celoso y sombrío, no quiso pedirexplicaciones ni reconocer su culpa, considerando este reconocimientocomo un agravio a su dignidad; una palabra a tiempo hubiera reconciliadoa los esposos; pero ninguno de ellos quiso pronunciarla. La hostilidadentre los dos se hizo cada vez mayor. Comían separados y no se veían nise dirigían la palabra.

En esto, estaban concluyendo en Portsmouth una fragata para la SociedadVasco-Andaluza; no le faltaba mas que algunos detalles. Menchaca fué aInglaterra a recogerla. No sé si sabrás que, cuando se construye unbuque, se hace un libro o cuaderno que se entrega por el constructor alprimer oficial que lo manda.

—Sí, lo sé. Se llama pliego de historia, y en él se anotan cuantascircunstancias se han observado en la construcción.

—Exacto. Pues cuando le entregaron el pliego de historia del barco yleyó el nombre, Menchaca estuvo a punto de tener una congestión.

—¡Demonio! ¿Cómo se llamaba el barco?

—La Bella Vizcaína.

—¿Nuestra fragata?

—La misma, pilotín, la misma. Y alguien encontró que la sirena delmascarón de proa tenía las facciones de la hermosa Hortensia.

—¡Bah!

—Fantasías que se inventan. Menchaca desde entonces quedó más sombríoque nunca. No era posible que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquellaidea de bautizar así el barco, con el fin de mortificar a su socio. Elpensamiento partió seguramente de ella.

La situación del matrimonio seguía difícil y sin mejorar, cuando un díaMenchaca, jugando con unas pistolas, no se sabe si inadvertida ointencionadamente, se pegó un tiro en la sien y cayó muerto.

Al año Hortensia celebró su matrimonio con don Matías Cepeda; compraronla casa de la calle de la Aduana y la arreglaron.

Esas son cosas de todos los tiempos—concluyó diciendo don Ciriacofilosóficamente—, que han pasado, que pasan y que pasarán. Te hecontado la historia de Hortensia para que sepas qué clase de mujer es, ypara que no digas sin querer delante de ella alguna inconveniencia.

Comentamos los hechos y después hicimos honor a la cena, que fuéexquisita.

Don Ciriaco pensaba zarpar al día siguiente; yo quise acompañarle hastael barco; pero él no lo permitió.

—Tú vete a estudiar a San Fernando—me dijo—. No pasará mucho tiempoen que seas tú el que te vayas y yo el que me quede. ¡Adiós, Shanti!

—Adiós.

Nos abrazamos, él se metió en el bote y desapareció.

III

DOLORES DE VANIDAD

El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doñaHortensia, por las calles de Cádiz. Iba con el corazón en un puño. Temíaque me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hijaDolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.

Estaban preparándose para ir a misa, y yo las acompañé hasta una iglesiapróxima. A la vuelta dimos un paseo por la calle Ancha y la plaza deMina, y volvimos a casa.

El encuentro con don Matías me preocupaba. Aquella estúpida insinuacióndel señor Cepeda de que se burlarían de mí me intranquilizaba. Era muysuspicaz, como todos los hombres tímidos, y estaba siempre en guardia,creyendo ver ofensas en cualquier cosa.

Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como concierto alarde de no darme importancia.

—Este joven insignificante para mí no existe—era lo que parecía quererdar a entender aquel señor.

Don Matías era, aunque no de una manera ostensible, mi adversario. Hacíacomo si no me notara, por mi insignificancia; pero yo, a través de suaire indiferente, le sentía hostil. Tenía sobre mí la ventaja de hablarcastellano bien, y se valía de ella para humillarme. Es una ideaestólida y mezquina, muy frecuente en España, creer que se demuestrasuperioridad burlándose de una persona ingenua con frases de doblesentido que dejan estupefacto al que ignora su significado.

Don Matíasdemostraba así su superioridad.

Yo, al caer en uno de estos lazos burdos, me confundía, y don Matíassoltaba la carcajada.

Entonces, ya turbado, no sabía qué hacer y mirabadesde el amo de la casa hasta los criados como a enemigos que queríanhumillarme.

Es ridículo y absurdo cómo en la juventud se sufre por necedades sinimportancia.

Don Matías y yo nos sentíamos como tipos de distinta raza. El no debíanotar en mí suficiente respeto, y el que yo me permitiese tener opiniónacerca de las cosas le producía una mezcla de cólera y de asombro queahora me hubiera parecido cómica. El señor Cepeda no podía discurrir,razonar con libertad; no contaba con el suficiente número de ideas paracomparar y obtener juicios propios; verdad es que a la mayoría de lagente le pasa lo mismo.

Para suplir esta falta de ideas, don Matías se refugiaba en lasanécdotas. En su cabeza, cada idea tosca y primitiva lleva comoatornillada una serie de cuentos y de chistes.

—Eso no es así—decía, por ejemplo, al exponer yo una opinióncualquiera—, y te contestaré con lo que dijo Periquito Sánchez a donJuan Martínez en Cádiz, en el año de 27....

Y don Matías seguía así con una velocidad de galápago, hasta contar unaanécdota de una vulgaridad aplastante.

Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, noera, ni mucho menos, un modelo de discreción, y a veces tenía salidas depatán que le regocijaban muchísimo. En el fondo estaba sorprendido deverse a sí mismo tan alto; había hecho esfuerzos para convencerse de quesu caudal, que no dependía mas que de un matrimonio afortunado y de lasuerte, era obra de su talento y de su perseverancia.

Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y,en el ondo, inmoral.

Toda rutina le parecía santa, el precedente lamejor razón. Don Matías tenía sus manías; por ejemplo, ir siempre tardea comer para demostrar que los muchos trabajos no le permitían serpuntual.

Don Matías solía estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando noandaba por el almacén, por entre hileras de sacos y de cajas, dandoórdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.

El dependiente principal, que le conocía bien, un jerezano muy chistoso,decía del señor Cepeda que se pasaba el tiempo cortando papeles parallevarlos al retrete, o haciendo punta a los lápices lo más despacioposible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado.Hasta en eso era mezquino, porque hacía las puntas de los lápices cortasy cortaba los papeles pequeños. Roñoso para todo, era hombre de rumbopara los gastos de la casa y de la bella Hortensia. Tenía el sentimientodel comerciante rico que considera a la mujer como el mejor medio delucirse.

