La de Bringas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Rosalía también sepersonó en la regia morada, juzgando que era indispensable su presenciapara

que

las

ceremonias

tuviesen

todo

el

brillo

y

pompa

convenientes.Cándida no bajó, aparentemente «porque estaba cansada de ceremoniales»,en realidad porque no tenía vestido. Las chicas de Lantigua y la Sudreinvadieron desde muy temprano la habitación de doña Tula, que por razónde su cargo bajó muy emperejilada, dejando el gracioso rebaño a cargode una señora que la acompañaba. ¡Cuánto de divirtieron aqueldía, y cuánto hicieron rabiar a los pollos Leoncito, FederiquitoCimarra, el de Horro y otros no menos guapos y bien aprovechados! Lesinvitaron a subir con engaño a un palomar alto diciéndoles que desdeallí se veía el interior de la capilla, y luego me les encerraron hastamedia tarde.

Como eran amigas del sacristán, vecino de Cándida, pudieron colocarse enla escalera de la capilla hasta vislumbrar, por entre puertasentornadas, la mitra del patriarca y dos velas apagadas del tenebrario,un altar cubierto de tela morada, algunas calvas de capellanes y algunospechos de gentiles hombres cargados de cruces y bandas; pero nada más.Poco más tarde lograron ver algo de la hermosa ceremonia de dar lacomida a los pobres después del lavatorio. Hay en el ala meridional dela terraza unas grandes claraboyas de cristales, protegidos por redes dealambre. Corresponden a la escalera principal, al Salón de Guardias y alde Columnas. Asomándose por ellas, se ve tan de cerca el curvo techo,que resultan monstruosas y groseramente pintadas las figuras que lodecoran. Angelones y ninfas extienden por la escocia sus piernasenormes, cabalgando sobre nubes que semejan pacas de algodón gris. Deotras figuras creeríase que con el esfuerzo de su colosal musculaturalevantan en vilo la armazón del techo. En cambio, las flores dela alfombra, que se ve en lo profundo, tomaríanse por miniaturas.

Multitud de personas de todas clases, habitantes en la ciudad, acudierontempranito a coger puesto en las claraboyas del Salón de Columnas paraver la comida de los pobres. Se enracimaban las mujeres junto a losgrandes círculos de cristales, y como no faltaban agujeros, las quepodían colocarse en la delantera, aunque fuera repartiendo codazos,gozaban de aquel pomposo acto de humildad regia que cada cualinterpretará como quiera. No faltaba quien cortara el vidrio con eldiamante de una sortija para practicar huequecillos allí donde no loshabía. ¡Qué desorden, qué rumor de gentío impaciente y dicharachero! Laspersonas extrañas, que habían ido en calidad de invitadas, eran tanimpertinentes que querían para si todos los miraderos. Mas Cándida, conaquella autoridad de que sabía revestirse en toda ocasión grave, mandódespejar una de las claraboyas para que tomaran libre posesión de ellalas niñas de Tellería, Lantigua y Bringas. ¡Demontre de señora! Amenazócon poner en la calle a toda la gente forastera si no se la obedecía.

Curioso espectáculo era el del Salón de Columnas visto desde el techo.La mesa de los doce pobres no se veía muy bien; pero la de las doceancianas estaba enfrente y ni un detalle se perdía. ¡Qué avergonzadaslas infelices con sus vestidos de merino, sus mantones nuevos ysus pañuelos por la cabeza! ¡Verse entre tanta pompa, servidas por lamisma Reina, ellas que el día antes pedían un triste ochavo en la puertade una iglesia!... No alzaban sus ojos de la mesa más que para miraratónitas a las personas que les servían. Algunas derramaban lágrimas deazoramiento más que de gratitud, porque su situación entre los poderososde la tierra y ante la caridad de etiqueta que las favorecía, más erapara humillar que para engreír. Si todos los esfuerzos de la imaginaciónno bastarían a representarnos a Cristo de frac, tampoco hay razonamientoque nos pueda convencer de que esta comedia palaciega tiene nada que vercon el Evangelio.

Los platos eran tomados en la puerta, de manos de los criados, por lasestiradas personas que hacían de camareros en tan piadosa ocasión.Formando cadena, las damas y gentiles hombres los iban pasando hasta laspropias manos de los Reyes, quienes los presentaban a los pobres concierto aire de benevolencia y cortesía, única nota simpática en la farsade aquel cuadro teatral. Pero los infelices no comían, que si de comerse tratara muy apurados se habían de ver. Seguramente sus torpes manosno recordaban cómo se lleva la comida a la boca. Puestas las racionessobre la mesa, un criado las cogía y las iba poniendo en sendos cestosque tenía cada pobre detrás de su asiento. Poco después, cuandolas personas reales y la grandeza abandonaron el Salón, salieronaquellos con su canasto, y en los aposentos de la repostería lesesperaban los fondistas de Madrid o bien otros singulares negociantespara comprarles todo por unos cuantos duros.

Mientras duró la comida, las graciosas espectadoras no cesaban en sucharla picotera. María Egipciaca, habría deseado estar abajo, con granvestido de cola, pasando bandejas. Una de las de Lantigua se aventurabaa sostener que aquello era una comedia mal representada, y otra sólo sefijaba en el lujo de los trajes y uniformes.

—Mira, mira mi mamá. ¿La ves con su vestido melocotón? Está junto alseñor de Pez, conversando con él.

—Sí... ahora miran al techo... Bien sabe que estamos aquí. Y a D.Francisco también le veo, allí... junto al mayordomo de semana. A sulado mi mamá...

—¡Qué hermosa está la marquesa con su falda de color malva y sumanto!... ¡Ah!, doña Tula, doña Tula... si mirara para arriba, si nosviera... Aquí estamos...

—Cada ceremonia de estas le cuesta a mi tía muchas jaquecas y muchosdisgustos, porque no sabéis las recomendaciones que recibe... Paraveinticuatro pobres, hay unas trescientas recomendaciones. Todos losdías cartas y recaditos de la marquesa o la condesa. ¡Hija...!,parece que les van a dar un destino gordo.

—Dímelo a mi, niña—manifestó con soberano hastío Cándida—, que ayer yhoy no me han dejado vivir. Tomasa, la moza de cámara, vecina mía, fuela encargada de lavar a las tales doce ancianas pobres y cambiarles suspingajos por los olorosos vestidos que se han puesto hoy. ¡Pobresmujeres! Es la segunda agua que les cae en su vida, y sería la primerasi no se hubieran bautizado. ¡Ay, hijas!... ¡qué escena la de estamañana! Créanlo, han gastado una tinaja de agua de colonia... Yo quiseayudar un poco, porque así me parecía cumplir algo de lo que nos ordenaNuestro Señor Jesucristo. Si no es por mí, el fregado no se acaba entoda la mañana... Hablando con verdad, si yo fuera pobre y me trajeran aesta ceremonia no lo había de agradecer nada, porque francamente, elsusto que pasan y la molestia de verse tan lavados, no se compensan conlo que les dan.

Las graciosas pollas, en cuya tierna edad tanto valor tenían loespiritual e imaginativo, no comprendían estas razones prácticas de laexperimentada doña Cándida, y todo lo encontraban propio, bonito yadecuado a la doble majestad de la Religión y del Trono...

Isabelita Bringas era una niña raquítica, débil, espiritada, y seobservaban en ella predisposiciones epilépticas. Su sueño era muy amenudo turbado por angustiosas pesadillas, seguidas de vómito yconvulsiones, y a veces, faltando este síntoma, el precoz mal semanifestaba de un modo más alarmante. Se ponía como lela y tardaba muchoen comprender las cosas, perdiendo completamente la vivacidad infantil.No se la podía regañar, y en el colegio la maestra tenía orden de noimponerle ningún castigo ni exigir de ella aplicación y trabajo. Sidurante el día presenciaba algo que excitase su sensibilidad o secontaban delante de ella casos lastimosos, por la noche lo reproducíatodo en su agitado sueño. Esto se agravaba cuando por exceso en lascomidas o por malas condiciones de esta, el trabajo digestivo delestómago de la pobre niña era superior a sus escasas fuerzas. Aqueljueves doña Tula dio de comer espléndidamente a sus amiguitas. La niñade Bringas se atracó de un plato de leche, que le gustaba mucho; perobien caro lo pagó la pobre, pues no hacía un cuarto de hora que se habíaacostado, cuando fue acometida de fiebre y delirio, y empezó a ver ysentir entre horribles disparates todos los incidentes, personas y cosasde aquel día tan bullicioso en que se había divertido tanto. Repetía losjuegos por la terraza; veía a las chicas todas, enormementedesfiguradas, y a Cándida como una gran pastora negra que guardaba elrebaño; asistía nuevamente a la ceremonia de la comida de los pobres,asomada por un hueco de la claraboya, y las figuras del techose animaban, sacando fuera sus manazas para asustar a los curiosos...Después oyó tocar la marcha real. ¿Era que la Reina subía a la terraza?No; aparecían por la puerta de la escalera de Damas su mamá, asida albrazo de Pez, y su papá dando el suyo a la marquesa de Tellería. ¡Quéguapas venían arrastrando aquellas colas que sin duda tenían más de unalegua!... Y ellos, ¡qué bien empaquetados y qué tiesos!... Venían adescansar y tomar un refrigerio en casa de doña Tula, para acompañar mástarde a la Señora y a toda la Corte en la visita de Sagrarios... Portodas las puertas de la parte alta de Palacio aparecían libreas varias,mucho trapo azul y rojo, mucho galón de oro y plata, infinitostricornios... Delirando más, veía la ciudad resplandeciente y esmaltadade mil colorines. Seguramente era una ciudad de muñecas; ¡pero quémuñecas!... Por diversos lados salían blancas pelucas, y ninguna puertase abría en los huecos del piso segundo, sin dar paso a una bonitafigura de cera, estopa o porcelana; y todas corrían por los pasadizosgritando: «ya es la hora...». En las escaleras se cruzaban galones quesubían con galones que bajaban... Todos los muñecos tenían prisa. A estese le olvidaba una cosa, a aquel otra, una hebilla, una pluma, uncordón. Unos llamaban a sus mujeres para que les alcanzasen algo, ytodos repetían: «¡la hora...!». Después se arremolinaban abajo, en laescalera principal. En el patio, los alabarderos se revolvíancon los cocheros y lacayos, y era como una gran cazuela en que hirvieranmiembros humanos de muchos colores, retorciéndose a la acción delcalor...

