La Serie del Lenguaje Moderno Heath: José by Armando Palacio Valdés - HTML preview

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pobre.

Los ojos de D. Fernando centellaron de ira al escuchar estas malignaspalabras.

—Oyes tú, cochino, zambombo, ¿te he pedido algo a ti? ¿Qué

tienes quepartir en[27.2] mi riqueza ni[27.3] en mi pobreza? Has de saber que tú yyo no hemos mamado la misma leche, grandísimo

pendejo[27.4]. ..

—D. Fernando, sosiéguese V.—dijo D. Claudio.—La cólera

es malaconsejera.

—No le haga V. caso, D. Fernando—manifestó la señá Isabel.

—Paz, paz, paz, señores—exclamó el juez municipal

levantando las manoscon autoridad.

Bernardo reía cazurramente, sin dársele nada, al parecer, de[27.5]

lasinjurias que le vomitaba el Sr. de Meira. Estas escenas eran frecuentesentre ambos: el festivo marinero gustaba de

mortificarle y verleencolerizado: después, se arrepentía de lo dicho, hacían las paces, yhasta otra.[27.6] El anciano caballero no podía guardar rencor a nadie;sus cóleras eran como la espuma del vino.

—Madre, ya es hora de cenar—dijo Elisa aprovechando el

silencio quesiguió a la reyerta.—José tendrá ganas de irse.[27.7]

La señá Isabel no contestó; su ojo avizor[27.8] había descubierto, hacíaya rato largo, que D. Fernando tratabaPg 28 de hablar reservadamente con suesposo. En el momento en que Elisa

volvía a su tema, observó que el Sr.de Meira tiraba

disimuladamente de la levita a D. Claudio, marchándosedespués

hacia la puerta como en ademán de investigar el tiempo:

elmaestro le siguió.

—Claudio—dijo la señá Isabel antes de que pudiesen

entablarconversación;—alcánzame el paquete de los botones de

nácar que estáempezado.

D. Claudio volvió sobre sus pasos; arrimose a la estantería,[28.1]

yempinándose cuanto pudo, sacó los botones del último estante.

En elinstante de entregarlos, su esposa le dijo por lo bajo con acentoperentorio:

—Sube.

El maestro abrió más sus grandes ojos saltones,[28.2] sin comprender.

—Que te vayas de aquí—dijo su esposa tirándole de una

manga confuerza.

D. Claudio se apresuró a obedecer sin pedir explicaciones; salió por lapuerta que daba al portal, y subió las escaleras de la casa.

—El señor de la casa de Meira necesita cuartos—dijo

Bernardo al oídodel marinero que tenía cerca.—¿No has visto qué pronto lo haolido[28.3] la señá Isabel? ¡Si se descuida en echar fuera almaestro![28.4]...

El marinero sonrió mirando al caballero, que seguía a la puerta

enespera de[28.5] D. Claudio.

—Señores, ¿gustan VV. de cenar?[28.6]—dijo la señá Isabel levantándosede la silla.

Los tertulianos se levantaron también.

—José, tú subirás con nosotros, ¿verdad?Pg 29

—Como V. quiera. Si mañana le viene[29.1] mejor arreglar eso...

—Bien; si a ti te parece...

Elisa no pudo contener un gesto de disgusto, y dijo

precipitadamente:

—Madre, mañana es mal día; ya lo sabe... tenemos que cerrar

una porciónde barriles... y luego la misa, que siempre enreda algo[29.2]...

—No te apures tanto, mujer[29.3]. .. no te apures... lo arreglaremos hoytodo—contestó la señá Isabel clavando en su hija una mirada

fría yescrutadora que la hizo turbarse.

Los tertulianos se fueron, dando las buenas noches.[29.4] La señáIsabel, después de atrancar la puerta, recogió el velón y subió laescalera, seguida de Elisa y José.

La salita donde entraron era pequeña, al tenor de[29.5] la tienda;gracias a los cuidados de Elisa, ofrecía grata disposición y apariencia;los muebles viejos, pero relucientes; un espejillo de marco doradocubierto con gasa blanca para preservarlo de las moscas; sobre la mesados grandes caracoles de mar, y en medio

de ellos un barquichuelo decristal toscamente labrado. Estos atributos marinos suelen adornar lassalas de las casas decentes de Rodillero. Colgaban de las paredesalgunas malas estampas con marco negro, representando la conquista deMéjico, dando la

preferencia a las escenas entre Hernán-Cortés y DoñaMarina;[29.6]

por bajo del espejo había algunas fotografías, con

marcotambién, en que figuraba la señá Isabel y el difunto Vega

poco despuésde haberse unido en lazo matrimonial; media

docena de sillas y un sofácon funda de hilo,[29.7] completaban el mobiliario. Pg 30

Cuando entraron en la sala, D. Claudio, que estaba asomado al

corredor,se salió dejándoles el recinto libre. La señá Isabel pasó a la alcoba enbusca del cuaderno sucio y descosido donde llevaba las cuentastodas[30.1] de su comercio; Elisa aprovechó aquel momento para decirrápidamente a su novio:

—No dejes de hablarle.[30.2]

Hizo un signo afirmativo José, aunque dando a entender el miedo y laturbación que le producía aquel paso. La joven se salió también cuandosu madre tornó a la sala.

—El domingo, trescientas siete libras—dijo la señá Isabel, colocandoel velón sobre la mesa y abriendo el cuaderno,—a real

y cuartillo. Ellunes, mil cuarenta, a real; el martes, dos mil doscientas, a medioreal; el miércoles no habéis salido; el jueves, doscientas treinta ycinco, a dos reales; el viernes nada; hoy, mil ciento cuarenta, a real ymedio... ¿ No es esto,[30.3] José?

—Allá V., señora; yo no llevo apunte.[30.4]

—Voy a echar la cuenta.[30.5]

La vieja comenzó a multiplicar; no se oía en la sala más que el

crugidode la pluma. José esperaba el resultado de la operación dando vueltasa[30.6] la boina que tenía en la mano. No el interés o el afán de sabercuánto dinero iba a recibir ocupaba en aquel instante su ánimo;, todo élestaba[30.7] embargado y perplejo, ante la idea de tratar el negocio desu matrimonio: buscaba con anhelo

manera hábil de entrar en materia,concluida que fuese la

cuenta.[30.8]

—Son[30.9] cuatro mil setecientos tres reales y tres cuartillos—

dijola señá Isabel, levantando la cabeza. Pg 31

José calló en señal de asentimiento. Hubo una pausa.

—Hay que quitar de esto—manifestó la vieja bajando la voz ydulcificándola un poco—la rebaja que me has hecho en tu quiñón y en losde la lancha... El domingo me lo has puesto a real; el lunes a trescuartillos; el martes no hubo rebaja por estar barato; el jueves, a realy medio, y hoy a real. ¿No es eso?

—Sí, señora.

—La cuenta es mala de echar... ¿Quieres que lo pongamos a sietecuartos,[31.1] para evitar equivocaciones?... Me parece que pierdo enello...

