La Novela de un Joven Pobre by Octave Feuillet - HTML preview

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—Mi querida niña—dije á mi hermana—¿tienes confianza en mí?

—Sí, Máximo, tengo mucha confianza en ti.

—En ese caso, mira lo que vas á hacer; te acercas muy despacio, hastacolocarte detrás de la silla de Lucía; le tomas la cabeza traidoramente,le estampas un beso en las mejillas, así, con fuerza, y luego verás loque ella hace á su turno.

Elena titubeó algunos segundos, luego partió á largos pasos, y cayó comoun rayo sobre la señorita Campbell, á quien, sin embargo, causó la másagradable sorpresa; las dos niñas infortunadas, reunidas en fin parasiempre, confundieron sus lágrimas en un tierno grupo, en tanto que lavieja y respetable señora Campbell se sonaba, produciendo el ruido deuna gaita.

Elena volvió á donde yo estaba, radiante de alegría.

—Y bien, querida, espero que ahora comerás tu pan.

—No, Máximo; he estado demasiado conmovida como ves, y, además, esmenester decirte que hoy ha entrado una nueva discípula, que nos haregalado merengues y algunos otros dulces; de modo que no tengo hambre.Me siento al mismo tiempo muy embarazada, porque he olvidado volver elpan á la canasta, como debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengomiedo de ser castigada; pero al pasar por el patio voy á tratar dearrojarlo por el respiradero del sótano, sin que nadie me vea.

—Cómo,

hermana

mía—respondí,

sonrojándome

ligeramente—¿vas á perderese gran pedazo de pan?

—Sé que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que seconsiderarían felices en poseerlo, ¿no es verdad, Máximo?

—Los hay ciertamente, mi querida niña.

—Pero ¿qué quieres que haga? Los pobres no entran aquí.

—Veamos, Elena, confíame ese pan y se lo daré en tu nombre al primerpobre que encuentre ¿quieres?

—¿Cómo no he de querer, pues?

La hora de retirarse llegó; rompí el pan en dos pedazos que hicedesaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.

—Querido Máximo—continuó la niña,—hasta muy luego, ¿no es verdad? Túme dirás si has encontrado algún pobre, si le has dado mi pan y si lo hahallado bueno.

—Sí, Elena, he hallado un pobre y le he dado tu pan, que ha llevadocomo una presa á su bohardilla solitaria, y lo ha hallado bueno; peroera un pobre sin valor, porque ha llorado mucho al devorar la limosna detus pequeñas y queridas manos. Te contaré esto, Elena, porque es buenoque sepas que hay en la tierra sufrimientos más serios que tussufrimientos de niña; todo te lo diré, excepto el nombre del pobre.

Martes, 28

de abril.

Esta mañana á las nueve, llamaba yo á la puerta del señor Laubepin,esperando vagamente que alguna casualidad hubiese acelerado su regreso,pero me dijeron que no le esperaban hasta la mañana siguiente; ocurriómede pronto acudir á la señora Laubepin y participarle el apuro á que mereducía la ausencia de su marido. Mientras vacilaba entre el pudor y lanecesidad, la vieja sirvienta, aterrada, al parecer, por la miradahambrienta que fijé sobre ella, cortó la cuestión, cerrando bruscamentela puerta.

Entonces, tomé mi partido, resolviéndome á ayunar hasta eldía siguiente.—Al fin, dije para mí, un día de abstinencia no me ha decausar la muerte; si en esta circunstancia soy culpable de un exceso deorgullo, yo solo sufriré sus consecuencias, por consiguiente esto meatañe exclusivamente. Después me dirigí hacia la Sorbona, donde asistísucesivamente á varios cursos; tratando de llenar á fuerza de gocesespirituales, el vacío que sentía en lo material; mas llegó la hora enque este recurso me faltó

y

también

empezó

á

parecerme

insuficiente.Experimentaba, sobre todo, una fuerte irritación nerviosa, que esperabacalmar paseando.

El día estaba frío y nublado.

Cuando pasaba por el puente de los Santos Padres me detuve un instantecasi sin querer, púseme de codos sobre el parapeto, y contemplé lasturbias aguas del río precipitándose bajo los arcos.

No sé qué malditospensamientos asaltaron entonces mi debilitado y fatigado espíritu: meimaginé de repente con los colores más insoportables, el porvenir delucha continua, de dependencia y humillación al que entraba lúgubrementepor la puerta del hambre; sentí un disgusto profundo, absoluto, y comouna imposibilidad de vivir. Al mismo tiempo una ola de cólera salvaje ybrutal me subió al cerebro; sentí como un deslumbramiento y echándomesobre la balaustrada, vi toda la superficie del río cubierta de chispas.

No diré, siguiendo el uso: Dios no lo quiso. No me gustan las fórmulastriviales. Me atrevo á decir: yo no lo quise, Dios nos ha hecho libres,y si yo hubiera podido dudar de esta verdad hasta entonces, aquelmomento supremo en que el alma y el cuerpo, el valor y la cobardía, elbien y el mal se entregaban en mí tan patentemente á un combate mortal,aquel momento, repito, habría disipado para siempre mis dudas.

Vuelto en mí, no experimenté, frente á frente de aquellas terriblesondas, sino la tentación muy inocente y bastante necia de apagar enellas la sed que me devoraba: después reflexioné que encontraría en mihabitación un agua mucho más limpia: tomé rápidamente el camino de micasa, forjándome una imagen deliciosa de los placeres que en ella meesperaban. En mi triste situación me admiraba, no podía darme cuenta decómo no había pensado antes en este expediente vencedor.

