La Rana Viajera by Julio Camba - HTML preview

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J U L I O C A M B A

LA R A N A

V I A J ER A

CALPE

MADRID-BARCELONA

1920

Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA Sociedad Española de Artes Gráficas.—Fuencarral, 137, Madrid ÍNDICE

Mi nombre de charca

ESPAÑA REENCONTRADA

I Psicología crematística

II El templo de la Eternidad

III Se enciende una estrella

IV Una nueva teoría del clima

V El tiempo y el espacio

VI La mujer, país exótico

VII Las casas

VIII Patriotismo de género ínfimo

IX La huelga de cuernos caídos

X Experiencias de un atropellado

XI La juerga heroica

XII Julio Antonio

XIII La piedra filosofal

XIV La peseta

XV Escultura Kodak

XVI Un admirador

XVII Literatura patológica

XVIII Una tempestad en una taza de te

XIX La taza de te

EN LA TIERRA DE LOS POLÍTICOS

I El viaje

II Los políticos

III La gracia gallega

IV La raza

V El idioma

VI El acento

VII Antoniño

VIII Un amigo de míster Borrow

IX El arado virgiliano

X Propiedad, abogadismo, política

XI El celta migratorio

XII Grandes hombres

XIII ¿Quién soy yo?

XIV El camino de Santiago

XV El botafumeiro

XVI Cabezas de cerdo

XVII La vieira

XVIII Opiniones políticas y literarias de la Rosario

EN EL PAÍS DE LA RULETA

I Los temas literarios

II El treinta y cuarenta

III Los bolsillos y el espíritu de propiedad

IV Un nuevo sistema planetario

V Rousseau y Anatole France

VI El jugador objetivo

EN EL RINCÓN DE LOS MILLONARIOS

I El hierro

II La reivindicación de los millonarios

III El hombre que se vendió brea a sí mismo

IV El vascuence

UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA

I La guerra sobre el papel

II El pueblo de los gases lacrimantes

III Si los alemanes hubiesen ganado

IV El libro futuro

LOS MÉDICOS

I En defensa del resfriado

II El virtuosismo de la cirugía

III La viruela obligatoria

IV Croydon y Madrid

V Microbios a sueldo

VI Juventud, divino tesoro

ENTRE CABALLEROS

I Los desafíos y el médico

II Los desafíos y la técnica

III Los desafíos y el honor

LA POLÍTICA

I Cerebros artificiales para uso de diputados

II La industria electoral

III Una carta

IV El autor necesita un distrito

V España, emporio del parlamentarismo

VI Los ministros nuevos

VII Un artículo ministerial

VIII El engaño de las crisis

IX Acción política de los mariscos

X Arrasamientos

XI El Congreso, a cuarenta grados

XII Optimismo

LA ANTIPOLÍTICA

I El nuevo decorado del mundo

II Los proletarios de levita

III El sindicalismo como base de una nueva antropología

IV El bolchevismo, enfermedad infecciosa

V La magia del dinero

VI El delito de ser ruso

VII Los rusos políticos

VIII La tiranía del trabajo

IX Una policía filosófica

X Asesinos manuales y asesinos intelectuales

XI Ferrer

MI NOMBRE DE CHARCA...

Hará siete u ocho años. El director de un periódico donde yo trabajabame metió algunos billetes en el bolsillo y me mandó a París. Misartículos de entonces, como los que más tarde escribí desde otrascapitales, tenían la pretensión de estudiar experimentalmente elcarácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había enellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjerascomo una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puedeverme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Loque parecen críticas o comentarios no son más que reacciones contra elambiente extraño y hostil. Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, ya Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio. Ysi lo que quería mi director era observar el efecto directo de lacivilización europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene elresultado: una serie constante de movimientos absurdos y de actitudesgrotescas.

Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a lacharca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la mismarana de antes. Con un poco de imaginación nos la podríamos representarmenos ingenua y algo más instruida—que no en balde se ha pasado tantotiempo en los laboratorios—, muy tiesa sobre sus zancas y hastaprovista de gafas. ¿Qué efecto le producirán las otras ranas a esta ranaque está transformada de tal modo? ¿Cómo encontrará su charca la ranaviajera, después de una ausencia de tantos años?

Mientras he estado en el extranjero, yo he tenido un punto de referenciapara juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamenteporque yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal detodos los valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este puntode referencia. Forzosamente haré comparaciones con otros países.

Y no sólo resultará que España no puede ser un modelo para las otrasgentes, sino que no sirve apenas para los mismos españoles. La ranaencontrará su charca muy poco confortable.

E S P A Ñ A R E E N C O N T R A D A

I

PSICOLOGÍA CREMATÍSTICA

LA primera impresión que nos produce España es un poco confusa. Alprincipio no reconocemos exactamente a nuestro país, no lo encontramosdel todo igual al recuerdo que teníamos de él. ¿Es que España hacambiado? Es, más bien, que la miramos desde otro punto de vista y conunos ojos algo distintos a como la mirábamos antes. Los españoles, porejemplo, ¿qué duda cabe de que no han disminuido de estatura?

Sinembargo, ahora nos parecen pequeñísimos. Hombres muy pequeños, bigotesmuy anchos, voces muy roncas...

—¿Por qué están tan enfadados estos hombres tan pequeños?—me preguntaun extranjero que ha sido compañero mío de viaje.

Yo le explico a duras penas que no se trata de un enfado momentáneo,sino de una actitud general ante la vida. Mi compañero se esfuerza encomprender.

—¡Ah, vamos!—exclama, por último—. Es que los españoles no tienendinero...

Y, aunque esta explicación de la psicología nacional me resultaexcesivamente americana, yo, obligado a hacer una síntesis, la aceptosin grandes escrúpulos.

—Sí. Es eso, principalmente...

—De modo que si nosotros metiésemos aquí algunos millones de dólares,¿cree usted que sus compatriotas se calmarían?

—Yo creo que sí. Creo que estas voces ásperas se irían suavizando pocoa poco y que las mesas de los cafés no recibirían tantos puñetazos.Creo, en fin, que cambiarían ustedes el alma española. Siempre,naturalmente, que los millones no se quedaran todos en algunos bolsillosparticulares...

Hay muy poco dinero en España. Poco y malo. El primer tendero a quien ledoy un duro lo coge y lo arroja diferentes veces sobre el mostrador conuna violencia terrible.

Yo hago votos para que, si no es de plata, sea,por lo menos, de un metal muy sólido, porque, si no, el tendero me loromperá. La prueba resulta bien; pero al tendero no le basta. Con un ojoescudriñador y terrible que parece salirse de su órbita examinadetenidamente las dos caras del duro. Luego vuelve a sacudirlo y, porúltimo, lo muerde. Lo muerde con tal furia que debe de mellarlo. Y elduro triunfa.

España es el país del mundo en donde un duro tiene más importancia.Claro que el gesto de coger un duro y echarlo a rodar despectivamentesobre la mesa para que el camarero lo recoja es un gesto muy español;pero ese gesto no le quita prestigio al duro, sino que se lo añade.

—He aquí un duro—parece decir el hombre que va a echarlo a rodar—.¿Conciben ustedes nada más grande que un duro? Si yo no tuviera un almaheroica y caballeresca, ante la cual carecen de poder las sugestiones dela fortuna, yo depositaría este duro sobre la mesa tomando para elloprecauciones infinitas a fin de que no se rompiese, o bien se loentregaría al camarero en propia mano, religiosamente, como si setratara de un rito. Pero yo desprecio los bienes terrenales, y no mepreocupo del porvenir. ¿Ven ustedes este duro? Pues ahí va...

Y hecho esto, el hombre aguarda la vuelta, cuenta las perras gordas unapor una y se las guarda en un bolsillo profundo...

