La Regenta by Leopoldo Alas - HTML preview

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Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrecharsu amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima,andando el tiempo, o poco había de poder él.

Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas enpunto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría delhonor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía ennuestros dominios.

—Mire usted—decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés donÁlvaro—mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá queyo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar mássentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honorquisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajollaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de quesi mi mujer—hipótesis absurda—me faltase... se lo tengo dicho a TomásCrespo muchas veces... le daba una sangría suelta.

(—¡Animal!—pensó don Álvaro.)

—Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por depronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando eraaficionado a representar en los teatros caseros—

es decir cuando mi edady posición social me permitían trabajar, porque la afición aún medura—

comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomémaestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguidagrandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad,nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúreseusted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de lapistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lotraspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, esprosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mitesis.... Mi tesis era...

¿qué?... ¿usted recuerda?

Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca lehabía alarmado un poco.

Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba dellamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometíaconvertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonistade ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar ybonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates delensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era laespada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.

Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmióprofundamente.

Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncellarubia y taimada, que sonreía discretamente.

—Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?

—Como la señorita pasó mala noche....

—¿Mala noche?... ¿yo?—Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....

—¿Yo?—Sí, alguna pesadilla.—¿Y tú... me has oído desde?...

—Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por elseñor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a lasdos.

—Y yo he hablado alto...—Poco después de llegar el señor. Él no oyónada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver sidormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no meatreví a despertarla....

Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de lajaqueca.

—¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....

—No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... dabavueltas....

—Y... y... ¿qué decía?

—¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas...nombres....

—¿Qué nombres?...—Ana preguntó esto encendido el rostro por elrubor—... ¿qué nombres?—repitió.

—Llamaba la señora... al amo.

—¿Al amo?—Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor!

Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su maridoQuintanar.

Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechasde la señora.

Calló y procuró ocultar su confusión.

Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, yaseria:

—Han traído esto para la señora....

—¿Una carta? ¿De quién?—preguntó en voz trémula Ana, arrebatando elpapel de manos de Petra.

«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».

Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en elrostro del ama, añadió:

—De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresinala doncella de doña Paula.

Ana afirmó con la cabeza mientras leía.

Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con unacruz morada sobre la fecha, decía así:

«Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a cinco

y

media.

No

necesitará

usted

esperar,

porque

será

hoy

la

única

persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha parecido

preferible

avisar

a

usted

para

esta

tarde

por

razones

que

le

explicará su atento amigo y servidor,

FERMÍN DE PAS».

No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistraldesde la tarde anterior;

¡ni una vez sola, desde la aparición de donÁlvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosadel respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora sepresentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecadode infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de suimprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia dedon Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creíainfiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quienno debía fidelidad ni podía debérsela».

«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría aconfesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión....Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estasideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!».

Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el delMagistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulcecon mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba;le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicabaque la dispensase; que ella le avisaría....

Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a sudestino inmediatamente, y sin que el señor se enterase.

Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como éldecía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temíaque se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casaen efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.

Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procurabaque su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a lacatedral.

«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».

Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentestapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba suama para ocultar la devoción, sospechaba horrores.

Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:

«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otrosanto. ¡Así en la tierra como en el cielo! ».

Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no searrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquierafuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; nole pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo,su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado delMagistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estadopensando y sintiendo tantas cosas sublimes!

«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar elverle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso dela carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctorhabía que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarleel alma?».

—XVII—

Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anuncióa la Regenta, que paseaba en el Parque, entre los eucaliptus deFrígilis, la visita del Sr. Magistral.

—Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a lahuerta...—dijo Ana sorprendida y algo asustada.

El Magistral pasó por el patio al

Parque. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa latarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego secaería el cielo hecho agua sobre Vetusta...».

Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral seatrevió a preguntarle por la jaqueca.

«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo supresencia en el Parque a pesar de la jaqueca.

El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.

Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sincesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.

Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que donFermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.

El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranquede mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa deningún modo podía él explicar a aquella señora.

El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el viciode ir al teatro disfrazado.

Había cogido esta afición en sus tiempos deespionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al paraíso para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba porcuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había vistoa la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y alcomer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle lanoticia a su hijo.