En la apariencia, don Matías era un hombre respetabilísimo, serio, deideas profundas; en el fondo era un pobre majadero, un caso depedantería y de vanidad grotescas. A Dolorcitas la trataba secamente, nopor ser su hijastra y no su hija, sino porque consideraba que ése era supapel de hombre de negocios.

Aquel solemne y majestuoso idiota creía que, para ser marido y padre ala inglesa, tenía que mostrarse frío con su mujer y su hija.

Esa tendencia anglómana que se ha desarrollado en algunos pueblosandaluces, no me resulta.

Los ingleses, que en general son tiesos yformales, tienen la ventaja de su tiesura y de su formalidad; pero estosanglómanos del Mediodía, con su mezcla de tiesura y de mandanga, meparecen bastante cómicos.

Dolorcitas, como era natural, no tenía mucho cariño por su padrastro.Don Matías varias veces le prometió llevarla al teatro, y luego, parademostrar su autoridad sin duda, hacía como que se olvidaba de supromesa y dejaba a la muchacha llorando.

Todos los domingos, después de almorzar, don Matías, con su levita, susguantes, su sombrero de copa y sus botas siempre crujientes, se marchabaal Casino Moderado, y no volvía hasta el anochecer.

Nos quedábamos de sobremesa doña Hortensia, Dolorcitas y yo. Dolorcitasy yo jugábamos como chicos, recorríamos la casa, subíamos a la azotea,íbamos al miramar.

La señora Presentación, una vieja muy graciosa y gesticuladora, a quienyo no entendía nada de cuanto hablaba, solía venir a avisar a laseñorita Dolores, que alguna de sus amigas acababa de llegar.

Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba:ellas jugaban conmigo. Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con unaamiga suya, María Jesús; debían ser algo como el juego de un oso con dosmónitas.

Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidadvertiginosa; yo, en cambio, marchaba como una gabarra cargada hasta eltope. No he podido hablar nunca el castellano rápidamente, y entonces,menos. Además, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso conesa respetable y honesta señora que se llama la Gramática.

Las dos chiquillas charlaban haciendo monerías y gestos expresivos.Dolorcitas, a pesar de ser hija de vascongados, era tan aguda y tanredicha como una gaditana.

Después de María Jesús, que solía llegar la primera, venían a la casaotras chicas y chicos de la misma edad. Entonces yo me sumía en elmutismo; ¿para qué hablar, si por cada palabra mía ellos soltaban diez odoce?

Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad enesto; yo comprendía, al oír aquellos muchachos, que no sólo no sabía elcastellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me sentía otracosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu,más concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todoexpansión, palabras y muecas. Mi humildad me inducía a creerme unsalvaje entre civilizados.

Mi timidez me hacía pasar unos momentos horribles; una palabra, ungesto, cualquier cosa bastaba para que la sangre me subiese a la cara.

Dolorcitas sonreía al verme turbado. Veía que sufría y se alegraba. Erala crueldad natural de la mujer.

Luego, más tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sinoque le gustaba darme celos. Yo estaba enamorado. ¿Enamorado? Realmenteno sé si estaba enamorado, pero sí que pensaba en Dolorcitas a todashoras, con una mezcla de angustia y de cólera.

Si ella hubiese hablado un día con un joven y otro día con otro sinhacer caso de mí, quizá no me hubiera hecho efecto; pero veía que suscoqueterías me las dedicaba expresamente con intención de mortificarme,y esto me sublevaba.

En general, el amor es eso, sobre todo en las personas muy jóvenes, queno tienen preocupaciones espirituales; un instinto más cercano a lacrueldad y al odio que al afecto tranquilo.

A veces, huyendo de la coquetería y de los desdenes mortificantes deDolorcitas, pretextaba una ocupación cualquiera y me marchaba de casa dedon Matías. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué saturación de fastidio! ¡Quéamargura interior!

El sol brillaba en las calles desiertas, el cielo estaba azul, el mar,tranquilo. ¿Qué hacer? El mundo entero me parecía inútil. El disgusto deuno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otroa gusto de uno, todo caía sobre mí con una pesadumbre de plomo.

En alguna ocasión que Dolorcitas vió en mí la decisión firme demarcharme y no volver por su casa, se sintió de nuevo cariñosa conmigo.Yo no me atrevía a reprocharle su coquetería claramente, pero sí le dijevarias veces que comprendía que no tuviera simpatía por mí, porque yoera más tosco que ella, y ella me contestó que yo le gutaba azí. Legustaba así para mortificarme.

Las tardes del domingo solíamos ir a la Alameda de Apodaca, Dolorcitas yalguna amiga suya; ellas muy elegantes, yo de marinerito.

Desde cerca de la Maestranza contemplábamos la bahía de Cádiz, tan azul;allá lejos, Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseríos blancos;luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta elPuerto de Santa María, y en el fondo, los montes de Jerez y deGrazalema, violáceos al anochecer, con una línea recortada y extraña enel horizonte.

Veíamos la entrada de alguna fragata o de algún bergantín que venía conel atoaje. Luego, al avanzar la tarde, nos dirigíamos a casa por lamuralla dando la vuelta a una punta que, si no recuerdo mal, se llama deSan Felipe.

Veíamos las baterías con sus cañones, avanzábamos por el adarve a mirarpor los huecos de las almenas. Tardábamos todo lo más posible en entraren casa. Al llegar a la Aduana comenzaba a obscurecer.

En las torres blancas de las casas próximas a la muralla quedaban aúnresplandores de sol.

Echábamos una última mirada a la bahía.

El mar, como un lago azul, se rizaba apenas por el viento; en los barcoscomenzaban a brillar las luces, y en el puerto resplandecía una fila defaroles; el cielo de otoño, un cielo azul y rosa, sin una nube, ibaobscureciendo. Las luces de San Fernando comenzaban a reflejarse en elagua, y la esfera del reloj del Ayuntamiento de Cádiz se iluminaba y sedestacaba en el cielo pálido.

Muchas veces, desde aquel sitio de la muralla, oíamos las lentascampanadas del Ángelus.

Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta próxima y me marchabaa San Fernando con el espíritu angustiado y lleno de una extrañaamargura.

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IV

LA PALMERA Y EL PINO

Algunas veces he oído referirse a una poesía de un poeta alemán, creoque de Enrique Heine, en donde un pino del Norte suspira por ser unapalmera del trópico.

Este símbolo podía representar la situación espiritual mía en aquellaépoca lejana en que estudiaba en San Fernando. Hoy, cosa extraña, no megusta nada el Mediodía, y tampoco me entusiasman las palmeras, que son,indudablemente, decorativas, pero que tienen aspecto de algo artificial.