Poco dinero y malo. Hombres furiosos. Señoras gruesas, siempresofocadas, o por el calor o por los berrinches, que se abanicanconstantemente. Muchos curas. Muchos militares... Grandes partidas dedominó y de billar. Cuestiones de honor. Toros.

Juergas. Broncas. Nubesde limpiabotas, de vendedoras de décimos de la Lotería, de gitanas quedicen la buenaventura, de músicos ambulantes, de ciegos, de cojos, deparalíticos... Indudablemente, España no ha cambiado. Y es posible quenosotros mismos no hayamos cambiado tampoco.

II

EL TEMPLO DE LA ETERNIDAD

HENOS aquí en Madrid, en nuestra casa, como quien dice... Bernard Shaw,para demostrar que en los music-halls no se ha operado evoluciónalguna, cuenta que una noche estaba en uno de ellos viendo a unprestidigitador que hacía ejercicios con unas bolitas. Aburrido, BernardShaw se fue a la calle, y diez años después volvió a entrar en el mismo music-hall.

—El prestidigitador—añade Bernard Shaw—continuaba todavía allíjugando ante la audiencia con las mismas bolas...

A mi vez, yo diré que una noche me despedí de unos amigos con los quehabía estado cenando en un café de la Puerta del Sol. Creo que les dijeque iba a volver en seguida, y volví siete años más tarde; pero ¿qué sonsiete años en un café de Madrid?

Los amigos estaban todavía allí, y ladiscusión continuaba. Las ideas eran las mismas, y la media tostada queFulánez mojaba en el café, dijérase también la misma media tostada quesiete años atrás y en mi propia presencia le había servido el camarero.Uno de los amigos pretende leerme un drama. El amigo está igual, y deldrama no ha sido cambiada ni una sola coma.

—Va a estrenarse dentro de quince días—me dice mi amigo.

¡Lo mismo, exactamente lo mismo que hace siete años!

El camarero me llama por mi nombre:

—¡Hola, D. Julio! ¿Qué va usted a tomar?

Elijo una paella, como plato castizo, y del que me encontré privadodurante mucho tiempo.

—Esta paella—observa alguien que la conoce—es la misma de ayer.

A mí me parece que es la misma de hace siete años, con los mismoscangrejos y todo.

—Y ¿qué?—les digo a mis amigos—. Habladme. Dadme noticias. Losacadémicos,

¿son inmortales todavía? Pío Baroja, ¿sigue siendo un jovenescritor? Fulanito,

¿continúa con aquel hermoso porvenir ante él? Y laFulana y la Zutana y la Mengana,

¿es que son todavía unas jóvenes yhermosas actrices? Habladme de política. La revolución supongo que,igual que hace siete años, será una cosa inminente. España no tardará niseis meses en transformarse, dándole así la razón a los que, desde hacemedio siglo, vienen anunciando esta transformación tan rápida...

Todo está igual, y yo, que creía haberme modificado, yo me encuentrotambién el mismo de antes. A medida que apuro este vaso de café recobro,como si dijéramos, mi verdadera naturaleza. Una serie de cosas que yocreía injertas en mí noto que se desvanecen y que se van. Yo soy comoaquel salvaje de Darwin que se había civilizado y que, al regresar a sutribu, se volvió nuevamente salvaje, perdiendo en unas horas de contactocon los suyos lo que había adquirido en diez años de esfuerzo.

Y es queeste café de la Puerta del Sol representa la eternidad. París, Londres,Berlín..., el espíritu europeo..., la guerra mundial... Todo eso estransitorio, todo cambia y se transforma, mientras que este cafépermanece inmutable, con los mismos divanes, con los mismos camareros,con los mismos clientes, con el mismo menu, con las mismas ideas, conel mismo humo, con los mismos dramas y con los mismos cangrejos.

III

SE ENCIENDE UNA ESTRELLA

MI llegada a Madrid tuvo algo de bíblica. Coincidiendo con ella,apareció en el cielo una estrella resplandeciente. ¡Una nueva estrella yun nuevo microbio! ¡Para que luego digamos que en Madrid no se descubrenada!

