La Rana Viajera by Julio Camba - HTML preview

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—Ya no hay toros. Ya no hay emoción. ¡Vaya un veranito el que nosespera!

Y yo, condolido, le di lo que consideraba un buen consejo.

—Váyase usted al Congreso—le dije—. Un viejo aficionado como usted nolo pasará allí del todo mal.

X

EXPERIENCIAS DE UN ATROPELLADO

UN amigo mío ha sido atropellado por un automóvil.

—He tenido que pasarme quince días en cama—me decía este amigo,contándome el percance—; pero ahora no les quedará más remedio quedarme una indemnización.

—¡Error profundo!—exclamé yo—. Lejos de valerte una indemnización, elatropello te costará un ojo de la cara. Yo también he sidoatropellado—añadí con orgullo—, y gracias a que la cosa me cogió conalgún dinero. Si llego a encontrarme desprevenido, a estas horas metendrías aún gimiendo amargamente en el fondo de una mazmorra.

Y para convencerle, le conté al amigo mi experiencia personal. Fue enBarcelona, hará cosa de unos dos años. Estaban conmigo Luis Bello,Eugenio Xammar, Wenceslao Fernández Flórez, Gregorio Martínez Sierra yAnselmo Miguel Nieto, cuando un automóvil me atropelló en la calle delConde del Asalto. El automóvil llevaba una velocidad justa paraatropellar a los transeúntes, pero que, con arreglo a las Ordenanzasmunicipales, resultaba excesiva. Fui transportado a una farmacia, ymientras me curaban, apareció el chauffeur, bastante indignado. El chauffeur pretendía que su automóvil no había chocado conmigo, sino alcontrario, que yo había chocado con su automóvil.

—Usted—gritaba—se ha echado encima de nosotros.

—Pero ¿con qué objeto?—le preguntaba yo.

A lo cual el chauffeur hacía un gesto vago como diciendo:

—¡Lo ignoro! Seguramente sería algún objeto inconfesable...

En vano yo le hacía observar al chauffeur que al atravesar la calledel Conde del Asalto ni yo ni ninguno de mis amigos llevábamos exceso develocidad. El chauffeur insistía, y los espectadores comenzaban asospechar que yo era un hombre cruel dedicado a atropellar por gustoautomóviles indefensos.

De la farmacia nos fuimos a la Casa de Socorro, y de la Casa de Socorroa la Comisaría. Entablé mi reclamación y me fui a la cama, donde, a losquince días, recibí una comunicación del Juzgado de Atarazanas.

—Por fin ha llegado la mía—pensé.

Pero, al leer la comunicación, sufrí un horrible desengaño. El juez mecitaba a las nueve de la mañana para ver el estado de mis heridas, y meamenazaba, en caso de que yo no acudiese a la cita, con una multa, conla prisión o con el castigo «a que hubiese lugar»... Yo soy untrasnochador impenitente. Para hacerme levantar temprano se han ensayadoconmigo todos los procedimientos, desde el despertador de campana aljarro de agua fría; pero el de la multa y el de la prisión erantotalmente inéditos. ¿Qué iba a ser de mí si no me levantaba? Y todoporque en un momento de distracción me había dejado atropellar por unautomóvil...

Le escribí al juez informándole de mis costumbres. «Además—le decía—,¿para qué quiere usted ver mis heridas? Si están curadas, no vale lapena de que usted las vea, y si no lo están, me será difícil abandonarla cama para ir a enseñárselas a usted. En realidad de verdad, debocomunicarle a usted que mis heridas son bastante leves, por lo cualespero que no me tratará usted con excesivo rigor. Me he dejadoatropellar, lo reconozco; pero he procurado que me atropellasen lo menosposible, y mi delito no tiene, por lo tanto, una gran importancia. En losucesivo, haré todo cuanto esté en mis manos para que no vuelvan aatropellarme.»

Ignoro si esta carta llegó a poder del juez, pero yo recibí una segundacitación mucho más conminatoria que la primera. Me vi ya en presidio. Mevi deshonrado para toda la vida, y huí abandonando cuanto tenía entremanos.

Y luego de relatarle estos hechos al amigo que me los recordó, le dije:

—Desengáñate. Cuando en este país le atropellan a uno, no hay másremedio que callarse. Si uno no se calla, los atropelladores, parajustificar el atropello, vuelven a atropellarle. A veces le atropellan auno los chauffeurs. A veces, los ministros. Si quieres que no teatropellen, yo sólo veo un camino para ti: el de que te conviertas, a tuvez, en atropellador.

XI

LA JUERGA HEROICA

ANTES de la guerra europea no había cabarets en Madrid ni parecía quepudiese nunca llegar a haberlos. Cuando varios hombres coincidían demadrugada en un mismo restaurant, solían lanzarse unos contra otros enbatallas más o menos descomunales. La juerga tenía entonces entrenosotros un sentido heroico que la ennoblecía. Para tomarse una raciónde calamares pasadas las doce de la noche, hacía falta un ánimo sereno,a más de un estómago excelente, y aunque algunos fisiólogos sostienenque estas dos cosas van juntas y que el valor se deriva del buenfuncionamiento gástrico, yo sé de muchísimas personas que se hanacostado con hambre en Madrid, no por carecer de dinero, sino porcarecer de arrojo. Los dueños de restaurants nocturnos veíanseobligados a dividir sus establecimientos en una especie decompartimientos estancos a fin de contener el ímpetu de los comensales.Cada uno de aquellos compartimientos era algo así como una pequeñafortaleza en donde el trasnochador se encontraba relativamente a salvode agresiones. El juerguista madrileño tenía que atrincherarse con laelegida de su corazón. ¿Cómo concebir, en aquellos tiempos belicosos,que llegase un día en el que los madrileños pudieran mezclarse en unasala bien iluminada donde hubiese weine, weibe und gesang, esto es,vino, mujeres y canciones?

Pero estalló la guerra, y a medida que se cerraban cabarets en Europa,comenzaron a abrirse cabarets en Madrid. Es decir, que los españolesdejamos de pelearnos precisamente cuando empezaba a pelearse todo elresto de la Humanidad... Por aquel entonces llegué yo a Madrid, y unanoche, en un restaurant, me quedé asombrado al ver que los hombres nose arrojaban unos a otros objetos de vidrio ni de porcelana. ¡Y

eso que,indudablemente, todos estaban allí de buen humor y todo el mundo teníaganas de divertirse!... Había en el restaurant unas cuantas francesasque, tratadas algo a fondo, resultaban ser de Zurich o de Rotterdam;había otras mujeres que se declaraban vienesas, pero sin darle a estadeclaración un carácter irrevocable, porque si uno insistía, decían quehabían salido muy chicas de Viena, y que, «en realidad», eran de Dresdeo de Leipzig. Estas mujeres venían a constituir algo así como la resacade Europa. La guerra las había arrojado a estas playas pintorescas, yaquí siguen, ya algo familiarizadas con las costumbres de los indígenas.

Y a estas mujeres—una docena escasa que forman la base de todos los cabarets que se inauguran en Madrid y que son siempre las mismas en elespacio, ya que no puedan serlo en el tiempo—es a las que se debe estatransformación radical que se ha operado en nuestras costumbres. Graciasa ellas, uno puede entrar hoy de noche en cualquier café sin revólver,llave inglesa ni bomba de mano. La menos parisiense, la menos vienesa,la menos joven y la menos elegante de todas ellas, ha hecho más paraidentificarnos con Europa que todos los profesores que han venido aquíen viaje de propaganda. Y yo creo firmemente que sería cosa depensionarlas o, por lo menos, de darles una condecoración.

XII

JULIO ANTONIO

LAS gentes que, en hace cosa de tres meses, desconocían a Julio Antonioy que, hace cosa de un mes, le adoraban frenéticamente, van ahora acontemplar sus bustos de la raza como irían a ver la obra de un clásico.¡Pobre Julio Antonio! ¿Qué es lo que se estuvo esperando tanto tiempopara hacer su consagración? ¿Una obra definitiva?...

Yo tengo lasensación de que se estuvo esperando más bien al dictamen médico.

Añosatrás, Julio Antonio había hecho cosas tan buenas como la estatuayacente, o tal vez mejores; pero, entonces, el artista no estaba aúncompletamente desahuciado. Con un poco de dinero hubiera podido, quizás,reponerse del todo y, un genio en buena salud, es siempre cosapeligrosa. ¿Qué dirían los viejos escultores, cuyas manos se hanencallecido modelando levitas de barro, guerreras, fajines, gabanes depieles y otras prendas más o menos suntuarias? Y no hablemos de lajuventud. El caso de un muchacho que no sigue los cánones oficiales, niadula a los ministros y que triunfa por sus propios méritos, tiene,forzosamente, que constituir para ella un ejemplo desmoralizador...