José consintió, sin pararse a pensar si ganaba o perdía. La viejacomenzó de nuevo a trazar números en el papel, y José a escogitar losmedios de salir de aquel mal paso.

Terminó al fin la señá Isabel; aprobó José su propio despojo y

recibióde mano de aquélla un puñado de oro, para repartir al día

siguienteentre sus compañeros. Después que lo hubo encerrado en un bolsillo decuero y colocado entre los pliegues de la faja, se puso otra vez a darvueltas a la boina con las manos temblorosas. Había llegado el instantecrítico de hablar. José nunca había sido un orador elocuente, pero enaquella sazón se sintió desposeído como nunca de las cualidades que

loconstituyen. Un flujo de sangre le subió a la garganta y se la atascó;apenas acertaba a contestar con monosílabos a las

preguntas que la señáIsabel le dirigía acerca de los sucesos de la pesca y de las esperanzasque cifraba para lo sucesivo; la vieja, después de haberle chupado lasangre,[31.2] se esforzaba en mostrarse amable con él. Mas laconversación, a pePg 32 sar de esto, fenecía, sin que el marinero lograsedar forma verbal a lo que pensaba. Y ya la señá Isabel se disponía adarla por terminada,[32.1]

levantándose

de

la

silla,

cuando

Elisa

abriórepentinamente la puerta y entró, con pretexto de recoger unas tijerasque le hacían falta; al salir, y a espaldas de su madre,[32.2]le hizoun sin número[32.3] de señas y muecas, encaminadas todas a exigirle elcumplimiento de su promesa; fueron tan imperativas y terminantes, que elpobre marinero, sacando fuerzas de flaqueza y haciendo un esfuerzosupremo, se

atrevió a decir:

—Señá Isabel...

El ruido de su voz le asustó, y sorprendió también por lo extraño a lavieja.

—¿Qué decías, querido?

La mirada que acompañó a esta pregunta le hizo bajar la cabeza; estuvoalgunos instantes suspenso y acongojado: al cabo

sin levantar la vista ycon la voz enronquecida dijo:

—Señá Isabel, el día de San Juan pienso botar la lancha al agua...

Contra lo que esperaba, la vieja no le atajó con ninguna palabra; siguiómirándole fijamente.

—No sé si recordará lo que en el invierno me ha dicho...

La señá Isabel permaneció muda.

—Yo no quisiera incomodarla... pero como el tiempo se va pasando, y yano hay mayormente[32.4] ningún estorbo... y después la gente le preguntaa uno para cuando... y tengo la casa apalabrada... lo mejor seríadespachar el negocio antes de que el

invierno se eche encima... Pg 33

Nada; la maestra no chistaba.[33.1] José se iba turbando cada vez más:miraba al suelo con empeño, deseando quizá que se abriese.

La vieja se dignó al fin exclamar alegremente:

—¡Vaya un susto que me has dado,[33.2]querido! Pensé al verte tanazorado que ibas a soltarme una mala noticia y resulta que me hablas delo que más gusto me puede dar.

El semblante del marinero se iluminó repentinamente.

—¡Qué alegría, señora! Tenía miedo...

—¿Por qué? ¿No sabes que yo lo deseo con tanto afán como

tú?... José,tú eres un buen muchacho, trabajador, listo, nada[33.3]

vicioso. ¿Quémás puedo desear para mi hija? Desde que

empezaste a cortejarla te hemirado con buenos ojos, porque estoy segura de que la harás feliz. Hastaahora hice cuanto estaba en mi mano[33.4] por vosotros, y Dios mediante,pienso seguir haciéndolo. En todo el día no os quito del pensamiento; nohago

otra cosa que dar vueltas[33.5] para ver de qué modo arreglamospronto ese dichoso casorio... Pero los jóvenes sois muy impacientes yecháis a perder[33.6] las cosas con vuestra precipitación... ¿Por quétanta prisa? Lo mismo tú que Elisa[33.7]

sois bastante jóvenes, yaunque, gracias a Dios, tengáis lo bastante para vivir, mañana u otrodía[33.8] si os vienen muchos hijos acaso no podáis decir lo mismo...Tened un poco de

paciencia: trabaja tú cuanto puedas para que nunca hayamiedo al

hambre, y lo demás ya vendrá...

El semblante de José se oscureció de nuevo.

—Mientras tanto—prosiguió la vieja,—pierdePg 34 cuidado en

lo que toca aElisa: yo velaré porque su cariño no disminuya y sea siempre tan buena yhacendosa como hasta aquí... Vamos, no

te pongas triste; no hay tiempomás alegre que el que se pasa de

novio. Bota pronto la lancha al aguapara aprovechar la costera del bonito. Cuando concluya, si ha sidobuena, ya hablaremos.

Al decir esto se levantó: José hizo lo mismo sin apartar los ojos delsuelo; tan triste y abatido, que inspiraba lástima. La señá Isabel ledio algunas palmaditas cariñosas en el hombro,

empujándole al mismotiempo hacia la puerta.

—Ea, vamos a cenar, querido, que tú ya tendrás gana y

nosotros también.Elisa—añadió alzando la voz,—alumbra a

José, que se va. Vaya, buenasnoches, hasta mañana...

—Que V. descanse, señora—contestó José con voz apagada.

Elisa bajó con él la escalera, y le abrió la puerta. Ambos se mirarontristemente.

—Tu madre no quiere—dijo él.

—Lo he oído todo.

Guardaron silencio un instante; él, de la parte de fuera,[34.1]

elladentro del portal con el velón en una mano y apoyándose con la otra enel quicio de la puerta.

—Ayer—dijo la joven—había soñado con[34.2] zapatos... es de buenagüero: por eso tenía tanto empeño en que la hablases.[34.3]

—Ya ves—replicó él sonriendo con melancolía—que no hay

que fiar desueños.

Después de otro instante de silencio, los dos extenPg 35 dieron las manos yse las estrecharon diciendo casi al mismo tiempo:

—Adiós, Elisa.

—Adiós, José.

IV

CUANDO la pesca anda escasa por la costa de Vizcaya,[35.1]

suelen veniralgunas lanchas de aquella tierra a pescar en aguas de Santander[35.2] yde Asturias. Sus tripulantes eligen el puerto que más les place y pasanen él la costera del bonito, que dura próximamente desde Junio aSetiembre. Mientras permanecen a

su abrigo, observan la misma vida quelos marineros del país, salen juntos a la mar y tornan a la misma hora:la única diferencia es que los vizcaínos comen y duermen en sus

lanchas,donde se aderezan toscamente una vivienda para la

noche, protegiéndolascon toldos embreados y tapizándolas con alguna vela vieja que lespermita acostarse, mientras los

naturales se van tranquilamente areposar a sus casas. Ni hay rivalidades ni desabrimientos entre ellos:los vizcaínos son de natural pacífico y bondadoso; los asturianos, másvivos de genio

y más astutos, pero generosos y hospitalarios. Cuandonavegan se ayudan y se comunican cordialmente el resultado que

obtienen:después que saltan en tierra, acuden juntos a las tabernas y departenamigablemente, apurando algunas copas de vino. Los vizcaínos son mássobrios que los asturianos; rara vez

se embriagan: éstos, dados como lospueblos meridionales a la burla y al epigrama, los embroman por suvirtud.

