La Rana Viajera by Julio Camba - HTML preview

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—Y éste—añade señalando a un compañero suyo—, ¿tampoco sabes quiénes?

—Tampoco. No sé quiénes sois; pero tal vez puedan informaros en elJuzgado municipal.

Desde que estoy en el pueblo, numerosas personas se me han acercado paraque les diga sus nombres. Al principio procuraba complacerlas y hacíaesfuerzos inauditos a fin de recordar bien. Ahora ya no me canso. Setrata de un sport local que no me interesa gran cosa. Faltas de otroentretenimiento, las gentes esperan aquí cinco, diez o quince años elregreso de algún convecino viajero para preguntarle quiénes son.

Quierenver si uno ha conservado la memoria durante sus viajes, y, si el tabaco,por ejemplo, se la ha estropeado a uno, entonces le consideran a uno unhombre terriblemente orgulloso.

XIV

EL CAMINO DE SANTIAGO

EL que quiera trasladarse en ferrocarril al siglo XIII, que no piense enSantiago. Lo más siglo XIII de Santiago es el viaje. Desde la Coruña seva en automóvil, pero ¡qué automóvil! Viajando en él, yo he tenido unasensación de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nuncaviajando en una diligencia. Me parecía así como si el automovilismofuese una invención medieval, una invención que se hubiese perfeccionadoen

otras

partes

a

fuerza

de

siglos,

pero

que

hubiese

permanecidoestacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando sedescubrió el cuerpo del Apóstol, aquel mismo automóvil había servidopara conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sinvacilar.

En Santiago quise comprar periódicos, pero no había más que El CorreoEspañol y El Debate. Esto también me produjo una impresión demedievalismo. Se hablaba de la guerra, y a mí me parecía que, ya en elsiglo XIII, se debía de comentar en Santiago la guerra europea con elmismo criterio.

Lo que me pareció más moderno fue la catedral. En ninguna parte seencuentran más adelantadas las catedrales medievales. La catedral deSantiago podía estar perfectamente en Francia, en Inglaterra o enAlemania, al lado de las fábricas y de los laboratorios. Ante lacatedral de Santiago no se experimenta ninguna impresión de anacronismo.Esta impresión, si no se ha recibido antes, se recibe después, cuandouno pregunta las horas del tren para Villagarcía y le dicen a uno queeste tren sólo sale tres veces por semana.

XV

EL BOTAFUMEIRO

HUBO un tiempo en que las catorce puertas de la catedral de Santiago nose cerraban de día ni de noche. Constantemente llegaban peregrinos detodas las partes del mundo, que, entonces, sólo eran tres. Venían persascon las cabezas tonsuradas; griegos que traían tatuado en las manos elsigno de la cruz; ingleses, irlandeses, franceses, italianos, eslavos...Unos, mudos de nacimiento, querían que el Apóstol les concediese el usode la palabra; otros, ciegos, deseaban ver, y muchos sólo se proponíancobrar una herencia, ya que en la Edad Media, para cobrar una herenciasolía imponerse como condición la peregrinación a Santiago. No faltabanpríncipes que, en vísperas de alguna batalla, viniesen a implorar elauxilio militar del Apóstol contra sus enemigos. Fuera de la catedral,unos hombres, sentados en cuclillas, iban apilando a su alrededormonedas de todos los países. Eran los cambiantes, padres de nuestrosactuales banqueros. Dentro, los peregrinos, agrupados pornacionalidades, rezaban y cantaban. Cantaban en sus diversos latinesrespectivos y se acompañaban con sus instrumentos predilectos. Cítaras,crótalos, flautas, gaitas, arpas, salterios, trompetas, liras, todosonaba allí, y el Apóstol hacía el milagro de armonizarlo. Luego, losperegrinos se iban a ver las reliquias, guiados por el lenguajero, unaespecie de intérprete de hotel, que sabía decir en varios idiomaspiedra, corona, cuchillo, hacha, sombrero...

Unos peregrinos viajaban a sus expensas; otros venían implorando lacaridad. La mayoría llegaban rotos, sucios, mugrientos y enfermos.Algunas veces se declararon en Santiago epidemias muy serias, y elApóstol no daba abasto haciendo milagros. Fue entonces cuando se inventóel botafumeiro, «rey de los incensarios», como le llama Víctor Hugo.El botafumeiro no fue en sus orígenes un objeto litúrgico, sino,sencillamente, un aparato de desinfección. Lo cargaban con inciensoporque todavía no existía el ácido fénico. Aquellos peregrinos, quevenían directamente desde el fondo del Asia, tenían mucha fe, pero olíanmuy mal, y los santiagueses procuraban aislarlos en una nube deincienso. Si hubieran podido, también se hubiesen untado las narices conaceite mentolado, y quizás hoy, al olor del aceite mentolado, uno sellenase de evocaciones religiosas y viese, en su imaginación, coros deángeles y serafines...

¡Grandioso botafumeiro! Hoy, que la falta de fe lo mantiene ocioso,¿por qué no se piensa el medio de trasladarlo al Congreso? Cuanto másanimados fuesen los debates, el botafumeiro giraría más velozmente. Yen vez de procurarse una entrada o de leer el Diario de las Sesiones,uno se limitaría a ver, desde fuera, cómo salía y se elevaba y sedesvanecía el humo.

XVI

CABEZAS DE CERDO

HACE tiempo, los cerdos de Galicia llevaban una vida completamentepatriarcal.

Eran, quizás, algo inmorales, eran glotones y tenían unacierta socarronería muy campesina; pero ninguno de ellos estabacontaminado por las ideas del siglo. Los chicos de los paisanos crecíanentre ellos, y a veces, chicos y cerdos dormían en la misma habitación.¿Puede imaginarse nada más virgiliano? En ciudades como Santiago habíaquien se llevaba los cerdos a un segundo piso y salía luego a pasearsecon ellos entre los canónigos, los tenientes de la guarnición y losestudiantes de latín. Una señorita inglesa que estuvo hace algunos añosen la ciudad del Apóstol—

la autora de Galicia. The Switzerland ofSpain—le preguntó a su hostelera si era cierto lo que se decía de loscerdos santiagueses como animales de sociedad.

—No son únicamente los cerdos—contestó la interpelada—. Desde suventana puede usted ver dos cabras en el piso de enfrente. Sus dueñoslas tratan como personas de la familia...

Todavía hay en Santiago quien recuerda a Montero Ríos guiando por lascalles un rebaño de cerdos. Más tarde guió electores. Luego,diputados...

Sí. Los cerdos llevaban aquí una vida completamente patriarcal. Cuandoles llegaba su San Martín, berreaban horriblemente y estiraban una pata,que era un jamón.

Morían dolorosamente, pero sin remordimientos deconciencia. Nunca habían tenido ambiciones ni vanidades. Si habíanprocurado engordar, no lo hicieron por ellos tanto como por sus dueños.Engordaron para que sus morcillas fuesen más sabrosas y para que sutocino le diera más gusto al caldo de las buenas familias en cuyo senohabían vivido.