Su mamá y su papá volvieron a aparecer... ¡Vaya, que ibanhermosotes! Pero mucho más bonito estaría su papá cuando se hiciesecaballero del Santo Sepulcro. El Rey tenía empeño en ello, y le habíaprometido regalarle el uniforme con todos los accesorios de espada,espuelas y demás. ¡Qué guapín estaría su papá con su casaca blanca, todablanca!... Al llegar aquí, la pobre niña sentía empapado enteramente suser en una idea de blancura; al propio tiempo una obstrucción horriblela embarazaba, cual si las cosas que reproducía su cerebro, muñecos yPalacio, estuvieran contenidas dentro de su estómago chiquito. Conangustiosas convulsiones lo arrojaba todo fuera y se contenía eldelirar, y ¡sentía un alivio...! Su mamá había saltado del lecho paraacudir a socorrerla. Isabelita oía claramente, ya despierta, la cariñosavoz que le decía: «Ya pasó, alma mía; eso no es nada».

IX

La belleza de Milagros no había llegado aún al ocaso en que se nosaparece en la triste historia de su yerno por los años de 75 a 78; perose alejaba ya bastante del meridiano de la vida. El procedimiento derestauración que empleaba con rara habilidad no se denunciaba aún a símismo, como esos revocos deslucidos por las malas condiciones deledificio a que se aplican. La defendían del tiempo su ingenio, suelegancia, su refinado gusto en artes de vestimenta y la simpatía quesabía inspirar a cuantos no la trataban de cerca.

Todas estas cualidades subyugaban por igual el espíritu de RosalíaBringas; pero la que descollaba entre ellas como la más tiránica era elexquisito gusto en materia de trapos y modas. Este don de su amiga erapara la Bringas como un sol resplandeciente al cual no se podía mirarcara a cara sin deslumbrarse. Porque en tal estimación tenía laautoridad de la marquesa en estos tratados, que no se atrevía a teneropinión que no fuera un reflejo de las augustas verdadesproclamadas por ella. Todas las dudas sobre un color o forma de vestidoquedaban cortadas con una palabra de Milagros. Lo que esta decía era yacuerpo jurídico para toda cuestión que ocurriera después, y como no sólolegislaba sino que autorizaba su doctrina con el buen ejemplo,vistiéndose de una manera intachable, la de Bringas, que en esta épocade nuestra historia se había apasionado grandemente por los vestidos,elevó a Milagros en su alma un verdadero altar. La viuda de GarcíaGrande cautivaba a Rosalía con su prestigio de figura histórica.Respetábala esta como a los dioses de una religión muerta; mas aMilagros la tenía en el predicamento de los dogmas vivos y de los diosesen ejercicio. Nadie en el mundo, ni aun Bringas, tenía sobre la Pipaónascendiente tan grande como Milagros.

Aquella mujer, autoritaria y algodescortés con los iguales e inferiores, se volvía tímida en presencia desu ídolo, que era también su maestro.

Los regalitos de Agustín Caballero y la cesión de todas las galas quehabía comprado para su boda, despertaron en Rosalía aquella pasión delvestir. Su antigua modestia, que más tenía de necesidad que de virtud,fue sometida a una prueba de la que no salió victoriosa. En otro tiempo,la prudencia de Thiers pudo poner un freno a los apetitos de lujo,haciéndonos creer a todos que no existían, cuando lo únicopositivo en esto era la imposibilidad de satisfacerlos. Es el incidenteprimordial de la historia humana, y el caso eterno, el caso de los casosen orden de fragilidad. Mientras no se probó la fruta, prohibida poraquel Dios doméstico, todo marchaba muy bien. Pero la manzana fuemordida, sin que el Demonio tomara aquí forma de serpiente ni de otroanimal ruin, y adiós mi modestia. Después de haber estrenado tantos ytan hermosos trajes, ¿cómo resignarse a volver a los trapitos antiguos ya no variar nunca de moda? Esto no podía ser. Aquel bendito Agustínhabía sido, generosamente y sin pensarlo, el corruptor de su prima;había sido la serpiente de buena fe que le metió en la cabeza las máspeligrosas vanidades que pueden ahuecar el cerebro de una mujer.

Losregalitos fueron la fruta cuya dulzura le quitó la inocencia, y porculpa de ellos un ángel con espada de raso me la echó de aquel paraísoen que su Bringas la tenía tan sujeta. Nada, nada... cuesta trabajocreer que aquello de Doña Eva sea tan remoto.

Digan lo que quieran,debió pasar ayer, según está de fresquito y palpitante el tal suceso.Parece que lo han traído los periódicos de anoche.

Como Bringas reprobaba que su mujer variase de vestidos y gastase engalas y adornos, ella afectaba despreciar las novedades; pero acencerros tapados estaba siempre haciendo reformas, combinandotrapos e interpretando más o menos libremente lo que traían losfigurines. Cuando Milagros iba a pasar un rato con ella, si Bringasestaba en la oficina, charlaban a sus anchas, desahogando cada cual a sumodo la pasión que a entrambas dominaba.

X

Pero si el santo varón estaba en su hueco de ventana, zambullido en elmicrocosmos de la obra de pelo, las dos damas se encerraban en el Camón,y allí se despachaban a su gusto sin testigos. Tiraba Rosalía de loscajones de la cómoda suavemente para no hacer ruido; sacaba faldas,cuerpos pendientes de reforma, pedazos de tela cortada o por cortar,tiras de terciopelo y seda; y poniéndolo todo sobre un sofá, sobresillas, baúles o en el suelo si era necesario; empezaba un febrilconsejo sobre lo que se debía hacer para lograr el efecto mejor y másllamativo dentro de la distinción. Estos consejos no tenían término, ysi se tomara acta de ellos, ofrecerían un curioso registro enciclopédicode esta pasión mujeril que hace en el mundo más estragos quelas revoluciones. Las dos hablaban en voz baja para que no se enteraseBringas, y era su cuchicheo rápido, ahogado, vehemente, a vecesindicando indecisión y sobresalto, a veces el entusiasmo de una ideafeliz. Los términos franceses que matizaban este coloquio se despegabandel tejido de nuestra lengua; pero aunque sea clavándolos con alfileres,los he de sujetar para que el exótico idioma de los trapos no pierda sugenialidad castiza.

ROSALÍA.—(Mirando un figurín.) Si he de decir la verdad, yo no entiendoesto.

No sé cómo se han de unir atrás los faldones de la casaca deguardia francesa.

MILAGROS.—(Con cierto aturdimiento, al cual se sobrepone poco a poco sugran juicio.) Dejemos a un lado los figurines. Seguirlos servilmentelleva a lo afectado y estrepitoso. Empecemos por la elección de tela.¿Elige usted la muselina blanca con viso de foulard? Pues entonces nopuede adoptarse la casaca.

ROSALÍA.—(Con decisión.) No; escojo resueltamente el gros glasé,color cenizas de rosa. Sobrino me ha dicho que le devuelva el que mesobre. El gros glasé me lo pone a veinticuatro reales.

MILAGROS.—(Meditando.) Bueno: pues si nos fijamos en el gros glasé,yo haría la falda adornada con cuatro volantes de unas cuatro pulgas;¿a ver?, no; de cinco o seis, poniéndolo al borde un bies estrecho de glasé verde naciente... ¿Eh?

ROSALÍA.—(Contemplando en éxtasis lo que aún no es más que unaabstracción.)Muy bien... ¿Y el cuerpo?

MILAGROS.—(Tomando un cuerpo a medio hacer y modelando con sus hábilesmanos en la tela las solapas y los faldones.) La casaca guardiafrancesa va abierta en corazón, con solapas, y se cierra al costadosobre el tallo con tres o cuatro botones verdes... aquí. Los faldones...¿me comprende usted?, se abren por delante...

así... mostrando el forro,que es verde como la solapa; y esas vueltas se unen atrás conahuecador... (La dama, echando atrás sus manos, ahueca su propio vestidoen aquella parte prominentísima, donde se han de reunir las vueltas delos faldones de la casaca.) ¿Se entera usted?... Resulta monísimo. Ya hedicho que el forro de esta casaca es de gros verde y lleva al borde delas vueltas un ruche de cinta igual a la de los volantes... ¿qué tal?¡Ah!, no olvide usted que para este traje hace falta camiseta de batistabien plegadita, con encaje valenciennes plegado en el cuello... lospuños holgaditos, holgaditos; que caigan sobre las muñecas.

ROSALÍA.—¡Oh!... camisetas tengo de dos o tres clases...

MILAGROS.—He visto la que le ha venido de París a Pilar SanSalomó con el traje para comida y teatro... (Con emoción estética,poniendo los ojos en blanco.)¡Qué traje! ¡Cosa más divina...!

ROSALÍA.—(Con ansioso interés.) ¿Cómo es?

