La Serie del Lenguaje Moderno Heath: José by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre;se deshizo en quejas y lamentos; rompió en

apóstrofes violentísimoscontra los vizcaínos. En todas sus

palabras dejaba, sin embargo,traslucir que consideraba muy

grave el contratiempo.

—¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los

causantesde la ruina de los vecinos de Rodillero?...

Y dirigiéndose a José:

—No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado...

No tefaltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, quemientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.

Estas

palabras

de

consuelo,

dejaban

profundamente

desconsolado a nuestromarinero, pues le advertían bien

claramente de que no había que hablarde matrimonio por

entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sinsoltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra nia solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro,acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía

esfuerzospor aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro,

y procurabaintervenir alegremente en la conversación; mas a lo

mejor[64.5] quedabaserio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente conabatimiento. Algo Pg 65 semejante le acontecía a Elisa: también comprendíaque era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar sudesazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con Josétenía, ni uno ni otro osaban

decirse nada de aquel asunto; pero en loinseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y enel ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidadde

explicarse más claramente que la misma idea los hacía a

ambosdesgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular

ya cuándo secalmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo paracomprar otra lancha, valía tanto como[65.1]

dilatar su unión algunosaños.

Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a

correr por elpueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdidade la lancha no había sido fortuita, sino

intencional. La circunstanciade haber marchado enteras las

amarras se prestaba mucho a este supuesto;además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto,sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; ycon la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, pusoen seguida el dedo en la llaga:[65.3]

—¡Aquí anduvo la mano de la maestra!

En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugarenvidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.

—A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, noes capaz de hacerle daño.

Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4]

pensandoen su enemiga, hasta un punto que causaba miedo:

aquellos días primerosapenas osaba nadiePg 66 dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla;pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.

Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1]y le dijo:

—¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia

por elpescuezo y se lo retuerzo?

José quedó aterrado.

—¿Por qué, madre?—preguntó con voz temblorosa.

—Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir aesto?—repuso ella clavándole una mirada altiva.

El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su

madre,esperó a que se desahogara.

Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de

súbito de suaparente calma a una furiosa exaltación:

—Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastrohasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sinvergüenza!...

Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los

dicterios. Josépermaneció mudo mientras duró la granizada;

cuando se fue calmando,tornó a preguntar:

—¿Por qué, madre?

—¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien

te hizoperder la lancha...

—¿Y cómo sabe V. eso?—preguntó el pescador con calma.

Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener enaquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta,

y no teniendo datosni razones que exPg 67 poner en apoyo de su afirmación, las suplía congritos, con insultos y amenazas.

José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave

pecado queera achacar a cualquiera persona una maldad

semejante sin estar bienseguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez conmayor cólera profiriendo

amenazas. Entonces el marinero, atribulado,pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relacionescon Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:

—¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!

Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se

pronunciaron, quetocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira lecegaba. Quedó un momento

suspensa; murmuró aún algunas frases duras;finalmente se dejó

ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres ocuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en

amenazascontra su enemiga. Con esto José andaba triste y

sobresaltado, esperandoque la hora menos pensada se armase un

escándalo que diera al traste consus vacilantes relaciones.[67.2]

Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir

encertidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las

casas delpueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidadque un experimentado agente de policía. Al

cabo pudo averiguar que, díasantes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo eltonto a la orilla del mar.

Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; yano había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que habíacometido el

delito. EnPg 68 tonces Teresa, para obtener la prueba de ello,se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquellasazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera

rodeado de unoscuantos marineros que se solazaban

zumbándole, y dirigiéndose a él deimproviso, lanzando rayos de

cólera por los ojos, le dijo:

—¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de

la lanchade mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a

morir a mis manos!

El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasosatrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decirlleno de miedo:

—¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...

Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tonoirritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una

sonrisa detriunfo.

—¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esapicardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Telo ha aconsejado la maestra, verdad?

El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa,

tuvo lasuficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.

—No señola; no señola; fui yo sólo...

Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufose mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella

brega, dijeron auna voz:

—Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]

La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que laPg 69 autora de suinfortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselopodido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa deaquélla.

Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos

y gritócon acento jocoso:

—Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V.un poquito.

No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz deextraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda allevantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, seretiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que pormucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada,empujó con rabia la puerta gritando:

—¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...

Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo

conafectado sosiego:

—No me escondo, no; aquí me tienes.

—Baje V. un momento, señora—replicó Teresa, disfrazando

con unasonrisa el tono amenazador que usaba.

—¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de

zorra viejaque te ha quedado?[69.4]

Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa.

Teresa seirguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a laventana, gritó:

—¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros,malvada!

Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a

lasventanas de las casas vecinas esperando con visible

satisfacción elespectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendenciasentre mujePg 70 res son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo yexaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia deurbanidad propias de la plebe, no

sólo hace que menudeen, sino que lesda siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, elasunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muyantiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de

estepueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando sedesbocan. Así que, acostumbradas desde

niñas a presenciarlas y a tomarparte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir yalgunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto;se dice, por

ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiadopronto;

Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madridse comentan y aquilatan las dotes de los oradores

importantes. Había nohace mucho tiempo en Rodillero una

persona que eclipsaba a todas lasreñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza conellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía muchode mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoceallí por otro nombre que por el de el marica de D.

Cándido.[70.1]Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado aadquirir, debido a su natural impetuoso, el grado

de perfección que laretórica de las comadres exigía; aquel velar

las injurias[70.2] paraherir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la vozcon oportunidad, aquel manotear persuasivo,

aquel sonreír irónico, aquelalejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en laboca. La señá Isabel, por su

posición unPg 71 tanto[71.1] más alta,descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmentetemida a causa de su astucia y malevolencia.

—A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla—

dijocontestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.

—¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echara pedir limosna, quitándome el pan.

—¿Qué te he quitado yo?

—La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!

—¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener

tan buenastragaderas![71.2]

Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:

—Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido

tú laque indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.

La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta enseguida, dijo:

—Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras

estarencerrada, por loca.

—Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a

lacárcel, o poco he de poder!

—Calla, tonta, calla—dijo la maestra, dejando aparecer en su

boca unasonrisa,—¿no ves que se están riendo de ti?

—¡A la cárcel! ¡a la cárcel!—repitió la viuda con energía, yvolviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:—

¿Habéis vistonunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio estabribona con una sartén, bien lo sabéis...

EchóPg 72 de casa a su hermano yle obligó a sentar plaza[72.1]. .. A su marido, que era un buen hombre,le dejó morir como a un perro,

sin médico y sin medicinas, por nogastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste queahora tiene, consiste

en que es un calzonazos que no la estorba paranada...

En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreversea intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por laindignación que reflejaba, diciendo:

—¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2]

enseguida al señor alcalde!

Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, hallómedio de darla algún respiro sin comprometerse, y

extendiendo el brazo,le pegó un soberbio mojicón de mano

vuelta[72.3] en el rostro. El pobrepedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo paraexclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:

—¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?

Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades

de suenemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió

diciendo a lamuchedumbre que la rodeaba:

—Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de suspadres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]. ..

¡Antesdejará los dientes en ella!...

La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.

—¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero quemi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar

las uñas a[72.6]mi dinero y diverPg 73 tirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, quetienes el hocico untado.[73.1]

La viuda se puso encarnada como una brasa.

—Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos

es que nonos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!

El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces estainjuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procurabainsultarla a mansalva.[73.2]

—¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se

acuerdanadie de cuándo te lo han robado...

—¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!—gritaba la viuda, a quien

ahogaba elcoraje.

—Calla, tonta, calla—decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa delos labios.[73.3]—Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame aquello[73.5]. ..

—¡Has de parar en la horca, bribona!

—No te empeñes en que te llame aquello, porque no quiero.—

Yvolviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:

—¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame aquello! ... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...

Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tangraciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresahabía llegado al punto máximo; las injurias que salían de

su boca erancada vez más groseras y terribles.

Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo

derepresentar fielmente una escena tan señaPg 74lada, el respeto que debemosa nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrásuplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largorato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabelesgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos losdenuestos imaginables; la acción

acompañaba a la violencia de suspalabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondocomo una peonza;

sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba elpañuelo de

la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecíacual si

estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien vecesse alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con vozenronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga.

Por último,rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejódefinitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltasde la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:

—¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa

que te déla perlesía, y revientes![74.3]

Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuandoexperimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en unaccidente tan grave, que fue necesario llamar

apresuradamente alcirujano del lugar.

VIII

CUANDO a la tarde llegó José de la mar y se enteró de lo acaecido,experimentó el más fiero dolor de su vida. No pudo medirlo bien, sinembargo, hasta que suPg 75 madre salió del accidente; los cuidados queexigía y la zozobra que inspiraba le

hacían olvidar en cierto modo supropia desdicha. Mas al ponerse

buena a los dos o tres días, sintió tanviva y tan cruel la herida de su alma, que estuvo a punto de adolecer.No salió de sus labios, a pesar de esto, una palabra de recriminación;enterró su dolor en el fondo del pecho y siguió ejecutando la tareacotidiana con el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de la mar porlas tardes, en vez de ir a la tienda de la maestra o de pasar un rato enla taberna con sus amigos como antes, se metía en casa, así quedespachaba los negocios del pescado, y no volvía a salir hasta elsiguiente día a la hora de embarcarse.