En el tiempo de que hablo era yo el pino que aspira a transformarse enpalmera. Hubiese querido hablar con abandono y ligereza, saber hacerchistes y comparaciones y echármelas de Tenorio. Hasta se me ocurrióabandonar el mar y hacerme comerciante, o por lo menos empleado.

Ya no pensaba en islas desiertas ni en hacer de Robinsón; mis idealeseran otros. Quería transformarme en un andaluz flamenco, en un andaluzagitanado. Entrar en una de esas tiendas de montañés a tomar pescadofrito y a beber vino blanco, ver cómo patea sobre una mesa unamuchachita pálida y expresiva, con ojeras moradas y piel de color delagarto; tener el gran placer de estar palmoteando una noche entera,mientras un galafate del muelle canta una canción de la maresita muerta y el simenterio; oír a un chatillo, con los tufos sobre lasorejas y el calañés hacia la nariz, rasgueando la guitarra; ver a unhombre gordo contoneándose marcando el trasero y moviendo las nalguitas,y hacer coro a la gente que grita: ¡Olé! y ¡Ay tu mare! y ¡Ezo él; ésas eran mis aspiraciones.

Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con elvocablo; rae parece que una persona que ve en las palabras, no susignificado, sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; peroentonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.

Entonces hubiera querido ser tan discreto, tan conceptuoso y tanalambicado como todos mis conocimientos.

Leí las novelas de Fernán Caballero, que tenían mucha fama; no megustaron nada, pero me convencí de que me debían gustar. Las he vuelto aleer después, y me han parecido una cosa bonita, pero mezquina. Me danla impresión de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentrode él no se pueden estirar las piernas sin tropezar en algo.

Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la España del sigloXIX por cultivar la mezquindad. En libros, en dramas y en toda clase deescritos se ha exaltado con fruición la más estúpida y fría mezquindad,como la única virtud del hombre.

En aquellos tiempos era demasiado tímido para pensar así, no porque nolo creyese en el fondo, sino porque no tenía confianza en mí mismo paraafirmar mis ideas categóricamente.

El no saber vivir como los demás me producía una sorda cólera, unaindignación frenética.

Me sentía como una rueda de reloj suelta que no engrana con otra.

La verdad es que si la civilización era lo que creía don Matías Cepeda:tener un almacén de cacao y de azúcar y otro almacén de chistes y defrasecitas, yo no llevaba camino de civilizado.

A veces me daban ganas de dar un puntapié a aquella gente, que despuésde todo no me servía para nada, y mandar a paseo a don Matías, a sumujer, a la niña y a todos sus amigos y amigas.

Yo no comprendía que había en mí una exuberancia de vida, un deseo deacción; no veía que alternaba con gente orgánica y moralmenteencanijada; que yo necesitaba hacer algo, gastar la energía, vivir.

Muchas veces, al asomarme a la muralla, al ver la bahía de Cádiz,inundada de sol, el mar somnoliento, dormido; los pueblos lejanos, consus casas blancas; la sierra azul de Jerez y Grazalema recortada en elcielo; al contemplar esta decoración espléndida, me preguntaba:

—Y todo esto, ¿para qué? ¿Para vivir como un miserable conejo y recitarunos cuantos chistes estúpidos?

Realmente era poca cosa.

Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no sé por qué medecidí a dejar la diligencia de San Fernando y a quedarme en Cádiz.

Había en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No mesentía alegre, sino agresivo, con gana de hacer una brutalidadcualquiera. Entré en una tienda de montañés, pedí pescado frito y vinoblanco. Comí y bebí en abundancia. Estos colmados andaluces resumen elcarácter de la región: son pequeños, pintorescos y complicados.

Salí del colmado, fuí a un café de la calle Ancha, tomé unas copas delicor y me marché de allí dispuesto a todo.

Era ya de noche; mis botas metían un ruido tremendo por las callesdesiertas.

Me pareció que quizá no había bebido bastante para ser todo lo insolentey procaz que quería, y me senté en la mesa de una taberna, en la acera,en una calle en donde hay tal profusión de colmados y de peluquerías,que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre elplato de pescado frito y la tenacilla para rizarse el pelo.

A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombreroladeado y una flor roja en el ojal.

Se levantó de su silla y se acercó a mí sonriendo. Yo le miré de malamanera y, como estaba iracundo, le pregunté:

—¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted?

El sonrió estúpidamente.

—¿Marino?—me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.

—Sí, marino—le contesté yo—. ¿Y qué?

—Yo también marino—añadió él—. ¿Usted español?

—Sí, español.

—Yo, holandés. Los dos marinos..., los dos borrachos. Buenas amistades.

Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mimesa. Bebimos juntos.

El holandés era capitán de la corbeta Vertrowen.Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, caídos y lacioscomo los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquellataberna llamaba la atención.

Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él teníaderecho para hacer algún disparate.

Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasarálo mismo, había la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles,los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la deColumela, la de Aranda, la de San Francisco, y no recuerdo si algunamás. Este paseo nocturno tenía algo de procesión.

El capitán de la Vertrowen y yo nos echamos por aquellas calles; habíapor todas partes olor a aceite frito y humo de castañas asadas. En losbancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba; algunosobreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.

Los chiquillos se reían de nosotros. Invitamos a algunas muchachas deaire equívoco a tomar algo en los cafés y tabernas; pero al vernosborrachos huían. Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en unatienda de montañés próxima a la Puerta del Mar. Aquella noche hice yo ungasto de cólera y de rabia inútil.

Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que memiraba de una manera aviesa. Debía de ser un matón. Me alegré; era elmomento. Me acerqué a él y le dije:

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué mira usted?

—¡Yo!--exclamó él, sorprendido.

—Sí, me mira usted con una cara....

—Cara de jambre, zeñorito—me dijo amablemente—. No ha pazao pormi cuerpo en to el día a razón de doz cuartoz de comida.

Aquello me dió una ira y una tristeza profunda. El hombre me contó queestaba sin colocación; la familia y los hijos sin comer. Le invité atomar cualquier cosa; pero él me dijo que, si quería pagarle algo,prefería llevarlo a casa. Le di dos o tres pesetas y el hombre se largócorriendo.

Mi aburrimiento y mi desesperación se iban fundiendo en una nieblamelancólica que se apoderaba de mi cerebro. El capitán de la Vertrowen y yo estuvimos mirándonos sin hablarnos.