Pero ahora hay en Galicia una nueva generación de cerdos. A poco deestallar la guerra, unos hombres extraños vinieron por aquí ysoliviantaron a los cerdos, a las gallinas y a otros muchos animalesdomésticos.

—¿Cuánto os dan aquí por una docena de huevos?—parece que lespreguntaron a las gallinas.

—Y los jamones—dijeron, dirigiéndose a los cerdos—, ¿a cómo losvendéis?

El cerdo, animal muy tradicionalista, dio un gruñido y no hizo caso. Lagallina cacareó. Pero aquellos hombres hablaron de los mercadosextranjeros, donde todo se pagaba diez veces más que aquí, y hoynuestros animales de corral y de alcoba han aprendido ya los caminos delmundo. El cerdo gallego tiene actualmente sus ideas industriales, nimás ni menos que si fuese un cerdo de Chicago. Dentro de poco será capazde pedir que lo maten automáticamente y que lo desmenucen de un modocientífico.

Las costumbres patriarcales del cerdo gallego van desapareciendo. Elcerdo progresa. Y si esto continúa así, será cosa de recomendar anuestros políticos que coman cabeza de cerdo a ver si se les pega algo.

XVII

LA VIEIRA

UNO de los mariscos más dignos de estimación es la vieira. Madrid, quelo ignora todo respecto a provincias, no come vieiras, y es unalástima. Asadas en su concha, con un diente de ajo y un poco depimentón, las vieiras son bastante más sabrosas que esos cangrejos deceluloide con que los madrileños pretenden consolarse de su falta demar. En Inglaterra la vieira carece de triptongo; se llama scallop, yeste nombre, escaso en vocales, es como si le quitara la mitad delgusto. Sin embargo, la vieira tiene allí, por lo menos, tantapopularidad como la ostra. En Francia las vieiras bretonas, las vieirasarmoricanas, gozan de gran reputación y son consideradas un bocadoexquisito.

¿Y saben ustedes cómo las llaman los franceses a las vieiras? Las llaman coquilles Saint-Jacques, o conchas de Santiago.

Porque la vieira es el marisco del Apóstol. Es un marisco casi sagrado,así como otros mariscos son literarios, y otros, políticos. Se cuentaque cuando el cuerpo de Santiago fue conducido al Padrón, un caballeroque deseaba acompañarlo llegó tarde al puerto. El barco había izado yasus velas y se perdía en el horizonte, sobre un mar de oro y de plata.Entonces el caballero hizo el signo de la cruz y se lanzó audazmenteentre las olas. Durante varios días su caballo fue galopando sobre elfondo del mar, con gran asombro de merluzas y salmonetes, y cuandollegaron a Iria Flavia, caballo y caballero estaban cubiertos de vieiras. Desde entonces la vieira ha sido el símbolo de losperegrinos, y para que éstos no tuviesen que ir a buscarlas debajo delmar—la experiencia del caballero no se consideraba concluyente y habíael temor de que algún peregrino pudiese morir ahogado—, lossantiagueses se las vendían ya muy bien preparadas. Al principio vendíanconchas naturales. Después hacían conchas de cobre, de plata, de latón,de porcelana y de azabache. Todavía existe en Santiago la calle de losAzabacheros, desde donde se ve una fachada de la catedral, y a estafachada se la llama la Azabachería. Y muchas casas, que antiguamentesirvieron de mesones para los peregrinos, conservan aún, comodistintivo, una concha de vieira esculpida a la entrada.

Pocos mariscos unirán, como la vieira, una carne tan sabrosa a unabolengo tan ilustre. Ya, mucho antes de la Edad Media, la vieira lehabía servido a Afrodita, surgiendo del mar, para alisarse los húmedos yadmirables cabellos. Hoy Afrodita usa peines bastante más caros; peroesto no quiere decir nada contra la vieira. La vieira es el pectenVeneris de los antiguos, y el Arte ha buscado mil veces inspiración ensus curvas sencillas y maravillosas.

De paso en Galicia, tierra de vieiras, yo me considero obligado ahacer la apología de este marisco. Creo que Madrid no debe ignorarlo, yque mantenerlo más tiempo en el olvido sería una política funesta. SiMadrid no se interesa por nuestras vieiras,

¿cómo va a interesarse pornuestros conflictos sociales? Indudablemente, la política central carecede sensibilidad con respecto a provincias.

XVIII

OPINIONES POLÍTICAS Y LITERARIAS DE LA ROSARIO

AL volver a Madrid, tras una ausencia de mes y pico, soy cariñosamenteacogido por mi buena Rosario, una chica mitad ama de llaves y mitadcocinera, que arregla mis papeles y cuida de mi estómago.

—Te entrego mi estómago, un poco estropeado por las salsas al pormayor—le dije al darle posesión de su cargo—, y espero que me lotrates bien. El estómago es el alma del escritor. Con un poco de acidezo de flatulencia, yo haría una literatura triste y perdería lectores. Alnombrarte mi cocinera, te nombro, en realidad, mi colaboradora.

Hazmeguisos sencillos, sabrosos y sanos, y de este modo tendremos siempre elrespeto de la crítica y la aceptación del público.

Desde entonces, la Rosario pone sus cinco sentidos en la cocina. Aveces, advierto la desaparición de algún plato, pero no es culpa de laRosario.

—Yo no lo rompí. Fue él. Lo tenía en la mano, y se cayó. Se hizopedazos contra el suelo...

—Debe de ser un caso de suicidio—observo yo entonces—. El pobre platoestaría desesperado de la vida.

Otras veces, la carne está espantosamente dura, y la Rosario dice que noha querido cocerse. Verdaderamente, ¿qué interés puede tener la carne enponerse blanda?

Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy aleer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qué es lo queopinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que lacrítica no ha ejercido aún su perniciosa influencia: un criterio sano yhonrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicándoselasya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios paracongraciarse con ella.

Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me contó todo lo que habíaocurrido durante mi ausencia. Yo había estado más de un mes sin recibircartas ni leer periódicos, y quería restablecer mi contacto con la vidaurbana.

—¿Se han suicidado muchos platos? ¿Han traído muchas cuentas? ¿En quénuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...

La Rosario ha ido contestándome a todas estas preguntas y satisfaciendoasí mi curiosidad.

—Y Gobierno, ¿qué Gobierno tenemos ahora?—añadí.

—¿Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.

—Imposible, Rosario. Hace más de un mes que salí de Madrid, y no esposible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobiernonuevo.

La Rosario entonces reflexionó un poco, y dijo:

—Quizás. La verdad, yo, que gobiernen unos o que gobiernen otros, no lonoto nunca...

Y aquí me tiene el lector, ignorando si estoy gobernado por Maura, porSánchez de Toca o por Romanones. En casa no lo notamos. Las patatascuestan lo mismo. El alquiler no baja. Los guisos salen igual...

