Las Inquietudes de Shanti Andia by Pío Baroja - HTML preview

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LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA

PÍO BAROJA

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(Ilustraciones de R. Zubiaurre y R. Baroja)

NOVELA

1920

INDICE

LIBRO PRIMERO

INFANCIA

I.--Shanti se disculpa

II.--El mar antiguo

III.--Tengo que hablar de mí mismo

IV.--La casa de mi abuela

V.--La tía Úrsula

VI.--Lope de Aguirre, el traidor

VII.--El funeral de mi tío Juan

VIII.--Correrías de chico

IX.--Yurrumendi, el fantástico

X.--Las indignaciones de Shacu

XI.--El naufragio del «Stella Maris»

XII.--Nuestra gran aventura

XIII.--La gruta del Izarra

LIBRO SEGUNDO

JUVENTUD

I.--Mis primeros viajes

II.--Historia de la «Bella Vizcaína»

III.--Dolores de vanidad

IV.--La palmera y el pino

V.--Nuevas fatigas de amor

VI.--Grandeza y miseria

VII.--El paradero de Juan de Aguirre

LIBRO TERTERO

LA VUELTA AL HOGARO

I.--La herida

II.--Lúzaro y su formación

III.--La tertulia de la relojería

IV.--La playa de las Ánimas

V.--Frayburu

VI.--Bisusalde

VII.--El recado

VIII.--Urbistondo y su familia

IX.--El devocionario de Allen

X.--La cueva de la serpiente

LIBRO CUARTO

LA URCA HOLANDESA, «EL DRAGÓN»

I.--El capitán de la «Dama Zuri»

II.--NARRACION DE ITCHASO.--Los dos caminos del marino

III.--El capitán Zaldumbide

IV.--De otras personas distinguidas que formaban la tripulación de «El Dragón»

V.--Los dos Tristanes

VI.--La sublevación

VII.--Por el Pacífico

LIBRO QUINTO

JUAN MACHÍN, EL MINERO

I.--Mala noticia

II.--Días felices

III.--Una noche en Frayburu

IV.--Ardides de guerra

V.--La tempestad

VI.--Una canción pesada

VII.--Machín desaparece

LIBRO SEXTO

LA SHELE

I.--Habla el médico viejo

II.--La confesión

III.--La venta de la ternera

IV.--El final de la Shele

LIBRO SÉPTIMO

EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE

I.--Resolución desesperada

II.--De negrero

III.--El pontón

IV.--La evasión

V.--A la deriva

VI.--La casa hospitalaria

VII.--El odio estalla

VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide

EPÍLOGO

INFANCIA

I

SHANTI SE DISCULPA

Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría dela gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno deser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de lavulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestrospensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, ano ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando lavida, las ideas, las aspiraciones de todos.

Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentosdifíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana deescribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresiónde hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona ennarrador y lector me indujo a continuar.

No tenía la menor intención de dar mis cuartillas a la imprenta; pero,cuando salió El Correo de Lúzaro, todos los amigos me instaron paraque publicase mis memorias en el periódico.

Debía colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntalesde la civilización luzarense. Nos reímos en casa un poco de estoselogios y comencé a publicar mi diario en El Correo de Lúzaro y apagar periódicamente las facturas de la imprenta.

Estuve ausente de Lúzaro una semana para llevar mi segundo hijo alcolegio, y al volver de mi viaje me encontré con que El Correo habíapasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yoconsideraba más interesante. A pesar del interés supuesto por mí, nadiese ocupó de saber su continuación, lo cual sirvió para mortificarbastante mi amor propio de literato.

Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empeñado en que publique mi diarioíntegro. Lúzaro necesita un grande hombre; le es preciso tener unafigura presentable ante los ojos del mundo.

Desde la muerte de don Blasde Artola, el teniente de navío retirado, la plaza de hombre ilustreestá vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientosambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltación; según él, no puedodejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar alpináculo de la gloria.

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A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para lospaíses lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en unaciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien;

¿pero qué voy ahacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro?¿Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda?

No, no; soy muy reumático, y ni aun en efigie me gustaría estar asi a laintemperie.

¿Habrá que decir a mis lectores que no tengo pretensión literariaalguna? Ellos lo verán si hojean, aunque sea distraídamente, las páginasde mi libro. Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de mivida y con diferentes estados de ánimo. El sentimiento ha sido sincero;la forma, seguramente, poco hábil. Mi público creo que no me reprocharámi falta de atildamiento.

Más que para los jóvenes críticos del casinode Lúzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (Elmentidero del Muelle largo).

Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines ymelodramas, y de mí no hay que esperar los perfiles literarios de unprofesor de retórica.

II

EL MAR ANTIGUO

He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Bastaposeer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personasconocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o decobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.

Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandescaracteres. El uno insinúa: «Podría ser»; el otro añade: «Se dice»; untercero agrega: «Ocurrió asi», y el último asegura: «Lo he visto....» Deeste modo se va formando la historia, que es el folletín de las personasserias.

Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esasextraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logradosacarme de mi pasividad habitual.

Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia.Una vez, un juramentado de Filipinas vino a mí, con el yatagánlevantado, a cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.

Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo aestas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o paramis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mimanera de ser. ¿De no tener mayor actividad? ¿De no tener más espíritude empresa?

No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de minaturaleza cínica e inmoral; pero la verdad ante todo.

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La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, dela permanencia de sus propósitos. Son consecuentes como el acero de unabrújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.

Saben adónde van, de dónde vienen. Cada paso en el camino de la vida lollevan contado y calculado.

Si les escuchamos, nos dirán: «No nos detengamos a contemplar el mar olas estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos elpeligro de no llegar al fin».

¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en elespacio y en el tiempo, no más trascendental que el punto precedente oel síguiente.

Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores ysensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por lasrevueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por igualesderroteros que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de lasatisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer demirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se poneel sol, y cómo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.

La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos loshombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo,por mi parte, hubiera deseado vivir todavia más en cada hora, en cadaminuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.

Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantadaindolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla yexagera la vida del marino.

Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía ynuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, susoledad inmensa nos arrastran a la contemplación.

Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mecenuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestrapersonalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identíficarlacon la Naturaleza.

Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle unarazón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible;muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de laconstante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondidoalgo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado sumisterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejode las olas y en el silbido del viento.

Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos deuna personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida.

En la Naturaleza, en los árboles y en las plantas hay una vaga sombra dejusticia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia,nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.

Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, lehace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con elalma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.

Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puedeapoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, leengaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar esel summum del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadoresmíseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titánico ydesproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, elmar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace sufelicidad.

Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta,es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino!

Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía elbarco de vela dominaba el mundo.

¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; perosí más poético, más misterioso, más desconocido.

Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco dehierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horascontadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buenasuerte, el viento favorable.

En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía habíaderroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamásvisitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue lashuellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguosnautas.

Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar alas islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y alviento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.

Entonces, en la mayoría de los buques se deducían la situación más porconjeturas que par cálculos; los instrumentos de navegación empleadospor la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros.Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes ycírculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos ynavegaban a la antigua.

La variedad de formas y de aparejos era extraordinaría. Todavía se veíanen los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares,las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas,las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.

Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante loshechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban laimaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contrael mal y de vencerlo.

A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor elmarino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. Enaquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja,una pulsera en la mucheca y una cacatúa o una mona en el hombro.

Un marino, entonces, era algo extrasocial, casí extrahumano; un marinoera un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demásmortales.

—Te preguntarán cuánto has hecho—decían los padres a sus hijos, que selanzaban a la aventura—, no cómo lo has hecho.

Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sinpreocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por susignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba estahumanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradoresaudaces o vendedores de chinos.

Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar erael más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.

Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado tambiénel marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban,no quedan mas que esos palos cortos para sostener los vástagos de laspoleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.

Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión ocomo un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiantecomo la ciencia ... una maquinaria en eterna transformación.

Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poderinaudito, un hombre que tenía que bastarse a si mismo; hoy es unespecialista injerto en un burócrata.

Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático,medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera denosotros. «Llevamos el Angel de la Guarda en la lona de nuestras velas»,me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muyromántico; «llevamos la fuerza en nuestra carbonera», puede decir elcapitán de hoy.

El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas delpoético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y hacambiado las condiciones del mar.

Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada ycaprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestraesclava.

Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina yno la admiramos de esclava.

Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tanpacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. Labelleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de suinmovilidad.

El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano dediferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonacionesfuertes, sino los más ligeros matices.

Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir yborrar sus colores.

Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a laeuropea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magníficopaquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: loque no es rápido está condenado a morir.

Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero parael que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, pareése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable.

¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proalevantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, velerosbergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amablesirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tusojos verdes, ya no te verán más!

¡Oh, días de calma! ¡Oh, momentos de indolencia!

¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro otempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a luz de laluna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!

III

TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO

Tengo que hablar de mí mismo: en unas memorias es inevitable. Además demi apatía e indolencia, exagerada un tanto por mis convecinos losluzarenses para presentarme como un tipo estrambótico, soy unsentimental y un contemplativo.

Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedaría contemplandohoras y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quizá viviendoen tierra se hubiera desarrollado en mí el sentido musical, como enmuchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado misentido óptico.

Muchas veces me he figurado ser únicamente dos pupilas, algo como unespejo o una cámara obscura para reflejar la Naturaleza.

Soy, además, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curiosoy amigo de novedades.

Pero, ¿qué es la curiosidad—digo yo paradefenderme—sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?

A mí me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer micuriosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo.

Soy también patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. Noconozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Sime preguntaran quién fué Wamba o Atanagildo, me vería en un granaprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mipaís, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa deEspaña, he sentido siempre una gran impresión.

El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de lacosta vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente enmi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendenciaexclusivista de las gende mi pueblo. La tierra para el labrador, el marpara el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece unatontería.

Lúzaro me gusta; pero el haber nacido en él, y el que mi familia hayavivido aquí muchos años, no creo constituya ninguna superioridad.

Pienso lo mismo que un masón a quien conocí en Liverpool. Este masónhabía llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no sé a cuál;pero al más alto de todos. Los días de fiesta, el hombre se ponía elfrac, un mandil y una porción de placas y triángulos, se marchaba a lalogia y volvía perfectamente borracho. En la casa todo el mundo leadmiraba, y el buen señor, que era muy ingenuo, me decía:

—Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce años; tengosesenta y cinco y he llegado al último grado. La gente le encuentra aesto mucho mérito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.

Era un hombre sencillo el honrado masón.

Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mi conel mérito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lúzaro. Esto noes obstáculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningún otro.

Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlántico o por el mar delas Indias, al pensar en Lúzaro sentía el recuerdo intenso de un monte,de una peña, de un hayal. Veía con la imaginación levantarse Lúzarosobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes aun lado y a otro llenos de maizales y de robles.

Entonces me gustaba cantar, en voz baja, zortzicos y sones de tamboril,y, al oírmelos a mí mismo, creía andar por las callejuelas de mi pueblo,oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por elmar, y el cielo azul pálido surcado por nubes blancas.