MILAGROS.—Falda de raso rosa, tocando al suelo, adornada con un volantecubierto de encaje. ¡Qué cosa más chic! Sobre el mismo van ocho cintasde terciopelo negro.

ROSALÍA.—¿Y bullones?

MILAGROS.—Cuatro órdenes. Luego, sobre la falda, se ajusta a la cintura(Uniendo a la palabra la mímica descriptiva de las manos en su propiotalle.) ¿comprende usted?... se ajusta a la cintura un manto de corte...Viene así, y cae por acá, formando atrás un cogido, un gran pouff. (Con entusiasmo.) ¡Qué original! Por debajo del cogido se prolongan engran cola los mismos bullones que en la falda; ¡pero qué bien ideado!¡Es de lo sublime!... Vea usted... así... por aquí... en semejanteforma... correspondiendo con ellos solamente por un retroussé... Esdecir, que el manto tiene una solapa cuyos picos vienen aquí... bajo el pouff... ¿entiende usted, querida?

ROSALÍA.—(Embebecida.) Sí... entiendo... lo veo... Será precioso...

MILAGROS.—(Expresando soberbiamente con un gesto la acertada colocaciónde lo que describe.) Lazo grande de raso sobre los bullones... Es de unefecto maravilloso.

ROSALÍA.—(Asimilándose todo lo que oye.) ¿Y el cuerpo?

MILAGROS.—Muy bajo, con tirantes sujetos a los hombros por medio delazos...

Pero cuidado: estos lazos no tienen caídas... ¡La camiseta esde una novedad...!, de seda bullonada con cintas estrechitas deterciopelo pasadas entre puntos. Las mangas largas...

ROSALÍA.—(Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.) Seme ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin elcolor cenizas de rosa... (Deteniéndose meditabunda.) ¡Qué torpe soypara decidirme! El figurín...

(Recogiendo todo con susto y rapidez.) Meparece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...

MILAGROS.—(Ayudándola a guardar todo atropelladamente.) Sí; siento sutosecilla. Ay, amiga, su marido de usted parece la Aduana, por lo quepersigue los trapos... Escondamos el contrabando.

Ratos felices eran para Rosalía estos que pasaba con la marquesadiscutiendo la forma y manera de arreglar sus vestidos. Pero el gozomayor de ella era acompañar a su amiga a las tiendas, aunque pasabadesconsuelos por no poder comprar las muchísimas cosas buenas que veía.El tiempo se les iba sin sentirlo. Milagros se hacía mostrar todo lo dela tienda, revolvía, comparando; pasaba del brusco antojo al fríodesdén; regateaba, y concluía por adquirir diferentes cosas,cuyo importe cargábanle en su cuenta. Rosalía, si algo compraba, despuésde pensarlo mucho y dar mil vueltas al dinero, pagaba siempre atocateja. Sus compras no eran generalmente más que de retales, pedacitoso alguna tela anticuada, para hacer combinaciones con lo bueno que ellatenía en su casa, y refundir lo viejo dándole viso y representación denovedad.

Pero un día vio en casa de Sobrino Hermanos una manteleta... ¡quépieza, qué manzana de Eva! La pasión del coleccionista en presencia deun ejemplar raro, el entusiasmo del cazador a la vista de una brava ycorpulenta res no nos dan idea de esta formidable querencia del trapo enciertas mujeres. A Rosalía se le iban los ojos tras la soberbia prenda,cuando el amable dependiente del comercio enseñaba un surtido de ellas,amontonándolas sobre el mostrador como si fueran sacos vacíos. Preguntócon timidez el precio y no se atrevió a regatearla. La enormidad delcoste la aterraba casi tanto como la seducía lo espléndido de la pieza,en la cual el terciopelo, el paño y la brillante cordonería secombinaban peregrinamente. En su casa no pudo apartar de la imaginación,todo aquel día y toda la noche, la dichosa manteleta, y de tal modoarrebataba su sangre el ardor del deseo, que temió un ataquillo deerisipela si no lo saciaba. Volvió con Milagros a tiendas al díasiguiente, con ánimo de no entrar en la de Sobrino, donde lagran tentación estaba; pero el Demonio arregló las cosas para quefueran, y he aquí que aparecen otra vez sobre el mostrador las cajasblancas, aquellas arcas de satinado cartón donde se archivan los sueñosde las damas. El dependiente las sacaba una por una, formando negrapila. La preferida apareció con su forma elegante y su lujosapasamanería, en la cual las centellicas negras del abalorio, temblandoentre felpas, confirmaban todo lo que los poetas han dicho del manto dela noche. Rosalía hubo de sentir frío en el pecho, ardor en las sienes,y en sus hombros los nervios le sugirieron tan al vivo la sensación delcontacto y peso de la manteleta, que creyó llevarla ya puesta.

—¡Cómprela usted... por Dios!—dijo Milagros a su amiga de un modo taninsinuante que los dependientes y el mismo Sobrino no pudieron menos deapoyar un concepto tan juicioso. ¿Por qué ha de privarse de una prendaque le cae tan bien?

Y cuando los tenderos se alejaron un poco en dirección a otro grupo deparroquianas, la marquesa siguió catequizando a su amiga con estesusurro:

—No se prive usted de comprarla si le gusta... y en verdad, es muybarata... Basta que venga usted conmigo para que no tenga necesidad depagarla ahora. Yo tengo aquí mucho crédito. No le pasarán austed la cuenta hasta dentro de algunos meses, a la entrada del verano,y quizás a fin de año.

La idea del largo plazo hizo titubear a Rosalía, inclinando todo suespíritu del lado de la compra... La verdad, mil setecientos reales noeran suma exorbitante para ella, y fácil le sería reunirlos, si laprendera le vendía algunas cosas que ya no quería ponerse; si ademáseconomizaba, escatimando con paciencia y tesón el gasto diario de lacasa.

Lo peor era que Bringas no había de autorizar un gasto tanconsiderable en cosa que no era de necesidad absoluta.

Otras veces había hecho ella misma sus polkas y manteletas, pidiendoprestada una para modelo. Comprando los avíos en la subida de SantaCruz, empalmando pedazos, disimulando remiendos, obtenía un resultadosatisfactorio con mucho trabajo y poco dinero. ¿Pero cómo podíancompararse las pobreterías hechas por ella con aquel brillante modelovenido de París?... Bringas no autorizaría aquel lujo que sin duda lehabía de parecer asiático, y para que la cosa pasara, era necesarioengañarle... No, no; no se determinaba. El hecho era grave, y aqueldespilfarro rompería de un modo harto brusco las tradiciones de lafamilia. Mas ¡era tan hermosa la manteleta...! Los parisienses la habíanhecho para ella... Se determinaba, ¿sí o no?

XI

Se determinó, sí, y para explicar la posesión de tan soberbia gala, tuvoque apelar al recursillo, un tanto gastado ya, de la munificencia de SuMajestad. Aquí de las casualidades. Hallábase Rosalía en la Cámara Realen el momento que destapaban unas cajas recién llegadas de París. LaReina se probó un canesú que le venía estrecho, un cuerpo que leestaba ancho. La real modista, allí presente, hacía observaciones sobrela manera de arreglar aquellas prendas. Luego, de una caja preciosaforrada de cretona por dentro y por fuera... una tela que parecíarasete... sacaron tres manteletas.

Una de ellas le caía maravillosamentea Su Majestad; las otras dos no. «Ponte esa, Rosaliíta... ¿Qué tal? Nipintada». En efecto, ni con medida estuviera mejor. «¡Qué bien, québien!... A ver, vuélvete... ¿Sabes que me da no sé qué de quitártela?No, no te la quites...». «Pero Señora, por amor de Dios...». «No,déjala. Es tuya por derecho de conquista. ¡Es que tienes un cuerpo...!Úsala en mi nombre, y no se hable más de ello». De esta maneratan gallarda obsequiaba a sus amigas la graciosa soberana...

Faltó pocopara que a mi buen Thiers se le saltaran las lágrimas oyendo el biencontado relato.

Si no estoy equivocado, la deglución de esta gran bola por el anchotragadero de D.

Francisco acaeció en Abril. Tranquila descansaba Rosalíaen la idea de lo remoto del pago, creyendo poder reunir la suma en unpar de meses, cuando allá por los primeros días de Mayo... ¡zas!, lacuenta. Por entonces fue el casamiento de la Infanta Isabel, y estaba laPipaón muy entretenida, sin acordarse de su compromiso ni de la cuentade Sobrino. Quedose yerta al recibirla, y miraba con alelados ojos elpapel sin acertar a salir del paso con una respuesta u observacióncualquiera, porque pensar que saldría con dinero era pensar loimposible... Nunca se había visto en trance igual, porque Bringas teníapor sistema no comprar nada sin el dinero por delante. Al fin,tartamudeando, dijo al condenado hombre de la cuenta que ella pasaría apagarla

«mañana... no, al otro día; en fin, un día de estos».

Por fortuna, Bringas no estaba en casa. Dos o tres días vivió Rosalía engrande incertidumbre. Cada vez que sonaba la campanilla, parecíale quellegaba otra vez el dichoso hombre aquel con el antipático papelito...¡Si Bringas se enteraba...! Pensando esto, su zozobra era verdaderoterror, y empezó a discurrir el modo de salir del paso.

Pocosdías antes había tenido casi la mitad del dinero; pero confiada en queno la pasarían la cuenta, habíalo gastado en cosillas para los niños. Nole gustaba componerse ella sola, sino que tenía vanidad en emperejilarbien a sus hijos para que alternaran dignamente con los niños de otrasfamilias de la ciudad. En estos pitos y flautas, a saber, unoscuellitos, un arreglo de sombrero, medias azules, guantes encarnados,una gorra de marino que decía en letras de otro Numancia, y doscinturones de cuero se lo habían ido la semana anterior más deseiscientos reales, los cuales no hubieran podido reunirse en subolsillo sin sustituir, durante larga temporada, el principio de faldade ternera por un plato de sesos altos, que se ponían un día sí y otrono, alternando con tortilla de escabeche.

