La Novela de un Joven Pobre by Octave Feuillet - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

OCTAVIO FEUILLET

LA NOVELA

DE UN

JOVEN POBRE

BUENOS AIRES

1909

Capítulos:

Jueves.

Lunes, 27 de abril.

Martes, 28 de abril.

Castillo de Laroque (d'Arz), mayo, 1.º

1.º de julio.

25 de julio.

30 de julio.

20 de agosto.

26 de agosto.

1.º de octubre.

3 de octubre.

4 de octubre.

12 de octubre.

Rennes, 16 de octubre.

París.

Le roman d'un jeune pauvre, cuya versión castiza ofrecemos en estevolumen á los lectores de la Biblioteca, apareció en París en 1857.Tenía el autor entonces treinta y seis años; estaba en toda la plenitudde su actividad mental y en todo el hervor de su juventud, y de allí talvez el cariño con que ha trazado la figura de Máximo Odiot, ese perfectogentilhombre, cautivador en su brillante pobreza.

Octavio Feuillet, al escribir este libro, debió de poner en él mucho desí mismo, de sus personales y elevados sentimientos—

reconocidos portodos sus críticos contemporáneos—y por eso, sin duda, le ha resultadola mejor de sus obras, en donde más resaltan sus esenciales cualidadesde novelista, creador de escenas y caracteres de ideal nobleza.

Y no tan sólo es hermosa La novela de un joven pobre por su asunto yla alteza de los sentimientos que en ella actúan, sino que tambiénsobresale y seduce por las excelencias primorosas del estilo, en que erael autor un magistral artífice.

Espíritu delicado y exquisito, Feuillet hacía su prosa dúctil, ágil,experta. Conocía como pocos el arte de elevarse con prudencia, y detransportar al lector sin ocasionarle vértigos.

Medía, como con untermómetro, el grado de lirismo que conviene á la mayoría del público, yasí jamás daba notas que pudieran discordar en la general armonía de susproducciones.

En esto estriba el principal encanto de ellas, que tienen,como distintivo, un perpetuo y uniforme buen gusto.

La novela de un joven pobre es acabado modelo de lo que dejamos dicho.Por eso será siempre un libro nuevo, un libro joven, con la juventudeterna que en el arte tiene todo lo que significa belleza, gracia,fuerza ó elegancia.

LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

¡Sursum

corda!

París, 20 de

abril de 185...

He aquí la segunda noche que paso en este miserable cuarto, contemplandomelancólicamente mi apagado hogar, escuchando, con estupidez, losrumores monótonos de la calle, y sintiéndome en medio de esta granciudad, más solo, más abandonado y más próximo á la desesperación que elnáufrago que lucha en medio del océano sobre su roto pino. ¡Basta decobardía! Quiero encarar frente á frente mi destino para quitarle sustrazas de espectro; quiero también abrir mi corazón, donde desborda elpesar, al único confidente cuya piedad no puede ofenderme, á ese pálidoy único amigo que me contempla... á mi espejo.

Quiero, pues, escribirmis pensamientos y mi vida, no con una exactitud cotidiana y pueril,pero sin omisión seria, y sobre todo sin mentira. Apreciaré mucho estediario: él será como un eco fraternal que engañe mi soledad y meservirá, al mismo tiempo, como una segunda conciencia, advirtiéndome nodeje pasar en mi vida ninguna acción que mi propia mano no puedaescribir con firmeza.

Busco ahora en el pasado, con triste avidez, todos los hechos, todos losincidentes que hace largo tiempo me hubieran instruído si el respetofilial, la costumbre y la indiferencia de un feliz ocioso, no hubierancerrado mis ojos á toda luz. Me he explicado la melancolía constante yprofunda de mi madre; me explico también su disgusto por la sociedad, yaquel vestido simple y uniforme objeto ya de las burlas, ya de losenojos de mi padre:—

Pareces una sirvienta—le decía.

Yo no podía dejar de ver que nuestra vida de familia era algunas vecesalterada por querellas de carácter más serio, pero jamás fuí testigoinmediato de ellas. Los acentos irritados é imperiosos de mi padre, losrumores de una voz que parecía suplicar y algunos sollozos ahogados, eratodo lo que podía oir.

Atribuía estas borrascas á tentativas violentas éinfructuosas por hacer volver mi madre á la vida elegante y bulliciosade que había gustado en otro tiempo, tanto como puede hacerlo una mujerbuena; pero en la cual no seguía ya á mi padre sino con una repugnanciacada día más obstinada. Después de estas crisis era raro que mi padre nose apresurara á comprar algún bello dije, que mi madre hallaba bajo suservilleta, al sentarse á la mesa, y que jamás usaba. Un día, á la mitaddel invierno, recibió de París una gran caja de flores preciosas: se lasagradeció con efusión á mi padre, pero cuando hubo salido del cuarto, lavi alzar ligeramente los hombros, y dirigir al cielo una mirada deincurable desesperación.

Durante mi infancia y primera juventud había tenido á mi padre muchorespeto, pero muy poco cariño. En efecto, en el curso de este período noconocía sino el lado sombrío de su carácter, el único que se reveló ensu vida doméstica, para la que no había nacido. Más tarde, cuando miedad me permitió acompañarle en el mundo, me sorprendí alegremente alencontrar en él un hombre que ni aun había sospechado. Parecía que en elrecinto de nuestro viejo castillo de familia, se hallaba bajo el peso dealgún encanto fatal: apenas se encontraba fuera, veía despejarse sufrente y dilatarse su pecho: se rejuvenecía.

—¡Vamos, Máximo!—exclamaba—¡galopemos un poco!