De pronto nos decidimos amarcharnos. Al salir el capitán tropezó con un marinero que entraba, yestuvo a punto de caer al suelo. El holandés no sólo no se incomodó,sino que dió excusas al marinero, que, a su vez, pidió mil perdones porsu torpeza.

Yo me avergoncé de mis instintos fieros. La bruma melancólica ibaavanzando en mi alma, dando a mis ideas un tono de sentimentalismoverdaderamente ridículo.

Fuimos el holandés y yo al muelle. Mi compañero de embriaguez bajó losescalones de una escalerilla y se puso a gritar, hasta que brotó deentre las tinieblas un bote blanco. Creí que el hombre se caía al aguacon su traje de etiqueta y su flor en el ojal; pero no, se mantuvo firmey saltó al bote con agilidad.

Luego, me saludó con el sombrero en la mano, con gran reverencia.

—Good night—me dijo.

—Buenas noches—le contesté yo.

Me quedé solo. Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada. Ya no mequedaba ni un rastro de cólera. No sabía qué hacer, y me decidí a ir aSan Fernando a pie.

V

NUEVAS FATIGAS DE AMOR

Como todos los hombres sentimentales que esperan demasiado de lasmujeres, he tenido momentos de aborrecer al bello sexo. Don Ciriacomuchas veces me decía, con una exasperación alegre que le eracaracterística:

—Shanti, ten esto en cuenta. De cien mujeres, noventa y nueve sonanimales de instintos vanidosos y crueles, y la una que queda, que esbuena, casi una santa, sirve de pasto para satisfacer la bestialidad yla crueldad de algún hombrecito petulante y farsantuelo. Así nos vamosvengando unos en otros, de la manera más inhumana y estúpida.

Realmente, la naturaleza es pródiga con el hombre egoísta y con la mujervoluble e insensible.

Quizá es lo natural en el hombre ser un pococanalla, y en la mujer un poco cruel. Hasta es posible que la bondad yla generosidad sean una anomalía.

Tengo que reconocer que Dolorcitas no era la excepción de las cien deque hablaba don Ciriaco. Estaba entre las noventa y nueve restantes: eracaprichosa, cruel, instintiva, voluble. Por un capricho hubierasacrificado a su padre, a su madre, al pueblo entero y, probablemente, amedia humanidad.

Dolorcitas parecía decidirse por mí; pero, al mismo tiempo, todo elmundo decía que iba a casarse con el hijo del marqués de Vernay, unseñor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrática.

Le escribí a Dolorcitas y le hablé varias veces por la reja. Ella negabaque fuera a casarse y aseguraba que no torcerían su voluntad. Sinembargo, los indicios de la boda eran ciertos.

En todos los puertos de mar, constituídos casi siempre por una poblaciónadvenediza y aventurera, se forma un espíritu aristocrático endiablado.En las ciudades arcaicas y tradicionales, los individuos que creenformar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase conmás o menos razón; en las ciudades modernas ya no es la clase solamentelo que se defiende, sino el matiz. Así sucede que Bilbao o Buenos Aires,Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos oLeón.

En Lúzaro, en pequeño, ocurre lo propio desde que se ha llenado deindianos y de gente forastera.

El comerciante, que, en general, procede de la parte más turbia de lasociedad, necesita, ya que no pueda decir que sus abuelos estuvieron enla conquista de Jerusalén, demostrar que su escritorio es algo sagrado yque todos sus pequeños útiles y procedimientos de robo constituyenejecutoria de nobleza.

Me chocó oír que don Matías hablaba repetidas veces de su clase. Almismo tiempo, y refiriéndose a Dolorcitas, dijo que ésta se casaría conun hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese ponerlos ojos demasiado alto.

Para el señor Cepeda, como para todos los comerciantes de puerto, había,sin duda, la aristocracia de la sangre y la del escritorio, eldevocionario y el libro mayor, la espada y la pesa, la coraza y elmandil.

Era extraño: así como mi abuela afirmaba la aristocracia de lamarinería, el señor Cepeda afirmaba la aristocracia del escritorio.

En el comercio del azúcar y del cacao la elevación social está en razóndirecta de la cantidad; en cambio, en el comercio de drogas la elevaciónestá en razón inversa. Si uno vende azúcar y canela en pequeña cantidad,es un vulgar ultramarino; en cambio, si negocia con estos géneros engrande, es un comerciante.

Fenómeno singular: con las drogas sucede lo contrario; vendiéndolas engrande, es uno un droguero; vendiéndolas en pequeño, un farmacéutico, unhombre de ciencia.

La primera vez que comprendí claramente las pretensiones aristocráticasde la familia de Dolorcitas, fué hablando con un empleado del almacén dedon Matías, a quien yo llamaba el Almirante.

Muchos domingos, al llegar a casa de doña Hortensia me encontraba conque no había nadie, y solía entrar en el almacén. Los empleados meconocían. Allí se trabajaba lo mismo días de labor que días de fiesta.Era todavía la buena época de Cádiz. Constantemente estaban cargando ydescargando carros en la calle de la Aduana, llena de almacenes y deescritorios, y constantemente los carretones entraban y salían delalmacén de don Matías.

El almacén era inmenso, con bóvedas en donde se apilaban sacos,barricas, toneles y cajas. A la entrada estaba el escritorio, con supantalla y sus ventanillas con letreros. Una parte estaba destinada alcomercio y la otra al despacho de buques.

Antes de entrar en las cuevas se pasaba por un vestíbulo, en donde habíaunas grandes balanzas colgadas del techo. En este vestíbulo, vigilandolas pesadas y la entrada y salida de los fardos, solía verse un señorque no era mas que algo como un conserje o portero; pero que, por suaspecto, parecía un personaje. En la casa, medio en serio, medio enbroma, le conocían por don Paco. Yo le llamaba el Almirante y también elprimer lord del Almirantazgo.

Este personaje decorativo gastaba patillas largas y blancas, abdomenabultado, pantalón obscuro y una chaquetilla blanca, de dril. Hablaba demanera doctoral. La geografía, la historia, el comercio, la navegación,todo lo dominaba este hombre extraordinario.

Don Paco me explicó que don Matias y doña Hortensia buscaban para laniña un novio de la aristocracia. Les faltaba el título para ladecoración de la familia, y habían hablado con el viejo marqués deVernay, y en principio la boda estaba concertada. El Almirante sabía quela niña estaba por mí. Yo no sabía otro tanto.

