La de Bringas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Animábase mucho, porque cuando se alzaba un poquito la venda,contraviniendo las órdenes del médico, percibía la luz, aunque conimpresión turbada y dolorosa. Como quiera que fuese, tenía elconvencimiento de que el órgano no estaba perdido y de que más tarde otemprano recobraría el uso de aquella función preciosísima. Elcosquilleo le molestaba mucho y también la visión calenturienta demillares de puntos luminosos o de tenues rayos metálicos, movibles,fugaces, imágenes de los malditos y nunca bien execrados pelos queconservaba la enferma retina. Con todo, llevaba mi hombre su malresignadamente, y lo que pedía por Dios era que le sacaran del lecho;pues era para él grandísimo suplicio estar tendido boca arriba, revueltoentre las sábanas ardientes.

Permitiole el médico levantarse de la camaa los tres días, mas con orden terminante de no moverse de un sillón yestarse quieto y mudo, indiferente a todo y sin recibir visitas niocuparse de cosa alguna, siempre vendado rigurosamente. Levantose, y leinstalaron en Gasparini, en cómodo sillón con almohadas. No se permitíaque nadie entrara a darle conversación, ni se le obedecía cuandosuplicaba a Paquito por las noches que le leyese algún diario. Respectoa su apartamiento de los asuntos domésticos, poco pudo lograr Rosalía,pues aunque él se preciaba de dejar al cuidado de ella todas las cosas,no podía contener su anhelo de autoridad, de aquella autoridad tan bienejercida durante largos años; y a cada momento se acordaba del buen usoque había hecho de sus funciones.

—Rosalía...

—¿Qué quieres, hijito?

—¿Qué principio has puesto hoy?

—¿Para qué te ocupas...?

—Me ha olido a estofado de vaca... No me lo niegues... Ahora, más quenunca, hay que apelar a las tortillas de patatas, a las alcachofasrellenas, a la longaniza, y si me apuras, a asadura de carnero, sinolvidar las carrilladas. Si te fías de Cándida y le encargas la compra,pronto nos dejará por puertas. Ya sabes que esa señora derrochó dosfortunas en comistrajos... Di una cosa: ayer pusiste para almorzarmerluza frita.

—Es que creí que el médico te mandaría tomarla. Por eso se trajo.Después resultó que no.

—Oye una cosa... ¿Dónde está ahora Cándida?

—Está en la Furriela. No temas que te oiga.

—¿Por qué no haces, con buen modo, que se vaya a comer a su casa? No megustan convidados perpetuos. Un día, dos, pase...

—Pero hombre... ¡Si supieras cuánto me ha ayudado la pobre...! Mañanaveremos.

No puedo decirle de buenas a primeras que se vaya...

—¿Qué te ha traído Prudencia de la plaza de la Cebada?

—Las tres arrobas de patatas.

—¿A cómo?

—A seis reales.

—Mira, hijita, no olvides de apuntar todo, para que cuando yo estébueno, pueda seguir llevando la cuenta del mes. ¿Has traído aceite?No traigas vino, pues ya sabes que yo no lo gasto por ahora. Elmédico me dice que tome un dedito de Jerez; pero no lo compres. Si doñaTula te manda las dos botellas que te prometió, lo tomaré; si no, no. SiCandidita sigue viniendo por las mañanas y es forzoso darle la jicaritade chocolate... ¿Me podrá oír?

—No, no hay nadie.

—Pues digo que traigas para ella del de a cuatro reales, que sin dudale sabrá a gloria: yo dudo que en su casa cate ella otra cosa que el detres... Estoy pensando en el regalo que tenemos que hacer al médico, yen eso se nos van a ir todos nuestros ahorros. Y gracias que no metraiga acá un oculista, que si lo llega a traer, apaga y vámonos. Diosquerrá no sea preciso... Ayer habló de tomar baños. Tiemblo de pensarlo.Esto de los baños es una monserga que los médicos han inventado ahorapara acabar de exprimir el jugo a los pobres enfermos. En mi tiempo nohabía tales baños, y por eso no había más enfermedades. Al contrario,creo que moría menos gente. Si habla de baños, te lo recomiendo, hija,ponle mala cara, como se la pongo yo.

Lo más singular era que ni en aquel estado mísero hubo de abandonar mibuen Thiers la contabilidad de su casa. Mientras estuvo en el lecho, dioa su mujer las llaves de la gaveta donde tenía el dinero; pero desde quese levantó quiso empuñar de nuevo las riendas del gobierno yejercer aquella soberana función, que es el atributo más claro de laautoridad doméstica. No acobardado por su ceguera y sobreponiendo suactivo espíritu a la dolencia corporal, levantábase de su asiento,acercábase a la mesa, palpaba los muebles para no tropezar, y abría lagaveta para sacar el cajoncito donde estaba el dinero. Había adquiridoya su tacto, en tan corto período educativo, la finura que poseen en elsuyo los privados de la vista, y conocía las monedas sólo con sopesarlasy sobarlas un poco. Con la arqueta sobre las rodillas, iba sacando ycontando hasta poner la regateada cantidad en las manos de su mujer.Esta hacía alguna observación tímida: «Ya ves, hijito, el gasto es mayoren estos días».

—Pues que no lo sea. Arréglate... ¡Ah! Hoy es sábado: los veinticuatroreales del carbonero... En cuanto al maestro de baile, si insiste ensubir más cubas, que yo no pago más que lo de costumbre; lo demás es porsu cuenta. No me pongas más caldo de gallina, a no ser que el cocinerojefe te mande alguna. Suprimido el cuarto de gallina o el medio pollo.Felizmente me he acostumbrado a no ser hombre de melindres. El caldo delcocido con su buen hueso y tuétano vale más que nada.

Rosalía, por no contrariarle, a todo decía amén. Después de sacar eldinero del gasto cuotidiano, quedábase Bringas un rato con la arquetasobre las rodillas; y levantando un falso fondo que elmueblecillo tenía, sacaba una vieja y sobada cartera, entre cuyosdobleces iban apareciendo algunos billetes del Banco. Con exquisitotacto los repasaba, los desdoblaba, los volvía a doblar cuidadosamente,diciendo: «Este es el de quinientos, éstos dos de cuatro mil...etcétera». Conocíalos por el orden en que estaban colocados... Luegoponía todo en su sitio con respetuosa pausa, guardaba el arca, y echandola llave, depositaba esta en el bolsillo izquierdo de su chaleco. Laseñora le guiaba hasta volverle a poner en el sillón. Esto se hacíasiempre a puerta cerrada; pues antes de escudriñar su tesoro mandaba aRosalía que echase el pasador a la puerta para que no entrara nadie.

