La de Bringas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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La de Bringas

Benito Pérez Galdós

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII,

XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX,

XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX,

XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV, XLV, XLVI, XLVII, XLVIII, XLIX, L

I

Era aquello... ¿cómo lo diré yo?... un gallardo artificio sepulcral deatrevidísima arquitectura, grandioso de traza, en ornamentos rico, poruna parte severo y rectilíneo a la manera viñolesca, por otra movido,ondulante y quebradizo a la usanza gótica, con ciertos atisbosplaterescos donde menos se pensaba; y por fin cresterías semejantes alas del estilo tirolés que prevalece en los kioskos. Tenía piramidalescalinata, zócalos greco-romanos, y luego machones y paramentosojivales, con pináculos, gárgolas y doseletes. Por arriba y por abajo, aizquierda y derecha, cantidad de antorchas, urnas, murciélagos, ánforas,búhos, coronas de siemprevivas, aladas clepsidras, guadañas, palmas,anguilas enroscadas y otros emblemas del morir y del vivir eterno.

Estosobjetos se encaramaban unos sobre otros, cual si se disputasen,pulgada a pulgada, el sitio que habían de ocupar. En el centro delmausoleo, un angelón de buen tallo y mejores carnes se inclinaba sobrauna lápida, en actitud atribulada y luctuosa, tapándose los ojos con lamano como avergonzado de llorar; de cuya vergüenza se podía colegir queera varón. Tenía este caballerito ala y media de rizadas y finísimasplumas, que le caían por la trasera con desmayada gentileza, y calzabasus pies de mujer con botitos, coturnos o alpargatas; que de todo habíaun poco en aquella elegantísima interpretación de la zapateríaangelical. Por la cabeza le corría una como guirnalda con cintas, que seenredaban después en su brazo derecho. Si a primera vista se podíasospechar que el tal gimoteaba por la molestia de llevar tanta cosasobre sí, alas, flores, cintajos, y plumas, amén de un relojito dearena, bien pronto se caía en la cuenta de que el motivo de su duelo erala triste memoria de las virginales criaturas encerradas dentro delsarcófago. Publicaban desconsoladamente sus nombres diversas letrascompungidas, de cuyos trazos inferiores salían unos lagrimones quefiguraban resbalar por el mármol al modo de babas escurridizas. Por talmodo de expresión las afligidas letras contribuían al melancólico efectodel monumento.

Pero lo más bonito era quizás el sauce, ese arbolito sentimentalque de antiguo nombran llorón, y que desde la llegada de la Retóricaal mundo viene teniendo una participación más o menos criminal en todaelegía que se comete. Su ondulado tronco elevábase junto al cenotafio, yde las altas esparcidas ramas caía la lluvia, de hojitas tenues,desmayadas, agonizantes. Daban ganas de hacerle oler algún fuertealcaloide para que se despabilase y volviera en sí de su poéticosíncope. El tal sauce era irremplazable en una época en que aún no sehacía leña de los árboles del romanticismo. El suelo estaba sembrado degraciosas plantas y flores, que se erguían sobre tallos de diversostamaños. Había margaritas, pensamientos, pasionarias, girasoles, liriosy tulipanes enormes, todos respetuosamente inclinados en señal detristeza... El fondo o perspectiva consistía en el progresivoalejamiento de otros sauces de menos talla, que se iban a llorar a mocoy baba camino del horizonte. Más allá veíanse suaves contornos demontañas, que ondulaban cayéndose como si estuvieran bebidas; luegohabía un poco de mar, otro poco de río, el confuso perfil de una ciudadcon góticas torres y almenas; y arriba, en el espacio destinado alcielo, una oblea que debía de ser la Luna a juzgar por los blancosreflejos de ella que esmaltaban las aguas y los montes.

El color de esta bella obra de arte era castaño, negro y rubio. Lagradación del oscuro al claro servía para producir ilusiones deperspectiva aérea. Estaba encerrada en un óvalo que podría tener mediavara en su diámetro mayor, y el aspecto de ella no era de mancha sino dedibujo, hallándose expresado todo por medio de trazos o puntos.

¿Eratalla dulce, agua fuerte, plancha de acero, boj o pacienzuda obraejecutada a punta de lápiz duro o con pluma a la tinta china?... Reparaden lo nimio, escrupuloso y firme de tan difícil trabajo. Las hojas delsauce se podrían contar una por una. El artista había querido expresarel conjunto, no por el conjunto mismo sino por la suma de pormenores,copiando indoctamente a la Naturaleza; y para obtener el follaje, tuvola santa calma de calzarse las hojitas todas una después de otra.Habíalas tan diminutas, que no se podían ver sino con microscopio. Todoel claro-oscuro del sepulcro consistía en menudos órdenes de bienagrupadas líneas, formando peine y enrejados más o menos ligeros segúnla diferente intensidad de los valores. En el modelado del angelotehabía tintas tan delicadas, que sólo se formaban de una nebulosa depuntos pequeñísimos. Parecía que había caído arenilla sobre el fondoblanco. Los tales puntos, imitando el estilo de la talla dulce, seespesaban en los oscuros, se rarificaban y desvanecían en los claros,dando de sí, con esta alterna y bien distribuida masa, la ilusión delrelieve... Era, en fin, el tal cenotafio un trabajo de pelo o enpelo, género de arte que tuvo cierta boga, y su autor D. FranciscoBringas demostraba en él habilidad benedictina, una limpieza de manos yuna seguridad de vista que rayaban en lo maravilloso, si no un poquitomás allá.

II

Era un delicado obsequio con el cual quería nuestro buen Thiers pagardiferentes deudas de gratitud a su insigne amigo D. Manuel María Josédel Pez. Este próvido sujeto administrativo había dado a la familiaBringas en Marzo de aquel año (1868) nuevas pruebas de su generosidad.Sin aguardar a que Paquito se hiciera licenciado en dos o tres Derechos,habíale adjudicado un empleíllo en Hacienda con cinco mil realetes, loque no es mal principio de carrera burocrática a los diez y seis añosmal cumplidos. Toda la sal de este nombramiento, que por lo tempranoparecía el agua del bautismo, estaba en que mi niño, atareado con susclases de la Universidad y con aquellas lecturas de Filosofía de la Historia y de Derecho de Gentes a que se entregaba con furor, noponía los pies en la oficina más que para cobrar los cuatrocientos diezy seis reales y pico que le regalábamos cada mes por su linda cara.