Esta resignación mortificaba aún más a Teresa que una reyerta

cada hora:andaba inquieta y avergonzada: su corazón de madre

padecía al ver eldolor mudo y grave de su hijo: aunque no se hubiese apagado ni muchomenos en su alma la hoguera de la cólera, y desease frenéticamente tomarvenganza acabada de la señá Isabel, empezaba a sentir algo parecido alremordimiento.

Pero no fue parte esto a impedir que demandasejudicialmente[75.1]

al sacristán reclamándole los daños causados por suhijo Rufo, el

cual por su inocencia no era responsable ante la ley. Ycomo el hecho estaba bien probado, el juez de Sarrió condenó al cabo alsacristán a encerrar en casa al tonto y a resarcir el valor de la lanchaa José. Lo primero fue ejecutado al punto; mas a lo segundo no era fácildarle cumplido efecto, porque el sacristán vivía de los escasosemolumentos que el cura le pagaba, y no se

le conocían más bienes defortuna:[75.2] cuando el escribano fue a embar Pg 76 garle la hacienda viosenecesitado a tomar los muebles, los enseres de cocina y las ropas decama, todo lo cual, viejo y estropeado, produjo poquísimo dinero. Mas lasacristana debía de estimarlo como si fuese de oro y marfil, a juzgarpor el llanto y los suspiros que le costó desprenderse de ello. Teníaesta mujer opinión de bruja en el pueblo; las madres la miraban conterror y

ponían gran cuidado en que no besara a sus pequeños;

loshombres la consultaban algunas veces cuando hacían un viaje

largo parasaber su resultado. Ella, en vez de trabajar por deshacer esta opinión,la fomentaba con su conducta, a

semejanza de lo que en otro tiempohacían algunas desdichadas que la Inquisición mandaba a la hoguera: lavanidad femenina puede llegar a tales extravíos. Decía la buenaventurapor medio de las cartas o las rayas de la mano; sacaba el maleficio alque no podía usar del matrimonio;[76.1] propinaba untos y polvos paraser querido de la persona deseada, y se daba aire de suficiencia yaparato de misterio que excitaba grandemente la fantasía de los

pobrespescadores.

Al ver que le arrebataban de casa sus muebles, prorrumpió en

maldicionestan espantosas contra Teresa y su hijo, que

consiguió horrorizar a loscuriosos, que como sucede siempre en

tales casos, habían seguido alescribano y al alguacil.

—¡Permita Dios que esa bribona pida limosna por las calles y

laahorquen después por ladrona! ¡Permita Dios que se le haga veneno lo quecoma! ¡Permita Dios que su hijo vaya un día a la

mar y no vuelva!

Mientras los ministros de la justicia desempeñaron su tarea, no

cesó deinvocar al cielo y al infierno contraPg 77 sus enemigos.

Los vecinos que sehallaban presentes marcharon aterrados.

—Por todo lo que tiene D. Anacleto—decía un marinero viejo

a los queiban con él—no quisiera estar ahora en el pellejo de José el de laviuda.[77.1] Hay que temer las maldiciones de esa mujer.

—No será tanto[77.2]—repuso otro más joven y más despreocupado.

—Te digo que sí: tú eres mozo y no puedes acordarte, pero aquí estánCasimiro y Juan, que bien saben lo que a mí me ha pasado con ella haceya algunos años... Iba yo una tarde a la ribera para salir a la merluza,cuando me llamó para pedirme que

llevase conmigo a su Rufo y le hicieserapaz de la lancha. Yo me

negué a ello, claro está, porque ese bobonunca ha servido para nada. Se puso entonces como una perra rabiosacontra mí, y me

llenó de insultos y maldiciones. Yo sin hacer caso seguími camino y entré a bordo: llegamos a la playa de la merluza a eso

delas nueve[77.3] y tuvimos los aparejos echados hasta el amanecer.¿Querrás creer que no aferré más de tres merluzas?

Las demás lanchasvinieron con cada ochenta, ciento y hasta la hubo de cientotreinta.[77.4] Al día siguiente me sucedió poco más o menos lo mismo, yal otro igual,[77.5] y al otro igual... En fin, muchacho, que no tuvemás remedio que ir a su casa y pedirle por Dios que me levantase lamaldición...

Los marineros viejos apoyaron lo que su compañero afirmaba.

Cuando losdemás vecinos tuvieron noticia de las tremendas

maldiciones proferidaspor la mujer del sacristán, también

compadecieron sinceramente a José.La misma Teresa, al

saberlo, se sintió atemoriPg 78 zada, por más que lasoberbia le hiciese ocultar el miedo.

A la hora de comer, la señá Isabel, que lo había aprendido en

la calle,se lo notició a su hija con extremado deleite.

—¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?

—¿Qué?

—Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la

sacristana por loque hizo su hijo Rufo con la lancha de José...

¡Pero anda, que no lesarriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldicionesque aquella mujer les echó no son para

dichas[78.3]. .. Creo que dabanmiedo.[78.4]

Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la

maestra,se puso pálida.

—¡Fueron espantosas, según cuentan!—prosiguió la vieja

relamiéndoseinteriormente.[78.5]—Que había de verles pidiendo limosna por lascalles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese despuéscolgado de una horca, o que saliese un

día a la mar y no volviese...

Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras sumadre, con refinada crueldad, repetía una por una las

atrocidades quepor la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimassalieron rodando de sus ojos hermosos. La

maestra, al verlas, se indignóterriblemente.

—¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha

másbobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para

llorar!

Y levantándose de la silla, la aplicó un par de sober Pg 79 bias bofetadas,que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.

Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en

Rodillero lacostera del bonito; por mejor decir, había terminado

enteramente.Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la marse rizaba levemente en toda su extensión al

paso de las brisas frías delotoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido;algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte;los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente;cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficiedel mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiesecarne de gallina.[79.1]

Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, másdescansada y de menos peligro que la del bonito.

Desgraciadamente, aquelaño se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana ytarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre lospaneles el valor de la raba[79.2]

que habían echado al agua como cebo.¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lobastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas secernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín;en

que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar delejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes delingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para saliral congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, elsollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, apresentarse muy Pg 80 pronto en Rodillero, porque los pescadores vivenordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos deellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir albonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, porlo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en estaépoca, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2]

de unmodo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquelpescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al finde las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, quetambién se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito ydedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener

buenresultado.

Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a

Sarrió conel objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el marpresentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto enuna leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre lallanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas devioleta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió suenvoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N.E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por laparte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicóel contraste:[80.4]

a la media hora ya se había declarado. El viento delOeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a

soplarreciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fueaumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado.Los marineros quePg 81 estaban en el pueblo habían acudido todos a laribera. A partir de esta hora,[81.1]

fue aumentando por momentos lafuerza del vendaval. Comenzó

a sentirse en el pueblo la agitación delmiedo: un rumor sordo y

confuso producido por las idas y venidas de lagente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Lasmujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y alas ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos

ycon la lengua.

—¿Han llegado las lanchas?

—¿Están las lanchas fuera?

Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar,enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándosesus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desatóviolento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutosse convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por elestrecho barranco de

Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamentelas puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallabantendidas en las

ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos delos vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron todaconversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demáshabitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían

ningún pariente enla mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no seoía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»

Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar

ofrecía unespectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos

repentinos no traenconsigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una ma Pg 82 rejadaviva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertementefruncida; brillaban en toda

su

extensión

infinitos

puntos

blancos,surgiendo

y

desapareciendo alternativamente a modo de mágicochisporroteo.

Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte

conansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:—«¡ASan Esteban!... ¡a San Esteban!»—Todos

dejaron la ribera para subir aaquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría sefue a buscar corriendo

el camino que por detrás del pueblo conducía aél; mas los niños

y las pobres mujeres que tenían a sus esposos yhermanos en la

mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, elterror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudasy la maleza.

Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie delocéano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntosblancos; eran las lanchas. Después fueron

apareciendo sucesivamenteotros varios, mostrándose unos y

otros cada vez con más precisión.

—Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete deproa[82.2] solamente—dijo uno de los marineros que acababan de llegar.

—En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la

costa:tienen la proa puesta a Peñascosa—repuso otro.

El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se

fueengrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El

vientohacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a loshombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con laPg 83 mano. Reinabasilencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbabacon fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos losojos estaban clavados

en aquellos puntitos blancos que parecíaninmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros secomunicaban

rápidamente alguna observación.

—La salsa[83.1] les debe de incomodar.

—Phs.. .[83.2]eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayordaño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.

—Necesitan orzar mucho.

—Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán

metersedetrás del cabo.

Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde elmarinero decía.

El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando

poco apoco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los

barcos noparecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada elCuerno.

Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos eneste cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada

vez mássoberbio y embravecido.

—Mucho tardan—dijo un marinero al oído de otro.

—Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa—

contestó éste.

—O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.

Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato,

apareció por elCuerno una lancha con el borriquete solamente y

a medio izar.[83.4]

—¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]—dijeron a un tiempo variasvoces.

—¡Alabado sea Dios!—¡Bendita sea la Virgen Santísima!—

¡El SantoCristo hermoso los ha salvado!—dijeron casi a un tiempo las esposas ylas madres de los que la tripulaban.

Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.

Al poco rato, apareció otra.