Llegó, sin embargo, para Julio Antonio el día del éxito, y fue un éxitocomo no se recuerda otro. Las marquesas se mezclaban con las niñeras ylas criadas de servir, haciendo cola a la intemperie, durante horas yhoras, para ver aquella obra, de la que se contaban tantas maravillas.Fue el Rey, fueron los ministros, fueron los académicos, fueron losobispos y los generales.

Los periódicos por aquellos días hablaban de Julio Antonio con tantaextensión como si se tratara del propio Belmonte. Todo eran plácemes,sonrisas, invitaciones, encargos... Yo, en el caso de Julio Antonio, mehubiese alarmado sobremanera.

—¿Tan malo estoy?—me hubiese dicho.

Y Julio Antonio, que realmente estaba muy malo, se murió. Probablementehubiese podido tirar todavía una temporada; pero, yo no sé si poramabilidad o por buen gusto, se murió en plena apoteosis. ¡Hizo bien! Deno morirse, le habrían nombrado académico. Le habrían obligado a hacerestatuas de filántropos repugnantes, de generales a caballo, depolíticos de levita. Hubiera tenido que modelar, con todo su parecidovulgar y ramplón, la cara del hijo ilustre de cada ciudad, que,generalmente, es el cacique de la misma. Hubiese tenido que cambiar suamplio chambergo por una chistera, y su vida bohemia por una vida seriay respetable, y su arte libre por el arte oficial. Hizo bien en morirse,y, además, ¡hacía ya tanto tiempo que no se moría aquí nadierománticamente!...

Pero, a los que vienen detrás, yo no les aconsejaría que siguiesen elmismo procedimiento.

Se le organizó un banquete al que solo yo me negué a ir. «Noiré—dije—, y no porque yo sea un hombre de esos que vacilan muchoantes de asistir a un banquete, sino, al contrario, porque no suelovacilar nunca. Me basta que un amigo estrene un drama cualquiera, quepublique una novela, o, simplemente, que sea nombrado ministro, para queyo me apresure a acudir al inevitable banquete de homenaje; pero JulioAntonio está en un caso muy distinto.

Si Julio Antonio hubiese hecho una estatua del conde de Romanones,vestido de chistera y levita, un monumento a las víctimas del 8 dediciembre o un grupo dedicado a los héroes del 13 de abril, yo lebanquetearía sin inconveniente ninguno. La tortilla sería tan mala comode costumbre, y, sin embargo, yo me resignaría a comerla pensando que nohabía desproporción alguna entre ella y el objeto en cuya conmemoraciónse había confeccionado. Vería en el local a algún ministro más o menossolemne, oiría leer cartas y telegramas de adhesión, escucharíadiscursos llenos de lugares comunes y todo me parecería que sedeslizaba en una armonía perfecta y que era completamente natural. PeroJulio Antonio no ha hecho una obra cualquiera.

No ha hecho una cosapasable, una cosa mediana, ni una cosa buena, sino, muy probablemente,una cosa genial. Y yo, que no tendría inconveniente alguno enbanquetearle si le considerase una ostra, y que quizás le banqueteasetambién aunque le supusiera algún talento, me niego terminantemente abanquetearle después de haber visto esa maravillosa estatua yacente queexpone en el edificio de la Biblioteca Nacional. Es decir, que yo no lerindo homenaje a Julio Antonio por la simple razón de que Julio Antoniono es un imbécil; y esto, que quizás parezca un rasgo de humorismo, noes, después de todo, ni más ni menos que lo que se viene haciendo en lasllamadas «esferas oficiales».

XIII

LA PIEDRA FILOSOFAL

DON Germán Botella, joven físico alicantino, asegura que ha encontradoun procedimiento para obtener oro descomponiendo el mercurio, y nosofrece pruebas.

¿Por qué no nos ofrece algunos billetes de mil pesetas?Repartiendo oro, el Sr. Botella nos podría convencer fácilmente decualquier cosa; pero, sobre todo, nos podría convencer de que tenía oro.En cuanto a que el oro lo extrajese del mercurio o de alguna Embajada,ello sería para nosotros perfectamente secundario.

Perdone el Sr. Botella esta observación de un profano, y no me despreciedemasiado por ella. Si él considera el oro desde un punto de vistapuramente científico, tal vez no haya entre él y yo tanta diferenciacomo pueda parecer a primera vista. Para mí, señor Botella, el oro estambién una teoría...

Pero el Sr. Botella debe prepararse a que la noticia de sudescubrimiento sea acogida con algún escepticismo. ¡Ahí es nadaencontrar oro en España! Al mismo tiempo que el Sr. Botella, hemosestado buscándolo veinte millones de españoles y no hemos logrado aúnpasar de la calderilla. Lo hemos registrado todo sin éxito ninguno, yaunque sabemos que el oro español está prodigiosamente escondido, se noshace un poco fuerte eso de creer que, para librarlo de nuestraspesquisas, sus acaparadores lo hayan mezclado con mercurio.

Por lo demás, si el descubrimiento del Sr. Botella resultase cierto,vendría a constituir, en cierto modo, una reivindicación para losfalsificadores, quienes cuando necesitan dinero no hacen dramas,crónicas ni novelas, como los literatos, sino que hacen dinero. El señorBotella necesitaba oro—con un fin económico o con un fin científico—,y en vez de ponerse a hacer literatura, a hacer sillas o a hacerchaquetas, se ha puesto directamente a hacer oro. Tome ejemplo el lectorespañol, y si no puede hacer oro, trate, por lo menos, de hacerbilletes.

Por mi parte, yo me alegraría mucho de que el descubrimiento del Sr.Botella fuese realmente eficaz. Si se puede sacar oro de ese metalextraño, frío y terapéutico que se llama mercurio, todo el mundo tendráoro próximamente. Por lo menos, todo el mundo tendrá oro en unaproporción equivalente a su cantidad de mercurio. Claro que entonces eloro perderá casi toda su importancia; pero por eso precisamente es porlo que yo, con una intención algo bolchevique, digo que me alegraría...

XIV

LA PESETA

QUE ha subido el precio de los alquileres? ¿Que las patatas están porlas nubes?

¿Que el calzado cuesta un ojo de la cara?... Nada de eso. Esque la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.

Teóricamente, las patatas están donde estaban; pero la peseta no puedeya adquirirlas con tanta facilidad como antes. Antes se reunían quince oveinte pesetas, se iba a una tienda y adquiríase en el acto un par dezapatos bastante aceptables. Ahora, para realizar la misma empresa, senecesitan sesenta pesetas, por lo menos. No es que el coste del calzadohaya aumentado, aunque tal crean los profanos en cuestiones económicas.No. Es que la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.

Los profanos en cuestiones económicas pueden decir que esto es igual, y,en efecto, es igual. Es igual prácticamente; pero, ¿y la teoría?

Por mi parte, cuando yo creía que los alquileres estaban muy caros, meresignaba a vivir en un piso deficiente; pero desde que sé que losalquileres no han sufrido aumento alguno de precio, mi resignación esimposible. ¿Cómo voy a resignarme a pagar muy cara una casa que,teóricamente, es muy barata? ¿Cómo voy a resignarme a que mis pesetashayan perdido su capacidad adquisitiva?

El caso es que, con una peseta, yo sigo adquiriendo diez perras gordassiempre que quiero. La capacidad adquisitiva de las pesetas, conrespecto a las perras gordas, es la misma de siempre, y, con respecto alas monedas extranjeras, es mucho mayor de lo que haya podido serlonunca. Con una peseta se adquieren hoy numerosos marcos, abundantescoronas y liras a profusión. Patatas, en cambio, se adquierenpoquísimas.

La peseta ha perdido su capacidad adquisitiva, peroúnicamente para las cosas, lo que equivale a afirmar que es todo eldinero el que ha perdido capacidad de adquirir.

¡Y el partido socialista protesta!... Indudablemente, no existe ennuestra política otro partido tan burgués. ¿De qué se trata, señores,más que de que el dinero pierda su capacidad adquisitiva? Antes, con laspesetas se compraban patatas. Ahora, con las patatas hay ya quien sededica a acaparar pesetas. Y, dentro de poco, en vez de pesetas, loshombres utilizarán para sus transacciones patatas, chorizos, rodajas desalchichón y cigarrillos de cincuenta.