Aunque en el engreído meollo de Rosalía Bringas se había incrustrado laidea de que la credencial aquella no era favor sino el cumplimiento deun deber del Estado para con los españolitos precoces, estabaagradecidísima a la diligencia con que Pez hizo entender y cumplir a lapatria sus obligaciones. El reconocimiento de D. Francisco, mucho

másfervoroso,

no

acertaba

a

encontrar

para

manifestarse

mediosproporcionados a su intensidad. Un regalo, si había de sercorrespondiente a la magnitud del favor, no cabía dentro de losestrechos posibles de la familia. Había que pensar en algo original,admirable y valioso que al bendito señor no le costara dinero, algo quebrotase de su fecunda cabeza y tomara cuerpo y vida en sus plasmantesmanos de artista. Dios, que a todo atiende, arregló la cosa conforme alos nobles deseos de mi amigo. Un año antes se había llevado de estemundo, para adornar con ella su gloria, a la mayor de las hijas de Pez,interesante señorita de quince años. La desconsolada madre conservabalos hermosos cabellos de Juanita y andaba buscando un habilidoso quehiciera con ellos una obra conmemorativa y ornamental de esas queya sólo se ven, marchitas y sucias, en el escaparate de anticuadospeluqueros o en algunos nichos de Camposanto. Lo que la señora de Pezquería era... algo como poner en verso una cosa poética que está enprosa. No tenía ella, sin duda por bastante elocuentes las espesasguedejas, olorosas aún, entre cuya maraña creyérase escondida parte delalma de la pobre niña. Quería la madre que aquello fuera bonito y quehablara lenguaje semejante al que hablan los versos comunes, laescayola, las flores de trapo, la purpurina y los Nocturnos fácilespara piano. Enterado Bringas de este antojo de Carolina, lanzó con todoel vigor de su espíritu el grito de un eureka. Él iba a ser elversificador.

«Yo, señora, yo...»—tartamudeó, conteniendo a duras penas el fervorartístico que llenaba su alma.

—Es verdad... Usted sabrá hacer eso como otras muchas cosas. Es ustedtan hábil...

—¿De qué color es el cabello?

—Ahora mismo lo verá usted—dijo la mamá abriendo, no sin emoción, unacajita que había sido de dulces, y era ya depósito azul y rosa defúnebres memorias—. Vea usted qué trenza... es de un castañohermosísimo.

—¡Oh!, sí, ¡soberbio!—profirió Bringas temblando de gozo—. Pero noshacía falta un poco de rubio.

—¿Rubio?... Yo tengo de todos colores. Vea usted estos rizosde mi Arturín que se me murió a los tres años.

—Delicioso tono. Es oro puro... ¿Y este rubio claro?

—¡Ah!, la cabellera de Joaquín. Se la cortamos a los diez años. ¡Quélástima!

Parecía una pintura. Fue un dolor meter la tijera en aquellacabeza incomparable...

pero el médico no quiso transigir. Joaquín estabaconvaleciente de un tabardillo, y su cara ahilada apenas se veía dentrode aquel sol de pelos.

—Bien, bien; tenemos castaño y dos tonos de rubio. Para entonar novendría mal un poco de negro...

—Utilizaremos el pelo de Rosa. Hija, tráeme uno de tus añadidos.

D. Francisco tomó, no ya entusiasmado, sino extático, la guedeja que sele ofreció.

«Ahora...—dijo algo balbuciente—. Porque verá usted, Carolina... tengouna idea...

la estoy viendo. Es un cenotafio en campo funeral, consauces, muchas flores... Es de noche».

—¿De noche?

—Quiero decir, que para dar melancolía al paisaje del fondo, convieneponerlo todo en cierta penumbra... Habrá agua, allá, allá, muy lejos,una superficie tranquiiiila, un bruñido espeeeejo... ¿me comprendeusted?...

—¿Qué es ello?, ¿agua, cristal...?

—Un lago, señora, una, especie de bahía. Fíjese usted: lossauces extienden las ramas así... como si gotearan. Por entre el follajese alcanza a ver el disco de la luna, cuya luz pálida platea las cumbresde los cerros lejanos, y produce un temblorcito...

¿está usted?, untemblorcito sobre la superficie...

—¡Oh!, sí... del agua. Comprendido, comprendido. ¡Lo que a usted se leocurre...!

—Pues bien, señora, para este bonito efecto me harían falta algunascanas.

—¡Jesús!, ¡canas!... Me río tontamente del apuro de usted por una cosaque tenemos tan de sobra... Vea usted mi cosecha, Sr. D. Francisco. Noquisiera yo poder proporcionar a usted en tanta abundancia esos rayos deluna que le hacen falta... Con este añadido (Sacando uno largo ycopioso.) no llorará usted por canas...

Tomó Bringas el blanco mechón, y juntándolo a los demás, oprimiolo todocontra su pecho con espasmo de artista. Tenía, ¡oh dicha!, oro de dostonos, nítida y reluciente plata, ébano y aquel castaño sienoso yromántico que había de ser la nota dominante.

«Lo que sí espero de la rectitud de usted—dijo Carolina, disimulando ladesconfianza con la cortesía—, es que por ningún caso introduzca en laobra cabello que no sea nuestro. Todo se ha de hacer con pelo de lafamilia».

—Señora, ¡por los clavos de Cristo!... ¿Me cree usted capaz deadulterar...?

—No... no, si no digo... Es que los artistas, cuando se dejan llevar dela inspiración (Riendo.) pierden toda idea de moralidad, y con tal delograr un efecto...

—¡Carolina!...