E N E L P A Í S D E L A R U L E T A

I

LOS TEMAS LITERARIOS

LOS escritores solemos dirigirnos a «el lector», poco más o menos, asícomo los criados se dirigen a «el señor». Desgraciadamente, esteconcepto de «el lector» es demasiado vago. Por lo general, el lectortiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si ellector—este lector de quien hablamos tanto los escritores—

fuese unarealidad concreta y tangible, entonces yo me dirigiría a él y le diría:

—¿Qué artículo de San Sebastián quiere usted que yo le haga? ¿El de lalluvia? ¿El del jugador? ¿El de las pulgas? ¿El de la Concha? ¿El delobjeto perdido? ¿El de la misteriosa extranjera...?

Porque en San Sebastián no hay arriba de doce temas para artículos.

Loscorresponsales madrileños que vienen aquí hacen las mismas crónicas cadatemporada. Yo conozco a un compañero que lleva ya quince sobre lalluvia. Es un especialista.

¿Cómo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otrascosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Talabandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no varíasus temas literarios, una playa que no renueva sus crónicas, estácondenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastián resultará unacosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantábrico o delMediterráneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para loscronistas. Los periódicos madrileños se apresurarán a mandar allí lanube de corresponsales que ahora envían a San Sebastián. Al artículo dela lluvia sucederá el artículo del sol o del relente; la crónica de laspulgas será substituida por una sobre las chinches o sobre lascucarachas. ¡Qué placer para los periodistas y para los lectores deperiódicos! Será una transformación literaria comparable tan sólo aladvenimiento del romanticismo.

Los veraneantes afluirán en masa a lanueva playa de moda, y San Sebastián desaparecerá del mundo como centrode placeres.

Yo he llegado a San Sebastián hace varios días. Mi querido FernándezFlórez estaba todavía aquí.

—Supongo—le dije—que me habrá dejado usted algún tema disponible,aunque sea de segundo o tercer orden.

Fernández Flórez se rascó la cabeza.

—Veamos, veamos—insistí yo—. Ha hecho usted ya el artículo de lalluvia, el del Casino, el de las pulgas...

Los había hecho todos, y, además, los había hecho como yo precisamentehubiese querido hacerlos.

«Voy a tener que volverme a Madrid», pensaba yo.

En esto transponíamos las puertas del Casino, y yo observé que elportero era tuerto.

«¡Qué coincidencia!—exclamé—. Este portero tuerto, aquí donde se juegatanto dinero... ¿Es que habrá todavía en San Sebastián una crónica porhacer?»

Pero Fernández Flórez ya había hablado también del portero tuerto...

El Municipio de San Sebastián creerá, sin duda, que esto de los temasliterarios es cosa de los escritores; pero San Sebastián no tardará ensufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa delos concejales, del Casino, de las sociedades de atracción deforasteros, de las comisiones de festejos, etcétera, etc. Estasentidades debieran renovar cada temporada los temas periodísticos de SanSebastián, a fin de que ningún corresponsal permaneciera aquí ocioso.Más que de dinero se trata de organización. Con seis temas inéditos portemporada, San Sebastián podría ir tirando todavía.

II

EL TREINTA Y CUARENTA

HAGAN juego, señores...!

Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placasde 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen,manejadas por manos febriles. Un señor, alargando trabajosamente elbrazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es unjugador de a pie. Los empleados dividen a los jugadores en doscategorías fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y laprimera categoría es la única que les infunde cierto pavor. Si eljugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que sevaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontonealgún dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.

—¡Hagan juego...!

Los mirones encuentran floja la partida.

—Esto está aburridísimo—dicen—. No hay sangre...

Algunos reconvienen a sus amigos.

—¿Por qué juega usted a ese paño? Es absurdo...

Y luego, si por casualidad aciertan, insistirán en sus censuras,llenando de vituperios a los pobres perdidosos.

—¿No se lo dije yo a usted? Si era infalible...

—Yo prefiero ganar diez duros a negro—murmura una voz—que 1.000pesetas a encarnado. ¡Qué quiere usted! Es una manía. Además, no mesería posible jugar a encarnado. ¡Hace ya noventa y un años que juego anegro...!

Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con unaraqueta temblorosa. Debe de sentirse próximo a la muerte, y por eso nojuega a encarnado.

Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va adejar a última hora su camino de siempre. ¡Qué hermoso ejemplo deconsecuencia para los políticos! Yo lo someto a la consideración de undistinguido diputado, el cual se echa a reír.

—Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego dealternativa...

El croupier va cantando con un acento muy francés:

—Siete... Cuatro... Encagnado gana et colog.

—¡Qué le vamos a hacer!—suspira el viejecito.

Y vuelve a jugar a negro. Su cara está alegre, sonriente, satisfecha. Seve que este hombre, tan próximo al umbral de la otra vida, lo traspasarásin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sinvacilaciones, el deber que se impuso noventa y un años atrás. Suconciencia está tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le preguntesi jugó alguna vez a encarnado, él dirá:

—Nunca. Seguí el negro en la adversidad como en la fortuna, en sushoras buenas y en sus horas malas, cuando todos acudían a él lo mismoque cuando se veía abandonado de todos...

—Dos...—canta el empleado.

Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:

—Dos...

Es un aprés. Uno de los que juegan a negro retira su postura.

—Hace usted mal—le dice un mirón—. Eso lo que demuestra es la fuerzade la baraja. Ya ve usted si será fuerte el encarnado, que ni a dospuede ganarle el negro.

—¿Cuántos encarnados van?—pregunta alguien.

—Cuatro.

—Es una racha. Hay que aprovecharla...

Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores degrandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no escontra la pérdida. No se ha llegado aún a constituir una compañía queasegure las rachas de un color contra el color contrario. Es únicamentepara el caso de que se dé un aprés de treinta y una. Por un duro cadacien duros o fracción de cien duros, el jugador garantiza su capitalcontra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.

Se produce una gran emoción. Al griterío de hace un segundo sucede unsilencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la música y seavecina el ejercicio peligroso.

El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.

—¿Otra vez dos?

—¡Malo! ¡Malo...!

—Ahora quiebra la racha...

Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de losempleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...

—¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?—exclama uno delos que habían puesto a encarnado—. Mire usted...

Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde semarcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen lospuntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes alencarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se vaobteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de unafiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que saltaconstantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos dealambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros oencarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico deljuego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negrosconsecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo,a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro.

Naturalmente que, a lomejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juegoy considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclinoa creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre lasbarajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba deuna baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados?¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...

—Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...

En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.

Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto1.000

pesetas a negro.

—¡Por no saber jugar!—murmura un técnico, en discusión con otrojugador—. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el quehaya ganado ese señor?

Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta ycuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va adestruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?

—Oye, dame dos duros—dice una voz femenina.

—Pídeselos a Marquet—contesta una voz masculina.

—Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...

—Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto—le diceuna amiga a la pedigüeña.

—¿Cuarenta mil pesetas? Y ¿a quién se las has perdido?

—Se las perdí a varios. Si fuese para comer, no me las hubiesen dado...

Un jugador abandona su asiento con cara de malhumor.

—¿Perdió usted mucho?