Se comprende mi entusiasmo por Lúzaro; soy de aquí, y de aquí es toda mifamilia. Además, mi vida se puede clasificar en dos períodos: uno elpasado en Lúzaro, en el cual me han ocurrido los hechos mástrascendentales y más agradables de mi existencia; otro, el del mar, enque no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vividocon el corazón frío y la retina impresionada.

Mi familia ha sido de Lúzaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, porparte de mi madre, por los Aguirres, la genealogía marítima es abundantee inacabable.

Mi padre, Damián de Andía, fué también capitán de barco. Murió en elmar, en el Canal de la Mancha. Una noche, cerca del Finisterre inglés,naufragó la corbeta que mandaba, la Mary-Rose; sólo un marino pudosalvarse.

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A pesar de que yo era muy niño, recuerdo bastante bien a mi padre. Eraun tipo indiferente y algo burlón; tenía la cara expresiva, los ojosgrises, la nariz aguileña, la barba recortada; por mis informes debía ser un tipoparecido a mí, con el mismo fondo de pereza y de tedio marineros; ahora,que no era triste; por el contrario, tenía una fuerte tendencia a lasátira. Sentía una gran estimación por las gentes del Norte, noruegos ydinamarqueses, con quienes había convivido; hablaba bien el inglés, eramuy liberal y se reía de las mujeres.

Parecía haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros;pero su sátira no encerraba veneno; se reía sin amargura y sin pena.

Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y defanatismo al pisar el primer barco. Había echado la sonda en la sima dela estupidez y de la maldad humanas y sabía a qué atenerse.

Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre,a ponerse en contra de su marido. Sin duda el instinto de suegra lecegaba. Él cedía, riendo, y mi abuela rabiaba.

Cuando mi padre llegaba a Lúzaro se reunía con otros pilotos, marinerosy pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba yalborotaba, en su compañía, por las calles.

Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de grancorazón. He sentido siempre una gran pena por no haberle llegado aconocer. Hubiéramos sido buenos amigos.

Mi abuela, doña Celestina de Aguirre, no quería a mi padre; después depasados muchos años la he oído hablar en contra de él. Es muy triste queel rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién notiene algo de podrido en el alma?

Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tantolejanos. Mi padre había nacido en Elguea, pueblo rival de Lúzaro. Parami abuela, las tres millas y media de costa que hay entre Lúzaro yElguea separan dos mundos aparte: la seriedad de los de Lúzaro, de lapetulancia, volubilidad y fatuidad de los de Elguea.

Otra causa de enemistad de doña Celestina para su yerno, provenía de sermi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea.

Doña Celestina había conocido a la hija del quincallero, en su juventud,cuando las dos eran solteras, y parece que se desarrolló entre ellas unagran antipatía.

Para doña Celestina, la sangre del quincallero suizo me ha perdido; elbazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha delsevero barco con sus velas y sus anclas. Mi abuela me dijo muchas veces,de chico, que yo salía a mi padre. Entonces no podía comprender bien laterrible acusación encerrada en esta semejanza.

Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo delnombre, y un amor extraordinario por su abolengo. Para ella, la familiade los Aguirres constituía lo más selecto de la raza, y la profesión demarino, por ser la más frecuente entre los de su estirpe, eraaristocrática y distinguida por excelencia.

Doña Celestina, en su fuero interno, debía suponer que las demásfamilias de Lúzaro, exceptuando dos o tres, habían nacido, como loshongos, entre la hierba, o que quizá sus individuos estaban modeladoscon el fango del río.

No era fácil convencer a mi orgullosa abuela de que no teníaprecisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirreapareciera o no apareciera en Lúzaro en el siglo xv. A doña Celestina leparecía todo cuanto se refiriese a los Aguirres de una capitalimportancia, y no sentía ningún escrúpulo en mentir, si era para mayorgloria de su familia.

De vivir hoy, ¡cómo se hubiera indignado la buena señora con las ideasdel médico joven que tenemos en Lúzaro! Este médico es hijo de uncamarada de mi infancia, del piloto José Mari Recalde.

Nuestro joven doctor se entretiene ahora en medir cráneos; se ha metidoen el osario del Camposanto, y allí anda, ayudado por el enterrador,llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados,pesándolas y haciendo con ellas una porción de diabluras.

Recalde tiene talento, ha estado en Alemania y sabe mucho; pero yo, laverdad, no creo gran cosa en sus afirmaciones.

Según él, en la raza blanca no hay mas que dos tipos: el cabeza redonday el cabeza larga: Caín y Abel.

El cabeza redonda, Caín, es violento, orgulloso, inquieto, sombrío,minero, aficionado a la música; el cabeza larga, Abel, es tranquilo,plácido, inteligente, agricultor, matemático, hombre de ciencia. Caín essalvaje, Abel, civilizado; Caín es religioso, fanático, reaccionario,adorador de dioses; Abel es observador, progresivo, no le gusta adorar yestudia y contempla.

Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela.Según el doctor, la sangre de los Aguirres me ha estropeado; sin lanefasta influencia de esa raza violenta de Caines de cabeza redonda, yohubiera sido un hombre de un tipo admirable; pero esa sangre inquieta seha cruzado en mi camino.

—Usted—me suele decir Recalde—es uno de los tipos verdaderamenteeuropeos que tenemos en Lúzaro. Su abuelo, el suizo, debía ser undolicocéfalo rubio, un germano puro sin mezcla de celta ni de hombrealpino. Los Andías son de lo mejor de Elguea, del tipo ibérico másselecto.

¡Lástima que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda!

—No te preocupes por eso—le suelo decir yo, riendo.

—¡No me he de preocupar!--replica él—. Si usted fuera uno de esosbárbaros de cabeza redonda como mi padre, por ejemplo, yo no le diría austed nada; pero como no lo es, le recomiendo que tenga usted cuidadocon sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen conindividuos de cabeza redonda.

Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que secasara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no seríamenos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de lanovia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estascuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos,porque no atienden mas que a sus sentimientos.

Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de supueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo queríacasarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:

—Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sidonegrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.

—Eso no importa—contestó la muchacha—. Gracias a Dios, en mi familiaha habido también muchos ahorcados.

Realmente, esta muchacha discurría muy bien.

IV

LA CASA DE MI ABUELA

Mi madre y yo vivíamos en una casa solitaria, a un cuarto de hora delpueblo, al lado de la carretera. El sitio era alto, claro, abierto ydespejado.

La casa tenía balcones a tres fachadas. Desde allí dominábamos toda laciudad, el puerto hasta la punta de la atalaya, y el mar. Veíamos, a lolejos, las lanchas cuando entraban y salían, y por delante de nuestracasa pasaba la diligencia de Elguea, que se detenía en la fonda próxima.

En el mirador central de esta casita nuestra, transcurrieron losprimeros años de mi infancia.

Los días de temporal, más que una casa, parecía aquello un barco; laspuertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por lasrendijas y chimeneas, gimiendo de una manera fantástica, y las ráfagasde lluvia azotaban furiosamente los cristales.

En la casa vivíamos tres personas: mi madre y yo, y la vieja que habíasido nodriza de mi madre, a quien llamábamos la Iñure. Me parece queestoy viendo a esta vieja. Era flaca, acartonada, la boca sin dientes,la cara llena de arrugas, los ojos pequeños y vivos. Vestía siempre denegro, con pañuelo del mismo color en la cabeza, atado con las puntashacia arriba, como es uso entre las viudas del país.

No creo que la Iñure llegase a decir dos palabras seguidas encastellano; pero, en cambio, se expresaba en vascuence con una rapidezvertiginosa, en tono de persona que reza.

La Iñure tenía una hermana, la Joshepa Iñashi, que era, al mismotiempo, cerora de la iglesia y mujer del sacristán. La Joshepa Iñashivivía en una casa antigua y negra, próxima a la parroquia y dependientede ésta. Como el sacristán era un simple, la cerora disponía lo quehabía de hacerse en los altares y color de las casullas. Constantementeestaba consultando el añalejo. Cuando yo iba a casa de la JoshepaIñashi, con la Iñure, solíamos meternos en la cocina y haciamoshostias pequeñas y grandes, echando un poco de harina y agua en unaplancha y calentándola al fuego.

Mi madre se pasaba casi todo el día con mi abuela; pero no quería ir avivir con ella, conociendo de sobra el carácter dominador y absorbentede doña Celestina.

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La casa de mi abuela se llamaba Aguirreche, en vascuence, Casa deAguirre, y era, y sigue siendo, de las mejores del pueblo.

Tenía el aspecto severo de esos antiguos caserones de piedra del paísvasco: el color negro, el tejado muy saliente, una fila de balcones muyespaciados, con los hierros llenos de florones y adornos; encima unaspequeñas ventanas, y un escudo grande en el chaflán.

La casa se hallaba incrustada entre casuchas negras, en la parte másbaja de Lúzaro, rodeada de callejuelas tortuosas y húmedas.

En aquella época en que vivía mi abuela, solía verse Aguirreche casisiempre cerrada, lo que producía una impresión de tristeza, mitigada untanto por las muchas flores que resplandecían en los balcones.

Entrando, se experimentaba una sensación de ahogo y de lobreguez. Elzaguán, pintado de azul, era obscuro, con las paredes desconchadas ysalitrosas; la escalera, de castaño, torcida y apolillada; en el rellanoprincipal, dentro de una hornacina, brillaba una virgen pintada entabla, dorada y estofada.

La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones,que nunca se abrían.

Estos cuartos, de paredes encaladas, con las vigasdel techo al descubierto y el piso con grandes tablas obscuras, yacombadas por el tiempo, estaban vacíos.

Mi abuela y mi tía Úrsula se hallaban poseídas por la manía de poner elsuelo brillante, y las dos, y una muchacha, solían estar encerándolo yfrotándolo hasta dejarlo como un espejo.

En la sala, síntesis y recapitulación de lo más selecto de Aguirreche,el lustre era ya sagrado.

Aquel cuarto podía llamarse el altar de lafamilia; nada gozaba del honor de encontrarse allí si no tenía historia;las sillas de damasco rojo, los dos o tres veladores de laca, el espejo,el cuadro con la ejecutoria de los Aguirres, el arca.... De cada cosa deéstas, mi abuela, o mi tía Úrsula, podían hablar media hora.

Del techo de aquella sala colgaba una fragata de marfil y de ébano, contodos sus palos, sus velas y sus cañones correspondientes.

En el sitio de honor, encima del sofá, se veía un dibujo iluminado.Representaba un barco luchando con las olas en medio de un temporal; elcapitán aparecía atado al palo mayor, dando órdenes, y sobre el marembravecido se veían tablas y cubas. El barco éste era La Constancia,fragata que mandó, durante mucho tiempo, el padre de mi abuela.

El dibujo tenía al pie esta inscripción:

«La fragata española La Constancia, al mando de su capitán don Blas deAguirre, al amanecer del día 3 de febrero de 1793, en el meridiano de laisla Rodrigo, atormentada con mares gruesas del nordeste y sudeste,corriendo un huracán en su viaje de Manila a Cádiz, en el que perdiótodos los gallineros de la toldilla, vasijería, cubas y varias tablas deobra muerta.

Pintado por Ant.° de Iturrizar.