XV

ESCULTURA KODAK

EN cierta avenida del Retiro hay un grupo escultórico dedicado a D.Ramón de Campoamor. El público, generalmente, lo contempla conadmiración, y esto es muy lógico. ¿Para qué son los monumentos más quepara admirarlos?

—¡Qué naturalidad!—le oí decir un día a una señora en presencia deaquellas figuras—. ¡Parece que están hablando!

Y, en efecto, parece que están hablando. El artista ha dispuesto sugrupo como si fuera a hacer una instantánea al centésimo de segundo.Aquí las personas mayores.

Los niños delante y en pie. Esta cabeza unpoco más a la derecha... ¡Clik!...

Don Ramón aparece sentado en un banco sobre el cual ha dejado unosguantes de mármol y una chistera del mismo material. Tiene unas botas decartera cuyo precio en mármol ignoro, pero que, en cabritilla otafilete, ha debido oscilar alrededor de las veinticinco pesetas. Estasbotas no han llevado nunca tapas ni medias suelas; conservan todos susbotones, y, probablemente, son unas botas recién estrenadas. En cuantoa la chistera, de mármol, como hemos dicho, es maciza, y seguramente nopesa menos de treinta kilos. ¿Cómo se las arreglaría el poeta, yaanciano y sin fuerzas, para saludar con un instrumento tan pesado?

No se indigne el autor del monumento por estos cálculos que yo hagosobre la densidad de la chistera campoamorina. O somos realistas, o nolo somos. Uno no puede, a voluntad del artista, fijar su atención entales detalles y apartarla de tales otros. El autor parece haber puestoun gran interés en hacernos observar que las botas del poeta tienen seisbotones cada una. ¿Cómo podrá luego pasarnos inadvertido el peso deaquella chistera tan ostensible? Y además, ¿qué hace allí aquellachistera, ya que el poeta está descubierto?

Si la escultura representa la eternidad, puede decirse que D. Ramón deCampoamor ha entrado en ella como si no fuera a permanecer más que unosbreves instantes. Ha entrado de paso en la eternidad, con unas botas decartera, y ha dejado al alcance de la mano, para cuando llegue elmomento de retirarse, su chistera de mármol y sus guantes del mismomaterial. A mí me da la idea de que ha ido en tranvía y de que está allíun poco azorado, como en una visita de cumplido. Sus personajes—laanciana de la cofia, la niña que tiene el pecho de cristal, etc.—lerodean, y según decía la admiradora desconocida, parece que estánhablando. Parece que están hablando y hablando en prosa, y esto es lomalo, porque en escultura no se debe hablar. Parecen, en fin, un grupofotográfico de escultura Kodak.

Algunas veces yo había acariciado el propósito de ser un grande hombre,como tantos otros; pero ahora he resuelto renunciar definitivamente asemejante idea.

Mientras la inmortalidad sea una cosa tan parecida a lavida corriente, y mientras en ella deba uno preocuparse también delalmidonado de la tirilla, no creo que valga la pena ser inmortal.

XVI

UN ADMIRADOR

PARECE que hay escritores a quienes el público anima dirigiéndoles, conmás o menos frecuencia, cartas de aprobación. Conmigo, sin embargo, estecaso se da muy raramente, y si yo me hago la ilusión de ser leído poralguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez encuando me envían misivas insultantes a propósito de mis artículos. Yoenseño estas misivas y consolido con ellas, ante las Empresas, miposición y mi prestigio.

—No dirán ustedes—exclamo—que mis trabajos pasan inadvertidos o queno hacen mella. Aquí hay un señor que me llama animal, y otro que meanuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el éxito no admite dudas...

Pero, recientemente, me ha salido un admirador, un verdadero admirador,en la provincia de Guadalajara. «Soy—me viene a decir este hombremagnífico—uno de sus lectores más asiduos y más inteligentes, y me hesuscrito a El Sol con el único objeto de ver los artículos deusted...»

Y desde entonces, yo no puedo escribir, porque la imagen de mi admiradorme obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la plumae inmediatamente me digo:

—¿Le gustará este tema al señor de Guadalajara?

Yo tengo la sensación de que escribo únicamente para este señor, y noquisiera defraudarle. Este señor vive en un pequeño pueblo de laprovincia, donde, por desgracia, yo no he estado nunca. Ignoro enabsoluto la ideología local, y esto pone en mi trabajo dificultadesenormes. De buena gana me pasaría varias noches en claro leyendo, conunas gafas muy gordas, unos volúmenes muy grandes, si a esta costapudiera llegar a conocer las opiniones políticas, estéticas y religiosasque predominan en el distrito. Por desdicha, la cosa es imposible, y yotemo siempre desilusionar a mi admirador. Tal párrafo que acabo deescribir creo que le parecerá vulgar, y lo borro. Pongo en tensión todosmis nervios hasta que se me ocurre una cosa más fina, y entonces measalta un pensamiento terrible.

—¿Entenderá

esto

mi

admirador?—me

pregunto—.

¿No

resultarán

estasconsideraciones demasiado sutiles para un pueblo de pocos vecinos?

Verdaderamente, el señor de la provincia de Guadalajara ha tenido unaidea bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendopor qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores.Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota.

XVII

LITERATURA PATOLÓGICA

DESGRACIADAMENTE, en la literatura española no hay más que genios. Esetipo de escritor culto, ponderado, sano, inteligente y bien nutrido, queLemaitre considera superior al genio y del que pone como ejemplo aAnatole France, no existe entre nosotros. Todos nuestros escritorespertenecen a la categoría genial. Yo mismo, en mi pequeñísima escala,¿qué duda cabe de que también soy un genio? Y esta literatura de geniosen chico viene a ser algo así como un grupo de tullidos que, a la puertade una iglesia, le pidiesen dinero al público mostrándole sus diversasmonstruosidades.

Cuando, en algún escaparate, yo veo un libro mío entre los libros deotros autores españoles, tengo la sensación de encontrarme en una salade hospital esperando, con mis compañeros de dolor, la visita de algunaseñora vieja que no sepa en qué matar el tiempo. La literatura española,en efecto, no es más que una serie de enfermedades, debidas,generalmente, a trastornos sexuales o a defectos de nutrición. El unoestá enfermo del hígado. Al otro se le forman ácidos en el estómago.Este se encuentra amagado de parálisis general progresiva y tienedelirio de grandezas. Aquél padece del bazo... Hay escritor que perderíatodo su interés en cuanto se le aplicasen unas cuantas inyecciones dealgún producto más o menos alemán, o en cuanto se le sometiese a un buenrégimen alimenticio. Y, en realidad, este último caso ya se ha dadovarias veces.

¿Cuántos muchachos que comenzaron haciendo cosasinteresantes no se volvieron idiotas tan pronto como se los llamó a unbuen periódico y se les dio un buen sueldo?

Los directores no seexplicaban la causa, y, sin embargo, era una causa muy fácil decomprender: esos muchachos nunca habían tenido talento. Lo que habíantenido era hambre. Con el estómago normalizado, quedaban al nivel delmás vulgar empleado de Hacienda...

¡Cosa terrible esta de ser un pequeño monstruo y de darse cuenta deello! ¡Horrenda cosa la de saber que nuestra genialidad puede tratarsemédicamente como un flemón o como una enfermedad de los riñones!... Perohay algo peor aún en nuestra literatura: los aprensivos, esto es, losenfermos de enfermedades imaginarias, que, siendo perfectamente tontos,se creen atacados de genialidad...

XVIII

UNA TEMPESTAD EN UNA TAZA DE TE

UN distinguido escritor—decía yo en El Sol—se queja de que losespañoles hayamos adoptado la costumbre inglesa de ponerle una hache alte.» A esto contesta el Sr. Salaverría afirmando que yo miento, porqueél no ha dicho nunca que los españoles hubiésemos adoptado semejantecostumbre. Y he aquí por dónde vengo a enterarme de que el Sr.Salaverría lo ha dicho.

Yo no he nombrado al Sr. Salaverría, no he dado ninguna de sus señaspersonales ni he reproducido ningún párrafo suyo. Y si el Sr. Salaverríano hubiese dicho que los españoles habíamos adoptado la costumbreinglesa de ponerle una hache al te, ¿para qué iba a decir ahora que nolo había dicho?