—No. Perdí poco; pero lo que más me indigna es ver ganar a los amigos.Que yo pierda, pase. Que ganen los desconocidos, pase. Que ganen losamigos, eso, francamente, me desespera.

Se oye la voz del empleado, que domina todas las otras.

—¡Hagan juego, señores...!

La mesa se llena de miles de pesetas. ¡Y luego diremos que el dineroespañol carece de audacia y que está dormido en las cuentas corrientes!

III

LOS BOLSILLOS Y EL ESPÍRITU DE PROPIEDAD

VIENDO, en el Casino, a los empleados de las mesas de juego, se me hanvenido a la memoria las reflexiones de un oso: el oso Atta Troll,inmortalizado por Heine.

Según Atta Troll, los hombres son unosanimales infelices y depravados, y todo su mal proviene de la invenciónde los bolsillos. Si los hombres no usáramos bolsillos, no habría entrenosotros egoísmo, no habría ambición, no habría tuyo y mío, nohabría propiedad, no habría tiranía... Seríamos como unos osos dediferente especie, serios y dignos, aunque aficionados a la danza.Desgraciadamente, un día los hombres inventaron los bolsillos, y desdeentonces cada uno trata de meter en los suyos lo que debiera estar a ladisposición de todos...

En el Casino de San Sebastián, los empleados de las mesas de juegocarecen de bolsillos. La dirección del establecimiento, como el oso deHeine, cree que, despojando de bolsillos a los hombres, se suprime enellos el sentido de la propiedad, y a medida que los empleados llegan,hace que cambien sus trajes por unos trajes especiales, en los que nohay medio de guardar ni una sola perra chica. Los empleados pueden, así,manejar todas las noches miles y miles de duros sin la menor emoción.

Situvieran bolsillos, tendrían, con ellos, el sentido de la propiedad, yal pensar que todo aquel dinero era un dinero ajeno, sufrirían tormentosespantosos. Sin bolsillos, esto es, sin sentido de la propiedad, no seles ocurre nunca guardarse un duro de nadie.

Juegan con el dinero comojugarían con chinas al borde de la playa. Las fichas de 1.000 pesetas nolos tantalizan ni poco ni mucho. Su estado de espíritu es igual al delos osos, para quienes no existe el concepto de la propiedad individual.

Yo creo que todos los concurrentes al Casino debiéramos tomar ejemplo delos empleados, y no penetrar nunca en las salas de juego con nuestrostrajes de costumbre.

En vez del smocking, debiéramos ponernos también,para ir al Casino, unos trajes desprovistos de bolsillos. De este modono se nos ocurriría nunca ganar el dinero de la banca y nos ahorraríamosel nuestro. Y, aunque se nos ocurriese, no podríamos intentarlo, porquenos habríamos dejado la cartera en casa.

Mientras tanto, esto es, mientras la supresión de los bolsillos no seextienda de los empleados a los clientes, la cosa nunca podrá tener elvalor de un ensayo social. Y es que, detrás de estos empleadosdesbolsillados que cantan los plenos y los colores, uno ve,imaginativamente, unos bolsillos enormes, profundos e insondables,adonde afluye el dinero de todos nosotros.

Todavía es tiempo de que suprimamos nuestros bolsillos. Y si no lossuprimimos ahora, espontáneamente, tendremos que suprimirlos muy pronto,por inútiles...

IV

UN NUEVO SISTEMA PLANETARIO

LAS cuatro de la mañana. El Casino, que es como si dijéramos todo SanSebastián, ha cerrado ya sus puertas. No queda ni un soloestablecimiento abierto. Los serenos, únicos transeúntes de la ciudad,marcan lentamente sus pasos en el silencio profundo.

San Sebastiánduerme.

Desde mi balcón, sin embargo, en el hotel de enfrente, yo veo unaventana iluminada. Estas ventanas iluminadas a las altas horas de lanoche han constituido siempre un gran motivo literario, y, últimamente,constituyen un poderoso motivo detectivesco. A mí me interesan en ambossentidos.

—¿Quién habrá en esa habitación?—me pregunto—. ¿Será un enfermo quese revuelca sobre su lecho de dolor? ¿Será acaso un avaro contando sutesoro? ¿Será un veraneante en lucha con las famosas pulgasdonostiarras? ¿Será, tal vez, un poeta que sacrifica su sueño paraescribir, al dorso de una cuenta sin pagar, versos y más versos en honorde una amada que no existe? ¿Será una hermosa admirándose a sí mismaante el espejo, o será, quizá, una ex hermosa empastándose las arrugas yarrancándose las canas? ¿Serán unos recién casados? ¿Será un sabio?¿Será un espía alemán...?

Yo apostaría a que es un jugador dedicado al ejercicio de la cábalasobre un plano de la ruleta. La ruleta viene a ser algo así como unsegundo sistema planetario. Se trata de descubrir sus leyes y de fundaruna ciencia que sea, con relación a la ruleta, lo que es la Astronomíacon relación al Universo. Millares de hombres se han consagradoheroicamente a la causa y le han hecho todos los sacrificios: el de suinteligencia, el de su tiempo, el de sus cuartos... Hasta ahora, sinembargo, no hay una verdadera ciencia de la ruleta. Los jugadores quepresumen de científicos, que leen la revista de Montecarlo y que hacensus posturas con arreglo a un plan, no pasan de ser algo semejante a losantiguos astrólogos.

No existen aún astrónomos de la ruleta. Acaso mi vecino sea un nuevoGiordano Bruno, a quien hará quemar el Sr. Marquet en la terraza delCasino. Mientras tanto, las leyes de la ruleta continúan en el misterio.¿Gira la bola alrededor de la ruleta, o gira la ruleta alrededor de labola? He aquí una cuestión bien clara y concreta y que, siendofundamental, no ha obtenido solución todavía. ¿Cómo podrían haberlaobtenido las otras?

—La ruleta—me decía un amateur—es la única obra humanaverdaderamente perfecta. Ríase usted de las pirámides de Egipto. Ríasede la Critica de la Razón Pura.

No hay más que la ruleta. Millares ymillares de hombres han dedicado sus esfuerzos a encontrarle un defecto,y hasta ahora no se lo han encontrado. Hay quien dice que sí, que se loha encontrado, que la ruleta es inquebrantable con tal o cualcombinación; pero no haga usted caso ninguno. El día en que se leencontrara un flaco a la ruleta, la banca se arruinaría, y la ruletadejaría de existir. Mientras exista la ruleta es que no se le hadescubierto la menor imperfección. Y ¿usted ha visto qué equidad la dela ruleta?

Si con un duro quiere usted ganar otro duro, tiene usted un50 por 100 de probabilidades en contra, y si quiere usted ganar dosduros, tiene usted un 75. El riesgo aumenta siempre, matemáticamente, enproporción a la ganancia. No hay nada más justo. No hay nada másequitativo. Si yo fuera escultor y quisiera representar a la Equidad, larepresentaría en forma de croupier manejando una ruleta...

—Una ruleta sin cero—observo yo.