—No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.

—Pues yo lo sé por quien la ha visto.

El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse enridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos ytodo el mundo devoto consideraban el teatro como recreo prohibido entoda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de Todoslos Santos. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto lanoche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar asímejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El GranConstantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,tampoco les había consentido asistir.

«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, pordevota en ejercicio, se había presentado en el teatro en nocheprohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadososescrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio....

Yprecisamente aquella noche...».

El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importabaque fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otracosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos susenemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistralejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía élque tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción adoña Ana».

Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos ymanotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo,que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devotade buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos losSantos.

Ripamilán gritaba:—Señor mío, los deberes sociales están por encima detodo....

El Deán se escandalizó.

—¡Oh! ¡oh!—dijo—eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...los religiosos... eso es....

Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Asísolía él terminar los períodos complicados.

—Los deberes sociales... son muy respetables en efecto—dijo elcanónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecidoregalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primodel Notario mayor del reino.

—Los deberes sociales—replicó Glocester tranquilo, con almíbar en laspalabras, pausadas y subrayadas—los deberes sociales, con permiso deusted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinitabondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....

—¡Absurdo!—exclamó Ripamilán dando un salto.

—¡Absurdo!—dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.

—¡Absurdo!—afirmó el canónigo regalista.

—Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por sertal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetableTaparelli....

—¿Tapa qué?—preguntó el Deán—. No me venga usted con autoresalemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....

—Señores, estamos fuera de la cuestión—gritó Ripamilán—el caso es....

—No estamos tal—insistió Glocester, que no quería en presencia de donFermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa al terreno filosófico, y de allíal teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerablesdignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, queconsistía en no querer hablar nunca de cosas altas.

A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía paracomprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue enaumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdidocrédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse auna cita».

Él se la había dado para decirle que no debía confesar porlas mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el públicode las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entretodas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo leavisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo estohabía pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estabacon jaqueca!».—En casa de Páez también le hablaron del escándalo delteatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había idoAna Ozores que nunca asistía».

El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona deOlvido, que se celaba ya, le había puesto furioso....

Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, sehabía metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de laRegenta.... Por eso estaba allí.

¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?

Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado unembuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en iray necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguirsonriente.

«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla siquería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión?Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror.¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarsede tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la maneraespiritual a que aspiraba».

No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás»,era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.

En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas desucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sinhacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausalarga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.—

Estabasentado a la entrada del cenador.

Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos nolo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luzen el gabinete:

—Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentíaya bien, no era malo estar al aire libre.

El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a ladama que se iba a tratar de algo grave.

Así fue. El Magistral dijo:—Todavía no he explicado a usted por quépretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y poreso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, queríadecirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.

Ana preguntó el motivo con los ojos.

—Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gustade que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, sealarmará menos si usted va de tarde...

y hasta puede no saberlo siquieramuchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad,pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hayengaño ni asomo de disimulo.

—Eso es verdad.—Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, yesta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a misenemigos, que son muchos y de infinitas clases.

—¿Usted tiene enemigos?—¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas sipuedes—y señaló al cielo—el número de mis enemigos es infinito comolas estrellas.

El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.

Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado aaquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera sequejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaronal alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementesdeseos de defenderle contra todos.

—Además—prosiguió don Fermín—hay señoras que se tienen por muydevotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se diviertenen observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral;quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran lasconfesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.

La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.

—De modo, amiga mía—continuó De Pas que no creía oportuno insistir enel último punto—

de modo, que será mejor que usted acuda a la horaordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchascosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de losque no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de sertan miserables que nos sigan los pasos....

A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgadoque todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.

—Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique;mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo heabierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted esperoluz en la obscuridad que tantas veces me rodea....

Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio deella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decirde otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.

El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo asu amiga hablar así.

Se animó... y habló de lo que le mortificaba.

—Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted unpoco....

Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.

Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notóDe Pas.

—Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho,como diciendo irreflexivamente:—¿Y eso qué?

—Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupacionesque toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo lees lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usteddistracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era díaprohibido.

—Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció...

—Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro eraespectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso esque la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la queexagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver lascosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo lainfracción de ciertas costumbres piadosas....

Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella queen el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir unentusiasmo artístico religioso que la había edificado!».

El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era unmédico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó,recordando la alegoría de la cuesta:—«No quiere tanta pendiente,hagámosela parecida a lo llano».

—Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud deusted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tonofestivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahíes nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión delMagistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al DonJuan Tenorio, en vez de rezar por los difuntos.

—¿Se ha hablado de eso?—¡Bah! En San Vicente, en casa de doñaPetronila—que ha defendido a usted—y hasta en la catedral. El señorMourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar....

—¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted enridículo?...

—¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita,esa imaginación!

¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!...A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soyresponsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sidoimprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todoello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillasinsustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto másimportante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de suespíritu de usted...

en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yocreo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es personaexcelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.

Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco sumecedora a la Regenta y prosigue:

—Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como unmédico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razonesmuy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado aconocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...sin embargo, creo...—le temblaba la voz; temía arriesgardemasiado—creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor,si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.

Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y porla primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, unhombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadasde enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras delProvisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.

D. Fermín continuó tranquilo:

—En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchospuntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedoprescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisaspara entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ociosohablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer lacuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no setrata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es tambiénindispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchosclérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujerde su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros denegro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta susextravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como esallí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina yotros muchos....

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con lasuavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; yano se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con loscaballeros en los tranvías de Nueva—York.

—Pues bien—prosiguió don Fermín—nosotros necesitamos toda la verdad;no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curarlo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que henotado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro deque me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esasconfidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sinoque la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha partebuena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted creecompletamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de eseanálisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Ybasta de argumentos; usted me ha entendido desde el primeroperfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De esemodo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso queusted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta ono frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar máspronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no teníapreparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces portemeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haberasustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de suconfesor.

Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando laspalabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razonesexpuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor desus poéticas ideas.

Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo labuena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptabaaquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a darconsejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba lacabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de laglorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; lalocuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas departículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sustristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo delMagistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, latirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decíael clérigo, bendita sea tu boca!».

No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido dehojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removíasobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

—Sí, tiene usted cien veces razón—decía ella—yo necesito una palabrade amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que mearranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y ladesesperación....

—Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!

—Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.

—Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...

El Magistral sonrió...—No se ría usted: serán los nervios, como diceQuintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tediohorroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.

—No debe decirse así—interrumpió el Magistral, poniendo en la voz lamayor suavidad que pudo—. No sería un pecado ese tedio si se pudieraremediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Diosgracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendíasu confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, sedecidió a decir al Magistral lo demás, lo que había venido detrás delhastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causapuramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.

—Otras veces—decía—aquella sequedad se convierte en llanto, en ansiade sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé...

no sé explicarlo bien... silo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es unarebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....

El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga duranteaquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en lahistoria de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba conexactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.

Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar enDios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nadatenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedadconsoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sinlímites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar unapeseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros queacababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostropara que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muyamargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en sucerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una vozpotente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro....

¿Qué sabíaella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a lapobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía elMagistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una enotra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado apensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más nimenos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Quéera aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que consemejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no seríantampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espírituaventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».

«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que lehabía comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovecharpara la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior elpeligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de lapresencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar larepetición de accesos por el estilo».

Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volarmás allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con másfuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; habíahablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que seburlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir quesería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos quesentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a suescopeta....

—Todo aquello—añadió el Magistral después de presentarlo enresumen—de puro peligroso rayaba en pecado.

—Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho especado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lodemás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismonecio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!

—Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted losiente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo comoes.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por serpeligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecadoclaramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a unobjeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana.

Si dejamos quevuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejerciciosano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño unglobo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama ustedla presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usteddice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, entodo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. Noes santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celdade una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellossacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturalesde la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar adonde los justos llegan por muy diferentes pasos.

Dispénseme si hablocon esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultadaquella pendiente que le ponía en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,abismada en sus reflexiones.

