La de Bringas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Procuraba apaciguarle con sutiles explicaciones de todo; massu ingenio no llegaba a alcanzar por completo el deseado fin, por serextraordinaria la suspicacia del buen economista y muy grande su saberen cosas y artes domésticas. A solas desahogaba la dama su oprimidocorazón, pronunciando mudamente alguna frase iracunda, rencorosa:«Maldito cominero, ¿cuándo te probaré yo que no me mereces?...

¿Nocomprenderás nunca que una mujer como yo ha de costar algo más que unama de llaves?... ¿No lo comprendes, bobito, ñoñito, ratoncito Pérez?Pues yo te lo haré comprender».

Hacía planes de emancipación gradual, y estudiaba frases con que prontodebía manifestar su firme intento de romper aquella tonta y ridículaesclavitud; pero todos sus ánimos venían a tierra cuando consideraba elgran bochorno que caería sobre ella, si el bobito descubría laexploración hecha en el doble fondo del arca del tesoro.

¡Cristo Padre,cómo se iba a poner!... Grandísima falta había ella cometido al sustraeraquella porción de la fortuna conyugal, pues aunque la conceptuaba muysuya, no debió tomarla sin consentimiento del propio ratoncito Pérez...Pero mayor había sido su yerro al creer que con semejante hombre sepodían tener bromas de tal naturaleza. Las disculpas que en la ocasióndel acto había conceptuado tan razonables, parecíanle ya vanas eimpropias de una persona seria. Los móviles a que obedeció antojáronselesin fundamento alguno, y su conciencia le arguyó poderosamente. No, nopodía esperar a que su marido advirtiese la falta. Dábale una fuertecongoja sólo de pensar que la descubría; y era indispensable reponer ensu sitio la malhadada cantidad, seis mil reales, pues había tomado cincomil para Milagros y mil para desempeñar los candelabros y otrasmenudencias.

La necesidad de esta devolución se impuso de tal modo a su espíritu, queya no pensaba en otra cosa. Contaba con la fuerza del pagaré ycon la palabra de la marquesa. Esta la tranquilizó el día 22,diciéndole: «Todo está arreglado. Puede usted descuidar». Pero entretanto, Rosalía pasaba la pena negra, temiendo a cada instante unacatástrofe y discurriendo toda clase de industrias y maquinaciones paraevitarla.

Hasta entonces el bobito persistía en la buena costumbre dedar a su mujer las llaves para que ella sacase de la arqueta el dinero.Pero una tarde antójasele volver a las andadas y sacar el funestocajoncillo, y lo abre y empieza a manosear lo que dentro había... ¡Ay,Dios, mío qué trance, qué momento! A la Pipaón un color se le iba y otrose le venía. Estaba lela y su terror impedíale tomar una resolución.

«Tú... siempre enredando... No haces caso de lo que dice D. Teodoro...¡Qué hombre!... Dame acá la caja».

—Quita allá, calamidad—dijo Bringas defendiendo su tesoro con ademánenérgico.

Contó los centenes de oro uno por uno; tocó las dos onzas, el relojviejo que había sido de su padre, una cadena y medallón antiquísimos...Como no faltaba nada, no había peligro mientras no fuese alzado el doblefondo... Rosalía sintió impulsos de gritar «¡que se quema la casa!», uotra barbaridad semejante; pero no se atrevió porque estaba presentePaquito. Ya las flexibles manos del cominero acariciaban la parte pordonde la tapa del doble fondo se levantaba. Rosalía invocó atodos los santos, a todas las Vírgenes, a la Santísima Trinidad, y aunse cree que hizo alguna promesa a Santa Rita si la sacaba en bien deaquel apuro. Pero cuando ya D. Francisco metía la uña en el huequecillode la madera, hubo en su espíritu un cambio de intención que debió deser milagroso... Retirando sus dedos cerró la arqueta. A Rosalía levolvió el alma al cuerpo, y sus pulmones respiraron de nuevo. Habíaestado en un tris... Sin duda no le pasaba por la imaginación a sumarido la idea ni aun la sospecha del desfalco, y aunque solía repasarlos billetes sólo por gusto, en aquella ocasión no lo hizo sabe Dios porqué. Quizás todas aquellas invocaciones que la señora hizo a los santosobtuvieron buena acogida, y algún ángel inspiró al ratoncito Pérez laidea de dejar para otra vez el recuento de sus ahorros.

XXXIV

Pero la Pipaón no las tuvo todas consigo hasta que no le vio guardar laarqueta, ponerla en su sitio cuidadosamente, como se pone en lacuna un niño dormido, y echar la llave a la gaveta. Sólo entonceselevó su mente al Cielo en acción de gracias por el gran favor queacababa de otorgarle. Pero lo que no sucedió aquel día por especialintervención de la divinidad, podía muy bien ocurrir en otro. No siempreestán los santos del mismo humor. Por si segunda vez se le antojabaregistrar el doble fondo, discurrió la industriosa señora un arbitrioque, a su parecer, aplazaría el conflicto mientras llegaba el momento deconjurarlo resueltamente reponiendo el dinero.

Imaginó, pues, colocar enla caja unos pedacitos de papel del tamaño de los billetes, y si lograbaencontrar papel igual en la calidad de la pasta, de modo que noresultase diferencia al tacto, el engaño era fácil, porque su marido nohabía de verlos sino con los dedos... Púsose a la obra, y rebuscó yexaminó cuanto papel había en la casa. Por fin, en la mesa de Paquitohalló uno que pareciole muy semejante, por su flexibilidad yconsistencia, al que empleaba el Banco en sus billetes. Obtuvo estacertidumbre después de un detenido trabajo de comparación entra lasdistintas clases de papel y un billete de doscientos reales queconservaba. Para refinar la imitación, faltaba darle la pátina del uso,aquella suavidad pegajosa que resulta del paso por tantas manos decajeros y cobradores, por las de los pródigos así como por las de losavaros. Rosalía sometió los trozos a una serie de operacionesequivalentes al traqueteo de los billetes en la circulación pública.

—¿Qué buscas aquí, niña?—dijo con enfado a Isabelita que iba, como decostumbre, a meter su hocico en todo—. Vete a acompañar a papá, queestá solito.

Encerrose en el Camón para evitar indiscreciones, y allí arrugaba elpapel, dejándolo como una bola. Luego lo estiraba, lo planchaba con lapalma de la mano, hasta que los repetidos estrujones le daban la deseadaflexibilidad. Echaba de menos aquella epidermis pringosa que losverdaderos billetes tienen; ¿pero cómo obtener esto?

Parecioleimposible, aunque sus manos estaban muy bien preparadas para el objeto.Acababa de hacer unas croquetas en la cocina, y había tenido cuidado deno lavarse las manos para que pudieran imprimir sobre el papel algo deaquella suciedad a la cual ningún idealista, que yo sepa, ha hecho ascostodavía.

Cuando creyó haber trabajado bastante, quiso hacer prueba de su obra.Entrábale desconfianza y decía: «No sé qué tiene este papel que ningúnotro se le iguala. Me parece que no le engaño». Y sus dedos hacían unestudio de tacto sobre el billete verdadero y los fingidos. «Supongamosque no veo... Supongamos que me ponen este delante y que trato dediferenciar el legítimo de los... ¡Oh!, no hay duda posible. Se conoceen seguida...». Y dando un suspiro se desanimaba tanto, quecasi casi hubo de renunciar a la superchería... «No, no—pensódespués—. Cuando se está en el secreto, se nota más la diferencia; perono estando en el secreto... Los pondré en el doble fondo, y Dios dirá.Allá veremos».

Al anochecer de aquel día, cuando Bringas sacó la arqueta, la dama teníasus papeles preparados para hacerlos actuar convenientemente en caso deque el cominero abriese el doble fondo. Pero no lo abrió. EntoncesRosalía, como para impedirle la molestia de ir a la mesa, le quitó delas manos el cajoncillo, y en el breve tiempo que empleara paracolocarlo en su sitio, supo introducir los papeluchos que, cuando sepasase revista de presente, debían responder por los que se habían ido aotra parte. Por supuesto, aquella solución provisional era muypeligrosa, y convenía acelerar la definitiva exigiendo de Milagros elpago del préstamo.

Al día siguiente, que fue el 25 de Julio, día de Santiago, apretó elcalor de una manera horrible. Bringas estaba en mangas de camisa yRosalía, con una bata de percal muy ligero, no cesaba de abanicarse,renegando a cada instante del clima de Madrid y de aquella exposición aPoniente que había elegido Bringas para su vivienda.

¡Y el cominerotenía la desfachatez de decir que el calor le gustaba, que era muy sanoy que compadecía a los tontos que se iban fuera! Aquel mismodía de Santiago el gran economista había anunciado solemne ydecididamente a toda la familia que no irían a baños, con lo cual estabaRosalía más sulfurada que con el calor. ¡Prisionera en Madrid durante lacanícula, cuando todas sus relaciones habían emigrado! La alta ciudadpalatina estaba ya casi desierta. La Reina se había ido a Lequeitio, ycon ella doña Tula, doña Antonia, la mayor y más lucida parte de la altaservidumbre. Milagros y el señor de Pez también estaban preparando suviaje. Se quedaría, pues, sola la pobrecita, sin más amistad que Torres,Cándida y los empleadillos y gente menuda que vivían en el pisotercero... Su excitación era tal, que en todo el día no dijo una palabrasosegada, y todas las que de su augusta boca salían eran ásperas,desapacibles, amenazadoras. Paquito estaba tendido sobre una esteraleyendo novelas y periódicos.