Y devorábamos el espacio alegremente. Tenía entonces momentos de alegríajuvenil, entusiasmos, ideas caprichosas, efusiones de sentimientos queencantaban mi joven corazón, y de los que habría querido llevar algunaparte, á mi pobre madre olvidada en su triste rincón. Entonces comencé áamar á mi padre, y mi ternura hacia él se acrecentó hasta una verdaderaadmiración, cuando pude verle en todas las solemnidades de la vidamundana, cazas, carreras, bailes y comidas, manifestar las cualidadessimpáticas de su brillante naturaleza. Diestro jinete, conversadordeslumbrante, excelente jugador, corazón intrépido y mano abierta, yo lemiraba como un tipo acabado de la gracia viril y de la noblezacaballeresca. Él mismo se apellidaba sonriendo, con una especie deamargura: el último gentilhombre.

Tal era mi padre en la sociedad, pero apenas vuelto á casa, mi madre yyo no teníamos bajo nuestros ojos, más que un viejo intranquilo,melancólico y violento.

Los furores de mi padre para con una criatura tan dulce y tan delicadacomo mi madre, me habrían sublevado seguramente, si no hubieran sidoseguidos de esa reacción de ternura y ese redoblamiento de atenciones deque antes he hablado. Justificado á mis ojos por estos testimonios dearrepentimiento, no me parecía sino un hombre naturalmente bueno ysensible, pero arrojado á veces fuera de sí mismo por una resistenciatenaz y sistemática á todos sus gustos y predilecciones. Creía á mimadre atacada de una especie de enfermedad nerviosa. Mi padre me lo dabaá entender así, aunque observando siempre, sobre este asunto, unareserva que yo juzgaba muy legítima.

Los sentimientos de mi madre para su esposo me parecían de unanaturaleza indefinible. Las miradas que dirigía sobre él, se inflamabanal parecer algunas veces con una extraña expresión de severidad; peroesto no era más que un relámpago; un instante después sus bellos ojoshúmedos y su fisonomía inalterable no manifestaban sino una tiernaabnegación y una sumisión apasionada.

Mi madre había sido casada á los quince años, y tocaba yo á losveintidós cuando vino al mundo mi hermana, mi pobre Elena.

Poco tiempodespués de su nacimiento, saliendo mi padre una mañana con la frentearrugada del cuarto en que mi madre se consumía, me hizo señal para quele siguiera al jardín; después de haber dado dos ó tres vueltas ensilencio.

—Tu madre, Máximo—me dijo,—se pone cada vez más caprichosa.

—Sufre tanto, ¡padre mío!

—Sí, sin duda; pero tiene un capricho muy singular; desea que estudiesderecho.

—¡Yo, derecho! ¿cómo quiere mi madre que á mi edad, con mi nacimiento yen mi situación vaya á arrastrarme en los bancos de una escuela? Esosería ridículo.

—Esa es mi opinión—dijo secamente mi padre,—pero tu madre estáenferma, y todo está dicho.

Yo era en aquel tiempo un fatuo, muy envanecido de mi nombre, de mijuvenil importancia y de mis pobres triunfos de salón; pero tenía elcorazón sano, adoraba á mi madre, con la que había vivido durante veinteaños en la más estrecha intimidad que pueda unir dos almas en estemundo; me apresuré á asegurarle mi obediencia: ella me dió las graciasinclinando la cabeza con una triste sonrisa y me hizo besar á mi hermanadormida sobre sus rodillas.

Vivíamos á media legua de Grenoble; pude, pues, seguir mi curso dederecho, sin dejar la casa paterna. Mi madre se hacía dar cuenta, díapor día, del progreso de mis estudios, con un interés tan perseverante,tan apasionado, que llegué á preguntarme, si no habría en el fondo deesta preocupación extraordinaria algo más que un capricho de enferma: sipor acaso la repugnancia y el desdén de mi padre hacia la partepositiva y fastidiosa de la vida, no habrían introducido en nuestrafortuna algún secreto desorden, que el conocimiento del derecho y elhábito de los negocios deberían, según las esperanzas de mi madre,permitir á su hijo reparar. No pude, sin embargo, detenerme en estaidea; verdad es que recordaba haber oído á mi padre quejarse amargamentede los desastres que nuestra fortuna había sufrido durante la épocarevolucionaria; pero desde tiempo atrás estas quejas habían cesado, ypor otra parte, yo siempre las había

hallado

demasiado

injustas,pareciéndome

nuestra

situación de fortuna de las más satisfactorias.Habitábamos, cerca de Grenoble, el castillo hereditario de nuestrafamilia, que era citado en el país por su aspecto señorial. Solíamos mipadre y yo cazar durante un día entero sin salir de nuestras tierras óde nuestros bosques. Nuestras caballerizas eran grandiosas, y estabansiempre llenas de caballos de precio, que eran la pasión y el orgullo demi padre. Poseíamos, además, en París, en el bulevar de los Capuchinos,una magnífica casa, donde encontrábamos un confortable apeadero. En fin,en el lujo habitual de nuestra casa nada dejaba traslucir la sombra dela escasez ó de la proximidad á ella. Nuestra mesa era siempre servidacon una delicadeza particular y refinada, á la que mi padre daba muchaimportancia.

Entretanto, la salud de mi madre declinaba por una pendiente apenassensible, pero continua. Llegó un tiempo en que su carácter angelical sealteró. Su boca, que jamás había pronunciado, en mi presencia al menos,sino dulces palabras, se hizo amarga y punzante; cada uno de mis pasos,fuera del castillo, fué objeto de un comentario irónico. Mi padre que noera mejor tratado que yo, soportaba estos ataques con una paciencia queme parecía meritoria de su parte; pero tomó la costumbre de vivir másque nunca fuera de casa, sintiendo según me decía, la necesidad dedistraerse, de aturdirse sin cesar. Me comprometía siempre áacompañarle, y hallaba placer en mi cariño, en el ardor impaciente de miedad, y para decirlo todo, en una fácil obediencia y en la cobardía demi corazón.

