La Serie de Lenguaje Moderno del Librero Heath - Historias Cortas by Elijah Clarence Hills, Ph. D and Louise Reinhardt - HTML preview

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me perdone Dios si miento!—Ayer vi á Parrón.

—Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tresaños que se

persigue{31-5} á ese monstruo, á ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los díasroba, en distintos puntos de estas sierras, á algunos pasajeros, ydespués los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ése esel único medio de que nunca dé con él la Justicia?{31-6} ¿Sabes, enfin, que ver á Parrón es encontrarse con la muerte?

EL gitano se volvió á reir, y dijo:

—Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quienlo haga

sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa ónuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantaspicardías como nosotros?—Repito,

mi General, que, no sólo he visto á Parrón, sino que he hablado con él.

—¿Dónde?

—En el camino de Tózar.

—Dame pruebas de ello.

—Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días{32-1} que caímos miborrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y mellevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoletadonde acampaban los bandidos.

Una cruel sospecha me teníadesazonado.—«¿Será{32-2} esta gente de Parrón? (me decía á cadainstante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan!{32-3}.. ., pues esemaldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomíavuelvan á ver cosa ninguna.»

Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombrevestido de

macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombroy sonriéndose con suma gracia, me dijo:

—Compadre, ¡yo soy Parrón!

Oir esto y caerme de espaldas, todo fué una misma cosa.

El bandido se echó á reir.

Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos lostonos de voz que pude inventar:

¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había deconocerte{33-1} por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Yque haya madre que para{33-2} tales hijos! ¡Jesús!{33-3} ¡Deja que te déun abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera{33-4} si no tenía gana deencontrarte el gitanico{33-5} para decirte la buenaventura y darte unbeso en esa mano de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieresque te enseñe á cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieresvender como potros tus

caballos viejos? ¿Quieres que le{33-6} enseñe elfrancés á una mula?

El Conde del Montijo no pudo contener la risa...

Luego preguntó:

—Y ¿qué respondió Parrón á todo eso? ¿Qué hizo?

—Lo mismo que su merced; reirse á todo trapo.

—¿Y tú?

—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillaslagrimones como

naranjas.

—Continúa.

En seguida me alargó la mano y me dijo:

—Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído en mi poder.Todos los

demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme,de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de malhumor. Sólo V. me ha hecho reir: y si no fuera por esas lágrimas...

—¡Qué, señor, si son{33-7} de alegría!

—Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reídodesde hace

seis ú ocho años!—Verdad es que tampoco he llorado...

—Pero despachemos.—¡Eh, muchachos!

Decir Parrón{34-1} estas palabras y rodearme una nube de trabucos,todo fué un abrir y cerrar de ojos.

—¡Jesús me ampare!—empecé á gritar.

—¡Deteneos!{34-2} (exclamó Parrón.) No se trata de eso todavía.—Osllamo para preguntaros qué le habéis tomado á este hombre.

—Un burro en pelo.

—¿Y dinero?

—Tres duros y siete reales.

—Pues dejadnos solos.

Todos se alejaron.

—Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.

Yo se la cogí;{34-3} medité un momento; conocí que estaba en el caso dehablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:

Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes...,¡morirás ahorcado!

—Eso ya lo{34-4} sabía yo... (respondió el bandido con enteratranquilidad.)—Dime cuándo.

Me puse á cavilar.

Este hombre (pensé) me va á perdonar la vida; mañana llego á Granada ydoy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...

—¿Dices que{34-5} cuándo? (le respondí en alta voz.)—Pues ¡mira! vaá ser el mes que entra.

Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio deadivino me podía salir por la tapa de los sesos.{34-6}

—Pues mira tú, gitano... (contestó Parrón muy lentamente.) Vas áquedarte en mi poder...—¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, teahorco yo á ti, tan cierto como ahorcaron á mi padre!—Si muero para esafecha, quedarás libre.

—¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después demuerto!{35-1}

Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.

Quedamos en lo dicho: fuí conducido á la cueva, donde me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole por aquellos breñales...

—Vamos, ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.) Parrón hamuerto; tú has quedado libre, y por eso sabes sus señas...

—¡Todo lo contrario, mi General! Parrón vive, y aquí entra lo másnegro de la presente historia.

II

Pasaron ocho días sin que el capitán volviese á verme. Según pudeentender, no había parecido por allí desde la tarde que le hice labuenaventura; cosa que nada tenía de raro, á lo que me contó uno de misguardianes.