Alfonsín enredaba como de costumbre,insensible al calor, mas con los calzones abiertos por delante y pordetrás, mostrando la carne sonrosada y sacando al fresco todo lo quequisiera salir. Isabelita no soportaba la temperatura tan bien como suhermano. Pálida, ojerosa y sin fuerzas para nada, se arrojaba sobre lassillas y en el suelo, con una modorra calenturienta, desperezándose sincesar buscando los cuerpos duros y fríos para restregarse contra ellos.Olvidada de sus muñecas, no tenía gusto para nada; no hacíamás que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante singularaquel día. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para lacena. Él lo sabía hacer mejor que nadie, y en otros tiempos se personabaen la cocina con las mangas de la camisa recogidas, y hacía un gazpachotal que era cosa de chuparse los dedos. Mas no pudiendo en aquellaocasión ir a la cocina, daba sus disposiciones desde el gabinete.Isabelita era el telégrafo que las trasmitía, perezosa, y a cadainstante iba y venía con estos partes culinarios: «Dice que piquéis doscebollas en la ensaladera... que no pongáis más que un tomate, bienlimpio de sus pepitas... Dice que cortéis bien los pedacitos de pan... yque pongáis poco ajo... Dice que no echéis mucha agua y que haya másvinagre que aceite... Que pongáis dos pepinos si son pequeños, y que leechéis también pimienta... así como medio dedal».

Por la noche la pobre niña tenía un apetito voraz, y aunque su papádecía que el gazpacho no había quedado bien, a ella le gustó mucho, ytomose la ración más grande que pudo. Cuando se acostó, la pesadez delsueño infantil impedíale sentir las dificultades de la digestión deaquel fárrago que había introducido en su estómago. Sus nervios seinsubordinaron y su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dosfuerzas, la acción congestiva del sueño y la acción nerviosa,empezó a funcionar con extravagante viveza, reproduciendo todo lo quedurante el día había actuado en él por conducto directo de los sentidos.En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a Milagros y hablar ensecreto con su mamá. Las dos se metieron en el Camón, y allí estuvieronun ratito contando dinero y charlando. Después vino el Sr. de Pez, queera un señor antipático, así como un diablo, con patillas de azafrán yunos calzones verdes. Él y su papá hablaron de política diciendo queunos pícaros muy grandes iban a cortarles la cabeza a todas laspersonas, y que correría por Madrid un río de sangre.

El mismo río desangre envolvía poco después en ondas rojas, a su mamá y al propio Sr.de Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a losbaños, y él:

«yo no puedo ya detenerme más, porque mis chicas están muyimpacientes». Después el Sr. de Pez se ponía todo azul y echaba llamaspor los ojos, y al darle a la niña un beso la quemaba. Luego habíacogido a Alfonsín y puéstole sobre sus rodillas diciéndole: «Perohombre, no te da vergüenza de ir enseñando...». A lo que Alfonsíncontestara pidiendo cuartos según su costumbre... Más tarde, cuandoningún extraño quedaba en la casa, su papá se había puesto furioso porunas cosas que le contestó su mamá. Su papá le había dicho: «eres unagastadora», y ella, muy enfadada se había metido en elCamón... Después había entrado otra visita. Era el Sr. de Vargas, elcajero de la Intendencia, la oficina de su papá. Hablando, hablando,Vargas había dicho a su papá: «Mi querido D. Francisco, el intendente hamandado que desde el mes que entra no se le abone a usted más que lamitad del sueldo». Al oír esto, su papaíto se había quedado más blancoque el papel, más blanco que la leche, más blanco todavía, ¡y daba unossuspiros...! Hablando hablando, Vargas y su papá dijeron también queiban a correr ríos de sangre, y que la llamada revolución venía sinremedio. Su mamá entró en el gabinete cuando se despedía el tal Vargas,que era un señor pequeño, tan pequeño como una pulga, y parecía queandaba a saltitos. Su mamá y su papá habían vuelto a decirse cosas asícomo de enfado y a ponerse de vuelta media... Él daba golpes en losbrazos del sillón, y ella daba vueltas por Gasparini.

Nunca había vistoella a sus papás tan enfurruñados. «Eres una gastadora...». «Y tú unmezquino». «Contigo no es posible la economía ni el orden...». «Puescontigo no se puede vivir...». «Qué sería de ti sin mí...». «Pues a míno me mereces tú...». ¡Válganos Dios! Su mamá se había metido en elCamón llorando. Ella fue detrás y entró también para consolarla; queríasubírsele a las rodillas, pero no podía. Su mamá era tan grande comotodo el Palacio Real, más grande aún. Su mamá le había dadobesos. Después, desenfadándose, había sacado un vestido, y luego otro, yotro, y muchas telas y cintas.

En esto entra su papá de repente en elCamón, sin venda, y su mamá da un grito de miedo.

«Ya veo, señora, ya veo—dice su papá muy atufado—, que me ha traídousted aquí una tienda de trapos...». Y su mamá, azorada con la cara muyencendida, no decía más que: «yo... yo... verás...».

En esto, la pobre niña, llegando al período culminante de su delirio,sintió que dentro de su cuerpo se oprimían extraños objetos y personas.Todo lo tenía ella en sí misma, cual si se hubiera tragado medio mundo.En su estómago chiquito se asentaban, teñidos de repugnantes y espesoscolores, obstruyéndola y apretándole horriblemente las entrañas, supapá, su mamá, los vestidos de su mamá, el Camón, el Palacio, el Sr. dePez, Milagros, Alfonsito, Vargas, Torres... Retorciose doloridamente sucuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas y personas que looprimía, y

¡bruumm...!, allá fue todo fuera como un torrente.

XXXV

Se sintió aliviada... libre de aquel espantoso hervor de su cerebro. Sumamá le limpiaba el sudor de su frente, llamándola con palabrascariñosas. Había sentido Rosalía sus quejidos, síntoma indudable de lapesadilla, y saltó de la cama para correr en su socorro. Eran las doce.Hízole después una taza de té, y ayudada de Prudencia le mudó lassábanas. A la media hora la pobre niña descansaba tranquila, y su mamáse fue a dormir al sofá del gabinete, porque la cama despedía fuego.Antes quiso dar parte a su marido de la desazón de la niña.

—¿Lo de siempre?—preguntó él desde el embozo de la única sábana conque se cubría.

—Sí, lo de siempre, pesadilla, convulsiones; ha sido de los ataques másfuertes. Por fin se ha tranquilizado. ¡Pobre ángel! Tú te empeñas en quea nuestra niña se le arraigue esta propensión a la epilepsia...¡sabiendo que se corrige con los baños de mar...!

—Lo mismo son los de los Jerónimos... digo, son mejores.

La voz de Rosalía, objetando algo, se perdió en los aposentosinmediatos. Bringas, después de toser un poco, envolvió en las nubes delsueño su opinión sobre la superioridad de los baños del Manzanares antetodos los baños del mundo.

La mejoría de nuestro amigo se acentuaba tanto, que Golfín desdemediados de Julio dejó de ir a la casa. D. Francisco, acompañado dePaquito, iba a la consulta dos veces por semana. Como el doctor tenía sucasa en la calle del Arenal, poco trecho había que recorrer. Los oscuroscristales de unas gafas oftálmicas, amén de una gran visera verde,resguardaban sus ojos de la luz, Golfín, siempre amabilísimo con elrecomendado de Su Majestad, le despachaba pronto. Estaba muy satisfechode su cura, y elogiaba la excelente naturaleza del enfermo, vencedoradel mal en pocas semanas. En la última de Julio anunció el oculista a sucliente que se marchaba a principios de Agosto a dar una vuelta porAlemania. «Pero ya no necesita usted que yo lo vea. Le doy de alta, ypor lo que pueda ocurrir, uno de mis ayudantes pasará por aquí tres ocuatro veces mientras yo esté fuera». Bringas oyó con júbilo estadespedida del concienzudo médico, indicio cierto de que el mal estabavencido. Llevado de su honradez y delicadeza, rogó al doctor que antesde partir le pasase... «Ya usted me entiende... la cuentecitade sus honorarios». Golfín se deshizo en cumplidos. «Tiempo habrá...¿qué prisa tiene usted?... En fin, como usted quiera...». Y el graneconomista, al salir con su hijo, pesaba en la balanza de su mente lostérminos de aquel enigma aritmético que pronto se había de revelar. ¿Quétipo regulador o qué tarifa le aplicaría?

¿Le consideraría como pobre desolemnidad, como empleado alto, como rentista bajo o como burguésvergonzante y pordiosero? A todas horas del día y de la noche pensabaThiers en esto, y deseaba que la cuenta llegase para salir de suangustiosa duda.

Desde que D. Francisco anunció a su esposa, que a principios de Agostoera necesario pagar al médico, la pobre señora creyó más urgente lareposición de los billetes sustraídos de la arqueta. Felizmente,Milagros le había dado poco más de la mitad de lo que su deudaimportaba, con promesa de entregar el resto antes de marcharse aBiarritz. «Las cosas se me van arreglando bien—le dijo—.

Seguramentetendré lo bastante para los compromisos de estos días, y aun creo poderdejar a usted algo si lo necesita... No, no hay que agradecer... Es queno me hace falta, y más seguro está en esas manos que en las mías». Conestas promesas y ofrecimientos, la Pipaón veía próximo el término de suahogo. Contentas ambas, aunque la de Thiers tenía los espíritusalgo abatidos por no poder ir a baños, pasaban ratos deliciososhablando de modas. La Tellería, con aquel arte tan admirable y tan suyo,se las compuso muy bien para volver a tomar algunas de las cosillas queregaló a Rosalía en aquellos raptos de cariño precursores delempréstito. «Puesto que usted no sale, maldita la falta que le hará esta pamela... ni esta forma de paja... Veré cómo la arreglo yo para mí...Aquí no podrá usted usar el pelo de cabra. Es tela muy impropia deestos calores. Como allá se siente fresco algunos días, me la llevo. Yohe de traerle a usted cosas mejores... ¡Ah!, le dejaré unas varas decrudillo para vestidos de los pequeñuelos, y unos pedazos de crespón queme han sobrado». Con todo se conformaba la Bringas. No pudiendo ellalucirse en las provincias del Norte, quería vengarse de su destinoengalanando a su prole; ya se había provisto de figurines, y proyectabacosas no vistas para que Isabelita y Alfonso publicaran en la Plaza deOriente, entre la festiva república de niños, el buen gusto de suopulenta mamá.