Un día del mes de Septiembre de 185... debían tener lugar á algunadistancia del castillo unas carreras, en las que mi padre habíacomprometido muchos caballos. Él y yo habíamos partido de madrugada yalmorzado en el sitio de las carreras. Hacia mediodía galopaba yo sobrela orilla del Hipódromo, para seguir más de cerca las peripecias de lalucha, cuando de pronto fuí alcanzado por uno de nuestros criados, queme buscaba, según dijo, hacía más de media hora; agregando que mi padrehabía vuelto ya al castillo, á donde mi madre le había hecho llamar, yque me suplicaba le siguiera sin demora.

—Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que hay?

—Creo que la señora se ha empeorado—me respondió,—y partí como unloco. Al llegar vi á mi hermana jugando sobre el césped del gran patio,silencioso y desierto. Corrió hacia mí al apearme del caballo, y medijo, abrazándome con un aire misterioso y casi alegre:—El cura havenido.—Sin embargo, yo no apercibía en la casa ninguna animaciónextraordinaria, ningún signo de desorden ó de alarma. Subí la escaleraprecipitadamente y atravesaba el retrete que comunicaba con el cuarto demi madre, cuando la puerta se abrió lentamente: mi padre apareció enella.

Me detuve delante de él; estaba muy pálido y sus labiostemblaban.—Máximo—me dijo sin mirarme,—tu madre te llama.—Quiseinterrogarlo, pero me hizo una señal con la mano y se aproximórápidamente á una ventana como para mirar hacia afuera. Entré, mi madreestaba medio acostada en su butaca, fuera de la cual pendía uno de susbrazos como inerte.

Sobre su fisonomía, blanca como la cera, volví áhallar repentinamente la exquisita dulzura y la gracia delicada, que elsufrimiento había desterrado poco antes; el ángel del eterno reposoextendía visiblemente sus alas sobre aquella frente apaciguada. Caí derodillas: ella entreabrió los ojos, levantó penosamente su cabezadesfalleciente y me dirigió una larga mirada. Luego con una voz que noera más que un soplo interrumpido, me dijo lentamente estaspalabras:—¡Pobre niño!

Estoy consumida, ya lo ves; no llores; me hasabandonado un poco en este último tiempo; ¡pero estaba yo tan áspera!...Nos volveremos á ver, Máximo, y nos explicaremos, hijo mío... ¡No puedomás!... Recuerda á tu padre lo que me ha prometido. ¡Tú, en el combatede la vida, sé fuerte y perdona á los débiles!...—

Pareció extenuada, seinterrumpió un momento; en seguida, levantando un dedo con esfuerzo, ymirándome fijamente:—¡Tu hermana!—dijo. Sus pupilas azuladas secerraron; luego volvió á abrirlas de golpe, extendiendo los brazos conun gesto rígido y siniestro. Yo lanzé un grito; mi padre se presentó yestrechó largo

tiempo

contra

su

pecho,

en

medio

de

sollozosdesgarradores, el pobre cuerpo de una mártir.

Algunas semanas después, satisfaciendo la formal exigencia de mi padre,que me dijo no hacía sino obedecer los últimos deseos de la quellorábamos, dejé la Francia y comencé a través del mundo esa vidanómada, que he llevado casi hasta este día.

Durante una ausencia de unaño, mi corazón cada vez más amante, á medida que la inquieta fogosidadde la juventud se amortiguaba, me acosó más de una vez para que volvieraá los lugares de la fuente de mi vida, entre la tumba de mi madre y lacuna de mi tierna hermana; pero mi padre había fijado la duraciónprecisa de mi viaje, y no me había educado de modo que

pudiesedesobedecer

ligeramente

sus

órdenes.

Su

correspondencia,

afectuosa,

perobreve,

no

anunciaba

impaciencia alguna con respecto á mi vuelta: fué poresto que me sorprendí más, cuando al desembarcar en Marsella hace dosmeses, hallé muchas cartas de mi padre en las cuales me llamaba con unaprisa febril.

En una noche sombría del mes de Febrero, volví á ver las murallasmacizas de nuestra antigua morada, destacándose sobre una capa deescarcha que cubría la campiña.

Un cierzo destemplado y frío soplaba por intervalos; los copos de nievecaían como las hojas secas de los árboles de la avenida y se posabansobre el suelo húmedo, con un ruido débil y triste.

Al entrar en elpatio, vi una sombra, que me pareció ser la de mi padre, dibujarse enuna de las ventanas del gran salón que estaba en el piso bajo, y que nose abría jamás en los últimos tiempos de la vida de mi madre. Meprecipité en él; al apercibirme, mi padre lanzó una sorda exclamación:luego me abrió los brazos, y sentí su corazón palpitar violentamentecontra el mío.

—Estás helado, pobre hijo mío—me dijo,—caliéntate, caliéntate. Estapieza es fría; yo la prefiero sin embargo, porque al menos aquí serespira.

—¿Y la salud de usted, padre mío?

—Así, así, ya lo ves.—Y dejándome cerca de la chimenea, continuó átravés de este inmenso salón, que estaba apenas iluminado por dos ó tresbujías, el paseo que al parecer había yo interrumpido. Esta extrañaacogida me había consternado.