—¡Es la de Manuel de Dorotea!—exclamaron en seguida en el

grupo.

Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpede mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.

Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendounas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban ibamermando poco a poco a medida que las barcas

entraban en la ensenada deRodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba unasola lancha. En la ribera, se

sabía ya que aquella lancha no había dellegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban anoticiarlo.

Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con

suspequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo

sudesgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la

terribleidea.

El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aúnpersistía en soplar furiosamente: las aguas del océano

dejaban defruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las

esposas y madresseguían con los ojos clavados en el mar

esperando siempre ver aparecerlos suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas,sin advertirlo ellas mismas, Pg 85 algunas lágrimas saltaban a los ojos: elviento las secaba prontamente.

Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba

apresuradamente lavuelta de él por la carretera de Sarrió. Como

marino experimentado,comprendió a las primeras señales de

contraste que iba a caer un vientopeligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo,lleno de tristeza:—«Es imposible que hoy no suceda una desgracia enRodillero.»—Y

apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se deteníaalgunos

instantes para subir a alguna eminencia del camino y

escrutaratentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando elhuracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia:dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminanteque halló por casualidad,

y se dio a correr como un gamo hasta perder elaliento.

Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca deloscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras:al pasar por delante, uno de ellos le dijo:

—José; la lancha de Tomás se perdió.

El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente

conmovido:

—¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?

El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y

arrepentido dehabérselo dicho.

José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó

a mesarselos cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuócaminando hacia el pueblo, y entró en él

escoltado por el grupo dechicos y por otros muchos que se les fueron agregando. Pg 86 —«Ahí va José;ahí va José de la viuda:»—

se decían los vecinos acercándose a laspuertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en lamano. Al cruzar por

delante de una taberna, salieron de ella tres ocuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle,y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.

—Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No

se salvóninguno?—preguntó temblándole la voz, al poner el pie

en la taberna.

Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó.

Después dealgunos instantes de silencio, uno le dijo:

—Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos

estamos sujetos alo mismo.

José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador,

y metióla cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su

compañero lepuso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano paracogerlo y bebió todo el vino con avidez.

—¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]—dijo al colocarlo otravez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina

algunas lágrimas quele rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera:

—¿Y cómo fue eso?

—Pues nada, muchacho, se fueron a pique porque quisieron—

le contestóuno.—Cuando veníamos todos con el borriquete

medio relingado y conmuchísimo ojo,[86.2]y que no nos llegaba la camisa al cuerpo,[86.3]vemos que Tomás iza el trinquete en el palo del medio... Me parece queno había acabado de relingar cuando

¡zas! dio vuelta[86.4]lalancha... Pg 87

—¿No quedó flotando alguno?—preguntó Bernardo.

—Sí; vimos tres o cuatro.

—¿Y por qué no los recogisteis?

—Porque pasábamos muy lejos de ellos... Detrás de nosotros y

bien abarlovento venía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él

los recogería.

—¡Pensabais! ¡pensabais!—exclamó Bernardo indignado.—

¡Lo que yopienso es que debierais ir entre guardias civiles a la cárcel así quesaltasteis en la ribera!

—¿Por qué, morral,[87.1] por qué?—preguntó el otro lleno de ira.—¿Quéíbamos a hacer nosotros, pasando más de un tiro de carabina lejos deellos? ¿Querías que por salvarlos a ellos nos ahogáramos todos?

—¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fue esa![87.2]. .. ¿Y por qué noarriasteis de plan[87.3] la vela y no os acercasteis bogando?

—¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que estaba la mar para quehiciéramos dulces con ella?[87.4]

—La mar estaba bella... un poco de salsa y nada más.

—¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar si estabas en tierra rascándotela barriga?[87.5]

—La mar estaba bella, te digo... Y además, en último

resultado, ¿porqué no disteis fondo[87.6] y no aguardasteis a que ellos se fueranacercando a vosotros?

Mientras Bernardo y el otro marinero disputaban, José

permanecíasilencioso, teniendo la cabeza entre las manos en actitud de profundoabatimiento. Pensaba que su hermana

quedaba con seis niños, el mayorPg 88 de once años, sin más amparo que la capa del cielo: y por más que sushermanas jamás

habían sido buenas para él y le habían ocasionado

muchospesares, todavía les dedicaba en su corazón un cariño inmenso. Latabernera, gorda y linfática, le miraba con lástima y

hacía esfuerzospor consolarle, presentándole de vez en cuando el vaso lleno de vino: élalargaba el brazo distraídamente para cogerlo y lo bebía hasta eltope,[88.1] sin darse cuenta cabal de lo que hacía.

