La Serie de Lenguaje Moderno del Librero Heath - Historias Cortas by Elijah Clarence Hills, Ph. D and Louise Reinhardt - HTML preview

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Puedo afirmarle, sin mentir, que las cosas que pensé en un segundo,allí, en la obscuridad, no tendría tiempo á pensarlas{5-2} ahora en undía entero. Vi con perfecta claridad lo que iba á suceder. La muerte deaquel hombre divulgada en seguida por la

ciudad; la policía echándomemano, la consternación de mi yerno, los desmayos de mi

hija, los gritosde mi nietecita; luego la cárcel, el proceso arrastrándose perezosamenteal través de los meses y acaso de los años; la dificultad de probar quehabía sido en defensa propia; la acusación del fiscal llamándomeasesino, como siempre acaece en estos casos; la defensa de mi abogadoalegando mis honrados antecedentes; luego la sentencia de la Salaabsolviéndome quizá... quizá

condenándome á presidio.

De un salto me planté en la calle{5-3} y corrí hasta la esquina; peroallí me hice cargo de que venía sin sombrero, y me volví. Penetré denuevo en el portal, con gran repugnancia y miedo. Encendí otro fósforo yeché una mirada oblicua á mi víctima, con la esperanza de verle alentar.Nada; allí estaba en el mismo sitio, rígido, amarillo, sin una gota desangre en el rostro, lo cual me hizo pensar que había muerto deconmoción cerebral. Busqué el sombrero, metí por él la mano cerrada

paradesarrugarlo, me lo puse y salí.

Pero esta vez me guardé de correr. El instinto de conservación se habíaapoderado de mí por completo, y me sugirió todos los medios de evadirla justicia. Me ceñí á la pared por el lado de la sombra, y haciendo elmenor{6-1} ruido con los pasos, doblé pronto la esquina de la calle dela Perseguida, entré en la de San Joaquín y caminé la vuelta de mi casa.Procuré dar á mis pasos todo el sosiego y compostura posibles. Mas heaquí que en la calle de Altavilla, cuando ya me iba serenando,{6-2} seacerca de improviso un guardia del Ayuntamiento.

—Don Elías, ¿tendrá usted la bondad de decirme?...

No oí más. El salto que di fué tan grande, que me separé algunas varasdel esbirro.

Luego, sin mirarle, emprendí una carrera desesperada, loca,al través de las calles.

Llegué á las afueras de la ciudad y allí medetuve jadeante y sudoroso. Acudió á mí la reflexión.{6-3} ¡Québarbaridad había hecho! Aquel guardia me conocía. Lo más probable es queviniera á preguntarme algo referente á mi yerno. Mi

conductaextravagante le había llenado de asombro. Pensaría{6-4} que estaba loco;pero á la mañana siguiente, cuando se tuviese noticia del crimen,seguramente concebiría sospechas y daría parte del hecho al juez. Misudor se tornó frío de repente.

Caminé aterrado hacia mi casa y no tardé en llegar á ella. Al entrar seme ocurrió una idea feliz. Fuí derecho á mi cuarto, guardé el bastón dehierro en el armario y tomé otro de junco que poseía, y volví á salir.Mi hija acudió á la puerta sorprendida.

Inventé una cita con un amigo enel Casino, y, efectivamente, me dirigí á paso largo

hacia este sitio.Todavía se hallaban reunidos en la sala contigua al billar unos cuantosde los que formaban la tertulia de última hora. Me senté al lado deellos, aparenté buen humor, estuve jaranero en exceso y procuré portodos los medios que se

fijasen en el ligero bastoncillo que llevaba enla mano. Lo doblaba hasta convertirlo en un arco, me azotaba lospantalones, lo blandía á guisa de florete, tocaba con él en la espaldade los tertulios para preguntarles cualquier cosa, lo dejaba caer alsuelo. En fin, no quedó nada que hacer.{7-1}

Cuando al fin la tertulia se deshizo y en la calle me separé de miscompañeros, estaba un poco más sosegado. Pero al llegar á casa yquedarme solo en el cuarto, se apoderó de mí una tristeza mortal.Comprendí que aquella treta no serviría más que para agravar misituación en el caso de que las sospechas recayesen sobre mí. Me desnudémaquinalmente y permanecí sentado al borde de la cama larguísimorato,{7-2}

absorto en mis pensamientos tenebrosos. Al cabo el frío meobligó á acostarme.