Miraba á mi padre con estupor.—¿Has vistomis caballos?—me dijo de pronto y sin detenerse.

—¡Padre mío!

—¡Ah, es verdad!... tú acabas de llegar...—Después de un cortosilencio:

—Máximo—agregó,—tengo que hablarte.

—Le escucho á usted, padre mío.

Pareció no oirme, se paseó algún tiempo y repitió muchas veces porintervalos:—Tengo que hablarte, hijo.—Por último lanzó un profundosuspiro, se pasó la mano por la frente y sentándose bruscamente, meseñaló una silla en frente de él.

Entonces, como si hubiera deseadohablarme, sin hallarse con el valor suficiente, sus ojos se detuvieronsobre los míos, y leí en ellos una expresión tal de angustia, dehumildad y de súplica, que de parte de un hombre tan orgulloso como él,me conmovió profundamente. Cualesquiera que fueran las culpas, que tantole costaba confesar, sentía en el fondo de mi alma que le eran muyliberalmente perdonadas. Repentinamente esa mirada que no me abandonaba,tomó una fijeza extraordinaria, vaga y terrible; su mano se crispó sobremi brazo; se levantó de su sillón y volviendo á caer en el instante, seresbaló pesadamente sobre el pavimento: ya no existía. Nuestro corazónno razona, ni calcula: esa es su gloria. Hacía un momento que todo lohabía adivinado; un solo minuto había bastado para revelarme de repente,sin una palabra de explicación, por un rayo de luz irresistible, lafatal verdad que mil hechos repetidos cada día durante veinte años, nohabía podido hacerme sospechar. Había comprendido que la ruina estabaallí, en aquella casa y sobre mi cabeza. ¡Y... bien!

No sé, sidejándome mi padre colmado de todos sus beneficios, me hubiera costadomás y más amargas lágrimas. A mi pesar, á mi profundo dolor, se unía unapiedad que, ascendiendo del hijo al padre, tenía algo de singularmentepunzante.

Veía siempre aquella mirada, suplicante, humilde, extraviada: medesesperaba por no haber podido decir una palabra de consuelo á aqueldesgraciado corazón antes de acabarse su existencia, y gritaba como unloco al que ya no me oía—¡yo te perdono!—¡yo te perdono!

¡Oh! ¡qué instante, Dios mío!

Según lo que he podido conjeturar, mi madre al morir había hechoprometer á mi padre, que vendería la mayor parte de sus bienes parapagar enteramente la deuda enorme que había contraído, gastando todoslos años una tercera parte más de sus rentas, y reducirse en seguida ávivir estrictamente con lo que le quedase. Mi padre había tratado decumplir este compromiso: había vendido sus bosques y sus tierras; pero,viéndose entonces dueño de un capital considerable, no había dedicadosino una pequeña parte á la amortización de su deuda, y había emprendidoel restablecimiento de su fortuna confiando el resto á los detestablesazares de la bolsa. Así acabó de perderse.

No he podido aún sondar el fondo del abismo en que estamos sumergidos.Una semana después de la muerte de mi padre, caí gravemente enfermo, ysólo con mucho trabajo, después de dos meses de sufrimiento, he podidodejar nuestro castillo patrimonial, el día en que un extraño tomabaposesión de él.

Afortunadamente, un antiguo amigo de mi padre que habitaen París, y que en otro tiempo era el encargado de los negocios denuestra familia en calidad de notario, ha venido á ayudarme en estastristes circunstancias: me ha prometido emprender él mismo, un trabajode liquidación que presentaba á mi inexperiencia dificultadesinsuperables. Le he abandonado absolutamente el cuidado de arreglar losnegocios de la sucesión y presumo que su tarea estará terminada hoy.Apenas llegué ayer, fuí á su casa; estaba en el campo, de donde novendrá hasta mañana. Estos dos días han sido crueles: la incertidumbrees verdaderamente el peor de todos los males, porque es el único quesuspende necesariamente todos los resortes del alma, y enerva el valor.Mucho me hubiera sorprendido hace diez años el que me hubiesenprofetizado, que ese viejo notario, cuyo lenguaje formalista y secapolítica, nos divertía tanto, á mi padre y á mí, había de ser un día eloráculo de quien esperara el decreto supremo de mi destino... Hago loposible para ponerme en guardia

contra

esperanzas

exageradas;

hecalculado

aproximativamente que, pagadas todas nuestras deudas, nosquedará un capital de ciento veinte á ciento cincuenta mil francos. Esdifícil que una fortuna que ascendía á cinco millones, no nos deje almenos este sobrante. Mi intención es tomar para mí diez mil francos ymarchar á buscar fortuna en los Estados Unidos, abandonando el resto ámi hermana.

¡Basta de escribir por esta noche! ¡Triste ocupación es traer á lamemoria tales recuerdos! Siento, sin embargo, que me han proporcionadoun poco de calma. El trabajo es sin duda una ley sagrada, pues me bastahacer la más ligera aplicación de él, para sentir un no sé qué decontento y de serenidad. El hombre no ama al trabajo y sin embargo nopuede desconocer sus inefables beneficios; cada día los experimenta, losgoza, y al día siguiente vuelve á emprenderlo con la misma repugnancia.Me parece que hay en esto una contradicción singular y misteriosa, comosi sintiésemos á la vez en el trabajo, el castigo y el carácter divino ypaternal del juez.

Jueves.

Esta mañana al despertar, se me entregó una carta del viejo Laubepin. Enella me invitaba á comer, excusándose de esta gran libertad, y nohaciéndome comunicación alguna relativa á mis intereses. Esta reserva mepareció de muy mal augurio.