En el bulevar me encontré repentinamente con Gastón de Vaux á quien nohabía visto hacía dos años. Detúvose después de un movimiento de duda,me apretó cordialmente la mano, me dijo dos palabras sobre mis viajes yme dejó en seguida.

Después, volviendo sobre sus pasos:

—Amigo mío—me dijo,—es preciso que me permitas asociarte á una buenafortuna que he tenido en estos días. He puesto la mano sobre un tesoro;he recibido un cargamento de cigarros que me cuestan dos francos cadauno, pero no tienen precio. Toma uno; después me dirás qué tales son.Hasta la vista, querido.

Subí penosamente mis seis pisos y tomé, temblando de emoción, mibienhechora garrafa, cuyo contenido bebí poco á poco; después encendí elcigarro de mi amigo, y miréme al espejo dirigiéndome una sonrisaanimadora.

En seguida volví á salir, convencido de que el movimiento físico y lasdistracciones de la calle me eran saludables. Al abrir mi puerta mesorprendí desagradablemente al ver en el estrecho corredor á la mujerdel conserje de la casa, que pareció demudarse por mi brusca aparición.Esta mujer había estado en otro tiempo al servicio de mi madre, quien letomó cariño y le dió al casarla la posición lucrativa que hoy tiene.Había creído observar desde días antes, que me espiaba, y alsorprenderla esta vez casi en flagrante delito, le pregunté:

—¿Qué quiere usted?

—Nada, señor Máximo, estaba preparando el gas—respondió muy turbada.

Me encogí de hombros y salí.

El día declinaba. Pude pasearme en los lugares más frecuentados sintemer enojosos encuentros. Mi paseo duró dos ó tres horas, horascrueles. Hay algo de particularmente punzante al sentirse atacado, enmedio de toda la brillantez y abundancia de la vida civilizada, por elazote de la vida salvaje: el hambre.

Esto raya en locura; es un tigre que salta al cuello en pleno bulevar.

Yo hacía nuevas reflexiones. ¿El hambre no es una palabra vana? ¿Esverdad, pues, que existe una enfermedad llamada así; es verdad que haycriaturas humanas que sufren de ordinario y casi diariamente, lo que yosufro por casualidad la primera vez en mi vida? ¿Y cuántos de estosseres tendrán por añadidura algunos otros sufrimientos que á mí no meabruman? La única persona que me interesa en el mundo, está al abrigo delos males que yo sufro, la veo dichosa, sonrosada y risueña. Pero losque no sufren solos, los que oyen el grito desgarrador de sus entrañasrepetido por labios amados y suplicantes, los que son esperados en unafría buhardilla por sus mujeres macilentas, y sus hijuelos taciturnos.¡Pobres gentes!... ¡Oh, santa caridad!

Estos pensamientos me quitaban el valor de quejarme y me hanproporcionado el de sostener la prueba hasta el fin. Podía en efectoabreviarla. Hay aquí dos ó tres restaurants en que me conocen y donde,cuando era rico, he entrado sin escrúpulo, aunque hubiese olvidado mibolsa. Ahora podía hacer lo mismo.

Tampoco me era difícil encontrar enParís, quien me prestara cien sueldos; pero estos expedientes quehuelen a miseria y truhanería, me repugnaron decididamente.

Para los pobres, esta pendiente es resbaladiza y no quiero aún poner enella el pie.

Para mí sería lo mismo perder la probidad que perder la delicadeza, quees la distinción de esta virtud vulgar. Así es que he observadorepetidas veces, con qué terrible facilidad se desflora y degrada estesentimiento exquisito de la honradez en las almas mejor dotadas, nosolamente al soplo de la miseria, sino al simple contacto de la escasez,y debo velar sobre mí con severidad, para rechazar en adelante comosospechosas las capitulaciones de conciencia que parecen más inocentes.

En la adversidad, es menester no habituar el alma á la dejadez;demasiada inclinación tiene á plegarse.

La fatiga y el frío me hicieron volver como á las nueve.

La puerta de la casa estaba abierta: subía la escalera con paso defantasma, cuando oí en el cuarto del conserje, el murmullo de unaagitada conversación, que al parecer versaba sobre mí, pues en esemomento el tirano de la casa pronunciaba mi nombre en tonodespreciativo.

—Hazme el gusto, señora Vauberger—decía,—de dejarme tranquilo con tuMáximo; ¿lo he arruinado yo acaso? ¿Y bien, á qué vienen esascantinelas? Si se mata, lo enterrarán... y se acabó.

—Te digo, Vauberger—replicó la mujer,—que si lo hubieras visto vaciarsu garrafa, se te hubiera partido el corazón... Y mira, si yo creyeraque piensas lo que dices, cuando exclamas con la negligencia de uncómico «si se mata lo enterrarán...» Pero no lo puedo creer, porque enel fondo eres un hombre, aunque no te gusta ser perturbado en tushábitos... Piensa, pues, Vauberger...

¡no tener fuego ni pan!... Unmuchacho que ha sido alimentado con tan buenos manjares y criado entrepieles como un príncipe.

¿No es esto una vergüenza, una indignidad, y noes un bribón el gobierno que permite semejantes cosas?

