Las Inquietudes de Shanti Andia by Pío Baroja - HTML preview

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(Ahí está Mari Domingui. ¡Miradla qué facha! Quiere venir con nosotros aBelén.) Y la Curriqui seguía:

Gurequin naibadezu Belena etorri Atera bearco dezu Gona zar hori.

(Si quieres venir con nosotros a Belén, tendrás que quitarte esa faldavieja.) El público de pescadores y de chicos celebraba estos detallesnaturalistas.

La Curriqui volvía el día de Reyes a su escenario de Aguírreche, conuna capa blanca y una corona de latón, a cantar otras canciones.

Este día, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonabanvillancicos con voces agudas y roncas, acompañándose de panderos y dezambombas.

Si el ama de la casa les daba algunos cuartos, decían en el villacincoque se parecía a la Virgen; en cambio, si no les daba nada, le acusabande ser una vieja bruja.

VIII

CORRERÍAS DE CHICO

Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fuí a la escuelacomo un borrego que llevan al matadero.

Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contracualquier Juan Florin que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas.

Al principio me puso el maestro entre los últimos, lo que me avergonzóbastante; pero pasé pronto al grupo de los de mi edad.

El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñadoen enseñarnos a hablar y a pronunciar bien. Odiaba el vascuence como aun enemigo personal, y creía que hablar como en Burgos o como en Mirandade Ebro constituía tal superioridad, que toda persona de buen sentido,antes de aprender a ganar o a vivir, debía aprender a pronunciarcorrectamente.

A los chicos nos parecía una pretensión ridicula el que don Hilarioquisiera dar importancia a las cosas de tierra adentro. En vez dehablarnos del Cabo de Buena Esperanza o del Banco de Terranova, noshablaba de las viñas de Haro, de los trigos de Medina del Campo.Nosotros le temíamos y le despreciábamos al mismo tiempo.

El comprendía nuestro desamor por cuanto constituía sus afectos, ycontestaba, instintivamente, odiando al pueblo y a todo lo que eravasco.

Nos solía pegar con furia.

A mí me salvó muchas veces de las palizas la recomendación de mi madrede que no me pegara, porque me encontraba todavía enfermo.

Yo, comprendiendo el partido que podía sacar de mis enfermedades, solíafingir un dolor en el pecho o en el estómago para esquivar los castigos.Me libré muchas veces de los golpes; pero perdí mi reputación de hombrefuerte. «Este chico no vale nada», decian de mí; y hasta hoy creen lomismo.

Ahora se ríe uno pensando en las marrullerías infantiles; pero si seintenta volver con la imaginación a la época, se comprende que losprimeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentablesde la vida.

Después se han pasado tristezas y apuros, ¿quién no los ha tenido? Peroya la sensibilidad estaba embotada; ya dominaba uno sus nervios como unpiloto domina su barco.

Sí; no es fácil que los de mi época, al retrotraerse con la memoria alos tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y losmaestros que nos amargaron los primeros años de la existencia.

Esta impresión de la escuela, fría y húmeda, donde se entumecen lospies, donde recibe uno, sin saber casi por qué, frases duras, malostratos y castigos, esa impresión es de las más feas y antipáticas de lavida.

Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como másdébil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que elhombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el quesería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con elconsentimiento de sus padres.

Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización.

A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicosque han seguido siendo amigos míos hasta ahora: el uno, José MariRecalde; el otro, Domingo Zelayeta.

José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padrepor haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; JoséMari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.

El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor depoleas del muelle.

Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era untipo, hombre enérgico, de carácter fuerte y un poco fosco, queencontraba motivos raros para sus decisiones.

—¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta?—le dijo alguno.

—No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene.

Habían querido una vez nombrarle concejal; pero él se opuso con todassus fuerzas.

—Pero, hombre, ¿por qué no quieres ser concejal?

—Antes me matan—dijo él—que obligarme a llevar una levita de cola degolondrina.

Esta levita, tan aborrecida por Zelayeta, era el frac que, en ciertassolemnidades de Lúzaro, hay la costumbre de que lo vistan losconcejales.

Zelayeta, padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, erahombre de tendencia progresiva; le gustaba suscribirse a los libros porentregas, sobre todo para que los leyese su hijo.

Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la Iñure, a lasalida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tenía quemarchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por dondequerían.

Después de muchas súplicas y reclamaciones, conseguí libertad para ir yvenir a la escuela sin rodrigón vigilante. Mi madre me recomendaba queanduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significabalo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno.

A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correrhasta las escaleras del muelle.

Otros chicos, en general los de familias terrestres o terráqueas, comodicen algunos en Lúzaro, tenían más afición a ir al juego de pelota;nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contábamos Recalde,Zelayeta y yo, nos acercábamos al mar.

Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que sechapuzaban, desnudos, en la punta de Cay luce, y a los pescadores decaña haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocían.

¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con susojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horriblesbrazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salíaenroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente porla vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamenterepugnantes.

Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgábamos por las amarras ycorreteábamos por las gabarras y lanchones, y saltábamos de una barca aotra.

En este punto de la independencia infantil se va ganando terrenovelozmente, y yo fuí avanzando en mi camino, con tal rapidez que lleguéen poco tiempo a gozar de completa libertad.

Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. DonHilario, el maestro, mandaba recados a casa avisando que el día tal ocual no había ido; pero mi madre me disculpaba siempre y, como veía queme iba poniendo robusto y fuerte, hacía la vista gorda.

Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir alarenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los piesdescalzos.

Recogíamos conchas, trozos de espuma de mar, mangos de cuchillo ypiedrecitas negras, amarillas, rosadas, pulidas y brillantes.

Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondosdel solen echaban burbujas de aire cuando pasaba por encima de ellos laligera capa de agua de una ola.

Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llamábamos envascuence deituba y que no sé por qué decíamos que solíaestrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo había que echarle unpoco de sal.

El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; élencontraba la estrella de mar o la concha rara; él veía el pulpo entrelas peñas o el delfín nadando entre las olas. Siempre estabaescudriñándolo todo; su padre, por esta tendencia a registrar, lellamaba el carabinero.

Los domingos mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, despuésde hacerme una serie de advertencias y recomendaciones.

Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal;subíamos al Izarra y después íbamos descendiendo a las rocas próximas.

Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peñascos, nospareció la playa insípida y poco entretenida.

El fin práctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejosgrandes y obscuros que aquí llamamos carramarros, y, en otros lados,centollas y ermitaños.

El monte Izarra, a una de cuyas faldas está Lúzaro, forma como unapenínsula que separa la entrada del puerto de una ensenada bastanteancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Animas.

El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por lajasinclinadas, roídas por las olas.

Estos esquistos de la montaña seapartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan en el mar dejandoarrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan enuna peña alta, negra, de aire misterioso, que se llama Frayburu.