Esperando la hora fijada saqué á mi hermana del convento y la he paseadopor París. La niña no presume ni remotamente nuestra ruina. Ha tenido enel curso del día, diversos caprichos, bastante costosos. Ha hecho largaprovisión de guantes, papel rosado, confites para sus amigas, esenciasfinas, jabones extraordinarios, pinceles pequeños, cosas todas muyútiles sin duda, pero que lo son mucho menos que una comida.

¡QuieraDios, lo ignore siempre!

A las seis estaba en la calle Cassette, casa del señor Laubepin.

No séqué edad puede tener nuestro viejo amigo; pero por muy lejos que seremonten mis recuerdos en lo pasado, lo hallo tal como lo he vuelto áver: alto, seco, un poco agobiado, cabellos blancos, en desorden, ojospenetrantes, escondidos bajo mechones de cejas negras, y una fisonomíarobusta y fina á la vez. También he vuelto á ver su frac negro de corteantiguo, la corbata blanca profesional, y el diamante hereditario en lapechera; en una palabra, con todos los signos exteriores de un espíritugrave, metódico y amigo de las tradiciones. El anciano me esperabadelante de la puerta de su pequeño salón: después de una profundainclinación, tomó ligeramente mi mano entre sus dos dedos y me condujofrente á una señora anciana, de apariencia bastante sencilla, que semantenía de pie delante de la chimenea:

—¡El señor marqués de Champcey d'Hauterive!—dijo entonces el señorLaubepin con su voz fuerte, tartajosa y enfática: luego de pronto, en untono más humilde y volviéndose hacia mí:—La señora Laubepin—dijo.

Nos sentamos, y hubo un momento de embarazoso silencio.

Esperaba unesclarecimiento inmediato de mi situación definitiva; viendo que eradiferido, presumí que no sería de una naturaleza agradable, y estapresunción me era confirmada por las miradas de discreta compasión conque me honraba furtivamente la señora Laubepin. Por su parte, el señorLaubepin me observaba con una atención singular, que no me parecíaexenta de malicia. Recordé entonces que mi padre había pretendidosiempre, descubrir en el corazón del ceremonioso Tabelion y bajo susafectados respetos, un resto de antiguo germen bourgeois plebeyo y aunjacobino. Me pareció que ese germen fermentaba un poco en aquel momentoy que las secretas antipatías del viejo hallaban alguna satisfacción enel espectáculo de un noble en tortura. Tomé al instante la palabra,tratando de mostrar, á pesar de la postración real en que me hallaba,una plena libertad de espíritu.

—¡Cómo! Señor Laubepin, conque ha dejado usted la plaza de PetitsPères, esa querida plaza de Petits Pères. ¿Ha podido usted decidirseá ello? ¡No lo habría creído jamás!...

—Verdaderamente, señor marqués—respondió el señor Laubepin,—es unainfidelidad que no corresponde á mi edad; pero cediendo el estudio, hedebido ceder también la casa, atendiendo á que un escudo no puedemudarse como una muestra.

—Sin embargo ¿se ocupa usted aún de negocios?

—Amigable y oficiosamente, sí, señor marqués. Algunas familiashonorables y considerables cuya confianza he tenido la dicha de obtener,durante una práctica de cuarenta y cinco años, reclaman aún,especialmente en circunstancias delicadas, los consejos de miexperiencia, y creo poder agregar que rara vez se arrepienten dehaberlos seguido.

Cuando el señor Laubepin acababa de rendirse á sí mismo este honoríficotestimonio, una vieja criada vino á anunciarnos que la comida estabaservida. Tuve entonces el placer de conducir al comedor á la señora deLaubepin. Durante la comida la conversación se arrastró en los másinsignificantes asuntos. El señor Laubepin no cesaba de clavar en mí sumirada penetrante y equívoca, en tanto que su esposa tomaba, alofrecerme cada plato, el tono doloroso y lastimero que se afecta cercadel lecho de un enfermo. En fin, nos levantamos y el viejo notario meintrodujo en su gabinete, donde al momento se nos sirvió el café.

Haciéndome sentar entonces y poniéndose de espaldas á la chimenea,dijo:—Señor marqués de Champcey d'Hauterive, me preparaba ayer áescribirle, cuando supe su llegada á París, la que me permite informarleá usted in voce del resultado de mi celo y de mis operaciones.

—Presiento, señor, que ese resultado no es muy favorable.

—No le ocultaré, señor marqués, que debe usted armarse de todo su valorpara conocerlo; pero está en mis hábitos proceder con método. El año de1820, la señorita Luisa Elena Dougalt Delatouche D'Erouville fué pedidaen matrimonio por Carlos Cristian Odiot, marqués de Champceyd'Hauterive; investido por una especie de tradición secular de ladirección de los negocios de la familia Dougalt Delatouche, y admitidocon una respetuosa familiaridad de largo tiempo atrás, cerca de la jovenheredera de aquella casa, debí emplear todos los argumentos de la razónpara combatir las inclinaciones de su corazón y retraerla de aquellafunesta alianza, y digo funesta alianza, no porque la fortuna del señorde Champcey fuese, á pesar de algunas hipotecas que la gravaban á lasazón, menos que la de la señorita Delatouche. Yo conocía, empero, elcarácter y temperamento, en cierto modo hereditario, del señor deChampcey: bajo las exterioridades seductoras y caballerescas que lodistinguían, como á todos los de su familia, percibía claramente lairreflexión obstinada, la incurable ligereza, el furor de los placeres,y por último, el implacable egoísmo...

—Caballero—le interrumpí bruscamente,—la memoria de mi padre essagrada para mí, y creo que debe serlo á cuantos hablen de él en mipresencia.