Yo me figuraba antes, recordando las exageraciones de mi abuela, queeste cuadro tendría algún valor; pero después he visto que es un grabadode la época, en el cual se ponía al pie una leyenda explicativa, yservía a los marinos vascos de ex voto para llevarlo a la iglesia deBegoña, a la Virgen de Guadalupe o a Nuestra Señora de Iciar.

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A los lados de La Constancia se veían dos grabados en color, con susrespectivas leyendas:

«Navío de línea, español, visto a proa de la amurade sotavento, en facha y saludando», decía en uno; en el otro: «Navíoespañol del porte de 112 cañones, fondeado, visto por su medianía oportalón.»

Todavía estos dos grabados siguen haciendo compañía a La Constancia,en donde está mi bisabuelo atado al palo mayor, en el momento en queprometía un cirio a la Virgen de Rota.

Había también en casa de mi abuela, encerrados en marcos de caoba, unosgrabados ingleses que representaban la batalla naval entre la fragatainglesa Eurotas y la francesa Clorinda, en 1814. Eran tres: en elprimero se veían los dos buques, con las velas desplegadas, que ibanacercándose; el segundo fijaba el preciso momento del fragor delcombate, y en el último los dos navíos estaban desarbolados, a punto deirse a pique.

Otro cuadro iluminado que gozaba gran estimación en la casa, era uno quetenía en medio la Rosa de los Vientos, y a los lados, todas lasbanderas, gallardetes y matrículas del mundo.

En una categoría todavía superior estaban dos escapularios grandes quele dieron a mi abuelo las monjas de Santa Clara, de Lúzaro, y a loscuales él puso marco en Cádiz, y le acompañaron en sus viajes y en suvuelta al mundo.

Mi abuela daba una importancia tan extraordinaria a estas cosas, que yocreía que eran del dominio común, y que las hazañas de mi bisabuelo erantan conocidas como las de Napoleón o las de Nelson.

Había también en la sala una brújula, un barómetro, un termómetro, uncatalejo y varios daguerrotipos pálidos, sobre cristal, de primos yparientes lejanos. Recuerdo también un octante antiguo muy grande y muypesado, de cobre, con la escala para marcar los grados, de hueso.

Sobre la consola solían estar dos cajas de té de la China, una copatallada en un coco y varios caracoles grandes, de esos del mar de lasIndias, con sus volutas nacaradas, que uno creía que guardaban dentro uneco del ruido de las olas.

Lo que más me chocaba y admiraba de toda la sala era una pareja dechinitos, metidos cada uno en un fanal, que movían la cabeza. Teníancaras de porcelana muy expresivas y estaban muy elegantes y peripuestos.El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba enla mano un huevo de avestruz, pintado de rojo; la chinita vestía unatúnica azul y tenía un abanico en la mano.

Al movimiento de las pisadas en el suelo, los dos chinitos comenzaban asaludar amablemente, y parecían rivalizar en zalamerías.

Cuando me dejaban entrar en la sala, me pasaba el tiempo mirándolos ydiciendo:

—Abuelita, ahora dicen que sí, ahora que no. Ahora sí, ahora no.

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Mi abuela poseía también un loro, Paquita, que dominaba el diálogo yel monólogo.

Se le preguntaba:

Lorito, ¿eres casado?

Y él contestaba:

Y en Veracruz velado.

A ja jai, ¡qué regalo!

Su monólogo constante era esta retahila de loro de puerto de mar:

¡A babor! ¡A estribor!

¡Buen viaje! ¡Buen pasaje!

¡Fuego! ¡Hurra, lorito!

Yo encontraba en las palabras de aquel pajarraco verde un fondo deironía que me molestaba.

La Iñure me contó que una vez, hace muchotiempo, un loro que tenía un marino de Elguea lo denunció, y por él sesupo que su amo había sido pirata.

A pesar de la ciencia y de las habilidades de todos los de su clase, Paquita me era muy antipático; nunca quería contestarme cuando lepreguntaba si era casado, y una vez estuvo a punto de llevarme un dedode un picotazo. Desde entonces le miraba con rabia, y, de cogerlo por micuenta, le hubiera atracado de perejil hasta enviarlo a decir susrelaciones al paraíso de los loros. También tenía mi abuela una caja demúsica, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le dabacuerda; pero estaba rota y no funcionaba.

V

LA TÍA ÚRSULA

Tardé bastante tiempo en ir a la escuela. De chico tomé un golpe en unarodilla, y no sé si por el tratamiento del curandero, que me aplicóúnicamente emplastos de harina y de vino, o por qué, el caso es quepadecí, durante bastante tiempo, una artritis muy larga y dolorosa.

Quizá por esto me crié enfermizo, y el médico aconsejó a mi madre que nome llevara a la escuela. Mi infancia fué muy solitaria. Tenía, paradivertirme, unos juguetes viejos que habían pertenecido a mi madre y ami tío. Estos juguetes que pasan de generación en generación, tienen unaspecto muy triste. El arca de Noé de mi tío Juan era un arcamelancólica; a un caballo le faltaba una pata; a un elefante, la trompa;al gallo, la cresta. Era un arca de Noé que más parecía un cuartel deinválidos.

Mi tía Úrsula, hermana mayor de mi madre, solterona romántica, comenzó aenseñarme a leer.

Doña Celestina era como el espíritu de la tradición enla familia Aguirre; la tía Úrsula representaba la fantasía y elromanticismo.

Cuando mi tía Úrsula llegaba a casa, solía sentarse en una sillita baja,y allí me contaba una porción de historias y de aventuras.

En Aguirreche, en su cuarto, la tía Úrsula guardaba libros eilustraciones con grabados, españoles y franceses, en donde se narrabanbatallas navales, piraterías, evasiones célebres y viajes de los grandesnavegantes. Estos libros debían de haber estado en alguna cueva, porqueechaban olor a humedad y tenían las pastas carcomidas por las puntas. Enellos se inspiraba, sin duda, mi tía para sus narraciones.