La estrella en cuestión fue encontrada por el señor Roso de Luna, quienya había encontrado otra algunos años atrás y nos la había presentadofamiliarmente, como hubiera podido presentarnos una estrella de variétés: «La modesta estrella que he tenido el honor de descubrir...»

¿Cómo se las arreglará el Sr. Roso de Luna para encontrar tantasestrellas? Yo he hecho numerosos viajes y jamás me he tropezado conninguna. Bien es verdad que tampoco las he buscado, ignorando lautilidad que pudieran reportarme.

El Sr. Roso de Luna encontró su estrella a las dos o las tres de lamadrugada, y se fue corriendo a la redacción de un periódico para quelos lectores de la primera edición tuvieran noticia del hallazgo. No sécuánto le habrá dado por la estrella el popular colega. Yo, en el casodel Sr. Roso de Luna, me habría ido con ella a Nueva York y se la habríaofrecido a Mr. Hearst para cualquiera de sus numerosos periódicos.

Mr.Hearst, que es un especialista en patriotismo, podría así añadirle unaestrella a la bandera americana, aunque tal vez prefiriese explotar elnuevo astro para hacer anuncios luminosos. Y si la necesidad me apuraba,entonces hubiese llevado mi estrella a la Embajada alemana de Madrid.Esos alemanes lo utilizan todo y pagan espléndidamente.

Yo me he sentido muy halagado al ver que a mi llegada se encendía unanueva estrella en el cielo de Madrid. Desgraciadamente, la nuevaestrella resultó algo semejante al nuevo microbio, que todos creíamosespañol y que resultó proceder del centro de Europa. No acabamos dedescubrir nada por completo, ni en la región de lo infinitamentepequeño, ni en la de lo infinitamente grande. Nuestros nuevos astros ynuestros nuevos microbios son, poco más o menos, tan viejos comonuestros nuevos políticos.

IV

UNA NUEVA TEORÍA DEL CLIMA

QUÉ tal le va a usted—me preguntan desde el extranjero—en ese hermosopaís del sol y del cielo azul?

Pues en este hermoso país del sol y del cielo azul nos pasamos la vidatomando bromo-quinina para luchar contra el constipado. Madrid es uno delos pueblos más fríos de Europa, y lo es por una razón muy sencilla: lade que carece de aparatos de calefacción. En París, como en Berlín, y enLondres como San Petersburgo, ha habido una época en que el clima erasumamente frío; pero, poco a poco, ha ido transformándoseartificialmente el clima natural de esas ciudades. Claro que no se hacalentado la atmósfera; ello ofrecía, de momento, dificultadesinsuperables aun para la misma química alemana. Se han calentado, encambio, las viviendas, los establecimientos públicos, los tranvías ycoches, etc., etc. Hoy puede afirmarse que, mientras los madrileñostiritan, los berlineses y los londinenses pasan sus inviernos a unatemperatura media de 17 grados. En la Friedrichstrasse y en OxfordStreet hará ahora, seguramente, más frío que en la calle de Alcalá;pero no así en las casas de Oxford Street ni de la Friedrichstrasse. Ycomo no es en la calle, sino en las casas, donde realmente se vive,resulta que los madrileños son habitantes de un país frío, mientras quelos londinenses y los berlineses lo son de países cálidos.

Con estos datos como base, se podría fundar una teoría en contra deaquella que estudia la influencia del medio natural sobre los hombres:la teoría del medio artificial.

Esta nueva teoría demostraría que elcarácter de cada país depende de sus aparatos de calefacción, ysemejante demostración tendría una gran importancia porque nos llevaríaa la conclusión siguiente: para acabar con las diferencias raciales queseparan a unos pueblos de otros, y que tanto han contribuido al origende la guerra europea, bastará que todo el mundo se caliente con el mismoprocedimiento de calefacción y que ponga sus casas a una idénticatemperatura...