—Señor—replicó el anciano, con una emoción repentina yviolenta,—respeto ese sentimiento, pero al hablar de su padre, me esmuy difícil olvidar que hablo del hombre ¡que mató á su madre de usted,una joven heroica, una santa, un ángel!

Me había levantado muy agitado. El señor Laubepin, que había dadoalgunos pasos por el gabinete, me tomó del brazo.

—Perdón, joven—me dijo,—pero yo amaba á su madre de usted, la hellorado; perdóneme...

—Después, volviéndose á colocar delante de la chimenea:—

Voy ácontinuar—añadió con el tono solemne que le es habitual.—Tuve el honory la pena de redactar el contrato matrimonial de su señora madre. Apesar de mi insistencia, nada se hablaba del régimen dotal, y costómegrandes esfuerzos introducir en el acta, una cláusula protectora quedeclaraba inalienable, sin el consentimiento legalmente expreso de suseñora madre, un tercio de su haber inmueble. ¡Vana precaución!, señormarqués, y podríamos decir, precaución cruel de una amistad malinspirada, porque esta cláusula fatal no hizo sino

prepararinsoportables

tormentos

á

aquélla,

cuya

salvaguardia debía ser. Yocomprendo esas luchas, esas querellas, esas violencias, cuyo eco debióherir los oídos de usted más de una vez, y en las cuales se arrancaba,pedazo á pedazo, á su desdichada madre, ¡la última herencia y el pan desus hijos!

—¡Señor, por piedad!

—Me someto, señor marqués... me limitaré á lo presente.

Apenas honradocon la confianza de usted, mi primer deber era aconsejarle que noaceptase sino bajo beneficio de inventario, la embrollada sucesión quele había correspondido.

—Esta medida, señor, me ha parecido que ultrajaba la memoria de mipadre, y debí negarme.

El señor Laubepin me lanzó una de sus miradas inquisitoriales que le sonfamiliares; y repuso.

—Usted no ignora, señor, al parecer, que por no haber usado de aquellafacultad legal, gravitan sobre usted los compromisos que afectan lasucesión, aun cuando excedan á su valor. Por lo tanto, tengo hoy elpenoso deber de decirle que éste es precisamente el caso en que usted seencuentra. Como se puede ver, en este legajo consta perfectamente quedespués de vender su finca, bajo condiciones inesperadas, quedarántodavía usted y su hermana adeudando á los acreedores de su señor padre,la suma de cuarenta y cinco mil francos.

Quedé verdaderamente aterrado con esta noticia, que excedía á mis másavanzados cálculos. Durante un minuto presté una atención embrutecida alruido monótono del péndulo en que fijé mis ojos sin miradas.

—Ahora—continuó el señor Laubepin, después de un corto silencio,—hallegado el momento de decirle, señor marqués, que su señora madre, enprevisión de las eventualidades que por desgracia se realizan hoy, meconfió en depósito algunas alhajas cuyo valor se ha estimado en unoscincuenta mil francos. Para impedir que esta corta cantidad, su únicorecurso en adelante, pase á manos de los acreedores de latestamentaría, podemos usar, yo lo creo así, del subterfugio legal quevoy á tener el honor de exponerle.

—Es enteramente inútil, señor; me considero muy dichoso en poder, conel auxilio de esa cantidad que no esperaba, saldar íntegramente lasdeudas de mi padre, y le ruego le dé esa inversión.

El señor Laubepin se inclinó ligeramente.

—Sea—dijo,—pero me es imposible dejar de observar, señor marqués, queuna vez hecho este pago con el depósito que está en mi poder, no lesquedará por toda fortuna, á la señorita Elena y á usted, más que cuatroó cinco mil libras, las cuales, al interés actual, les darán una rentade 225 francos. Sentado esto, séame permitido, señor marqués,preguntarle confidencial, amigable y respetuosamente, si ha arbitradousted algún medio de asegurar su existencia y la de su hermana y pupila,y cuáles son sus proyectos.

—Yo no tengo ninguno, señor, se lo confieso; todos los que había podidoformar, son inconciliables con el estado á que me veo reducido. Si yofuera solo en el mundo, me haría soldado; pero tengo á mi hermana; nopuedo tolerar la idea de ver á la pobre niña sometida al trabajo yreducida á las privaciones. Ella vive dichosa en su convento; esbastante joven para permanecer allí algunos años, yo aceptaría de todocorazón cualquier ocupación

que

me

permitiera,

reduciéndome

á

la

mayorestrechez, ganar cada año el precio de la pensión de mi hermana yreunirle un dote para el porvenir.

El señor Laubepin me miró con fijeza.—Para alcanzar tan honorableobjeto—contestóme—no debe usted pensar, señor marqués, en entrar, ásu edad, en la trillada carrera de la administración pública, y de lasfunciones oficiales. Le convendría un empleo que le asegurase, desdeluego, cinco ó seis mil francos anuales de renta. Debo decirle que en elestado de nuestra organización social no basta estirar la mano paraalcanzar este

desideratum

pero

afortunadamente

tengo

que

comunicarlealgunas proposiciones que le conciernen y cuya naturaleza puedemodificar desde ahora, y sin gran esfuerzo, su situación.

—El señor Laubepin fijó en mí sus ojos con una atención más penetranteque nunca y continuó.