—Claro. Una ruleta sin cero. De tan equitativa que es la ruleta, hahabido que ponerle un cero para garantizarle a las empresas sus gastosinfinitos. Convénzase usted. La ruleta es la única obra humanaverdaderamente perfecta...

Esto decía mi amigo; pero actualmente mi entusiasmo supera al suyo. Paramí, la ruleta es algo más que una obra humana. Es, como he dicho antes,todo un sistema planetario. Los puntos se sientan alrededor de laruleta, y poco a poco van quedándose desprovistos de dinero. ¿Qué leyesdeterminan esta atracción de la ruleta sobre el dinero de las gentes?Acaso mi vecino llegue a descubrirlas; pero, mientras tanto, permanecenen el más sombrío de los misterios. Se sabe el porqué del flujo yreflujo de la mar, se conoce el curso del Sol y el de la Luna, sepredicen los eclipses al minuto; pero cuando la ruleta comienza a darvueltas en un sentido, y la bola en el otro, nadie puede sospechar si vaa darse el 7 o el 13, la primera, la segunda o la tercera docena, elrojo o el negro, la manque o la passe, el par o el impar... Y en elsiglo XX, todo afeitado y vestido de smocking o de frac, uno seencuentra ante la ruleta en el mismo estado de espíritu en que el hombreprimitivo se encontraba ante el enigma del Universo.

V

ROUSSEAU Y ANATOLE FRANCE

ACTUALMENTE sólo funciona un teatro en San Sebastián. No hayespectáculos. No hay baile. No hay restaurants nocturnos... ni apenasdiurnos. La Policía, con el menor pretexto, clausura aquí todos loslugares de diversión y sólo queda para disputarse al veraneante estasdos potencias sobrehumanas: la Naturaleza y el Casino. Juan JacoboRousseau experimentaría un serio disgusto al ver que el Casino vavenciendo.

Anatole France, en cambio, para quien la civilización es unalucha constante del hombre contra la Naturaleza, sonreiría encantado.

Porque no hay duda ninguna: la ruleta tiene mucho más éxito que elpaisaje, con ser tan hermoso el paisaje de San Sebastián. Poco a poco,los alrededores de la bella Easo van quedándose sin clientela. El Casinoles arrebata todos los parroquianos, y este triunfo es tanto másnotable, cuanto que, frente al cielo azul, al verde mar, a los bosquessombríos, al Sol radiante y a las montañas augustas y solemnes, ladirección del establecimiento no ha puesto más que una esfera giratoriacon 37 números.

Es, como si dijéramos, la bancarrota de la Naturaleza. En honor de laverdad, sin embargo, conviene advertir que el triunfo del Casino no hasido cosa muy fácil. La Naturaleza ha hecho esfuerzos prodigiosos. Aveces ha organizado días espléndidos, con una temperatura deliciosa yuna luz ideal. Los más amigos del Casino sentían entonces deseos depasarse al otro bando. Su conducta anterior respecto a la madre común seles aparecía de pronto como una injusticia y experimentaban vivos deseosde rectificarla.

—¿Vamos a encerrarnos en el Casino en un día como éste?—exclamaban—.No, nunca. Sería una verdadera vergüenza...

Pero después de almorzar, el cielo comenzaba a nublarse. Malas lenguasafirman que era el Casino quien preparaba los nublados.

—No hay nada imposible para los croupiers—sostenían.

Naturalmente, que ninguna persona razonable puede considerar en seriosemejantes rumores. Lo indudable, sin embargo, es que el cielo senublaba. Un descuido de la Naturaleza, un momento de debilidad, ¡qué séyo! Entonces millares de personas, hábilmente diseminadas por loshoteles y cafés de San Sebastián, prorrumpían en gritos estentóreos.

—¡La galerna...! ¡La galerna...!—vociferaban.

¿Eran alquiladas estas personas? Yo tampoco lo he creído nunca; pero locierto es que todos los entusiasmos por la Naturaleza se amortiguaban deun golpe.

—¿Lo ven ustedes? Si aquí no se puede salir... No hay más remedio quemeterse en el Casino...

El Monte Igueldo, especialmente, tan bonito y tan próximo a la ciudad,le hacía al Casino una concurrencia terrible. Claro que el Casinohubiese acabado por dominarlo; pero, ¿para qué perder el tiempo?

—Ya que la montaña no viene a mí, yo iré a la montaña—pensó ladirección.

Y la dirección fue a la montaña y puso en ella unos caballitos, y yanadie mira el paisaje, sino los caballitos, y la Naturaleza ha sucumbidouna vez más.

Hoy el Casino no necesita ya hacer esfuerzo ninguno para atraer alveraneante. El veraneante le pertenece por entero. Estos días estáhaciendo un tiempo magnífico, y, sin embargo, los alrededores de laciudad se encuentran desiertos a todas horas. La Naturaleza ha perdidoel prestigio en San Sebastián. Lo ha perdido... a la ruleta.

VI

EL JUGADOR OBJETIVO

ESTO es una ladronera, una perfecta ladronera—dice D. Salustiano—. Nipor casualidad se gana. Va usted a ver...

D. Salustiano coge una ficha de 20 pesetas y la arroja sobre la mesa.

—Veinticinco y veintiocho—exclama—. Caballo...

Luego, dirigiéndose a mí, continúa:

—Son 20 pesetas tiradas... Este año llevo perdidas ya 15.000. ¡Como nose repita lo del año pasado...! ¿Sabe usted cuánto me costó la broma elaño pasado? Pues 7.000

duritos justos. No se gana nunca, nunca...

La ruleta gira vertiginosamente. Los azares despiden de cuando en cuandola bola con un ruido seco. De pronto la bola entra en un cajetín y el croupier canta el número.

—Doce. Rojo. Manque. Par...

—¿Lo ve usted?—suspira D. Salustiano—. Era indudable. No hay manerahumana de ganar.

Y cogiendo ocho duros en fichas, los pone a una «calle». Diez y nueve,veinte y veintiuno.

—Ocho duros más que voy a perder—me dice—. No se gana nunca.

Estádemostrado...

En efecto. D. Salustiano pierde los ocho duros.

—¿Se ha convencido usted?—me pregunta—. Pues para que acabe usted deconvencerse, me voy a jugar cien pesetas a una fila. Las perderé, ya losé, pero no importa...

Como D. Salustiano, hay en San Sebastián infinidad de personas que searruinan para demostrar que es imposible ganar a la ruleta. Porque,desde luego, D. Salustiano está firmemente persuadido de estaimposibilidad. Su juego es a modo de una lección experimental para losamigos y para los espectadores.

Yo me creo en el caso de contenerle.

—No juegue usted más—le digo—. La demostración ya está hecha. Lapráctica ha confirmado suficientemente la teoría. No vale la pena quepierda usted cien pesetas más para persuadir a un convencido como yo.

Pero D. Salustiano insiste.

—Es que no tan sólo se pierde en general, sino que se pierde siempre,todas las veces—exclama.