Conclui mi curso en San Fernando y fuí a vivir a Cádiz; tenía queesperar a don Ciriaco para embarcarme.

Varias veces hablé por la reja con Dolores. Yo le decía que no secasara, que me esperara.

—Sí, te esperaré—contestaba ella fríamente.

Supe que no era yo el único que hablaba con Dolorcitas por la reja y queun joven guardia marina iba muchas noches a charlar con ella.

Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegué arealizar, y a mediados del mes de julio me quedé sorprendido con laentrada en la bahía de Cádiz de la Bella Vizcaína.

Llegaba el momento fatal. Había que embarcarse. Me despedí de mi novia,que me hizo mil promesas de fidelidad y de escribirme, y me fuí a lafragata considerándome un hombre desgraciado. Don Ciriaco firmó elconocimiento que se hacía por triplicado para responder de lasmercancías embarcadas, y levamos el ancla.

Para aliviar mi pena le conté a don Ciriaco mis amores. El viejo capitánme escuchó burlonamente.

—Cuando vuelvas, esa niña se habrá casado ya—dijo tranquilamente, y,añadió después—: Mejor para ti.

Don Ciriaco era un hombre tremendo.

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VI

GRANDEZA Y MISERIA

Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta elCabo de Buena Esperanza, y después por el Océano Índico al Estrecho dela Sonda y a Filipinas.

Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente,tuvimos que atravesar el Estrecho de San Bernardino y dirigirnos por elPacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a lasPalaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y auna le llamamos con el apellido de don Ciriaco, isla Andonaegui, y a laotra, isla de Santiago Andía.

Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo quemarqué el punto con la brújula con una gran emoción. Mentiría si dijeraque no me acordaba de Dolorcitas; pero me acordaba de una manera vaga,remota.

En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hicepara desesperarme no lo pude conseguir.

Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un solespléndido. Sentí una gran alegría; allí estaban Chipiona y Cádiz consus casas blancas como huesos calcinados; allá estaba el castillo de SanSebastián y la Caleta.

Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, meacordé de mis paseos con Dolorcitas y de mi época de estudiante en SanFernando.

El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sinalero, la catedral con sus dos torres y su cúpula dorada, las azoteascon sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de paredblancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de lascasas árabes.

Tenía ganas de pisar tierra española, de pasear por aquellas viejasmurallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermosogolfo de Cádiz.

La primer visita era indispensable hacerla a don Matías. Doña Hortensiame recibió como si fuera su hijo. Mi capitán le hizo grandes elogios demí. Doña Hortensia estaba espléndida. Era una mujer de un granatractivo; parecía una emperatriz romana. Después he visto la estatua deAgripina en el Museo del Capitolio, en Roma, y me acordé de ella.

Por lo que yo pude comprender, sentía por su marido un desprecioinaudito. Se consideraba completamente emancipada. Yo tenía un poco másde mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensiase desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba mas queprosperar y gozar. Satisfacer los sentidos y la vanidad.

Su fama en Cádiz era un tanto equívoca.

Don Ciriaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mandode la fragata; pero esta combinación no le gustaba a don Matías. Micapitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciesea su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.

—Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas—me dijo don Ciriaco,con su tono zumbón—

: las mujeres están de vuestra parte. Os ayudan, osprotegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo ver alcapitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa.

Estoyseguro de que Hortensia le encontraría el defecto de que no estaba muyenterado de marinería.

Yo me eché a reír.

—Sí, sí, ríete—replicó mi capitán—; pero ten cuidado. Esta mujertiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayasa caer en la madre.

—¿Qué me puede hacer don Ciriaco?—le dije yo, riendo.

—A otros barbilindos más listos que tú les he visto yo andar de cabezay hacer una porción de tonterías por una mujer. Conque, ¡ojo a labrújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón!

—La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.

—No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.

Los consejos de don Ciríaco hicieron que no acudiese con frecuencia acasa de Hortensia. Mi asunto marchaba bien. Antes de un mes podría veren la calle de la Aduana este letrero: COMPAÑÍA VASCO ANDALUZA

El día 5 de enero saldrá para las

Canarías, Cabo Verde, el Cabo de

Buena Esperanza y Manila la fragata

«La Bella Vizcaína»,

al mando del capitán don Santiago de Andía.

Los días que me quedaban de Cádiz pensé aprovecharlos. Me empezaba aencontrar bien allí; llevaba una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, meencantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas; contemplabalas casas blancas de miradores enormes, las iglesias también blancas, yrecorría la muralla al ponerse el sol.

Una tarde, al anochecer, al ir a entrar a la fonda, pasó por delante demí la criada vieja de casa de doña Hortensia, la señora Presentación, yme dió una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de lanoche; tenía que hablar conmigo. Me esperaría en la reja. Vivía en lacalle de los Doblones, cerca de la Aduana. Toda mi ecuanimidad se vinoabajo desde aquel momento.

Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciriacoy pedirle consejo; otra, la que más halagaba mi vanidad, escribirdiciendo que acudiría a la cita. Me decidí por lo último.

Había entrelos marineros de la Bella Vizcaína un chico de Cádiz, a quien llamabanel Morito, porque había estado en Tánger y solía llevar con frecuenciaun fez rojo en la cabeza.

El Morito era muy partidario mío. Un barco es un pequeño mundo aparte,donde las simpatías y las antipatías se establecen rápidamente, y elMorito era joven y había simpatizado conmigo.

Este muchacho solía estarcon frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar.Fuí a buscarle, le encontré, le di el encargo de llevar la carta aDolores, y después le dije que volviera por mí. Cenamos juntos el Moritoy yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.

El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misteriosocomo aquél.

—Tú vigila—le dije yo—, y si pasa alguno, avísame.

—Descuide usted—me contestó él.

A las diez en punto se oyó ruido detrás de la reja; vi una vaga luz,después una falleba que chirriaba suavemente y una persiana que seabría.

El corazón me golpeaba en el pecho como un martillo de fragua; creí queme caía. Apareció ella y extendió la mano. Yo la cogí entre las mías.Estaba tan emocionado que no podía decir nada.

Dolores, de pronto, rápidamente, me dijo que se había casado y que eramuy desgraciada.

Había comprobado que su marido, el marqués, era elamante de su madre, y ella quería vivir conmigo y abandonar Cádiz.