Una semana trascurrió desde el día de San Antonio, tristísima fecha enla casa, sin que el enfermo adelantara gran cosa. No estaba mejor, bienes verdad que tampoco había empeorado, lo cual al fin y al cabo, siemprees un consuelo. No había duda alguna de que las funciones ópticas seconservaban intactas, es decir, que D. Francisco veía; mas era tanpenosa la impresión de la luz en sus ojos, que si por un instante selevantaba la venda, los crueles dolores y el ardor vivísimo que sentíaobligábanle a ponérsela otra vez. Su mujer le cuidaba con un esmero yatención dignos del mayor elogio. Ella le ponía las compresas debelladona sobre los párpados cuando los dolores eran grandes,y le frotaba las sienes con belladona y láudano. Dábale todas las nochesel calomelano con ligera dosis de opio cuando había insomnio; pero ennada ponía tanto cuidado la solícita esposa como en amonestarle para queno se levantase nunca la venda; pues era el pobre señor tan vivo degenio, que desde que se sentía un poquito mejor ya le faltaba tiempopara echar una miradita al mundo, como decía.

—Por Dios, hombre, no seas así... Mira que te perjudicas. Eres como loschiquillos.

No sé de qué te valen la razón y los años. Te dice el médicoque por nada del mundo te descubras, y tú empeñado en que sí... De esemodo no adelantas nada. Ten paciencia, que día llegará en que te quitesese trapajo negro y puedas mirar directamente al sol.

Pero ahora, poralgún tiempo, cieguecito y nada más que cieguecito. Con que muchaformalidad, que si das en abrir la ventanita, como dices, te amarrarélas manos.

—Es que esta maldita venda—dijo Bringas dando un suspiro—, me agobia,me pesa como si fuera el bastión de una muralla... Es verdad que padezcomucho cuando me hiere la luz; pero también la impaciencia, y sobre todola oscuridad me mortifican horriblemente... Es un consuelo ver de ratoen rato alguna cosilla, aunque sólo sea la cavidad de la habitación, conlos objetos confusos y como borrados; es consuelo verte, y porcierto que si no me engaña esta pícara retina enferma, tienes puesta unabata de seda... La que te dio Agustín ¿no la habías deshecho para cortarun vestido a la niña?

Ainda mais, la que llevas ahora es de un colorasí como grosella...

XXIII

Rosalía oyó esto desde la puerta. Desconcertada al pronto, no tardó enrecobrar su serenidad, y dijo riendo:

—¿Pues no dice que llevo bata de seda?... Sí, para batas de sedaestamos... Ahí tienes lo que te vale asomarte a la ventanita. Todo loves cambiado, todo lo ves equivocado; el tartán se te antoja seda, yeste color pardo sucio te parece grosella...

—Pues yo juraría...

—No jures, hijito, que es pecado... ¡Batas de seda...!, qué másquisiera yo...

Y salió prontamente. En el Camón mudó la bata que tenía puesta por otramuy vieja, que era la que generalmente usaba...

—¿Estás aquí?—preguntó Bringas después de aguardar un rato,durante el cual hubo de dudar si su esposa estaba presente o no.

—Aquí estoy... sí—respondió Rosalía contestando apresurada—. Elpanadero... hoy no he tomado más que tres libras...

—Pues yo juraría... ¿Será que todo lo veo trastornado?

—¿Todavía estás con lo de la bata?...—dijo Rosalía acercándose a él yhaciéndole caricias...

El ciego tocó la tela, estrujándola entre sus dedos.

«Lo que es al tacto, lana es, y muy señora lana».

Y después de otra pausa, durante la cual ella no dijo nada, Bringas,azuzado por su ingénita suspicacia, añadió:

—Como no te la mudaras en el ratito que estuviste fuera... Me parecióhaber sentido ruido y frotamiento de tela...

—¡Jesús!... Oír es. Puede que sí. Está ahí la modista arreglando losvestidos de Milagros...

Paquito, que acababa de entrar de la calle, se sentó junto a su padrepara contarle algunas anécdotas de las que corrían y leerle sueltos deperiódico. Aquella tarde fue Milagros, que también había ido lasanteriores, demostrando por la salud del Sr. D.

Francisco un interésverdaderamente fraternal. Algunos ratitos le acompañaba; pero pronto sedirigían ella y su colega al aposento más lejano, que era la Furriela.

Nunca explicó claramente la marquesa a su amiga cómo había sido aquelfeliz arreglo de la famosa apretura del día 14; pero ello debió de serun préstamo a cortísimo plazo, por lo que se verá más adelante. Locierto es que la cena fue esplendidísima, y un célebre cronista desalones, con aquel estilo eunuco que les es peculiar, la ponderó yensalzó hasta las nubes, usando frases entre españolas y francesas queno repito por temor a que, leyéndolas, sientan mis buenos lectores en suestómago efectos parecidos a los del tártaro emético. Cuando le leyerona don Francisco la relación de la lucida fiesta, el buen señor no cesabade repetir: «¡Quién sería el bobo, quién sería el bobo...!».

Los

primeros

días

después

del

sarao,

Milagros

parecía

muy

satisfecha.Paulatinamente su contento amenguaba, y hacia el 20 podríais notar enella súbitos ataques de tristeza. No pasó el 22 sin que a ratos revelaracon hondos suspiros una aprensión muy grave. Por San Juan ya los ratosde tranquilidad eran los menos, y la marquesa anunció a su amiga,confidencias muy desagradables. Esta se asustaba oyendo tales augurios,y veía venir una nube más negra y tempestuosa que la pasada.

Entretanto, los cariños de Milagros eran tan extremados, que Rosalía no sabíacómo agradecerlos. A menudo hablaban de trajes y modas, aunque la deBringas no tenía gusto para nada, mientras su esposo estuvieseenfermo. Por fortuna, el médico anunciaba una curación pronta, y coneste pronóstico feliz tomaba tales alientos la dama, que su espírituempezó a reservar un hueco no pequeño para todo lo concerniente al ordende la indumentaria elegante. Los regalitos de Milagros en aquellaocasión triste le llegaban al alma. Y cuenta que no eran bicoca estosobsequios.

Una tarde, al despedirse, le dijo: «¿Sabe usted que elsombrero Florián no me va bien?

A usted le caería perfectamente. Se lovoy a mandar».

Y se lo mandó. Otro día hablaron de vestidos, con más calor. «El de pelode cabra, que tengo a medio hacer no me gusta. Se lo enviaré mañana...Como usted ha de ir forzosamente a baños con su marido, puede usarloallá... No, no me lo agradezca usted. Si no me sirve... También letraeré el fichú con cinta de terciopelo verde y un casquete de fieltropara que usted se lo arregle fácilmente. Para baños, delicioso.