Al decir que no lo ha dicho, el Sr. Salaverría dice que lo ha dicho. Ysi, diciendo que lo ha dicho, resulta que no lo ha dicho, entonces es elSr. Salaverría quien falta a la verdad, cometiendo así una acción tanindigna de él como de mí, porque el Sr.

Salaverría también esinteligente y también es chistoso. (Los chistosos inteligentes—

escribeel Sr. Salaverría—no necesitan recurrir a la mentira.) Lo que más le ha molestado al Sr. Salaverría, al creerse aludido por mí,es el que yo le atribuya un concepto desdeñoso hacia la hache británica.«Yo ignoro muchas cosas—dice—. Sin embargo, conozco la importancia quetiene la hache para los ingleses.» Pues bien, Sr. Salaverría, todo hasido una broma. La hache no tiene para los ingleses importancia ninguna.El hombre que verdaderamente le ha dado importancia a la hache ha sidousted. Por ella, Sr. Salaverría, no ha vacilado usted en arremetercontra un viejo amigo como yo, llegando hasta a decirme que involucro.¡Oh hache!... Tienes nombre de mujer...

XIX

LA TAZA DE TE

POR si a algún lector le interesa, reproducimos el artículo que ha dadoorigen a la nota anterior.

«Un distinguido escritor se queja de que los españoles hayamos adoptadola costumbre inglesa de ponerle una hache al te. Por mi parte, y aunquehe vivido varios años en Londres, desconozco totalmente esta costumbre.En la gran metrópoli he tomado te de la China y te de Ceylán. He tomadote con leche y te con limón. He tomado te con scones, y con mufirs,y con pan y manteca, y con toda clase de bocadillos, pero no recuerdohaber tomado nunca te con hache. Allí no hay más te con hache que el The Thimes. Los otros tes, como no lleven la hache dentro de algúnbocadillo, se toman siempre sin ella, y, muchas veces, también se tomansin azúcar.

El escritor a quien me refiero ignora, probablemente, toda laimportancia que tiene la hache en Inglaterra. En Inglaterra la hachetiene una importancia social verdaderamente formidable. Es, como sidijéramos, una letra de lujo. Las clases cultivadas la aspiranorgullosamente, pero el pueblo no la pronuncia. Aunque, de derecho, lahache sea allí una letra tan popular como cualquier otra, de hecho noexiste para el pueblo. Y ahora, cuando, cargados de impuestos, los ricosingleses son cada día más pobres, y cuando, mejorados sus salarios, lospobres ingleses son cada día más ricos, ¿qué barrera es la que, enInglaterra, separa a unas clases sociales de otras? La hache... Ymientras una revolución no destruya esa letra aristocrática, yo, como elSr.

Vázquez Mella, no podré creer que la democracia inglesa es una cosaperfecta.

En España, país de los viceversas, son sólo algunos pobres campesinosandaluces quienes pronuncian la hache. Las demás gentes se limitan ausarla como un elemento decorativo, y mientras unas se la echan al te,otras se la ponen a las toallas. ¿Qué más da? Pero conste que la hachecon que algunos españoles amenizan su te no es inglesa, ya que losingleses escriben tea, que pronuncian ti. Convengo en que a muchosincautos, un te con hache les parecerá más inglés que sin ella. Noobstante, yo sospecho que esa hache es de manufactura catalana, y, envez de combatirla estérilmente, creo que debiéramos unir nuestrasfuerzas a las de un señor que en un gran hotel protestaba, días atrás,contra la frase five o'clock, empleando una argumentación llena delógica.

—¿No somos españoles?—decía aquel caballero—. ¿No estamos en España?Y

entonces, ¿por qué hemos de llamarle five o'clocks a losbocadillos?»

E N L A T I E R R A D E L O S P O L Í T I C O S

I

EL VIAJE

DE cada mil gallegos puede decirse que han estado en Buenos Aires lomenos novecientos. En cambio, apenas si dos o tres se habrán atrevido allegar hasta Madrid.

Hay muchas razones que expliquen este hecho; perola principal es que, para ir a Buenos Aires, un gallego no necesita másque veintitantos días; y ¿qué son veintitantos días comparados con laeternidad? (Por eternidad, naturalmente, yo entiendo, en este caso, elviaje a la villa y corte.) Al gallego, hombre de espíritu aventurero, no le arredra laincertidumbre de su porvenir en tierras de América, ni le atemorizan lospeligros del inmenso Tártaro. Va a Buenos Aires por afán de ver mundo,aun suponiendo que, una vez allí, no se hará millonario ni nada, y que,al volver, no podrá darse el pisto de fundar un hospital, ni un grupoescolar, ni siquiera una modesta fábrica de conservas. Va a hacer dedependiente, de criado, de cochero, de lo que sea... En cambio, cuandoun gallego se arriesga a ir a Madrid, es con el propósito firme dellegar a ministro. Cualquier otro cargo inferior a éste no lecompensaría de las fatigas del viaje...

Yo no he sido ministro todavía; pero mis paisanos no desesperan de quellegue a serlo. Si yo me dedicara en Madrid a hacer sillas, mis paisanoscreerían que las hacía para conseguir una cartera. Hago artículos, y nose imaginan que pueda hacerlos más que para trabajar mi nombramiento. EnGalicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de ira Madrid para no volver de ministro...

Y, probablemente, mis paisanos tienen razón. El viaje entre Madrid yGalicia no se debe hacer más que con un ideal muy grande. Cuando yovenía hacia acá, me encontré en el tren con mi compañero DomínguezRodiño, quien se proponía tomar en Vigo un vapor hasta Ámsterdam paraentrar luego en Alemania y ver si desde allí podía trasladarse a Moscou.

—Es un viaje penoso—me decía Rodiño.

—¡Bah!—le contestaba yo—. La dificultad está en llegar a Vigo. Lodemás es un paso.

Ya en Vigo, Rodiño parecía un poco arrepentido de su proyecto.

—Va a ser una lata—exclamaba—eso de atravesar ahora la frontera deRusia. Al salir de Madrid yo estaba mucho más animado.

—Cosas de la edad. Entonces era usted bastante más joven.

¿Por qué marchará tan despacio el tren de Madrid a Galicia? Algunoshablan de falta de carbón; pero esto es inexacto. En los respaldos y enlas almohadillas de los asientos hay carbón a toneladas. Este carbón,admirable depósito de calórico, mantiene los coches a una temperaturaelevadísima. Yo creí que no lograría nunca sacarme de encima todo elcarbón del viaje. Al llegar a Vigo me miraba al espejo y me costaba grantrabajo reconocerme como un individuo perteneciente, en relación más omenos directa, a la gran familia aria.

—¡Que un hombre del tronco indogermánico llegue a verse así!—exclamabapara mis adentros.

Y, blandiendo un áspero estropajo, yo pensaba que, para hacer de Españaun todo ordenado y armónico, puede haber varios procedimientos; pero queel primero debe consistir en unir materialmente unas regiones con otrasconstruyendo caminos y ferrocarriles que anden.

II

LOS POLÍTICOS

GALICIA es una tierra de sardinas y de políticos. Las sardinas nacenunas de otras, y los políticos, también. Para ser un político gallego,lo primero que se necesita es ser pariente de otro político gallego. Elhijo de un gran político gallego tiene, desde su nacimiento, categoríade ministro; el sobrino tiene categoría de subsecretario o de directorgeneral, y así sucesivamente. Y cuando uno no es hijo ni sobrino deningún político gallego—cosa rara, dada la portentosa facultad dereproducción que caracteriza a esta especie—, entonces tiene uno quehacerle el amor a una de sus hijas o a una de sus sobrinas. Huelgaadvertir que a los que emparentan por este procedimiento con losprohombres de la política se les llama parientes políticos.

Luego, el nuevo político se va a Madrid y comienza a pedir. Pidemuelles, dársenas, puentes, carreteras, grupos escolares, ¡lo que haya!Un día, paseándome por los pasillos del Congreso con un prócer de lapolítica, vimos aparecer a lo lejos la figura de un diputado paisanomío.

—Vamos a darle esquinazo—me dijo el prócer—; porque, en cuanto medescuide, ese hombre me saca un puerto...

Hay quien le concede mucha importancia a un puerto, aunque sólo sea detrescientas o cuatrocientas mil pesetas. Sin embargo, es mucho más fácilque un amigo le dé a uno un puerto que no una escribanía de bronce. Aveces, para captarse la buena voluntad del ministro, el diputadopedigüeño le regalaba una caja de puros. ¡Una caja de puros por unpuerto! Otras veces no había puertos disponibles.