—Sepa V. (me dijo) que el jefe se va al infierno de vez en cuando, y novuelve hasta

que se le antoja.—Ello es que nosotros no sabemos nada delo que hace durante sus largas ausencias.

Á todo esto, á fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho labuenaventura á todos

los ladrones, pronosticándoles que no seríanahorcados y que llevarían una vejez muy

tranquila, había yo conseguidoque por las tardes me sacasen{35-2} de la cueva y me atasen á un árbol,pues en mi encierro me ahogaba de calor.

Pero excuso decir que nunca faltaban á mi lado un par de centinelas.

Una tarde, á eso de las seis, los ladrones que habían salido de servicio aquel día á las órdenes del segundo de Parrón, regresaronal campamento, llevando consigo, maniatado como pintan á nuestro PadreJesús Nazareno, á un pobre segador de cuarenta á cincuenta años, cuyaslamentaciones partían el alma.

—¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais con qué afaneslos he ganado! ¡Todo un verano segando bajo el fuego del sol!... ¡Todoun verano lejos de mi pueblo, de mi mujer y de mis hijos!—¡Así hereunido, con mil sudores y privaciones,

esa suma, con que podríamosvivir este invierno!... Y cuando ya voy de vuelta, deseando abrazarlos ypagar las deudas que para comer hayan hecho aquellos

infelices, ¿cómo hede perder ese dinero, que es para mí un tesoro?—¡Piedad, señores!¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima!

Una carcajada de burla contestó á las quejas del pobre padre.

Yo temblaba de horror en el árbol á que estaba atado; porque los gitanostambién tenemos{36-1} familia.

—No seas loco... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose alsegador.)—Haces mal

en pensar en tu dinero, cuando tienes cuidadosmayores en que ocuparte...

—¡Cómo!—dijo el segador, sin comprender que hubiese{36-2} desgraciamás grande que dejar sin pan á sus hijos.

—¡Estás en poder de Parrón!

Parrón... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído nombrar... ¡Vengo demuy lejos!

Yo soy de Alicante, y he estado segando en Sevilla.

—Pues, amigo mío, Parrón quiere decir{37-1} la muerte. Todo el quecae en nuestro poder es preciso que muera.{37-2} Así, pues, haztestamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos.—¡Preparen!¡Apunten!—Tienes cuatro minutos.

—Voy á aprovecharlos... ¡Oídme, por compasión!...

—Habla.

—Tengo seis hijos... y una infeliz...—diré viuda..., pues veo quevoy á morir...—

Leo en vuestros ojos que sois peores que fieras... ¡Sí,peores! Porque las fieras de una misma especie no se devoran unas áotras.—¡Ah! ¡Perdón!... No sé lo que me{37-3}

digo.—¡Caballeros,alguno de ustedes{37-4} será{37-5} padre!... ¿No hay un padre entrevosotros? ¿Sabéis lo que son seis niños pasando un invierno sin pan?¿Sabéis lo

que es una madre que ve morir á los hijos de sus entrañas,diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?—Señores, ¡yo no quiero mi vidasino por ellos! ¿Qué es para mí la vida?

¡Una cadena de trabajos yprivaciones!—¡Pero debo vivir para mis hijos!... ¡Hijos míos! ¡Hijos demi alma!

Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los ladronesuna cara... ¡Qué cara!... Se parecía á la de los santos que el rey Nerónechaba á los tigres, según dicen los padres predicadores...

Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho, pues se miraronunos á otros...; y viendo que todos estaban pensando la misma cosa, unode ellos se atrevió á decirla...

—¿Qué dijo?—preguntó el Capitán general, profundamente afectado poraquel

relato.

—Dijo: «Caballeros, lo que vamos á hacer no lo sabrá nunca Parrón...»

—Nunca..., nunca...—tartamudearon los bandidos.

—Márchese V., buen hombre...—exclamó entonces uno que hasta lloraba.

Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.

El infeliz se levantó lentamente.

—Pronto... ¡Márchese V.!—repitieron todos, volviéndole la espalda.

El segador alargó la mano maquinalmente.

—¿Te parece poco? (gritó uno.)—¡Pues no quiere sudinero!{38-1}—Vaya..., vaya...

¡No nos tiente V. la paciencia!