Salió de la casa el buen amigo, febril y tembliqueante. Tenía laenfermedad epiléptica de la gestación artística. La obra, reciénencarnada en su mente, anunciaba ya con íntimos rebullicios que era unser vivo, y se desarrollaba potentísima oprimiendo las paredes delcerebro y excitando los pares nerviosos, que llevaban inexplicablessensaciones de ahogo a la respiración, a la epidermis hormiguilla, a lasextremidades desasosiego, y al ser todo impaciencia, temores, no sé quémás... Al mismo tiempo su fantasía se regalaba de antemano con la imagende la obra, figurándosela ya parida y palpitante, completa, acabada, conla forma del molde en que estuviera. Otras veces veíala nacer porpartes, asomando ahora un miembro, luego otro, hasta que toda enteraaparecía en el reino de la luz. Veía mi enfermo idealista el cenotafiode entremezclados órdenes de arquitectura, el ángel llorón, el saucecompungido con sus ramas colgantes, como babas que se le caen al cielo,las flores que por todas partes esmaltaban el piso, los términos lejanoscon toda aquella tristeza lacustre y lunática... Interrumpiendo estahermosa visión de la obra non-nata, llameaban en el cerebro delartista, al modo de fuegos fatuos (natural complemento de una cosa tanfuneraria), ciertas ideas atañederas al presupuesto de la obra. Bringaslas acariciaba, prestándoles aquella atención de hombre práctico que noexcluía en él las desazones espasmódicas de la creación genial. Contandomentalmente, decía: III

«Goma laca: dos reales y medio. A todo tirar gastaré cinco reales...Unas tenacillas de florista, pues las que tengo son un poco gruesas: tres reales. Un cristal bien limpio: real y medio. Cuatro docenas depistilos muy menudos, a no ser que pueda hacerlos de pelo, que lo he deintentar: dos y medio. Total: quince reales. Luego viene lo máscostoso, que es el cristal convexo y el marco; pero pienso utilizar eldel perrito bordado de mi prima Josefa, dándole una mano de purpurina.En fin, con purpurina, cristal convexo, colgadero e imprevistos...vendrá a importar todo unos veintiocho a treinta reales».

Al día siguiente, que era domingo, puso manos a la obra. Nogustándole ninguno de los dibujos de monumento fúnebre que en sucolección tenía, resolvió hacer uno; mas como no la daba el naipe por lainvención, compuso, con partes tomadas de obras diferentes, el bientrabado conjunto que antes describí. Procedía el sauce de La tumba deNapoleón en Santa Elena; el ángel que hacía pucheros había venido deltúmulo que pusieron en el Escorial para los funerales de una de lasmujeres de Fernando VII, y la lontananza fue tomada de un grabadito deno sé qué librote Lamartinesco que era todo un puro jarabe. Finalmente,las flores las cosechó Bringas en el jardín de un libro ilustrado sobreel Lenguaje de las tales, que provenía de la biblioteca de doñaCándida.

Este trabajo previo del dibujo ocupó al artista como media semana, yquedó tan satisfecho de él, que hubo de otorgarse a sí mismo, en elsilencio de la falsa modestia, ardientes plácemes. «Está todo tanpropio—decía la Pipaón con entusiasmo inteligente—, que parece se estáviendo el agua mansa y los rayos de la luna haciendo en ella como unascosquillas de luz...».

Pegó Bringas su dibujo sobre un tablero, y puso encima el cristal,adaptándolo y fijándolo de tal modo que no se pudiese mover. Hecho esto,lo demás era puro trabajo de habilidad, paciencia y pulcritud. Consistíaen ir expresando con pelos pegados en la superficie superior delcristal todas las líneas del dibujo que debajo estaba, tareaverdaderamente peliaguda, por la dificultad de manejar cosa tan sutil yescurridiza como es el humano cabello. En las grandes líneas menos mal;pero cuando había que representar sombras, por medio de rayados más omenos finos, el artista empleaba series de pelos cortados del tamañonecesario, los cuales iba pegando cuidadosamente con goma laca, encaliente, hasta imitar el rayado del buril en la plancha de acero o enel boj. En las tintas muy finas, Bringas había extremado y sutilizado suarte hasta llegar a lo microscópico. Era un innovador. Ningún capilíficehabía discurrido hasta entonces hacer puntos de pelo, picando este contijeras hasta obtener cuerpecillos que parecían moléculas, y pegar luegoestos puntos uno cerca de otro, jamás unidos, de modo que imitasen elpunteado de la talla dulce. Usaba para esto finísimos pinceles, y aunplumas de pajaritos afiladas con saliva; y después de bien picado elcabello sobre un cristal, iba cogiendo cada punto para ponerlo en susitio, previamente untado de laca. La combinación de tonos aumentaba laenredosa prolijidad de esta obra, pues para que resultase armónica,convenía poner aquí castaño, allá negro, por esta otra parte rubio, oroen los cabellos del ángel, plata en todo lo que estuviera debajo delfuero de la claridad lunar. Pero de todo triunfaba aquel bendito.

¿Ycómo no, si sus manos parecía que no tocaban las cosas; si suvista era como la de un lince, y sus dedos debían de ser dedos delcéfiro que acaricia las flores sin ajarlas?... ¡Qué diablo de hombre!Habría sido capaz de hacer un rosario de granos de arena, si se pone aello, o de reproducir la catedral de Toledo en una cáscara de avellana.

Todo el mes de Marzo se lo llevó en el cenotafio y en el sauce, cuyashojas fueron brotando una por una, y a mediados de Abril tenía el ángelbrazos y cabeza. Cuantos veían esta maravilla quedábanse prendados de laoriginalidad y hermosura de ella y ponían a D. Francisco entre los máseximios artistas, asegurando que si viese tal obra algún extranjerazo,algún inglesote rico de esos que suelen venir a España en busca de cosasbuenas, darían por ella una porrada de dinero y se la llevarían a lospaíses que saben apreciar las obras del ingenio. Tenía Bringas su talleren el enorme hueco de una ventana que daba al Campo del Moro...

Porque la familia vivía en Palacio en una de las habitaciones del pisosegundo que sirven de albergue a los empleados de la Casa Real.

Embelesado con la obra de pelo, se me olvidó decir que allá por Febrerodel 68 D.

Francisco fue nombrado oficial primero de la Intendencia delReal Patrimonio con treinta mil reales de sueldo, casal médico, botica,agua, leña y demás ventajas inherentes a la vecindad regia. Talcanonjía realizaba las aspiraciones de toda su vida, y no cambiaraThiers aquel su puesto tan alto, seguro y respetuoso por la silla delPrimado de las Españas. Amargaban su contento las voces que corrían enaquel condenado año 68 sobre si habría o no trastornos horrorosos, y eltemor de que la llamada revolución estallara al fin con estruendo.Aunque la idea del acabamiento de la monarquía sonaba siempre en elcerebro del buen hombre como una idea absurda, algo así como eldesequilibrio de los orbes planetarios, siempre que en un café otertulia oía vaticinios de jarana, anuncios de la gorda, o comentarioslúgubres de lo mal que iban el Gobierno y la Reina, le entraba un ciertocalofrío, y el corazón se le contraía hasta ponérsele, a su parecer, deltamaño de una bellota.