Lemandaré igualmente flores, plumas, aigrettes... Tengo seis cajonesllenos de estas cosas... Hoy me llevó la modista la bata grosella...¿Sabe usted que no me va muy bien? Ese color sólo sienta bien a lasgruesas, a las caras frescas... ¿La quiere usted?

Puede hacerle algunasvariaciones, ensancharla un poquito, y le servirá... La tela esriquísima».

He aquí cómo entraron en la casa todas estas ricas prendas.Rosalía, como hemos dicho, no tenía gusto para nada, y las ibaalmacenando en el Camón. Alguna vez, cuando su espíritu estaba sosegado,por las buenas esperanzas que daba el médico, solía encerrarse en lacitada pieza para probarse la bata, el vestido, el sombrero... Sin poderresistir la tentación, dispuso con Emilia varios arreglos, alargandounas cosas, reformando completamente otras. A veces, dejándose llevar desu apasionado afán, salía del Camón y daba dos o tres vueltas por lacasa con todos aquellos arreos sobre su cuerpo. Para esto esperaba a quela criada y los niños estuviesen fuera y D.

Francisco encerrado enGasparini con Paquito. Más de una vez se mostró engalanada a laadmiración de Cándida, solicitando del criterio de esta una aprobación ocensura juiciosas. La viuda siempre se sentía tocada del furor delaplauso, y para que no lo diese con aspavientos ruidosos, Rosalía sellegaba a ella con el dedo en la boca, incitándola a reprimir todamanifestación de pasmo y sorpresa, no fuera que algún sutil oídopercibiese lo que en la Saleta ocurría. Luego tornaba melancólica alrecatado Camón, y allí se despojaba de aquellas galas, diciendo conpena: «No tengo gusto para nada, no está mi espíritu para estas bromas».

El 26 fue cuando la de Tellería, no pudiendo ya contener la ola detristeza que se desbordaba en su afligido pecho, la vertió sobre el desu buena amiga, previo este exordio patético que nos haconservado la historia:

«También le mandaré a usted el vestido de muselina con visos violeta...y todos mis encajes de Valenciennes, punto de Alenzon y guipure. ¿Paraqué quiero nada ya? Las pocas joyas que me quedan tal vez sean algún díapara usted... Yo estoy perdida; no tengo más remedio que esconderme,entrar en un convento, huir, o qué sé yo... Si pudiera entrar en unconvento, sería lo mejor... Y si Dios me quisiera llevar, ¡qué serviciome haría!... Pero no sé lo que me digo... Se pasmará usted de verme tanaturdida, tan trastornada, que no parezco la misma... ¡Cuándo ustedsepa...! Es que llueven sobre mí las calamidades, como si el Señorquisiera probarme. Dicen que así se hacen méritos para la otra vida, ytiene que ser, tiene que ser, porque si no, amiga mía, ¿qué cosa mástriste que penar aquí y penar allá?... Yo nací con mala estrella...Hasta ahora, los conflictos en que me ha puesto mi mariducho han sidotales, que los he ido sorteando con maña... Dios sabe el mérito grande,¿qué digo mérito?, el heroísmo de estos últimos años. ¡Qué sofocacionespara sostener la dignidad de la casa, para que a los hijos no lesfaltase nada!... ¡Y algunos días, qué afán horroroso para que loscriados pudieran decir: «La sopa está en la mesa!...» ¡Cuántahumillación, cuánto padecer, y qué lucha, amiguita, qué lucha conacreedores, con gente ordinaria y con toda clase depedigüeños!... Pero cuando se van acumulando las dificultades, cuando seprolonga mucho el sistema de abrir un hueco para tapar otro y prorrogary aplazar, llega un día en que todo se va de través; es como un barco yamuy viejo y remendado que de repente se abre... ¡plum!... y...».

Al llegar a esto del barco averiado, el lenguaje de la pobre señora, másque lenguaje, era un sollozo continuo. Rosalía, casi tan apenada comoella, la incitó a que explicara el motivo de tanta desdicha, para versi, conocido de una manera clara y concreta, era fácil buscarle remedio.Mas la marquesa no supo o no quiso exponer su conflicto en términoscategóricos. Ello era cosa de reunir para fin de mes una cantidad nopequeña.

Si no la tenía, veríase en el mayor y más grave compromiso desu vida, y quizás, o sin quizás, expuesta al vilipendio de ser llevada alos tribunales de justicia. Pero ¿qué era...? ¿Tal vez que un amigo sehabía comprometido por sacarla del difícil paso y ella había puesto sumalhadada firma...? ¡La muy tonta!, ¿por qué no se cortó la manoantes...? Es verdad que si se hubiera cortado la manecita, no habríatenido cena en la mil veces malhadada noche del 14.

Rosalía, que sabía de lógica más que la marquesa, díjole que por qué noescribía a su administrador de Almendralejo para que le anticipasela renta del trimestre, aunque fuera con descuento. A lo queMilagros contestó entre suspiros que ya esta probable solución se habíatanteado y no podía contar con la renta hasta el 15 de Julio... Eso sí,la renta era segura, y a la persona que le hiciera el anticipo, lepagaría puntualmente en dicha fecha.

—Pero ¿no puede usted aplazar...?

—Imposible, hija, imposible... Tan imposible como que vuelen los bueyeso que mi marido tenga sentido común.

—¿Y su hermana de usted, Tula...?

—Más absurdo aún...

Rosalía alzó los hombros. No veía salvación. Pero Milagros, que iba trasel quid de que su amiga la sacase de aquel profundo atolladero en queestaba, echole los brazos al cuello y con ahogada voz le deletreó en eloído estas palabras, más lacrimosas que el cenotafio en que D. Franciscohabía trabajado con tan mala fortuna: «Usted... usted, amiga del alma,puede salvarme...».

Dicho esto, le entró una congoja y una convulsioncilla de estas que lasmujeres llaman ataque de nervios, por llamarlo de alguna manera, seguidade un espasmo de los que reciben el bonito nombre de síncope.

XXIV

Fue preciso traerle un vasito de agua, desabrocharle el corsé, y no séqué más.

—Pero yo... ¿cómo...?—exclamaba Rosalía, mucho después, espantada—,¿cómo puedo yo...?

—Pidiéndolo a D. Francisco. Le daré interés, el rédito que quiera y unpagaré en toda regla... Traerá la carta de mi administrador para que lavea. Dice que cuente con la renta para el 15. No es mi administradorcomo el de doña Cándida, un vano fantasma, sino un ser de carne y hueso.Bien se conoce eso en que sus anticipos son siempre al veinte porciento.