—Pero eso nada tiene que ver con el gobierno—respondió Vauberger, conbastante razón...—Y además, tú te engañas, te lo aseguro... no es comolo crees, no le puede faltar pan, ¡eso es imposible!

—Pues bien, Vauberger, voy á decírtelo todo, lo he seguido, lo heespiado, y luego lo he hecho espiar por Eduardo: ¡y bien!

estoy seguraque no ha almorzado esta mañana, y como he registrado todos susbolsillos y cajones y no le queda en ellos un céntimo, estoy muy ciertaque no habrá aún comido, pues es demasiado orgulloso para mendigar...

—¡Tanto peor para él! Cuando uno es pobre, es necesario no serorgulloso—dijo el honorable conserje, que me pareció expresar en estacircunstancia, los sentimientos de un portero.

Tenía bástanle con este diálogo, y lo terminé bruscamente abriendo lapuerta del cuarto y pidiendo una luz á Vauberger, que creo no se hubieraconsternado más si le hubiera pedido su cabeza. A pesar del deseo quetenía de mostrar firmeza á estas gentes, me fué imposible no tropezaruna ó dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en micuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en él, unatemperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre. Notuve el rigorismo de apagarlo; bendije los buenos corazones que hay enel mundo, me extendí luego en un viejo sofá de terciopelo de Utrecht, áquien los reveses de la fortuna han hecho pasar como á mí, del piso bajoá la buhardilla, y traté de dormitar.

Me hallaba hacía media hora, sumergido en una especie deentorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusión desuntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puertaque se abría, me despertó sobresaltado. Creí soñar aún, viendo entrar ála señora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos ótres odoríferos platos.

Habíala ya depuesto sobre el pavimento ycomenzado á extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudidoenteramente mi letargo. Por fin me levanté bruscamente.

—¿Qué es esto?—dije.—¿Qué es lo que hace usted?

La señora Vauberger fingió una viva sorpresa.

—¿No había pedido comida, el señor?

—No.

—Eduardo me dijo que...

—Eduardo se ha engañado. Será el inquilino de al lado.

—Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

—En fin, no es para mí... ¿Qué significa esto? Me fastidia usted;llévese eso.

La pobre mujer se puso á plegar tristemente su mantel, dirigiéndome lasmiradas desconsoladas de un perro á quien se ha castigado.

—¿El señor ha comido probablemente?—volvió á decir con voz tímida.

—Probablemente.

—Es una desgracia, porque la comida está pronta, va á perderse y elpobre muchacho será reprendido por su padre. Si el señor no hubieracomido por casualidad, me haría un servicio...

Di un golpe violento con el pie.

—Márchese, le he dicho.

Cuando salía me acerqué á ella.

—Mi buena Luisa—le dije,—la comprendo y le doy las gracias: pero estanoche sufro bastante y no tengo hambre.

—¡Ah! señor Máximo—exclamó llorando—si supiera usted lo que memortifica... pues bien, me pagará después mi comida, si quiere, mepondrá el dinero en la mano, cuando lo tenga... pero puede usted estarseguro, que aun cuando me diese cien mil francos, no me proporcionaríausted tanto placer, como si lo viera aceptar mi pobre comida. Me haríausted una soberbia limosna. Usted que tiene talento, señor, debecomprender bien todo esto. Entretanto...

—¡Bueno! mi querida Luisa... qué quiere usted... no puedo darle cienmil francos... pero tomaré su comida... Me dejará solo,

¿no es así?

—Sí, señor Máximo. ¡Ah! gracias, señor. Le doy muchas gracias. ¡Tieneusted buen corazón!

—Y buen apetito, también, Luisa. Deme su mano... no es para poner enella dinero, esté tranquila... Ahora... hasta la vista.

La excelente mujer salió sollozando.

Acababa de escribir estas líneas después de haber hecho los honores á lacomida de Luisa, cuando oí en la escalera el ruido de un paso pesado ygrave: al mismo tiempo creí distinguir la voz de mi humilde providencia,expresándose en el tono de una confidencia tumultuosa y agitada. Pocosinstantes después llamaron á mi puerta, y mientras Luisa se perdía en lasombra, vi aparecer el solemne perfil del viejo notario. El señorLaubepin arrojó una rápida mirada sobre la bandeja donde yo habíareunido los restos de la comida; luego avanzando hacia mí y abriéndomelos brazos en señal de confusión y de reproche á la vez:

—Señor Marqués—dijo,—en nombre del Cielo, ¿cómo no me ha...?

Interrumpiéndose, se paseó á largos pasos á través del cuarto ydeteniéndose de pronto.

—Joven—continuó,—esto no está bien hecho; ha herido á un amigo yhecho sonrojar á un viejo.

Estaba muy conmovido. Yo lo miré también con emoción no sabiendo quéresponderle, cuando me atrajo bruscamente contra su pecho, y me oprimióhasta sofocarme, murmurándome al oído:

—¡Pobre niño!

Hubo un momento de silencio. Nos sentamos.

—Máximo—dijo entonces el señor Laubepin—¿está usted siempre en lasdisposiciones en que lo dejé? ¿Tendrá usted valor para aceptar eltrabajo más humilde, el empleo más modesto, con tal que sea honorable, yque asegurando su existencia personal, aleje de su hermana, en lopresente y en lo porvenir, los dolores y peligros de la pobreza?

—Ciertamente, señor, ese es mi deber y estoy pronto á cumplirlo.