No tengo representación bastante para fundar la teoría que quedaesbozada, ni dispongo tampoco del tiempo necesario para ocuparme en unasunto tan trascendental y tan poco lucrativo; pero que no me digan a míque España, por razón de su clima, será siempre lo que es ahora. Que nome digan que en este país del sol y del cielo azul los hombres tendrán,por los siglos de los siglos, una naturaleza perezosa, violenta eincapaz de disciplina. Que no me digan, en fin, que el teatro de Ibsenno será comprendido nunca aquí porque es el teatro de un país brumoso, yque las leyes inglesas son tan inadaptables al carácter español como loson los impermeables ingleses al clima de España.

Porque España no es un país cálido nada más que durante unos cuantosmeses al año, y porque, desde que se han inventado los ventiladoreseléctricos y la calefacción central, no hay países cálidos ni paísesfríos. El clima no existe ya como una determinante del carácter de loshombres. Son, al contrario, los hombres quienes influyen sobre el clima.Reconozcamos que, afortunadamente, Madrid comienza ya a preocuparse demejorar el suyo.

V

EL TIEMPO Y EL ESPACIO

TENGO un asunto urgente a ventilar con un amigo. Desde luego, el amigose opone a que lo ventilemos hoy.

—¿Le parece a usted que nos veamos mañana?

—Muy bien. ¿A qué hora?

—A cualquier hora. Después de almorzar, por ejemplo...

Yo le hago observar a mi amigo que eso no constituye una hora. Despuésde almorzar es algo demasiado vago, demasiado elástico.

—¿A qué hora almuerza usted?—le pregunto.

—¿Que a qué hora almuerzo? Pues a la hora en que almuerza todo elmundo: a la hora de almorzar...

—Pero ¿qué hora es la hora de almorzar para usted? ¿El mediodía? ¿Launa de la tarde? ¿Las dos...?

—Por ahí, por ahí...—dice mi amigo—. Yo almuerzo de una a dos. Aveces, me siento a la mesa cerca de las tres... De todos modos, a lascuatro siempre estoy libre.

—Perfectamente. Entonces podríamos citarnos para las cuatro.

Mi amigo asiente.

—Claro que, si me retraso unos minutos—añade—, usted me esperará.Quien dice a las cuatro, dice a las cuatro y cuarto o cuatro y media. Enfin, de cuatro a cinco yo estaré sin falta en el café. ¿Le parece austed?

Yo quiero puntualizar:

—Digamos a las cinco.

—¿A las cinco? Muy bien. A las cinco... Es decir, de cinco a cinco ymedia... Uno no es un tren, ¡qué diablo! Supóngase usted que me rompouna pierna...

—Pues citémonos para las cinco y media—propongo yo.

Entonces, a mi amigo se le ocurre una idea genial.

—¿Por qué no citarnos a la hora del aperitivo?—sugiere.

Hay una nueva discusión para fijar en términos de reloj la hora delaperitivo. Por último, quedamos en reunirnos de siete a ocho. Al díasiguiente dan las ocho, y claro está, mi amigo no comparece. Llega a lasocho y media echando el bofe, y el camarero le dice que yo me hemarchado.

—No hay derecho—exclama días después al encontrarme en la calle—. Mehace usted fijar una hora, me hace usted correr, y resulta que no meaguarda usted ni diez minutos. A las ocho y media en punto yo estaba enel café.

Y lo más curioso es que la indignación de mi amigo es auténtica. Eso deque dos hombres que se citan a las ocho tengan que reunirse a las ocho,le parece algo completamente absurdo.

Lo lógico, para él, es que se vean media hora, tres cuartos de hora ouna hora después.

—Pero fíjese usted bien—le digo—. Una cita es una cosa que tiene queestar tan limitada en el tiempo como en el espacio. ¿Qué diría usted sihabiéndose citado conmigo en Puerta del Sol, se enterase de que yo habíaacudido a la cita en los Cuatro Caminos? Pues eso digo yo de ustedcuando, habiéndonos citado a las ocho, veo que usted comparece a lasocho y media. De despreciar el tiempo, desprecie usted también elespacio. Y de respetar el espacio, ¿por qué no guardarle también altiempo un poco de consideración?