Para hacer nuestras excursiones solíamos reunimos a la mañanita en elmuelle, pasábamos por delante del convento de Santa Clara, y por unacalle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos a uncallejón formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzábamosmaizales y viñedos y salíamos más arriba, en el monte, a descampadospedregosos con helechos y hayas.

En la punta del Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aun senotaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento delos cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde solíamosmeternos a huronear.

Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de labatería, para guarecerse de la lluvia, y que a nosotros nos servía parajugar a los Robinsones.

El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo aZelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una granserpiente con alas, la Egan suguia. Esta serpiente tenía garras detigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendofechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento era tandeletéreo que envenenaba.

Desde que supimos esto, la cueva nos imponía algún respeto. A pesar deello, yo propuse que quemáramos la maleza del interior. Si estaba la Egan suguia se achicharraría, y si no estaba, no pasaría nada. ARecalde no le pareció bien la idea. Así se consolidan lassupersticiones.

La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, unsendero pedregoso pasaba por encima de un acantilado cuyo pie estabahoradado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metían por entrelos resquicios de la pizarra, en el corazón del monte, y se las veíasaltar blancas y espumosas como surtidores de nieve.

Algunos chicos no se atrevían a asomarse allí, de miedo al vértigo; a míme atraía aquel precipicio.

Allá abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como lasgraderías de un anfiteatro. En los bancos de este coliseo naturalquedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilasresplandecientes que reflejaban el cielo.

El mismo Yurrumendi aseguraba, según Zelayeta, que aquellas gradasestaban hechas para que las sirenas pudieran ver desde allá las carrerasde los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan en elinquieto imperio del mar.

El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olasrompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballossalvajes, con las crines al aire.

Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes,se levantaba la roca de aspecto trágico, Frayburu.

Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra teníauna gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna.

Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, parednegra y pizarrosa, veteada de blanco y de rojo, en cuyas junturas yrellanos nacían ramas y hierbas salvajes.

Aquí, el mar de mucho fondo era menos agitado que delante de losarrecifes.

Cuando ya bajaba el camino, se veía la playa de las Animas, entre lapunta del Faro y otro promontorio lejano. Sobre el arenal de la playa selevantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de labarriada de Izarte, echando humo.

Ya cerca de la punta del Faro abandonábamos el camino para meternosentre las rocas. Había por allí agujeros como chimeneas, que acababan enel mar. En algunas de estas simas se sentía el viento, que movía lasflorecillas de la entrada; en otras se oía claramente el estrépito delas olas.

Saltábamos de peña en peña, y solíamos avanzar hasta los peñascos máslejanos; pero cuando comenzaba a subir la marea teníamos que correr,huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el agua.

En la marea baja, entre las rocas cubiertas de líquenes, solían versecharcos tranquilos, olvidados al retirarse el mar. Muchas horas hepasado yo mirando estos aguazales. ¡Con qué interés!¡Con qué entusiasmo!

Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros,cubierta de lapas. En el fondo, entre los líquenes verdes y laspiedrecitas de colores, aparecían rojos erizos de mar cuyos tentáculosblandos se contraían al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo dehierba marina, que al macerarse en el agua, quedaba como un ramito defilamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algúnpececillo plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeño océano, yde cuando en cuando el gran monstruo de este diminuto mar, el cangrejo,salía de su rincón, andando traidoramente de lado, y su ojo enormeinspeccionaba sus dominios buscando una presa.

Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos conotros, sus ensenadas y sus golfos; viéndolos, yo me figuraba que así, engran tamaño, serían los océanos del mundo.

En los recodos de las peñas donde se amontonaban las algas y se secabanal sol, me gustaba también estar sentado; ese olor fuerte de mar meturbaba un poco la cabeza, y me producía una impresión excitante como ladel aroma de un vino generoso.

Las horas se nos pasaban entre las rocas, en un vuelo; casi siempre yollegaba tarde a casa.

Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de unamanera desastrosa, y mi madre no me dejaba salir. Le acompañaba aAguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde allí.¡Qué aburrimiento!

Se formaba una tertulia de señoras respetables, entre las que había doso tres viudas de capitanes y pilotos, y al anochecer se tomabachocolate.

...Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de miabuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua ymonótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de loscanalones a chocar en las aceras.

IX

YURRUMENDI, EL FANTÁSTICO

En mi tiempo, el muelle largo de Lúzaro, que en vascuence se llama Cayluce, no era tan ancho ni tan bien empedrado como ahora; tenía unapequeña muralla, y en vez de terminar en el Rompeolas, concluía en lasmismas peñas.

A todo lo largo del muelle, en aquella época y en ésta, sigue pasando lomismo; había casas de pescadores con balcones, ventanas y galerías demadera, adornados por colgaduras formadas por camisetas encarnadas,medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.

En estas casas hay siempre ropa tendida, lo que depende, en parte, delinstinto de limpieza de esa gente pescadora, y en parte, de lodifícilmente que se seca lo impregnado por el agua del mar.

Entre las casas de a lo largo del muelle de Cay luce, antes, comoahora, había algunos almacenes de carbón, y una fila de tabernas endonde los pescadores se reunían y se reúnen a beber y a discutir, y quedestilaban, sobre todo los domingos, por su única puerta, una tufaradade sardina frita, de atún guisado con cebolla, y de música deacordeones.

Entre aquellas tabernas había la del Telescopio, la de la BellaSirena, la del Holandés, la Goizeco Izarra (Estrella de la mañana);y la más célebre de todas era la de Joshe Ramón, conocida por el Guezurrechape de Cay luce, o sea, en castellano, el Mentidero delmuelle largo.

En este muelle y a pocos pasos del Mentidero, tenía su taller el padrede Zelayeta. En la ventana de la casa, convertida en escaparate, exponíapoleas de madera, faroles, cañas de pescar, un cinturón desalvavidas....

El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con un aprendiz, y, mientrasél torneaba, solían sentarse a la puerta, a charlar, algunos amigos.

Yo me había hecho íntimo de Chomin Zelayeta. Chomin era muy hábil y muypacienzudo.

Llegó a domesticar un gavilán pequeño, y el pájaro, cuandose hizo grande, reñía con todos los gatos de la vecindad. Los días detormenta se ocultaba en algún agujero obscuro, y no salía hasta quepasaba.

Zelayeta sentía, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por lospiratas, y, como tenía talento para ello, dibujaba los planos de losbarcos en que íbamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas endonde pasaríamos el aprendizaje de Robinsones.

Nuestra inclinación aventurera, en la cual latía ya la inquietud atávicadel vasco, pudo aumentarse más oyendo las narraciones de Yurrumendi elpiloto, el viejo y fantástico Yurrumendi, amigo y contertulio deZelayeta padre.