Uno de tales vizcaínos fue el padre de José. CuanPg 36 do vino con otros unverano a la pesca, la madre era una hermosa joven,

viuda, con dos hijasde corta edad, que se veía y deseaba[36.1] para alimentarlas trabajandode tostadora en una bodega de

escabeche. El padre de José trabórelaciones con ella, y la sedujo dándola palabra de casamiento. La bellaTeresa esperó en vano por él: a los pocos meses supo[36.2] que habíacontraído matrimonio con otra en su país.

Teresa era de temperamento impetuoso y ardiente, apasionada

en susamores como en sus odios, pronta a enojarse por livianos

motivos,desbocada y colérica: tenía el amor propio brutal de la gente ignorante,y le faltaba el contrapeso del buen sentido que ésta suele poseer; susreyertas con las vecinas eran conocidas de

todos; se había hecho temiblepor su lengua, tanto como por sus

manos. Cuando la cólera la prendía, semetamorfoseaba en una furia; sus grandes ojos negros y hermososadquirían expresión feroz y todas sus facciones se descomponían. Loshabitantes de Rodillero al oírla vociferar en la calle, sacudían lacabeza con disgusto, diciendo: «Ya está escandalizando esa loca de

Ramónde la Puente» (así llamaban a su difunto marido).

La traición de su amante la hizo adolecer de rabia: hubiera quedadosatisfecha con tomar de él sangrienta venganza. Las pobres hijas pagarondurante una temporada el delito del

seductor: no se dirigía a ellas sinocon gritos que las aterraban; la más mínima falta les costaba cruelesazotes: en todo el día no se

oían más que golpes y lamentos en la oscurabodega donde la viuda habitaba.

Bajo tales auspicios salió nuestro José a la luz delPg 37 día.

Teresa nopudo ni quiso criarlo: entregolo a una aldeana que se avino a hacerlomediante algunos reales, y siguió dedicada a las

penosas tareas de suoficio. Cuando al cabo de dos años la nodriza se lo trajo, no supo quéhacer de él; dejolo entregado a sus hermanitas, que a su vez leabandonaban para irse a jugar: el

pobre niño lloraba horas enterastendido sobre la tierra

apisonada[37.1] de la bodega, sin recibir elconsuelo de una caricia: cuando lo arrastraban consigo a la calle erapara sentarlo en ella medio desnudo con riesgo de ser pisado por lasbestias o

atropellado por un carro. Si alguna vecina lo recogía porcaridad, Teresa, al llegar a casa, en vez de agradecérselo, laapostrofaba

«por meterse en la vida ajena. »[37.2]

Cuando José creció un poco, esta aversión se manifestó

claramente en losmalos tratos que le hizo padecer. Si había sido

siempre fiera y terriblecon sus hijas legítimas, cualquiera[37.3]

puede figurarse lo que seríacon aquel niño hijo de un hombre aborrecido, testimonio vivo de suflaqueza. José fue mártir en su

infancia. No se pasaba día sin que porun motivo o por otro no sintiese los estragos de la mano maternal:cuando por

inadvertencia ejecutaba la más leve falta, el pobre niño seechaba a temblar y corría a ocultarse en cualquier rincón del pueblo;mas no le valía: Teresa, encendida por la ira, con el palo de la escobaen la mano, iba por las calles en su busca,[37.4] vomitando amenazas,desgreñada como una furia, seguida por los chiquillos,

que gustansiempre de presenciar los espectáculos trágicos, hasta

que daba con él ylo traía arrastrando para casa. Si algún vecino

de buen corazón, desdela puerta de su vivienda la recriminaba por tantaPg 38 crueldad, ¡eran deoír[38.1] los denuestos y los insultos que salían vibrantes y agudos dela boca de la viuda contra el imprudente censor! el cual, corrido yavergonzado, la mayor parte de las veces se veía obligado a retirarse.

Asistió poco tiempo a la escuela, donde mostró una

inteligencia viva ylúcida, que se apagó muy pronto con las rudas

faenas de la pesca. A losdoce años le metió su madre de rapaz[38.2]

en una lancha, a fin de quecon el medio quiñón que le tocaba en

el reparto ayudase al sostenimientode la casa. Halló el cambio favorable: pasar el día en la mar erapreferible a pasarlo en la escuela recibiendo los palmetazos delmaestro: el patrón rara vez

le pegaba, los marineros le trataban casicomo un compañero; la

mayor parte de los días se iba a la cama sin haberrecibido ningún golpe: sólo a la hora de levantarse para salir a la maracostumbraba su madre a despavilarle[38.3] con algunos mojicones.Además, sentía orgullo en ganar el pan por sí mismo.

A los diez y seis años era un muchacho robusto, de facciones

correctas,aunque algo desfiguradas por los rigores de la

intemperie, tardo en susmovimientos como todos los marinos, que hablaba poco y sonreíatristemente, sujeto a la autoridad maternal, lo mismo que cuando teníasiete años. Mostró ser en la

mar diligente y animoso, y ganó por estarazón primero que otros

la soldada completa. A los diez y nueve años,seducido por un capitán de barco, dejó la pesca y comenzó a navegar enuna fragata que seguía la carrera de América. Gozó entonces

deindependencia completa, aunque voluntariamente remitía a su

madre unaparte del sueldo. Pero el apego a su pueblo, el recuerPg 39 do de suscompañeros de infancia, y por más que parezca raro, el amor a sufamilia, fueron poderosos a hacerle abandonar, al cabo de algunos años,la navegación de altura,[39.1] y emprender nuevamente el oficio depescador. Fue, no obstante, con mejor provisión y aparejo, pues en eltiempo que navegó, consiguió juntar de sus pacotillas algún dinero, ycon él compró

una lancha. Desde entonces cambió bastante su suerte: eldueño de una lancha, en lugar tan pobre como Rodillero, juega

papelprincipal; entre los marineros fue casi un personaje, uniéndose alrespeto de la posición el aprecio a su valor y destreza. Comenzó atrabajar con mucha fortuna: en obra de dos

años, como sus necesidades noeran grandes, ahorró lo bastante para construir otra lancha.

Por este tiempo fijó su atención en Elisa, que era hermosa entre lashermosas de Rodillero, buena, modesta, trabajadora y con fama de rica:si no la hubiera fijado, le hubieran obligado a

ello las palabras de susamigos y los consejos de las comadres del pueblo:—«José, ¿por qué nocortejas a la hija de la maestra?