Ciento veinte y cuatro escalones tenía que subir D. Francisco por laescalera de Damas para llegar desde el patio al piso segundo de Palacio,piso que constituye con el tercero una verdadera ciudad, asentada sobrelos espléndidos techos de la regia morada. Esta ciudad, donde alternanpacíficamente aristocracia, clase media y pueblo, es una real repúblicaque los monarcas se han puesto por corona, y engarzadas en su inmensocircuito, guarda muestras diversas de toda clase de personas. La primeravez que D. Manuel Pez y yo fuimos a visitar a Bringas en sunuevo domicilio, nos perdimos en aquel dédalo donde ni él ni yo habíamosentrado nunca. Al pisar su primer recinto, entrando por la escalera deDamas, un cancerbero con sombrero de tres picos, después de tomarnos lafiliación, indiconos el camino que habíamos de seguir para dar con lacasa de nuestro amigo. «Tuercen ustedes a la izquierda, después a laderecha... Hay una escalerita. Después se baja otra vez... Número 67».

IV

¡Que si quieres!... Echamos a andar por aquel pasillo de baldosinesrojos, al cual yo llamaría calle o callejón por su magnitud, por estaralumbrado en algunas partes con mecheros de gas y por los ángulos yvueltas que hace. De trecho en trecho encontrábamos espacios, que nodudo en llamar plazoletas, inundados de luz solar, la cual entraba porgrandes huecos abiertos al patio. La claridad del día, reflejada por lasparedes blancas, penetraba a lo largo de los pasadizos, callejones,túneles o como quiera llamárseles, se perdía y se desmayaba enellos, hasta morir completamente a la vista de las rojizos abanicos delgas, que se agitaban temblando dentro de un ahumado círculo y bajo undoselete de latón.

En

todas

partes

hallábamos

puertas

de

cuarterones,

unas

recién

pintadas,descoloridas

y

apolilladas

otras,

numeradas

todas;

mas

en

ningunadescubrimos el guarismo que buscábamos. En esta veíamos pendiente unlujoso cordón de seda, despojo de la tapicería palaciega; en aquella undeshilachado cordel. Con tal signo algunas viviendas acusaban arreglo ylimpieza, otras desorden o escasez, y los trozos de estera de alfombraque asomaban por bajo de las puertas también nos decían algo de laespecial aposentación de cada interior. Hallábamos domiciliosdeshabitados, con puertas telarañosas, rejas enmohecidas, y por algunoshuecos tapados con rotas alambreras soplaba el aire trayéndonos el vahofrío de estancias solitarias. Por ciertos lugares anduvimos que parecíanbarrios abandonados, y las bóvedas de desigual altura devolvían con ecotriste el sonar de nuestros pasos. Subimos una escalera, bajamos otra, ycreo que tornamos a subir, pues resueltos a buscar por nosotros mismosel dichoso número, no preguntábamos a ningún transeúnte, prefiriendo elgrato afán de la exploración por lugares tan misteriosos. La idea deperdernos no nos contrariaba mucho, porque saboreábamos de antemanomano el gusto de salir al fin a puerto sin auxilio de práctico y porvirtud de nuestro propio instinto topográfico. El laberinto nos atraía,y adelante, adelante siempre, seguíamos tan pronto alumbrados por el solcomo por el gas, describiendo ángulos y más ángulos. De trecho en trechoalgún ventanón abierto sobre la terraza nos corregía los defectos denuestra derrota, y mirando a la cúpula de la capilla, nos orientábamos yfijábamos nuestra verdadera posición.

«Aquí—dijo Pez algo impaciente—, no se puede venir sin un plano yaguja de marear. Esto debe de ser el ala del Mediodía. Mire usted lostechos del Salón de Columnas y de la escalera... ¡Qué moles!».

En efecto, grandes formas piramidales forradas de plomo nos indicabanlas grandes techumbres en cuya superficie inferior hacen volatines losangelones de Bayeu.

A lo mejor, andando siempre, nos encontrábamos en un espacio cerrado querecibía la luz de claraboyas abiertas en el techo, y teníamos queregresar en busca de salida.

Viendo por fuera la correcta mole delalcázar, no se comprenden las irregularidades de aquel pueblo fabricadoen sus pisos altos. Es que durante un siglo no se ha hecho allí más quemodificar a troche y moche la distribución primitiva, tapiando por aquí,abriendo por allá, condenando escaleras, ensanchando unas habitaciones acosta de otras, convirtiendo la calle en vivienda y la viviendaen calle, agujerando paredes y cerrando huecos. Hay escaleras queempiezan y no acaban; vestíbulos o plazoletas en que se ven blanqueadastechumbres que fueron de habitaciones inferiores. Hay palomares dondeantes hubo salones, y salas que un tiempo fueron caja de una gallardaescalera. Las de caracol se encuentran en varios puntos, sin que se sepaa dónde van a parar, y puertas tabicadas, huecos con alambrera, tras loscuales no se ve más que soledad, polvo y tinieblas.

A un sitio llegamos donde Pez dijo: «esto es un barrio popular». Vimosmedia docenas de chicos que jugaban a los soldados con gorros de papel,espadas y fusiles de caña. Más allá, en un espacio ancho y alumbrado porenorme ventana con reja, las cuerdas de ropa puesta a secar nosobligaban a bajar la cabeza para seguir andando. En las paredes nofaltaban muñecos pintados ni inscripciones indecorosas. No pocas puertasde las viviendas estaban abiertas, y por ellas veíamos cocinas con suspucheros humeantes y los vasares orlados de cenefas de papel. Algunasmujeres lavaban ropa en grandes artesones, otras se estaban peinandofuera de las puertas, como si dijéramos, en medio de la calle.

«Van ustedes perdidos»—nos dijo una que tenía en brazos un muchachónforrado en bayetas amarillas.

—Buscamos la casa de D. Francisco Bringas.

—¿Bringas?... ya, ya sé—dijo una anciana que estaba sentada junto a lagran reja—.

Aquí cerca. No tienen ustedes más que bajar por la primeraescalera de caracol y luego dar media vuelta... Bringas, sí, es elsacristán de la Capilla.

—¿Qué está usted diciendo, señora? Buscamos al oficial primero de laIntendencia.

—Entonces será abajo, en la terraza. ¿Saben ustedes ir a la fuente?

—No.