No pude cerrar los ojos. Me revolqué mil veces entre las sábanas, presade fatal desasosiego, de un terror que el silencio y la soledad hacíanmás cruel. Á cada instante esperaba oir aldabonazos en la puerta y lospasos de la policía en la escalera. Al amanecer, sin embargo, me rindióel sueño; mejor dicho, un pesado letargo, del cual me sacó la voz de mihija.

—Que{7-3} ya son las diez, padre. ¡Qué ojeroso está usted! ¿Ha pasadomala noche?

—Al contrario, he dormido divinamente—me apresuré á responder.

No me fiaba ni de mi hija. Luego añadí afectando naturalidad:

—¿Ha venido ya El Eco del Comercio?

—¡Anda! ¡Ya lo creo!

—Tráemelo.

Aguardé á que mi hija saliese,{8-1} y desdoblé el periódico con manotrémula.

Recorrílo todo con ojos ansiosos sin ver nada. De pronto leí enletras gordas: El crimen de la calle de la Perseguida, y quedé heladopor el terror. Me fijé un poco más.{8-2} Había sido una alucinación. Eraun artículo titulado El criterio de los padres de la Provincia. Alfin, haciendo un esfuerzo supremo para serenarme, pude leer la secciónde gacetillas, donde hallé una que decía:

"Suceso extraño

Los enfermeros del Hospital Provincial tienen la costumbre censurable deservirse de los alienados pacíficos que hay en aquel manicomio, paradiferentes comisiones, entre ellas, la de transportar los cadáveres á lasala de autopsias. Ayer noche cuatro dementes, desempeñando esteservicio, encontraron abierta la puerta del patio que da

acceso alparque de San Ildefonso, y se fugaron por ella llevándose el

cadáver.Inmediatamente que el señor administrador del Hospital tuvo noticia

delhecho, despachó varios emisarios en su busca, pero fueron inútiles susgestiones. Á

la una de la madrugada se presentaron en el Hospital losmismos locos, pero sin el cadáver. Éste fué hallado por el sereno de lacalle de la Perseguida en el portal de la señora Da. Nieves Menéndez.Rogamos al señor decano del Hospital Provincial que tome medidas paraque no se repitan estos hechos escandalosos.»

Dejé caer el periódico de las manos, y fuí acometido de una risaconvulsiva que degeneró en ataque de nervios.

—¿De modo que había usted matado á un muerto?

—Precisamente.

LOS PURITANOS

(Novela)

POR DON ARMANDO PALACIO VALDÉS{9-1}

Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. Notenía motivo para negarme á recibirle en mi habitación algunos días. Eldueño de la fonda

me lo presentó como un antiguo huésped á quien debíamuchas atenciones. Si me negaba á compartir con él mi cuarto, se veríaen la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cualsentía extremadamente.

—Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tienehoras extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente enque V. le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sinejemplar!...

—Descuide V., señorito, no volveré á molestarle con estas embajadas. Lohago únicamente porque D. Ramón no vaya á parar á otra casa. Crea V. quees una buena

persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.

Y así fué la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madrid notuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de loscompañeros de cuarto. Si volvía á casa más tarde que yo, entraba y seacostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba mástemprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor dehacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toseró moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de

campo, ysólo venía á Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión erapara

gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. Ápesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba delos cincuenta años, lo cual hacía

presumir, como así era en efecto, quese había casado bastante joven.

Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora consu elevada

estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojosanimados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchasmujeres con preferencia á otros galanes

sietemesinos.

Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar ó canturriar al tiempo delavarse. Pero

observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba ysoltaba{10-1} con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzueladeshaciéndolos y pulverizándolos{10-2} entre resoplidos y gruñidos, elpasaje que con más ardor acometía y más á menudo, era uno

de LosPuritanos: me parece que pertenecía al aria de barítono en el primeracto. Don Ramón no sabía la letra sino á medias, pero lo cantaba con elmismo entusiasmo que si la supiera. Empezaba siempre:

Il sogno beato

Di pace e contento,{10-3}

Ti, ro, ri, ra, ri, ro,

Ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar á otros dos versos que decían:

La dolce memoria

Di un tenero amore.{10-4}

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el allegro.