—Pero con esa precisión, con esa exactitud, la vida seríaimposible—opina mi amigo.

¿Cómo explicarle que esa exactitud y esa precisión sirven, al contrario,para simplificar la vida? ¿Cómo convencerle de que, acudiendopuntualmente a las citas, se ahorra mucho tiempo para invertirlo en loque se quiera?

Imposible. El español no acude puntualmente a las citas, no porqueconsidere que el tiempo es una cosa preciosa, sino, al contrario, porqueel tiempo no tiene importancia para nadie en España. No somossuperiores, somos inferiores al tiempo. No estamos por encima, sino pordebajo, de la puntualidad.

VI

LA MUJER, PAÍS EXÓTICO

EN España hay conversaciones de hombres y conversaciones de mujeres.

Losasuntos de iglesia, por ejemplo, son asuntos de mujeres. No es que elespañol odie la iglesia. Al contrario. Cuando se casa busca una mujer desentimientos religiosos. Le parece que la mujer debe tener sentimientosreligiosos, así como debe tener también ojos bonitos. Los sentimientosreligiosos son sentimientos de mujer. Sin ellos, la mujer no seríaverdaderamente femenina. Con que la mujer tenga sentimientos religiosospara su propio adorno y para la dignidad del hogar, el marido ya estásatisfecho, y se va tranquilamente al café, al teatro de variétés yhasta a un casino republicano...

La política, en cambio, es cosa de hombres. La mujer que habla depolítica en un círculo de hombres pasa por un marimacho, y al hombre quehabla de política delante de una mujer se le considera poco menos quecomo si le hubiera hablado de política al jilguero. Positivamente, lapolítica española es bastante aburrida. Con esto, sin embargo, deconsiderarla un tema para hombres solos, lo será cada vez más.

Losmismos articulistas políticos tendrían que adoptar un estilo algo másameno el día en que nuestra política pudiera comentarse en presencia deseñoras.

Pero de las conversaciones de hombres, la más corriente es la que versaacerca de las mujeres. En otras partes, apenas si los hombres hablan demujeres. La presencia constante de mujeres se lo impide. Ante ellas eltema resulta inútil e impracticable.

¿Para qué se va a hablar demujeres? Mejor es hablar con ellas.

Los españoles, en cambio, hablan de mujeres como pudieran hablar deviajes:

—Yo he conocido una mujer una vez...

Y viene una descripción que recuerda las descripciones de paísesexóticos. Hay quien, al oír el relato, tiene una sensación así como lade estar escuchando a un explorador que cuente sus aventuras en tierrastotalmente ignoradas...

Fuera de España, ni los hombres le dan tanta importancia a las mujeres,ni las mujeres le dan tanta importancia a los hombres. Unos y otras hanaveriguado que se necesitan mutuamente y han decidido ponerse deacuerdo. Y un acuerdo así es el que se impone en España.

Porque mientras ese acuerdo no llegue a establecerse, no tan sólo serála vida española una cosa inarmónica, sino que nadie tendrá aquí manerade hacer nada. La mujer constituirá siempre para nosotros lo másimportante de todo.

VII

LAS CASAS

NO se puede vivir en Madrid—me dice un amigo—. ¿Por qué no hace ustedun artículo contra las casas?

—Porque es imposible—le contesto—. ¿Cómo quiere usted que yo haga unartículo contra las casas en un sitio donde no las hay?

Pero, bien mirado, si en Madrid hubiera casas, no se necesitaríaescribir contra ellas.

Todos los defectos de las casas de Madrid secondensan en uno solo: el de la escasez.

Como no puede mudarse, elinquilino tiene que transigir constantemente. Las casas madrileñas sonmalas y son caras porque son pocas. Claro que el Gobierno podríaintervenir en este asunto; pero yo confío más en una nueva epidemia quereduzca a un cincuenta por ciento la población de nuestra capital.