—En ese caso, amigo mío, escúcheme. Acabo de llegar de la Bretaña;existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque,la cual me honra con su entera confianza hace muchos años. Esta familiaes representada hoy por un anciano y dos mujeres, á quienes su edad ycarácter hacen igualmente inhábiles para los negocios. Los Laroqueposeen una fortuna territorial considerable, cuya administración estabaconfiada en estos últimos tiempos, á un intendente que yo me tomaba lalibertad de mirar como un bribón. Al día siguiente de nuestraentrevista, Máximo, recibí la noticia de la muerte de este individuo:me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedidopara usted el empleo vacante. He hecho valer su título de abogado y másparticularmente sus cualidades morales. Conformándome con su deseo, nohe hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni será conocido en lacasa, sino bajo el nombre de Máximo Odiot. Habitará usted un pabellónseparado, donde se le servirá la comida, cuando no le sea agradablefigurar en la mesa de la familia. Sus honorarios están fijados en seismil francos por año. ¿Le conviene?

—Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de suamistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo serun hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

—Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mío. Mis escrúpulos se hananticipado á los suyos y no he ocultado nada á los interesados.Señora—dije á mi excelente amiga la señora de Laroque,—tiene ustednecesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezcouno. Está lejos de tener la habilidad de su predecesor; no está versadoabsolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos detierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted ádignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni práctica, niexperiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltabaá su predecesor, que cincuenta años de práctica no habían podido darle,y que diez mil años más no le habrían dado tampoco; tiene probidad,señora. Lo he visto en el fuego y respondo de él. Tómelo, y tendrá ustedmi reconocimiento y el suyo. La señora de Laroque se rió mucho de mimanera de recomendar á las gentes, pero finalmente parece que era buena,puesto que tuvo éxito.

El digno anciano se ofreció entonces á darme algunas nocioneselementales y generales sobre la especie de administración de que iba áser encargado y agregar á propósito de los intereses de la familiaLaroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger yredactar para mí.

—¿Y cuándo debo partir, mi querido señor?

—A decir verdad, mi querido niño (ya no se trataba del señor Marqués),cuanto más pronto, será mejor; porque aquellas gentes no son capaces dehacer por sí mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la señora deLaroque en particular, mujer recomendable por diversos títulos, es enpunto á negocios, de una incuria, una ineptitud y niñería, quesobrepasa lo imaginable.

¡Es una criolla!

—¡Ah! es una criolla—repetí con vivacidad.

—Sí, joven, una vieja criolla—respondió secamente el señorLaubepin.—Su marido era bretón; pero estos detalles vendrán á sutiempo... Hasta mañana, Máximo, ¡valor!... ¡Ah!

olvidaba... El juevespor la mañana antes de mi partida hice una cosa que no le serádesagradable. Tenía usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyasrelaciones con su padre habían sido contaminadas de usura: armado de losrayos legales, he reducido sus créditos á la mitad, y obtenido el saldototal, quedándole á usted en definitiva un capital de veinte milfrancos.

Agregando á esta reserva las economías que podrá usted hacercada año, sobre sus honorarios, tendremos en diez años, una linda dotepara Elena... Venga á almorzar mañana con el maestro Laubepin yacabaremos de arreglar todo esto... ¡Buenas noches, Máximo, buenasnoches, mi querido hijo!

—¡Que Dios le bendiga, señor!

Castillo de

Laroque

(d'Arz), mayo,

1.º

Ayer dejé á París.

Mi última entrevista con el señor Laubepin fué penosa: he consagrado áeste anciano los sentimientos de un hijo. En seguida, fué preciso deciradiós á Elena. Para hacerla comprender la necesidad en que me hallo deaceptar un empleo, fué indispensable dejarle entrever una parte de laverdad. Hablé de dificultades pasajeras de fortuna. La pobre niñacomprendió, según creo, más de lo que yo le decía: sus grandes ojosasombrados se llenaron de lágrimas y me saltó al cuello.

Partí.

El ferrocarril me condujo á Rennes, donde pasé la noche. Esta mañanamonté en una diligencia que debía dejarme, cinco ó seis horas después,en la pequeña ciudad de Morbihan, situada á poca distancia del castillode Laroque.

Anduve una diez leguas más allá de Rennes sin llegar á darme cuenta dela reputación pintoresca de que goza en el mundo, la vieja Armórica. Unpaís llano, verde y monótono. Eternos manzanos en eternas praderas,zanjas y lomas pobladas de arboledas, limitando la vista por amboslados del camino; cuando más algunos pequeños recodos de graciacampestre, todo me hacía pensar desde la víspera que la poética Bretañano era sino una hermana pretenciosa de la Baja Normandía. Cansado ya dedecepciones y de manzanos, había dejado hacía una hora de prestar lamenor atención al paisaje, y dormitaba tristemente, cuando de pronto mepareció apercibir que nuestro pesado carruaje se inclinaba haciaadelante más de lo natural; al mismo tiempo, el andar de los caballosaflojaba sensiblemente y un ruido de hierros viejos, acompañado de unrozamiento particular, me anunciaba, que el último de los conductoresacababa de aplicar la última arrastradera á la rueda de la últimadiligencia.

Una señora vieja que estaba cerca de mí, me tomó el brazocon esa viva simpatía que hace nacer la comunidad del peligro.