Eustasio Yurrumendi había viajado mucho; pero era un hombre quimérico aquien sus fantasías turbaban la cabeza. Todos tenemos un conjunto dementiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristezade la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.

Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomenabultado, las manos grandísimas, siempre metidas en los bolsillos de lospantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se losataba.

Tenía una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortasy los ojos pequeños y brillantes. Vestía muy limpio; en verano, unostrajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempredesteñidos; y en invierno, una chaqueta de paño negro, fuerte, que debíade estar calafateada como una gabarra. Llevaba una gorra de punto conuna borla en medio. Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja;fumaba mucho en pipa, andaba tambaleándose y llevaba un anillo de oro enla oreja.

Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero;navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisión porsospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlántico leconocía desde Islandia y las islas de Lofoden, hasta el Cabo de BuenaEsperanza y el de Hornos. Sabía lo que son las tempestades del Pacíficoy los tifones del mar de las Indias.

Yurrumendi había visto mucho; pero más que lo que había visto, legustaba contar lo que había imaginado.

A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.

Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques,praderas, desiertos, montañas, volcanes, islas madrepóricas, barcossumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo deaire.

A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.

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—Algunas veces—decía—el mar se levanta como una pared, y en medio seve un agujero como si estuviera lleno de perlas. Hay quien dice que, sise mete uno por ese agujero, se puede andar como por tierra.

—¿Y adónde lleva ese agujero?—preguntaba alguno con ansiedad.

—Eso no se puede decir aunque se sepa—contestaba seriamenteYurrumendi—; pero hay quien asegura que dentro se ve una mujer.

—Alguna sirena—decía el padre de Zelayeta, con ironía.

—¡Quién sabe lo que será!--replicaba el viejo marino.

Siempre que Yurrumendi hablaba de sí mismo, lo hacía como si se tratarade un extraño, en tercera persona. Así decía: Entonces Yurrumendicomprendió.... Entonces Yurrumendi dijo tal cosa.

Parecía que sentía ciertas dudas sobre su personalidad.

Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria. Era el inventor más grandede quimeras que he conocido. Según él, detrás del monte Izarra, un pocomás lejos de Frayburu, había en el mar una sima sin fondo. Muchas veces,él echó el escandallo; pero nunca dió con arena ni con roca. Se le decíaque su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que,aunque fuera de cien millas, no se encontraría el fondo.

Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él noquería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias ysobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre,entrando en ella, salía, si es que salía, como loco. Tales cosas sepresenciaban allí.

Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navalesy los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con losojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.

Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no sesabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayorcandidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocasde la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba:

¿Onentzaro begui gorri

Nun arrapatu dec array hori?

(¿Onentzaro, el de los ojos encarnados, dónde has cogido ese pez?) Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar lapregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad:

Bart arratzean amaiquetan

Zurriyolaco arroquetan.

(Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.)

No sé a punto fijo en qué categoría colocaba Yurrumendi a su gigante delos ojos encarnados; pero creo que no le consideraba a la altura de la Egan suguia, la gran serpiente alada del Izarra, con sus alas debuitre, su cara siniestra de vieja y su aliento infeccioso.

Nos hablaba, también, Yurrumendi de esos pulpos gigantescos con susinmensos tentáculos, que pueden hacer naufragar una fragata; del mar delos Sargazos, en donde se navega por tierra, por verdadera tierra, quese abre para dejar pasar un buque; de los países donde nievan plumas; delos delfines, que tienen esa extraña simpatía mal explicada por loshombres; de las sentimentales ballenas, cuya desgracia es pensar que lahumanidad estima más su aceite que su melancólico corazón; de los milenanos jorobados y extravagantes de las costas de Noruega; de lasserpientes de mar que persiguen, aullando, a los barcos; de la araña delKraken, en el pino de Portland, en Inglaterra, y de ese monstruoterrible del Maëlstrom, cuyas fauces sorben el mar y tragan lasimprudentes naves haciéndolas desaparecer en sus gigantescas entrañas.También le daba mucha importancia a la Curcushada (los cuernos de laluna), que creía que tenía una gran relación con la vida de los hombres.

Otro de los motivos favoritos de Yurrumendi era la descripción de laisla del Fuego, en donde él había estado alguna vez. En la cumbre deesta montaña inaccesible arde un fuego intermitente que se enciende denoche y se apaga de día.

Alguno pensaba que quizá se trataba de un volcán cuyas llamas no sepueden ver a la luz del sol; pero Yurrumendi aseguraba que esta hoguerala hacían todas las noches las almas de los marineros del célebre pirataKidd, que guardan allí un inmenso tesoro escondido.

Otra de las cosas más interesantes que algunos llegaban a ver en el mar,según Yurrumendi, era un buque fantasma, tripulado por un capitánholandés. Este perdido, borracho, blasfemador y cínico pirata, anda, conun equipaje de canallas, haciendo fechorías por el mar. Si el malditoholandés se acerca al barco de uno, el vino se agria; el agua seenturbia; le carne se pudre.

Si le envía a uno una carta, ya puede noleerla, porque se vuelve loco inmediatamente, tales absurdos y mentirasdice.

Yurrumendi contaba que sólo una vez había visto, a lo lejos, al malditoholandés; pero, afortunadamente, no se le había acercado.

Otras veces, el viejo marino nos contaba una serie de crueldadeshorribles: piratas que mandaban cortar la lengua o las manos a los quecaían en su poder; otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos enuna jaula y con los ojos vaciados. Nos hacía temblar, pero le oíamos.Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el niño, que gozaobscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie.

Casi siempre, al hablar de las piraterías y de las brutalidades de losbarcos negreros, Yurrumendi solía recordar una canción en vascuence.

—Esta canción—solía decir—la cantaba Gastibeltza, un piloto paisanonuestro, de un barco negrero en donde yo estuve de grumete. Gastibeltzasolía cantarla cuando dábamos vuelta al cabrestante para levantar elancla, o cuando se izaba algún fardo.

—¿Cómo era la canción?—le decíamos nosotros, aunque la sabíamos dememoria—. ¡Cántela usted!

Y él cantaba con su voz ronca de marino, formada por los fríos, lasnieblas, el alcohol y el humo de la pipa:

Ateraquiyoc

Emanaquiyoc

Aurreco orri

Elduaquiyoc

Orra! Orra!

Cinzaliyoc

Itsastarra oh! oh!

Balesaquiyoc.

Lo que quería decir en castellano: «Sácale! Dale! A ese de adelante,agárrale. Ahí está, ahí esta, cuélgale, marinero, oh! oh! Puedes estarsatisfecho.»

Nadie cantaba esta canción como Yurrumendi; al oírla, yo me figuraba unatripulación de piratas al abordaje, trepando por las escalas de unbarco, con el cuchillo entre los dientes.