«Tiene Sobrino unos abrigos de verano—decía Milagros—, que meentusiasman.

No me voy sin tomar uno. Ya sabe usted... medios pañuelosde imitación a Chantilly, con guipure».

—Los he visto, hija; los he visto ayer—replicó la otra dando un gransuspiro.

—No se desconsuele usted, querida—dijo Milagrosacariciándola—. En Bayona se compran estas cosas por la mitad, y luegose introducen sin pagar derechos. Yo le traeré a usted uno de estosmedios pañuelos, más bonito que los que tiene Sobrino...

¿Quiere ustedpara los niños un poco de piel del diablo, a cuadritos, que no me hacefalta? Se la mandaré. En cambio me llevo estos fichús que no sonpropios para Madrid... ¿Irá usted al Prado? Allí, con el velito y lacamiseta basta. Los sombreros parece que se despegan de la cabeza en elverano de Madrid. Esta armadura de linó que mandé a usted para nada leservirá. Usarela yo. Se la devolveré en el otoño adornada con algo, demucha novedad, que no se conozca todavía por aquí... ¡Ah!, le recomiendopara los niños unos sombreros marineros que ha traído Sempere y unascomo gorras o boinas. Son monísimas... Y no haga usted más compras: lemandaré un par de medias azules para cada uno, y creo tener un buenpedazo de piqué que podrá usted utilizar.

En cambio de las cosas que con tanta zandunga iba recuperando, envioleun lío compuesto de informes retazos, cintas y recortes que, en puridad,no servían para nada. Gracias que saliese de allí una corbata paraPaquito y otra para el excelso pescuezo del ratoncito Pérez.

Una mañana que la Pipaón estaba sola, pues Thiers había ido a laconsulta, presentose inopinadamente Pez. Vestido de verano, con elligero y elegante traje de alpaca de color, parecía un pollo.Veíale siempre Rosalía con gusto, y en aquella ocasión le vio con mayoragrado, por lo terso y remozado que estaba. Cada vez se crecía más en elespíritu de la noble señora la imagen de aquel sujeto, y se afianzabamás en los dominios de su pensamiento. Y antes que los atractivosexteriores de él, antes que sus modales y su señorío, la cautivaban lospropósitos que hizo de protegerla en cualquier circunstancia aflictiva.Hubiérase rendido al protector antes que al amante; quiero decir que siPez no hubiera puesto aquellas paralelas del ofrecimiento positivo, elterreno ganado habría sido mucho menos grande. Él, no obstante ser muyexperto, contaba más con la fuerza de sus gracias personales que conaquel otro medio de combate. Pero a muy pocos es dado conocer todas lasvariedades de la flaqueza humana. Aquel bélico artificio, usadosimplemente como auxiliar, resultó más eficaz que los disparos deCupido.

Y aquel día estuvo Pez tan expresivo desde los primeros momentos, tanatrevidillo y despabilado, que Rosalía, considerándose sola con él en lacasa (pues también los niños y Prudencia habían salido) se vio engrandísima turbación. Cuanto en su alma había de recto y pudoroso, asílo ingénito como lo educado por Bringas en tantos años de intachablevida conyugal, se sublevó y se puso en guardia. Pez resultaba ser unmuchacho casquivano en aquella hora crítica; transfigurose enun romántico de los que se decoran con desesperación, y se engalanan conun bonito anhelo de morirse. Su lenguaje y sus modos, perfectamenteadaptados al ardoroso temple de la canícula, aterraron a Rosalía,primeriza en aquella desazón de las amistades culpables. Dígase yrepítase en honor suyo. Halló mi calaverón una virtuosa resistencia queno esperaba, pues según su frase, que le oí más de una vez, había creídoque, por su excesiva madurez, aquella fruta se caía del árbol por sísola.

XXXVI

El análisis de la virtud de la Pipaón arroja un singularísimo resultado.Pez no había tenido la habilidad o la suerte de sorprenderla en uno deaquellos infelices momentos en que la satisfacción de un capricho o lasapreturas de un compromiso movían en su alma poderosos apetitos deposeer cantidades, que variaban según las circunstancias.

En talesmomentos, su pasión de los perifollos o el anhelo de cubrir lasapariencias y de tapar sus trampas, la cegaban hasta el puntode que no vacilara en comprar el triunfo con la moneda de su honor...Así se explica el enigma de la derrota de Pez. Cuando quiso expugnar laplaza, esta se hallaba bien abastecida. La Bringas tenía dinero enaquellos días. Milagros habíale pagado más de la mitad de su deuda, y elresto se lo daría seguramente el domingo próximo, con más algo quedeseaba dejar en su poder como reserva. Segura de salir bien delcompromiso más urgente, aquella señora tan frescota y lozana se creía enel caso de hacer gala de su entereza, de una virtud menos sensible alautor que al interés. Con una frase que conservo en la memoria, calificóPez aquel carácter vanidoso, aquel temperamento inaccesible a todapasión que no fuera la de vestir bien. Dijo este gran observador que eracomo los toros, que acuden más al trapo que al hombre.

Insistía en sus románticas vehemencias mi amigo, y quién sabe si al finhabría tenido la contienda un término funesto... Pero la entrada de losniños fue como intervención de la divina Providencia en el asunto. Pocodespués llegó D. Francisco, y ambos señores hablaron un poco depolítica, de aquella obcecada política de González Bravo, que en boca dePez, por especial disposición de su ánimo, tomaba un tinte muypesimista. D. Francisco se espeluznaba oyéndole. La prisión de losgenerales y del duque de Montpensier era una torpeza. Losrevolucionarios habían dicho su Última palabra en La Iberia deaquellos días, y el Gobierno había lanzado su último reto. El Ejércitosimpatizaba con la revolución, y hasta se decía que la Marina... «¡PorDios, señor de Pez, no hable usted barbaridad semejante!»—exclamabaThiers llevándose ambas manos a la cabeza y olvidándose de retirarlasdurante un rato.

«Yo me lavo las manos—dijo el otro—. Yo estoy viendo venir uncataclismo, y francamente, cuando he sabido que la Unión liberal, que esun partido de gobierno, que es un partido de orden, que es un partidoserio, ayuda a los revolucionarios, qué quiere usted... no veo la cosatan negra...».

A punto estuvo Thiers de incomodarse, pues la benevolencia de su amigocomo que parecía preludio de una defección. Siguió Bringas desfogando suira contra los progresistas, la Milicia Nacional, Espartero, sin olvidarel chas-cás; contra el titulado Himno de Riego, contra los llamados demócratas y todo bicho viviente, hasta que Pez, hastiado,llevó la conversación al asunto de su viaje. Él no tenía impaciencia nicreía que fuese absolutamente necesario para su salud abandonar losMadriles; pero sus niñas le acosaban tanto para que las llevase pronto aSan Sebastián, que ya no podía dilatar más la expedición. Querían laspobrecillas lucir en la Concha y en la Zurriola losperendengues de la estación, y tal era su entusiasmo por esto, que si nolas llevaba pronto, reventarían de tristeza. Su mamá se quedaba aquí,prosternada delante del altar de las Ánimas y comadreando en lassacristías con otras beatonas de su misma estofa.

Descanso y libertadera para las pobres niñas el viaje al Norte, y en este concepto no podíamenos de ser provechoso a la endeble salud de ambas. Para el papá másera molestia que esparcimiento el tal viajecito, porque sus hijas lemareaban con las frecuentes excursiones a Bayona para comprar trapos ypasarlos de contrabando. Y no necesitaban Josefita y Rosita hacer lo quehacen otras, que se visten lo comprado y meten en los baúles lo de uso;ni necesitaban ponerse dos abrigos de invierno, uno sobre otro, y seispares de medias y dos faldas y cuatro manteletas. La circunstancia felizde ser su papá Director en Hacienda las eximía de aquella sofocantemanera de contrabandear. El administrador de la Aduana de Irún debía elpuesto que ocupaba a nuestro Pez, y también él era Pez por el costadomaterno, con lo cual, dicho se está que las niñas se traían a Españamedia Francia. «Es para mí una ocasión de infinitos compromisos esteviaje—agregaba don Manuel finalmente—, porque no puedo asomar la narizen Bayona y en Biarritz sin que me vea acosado por las señoras de alta ymedia categoría, pidiendo la consabida tarjeta o volantitopara el primo de Irún... Las más de las veces no puedo negarlo... Estáya en nuestras costumbres y parece una quijotería el mirar por la Renta.Es genuinamente español esto de ver en el Estado el ladrón legal, elladrón permanente, el ladrón histórico... Entre otros adagios de inmoralfilosofía, hay aquel de tiene cien años de perdón, etcétera... Es mitema; esto es un país perdido... Y vaya usted a echársela de moralista.El año pasado, una marquesa bastante acomodada, a quien no quisefacilitar el paso de un cargamento de vestidos, por poco me saca losojos. Se puso hecha una leona y clamaba por la revolución y losdemagogos. Una duquesa, demasiado lista, se dio el gusto de pasar, enmis barbas y en las barbas del primo de Irún... ¡pásmese usted!...¡cincuenta y cuatro baúles llenos de novedades!».

Dicho esto, retirose, y al día siguiente volvió para despedirse, puesaquella misma tarde se marchaba. Un ratito pudo hablar a solas conRosalía, y se mostró tan llagado del corazón y tan herido de punta dedespecho amoroso, que la honesta señora no pudo menos de compadecerle,sintiendo al propio tiempo dos clases de vanidad; la del triunfo de suvirtud y la no menos grande de ser objeto de pasión tan formidable.Grandes debían de ser su mérito y su belleza cuando se postraba anteella, como un chicuelo, varón tan serio y sosegado, cuandohombres de aquel temple se chiflaban ante ella y habrían comprado consu vida (textual) cualquier favorcillo.

Milagros no salió hasta el 29. ¡Cuántas ocupaciones tuvo aquellosúltimos días, y qué angustias pasaba para preparar su viaje!