Rosalía denegaba enérgicamente con la cabeza y con la voz... «Hija mía,usted se hace ilusiones. Mi marido no tiene un cuarto. Y si lo tuviera,no lo daría. Usted no le conoce...».

A esta razón terminante opuso la angustiada señora otras que denotabansu perspicacia y los infinitos recursos de su ingenio. Que D. Franciscotenía era un punto inconcuso, superior a todas las dudas. Sentado esteprincipio, la cuestión quedaba reducida a ver cómo se vaciabael misterioso tesoro en las necesitadas manos de Milagros. Si una esposafiel tomaba a su cargo esta empresa, que no era un arco de iglesia, bienpodía efectuarse la trasferencia sin contar con Bringas para nada. Lafiel esposa no debía tener escrúpulos de conciencia por esta acción untanto incorrecta y temeraria, porque la cantidad sería repuesta antes deque el buen señor se hallara en estado de advertir la falta.

—Pues qué, ¿cree usted que D. Francisco verá antes del día 15 de Julio?

Esta pregunta, hecha por Milagros en el calor de la improvisación,lastimó bastante a Rosalía.

—Yo espero que sí, y si así no fuera, como lo deseo tanto, quierosuponer que no tardará en recobrar la vista.

—Perdóneme usted, amiga querida, si soy poco delicada. A veces digounos disparates... Usted no sabe lo que es una situación como esta enque yo me veo. Vive usted en la gloria y no comprende cómo nosretorcemos y nos achicharramos y aun blasfemamos los condenados en esteinfierno de Madrid... ¡Las cosas que a mí se me ocurren...! En un casocomo este, no se asuste usted y créame lo que le digo... en un caso comoeste, me figuro que sería capaz hasta de apropiarme lo ajeno... seentiende con propósito de devolver. ¡Ay! Cuando entro en mi casa y veoal portero en su cuartito bajo, comiéndose unas sopas de ajocon la portera, ¡me da una envidia...!

Quisiera mandarle a mi principaly quedarme yo en la portería, aunque tuviera que barrer el portal todaslas mañanas, limpiar los metales y lavar la escalera de arriba abajo...Si es lo que digo, me vendría bien encerrarme en un convento y noacordarme más del mundo. Pero mis hijos, mis pobres hijos... ¿Qué seríade ellos entonces?...

Cuando case a María, ¡quién sabe...!, puede ser,puede ser que me decida a buscar descanso en la vida religiosa... Por lomenos, renunciaré al mundo y haré vida recogida en mi propia casa; notendré más vestido que un hábito del Carmen, y aquí paz... Por lasmañanas mi misa, por las tardes visitar a alguna amiga, y por la noche acasa...

Acostarme tempranito, que es lo más saludable y... ¡Ay, qué ricavida!...

Después que volvió a insinuar su pretensión, no obteniendo de Rosalíasino frías negativas, dijo súbitamente:

«A ver cómo nos arreglamos para ir juntas a baños. Yo siento muchoretrasarme, pero antes de principios de Agosto creo que no podrá ser.¿No ha dicho el médico aún qué aguas va a tomar Bringas? Yo iré a dondeusted vaya, pues para mis males lo mismo son unas aguas que obras...Todo está en zarandearse un poco y salir de este horno».

En esto del viajecito a baños era Rosalía más comunicativa que en elanterior tema.

Bien deseaba veranear pero aún no había dicho el médiconada terminante. Bringas no quería ir por no hacer gastos; pero si elmédico se lo mandaba, ¿cómo negarse a ello...?

A la señora misma no lesentaría mal un poco de expansión y movimiento, pues estaba delicadita yalgo desmejorada... De este palique de los baños pasaron a los vestidos,y tras las observaciones vinieron las probaturas... Rosalía se puso elde mozambique, ya casi concluido, y su amiga la felicitó tancalurosamente por el buen aire que con él tenía, que a poco más revientade vanidad la hija de cien Pipaones.

«Si es usted elegantísima... si cuanto usted se pone resultamaravilloso. La verdad, no es porque sea usted mi amiga... A todo elmundo lo digo: si usted quisiera, no tendría rival. ¡Qué cuerpo!, ¡quécaída de hombros! Francamente, usted, siempre que se quiere vestir,oscurece cuanto se le pone al lado».

—Que a Rosalía se le caía la baba con esta adulación, no hay para quédecirlo. Era una estupidez que persona de tal mérito tuviera queesconder su buena ropa, ponérsela a hurtadillas e inventar mil mentiraspara justificar el uso de diversas prendas que parecían ajustadas a suhermoso cuerpo por los mismos ángeles de la moda. Al quitarse aquellasgalas delante de su amiga, pensaba en el tremendo problema deexplicar al marido la adquisición de ellas, cuando no tuviera másremedio que lucirlas ante sus ojos o no lucirlas.

Milagros no se despidió sin repetir con amaneramiento compungido susahogos y el remedio que solicitaba. Por fin, Rosalía confortó suespíritu con un veremos, y el rostro de la Tellería iluminose con unchispazo de alegría.

«Mañana—dijo ya en la puerta—, le mandaré aquella blonda que legustaba a usted tanto... No, no me lo agradezca... Yo soy la que tieneque agradecer, y si usted me saca del pantano... (Estampándole dossonoros y sentimentales besos.) gratitud eterna...

Adiós».

Por aquellos días volvió de Archena D. Manuel Pez, contento de lo bienque le habían sentado las aguas, con buen color, mejor apetito y ánimospara todo. Su primera visita fue para Bringas, de cuya enfermedad habíatenido noticia en los baños, y le animó mucho y se brindó a acompañarlepor mañana, tarde y noche, dedicándole todo el tiempo que sus quehaceresle dejaban libre. Cumplió esto al pie de la letra, y su presencia en lacasa llegó a ser tan reglamentaria, que cuando no iba parecía quefaltaba algo. A ratos entretenía al enfermo con los sucesos políticos,contándole mil chuscadas; pero tenía cuidado de no ponderar los peligrosdel Trono ni el mal curso que tomaban las cosas, pues mi D.Francisco, en cuanto oía hablar de la llamada revolución, se poníatristísimo y daba unos suspiros que partían el alma. Cuando había otrosacompañantes en Gasparini, o cuando se consideraba perjudicial laconversación muy prolongada, Pez se iba a la Saleta o a Embajadores,donde Rosalía, hallándole al paso, cambiaba algunas palabras con él.Notaba la dama en su amigo un mudo y ceremonioso respeto, y lasgalanterías con que la obsequiaba eran siempre caballerescas y de estiloun tanto rebuscado. Ella le correspondía con sentimientos de admiración,de una pureza intachable, porque Pez se agigantaba más cada día a susojos, como tipo del personaje oficial, del alto empleado, fastuoso ycortesano. En la mente de la Pipaón, ningún ideal de hombre podía sercompleto sin estar bañado en la dorada atmósfera de una nómina. Si Pezno hubiera sido empleado, habría perdido mucho a sus ojos, acostumbradosa ver el mundo como si todo él fuera una oficina y no se conocieranotros medios de vivir que los del presupuesto. Luego aquel aireelegante, aquella levita negra cerrada, sin una mota, planchada,estirada, cual si hubiera nacido en la misma piel del sujeto; aquelloscuellos como el ampo de la nieve, altos, tiesos; aquel pantalón queparecía estrenado el mismo día; ¡aquellas manos de mujer cuidadas conesmero...!