Saqué la cabeza por la portezuela: descendíamos entre dos pendienteselevadas,

una

cuesta

enteramente

empinada,

concepción de un ingenierodemasiado partidario de la línea recta, y medio deslizándonos, mediorodando, no tardamos en llegar á un estrecho valle de aspecto siniestro,en cuyo fondo un miserable arroyo corría penosamente y sin ruido, entreespesos cañaverales; sobre sus orillas derrumbadas se veían algunostroncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este río por un puentede un solo arco; luego remontaba la pendiente opuesta trazando un surcoblanco á través de un arenal inmenso, árido y absolutamente desnudo,cuya cima cortaba el cielo sensiblemente á nuestro frente. Cerca delpuente, en el borde del camino se levantaba un casucho solitario, cuyoaire de profundo abandono, oprimía el corazón.

Un hombre joven y robusto, partía leña delante de la puerta: un cordónnegro retenía por detrás sus largos cabellos de un rubio pálido. Levantóla cabeza y me sorprendió el carácter extraño de sus facciones y lamirada tranquila de sus ojos azules: me saludó en una lenguadesconocida, con un acento breve, dulce y salvaje. En la ventana de lacabaña estaba una mujer hilando: su peinado y el corte de sus vestidosreproducían con una exactitud teatral, la imagen de esas heladascastellanas de piedra que vemos acostadas encima de los sepulcros.

Aquellas gentes no eran de aspecto vulgar: tenían en el más alto gradoesa apariencia fácil, graciosa y grave, que llamamos aire distinguido.Su fisonomía participa de la expresión triste y pensativa, que muchasveces he notado con emoción, en los pueblos que han perdido sunacionalidad.

Habíame apeado para subir la cuesta.

El arenal que se confundía con el camino, se extendía á mi alrededorhasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que searrastraban sobre una tierra negra; aquí y allá, despeñaderos, grutas,senderos abandonados y algunos peñascos asomando apenas sobre el suelo,pero ni un solo árbol.

Cuando llegué á la meseta, vi á mi derecha la línea sombría del arenal,cortar en lontananza una faja de horizonte más lejana aún, ligeramenteondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que parecía abrir en mediode aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna regiónradiante y pintoresca: era en fin la Bretaña.

Alquilé un calesín en la pequeña ciudad de... para salvar las dos leguasque me faltaban aún para terminar mi viaje.

Durante la travesía, que no fué de las más rápidas, recuerdoconfusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos yoasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme alcastillo de Laroque, me sentí asaltado por mil pensamientos

penosos

quedejaban

poco

lugar

á

las

preocupaciones del turista. Unos instantesmás, é iba á entrar en una familia desconocida, bajo una especie dedomesticidad mal disfrazada, con un título que me aseguraba apenas losmiramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para mí. En elmomento mismo, en que el señor Laubepin me propuso este empleo, todosmis instintos, todos mis hábitos se sublevaron violentamente contra elcarácter de dependencia particular, inherente á tales funciones. Habíacreído, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar,al parecer, las solícitas diligencias del anciano en mi favor. Además nopodía esperar, sino después de muchos años, obtener en funciones másindependientes, las ventajas que se me ofrecían desde luego, y que mepermitirían trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Conseguí,pues, vencer mis repugnancias, pero habían sido tan vivas, que sedespertaban con más fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuvenecesidad de releer en el código que todo hombre lleva dentro de símismo, los capítulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo merepetía que no hay situación por humilde que sea, en la cual no puedasostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Después me tracé unplan de conducta para con los miembros de la familia Laroque,prometiéndome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, yuna justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes delservilismo y de la altivez. Pero no podía disimularme que esta últimaparte de mi tarea, la más delicada sin duda, debía simplificarse ócomplicarse singularmente, por la naturaleza especial de la índole y delos caracteres con quienes iba á estar en contacto. Además el señorLaubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tenía de legítimorespecto al artículo personal, se había mostrado obstinadamente parco deinformes y detalles á este respecto. No obstante, al partir me habíaentregado una nota confidencial recomendándome la quemara luego que mehubiera servido de ella.

Saqué esta nota de mi cartera y me puse á estudiar sus términos quereproduzco aquí exactamente.

Castillo de Laroque d'Arz

ESTADO DE LAS PERSONAS QUE HABITAN DICHO

CASTILLO

1.º Señor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de lamilicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, célebre bajo elprimer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que seenriqueció en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: viviómuchos años en las colonias. Oriundo de la Bretaña volvió á ella harácomo treinta años, en compañía del difunto Pedro Antonio Laroque, suhijo único, esposo de la 2.º Señora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla deorigen, edad cuarenta años; carácter indolente, espíritu caprichoso,algo maniática, buen fondo.

3.º La señorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presuntaheredera de los anteriores, edad veinte años, criolla y bretona, algoquimérica, ¡bella alma!

4.º Señora Aubry, viuda del señor Aubry, cambista, fallecido en Bélgica,prima en segundo grado, recogida en la casa, índole agria.

5.º La señorita Helouin (Gabriela Carolina), veintiséis años,exinstitutriz, hoy doncella, talento cultivado, carácter dudoso.

—Quemad.

A pesar de la reserva que caracterizaba este documento, no me ha sidoinútil; conocí que se iban disipando con el horror de lo desconocido,parte de mis aprensiones. Por otro lado, si había como lo pretendía elseñor Laubepin, dos almas cándidas en el castillo de Laroque, eraseguramente más de lo que había derecho á esperar, sobre una proporciónde cinco habitantes.