¡Las casas de Madrid! Hace tiempo que yo me lancé a buscar una, y norecuerdo haber experimentado jamás mayores vejaciones.

—¿Hay calefacción?—le pregunté a la portera de un inmueble donde sealquilaba un cuarto piso.

Esta hipótesis pareció ofender gravemente la dignidad de aquella mujer.

—No, señor—me contestó con orgullo—. Aquí estamos a la antiguaespañola...

Y, cuando yo llegaba ya a la esquina, después de haberme despedido, laportera me hizo volver sobre mis pasos.

—¿Qué ocurre?—exclamé.

—Que ni calefación ni tampoco cuarto de baño—me respondió.

Dicho lo cual, la buena señora me dejó plantado. En su cara se leía esasatisfacción que produce siempre el hecho de darle una lección a algunapersona impertinente.

Entonces me dediqué a explorar los barrios extremos, donde hayedificaciones modernas. Tan modernas son estas edificaciones, que lamadera de que están construidas, todavía verde, se dilata convoluptuosidad a los primeros efluvios de la primavera. Bajo el barniz demuñeca se siente circular la savia, y uno—hombre urbano yprosaico—teme que las puertas se le cubran de follaje y que los pájarosvengan a hacer sus nidos en el pasillo. Todas estas casas tienenascensor, y todos estos ascensores tienen un letrero que dice: «Nofunciona.» En una, sin embargo, el ascensor carecía de letrero, lo queme hizo pensar muy mal del servicio.

—Esta casa es la que no funciona bien—me dije.

Y, dirigiéndome a la portera, la interrogué sobre el particular. Mehabía equivocado.

El ascensor marchaba admirablemente, y parademostrármelo, la portera me aseguró que tres días antes, aquellaperfecta maquinaria había matado al inquilino del tercero.

—Por eso tenemos el piso libre—añadió.

La historia del piso no era muy seductora; pero un inquilino tiene queestar en Madrid dispuesto a todo.

—¿Y cuánto renta el piso desocupado?—inquirí.

—Rentaba treinta duros; pero lo han subido a treinta y ocho. ¡Quéquiere usted! Es un piso muy bueno y tiene un ascensor magnífico...

Decididamente, no nos queda más esperanza que la de una epidemia queacabe con la mitad de los vecinos de Madrid. Claro que si esta epidemiaatacase tan sólo a los caseros, no se necesitaría que muriese tantagente.

VIII

PATRIOTISMO DE GÉNERO ÍNFIMO

YO creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputadoo que un senador. En todos nuestros teatros del género ínfimo existealgo así como un convencimiento vago, pero muy firme, de que la mujer esuna invención exclusivamente española. A las extranjeras no se lesreconoce categoría de mujeres.

Son muy poco gordas, muy poco negras, muypoco analfabetas. No tienen acento andaluz, ni mantones de Manila, nigracia gitana, ni nada...

—Soy española, ¡olé!—canta una cupletista.

Y para afirmar su españolismo, golpea fuertemente el tablado con un pie,y se dedica, durante un año, a hacer flexión de riñones al compás de lamúsica. Luego dice dónde ha nacido, que es: o en el barrio deMaravillas, o en las Vistillas, o en Triana, o en Granada. A veces, y alson de la jota, una cupletista se declara aragonesa; pero

¿quién ha oídode alguna que haya nacido en el distrito del Sr. Rahola? La España delgénero ínfimo es muy limitada, y mi provincia, por ejemplo, la hermosaprovincia de Pontevedra, tan fecunda en navegantes, en políticos y encangrejos, no figura en ella...

—Soy española—insiste la cupletista.

Después, en versos más o menos congruentes, añade:

—¿De dónde iba a ser, si no? ¿Dónde hay este garbo, esta sal, estosandares, estas hechuras?...

El público va inflamándose poco a poco en un sentimiento mixto de amor ala patria y de entusiasmo por la cupletista.