—¿Saben la escalera de Cáceres?

—Tampoco.

—¿Saben el oratorio?

—No sabemos nada.

—¿Y el coro del oratorio? ¿Y los palomares?

Resultado: que no conocíamos ninguna parte de aquel laberíntico puebloformado de recovecos, burladeros y sorpresas, capricho de laarquitectura y mofa de la simetría.

Pero nuestra impericia no se dabapor vencida, y rechazamos las ofertas de un muchacho que quiso sernuestro guía.

«Estamos en el ala de la Plaza de Oriente, es a saber, en el hemisferioopuesto al que habita nuestro amigo—dijo Pez con cierto énfasisgeográfico de personaje de Julio Verne—. Propongámonos trasladarnos alala de Poniente, para lo cual nos ofrecen seguro medio de orientación lacúpula de la Capilla y los techos de la escalera. Una vezposesionados del cuerpo de Occidente, hemos de ser tontos si no damoscon la casa de Bringas. Yo no vuelvo más aquí sin un buen plano,brújula... y provisiones de boca».

Antes de partir para aquella segunda etapa de nuestro viaje, miramos porel ventanón el hermoso panorama de la Plaza de Oriente y la parte deMadrid que desde allí se descubre, con más de cincuenta cúpulas,espadañas y campanarios. El caballo de Felipe IV nos parecía un juguete,el Teatro Real una barraca, y el plano superior del cornisamento dePalacio un ancho puente sobre el precipicio, por donde podría correr conholgura quien no padeciera vértigos. Más abajo de donde estábamos teníansus nidos las palomas, a quienes velamos precipitarse en el hondo abismode la Plaza, en parejas o en grupos, y subir luego en velocísima curva aposarse en los capiteles y en las molduras. Sus arrullos parecen taninherentes al edificio como las piedras que lo componen. En losinfinitos huecos de aquella fabricada montaña habita la salvajerepública de palomas, ocupándola con regio y no disputado señorío. Sonlos parásitos que viven entre las arrugas de la epidermis del coloso. Esfama que no les importan nada las revoluciones; ni en aquel libre aire,ni en aquella secular roca hay nada que turbe el augusto dominio deestas reinas indiscutidas e indiscutibles.

Andando. Pez había adquirido en los libritos de Verne nocionesgeográficas; se las echaba de práctico y a cada paso me decía: «Ahoravamos por el Mediodía...

Forzosamente hemos de encontrar el paso deponiente a nuestra derecha... Podemos bajar sin miedo al piso segundopor esta escalera de caracol... Bien... ¿en dónde estamos? Ya no se vela cúpula, ni un triste pararrayos. Estamos en los sombríos reinos delgas... Pues volvamos arriba por esta otra escalera que se nos viene a lamano... ¿Qué es esto? ¿Nos hallamos otra vez en el ala de Oriente? Sí,porque mirando al patio por esta ventana, la cúpula está a nuestraderecha... Crea usted que ese bosque de chimeneas me causa mareo.Paréceme que navego y que toda esta mole da tumbos como un barco. A estelado parece que está la fuente, porque van y vienen mujeres concántaros... Ea, yo me rindo, yo pido práctico, yo no doy un paso más...Hemos andado más de media legua y no puedo con mi cuerpo... Un guía, unguía, y que me saquen pronto de aquí».

La Providencia deparonos nuestra salvación en la considerable persona dela viuda de García Grande, que se nos pareció de improviso saliendo deuna de las más feas y más roñosas puertas que a nuestro lado veíamos.

V

Cuánto nos alegramos de aquel encuentro, no hay para qué decirlo. Ella,por el contrario, pareciome sorprendida desagradablemente, coma personaque no quiere ser vista en lugares impropios de su jerarquía. Susprimeras palabras, dichas a tropezones y entremezcladas con las fórmulasdel saludo, confirmaron aquel mi modo de pensar.

«No les ruego que pasen, porque esta no es mi casa... Me he instaladoaquí provisionalmente, mientras se arregla la habitación de abajo dondeestaba la generala.

Es esto un horror, una cosa atroz... Su Majestad seempeñó en que había de aposentarme en Palacio y no he podido negarme aello... «Candidita, no puedo vivir lejos de ti... Candidita, venteconmigo... Candidita, dispón de todo lo que esté desocupado arriba...»Nada, nada, pues a Palacio. Meto mis muebles en siete carros de mudanza,y me encuentro con que el cuarto de la generala está lleno dealbañiles... ¡Es un horror!... se cae un tabique... el estucoperdido... los baldosines teclean bajo los pies... En fin, que tengo quemeter mis queridos trastos en este aposento, bastante grande, sí, peroincapaz para mí... Verían ustedes las dos tablas de Rafael tiradas porel suelo, revueltas con la vajilla; el gran lienzo de Tristán contra lapared; las porcelanas metidas en paja todavía; las mesas patas arriba;las lámparas y los biombos y otras muchas cosas en desorden, esperandositio, todo hecho una atrocidad, un horror...

Créanlo, estoy nerviosa.Acostumbrada a ver mis cosas arregladas me abruma la estrechez, la faltade espacio... Y esta vecindad de mozas de retrete, de porteros de banda,pinches y casilleres me enfada lo que ustedes no pueden figurarse. SuMajestad me perdone; pero bien me podía haber dejado en mi casa de lacalle de la Cruzada, grandona, friota, eso sí; pero de una comodidad...No me faltaba sitio para nada y todos los tapices estaban colgados. Aquíno sé, no sé... Creo que en la habitación que voy a ocupar ha defaltarme también sitio para todo... ¡Qué hemos de hacer!... allá vanleyes do quieren reyes».

Dijo esto en tono de jovial conformidad, cual persona que sacrificabasus gustos y su bienestar al amistoso capricho de una Reina. Guiábanospor el corredor, y cuando salimos a la terraza para acortar camino,señaló con aire imponente a una fila de puertas diciendo:

«Esta parte es la que voy a ocupar. La de Porta se mudó al lado de allápara dejarme sitio... Derribo tabiques para unir dos habitaciones yponerme en comunicación con la escalera de Cáceres, por la cual puedobajar fácilmente a la galería principal y entrar en la Cámara... Mandoponer tres chimeneas más y una serie de mamparas...».

D. Manuel, como hombre muy político, apoyaba estas razones; perodemasiado sabía con quién hablaba y el caso que debía hacer de aquellascacareadas grandezas.