Yo quedé asombrado, perplejo, sin saber qué contestar. El Morito me sacódel apuro, porque se acercó a decirme que venía alguien por la acera.Pasó el transeúnte y seguimos hablando Dolores y yo.

Al día siguiente me esperaría en una casa próxima, que tenía una puertaa otra calle, por donde yo entraría.

Se cerró la persiana, le avisé al Morito que nos íbamos y me fuí a lafonda. No pude dormir en toda la noche. Realmente yo no estabaenamorado, porque discurría fríamente, con tranquilidad completa. Veíaque me jugaba mi porvenir. Mis relaciones con Dolores se averiguarían enseguida, por muchas precauciones que tomáramos, y don Matías me echaríaa la calle en cuanto se enterara. A veces se me ocurría la idea demarcharme al barco y encerrarme allí; pero me parecía vergonzoso.

Por la mañana, después de una noche de insomnio, me decidí a seguir laaventura. Estaba convencido de que en el fondo no tenía cariño porDolores; de que, probablemente, ella tampoco me quería; que obraba porvengarse; pero no importaba; había que ir hasta el fin.

Al día siguiente nos vimos. Dolores había cambiado en los dos años queno la veía. Era una mujer, pero una mujer espléndida, hermosísima. Yoempecé a sentirme como en un sueño.

—¿Será la vida así?—pensaba al retirarme a la fonda.

Era un comenzar a vivir extraordinario. ¡Después de haber dado la vueltaal mundo y respirado el ambiente voluptuoso de las islas del Pacífico;después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con lostifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de BuenaEsperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que ledice a uno que le quiere!

¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por elcorazón! Era una situación extraordinaria. No había leído todavíaninguna novela de Balzac, de esas en que figuran únicamente duquesas yjóvenes ambiciosos; de haberla leído, me hubiera encontrado a mí mismodoblemente interesante. La seguridad en mí mismo me hizo ser temerario.

Recuerdo cómo fuí varias veces al palco de Dolorcitas en el teatro.Dolores parecía una princesa; yo llevaba mi frac azul entallado, debotones dorados, pantalón collant de color gris, polainas y corbatanegra, de varias vueltas.

La gente me señalaba disimuladamente con el dedo. Si alguien me hubieradicho que no era el rey, el czar, el emperador, el niño mimado de lasuerte, le hubiera mirado con olímpico desprecio.

En el teatro había ópera, y más de una vez de pie, en el palco junto aella, se me arrasaron los ojos de lágrimas oyendo al tenor en Lucía,aquello de: Tu che a Dio spiegasti l'ale.

Petulancia, sentimentalismo, vanidad, tristeza, todo esto se fundía enmi alma, haciéndome creer unas veces que era un héroe y otras undesdichado.

Mis penas procedían de Dolores. Yo hubiera querido identificarme conella, saber sus pensamientos más íntimos, penetrar en su alma. Sueñoirrealizable. Siempre había en ella una reserva, un temor de dejar suespíritu al descubierto.

—¿Qué más quieres de mí?—me dijo algunas veces. Y esta sola pregunta,expresada con acritud, bastó para hacerme desgraciado.

¡Qué estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a lamujer como una criatura ideal! ¡Qué error mirar la riqueza y el faustocomo felicidad!

Se acercaba el momento de que la Bella Vizcaína tenía que partir. Yofuí a la fragata a dirigir la maniobra y a ponerla en franquía, fuera detodos los barcos de la bahía de Cádiz. De allí volví en el bote. Meencontraba en la mayor incertidumbre.

Un acontecimiento, a pesar de su lógica no esperado por mí, acabó, noprecisamente de una manera agradable, mis vacilaciones. Una mañana sepresentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqués de Vernay.Venían a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves.

Yoacepté desde luego; tenía la seguridad de que no me había de pasar nada.Nombré de padrinos a un condiscípulo de San Fernando y a un oficialinglés de Marina que comía en el hotel y que estaba en un navío surto enla bahía de Cádiz.

Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida; meparecía imposible que el marqués me hiriera. No sé qué idea absurda demi inviolabilidad se me había metido en la cabeza.

El duelo se verificaría en el Puerto de Santa María, en la finca de unamigo del marqués. Se hicieron los preparativos con extraordinariareserva; el marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron aprimera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barcadespués de comer.

El patrón se sentó a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, fajaencarnada y calañés.

Nos reímos de él, porque decía en un andaluz muy cerrado:

—Bueno, vámonoz, que ze va el viento.

Cruzamos la bahía de Cádiz, desembarcamos, atravesamos las calles delPuerto de Santa María, en coche, y llegamos a la finca del amigo delmarqués, a eso de las dos de la tarde.

Hacía un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veintepasos dando unas zancadas enormes; nos dieron las pistolas, disparamos,y al mismo tiempo que oí el fogonazo sentí un golpe que me derribó alsuelo. Intenté respirar, la boca se me llenó de sangre y sentí el ruidodel aire al entrar por el agujero de la herida.

Tenía atravesado el pulmón. Pasé días muy malos entre la vida y lamuerte. Un mes estuve en cama, y al cabo de este tiempo pude levantarmehecho una momia. Don Ciriaco, desde que supo lo ocurrido, se plantó allado de mi cama y me cuidó como a un hijo. Hortensia vino también averme. Dolores y su marido habían ido a vivir a Madrid, al parecerreconciliados.

Cuando ya estuve en disposición de salir de casa, don Ciriaco me llevó aver a un amigo suyo, capitán de una fragata, La Ciudad de Cádiz. Elviejo capitán, que me tenía cariño, quería que su amigo pasara a mandarla Bella Vizcaína y yo ocupara la vacante en La Ciudad de Cádiz.

El amigo no presentó dificultad alguna; don Ciriaco fué a ver a doñaHortensia, quien parece que dijo que se haría lo que deseábamos sin lamenor vacilación.

Efectivamente; unos meses después, ya restablecido del todo, era capitánde una hermosa fragata, a los veintitrés años.

VII

EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE

Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infanciatanto me preocupó; pero un día iba en una de esas canoas que cruzan labahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman guilalos, cuandoentablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba unbergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó:

—¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?

—No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.

—¿Juan de Aguirre y Lazcano?

—El mismo. Era mi tío carnal.

—¿Qué se hizo de él?

—Debió morir. Yo he asistido a su funeral.

—¿Cuánto tiempo hará de eso?

—Pues, hará cerca de veinte años.

—No puede ser. Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía,y estaba, según me dijeron, en Ilo-Ilo.