«Queridísima amiga—dijo Rosalía, a solas con ella en el Camón—, ustedme ha de dispensar que no le entregue, antes de irme, aquel resto quefalta. Supongo que podrá usted esperar unos días. Al apoderado de casadejo encargo de poner en sus manos esa cantidad el 5 o el 6 del próximo,pues para entonces ha de cobrar ciertas cantidades de unos censos deZafra. Descuide usted, que no le faltará. Es lo primero que he puesto enla lista de encargos que dejo a Enríquez, y para que no se le olvide,siempre que le veo machaco en lo mismo. «Cuidado cómo deja usted deentregar... cuidado, Enríquez... El pico de mi amiga es lo primero».

Muy mal le supo a esta tal dilación; pero como la promesa parecía tansolemne y no era mucho esperar al 5 de Agosto, hubo de tranquilizarse.Su amiga prosiguió aturdiéndola con su estrepitoso cariño y perjurandoque le había de traer de Francia mil regalitos de altísima novedad.«Supongo que allí tropezaremos con Pez, para que nos libre del mareo dela Aduana, que es insoportable con aquellos empleados tan ordinarios.Si se les deja, capaces son de abrir todos los baúles... y yollevo la friolera de catorce. De allá siempre traigo tres o cuatro más.No puede usted figurarse cómo estoy de rendida con el trabajo de estosdías. Mi maridillo no me ayuda nada. Todo se lo han de dar hecho. Esteaño ni siquiera se ha tomado la molestia de pedir los billetes gratis.Yo lo he tenido que hacer, poniendo cartitas al Presidente del Comitéejecutivo, y al fin a regañadientes me los han dado. Pero no he podidoconseguir que nos den dos reservados como otros años, sino uno solo.¡Qué injusticia!... Yo le digo a Sudre que este es el pago que le danpor defender en el Senado a la Compañía como él la defiende, contraviento y marea. Me pongo nerviosísima los días de viaje. Me parece quesiempre se queda algo, que no vamos a alcanzar el tren, que me van ahacer pagar un sentido por exceso de peso... ¡Ya ve usted, catorcebaúles! Es un laberinto de mil demonios. Leopoldito lleva su perro,María su gatita de Angora y Gustavo una jaula de pájaros para un amigo.Hay que pensar hasta en lo que han de comer por el camino esosirracionales... ¡Y todo esto en un solo departamento, que parecerá unarca de Noé!

Felizmente conocemos al conductor, y María y yo, despuésque cenemos en Ávila, nos pasaremos a una berlina-cama... Llevo aAsunción... no puedo vivir sin mi doncella.

Los bultos de mano, creo queno bajarán de veinticuatro. Yo no duermo nada si no llevo misalmohadas. A Agustín no hay quien le quite de la cabeza el llevar unajofaina para lavarse dos o tres veces en el camino. Mi maletita-tocadorno se puede quedar atrás, porque no me gusta llegar a las estacioneshecha una facha. Leopoldito lleva su tablero de damas, el bilboquet,la cuestión romana, su pistolita de salón y una cartera donde apuntatodos los túneles y la hora que es en todas las estaciones. Gustavocarga con media docena de librotes para ir leyendo por el camino; y elmaula de mi marido, que sólo piensa en su comodidad, se enfurece si lefaltan las zapatillas, el gran gorro de seda, el cojín de viento... Atodo tengo que atender, porque no podemos tener un criado para cada uno.Esos tiempos pasaron, ¡ay!, y se me figura que no han de volver.

XXXVII

Un fuerte abrazo dio la marquesa a D. Francisco, deseándole con toda elalma completo restablecimiento; besó a los niños, y por último,se despidió de su amiga en la puerta con toda suerte de mimos ycaricias.

Triste y desconsolada se quedó Rosalía, no sólo por la ausencia de laamiga más querida, sino por su propio confinamiento, por aquel no salir,que era como un destierro. ¡Bonito verano la aguardaba, sola, aburrida,achicharrándose, sufriendo al más impertinente y cócora de los maridos,pasando, en suma, el sonrojo de permanecer en Madrid cuando veraneabanhasta los porteros y patronas de huéspedes! Tener que decir: «no hemossalido este verano» era una declaración de pobreza y cursilería que senegaban a formular los aristocráticos labios de la hija de los Pipaonesy Calderones de la Barca, de aquella ilustre representante de unadinastía de criados palatinos. ¡Si al menos fueran unos diítas a laGranja, donde Su Majestad les proporcionaría algún desván en que metersey donde podrían darse un poco de lustre, aunque sólo llevaran porequipaje unas alforjas con ración de tocino y bacalao, como los paletoscuando van a baños...! Pero no, aquel califa doméstico rechazabaindignado toda idea de perder de vista la Villa y Corte, hablando pestesde los tontos y perdidos que veranean con dinero prestado, y de los quese pasan aquí tres meses a cuarto de pitanza por el gusto de vivir unosdías en fondas y darse importancia poniendo faltas a lo que les dan decomer en ellas.

Aquella aspereza matrimonial de que se hizo mención más arriba se fuepoco a poco suavizando. Ni era Bringas intolerante en un gradosuperlativo, y aunque lo fuese, sabía sacrificar a la paz conyugalalguna parte de sus dogmas económicos. Las explicaciones que Rosalía diode aquel improvisado lujo no le satisfacían completamente; pero con unesfuerzo de buena voluntad supo admitir el gran economista algunas deellas. La fe de su religión matrimonial le mandaba creer algoinexplicable, y lo creyó. Si Rosalía no hubiera pasado de allí, la paz,después de aquella alteración pasajera, habría vuelto a reinarsólidamente en la casa; mas la Pipaón no sabía ya contenerse, y elhábito de eludir secretamente las reglas de la Orden bringuística estabaya muy arraigado en su alma. Proporcionábale este hábito, además de lassatisfacciones de la vanidad, un placer recóndito. Quien por tantotiempo había sido esclava, ¿por qué alguna vez no había de hacer sugusto? Cada una de aquellas acciones incorrectas y clandestinas leacariciaba el alma antes y después de consumada. La conciencia sabíasacar, no se sabe de dónde, mil sofisterías con que justificar todoplenamente. «Bastantes privaciones he tenido... ¿Pues acaso no merezcoyo otra posición?... Se tendrá que acostumbrar a verme un poco másemancipada... Y al fin y al cabo, yo miro por el decoro de lafamilia...».

Lo que más conturbaba su espíritu en aquellos primeros días de soledad ycalor era la necesidad de volver a poner el dinero en la arqueta.Milagros no le había dado todo.

¿De dónde sacar lo que faltaba? Alinstante se acordó de Torres, y desde que tuvo ocasión de ello, hízoleuna indicación discreta. «Él no tenía; ¡qué lástima! Si algún amigo suyotuviera... En fin, al día siguiente la contestación». A nuestra amiga nose le cocía el pan hasta saber la respuesta de Torres, porque a cadamomento creía próxima la catástrofe, la cual sería grande, fuerte einevitable, desde que Bringas registrase su tesoro. Por fortuna o porespecial intervención de los santos y santas a quienes la Pipaóninvocaba, aún no se le había ocurrido al buen hombre levantar la tapadel doble fondo. ¡Pero cuando lo hiciera...! Y ya no valía el arbitriode los papeles que imitaban con grosero arte los billetes, porque elratoncito veía, aunque mal, y no era posible que se fiase sólo del tactopara hacer el arqueo de su caja. Sobre ascuas estuvo la dama todo el día31 y parte del inmediato, hasta que Torres le dio esperanzas de remedio.Empezó poniendo dificultades, ponderando lo que había trabajado parahacer comprender la conveniencia del préstamo a su amigo. El cual era untal Torquemada, hombre que no daba su dinero sin garantía. En aquellaocasión, no obstante, en obsequio a Torres, no exigiría la firma delmarido en el contrato, pues la de la señora bastaba... Nopodía hacer el empréstito más que por un mes, con fechaimprorrogable, y dando cuatro mil reales se haría el pagaré decuatro mil quinientos. ¡Ah!, de los cuatro mil se deducirían doscientosreales de corretaje...

Los cielos abiertos vio Rosalía cuando Torres le dio estas noticias, ytodo pareciole poco, rédito y corretaje, para el gran favor que se lehacía. Con los tres mil ochocientos reales tendría bastante para suobjeto, y aun le sobrarían unos seis duros para algo imprevisto queocurriese. Todo quedaría arreglado al siguiente día 2 de Agosto.

Y el tiempo apremiaba, y el peligro era inminente, como se verá por estafrase de Bringas, textualmente copiada:

«Hijita, mañana me manda Golfín la cuenta y habrá que pagársela pasadomañana 3.

Él se marcha el 4, según me ha dicho hoy. Me tiemblan lascarnes cuando pienso que ese señor me va a tomar por hombre de posibles.¿Cuánto me pondrá? ¿Se te ocurre a ti? Yo he pensado en eso toda lanoche, y he tenido pesadillas como las de Isabelita...

Y hoy me dijoGolfín una frase que me dio escalofríos... Lo que te digo; me estásperdiendo con el lustre estrepitoso que te das... Pues mira que mehace gracia...

cuando no sé si quedaremos mal con el doctor, que este mediga... así, con ese tonillo impertinente... «Sr. D.Francisco, ayer vi a su señora salir de misa de doce en San Ginés...¡Siempre tan elegante!...». Pues tu dichosa elegancia va a ser elcuchillo con que ese hombre me va a segar el cuello».