Por mi parte, como la viuda de García Grande meera aún punto menos que desconocida, pues mi familiar trato con ella severificó más tarde, en los tiempos de Máximo Manso, mi amigo, todocuanto aquella señora dijo me lo tragué, y lo menos que me ocurría eraque estaba hablando con el más próximo pariente de S. M. Aquel derribarde tabiques y aquel disponer obras y mudanzas, hicieron en mi candidezel efecto de un lenguaje regio hablado desde la penúltima grada de untrono. El respeto me impedía desplegar los labios.

Llegamos por fin a las habitaciones de Bringas. Comprendimos quehabíamos pasado por ella sin conocerla, por estar borrado el número. Erauna hermosa y amplia vivienda, de pocos pero tan grandes aposentos, quela capacidad suplía al número de ellos. Los muebles de nuestroamigo holgaban en la vasta sala de abovedado techo; pero el retrato deD. Juan de Pipaón, suspendido frente a la puerta de entrada, decía consus sagaces ojos a todo visitante: «Aquí sí que estamos bien». Por lasventanas que caían al Campo del Moro entraban torrentes de luz yalegría. No tenía despacho la casa; pero Bringas se había arreglado unomuy bonito en el hueco de la ventana del gabinete principal, separándolode la pieza con un cortinón de fieltro. Allí cabían muy bien su mesa detrabajo, dos o tres sillas, y en la pared los estantillos de lasherramientas con otros mil cachivaches de sus variadas industrias. En laventana del gabinete de la izquierda se había instalado Paquito con todoel fárrago de su biblioteca, papelotes y el copioso archivo de susapuntes de clase, que iba en camino de abultar tanto como el deSimancas. Estos dos gabinetes eran anchos y de bóveda, y en la pared delfondo tenían, como la sala, sendas alcobas de capacidad catedralesca,sin estuco, blanqueadas, cubiertos los pisos de estera de cordoncillo.Las tres alcobas recibían luz de la puerta y de claraboyas con reja dealambre que se abrían al gran corredor-calle de la ciudad palatina. Poralgunos de estos tragaluces entraba en pleno día resplandor de gas. Enla alcoba del gabinete de la derecha se instaló el lecho matrimonial; lade la sala, que era mayor y más clara, servía a Rosalía deguardarropa, y de cuarto de labor; la del gabinete de la izquierda seconvirtió en comedor por su proximidad a la cocina.

En dos piezasinteriores dormían los hijos.

Ignoro si partió de la fértil fantasía de Bringas o de la pedantescaasimilación de Paquito la idea de poner a los aposentos de la humildemorada nombres de famosas estancias del piso principal. Al mes dehabitar allí, todos los Bringas chicos y grandes llamaban a la sala Salón de Embajadores, por ser destinada a visitas de cumplido yceremonia. Al gabinete de la derecha, donde estaba el despacho de Thiersy la alcoba conyugal, se le llamaba Gasparini, sin duda por ser lo másbonito de la casa. El otro gabinete fue bautizado con el nombre de laSaleta. El comedor-alcoba fue Salón de columnas; laalcoba-guardarropa recibió por mote el Camón, de una estancia dePalacio que sirve de sala de guardias, y a la pieza interior donde seplanchaba, se la llamó la Furriela.

Para ir a su oficina, D. Francisco no tenía que salir a la calle. O bienbajaba la escalera de Cáceres, atravesando luego el patio, o bien, si eltiempo estaba lluvioso, recorría la ciudad alta hasta la escalera deDamas, dirigiéndose por las arcadas al Real Patrimonio. Como salía pocoa la calle, hasta el paraguas había dejado de serle necesario en aquellafeliz vivienda, complemento de todos sus gustos y deseos.

En la vecindad había familias a quienes Rosalía, con todo su orgullete,no tenía más remedio que conceptuar superiores. Otras estaban muy porbajo de su grandeza pipaónica; pero con todas se trataba y a todasdevolvió la ceremoniosa visita inaugural de su residencia en lapoblación superpalatina. Doña Cándida...

VI

Pero antes de seguir, quiero quitar de esta relación el estorbo de mipersonalidad, lo que lograré explicando en breves palabras el objeto demi visita al Sr. de Bringas.

Había yo rematado un lote de leñas y otrode hierbas en Riofrío; y como ocurrieran informalidades graves en laadjudicación, tuve ciertos dimes y diretes con un administradorcillo dela Casa Real, de donde me vino el peligro de un pleito. Ya empezaba asentir las pesadas caricias del procurador, cuando resolví matar lacuestión en su origen. D. Manuel Pez, el arreglador de todas las cosas,el recomendador sempiterno, el hombre de los volantitos y de lasnotitas, brindose a sacarme del paso.

Yo le debía algunosfavores; pero los que él me debía a mí eran de mayor importancia ycuantía. Quiso, pues, nivelar mi agradecimiento con el suyo, llevándomeen persona a ver al oficial primero del Patrimonio para que fuera así larecomendación más expresiva y eficaz. Todo salió según el deseo deentrambos. Tan servicial y diligente se mostró el buen D. Francisco, quea los dos días de haberle visto, mi asunto estaba zanjado. Dos caponesde Bayona y una docena de botellas de vino de mi propia cosecha leregalé el 4 de Octubre, día de su santo, y aún no me pareció esta finezaproporcionada al servicio que me había hecho.

Prosigo ahora con Doña Cándida. ¡Oh, qué mujer!, ¡qué jarabe de pico elsuyo! Era frecuente oírle esta frase: «Me voy, me voy, que ha de venir averme mi administrador, y no quiero hacerle esperar. Es hombreocupadísimo». O bien esta:

«Anda algo atrasada ahora la cobranza de losalquileres de mis casas». Máximo Manso, cuando se pone a contar cosas deella, empieza y no concluye. En 1868 esta señora conservaba aún muchaparte de su ser antiguo y de las grandezas de su reinado social durantelos cinco años de O'Donnell. Por aquel tiempo se comía precipitadamentelos restos del caudal que allegó su marido, y no había día en que nosaliese de la casa una joya, un cuadrito, un mueble con la misión detraer dineros para atender a las necesidades domésticas. De losconflictos con su casero, a quien debía medio año de alquileres, meocuparía si tuviese espacio para ello. La Reina la salvó de estosapurillos, pagándole los atrasos de casa y ofreciéndole una habitaciónen los altos de Palacio, que la infeliz no vaciló en aceptar... «Me hemetido en ese cuchitril por complacer a Su Majestad y estar cerca deella, mientras me arreglan las piezas de la terraza... ¡Ay, qué posma dearquitecto!... Le voy a calentar las orejas...».