El pobre padre se alejó llorando, y á poco desapareció.

Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones en jurarse unosá otros no

decir nunca á su capitán que habían perdonado la vida á unhombre, cuando de pronto

apareció Parrón, trayendo al segador en lagrupa de su yegua.

Los bandidos retrocedieron espantados.

Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos cañones, y,apuntando á sus camaradas, dijo:

—¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo no os mato á todos!—¡Pronto!Entregad á este

hombre los duros que le habéis robado!

Los ladrones sacaron los veinte duros y se los dieron al segador, elcual se arrojó á los pies de aquel personaje que dominaba á losbandoleros y que tan buen corazón tenía...

Parrón le dijo:

—¡Á la paz de Dios!{39-1}— Sin las indicaciones de V., nunca hubieradado con ellos.

¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin motivo!... Hecumplido mi promesa... Ahí tiene

V. sus veinte duros...—Conque... ¡enmarcha!

El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.

Pero no habría{39-2} andado cincuenta pasos, cuando su bienhechor lollamó de nuevo.

El pobre hombre se apresuró á volver pies atrás.

—¿Qué manda V.?—le preguntó, deseando ser útil al que había devueltola felicidad

á su familia.

—¿Conoce V. á Parrón?—le preguntó él mismo.

—No lo conozco.

—¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy Parrón.

El segador se quedó estupefacto.

Parrón se echó la escopeta á la cara y descargó los dos tiros contrael segador, que cayó redondo al suelo.

—¡Maldito seas!—fué lo único que pronunció.

En medio del terror que me quitó la vista,{39-3} observé que el árbol enque yo estaba atado se estremecía ligeramente y que mis ligaduras seaflojaban.

Una de las balas, después de herir al segador, había dado en la cuerdaque me ligaba

al tronco y la había roto.

Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para escaparme.

Entretanto decía Parrón á los suyos, señalando al segador:

—Ahora podéis robarlo.—Sois unos imbéciles..., ¡unos canallas! ¡Dejará ese

hombre, para que se fuera, como se fué, dando gritos por loscaminos reales!... Si conforme soy yo quien se lo encuentra y se enterade lo que pasaba, hubieran sido los migueletes, habría dado vuestrasseñas{40-1} y las de nuestra guarida, como me las ha dado á mí, yestaríamos ya todos en la cárcel.—¡Ved las consecuencias de robar sinmatar!—Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver para que noapeste.

Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba á merendardándome la espalda, me alejé poco á poco del árbol y me descolgué albarranco próximo...

Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí á todo escape, y, á laluz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía allí tranquilamente,atado á una encina.

Montéme en él, y no he parado hasta llegar aquí...

Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las señas de Parrón, el cual se ha quedado con mis tres duros y medio.

Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego la sumaofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados al Condedel Montijo y al sujeto, allí presente, que nos ha contado todos estospormenores.

Réstanos ahora saber si acertó ó no acertó Heredia al decir labuenaventura á Parrón.

III

Quince días después de la escena que acabamos de referir, y á eso de lasnueve de la

mañana, muchísima gente ociosa presenciaba, en la calle deSan Juan de Dios y parte

de la de San Felipe{41-1} de aquella mismacapital, la reunión de dos compañías de migueletes que debían salir álas nueve y media en busca de Parrón, cuyo paradero, así como susseñas personales y las de todos sus compañeros de fechorías, había alfin averiguado el Conde del Montijo.

El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no menos lasolemnidad con

que los migueletes se despedían de sus familias y amigospara marchar á tan importante empresa. ¡Tal espanto había llegado áinfundir Parrón á todo el antiguo reino granadino!

—Parece que ya vamos á formar... (dijo un miguelete á otro), y no veoal cabo López...

—¡Extraño es, á fe mía, pues él llega siempre antes que nadie cuando setrata de salir en busca de Parrón, á quien odia con sus cincosentidos!

—Pues ¿no sabéis lo que pasa?—dijo un tercer miguelete, tomando parteen la conversación.

—¡Hola! Es nuestro nuevo camarada... ¿Cómo te va en nuestro Cuerpo?

—¡Perfectamente!—respondió el interrogado.

Era éste un hombre pálido, y de porte distinguido, del cual se despegabamucho el

traje de soldado.{41-2}

—Conque ¿decías?...—replicó el primero.

—¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido...—respondió el migueletepálido.

