La Niña de Luzmela by Concha Espina - HTML preview

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…. ¡Hermano demi alma, que por ella se ha condenado; que está en los profundosinfiernos por culpa de esta mal nacida!…

Narcisa, impasible y majestuosa, presidía la escena como un juez severo,asistiendo con gestos de indignación a los desatinados discursos de sumadre, mientras Julio, que había acudido sañudo y acechante al umbralde la puerta, fulguraba sobre la trémula niña su mirada monstruosa, yoyendo buhar y maldecir a las dos mujeres, toda su mezquina figura seestremecía de satánico gozo….

Pálida y convulsa resplandecía tan bella la muchacha, que Narcisahubiera querido aniquilarla con sus ojos acerados, cargados de ira.

Cuando la dejaron sola con su terror, se quitó con manos temblonas elalegre vestido blanco, y otra vez se abrumó bajo la tela sombría de suluto. Estaba descontenta de sí misma; tal vez doña Rebeca tenía un pocode razón; acaso había algo de ingratitud de su parte en aquellainvoluntaria fatiga que le causaba la ropa negra, vieja y pesada.Mortificábase con la duda de si el antojo del vestido blanco habríaofendido la memoria de aquel hombre a quien en el fondo de su corazónllamaba padre, y le dolían, con violento dolor, las crueles palabras queacababa de oír sobre la condenación de don Manuel. Toda su alma estabasublevada de indignaciones porque la culpasen a ella de aquellacondenación posible.

Tanto oía anatematizar a todas horas la injusticia del testamento de suprotector, que llegó a tener sospechas de semejante injusticia; porquesi ella no era, por fin, hija del noble solariego, ¿qué era en aquellafamilia, y qué motivos había para que la piedad del testador laasistiese por encima de los naturales derechos de la hermana?

Pero, y Salvador, ¿no parecía también un extraño, un intruso que habíavenido a poseer libre y completamente parte de la fortuna del amigo?

Había un gran misterio en la última voluntad de don Manuel, y Carmencitamartirizaba en vano su inteligencia con aquellas profundas meditaciones.

Cuando en su presencia se insultaba acerbamente al difunto caballero,rompía a llorar descorazonada al sentirse impotente para defenderle deaquellas furias, y un lejano temor de que por haberla amado a ellapurgase alguna injusticia el alma de aquel hombre la llenaba desobresalto.

Siempre, en tales ocasiones, las dos terribles mujeres se burlaban de suangustia, y la escena terminaba con el mote convenido.

—La santa… es la santa…. ¡pobrecita!…

Ella, entonces, erguía su corazón acobardado para decirle a Dios eníntima plegaria:

—¡Y bien, Señor, yo quiero ser santa; es preciso que lo sea…; hazmesanta, Dios mío…, hazme santa de veras!

IV

Entretanto, Salvador Fernández, médico municipal de Villazón, habíatrasladado su residencia desde la villa al pueblo gracioso y pequeño deLuzmela.

En plena posesión del cuantioso legado del amigo, Salvador no habíapensado ni un momento en cambiar de vida ni alterar en nada suscostumbres humildes.

En el palacio de Luzmela como en la posada de Villazón, el médico erasiempre un hombre bondadoso y amable, de carácter tímido y vidasencilla.

Había destinado para su uso las habitaciones de don Manuel, y en la casase desenvolvían las horas serenas y blandas, mudas y lentas, igual queen los días postreros del hidalgo.

Diríase que el espíritu benigno del solariego, con la amargura de susmemorias, con la bondad de sus sentimientos, presidía aún y gobernabalas labores y las intimidades de la pudiente casa labradora.

Salvador seguía visitando a sus enfermos con la misma atención quecuando de su carrera hacía estímulo de prosperidad y base de laexistencia, sólo que ahora había renunciado a la subvención delMunicipio para que otro médico la disfrutase.

Enamorado de su profesión, hizo de ella un culto piadoso, que practicabaen favor de los pobres. De la herencia que libremente podía disfrutarsólo tomaba lo preciso para sostener el decoro de la casa y hacer algúnviaje a las grandes clínicas extranjeras, en demanda de luces y medioscon que extender en el valle la misericordia de su misión.

Así las gentes le adoraban y le bendecían, y él paseaba por los campossu conciencia pura, con la santa simplicidad de un apóstol del Bien,convencido y ferviente.

Desde que se reconoció hijo sin nombre de una infeliz aldeana, humillósu corazón en una mansedumbre dignificadora, que le confortó y sirvió dealivio a sus íntimas tristezas.

Luego, su vida tuvo un doble objeto santo y noble: derramar losconsuelos de la más piadosa de las ciencias sobre los dolientes sinventura y velar por la dicha de Carmen.