No hay otra en Rodillero que más teconvenga.—José, tú debías

casarte con la hija de la maestra; es unachica como una plata,[39.2]

buena y callada; no seas tonto, dilealgo.—La mejor pareja para

ti, José, sería la hija de lamaestra...»—Tanto se lo repitieron, que al fin comenzó a mirarla conbuenos ojos. Por su parte ella escuchaba idénticas sugestiones respectoal marinero, donde

quiera que iba; no se cansaban de encarecerla sugallarda

presencia, su aplicación y conducta.

Pero José era tímido con exceso; en cuanto se sintió

enamorado, lo fuemucho más. Por largo tiempo, laPg 40 única señal que dio del tiernosentimiento que Elisa le inspiraba fue seguirla tenazmente con la vistadonde quiera que la hallaba, huyendo, no obstante, el tropezar con ellacara a cara. Lo cual no impidió que la joven se pusiera al tanto muypronto de lo que en

el alma del pescador acaecía. Y en justacorrespondencia,

comenzó a dirigirle con disimulo alguna de esasmiradas[40.1] como relámpagos con que las doncellas saben iluminar elcorazón de los enamorados. José las sentía, las gozaba, pero no osabadar un

paso para acercarse a ella. Un día confesó a su amigo

Bernardosus ansias amorosas, y el vivo deseo que tenía de hablar con la hija dela maestra. Aquel se rió no poco de su timidez, y le instó fuertementepara que la venciese; mas por mucho que hizo, no consiguió nada.

El tiempo se pasaba y las cosas seguían en tal estado, con visibledisgusto de la joven, que desconfiaba ya de verlas nunca[40.2] en víasde arreglo.[40.3] Bernardo, observando a su amigo cada día más triste yvergonzoso, determinó sacarle de apuros.

Una tarde de romería[40.4]paseaban ambos algo apartados de la gente por la pradera, cuando vieronllegar hacia ellos, también de paseo, a varias jóvenes: Elisa veníaentre ellas. Sonrió

maliciosamente el festivo marinero, halagado por unaidea que en aquel momento se le ocurrió; hizo algunas maniobras a fin depasar muy cerca de las jóvenes, y cuando le fue posible ¡zas!

da unfuerte empujón a su amigo, y le hace chocar con Elisa, diciendo al mismotiempo:—«Elisa, ahí tienes a José.» Después

se alejó velozmente. Joséconfuso y ruborizado quedó frente a frente de la hermosa joven, tambiénruborizada y confusa.—

«Buenas tardes,»—acertó al fin Pg 41 adecir.—«Buenas tardes,»—

respondió ella. Y fue cosa hecha.

El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos,

prende, casisiempre, con fortaleza. La pasión de José, primera y

única de su vida,echó profundas raíces en poco tiempo: Elisa pagó cumplidamente su deudade cariño: mostrose propicia la astuta maestra: los vecinos lo vieroncon agrado; todo sonrió en

un principio[41.1] a los enamorados.

Mas he aquí que a la entrada misma del puerto, cuando ya el

marinerotocaba su dicha con la mano, comienza el barco a hacer

agua.[41.2] Quedóaturdido y confuso; el corazón le decía que el obstáculo no era de pocomomento, sino grave. Una tristeza grande, que semejaba desconsuelo, seapoderó de su ánimo al sentir detrás el golpe de la puerta de Elisa, yquedar en las tinieblas de la calle. Cruzaron por su imaginación

muchospresentimientos; el pecho se le oprimió, y sin haber corrido nada, sedetuvo un instante a tomar aliento. Después, mientras caminaba, hizoesfuerzos vanos para apartar de sí la tristeza por medio de cuerdasreflexiones: nada estaba perdido todavía: la señá Isabel no había hechomás que aplazar la boda sin oponerse a ella; en último resultado,[41.3]sin su anuencia se podía llevar a cabo.[41.4]

Sumido en sus cavilaciones,[41.5] no vio el bulto de una persona quevenía por la calle hasta tropezar con ella.

—Buenas noches, D. Fernando—dijo al reconocerlo.

—Hola, José; me alegro de encontrarte: tú me podrás decir cuál es elcamino mejor para ir al Robledal[41.6]. .. mejor dicho, a la casa de D.Eugenio Soliva. Pg 42

—El mejor camino es el de Sarrió hasta Antromero, y allí tomar[42.1] elde Nueva, pasando por delante de la iglesia. Es un poco más largo, peroahora de noche hay peligro en ir por la playa... ¿Pero cómo hace V. unviaje tan largo a estas horas?[42.2]

Son cerca de dos leguas...

—Tengo negocios que ventilar con D. Eugenio—dijo el Sr. de

Meira conademán misterioso.

Los labios del marinero se contrajeron con una leve sonrisa.

—Yo voy a entrar en la taberna a tomar algo. ¿Quiere

acompañarme antesde seguir su viaje, D. Fernando?

—Gracias, José; acepto el convite para darte una prueba más

de miestimación—respondió el Sr. de Meira, colocando su mano

protectorasobre el hombro del marinero.

Ambos entraron en la taberna más próxima y se fueron a

sentar en unrincón apartado: pidió José pan, queso y vino; comió y bebió el Sr. deMeira con singular apetito; el joven le miraba con el rabillo delojo[42.3] y sonreía. Cuando terminaron, salieron otra vez a la calledespidiéndose como buenos amigos.

El pescador siguió un instante con lavista al caballero y murmuró:

—¡Pobre D. Fernando! ¡Tenía hambre!

La figura de éste se borró entre las sombras de la noche. Iba, comootras muchas veces, a pedir dinero a préstamo. En el pueblo todos teníannoticia de estas excursiones secretas por los

pueblos comarcanos; aveces extendía sus correrías hasta los puntos más lejanos de laprovincia, siempre de noche y con sigilo. Por Pg 43 desgracia, el Sr. deMeira tornaba casi siempre como había ido, con los bolsillos vacíos;pero erguido siempre y

con alientos[43.1] para emprender otra campaña.

Prosiguió José su camino hacia casa, a donde llegó a los pocosinstantes. Halló a su madre en la cocina y cerca de ella a sus doshermanas. Al verlas se oscureció aún más su semblante.

Estas hermanas,de más edad que él, estaban casadas hacía ya largo tiempo; una de ellastenía seis hijos. Vivían cada cual en su casa; el marinero sabía porexperiencia que siempre que se juntaban con su madre, de quien habíanheredado el genio y la lengua, caía sobre él algún daño. Aquelconciliábulo a hora inusitada le pareció de muy mal agüero; y él, quetodos los días

arrostraba las iras del océano, se echó a temblar delantede aquellas tres mujeres reunidas a modo de tribunal. Antes de que

laborrasca, que presentía, se desatase, trató de marchar a la cama,pretestando cansancio.

—¿No cenas, José?—le preguntó su madre.

—No tengo gana: he tomado algo en la taberna.

—¿Has hecho cuenta con la señá Isabel?

Esta pregunta era el primer trueno. José la escuchó con

terror,contestando, no obstante, en tono indiferente:

—Ya la hemos hecho.