Manuel... ¿Qué dices?—¡Eso no puede ser!...—Yo mismo he visto áLópez esta

mañana, como te veo á ti...

El llamado Manuel{41-3} contestó fríamente:

—Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.

—¿ Parrón? ¿Dónde?

—¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro se ha encontrado elcadáver

de López.

Todos quedaron silenciosos, y Manuel empezó á silbar una canciónpatriótica.

—¡Van once{42-1} migueletes en seis días! (exclamó un sargento.)¡ Parrón se ha propuesto exterminarnos!—Pero ¿cómo es que está enGranada? ¿No íbamos á

buscarlo á la Sierra de Loja?

Manuel dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada indiferencia:

—Una vieja que presenció el delito dice que, luego que mató á López,ofreció que,

si íbamos á buscarlo, tendríamos el gusto de verlo...

—¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa! ¡Hablas de Parrón conun desprecio!...

—Pues ¿qué es Parrón, más que un hombre?—repuso Manuel conaltanería.

—¡Á la formación!—gritaron en este acto varias voces.

Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.

En tal momento acertó á pasar por allí el gitano Heredia, el cual separó, como todos, á ver aquella lucidísima tropa.

Notóse entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dió un retemblido yretrocedió un poco, como para ocultarse detrás de sus compañeros...

Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un grito y unsalto como si le hubiese picado una víbora, arrancó á correr hacia lacalle de San Jerónimo.

Manuel se echó la carabina á la cara y apuntó al gitano...

Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del arma, y eltiro se perdió

en el aire.

—¡Está loco! ¡ Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete ha perdido eljuicio!—

exclamaron sucesivamente los mil espectadores de aquellaescena.

Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban á aquel hombre, quepugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con mayor fuerza,abrumándolo á preguntas,

reconvenciones y dicterios, que no learrancaron contestación alguna.

Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la Universidad poralgunos transeuntes, que, viéndole correr después de haber sonado aqueltiro,{43-1} lo tomaron por un malhechor.

—¡Llevadme á la Capitanía general! (decía el gitano.) ¡Tengo que hablarcon el Conde del Montijo!

—¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto!{43-2} (le respondieron susaprehensores.)—¡Ahí están los migueletes, y ellos verán lo que hay quehacer con

tu persona!

—Pues lo mismo me da... (respondió Heredia)—Pero tengan Vds. cuidadode que

no me mate Parrón...

—¿Cómo Parrón?... ¿Qué dice este hombre?

—Venid y veréis.

Así diciendo, el gitano se hizo conducir{43-3} delante del jefe de losmigueletes, y señalando á Manuel, dijo:

—Mi Comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que dió hacequince días sus señas al Conde del Montijo!

—¡ Parrón! ¡ Parrón está preso! ¡Un miguelete era Parrón...!—gritaron muchas voces.

—No me cabe duda... (decía entretanto el Comandante, leyendo las señasque le había dado el Capitán general.)—¡Á fe que hemos estadotorpes!—Pero ¿á quién se le

hubiera ocurrido buscar al capitán deladrones entre los migueletes que iban á prenderlo?

—¡Necio de mí! (exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando al gitanocon ojos de león herido): ¡es el único hombre á quien he perdonado lavida! ¡Merezco lo que me

pasa!

Á la semana siguiente ahorcaron á Parrón.

Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano...

Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa que debáiscreer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos que fueraacertada regla de conducta la de Parrón, de matar á todos los quellegaban á conocerle...—Significa tan sólo que los caminos de laProvidencia son inescrutables para la razón humana;—doctrina que, á mijuicio, no puede ser más ortodoxa.

EL VOTO

POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN{45-1}

Sebastián Becerro dejó su aldea á la edad de diez y siete años, yembarcó con rumbo

á Buenos Aires, provisto, mediante varias oncejasahorradas por su tío el cura, de un recio paraguas, un fuerte chaquetón,el pasaje, el pasaporte y el certificado falso de hallarse libre dequintas—que, con arreglo á tarifa, le facilitaron donde

suelenfacilitarse tales documentos.