Cuando más encendida estaba la disputa entre Bernardo y su compañero, heaquí que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi

en el mismo instanteentra en la taberna con violencia la hermana

de nuestro marinero, la queacababa de quedar viuda, suelto el cabello, el rostro demudado y rodeadade sus hijos. Se abalanza a

José y se arroja en sus brazos, rompiendo enagudos gemidos, que dejan silenciosos y graves a todos los marineros.Aquél la recibe también llorando. Cuando se separan, la mujer recoge susniños, y, empujándolos hacia José, les dice, con cierta expresiónteatral que repugna a los circunstantes, bien enterados

de lo mucho queaquél había sufrido por su causa:

—Hijos míos, ya no tenéis quien os mantenga; pedid de

rodillas avuestro tío que sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os amparará.

El noble marinero no advierte, como los demás, la hipocresía

de suhermana; abraza a los niños y les besa diciendo:

—No tengáis cuidado, pobrecitos; mientras yo tenga un

pedazo de pan,será vuestro y de vuestra madre.

Después se limpia las lágrimas y dice a su hermana:

—Vaya, llévalos a casa, que ya es noche.Pg 89

Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó

de nuevola disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos losmarineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.

José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de

vez encuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al

fin, tanto fuelo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue precisotrasportarlo a casa, en completo estado de

embriaguez.

IX

RECOGIÓ, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lobien que[89.2] le consentían sus escasos recursos.

Pero éstos, en vez deaumentar, fueron disminuyendo: la costera

de la sardina fue desdichadahasta el fin; no hubo apenas congrio

ni merluza: cuando llegó la delbesugo, por los meses de

Diciembre y Enero, José estaba empeñado en másde mil reales,

y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, queascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por losacreedores,

se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y vendersecon prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedioque entrar de simple compañero en otra, ganando como

los demás, unasoldada, que aquel año era cortísima.

Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa.

Su madreno sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contraella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía detodos los rincones del pueblo. Dentro de

casa, su hija, Pg 90 sus nietos yel mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cóleraque se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otraparte, la hermana casada

no veía con buenos ojos que la viuda y sushijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y ladejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1](eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía,y de ahí se originaban pendencias repugnantes que

convertían la viviendaen un verdadero infierno.

Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestrodesgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasabaallí algunas horas charlando y bebiendo con

sus compañeros. Poco a pocoel vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando deél, y si no le dominó por

entero como a otros, haciéndole olvidar susobligaciones, todavía

fue lo bastante para que en el pueblo se dijeseque «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa apropalar esta especie entre las comadres.

La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos aabatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad delcorazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desdeque nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad dela mar y con los caracteres

no menos feroces de su madre y hermanas,poco le importaría[90.2]

un latigazo más de la fortuna si su vida nohubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero habíatropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado altiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material.

De pronto,bienPg 91 estar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumidoen las tinieblas de la miseria y la soledad.

Y si es cierto, como afirmael poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en ladesgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivoal suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría queel vino comunica.

Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablarcon Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura(y era pocas veces porque se pasaba el

día entero en la mar), se alejabacorriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscabaasilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza ymiedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar.

Másadelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andarsuelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba yainclinada a despreciarle, que su madre había logrado

persuadirla a ello,y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidadevitó cuidadosamente su

encuentro. Los contratiempos que después padecióayudaron

también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltabarazón,

que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía,no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciadacomo la hija de la maestra.

Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento

nosalieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante deRodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que lehabía ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en elestado de pobreza en que se hallaban,

eran unPg 92 socorro muy aceptable.Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José nopasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había caminoreal para ir a Peñascosa,

la

gente

de

este

pueblo

y

la

de

Rodilleroacostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o

caballería, de unatrocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre ehijo cuando ya el sol declinaba.

Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía

uncolor azul oscuro. Como la vereda no consentía que

fuesenpareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchabansilenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de suscorazones. Cuando se hallaban a medio camino

próximamente, en un parajeen que la trocha dejaba las peñas de

la costa y entraba por un vasto yalegre campo, vieron a lo lejos

otras dos personas que hacia ellosvenían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbrede explorar largas

distancias, no tardó en descubrir que aquellas dospersonas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón,pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No seatrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con losojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dosfiguras lejanas, se volvió hacia él preguntando:

—Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabely Elisa?

—Creo que sí—respondió el marinero sordamente.

—¡Ah!—exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco

el paso sinpronunciar palabra, temien Pg 93 do, sin duda, que el hijo tratase deestorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.

José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada.

Noobstante, después que hubieron caminado algunos pasos,

pudo más el temorde una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y seaventuró a decir severamente:

—Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni

comprometerme.

Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera

evitarrazonamientos.

Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:

—¡Mire bien lo que va a hacer, madre!

El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercadoya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa.

Cuandoestuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo elpaso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque habíaadvertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba haciaella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzórápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte otreinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras,comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira lehacía siempre adoptar:

—¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V.

buena?... ¿Elesposo bueno también?... Hacía tiempo que no

tenía el gusto de verla...

—¡José, ten cuidado con tu madre, que está loca!—gritó la señá Isabelcon el semblante demudado. Pg 94

—¡Ah, señora! ¿Conque después de haberle echado a pedir

limosna yhaberse reído de él, le pide V. todavía que la socorra?—Y cambiandorepentinamente la expresión irónica de

su rostro por otra iracunda yferoz, salvó como un tigre la distancia que la separaba de su enemiga, yse arrojó sobre ella gritando:—¡Tú me has vuelto loca, bribona!...¡Pero ahora me las

vas a pagar todas![94.1]

La lucha fue tan rabiosa como repugnante. La viuda, más

fuerte y másnerviosa, consiguió en seguida arrojar al suelo a la

señá Isabel; peroésta, apelando a todos los medios de defensa, arrancó los pendientes asu enemiga, rajándole las orejas y haciéndole sangrar por ellascopiosamente.

José de un lado y Elisa del otro, se habían precipitado a separar a susmadres, y se esforzaban inútilmente por

conseguirlo. Elisa tenía elrostro bañado de lágrimas; José estaba pálido y conmovido. Sus manos enuno de los lances de la faena,[94.2] se encontraron casualmente; y porun movimiento simultáneo, alzaron ambos la cabeza; se miraron con amor,y se

las estrecharon tiernamente.

Al fin José, cogiendo a su madre por medio del cuerpo, la levantó en elaire y fue a depositarla algunos pasos lejos: Elisa ayudó a levantarse ala suya. Unos y otros se apartaron siguiendo

su camino. Las madres ibandelante murmurando sin cesar

injurias: los hijos volvían a menudo lacabeza para mirarse, hasta que se perdieron enteramente de vista. Pg 95

X

DON FERNANDO, de la gran casa de Meira, se paseaba una

noche, dos mesesdespués del suceso que acabamos de referir, por el vasto salón feudal desu casa solariega. Alguien hubiera echado menos en aquel instante laartística lámpara de bronce, en

consonancia con la majestuosa amplitudde la cuadra, o los primorosos candelabros de plata de un período másreciente; porque el pavimento no estaba llano, liso y extendido como enlos siglos anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agujeros, que aunquelabrados por la planta nobilísima de los señores de Meira,

y en estesupuesto muy dignos de veneración, no dejaban de ser

enemigos declaradosde la integridad y salud de todas las

piernas, lo mismo hidalgas queplebeyas. Pero D. Fernando los conocía muy bien, y los evitaba sinverlos, caminando con paso

rápido de un cabo a otro de la estancia, enmedio de las tinieblas.

Sus pasos retumbaban huecos y profundos en el vetusto

caserón; mas losratones, habituados desde muy antiguo[95.1] a escucharlos,

no

mostrabantemor

alguno

y

persistían

tranquilamente en su obra devastadora,rompiendo el silencio de

la noche con un leve y continuado crugido; losmurciélagos, con

menos temor aún, volaban en danza fantástica sobre lacabeza del anciano con sordo y medroso zumbido.

En aquel momento, D. Fernando se hubiera metamorfoseado

de buena gana enratón, y acaso acaso,[95.2] en murciélago. Por muy triste que fuese roeren la maPg 96 dera sepultado en un tétrico agujero, o yacer aletargadodurante el día sobre la cornisa de una puerta, para volar únicamente enlas lúgubres horas de la noche,

¿lo era menos, por ventura, verseprivado de salir a la luz del sol y caminar al aire libre después deconocer las dulzuras de uno y

otro? Pues esto, ni más ni menos, era loque le acaecía al noble vástago de la casa de Meira, hacía ya cerca deun mes. ¿Y todo

por qué? Por una cosa tan sencilla y corriente, como notener camisa.

Hacía ya bastante tiempo que D. Fernando sólo tenía una; pero

con ellase daba traza para ir tirando;[96.1] cuando estaba sucia la lavaba consus propias manos, y la tendía en un patinejo[96.2] que había detrás dela casa, y después que se secaba, bien aplanchada

con las manos, se laponía. Mas sucedió que una mañana,

estando la camisa tendida al sol, yel señor de Meira esperando en su mansión que se secase, acertó a entraren el patio, por una

de sus múltiples brechas, el asno de un vecino; elseñor de Meira

le vio acercarse a la camisa, sin sospechar nada malo; levio llegar el hocico a ella, y todavía no comprendió sus planes; sólo alcontemplarla entre los dientes del pollino se hizo cargo de suimprevisión, y sintió el corazón desgarrado; y la camisa también. Desdeentonces D. Fernando no puso más los pies en la

calle a las horas deldía; repugnaba mucho, y no sin razón, a sus

altos sentimientos feudales,presentarse sin una prenda[96.3] tan indispensable ante los hijos deaquellos antiguos villanos, sobre quienes sus antepasados ejercían elderecho de pernada[96.4] y otros privilegios tan despóticos, aunquemenos ominosos.