Después de dos horas de marcha, el cochero sedetuvo delante de una puerta de reja, flanqueada por dos pabellones quesirven de alojamiento al conserje. Dejé allí la parte pesada delequipaje y me encaminé hacia el castillo, llevando en una mano mi sacode noche, y decapitando con la caña que llevaba en la otra, lasmargaritas que brotaban en el cesped. Después de haber marchado algunoscentenares de pasos entre dos filas de enormes castaños, me hallé en unvasto jardín de disposición circular, que más lejos parecíatransformarse en parque; á derecha é izquierda profundas perspectivasabiertas entre espesuras compactas y ya verdeando, brazos de aguadeslizándose bajo los árboles, y blancas barcas guardadas bajo techosrústicos. Frente á mí, se eleva el castillo, construcción considerabledel gusto elegante y semiitaliano de los primeros años de Luis XIII.Está precedido por un terraplén que forma, al pie de una gradería, ybajo las altas ventanas de la fachada, una especie de jardín particular,al que se sube por muchos escalones anchos y bajos. El aspecto alegre yfastuoso de esta morada me causó una verdadera contrariedad que nodisminuyó, cuando, al aproximarme al terraplén, oí un ruido de vocesjóvenes y alegres que se destacaba sobre los rumores más lejanos de unpiano. Entraba decididamente en una casa de recreo, muy diferente delviejo y severo torreón que me había figurado. Sin embargo, ya no eratiempo de reflexiones: subí ligeramente las gradas y me hallé de prontocon una escena que, en cualquiera otra circunstancia, hubiera juzgadobastante agradable. Sobre uno de los cuadros de césped del jardín, unamedia docena de jóvenes, enlazadas de dos en dos, reían con estrépito,bailando alegremente al sol, mientras que un piano hábilmente tocado,les enviaba, á través de una ventana abierta, los compases de unimpetuoso vals.

Apenas tuve tiempo de entrever las fisonomías animadasde las bailarinas; los cabellos sueltos, los anchos sombreros flotandosobre sus espaldas: mi brusca aparición fué saludada por un gritogeneral, seguido súbitamente de un silencio profundo; la danza cesó, ytoda la banda, formada en batalla, esperó gravemente la pasada delextranjero, que se detuvo algo confundido. Aunque mi pensamiento no sepreocupa desde hace algún tiempo de las pretensiones mundanas, confiesoque en aquel momento habría tirado de buena gana, mi saco de noche.

Fuémenester determinarme, y cuando avanzaba, con el sombrero en la manohacia la doble escalera que da acceso al vestíbulo del castillo, elpiano se interrumpió de pronto.

Vi presentarse luego en la ventana abierta un enorme perro de Terranova,que puso sobre la barra de apoyo su hocico leonino entre sus dosvelludas patas: un instante después apareció una joven de elevadaestatura y seria fisonomía, cuyo rostro, un poco bronceado, estabarodeado de una masa espesa de cabellos negros y lustrosos. Sus ojos, queme parecieron de dimensiones extraordinarias, interrogaron con unacuriosidad indolente la escena que tenía lugar en el terrado.

—Y bien ¿qué es lo que hay?—dijo con una voz tranquila.—

Le dirigíentonces una profunda inclinación, y maldiciendo una vez más mi saco denoche, que divertía visiblemente á aquellas niñas, me apresuré á subirlas gradas de la escalera.

Un criado de cabellos grises vestido de negro, que hallé en elvestíbulo, tomó mi nombre: fuí introducido algunos minutos después en unvasto salón colgado de amarillo, donde reconocí desde luego á la jovenque acababa de ver en la ventana, y que seguramente era de una extremabelleza. Cerca de la chimenea, que era un verdadero horno, una señora demediana edad y cuyas facciones acusaban fuertemente el tipo criollo, sehallaba sepultada en un gran sofá lleno de plumazones, cojines yalmohadillas de todos tamaños. Un trípode de forma antigua, encima delcual había un brasero encendido, estaba colocado á su alcance, yaproximaba á él por intervalos sus manos pálidas y flacas. Al lado de laseñora Laroque estaba sentada una señora que tejía: en su semblantetriste y poco gracioso, no pude desconocer á la prima en segundo grado,viuda del agente de cambio, fallecido en Bélgica.

La primera mirada que arrojó sobre mí la señora Laroque parecióme llenade una sorpresa que rayaba en estupor. Me hizo repetir mi nombre.

—Perdóneme... señor...

—Odiot, señora...

—¿Máximo Odiot, el intendente que el señor Laubepin...?

—Sí, señora.

—¿Está usted bien seguro?

—¡Cómo no, señora! perfectamente—respondí sin poder contener unasonrisa.

Arrojó una rápida mirada sobre la viuda del agente de cambio, y luegosobre la niña de severa frente, como para decirles:—

¿Comprenden ustedesesto?—Agitóse ligeramente entre sus almohadones y continuó:

—En fin, tenga la bondad de sentarse, señor Odiot. Le agradezcoinfinito, señor, el que quiera consagrarnos su talento.

Le aseguro quenecesitamos mucho de su ayuda, porque, no puede negarse, tenemos ladesgracia de ser muy ricas...