Ya en la travesía, le salieron á Sebastián amigos y valedores. Llegado ála capital de la República Argentina, diríase que un misteriosotalismán—acaso la higa de azabache

que traía al cuello desdeniño{45-2}—se encargaba de removerle obstáculos. Admitido en poderosacasa de comercio, subió desde la plaza más ínfima á la más alta, siendoprimero el hombre de confianza, luego el socio, por último el amo. Elrápido encumbramiento se explicaría—aunque no se justificase—por lascondiciones de

hormiga de nuestro Becerro, hombre capaz de extraer unbillete de Banco de un guardacantón. Tan vigorosa adquisividad—unida áuna probidad de autómata y á una

laboriosidad más propia de máquinas quede seres humanos—daría por sí sola la clave

de la estupenda suerte deBecerro, si no supiésemos que toda planta muere si no encuentraatmósfera propicia. Las circunstancias ayudaron á Becerro, y él ayudó álas circunstancias.

Desde el primer día vivió sujeto á la monástica abstinencia delque{46-1} concentra su energía en un fin esencial. Joven y robusto nivolvió la cabeza para oir la melodía de las sirenas posadas en elescollo.{46-2} Lenta y dura compresión atrofió al parecer sus sentidos ysentimientos. No tuvo sueños ni ilusiones; en cambio tenía unaesperanza.

¿Quién no la adivina? Como todos los de su raza, Sebastián quería volverá su nativo terruño, fincar en él y deberle el descanso de sus huesos. Álos veintidós años{46-

3} de emigración, de terco trabajo, de regularidadmaniática, de vida de topo en la topinera, el que había salido de sualdea pobre, mozo, rubio como las barbas del maíz y fresco lo mismo quela planta del berro en el regato, volvía opulento, cuarentón, con latesta entrecana y el rostro marchito.

Fué la travesía—como al emigrar—plácida y hermosa, y al murmullo delas olas del

Atlántico, Sebastián, libre por vez primera de la diariaesclavitud del trabajo, sintió que se despertaban en él extrañosanhelos, aspiraciones nuevas, vivas, en que reclamaba su parte alícuotala imaginación. Y á la vez, viéndose rico, no viejo, dueño de sí,caminando hacia la tierra, dió en una cavilación rara, que le fatigabamucho: y fué que se empeñó en que la Providencia, el poder sobrenaturalque rige el mundo, y

que hasta entonces tanto había protegido áSebastián Becerro, estaba cansado de protegerle, y le iba á zorregardisciplinazo firme, con las de{46-4} alambre: que el barco embarrancaríaá la vista del puerto, ó que él, Sebastián, se ahogaría al pie delmuelle, ó que cogería un tabardillo pintado, ó una pulmonía doble.

De estas aprensiones suele padecer el que se acerca á la dicha esperadalargo tiempo. Y con superstición análoga á la que obligó al tirano deSamos{47-1} á echar al mar la rica esmeralda de su anillo, Sebastián,deseoso de ofrecer expiatorio holocausto, ideó ser la víctima, yreprimiendo antojos que le asaltaron al fresco aletear de la brisamarina y al murmullo musical del oleaje, si había de prometer al Destinoconstruir una capilla, un asilo, un manicomio, hizo otro voto másoriginal, de superior abnegación: casarse sin remedio con la soltera másfea de su lugar.

Solemnizado interiormente el voto, Sebastián recobró lapaz del alma, y acabó su viaje sin tropiezo.

Cuando llegó á la aldea, poníase el sol entre celajes de oro; la campiñaestaba muda, solitaria é impregnada de suavísima tristeza; todo lo cuales parte á sacar chispas de poesía de la corteza de un alcornoque, y nosé si pudo sacar alguna del alma de Sebastián. Lo cierto es que en elrecodo del verde sendero encontró una fuente donde

mil veces habíabebido siendo rapaz, y junto á la fuente una moza como unas flores,alta, blanca, rubia, risueña; que el caminante le pidió agua, y la moza,aplicando el jarro al caño de la fuente, y sosteniéndolo después, conbíblica gracia, sobre el brazo desnudo y redondo, lo inclinó hasta laboca de Sebastián, encendiéndole el pecho con

un sorbo de agua fría, unasonrisa deliciosa y una frase pronunciada con humildad y cariño: «Beba,señor, y que le sirva de salú. »{47-2}

Siguió su camino el indiano, y á pocos pasos se le escapó un suspiro,tal vez el primero que no le arrancaba el cansancio físico; pero alllegar al pueblo recordó la promesa, y se propuso buscar sin dilación ásu feróstica prometida y casarse con ella, así fuese el coco. Y, enefecto, al día siguiente, domingo, fué á misa mayor y pasó revista degetas, que las había{48-1} muy negruzcas y muy dificultosas, tardandopoco en divisar, bajo la orla abigarrada de un pañuelo amarillo, lacarátula japonesa más horrible, los ojos más bizcos, la nariz más roma,la boca más bestial, la tez más curtida y la pelambrera más cerril quevieron los siglos; todo acompañado de unas manos y pies como paletas delavar y de una gentil corcova.