XXV

¡Y aquel modo de peinarse tan sencillo y tan señor al mismo tiempo,aquel discreto uso de finos perfumes, aquella olorosa cartera de cuerode Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo lascosas de dos o tres maneras para que fueran mejor comprendidas...! Niuna sola vez, siempre que le decía algo, dejaba de emplear alguna frasede sentido ingenioso y un poco doble. Rosalía no las hubiera oído quizáscon gusto si no le inspirara indulgencia la consideración de que lasmerecía muy bien y de que en cierto modo la sociedad tenía con elladeudas de homenaje, que hasta entonces no le habían sido pagadas enninguna forma. Venía a ser Pez, en buena ley, el desagraviador de ella,el que en nombre de la sociedad le pagaba olvidados tributos.

Como apretaba bastante el calor, principalmente por la tarde, a causa deestar la casa al Poniente, la familia buscaba desahogo en la terraza.Una tarde, con permiso del médico, salió el mismo D.Francisco, apoyado en el brazo de Pez, y dio un par de vueltas; mas nole sentó bien, y se dejaron los paseos hasta que el enfermo se hallaseen mejores condiciones. Pero por verso privado de aquel esparcimiento,no gustaba que los demás se privasen, y con frecuencia instaba a sumujer para que saliese a tomar el aire. «Hijita, no sé qué me da deverte encerrada en esta cazuela. Yo no siento el calor; pero tú que nocesas de andar de aquí para allí, estarás abrasada. Salte a la terraza».Las más de las veces negábase Rosalía. «No estoy yo para paseos...déjame». Pero algunas tardes salía. El señor de Pez la acompañaba. Undía que él salió primero, porque verdaderamente se ahogaba en elcaldeado gabinete, la vio aparecer con su bata grosella, adornada deencajes, abanicándose. Estaba elegantísima, algo estrepitosa, como diríaMilagros; pero muy bien, muy bien. Contar los piropos que le echó Pezsería convertir este libro en un largo madrigal. Sin saber cómo, dejoseir la dama al impulso de una espontaneidad violenta que en su espíritubullía, y contó a su amigo el incidente de la bata, sorprendida por elesposo en un momento en que se alzó la venda... «¡Pobrecito!, no legusta ver en mí cosas que le parecen de un lujo excesivo...

y quizástenga razón...». De aquí pasó la Pipaón a consideraciones generales.Para Bringas no había más que los cuatro trapos de siempre, bien apañaditos, y las metamorfosis de un mismo vestido hasta loinfinito... Por cierto que ella no sabía cómo arreglarse. De una partela solicitaba la obediencia que debía a su marido, de otra el deseo depresentarse decentemente, con dignidad... ¡por decoro de él mismo!

«Sise tratara de mí sola, me importaría poco. Pero es por él, por él...para que no digan por ahí que me visto de tarasca».

Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, yllegó a indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tancontraria a las exigencias sociales... «Ese hombre no conoce que supropia dignidad, que su propio decoro, que su propio interés... ¿Cómo hade hacer carrera un hombre semejante, un hombre que así discurre, unhombre que de este modo procede?...». Rosalía se extendió aún más en elterreno de las confidencias, no callando las agonías que pasaba paraocultar a Bringas las pequeñas compras que se veía obligada a hacer...«A veces, no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo queinventar historias...». Tan caballero era Pez y tan noble, que despuésde compadecer a su amiga con toda el alma, se brindó a prestarle sudesinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de Bringas seveía ella en cualquier situación difícil... «O hay amistad entre losdos, o no la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedaría entre usted yyo... ¡Cómo consentir que usted... con tanto valer, tantomérito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!».

Y siguió tal diluvio de elogios, que Rosalía se abanicaba más paraatenuar el vivísimo calor que a su epidermis salía. Su bonita nariz defacetas se hinchaba, se hinchaba hasta reventar... «Voy a darle elrefresco... son las siete»—dijo de súbito.

También ella debía tomarlo,que bien lo necesitaba.

Con las seguridades que dio el médico al siguiente día, se pusierontodos muy contentos. Oyéronse de nuevo risas en la casa, y el pacientemismo, recobrando sus ánimos, despedía chispas de impaciencia yvivacidad. «La semana que entra—había dicho el doctor—, le quitaremosa usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana no tendrá ustedsino ligeras alteraciones en la visión, y podrá salir a la calle conespejuelos oscuros. Absteniéndose durante el verano de todo trabajo enque se canse la vista, para el otoño volverá usted a su oficina y a lasocupaciones ordinarias, renunciando para siempre a jugar con pelos...Los trabajos mecánicos que afectan al sistema muscular le sentarán bien,como la carpintería, por ejemplo, la tornería, labores campestres...Pero nada de menudencias». Muy mal gesto puso Bringas cuando el médicoagregó a esto la indicación de tomar las aguas de Cestona. Hubo aquellode «patraña; en otros tiempos nadie tomaba baños y moría menosgente» y lo de que «los baños son un pretexto para gastar dinero y lucirlas señoras sus arrumacos...». A lo que el viejo Galeno contestó con unaapología vehemente de la medicación hidropática... «Sea lo que quiera,hijito—declaró Rosalía, con más elocuencia en las ventanillas de lanariz que en los labios—; el médico lo manda y basta... ¿Que espatraña?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo paraque no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... Elclima de las provincias en verano te acabará de reponer. ¡Oh!, lo que espor mí, aquí me quedaría, pues el viajar, más es molestia que otra cosa;pero los niños (Acentuando la afirmación con enfáticos ademanes.) nopueden pasarse un año más sin los baños de mar».

A pesar de que lastimaba su espíritu aquella perspectiva de viaje, conlas molestias consiguientes, el mucho gastar, el pedir billetesgratuitos y demás chinchorrerías, D.

Francisco estaba tan contento quele rebozaba la alegría en los labios, y no podía estar callado ni unminuto. «En cuanto me ponga bien, voy a emprender un trabajo decarpintería. Te voy a hacer un armario para la ropa, tan bueno y tanfamoso, que la gente pedirá papeleta para verlo, como la HistoriaNatural, y Caballerizas. El arrendatario de las cortas de Balsaín me dacuanta madera de pino me haga falta... En los sótanos de estacasa hay un depósito de caobas que se están pudriendo, y Su Majestad mepermitirá sacar una piececita... El contratista del panteón de Infantesdel Escorial me ha ofrecido todo el mármol que quiera. Te haré unarmario de mármol...

digo un panteón para la ropa... no, haré unmagnífico lavabo y una consola... Y a Candidita le voy a hacer tambiénun mueble... De herramientas estoy tal cual... Pero me procuraréotras... o me las prestará el contratista de las obras de La Granja...».Hablando de esto, metió su cucharada la viuda, diciendo al artista queella le podría suministrar para su trabajo los modelos más suntuosos yelegantes. Tenía una consola con incrustaciones que perteneció almismísimo Grimaldi, y un ropero traído de París por la de los Ursinos.En cuanto al taller que D. Francisco necesitaba, fácil le seríaconseguir de Su Majestad que le cediera un local de los muchos queestaban inhabitados y vacíos en el piso tercero. Precisamente junto aloratorio había una gran sala con excelentes luces, en otro tiempopalomar, que ni hecha adrede sería mejor para aquel objeto. Con tantobrío se restregaba las manos Bringas, que poco faltó sin duda para echarchispas de ellas. «Vamos bien, bien. Vea yo, y verán todos mis obras...»era lo que sin cesar decía.

Inútil creo decir que Rosalía estaba también muy alegre. Suquerido esposo recobraría la salud, la vista, que es la mejor parte deella y de la vida, y volvería a desempeñar en aquella casa sus funcionesde soberanía paterna. Mas como ninguna dicha es completa en estedetestable mundo, sino que los sucesos prósperos han de llevar siempreconsigo su proyección triste, como llevan los cuerpos todos su sombra,aquel placer de la Bringas tenía por uno de sus lados una oscuridaddesapacible. Era que por aquella región de su mente se extendía elrecuerdo de los candelabros empeñados y del forzoso compromiso deredimirlos antes que Bringas recobrase la vista y, con ella, el mirarvigilante, la observación entrometida, la curiosidad implacable,policiaca, ratonil. Seguramente, si llegaba el día feliz y loscandelabros no estaban en la consola ni los tornillos en las bonitasorejas de la dama, lo primero que notaría aquel lince sería la falta deestos objetos... ¡Horror daba el pensarlo!... Ved por dónde la propiafelicidad engendraba una punzante pena, de tal suerte que la infelizdama se hallaba en una perplejidad harto dolorosa. La expresabadiciéndose que tal vez se alegraría de no estar tan alegre.

La impaciencia y vivacidad de Bringas se manifestaban en una fiebre deintervención doméstica, en un como delirio de administración, vigilandosin ver y dirigiendo todo lo mismo que si viera. Ni un instante dejabade promulgar disposiciones varias, y él mismo se contestaba alas preguntas que hacía. Su mujer, justo es decirlo, tenía la cabezaloca con tal tarabilla.

XXVI

«Hijita, oye lo que te digo... Si vamos al fin a esos condenados baños,te arreglarás con los vestidos que tienes. Los mudas, los cambias, lequitas a uno una cosa para ponérsela a otro... y como nuevo. Todas diránque te los ha mandado Worth. No creas, así lo hacen hasta lasduquesas... Cuento con que Su Majestad le ponga dos letritas al jefe delmovimiento para que nos dé billetes gratis para todos... Otra cosa: sitú lo tomas a tu cargo y lo sabes hacer, podrás conseguir que la Señoraordene a la Intendencia que se me den dos pagas el mes de Julio... ¿Ypor qué no Julio y Agosto?

Todo será que lo sepas hacer, y que alhablarle de nuestro viaje te aflijas y digas que no podemos por faltade... Ello depende de que la cojas de temple benéfico, y fácil será,porque casi siempre está en ese temple... A tu maña lo dejo... Los niñosno necesitan vestidos... Si acaso algún sombrerito chico... Nohagas nada hasta que yo lo vea. Capaz eres de gastar un sentido yponerlos muy llamativos, con unos canastos en la cabeza que les hagansudar el quilo. Yo me pondré el jipijapa que Agustín se dejó olvidado, ycon mi levisac de lanilla, el que me hice hace seis años, y mi trajemahón que siempre parece nuevo... tan campante. Haré que nos den uncoche reservado para poder llevar comida, cocinilla en que hacerchocolate, un colchón, almohadas, botijo de agua y alguna otra cosaútil... En fin, se realizará el viaje como se pueda».

Continúa la tarabilla: «¿Qué ruido es ese que he sentido? ¿Qué me hanroto? Desde que no veo llevo la cuenta de los platos y copas que hesentido caer, y no bajan de docena y media. Cuando vea, Dios mío, voy aencontrar la casa hecha una lástima. No me digas que no. Me parece queestoy viendo el desorden de todo y mil gastos inútiles.

No me explicoese consumo enorme de petróleo, ahora que no necesito luz. Y

aPrudencia, ¿se le toma bien la cuenta? Apostaría que no. Con aquello deque el amo no ve, todo es barullo. Dices que de limones veinticuatroreales. ¿Pero tú has mandado traer acá toda la huerta de Valencia? Puessi las medicinas nos costaran dinero, tendríamos que pedir limosna. Enfin, póngame yo bueno, y todo irá bien. Me parece que desde que estoyasí no se hacen muchas cosas que tengo ordenadas... Ya; comoel amo no ve... Ni se trae la carne de falda, ni he vuelto a tenernoticia del señor escabeche de rueda, que es un señor plato muyarreglado, ni se me ha dicho si siguen viniendo los mostachones de acuarto para el postre... En la distribución del tiempo no se lo que sehará. Dices que no puedes estar en todo, y yo pregunto que por qué razónno ha de limpiar Paquito los cubiertos cuando viene de la clase. ¿Puesqué? ¿Un señor licenciado desmerece por esto? Pues su padre lo ha hechoy lo hará cuando recobre la vista... También estoy seguro de que nohaces quitar a los niños los zapatos cuando vienen del colegio, yponerse los viejos. En el ruido de las pisadas conozco que andancorreteando con el calzado de salir a la calle. Bien podía habérseteocurrido traerles unas alpargatitas, que para este tiempo son lomejor... Pero yo veré, yo veré, y todo volverá a aquel tole-tole sin elcual no podemos vivir... Y se me figura que Prudencia no lava todo loque debiera. No será por falta de jabón, del cual se ha gastado más dela cuenta en estos días en que me he mudado tan pocas veces, sin haberusado cuellos ni puños... Apostaría a que cuando Candidita ha tomadocafé, no se lo has hecho con el mismo del día anterior, sino que lo hascolado nuevo. Por el tufillo que despide lo he conocido. Bien, bien,fomentar vicios; para eso estamos».