—¿Y cuánto te ha tocado de estas mareas?[43.2]—volvió a preguntar lamadre mientras revolvía el fuego afectando

distracción.

El segundo trueno había estallado mucho más cerca.

—No lo sé—respondió José, fingiendo como antes

indiferencia.

—¿No traes ahí el dinero?Pg 44

—Sí señora, pero hasta mañana que[44.1] haga cuenta con la compaña, nosé a punto fijo lo que me corresponde.

Hubo una pausa larga. El marinero, aunque tenía los ojos en el

suelo,sentía sobre el rostro las miradas inquisitoriales de sus hermanas, quehasta entonces no habían abierto la boca. Su madre seguía revolviendo elfuego.

—¿Y a cómo le has puesto el bonito hoy?—dijo al fin ésta.

—¿A cómo se lo había de poner, madre... no lo sabe?—

contestó Josétitubeando.

—No; no lo sé—replicó Teresa dejando el hierro sobre el

hogar ylevantando con resolución la cabeza.

El marinero bajó la suya y balbució más que dijo:

—Al precio corriente... a real y medio...

—¡Mientes! ¡mientes!—gritó ella con furor avanzando un

paso yclavándole sus ojos llameantes.

—¡Mientes! ¡mientes!—dijeron casi al mismo tiempo sus

hermanas.

José guardó silencio sin osar disculparse.

—¡Lo sabemos todo!... ¡todo!—prosiguió Teresa en el

mismotono.—Sabemos que me has estado engañando

miserablemente desde quecomenzó la costera, gran tuno; que estás regalando el bonito a esabribona, mientras tu madre está trabajando como una perra, después dehaber sudado toda su vida

para mantenerte...

—Si trabaja es porque quiere; bien lo sabe—dijo el

marinerohumildemente.

—¡Y todo por quién!—siguió Teresa sin querer escuchar la

advertenciade su hijo.—Por esa sin ver Pg 45 güenza[45.1] que se ríe de ti, que te robael sudor echándote de cebo a su hija,[45.2] para darte a la postre conla puerta en los hocicos[45.3]...

Estas palabras hirieron a José en lo más vivo del alma.

—Madre—exclamó con emoción,—no sé por qué ha tomado

tanta ojeriza aElisa y a su madre. Aunque me case, por eso no la

abandono. La lanchaque ahora tengo queda para V... y si más le

hace falta, más tendrá...

—¿Pero tú crees casarte, inocente?—dijo una de las hermanas

sonriendosarcásticamente.

—Nada tenéis que partir vosotras en este negocio—replicó el

marinerovolviéndose airado hacia ella.

—Tiene razón tu hermana ¡tonto! ¡tonto!—vociferó de nuevo

lamadre.—¿No ves que estás sirviendo de hazme reír[45.4] al pueblo? ¿Noves que esa bruja te está engañando como a un chino[45.5] para chupartela sangre?

El pobre José, hostigado de tan cruel manera, no pudo guardar

más tiempola actitud humilde que tenía frente a su madre, y replicó alzando lacabeza con dignidad:

—Soy dueño de dar lo que es mío a quien me parezca.[45.6]

Usted, madre,no tiene razón ninguna para quejarse... Hasta ahora lo que he ganado hasido de V...

—¿Y me lo echas en cara,[45.7] pícaro?—gritó aquélla cada vez másfuriosa. ¡No me faltaba ya más que eso![45.8]. .. Después de haber pasadotantos trabajos para criarte; después de quemarme la cara al pie de lascalderas,[45.9] y andar arrastrada[45.10] de día y de noche paraPg 46 llevarte a ti y a tus hermanas un pedazo de pan,

¿me insultas de esemodo?...

Aquí Teresa se dejó caer sobre una silla y comenzó a

sollozarfuertemente.

—¡Quiero morir antes de verme insultada por mi hijo!—siguió

diciendoentre gemidos y lágrimas. ¡Dejadme morir!... ¡Para qué

estoy yo en elmundo si el único hijo que tengo me echa en cara

el pan que como!...

Y a este tenor prosiguió desatándose en quejas y lamentos, sacudiendo lacabeza con desesperación y alzando las manos al cielo.

Las hijas acudieron solícitas a consolarla. José, asustado del efecto desus palabras, no sabía qué hacer; ni tuvo ánimo para contestar a sushermanas, que mientras cuidaban de su madre se

volvían hacia élapostrofándole:

«¡Anda tú,[46.1] mal hijo! ¡Vergüenza había de darte![46.2]

¿Quieresmatar a tu madre, verdad?[46.3] Algún día te ha de castigar Dios...»

Aguantó el chubasco con resignación, y cuando vio a su madre

un poco mássosegada, se retiró silenciosamente a su cuarto.

Llevaba el corazón tanoprimido, que no pudo en largo espacio conciliar el sueño.

V

CON la llegada del nuevo día mitigose su pesar, y entendió claramenteque no había motivo para tanto apesadumbrarse: el obstáculo que de nochele había parecido insuperable, a la luz del sol lo juzgó liviano;Pg 47 crecieron sus ánimos para vencerlo, y la esperanza volvió a inundar sucorazón.

Y en efecto, los acontecimientos pareció que justificaban[47.1]

estesalto repentino de la tristeza a la alegría. En los días siguienteshalló a la señá Isabel más amable que nunca,

favoreciendo con empeño susamores, dándole a entender con

obras, ya que no de palabra, que sería,más tarde o más

temprano, el marido de Elisa. Ésta cobró tambiénconfianza y se

puso a hacer cuentas galanas[47.2] para lo porvenir,esperando vencer la resistencia de su madre y abreviar el plazo

delcasamiento.

Por otra parte, la fortuna siguió sonriendo a José. El día de San Juan,según tenía pensado, botó al agua la nueva lancha, la cual

comenzó abrincar suelta y ligera sobre las olas, prometiéndole muchos y buenosdías de pesca: vino el cura a bendecirla y hubo

después en la taberna elindispensable jolgorio entre la gente llamada a tripularla. Encargose elmismo José del mando de ella,

dejando la vieja a otro patrón, y desde eldía siguiente principió a hacerla trabajar en la pesca del bonito. Éstafue abundante, como

pocas veces se había visto; tanto que nuestromarinero, apesar de

las sangrías que la señá Isabel le hacía en cadasaldo de cuentas, iba en camino de hacerse rico.