El arqueo de su caja no arrojó más de ciento doce reales, y en la tiendahabía una trampita de que Bringas no tenía noticia. ¿Qué hacer, Señor?Era preciso buscar dinero a todo trance. ¿Pero dónde, cómo? Hizodiscretas insinuaciones a Milagros, pero la marquesa estaba afectadaaquel día de una sordera intelectual tan persistente que no comprendiónada. Las distracciones e incongruencias de la de Tellería podíantraducirse así: «querida amiga, llame usted a otra puerta». ¿A quépuerta?, ¿a la de Cándida? Intentolo Rosalía, hallando en la ilustreviuda los mejores deseos; pero daba la maldita casualidad deque su administrador no le había traído aún la recaudación de lascasas... Luego se había metido en unos gastos de reparaciones... En fin,que no había salvación por aquella parte. Al cabo la Providencia deparóa Rosalía el suspirado auxilio por mediación de aquel Gonzalo Torres,amigo constante de la familia, el cual les visitaba tan a menudo enPalacio como en la casa de la Costanilla.

Solía manejar Torres dineros ajenos, y a veces tenía en su podercantidades no pequeñas, de las cuales sacaba algún beneficio durante labreve posesión de ellas.

Aprovechando la ausencia de su marido,declarole Rosalía con tanto énfasis como sinceridad su apuro, y el buenode Gonzalo la tranquilizó al momento. ¡Qué pronto volvieron las rosas,para hablar a lo poético, al demudado rostro de la dama!...

Felizmente,Torres tenía en su poder una cantidad que era de Mompous y Bruil; perosin cuidado ninguno podía dilatar la entrega un mes. Si la de Bringas secomprometía a devolverla los mil y setecientos reales en el plazo detreinta días, ningún inconveniente había en facilitárselos. Alcontrario, él tenía muchísimo gusto...

¡Un mes!, ¡qué dicha! Ni tantotiempo necesitaba ella para reunir la cantidad, bien exprimiendo conimplacables ahorros el presupuesto ordinario, bien vendiendo algunasprendas que ya habían pasado de moda... ¡Ah!, cuidadito...secreto absoluto con Bringas...

Segura ya de poder cumplir con Sobrino Hermanos, se descargaba suconciencia de un peso horrible. Ya no le cortaría la respiración elmiedo de que apareciese el funesto cobrador de la tienda cuando Bringasestaba en la casa. Recobró el apetito que había perdido, y sus nerviosse tranquilizaron. Es que, la verdad, hallábase por aquellos días bajola acción de un trastorno espasmódico que simulaba una desazón grave, yle costó trabajo impedir que su marido llamara al médico de Familia.

Se estaba poniendo el mantón para ir a pagar (pues Torres le trajo eldinero aquella misma tarde), cuando entró Milagros. ¡Qué guapa venía yqué elegante!... «Mire usted... he tomado esta cinta azul para el canesú. Es de un tono muy nuevo y con un tornasol verde que... ¿veusted como cambia?... Descansaré un momento y luego saldremos juntas.Traigo mi coche... ¡Ah! ¡Si viera usted que sombreros tan preciosos hanrecibido las Toscanas! Hay uno que es para modelo, divino,originalísimo, sobrenatural. Figúrese usted... un Florián de paja deItalia, adornado de flores del campo y terciopelo negro... Aquí, a unladito, tiene una aigrette con pie negro colocada así, así... Pordetrás velo negro que cae sobre la espalda... Pero piden por él un ojode la cara».

ROSALÍA.—(sintiendo un bulle-bulle en su cabeza y representándose, conadmirable poder de alucinación, el conjunto y las partes todas del biendescrito sombrero.) Aunque no lo hemos de comprar, pasaremos por allípara verlo.

Salieron juntas y entraron en el coche, que esperaba en la puerta delPríncipe.

Milagros charlaba sin fatiga. Ocupose de las cosas que habíavisto, de las telas para verano que habían llegado a la tienda de Sobrino Hermanos y de las obras que proyectaba, en orden devestimenta, contando con los no muy abundantes recursos a que la teníareducida su marido. Repentinamente acordose de que debía pagar lacompostura y reforma de un alfiler en casa del diamantista... ¡Quédiablura!, se le había olvidado el portamonedas, y en aquella casa ni ledaban crédito ni quería solicitarlo, por cierta cuestión desabrida quetuvo en otro tiempo con el dueño de ella...

No había que apurarse portan poca cosa. Rosalía llevaba dinero. «¡Ah!, bueno... es lo mismo. Selo daré a usted mañana o pasado... En fin, cuando nos veamos».

Por un instante quedose perpleja y desconcertada la señora del buenThiers, no sabiendo si arrepentirse del ofrecimiento que había hecho, osi congratularse del servicio que gallardamente prestaba a su amiga.Pero el alma humana es manantial inagotable de remedios para sus propiosmales, y la turbación de Rosalía curose con un raciocinio queen su mollera brotó muy oportunamente, el cual hubo de desenvolverseasí: «Pago la mitad de la cuenta a Sobrino, asegurándole que la otramitad será sin falta el mes que viene. Doy a Milagros los treinta durosque necesita

¡la pobre!, y aún me queda algo para el pedazo de foulard, para las dos o tres plumas del sombrero de Isabelita y losbotones de nácar. La verdad, no me puedo pasar sin ellos». Todo secumplió al pie de la letra, conforme al programa de aquel raciocinionacido en el zarandeo de un coche, corriendo de tienda en tienda, bajola acción intoxicante de una embriaguez de trapos.

XII

D. Francisco, absorto en el interés de su obra, no se apartaba ni unpunto de ella, aprovechando todo el tiempo que le dejaba libre sudescansado empleo. Con mal acuerdo había suprimido el pasear por lastardes, costumbre en él antigua; y su amigo D. Manuel María José Pez,viéndose privado de quien le hacía pareja en aquella hora dehigiénico solaz, se iba tan campante a Palacio para no perder lacostumbre de la compañía Bringuística.

El trayecto desde el Ministerio a Palacio, la nada corta escalera deDamas eran campo suficiente de un saludable ejercicio; y si además salíacon D. Francisco o su mujer a dar cuatro vueltas por la magníficaterraza que rodea el patio grande, ya tenía asegurado un mediano apetitopara la hora de comer. Las amonestaciones más cariñosas eran siempreineficaces para apartar a Bringas de su faena mientras duraba la luzsolar. Ni que le rogaran, ni que le reprendieran, ni que le augurasenmareos, cefalalgia o ceguera, se conseguía que parase en la febrilaunque ordenada marcha de su trabajo. Pez charlaba con él algunos ratosde los sucesos políticos; pero comúnmente iba con Rosalía a dar unavuelta por la terraza. Aquel paseo era sosegado y gratísimo, porque lacavidad del edificio defiende a la terraza de los embates del aire, sinperjuicio de la ventilación. El más puro y rico aire de la sierra espara Palacio y para su ciudad doméstica, situada lejos del espesoaliento de la Villa y en altura tal que ni las palomas y gorriones gozande atmósfera más sana y más prontamente renovada. El paseo por sitio tanmonumental halagaba la fantasía de la dama, trayéndole reminiscencias deaquellos fondos arquitectónicos que Rubens, Veronés, Vanlóootros pintores ponen en sus cuadros, con lo que magnifican las figuras yles dan un aire muy aristocrático. Pez y Rosalía se suponían destacadoselegantemente sobre aquel fondo de balaustradas, molduras, archivoltas yjarrones, suposición que, sin pensarlo, les compelía a armonizar suapostura y aun su paso con la majestad de la escena.

Era este Pez el hombre más correcto que se podía ver, modelo excelentedel empleado que llaman alto porque le toca ración grande en elrepartimiento de limosnas que hace el Estado; hombre que en su persona yestilo llevaba como simbolizadas la soberanía del gobierno y lasvenerables muletillas de la administración. Era de trato muy amable ycultísimo, de conversación insustancial y amena, capaz de hacer sobrecualquier asunto, por extraño que fuese a su entender oficinesco, unaobservación paradójica. Había pasado toda su vida al retortero de loshombres políticos, y tenía conocimientos prolijos de la historiacontemporánea, que en sus labios componíase de un sin fin de anécdotaspersonales. Poseía la erudición de los chascarrillos políticos, ymanejaba el caudal de frases parlamentarias con pasmosa facilidad. Bajoeste follaje se escondía un árido descreimiento, el ateísmo de losprincipios y la fe de los hechos consumados, achaque muy común en losque se han criado a los pechos de la política española,gobernada por el acaso. Hombre curtido por dentro y por fuera, incapazde entusiasmo por nada, revelaba Pez en su cara un reposo semejante,aunque parezca extraño, al de los santos que gozan la bienaventuranzaeterna. Sí, el rostro de Pez decía: «He llegado a la plenitud de lostiempos cómodos. Estoy en mi centro». Era la cara del que se hapropuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que eslo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para él laadministración era una tapadera de fórmulas baldías, creada paraencubrir el sistema práctico del favor personal, cuya clave está en elcohecho y las recomendaciones. Nadie sabía servir a los amigos con tantaeficacia como Pez, de donde le vino la opinión de buena persona.

Nadiecomo él sabía agradar a todos, y aun entre los revolucionarios teníamuchos devotos.