Así se expresabaconstantemente, y transcurrieron muchos meses sin que la ilustre viudaabandonara su choza provisional. Cuando la encontramos Pez y yo, ytuvimos el honor de que nos guiara a la morada de Bringas, ya llevabanmás de un año de abandono y podredumbre las famosas tablas de Rafael, elcuadro de Tristán y las otras mil preciosidades que por milagro de Diosno estaban en los museos.

Era Cándida una de las más constantes visitas de los Bringas. Rosalíasentía hacia ella respetuoso afecto y la oía siempre con sumisión,conceptuándola como gran autoridad en materias sociales y en toda suertede elegancias. A los ojos de la señora de Thiers, el brillantísimopasado de Cándida había dejado, al borrarse del tiempo, resplandores deprestigio y nobleza en torno al busto romano y al tieso empaque de lailustre viuda. Esta aureola fascinaba a Rosalía, quien,extremando su respeto a las majestades caídas, aparentaba, tomar enserio aquello de mi administrador, mis casas... Se expresaba Cándidaen todas las ocasiones con un desparpajo y una seguridad y un bocaabajo todo el mundo que no daban lugar a réplica. Vivía en el ala deOriente, el barrio más humilde de lo que hemos convenido en llamarciudad; pero ningún otro vecino de esta hacía más visitas ni estaba mástiempo fuera de su domicilio. Todo el santo día lo pasaba de casa encasa, llamando a distintas puertas, visitando, charlando, recorriendotodas las partes del coloso desde las cocinas a los palomares; y por lasnoches, sin haber salido a la calle, llegaba a su choza provisional tanrendida como si hubiera corrido medio Madrid. No tenía más familia queuna sobrinita llamada Irene, de unos nueve o diez años, huérfana de unhermano de García Grande que había sido caballerizo de S. M. Esta era lainseparable amiguita de la niña de Bringas, y por las tardes se lasveía, muñeca en mano y merienda en boca, jugando en la terraza o en laspartes más claras de aquellas luengas calles cubiertas.

La persona de más viso de cuantas allí vivían, y que en concepto deRosalía ocupaba el lugar inmediatamente inferior al de la familia real,era la vivida del general Minio, camarera mayor de Su Majestad, personadistinguidísima y sin tacha por cualquier lado que se lamirase. En la ciudad llamábanla todos por el cariñoso y popular nombrede doña Tula; pero Rosalía jamás le apeaba el título, y todo era:« condesa esto, condesa lo otro y lo de más allá». Esta bondadosa ynoble señora era hermana de la condesa de Tellería y de AlejandroSánchez Botín, que ha sido diputado tantas veces y ha figurado ya enmedia docena de partidos. Los Sánchez Botín son de buena familia, creoque de un alcurniado solar del Bierzo, y tienen parentesco, aunqueremoto, con la familia de Aransis. En un mismo día se casaron las doshermanas, Milagros con el marqués de Tellería, y Gertrudis, que era lamayor, con el coronel Minio, que rápidamente ascendió a general, ganandobatallas cortesanas en las antecámaras palatinas. No había día decumpleaños de Reyes o Príncipes en que él no pescara una cruz o grado.Cuando ya no le podían dar nada superior, en orden de milicia, a los dosentorchados, me le agraciaron con el título de conde de Santa Bárbara(de una finca que tenía en Navarra), nombre que por tener ciertoolorcillo de pólvora, cuadraba bien a su oficio, aunque se decía de élque nunca había olido más que la que gastamos en salvas. La fama devaliente que gozaba debió fundarse en que era muy bruto. En el desordende nuestras ideas fácilmente convertimos en héroes a los que apenassaben escribir su nombre. Lo cierto es que D. Pedro Minio,marqués de Santa Bárbara, era persona imponente en una parada, o pasandorevista de inspección en los cuarteles, o dando militares gritos en lasvarias Direcciones que desempeñó. Salvo algunas escaramuzas sinimportancia en que tomó parte durante la primera guerra, civil, lahistoria militar de nuestro país no le dijo nunca «esta boca es mía».Pero pasará a la posteridad por los célebres dichos de la espada deDemóstenes, la tela de Pentecostés y el alma de Garibaldi, poraquello de ir a la Habana haciendo escala en Filipinas, con otrascosillas que, coleccionadas por sus subalternos, forman un deliciosocentón de disparates. La Reina los sabía de corrido y los contaba conmucha sal. Pero no revolvamos las cenizas de esta nulidad, de quien lacondesa decía, en el más escondido pliegue de la confianza, que era unabestia condecorada, y ocupémonos de su viuda.

VII

Era en todo tan distinta de la marquesa de Tellería que no parecíanhijas de la misma madre. Tampoco tenía semejanza, ni en la condición nien la figura, con su célebre hermano Alejandro Sánchez Botín,hombre de grandes arbitrios. Las raras prendas de que estaba adornadaparece que tenían su complemento en otra forma de la distinción humana,la desgracia, privilegio de los seres que se avecinan a lo perfecto. Losdos hijos que heredaron el nombre, la rudeza y los solecismos delgeneral eran dos buenas alhajas. Lo que pasó aquella madre mártir parahacerles seguir la carrera de Caballería no es para contado. Fueroncinco o seis años de cruel lucha con la barbarie y desaplicación de losmuchachos, de un pugilato fatigoso con los profesores; y gracias alnombre que llevaban y a las cartitas que escribía en cada curso laReina, salieron adelante. Ya eran oficiales y estaban colocados, cuandouna nueva serie de disgustos amargaba la existencia de doña Tula. Nopasaba mes sin que uno de sus pimpollos hiciera alguna barbaridad.Cuestiones, desafíos, borracheras, sumarias, timbas, trampas, eran lahistoria de todos los días, y la mamá tenía que poner remedio a ello conlas recomendaciones y con los desembolsos. Llegó a sentirse tanfatigada, que cuando el mayor, que también se llamaba Pedro Minio, lemanifestó el deseo de irse a Cuba, no tuvo fuerzas para contrariarle. Elotro se quería casar con una mujer de malos antecedentes. Nueva batallade la madre, que empleó, para evitarlo, cuantos recursos le permitían suconocimiento del mundo y su alta posición. Esta señora dijo unafrase que se quedó grabada en la mente de cuantos la oímos, gritoabsurdo y dolorido del egoísmo contra la maternidad, y que si no fuerauna paradoja, sería blasfemia contra la Naturaleza y la especie humana.Hablaban de hijos y de las madres que deseaban tenerlos, así como de lasque los tenían en excesivo número. «¡Ah, los hijos!—dijo doña Tula contristísimo acento—. Son una enfermedad de nueve meses y unaconvalecencia de toda la vida».