—¡Hola! D. Ramón, le dije un día desde la cama; parece que le gusta áV. Los Puritanos.

—Muchísimo; es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquiercosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzurahay en ella! ¡Qué inspiración! Éstas son óperas y ésta es música.¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana quesólo sirve para hacer dormir!... Á mí me gustan con pasión todas lasóperas de Bellini:{11-1} El Pirata, Sonámbula, Norma; pero sobretodas ellas Los Puritanos... Tengo además razones particulares paraque me guste más que ninguna otra, añadió bajando la voz.

—¡Ole, ole, D. Ramón! exclamé incorporándome de un salto y poniéndomelos

calcetines: vengan{11-2} esas razones.

—Son tonterías de la juventud... cuestión de amores, contestóruborizándose un poco.

—Pues cuente V. esas tonterías. Me muero por ellas: no lo puedoremediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecariade que V. me habló ayer.

—¡Al fin poeta!{11-3}

—No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.

—Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, selo contaré

ya que V. tiene curiosidad... Verá V. como es una tonteríaque no merece la pena...

¡Pero vístase V., criatura, que se estáhelando!

El año de cincuenta y ocho vine á Madrid con una comisión delAyuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota deconsumos.{12-1} Tenía yo entonces...

eso es, veintinueve años; y yahacía siete cumplidos que estaba casado.{12-2} Es una barbaridad casarsetan joven. Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no

aconsejaré ánadie que lo haga. Vine á parar á esta misma casa, esto es, á la mismaposada; la casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. Enaquella época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muylechuguino ó sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que teníasiempre escamada á mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombrede Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándolaun poco enojada. No es malo tener á las mujeres

un si es no es celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en esteMadrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunasvisitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminandolentamente por la de las Infantas,

meditando sobre el plan de la noche ósea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarrohabano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en

la cabeza queme hace vacilar; el flamante sombrero de copa fué rodando por un lado

yel cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi ámis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.

«Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo», dije para misadentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó nocomprender. Mas como no

era de presumir que ella por su voluntad sehubiese arrojado sobre mí de aquel modo

brusco é inconveniente, puesjamás había hecho daño á ninguna muñeca, creí más probable que de algunacasa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso,suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece á catorce años.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mifuror, y en

vez de lanzarle un apóstrofe violento, como teníadeterminado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formaciónde esta sonrisa haya intervenido más ó menos

directamente la bellezanada vulgar del criminal.

Recogí el sombrero, me lo puse, y volví á alzar la cabeza y á remitirotra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresorseguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse lasamables disposiciones en que su víctima se hallaba. Á todo esto lamuñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modoalguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situaciónpoco decorosa. Me apresuré á levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo,por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido algunafractura ú otra herida grave.

No tenía más que leves contusiones. Alcélaen alto y la mostré á su dueño haciéndole

seña de que iba á subir paraentregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escaleray tomo el cordón de la campanilla.... Ya está abierta la puerta. Milindo agresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida yfrescura, y extiende sus manos diminutas, en las cuales depositorespetuosamente á la muñeca desmayada.

Quise hablar, para dar mayorseguridad de que no era nada lo que había pasado, que la muñecaconservaba íntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba laocasión

de conocer una niña tan hermosa y simpática, etc., etc. Nada deesto fué posible. La chica murmuró confusamente «muchas gracias», y seapresuró á cerrar la puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.

Salgo á la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en elmismo caso, y

sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabezahacia el balcón. Á los treinta ó cuarenta pasos observo que está la niñaasomada, y me paro y le envío una sonrisa y

un saludo ceremonioso. Estavez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura á retirarse. ¡Cuidadoque era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí lanecesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibircierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado,me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de talcriaturita. Ya no estaba en el balcón.

Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé á pasearla calle sin

perder de vista la casa, con la misma frescura que uncadete de Estado Mayor.

Después de todo, aquí nadie me conoce—me ibarepitiendo á cada instante, á fin de comunicarme alientos para seguirpaseando.—Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagarpor un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera ó cuarta vez{14-1} por delante del balcón,apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento desorpresa, acompañado de una

mueca encantadora, se echó á reír y seocultó de nuevo.