Sebastián no dudó ni un instante que la monstruosa aldeana fuesesoltera,

solterísima, y no digo solterona, porque la suma fealdad, comola suma belleza, no permite el cálculo de edades. Cuando le dijeron queel espantajo estaba á merecer, no se sorprendió poco ni mucho, y vió enel caso lo contrario que Polícrates en el hallazgo de su esmeralda alabrir el vientre de un pez: vió el perdón del Destino, pero... consanción penal: con la fea de veras, la fea expiatoria. «Estafea—pensó—se

ha fabricado para mí expresamente, y si no cargo conella, habré de arruinarme ó morir.»

Lo malo es que á la salida de misa había visto también el indiano á laniña de la fuente, y no hay que decir si, con su ropa dominguera y sucara de pascua, y por la fuerza del contraste, le pareció bonita, dulce,encantadora, máxime cuando, bajando los ojos y con mimoso dengue, lamoza le preguntó «si hoy no quería agüiña bien fresca.» ¡Vaya si laquería! Pero el hado, ó los hados (que así se invocan en singular comoen plural) le obligaban á beber veneno, y Sebastián, hecho un héroe,entre el asombro de la aldea y las bascas del propio espanto, se informóde la feona, pidió á la feona, encargó las galas para la feona y avisóal cura y preparó la ceremonia de los feos desposorios...

Acaeció que la víspera del día señalado, estando Sebastián á la puertade su casa, que proyectaba transformar en suntuoso palacete, vió á laniña de la fuente que pasaba descalza y con la herrada en la cabeza. Lallamó, sin que él mismo supiese para qué, y como la moza entrase{49-1}al corral, de repente el indiano, al contemplarla tan linda éindefensa—pues la mujer que lleva una herrada no puede oponerse ádemasías—la tomó una mano y la besó, como haría algún galán del teatroantiguo. Rióse la niña, turbóse el indiano, ayudóla á posar la herrada,hubo palique, preguntas,

exclamaciones, vino la noche y salió la luna,sin que se interrumpiese el coloquio, y á Sebastián le pareció que en suespíritu no era la luna, sino el sol de Mediodía lo que irradiaba enoleadas de luz ardorosa y fulgente...

—Señor cura—dijo pocas horas después al párroco, yo no puedo casarmecon

aquélla, porque esta noche soñé que era un dragón y que me comía.Puede creerme, que lo soñé.

—No me admiro de eso—respondió el párroco reposadamente. Ella dragónno

será,{49-2} pero se le asemeja mucho.

—El caso es que tengo hecho voto. ¿Á V. qué le parece? Si le regalo lamitad de mi

caudal á esa fiera, ¿quedaré libre?

—Aunque no le regale V. usted sino la cuarta parte, ó la quinta. ¡Condos reales que

la dé para sal!{50-1}.. .

Sin duda el cura no era tan supersticioso como Becerro, pues el indiano,á pesar de

la interpretación latísima del párroco, antes de casarse conla bonita hizo donación de la mitad de sus bienes á la fea, que salióganando:{50-2} no tardó en encontrar marido muy apuesto y joven. Lo cualparece menos inverosímil que el desprendimiento de Sebastián. Verdad queéste era fruto del miedo.

LA BARCA ABANDONADA

POR DON VICENTE BLASCO IBÁÑEZ{51-1}

Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugarde reunión

de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre elvientre, jugaban á la carteta á la sombra de las embarcaciones; y losviejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de lapesca ó de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos áGibraltar y á la costa de África, antes que al demonio se leocurriera{51-2} inventar eso que llaman la Tabacalera.

Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástilgraciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de laplaya, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñíael suelo, cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panzasobre la arena, estaban las negras barcas del bou, las parejas queaguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola deredes; y en último término los laúdes en reparación, los abuelos, juntoá los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos concaliente alquitrán, para que otra vez volviesen á emprender sus penosasy monótonas navegaciones por el Mediterráneo; unas veces á las Balearescon sal, otras á la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, ymuchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.