Para Zelayeta y para mí, los relatos de Yurrumendi fueron unarevelación. Estábamos decididos; seríamos piratas, y después deaventuras sin fin, de desvalijar navios y bergantines, y burlarnos delos cruceros ingleses; después de realizar el tesoro de viejas onzasmejicanas y piedras preciosas, que tendríamos en una isla desierta,volveríamos a Lúzaro a contar, como Yurrumendi, nuestras hazañas. Si porsi acaso teníamos loro, para que no nos denunciase, como contaba la Iñure, le ataríamos una piedra al cuello y lo tiraríamos al mar.

Zelayeta hizo el plano de la casa que construiríamos fuera del pueblo,en un alto, cuando volviéramos a Lúzaro.

En aquella época, Yurrumendi era nuestro modelo; solíamos andar, comoél, balanceándonos con las piernas dobladas y los puños cerrados, yfumábamos en pipa, aunque yo, por mi parte, a los dos chupadas no podíacon el mareo.

Cuando nuestro amigo, el viejo lobo de mar, estaba más alegre que deordinario, contaba cuentos. Sus cuentos no se diferenciaban gran cosa delas historias que él tenía por verdaderas.

Pero entre ellos había uno a quien él daba infinitas variantes.

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El asunto se reducía a un marinero, buena persona, aunque un pocoborracho, que se encontraba con un viejo mendigo zarrapastroso y sucio.El mendigo pedía, humildemente, un ligero favor, el marinero se lohacía, y el viejo resultaba nada menos que San Pedro, que enagradecimiento concedía al marinero un don.

Este don variaba en los diferentes cuentos: en unos era una bolsa, dedonde salía todo lo que se deseaba con decir unas cuantas frasessacramentales; en otros, una semilla maravillosa que plantada seconvertía en poco tiempo en un árbol, de tal naturaleza, que daba maderapara diez o doce fragatas y otros tantos bergantines, y todavía sobraba.

Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios,documentar sus narraciones con una exactitud matemática, y así decía:«Una vez, en Liverpool, en la taberna del Dragón Rojo....» O si no: «Nosencontrábamos en el Atlántico, a la altura de Cabo Verde....»

Cuando se trataba de un barco, siempre tenía que explicar con detallesla clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.

Últimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la Curcushada, en combinación con la vejez y con el alcohol, letrastornaron un poco. Yo, que, de muchacho, tenía cierto ascendientesobre él, intentaba convencerle de que debía tomar aquel mundofantástico como real, si quería, pero sin darle demasiada importancia.

El solía replicarme, de una manera solemne:

—Shanti, tú sabes más que nosotros, porque has estudiado; pero otros demás edad y de más saber que yo han visto estas cosas.

—Es verdad—decía algún viejo ámigo suyo.

¡Pobre Yurrumendi! Daría cualquier cosa por verle en la tienda de poleasde Zelayeta o en el Guezurrechape de Cay hice, contando sus cuentos;pero los años no pasan en balde, y hace ya mucho tiempo que Yurrumendiduerme el sueño eterno en el Camposanto de Lúzaro.

X

LAS INDIGNACIONES DE SHACU

Recalde, Zelayeta y yo ingresamos en la Escuela de Náutica. Hubiéramospreferido ir, como los chicos del muelle, a pescar con algún viejomarinero: pero no podíamos. Eramos víctimas de nuestra posición elevada.Si queríamos ser marinos de altura, teníamos que estudiar, y, paranosotros, el ser pilotos de derrota constituía una gran superioridad.

Afortunadamente, después del curso con don Gregorio Azurmendi, que nosexplicaba matemáticas vestido de frac y corbata blanca, llegaron lasvacaciones de verano. Yo no podía hacer grandes escapadas, porque estabavigilado; pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con unpescador, fuera de las puntas. Mi madre se alarmaba tanto, que mequitaba todos los alientos.

—No se qué vas a hacer cuando me embarque—le decía.

—Entonces, ya veremos.

Como tenía tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayetay yo comprar un barco de juguete para ver cómo se hacían las maniobras,y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro constructor deaquella clase de barquitos. Los chicos le considerábamos a Caracas comoun ingeniero naval admirable, y pensábamos que lo mismo que un modeloharía una fragata.

Caracas tenía su tienda en la punta del muelle; un agujero negro,socavado en la muralla, donde vendía alquitrán, sebo, barricas, clavos,maderas embreadas, redes y anzuelos de todas clases. Adornaba el fondode esta covacha un gran mascarón de proa, pintado y dorado, de algúnbarco antiguo.

Caracas, además de comerciante, era carpintero; de tarde en tarde teníaque hacer algún modelo de barco de vela, para colgarlo en la iglesia deun pueblo próximo, y, cuando estaba concluído y pintado, los pescadoresamigos desfilaban por el rincón aquel, para ver la obra maestra. Tambiénhacía modelos para algunos marinos como ex voto. Sabido es que el llevarun modelo a una ermita es una forma de aplacar a la divinidad.

El hermano de Caracas había sido hasta su muerte uno de los hombres mástrapisondistas del pueblo; algunos aseguraban que había dejado más demedia docena de viudas en diferentes puntos de España y de América, yuna porción de herencias fabulosas en su testamento, herencias que noexistían mas que en su acalorada imaginación.

En la cueva de Caracas solían estar a todas horas, de tertulia, unborracho, que se llamaba Joshepe Tiñacu, y un tipo mediotonto, de blusaazul y de gorro rojo, que vigilaba las lanchas, apodado Shacu.

Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes, al ira ver cuándo concluía Caracas nuestro barco.

Joshepe Tiñacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasanla vida en el puerto con las manos en los bolsillos. Muy de tarde entarde se embarcaba y volvía pronto a Lúzaro.

Continuamente andaba detaberna en taberna y de sidrería en sidrería. Cuando estaba borrachohacía tales dibujos por las calles, que, como decía Yurrumendi, sólo porverle marchar trompicando, se le podía convidar a vino.

Al llegar Joshepe Tiñacu a casa, se paraba, y, con voz suave einsinuante, solía decir a su mujer:

—Anthoni, saca el disco.

La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho, entonces,entraba en su casa.

Cuando Caracas concluyó nuestro barco, fuimos, Zelayeta y yo, a la rampadel muelle, lo pusimos en el agua, y el barco, como si estuvieracansado, se tendió suavemente y se le mojaron las velas.

Por más arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote elbarco construído por Caracas. Como decorativo, lo era; para aparecercolgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien; pero no andaba enel agua.

Así son muchas de nuestras cosas.

Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, aprestarnos una chanela de Zapiain, el relojero y corredor de comercio.Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el Cachalote.

Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento;pero luego le cogíamos la lancha sin decirle nada. Mientras veía queentrábamos en el bote, hacía como que no se fijaba; pero cuandopasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y seponía a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Dejad esa lancha, granujas!

Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecidogritaba:

—¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.

Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía:

—Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!

Y a él le entraba tal desesperación, que pateaba, tiraba el gorro rojoal suelo, y casi comenzaba a llorar de rabia.

Con el Cachalote no andábamos mas que por el puerto y por la ría; nonos atrevíamos a cruzar la barra en una lancha tan ligera, porque unaola un poco más fuerte podía tumbarla.

Si el puerto no tenía nada que ver, en cambio la ría era muy bonita. Unade las orillas la formaba un arenal fangoso, en donde estaba elastillero de Shempelar. En la marea baja, en este arenal se pescabananguilas, y constantemente había una serie de barcas negras, en hilera.La otra orilla era agreste, rocosa; mostraba entre las peñas ymatorrales cuevas en donde, según la tradición popular se guardabanarmas cuando la guerra de la Independencia. Nosotros, Zelayeta, Recaldey yo, encontramos en una un gran cañón de bronce; pero hicimos los tresjuramento de no comunicar a nadie nuestro hallazgo.

Un poco más lejos, antes de la primera presa, había poéticos rinconesllenos de espadañas y de saúcos, y una pequeña gruta por donde brotabaun manantial.

Al volver de nuestras expediciones, a Shacu se le había pasado larabieta. Únicamente alguna vez nos recomendó, en tono de malhumor, queno volviéramos a coger el Cachalote. Al domingo siguiente se lovolvíamos a robar.

Un día nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos elmiedo y entrábamos y salíamos del puerto con el Cachalote, aunquehubiera mucho oleaje.

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XI

EL NAUFRAGIO DEL «STELLA MARIS»

Una mañana de otoño, tendría yo entonces catorce o quince años, vinoRecalde, antes de entrar en clase en la Escuela de Náutica, y nos llamóa Zelayeta y a mí.

Una goleta acababa de encallar detrás del monte Izarra, cerca de lasrocas de Frayburu.

Recalde el Bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrón,llamado Zurbelcha, habían salido en una trincadura para recoger a losnáufragos. Decidimos, Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase, y,corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre.

Hacía un tiempo obscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratadase destacaba en el horizonte; el viento soplaba con furia, llevando ensus ráfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban rápidamentepor el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olasbatían allí abajo haciendo estremecerse el monte. La niebla ibaocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida claridadque parecía irradiar de las aguas.

Contemplábamos atentos el telón gris de la bruma. De pronto, tras de ungolpe furioso de viento, salió el sol, iluminando con una luz cadavéricael mar lleno de espuma y de color de barro.

Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha queintentaba acercarse a la goleta encallada.

—¿Es tu padre el que va de patrón?—le pregunté yo a Recalde.

—No, es Zurbelcha—me dijo él.

Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba elremo que hacía de timón, era el práctico que conocía mejor la costa ylos arrecifes.

Un movimiento a destiempo, y la lancha se estrellaría entre las rocas.Zurbelcha tenía los nervios de acero, y una precisión de algomatemático. Los remos se hundían y se levantaban rítmicamente; a veceslos remeros daban una pasada para atrás, con el objeto de no avanzar,sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espumaocultaban, durante algún tiempo, a aquellos valientes.

En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban ygritaban. El viento nos trajo sus voces.

La lancha se fué acercando al costado de la goleta, estuvo sólo unmomento junto a ella, y se desasió violentamente del casco del buqueperdido y se hundió entre las espumas. Los dos hombres y la mujerdesaparecieron de la cubierta.

Creímos que la trincadura había desaparecido en el mar. Esperamos conansiedad, registrando el horizonte con la mirada. Allá estaban; losvimos entre la niebla. Zurbelcha seguía inclinado sobre su remo y lalancha avanzaba hacia el puerto.

Quedaba otra dificultud: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yollegamos a la punta del muelle en este momento. El atalayero, desde lasrocas, fué dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lanchapasó sin dificultad.

Poco después los náufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres,uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra; el otro,pequeño y moreno. La mujer llevaba un niño en brazos.

Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendió con ellos. Eranbretones, no hablaban mas que su idioma y algo de francés.

La goleta se llamaba Stella Maris, y era de la matrícula de Quimper.No pudieron explicar lo que había pasado con los demás marineros. Sinduda la tripulación del barco, dándose cuenta del peligro antes que elcapitán, se apoderó del bote, que chocó con algún arrecife y se fué apique.

Días después, pasado el temporal, se intentó sacar de los escollos al Stella Maris; pero fué imposible. La quilla estaba hincada entre lospeñascos de Frayburu, y no hubo manera de arrancarla de allí y de ponerel barco a flote.

Los prácticos desistieron de la empresa, y aconsejaron al capitán bretónque aprovechara la carga y abandonara lo demás.

Así se hizo; cuando mejoró el tiempo unos cuantos hombres descargaron elbarco y lo desmantelaron. Quince días después, el cabo de miqueletes delpuerto de la carretera de Elguea participó al comandante de Lúzaro queen la peña llamada Leizazpicua encontraron el cadáver de un hombre deunos cuarenta años de edad, arrojado por las olas.

Vestía el cadáver, traje de marinero, compuesto de elástica de lana depunto y pantalón y chaleco con botones amarillos. Aparecía calzado sóloen el pie derecho; le faltaba la mano del mismo lado y tenía el rostrocarcomido. Sentí verlo, porque después, durante mucho tiempo, se mevenía su imagen a la memoria.

XII

NUESTRA GRAN AVENTURA

Cuando vi que el Stella Maris quedaba abandonado, se me ocurrió elproyecto de ir hasta él y reconocerlo. Tenía la ilusión de que, por unacasualidad, pudiese quedar a flote. Al exponer mi plan a Zelayeta y aRecalde les produjo a los dos entusiasmo y asombro.

Decidimos esperar a que cesaran las lluvias; tuvimos que aguardar todoel invierno. Las fantasías que edificamos sobre el Stella Maris notenían fin, lo pondríamos a flote, llevaríamos a bordo el cañónenterrado en la cueva próxima al río, y nos alejaríamos de Lúzarodisparando cañonazos.

Un día de marzo, sábado por la tarde, de buen tiempo, fijamos para eldomingo siguiente nuestra expedición.

Yo advertí por la noche a mi madre que íbamos los amigos a Elguea, y queno volveríamos hasta la noche.

El domingo, al amanecer, me levanté de la cama, me vestí y me dirigí deprisa hacia el pueblo.

Recalde y Zelayeta me esperaban en el muelle.Zelayeta dijo que quizá fuera mejor dejar la expedición para otro día,porque el cielo estaba obscuro y la mar algo picada; pero Recalde afirmóque aclararía.