Esta cantinela no sonaba bien en los oídos de Rosalía, y menos entonces.Trataba de volver todas las cosas al estado en que se hallaran antes, yde obedecer puntualmente las prolijas reglas que afluían sin cesar deaquel inagotable manantial de legislación doméstica. Trajo lasalpargatas de los chicos, y Bringas dispuso que no fueran ya a laescuela porque el excesivo calor les era nocivo, y el asueto, sobre seruna economía, era muy higiénico. Ellos lo agradecieron mucho, y todo elsanto día se lo pasaban corriendo y jugando en los corredores conamplios ropones de dril, o bien se iban al piso tercero en busca deotros niños y de Irene. Eran los seres más felices de la casa, casitanto como las palomas que anidan en los huecos de la arquitectura yenvuelven todo el grandioso edificio en una atmósfera de arrullos.

Por aquellos días tuvieron una visita, que a entrambos esposos causóextrañeza y un sentimiento algo distante de la satisfacción. Una personade cuyo nombre no querían acordarse, Refugio Sánchez Emperador,presentose en la casa, cuando menos la esperaban. Venía muy cohibida,por lo cual creyó Rosalía que disimulaba su desparpajo para poderalternar, siquiera un momento, con personas decentes. Bien pronto dijoel motivo de su visita. Su hermana Amparo le había escrito desdeBurdeos... ¡ay!, muy dolorida por la enfermedad de D. Francisco...«Dice que desde que lo supo no piensa en otra cosa». Le encargabaque inmediatamente fuese a visitar a los señores, se enterase de cómoseguía el enfermo, y se lo escribiera a correo vuelto. Quería saber deél dos o tres veces por semana lo menos... D. Agustín también estaba conmucho cuidado y deseando saber noticias...

Bringas se mostró muy agradecido, y tanto encareció su mejoría, queRefugio hubo de creer que sólo por capricho llevaba aquella enormevenda. «Diles que ya estoy bien y que les agradezco mucho suatención...». Rosalía sintió ganas de decir cuatro frescas a la quetenía el atrevimiento de profanar la honrada casa entrando en ella; perola compostura que guardaba D. Francisco y los buenos modos de la chicala contuvieron.

No pudo, sin embargo, guardar las fórmulas sociales conella, y apenas la saludó, sin darle la mano. Mientras la joven hablabacon Bringas, la Pipaón de la Barca entraba y salía como si tal visita noestuviera en la casa. Fijándose en ella al paso, hubo de advertir algoque disminuyó sus antipatías. No fue el comedimiento y gravedad quemostraba; no fueron las cosas razonables y bien medidas que dijo; fue suvestido, que era elegantísimo, de novedad, admirablemente cortado, hechoy adornado. Rosalía la miraba de soslayo y no pudo menos de pasmarse deaquel pelo de cabra de un color tan original y bonito, y delaspecto decentísimo de la joven, bien enguantada y mejor calzada. «Esgraciosilla»—dijo para sí; y se quedó con ganas de preguntarle dóndehabía comprado el pelo de cabra... Quizás Amparito se lo había mandadode Burdeos. ¡Luego llevaba un alfiler de pecho tan chic...! ¡Cómo sele fueron los ojos tras él a Rosalía!».

«¿Y tú qué te haces?»—le preguntó D. Francisco volviendo hacia ella elrostro, cual si la pudiera ver al través de la negra venda.

—¿Yo?...—replicó la Sánchez un poco desconcertada al pronto, perorecobrándose con la mayor viveza—. Pues nada, ahora no trabajo. Estoyun poco delicada; me duele el pecho; a veces me cuesta trabajo respirary paso algunas noches sin dormir. ¿Sabe usted?, desde que me acuesto,parece que se me pone una piedra aquí... Mi hermana me manda lo quenecesito para pasarlo desahogadamente y con descanso. Vivo con unasseñoras muy decentes, que me quieren mucho. Hago una vida muyretirada... Pues como iba diciendo a usted, mi hermana quiere que meocupe en algo. Como no puedo trabajar de aguja ni en máquina, Amparo seempeña en que ponga un establecimiento de modas, y para empezar me hamandado un cajón grandísimo de sombreros, fichús, pamelas, lazos,corbatitas, camisetitas... preciosidades. En Madrid no se han vistonunca cosas de tanta novedad y buen gusto. También he recibidocasquetes de paja y tela, cintas de mil clases, plumas, marabús,egretas, penachos, amazonas, toques, alones, colibrises, esprís, ycuanto Dios crió. Estoy haciendo ensayos a ver que tal me compongo... Yahe buscado algunas parroquianas de la grandeza, y han ido a mi casamuchas señoras... Todas encantadas de lo que tengo. He mandado hacerunas tarjetitas...

Diciéndolo, sacó del bolsillo una para darla a Rosalía, quien con maldesarrugado ceño la tomó, dignándose agraciar a la joven con una sonrisabenévola, la primera que Refugio había visto en aquellos desdeñososlabios. Y mientras la joven calípiga continuaba encareciendo losprimores de aquella industria en que se había metido, la Bringas oíalacon algún interés, perdonando quizás el vilipendio de la persona por laexcelsitud del asunto que trataba. Así como el Espíritu Santo bajando alos labios del pecador arrepentido, puede santificar a este, Refugio, alos ojos de su ilustre pariente, se redimía por la divinidad de sudiscurso.

«¿Con que moditas?—dijo D. Francisco chanceándose—. ¡Bonito negocio!¡Vaya unos micos que te van a dar tus parroquianas! Aquí el lujo está enrazón inversa del dinero con que pagarlo. Mucho ojo, niña... Se mefigura que si tu hermanita no te manda con qué vivir, lo que es con eltrapo nuevo te comerás los codos de hambre...

¿Y vienes asonsacarnos para que seamos tus parroquianos? Chica, por Dios, toca,toca a otra puerta... Tu industria es la ruina de las familias y elnoviciado de San Bernardino. Pero te deseo buena suerte, y te recomiendoque no tengas entrañas, si quieres defenderte de la miseria. ¡Duro enellas! Por lo que vale doce, cobra cuarenta, y así con el exceso de lasque paguen cubres la falta de las que no te den un cuarto...

¡Ay quégracia!...».