Su carácter salía sin estorbo a su cara simpática, sin arrugas,admirablemente conservada, como ciertas caras inglesas curtidas por elaire libre y el ejercicio. Eran cincuenta años que parecían poco más decuarenta; medio siglo decorado con patillas y bigote de oro oscuro conligera mezcla de plata, limpios, relucientes, declarando en su brilloque se les consagraba un buen ratito en el tocador. Sus ojos eranespañoles netos, de una serenidad y dulzura tales, que recordaban losque Murillo supo pintar interpretando a San José. Si Pez no se afeitarael mentón y en vez de levita llevara túnica y vara, sería laimagen viva del santo Patriarca, tal como nos le han trasmitido lospintores. Aquellos ojos decían a todo el que los miraba: «Soy laexpresión de esa España dormida, beatífica, que se goza en ser juguetede los sucesos y en nada se mete con tal que la dejen comer tranquila;que no anda, que nada espera y vive de la ilusión del presente mirandoal cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo el quela quiero mandar, venga de donde viniere, y profesa el socialismo manso;que no entiende de ideas, ni de acción, ni de nada que no sea soñar ydigerir».

Vestía este caballero casi casi como un figurín. Daba gozo ver suextraordinaria pulcritud. Su ropa tenía la virtud de no ajarse niempolvarse nunca y le caía sobre el cuerpo como pintada. Mañana y tarde,Pez vestía de la misma manera, con levita cerrada de paño, pantalón queparecía estrenado el mismo día y chistera reluciente, sin que esteesmero pareciese afectado ni revelara esfuerzo o molestia en él. Asícomo en los grandes estilistas la excesiva lima parece naturalidadfácil, en él la corrección era como un desgaire bien aprendido. Llevabaa todas partes el empaque de la oficina, y creeríase que levita,pantalón y sombrero eran parte integrante de la oficina misma, de laDirección, de la Administración, como en otro orden lo eran losvolantes con membrete, el retrato de la Reina, los sillones forrados deterciopelo y los legajos atados con cintas rojas.

Cuando hablaba, se le oía con gusto, y él gustaba también de oírse,porque recorría con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprenderel efecto que en ellos producía. Su lenguaje habíase adaptado al estilopolítico creado entre nosotros por la prensa y la tribuna. Nutrido aquelingenio en las propias fuentes de la amplificación, no acertaba aexpresar ningún concepto en términos justos y precisos, sino que losdaba siempre por triplicado.

Va de ejemplo.

THIERS.—(sin apartar la vista de su obra.)¿Qué hay de destierro degenerales?

PEZ.—Al punto a que han llegado las cosas, amigo D. Francisco, esimposible, es muy difícil, es arriesgadísimo aventurar juicio alguno. Larevolución de que tanto nos hemos reído, de que tanto nos hemos burlado,de que tanto nos hemos mofado, va avanzando, va minando, va labrando sucamino, y lo único que debemos desear, lo único que debemos pedir, esque no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera lucha, verdaderaguerra a muerte entre esa misma revolución y las instituciones, entrelas nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y lapersona de Su Majestad.

XIII

Pez y Rosalía, como he dicho, salían a dar vueltas por la terraza. Laninfa de Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San José, de levitay sin vara de azucenas, se sublimaban sobre aquel fondo arquitectónicode piedra blanca que parece tosco marfil. Ella arrastraba la cola de suelegante bata por las limpias baldosas unidas con asfalto, y él, con lamano izquierda en el bolsillo del pantalón, recogido el borde de lalevita, accionaba levemente con la derecha, empuñando un junco por lamitad. A veces los ruidos del patio atraían la atención de ambos y seasomaban a la balaustrada.

Era el coche de las infantitas, que iban depaseo, o el del ministro de Estado que entraba. Deteníanse a ratosdelante de los cristales de la habitación de doña Tula, porque desdedentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos.

Yase paraban a hablar con doña Antonia, la guardarropa, que corría laspersianas y regaba sus tiestos; ya se les unía alguna distinguidapersona de la vecindad, la señora del secretario del Rey, la hermanadel mayordomo segundo, el inspector general con su hija, y paseabanjuntos conversando frívolamente. Cuando estaban enteramente solos, eldigno funcionario solía confiar a Rosalía sus disgustos domésticos, queúltimamente habían llegado a turbar la venturosa serenidad de sucarácter.

¡Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La señora de Pez, pornombre Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se hadicho en otra historia que descendía del frondoso árbol pipaónico), sehabía entregado a la devoción. La que en otro tiempo fue la mismadulzura, habíase vuelto arisca e intratable. Todo la enfadaba y estabasiempre riñendo. Con tantos alardes de perfección moral y aquellamonomanía de prácticas religiosas, no se podían sufrir sus rasgos degenio endemoniado, su fiscalización inquisitorial ni menos sus ásperascensuras de las acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su maridocambiasen una sola palabra.

Era la casa como un club por el disputarconstante y las reyertas fundadas en cualquier bobería. «Si la batallafuera exclusivamente entre ella y yo,—decía Pez—, lo llevaría conpaciencia—pero de poco tiempo acá intervienen con calor nuestroshijos». Las pobres niñas no se mostraban deseosas de seguir a su mamápor aquel camino de salvación... Naturalmente, eran jóvenes ygustaban de ir al teatro y frecuentar la sociedad. ¡Qué escándalos, quésofocos, qué lloriqueos por esta incompatibilidad del solaz mundano y delos deberes religiosos! No pasaba día sin que hubiese alguna tremolina ytambién síncopes, por los cuales era preciso llamar al médico y traerestas y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordarvoluntades; pero no conseguía nada. En último caso, siempre se inclinabadel lado de las pobres chicas, porque le mortificaba verlas rezando másde la cuenta y haciendo estúpidas penitencias. Si ellas eran muycristianas y católicas, ¿a qué conducía el volverlas santas y mártires aquemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el frenoreligioso para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre habíadefendido la Religión y le parecía muy bien que los gobiernos laprotegieran, persiguiendo a los difamadores de ella. Llegaba hastaadmitir, como indispensable en el régimen político de su tiempo, lamojigatería del Estado, pero la mojigatería privada le reventaba.

Lo más grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. Elpequeño no podía librarse aún de la tutela materna, y estaba todo el díaen la iglesia con su librito en la mano. Pero Joaquín, que ya teníaveintidós años, abogado, filósofo, economista, literato, revistero,historiógrafo, poeta, teogonista, ateneísta, ¿cómo se podíasometer a confesar y comulgar todos los domingos? Federico también eramuy precoz y hacía articulejos sobre el Majabarata. El trueno gordoestallaba cuando uno u otro decían algo que a su mamá le parecíasacrilegio. ¡Cristo la que se armaba! Un día, comiendo, tiró Carolinadel mantel, rompió los platos, derramó el contenido de ellos y la sal yel vino, y se encerró en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. Alas pobrecitas Rosa y Josefa que hasta el Otoño anterior habían vestidode corto, las obligaba a confesar todos los meses. ¡Inocentes!, ¿quépecados podían tener, si ni siquiera tenían novio?

Lo peor era que la displicente señora echaba a Pez la culpa de lairreligiosidad de la prole. Sí, él era un ateo enmascarado, un herejote,un racionalista, pues se contentaba con oír misa sólo los domingos, casidesde la puerta, charlando de política con D.

Francisco Cucúrbitas.Creía que con hacer una genuflexión cuando alzaban, arrodillarse sobreel pañuelo y garabatearse en el pecho y la frente la señal de la cruz,bastaba. Para eso valía más ser protestante. En todo el tiempo quellevaba de casada no le había visto acercarse ni una sola vez altribunal de la penitencia. Sus devociones habían sido puramentedecorativas, como llevar hacha en una procesión o sentarse en los bancosde preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin, conestas tonterías de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sinosofocado y aburridísimo. Bien sabía él quién había metido a Carolina eneste fregado del misticismo, y no era obra que su prima Serafinita deLantigua, que gozaba opinión de santa. Hablando en plata, la tal primaera una calamidad. En la iglesia veíanse diariamente a las seis de lamañana Carolina y Serafinita, y allí se despachaban a su gusto. En casa,la señora de Pez, cambiando a veces el estilo conminatorio por elcomparativo, ponía por modelo a sus hijos la virtud de Luisito Sudre, elde Tellería, que era un santo en leche, y ya se daba zurriagazos en susrosadas carnes. Al pobre Pez le decía constantemente que se mirase en elespejo de D. Juan de Lantigua, el gran católico, el gran letrado yescritor, tan piadoso en la teoría como en la práctica, pues no hacíanada contrario al dogma; ni su cristiandad era de fórmula, sino sinceray real; hombre valiente y recto, que no se avergonzaba de cumplir con laIglesia y de estarse tres horas de rodillas al lado de las beatas. Noera como Pez, como toda la caterva moderada, que hace de la religión unaescalera para subir a los altos puestos; no era como esos hombres que seenriquecen con los bienes del Clero y luego predican el Catolicismo enel Congreso para engañar a los bobos; como esos hombres que llevan aCristo en los labios y a Luzbel en el corazón, y que creen que dandoalgunos cuartitos para el Papa ya han cumplido. ¡Farsa,comedia, abominación!

En fin, D. Manuel había tomado en aborrecimiento su domicilio, y estabaen él lo menos posible. La tranquilidad no existía para él más que en laoficina, donde no hacía más que fumar y recibir a los amigos, y en casade alguno de estos, como Bringas, por ejemplo. ¡Oh!, ¡cuánto envidiabala paz del hogar de D. Francisco y aquella dulce armonía entre loscaracteres de uno y otro cónyuge! Él había sido feliz en sus tiempos;pero ya no. Et in Arcadia ego. Era un paria, un desterrado, y pedíapor favor que le tuvieran cariño y aun que le mimaran, para consolarsede la tormentosa vida que llevaba en su casa.