—¡Un puerto! ¿No le sería a usted igual un puente?

—¡Hombre! Yo les he prometido un puerto...

—Es que la consignación para esa clase de obras está completamenteagotada.

Anímese usted y llévese un puente. Podemos darle uno magnífico.

El diputado iba resignándose.

—Si, a lo menos, tuviésemos un río...—exclamaba, ya medio convencido.

Y, al final, acababa por llevarse el puente, ya que el caso era llevarsealgo.

Se le daba un puente al pueblo que necesitaba un puerto, y el queesperaba el puente tenía que arreglárselas con un grupo escolar. Elmarqués de Riestra, padre espiritual de todos los políticos gallegos,aportaba a las obras sus maderas, sus ladrillos, su cemento y sus otrosmateriales de construcción. Los pueblos, agradecidos, hacían fiestas.Los diputados salían reelegidos, y todo el mundo estaba contento.

Al ver ahora todas estas carreteras, todas estas escuelas, todos estosmuelles y todas estas dársenas, yo tengo la sensación de que alguienestá de días y que los amigos y parientes le han llenado la casa deobjetos inútiles y aparatosos. ¡Veinte escribanías, una

docena

debastones,

otra

docena

de

paraguas,

quince

pitilleras,

doscientoscubiertos de plata Meneses!... ¡Con la falta que, a lo mejor, le hace alfestejado un gabán de invierno o una mesa de despacho!...

III

LA GRACIA GALLEGA

CUANDO un andaluz se pone a decir: «¡Vamoj, hombre! ¡Mardita zea! ¡Mijtequej grande!», y todo el mundo le escucha con gran contentamiento, comosi dijera algo sumamente ingenioso, yo me abismo en amargas reflexiones.

—He ahí un hombre con gracia—me digo—. ¡Y pensar—añado—que si esehombre hubiese nacido en la provincia de Pontevedra no tendría gracianinguna!...

A un pontevedrés, en efecto, le es mucho más difícil caer en gracia quea un sevillano. Desde luego, como no se le ocurra nada más que decir:«¡Vamos, hombre!»

«¡Maldita sea!» y «¡Mire usted que es grande!», elpontevedrés irá a un fracaso absoluto. El pontevedrés no tiene gracia denacimiento. Las gentes le exigen una gracia de concepto, mientras que alandaluz le basta con el acento. Si se le hubiese quitado el acento a lasobras de los hermanos Quintero, haciendo que sus personajes vocalizarantodas las letras con arreglo a la prosodia oficial, los hermanosQuintero no hubiesen entrado nunca en la Academia. ¡Y dicen que laAcademia está destinada a velar por la pureza del idioma!...

Indudablemente, los gallegos no tenemos público. Frecuentemente, cuandouno dice que es gallego, nota en el auditorio un deseo así como decontestarle:

—¡Hombre, no! Eso será una aprensión de usted...

Conmigo nadie ha llegado a este extremo; pero a veces me han dicho:

—¿Gallego? Pues nadie lo creería. No se le nota a usted nada,

¿verdad?(Dirigiéndose a los circunstantes.)

Los circunstantes entonces, con una gran finura, han confirmado que, enefecto, no se me notaba nada el que yo fuese gallego. Y luego no hafaltado nunca alguien que dijese:

—Si hay gallegos «muy bien». ¡Cuando un gallego sale listo!...

—¡Ya lo creo!—ha añadido algún otro señor en este momento—. Haygallegos que llegan a ministros y todo. Ahí tiene usted a Besada.

—Y a Montero Ríos...

—Y a Canalejas...

¡Terrible cosa es esta de que para serle agradable a uno tengan quecompararle con un ministro! Es la consecuencia de un prejuicio secularque existe contra Galicia; pero, por mi parte, yo creo que esteprejuicio constituye para Galicia una ventaja enorme.

Cada gallego, enefecto, tiene que rectificarlo con su propio esfuerzo. El andaluz, alnacer, se encuentra con una herencia de gracia, de simpatía y depopularidad que le permite abrirse fácilmente un camino en la vida,aunque carezca de méritos personales. El gallego, en cambio, sólo seencuentra con deudas que necesita saldar por sí mismo, y siindividualmente esto es un mal, colectivamente tiene que ser un bien. Ala larga resultará que los pueblos han sido, en cada época, lo contrariode la fama que tenían, ya que, cuando tenían la fama, no necesitaban lacosa, y ya que la cosa, y no la fama, es lo fundamental.

Pero como esto está resultando demasiado conceptuoso, acaso valga másdejarlo.

IV

LA RAZA

LA última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las máshermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría denación.

Le somos una nación, ¿sabe usted?—me explica alguien—. Le tenemos una personalidad nacional tan fuerte como la primera...

—¿Por qué no?—le contesto.

Y, en efecto, ¿por qué no? Una nación se hace lo mismo que cualquierotra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con unmillón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en elmismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay máshombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos quehombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan losbraquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable quealgún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tiposería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismoslocales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habríaterminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osabadecirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaría qué eslo que él entendía por tal y, como no podría definirme el concepto denación, le habría reducido al silencio.

El nacionalista a quien he aludido antes tiene de las naciones una ideamucho más respetuosa que la mía.

—Pero usted mismo—me dice—; usted es un celta.

—No—le respondo—. Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez,pero en una época tan remota, que no conservo de ello ni el más vagorecuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteció mucho antesdel imperio romano, y, desde entonces acá, ¡han pasado tantas cosas! Esposible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido también godo,fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sinembargo, yo me siento mucho más afín a un madrileño que a un irlandés.

No—continúo—. Yo no soy celta. Soy, sencillamente, un hombre nerviosoy, en vez de unirme a un celta sanguíneo, prefiero hacerlo a un ibero demi mismo temperamento. ¿Por qué no han de asociarse los hombres portemperamentos en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería,indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de verterminada esta guerra, una gran guerra intercontinental de biliososcontra linfáticos. Los biliosos, naturalmente, serán quienes rompan lashostilidades.

V

EL IDIOMA

UN amigo quería meterme en la hermandad del habla, que es una Ligaconstituida para propagar el uso del gallego. Yo me negué. Creo que todoel mundo habla gallego en Galicia, y creo que, más que nadie, lo hablanaquellos que hablan castellano. El castellano, es, en efecto, laverdadera forma actual del gallego. Los labradores que se expresan engallego no usan aquí un idioma distinto del de los industriales que sevalen del castellano; usan el mismo idioma, pero con un léxico limitadoy primitivo. En realidad no hablan gallego, sino que malhablancastellano. Y, de formar una Liga para reconstituir el castellano en susformas más remotas, yo no veo por qué esa Liga ha de formarseprecisamente en Galicia. Lo mismo se podría formar en Valladolid.

No creo que haya un idioma gallego distinto del castellano. Lo que sícreo es que se podría inventar. Conozco lenguas medievales que se hanfabricado en estos últimos treinta años, de acuerdo con todos losadelantos filológicos. Con una pequeña base se hace una lengua en menostiempo del que se necesita para hacer un partido político.

Podríamos,pues, hacer un idioma gallego; pero ¿cuánto nos duraría?

A la vuelta de cincuenta, de sesenta o de cien años, este idioma gallegollegaría, lógica y fatalmente, a confundirse con el castellano. Elgallego evolucionaría siguiendo su curso natural.

—¿Y el castellano?—preguntará alguien.

El castellano no evolucionaría nada, porque ahí están los académicospara impedir que evolucione.

Por lo demás, acaso todo esto de los idiomas sea mucho menos importantede lo que nos parece. Yo creo que la importancia de los idiomas es muypequeña, hasta en la misma literatura. Si lo más importante enliteratura fuese el idioma, los iberoamericanos leerían libros españolescon preferencia a los libros de otros países.

El idioma une losiberoamericanos a nosotros; pero otras cosas, positivamente más fuertes,los atraen hacia países de hablas muy distintas.

VI

EL ACENTO

EN un viaje reciente, a bordo de un transatlántico, tuve la fortuna decoincidir con una ilustre compañía de actores españoles. Yo venía algomareado. Mi cabeza me producía una sensación extraña, como si no fueseexactamente la mía, sino, más bien, una cabeza parecida, que alguien mehubiese dado el encargo molesto de transportar hasta España. Juzgandocon esta cabeza, tomé por una gran actriz a una señora que hablabasiempre de un modo muy enfático; pero ella me sacó pronto de mi error.Si hablaba así, no era por ella, sino por las niñas, dos hijas suyas,muy monas, por cierto.