A las diez y media del otro día, mientras don Francisco y toda lafamilia menuda estaban de paseo en la Cuesta de la Vega, quedó realizadala operación. Aparecieron con usurera exactitud, a la hora fija, Torresy Torquemada. Este era un hombre de mediana edad, canoso, la barbaafeitada de cuatro días, moreno y con un cierto aire clerical. Era en élcostumbre invariable preguntar por la familia al hacer su saludo, yhablaba separando las palabras y poniendo entre los párrafos asmáticaspausas, de modo que el que le escuchaba no podía menos de sentirsecontaminado de entorpecimientos en la emisión del aliento. Acompañabasus fatigosos discursos de una lenta elevación del brazo derecho,formando con los dedos índice y pulgar una especie de rosquilla paraponérsela a su interlocutor delante de los ojos, como un objeto deveneración. La visita fue breve. La única parte del contrato a queRosalía puso reparo fue la referente al plazo de un mes, que le parecíademasiado corto; pero Torquemada aseguró que no le era posiblealargarlo. «A principios de Setiembre tenía que... dar una fianza en laDiputación... Provincial, porque se presentaba a la subasta dela... carne para los Hospitales. Pensáralo bien la... señora, pues sicreía no tener posibles para... reembolsarle en la fecha... convenida,el préstamo... no se verificaría».

A todo se avino la dama, atenta sóloa salir del conflicto del día; tomó el dinero, firmó, y los dos amigosse despidieron, dejando expresiones para el dueño de la casa, a quienuno de ellos no conocía. Contentísima se quedó la Pipaón, y no pensabamás que en el modo de introducir en la arqueta los dineros. Una pequeñadificultad ocurría, y era que no teniendo un billete de 400 escudos,sino varios de los pequeños, había de procurarse uno de aquellos. Si losbilletes eran de otra clase, aunque la cantidad fuese la misma, elcominero se llamaría a engaño. Con pretexto de hacer una visita saliópor la tarde, asustadísima, sospechando siempre que a su marido se leantojase, mientras ella estaba fuera, registrar el erario. Pero un ángelbueno velaba por ella; nada ocurrió durante el tiempo que empleara enhacer el desusado cambio de billetes pequeños por uno grande. Elcambista de la calle del Carmen la miró con cierto asombro. Por lanoche, la delicada operación de reponer la cantidad sustraída fue hechacon toda felicidad.

Pocas veces se había sentido mi amigo Bringas tan nervioso como en losratos que precedieron a la llegada de la cuenta de Golfín. A eso de lasdiez del día 3, mandó a Paquito con un recado verbal,suplicando al doctor le remitiese sin tardanza la nota de los honorariosde su asistencia médica, y serían las once y media cuando el jovenregresó a la casa, trayendo una carta. Bringas no respiraba mientras sumano trémula rompía el sobre y desdoblaba el papel. Rosalía aguardabatambién con anhelosa curiosidad... ¡Ocho mil reales! Leyendo esta sumaBringas se quedó perplejo, vacilante entre la alegría y la pena, pues sila cantidad le parecía excesiva, por otra parte, sus temores de quefuera disparatadamente grande, se calmaban ante la cifra verdadera.Había creído a veces que no bajaría la cuenta de doce o diez y seis milreales, y esta sospecha le ponía fuera de sí; otras no la conceptuabasuperior a cuatro mil. La realidad había partido la diferencia entreestas dos sumas ilusorias, y por fin el economista vino a consolarse conrazonamientos de la escuela de Don Hermógenes, diciendo que si ocho milreales eran mucho dinero en comparación de cuatro, eran poca cosarelativamente a diez y seis... Un razonar más suyo que de Don Hermógenesdominaba el tumulto de ideas aritméticas que en aquel momento hervía ensu cerebro; y era que Golfín, por ser el enfermo recomendado de laReina, no debía haberle llevado nada...

XXXVIII

«Pero en fin, me conformo. No he salido mal, pues he salido con ojos. Loprimero es la salud, y lo primero de la salud la vista. Y la verdad esque ese asesino me ha curado bien. ¡Ocho mil realitos! Es muyposible—añadió dando un suspiro e incomodándose levemente—, que si nohubiera sido por tus elegancias, el escopetazo no habría pasado decuatro mil...».

Sacó el dinero, hizo poner una carta muy fina y muy cortés, dando lasgracias al sabio doctor por su admirable asistencia, y todo, carta ybilletes, ¡oh dulces prendas de su alma!, lo introdujo en un sobremagnífico, de los de la oficina. Paquito fue a llevar este segundorecado. Si Bringas veía con tristeza la expatriación de sus queridosbilletes, por otra parte experimentaba la satisfacción honda y viva depagar.

Este placer sólo es dado a las personas de mucho arreglo, que aleconomizar el dinero economizan las sensaciones que produce, y de estas,se contentan con gozar las más puras y espirituales.

Deslizábanse después de este día, con lentitud tediosa, los del mes deAgosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartén solitaria. Enaquellos tiempos no había más teatro de verano que el circo de Price,con sus insufribles caballitos y sus clows que hacían todas las nocheslas mismas gracias. El histórico Prado era el único sitio de solaz, y ensu penumbra los grupos amorosos y las tertulias pasaban el tiempo enconversaciones más o menos aburridas, defendiéndose del calor con losabanicazos y los sorbos de agua fresca. Los madrileños que pasan elverano en la Villa son los verdaderos desterrados, los proscritos, y suúnico consuelo es decir que beben la mejor agua del mundo.

En su horrible hastío, no gustaba la Pipaón de ir al Prado, porque eraesto como pasar revista de miseria y cursilería. Había empleado yamuchas veces la enojosa fórmula-explicación de su destierro: «Teníamostomada casa en San Sebastián, poro con la enfermedad de Bringas...»; ycansada de ella, esquivaba las ocasiones de repetirla. Por la noche losBringas y algunas personas de las pocas que en la ciudad habían quedado,solían sacar sillas a la terraza, y formaban en el lado del Norte ungrupo que no carecía de animación. Cándida no faltaba nunca. Completabanla pandilla la señora de un Montero de Espinosa, las de dos jefes deoficio, la de un oficial de la Secretaría Particular, la deldirector de las Reales Mesas, la del jefe del Guardarropa del Rey. Delsexo masculino asistían los poquísimos que en Madrid estaban, y eran dela clase más baja; pero es el verano muy democratizante, y mis queridosBringas, anhelosos de sociedad, no se desdeñaban de alternar, en unatertulia al raso, con porteros de Banda y de Vidriera, con el encargadodel Guardamuebles, con el ayudante de Platería, con dos casilleres,gente toda de seis mil reales para abajo.

A estos solía unirse algúnayudante de cocina, que gozaba de catorce mil, y algún ujier de Saleta,que percibía nueve mil. En dichas tertulias se hablaba del calor quehabía hecho por el día, de la Corte, que ya había salido de la Granjapara Lequeitio, y de otras menudencias del personal y de la casa. En elpiso tercero y en los espacios que al modo de plazoletas cortan lalongitud de los pasillos-calles, había también tertulias formadas demozos de oficio, doncellas, barrenderos y gente que subía deCaballerizas.

En el sitio correspondiente a las grandes rejas que dan ala plaza de Oriente, sobre la cornisa, la huelga duraba toda la nochecon gran animación, risas, guitarreo y algún refresco de horchata decepas. Doña Cándida trinaba contra estos desórdenes, porque no podíapegar los ojos en toda la noche, y amenazaba a los transgresores condenunciarlos al Inspector general.

Por las mañanas toda la familia bajaba al Manzanares, donde Isabelita yAlfonsín se bañaban. El papá había sacado nuevamente a luz su traje demahón, y con esto, y el sombrero de paja parecía que acababa de venir dela Habana. Resguardados de la luz por espejuelos muy oscuros, sus ojossanaban rápidamente, gracias al puntual cumplimiento del plan curativoque le había dejado Golfín. El aire de la mañana y la alegría delbalneario le ponían de muy buen humor, y sin cesar aseguraba que si los tontos que se van fuera conocieran los establecimientos de los Jerónimos,Cipreses, el Arco Iris, la Esmeralda y el Andaluz, de fijono tendrían ganas de emigrar. También Paquito se arrojaba intrépido alas ondas de aquellos pequeños mares sucios, metidos entre esteras, ynadaba que era un primor, de pie sobre el fondo. A Alfonsín era precisopegarle para hacerle salir, y la niña no entraba sino a la fuerza.Regresaban los cinco lentamente, los pequeños con apetito de avestruces,D. Francisco muy contento y también con propósitos de no desairar elalmuerzo. Para bajar al río, la Bringas tenía que vencer la repugnanciaque aquello le inspiraba. Sólo por amor de sus hijos era ella capaz dehacer tal sacrificio. Le daban asco el agua y los bañistas, todos gentede poco más o menos. No podía mirar sin horror los tabiques de esteras,más propios para atentar a la decencia que para resguardarla,y el vocerío de tanta chiquillería ordinaria le atacaba los nervios.

Por las tardes, casi al anochecer, solía bajar a Madrid, para visitar aalguna amiga o dar una vuelta por las tiendas conocidas. En estas habíapoquísima gente. Luenga cortina mantenía en el local una atmósfera menoscalorosa que la de la calle, y esta penumbra, como la ociosidad,convidaba a los dependientes a dormir sobre las piezas de tela. De vezen cuando encontraba en casa de Sobrino Hermanos a alguna señorarezagada, a alguna proscrita como ella. Nueva edición de la famosafórmula:

«Teníamos tomada casa en San Sebastián; pero...». La otra solíadecir con laudable franqueza: «Nosotros esperamos a los trenes baratosde Setiembre».

Como en aquellos días los tenderos estaban mano sobre mano,entreteníanse en mostrar a la señora telas diversas y cositas decapricho. «Esto se llevará mucho en el otoño... De esto viene ahorasurtido, porque será la moda de la estación». Tales frases parecíansalir de los pliegues de las piezas al ser desdobladas. El principal,que se estaba disponiendo para hacer el acostumbrado viaje a París, laincitaba a comprar algo, y ella caía en la tentación, unas veces porquese le presentaban verdaderas gangas, otras porque el género le entrabapor el ojo derecho, encendiendo todos los fuegos de su pasióntrapística, y no podía menos de satisfacer, so pena de padecer mucho, eldeseo de adquirirlo. ¡Oh! Del martirio de aquel verano se había deresarcir en el próximo otoño, vistiéndose como Dios mandaba, quisiéraloo no su marido.