Entre los hijos de aquellos villanos corría como muy Pg 97 cierta la voz deque D. Fernando estaba pasando «las de Caín. »[97.1] Y

aunque el hambrese cernía como águila rapaz sobre la cabeza de

casi todos los vecinos deRodillero, no faltaban corazones

compasivos que procuraban socorrer alnoble caballero sin

ofender su extraordinaria y delicadísimasusceptibilidad. El que más se distinguía en esta generosa tarea eranuestro José, el cual apelaba a mil ardides y embustes para obligar alseñor de Meira a

que aceptase sus auxilios: unas veces le venía hablandode una deuda antigua que su madre tenía con la casa de Meira;

otrasmuchas le mandaba pescado de regalo; otras, llevando las viandas en uncesto, se iba a cenar con él en grata compañía. D.

Fernando, que conocíala precaria situación del marinero,

rechazaba con heroísmo aquellos tanapetecidos socorros, y sólo

después de largo pugilato,[97.2] lograbaJosé que los aceptase, volviendo la cabeza para no ver las lágrimas deagradecimiento que el anciano caballero no era poderoso a contener. Peroestos y

otros socorros no bastaban algunas veces: había días en

quenadie parecía por el lóbrego caserón, y entonces era cuando

D. Fernandopasaba «aquellas de Caín» a que la voz pública se refería.

Ahora las está pasando más terribles y crueles que nunca.

Haceveinticuatro horas que no ha entrado alimento alguno en el

estómago delnoble caballero; y según se puede colegir, no es fácil que entre todavíaen algunas más, pues son las doce de la noche y se encuentran todos losvecinos reposando. A medida que el tiempo pasa crece su congoja: lospaseos no son tan vivos;

de vez en cuando se pasa la mano por la frente,donde corren ya

algunas gotas de sudor frío, y dejaPg 98 escapar algunossuspiros que mueren tristemente sin llegar a todos los ámbitos

deltenebroso salón. El último vástago de la alta y poderosa casa

de Meiraestá a punto de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo cuenta cabalde lo que hace, movido sin duda del puro instinto de conservación,abandona rápidamente la estancia, baja

las ruinosas escaleras en pocossaltos y se lanza a la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil sinsaber a dónde dirigirse.

Era una noche templada y oscura de primavera: espesos

nubarrones velabanpor completo el fulgor de las estrellas. D.

Fernando gira la vista entorno con dolorosa expresión de

angustia, y después de vacilar unosinstantes, empieza a caminar

lentamente a lo largo de la calle endirección de la salida del pueblo. Al pasar por delante de las casasvacila, medita si llamará en demanda de socorro; pero un vivosentimiento de vergüenza se apodera de él en el momento de acercarse alas puertas y sigue su camino; sigue siempre, bien convencido, sinembargo, de que pronto caerá rendido a la miseria. Empieza a

sentirvértigos y nota que la vista se le turba. Al llegar delante de la casade la señá Isabel, que es una de las últimas del lugar, se detiene... ¿Adónde va? ¿A morir quizá como un perro en la carretera solitaria?Entonces vuelve a mirar en torno suyo[98.1] y ve a su izquierdablanquear la tapia de la huerta del maestro: es una huerta amplia yferaz, llena de frutas y legumbres; la mejor que hay en el pueblo, o pormejor decir, la única buena. El

pensamiento criminal de entrar enaquella huerta y apoderarse de

algunas legumbres asalta al buen hidalgo;lo rechaza al instante;

le acomete otra vez; torna a rePg 99 chazarlo.Finalmente, después de una lucha tenaz, pero desigual, vence el pecado.D. Fernando

se dijo para cohonestar el proyecto de robo:—«¿Pues qué,voy a

dejarme morir de hambre? Unas cuantas patatas más o menos nosuponen nada[99.1] a la maestra; bastante tiene... mal adquirido a costade los pobres pescadores.»

Y he aquí cómo el hambre hizo socialista en un instante al últimovástago de la gran casa de Meira.

Siguió la tapia a lo largo, torció a la izquierda y buscó por detrás dela casa el sitio más accesible para entrar. La pared por aquel sitio noera tan alta y estaba descascada y ruinosa en algunos trozos.[99.2] DonFernando apoyando los pies en los agujeros logró colocarse encima; unavez allí se agarró a las ramas de un pomar y descendió por ellaslentamente y con