Reparando que á estas palabras, la primaen segundo grado, encogía los hombros:

—Sí, mi querida señora Aubry;—prosiguió la señora de Laroque—sostengolo que he dicho. Dios ha querido probarme al hacerme rica. Yo habíanacido positivamente para la pobreza, para las privaciones, para laabnegación y el sacrificio, pero he sido contrariada. Por ejemplo, á míno me habría disgustado un marido enfermo. ¡Pues bien! el señor Laroqueera un hombre de excelente salud. Vea usted ahí, cómo mi destino ha sidoy será siempre contrariado desde el principio hasta el fin...

—No diga usted eso—dijo secamente la señora Aubry.—Muy bien le iríacon la pobreza á usted, que no se escasea ninguna dulzura, ningúnrefinamiento.

—Permítame, querida señora—respondió la señora de Laroque;—yo noaprecio en modo alguno los sacrificios estériles. El que yo me condenaraá las privaciones más duras ¿á qué ó á quién aprovecharía? Porque yo mehelara desde la mañana hasta la noche, ¿sería usted más dichosa?

La señora Aubry dió á entender con un gesto expresivo que no sería másdichosa por eso, pero que consideraba el lenguaje de la señora deLaroque como prodigiosamente afectado y ridículo.

—En fin—continuó ésta,—dicha ó desgracia; poco importa.

Somos, pues,muy ricas, señor Odiot, y por poco caso que haga yo de esta fortuna, mideber es conservarla para mi hija, aunque la pobre niña no se cuide deella más que yo. ¿No es así, Margarita?

A esta pregunta, una débil sonrisa entreabrió los labios desdeñosos dela señorita Margarita, y el arco prolongado de sus cejas se extendióligeramente, después de lo cual, aquella fisonomía grave y soberbiavolvió de nuevo á su reposo.

—Señor—continuó la señora de Laroque,—se le va á mostrar lahabitación que le hemos destinado, ajustándonos al formal deseo delseñor Laubepin; pero antes permítame que le conduzca á la habitación demi suegro, que tendrá placer en conocerle.

¿Quiere usted llamar, prima?Espero, señor Odiot, que nos hará usted el placer de comer hoy connosotros. Adiós, señor, hasta muy luego.

Fuí confiado á los cuidados de un criado, que me suplicó esperara en lapieza contigua á aquélla de que salía, mientras tomaba órdenes del señorLaroque. Se había dejado la puerta del salón entreabierta y me fuéinevitable oir estas palabras pronunciadas por el señor Laroque con eltono de bondad, aunque un poco irónico que le es habitual:

—¡Vaya, vaya! no se puede comprender á Laubepin, que me anuncia unmuchacho de cierta edad, muy sencillo, muy juicioso,

¡y que me envía unseñor como éste!

La señorita Margarita murmuró algunas palabras, que no pude oir, convivo pesar mío, lo confieso, y á las que su madre respondió:

—No te digo lo contrario, hija; pero no por eso es menos ridículo departe del señor Laubepin. ¿Cómo quieres que un señor como éste vaya ácorrer con zuecos? Mira, Margarita, si le acompañaras á la habitación detu abuelo...

La señorita Margarita entró casi en el momento á la pieza en me hallaba.Cuando me vió en ella, pareció poco satisfecha.

—Perdón, señorita; pero el criado me dijo lo esperara aquí.

—Tenga la bondad de seguirme, señor.

La seguí. Me hizo subir una escalera, atravesar muchos corredores, y meintrodujo por fin en una especie de galería donde me dejó.

Púseme entonces á examinar algunos cuadros suspendidos en el muro. Estaspinturas eran en su mayor parte muy mediocres, consagradas á la gloriadel antiguo corsario del imperio. Había muchos combates de mar, un pocoahumados, en los que era evidente sin embargo, que el pequeño brik L'Aimable, capitán Laroque, veintiséis cañones, causaba á John Bulllos más sensibles disgustos. Luego venían algunos retratos de pie, delcapitán Laroque, que naturalmente atrajeron mi especial atención.Representaban todos, salvo ligeras variaciones, un hombre de tallagigantesca, llevando una especie de uniforme republicano, con grandessolapas, cabellos á lo Kleber, y arrojando hacia adelante una miradaenérgica, ardiente y sombría; en resumen, una especie de hombre, que notenía nada de agradable. Cuando estudiaba esta gran figura, que realzabamaravillosamente la idea que se tiene en general de un corsario, y aunde un pirata, la señorita Margarita me suplicó que entrara. Hallémeentonces frente á un viejo flaco y decrépito, cuyos ojos conservabanapenas una chispa vital, y que para acogerme, tocó con mano temblorosael bonete de seda negra que cubría su cráneo luciente como el marfil.

—Abuelo—dijo la señorita Margarita levantando la voz;—es el señorOdiot.

El pobre viejo corsario se levantó un poco de su sillón, mirándome conuna expresión apagada é indecisa. Me senté á un signo de la señoritaMargarita, que repitió:—El señor Odiot, el nuevo intendente, abuelo.

—¡Ah! buen día, señor—murmuró el anciano.

Siguió una pausa del más obligado silencio. El capitán Laroque, con elcuerpo encorvado y la cabeza pendiente, continuaba fijando sobre mí suincierta mirada. En fin, pareciendo hallar de pronto un asunto deconversación de un interés capital, me dijo con voz sorda y profunda:

—El señor de Beauchêne ha muerto.

No hallé respuesta alguna á esta comunicación inesperada: ignorabaabsolutamente quién pudiese ser el señor de Beauchêne, y no tomándose laseñorita Margarita la molestia de decírmelo, me limité á atestiguar, poruna débil exclamación de pésame, la parte

que

tomaba

en

este

desgraciadosuceso.