En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes yareparados se hacían á la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas ylanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecíaenclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la delcarabinero que se sentaba á su sombra.

El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujíancon la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido sucubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía desu construcción, delataban una embarcación ligera y audaz, hecha paralocas carreras, con desprecio á los peligros del mar. Tenía la tristebelleza de esos caballos{52-1} viejos que fueron briosos corceles y caenabandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.

Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni unaseñal del número de filiación y nombre de la matrícula, un serdesconocido que se moría entre

aquellas otras barcas orgullosas de suspomposos nombres, como mueren en el mundo

algunos, sin desgarrar elmisterio de su vida.

Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían enTorresalinas y

no hablaban de ella sin sonreir y guiñar un ojo, como siles recordase algo que excitaba malicioso regocijo.

Una mañana, á la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervíabajo el sol y

parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreadode puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.

—Este falucho—dijo acariciándole con una palmada el vientre seco yarenoso—es

El Socarrao,{52-2} el barco más valiente y más conocidode cuantos se hacen al mar desde Alicante á Cartagena. ¡VirgenSantísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenao! ¡Los duros quehan salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos{53-1} veinte viajesdesde Orán á estas costas, y siempre con la panza bien repleta defardos.

El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello seapercibió el pescador.

—Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos lo mismo los hombres quelas barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros; aquí,quien bautiza de veras, es la gente. Á mí me llaman Felipe; pero sialgún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me conocen,porque me gusta hablar con las personas, y en la taberna soy el únicoque puede leer el periódico á los compañeros. Ese muchacho que

pasa conel cesto de pescado es Chispas, á su patrón le llaman El Cano, y asíestamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el caletrebuscando un nombre

bonito para pintarlo en la popa. Una la PurísimaConcepción, otra Rosa del Mar, aquélla Los Dos Amigos; pero llegala gente con su manía de sacar motes, y se llaman La Pava, ElLorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distingan con nombresmenos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de toda lamatrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija, Camila; pero lapintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió decirá un pillo{53-2} de la playa, que parecía un huevo frito. ¿Querrá ustedcreerlo? Sólo con este apodo la conocen.

—Bien—le interrumpí,—pero ¿y El Socarrao?

—Su verdadero nombre era El Resuelto; pero por la prontitud con quemaniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron enllamarle El Socarrao, como á una persona de mal genio... Y ahora vamosá lo que le ocurrió á este pobre Socarraíco hace poco más de un año,la última vez que vino de Orán.

Miró el viejo á todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijocon sonrisa

bonachona:

—Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; perosi yo se lo

digo es porque estamos solos y usted no irá después áhacerme daño. ¡Qué demonio!

Haber ido en El Socarrao no es ningunadeshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de laTabacalera, no lo ha creado Dios; lo inventó el gobierno para hacernosdaño á los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muyhonroso

de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad entierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.

Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y eldinero rodaba por el pueblo que{54-1} era un gusto. Había para todos;para los de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familiacon dos pesetas, y para nosotros la

gente de mar.

Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajesde tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que nostenían entre ojos y deseaban meternos mano.

En la última correría íbamos ocho hombres á bordo. En la madrugadahabíamos salido de Orán, y á mediodía, estando á la altura de Cartagena,vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor quetodos conocimos. Mejor hubiéramos

visto{55-1} asomar una tormenta. Erael cañonero de Alicante.

Soplaba buen viento. Íbamos en popa con toda la gran vela de frente y elfoque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya noes nada, y el buen

marinero aun vale menos.

No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es El Socarrao para dejarseatrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el cascoinclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretabanlas máquinas y cada vez veíamos

más grande al barco, aunque no por estoperdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado á media tarde!Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara,{55-2}

ycualquiera{55-3} nos encuentra en la obscuridad. Pero aun quedaba muchodía, y corriendo á lo largo de la costa era indudable que nos pillaríanantes del anochecer.

El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda sufortuna pendiente

de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendiódel vapor y oímos el estampido de un cañonazo.

Como no vimos la bala, comenzamos á reir satisfechos y hasta orgullososde que nos avisasen tan ruidosamente.

Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaropasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordajeroto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejole rompió una pierna á uno de la tripulación.

Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y ¡qué demonio! irá la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia, es algo mástemible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao eshombre que vale tanto como su barca.