La tía Úrsula solía contar la cosa más insignificante con una solemnidadtal, que me maravillaba. Ella me llenó la cabeza de naufragios, islasdesiertas y barcos piratas.

Sabia más que la generalidad de las mujeres, y, sobre todo, que lasmujeres del país. Ella me explicó cómo iban los vascos, en otra época, ala pesca de la ballena en los mares del Norte; cómo descubrieron elbanco de Terranova, y cómo aún, en el siglo pasado, en los astilleros deVizcaya y de Guipúzcoa, en Orio, Pasajes, Aguinaga y Guernica, se hacíangrandes fragatas.

Me habló también, con orgullo, de los marinos y capitanes vascos: deElcano, dando la vuelta al mundo; de Oquendo, victorioso en más de ciencombates, y que, vencido en la vejez por el almirante Tremp, muere detristeza; de Blas de Lezo, tuerto y con una sola pierna, batiéndoseconstantemente y venciendo, con unos pocos barcos, la escuadra poderosadel almirante inglés Vernon en Cartagena de las Indias; del sabio yheroico Churruca, de Echaide, de Recalde, de Gaztañeta. Con frecuenciaterminaba sus narraciones con estos versos de Concha, en su Arte deNavegar:

Por tierra y por mar profundo

Con imán y derrotero,

Un vascongado el primero

Dió la vuelta a todo el mundo.

Y aunque estos versos no tuvieran relación alguna con lo contado, por eltono solemne con que los recitaba mi tía Úrsula, me parecían un finalmuy oportuno para cualquier relato.

En tan lejana época de mi infancia, yo no conocía más chicos de mi edadque unos primos segundos. Estos chicos vivían en Madrid y venían aLúzaro durante el verano.

Cuando estaban ellos en casa de mi abuela, íbamos juntos a un caserío dela familia, donde solían darnos cuajada. La tía Úrsula la repartía,mientras nosotros, los chicos, mirábamos si a alguno le daban más que alos otros, para protestar.

Mis primos solían contar cosas de los teatros y circos de la corte;pero, la verdad, esto no me llamaba la atención. Lo que me atraía era elmar. Miraba con envidia los chicos descalzos del muelle. Me hubieragustado ser hijo de pescador, para corretear por las escolleras y jugaren los lanchones y gabarras.

Mi tía Úrsula, además de su biblioteca, formada por folletinesilustrados franceses, y de sus libros de aventuras marítimas, tenía otrofondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a mí tanto mecautivaban.

En la sala de Aguirre, en el arca, se guardaba, entre otras cosas viejasy respetables, un tomo manuscrito, en folio, muy voluminoso. En lacubierta, de pergamino, decía, con letras ya desteñidas y rojizas:«Historia de la familia de Aguirre».

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Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y losemparentados con ella habían sido marinos y viajeros, para explicar suscorrerías, intercaladas en las amarillentas páginas, se veían cartas denavegar antiguas, bastante raras. En estos mapas, el mar se simbolizabacon una ballena echando un surtidor de agua, un galeón y variosdelfines; los pueblos, por casitas; los montes, por árboles, y lospaíses salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y unaflecha. Había, también, planos para indicar las corrientes y losvientos, y dibujos de sondas, brújulas primitivas y astrolabios.

Todo el libro se reducía a una serie de narraciones de aventurasmarítimas y terrestres.

Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimientoalguno de estos relatos, y los comentaba.

La mayoría eran breves, y estaban redactados en una forma tan amanerada,que yo no me enteraba de su sentido. De las más entretenidas era lahistoria de Domingo de Aguirre, llamado el Vascongado, que formó parteen la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando la conquista deAmérica. Domingo de Aguirre presenció el incendio de Iraca, que debió detener mucha importancia a juzgar por sus descripciones.

Cuando comencé a escribir, a mi tía Úrsula se le ocurrió dictarmepárrafos del gran libro de la familia, y todavía conservo, porcasualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhábil mano,con letras desiguales, que dice así:

«El capitán de barco, Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuandovolvía de Cádiz de cargar un galeón de mercaderías, se encontró en altamar con el corsario francés Juan Florín, cuyo nombre espantaba a cuántossalían al mar. El orgulloso francés llevaba dos barcos bien pertrechadosde armas. A los que cogía en el mar, grandes o chicos, hombres omujeres, los desvalijaba y los dejaba en cueros; así que estaba muyrico.

Al divisar el galeón del capitán guipuzcoano, como el francés le atacaracon brío, Irizar se defendió en su barco, valientemente. Por ambaspartes corrió la sangre en abundancia, y después de la refriega, MartínPérez de Irizar apresó a Juan Florín, a sus barcos y a toda su gente.

De los piratas murieron treinta hombres y quedaron heridos más deochenta. Juan Florín quiso dar veinte mil duros al capitán Irizar por surescate; pero fué inútil su ofrecimiento, porque el hombre entendido yde buen juicio prefiere su honra a todo el dinero del mundo.

Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitán Irizarvolvió a Cádiz, como correspondía a su fina lealtad.

El emperador don Carlos, nuestro Señor, mandó que fuese ahorcado JuanFlorín, el pirata, y que el capitán Martín Pérez de Irizar pusiera en suescudo, para eterno recuerdo, el galeón, el arpón y la bandera ganadosen la batalla.»

Recuerdo que al escribir esto, que me dictaba mi tía, le hice variaspreguntas acerca de la vida y de las costumbres de los piratas, y, apesar de que ella trataba de exagerar la odiosidad de los caballeros dela fortuna, a mí me parecía que aquello de ser pirata y de abordar a losbarcos y quitarles sus tesoros y guardarlos en una isla desierta debíatener grandes encantos.