Sin darse cuenta de ello, le agradabaaquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más quehalagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosiguió, aflojando la cuerda:

—Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenastendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porqueno es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de lagracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovecharesas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muyantiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... ypor medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchasocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible yhasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesionesprotestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa deDios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, quesatisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Puestodo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, deuna mujer piadosa, de una... beata, para emplear la palabra fea, escandalosa. Sí, amiga mía—el Magistral reía al decir esto—lo queusted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser beata.Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome laletra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay quecontentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que lasmenudencias del culto y de la disciplina quedan para los espírituspequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma esfondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se lehaya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mitemplo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para laoración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridadque son todo mi culto en resumen...».

Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, conmotivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risasmezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.

La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba alos interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla queempezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como unaviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeronla señal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:

—¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....

La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillashacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacerruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desdedonde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmoabría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a suencuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, adecir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, atal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita delMagistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado elcaso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿Nole habían hecho llevar cartas sin necesidad de que lo supiera donVíctor? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más deuna hora de palique en el cenador, y a obscuras?».

Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solíaolvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para eldespacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encimadel pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina decargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacíatantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar laprueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojospenetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.

—Oye.—¿Señor?...—Nada.... Oye...—¿Señor?...—¿Anda ese reloj?—Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....

—¿De modo que son las ocho menos diez?

—Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si lepreguntaba por el ama.

—Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y máscartuchos.

En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar aentender con lo de la vida beata.

«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de laperfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; siotras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios dela vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a laperfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacargran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismoslugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, unafundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habíanpasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en larutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil parasatisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la SantaDoctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dadoaquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, sisomos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupacionesde la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante lasfiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera alas novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida dela piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tanhumildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de laoración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo enlas almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nadamás con los sentidos, es edificante espectáculo para quien sientedevoción profunda».

—Verá usted—decía el Magistral—como llega un día en que no necesita aZorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una enotra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas!

Veráusted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchosritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora puedenantojársele indiferentes, insignificantes.

¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosamás hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena yusted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas depura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las queya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial deternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entoncessi aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche learrancaba el bueno de don Juan Tenorio....

—A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir—prosiguió DePas—por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierraen su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicasadmirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevasdignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir alos sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en losdías que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadoresque hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a míalgunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, queexigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden lacátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas yaparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,sin que usted se dé cuenta de ello.

Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que habíade entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, yterminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.

Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de SantaTeresa y algunos místicos.

«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, paraperfeccionarse, no al principio, sino más adelante.

Al principio es ungran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propiavida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que paraTeresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasaráusted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena muchoantes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama deldiablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay quecomparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algúntiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez ellibro sabrá mejor, y dará más frutos.

»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve lainfinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo queimporta.

»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostrocompungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con lainquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato delmundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no escosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablandodel espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que senecesite y que indicarán las circunstancias.

Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojassecas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si lehubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

—¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquícharlando... charlando...

«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en elparque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Peroesto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando envoz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, perotemiéndolo.

Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundomaridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes parahablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta delpatio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería ypasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en quehabía recibido al Provisor.

—¿Ha venido el señor?—preguntó la Regenta.

—Sí, señora—respondió en voz baja la doncella—; está en su despacho.

—¿Quiere usted verle?—dijo Ana volviéndose al Magistral.

Don Fermín contestó:—Con mucho gusto...—¡Disimulan, disimulanconmigo!—, pensó Petra con rabia.

—Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho enpalacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...salúdele usted de mi parte.

—Como usted quiera.—Además, estará abismado en sus trabajos... noquiero distraerle...

saldré por aquí... Buenas noches, señora, muybuenas noches.

—Disimulan—volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta queconducía al zaguán.

Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz bajadijo:

—Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósitopara... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.

—Bien—contestó la Regenta.—Lo he pensado, es el mejor.—Sí, sí,tiene usted razón.

Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En lapuerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con losojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a quepasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acariciócon una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

—Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con lamayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

—¿Estás contenta con los señores?

—Doña Ana es un ángel.

—Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí haycorrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....

—Salga usted, salga usted, y por mí no tema.