¡Pero, qué necios somos los hombres{15-1} y qué inocentes cuando setrata de estos asuntos! ¿Querrá V. creer que entonces no sospechésiquiera que la niña había estado

presenciando, sin perder uno solo,todos mis movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí ácasa de un amigo.

Mas al día siguiente, fuese casualidad ó{15-2}premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté á pasar por elmismo sitio á la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de brucessobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas asíque pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase{15-3} por delantede la casa. Como V.

puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, meanimó á quedarme petrificado en la esquina de la primer boca-calle, encontemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese{15-4}asomar una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente,volvió á asomarse á los dos minutos y volvió á retirarse, asomóse alminuto otra vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de talesmaniobras, se asomó

por entero y me miró fijamente por un buen rato,cual si tratase de demostrar que no

me tenía miedo alguno.{15-5}Entonces se generalizó por entrambas partes un fuego graneado demiradas, acompañado por lo que á mí respecta de una multitud

desonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos, que debieron causarnotables estragos en el enemigo. Éste á la media hora, oyó sin duda enla sala el toque de «alto el fuego», y se retiró cerrando el balcón. Nonecesitaré decirle que, por más que me sintiese avergonzado de aquellaaventura, seguí dando vueltas á la misma hora por la

calle, y que eltiroteo era cada vez más intenso y animado. Á los tres ó cuatro días medecidí á arrancar una hoja de la cartera y á escribir estas palabras: Me gusta V.

muchísimo. Envolví una moneda de dos cuartos en la hoja, yaprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle señade{16-1} que se retirase, la arrojé al balcón.

Al día siguiente, cuandopasé por allí, vi caer una bolita de papel que me apresuré á recoger ydesdoblar. Decía así, en una letra inglesa, crecida, hecha con muchocuidado y el papel rayado para no torcer: Tan bien ustez me gusta á míno crea que juego con muñecas era de mi ermanita. {16-2}

Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensacióndulce y amable, que muy pronto hizo sitio á otra melancólica, alrecordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aqueldía mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de sucondescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada alcombate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambaspartes. Una hora ó más duraba todas las tardes este juego, hasta que seoía llamar{16-3} y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas sisalía de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en lacalle hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, quedebía de ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles

al Retiro, aunque árespetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza

el quela mamá se enterase:{16-4} la chiquilla, con menos prudencia, volvía ácada instante la cabeza{16-5} y me dirigía sonrisas, que me tenían encontinuo sobresalto. Al fin volvimos á casa en paz. Á todo esto, yo nosabía cómo se llamaba, y á fin de averiguarlo escribí la pregunta enotra hoja de la cartera: ¿Cómo se llama V.? La chica contestó en lamisma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: Me llamo Teresa nocrea ustez por Dios que juego con muñecas. {17-1}

Diez ó doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecíacada día más linda, y lo era{17-2} en efecto, porque según he averiguadoen el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermoseetanto á la mujer como el amor. Le pregunté

repetidas veces si podíahablar con ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible:si la mamá llegaba á saber algo ¡adiós balcón! Empecé á sospechar que meiba enamorando{17-3} y esto me traía inquieto. No podía pensar enaquella niña sin sentir profunda melancolía, como si personificase mijuventud, mis ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempreestaban separados de mí por barrera

infranqueable. Al mismo tiempo meacosaban los remordimientos. ¡Cuál sería el dolor

de mi pobre mujer sillegase á averiguar que su marido andaba por la corte enamorandochiquillas! Un día recibí carta suya, participándome que tenía á mi hijomenor{17-4} un poco indispuesto, y rogándome que procurase arreglar losnegocios y volviese pronto á casa. La noticia me produjo el disgusto queV. puede suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como siaquello fuese castigo

providencial ó por lo menos advertencia saludable,después de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara sinpiedad mi conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador yresolví obedecer á mi esposa inmediatamente. Para llevar á cabo estepropósito, lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa,ni

pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después,abreviar cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre álos cinco ó seis días.

Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después dealmorzar,

ni aun para ir á la de Valverde, donde vivían unos amigos. Porla noche, después de comer, como no había peligro de ver á Teresa, lacruzaba velozmente y sin echar una

mirada á la casa.