¡Qué verano tan dichoso aquél! Elisa, a fuerza de instancias, consiguióarrancar a su madre el permiso para casarse al terminar

la costera, osea[47.3] en el mes de Octubre. Y dormidos inocentemente sobre estapromesa, los amantes gozaron de la dulce perspectiva de su próximaunión; entraron en esa época de

la vida, risueña como ninguna,[47.4] enque el cielo sólo ofrece son Pg 48 risas y la tierra flores a los enamorados.El trabajo era para ambos un manantial riquísimo de placeres: cadabonito que

prendía en los anzuelos de José y entraba saltando en sulancha,

parecía un heraldo que le anunciaba su boda: cuando tornaba acasa con doscientas piezas bullendo sobre los paneles, pensaba

que aqueldía había dado un gran paso hacia Elisa. Ésta, dentro de la fábrica, nose daba tampoco punto de reposo; todo el día ocupada en vigilar lasoperaciones de pesar, cortar, salar, tostar y empaquetar el pescado; alllegar la noche ya no podía tenerse en

pie; pero se dejaba caer en lacama con la sonrisa en los labios,

diciendo para sí: «Es necesariotrabajar de firme; mañana

tendremos hijos[48.1]. ..» La hora más felizpara Elisa era la que precedía a la cena; entonces llegaba José a latienda y se formaba una sabrosa tertulia, que les consentía[48.2]acercarse uno a otro y cambiar frecuentes palabras y miradas. Rara vezse decían

amores: no había necesidad; para los que aman mucho,

cualquierconversación va empapada[48.3] de amor. De esta hora, los minutos másdichosos eran aquellos en que se despedían; ella

con el velón en lamano, como la hemos visto la noche en que la

conocimos;[48.4] él de laparte de fuera, apoyado en el marco de la puerta; en estos momentossolían cambiar con labio trémulo algo

de lo que llenaba por entero suscorazones, hasta que la voz de la señá Isabel, llamando a su hija,rompía tristemente el encanto.

Aun por el día gozaba la hermosa doncella de otra hora feliz:

era la dela siesta. Cuando su madre, después de comer, se acostaba un poco sobrela cama, acostumbraba Elisa salirse de casa y subir a uno de los montesque rodean el pueblo a disfrutar

de la vista y Pg 49 del fresco de la mar. Aesta hora, en los días de Julio y Agosto, el calor era sofocante enRodillero: la brisa del océano no penetraba más que en las primerasrevueltas, dejando

la mayor parte del lugar asfixiada entre las montañaslaterales.

La joven ascendía lentamente por un ancho sendero abiertoentre

los pinos, hasta la capilla de San Esteban, colocada en la cimadel monte, y se sentaba a la sombra. Desde aquel punto se

oteaba unagran extensión de mar, sobre el cual irradiaba el sol su fuego: el cielomostraba un azul oscuro por la parte de tierra;[49.1] por la del mar,más claro, trasformándose en color gris al cerrar el horizonte.[49.2]Algunas nubes blancas e hinchadas se amontonaban por la parte deLevante, sobre el pico de Peñas, el

más saliente de la costacantábrica:[49.3] éste y los demás cabos lejanos se mostraban apenasentre la faja gris del horizonte, mientras el de San Antonio, máscercano, detrás del cual estaba la bahía de Sarrió, recibiendo de llenolos rayos del sol, ofrecía grato color de naranja. Los ojos de Elisaiban presurosos a buscar en las profundidades del mar las lanchaspescadoras que

acostumbraban a mantenerse frente a la boca de Rodillero,a larga distancia, borrándose casi entre la tenue ceniza

suspendidasobre el horizonte. Contaba con afán aquellos puntos

blancos, y seesforzaba con ilusión en averiguar[49.4] cuál de ellos sería[49.5] lalancha de su novio.—«Aquélla que va un poco apartada a la izquierda,aquélla debe de ser; se conoce porque la

vela es más blanca; ¡comoque[49.6] es nueva! Además, a él le gusta siempre ir un poco separado ycampar por sus respetos[49.7]. .. No hay quien huela el pescado comoél.»—Y mecida por esta

ilusión, seguía con anhelo las manioPg 50 bras deaquella lancha, que ora se alejaba hasta perderse de vista, bien[50.1]se acercaba. A veces advertía que tomaban todas el camino del puerto:entonces

torcía el gesto,[50.2] exclamando:—«¡Malo! hoy no hay muchobonito.»—Pero en el fondo de su alma luchaba el gozo con la tristeza,porque de este modo iba a ver antes[50.3] a su amante. Aguardaba todavíaun rato hasta verlas salir poco a poco

del vapor ceniciento que lasenvolvía, y entrar en la región luminosa. Parecían con sus velasapuntadas, blancos fantasmas resbalando suavemente sobre el agua; y cualsi obedeciesen a un

signo hecho por mano invisible, todas se ibanacercando entre sí

y formaban al poco tiempo una diminuta escuadra.Cuando ya las

veía próximas se bajaba al pueblo a toda prisa; a nadiedaba cuenta, ni aún al mismo José, de aquellos instantes de dicha que

enla soledad del monte de San Esteban gozaba.

El tiempo se iba deslizando, no tan veloz como nuestros

enamoradosdeseaban, pero sí mucho más de lo que a la señá Isabel convenía. Ésta nopodía pensar en el matrimonio de Elisa

sin sentir movimientos de terrory de ira, pues al realizarse era forzoso dejar la fábrica y otros bienesde su difunto esposo en poder del de su hija. Y aunque estaba resueltaen cualquier caso a oponerse con todas sus fuerzas a esta boda, todavíale disgustaba

mucho el verse obligada a poner de manifiesto[50.4] suoposición, temiendo que el amor guiase a Elisa a algún acto de rebeldía.Por

eso su cabeza, rellena[50.5] de maldades, no se cansaba de trabajararbitrando recursos[50.6] para deshacer aquel lazo y volver sobre[50.7]la promesa que le habían arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro,mediante cierta infame maquinación Pg 51 que el demonio, sin duda, lesugirió, estando desvelada en la cama.

Había en el pueblo un mozo reputado entre la gente por tonto

omentecato, hijo del sacristán de la parroquia; contaba ya veinte añosbien cumplidos y no conocía las letras, ni se ocupaba en otra cosa queen tocar las campanas de la iglesia (por cierto con

arte magistral), yen discurrir solitario por las orillas de la mar extrayendo de loshuecos de las peñas lapas, cangrejos, bígaros[51.1]

y pulpos, encuyas[51.2] operaciones era también maestro.

Mofábanse de él losmuchachos, y le corrían[51.3] a menudo por la calle con gritaintolerable: lo que más le vejaba al pobre Rufo (tal era su nombre) erael oír que su casa se estaba cayendo; bastaba esto para que loschicuelos le dieran en lo vivo[51.4] sin cansarse jamás: donde quieraque iba, oía una voz infantil que de

lejos o de cerca, ordinariamente delejos, le gritaba:—«Cayó,[51.5]

Rufo, cayó.»—Enojábase el infeliz alescucharlo, como si fuese una injuria sangrienta; llameaban sus ojos yechaba espuma por la boca, y en esta disposición corría como una fieradetrás del chicuelo, que tenía buen cuidado de poner al instante tierrapor medio,[51.6] cuanta más, mejor; alguna vez el exceso de la ira lehabía hecho dar sin sentido en el suelo.[51.7] Los vecinos lecompadecían, y no dejaban de reprender ásperamente a los muchachos sucrueldad, cuando presenciaban tales escenas.

Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva yardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretextopara embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían enello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, Pg 52 le llamabancasi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez ledecían que ésta se había casado por

la mañana, lo cual dejaba yerto yacongojado al pobre tonto; otro

día le aconsejaban que fuese a pedir sumano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niñaestaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestrano consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José enestas

bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y

malpescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, yponiéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo eraincomparablemente más gallardo, y que si no

pescaba tanto, en cambiotocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] ibacreciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentandotambién el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal,hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase deecharle[52.3]

miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de

lascuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.

Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante,

suvanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga delos tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblantehalagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que sedispensa a los niños: gozaba con las

muecas y carocas de perro fiel enque se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarsecon él siempre que[52.6]

obedeciese a su padre y no pegase a los chicos.Rufo preguntaba

con expresión de anhelo:—¿Para cuándo?—Amigo, no losé—

respondía ella,—pregúntaseloPg 53 al Santo Cristo, a ver[53.1] lo quete dice.—Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la

iglesia,preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda,sin obtener contestación.—Es que todavía no

quiere que nos casemos—ledecía Elisa,—ten paciencia y sé

bueno, que ya se ablandará.

La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper,o por lo menos aplazar la unión de su hija con José.

Un día saliópaseando por las orillas de la mar, donde sabía que

Rufo se hallaba acaza de cangrejos, y se hizo con él

encontradiza.[53.3]

—¿Qué tal,[53.4] Rufo, caen muchos?[53.5]

El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.

—Marea

muerta,[53.6]

coge

poco[53.7]—contestó

en

el

lenguajeincompleto y particular que usaba.

—Vaya, vaya, no son tan pocos—replicó la señá Isabel

acercándose más yechando una mirada al cestillo donde tenía la

pesca.—Buena fortunatiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto decangrejos.

—Padre no gusta cangrejos[53.8]. .. tira todos a la calle... y pega aRufo con un palo...

—¿Te pega porque coges cangrejos?

—Sí, señá Isabel.

—Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos.

Mira,cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustanmucho.

El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente

alescuchar el nombre de Elisa.

—¿Gusta Elisa cangrejos?

—Mucho.Pg 54

—Todos, Elisa;[54.1] todos, Elisa—dijo con énfasis, extendiendo lasmanos y señalando la orilla de la mar.

—Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mucho a Elisa, ¿verdad?

—Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa.[54.2]

—¿Te casarías con ella de buena gana?

El rostro del tonto se contrajo extremadamente por una

sonrisa; quedóconfuso y avergonzado mirando a la señá Isabel sin atreverse acontestar.

—Vamos, di, ¿no te casarías?

—Usté[54.3] no quiere—dijo al fin tímidamente.

—¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso?

—Usté quiere José.

—¡Bah! si José fuese pobre no le querría: tú me gustas más;

eres másguapo, y no hay en Rodillero quien toque como tú las campanas.

—José no sabe—dijo el idiota con acento triunfal,

manifestando unagran alegría.

—¡Qué ha de saber! José no sabe más que pescar bonito y merluza...

—Y besugo—apuntó Rufo, pasando súbito del gozo a la

tristeza.

—Bueno; besugo también, ¿y qué? En cambio tú pescas

cangrejos ypulpos... y lapas... y bígaros... y erizos... y ostras.

Además, túpescas solo, sin ayuda de nadie, mientras José

necesita que le ayudenlos amigos: ¿quieres decirme lo que pescaría José si no tuviese unalancha?

—Tiene dos—volvió a apuntar tristemente Rufo.

—Bien, pero la vieja ya vale poco... ¡Si no fuese por la nueva!... Sino fuese por la nueva no le daría Pg 55yo a Elisa,

¿sabes tú?...

Los ojos zarcos y apagados del idiota brillaron un instante conexpresión de ira.

—Yo echo pique[55.1] lancha nueva—exclamó dando[55.2] con las tenazasque tenía en la mano sobre la peña.

—Porque José tiene obligaciones a que atender—siguió la

vieja, como sino hubiese oído estas palabras.—Necesita

alimentar a su madre, quepronto dejará de trabajar, mientras que

tú eres libre: tu padre ganabastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...

—Tiene reloj—dijo Rufo interrumpiéndola.

—Sí, ya lo sé.

—Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.

—Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija.

Seríasamo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías

un caballopara ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va elseñor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías

botas de montar,[55.3]como el hijo de don Casimiro.

La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidarningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese

halagar al tonto.Éste la escuchaba embebecido y suspenso,

sonriendo beatíficamente, comosi tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabelsu descripción, hubo un

rato de silencio: al fin volvió a decir,sacudiendo la cabeza con pesar:

—¡Si no fuese por José!—Y se quedó mirando reflexivamente

al mar.

Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblantehosco, y miró también fijamente al horizonte. Pg 56

—Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando

Elisa; hastala vista.[56.1]

—Adiós—dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.

La señá Isabel se alejó lentamente. Cuando estuvo ya a larga distancia,se volvió para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos clavados en el mar,como le había dejado.

VI

ACAECIÓ, como todos los años, que el número harto

considerable delanchas vizcaínas ocasionó, al fin de la costera del bonito, algúnmalestar en Rodillero. Eran tantas las

embarcaciones que se juntaban porlas tardes en la ribera, que los pescadores no podían botarlas todas atierra; por muy arriba que[56.2] subiesen las primeras que llegaban dela mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían precisados sus dueñosa dejarlas en

los dominios de la marea, amarradas a las otras. Estocausaba algunos disgustos y desazones; se murmuraba bastante, y

sedirigían de vez en cuando vivas reclamaciones al cabo de mar;[56.3] peroéste no podía impedir que los vizcaínos continuasen en el puerto,mientras la comandancia[56.4] de Sarrió no ordenase su partida. Lasreyertas, sin embargo, no eran tantas ni tan ásperas como pudieraesperarse, debido al temperamento pacífico, lo

mismo de los naturales,que de los forasteros.

Mientras el tiempo fue propicio (y lo es casi siempre allí en los mesesde Junio, Julio y Agosto), todo marchó bastante bien; mas

al llegarSetiembre, creció laPg 57 discordia y la murmuración, con el peligro de lasembarcaciones que quedaban a flote. Aunque el

cielo se muestre sereno eneste mes y el viento no sople recio, a

menudo se levanta marejada, lacual procede de temporales que se forman en otras regiones apartadas.Estas mares gruesas,[57.1]que

reinan en aquella costa gran parte delotoño, inquietaban a los armadores, temiendo que la hora menospensada[57.2] rompiesen las amarras de los barcos, y diesen con ellos altravés.[57.3] No había más que bajar por la noche a la ribera paraconvencerse de que tales temores eran fundados. La mar hacía bailar alas lanchas; embestían unas contra otras duramente, y rechinaban cual sise quejasen de los testerazos, produciendo en el silencio y la oscuridadrumor semejante al de una muchedumbre agitada;

parecía en ocasionesplática sabrosa que unas con otras tenían entablada acerca de los varioslances de su vida azarosa; otras veces disputa acalorada, donde todas ala vez querían mezclarse

y dar su opinión; otras, grave y encendidapelea, en que algunas

iban a perecer deshechas.