Ya decididos, compramos queso, pan y una botella de vino en el Guezurrechape del muelle; bajamos al rincón de Cay erdi dondeguardaba sus lanchas Shacu; desatamos el Cachalote y nos lanzamos almar. Llevábamos un ancla pequeña de cuatro uñas, atada a una cuerda, yun achicador consistente en una pala de madera para sacar agua.

Iríamos dos remando y uno en el timón, y nos reemplazaríamos paradescansar. Salimos del puerto; el horizonte se presentaba nublado, conalgunos agujeros, en cuyo fondo brillaba el azul del cielo; pasamos labarra en nuestro Cachalote, que bailaba sobre las olas como uncetáceo jovial, y comenzamos a doblar el Izarra a larga distancia de losarrecifes.

Yo me acordaba de las fantasías de Yurrumendi acerca de la sima que hayen aquel sitio en el mar, y me veía bajando al insondable abismo con unavelocidad de veinticinco millas por minuto.

A pesar de las seguridades de Recalde, el cielo no aclaraba; por elcontrario, iba quedando más turbio, más gris; había pocas traineras ylanchas de pesca fuera del puerto.

El viento soplaba con fuerza, en ráfagas violentas; las olas batían lasrocas del Izarra produciendo un estruendo espantoso y llenándolas deespuma.

Pasamos por delante de Frayburu, la peña grande, negra, la hermana mayorde las rocas del Izarra, que desde el mar parece un torreón en ruinas.

Comenzamos a acercarnos al Stella Maris. El aspecto de la goleta conlos mástiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en elcorazón, era triste, lastimoso.

El mar chocaba contra las peñas y sobre el costado del barco,produciendo un ruido violento como el de un trueno, las gaviotascomenzaban a revolotear en derredor nuestro, lanzando gritos salvajes.

Estábamos emocionados; Zelayeta y yo, creo que hubiéramos vuelto aLúzaro con mucho gusto, pero nada dijimos. Recalde no era de los queretroceden. Las dificultades y el peligro le excitaban. Proponiéndolevolver no le hubiéramos convencido, y, tácitamente, los dos más reaciosnos decidimos a obedecerle. Terco, pero sin arrebatos, Joshe Mari erahábil y marino de instinto.

Sabía que había un canalizo estrecho, de cuatro o cinco brazas, entrelos arrecifes, y quería penetrar por él para acercarse a la goleta.Muchas veces enfilamos la entrada del canal; pero al ir a tomarlo nosdesviábamos.

Recalde nos mandaba aguantar en sentido contrario para detenernos.

—¡Ciad! ¡Ciad!--gritaba.

Y nosotros metíamos las palas de los remos en el agua, resistiendo todolo posible.

Hubo un instante en que no pudimos contrarrestar el impulso de una ola,y entramos en el canalizo rasando las rocas, envueltos en nubes deespuma, expuestos a hacernos pedazos.

Alrededor, cerca de nosotros, todo el mar estaba blanco; en cambio, porcontraste, más lejos parecía completamente negro.

Las olas saltaban sobre las peñas con tal fuerza que, al caer la espumaen copos blancos como nieve líquida, nos calaba la ropa.

A medida que avanzábamos en el canal, el mar iba quedando más tranquilo;el agua verdosa, casi inmóvil, se cubría de meandros de plata.

Cuando nos vimos en seguridad nos miramos satisfechos. Zelayeta se pusoa proa con el bichero, y Recalde y yo, unas veces remando y otrasempujando contra las rocas, avanzamos despacio. De pronto, Zelayetagritó, mientras apretaba con el bichero:

—¡Eh! Parad.

—¿Qué pasa?

—Hay que pararse. Perdemos fondo.

El bote iba rasando la roca. Nos detuvimos. Estábamos a veinte pasos delbarco. Yo vi que de la popa colgaba una braza de cuerda; salté de peñaen peña y comencé a escalar el Stella Maris a pulso.

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Al asomarme por la borda, una bandada de pájaros y de gaviotas levantóel vuelo, y tal impresión me hicieron que por poco me caigo al mar.

Algunas de aquellas furiosas aves me atacaban a picotazos y revoloteabanalrededor de mí lanzando gritos agudos. Con un trozo de amarra pudedefenderme y hacerlas huír.

—¿Qué pasa?—gritó Recalde.

—Nada—dije yo—. Son pájaros. Se puede subir.

—Echa esa cuerda.

Les eché una cuerda, que ataron al Cachalote, y luego, saltando comoyo, de una piedra en otra, subieron al barco.

Tomamos posesión, solemnemente, del Stella Maris. Fué lástima que notuviéramos el cañón de la cueva del río para saludar con salvas nuestraprimera conquista.

Luego nos dispusimos a reconocer el barco. El Stella Maris estabahundido por la proa y levantado por la popa. La cubierta se hallabarajada a consecuencia de haberse venido abajo los palos y las poleas. Enla parte donde no llegaba el agua se amontonaban excrementos de pájaros,huesos de gaviotas y plumas; cerca de la proa, desencuadernada, deshechay humedecida por la marea, las tablas se hallaban cubiertas de algas yde fucos y resbaladizas como una cucaña.

La humedad y el sol iban abriendo las maderas y derritiendo la brea;todos los hierros y argollas se hallaban roídos por el orín; la ruedadel timón giraba todavía, chirriando; no se tocaba nada que no sedesmoronase; algunos manojos de maromas, como serpientes enroscadas, sepudrían sobre cubierta.

Recalde, que forcejeaba para abrir la escotilla de popa, llegó aconseguirlo y desapareció por ella.

—¿Se puede andar por ahí?—le preguntamos.

—Sí, hay agua; pero se puede andar.

Bajamos los tres y registramos el camarote principal, la despensa y labodega, anegados. No encontramos nada; solamente Zelayeta halló undevocionario en francés, impreso en Quimper, que se lo guardó.

Con las emociones y el cansancio se nos había abierto el apetito.Sacamos el pan y el queso y, sentados en la popa, los devoramos pronto.

Discutimos nuestro programa para la tarde; decidimos ir a explorarFrayburu.

Este peñón, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparecedistinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequeña playa yunos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.

El tiempo mejoraba; la marea comenzaba a subir; las olas verdes y mansasiban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez más cerca de nosotros; elagua entraba por las aberturas de la proa del Stella Maris, se tendíapor el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suavemurmullo.

A veces, un golpe de mar violento hacía estremecerse a todo el barco, y,entonces, los hierros y argollas, la rueda del timón y la obra muerta,rechinaban como con una protesta de malhumor.

—¿Podremos salir de aquí sin tomar el canal por donde hemosentrado?—pregunté yo.

—Con la marea alta saldremos más fácilmente—dijo Recalde.

En esto oímos un crujido fuerte.