Pero

aparentemente esto no era bastante para lo que deseaba elviejo capitán, porque agregó un momento después con el mismo tonolúgubre:—¡el señor de Beauchêne ha muerto!

Mi asombro se acrecentó ante esta instancia. Veía el pie de la señoritaMargarita golpear el pavimento con impaciencia: me desesperé y tomandoal azar la primera frase que me vino al pensamiento:

—¿Y de qué ha muerto?—dije.

No había terminado aún esta pregunta, cuando una mirada colérica de laseñorita Margarita me advertía que me hacía sospechoso de no sé quéirreverencia burlona. Aun cuando no me sintiese realmente culpable sinode una necia torpeza, me apresuré á dar á la conversación un giro másagradable. Hablé de los cuadros de la galería, de las grandes emocionesque debían recordar al capitán y del interés respetuoso que sentía alcontemplar al héroe de aquellas gloriosas páginas. Entré también endetalles y cité, con cierto calor, dos ó tres combates en que el brik L'Aimable me había parecido realizar verdaderos prodigios.

En tanto que daba yo prueba de esta cortesía de buen gusto, la señoritaMargarita, con mi mayor sorpresa, continuaba mirándome con undescontento y despecho manifiestos. Su abuelo entretanto me prestabaoído atento; veía levantarse poco á poco su cabeza. Una extraña sonrisailuminaba su fisonomía descarnada y parecía borrarle las arrugas. Depronto, tomando con sus dos manos los brazos de su sillón, se enderezótan alto como era; una llama guerrera brotó de sus profundas órbitas yexclamó con una voz sonora que me hizo extremecer:

—¡Barra al viento, todo al viento! ¡Fuego á babor! ¡Atraca, atraca;arrojad los ganchos! ¡Con vigor! ¡Ya lo tenemos! ¡Fuego allá arriba! ¡Unbuen escobajo! ¡Limpiad el puente! ¡A mí ahora!

¡juntos! ¡Sus! ¡alinglés, al sajón maldito! ¡hurra!

Arrojando este último grito, que agonizó en su garganta, el anciano,inútilmente sostenido por las manos piadosas de su nieta, cayó comoaniquilado en su sillón. A un signo imperioso de la señorita Laroque,salí. Hallé el camino como pude á través del dédalo de corredores y deescaleras, lamentándome vivamente de lo inoportuno que había estado enmi entrevista con el viejo capitán de L'Aimable.

El criado de cabellos grises que me recibió á la llegada, y que se llamaAlain, me esperaba en el vestíbulo para decirme de parte de la señoraLaroque que no tenía tiempo de pasar á mi alojamiento antes de comer, yque me hallaba bien como estaba.

En el momento mismo en que entraba al salón, una sociedad de unas veintepersonas salía para el comedor con las ceremonias usuales. Era la vezprimera desde mi cambio de condición que me hallaba mezclado en unareunión mundana. Habituado en otro tiempo á las pequeñas distincionesque la etiqueta de los salones acuerda en general al nacimiento y á lafortuna, no recibí sin amargura los primeros testimonios de lanegligencia y el desdén á que inevitablemente me condenaba mi nuevasituación.

Reprimiendo lo mejor que pude estas sublevaciones del falsoorgullo, ofrecí mi brazo á una joven pequeña, pero bien formada ygraciosa, que quedaba sola atrás de los convidados, y que era como losupuse la señorita Helouin, la institutriz. Mi asiento en la mesa estabaseñalado cerca del suyo. En tanto que cada uno se acomodaba, apareció laseñorita Margarita, como Antígona, guiando la marcha lenta y pesada desu abuelo. Vino á sentarse á mi derecha con ese aire de tranquilamajestad que le es propio, y el poderoso Terranova, que parece ser elguardián titular de esta princesa, se acostó de centinela tras de susilla.

Creí deber expresar sin retardo á mi vecina, el pesar que sentíaen haber evocado torpemente recuerdos que parecían agitar de una manerapenosa el ánimo de su abuelo.

—Soy yo quien debe excusarse, señor—respondió,—por no haberleprevenido que jamás debe hablarse de los ingleses delante de mi padre...¿Conocéis la Bretaña, señor?

Le contesté que no la había conocido hasta aquel día, pero que meconsideraba muy dichoso en conocerla, y para probar que era digno deella, hablé en estilo lírico de las bellezas pintorescas que me habíanllamado la atención durante el camino. En el instante en que creía queesta diestra lisonja me conciliaba en el más alto grado la benevolenciade la joven bretona, vi con asombro dibujarse en su frente los síntomasde la impaciencia y del fastidio. Decididamente era yo desgraciado conesta niña.

—¡Vamos! veo, señor—dijo con una singular expresión de ironía,—queama usted lo bello, lo que habla á la imaginación y al alma, lanaturaleza, la verdura, los matorrales, las piedras y las bellas artes.Se entenderá usted maravillosamente con la señorita Helouin, que adoraigualmente todas esas cosas, las que para mí no tienen mérito alguno.

—Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que ama usted entonces?

A esta interrogación, que le dirigí en el tono de una amable jovialidad,la señorita Margarita se volvió á mí bruscamente, me lanzó una miradaaltiva, y respondió secamente:

—Amo á mi perro. ¡Aquí, Mervyn!