La fila de D. Salustiano comprendía los seis números que van del 13 al18, inclusive. Sale el 16, y D. Salustiano gana 500 pesetas. Yo voy afelicitarle, pero me contengo. El buen señor está desconcertado. Todossus principios se acaban de caer a tierra. D. Salustiano tenía unaconvicción en la vida: la de que nunca se gana a la ruleta, y he aquíque una bola ciega, un azar incomprensible, acaba de destruir estaconvicción. ¿Qué le queda ahora a D. Salustiano? Nada más que las 500pesetas.

En lo futuro, su existencia carecerá de todo sostén ideal, yserá una cosa baldía...

—Juéguese usted las 500 pesetas a una docena—le aconsejo.

D. Salustiano las juega y las pierde. Entonces su rostro se anima denuevo.

—¿Ha visto usted?—me dice—. Lo de la fila había sido una casualidadque no demuestra nada. Indudablemente, no hay posibilidad de ganar nuncaa la ruleta.

Y cogiendo cinco duros, los tira sobre la mesa:

—Para los empleados...

E N E L R I N C Ó N D E L O S M I L L O N A R I O S

I

EL HIERRO

CADA vez que un bilbaíno me invita a comer, me parece que me da a comerhierro.

El hierro es el pan de Bilbao. Todo ha sido aquí hierro en suorigen, hasta el mármol y el oro de los millonarios de Algorta. Y elmismo chacolí, en estas alegres cenas bilbaínas, me produce un efectoasí como de vino ferruginoso.

Constantemente se denuncian nuevos yacimientos, a veces bajo casashabitadas. Se denuncian calles, se denuncian viviendas, se denuncianamigos y vecinos... Y toda la actividad bilbaína, todo el tráfagogigantesco de la ría con sus hornos formidables que, durante el día,eclipsan al Sol y que enrojecen el cielo por las noches, no son más queun esfuerzo para convertir este hierro en oro y en billetes.

Hay quien dice que el dinero bilbaíno es más valiente que el dinero deotras ciudades españolas. Yo no creo gran cosa en la antropología deldinero. En un caso particular, el dinero puede ser más o menos audaz omás o menos timorato; pero, colectivamente, no hay calidades en eldinero: no hay más que cantidad. El dinero de un pueblo no es cobarde nies valiente, sino que es poco o mucho. Las grandes fortunas, como loshombres grandes, se atreven a cosas que, por regla general, asustan alas fortunas pequeñas y a los hombres chiquitines. ¿Valor? No. Fuerza,peso, volumen.

Además, esto de tener el dinero en acciones es, poco más o menos, comotenerlo en fichas. Uno no le concede el mismo valor que si estuviera enbilletes, y se lo juega.

Todo el mundo pica. Un poeta bilbaíno que mequiso leer unos versos el otro día tuvo que buscar el manuscrito entreunas cuantas navieras que llevaba en la cartera.

Afortunadamente, Bilbao está llamado a tener más dinero cada vez, y unono puede imaginarse su porvenir más que en una visión gloriosa. Hoy porhoy, Bilbao es ya una ciudad donde el dinero se cuenta por millones, yesta ciudad resulta doblemente extraordinaria porque se encuentrasituada en el país de la calderilla.

II

LA REIVINDICACIÓN DE LOS MILLONARIOS

INDALECIO Prieto, el actual diputado por Bilbao, es un diputadosocialista, pero socialista para obreros. Esperemos que, en una próximalegislatura, Bilbao se haga representar en Cortes por un socialista deotra clase: un socialista para millonarios.

La idea de un socialismo para millonarios no es mía, sino de BernardShaw.

Permítaseme adoptarla, sin embargo, para brindársela a loscapitalistas bilbaínos.

Los capitalistas bilbaínos están completamente desamparados frente a susobreros.

Mientras se fundan cooperativas, y se construyen casas baratas,y se crean parques y jardines, y se instalan bibliotecas públicas ybaños municipales, adaptando a los recursos del obrero toda la vida delpaís, ¿quién se acuerda de los millonarios? Un millonario bilbaíno puedegastarse dos o tres millones en un yacht y otros dos o tres en supalacio de Algorta; pero, ¿qué hace luego con los millones restantes?

Hace poco se ha fundado aquí una Compañía para lograr que el kilo demerluza no cueste nunca mucho más de seis reales; pero, ¿dónde está lacompañía que venda merluzas para millonarios a mil o a dos mil duros? Nohay merluzas para millonarios, no hay zapatos para millonarios, no haysombreros para millonarios. Yo he visto al señor Sota el otro día con ungabán que, desde luego, no le había costado mucho más que el mío. Claroque el señor Sota puede comprarse cien, doscientos, quinientos gabanes;pero esto sería una superfluidad. En un país organizado paramillonarios, el ilustre naviero debiera poder adquirir un gabán devarios millones de pesetas. Hoy no puede adquirirlo, y es que elmillonario se encuentra postergado en el mundo.

Mientras todos gozamosde la vida en proporción con nuestros recursos, el millonario, no. Nadiese cuida de los millonarios, y helos ahí teniendo que fundar escuelas yhospitales y que distribuir su dinero en obras de beneficencia.

¡Pobres millonarios! Hasta hace poco, su desamparo se explicaba por surareza. Los millonarios eran escasísimos y no podían imponerse. Pero lascosas han cambiado, y hoy, en Bilbao, ¿quién no está ya en el tercero ocuarto millón?

Ha llegado la hora de las grandes reivindicaciones. La sociedad tendráque dejarles un puesto a los millonarios, y si no lo hace, yo,millonario, dimitiría.

III

EL HOMBRE QUE SE VENDIÓ BREA A SÍ MISMO

CUANDO un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto nosignifica necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo,las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Ycuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente,esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en supoder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor,sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el queunos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasenla vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Yquien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla detraviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Yquien habla de brea, habla de barcos. Y así sucesivamente.

Yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientastoneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. Apoco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea.En Maxim's hubiese pedido whisky, pero en el café del bulevar se ledesarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladasde brea, y cuanto antes, mejor. Pasaron días, y los deseos de mi amigofueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, enrealidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella sepuso a ofrecerla.

—¿Quién quiere brea?—dijo—. Yo puedo venderla en excelentescondiciones.

—¿Vende usted brea?—le preguntó un señor—.Pues yo le compro a ustedtrescientas toneladas.

Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador nocompraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince díasantes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó serprecisamente mi amigo, el cual, siendo vendedor de sí propio, no pudorobarse gran cosa y sólo perdió la comisión.

¿Cuántas operaciones de este género no se harán diariamente en Bilbao?¿Cuántos hombres que ni hacen clavos, ni tienen fábricas de clavos, nise dedican a industrias para las que necesiten clavos, no vivirán de losclavos en esta ciudad? Es el comercio, el honrado comercio, genio delmundo moderno.....