—¡Viva España!—grita la chica al final.

—¡Viva!—contestan varias voces.

Pero no creo que nadie piense en Sagunto ni en Covadonga. Ya hemos dichoen lo que consiste la España del género ínfimo: Maravillas, lasVistillas, Triana, Granada...

Si acaso, algo de Aragón. Y nunca Manresa,ni Getafe, ni Santa Marta de Ortigueira, ni mil otros pueblos que pagan,sin embargo, sus contribuciones al Estado y que cumplen la ley deQuintas.

La señorita Mary-Focela ha introducido en este género de cuplés unavariación notable. Parece que sus versos eran éstos:

Lucho

como

una

leona

al

grito

de

¡Viva

España!

Y

es

que

por

mis

venas

corre

la sangre de Malasaña...

Sabíamos de cupletistas que luchaban contra gente extraña; sabíamos deotras que luchaban con saña; pero eso de Malasaña es todo un hallazgo.

Lucho

como

una

leona

al

grito

de

¡Viva

España!

Y

es

que

por

mis

venas

corre

la sangre de Malasaña...

Me imagino a la señorita Mary-Focela moviendo las caderas en un gesto deluchadora. El público, viéndola, ha debido también de sentir en susvenas el flujo de una sangre heroica, capaz de todos los sacrificios.¡Viva España! ¡Viva la gracia!

¡Viva Mary-Focela!...

IX

LA HUELGA DE CUERNOS CAÍDOS

DESENGÁÑESE usted—me decía un viejo aficionado—. Ya no hay toros...

El viejo aficionado, como todos los viejos aficionados, creía que lostoros se dividen en mansos y bravos, y que la especie de estos últimosestá extinguiéndose. Por mi parte, yo he adquirido el convencimiento deque todos los toros son igualmente mansos, y de que si en la plazatratan, a veces, de matar a los toreros, es por la misma razón en virtudde la cual los toreros tratan—también a veces—de matar a los toros:para entretener al público. Días atrás estuve en una ganadería. Lostoros pacían por allí de una manera perfectamente bucólica, dejándoseacariciar de los vaqueros y de los visitantes.

—¿Y éstas son las fieras?—dije yo.

—¡Hombre!—me contestaron—. ¿Qué quiere usted que hagan aquí? Ya lasverá usted en la plaza...

Esto de suponer que el toro no desarrolla su verdadera naturaleza defiera mientras no llega a la plaza, es algo así como imaginarse que eltigre tampoco desarrolla la suya hasta que lo llevan a un circo. Si enel interior de África nos enseñaran unos tigres muy sociables, y si antenuestra estupefacción nos dijeran que esa sociabilidad era natural y queesperásemos a ver a los tigres en Price, esta contestación nos pareceríabastante absurda. Pues igualmente absurda me pareció a mí lacontestación que me dieron en la ganadería sobre la ferocidad de lostoros.

No. El toro no es un animal más feroz que el torero. Es, al contrario,una bestia pacífica que ama la naturaleza y que sigue un régimenestrictamente vegetariano.

Algunos se dejan lidiar, y el público losllama bravos. Ahora, sin embargo, la mayoría parece que van a declararseen huelga. Yo he visto recientemente un toro que, a los dos minutos, sedio cuenta de que todo en la plaza estaba organizado en contra suya yadoptó una actitud que pudiéramos llamar de cuernos caídos. Los toreroscorrían detrás de él enseñándole unas telas vistosas y llamándole consus voces más dulces; pero todo era en vano. A veces, el toro se parabaun instante y parecía que iba a dejarse conquistar. Unos toreros lesonreían con sonrisa tentadora. Otros procuraban excitar su orgullo...El toro reflexionaba un rato. Luego hacía un movimiento de cabeza comodiciendo:

—¡No! ¡Nunca!... Este negocio no me conviene...

Y seguía su camino, insensible a todos los requerimientos.

Fue entonces cuando el viejo aficionado me dijo que ya no había toros: