La de Bringas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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«Es una maravilla... ¡Qué manos!, ¡qué paciencia! Esta obra debiera ir aun Museo».

Y para sí, mascando más fuerte y metiendo más la mano en el bolsillo:

«Vaya una mamarrachada... Es como salida de esa cabeza de corcho. Sólotú, grandísimo tonto, haces tales esperpentos, y sólo a mi mujer legustan... Sois el uno para el otro».

Retirose aquel día del trabajo D. Francisco más fatigado que nunca. Veíalos objetos dobles y tenía la cabeza tan mareada como si estuviese abordo de un buque. Pero él confiaba en que tal desazón sería pasajera, yse felicitaba del adelanto y bonito efecto de la obra. El ángel estabacompletamente modelado ya con aquellos increíbles puntos de pelo. Elsauce protegía con sus llorosas ramas la tumba, y era lástima que nohubiese cabellos verdes, pues si tal existiera la ilusión seríacompleta. Al fondo nada le faltaba ya; era un modelo de perspectivamelancólica, hasta tal punto, que sólo quien tuviese corazón de peñapodía verlo sin sentir gana de hacer pucheros. Faltaban aún las floresdel piso y todo el primer término, donde Bringas discurrió aúltima hora poner unas columnas rotas y caídas, así como de templo enruinas, con lo cual la idea de la desolación era representada del modomás perfecto.

A principios de Junio vimos parte de este trabajo concluido; pero aúnrestaban varias cosillas, girasoles chiquitos, pensamientos grandes,amén de unas cuantas mariposas sentimentales de negras alas, posadasaquí y allí, libando el dulce macassar en los cálices de aquella florapiliforme. Por los mismos días ocurrieron sucesos a los cuales el dignoartista era completamente extraño; mas por este motivo mismo no debenser aquí olvidados. Y fue que cuando se aproximaba el día señalado paradevolver a Torres su dinero, estaba Rosalía tan cabizbaja, que se podríacreer, viéndola, que le habían robado algo o inferido alguna descomunalofensa. Cálculos y más cálculos hizo, desbaratándose el seso, sin llegara la solución del temido problema, y los números negábanse acomplacerla, dándole la cifra que necesitaba...

¡Qué idea! ¿Acudiría alSr. de Pez? ¡Oh!, si llamara a esta puerta seguramente sería oída, perono se atrevía. Además, D. Manuel se marchaba a la sazón para los bañosde Archena, (pues sin un par de carenas anuales era hombre perdido), yno volvería hasta el 20. El 12 se presentó Torres con sus ojos de huevosduros impregnados de una dulzura atónita. Era la imagen de laamabilidad, en el supuesto de que le están dando garrote. Su sonreírempalagoso hizo a Rosalía el efecto de un fluido miasmático que sefiltraba en ella y la ponía enferma. ¡Y cuán impertinente su narizchica, y cuán cargante la maña de resobarse la barba, como si quisieraextraer de ella alguna sustancia! Aquel hombre guapín, que siempre fue aRosalía indiferente, pareciole entonces un bonito verdugo que se lepresentaba con la cuerda y la hopa.

XVIII

¡Y que no venía poco apremiante el tal!... ¡Vaya un apunte! Para el día14 sin falta necesitaba eso. Pero sin que pudiera retrasarse ni undía, ni una hora, porque su honor estaba comprometido en casa deMompous, y en caso de que Rosalía no pudiera cumplir, se vería precisadoa pedir el dinero a D. Francisco.

«Por Dios... no diga usted tal disparate. ¡Jesús!... Usted se ha vueltoloco-tartamudeó la de Bringas con temblor y sobresalto».

Volvió a echar sus cuentas por centésima vez. Ni aun vendiendo cosas queno deseaba vender, podría reunir la suma. La prendera le había traídoalgunas cantidades; pero parte de ellas las había gastado mi buenaseñora en comprar cuatro fruslerías para componer a sus niños. ¡SiMilagros le hubiera devuelto aquellos seiscientos reales que le anticipópara pagar al joyero...! Pues sí, era preciso que se los devolviera. Selos pediría terminantemente. Si por arte del Demonio, o más bien pormilagro de Su Divina Majestad, tuviera Cándida algún dinero...! Cándidale debía cinco duros que Rosalía le prestó para dar la vuelta de unbillete de cien escudos. También aquellos extraviados reales debíanvolver al redil. Haciendo propósitos de energía, fue a ver a lamarquesa. ¡Casualidad funesta! La marquesa estaba en una funciónreligiosa, que costeaba con otras señoras. Era una Novena dedicada a nosé qué santo titular, con Manifiesto, Estación, Rosario, Sermón, Novena,Gozos del Santo, Santo Dios y Reserva. Acudió allá Rosalía, deseosa dever a su amiga aquella misma tarde. La calle estaba llena de cocheselegantes. En la iglesia, hecha un ascua de oro, con cortinas deterciopelo del barato, cenefas de papel dorado, candilejas mil, enormesramilletes de trapo y unos pabellones que parecían de teatro de tercerorden, había tal concurrencia, que era muy difícil penetrar enella. Rosalía logró abrirse camino por entre el elegante gentío; pero nopudo llegar hasta donde estaba la marquesa, que se había encaramado enel presbiterio, cerca de los curas. Pasó tiempo, mucho tiempo, duranteel cual Rosalía oyó medio sermón patético, aflautado, un guisote delugares comunes con salsa de gestos de teatro; oyó cantorrios más omenos gangosos, y por último se hizo tan tarde, pero tan tarde, quedesesperando ver el fin de la dilatada función, tuvo que marcharse sinhablar con Milagros. La pobre señora era una mártir de los insufriblesmétodos de su marido, y no podía retrasar su vuelta a la casa, porque sila comida no estaba puesta en la mesa a la hora precisa, D. Franciscobufaba y decía cosas muy desagradables, como por ejemplo: «Hijita, metienes muerto de debilidad.

Otra vez avisa, y comeremos solos».

La noche la pasó muy intranquila, y al día siguiente, 13 de Junio, a esode las doce, cuando se disponía a visitar a su amiga, he aquí que sepresenta esta, sobresaltada, manifestando en la expresión de su rostroque algo extraordinario le ocurría; y lo declaraban así, no sólo eldescuido plástico del mismo, sino la turbación de la voz y otrossíntomas espasmódicos. Rosalía participó de aquel sobresalto cuando leoyó decir:

«¡Ay!, ¡amiga de mi alma, en qué conflicto me veo! Si usted no me sacaen bien...».

—¿Yo?—dijo la Bringas apartándose, pues comprendió que se trataba deun problema monetario como el suyo—. Precisamente viene usted a buenahora... Si usted supiera... Allá iba yo.

—¿A casa?... Le diré a usted lo que sucede para que me tenga lástima,mucha lástima. Mañana tengo baile y cena, una solemnidad de familia,absolutamente indispensable. Ya he repartido las invitaciones... ¡veráusted qué chasco! Hija, deme usted por Dios un vaso de agua, porque nopuedo hablar. Tengo algo aquí que me corta la respiración... (Después detragar algunos buches de agua.) Para evitarme quebraderos de cabeza,encargo la cena a Bonelli. Ayer le mando llamar. Creo arreglarlofácilmente; pero el tal, con todo su descaro, me exige que le he depagar las tres cenas que se le deben. Yo bien quisiera; figúrese ustedsi me gustará deber... ¡Ay!, créalo usted, mi mariducho tiene la culpade que vivamos de esta manera... Pero vamos a lo que decía. ¿Qué estabayo diciendo? No sabe usted cómo está mi cabeza.

¡Ah! En vista de laexigencia de Bonelli, mando llamar esta mañana a Trouchín, el de lacalle del Arenal, que nunca me ha servido nada; le propongo servirme lacena de mañana, la ajusto, nos convenimos; pero el condenado ¿creeráusted?, con muchas cortesías y mucha labia me dice que si no le pagoanticipadamente no hay cena... Esto ya es un insulto. Jamás meha pasado cosa igual... Le diré a usted. Es que los reposteros todos sonunos. Sin duda Bonelli fue a prevenir a Trouchín y a llevarle el cuentode que yo le debía tres cenas. Es una conspiración contra mí, uncomplot... Si bien se mira, no les falta razón, querida; ¿pero yo quéculpa tengo? ¡Ese hombre incapaz, mi maridillo...! Cuanto se diga de éles poco. Es propiamente incalumniable...

He tenido que pagarle ayer unacuenta de su sastre, que se había colgado de la campanilla de la puertade casa... Con que ya ve usted mi situación; aconséjeme, indíquemealguna salida.

Rosalía, con humildes razones, se declaró incapaz de brujulear a suamiga por aquel laberinto, mayormente cuando ella estaba en un aprietosemejante, y contaba con recobrar aquel día los... aquellos seiscientosreales...

«¡Oh!, sí; me acuerdo perfectamente... Anteayer me los eché en elportamonedas para traérselos a usted... dispénseme... pero antes desalir de casa, se presentó el cobrador de la Congregación con el recibode mi cuota para la función de ayer y... hija de mi alma, no tuve másremedio que aflojar... Por cierto que ayer la vi a usted en la iglesia,y sentí que no estuviera a mi lado para hacerle observar algunas cosas.La función bonitísima; pero ¿no vio usted cuánto mamarracho? La deCucúrbitas se fue a la iglesia con aquel estrepitoso vestido color detabaco que parece un hábito de la orden de Estancadas. Eluniforme de la casa. La de San Salomó estaba también muy estrepitosa. Nohe visto en mi vida mayor pouff, y aunque dicen que la tendencia de lamoda es aumentarlo, creo que la iglesia pide moderación en esto. Nadaquiero decir del bullonado tan estupendo que llevaba... ¿pues y lacola?... En cuanto a mí... ¿usted me miró bien? No se podía pedir mássencillez... Pero vuelvo a mi pleito, querida mía.

¿No me aconseja ustedalgo? Discurra por mí; pues yo me he vuelto como tonta. Si de aquí amañana no resuelvo la cuestión, estoy perdida... Crea usted que es parasuicidarse».

Por curiosidad preguntó Rosalía a su amiga lo que necesitaba, y oyéndoledecir que unos nueve o más bien diez mil reales, puso una cara de malhumor que aumentó la tribulación de la ya tan atribulada Milagros.

«¡Ay!, qué pocos alientos me da usted... Y para colmo de desdicha, ayertarde me hizo Eponina un escándalo. Si lo que a mí me pasa no le pasa anadie... Me ha puesto unas cuentas... de lo más estrepitoso... Por unahechura ¡dos mil reales!, por avíos de aquella bata, sólo por avíos,¡mil quinientos!... Es para matarla...».

«¡Diez mil reales!—murmuró Rosalía mirando al suelo y contando lassílabas como si fueran monedas—. Con la quinta parte tendría yobastante».

—Diga usted; D. Francisco...—indicó Milagros con animación, dando aentender que el bendito Bringas debía de tener ahorros.

—¡Cállese usted por Dios! Si mi marido supiera...—replicó la otraaterrorizada—.

Estas cosas le sacan de quicio.

—¿Y Cándida?...

—¡Ave María Purísima!

—Podía darse el caso... Olvidé decirle a usted que, empeñando tres ocuatro cosillas, podré reunir cuatro mil reales. Sólo necesito seis.

—Imposible de toda imposibilidad.

—Ese Torres...—murmuró Milagros con la boca tan seca, que la lengua sele pegaba al paladar.

—¡Jesús! ¡Torres!... ¡qué disparate!...—exclamó Rosalía viendo alzarseante ella, como una aparición fantástica, la imagen de su acreedor—. Nosé si he dicho a usted que mañana antes de las doce... ¡Ay!, fue unalocura la compra de aquella manteleta.

Ya ve usted... ¿qué necesidadtenía yo de estos ahogos?

—Es una bicoca, hija—manifestó la marquesa con aquel tono y aire desuperioridad indulgente que sabía tomar cuando le convenía—. Si salgode mi conflicto, esa futesa por que usted se apura tanto, corre de micuenta. (Acercándose más a su amiga y oprimiéndole el brazo.) DonFrancisco debe de tener mucho parné guardado, dinero improductivo,onza sobre onza, a estilo de paleto. ¡Qué atraso tan grande!Así está el país como está, porque el capital no circula, porque todo elmetálico está en las arcas, sin beneficio para nadie, ni para el que loposee. D. Francisco es de los que piensan que el dinero debe criartelarañas. En esto su apreciable marido de usted es como los lugareñosricos. ¿Por qué no le propone usted una cosa? Que me preste lo quenecesito... se entiende, con el interés debido, y mediante unaobligación formal.

¡Yo no quiero...!

—Dudo yo que Bringas...

(Con calor.) Pues hija, alguna influencia ha de tener usted sobreél... Pues no faltaba más. ¿Es usted tonta? Con decirle: «hombre, poramor de Dios, ese dinero no nos produce nada». Y duro, duro, para queaprenda. ¿O es que no tenemos carácter...?

Yo creí que él le consultabaa usted todo, y se dejaba dominar por quien le gana en inteligencia ygobierno... A ver, decídase a proponérselo. Lo dicho dicho: en caso deque nos arreglemos, el piquillo de usted corre de mi cuenta. (Riendo.) Lo consideraremos como corretaje.

—Dudo yo que mi marido... ¡Quia, imposible..!

Pero, aun creyendo imposible lo que se le había ocurrido a su ingeniosaamiga, Rosalía meditaba sobre ello. La misma dificultad insuperable delasunto atraía su espíritu, como los grandes problemas embelesan yfascinan los entendimientos superiores. Durante un rato no seoyó en Gasparini más ruido que los suspiros de la Pipaón y algunastosecillas de la marquesa, que no tenía sus bronquios en el mejorestado. Como las dos amigas estaban solas en la casa, pues Bringas nohabía vuelto de la oficina, ni del colegio los niños, podían hablar contoda libertad de sus cuitas sin hacer misterio de ellas. Volvió la deTellería a explanar su proposición, robusteciéndola con razones de granpeso (¡oh!, ¡el dinero de manos muertas es la causa del atraso de lanación!) y con zalamerías muy cucas; mas la Bringas persistía enconsiderar la propuesta como una de las cuestiones más arduas yescabrosas que podían ofrecerse a la voluntad humana. Acometerla sóloera como encaramarse a las cimas del heroísmo. En el propio estadoseguían las dos cuando se les apareció Cándida, muy risueña y oronda.Venía de ver a Su Majestad y a doña Tula, y después había estado en lascocinas, donde el cocinero jefe se empeñó en hacerle aceptar tres entrecotes y un par de perdices. «Cosas de Galland...». Era un hombreque no se cansaba de obsequiarla, y por no desairarle, ella había dicho:«Pues que me lo suban a casa».

«Luego le mandaré a usted una perdiz y dos entrecotes—dijo a Rosalíaazotándola con su abanico—. No, no me lo agradezca... Si yo no lo he deprobar. A mí me sobra carne... Ayer he repartido entre losvecinos un solomillo magnífico que mandé traer de la plaza del Carmen,esperando tener convidados... ¡Si viera usted aquella pobre gente quéagradecida...! Mi casa es la Beneficencia. El día que yo me mude deaquel cuarto han de correr por allí muchas lágrimas».

XIX

Y luego, llevando sus ideas a un terreno muy distinto del de la caridad,aunque también muy interesante, se dejó decir lo que a la letra secopia:

«¿Me podrán decir ustedes dónde y cómo y de qué manera podría yo colocarun poco de dinero, una cantidad que me sobra?... Que sea cosa segura ycon un producto moderado...».

El efecto que estas cláusulas hicieron en las dos amigas no fue tangrande como debía esperarse. En la cara de Rosalía se pintaba unaincredulidad indiferente, que poco después se resolvió en alarma,recordando que el préstamo de cinco duros solicitado un mes antes porCándida, había tenido un preámbulo parecido al que acababa deoír. Milagros, sin tener confianza en lo que la García Grande decía,sospechaba que hubiese algo de verdad en ello, o lo que es lo mismo, seamparaba a lo absurdo como el desesperado que se agarra al clavoardiendo.

«Pero diga usted, Cándida... ¿Ese dinero lo tiene usted?».

—Hija mía, no sea usted material... No lo tengo precisamente en elbolsillo, pero como si lo tuviera... Un día de estos me lo ha de traerMuñoz y Sones...

(Con desaliento.) Un día de estos... ya.

—Y acostumbro pensar las cosas con tiempo... Francamente, no me gustatener gruesas sumas en casa, porque aun en esta vecindad palaciega haymala gente...

Sin dar importancia a los proyectos rentísticos de Cándida, Milagrosobservaba el vestido. Por aquella época, la ilustre viuda empezaba adeclinar ostensiblemente en su porte y en la limpieza y compostura de suvestimenta, si bien no había llegado, ni con mucho, al lastimoso extremode abandono en que la hemos conocido más tarde.

Los niños entraron del colegio, y Rosalía fue a darles la merienda.

«¡Qué mona está Isabelita!»—dijo Cándida a Milagros; y a poco dedecirlo, se dirigió hacia Columnas, dejando sola con su acerba penaa mi señora la marquesa. Esta oyó el gorjear de los pequeños, lavoz de la mamá riñéndoles por su impaciencia y el chasquido de los besosque Cándida les daba. Al poco rato apareció Rosalía en Gasparini, yMilagros la vio ceñuda y risueña a un tiempo mismo, como cuando nopodemos sustraernos a los efectos de uno de esos lances cómicos quesuelen ocurrir en las ocasiones más tristes.

«Vea usted qué gracia—dijo Rosalía al oído de su amiga—. Me ha dichoen el comedor, con mucho secreto, que le haga el favor de adelantarleotros cinco duros».

Milagros se sonrió, como un enfermo que hace esfuerzos por distraerse.Pronto volvió a caer en aquella honda tristeza que la aplanaba como unafiebre consuntiva.

Por su mente pasaba el terrible lance de la nochepróxima, los convidados que llegaban, los salones llenándose, ellavestida con su gran falda de raso rosa, de enorme pouff y larguísimacola, afectando alegría, y el problema de la cena sin resolver aún.Porque en tal noche no podía salir del paso con cuatro frioleras...

¡Québochorno!... Rosalía vio los ojos de su amiga humedecidos por laslágrimas, y quiso consolarla.

«Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...»—fue lo único que sele ocurrió.

D. Francisco entró al poco rato, menos vivaracho y humorístico de lo quesolía.

Milagros le saludó de la manera más afectuosa,quejándose luego de su desgraciada suerte y de lo inexorable que Diosera con ella, no dándole más que penas sobre penas.

Bringas laconfortaba con razones cristianas, aunque le tenía cierta ojeriza, yainveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua quecreyera merecer cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casihabía llegado mi amigo al perdón de la ofensa, aunque sin olvidarla; ysi se ha de decir verdad, no le agradaban mucho las intimidades de sumujer con aquella señora, aun considerándolas puramente circunscritas alo concerniente al ramo de vestidos.

«¿No tendré el gusto de verle a usted mañana en mi casa?»—dijo lamarquesa.

D. Francisco se excusó con galantería, aprestándose a poner las manos ensu magna obra. Empezaba a notar que le eran perjudiciales las salidas denoche... Su cabeza no estaba buena. Él lo atribuía a los nervios, yquizás fuese efecto del tiempo, del nublado, pues parecía como siquisiera desgajarse el cielo en agua, y nunca acababa de romper. Aquellamañana se había sentido muy mal en la oficina... El jefe opinaba quetodo era cosa del estómago, recomendándole una pildorita de acíbar encada comida. Pero él era tan poco amigo de las botiquerías, que no sedeterminaba a tomar nada... Por esta desazón se privaba de asistir a la soirée de Milagros, y se contentaría con leer la relaciónque trajeran los periódicos.

«Todavía, todavía—dijo la cuitada con lúgubre tristeza—, no sé, nosé... Quizás no haya nada... Me pasan cosas horrorosas... No me pregunteusted. Eso se queda para mí, para mí sola. Permítame usted que no digauna palabra más. Mi buen maridito es una alhaja... pero no mecorresponde a mí contar sus proezas... Demasiado públicas son pordesgracia... No se ría usted de mí si me ve llorar. Ciertas cosas...».

Bringas no sabía qué decirle. Despidiose ella con un fuerte apretón demanos, y un afectuoso Hasta mañana.

En la sala y en el pasillo las dos amigas se secretearon un ratito.

«He preparado el terreno—dijo Milagros con agonía—. Ahora aventúreseusted...

sin miedo. De seguro...».

—¡Ay!, hija mía, usted delira, usted sueña despierta. Sí sabré yo...

—Entonces... quiere decir que no hay solución para mí—murmuró laafligida señora abrazando a su amiga, y apretándose contra ella.

Rosalía, conmovidísima, no le dijo nada.

«Al menos—tartamudeó la marquesa—, cuéntele usted lo que me pasa...Puede ser que Dios le toque al corazón».

—Se lo contaré en cuanto se vaya Cándida. ¡Pero si viera usted quépocas esperanzas tengo!... Mejor dicho, no tongo ninguna... ¡Yyo!, ¿y yo, que me veo en un conflicto igual? ¿Qué inventaré yo de aquía mañana?... Y ahora que me ocurre, ¿por qué no acude usted a suhermana?

—Por Dios, hija, no sé cómo dice usted eso. ¡Mi hermana!... ¡Me hasalvado ya tantas veces! ¡He abusado tanto! No puede ser. No noshablamos ahora. Hace días tuvimos una cuestión. En fin, antes que acudira mi hermana, iré a Su Majestad, me echaré a sus pies...

—Sí, sí, seguramente... es lo mejor.

—No, no, no... Creo que de aquí a mañana me moriré de dolor. ¿Estáabierta la capilla? Voy a rezar un rato, a ver si el Señor me ilumina...Adiós, adiós... Volveré mañana, a ver, a ver si hay alguna esperanza.

El abatido rostro de Rosalía revelaba bien que tal esperanza no era másque un sueño de aquella mente arbitrista. Deba hacerse constar que lapena de nuestra muy alta señora de Bringas era motivada por sus propiasdificultades, no por las de su apreciable amiga. Confiaba tanto en lasperegrinas dotes de Milagros, que decía para sí: «No sé cómo será, peroella saldrá del paso». Cuando la marquesa le dio el último apretón demanos, Rosalía le dijo:

«Ya me contará usted mañana cómo lo ha arreglado».

Y cuando fue hacia el nicho de Bringas para contarle el caso,él le tomó la delantera con estas acerbas palabras:

«¿Qué enredos trae ahora la Tellería? Lo de siempre, apuritos. Ya no hayincautos que fíen a esa gente el valor de dos reales. La casta de bobosse va acabando a fuerza de recibir chascos».

La boca de Rosalía tenía un sello. No osaba pronunciar una sola palabra.Clavados en su mente, como un Inri, tenía la imagen de Torres y losfunestos guarismos de la suma que era indispensable pagarle. Confesar asu marido el aprieto en que se veía era declarar una serie de atentadosclandestinos contra la economía doméstica, que era la segunda religiónde Bringas. Pero si Dios no le deparaba una solución, érale forzosoapechugar con aquel doloroso remedio de confesarse y con susconsecuencias, que debían de ser muy malas. No, Cristo Padre; erapreciso inventar algo, buscar, revolver medio mundo, ahondar en lasentrañas oscurísimas del problema para dar con la clave de él. Antes quevender al economista el secreto de sus compras, que eran tal vez elprincipal hechizo de su vida sosa y rutinaria, optaba por hacer elsacrificio de sus galas, por arrancarse aquellos pedazos de su corazónque se manifestaban en el mundo real en forma de telas, encajes ycintas, y arrojarlos a la voracidad de la prendera para que se losvendiese por poco más de nada. Heroísmo hacía falta, no lágrimas.

Pensando en esto, retirose al Camón para pensar mejor, pues allí teníansiempre sus ideas más claridad. Cándida, después de enredar un rato conlos niños, fue a dar conversación a Bringas. Rosalía la oía desde sutaller, sin distinguir más palabras que administrador y papel delEstado... consolidado... revolución... generales Canarias...Montpensier... Dios nos asista... Hablaban de negocios altos y depolítica baja. De repente la dama oyó violentísimo estrépito, como de unmueble que viene a tierra y de loza que se rompe. Al fuerte golpe siguióun grito de Bringas, mas tan agudo y doloroso, que Rosalía se quedó sinaliento, fría, parada... ¿Qué era? ¿Se había caído la bóveda y cogidodebajo al mejor de los maridos?

XX

Pasado el breve estupor que tan insólitos ruidos le produjeron, Rosalíacorrió hacia Gasparini, y allí, ¡Santo Dios!, vio un espectáculoincomprensible. Bringas estaba en medio de la habitación, el rostrodescompuesto, de una palidez aterradora, las manos crispadas,los ojos muy abiertos, muy abiertos... Un mueblecillo, que al lado de lamesa tenía con el cacharro de goma laca y la lamparilla de alcohol paracalentarla, había caído empujado por el artista cuando este se levantóatropelladamente de su sillón. El espíritu derramado ardía sobre laalfombra con vagorosa llama. Cándida se ocupaba con presteza enapagarlo, pisándolo, para lo cual tuvo que alzarse las faldas hasta muycerca de la rodilla. Daba saltos y acudía con el peso de su pie a dondela llama era más viva; mas como también corría por el suelo la goma lacalíquida y caliente, que es sustancia muy pegajosa, las suelas delcalzado de la respetable señora se adherían tan fuertemente al piso, queno podía, sin un mediano esfuerzo, levantarlas.

Rosalía fue derecha a su marido, el cual, sintiéndola cerca, se agarró aella con ansiedad convulsiva, y volviendo a todos lados sus ojos,parecía buscar algo que se le escapaba. Su rostro expresaba terror tanvivo, que su mujer no recordaba haber visto en él nada semejante.

«¿Qué?...»—fue lo único que ella, en su consternación, pudo decir.

Bringas se frotó los ojos, los volvió a abrir, y moviendo mucho lospárpados, como los poetas cuando leen sus versos, exclamó con acento quedesgarraba:

«¡No veo!... ¡No veo!».

Rosalía no pudo añadir nada; tal era su espanto. La de García Grande,que había logrado dominar el fuego, aunque no evitar completamente laadherencia de sus botas al piso, acudió al lastimoso grupo...

«Eso no será nada»—dijo observando aquel extraño mirar de D. Francisco.

—¿En dónde está la ventana, la ventana?...—gimió el infeliz en lamayor desesperación.

—Ahí, ahí, ¿no la ves?...—gritó Rosalía, volviéndole hacia la luz.

—No, no la veo, no te veo, no veo nada... Oscuridad completa,absoluta... Todo negro...

—¡Ay!, ese maldito trabajo... Bien te lo dije, bien te lo decíantodos... Pero eso pasará...

Rosalía estaba más muerta que viva... No le ocurría nada. La pena laahogaba.

Cándida, procediendo con más calma, empezó a tomardisposiciones.

«Sentémosle en el sofá... Ahora convendría llamar al médico».

Le acercaron al sofá, y en él se desplomó el enfermo con desesperación,como si se dejara caer en su ataúd. Palpaba los objetos, palpaba a sumujer, que ni un punto se separó de él.

«Bien te lo decíamos—repitió, ahogándose en lágrimas y disimulando eldesentono de la voz—. Esa condenada obra de pelo... trabajando todo eldía... Si notabas cansancio de la vista, ¿para qué seguir?».

—Mis hijos, ¿dónde están?—murmuró Bringas.

Junto a la puerta estaban Isabelita y Alfonsín, aterrados, mudos, sinatreverse a dar un paso: el pequeño con el pan de la merienda en lamano, masticándolo lentamente; la niña seria, con las manos a laespalda, mirando el triste grupo de sus padres consternados. Rosalía lesmandó acercarse. Bringas les palpó, dioles mil besos, lamentándose de nopoderles ver, y augurando que ya no les vería nunca. Más lágrimasderramó el pobrecito en aquel cuarto de hora que en toda su vidaanterior, y la Pipaón, considerando aquella súbita desgracia que Dios leenviaba, la conceptuó castigo de las faltas que había cometido. Fuepreciso al fin sacar de allí a los pequeñuelos. Prudencia se encargó deretenerles en la Furriela y de no dejarles pasar.

Inspiraba cuidadoIsabelita por el temor de que la fuerte impresión recibida le produjeseun trastorno espasmódico más grave que los anteriores. Entre tanto, laseñora de García Grande, más obsequiosa y servicial con los amigos enlas ocasiones críticas, se desvivía por ser útil.

«Yo misma iré en busca del médico. Verán ustedes cómo nos dice que estono es nada. Yo tuve una cosa semejante cuando aprendí el punto deFlandes. Sentí de repente una perturbación rarísima en la vista; luegoempecé a ver los objetos partidos por la mitad. Todo paró en unfuerte dolor de cabeza. Jaqueca oftálmica llaman a eso.

Recuerdohaber oído decir a mi médico que en algunos casos se pierdecompletamente la vista por unas horas, por un día... Serénese usted, miamigo D. Francisco, y tómese un vasito de agua con un poco de vino.Pronto vuelvo.

Salió diligente, con ganas sinceras de servir, y no hallando al médicoque vivía en la casa, fue a buscar al de guardia. Mientras estuvieronsolos, Bringas y su mujer apenas hablaron. Ella no cesaba de mirarle,con la esperanza de que, cuando menos se pensase, recobraran aquellosojos atónitos el don preciosísimo para que fueron criados; él empezaba aejercitar el sentido peculiar de los ciegos, el tacto, y la veía con lasmanos, ya estrechando las de ella, ya palpándola cariñosa ydetenidamente. Alguna palabra suelta, suspiros y lamentaciones del pobreenfermo, eran la única expresión verbal de aquella triste escena, máselocuente cuanto más callada.

El médico vino al fin. Cándida, no quiso dejarle de la mano hasta entrarcon él en la casa. Era un viejo afable, de la escuela antigua, excelentediagnosticador, tímido para prescribir, y según se decía, pocoafortunado. Enterándose de los antecedentes del caso, calificó el mal de congestión retiniana.

«De la retina—apoyó Cándida—. Eso pasa. Pronto recobrará la vista;pero ese trabajo de los pelos, amiguito, delo usted por terminado».

—Si yo lo decía, si yo lo anunciaba—exclamó briosamente la Bringas,reanimada con las esperanzas que daba el médico—. ¿Y ahora...?

El doctor prescribió reposo absoluto, dieta, y para el día próximo underivativo.

Ordenó también un vendaje negro, un calmante ligero para encaso de insomnio, y ofreció venir temprano a la mañana siguiente paraexaminar con detención los ojos del enfermo. Era ya tarde, y la últimaluz solar se retiraba lúgubremente de la habitación.

Cuando el bondadosoanciano se retiró, Bringas y su mujer estaban más animados.

«Nada, hijos míos, no hay que apurarse—les dijo Cándida, cuya útiloficiosidad a entrambos servía de gran consuelo—. Ahora acostarse... ydormir si se puede. Nada de miedo, ni de pensar en lo que no ha de ser.Serenidad y un poquito de paciencia. Es cuestión de horas o de un par dedías todo lo más. Yo me encargo de traer las medicinas y cuanto hagafalta. Les acompañaré también toda la noche, si fuere preciso...».

Cuando la servicial señora volvió de la botica, ya Rosalía habíaacostado a su marido, después de vendarle con un gran pedazo de tafetánnegro. Como todo ciego incipiente, Bringas afectaba no necesitar deextraña ayuda para desnudarse, y conociendo la tribulación de su mujer,tenía el heroísmo de reanimarla con expresiones cariñosas, como si élfuera el sano y ella la enferma.

«Probablemente esto pasará... Pero es cargante. Ni en broma megusta esto de no ver. Tranquilízate, que yo lo llevaré con paciencia, ycasi casi principio ya a acostumbrarme... Me alegraré mucho de no tenerque llamar a un oculista, pues estos, aunque curen, siempre cuestan unojo de la cara».

Pasó la noche sin suceso alguno notable; Bringas harto inquieto, conagudísimo dolor cefalálgico y en los ojos, Rosalía en vela, compartiendosu cuidado y vigilancia entre el marido ciego y la niña epiléptica, quefue acometida de pesadillas más alarmantes que las de ordinario, pueslas escenas de aquella tarde la excitaron vivísimamente. Por dicha detodos, Candidita acompañó a su atribulada amiga la noche entera,consolándola con su sola presencia y prestándole auxilios muy eficaces.Era muy propia para casos tales y sabía mil cosillas útiles de medicinadoméstica. A lo más difícil encontraba pronta solución; jamás seacobardaba, ni sus baqueteados huesos conocían el cansancio.

Al alba poco más o menos, Rosalía, vencida del sueño, se adormeció en unsillón frente al lecho conyugal donde el bueno de Thiers reposaba,aletargado ya; y lo mismo fue caer la señora en aquella modorra queempezará ver al Torres y su barba y nariz famosas. También se ofreció asu vista la suma, que corría pieza tras pieza, desarrollando susunidades en dilatado espacio, y vio la apremiante hora de aquel día, quedespuntaba amenazador... Recobrose la infeliz súbitamenteabriendo los ojos.

Creyó haber oído un ¡ay! de Bringas; pero debióde ser ilusión suya, pues el santo varón parecía muy tranquilo, y sumesurado aliento indicaba que al fin se había dormido de veras.

«¡Torres... el dinero!—pensó Rosalía sacudiendo la cabeza paraahuyentar aquella idea, como si esta fuera un moscón que se le posara enla frente—. ¡Y en qué circunstancias, Dios mío!...».

XXI

Pero casi al mismo tiempo que tal decía vínole rápidamente alpensamiento, como esos rayos celestes de que nos habla el misticismo,una idea salvadora, una solución fácil, eficacísima, derivada ¡ohrarezas de la vida!, de la misma situación aflictiva en que la familiase encontraba. ¡Qué cosas hace Dios! Él se sabrá por qué las hace.

Levantose del sillón quedamente y con mucha pausa para no despertar alenfermo.

Ya sabía lo que tenía que hacer. La cosa era clara yfácil. Lo que no pudo hacerse el día anterior, se haría en aquel tanfunesto. Había pensado ella varias veces en los candelabros de plata,pero ¿cómo empeñarlos sin que D. Francisco, hombre de tan buen ojo, seenterase?... ¡Ya podía ser, ya podía ser!... Ella tendría buen cuidadode reponerlos en su sitio, juntando muy pronto el dinero preciso para eldesempeño, y así su marido no se percataría de nada cuando recobrase lavista. ¡Pluguiera a Dios y a Santa Lucía que esto fuera pronto! Nosiendo quizás bastante el producto de los candelabros para allegar lacantidad que necesitaba, pues además del dinero de Torres, le hacíafalta el del segundo plazo de Sobrino Hermanos, dispuso unir a lasmencionadas piezas de plata los tornillos de brillantes que en lasorejas llevaba, donativo de Agustín Caballero. Bringas no podía notar lafalta, y si por acaso la notaba al pasarle la mano por la cara, ella lediría cualquier cosa, le diría que...

Que se los había quitado en señal de duelo.

Doña Cándida le venía como de molde para la operación de crédito queproyectaba.

Encontrola en el comedor, tan campante, tan despabilada, tandespierta como si no hubiera pasado una mala noche. Al punto sacóRosalía el chocolate, para que su amiga se hiciese a su gusto el quehabía de tomar. Mientras la respetable señora se ocupaba de esto con laprolijidad que siempre ponía en tan grata operación, su amigale participó sus proyectos. Oyéronse durante un ratito cuchicheosíntimos, y viose la cabeza de Cándida haciendo movimientos afirmativos,bastantes a dar seguridad a la misma duda.

«Antes de las doce estará todo hecho. Tranquilícese usted... Para estascosas me valgo yo de un amigo que es un lince... Sigilo, actividad,entendimiento, todo lo tiene; y despacha estos encargos en un decirJesús».

Hay motivos para creer que ya por aquella época, la segunda etapa de sudecadencia, principiaba Cándida a visitar en persona el Monte de Piedady las casas de préstamos, bien para asuntos de su propia conveniencia,bien para prestar un delicado servicio a cualquier amiga de muchaconfianza. A esto llamaba Máximo Manso la segunda manera de doñaCándida, y debo hacer constar que aún hubo una tercera manera muchomás lastimosa.

Todo se arregló, pues, aquella mañana tan fácil y prontamente como la deGarcía Grande había dicho, pues no eran las once y media cuando yaestaba ella de vuelta con el dinero. Tomolo Rosalía con ansia y sealegró de poseer lo bastante para cumplir con Torres y con Sobrino,conservando un resto para atencioncillas de poco más o menos.

«No sé cómo agradecerle a usted...—dijo con vehemencia a suinsigne amiga, estrechándole las manos—. Pronto volverá todo a casa,pues no me gusta que mis alhajas hagan estas excursiones; y sólo por unagran necesidad...».

No se sabe como rodó la conversación hacia un cierto apurillo que había,por la mucha calma de un pícaro administrador... Cuestión de dos o tresdías... ¿Cómo negar este favor a quien se había portado tan bien?Rosalía creyó que se arrancaba un pedazo de sus entrañas cuando se lefueron de entre las manos aquellos diez duros con que apagó la sedmetálica de su amiga. Pero no había más remedio. Muy gozosa pasó doñaCándida a ver a Bringas, el cual dijo que se sentía mejor, aunque muydébil de la cabeza. El médico le había examinado por la mañana y supronóstico fue bastante favorable. Recobraría pronto la vista... y...Aun creía ver algo cuando se apartaba la venda... Lo que hacía falta eramucho reposo, paciencia y tomar con método y puntualidad las medicinasprescritas.

«¿Quién ha entrado?»—preguntó Bringas vivamente.

—Me parece que es el Sr. de Torres—replicó Cándida—, que ha venido apreguntar por usted.

—Tengo la cabeza tan débil, y al mismo tiempo tan trastornada, que mepareció oír contar dinero... Aunque no quiera, y aunque el médico meordeno que no me ocupe de nada, no puedo menos de prestar atención atodo lo que pasa en la casa. No lo puedo remediar. Tengo eloído siempre alerta, y hasta cuando me duermo paréceme que no se meescapa ningún rumor.

Díjole ella cuerdamente que todo cerebro enfermo pide inacción; que leconvenía entregar sus sentidos a la indiferencia y al descanso; quemientras estuviese en la cama no se le había de dar conversación, y queni aun sus hijos debieran entrar en la alcoba.

Con esto se manifestó élconforme, dando un gran suspiro, y sostuvo que para lo que necesitabamás paciencia y fuerza de voluntad era para reprimir su afán deenterarse de todo y de dar órdenes.

Mientras esto se hablaba en la oscura alcoba, Rosalía cuchicheaba conTorres en la Saleta. Por grandes que fueron las precauciones tomadaspara no hacer ruido de dinero al contar veinte duros en plata, algúnleve tin tin hubo de vibrar en la habitación y extenderse por la casa enondas tenues hasta llegar al sutil oído de Bringas. Torres, muy afectadopor la dolencia de su amigo, expresó la esperanza de que no fuera cosagrave... El tenedor de libros de Mompous había tenido un ataquesemejante, a la vista. «Nada; que estando un día escribiendo, se quedóciego... Creyeron al principio que era gota serena; pero con diez díasde venda y algunas medicinas se puso bueno, aunque siempre delicado. Enlos baños de Quinto se acabó de curar...». Despidiose el susodicho tancontento por llevarse su dinero como afligido por el percancede D.

Francisco.

A Isabelita, que estaba triste, afectada y sin ganas de comer, lamandaron a casa de Cándida para que pasara allí todo el día jugando conIrene y otras niñas de la vecindad. Alfonsín fue al colegio, y Paquito,a quien la enfermedad de su papá tenía muy melancólico, no salió de lacasa ni quiso probar bocado en el almuerzo. Cándida fue la única personaque allí mostró un regular apetito.

«Es preciso alimentarse, aunque sea haciendo un esfuerzo—decía a la deBringas—.

No se deje usted ir así. Hay que tomar fuerzas para podervelar y trabajar y atender a todo... Yo tampoco tengo ganas; pero medomino, hija, y como por obligación, porque es preciso».

Poco después recibió nuestra amiga una esquelita de Milagros en que ledecía que todo se había arreglado al fin satisfactoriamente, y que laesperaba por la noche. La carta respiraba alegría y satisfacción.

«Esta pobre Milagros no sabe lo que nos pasa...—dijo Rosalía rompiendola carta—.

La pobre me suplica que no falte esta noche. Hijo, vete unmomento allá y dale cuenta de esta desgracia... Mira, al regreso tepasas por casa de Pez y enteras también a Carolina... ¡Ah!, ella tienela culpa, con sus obras de pelo. ¡Qué esperpento de mujer!...».

La modista fue aquel día; pero la señora la despidió diciéndole que noestaba la Magdalena para tafetanes; que volviera la próxima semana. Porla tarde fue también Milagros, que sentía mucho no haber sabido antes elsuceso para ir volando a consolar a su amiga. Su pena sincera no eraparte a ocultar la satisfacción que la embargaba por el feliz arreglo desu conflicto metálico en aquel día crítico. Cómo y de qué manera sehabía hecho el arreglo, ya lo diría más adelante, pues no era ocasión deimportunarla con cosas que no le importaban... «¿Y el médico qué dice?».La excelente señora esperaba que la ceguera fuese una desazón de pocosdías. Pediría a Dios que curase a aquel hombre tan bueno, a aquel modelode los padres de familia... «¡Cuánto siento que no pueda usted veniresta noche a mi casa!... De seguro estará la reunión muy brillante, y encuanto al buffet será de lo más espléndido... Ya, ya le contaré austed cómo... Hay para rato».

Despidiéndose junto a la puerta, no pudo reprimir algunos desahogos muyespontáneos de su pasión dominante. Como quien dice un secreto deimportancia, declaró a su amiga que se pondría aquella noche el vestidode muselina blanca con viso de foulard, color lila, al cual habíahecho poner un entredós y casaca Watteau... A última hora se habíapodido arreglar una camiseta como la que le mandaron de París a la deSan Salomó... Pensaba peinarse con el cabello levantado,ondulado, gran trenza alrededor de la cabeza y largos bucles pordetrás... «En fin, no está usted de humor para oír tanta tontería...Adiós, adiós... Mañana vendré a saber como sigue nuestro D.

Francisco ya contar, a contar...».

Bringas, que de todo se enteraba, dijo a su esposa:

«Ya oí tus secreteos con la Tellería en la puerta. ¿Y qué tal? ¿Ha caídoalgún bobo?... ¡Pobre mujer! De veras te digo que más vale comer en pazun pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezasrevestidas de agonía... ¡Y esta noche gran jaleo!... Te juro que lestengo lástima».

XXII