Tenía propósito de hacerse un vestido nuevo deterciopelo para el invierno y una capota de las más airosas, nuevas yelegantes. A sus niños pequeños les vestiría como principitos. Ya, yavería el bobillo con quién trataba... Pensando en estos y otros planes,recorría despacio las calles para volver a su casa; deteníase ante losescaparates de modas y de joyería, y hacía mil cálculos sobre laprobabilidad más o menos remota de poseer algo de lo mucho valioso yrico que veía. La tristeza de Madrid en tal época aumentaba su tristeza.El sosiego de algunas calles a las horas de más calor, el melancólicoalarido de los que pregonan horchatas y limonadas, el paso tardo de loscaballos jadeantes, las puertas de las tiendas encapuchadas con luengostoldos, más son para abatir que para regocijar el ánimo de quien tambiénsiente en su epidermis el efecto de una alta temperatura y en suespíritu la nostalgia de las playas. Las tormentas precedidas de vientoy sucia polvareda le excitaban horriblemente los nervios, y su únicogusto al presenciarlas era ver desmentidos los pronósticosmeteorológicos de Bringas, el cual, desde que el cielo se nublaba,decía: «verás cómo esta tarde refresca».

¡Qué había derefrescar...! Al contrario, duplicaba el calor.

Si alguna vez salía por la noche, la atmósfera pesada y sofocante de lasprimeras horas de esta la ponía de un humor endiablado, y más aún elpensar cuán felices eran los que en aquel momento se paseaban en laZurriola. Todo Madrid le parecía ordinario, soez, un lugarón poblado dela gente más zafia y puerca del mundo. Cuando veía a los habitantes delos barrios más populares posesionados de las aceras, ellos en mangas decamisa, ellas muy a la ligera, los chiquillos medio desnudos enredandoen el arroyo, creía hallarse en un pueblo de moros, según la idea quetenía de las ciudades africanas. Levantábase temprano y se bañaba en supropia casa, por no querer rebajarse a ser náyade de un río tan pedestrey cursi como el señor de Manzanares. En las primeras horas del día,abiertos de par en par los balcones de la casa, que daban a Poniente,entraba un poco de fresco, y el cuerpo y el espíritu de la dama recibíanalgún consuelo. Cuando iba a dar una vueltecita por las tiendas, lamortificaban los olores que por diversas puertas salían en las callesmás populosas, olor de humanidad y de guisotes. Las rejas de los sótanosdespedían en algunos sitios una onda de frescura que la convidaba adetenerse; mas en aquellos sótanos donde había cocinas, el vaho era tanrepugnante que la empujaba hacia el arroyo. Veía con delicialas mangas de riego, sintiendo ganas de recibir la ducha en sus propiascarnes; pero luego se desprendía del suelo un vapor asfixiante, mezcladode emanaciones nada balsámicas, que la obligaba a avivar el paso. Losperros bebían en los charcos sucios formados por los chorros del riego ydespués refugiábanse en la sombra, como los vendedores ambulantes,cansados de pregonar zapatillas de cabra, tubos, todo a real,puntillas, guías de ferrocarril, pitos y pucheros artificiales paraeconomía de carbón... En aquellas horas, en aquella horrible y molestaestación, sólo las moscas y Bringas eran felices.

XXXIX

Fue, sí, el día de San Lorenzo cuando recibieron una carta que aentrambos les dejó perplejos y así como atontados. ¿A quién no le saleal paso alguna vez lo maravilloso, ese elemento de vida que los antiguosrepresentaban por apariciones de ángeles, dioses y genios? En nuestraedad lo maravilloso existe lo mismo que en las pasadas, sóloque los ángeles han variado de nombre y figura, y no entran nunca por elagujero de la llave. Lo extraordinario que a mis queridos amigossorprendió en su soledad, fue una carta de Agustín Caballero. Uno y otrocreyeron que el propio fantasma del generoso indiano se les poníadelante. Expresándose en plural, les decía que habían tomado una casa enArcachón, y sabedores de que a Bringas y a los niños les conveníarespirar aires frescos y salinos, les invitaban a pasar un mes allá. Elofrecimiento era tan cordial como explícito. La casa era muy grande, conjardín y mil comodidades. Los señores de Bringas serían hospedados a logrande y tratados a cuerpo de rey, sin que tuvieran que hacer gasto deninguna clase... «Amparo y yo—decía la carta en conclusión—, nosalegraremos mucho de que aceptéis».

El primer impulso de Rosalía fue de odio y despecho... ¡Atreverse ainvitar a una familia honrada...! «Eso es para darse lustre alternandocon nosotros... Eso es para poder pasar por personas decentes,presentándose en nuestra compañía... En una palabra, quieren que seamosel pabellón honrado que cubra la mercancía de contrabando... ¿No te daira? Porque esto es una injuria».

D. Francisco estaba tan ocupado en desenredar el espantoso lío de ideasque la carta armó en su mente, que aún no había tenido tiempode indignarse. Ella siguió rumiando su despecho, y en la tempestad denubarrones que se desató en su cerebro, brillaban relámpagos que decían:«¡Arcachón!». En el retumbante son de esta palabra, más chic ysimpática aún si era emitida por la nariz, iba como envuelto un mundo desatisfacciones elegantes. Ir a Francia, encontrar en la estación de SanSebastián o San Juan de Luz a algunas familias españolas conocidas ydecirles, después de los primeros saludos: «Voy a Arcachón», era comoconfesarse emparentada con el padre Eterno. Al pensar esto, una bocanadade humo balsámico salía del corazón de la dama, llenaba todo su tórax yse le subía hasta la nariz, dándole un picor muy vivo y ahuecándoselaconsiderablemente. Por fin el cerebro de Bringas, tras un laboriosísimoparto, dio a luz esta idea:

—¿Se habrán casado?...

—¡Casarse!... no lo creas... Pues poco lo habrían cacareado... Nada,viven como los animales... Es una indecencia que nos inviten a vivir ensu compañía. Pues ¿qué?...

¿no hay ya distinciones entre las personas,no hay moralidad? ¡Creen que nosotros tenemos tan poca vergüenza comoellos...!

—¡Qué lástima que no estén casados!—murmuró el economista mirando asus pulgares que estaban quietos uno frente a otro, como recelosos deunirse—. Porque si vivieran como Dios manda... Ya ves quéproporción. ¡Billetes gratis, casa gratis, comida gratis!...

La idea de humillarse a Amparo y ser su huésped y deberle un favorgrande, sublevó el orgullo de la Pipaón...

—Tú serías capaz de aceptar—dijo—. Yo no puedo rebajarme a tanto.

—No, yo no... Es que decía... Pongo por caso—tartamudeó Bringas, másperplejo aún—. Y no tenemos motivos para asegurar que no se hayancasado.

—Cásense o no... ¿Te parece que es digno...?, esa tonta a quien hemosdado de comer las sobras de nuestra casa...

—Ay, hija mía, no te remontes, ¿quién se acuerda ya de eso? El mundoolvida pronto esas cosas. Al que tiene dinero no se le pregunta nunca siha comido la sopa boba. Figúrate tú, en Arcachón nadie nos conocerá, nia ellos ni a nosotros... No es que yo quiera ir. Al contrario. Lecontestaré dándole las gracias...

Tal negativa puso nuevamente ante los ojos de la dama la idealperspectiva de un viaje a aquel famoso sitio de recreo. «Arcachón». ¡Conqué música deliciosa sonaría en las visitas de otoño esta frase que, depuro aristocrática, tenía algo del crujir de la seda: «Hemos estado enArcachón». Bastaba esta chispa para hacer estallar otra vez la tormentaen aquel ahuecado cerebro, mientras el de Bringas hervía enconsideraciones económicas: «¡Pasar una temporadita en Franciasin gastar un real!...». Los dos esposos estuvieron durante largo ratocontemplando y revolviendo sus propias ideas, sin comunicárselas nicambiar una palabra. A veces se miraban en silencio. Cada cual esperaba,sin duda, que el otro dijera algo, proponiendo una fórmula deconciliación...

Por la tarde se volvió a hablar del asunto; más Rosalía,henchida de soberbia, persistió en sus repugnancias y en poner a Agustíny a Amparo por los suelos... Por la noche, la ilusión del viaje ganó ensu espíritu tanto terreno, que se aventuró a hacerse una preguntainspirada en el sentido recto de las cosas: «¿Y a mí qué me importa quese casen o se dejen de casar o que ella sea como Dios quiere?». Su almase inundaba de tolerancia; pero no quería dar su brazo a torcer nimanifestarse vencida, por lo cual esperaba que su marido cediera antespara hacerlo después ella afectando obediencia y resignación. El granThiers, en tanto, después de pesar en su mente las ventajas del viaje,miraba a su esposa como deseando que de ella partiese la iniciativa deconciliación. Era como cuando dos están enojados y ninguno quiere ser elprimero en romper el hielo y hablar de paces.

Rosalía se acostó, segura de que Bringas, a la mañana siguiente, semostraría inclinado a aceptar la invitación de su primo. Ya sabía ellalo que tenía que decir.

Primero, mucha ira, mucha protesta dedignidad, mucha palabrería contra Amparo y Agustín, después una serie demodulaciones de transición. Ella (Rosalía) acostumbraba no hacer caso desí propia y sacrificar su gusto al gusto de los demás...

Por sus hijosestaba dispuesta a hacer todo género de sacrificios y a pasar sonrojos yhumillaciones. Era evidente que Isabelita necesitaba baños de mar yAlfonsito también... Ante esta necesidad, los gustos de ella, susescrúpulos, no tenían ningún valor. En una palabra, si Bringas opinabaque debían ir, ella cerraría los ojos y...

Pero contra lo que esperaba, el cominero no habló una palabra de viaje ala mañana siguiente. Levantose tarareando y parecía olvidado del asunto.En vano Rosalía le pinchaba, echando pestes contra los baños de losJerónimos y quejándose de un calor mortífero. Él no decía más sino:«Para lo que queda ya... Desde el 15 empezará a refrescar». Con esto sedesesperaba Rosalía.