—¿Qué pasa?—nos preguntamos los tres.

No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurría.

XIII

LA GRUTA DEL IZARRA

Nos asomamos a la borda. El Cachalote estaba hundido, sujeto a laamarra. Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto.¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo volver a Lúzaro?

Zelayeta propuso subirse al trozo de palo más alto de los dos quequedaban a la goleta, y pedir auxilio desde allí, si pasaba cerca algunalancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recaldedebió parecerle, además, el procedimiento un tanto humillante, y dijoque teníamos que sacar el bote.

Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua lachanela sumergida; pero no teníamos fuerza para subirla hasta lacubierta del Stella Maris, y fuimos llevándola hasta el lado donde noazotaban las olas, entre el barco y Frayburu.

Así dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde sedesnudó, se descolgó por un trozo de escala hasta sostenerse en unasrocas, y él empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda, logramosponer la lanchita a flote. A mí me daba espanto ver a Recalde en mediodel agua, y le dije que subiera, pero él afirmó que no corría el menorpeligro.

El Cachalote tenía entre las costillas una rajadura como de un palmode larga.

—Echadme trozos de cuerda—dijo Recalde.

Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la aberturahasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea,servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua,dijo:

—Dadme la ropa.

Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.

—Aquí no podemos ir más que dos—añadió—. Esto no resiste más; uno quereme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no seabra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?

—Dilo tú—contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.

—Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?

—Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua—le dije yo.

—Sin achicador no podemos hacer nada—murmuró Recalde.

Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.

—Vamos, baja—me dijo Recalde.

Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar lagran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vezmayor. Me veía como aquel marinero del Stella Maris, que el mar habíaarrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.

—Hasta salir de las rocas rema tú—me dijo Recalde—; yo guiaré.

Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iballenando de agua. Recalde dirigía; la marea estaba en su pleno; pasamospor encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburua un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.

Al salir de entre las peñas, en donde se rompían las olas, cambiamos desitio.

—Ahora, yo remaré—dijo Recalde—; tú no hagas mas que ir achicando.

Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tenía yo los pies y lospantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con brío, yconseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.

Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro.Cuando se cansó Recalde de remar, le substituí yo. No quería mirar atierra, para no ver la distancia que nos separaba.

Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tantohablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.

Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debiómoverse, y empezó a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agachó eintentó cerrar la vía de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.

—Dame el pañuelo—me gritó él.

Le di el pañuelo.

—A ver, la boina.

Le di la boina, y mientrastanto me puse a sacar agua, para no pensar enla situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujeropor un lado, pero se le abría por otro.

Sudaba sin conseguir su objeto.

—¿Sabes andar?—me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.

—Muy poco—contesté yo, con un estoicismo siniestro.

Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguierainundándose el bote.

Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.

—Habrá que ir directamente a la cueva—dije yo.

—¡A la cueva! ¿Para qué?—preguntó Recalde, sobresaltado.

—No habrá más remedio. Si no se nos va a abrir el Cachalote antes dellegar a la punta del Faro.

—Sí, es verdad; vamos.

Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, paraque no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recaldemiraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más grande amedida que nos acercábamos.

Veía el terror representado en los ojos de mi compañero. La sima abríaante nosotros su boca llena de espumas. Me esforcé en hablartranquilamente a Recalte y en convencerle de que toda la fantasmagoríaatribuída a la gruta era sólo para asustar a los chiquillos.

Cuando yo me volví me quedé sobrecogido. Aquello parecía la puerta deuna inmensa catedral irregular edificada sobre el agua. Dos grandeslajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estuporaumentaba.

Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraños yfantásticos centinelas.

Recalde, en el fondo mucho más supersticioso queyo, no quería mirar. Cuando le insté para que contemplara el interior dela gruta, me dijo rudamente:

—¡Déjame!

Yo, al ver aquella decoración, comencé a perder el miedo. Miraba con unacuriosidad redoblada. El momento de acercarnos a la entrada fué paranosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco; parecía quehabían metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande comouna montaña; unas rocas tenían figura de tibias y metacarpos, devértebras y esfenoides; otras parecían agujas solitarias, obeliscos,chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombrey de un pájaro; otras, roídas, tenían el aspecto de verdaderos encajesde piedra formados por el mar.

Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de lacueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.

Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.

El mar hervia en el interior de aquella espelunca, y la ola producía elestruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte.Recalde estaba aterrado, demudado.

—Es la puerta del infierno—dijo en vascuence, en voz baja, y sesantiguó varias veces.

Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. El me miró, algoasombrado de mi serenidad.

—¿Qué hacemos?—murmuró.

—¿No habrá sitio donde atracar?—le pregunté.

Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las mirabadesesperadamente, vió una especie de plataforma, que seguia formando unacornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.

Nos acercamos a ella.

—A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba—me dijo Recalde.

Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.

—¿Si echáramos el ancla?—me preguntó mi compañero.

—¿Para qué? Aquí debe haber mucho fondo—contesté yo.

Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.

—¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero?—preguntó.

Recalde estaba deseándolo.

—Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta—le dije yo, indicandoaquella especie de balcón.

Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre laspiedras. Subí yo por la cuerda a la plataforma, y después él.Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, ydescansamos.

Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y delapas, que corría en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unospasos más adentro, en su borde, habia un tronco de árbol, lo que me dióla impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a algunaparte. El Cachalote, abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marcharhacia el fondo de la gruta, dió en una piedra y se hundió rápidamente.

Yo me adelanté unos metros.

La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco deárbol carcomido en el borde.

—Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado—dije yo.

—Vamos—repitió Recalde, tembloroso.

Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar,había empeorado.

Avanzamos con precaución, afirmando el paso; alprincipio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa. Lasolas entraban y hacían retemblarlo todo; rugían furiosas, con su vozronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecia unaalgarabía infernal de clamores y de lamentos.

A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante denosotros una pálida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta laspirámides afiladas de las rocas, las estalacitas blancas del techo y,abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración demonstruos de plata revolviéndose en un torbellino. Era realmenteextraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y suruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de lagruta.

—Mira, mira—le dije a Recalde.

Mi amigo, temblando, murmuró:

—Shanti, volvamos atrás.

—No, no—le contesté yo—. Aquí debe haber un agujero por donde vienela luz.

El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempohabía andado por allí gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de unachimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos detramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, yyo subí después de él, ayudándome de la cuerda.

Estábamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros parallegar hasta el camino del acantilado. Recalde me confesó que pasómomentos de miedo terrible en aquella maldita cueva.

Yo intentéconvencerle de que dentro de ella no habia nada extraordinario mas quejuegos de luz y de sombra.

La fila de troncos de árbol que habia en el camino indicaba que por allíse habian hecho desembarcos de armas o de contrabando en otras épocas.