—En primer lugar, señor marqués, seré para usted el órgano decomunicación de un especulador hábil, rico é influyente; este personajeha concebido la idea de una empresa de consideración, cuya naturaleza leexplicaré en seguida y que fracasará si no le presta su concursoparticular la clase aristocrática de este país. Él cree que si un nombreantiguo é ilustre como el de usted, figurase en la lista de los miembrosfundadores de la empresa, llegaría á ganarse simpatías en las clases delpúblico especial á quien el prospecto se dirige. En vista de estaventaja, le ofrece á usted, desde luego, lo que se llama comúnmente unaprima, es decir, diez acciones á título gratuito, cuyo valor estimadodesde este momento en diez mil francos, es verosímil que se triplicarácon el éxito de la operación. Además...

—Basta, señor; semejantes ignominias no valen el trabajo que se toma alformularlas.

Vi brillar repentinamente los ojos del anciano bajo sus espesas cejascomo si una chispa se hubiera desprendido de ellos. Una débil sonrisadesplegó las rígidas arrugas de su rostro.

—Si la proposición no le agrada señor Marqués—dijo tartajeando,—á mítampoco me gusta; á pesar de todo, he creído de mi deber indicársela. Heaquí otra que tal vez le agradará más, y que de cierto es más aceptable.Entre mis más antiguos clientes cuento, señor, á un honrado comercianteretirado, poco ha, de los negocios, que vive holgadamente en compañía deuna hija única, á la que adora como es natural, y que goza de una aureamediocritas que avalúo en veinticinco mil libras de renta.

Lacasualidad quiso, ahora tres días, que la hija de mi cliente tuviesenoticias de la situación de usted: yo he creído ver, y aun he podidoasegurarme para decirlo todo, que la niña, que por otra parte es bonitay está adornada de cualidades estimables, no vacilaría un instante enaceptar con la mano de usted, el título de Marquesa de Champcey. Elpadre consiente y yo no espero sino una palabra de usted, señor Marqués,para decirle el nombre y domicilio de esta familia... interesante.

—Esto me determina completamente; mañana mismo dejaré un título que enmi situación es irrisorio, y que parece además exponerme á las másmiserables empresas de la intriga. El apellido originario de mi familiaes Odiot; este solo es el que llevaré en lo sucesivo. Sin embargo,reconociendo toda la vivacidad del interés que ha podido inducirle áusted á ser el intérprete de tan singulares proposiciones, le ruegoomita todas las que puedan tener un carácter análogo.

—En ese caso, señor Marqués—respondió el señor Laubepin,—nada tengoque decirle.

Al mismo tiempo, atacado de un acceso súbito de jovialidad, frotóse, lasmanos, produciendo un ruido como de pergaminos que se restregan. Luegoagregó riéndose.—Es usted un hombre difícil de complacer, señor Máximo.¡Ah, ah! muy difícil. Es asombroso que no haya notado antes la palpablesimilitud que la Naturaleza se ha complacido en establecer entre lafisonomía suya y la de su señora madre... Particularmente los ojos y lasonrisa... pero no nos extraviemos, y puesto que no quiere usted deberla subsistencia sino á un honorable trabajo, perdóneme que le preguntecuáles son sus aptitudes y sus talentos.

—Mi educación, señor, ha sido naturalmente la de un hombre destinado ála riqueza y á la ociosidad. Sin embargo, he estudiado derecho, y tengoel título de abogado.

—¡Abogado! ¡Ah, diablo!... ¡usted abogado! Pero el título no basta: enla carrera del foro, es menester, más que en ninguna otra, pagarse unpoco de su persona... y esto... veamos, ¿se cree usted elocuente, señorMarqués?

—Tan poco, señor, que me creo enteramente incapaz de improvisar dosfrases en público.

—¡Hum! no es eso precisamente á lo que puede llamarse vocación paraorador; será preciso dirigirse á otro lado, pero la materia exige másamplias reflexiones. Por otra parte, veo que está usted fatigado. Tomelos papeles que le suplico examine á su satisfacción.

—Tengo el gusto de saludarle.

—Permítame que le alumbre. Perdón... ¿debo esperar nuevas órdenes antesde consagrar al pago de los acreedores el precio de los dijes y joyasque tengo en mi poder?

—No, ciertamente. Espero, además, que de lo que resta, se cobre ustedla justa remuneración de sus buenos oficios.

Llegábamos á la meseta de la escalera: el señor Laubepin, cuyo cuerpo seencorva un poco cuando camina, se enderezó bruscamente.

—En lo que concierne á los acreedores, señor Marqués—me dijo—loobedeceré con respeto. Por lo que á mí concierne, he sido el amigo de suseñora madre, y suplico humilde y encarecidamente á su hijo, que metrate como á un amigo.

Tendí al anciano mi mano, que apretó con fuerza y nos separamos.

Vuelto al pequeño cuarto, que ocupo bajo el techo de esta casa, que yano me pertenece, he querido probarme á mí mismo que la certidumbre de micompleta ruina no me sumergía en un abatimiento indigno de un hombre. Mehe puesto á escribir la relación de este día decisivo de mi vida,esmerándome en conservar la fraseología exacta del viejo notario, y eselenguaje, mezcla de dureza y de cortesía, de desconfianza ysensibilidad, que mientras que tenía el alma traspasada de dolor, me hahecho sonreir más de una vez.

He aquí, pues, la pobreza; no ya la pobreza oculta, orgullosa y poéticaque mi imaginación soportaba valientemente á través de los grandesbosques, de los desiertos y de las llanuras, sino la miseria positiva,la necesidad, la dependencia, la humillación, y algo peor todavía: laamarga pobreza del rico caído, la pobreza de frac negro que oculta susmanos desnudas á los amigos que pasan.

—Vamos, hermano, valor.

Lunes, 27 de

abril.