IV

EL VASCUENCE

YO he creído en el vascuence hasta que lo he oído hablar. Ahora tengo laidea de que hay trescientas, cuatrocientas, tal vez quinientas palabrasde vascuence, y que todas las otras son una hábil invención. Me heenterado, por ejemplo, de que mientras los vascos españoles le llaman altenedor tenedoróa, los vascos franceses le dicen fourchetóa. En unaesquina, y al lado de un letrero que decía «Calle de Echembarrena», otroletrero ponía «Echembarrena kalia». Y cuando me dijeron que el segundoletrero estaba en vascuence, yo me reservé unas dudas bastante serias.Luego he oído decir «genté elegantía», por gente elegante, y otras cosasanálogas. A veces, una palabra como «oguía», que significa pan, ledesconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado dehogaza.

—No se fije usted—me dijeron algunos amigos—. Los que dicen«tenedoróa» y

«genté elegantía» no saben vascuence; pero pregúnteleusted a Mourlane Michelena...

Y en fuerza de oír esto he llegado a deducir que existe en efecto unrico vocabulario vascuence, y que Mourlane Michelena es su únicodepositario.

¿Qué hará con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que setenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujerpara uno solo; pero no me explico que nadie tenga un teléfono ni unidioma para usarlos exclusivamente consigo mismo.

¡Habrá que oír a Mourlane Michelena en sus monólogos aglutinantes yprearios!

Pero, por otro lado, yo no puedo menos de felicitar a unhombre que, en medio del tráfago bilbaíno, se encuentra de pronto estetesoro de un idioma perdido durante tantos siglos.

Me explico que se coleccionen las palabras de vascuence con un espíritude numismático, como pudieran coleccionarse raras, preciosas einteresantísimas monedas antiguas. Por mi parte, es con ese espíritu conel que las oigo; pero los

«tenedoróa» y los «elegantía» me producen elefecto de duros sevillanos entre monedas romanas.

U N A N U E V A B A T R A C O M I O M A Q U I A La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en España. Los alemanesse han rendido, pero no así los germanófilos, quienes siguen apoyando alkáiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestraparte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan lalibertad, la democracia, el derecho de pueblos, etc., etc.

Es una nueva Batracomiomaquia, de la que el autor—modesta ranabeligerante—le ofrece algunas notas a su público.

I

LA GUERRA SOBRE EL PAPEL

SI los alemanes perdieron la guerra, no fue por culpa de los críticosgermanófilos.

Los críticos germanófilos han combatido con tanto ardorcomo el más heroico de los soldados alemanes. Fabián Vidal y ManuelAznar pueden decir el trabajo que costaba desalojar a los críticosgermanófilos de ciertas posiciones. Se destruían los últimos nidos deametralladoras, Ludendorff ordenaba la retirada y los ejércitos aliadosavanzaban, pero Armando Guerra no se rendía tan fácilmente. En susmapas, la línea alemana manteníase intacta hasta tres o cuatro díasdespués.

Cuando las tropas alemanas obtenían algún éxito, los críticos alemaneslo anotaban como un éxito propio, y en sus periódicos les aumentaban elsueldo.

—Estoy avanzando en Rusia, en Servia y en Rumania—debió de decirle asu director—. He echado de todas partes al crítico de la Corres, ycreo que esto bien vale los doscientos duros...

En 1916, los críticos germanófilos llegaron a entrar en Verdun, en elpropio Verdun, y si luego abandonaron la plaza, fue, sencillamente,porque el kronprinz no los siguió, y los pobres se encontraron allísolos, sin contacto ninguno con el ejército alemán...

Han luchado como unos héroes los críticos germanófilos; pero,últimamente, las cosas les han salido algo mal, y yo temo que lesrebajen el sueldo, por la misma razón en virtud de la cual se losubieron un día. En vano tratan de justificarse. Uno de ellos decíarecientemente que el avance aliado carecía de mérito porque, segúnconfesión francesa, los alemanes andaban escasos de armas. Pero ¿por quéandaban escasos de armas los alemanes? Pues simplemente porque losaliados les tomaron más de cuatro mil cañones desde el mes de julio.Supongamos que yo me lanzo con un cuchillo sobre el lector. El lectorretrocede, para el golpe, y se pone a forcejear conmigo hasta que logradesarmarme. Luego me ataca con mi propio cuchillo, yo huyo, y ElDebate, comentando el suceso, escribe: «La huida del Sr. Camba noconstituye éxito ninguno para su lector, porque el Sr. Camba estabadesarmado...»

II

EL PUEBLO DE LOS GASES LACRIMANTES

UNA de las cosas que más le han servido a Alemania es la afición a lamúsica. La gente no cree que los alemanes puedan ser crueles.

—¡Qué van a ser crueles!—dice la gente—. ¡Unos hombres tan tiernos!¡Tan dulces! ¡Tan musicales!...

Son muy musicales, en efecto, los alemanes. Al más encarnizadoperseguidor de armenios se le haría llorar tocándole una melopea.Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armeniomientras sonaba la música. La sensibilidad ante la música no tiene paramí mucho más valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puedeconstituir una prueba de bondad, esta bondad no pasará nunca de ser unabondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solíantocarles el acordeón a los antropófagos africanos, a fin de ver si erancivilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar labondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.

Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en elcinematógrafo.

Yo recuerdo, a propósito de la ternura alemana, unaNochebuena que pasé en Berlín.

La patrona de mi casa de huéspedes habíacomprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar conampollas de cristal coloreado, con algodón hidrófilo, con cintas deplata y oro, con bombillas eléctricas, con lentejuelas y con toda esapacotilla sentimental a que había allí tanta afición. Sobre una mesaestaban los regalos que unos huéspedes se hacían a otros. A mí me habíanregalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta«pfening», un tomo de poesías de Schiller, unos tirantes y un grupoescultórico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Llegó lahora solemne. Se encendió el árbol, y la patrona produjo un gran jarrode vino caliente con especies aromáticas. Comenzamos todos a berrear entorno del pino:

Weinachtsbaume... Weinachtsbaume...

Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y,al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad?¿Vino? ¿Música?

¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, micajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico dePsiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecíaindigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además,yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por lahumedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen laslágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado elhipo.

¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropellode Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenidotambién en el bombardeo de París!...

Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionadosal opio.

Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie desentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de susúltimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.

III

SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO

TERMINADA la guerra no hemos resuelto nada.

Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fierosmales.

—¿Lo ve usted?—me dice un germanófilo—. Si los alemanes hubiesenganado, no ocurriría nada de esto.

Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, estegermanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, elproblema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todosseríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todosfuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo nohabría conflictos internacionales, sino que no habría tampocodiscusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Losfilósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideashechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las quese hacen en casa?

El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. Lacuestión de las lenguas—el polaco, el armenio, el catalán,etc.—desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán.Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar,y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseospúblicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unosbancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especialespara los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuandoestuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unasgafas, estudiarían los diferentes letreros:

—¿Soy yo candidato?—se preguntaría Manolín—. ¿Soy una niñera?...

Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendría nada que hacer,y el Estado alemán se encargaría de todo. Uno cobraría, y el Estado sele llevaría a uno el dinero.