Pasaron cuatro días; ya no me acordaba de aquella niña, ó si me acordabaera de un

modo vago, como la memoria de los días risueños de lajuventud. Tenía casi ultimados

mis negocios{18-1} y andaba preocupadocon la elección del día para marcharme. Será cosa, á más tardar, delviernes ó el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro yechándome á la calle. El ministro se había negado á rebajar la cuota delAyuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que habíade decir

á mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejorde explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré enla calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada.Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidadde la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto á mifamilia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y lacontemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelantemurmurando: «¡Qué chiquilla tan mona!{18-2} ¡Lástima será que se lalleve un tunante!» Después me puse á reflexionar en lo fácil que{18-3}me hubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con elcargo;{18-4} pero no; hubiera sido una felonía. Por más que fuese{19-1}un poco díscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para seralcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y planespolíticos, y cuando ya estaba próximo

á doblar la esquina de la calle,he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que medice:

—¿Va V. muy lejos?

—¡Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándolaestupefacto;

ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

—¿Pero dónde va V. á estas horas?

—Me voy con V.—respondió alzando la cabeza y sonriendo como si dijesela cosa

más natural del mundo.

—¿Á dónde?

—¡Qué sé yo! Donde V. quiera.

Á un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.

—¿Ha huido V. de su casa?

—¡Qué había de huir!{19-2}.. . ¡solamente se la{19-3} he jugado áManuel, del modo más gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoyen ir á la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral,y papá mandó á Manuel que me acompañase.

Llegamos hasta el portal y allíle dije: «Márchate, que ya no haces falta»; y me hice como que subía laescalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de élhasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco meoye!{19-4}

La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que meobligó á hacer lo

mismo.

—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza,mejor dicho,

con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistoslos caballeros.{20-1}

—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echandoá

correr.

La seguí y la alcancé pronto.

—¡Qué polvorilla es V.!—le dije echándolo á broma{20-2}—¡Vaya un modode despedirse!... Perdón si la he ofendido...

La niña, sin decir nada, volvió á tomar mi brazo. Caminamos un buen ratoen silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba á decir ó en loque iba á hacer.

Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:

—¿No me dijo V. por carta que me quería?

—¡Pues ya lo creo que la quiero á V.!

—¿Entonces, por qué ha dejado de venir á verme y de pasar por la callede día?

—Porque temía que su mamá...

—Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se lesquiere es

peor{20-3}.. . ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me ha tenido V.al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!{20-4}.. .Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muyserio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía, «¿Estará{20-

5}enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado elbalcón á

las tres menos cuarto?» En fin, todo me volvía cavilar,cavilar,{20-6} sin sacar nada en limpio... Entonces dije: «Voy á darleun susto esta noche...»

—Ha sido un susto bien agradable.

—Si no llega V. á pararse delante de mi casa y á quedarse mirando álos balcones,

no salgo{21-1} del portal... pero aquello me decidió.

Momento de pausa, en el cual me acudió á la mente un tropel depensamientos que

todavía me avergüenzan. Teresa volvió á mirarmefijamente.

—¿Está V. contento?

—¡Vaya!

—¿Va V. á gusto conmigo?

—Mejor que con nadie en el mundo.

—¿No le estorbo?

—Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

—¿No tiene V. nada que hacer ahora?

—Absolutamente nada.

—Entonces vamos á pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva{21-2} ácasa y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si leestorbo ó no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...

Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la manopara encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosavolubilidad.

—Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando ledejé

caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡SiV. viera!{21-3}.. .

Vamos á ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrióV. conmigo?

—¡Toma! porque me gustó V. mucho.

—Eso pensaba yo: debí de haberle sido{21-4} simpática, porque si no, laverdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subióá llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto lapuerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal

rabia que la tiré contra el sueloy la{22-1} partí un brazo.

—Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla comoun recuerdo.

—¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca, no noshubiéramos

conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...

—¿Cómo otro?

—Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado enque le he de

querer á la fuerza... No vaya V. á creer que es feo... alcontrario, es guapo... pero á mí no me gusta... No lo puedo remediar. Ledije que sí,{22-2} porque me dió lástima un día que se echó á llorar.

Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente porlas

calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente ó conocidode la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa ibacogida{22-3} á mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar,riendo, sacudiéndome á veces fuertemente y deteniéndose á

lo mejordelante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Sucharla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba elcorazón. Á impulso

de ella se fué{22-4} disipando poco á poco el tropelde pensamientos pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de quémodo, también desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquellaniña tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria ypeligrosa nuestra situación como al principio. Su inocencia era un veloespeso, que nos impedía ver el riesgo que corríamos.

En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacíamás que un

año que estaban{23-1} en Madrid establecidos; su papá ocupabaun alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca delcarácter y costumbres de cada uno de ellos se extendióconsiderablemente; la hermanita era muy buena niña, amable y obediente;pero los chicos insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa ypeleándose. Su mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta paracastigarles, pero no quería usar de ella porque tenía miedo de que leperdiesen el cariño:{23-2} que la mamá se arreglara como pudiese.{23-3}Después habló del papá, que era muy serio, pero muy bueno; lo único quela tenía apesadumbrada era que parecía querer más á los chicos que áellas.{23-4} La mamá, en cambio, mostraba predilección por las niñas.Habló después de las primas de la calle de Fuencarral; una era muybonita, la otra graciosa solamente: las dos tenían novio, pero novalían{23-5} cuatro cuartos: chiquillos que todavía estudiaban en elInstituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo que había sidosu novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando para entrar en elcolegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos intervalos desilencio, levantaba graciosamente la cabeza, preguntándome:

—¿Va V. á gusto conmigo? ¿Le estorbo?

Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostroexpresivo se

iluminaba de alegría y continuaba hablando.

Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo ibagozando como los ángeles en el paraíso y pendiente de los labios deaquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sinembargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más

dignamente quevagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingocon el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresala aceptó inmediatamente, y á fin de que no reparasen en nosotros,tomamos entradas de

paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y aquél{24-1}rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos yescalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos.

Teresa se encontróadmirablemente{24-2} y me pagaba los trabajos que había pasado parallevarla hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subíanel telón seguimos charlando, aunque muy bajito: se había establecidoentre nosotros una gran

intimidad, y me abandonó una de sus manos que yoacariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera, dejó de charlar y se pusoá atender tan decididamente, que á mí me

hizo sonreir el verla{24-3} conla cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, perohabía ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de laópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por unleve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime cantodel tenor que empieza A te, oh cara,{24-4} me apretó con fuerza lamano exclamando por lo bajo:—¡Oh qué hermoso!

¡oh qué hermoso! Despuésme hizo explicarle lo que pasaba en la escena: halló el matrimonio deltenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras albarítono, á quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuandoal fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar á la reinay dejar abandonada á su futura, y declaró resueltamente que ésta era unaconducta indigna.

—Pero advierta V. que estaba obligado á hacerlo porque era su reinaquien se lo pedía.

—No importa, no importa; si la quisiera bien, no hay reina quevalga.{25-1} Lo primero siempre es la novia.

No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Despuésque bajó el telón, permanecimos en el mismo sitio y me obligó á contarlemi vida y milagros, cuántas novias había tenido, á quién había queridomás, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin depatrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente quetodos los hombres eran ingratos. Yo me atreví á apuntar

que habíaexcepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer.{25-2}—Usted serálo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando á un punto delespacio); me querrá V. un poco de tiempo, y después... si te vi, no meacuerdo.{25-3}

¡Qué rato tan delicioso y tan infernal á la vez me estaba haciendo pasaraquella niña!

Para llevar la conversación á otro punto,{25-4} lepregunté:

—¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.

—Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero laverdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?

—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.

—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchosque pocos!{25-5}

En seguida me propuso que nos tratásemos de tú,{26-1} pero después deaceptado{26-2}

se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú yella siguiese con el V. No quise conformarme.

—Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza...Pero, en fin,

vamos á ensayar.

Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecillainfinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis:si se aventuraba á dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasandocomo sobre ascuas.

Cuando empezó el segundo acto, volvió á escuchar atentamente. Mis ojosno se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba á menudo lossuyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.Observé, no obstante, que se había

amortiguado un poco la viva expresiónde su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad delprincipio.{26-3} Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes,y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó á sulindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía queen virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña setransformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano yhasta retiró la suya: volví á cogerla disimuladamente, pero al pocotiempo la retiró de nuevo.