Bajamos del Izarra y salimos por entre las peñas a la punta del Faro.Recalde sabía que en un pequeño fondeadero, labrado entre las rocas delpromontorio donde se levantaba la torre solía haber una barca que eltorrero utilizaba para pescar; fuimos allá y encontramos la lancha; peroestaba atada con una cadena.

Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero habia ido aElguea. Por otra parte, el que tenía la llave de la cadena de la lanchaera un señor que vivia en la primera casa de Izarte.

—Este señor estará ahora en la playa. Idos por el arenal y loencontraréis.

Avanzamos por la playa de las Animas. Primero encontramos un hombrealto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba yque no pareció entendernos.

Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, dondeestaba un señor con una niña. Volvimos a explicar lo que nos pasaba y elseñor se levantó y habló con el hombre alto.

Luego, los dos hombres, laniña, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; elseñor desató la barca y él y el hombre alto entraron en ella.

Nosotros íbamos a embarcarnos, pero el señor nos dijo:

—Vosotros quedaos ahí.

El señor se puso al timón, el hombre izó la vela, y la lancha comenzó amarchar rápidamente hacia Frayburu. Una hora después volvían, trayendo aZelayeta.

El viejo nos preguntó nuestros nombres, y cuando yo le dije el mío sequedó mirándome fijamente.

Los tres aventureros reunidos volvimos a Lúzaro, cansados, destrozados.

En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madrey la Iñure se hacían cruces.

—¡Qué chico! ¡Qué chico!--decían las dos.

Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con granestimación. El no haberme asustado tanto como él en la cueva del Izarrale parecía, sin duda, una gran superioridad.

—No creáis—solía decir a los condiscípulos—. Parece que no, peroShanti es muy valiente.

Muchas veces, después de tantos años, suelo soñar que voy en el Cachalote por la entrada de la cueva del Izarra y que no encuentrositio donde atracar, y tal espanto me produce la idea, que me despiertoestremecido y bañado en sudor.

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LIBRO SEGUNDO

JUVENTUD

I

MIS PRIMEROS VIAJES

Nuestra aventura fué muy sonada en Lúzaro; todo el mundo se enteró, yhubo que pagar el Cachalote a Zapiain, el relojero y corredor decomercio.

Para nosotros no era cosa de avergonzarnos; los chicos nos admiraban. Yoconté de mil maneras distintas las impresiones que se experimentaban enla cueva del Izarra y demostré que en ella no había nada maravilloso,sino restos del paso de contrabandistas.

Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con estaaura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, meentregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitán de una fragata dela derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.

Don Ciriaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, conmi abuelo, y era justo hiciese por mí lo que uno de mi familia habíahecho por él.

Mi abuela y don Ciriaco decidieron enviarme a navegar como agregado.Después le acompañaría a don Ciriaco en la derrota de Cádiz a Filipinas,y, tras este viaje de un año o año y medio, me quedaría en San Fernandopara concluír mis estudios de náutica.

Mi viaje como agregado fué desde Liverpool a la Habana, en el bergantín Caridad, con el capitán Urdampilleta. Tardamos más de dos meses; nofuimos en línea recta: bajamos a las Canarias, y desde allí nosencaminamos a las Antillas.

De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cádiz.

En el bergantín aquél el aprendizaje era terrible; no se comía apenas,ni se podía dormir, ni mudarse; en cambio, cuando hacía buen tiempo, unadelicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y depiratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no habíariñas.

A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciriaco en Cádiz, en la Bella Vizcaína. La fragata me pareció un salón, tan limpia, tanarreglada estaba.

Don Ciriaco, como su barco, era también muy atildado y muy pulcro.Llevaba casi siempre sombrero de paja, traje blanco, patillas cortas, yagrises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalandopalabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conocía muy bien suderrota, pero en lo demás estaba poco enterado. Le gustaba la ciudad yla vida social. Había estudiado en Vergara y sabía tres cosas no muyfrecuentes entre los marinos mercantes: sabía latín, sabía bailar ysabía hacer versos.

Don Ciriaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó sino tenía afición a la poesía o al baile; pero sin duda mis aptitudes noiban por ese camino.

Salimos de Cádiz; aun no se había pensado en abrir el istmo de Suez, yel viaje a Filipinas se hacía por el Cabo de Buena Esperanza. Bajamospor la costa de África a buscar los vientos alisios, atravesamos lascalmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur,hasta hallar los vientos del oeste y poder cortar las calmas del trópicode Capricornio; doblamos el Cabo y fuimos dando una gran vuelta por elmar de las Indias, en dirección del estrecho de la Sonda.

La primera Nochebuena a bordo la pasé en el Océano Índico, después deuna tarde sofocante.

De día, el mar estuvo como una llanura inmóvil decristal fundido por el sol, y la noche fué espléndida, cuajada deestrellas refulgentes.

La mayor parte de la tripulación la formaban chinos que no celebrabaneste día. Pero los españoles vascongados y andaluces estuvimos bebiendoy cantando hasta muy entrada la noche.

Atravesado el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamosen toda la travesía cinco meses, y, como el viaje en este tiempo erapara don Ciriaco un éxito, entramos en la bahía de Manila disparandocohetes.

Los días que pasé en Manila se deslizaron para mí rápidamente; todo loencontraba nuevo y lleno de interés; era un chico, y no tenía motivosmas que para estar contento.

Salimos de Filipinas en marzo, y, en vez de volver por el estrecho de laSonda, fuimos con la monzón del sudoeste a entrar en el mar de lasMolucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt yel estrecho de Ombay.

Desde aquí hicimos rumbo, para llegar lo más pronto posible a la regiónde los alisios, que pensábamos encontrar hacia los paralelos 18° ó 20°;pero no tuvimos suerte.

Al doblar el Cabo de Buena Esperanza luchamos con una violentatempestad, que por poco no nos arrastra hacia los escollos delcontinente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendoborrascas y tiempos duros.

Cuando pisé Cádiz, sentí un verdadero placer. Hubiese querido ir aLúzaro, pero el curso empezaba, y don Ciriaco opinó que no debía perderni un día de clase. El capitán me presentó en la escuela de San Fernandoy me llevó a casa de una señora conocida suya en esta ciudad, para queme tuvieran de huésped.

De la escuela de San Fernando saldría piloto primero, después haría unpar de viajes y luego don Ciriaco se retiraría, dejándome que lesubstituyera en el mando de la Bella Vizcaína.

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II

HISTORIA DE LA «BELLA VIZCAÍNA»

El primer sábado del curso, por la tarde, don Ciriaco se presentó en micasa, en San Fernando, y me dijo:

Vente a dormir al barco. Mañana tenemos que ir a Cádiz. Te voy apresentar en casa de Cepeda. Lleva el traje nuevo.