Uno fumaría, y el Estado escupiría por uno.En España, es probable que la situación no hubiese variado gran cosa.Tendríamos también, seguramente, un gobierno Maura y un régimen decensura; pero como toda Europa estaría en condiciones análogas, noconstituiríamos una excepción.

¡Qué orden, qué paz, qué tranquilidad las del mundo si, en vez detriunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadiese hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta losalemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.

IV

EL LIBRO FUTURO

UN periódico, y no por cierto un periódico aliadófilo, hablando deldestrozo de Alemania, decía: «Es inútil que los alemanes pretendanprotestar. ¡Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender comohombres!...» Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran comomujeres lo que no han sabido defender como hombres.

Antes bien, lobailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Según el DailyMail—en una carta de su corresponsal en Berlín—la antigua capital delimperio se divierte como en sus mejores días. Alemania estádeshaciéndose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses losacrificaban todo por ella, hoy le dedican al fox-trot sus energíasrestantes.

—¿Es posible tanta depravación?—preguntará el lector.

Y yo, que he vivido dos años entre alemanes, le contesto:

—Sí; es posible. Y es posible... porque no es depravación.

A comienzos de la guerra, muchas gentes no creían que los alemanesfueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos depasajeros. Yo sí lo creía. Y

no es que yo tuviese de los alemanes peorconcepto que mis interlocutores, sino que tenía un concepto distinto.Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño enla guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio,opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser unexcelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones decarácter más elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre delMont-Blanc, como decía no sé quién, serían inaccesibles; mujeres que hancaído mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos más pura que la deuna niña de seis años. Parece que no se enteran nunca.

Pues lapsicología de estas mujeres podría acaso servir para explicar la de esealemán que con una rosa entre las páginas de un libro de versos se iba,tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados deParís...

Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berlín arde en fiestas.¿Depravación?

Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se hanenterado aún del resultado de la guerra. Saben que su ejército ha sidovencido; saben que el Káiser ha abdicado; saben todo esto vaga yconfusamente; pero no saben nada más.

Dentro de veinte años, sin embargo, las cosas cambiarán radicalmente.Hacia esa época, un sabio profesor habrá publicado una obra enorme enmuchos volúmenes muy gordos, estudiando la guerra, no sólo en su aspectomilitar, sino en su aspecto social, en su aspecto político, en suaspecto económico y en todos sus aspectos.

Probablemente, la primeraparte de esta obra estará dedicada a las guerras de la Edad Antigua,cuando aun no existía Alemania. Quizás el autor habrá hecho también unestudio detenido sobre la catapulta, considerándola como punto de origendel mortero del 42. Y entonces, toda una generación de alemanes secalará las gafas, se pasará las noches en claro estudiando y se enteraráexactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.

Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hastaveinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven lapunta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerraeuropea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música.Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todoslos saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania enterallorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.

Y, mientras tanto, en el Palais des Dances, Alemania ríe a cien marcospor hora.

L O S M É D I C O S

I

EN DEFENSA DEL RESFRIADO

EL Congreso Médico de Madrid ha sido, según parece, uno de los mejoresCongresos Médicos celebrados en el mundo, y de aquí en adelante,nuestros sabios doctores van a curárnoslo todo: el cáncer, latuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc.,etc. ¡Muy bien, señores médicos! ¡Admirable! Pero

¿qué me dicen ustedesdel resfriado?

Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, nipadezco de tuberculosis, ni tengo cáncer ninguno. En cambio, meencuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qué razón han detratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y deestornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me hanauscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo queyo he contestado que, desde luego, me canso mucho más que al bajarlas,me han obligado a respirar fuerte, y, por último, con un gesto deinfinito desdén, me han dicho:

—¡Bah!... Usted no tiene más que un simple resfriado...

¡Un simple resfriado! ¡Y yo que me creía poseedor de una enfermedadimportante!...

Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces misombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.

—El fracaso es evidente—decía yo para mis adentros—. ¿Con qué cara mepresento ahora ante los amigos?

Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada,solicito para el resfriado la atención de la ciencia y el respeto de lasfamilias. Convengo en que la tuberculosis es más dramática que elresfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue también ciertacategoría. Si el gato es el tigre del pobre, como decía no sé quién, elresfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosismodesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no puedendejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar airepuro. ¿Por qué este desdén hacia el resfriado en una época tandemocrática?

Yo sospecho que es, sencillamente, porque los médicos no saben curarlo.Y es inútil que me hablen del cáncer, de la lepra, de la tuberculosis,etc. Mientras los médicos no curen los resfriados, yo no creeré en laMedicina.

II

EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGÍA

A un amigo mío le tenían que operar de la apendicitis.

—Voy a quedarme arruinado—me dijo—; pero no tendré más remedio queacudir a un gran cirujano.

Era un amigo querido, y yo me alarmé.

—No haga usted semejante cosa—le respondí—. Llame usted a unmedicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barberoo a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El grancirujano le considerará a usted el apéndice así como un virtuoso delviolín puede considerar la Sonata de Kreutzer, y de una manera muyartística, le matará a usted...

Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la cirugía. Rodeado de uncoro de admiradores se dirigió a una mesa de mármol, donde,convenientemente narcotizado, yacía el enfermo. El virtuoso cogió unaspinzas y un bisturí y se dirigió a nosotros.

—Para la mayoría de los cirujanos—nos explicó—esta operación noofrecería dificultad ninguna. Es una operación sencillísima, que estáresuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sinel menor peligro. Comprenderán ustedes, sin embargo, que después dereunir aquí a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectación.Las posibilidades quirúrgicas son ilimitadas para todo médico que tengasangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo unprocedimiento inédito y completamente personal. Es un procedimientopeligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya sabenustedes, señores, que a mí no me arredra el peligro...

Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanzó sobre elenfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, había comenzado acantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse yrompieron a aplaudir.

—Van ustedes a ver con qué rapidez procedo—añadió el gran cirujano—.Toda la operación se reduce a tres trazos. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!...

El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dejó de cantar.

—Se le va el pulso—observó un ayudante.

Otro ayudante cogió con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y sepuso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue inútil. Al pocorato el enfermo había muerto.

—¡Qué lástima!—exclamó uno.

—¡Verdaderamente!—exclamó otro, que quizás fuese yo mismo—. Estepequeño detalle enturbia un poco el éxito de la operación...

El príncipe de la cirugía se lavó las manos, y si alguien se ha lavadoalguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre.Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se veía un guardia...

Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que yafavorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesitausted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usteda un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llameusted a un gran cirujano...

III

LA VIRUELA OBLIGATORIA

CUANDO se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo seindignó.

—Que se vacune el que quiera—solía decirse—; pero ¿y si a mí se meantoja tener viruelas?

Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino...Libertad de escupir...

Libertad de tronchar los árboles... ¡Con quéahínco defiende todas estas libertades el español!

—Desengáñese usted—me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria—,España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo quele da la gana...

—Yo no—le contesté—. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé lagana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantosseñores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nuncalo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, essencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer lanuestra...