—No creo que fuera él; me parece imposible.

—Yo no le he visto—repuso el capitán—, pero he conocido gente que hahablado con él.

—Podría ser una persona del mismo nombre.

—¿Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de pilotoen el mismo barco?... Muy raro tenía que ser.

—Sí, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito asu madre.

El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convencieray añadió con indiferencia:

—Hace veinte años que no le escribo yo a mi mujer, y probablementecreerá que me he muerto.

Me despedí de este paisano, que sin duda no era un caso muysignificativo de ternura matrimonial; le conté la conversación a misegundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes,

pilotos

ycontramaestres

vascongados.

Varios

nos

confirmaron

que,

efectivamente,habían oído hablar hacía unos quince años de un Juan de Aguirre,propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitán de lacorbeta Mari Galante, Francisco Iriberri, a quien encontramos en unade esas calmas del Océano Índico, al sur de Madagascar, me dió otrosdatos.

Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, elpelo rubio y los ojos ribeteados. Después he sabido que Iriberri fué unode los capitanes más audaces de su tiempo.

Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendoel comercio de negros y de chinos hasta que fué apresada su urca por uncrucero inglés. Iriberri me dijo que la urca en donde navegó mi tío sellamaba El Dragón y que era de una Sociedad franco-holandesa, y me diótales detalles, que quedé convencido. Según él, mi tío, si no se habíaescapado o no había muerto, seguiría en presidio.

Su final lo desconocía, pero era indudable que mi tío, después de andaren algún barco negrero o pirata, había sido preso.

Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y ésta no hubiese tenidoinconveniente en declarar que su hijo vivía. Encontrándose en presidio,se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.

Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación contemporales y borrascas, llegamos a Cádiz.

Llevaba cinco años de mar. Tenía veintiocho. Estaba cansado. Recogí lascartas en el correo, y en la primera que leí mi madre me decía que laabuela había muerto. Era conveniente que fuese a Lúzaro, para arreglarlas cuestiones de la herencia.

Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de uncompañero que quería llevarme en su barco hasta Bilbao, y tomé ladiligencia para Madrid.

Estuve una semana en la corte, y el primer día, al llegar al Prado, vien un coche a Dolorcitas con su marido. Él quizá no me conoció, peroella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.

Era una estupidez, pero aquel ademán desdeñoso me hizo mucho efecto.

Más melancólico de lo que había llegado, salí de Madrid; pasé por Burgosy Vitoria, y de aquí, tomando un coche y dejando otro, llegué a Lúzaro.

Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mitía Úrsula y mi madre.

Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi tía Úrsula, sintiendocierta veleidad mística, había manifestado el deseo de entrar en elconvento de Santa Clara, y mi madre no quería para vivir la antigua casasolariega, decidieron alquilarla.

Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan,registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papelesviejos.

Quería aclarar el enigma de la vida de mi tío, de quien se contabantantas historias, y que me volvía otra vez a preocupar.

Registrando los armarios, encontré un daguerrotipo en cristal, hecho enParís. Pregunté a mi madre si conocía al retratado, y me dijo que era suhermano Juan, pero tan raro, que casi no le conocía. Nunca había vistoaquel retrato.

En un paquete de cartas amarillas leí una firmada Juan. En ella seacusaba recibo de una cantidad no pequeña y se decía que enviaba sudaguerrotipo, hecho por un fotógrafo de París.

No cabía duda que la carta era de mi tío. Estaba escrita desde un pueblode Bretaña y fechada diez años después de que en Lúzaro se celebrara elentierro. Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su familia yyo, de chico, asistimos a su funeral.

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LIBRO TERCERO

LA VUELTA AL HOGARO

I

LA HERIDA

Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejadosrojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellasen hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.

Después de las lluvias abundantes, las casas están desteñidas, lascalles limpias; la carretera descarnada, con las piedras al descubierto.El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es más diáfano,más puro.

En el jardín del convento próximo, dos monjas de toca blanca han estadomirándome y hablando entre ellas. ¡Qué idea más rara deben formarse deun marino estas pobres mujeres que no han salido jamás fuera de lastapias de su huerta.

Enfrente veo las casas solariegas contempladas por mí en la infancia,tristes, viejas, negras.

Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela,convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, conlas ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejoscon corchos y anzuelos. Ahí siguen todas esas viejas casas bienagarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos depedruscos. Están siempre igualmente tristes, igualmente severas,durmiendo, envueltas en la bruma.

¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos!¡Qué existencias más inmóviles!

Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se mefigura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.

¡Qué quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan estático; almenos, cambia de color en las estaciones. Las casas, no; así estaríanhace doscientos años, así están hoy.

Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre,ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente ychillona:

¡A babor! ¡A estribor!

Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era unniño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y unmelancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y losacontecimientos me han escamoteado la vida.

Algunas veces me miro en el espejo y, al verme viejo y cambiado, me digoa mí mismo:

—¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fué.

Han pasado muchos años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir,andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión deacontecimientos que me han dejado el alma vacía.

Cuando he buscado unpoco de calor y de abrigo, he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.

Navegando, he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días sonlargos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan,vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamientoen el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en elalma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo elcamino andado parece una vía Apia sembrada de tumbas.

La Iñure ha muerto: ya no la oiré contar historias supersticiosas; lacerora ha muerto: ya no le haré las hostias, como antes; el atalayerotambién ha muerto: ya no le veré, en el extremo del muelle, levantandosus gallardetes. Ya, ni Caracas hará sus barcos, ni Yurrumendi hablaráde los piratas, ni Joshepe Tiñacu irá haciendo eses por las calles.Todos han desaparecido. No he debido salir de aquí, o no he debidovolver aquí.

Extraña existencia la mía y la de los hombres andariegos. En una época,todos son acontecimientos; en otra, todos son comentarios a los hechospasados.

La primera impresión, al llegar Lúzaro, fué un gran asombro, al ver loinsignificante de los muelles, de la ciudad, del río. ¡Me parecía tanpequeño, tan desierto, tan triste! Me había figurado grande la entradadel puerto; hermoso, el río; anchos, los muelles, y al verlos quedéasombrado; me parecieron de juguete.

—No vale la pena de vivir aquí—me dije al llegar.

Y ahora, ¡absurdo cambio de opinión!, me digo muchas veces:

—No vale la pena de vivir fuera de aquí.