Aguardó hasta la tarde, impaciente y llena de ansiedad, y viendo que elratoncito Pérez no mentaba para nada al tal Arcachón, aventurose adecir:

«Pero en fin, ¿qué contestas a Agustín? Yo te diré que por mi parte,aunque me repugna vivir con esa gente... ya ves, por los niños...».

—¡Qué niños ni qué ocho cuartos! Están muy buenos...—exclamó Bringasagitando el sombrero de paja, como si fuera a dar un viva—.Si los baños del Manzanares son los mejores del mundo... Mira quécolores ha echado la niña. Alfonsito parece un roble... Cada vez me ríomás de los tontos que se van fuera... Y no creas, anoche he estadopensando en eso... Digan lo que quieran, siempre hay gastos.

Tendríamosbilletes gratis hasta la frontera; ¿pero de la frontera para allá?

—Si no son más que doscientos treinta kilómetros—dijo con granespontaneidad Rosalía, que había alimentado su ilusión leyendo la Guíade ferrocarriles.

—Sean pocos o muchos, esos kilómetros nos habrían de salir caros.Además, ¿cómo ir sin llevarles un regalo? ¿Te parece bien entrar en sucasa con las manos vacías?...

Luego, otros gastos... Resueltamente novamos. Desde el 15 ya refresca. Observa cómo van achicando los días.Anoche ya la temperatura fue más suave... No nos movamos, hija, que biennos va en Madrid.

Oyó esto Rosalía con vivo enojo; pero su misma soberbia le vedabacontradecirlo.

Callose; y en el pecho le hacían revoltijos lasculebrillas de su ilusión desvanecida. Ya se había acostumbrado a laidea de encontrar a las amigas en la estación de San Sebastián y darlescon Arcachón en los hocicos, de poner en sus cartas la data de Arcachón,y por fin, de Arcachonizarse para todo el otoño e invierno próximos.

XL

En la tristeza de su destierro, una sola cosa alegraba el alma de lainfeliz señora, y era que sus niños gozaban de inmejorable salud.Isabelita, cuyas desazones tenían siempre a su mamá muy sobre ascuas, nohabía sufrido, durante el verano, ninguno de aquellos trastornosespasmódicos que marchitaban su infancia. Fueran o no buenos los bañosde los Jerónimos, ello es que la niña había ganado, tomándolos, carnes ycolores, amén de un apetito excelente. En cuanto al pequeño, excusodecir que con las aguas del Manzanares se puso a reventar de sano. Surobustez era tal, que no cesaba de probarse a sí misma y de cultivarsepara llegar a ser más grande y poderosa. El instinto de desarrollo leimpulsaba incesantemente a los ejercicios corporales, y a ensayar yaprender actos de trabajosa energía. Subir a las mayores alturas quepudiera, trepar por una pilastra, hacer cabriolas, cargar pesos,arrastrar muebles, verter y distribuir agua, jugar con fuego y sipodía con pólvora, eran los divertimientos que más le encantaban.No revelaba aptitudes de habilidad mecánica como su papá. Era más bienun hábil destructor de cuanto caía en sus manos. Durante aquellas tareasde fuerza, echaba de su boquita blasfemias y ternos aprendidos en lacalle. Cuando la melindrosa de su hermanita los oía, ¡santo Dios!, enseguida iba corriendo a llevar el cuento a su padre. «Papá, Alfonsitoestá diciendo cosas...». Y D. Francisco, que aborrecía los lenguarajos,gritaba: «Niño, ven aquí pronto. Que me traigan de la cocina unaguindilla». Ya con la guindilla en la mano, y teniendo al criminalcogido por el pescuezo, hacía ademán da querer restregarle con ella loshocicos; pero le miraba ceñudo, diciendo: «Por esta vez, pase; pero comorepitas esas porquerías, te quemo la boca, y se te cae la lengua, yluego, en vez de hablar como las personas, rebuznarás como los burros».

Alfonsito tenía pasión por los carros de mudanza. Ver uno de estos en lacalle era su mayor delicia. Todo le entusiasmaba, los forzudos caballos,aquel cajón donde iba una casa, los espejos colgados debajo, y porúltimo, aquellos gandules de blusa azul que iban sentados arriba,dormitando al lento vaivén de la máquina. Su ilusión era ser comoaquellos tíos, dirigir un carro, cargarlo, descargarlo, y se imaginabauno tan grande, tan grande que cupieran en él todos losmuebles de Palacio. En su delirio de imitación, ejercitando el espírituy los músculos, se entretenía horas enteras en dar a su pensamiento elmayor grado de realidad posible. Como D. Quijote soñaba aventuras y lashacía reales hasta donde podía, así Alfonsín imaginaba descomunalesmudanzas y trataba de realizarlas. D. Francisco, que estaba en Gasparinicon Isabelita, oía ruido de trastos, chasquidos de látigo, y estaspalabrotas: ¡Ala... arriba... upa... ajo... arre caballo! En medio delcuarto apilaba sillas, y entre los huecos de ellas ponía cacharros,trebejos, la piedra de machacar carne, la mano del almirez, líos detrapo, escobas y cuanto encontraba a mano. El gato iba encima de todo.Después empezaba a descargar latigazos sobre el montón, y si alguna cosase caía, allí eran los gritos y el patear. Encendido el rostro ysudoroso, el bravo chico no paraba hasta que Isabelita iba a informarse,de parte de su papá, del motivo de tal estrépito.

—Si vieras, papaíto—decía la niña, muerta de risa—; ha puesto sillasunas sobre otras, y está dando latigazos y diciendo unas borricadas...

—Dile a ese gallegote que si voy allá le pondré cada nalga como untomate...

(Bringas tenía la mala costumbre de llamar gallegos a los brutos,costumbre muy generalizada en Madrid y que acusa tanta grosería comoignorancia.) Isabelita tenía gustos o inclinaciones muy distintas de las de suhermano. Más que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa deque los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. Nomiremos con indiferencia el retoñar de los caracteres humanos en estosbosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras premisas;nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?

Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en estogusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Teníala manía coleccionista.

Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuantoobjeto rodaba sin dueño por la casa, iba a parar a unas cajitas que ellatenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado que tocara nadieaquel depósito sagrado!... Si Alfonsín se atrevía a poner sus profanasmanos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirandouna semana entera... Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbabancuando estaba más delicada de salud. Su único contento era entoncesrevolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de unavariedad extraordinaria, y por lo común, de una inutilidad absoluta. Lospedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajón. Losbotones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellosde correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías,las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicación,rayaban en lo incalculable. Pero el montón más querido lo componían lasestampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos delSagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de Bernardette,pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con elmismo estilo de los figurines de modas. También había lo que ellallamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren lascajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustín, y se lo habíadado Felipe. No contaré los papelillos de agujas vacíos, los guantesviejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, losmuñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allíhacinadas. En otra parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentrode la cual, al agitarla, sonaba una música deliciosa de cuartos. Estabaya tan llena, que pesaba así como un quintal.

No le costaba a ella pocotrabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manosde Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero ygastarlo todo en triquitraques... o comprar un carro de mudanza concaballos de verdad.

Tan enamorada estaba Isabelita de su tesoro de cachivaches, que loreservaba de todo el mundo, hasta de su mamá; pues esta se lodescomponía, se lo desordenaba, y parecía tenerlo en pocaestima, pues alguna vez le dijo: «No seas cominera, hija. ¿Qué gustotienes en guardar tanta porquería?». La única persona a quien ellaconsentía poner las manos en el tesoro era su papá; pues este admirabala paciencia de la niña y le alababa el hábito de guardar. En aquelloslargos días de verano, D. Francisco, que no podía leer ni trabajar niocuparse en nada, se hubiera aburrido de lo lindo, si no tuviese elrecurso de jugar con su hija a revolver, ordenar y distribuir cosillas.«Ángel—decía después de dormir su siesta—, tráete las cajitas y nosentretendremos». Los dos en Gasparini, sin testigos, se pasaban toda latarde sentados en el suelo, sacando los objetos y clasificándolos, paravolver a guardarlos después con mucho cuidado. «Algunas de estas cosasservirán todavía—decía el economista—. Pongamos los huesos dealbaricoque juntitos aquí. Vamos a contarlos: son veintitrés. Ahora sepone encima un papel, ¿estás? Primero se mete en medio la cajita deplumas con las cuentas dentro, para que no se corran los huesos dealbaricoque... ¡Ajajá! Venga otro papel. Veme dando ahora las cajas defósforos; dos, dos... dos... dos. ¿Ves? Se cubre todo y así no se puedenrodar. Siguen los cacharritos... No pongamos los botones de hueso allado de los de metal: separemos igualmente los de hueso de los demadera, no sea que riñan. En todas partes hay clases, hija mía... Así...Ahora coloquemos estos líos de trapos a un ladito, para, queno se junten con las flores artificiales, no sea que tengan envidia deellas y se echen a reñir. En todas partes hay malas pasiones... Lasobras de arte por separado. Este es el Museo a donde vienen losingleses, que son estos pitos del Santo... Veme dando cosas...».

Frecuentemente, después de puesto todo, se volvía a sacar para meterlode nuevo, colocado de otra manera. También jugaban ambos a las muñecas,vistiéndolas y desnudándolas, recibiendo y pagando visitas. En tanto, elotro bruto de Alfonsín arreaba las caballerías y cargaba su carro hastaque no podía más. En todos los contratiempos el pequeñuelo iba a buscarrefugio en las faldas de su querida mamá, así como la niña siempre searrimaba a D. Francisco para buscar mimo o pedir justicia en algúnpleito con su hermano. Alfonso sabía engolosinar a su madre con cariciasastutas cuando quería obtener de ella algunos ochavos, y la besuqueaba yhacía mil zalamerías.

—Un secreto, mamá—decía subiéndosele al regazo, y abrazándola yaplicándole su boca al oído—. Un secreto...

—Ya, ya, ¡ay, qué rico!, lo que mi ángel quiere es un cuartito,¿verdad?