Las niñas estaban comenzando su carrera teatral,y apenas si ponían en la compañía algo más que sus caras bonitas; perola madre, entre bastidores, ponía el énfasis.

—¡Pobrecitas!—decía la buena señora—. Hay una que habla algo; pero laotra no dice ni una palabra.

Yo me compadecí de la infeliz porque la mudez me parece una grandesgracia para una niña casadera. Afortunadamente, sólo se trataba deuna mudez artística. La chica tenía una lengua bastante suelta; pero eldirector no se atrevía a confiarle más que papeles silenciosos.

—Y ¿por qué no la dejan hablar?

—Por el acento—me respondió la afligida madre—. Nosotras somosgallegas, y en esta compañía no se puede tener acento. ¿Se cree ustedque, de no ser por el acento, vendrían mis niñas en segunda? El acentoes nuestra desgracia. Afortunadamente, la mayorcita ya va perdiéndolo...

La mayorcita, en efecto, sabía decir sin acento «¡hola, vizconde!», «yolo tomo sin azúcar» y demás frases de alta comedia; pero la pequeña eraincorregible y, mientras no perdiese el acento, no la permitiríanhablar. En aquella compañía se suponía, probablemente, que la acción detodas las comedias ocurre en la Luna. No se le autorizaba a nadie acentoninguno. Una marquesa con dejo gallego o catalán, andaluz o madrileño,les resultaba inadmisible, como si las marquesas no nacieran en ningunaparte. Y la pobrecita muda no podría romper a hablar hasta que hubieradesnaturalizado su voz por completo y lograra expresarse como unfonógrafo.

Mientras tanto, su madre le cuidaba el acento lo mismo quepudiera cuidarle una enfermedad del hígado.

—Fíjate, mujer—solía decirle—. Ayer estabas bastante aliviada, perohoy te encuentro mucho peor.

—¡Qué quiere usted, mamá! Debe de ser el mareo...

El acento es uno de los grandes encantos de Galicia. Cuando yo llegué,los primeros amigos a quienes vi prorrumpieron en ayes lastimeros.

—¡Fulaniño!—me decían—. Vendrás muy cansadiño. ¡Pobriño!...

Parecía que lloraban, y lo que hacían era manifestar una gran alegría.Son los inconvenientes de este acento tan dulce.

Pero yo no quiero hacer comentarios sobre el acento gallego. En esto delos acentos tengo una experiencia algo desagradable y no desearíarepetirla con mis propios paisanos.

VII

ANTONIÑO

HARÁ cosa de dos o tres meses, Antoniño fue a confesarse, y en elcurso de su confesión, le dijo al cura que leía periódicos.

—¡Malo! ¡Malo!...—refunfuñó el cura—. No veo qué necesidad tienes túde leer periódicos. ¡Siquiera fuesen de la buena Prensa!... Pero,seguramente, serán de la otra.

Eran de la otra, en efecto, y Antoniño lo reconoció así, aunqueaduciendo un motivo justificante.

—¡Qué quiere usted, padre!—exclamó—. La buena Prensa es tan mala!...

—No hay más Prensa mala que la mala Prensa—repuso el curasentenciosamente—.

Y vamos a ver, ¿qué periódicos son esos que túlees?...

—Leo El Sol—dijo Antoniño.

¿El Sol?

El Sol.

—¿Un periódico de diez céntimos?

—Justamente.

Un periódico de diez céntimos—pensó quizás el cura—debe de ser tanmalo como dos periódicos de cinco. Luego, en voz alta, continuó:

—¿Un periódico que no admite el anticipo reintegrable?

—Sí, padre—contestó Antoniño ya medio anonadado.

—¿Un periódico—interrogó aún el cura—que hace campaña contra elespionaje alemán?

Antoniño no podía negar.

—El mismo, padre—suspiró—. ¡El mismo!...

—Pues, hijo mío—dijo entonces el cura—. Lo siento mucho, pero no tepuedo dar la absolución.

Antoniño se quedó aterrado. Si le hubiesen dejado sin novia, tal vezhubiera podido resignarse. Hubiera podido también vivir algún tiempo sinempleo, pero, ¡sin absolución!...

—Pues yo—le dije a Antoniño cuando el pobre muchacho me contaba suscuitas—.

Yo creo que, en caso necesario, podría vivir sin absolución.He visto personas que viven con un pulmón sólo, y otras que carecentotalmente de bazo. Y aun he visto algo más curioso, Antoniño, hevisto hombres que viven sin dinero y que viven muy bien...

En Madrid hayla mar.

—En Madrid es diferente—observó Antoniño—. Aquello es una granciudad. Yo no digo que allí me fuese de todo punto indispensable laabsolución; pero, ¡aquí!...

¿Cómo quiere usted que viva aquí sinabsolución un pobre tonelero?

—Y ¿qué pasó por fin? ¿No te dieron la absolución?

—¡Quia!... ¡Si fuese el cura de Ribalta!... Aquel sí que es un curacampechano.

Todas las muchachas van a confesarse con él porque lasabsuelve siempre y les pone unas penitencias muy pequeñas.«Divertíos—les dice—. Tiempo tendréis de rezar si no encontráis mozosde ley que se casen con vosotras»... Pero el cura de aquí es muyestricto. ¡Y eso que yo le regalo de cuando en cuando unos huevos o unasmanzanas! ¡Para que digan que los hombres de iglesia son agradecidos!

—¿De modo que no te dio la absolución?

—No, señor. Me dijo que no me la daba aunque me borrase del periódicoaquel mismo día. Todo el pueblo se enteró. Algunas personas dejaron desaludarme, y en la fábrica estuvieron a punto de quitarme el pan.Entonces yo me marché a la ciudad, dispuesto a conseguir una absolución,aunque me tuviese que gastar doscientos reales.

¡Qué demonio! Para estoscasos quiere uno el dinero. Llegué a la iglesia, me senté alconfesionario, y lo primero que le dije al cura fue esto: «Acúsome,padre, de leer El Sol».

—¿Así lo dijiste, Antoniño?

—Así, sí, señor, y con la misma tranquilidad con que hubiese podidodecir «buenos días». No se figure usted que yo soy un gallina.

—Y el cura, ¿qué te contestó?

—El cura me preguntó que si eso de El Sol era una novela, y cuando yole expliqué que era un periódico de diez céntimos, me dijo:

—Si es de diez céntimos, debe de ser bueno...

—¿Y conseguiste la absolución?

—Ya lo creo. En las ciudades se consigue todo. Pero yo quería vengarmedel cura de aquí, y al día siguiente, cuando estaba sirviendo lacomunión, me puse con los demás, y me la tuvo que dar él mismo. El yadebía de comprender que yo tenía mi absolución en el bolsillo; pero, ¡siviera usted qué cara me puso!...

—¡Bravo, Antoniño! Y, ¿sigues leyendo El Sol?

—Sí, señor.

—Pues dentro de unos días leerás en él tu historia. La gente no va acreerla, pero ahí estás tú para dar fe.

—Es que... si por casualidad se enteran en la fábrica y me despiden...

—Descuida, Antoniño. No daré detalles y seguirás conservando todoslos elementos necesarios a tu vida: un empleo, una novia, unaabsolución...

VIII

UN AMIGO DE MISTER BORROW

ALLÁ por el año de 1835 cayó en España un inglés estrafalario que veníaa vender biblias. Un día este inglés llegó a Pontevedra con una carta derecomendación para el Sr. García, notario de la ciudad. El señor Garcíaresultó ser un patriota entusiasta, pero en un sentido puramente local,según cuenta el inglés. Su patria era Pontevedra, y el extranjero, Vigo.

—Esos tíos de Vigo—exclamaba—dicen que su ciudad es mejor que lanuestra y que debiera convertírsela en capital de la provincia. ¿Ha oídousted alguna vez una locura semejante? ¿Se le hubiese ocurrido a ustednunca comparar a Vigo con Pontevedra?

—Yo no sé—replicó el inglés—. Yo nunca estuve en Vigo; pero he oídodecir que la bahía de Vigo es la mejor del mundo.

—¡La bahía!—refunfuñaba el Sr. García—. ¡La bahía!... Sí. Esoscanallas tienen una bahía, y con ella nos han robado a nosotros todo elcomercio; pero, ¿para qué necesita tener bahía una capital de provincia?¡La bahía! Yo espero—continuó el Sr.