Un buen rato le duró la risa, de la que participaron todos lospresentes, incluso la señora, quien tuvo la increíble bondad deacompañar a Refugio hasta la puerta, y obsequiarla con algunas frasesamables.

XXVII

«¿No le preguntaste si se han casado?»—dijo Rosalía a su esposo, cuandovolvió apresuradamente al lado de él.

—Tuve la palabra en la boca más de una vez para preguntárselo; pero nome atreví, por temor a que me dijese que no, y tomase yo un berrinchín.

—He tenido que contenerme, para no ponerla en la calle—declaró la damahaciendo todo lo necesario para mostrarse poseída de un furor sacro,hijo legítimo del sentimiento de la dignidad—. Es osadía metérsenosaquí y venir con recados estúpidos de la buena pieza de su hermanita...otra que tal. ¡Ni qué nos importa que Amparo se interese o no pornosotros!... Pues los sentimientos de Agustín también me hacen gracia...Una gente para quien el catecismo es como los pliegos de aleluyas... Yoestaba volada oyéndola. No sé cómo tú tenías paciencia para aguantar talretahíla de mentiras y sandeces... Y ahora se sale con vendernovedades... ¡qué porquerías serán esas! Te aseguro que me daba unasco...

La entrada del Sr. de Pez cortó la serie de observaciones que sin dudahabían de ilustrar el asunto. Poco después, Bringas, que no se cansabanunca de dar órdenes, dispuso que de allí en adelante se comiese a launa o una y media, a usanza española, cenando a las nueve de la noche.Esto no sólo era más cómodo en la estación calorosa, sino más económico,porque se gastaba menos carbón. La cena debía de ser de cosa ligera.Recomendó mi hombre las lentejas, menestras de acelgas y guisantes,aunque fueran de caldo negro, las sopas de ajo, y abstinencia de carnepor las noches. Este plan no tenía más inconveniente que la necesidad deañadir a los estómagos, de tarde, el peso de un chocolatito,cuya carga, por la circunstancia de haberse pegado doña Cándida a lafamilia como una lapa, se hacía punto menos que insoportable. Verdad esque Dios iba siempre en ayuda de Thiers, porque doña Tula, que en veranoadoptaba el mismo sistema de comidas, hacía todas las tardes unchocolate riquísimo y casi siempre mandaba al enfermo una jícara, biencustodiada de mojicón y bizcochos.

«Esta doña Tula—decía Bringas cuando sentía entrar a la criada de suvecina—, es una persona muy atenta...».

Rosalía pasaba a la vivienda de Doña Tula, y rara vez faltaba Pez alchocolate de las seis y media.. Allí se encontraban otras personas muycalificadas de la ciudad, como la hermana del intendente, un señorcapellán a veces, el oficial segundo de la mayordomía, el inspectorgeneral, el médico y otros. Milagros no ponía nunca los pies en la casade su hermana, pues hacía algún tiempo que no se trataban. Hablando dela marquesa, solía doña Tula designarla con alguna reticencia; pero sinpasar de aquí.

María estaba casi siempre, y todos se encantaban conella, mimándola. La de Bringas hacía allí público alarde de su vestido mozambique y Cándida lucía el suyo de gro negro, único que conservabaen buen estado. Ocioso será decir que hallándose presente el Sr. de Pez,ningún otro mortal podía atreverse a levantar el gallo en unaconversación de política o sobre cualquier asunto de sustancia. Por miparte confieso que el modo de hablar de aquel señor tan guapín y depalabras tan bien medidas, ejercía no sé qué acción narcótica sobre misnervios. Lo mismo era ponerse él a explicar el por qué de suconsecuencia con el partido moderado, ya me parecía que un dulce beleñose derramaba en mi cerebro, y el sillón de doña Tula, acariciándome ensus calientes brazos, me convidaba a dormir la siesta. La cortesía, noobstante, obligábame a luchar con el maldito sueño, de lo que resultabaun estado semejante al que los médicos llaman coma vigil, un ver sinver, transición de imagen a fantasma, un oír sin oír, mezcla de son yzumbido. La pintoresca habitación, que a causa del calor estaba mediocerrada y en la sombra; la luz que entraba filtrada por la tela de lostrasparentes, iluminando con tropical coloración las enormes flores deestos; el tono bajo de tapiz descolorido que tenían todas los cosas enaquella soñolienta cavidad; los ligeros carraspeos de doña Cándida y susbostezos, discretamente tapados con la palma de la mano; la hermosura deMaría Sudre que no parecía cosa de este mundo; el mozambique deRosalía con pintitas que mareaban la vista, y finalmente el lentoarrullo de las mecedoras y el chis chas de los abanicos de cinco oseis damas, eran otros tantos agentes letárgicos en micerebro. Como brillaban las lentejuelas de algunos abanicos, asírelucían los conceptos uno tras otro... El verano se anticipaba aquelaño y sería muy cruel... Los generales habían llegado a Canarias... Primestaba en Vichy...

La Reina iría a la Granja y después a Lequeitio... Seempezaban a llevar las colas algo recogidas, y para baños las colasestaban ya proscritas... González Bravo estaba malo del estómago...Cabrera había ido a ver al Niño terso...

Últimamente se destacaba la voz de Pez, de un tono íntimamenterelacionado con su áureo bigote, que por la igualdad de los pelosparecía artificial, y el efecto narcótico crecía... El tal no podía versin amarga tristeza la situación a que habían llegado las cosas porculpa de unos y otros... La revolución con su todo o nada y losmoderados con su non possumus ponían al país al borde de la pendiente,al borde del abismo, al borde del precipicio. Estaba el buen señordesilusionado, y no creía que hubiera ya remedio para el mal. Este eraun país de perdición, un país de aventuras, un país dividido entre laconspiración y la resistencia. Así no podía haber progreso ni adelanto,ni mejoras, ni tampoco administración. Él lo estaba diciendo siempre:«más administración, más administración»; pero era predicar en desierto.Todos los servicios públicos estaban en mantillas. Tenía Pez un idealque acariciaba su mente organizadora, ¿pero cómo realizarlo?Su ideal era montar un sistema administrativo perfecto, con ochenta onoventa Direcciones generales. Que no hubiera manifestación alguna de lavida nacional que se escapara a la tutela sabia del Estado. Así andaríatodo bien. El país no pensaba, el país no obraba, el país era idiota.Era preciso, pues, que el Estado pensase y obrase por él, porque sólo elEstado era inteligente. Como esto no podía realizarse, Pez se recogía ensu espíritu siempre triste, y afectaba aquella soberana indiferencia detodas las cosas. Considerábase superior a sus contemporáneos, al menosveía más, columbraba otra cosa mejor, y como no lograba llevarla

a

larealidad,

de

aquí

su

flemática