Si los hijos de aquella señora eran idiotas, raquíticos y feos comodemonios, en cambio su hermana Milagros había dado al mundo cuatroángeles marcados desde su edad tierna con el sello de la hermosura, lagracia y la discreción. Aquel Leopoldito tan travieso y mono; aquelGustavito tan precoz, tan sabidillo y sentado; aquel Luisito tanmístico, que parecía un aprendiz de santo, y principalmente aquellaMaría, de ojos verdes y perfil helénico, Venus extraída de las ruinas deGrecia, soberana escultura viva, ¿a qué madre no envanecerían? Doña Tulaadoraba a sus sobrinos. Eran para ella hijos que no le habían causadoningún dolor; hijos de otra para las molestias y suyos para las gracias.A María, que por entonces cumpliera quince años, la adoraba con pasiónde abuela, o sea dos veces madre, y la tenía un tanto consentida ymimosa. Iba la hermosa niña los domingos y jueves a pasar condoña Tula todo el día; también solía ir los martes y los viernes, y aveces los lunes y sábados. Los días de fiesta reuníanse allí variasamiguitas de la generala, entre ellas las niñas de D. Buenaventura deLantigua, y una prima de estas, hija del célebre jurisconsulto D. Juande Lantigua, la cual, si no estoy equivocado, se llamaba Gloria.

¡María Santísima!, ¡lo que parecía aquella terraza! Había ninfas detraje alto que muy pronto iba a descender hasta el suelo, y otras devestido bajo que dos semanas antes había sido alto. Las que acababan derecibir la investidura de mujeres se paseaban en grupos, cogidas delbrazo, haciendo ensayos de formalidad y de conversación sosegada ydiscreta. Las más pequeñas corrían, enseñando hasta media pierna, y noes aventurado decir que Isabelita Bringas y la sobrina de doña Cándidaeran

las

que

más

alborotaban.

Cuando

por

aquellas

galerías

conseguíadeslizarse con furtivo atrevimiento algún novio agridulce, algúnpollanco pretendiente, de bastoncito, corbata de color, hongo claro, ytal vez pitillo en boquilla de ámbar... ¡ay Dios mío!, ¿quién podríacontar las risas, los escondites, las sosadas, el juego inocente, latontería deliciosa de aquellas frescas almas que acababan de abrir suscorolas al sol de la vida? Las breves cláusulas que ligeras se cruzabaneran, por un lado, lo más insulso del perfeccionado lenguaje social,y por otro el ingenuo balbucir de las sociedades primitivas. Entodos estos casos se repite incesantemente el principio del mundo, estoes, los pruritos de la Creación, el querer ser.

La juguetona bandada de mujeres a medio formar invadía el domicilio deBringas.

Rosalía, gozosa de tratarse con doña Tula, con los Tellerías,con los Lantiguas, recibíalas con los brazos abiertos, y las obsequiabacon dulces, que se hacía traer previamente de la repostería de Palacio.«Jueguen, enreden, griten y alboroten, que a mí no me incomodan»—lesdecía Bringas festivamente desde el hueco de la ventana, donde estabasumergido en el piélago inmenso de sus pelos. Y ellas no se hacían derogar; abrían el piano; una de ellas aporreaba una polka o wals, ylas otras, abrazándose en parejas, bailaban, volteaban alegres, riendo,chillando y besándose.

«Bailen, corran; la casa es de ustedes, niñas queridas»—decía Thierssin apartar la vista de los átomos que pegaba sobre el vidrio; y ellaslo tomaban tan al pie de la letra que corrían danzando de Gasparini a laSaleta y a saltos se metían en el Camón y en Columnas. Pues digo...cuando les daba por revolverle a Isabelita sus muñecas, era lo deempezar y no concluir. Precisamente las más talludas eran las que conmás furor se entretenían en este graciosísimo simulacro de la vidadoméstica, vistiendo y desnudando mujercitas de porcelana yestopa, arropando bebés con ojos de vidrio y moviendo los trastos de unacocina de hojalata o de un gabinete de cartón. Lo que embargaba el ánimode todas, llegando hasta producir rivalidades, era una muñeca enorme queD. Agustín Caballero le había mandado a Isabelita desde Burdeos, la cualera una buena pieza; movía los ojos, decía papá y mamá y teníaarticulaciones para ser colocada en todas las posturas. De aquello a unacriatura no había más que un paso, padecer. Vistiéronla aquella tarde dechula, y cuando un cierto rumorcillo petulante indicaba la proximidad delos polluelos en el pasillo; cuando se oían sus risotadas a estilo decalaveras y sonaban muy cerca sus voces, que el mes anterior habíanadquirido la ronquera de la virilidad, las niñas asomaban la muñeca a laalta reja del Camón, y aquí eran las boberías de ellos y la inocentediversión de ellas.

Por más que D. Francisco protestase del gusto que tenía en ver su casallena de serafines, alguna vez le molestaban. Cuando se les ocurríaadmirar la obra peluda y se enracimaban en torno a la mesa, el granartista, sin poder respirar dentro de aquella corona de preciosascabezas, les decía riendo: «Niñas, por amor de Dios, echaos un pocoatrás. Para ver no necesitan ahogarme... ni verterme la laca. Cuidado,Gloria, que te me llevas esos pelos pegados en la manga. Son eltronco del sauce. Cuidado, María, que con tu aliento se echan al aireestas canas... Atrás, atrás; hacerme el favor...».

VIII

Y ellas: «¡qué boniiito, qué precioooso...! ¡Alabaaado Dios... qué dedosde ángel! D.

Francisco, se va usted a quedar ciego...».

Lo que cuento ocurría en la Primavera del 68, y el Jueves Santo de aquelaño fue uno de los días en que más alborotaron. Don Francisco,santificador de las fiestas, asistió de gran etiqueta, con su cruz ytodo, a la solemnidad religiosa en la capilla.