García, dirigiéndose alinglés—que usted no ha venido desde tan lejos para tomar la defensa deuna taifa de bandidos como esos de Vigo.

—No—contestó el inglés—. En realidad yo ignoraba que los viguesesnecesitasen mi auxilio en esta disputa. Lo único que me propongo hacercon ellos es llevarles el Nuevo Testamento, del cual, evidentemente,tienen mucha necesidad si son tan golfos y tan canallas como usted lospinta...

Y largo rato después, todavía el Sr. García refunfuñaba:

—¡La bahía!... A mí nunca se me ha alcanzado con qué derecho puedetener bahía un pueblo como el de Vigo...

Yo había leído este diálogo, que acabo de traducir casi literalmente, en La Biblia en España, de Jorge Borrow, que así se llamaba aquel inglésestrafalario, hoy una de las glorias más puras con que cuenta laliteratura inglesa. Lo había leído hace tiempo, y creía que el Sr.García, ya no muy joven a comienzos del siglo pasado, yacería ahora bajosu amada tierra pontevedresa, quizás alimentando con sus despojos algúncastaño o algún cerezo. Pero España es el país donde no se muere nuncacompletamente. Al llegar a Pontevedra uno se encuentra en seguida con elSr. García, que comienza a hablarle mal de Vigo.

La lucha entre Vigo y Pontevedra continúa hoy igual que en el año 1835.Y lo que ignora el Sr. García, como si desde que habló con Mr. Borrow nohubiesen pasado días ningunos, es que, frente a Vigo, Pontevedra no esPontevedra, sino más bien Madrid.

Pontevedra es el Ministerio deHacienda, y el de la Guerra, y el de Fomento, y el de Gobernación.Pontevedra es la Administración, y Vigo es la Geografía. Si Vigo llegasea ser un día el centro de comunicaciones más importante entre Europa yAmérica, yo no creo que el pueblo pontevedrés perdiese nada con ello. Labahía de Vigo vendría a ser entonces, sencillamente, una bahía dePontevedra. Algo así como su propia bahía de usted, querido Sr. García.

En cuanto a los vigueses, yo temo que su bahía sea superior a suambición. Con una ambición digna de una bahía tan hermosa, los viguesesdebieran considerar a Pontevedra como un barrio del Vigo futuro. ¡Elbarrio aristocrático, el barrio oficial a unos veinte kilómetros y picodel barrio mercantil! El barrio de los notarios viejos, como aquelexcelente y parroquial señor García, que, después de comprarle algunasbiblias a Borrow, le dijo:

—Si alguna vez tiene usted ocasión de hablar de mí en letras deimprenta, no deje usted de hacerlo. Ya sabe mi nombre y mis títulos:Señor García, notario público de Pontevedra...

IX

EL ARADO VIRGILIANO

SI, al escribir su Historia del Arado, hubiera tenido que limitarse aGalicia, el doctor Raer, por muy sabio, por muy pesado y por muy alemánque fuese, no hubiese podido llenar arriba de unas veinte páginas. Elarado gallego, como la mujer honrada, carece de historia. Es uninstrumento prehistórico, cuya imagen exacta se encuentra en algunastumbas etruscas y creo que en ciertas monedas celtíberas. Don CastoSampedro,

un

distinguido

arqueólogo

que

se

pasa

la

vida

recogiendocuriosidades celtas y romanas para el museo de Pontevedra, debierallevarse allí un arado y, con poco esfuerzo, dotaría así de unaantigüedad indiscutible a la simpática institución.

Los carros gallegos tampoco han progresado mucho más que el arado. Alavanzar, sus ruedas producen un sonido agudo que se va modulando eninflexiones lentas y quejumbrosas. Dicen que este sonido anima a losbueyes y les hace seguir andando.

También se podría sostener que elruido de unas botas nuevas anima al que las lleva y le impulsa acontinuar su camino... Dicen que sirve como de bocina para avisar a loscarros que vengan en dirección contraria, y es indudable que al ruido deunas botas nuevas cabría atribuirle asimismo un objeto muy semejante...Yo me he pasado horas y horas oyendo la voz de los carros gallegos. Meparecía una voz familiar, y tenía la sensación de haberla oído ya, hacíamuchísimos siglos.

Chirrar

d'os

carros

d'a

Ponte

Tristes campanas d'Herbón...

Los carros gallegos cantan, y los poetas cantan el canto de los carrosgallegos. No les hablen ustedes a estos poetas de sembradoras mecánicasni de trilladoras automóviles. Semejantes chismes destruirían la poesíadel campo, y entonces no habría certámenes literarios, ni floresnaturales, ni nada. Las chicas elegantes, perdida toda esperanza de quese las nombrase reinas en alguna fiesta del gay saber, no les harían yani pizca de caso a los pobres poetas, quienes tendrían que limitar suvida al prosaico empleíllo de la Delegación de Hacienda o de laDiputación provincial. El hijo ilustre de la provincia, varias veces exministro, no vendría nunca más de mantenedor a pronunciar discursosgrandilocuentes, y sus opiniones estéticas quedarían inéditas en loporvenir... Sería la ruina de la poesía; y, ¿qué se iba a hacer sinpoesía en las capitales de segundo y tercer orden?

No. Los poetas quieren el carro primitivo y el arado virgiliano. Yotengo grandes sospechas de que si Virgilio viviese hoy, cantaría latrilladora mecánica; pero Virgilio ha muerto, y su arado es como unaherencia que les hubiese dejado a todos sus sucesores. ¡El aradovirgiliano! ¡El carro venerable! ¡La campiña arcádica, por donde losríos se deslizan mansamente!... En el fondo, es posible que los poetastengan razón y que más valiera el que las cosas siguiesen así. Lo maloes la competencia. Cuando los ríos de otras partes se han puesto delleno a trabajar y están constantemente transportando cargamentos ymoviendo turbinas, los nuestros tienen que prepararse a la defensa. Conunos ríos ociosos y un material agrícola prehistórico no se puedeconseguir ya nada más que una flor natural en algún certamen literariode provincias, una escribanía de plata o una colección de las obrascompletas del marqués de Figueroa.

X

PROPIEDAD, ABOGADISMO, POLÍTICA

EXCEPTO el autor de estas líneas, todos los gallegos son propietarios.El pobre más pobre puede siempre cosechar un repollo y ponerlo a herviren su olla al amparo de cuatro tejas familiares. Difícilmente podráencontrarse país alguno donde la propiedad esté tan distribuida como enGalicia. Hay fincas como una alcoba y otras como un pasillo. De algunashuertas apenas si lograrían sacarse al año patatas bastantes para unbanquete de treinta cubiertos. ¿Quién va a comprar, para cultivarlas,máquinas sembradoras ni tractores automóviles?

Esta subdivisión de la propiedad no creo que resuelva, ni muchos menos,el problema de alimentar al campesino; pero, en cambio, mantiene alabogado. Cada ferrado de terreno gallego está siempre en pleito con unode los ferrados de terrenos vecinos. El solo hecho de la entrada a unafinca que, muchas veces, se encuentra rodeada de veinte o treinta, sueleser un semillero de cuestiones, y, mientras se arruina el campesino, elabogado engorda. Bien es verdad que los campesinos son también un pocoabogados. Todos son abogados aquí, unos con título y otros sin él. Yo nosé si la marrullería gallega es una consecuencia de la subdivisión de lapropiedad, o si los gallegos han conseguido que la propiedad sesubdividiese gracias a su proverbial marrullería. Lo que sí sé es queambas cosas se relacionan y se apoyan, dando origen a una tercera: lapolítica. Este ambiente abogadil de intrigas constantes y de habilidadespequeñas no puede ser más a propósito para la formación del políticoespañol. De él salió Montero Ríos, su representante máximo, con toda esacaterva de hijos, sobrinos, yernos, amigos y contertulios que nosmangonean todavía...

Hay quien opina que subdividir la propiedad es una manera de abolirla yque no existe diferencia entre el que la propiedad sea de todos y el queno sea de nadie. Es como si a cada uno nos diesen un balón de oxígenopara respirar y nos dijesen que eso equivalía exactamente al uso librede la atmósfera. La socialización de la propiedad se hará en toda Españaantes que en Galicia, donde no falta quien ya la considere hecha.