Hace un mes no quería pensar en quedarme en Lúzaro; me parecía unalocura cambiar esas horas de indolencia y ensueño de los días denavegación, por la vida de un pueblecillo triste, aburrido, lleno depreocupaciones y de mezquindades. Ahora me espanta la idea de volver ami barco, de hundirme en el ajetreo contínuo del acontecimiento. Toda lavida de a bordo se va alejando de mí; me parece una cosa vaga y sinrealidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionandoa las cosas viejas; me paso las horas muertas contemplando, desde elbalcón, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles aspectosantes no vistos por mí.

Me levanto todos los días muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cómose aligera la niebla y sube por el monte Izarra, y comienza a brotar laciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta oír elcacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en elcamino.

Cuando hace buen tiempo salgo por las mañanas y recorro el pueblo.Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho yartesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas ytortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatrotandas de escaleras; otras están cubiertas y son pasadizos en zig-zags.Al amanecer, por las callejuelas estrechas, sólo se ve alguna mujer,corriendo de puerta en puerta, golpeándolas violentamente, para avisar alos pescadores. Las golondrinas pasan rasando el suelo, persiguiéndose ychillando....

Los días de lluvia Lúzaro me gusta más. Esa tristeza monótona del tiempogris no me molesta.

Es para mí como un recuerdo amable de los díasinfantiles.

Acostumbrado al horizonte violento de los trópicos, a esos cielosnublados y brillantes de las zonas en donde reinan los vientos alisios,estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobremi alma, como en una tierra seca, refrescándola y dándole alegría.

Muchas veces me paso el tiempo en el balcón viendo cómo la carretera sellena de charcos y se ennegrecen las casas.

De noche, el ruido de la lluvia, esa canción del agua, es como un rumorque acompaña resonando en los tejados y en los cristales; ritmo olvidadovuelto a recordar.

Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en unbarreño, hace un ruido metálico.

Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta y todo meentristece.

Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantialcegado que ahora tornó a brotar.

No sé por qué parecen llenas de magia melancólica las cosas pasadas; nose lo explica uno bien; se recuerda claramente que en aquellos días noera uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y, sinembargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielotener un azul más puro y más espléndido.

Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestrosrecuerdos fueran eternas; pero nuestra existencia no representa nada enla corriente tumultuosa de los acontecimientos. Allí teníamos un amigo..., en aquel rincón fuimos felices ..., nuestra felicidad o nuestraamistad tienen poca importancia.

Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se meescapara en un momento de desmayo. La inanidad de las cosas me conturba;la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espíritu fuera como elruiseñor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como laalondra, que levanta su vuelo en la desolación de los campos, y no elpájaro herido que se viene a tierra velozmente....

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II

LÚZARO Y SU FORMACIÓN

Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lúzaro, no hubiera tenido una ideaclara de cómo es. Los recuerdos de la infancia me daban datos falsos;esto amplificado, aquello disminuído, y entre una cosa y otra grandeslagunas.

Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mipueblo, seguramente mi descripción se parecería muy poco, o quizá nada,al original. Lúzaro es un pueblo bonito, obscuro, como todos los pueblosdel Cantábrico; pero de los menos sombríos. A un hombre del norte deEuropa le debe dar la impresión de una villa andaluza.

Muy templado, muy protegido del noroeste, Lúzaro tiene una vegetaciónexuberante. Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escalerasde piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbascarnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertashay inmensas magnolias, naranjos y limoneros.

Yo encuentro a mi pueblo algo de Cádiz, de un Cádiz pequeño, melancólicoy negro, menos suave y más rudo. Lúzaro tiene una salida al mar bastanteestrecha y una playa de arena muy movediza.

El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de Cayluce avanza mucho; va paralelamente al barrio de pescadores, y terminaen el Rompeolas. El Rompeolas es hermoso; se ensancha en forma deexplanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalayanueva, en cuya pared suelen jugar los chicos a la pelota. Desde allí sedisfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contralas olas.

Como en todos los pueblos de pescadores, en Lúzaro se ven lanchas en lossitios más extraños e inverosímiles: en una calle en cuesta,interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla deuna casa.

La ría de Lúzaro es pequeña, pero muy romántica; sobre ella se tiende unpuente de un solo arco, por donde pasa la carretera de Elguea. Una delas orillas de esta ría es rocosa, accidentada; la otra es un fangalnegruzco. Sobre este fangal, desde hace años, según algunos, siglos,está instalado un astillero. Antes, en él se construían fragatas ybergantines; hoy sólo se hacen lanchas y alguna goletilla de pocotonelaje.

El actual dueño del astillero es Shempelar. El astillero no es muycomplicado; consta solamente de dos barracas negras, formadas pormaderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.

Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajonuevo, Shempelar disfruta; saca sus compases y allí se está, dibujandolas piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta qué talva la obra, dirá que mal, porque Shempelar es un dilettanti delpesimismo.

Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros deribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando lastablas, barrenándolas y armando después las costillas. El esqueleto delbarco se va cubriendo, la obra marcha; Shempelar, interiormenteentusiasmado con su obra, anda muy fosco, riñendo a todo el mundo. Loscalafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a golpesde martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias,gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrán,que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con virutas ypedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrán con loscandiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos enel fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo el mundodice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzosmaravillosos para demostrarse a sí mismo que tiene motivos, motivosgraves, motivos serios para estar profundamente incomodado.

Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos;pero mi paseo constante no es hacia el río, sino hacia el muelle; veocómo pescan en Cay luce, y cómo van entrando las barcas de bonito ylas goletas de cabotaje; oigo, riendo, las riñas en vascuence de lasmujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a laprole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambioalgunas palabras con los pescadores.

En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear ysaborearlo todo, he pasado más de un mes sin hacer mucho caso de visitasy de prácticas sociales.

Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense,haciendo ella misma una porción de guisos complicados y de postresclásicos del país.

—Esto te gustaba mucho antes—me dice.

—¿De veras?

—Sí

—Pues ahora también me gusta.

Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain,el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueño del Cachalote. Larelojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense. Allí seha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una delas cuestiones más debatidas ha sido la formación de Lúzaro.

Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casiexclusivamente al río, que fué, dice él, abriéndose paso lentamente,disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar.

Según Garmendia,Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son mas querestos de la disgregación de las rocas; los núcleos fuertes resistierona la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos;los débiles se han disuelto en arena.

Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamentea la influencia de la Gran Corriente del Golfo o Gulf Stream.

El Gulf Stream, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó elmayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa conoblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España,dos corrientes: una la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que alsubir por las

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