Contaba Pez estas cosas a Rosalía con gran vehemencia, y ella le oía coninterés vivísimo y con lástima. Charlando, charlando, apenas sentían elcorrer de las horas, y cuando del hondo patio salía la sombra lenta,mezclada de un fresquecillo húmedo; cuando la luz solar se dilataba enlas alturas y empezaban a clavetear el cielo las pálidas estrellas, D.Francisco, dejando los laboriosos pelos, aparecía frotándose los ojos, ytomaba parte en la conversación.

XIV

Desde que el primo Agustín emigró a Burdeos, los de Bringas no iban alteatro sino de tarde en tarde, ocupando localidades de amigos enfermos ode aquellos que se aburrían de la repetición excesiva de una piezadramática. No recuerdo si eran los lunes o los martes cuando Milagroshacía la gracia de quedarse en casa. D. Francisco iba a estasreuniones con su mujer; pero últimamente se sentía tan fatigado queRosalía tuvo que ir sola con Paquito. En Mayo, la proximidad de losexámenes obligaba al discreto joven a no desamparar sus estudios, yentonces acompañaba a su mamá hasta el portal de la casa de Tellería,volviéndose a la suya y a la fatiga de sus libros. Pez era el encargadode llevar a la señora de Bringas al domicilio conyugal a las doce o launa de la noche, y por el camino, que desde el primer trozo de la callede Atocha a Palacio no es muy largo, rara vez dejaba D. Manuel deentonar la jeremiada de sus disturbios domésticos. Cada noche relatabaepisodios más lastimosos, y conseguía mover borrascas decompasión en el pecho de Rosalía.

Cuando esta llegaba a su vivienda, ya don Francisco, fatigadas vista ycabeza por haber leído dos o tres periódicos después del trabajo delcenotafio, se había metido en la cama y dormitaba tosiendo unos ratos yroncando otros. Después de dar una vuelta por el cuarto de los niñospara ver si estaban desabrigados o si Isabelita tenía pesadilla, Rosalíacharlaba un poco con su marido, mientras iba soltando una por una susgalas, sus faldas y aquella máquina del corsé donde su carne,prisionera, reclamaba con muy visibles modos la libertad. Aunque teníamucho gusto en ir a las tertulias de Milagros, la rutina de adular a sumarido inspirábale conceptos algo contrarios a la verdad; pero bien selo pueden perdonar en gracia de los juicios maravillosamente exactos quehacía sobre cosas y personas observadas por ella en los salones deTellería.

«Hijito, si tú no vuelves, yo no voy más allá. Me fastidia la tertuliade Milagros lo que no puedes figurarte... Aquello no es para mí. ¡Se venunas cosas...! ¡Por cierto que me reí más...! La pobre Milagros, comotiene tanta confianza conmigo, todo me lo cuenta y sé sus apuros como silos pasara yo misma. Es una sofocación, y yo no sé cómo esa mujer tienealma para recibir gente sin poseer medios para nada. Esta nocheno ha dado más que cuatro melindres, cuatro porquerías... ¡quévergüenza!

Figúrate lo que saldrán diciendo los gorrones que no van aesas casas más que para que les den de cenar... En mi vida he vistomujer de más pecho. Habían dado las siete y aún no sabía como arreglarel buffet. Mandó a la confitería... es para morirse de risa... y noquisieron fiarle veinte libras de pastas. No sé de dónde sacó aqueljamón en dulce que era todo recortes y sobras, ni aquella cabeza dejabalí que olía a desperdicios... En fin, un asco... Tenía buenos vinos,eso sí... Vete a saber de dónde los ha sacado, y quién es el incauto quese los dio... Estaba la pobre apuradísima; pero

¡cómo lo disimulaba...!No creas, tan campante, sonriendo a todo el mundo; y cuando iba paradentro se trasformaba y parecía un capitán de barco mandando la maniobraen caso de naufragio. (Indignándose.) ¡Ah!, ese badulaque, esezanganote del marqués tiene la culpa. Está empeñado hasta los ojos, y eldía en que los acreedores se echen encima, no tendrá camisa que ponerse.La pobre Milagros es muy buena, es un alma de Dios; pero hay quereconocer que es muy gastadora. Si le ponen mil duros en la mano, se losgasta en un día como si fueran cien reales. Yo le doy consejos, lopredico, le trazo un plan, un método; pero ¡quia!, es inútil. A vecesparece reformada; pero sale, pasa por una tienda, ve cualquiertrapo, y adiós mi dinero... pierde el seso, le entra la fiebre... Yole digo, cuando la veo comprar: «Ya se le saltó a usted un tornillo dela cabeza...» ¡Y si vieras...! Los hijos dan lástima. Esta noche entréen el cuarto de Leopoldito, y te digo que parece un biombo de unazapatería de portal; la pared llena de mamarrachos pegados con obleas,escenas de toros, caricaturas de periódicos... en fin, indecentísimo, ycada cosa por su lado, todo revuelto; mucho olor de potingue de botica,porque el chico es una laceria; noveluchas de a peseta en vez de librosde estudio; látigos y bastones en tal número que habría para ponertienda de ello; la cama deshecha, porque se había levantado a las seisde la tarde... Por allí andaba cojeando, con las botas rotas, pidiendode comer y atisbando los dulces y fiambres que traían, para abalanzarsea ellos como un hambriento... Gustavo ya es otra cosa. ¡Qué formalito yqué bien educado! Allí andaba discutiendo con los hombres y echandomucha palabra retumbante... Se me figura un muñeco de Scropp con sufraquito sietemesino, y cuando habla, lo mismo que cuando anda, pareceque le han dado cuerda con una llave... María es la que se está poniendohermosísima. La marquesa no la presenta aún para que no la envejezca, yda dolor ver aquella mujercita tan desarrollada ya... no creas, tienemás delantera que su mamá... da dolor verla metida allá dentrojugando con las muñecas, enredando con las criadas o copiando temas delfrancés. Bastante tenía que hacer la pobre esta noche con vigilar alhermanito para que no metiese sus manos sucias en todo y no sobase losdulces y no lamiera los helados... Yo tomé una yema que apestaba aaceite de hígado de bacalao, y de fijo anduvieron por allí los dedos deLeopoldito.

» (Indignada otra vez.) Pero el marqués... ¡vaya un apunte! Quien leoye y no le conoce, cree que es el hombre más juicioso del mundo. Nohabla más que del Senado y de las cosas que ha dicho o va a decir allí.¡Qué pico de oro! Él arreglaría todos los asuntos de España si ledejaran... Pero como no le dejan, eso se pierde el país. Según dice, lascomisiones le absorben todo el tiempo... Dictamen acá, dictamen allá...Me ha dicho Milagros que de algunos meses a esta parte se dedica a lascriadas, y que no puede entrar en la casa ninguna que no sea un espantode fea. En fin, que el marqués, bajo aquella capita de caballero, es unasentina. A mí no me puede ver, porque le suelto cada indirecta... Es queme da asco, y la pobre Milagros me causa mucha pena.

¡Pobre mujer, pobremártir! Figúrate que su mariducho, como ella dice, la tiene siempre ala cuarta pregunta, y la infeliz pasa la pena negra para salir adelantecon el gasto de la casa. Así, no extraño que la pobrecita haya tenidoalgunas distracciones...

No soy yo quien lo dice; lo dicenotros, y aunque lo repito en confianza, no significa esto que lo crea,porque a saber si...».

D. Francisco, dormido ya profundamente, estaba tan distante de todasaquellas miserias que su mujer contaba como lo está el Cielo de laTierra.

XV

No versaban todas las confidencias sobre el mismo tema; que la fértilimaginación de Rosalía buscaba instintivamente la variedad en aquellasnocturnas raciones de jarabe de pico con que arrullaba a su buen esposo.Atenta a sostener siempre el papel que representaba y que desde algúntiempo exigía de ella mucho esmero, por apartarse cada día más de laexpresión sincera de su carácter, mostrábase disgustada de cosas que enrealidad le producían más agrado que pena, verbi gratia:

«¡Ay, hijito!, yo creí que nuestro amigo Pez no acababa esta noche decontarme sus trapisondas domésticas. De veras, le tengo lástima...¡pero qué mareo de hombre y qué organillo de lamentaciones!Carolina no tiene perdón de Dios, y bien podía enmendarse, al menos paraevitarnos las jaquecas que nos da su marido...».

D. Francisco se dormía antes que ella. A veces Rosalía estaba desveladae inquieta hasta muy tarde, envidiando el dulcísimo descanso de aquelbendito, que reposaba sobre su conciencia blanda como un ángel sobre lasnubes de la Gloria. La ingeniosa dama no hallaba blanduras semejantes,sino algo duro y con picos que la tenía en desasosiego toda la noche.Porque su pasión del lujo la había llevado insensiblemente a un terrenoerizado de peligros, y tenía que ocultar las adquisiciones que hacía decontinuo por los medios más contrarios a la tradición económica deBringas. Tenía los cajones de la cómoda atestados de pedazos de tela,estos cortados, aquellos por cortar. Enorme baúl mundo guardaba, consospechosa discreción, mil especies de arreos diversos, los unosantiguos, retocados o nuevos los otros, todo a medio hacer, revelando lasúbita interrupción del trabajo por la presencia de testigos importunos.Era preciso ocultar esto a la vigilancia fiscal de D. Francisco que entodo se metía, que interpelaba hasta por un carrete de algodón nopresupuesto en su plan de gastos.