Un suceso desdichado vino al fin a dar la razón a los que[57.4]

máslevantiscos[57.5] andaban y con más afán pedían la salida de losvizcaínos. En cierta noche oscura, aunque serena, del citado mes, laconversación de las lanchas empezó a ser muy animada desde las primerashoras; pronto degeneró en disputa, que por momentos se fue acalorando; ala una de la madrugada estalló una verdadera y descomunal batalla entreellas, como nunca

antes se había visto. Los vizcaínos, que dormían abordo, se vieron necesitados a ponerse en pie a toda prisa, y amaniobrar oportunamente para no padecer avería; más de una

horatrabajaron esforzadaPg 58 mente impidiendo la ruina de

muchas lanchas, tantosuyas como de Rodillero, y la deserción de otras, pues las sacudidaseran terribles, y había peligro de que los cabos se quebrasen. Al finredobló de tal modo la furia de la

marejada, que juzgándose impotentespara evitar una catástrofe, corrieron por el pueblo dando la voz dealarma. Acudieron al instante la mayor parte de los hombres y bastantesmujeres; cuando llegaron, algunos barcos se habían abierto ya a

poderde[58.1] las repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con violencia a lapuerta de José.

—José, levanta en seguida; tienes perdida lancha.[58.2]

El marinero se alzó despavorido de la cama, se metió los pantalones y lachaqueta apresuradamente, y corrió descalzo y sin nada en la cabeza a laribera. Antes de llegar con mucho, su

oído delicado percibió entre elestruendo de las olas un ruido seco de malísimo agüero. El espectáculoque confusamente se ofreció a su vista le dejó suspenso.

La mar estaba picada de veras; el trajín[58.3] de las lanchas que habíanquedado a flote era vertiginoso: las embestidas

menudeaban; entre elrumor estruendoso de las olas escuchábase

más claramente aquel ruidoseco semejante al crujido de huesos.

Uníase a este formidable rumor lasvoces de los hombres, cuyas

siluetas se agitaban también vivamente entrelas sombras,

acudiendo a salvar sus barcos: increpábanse mutuamente porno

evitar el choque de las lanchas; pedían cabos para

sujetarlas;procuraban a toda costa apartarlas y dejarlas aisladas; gritaban lasmujeres temiendo más por la vida de los suyos que por la ruina de losbarcos; contestaban los hombres a sus llamamientosPg 59 con terriblesinterjecciones: todo ello formaba un ruido infernal que infundíatristeza y pavor. La oscuridad no era tanta que no consintiesedistinguir los bultos: muchos habían

traído farolillos, que cruzabanvelozmente de un lado a otro como estrellas filantes.[59.1]

Repuesto José de la sorpresa, corrió al sitio donde había quedado sulancha nueva, que era la que estaba en peligro, pues

la vieja seencontraba en seco. Su temor, sin embargo, no era grande, porque habíatenido la fortuna de llegar a tiempo para anclarla detrás de una peñaque avanzaba por el mar formando un muelle natural. Saltó en laembarcación más próxima a la orilla y de una en otra fue pasando hastael sitio donde la había dejado; pero al llegar se halló con que[59.2]había desaparecido. En vano la buscó con los ojos por la vecindad; envano preguntó a sus compañeros; nadie daba cuenta de ella. Por fin unoque llevaba farol le gritó desde tierra:

—José, yo he visto hace rato escapar una lancha; no sé si sería

latuya.

El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra,

porquelas demás estaban allí.

—Si es la tuya, no pudo ir muy lejos—le dijo el marinero que

estaba asu lado.—El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echadoen seguida a tierra.

Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún

consuelo y nadamás: bien sabía el que las pronunció que con la

resaca de aquella nochetanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.

Sin embargo, José concibió esperanzas.

—Gaspar, dame el farol—gritó al de tierra.Pg 60

—¿Dónde vas?

—Por la orilla adelante[60.1]a ver si la encuentro.

El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:

—Yo te acompaño, José.

El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron

apresuradamente laribera de Rodillero y siguieron el borde de la

mar, registrandoescrupulosamente todos los parajes donde

pensaban que la lancha pudieraquedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas,salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José teníacifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese baradoen ella, estaba salvada.

Mas después de recorrerla toda despacio, nadavieron.

—Me parece que es inútil ir más adelante, José—dijo

Gaspar;—el caminode las peñas debe de estar ya tomado por la

mar; está subiendotodavía...

José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en lapequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto,invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la

montaña, todavíalos golpes de mar les salpicaban. Uno de estos,

al fin, bañócompletamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros senegaron resueltamente a dar un paso más; nadie

traía cerillas paraencenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza,o por lo menos una pierna, entre

las peñas. José los animó a volversepero negándose a seguirlos.

Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobresu cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra,semejaban enormes y Pg 61 oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas anuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando depeña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasosdifíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de losÁngeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio areconocer una

por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin,y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio lavuelta para casa.

Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. Elsol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamentepor un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua quebañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo,y se revolvía airada

contra los peñascos de la orilla y los batía confragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma;otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cimacaía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2]

portodos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algúnenemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebarsu furor, se retiraba gruñendo y

murmurando amenazas para tornar denuevo y con más bríos a la

carga. Sobre la gran playa arenosa, veníanlas olas en

escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban

enlínea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma;avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada,

esperando encontrarresistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente,no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza.YPg 62 en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y despuésotras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejosse columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas yerizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.

La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento;aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea

indecisa delhorizonte, formaba contraste singular con la

serenidad riente delfirmamento. José detuvo un instante el paso

delante de las olas ycontempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás seagota; no había en su mirada rencor

ni desesperación. Avezados a tenersu vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en lasluchas que con ella sostienen,

los

pescadores

sufren

sus

inclemenciascon

resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado yomnipotente. En aquel momento le preocupaba más al

marinero un barco queveía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que supropia lancha. Después de

observar con atención inteligente susmaniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar lasprimeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de lalancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como sientonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo ymojado, comenzó a tiritar fuertemente. Pg 63

VII

EL daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar»

(así llamanlos pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro ocinco lanchas desbaratadas, y mucha parte

de las otras con avería. Losvizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad,aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuantola mar se

aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para sutierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.

La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo

cualllamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estabanrotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácilde explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuandoen la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usanlas lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba rotopor la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vanotrató de explicarse

de

un

modo

natural

aquel

extraordinario

fenómeno;todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que teníadelante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospechade que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causabaaún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de unenemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a suentender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y

para no calumPg 64 niarmentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó nopensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento.Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1]por olvidarlo enteramente.

La pérdida de la lancha no abatió su ánimo,ni mucho menos;[64.2]

pero las consecuencias que consigo trajo lellenaron de

amargura.