Y el muy pillo silabeaba en el oído de su mamá estas palabras más tenuesque el aleteo de una mosca:

—Dice papá que yo salgo a ti, qué soy un loco.

XLI

Con terror vio la ingeniosa señora que pasaban uno tras otro los días dela segunda quincena de Agosto, porque, según todas las señales, trasellos debían venir los primeros de Setiembre. Torres, a quien hizo unaindicación de prórroga, se puso pálido y dijo que Torquemada no podíaesperar por esto y lo otro y lo de más allá... Bien claro se lo habíandicho ambos el día de la celebración del contrato. Era la cláusulaprincipal, y seguramente el señor de Torquemada lo contaba comoseguro...

Y oyendo esto, sopesaba la dama en su mente las dificultades del caso,más graves entonces que lo habían sido en otros análogos. Ocioso esdecir, pues ciertas cosas se dicen por sí mismas, que el apoderado deMilagros no llevó a Rosalía el 4 ni el 5, ni ningún otro día de Agostolo que aquella le había prometido. De Cándida no debía esperar más quefantasías. ¿A quién volver los ojos? Los de Bringas veían, yera locura pensar en sustraer otra vez cantidad alguna del tesorodoméstico. Hablar a su marido con franqueza y confesarle su fragilidadhabría sido quizás lo mejor; pero también era lo más difícil. ¡Bueno sepondría!... Sería cosa de alquilar balcones para oírle. ¡Desde queBringas se enterase de sus enredos, vendría un período de represiónfuerte que aterraba más a Rosalía que los apuros que pasaba! Su plan eraemanciparse poco a poco; de ningún modo atarse a la autoridad con lazosmás apretados... Se las arreglaría sola, como Dios le diera a entender.Dios no la abandonaría, pues otras veces no la había abandonado.

Desde que pasó el 25, notaba en todo su ser comezón, fiebre, recelo, ysus labios gustaban hiel amarguísima. La idea del compromiso en que seiba a ver no la dejaba libre un momento, y ningún cálculo la llevaba ala probabilidad de una solución conveniente... ¡Si Pez volvierapronto!... ¡Él, que tantas veces le había ofrecido...! Pero acordándosede lo arisca que con él estuvo en la ocasión de marras, recelaba que, alregresar a Madrid, su insigne amigo no se hallara tan dispuesto a lamunificencia...

«¡Oh!, no—decía luego—, le he vuelto loco. Haré de éllo que quiera». Al pensar en esto, recordaba la escena de aquel día,concluyendo por acusarse de excesivamente melindrosa... Si ella nohubiera sido tan... tan... tan tonta, no habría tenidonecesidad de pedir dinero al cafre de Torquemada. ¡Una mujer de sucondición verse en tales agonías...!, ¿y por qué?, por una miserablecantidad... Bien podría tener miles de duros si quisiera. Ocho añosantes el marqués de Fúcar, que con frecuencia la veía en casa deMilagros, le había hecho la corte. ¿Y ella?... un puerco espín. Y no erasólo el marqués de Fúcar su único admirador. Otros muchos, y todosricos, habíanle manifestado con insistente galantería que estabandispuestos a hacer cualquier disparate. Pero ella siempre permanecióinflexible en su esquiva honradez. Ni sospechara nunca que estainflexibilidad, alta y firme como una torre, pudiera algún día sentirsevacilar en sus cimientos, y hubo de parecerle tan extraño lo que a lasazón pensaba, que se creyó muy obra de lo que había sido. «Lanecesidad—se dijo—, es la que hace los caracteres». Ella tiene laculpa de muchas desgracias, y considerando esto, debemos ser indulgentescon las personas que no se portan como Dios manda.

Antes de acusarlas,debemos decir: Toma lo que necesitas; cómprate de comer; tápate esascarnes... ¿Estás bien comida, bien vestida? Pues ahora... vengamoralidad.

Discurriendo así, Rosalía se admiraba a sí misma, quiero decir queadmiraba a la Rosalía de la época anterior a los trampantojos que a lasazón la traían tan desconcertada; y si por una parte no podíaver sin cierto rubor lo cursi que era en dicha época, por otra seenorgullecía de verse tan honrada y tan conforme con su vida miserable.El alcázar de su felicidad ramplona permanecía aún en pie; pero yaestaba hecha y cargada la mina para volarlo. Antes de dar fuego, la queaún era intachable, de hecho, lo contemplaba melancólica para poderrecordarlo bien cuando se sentara sobre sus ruinas.

En las últimas noches de Agosto iba alguna vez al Prado, donde se reuníacon las Cucúrbitas, y aunque horriblemente atormentada por la idea delcompromiso inminente, tomaba parte en las conversaciones ligeras de latertulia. Se formaba un grupo bastante animado, al que concurríanalgunos caballeros. La Bringas pasábales mentalmente revista deinspección, examinando las condiciones pecuniarias de cada uno.«Este—pensaba—, es más pobre que nosotros; todo facha, todoapariencia, y debajo de tanto oropel un triste sueldo de veinte milreales. No sé cómo se las arregla para mantener aquel familión...».«Este no tiene más que trampas y mucho jarabe de pico...». «¡Ah!, estesí que es hombre: le suponen doce mil duros de renta; pero se dice queno le gustan las mujeres...». «¡Oh!, este sí que es enamorado; pero va aque ellas le mantengan... y qué ajadito está...». «Este no tiene sobrequé caerse muerto... es un libertino de mal gusto que no hacecalaveradas más que con las mujeres de mala vida...». «He aquíuno a quien yo debo gustar mucho, según la cara que me pone y las cosasque me dice... pero sé por Torres que Torquemada le prestó dos milreales para llevar a baños a su mujer, que está baldada...¡pobrecita!...». De esta revista resultaba que casi todos eranpobretones más o menos vergonzantes, que escondían su miseria debajo deuna levita comprada con mil ahogos, y los pocos que tenían algún dineroeran de temperamento reposado y frío... Veíase la dama encerrada en undoble círculo infranqueable. Pobretería era el uno, honradez el otro. Silos saltaba, ¿adónde iría a caer?... Observando en la semioscuridad delPrado la procesional marea de paseantes, veía pasar algunas personas,muy contadas, que atraían la atención de su exaltado espíritu. El farolmás próximo les iluminaba lo bastante para reconocerles; después seperdían en la sombra polvorosa. Vio al marqués de Fúcar, que habíavuelto ya de Biarritz, orondo, craso, todo forrado de billetes de Banco;a Onésimo, que solía mirar como suyo el Tesoro público, a Trujillo elbanquero, a Mompous, al agente de Bolsa D. Buenaventura de Lantigua, yotros. De estos poderosos, unos la conocían, otros no; alguno de elloshabíale dirigido tal cual vez miradas que debían de ser amorosas. Otroseran de intachables costumbres dentro y fuera de su casa...

Retirose Rosalía a la suya, con la cabeza llena de todo aquel personalmatritense, y les veía pasar por la región más encendida de su cerebro,yendo y viniendo como en el Prado. Ahora los pobres, luego los ricos,después los honrados... y vuelta a empezar.

Para mayor confusión suya,Bringas parecía que estaba aquellos días más amable, más cariñoso; peroen lo referente a gastos, mostrábase inflexible como nunca:

«Hijita—le dijo al acostarse—. Desde el primero de Setiembre volveré ala oficina.

Es preciso trabajar, y sobre todo economizar. Nos hemosatrasado considerablemente, y hay que recobrar a fuerza de privacionesel terreno perdido. Cuento contigo hoy como he contado siempre; cuentocon tu economía, con tu docilidad y con tu buen sentido. Si hemos desalir adelante, conviene que en un año por lo menos no se gaste ni unreal en pingajos. Veo que con lo que tienes podrás estar elegante porespacio de seis años lo menos. Y si vendieras algo para poder hacerme youn trajecito, bien te lo agradecerían estos pobres huesos... Perdónamesi alguna vez he sido un poco duro contigo y con ciertas mañas quesacabas... Me parecía que te salías algo de nuestro régimen tradicional.Pero teniendo en cuenta tus virtudes, cierro mis ojos a aquelladisparatada ostentación y espero que tú me correspondas, volviendo a tumodestia y no poniéndome en el caso de hacer una justiciada.De este modo nuestros hijos tendrán pan que llevar a la boca y zapatoscon que calzarse, y yo podré esperar tranquilo la vejez».

Estas severas y razonables expresiones por una parte la conmovían, porotra la aterraban. Volver al rancio sistema de un trapito atrás y otrodelante, y a las infinitas metamorfosis del vestido melocotón, érale yaimposible; engañar a aquel infeliz dábale mucha pena. En estaperplejidad entregábase al acaso, a la Providencia, diciendo:

«Dios meayudará. Los acontecimientos me dirán lo que debo hacer».

Si el gran Pez volviera pronto la sacaría de aquel atolladero. Estudiabaella el medio de explotar su liberalidad sin venderse. Consiguiendo estosería la mujer más lista del orbe... Pero faltaba que D. Manuelregresara de aquellos cansados baños. Carolina había dicho que vendría aprincipios de Setiembre, sin fijar fecha. ¡Qué ansiedad! ¡Y

el día 2...!

Lo primero que tenía que hacer la afanada señora era detener el golpedel prestamista, o aplazarlo por unos días al menos, hasta que Pezviniera. A pesar de las consideraciones pesimistas de Torres, ellaesperaba obtener algún éxito presentándose a Torquemada, y el día 31 seaventuró a ir a casa de este, paso desagradable, pero necesario, en cuyobuen resultado fiaba. Vivía el tal en la travesía de Moriana, en uncuarto grande, polvoriento, tenebroso, lleno enteramente de mueblesy cuadrotes de vario gusto y precio, despojos de su enorme clientela.Museo del lujo imposible, del despilfarro, de las glorias de un día,aquella casa era toda lágrimas y tristeza. Rosalía sintió secreto pavoral entrar en ella, y cuando Torquemada se le apareció, saliendo de entreaquellos trastos con un gorro turco y un chaquetón de paño de ala demosca, le entraron ganas de llorar.

XLII