Rosalía se desvelaba pensando en losembustes que habían de servirle de descargo en caso de sorpresa. ¿Conqué patrañas explicaría el crecimiento grande de la riqueza yvariedad de su guardarropa? Porque la muletilla de los regalos de laReina estaba ya muy gastada y no podía usarse más tiempo sin peligro.

Un día D. Francisco volvió de la oficina antes de lo que acostumbraba, ysorprendió a Rosalía en lo más entretenido de su trabajo, funcionando enel Camón, como si este fuera un taller de modista, y asistida de unacosturera que había llevado a casa. Más que taller parecía el Camón lasucursal de Sobrino Hermanos.

«¿Peeero mujer, qué es esto?»—dijo Thiers absorto, como quien ve cosassobrenaturales o mágicas y no da crédito a sus ojos.

Había allí como unas veinticuatro varas de Mozambique, del de a dospesetas vara, a cuadros, bonita y vaporosa tela que la Pipaón, ensueños, veía todas las noches sobre sus carnes. La enorme tira de trapose arrastraba por la habitación, se encaramaba a las sillas, se colgabade los brazos del sofá y se extendía en el suelo para ser dividida enpedazos por la tijera de la oficiala, que, de rodillas, consultaba conpatrones de papel antes de cortar. Tiras y recortes de glasé, de lasmás extrañas secciones geométricas, cortados al bies, veíanse sobre elbaúl esperando la mano hábil que los combinase con el Mozambique.Trozos de brillante raso de colores vivos eran los toques calientes, aúnno salidos de la paleta, que el bueno de Bringas viodiseminados por toda la pieza, entre mal enroscadas cintas y fragmentosde encaje. Las dos mujeres no podían andar por allí sin que sus faldasse enredaran en el Mozambique y en unas veinte varas de poplín azulmarino que se había caído de una silla y se entrelazaba con las tiras de foulard. De aquel bonito desorden salía ese olor especialísimo detienda de ropas, que es un resto de los olores del tinte fabril,mezclado con los del papel y la madera de los embalajes. Sobre el sofá,media docena de figurines ostentaban en mentirosos colores esas damasimposibles, delgadas como juncos, tiesas como palos, cuyos pies son deltamaño de los dedos de la mano; damas que tienen por boca una obleaencarnada, que parecen vestidas de papel y se miran unas a otras confisonomía de imbecilidad.

Al verse cogida in fraganti, el primer impulso de Rosalía fue recogertodo; pero le faltó tiempo, y el pavor mismo sugiriole una prontasalida, rasgo genial de aquel sutilísimo entendimiento.

«Calla, hombre, por Dios—le dijo, pasándole el brazo por la espalda ysacándole suavemente del Camón para que no se enterase la modista—. Esque... yo creí que te lo había contado anoche. Esos vestidos son deMilagros. Ayer, ¡si vieras!, tuvo la pobre una espantosa reyerta con esecaribe del marqués. Que si él era el que gastaba, que si gastaba másella, que si tú, que si yo... Por poco hay una tragedia. Yoestaba presente... y te digo que ya estaba pensando en mandar quetrajeran árnica... Milagros, que ahora no puede encargarle nada aEponina porque su marido no le pagaba las cuentas, compró las telas yllevó a su casa una modista para hacerse un par de trajes de verano...¿Qué cosa más natural? La pobre se arreglaba con veinticuatro varas de Mozambique, a dos pesetas vara, y veintidós de poplín, a catorce...Ya ves qué economía. Pues nada; entra aquel tagarote, que sin duda veníade perder cientos de duros a una sota, y lo mismo fue ver las telas y lamodista, empieza a echar por aquella boca unas herejías... ¡SantoCristo! Yo me quedé... Nada: todo se le volvía pisotear la tela y darcon el pie a los figurines, diciendo: ¡Brrr...!, qué sé yo. Que la pobreMilagros le ha arruinado con sus pingajos. ¿Has visto qué borricadas?Luego se quitó de cuentos, y cogiendo a la pobre modista por un brazo,la plantó en la calle, sin darle tiempo a que se pusiera la mantilla.¿Has visto qué pedazo de bárbaro?...

Milagros se desmayó. Tuvimos queaplicarle éter y qué sé yo qué más cosas... En fin, por sacarla de estecompromiso, he tenido que traerme a casa las telas y la modista parahacer aquí la labor. Ella vendrá luego a dirigirla, porque yo,francamente, entiendo poco de estas cosas tan historiadas y tanrecargaditas. Emilia, esa chica, es muy hábil y trabaja por pocodinero... Es una infeliz sin pretensiones, pero le da palmetazoal célebre Worth, no te creas...».

Con estas ingeniosidades, aquel buen cristiano se aplacó, y como al pocorato vino la marquesa, se encerraron las tres en el Camón y estuvieronpicoteando todo el día, cortando, midiendo, probando, deshaciendo yvolviendo a probar, lo dicho por Rosalía resultó tan verosímil como laverdad. Preocupábase, a todas estas, la dama de las insuperablesdificultades que sobrevendrían cuando estrenase aquellos vestidos, puesen tal caso, y contra la evidencia, no valdrían los bien trabadosenredos que sabía imaginar. Se consolaba con la esperanza de un hechoque sería solución muy fácil y segura. González Bravo había ofrecido aD. Francisco un gobierno de provincia. Pez le instaba para que aceptase,seguro de que se luciría y de que la provincia a quien le cayese ungobernador tan honrado y respetable, habría de saltar de gozo. Pero a élle repugnaba lo espinoso del cargo, y no quería abandonar sutranquilidad y aquel vivir oscuro en que era tan feliz. Si al finaceptaba Bringas, se iría solo a su ínsula, y la desconsolada esposa sequedaría en Madrid con libertad de estrenar cuantos vestidos quisiera.Pero siendo lo más probable que el gran economista no aceptase, Rosalíase calentaba los sesos discurriendo la salida de su compromiso, y al finhalló una fórmula que, mucho antes de la ocasión de emplearla,revolvía y ensayaba en su mente.

XVI

Ya ves, hijito—decía para sí un mes antes de que el hecho fuera real—,lo que ha pasado... No te lo quise decir para que no te disgustaras,porque al fin nuestra amiga es, y en casa se ha hecho este trabajo.Emilia le exigió el pago adelantado... Pura terquedad. ¡De repente,cañonazo!... Sobrino le pasó la cuenta. Ni a una cosa ni a otra pudoatender la pobre Milagros... No tienes idea de las trapisondas... Ya tecontaré. En fin, que he tenido que quedarme con los vestidos por menosde la tercera parte de su valor y me los he arreglado yo misma para nogastar... Es regalado, es una verdadera ganga... Emilia se ha empeñadoen ello, y dice que le pague cuando yo quiera... Ya ves...

Bien preparada estaba la comedia para cuando llegase el caso derepresentarla. Entre tanto, se trabajaba sin descanso en el Camón, conasistencia de Milagros, que cada día llevaba una novedad, ideasfelices, la inspiración más reciente de su genio fecundísimo, verbigratia:

«Yo no puedo ser muy espléndida este verano. Verá usted cómo me arreglo.En casa de los Hijos de Rotondo me han dado unas veinticinco varas de Bareges, muy arregladito... Me ha dicho la de San Salomó que el Bareges se llevará mucho este verano. Francamente, los Mozambiques meapestan ya... Pues sí... arreglaré ese vestido con una sencillezverdaderamente pastoril. Verá usted... tres volantes y adorno de sedasdelgadas. El volantito estrecho, guarnecido de encaje, y el entredós,bordado, formando hombrera a lo jockey... Cinturón color lila cerradopor delante con una escarapelita... ¿Sabe usted que aquel sombrero meparece algo estrepitoso?... Tengo otro en proyecto. Verá usted. Con uncasquete que guardo del año pasado y las cintas aquellas deterciopelo... No me faltan más que un penacho y un marabout denovedad que le pondré al lado derecho, así...».

A principios de Mayo, Rosalía tuvo que sustraerse, no sin pena, a aqueldelicioso trabajo. El médico había ordenado que Isabelita fuera sacada apaseo todas las mañanas. El tiempo estaba hermosísimo y convidaba agozar de la apacible amenidad del Retiro. Empezó la dama sus paseosmatutinos con Isabelita y el pequeñuelo, y desde el segundo día se lesagregó el señor de Pez, que padecía de rebeldes inapetencias.Moreno Rubio le había prescrito que madrugara, que se pusiera entrepecho y espalda un vaso grande de agua de la fuente Egipcia o de laSalud, y que la paseara después por espacio de dos horas antes de lahora del almuerzo.

¡Qué contentos iban los cuatro a lo Reservado, cuya entrada se lesfranqueaba, por ser Rosalía de la casa! ¡Y cuánto gozaban los chicosviendo la casita del Pobre, la del Contrabandista y la Persa, echandomigas, a los patitos de la casa del Pescador, subiendo a la carrera porlas espirales de la Montaña artificial, que es en verdad, el colmo delartificio! Todos aquellos regios caprichos, así como la Casa de Fieras,declaran la época de Fernando VII, que si en política fue brutalidad, enartes fue tontería pura.

Rosalía y D. Manuel, influidos favorablemente por la gala de lavegetación, la frescura del aire y el picor del sol de Mayo, sereverdecían, y a ratos casi eran tan chiquillos como los chiquillos, esdecir, que charlaban atolondradamente, y su andar no era siempre todo lomesurado que corresponde a personas graves, pues ya lo precipitaban, yalo contenían más de la cuenta, mientras los niños jugaban al esconditeentre las espesas matas. El vaso de agua, obrando maravillosamente sobrela mucosa y todo el aparato digestivo del buen funcionario, producíaefectos maravillosos. Activadas sus funciones vitales, recobraba sualegría y verbosidad ampulosa: los instintos galantes no sequedaban atrás en aquella resurrección matutina.

Parece mentira que unvaso de agua produzca tales efectos. ¡Cuántas veces tenemos en la mano,sin percatarnos de ello, el remedio de inveterados males!... La fácilpalabra de Pez, saltando de un concepto a otro, llegó al capítulo de laslisonjas, que en aquel caso eran muy fundadas, y allí fue el ponderar lafrescura y gracia de la dama. ¡Qué bien le sentaba todo lo que se ponía,y qué majestad en su porte! Pocas personas poseían como ella el arte devestirse y el secreto de hacer elegante cuanto usara... Estas bocanadasde incienso ahogaban a Rosalía, quiero decir, que el depósito de lavanidad (cierta vejiga que los fatuos tienen en el pecho) se le inflabaextraordinariamente y apenas le permitía respirar. También a ella lecosquilleaba en el interior el deseo de hacer algunas confidencias; peroel respeto de su marido le ponía un freno. Por fin, tanto extremó Pezlos panegíricos de ella, que la indiscreción se sobrepuso a laprudencia. Les vi varias veces cuando regresaban, ella cargada con unramo de lilas, el velo un poco echado atrás, cual si sacrificara lacompostura a la libertad de la vida campestre, el rostro algo encendidopor la agitación del paseo y la vehemencia del discurso; él cargado conotro ramo suplementario, hecho un pollastro, con diez años quitados porensalmo de encima de su cuerpo; los niños, revoloteando oradelante, ora detrás, ensuciándose de tierra y azotándose con varitas,sacudiendo los árboles tiernos y saltando las acequias salidas de madre.Rosalía hablaba; ¿pero quién, sino el mismo Pez, podría recoger suspalabras, impregnadas de un cierto desconsuelo y melancolía dulce?

La pobrecita no podía lucir nada, porque su marido... Ante todo, no secansaría de repetir que era un ángel, un ser de perfección... Pero estono quitaba que fuera muy tacaño y que la tuviese sujeta a un mal traer,deslucida y olvidada. Y no era ciertamente porque careciese de medios,pues Bringas tenía sus ahorros, reunidos cuarto a cuarto. ¿Y para qué?Para maldita la cosa, por el simple gusto de juntar monedas en uncajoncillo y contarlas y remirarlas de vez en cuando... Sin duda aquelhombre... que era muy bueno, eso sí, esposo sin pero y padreexcelente... no sabía colocar a su mujer en el rango que por su posicióncorrespondía a entrambos. Porque ella tenía que alternar con laspersonas de más viso, con títulos y con la misma Reina; y Bringas, noviendo las cosas más que con ojos de miseria, se empeñaba en reducirlaal vestidito de merino y a cuatro harapos anticuados y feos. ¡Oh!, loque ella sufría, lo que penaba para adecentarse era cosa increíble.¡Sólo Dios y ella lo sabían!...

Porque su marido llevaba cuenta y razónde todo, y hasta el perejil que se gastaba en la cocina setraducía en guarismos en su libro de apuntes... La pobre esposa, atentaa la dignidad de su posición social, era un puro Newton, por lasmatemáticas que tenía que revolver en su caletre para procurarse algúnsobrante del gasto de la casa y estirar las mezquinas cantidades queBringas le daba para vestirse. La cuitada se pelaba los dedos cosiendo yarreglándose sus vestidos; y la minuciosidad de él en la cuenta y razónera tan extremada, que se veía y se deseaba para poder filtrar un díatres reales, otro dos y medio; y a veces nada podía hacer. Lacontinuidad de estas molestias constituía una vida de martirio, y no esque quisiese tener lujo, no: mas juzgaba que su decoro y el contacto conaltas personas le imponían deberes ineludibles; creía que ella y losniños no debían hacer mal papel en las casas a donde iban, ni le gustabaque las amigas la mirasen de reojo y cuchichearan entre sí, observandoen ella una falda de taracea o una prenda cursi y anticuada... Noobstante, quería entrañablemente a su marido, porque fuera de aquello delas miserias era un hombre completo, un ser de elección, bueno ycariñoso, honrado como pocos o como ninguno, hombre que jamás habíatenido trapicheos ni tratado con mujerzuelas, ni puesto un duro a unacarta, y por fin, de genio tan pacífico, que como no le tocaran a suspresupuestos, se hacía de él lo que se quería... Considerandoesto, la infeliz llevaba con paciencia lo otro, es decir, los apurillospara vestirse, y se manejaba como podía para no desmerecer de su elevadaclase... De donde resultaba que ambos, el Sr. de Pez y la señora deBringas tenían respectivamente sus motivos de disentimiento conyugal, élpor causa de las furibundas santidades de su esposa, ella por lassordideces de su marido; lo cual prueba que nadie encuentra completadicha en este mísero mundo, y que es rarísimo hallar dos caracteres encompleto acomodo y compenetración dentro de la jaula del matrimonio,pues el diablo o la sociedad o Dios mismo desconciertan y cambian lasparejas para que todos rabien, y todos, cada cual en su jaula, haganméritos para la gloria eterna.

XVII

Cuando la conversación recayó en estas filosofías, iban saliendo por lapuerta de la Glorieta. Ya estaban descuajadas las famosas alamedas decastaños de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos,operación que se llamó rasgo. Esta palabra fue muy funestapara la Monarquía, árbol a quien no le valió ser más antiguo que loscastaños, porque también me le descuajaron e hicieron leña de él.

Al pasar del Retiro a las calles, los paseantes recobraban sucompostura. Iban delante los niños dándose las manos. Los mayores, a lavista de la población regular, cesaban en aquellas confidencias queparecían fruto sabroso de la amenidad campesina. Era como pasar de unpaís libre a otro donde todo es correcto y reglamentario. En su casa,cuando trabajaba en el Camón sola o con Emilia, la Bringas solía rumiarlas expansiones de la mañana, añadiéndoles conceptillos que no seatrevían a traspasar las fronteras del pensamiento. Sin desatender lostrapos, la soñadora dama se iba por esos mundos, ejercitando el derechode revisión y rectificación de las cosas sociales, concedido en el reinode la mente a todos los que se creen fuera de su lugar o mal apareados.

«Ese Pez sí que es un hombre. Al lado suyo sí que podría lucir cualquiermujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrático porte. Perocomo todo anda trocado le tocó esa mula rezona de Carolina... ¡Todo alrevés! ¿Qué mujer de mérito no se empequeñece y anula al lado de estepoquita-cosa de Bringas, que no ve más que menudencias, y es incapaz dehacer una brillante carrera y de calzarse una posiciónilustre?... Ya, ¿qué se puede esperar de un hombre que, cuando leofrecen un gobierno, en vez de saltar de gozo se pone a dar suspiros y adecir: «más que el bastón me gustan mis herramientas?...» ¡Oh, Pez,aquel sí que es hombre! Ya sé yo qué mujer le correspondería si lascosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Paratal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, señora de finísimosmodales, y que supiera honrar a su marido honrándose a sí propia; quesupiera darle lucimiento luciéndose ella misma; una dama que se crecieracada día haciéndole crecer, porque el secreto de las brillantes carrerasde algunos hombres está en el talento de sus mujeres. Paquito decía ayerque Napoleón no hubiera sido nada sin Josefina. Si en vez de esa beataviviera al lado de Pez una dama que reuniera en sus salones lo másselecto de la política, ya Pez sería ministro... De veras... ¡si yotuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacerministro a Bringas, un hombre que se pone de mal humor cuando hay quedar agua con azucarillo a cualquiera que viene a casa; un hombre quequiere que me vista de hábito y lleve a los niños con alpargatas. ¡Ah!,roñoso, menguado, nunca serás nada... ¡Oh Pez!, si tuvieras por esposa ala mujer que te corresponde, ¿cómo habías de consentir que saliera a lacalle hecha un adefesio para ponerte en ridículo?... Aprende tú, bobo,de quien con cincuenta mil reales de sueldo vive con laapariencia de doce mil duros de renta y paga veinticuatro mil reales decasa. Y no es que tenga deudas, es que sabe agenciarse y saca partido desu posición. Esto no lo sabrá nunca un poca-cosa, un pisa-hormigas queme está predicando tres horas porque puse o no puse siete garbanzos másen el cocido; esto no lo entiende quien no ve más allá de su sueldomezquino, y está temblando de que le den una cruz por no comprar lasinsignias; quien no quiere ser gobernador de una provincia; quien seopone a que el aguador me suba dos cubas más de agua, porque, según él,con mojarse el palmito ya basta; quien sostiene que no necesito más quediez y ocho varas de tela para un vestido, y me recomienda que adornelos sombreros de los niños con cinta damascada de la que usan loslicenciados del ejército para colgarse el canuto; quien sostiene que elpelo de cabra es más bonito que el gro, y llama cargazón a las capotassólo porque no son baratas; quien no me deja arreglar la bata con cintasotomanas y se atrevió a proponerme que utilizara las cintas amarillas delos mazos de cigarros del primo Agustín...».

Algunas tardes, cuando Pez y Rosalía no podían salir a la terraza acausa del mal tiempo, los tres tertuliaban en Gasparini. Tenían que oírlos elogios que D. Manuel hacía de la estupenda obra de su amigo. De piejunto a él, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón,mascándose el bigote, dejaba caer miradas de crítico sobre elmaravilloso cristal tan poblado de pelos como humana cabeza, en algunaspartes cabelludo, en otras claro, en todas como recién afeitado, gomoso,pegajoso, con brillo semejante al de las perfumadas pringues de tocador.