El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar elreloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,porque á las once y media, á más tardar, iba el criado á buscarla.

Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: á la puertaaguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya nohabía en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,seguimos las más solitarias. Teresa

no quiso aceptar mi brazo comoantes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído milrequiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me habíainspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por sucalle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, denuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidosque le había visto{27-1} y de los adornos, á fin de que comprendiese laprofunda impresión que me había causado. Nada replicaba á mi

discurso;seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud

notablecontraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismossitios.

Cuando me detuve un instante á respirar, exclamó sin mirarme:

—Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!

Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porquellegaríamos demasiado temprano.

—De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala.Usted bien

lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niñabien educada no haría lo

que yo hice esta noche?... ¡ Si lo supiesen misprimas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero nopiense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muyaturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buenfondo.

Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en lagarganta,{28-1} hasta que se echó á llorar perdidamente. Me costó muchotrabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco ysencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre.Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada

malo de ella.Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó á charlarpor los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos ácual

más absurdos. Según ella, debía presentarme al día siguiente encasa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yodebía replicarle inmediatamente que

no importaba nada: el papáinsistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría elejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando á las muñecascuando la avisaron para ir á casarse. ¿Qué había de oponer á estepoderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuonos iríamos á Jerez,

para que conociese á sus amigas y á sus tíos. ¡Quésusto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más,cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle convehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningúnhombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dadoun beso á traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos delimón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieranlas manos delante,{28-2} para que no le tocasen la cara con los labios.Pero cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos losbesos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría contanto ardor como ahora.

Estábamos próximos ya á su casa. Los carruajes de la gente que volvía delas tertulias, al cruzar á nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y leobligaban á esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacíanguiños, como si nos invitasen á gozar apresuradamente de aquellosmomentos felices, que no habían de volver. Á lo lejos sólo se veían,como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin á casa. Delante de la puerta, Teresa volvió á hacermejurar que no

pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente á las dosen punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.

—Cuidado que no faltes.

—No faltaré, preciosa.

—¿Á las dos en punto?

—Á las dos en punto.

—Llama ahora con un golpe á la puerta.

Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasosdel portero.

—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate deprisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la toméentre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todoslos que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé á paso largo.

Dejó de hablar D. Ramón.

—¿Y después, qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.

—Nada, que aquella noche no pude dormir de{29-1} remordimientos y aldía siguiente tomé el tren para mi pueblo.

—¿Sin ver á Teresa?

—Sin ver á Teresa.

LA BUENAVENTURA

POR DON PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN{30-1}

I

No sé qué día de agosto del año 1816 llegó á las puertas de la Capitaníageneral de

Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años deedad, de oficio esquilador y de apellido ó sobrenombre{30-2} Heredia,caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses sereducían á una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo{30-3} pie átierra, dijo con la mayor frescura « que quería ver al Capitángeneral

Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente laresistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas yvacilaciones de los edecanes antes de llegar á conocimiento delExcelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo,{30-4} á lasazón Capitán general del antiguo reino de Granada... Pero como aquelprócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de

Heredia,célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor á lo ajeno...con permiso del engañado dueño,{30-5} dió orden de que dejasen pasar algitano.

Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante yuno atrás,

que era como andaba en las circunstancias graves, yponiéndose de rodillas exclamó:

—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico elmundo!

—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...—respondióel Conde

con aparente sequedad.

Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:

—Pues, señor, vengo á que se me den{31-1} los mil reales.

—¿Qué mil reales?

—Los ofrecidos hace días,{31-2} en un bando, al que{31-3} presente lasseñas de Parrón.

—Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?

—No, señor.

—Entonces...

—Pero ya lo conozco.

—¡Cómo!

—Es muy sencillo. Lo{31-4} he buscado; lo he visto; traigo las señas, ypido mi ganancia.

—¿Estás seguro de que lo has visto?—exclamó el Capitán general con uninterés que se sobrepuso á sus dudas.

El gitano se echó á reir, y respondió:

—¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiereengañarme.—¡No