Yo aprendí a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventurasde la familia. Cosa extraña: casi siempre había algún Aguirre aventurerocuyo fin se ignoraba. El uno quedaba entre indios, el otro se decía quese había hecho pirata.

Parecía como si un destino fatal persiguiese a algunos individuos de lafamilia, a través del tiempo y de las generaciones.

VI

LOPE DE AGUIRRE, EL TRAIDOR

De muchos capitanes, marinos, aventureros y frailes se ocupaba el librode la familia; pero, entre todas aquellas historias, la másextraordinaria, la más absurda, dentro de su realidad, era la de Lope deAguirre, el loco, llamado también Lope de Aguirre, el traidor.

Varias veces leí las aventuras asombrosas de este hombre, que en elmanuscrito se contaban con todos sus detalles.

Domingo de Cincunegui, el autor de los Recuerdos históricos de Lúzaro, me ha pedido repetidas veces que registre por todos los rincones deAguirreche, para ver si se encuentra el viejo manuscrito; pero elinfolio no aparece; sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdió; quizaa alguno de los marineros que vive ahora en el viejo caserón le habráservido para encender el fuego.

Lo que dice Cincunegui en sus Recuerdos de Lúzaro está tomado de lahistoria del Perú y de Venezuela.

De sus Recuerdos tomo estos datos, para dar una idea de mi terribleantepasado:

«Lope de Aguirre nació en el primer tercio del siglo XVI, y eravizcaíno. No se sabe de qué pueblo. En el siglo XVI aparecen tres casasde Aguirre importantes: una de Oyarzun, otra de Gaviria y otra deNavarra.

Lope de Aguirre debía ser de una de estas casas.

Llegó Lope al Perú, a mediados del siglo XVI, y tomó partido por GonzaloPizarro en la rebelión de éste. Durante algún tiempo estuvo a susórdenes, hasta que le hizo traición y ejecutó contra sus antiguoscompañeros actos de una crueldad inaudita.

Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenadoa muerte durante una sedición, se evadió y tomó el oficio de domador decaballos. Buen oficio para poner a prueba su bárbara energía. A Lope leconocían entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.

En 1560, el virrey, don Andrés Hurtado de Mendoza, confió al capitánvasco Pedro de Ursúa una expedición para explorar las orillas delMarañón en busca de oro. Lope fué uno de los principales jefes de lapartida.

Una noche, el inquieto Aguirre sublevó a la tropa expedicionaria, y élmismo cosió a puñaladas al capitán Ursúa y a su compañera, Inés deAtienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.

Lope asesinó también al teniente Vargas y dirigió un manifiesto a losrebeldes, que le siguieron. Los sublevados proclamaron general ypríncipe del Perú a Fernando de Guzmán, y mariscal de campo a Lope deAguirre.

Como Guzmán reconviniera a Lope por su inútil crueldad, el feroz vasco,que no admitía reconvenciones, se vengó de él, asesinándolo y cometiendodespués una serie de atropellos y de crímenes.

A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorcó a ocho queno le parecían bastante fieles), bajó por el Amazonas y recorrió,después de meses y meses, la inmensidad del curso de este enorme río, yse lanzó al Atlántico.

No contaba Lope mas que con barcas apenas útiles para la navegaciónfluvial; pero él no reconocia obstáculos y se internó en el Océano. Lopede Aguirre era todo un hombre.

Resistió en alta mar, cerca del Ecuador, dos terribles temporales en susligeras embarcaciones, y fué bordeando con ellas las costas del Brasil,de las Guayanas y de Venezuela.

Allí donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos,quemando todo cuanto se le ponía por delante, llevado de su loca furia.

El fraile de la flotilla se permitió aconsejar, suplicar a su capitánque no fuera tan cruel.

Aguirre le escuchó atentamente, y atentamente lomandó ahorcar.

Sintiendo quizá remordimientos en su corazón endurecido, llamó a supresencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con él; y comoel buen sacerdote no quisiera darle la absolución, ordenó lo colgaran,sin duda para que hiciese compañía al otro fraile ahorcado.

Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la mismasuerte.

De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban aLope mas que ciento cincuenta, y de éstos, muchos iban, por días,desertando.

Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegófuego, y luego se refugió, con su hija y algunos compañeros fieles, enlas proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.

Allí, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribió un memoriala Felipe II, justificándose de sus desmanes, y para dar más fuerza a sudocumento, lo firmó de esta manera audaz, cínica y absurda:

Lope de Aguirre,

el traidor.

Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueronacorralando al capitán vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.

Quebrantado, cercado, cuando se vio irremisiblemente perdido, Lope,sacando su daga, la hundió hasta el puño en el corazón de su hija, queera todavía una niña.

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—No quiero—dijo—que se convierta en una mala mujer, ni que puedanllamarla, jamás, la hija del Traidor.

Después mandó a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro dearcabuz.

El soldado obedeció.

—¡Mal tiro!--exclamó Lope al primer disparo, al notar que la balapasaba por encima de su cabeza.

Y cuando sintió, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pechoy le quitaba la vida, gritó, saludando a su matador, con una ferozalegría:

—Este tiro ya es bueno.

Realmente, Lope de Aguirre era todo un hombre.

Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco,conservándose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada enuna jaula de hierro.»

Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus Recuerdos históricos deLúzaro, y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de miabuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.

El leer aquellas aventuras de Aguirre me producía un poco la impresiónque produce a los niños Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga aljuez. A pesar de sus crímenes y de sus atrocidades, Aguirre, el loco, meera casi simpático.