EnGalicia la tierra es de todos; pero tan pronto como un gallego trasponesu propio ferrado de secano o de regadío, cada paso que da le cuesta unpleito. Los andaluces tienen una fama de generosos contraria a la de losgallegos, y es muy posible que esta fama esté justificada. Andalucía esun país de proletarios, donde el espíritu de propiedad no ha tenidoocasión de difundirse. Galicia, en cambio, es un país donde todos poseenalgo, a excepción de algún escritor más o menos original, como el autorde esta crónica.

XI

EL CELTA MIGRATORIO

LA emigración?—me dice un amigo—. Pero, ¿usted cree que la emigraciónes un mal? Todo el dinero que ganan los gallegos en América viene luegoaquí, a mover nuestra industria. Y no es sólo dinero lo que los indianoshacen circular entre nosotros, sino también espíritu de progreso y detolerancia. Con su acento absurdo, diciendo San Jorge de Bolsas en vezde San Jorge de Sacos, y cosas por el estilo, los gallegos que vuelvende América están modernizando Galicia. Desengáñese usted. La emigraciónes un bien...

Yo estaba ya completamente desengañado. Creo que la emigración es unbien; pero en esto, precisamente, consiste el mal. Hay circunstancias enlas que un hombre no tiene más recurso que ponerse al servicio de otrohombre si no quiere morirse: a ese hombre le conviene hacer de criado;pero, indudablemente, el estado de criado no constituye un estadoenvidiable. La emigración es un bien, y esto es lo malo. También es unbien salir de presidio; pero sería mucho mejor no haber entrado en él.

Hay quien atribuye la emigración de los gallegos a su sangre celta, yapoya esta opinión con el dato de que Irlanda, uno de los pueblos dondela raza céltica se conserva más pura, es también pródiga en emigrantes.Yo no quiero negar el espíritu aventurero de la raza céltica, a la que,según parece, tengo el honor de pertenecer; pero, ¿por qué es tanaventurera esta raza? En 1845 la patata irlandesa fue agostada por no séqué enfermedad, y desde entonces al 1850 más de un millón de irlandeseshuyeron a los Estados Unidos. Los irlandeses se sintieron en aquellosaños más celtas que nunca. Después desapareció la enfermedad de lapatata, y la emigración irlandesa disminuyó en un 80 por 100. Amigolector; cuando vea usted a un celta migratorio, ofrézcale una patata y,acto continuo, lo convertirá usted en un europeo sedentario. Las razasaventureras lo son por falta de patatas, por falta de pan, por falta delibertad. Se echa de sus casas a los judíos, a los polacos y a losarmenios, y una vez que se les ha echado, al verlos correr el mundo, sedice que tienen un espíritu muy aventurero. Si, en efecto, lo tienen,que Dios se lo conserve, porque buena falta les hace...

La emigración es un bien para Galicia y para España; pero, sobre todo,lo es para América. Por cada mil pesetas en dinero que los emigrantesmandan aquí, ¿cuántas no se dejarán allí en trabajo? Desgraciadamente,aquí el trabajo no les produciría nada, y la emigración sigue. EnGalicia no se ven apenas más que mujeres, viejos que ya han vuelto deAmérica, niños que esperan a ir, caciques y curas. Por cada revistamadrileña que llega a Galicia, hay cinco o seis revistas argentinas. Nofalta en Galicia quien tome su mate por las tardes leyendo Caras yCaretas o El Mundo Argentino. Y a mí el separatismo político no measusta; pero este separatismo práctico me parece una cosa muy seria.

XII

GRANDES HOMBRES

LAS provincias están llenas con estatuas de grandes hombres, sin contarlas grandes mujeres, como Concepción Arenal y doña Emilia Pardo Bazán.Y, ante este fenómeno, yo no puedo menos de preguntarme:

—¿Hay muchas estatuas porque hay muchos grandes hombres, o hay muchosgrandes hombres para que haya muchas estatuas? ¿Quién hace a quién?

¿Elescultor es una consecuencia del grande hombre, o el grande hombre unaconsecuencia del escultor?

Desde luego, parece evidente que los grandes hombres, en caso denecesidad, podrían, bien que mal, arreglárselas sin escultores. Encambio, los escultores se verían bastante apurados el día en que hubieseuna huelga de grandes hombres.

Un escultor amigo mío, hablándome de cómo iba el hombre resolviendo suvida, me decía recientemente:

—Tengo bastante que hacer. Antes sólo había trabajo en España para unamedia docena de escultores. Ahora trabajamos constantemente cerca de uncentenar.

Yo me acordé entonces del Sr. Salaverría y de sus imprecaciones contrael pesimismo. Indudablemente—me dije—el Sr. Salaverría tiene razón.Estamos en un período de gran florecimiento. ¿Cómo puede encontrarse endecadencia un país que produce grandes hombres bastantes para emplear acien escultores diarios?

Pero luego me asaltó la idea de que, si España dejase de producirgrandes hombres repentinamente, esos cien escultores no iban a morirsede hambre.

—A falta de grandes hombres—pensé—, se arreglarían con hombresmedianos, y hasta con hombrecitos chiquitines.

Y de situar esta hipótesis en el porvenir a trasladarla al presente nohabía más que un paso. No son los grandes hombres quienes hacen a losescultores, sino los escultores quienes hacen a los grandes hombres. Sevan por las capitales de provincia y trabajan el artículo.

—Pero ¿es posible?—exclaman—. ¿Cómo tienen ustedes esta alameda así,sin un grande hombre ni nada?

—¿Un grande hombre?

—Sí. Un grande hombre. Un hijo ilustre de la provincia.

Los provincianos no se acuerdan de ninguno.

—Fíjense ustedes bien. No faltará por ahí un filántropo, un héroe, uncronista local, aunque sea un ex ministro.

Generalmente, se acaba por elegir al ex ministro, y el escultor, que yasuele tener preparados cuerpos para ex ministros, para filántropos ypara generales, no hace más que preparar la cabeza y enchufarla. En unaciudad, cuyo nombre no importa, el poeta local fue desechado porque eratuerto, y se le sustituyó con un abogado.

—¡Un tuerto!—decía el escultor—. Si me dieran ustedes un ciego, lesharía una obra magnífica; pero, ¡por Dios!, no me den ustedes un tuerto.

—Es que es el único hombre de algún mérito que tenemos por aquí. Elúnico digno de una estatua.

El escultor fue irreductible:

—¿Cómo va a ser digno de una estatua un tuerto? ¿Cómo va un tuerto atener mérito?

Los que no somos tuertos no debemos desconfiar todavía de llegar a tenernuestra estatua; pero, para adquirir una personalidad algo estatuaria,debemos dejarnos crecer la barba y vestir siempre de levita.

XIII

¿QUIÉN SOY YO?

SABE usted quién soy yo?—me dice un señor, colocándose en plena luzdelante de mí.

Positivamente yo no sé quién es este señor, pero me guardo muy bien dedecirlo así, porque temo entristecerlo.

—Tengo una idea—le contesto—. Su cara de usted no me esdesconocida...

—Fíjese usted bien...

Me fijo bien.

—¿No ha visto usted nunca caras parecidas a la mía?

Indudablemente, yo he visto caras parecidas a la de este señor: carascon una nariz, caras con unos ojos, caras con unos bigotes... También hevisto sombreros de jipi-japa semejantes a este sombrero de jipi-japa.Sin embargo, no caigo.

—No hay duda—exclamo—de que yo le conozco a usted; pero, así, demomento, no doy con el nombre...

—¿De modo que no puede usted decirme quién soy yo?

—No, señor...

El hombre se queda muy apesadumbrado. ¿Se tratará, acaso, de un hombreque ignora su estado civil y que pretende averiguarlo preguntándoselo alas gentes?

¿Considerará este hombre, tal vez, que, siendo periodista,yo debo estar mejor informado que las otras personas? ¡Caso triste, enverdad, el de un señor que no sabe quién es y que no encuentra quien selo diga!... Yo comienzo a afligirme, pero el señor me recita de prontosu nombre, su edad, su profesión, sus apellidos y sus motes.

—¿De modo que usted sabía quién es?—exclamo.

—Claro está.

—Y entonces—prosigo—, ¿con qué objeto me lo preguntaba usted a mí?

No me lo preguntaba para informarse, sino que lo hacía con una intenciónperfectamente capciosa.

Yo permanezco algo desconcertado, y al poco rato comparece otro hombre.

—¡Hola!—exclama el otro hombre—. ¿No sabes quién soy?

—No sé quién eres.