He esperado en vano durante cinco días, noticias del señor Laubepin,confieso que contaba seriamente con el interés que había parecidomanifestarme. Su experiencia, sus conocimientos prácticos, sus muchasrelaciones le proporcionaban los medios de serme útil. Estaba pronto áejecutar bajo su dirección todas las diligencias necesarias; peroabandonado á mí mismo, no sabía absolutamente hacia qué lado dirigir mispasos. Le creía uno de esos hombres que prometen poco y hacen mucho.Temo haberme engañado. Esta mañana me determiné á ir á su casa con elobjeto de devolverle los documentos que me había confiado y cuya tristeexactitud he podido comprobar. Me dijeron que el buen señor había salidoá gozar de las dulzuras del campo, en no sé qué castillo en el fondo dela Bretaña. Estará aún ausente por dos ó tres días. Esto me haconsternado. No sentía solamente el pesar de encontrarme con laindiferencia y el abandono, donde había creído hallar la oficiosidad deuna verdadera amistad, sentía aún más, la amargura de volverme comohabía venido, con la bolsa vacía. Contaba con pedir al señor Laubepinalgún dinero á cuenta, sobre los tres ó cuatro mil francos que debenquedarnos después del pago íntegro de nuestras deudas, pues por más queme haga el anacoreta desde mi llegada á París, la suma insignificanteque había podido reservar para mí viaje, está agotada completamente, ytan agotada que después de haber hecho esta mañana un verdadero almuerzode pastor, castanoe molles et pressi copia lactis, he tenido querecurrir para comer, á una especie de pillería, cuyo melancólicorecuerdo quiero consignar aquí.

Cuanto menos se ha almorzado, más se desea comer. Es este un axioma cuyafuerza he sentido hoy en toda su extensión antes que el sol hubieseterminado su carrera. Entre los paseantes que la pureza del cielo habíatraído á las Tullerías, hacia el mediodía, y que contemplaban lasprimeras sonrisas de la primavera juguetear sobre la faz de mármol delos silvanos, se notaba un hombre joven, de un porte irreprochable, queparecía estudiar con extraordinaria solicitud el despertar de laNaturaleza. No contento en devorar con la mirada la nueva verdura, se leveía de vez en cuando arrancar furtivamente de sus tallos algunos nuevosy apetitosos brotes, hojas no desarrolladas aún, y llevarlas á suslabios, con una curiosidad de botánico.

He podido asegurarme que este recurso alimenticio que me había sidoindicado por la historia de los náufragos, tiene un valor muy mediocre.Sin embargo, he enriquecido mi experiencia con algunas nociones útiles:así sé, para en adelante, que el follaje del castaño es tan amargo á laboca como al corazón; el rosal no es malo, el tilo es aceitoso ybastante agradable y la lila picante y malsana según creo.

Meditando sobre estos descubrimientos me dirigí hacia el convento deElena. Al poner el pie en el locutorio, que encontré lleno como unacolmena, me sentí más aturdido que nunca por las tumultuosasconfidencias de las jóvenes abejas. Elena llegó con los cabellos endesorden, las mejillas inflamadas, los ojos colorados y chispeantes;traía en la mano un pedazo de pan del largo de su brazo. Me abrazó conun aire preocupado:

—Y bien, hijita, ¿qué es lo que tienes? Tú has llorado.

—No, Máximo, no tengo nada.

—¿Qué es lo que hay? Veamos...

Bajando la voz, me dijo:—¡oh, soy muy desgraciada, mi querido Máximo!

—¿Es verdad? Vaya, cuéntame eso, comiendo tu pan.

—¡Oh! soy demasiado desgraciada para comer mi pan. Como tú sabesperfectamente, Lucía Campbell es mi mejor amiga, pues bien; hemos reñidomortalmente.

—¡Oh, Dios mío!... pero permanece tranquila, chiquilla; ya searreglarán ustedes...

—¡Ah! Máximo, eso es imposible. Mira, han pasado cosas demasiadograves. Al principio no fué nada; pero como sabes, una se altera ypierde la cabeza. Figúrate que jugábamos al volante, y Lucía se equivocóal contar sus puntos; yo tenía seiscientos ochenta y ella seiscientosquince solamente, y ha pretendido tener seiscientos setenta y cinco. Meconfesarás que esto era demasiado fuerte. Yo sostuve mi cifra y porsupuesto, ella la suya. Y bien, señorita, le dije, consultemos á estasseñoritas; yo me someto á su fallo. No, señorita, me contestó, estoysegura de mi cuenta y es usted una mala jugadora. Y usted una mentirosa,le respondí. Está bien, la desprecio demasiado para contestarle, medijo. La hermana Sainte Félix, llegó afortunadamente en ese momento,pues yo creo que iba á pegarle... He ahí lo que ha pasado. Ya ves, esimposible arreglarnos después de esto. ¡Imposible! eso sería unacobardía. Entretanto, no puedo decirte cuánto sufro, creo que no haysobre la tierra una persona más desgraciada que yo.

—Ciertamente, hija mía, es difícil imaginarse una desgracia más grandeque la tuya. Pero si he de decirte mi modo de pensar, tú te la hasatraído en cierto modo, porque en esta querella tu boca ha pronunciadola primer ofensa. Veamos, ¿está en el locutorio tu Lucía?

—Sí, mírala allá en el rincón.—Y me mostró con un movimiento de cabezauna niña pequeña muy rubia, que tenía como ella los ojos colorados, lasmejillas inflamadas, y que parecía hacer en aquellos momentos, á unaanciana muy atenta, el relato del drama que la hermana Sainte Félixhabía afortunadamente interrumpido. Al hablar con un fuego digno delasunto, la señorita Campbell lanzaba de tiempo en tiempo una miradafurtiva sobre Elena y sobre mí.