VII

EL FUNERAL DE MI TÍO JUAN

Una impresión de la infancia que me causó gran efecto, fué el funeral demi tío Juan de Aguirre.

Durante mucho tiempo constituyó un misterio el paradero del hermanomayor de mi madre, hasta que se supo que había muerto.

Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mifamilia existía cierta reserva al referirse a mi tío Juan; ni mi madre,ni su hermana Úrsula, ni mi abuela, querían hablar del desaparecido, yeste misterio y esta reserva excitaron mi fantasía.

Nuestra criada la Iñure, que era muy supersticiosa, me aseguró que eltío Juan no había muerto.

—¿Pues dónde está?—le pregunté yo.

—Está lejos de aquí.

—¿Y por qué no viene?

—No puede venir.

—Pero ¿por qué?

Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nadaa mi madre, la Iñure me contó que mi tío Juan se había hecho pirata,que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba presocon cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente enla espalda. Por eso, aunque vivía, no podía venir a Lúzaro.

La historia de la Iñure me sobreexcitó aún más, y exaltó miimaginación hasta un grado extremo. De noche me figuraba ver a mi tío ensu calabozo, lamentándose, desnudo, con las letras grabadas en laespalda, que se destacaban de un modo terrible.

Por esta época, y para que se fijara más en mí la memoria de mi tío, secelebró su funeral en Lúzaro. Al parecer, mi abuela recibió del cónsulde un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirrehabía muerto. ¿Pero era verdad? La Iñure aseguró, rotundamente, queno.

Recuerdo muy bien el día del funeral; tan grabado quedó en mi memoria.

Mi madre me despertó al amanecer; ella estaba ya vestida de negro; yo mevestí rápidamente, y salimos los dos al camino con la Iñure.

Era una mañana de otoño; el pueblo comenzaba a desperezarse, las brumasiban subiendo por el monte Izarra y del puerto salía, despacio, unagoleta.

Llegamos a Aguirreche; estuvimos un momento, y después, mi abuela, latía Úrsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la Iñure, nos dirigimos a la iglesia.

La alta nave se encontraba obscura y desierta; en medio, delante delaltar mayor, la cerora y el sacristán iban vistiendo de negro uncatafalco mortuorio; en el suelo se entreveían una porción de objetos,trozos de madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, ycestas con paños negros.

Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatroanduvieron de un lado a otro, disponiendo una porción de cosas.

La Iñure quería que me sentara en uno de los bancos próximos altúmulo, donde tenían que colocarse los parientes a presidir el duelo;pero a mí me daba miedo estar allí solo.

Anduve detrás de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada,hasta que vino el viejo Irizar, con su traje negro y su sombrero decopa, y me tuve que sentar junto a él en el banco del centro.

Poco a poco fueron entrando mujeres vestidas de luto, que searrodillaban, extendían paños negros en el suelo, desarrollaban lacerilla amarillenta y la encendían.

Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luzresplandeció todo el retablo churrigueresco, dorado, retorcido, con suscolumnas salomónicas y sus racimos de uvas.

Arriba del crucero de la iglesia, colgaba el barco de vela y sebalanceaba suavemente, como si fuera navegando hacia los esplendores deoro que brillaban en el altar mayor.

Comenzó a sonar una campana; la gente fué afluyendo, primero, poco apoco, luego de golpe; los dos bancos destinados a los parientes y amigosse llenaron, y comenzó la misa.

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Yo estaba asustado; ya sabía que en el túmulo no había nadie; pero meparecia que allí dentro debía de estar agazapado el tío Juan con suscadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.

De cuando en cuando sonaba el órgano, y su voz armoniosa se levantabahasta la alta bóveda.

Yo miraba por todas partes, a pesar de que elviejo Irizar me exhortaba a que estuviera con más devoción.

¡Qué fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paños negrosrezaban con toda su alma. Eran algunas viudas de capitanes y de pilotos,y, al recordar el hombre perdido en el mar, sollozaban.

Después de la misa, el cura se volvió hacia los fieles y rezó por elmuerto y por todos los sepultados en el Océano.

Entonces los sollozos aumentaron.

Luego, el cura se acercó al catafalco a rezar sus responsos y lo rocióvarias veces con agua bendita.

Yo me encontraba amilanado. Al salir de la iglesia, el sol pálidoiluminaba el atrio. Irizar y yo nos quedamos a la puerta. Todas lasmujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, enprocesión, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo losseñores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora,con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos delpantalón.

Por la noche, la Iñure me aseguró de nuevo que mi tío Juan no habíamuerto. Yo le tenía que ver, tarde o temprano.

Su convencimiento se me comunicó. Estaba persuadido de que un día veríaa un señor con el aspecto de marino de los libros de mi tía Úrsula, conpatillas, botas altas, levitón y sombrero de hule con cintas colgantes.Hablaría con aquel señor y resultaría mi tío Juan.

Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó miespíritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia,con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado delcrucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altarmayor....

Una impresión semejante de misterio me producían las fiestas de Navidad.En estos días, el aire, la luz, las cosas, todo me parecía distinto.

Había la tradición, en Aguirreche, de armar un gran nacimiento en uncuarto del piso bajo. Una vieja medio loca, la Curriqui, vestida conuna falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar loque pasaba en Belén. Llevaba una varita en la mano para mostrar lasfiguras, y una pandereta para acompañarse cuando cantaba villancicos.Tenía dos o tres tonadillas monótonas y unos cuantos versos monorrimos.Entre las figuritas del nacimiento había una mujer desastrada, que sinduda era la bufona. Recuerdo la canción que le dirigía la Curriqui.Era así: Orra Mari Domingui

Beguira orri

Gurequin naidubela

Belena etorri.