Era para él una suprema delicia espiritual el consagrarse de lleno apagar en la hija la inmensa deuda de gratitud contraída con el padre.

Su oración cotidiana consistía en memorar los bienes recibidos deaquella pródiga mano que salvó a su madre de la desesperación, lalevantó de la ignominia y la honró haciendo del niño desvalido ymiserable un hombre de sano corazón, enveredado por una senda segura dela vida.

Después de enfervorizarse con esta membranza sentimental y preciosa, Salvador discurría amorosamente sobre el porvenir de su protegida.

El nada sabía de los misteriosos terrores que la niña le había inspiradola sola idea de que doña Rebeca la llevase de la mano camino adelante,ni mucho menos sospechaba las torturas que la pobre criatura padecía enpoder de los de Rucanto.

Como todas sus atribuciones sobre la pequeña eran morales y secretas,Salvador no se atrevía a significarse visitándola demasiado y selimitaba a verla con toda la frecuencia posible dentro de una prudenciaconveniente.

Antes que la niña partiese de Luzmela pudo él abrazarla y prometerlatoda su fortuna y su desvelo.

Carmen había llorado sobre aquel noble corazón con un silencioso llantocontenido y acerbo, que era acaso, más que el desahogo del dolorpresente, el presentimiento agudo del futuro dolor.

—Todo cuanto te ocurra, me lo contarás le había suplicado el joven—.

Si sufres, si necesitas algo, me lo dirás en seguida; prométemelo.

Ella le miró fijamente a los ojos y preguntóle:

—¿Lo mandó mi padrino?

—Sí, lo mandó; te lo juro, Carmen.

—A mí no me dijo nada.

—Pero me lo dijo a mí todo; tú eras muy pequeña para hablarte de estascosas; además temía darte demasiada aflicción. El quiso que tú fuerasmuy dichosa, todo lo más que sea posible, y que nunca le olvidases.

—No, nunca—repitió la niña sollozando.

Y, con voz firme, añadió después:

—Yo haré todo cuanto él dejó mandado…; seré muy buena.

—Ya lo sé; estoy seguro; pero es preciso que también seas feliz…. Noolvides que yo soy tu mejor amigo, que Luzmela será siempre tu casa…,que todo cuanto yo tengo es tuyo, todo, ¿entiendes?

Ella, desconsolada, murmuró:

—¡Si fueses mi hermano!

Enmudecido acarició él aquella linda cabeza, ya inclinada por elinfortunio, y la niña, viéndole callado y afligido, saboreó la amarguradel desengaño irremediable.

V

En aquellos cuatro años transcurridos, Salvador visitaba a Carmen muchasveces. La dulce gravedad habitual en la niña le había engañado, porqueaquella dulzura triste ya no era sólo espejo de un alma sensible ysoñadora, sino que era también señuelo y transfloración de un almadolorida.

La niña había espigado mucho; su belleza, ya potente, se acentuaba conuna encantadora delicadeza de líneas.

Lo más atractivo de su persona era el halo de bondad que nimbaba sufrente y la serena expresión amorosa y profunda de sus ojos garzos.

Había en su sonrisa una mística expresión, siempre encesa, como enideal culto de algún divino pensamiento.

Aquel sublime encanto de la joven era la desesperación de Narcisa y desu madre, que llegaron a odiarla.

Salvador participaba en la casona de la aversión que allí sentían por laniña de Luzmela; no en vano era otro heredero de don Manuel de la Torre.

Según doña Rebeca y su hija, los jóvenes favorecidos por el hidalgopodían considerarse unos ladrones, los secuestradores de la débilvoluntad de un loco, cuyo testamento constituía un «atentado contra lossagrados derechos de la familia, una estafa perpetrada por aquelsanturrón hipócrita y aquella gatita mansa….»

A pesar de estos finos comentarios, hechos sin recato ni vergüenzadelante de la misma Carmen, las de Rucanto recibían a Salvador conagasajo y blandura, considerándole «un buen partido».

Delante de él halagaba doña Rebeca a la niña y ponderaba su crecimientoy donosura.

Narcisa, menos asequible al disimulo y más altiva, se conformaba condemostrar, en aquellas ocasiones, una tolerancia benévola hacia Carmen,concedida con un aire de superioridad y protección llenos de majestad.

Salvador era poco ducho en artificios de mujeres; todo sinceridad ynobleza, dejábase engañar fácilmente por las dolosas apariencias delbuen trato que Carmen parecía recibir.

A veces, en sus breves visitas a Rucanto le acompañaba Rita, la buenaanciana, siempre ganosa de ver a su santa querida.

Vivía la fiel servidora al lado del médico, ocupando en la casa deLuzmela su puesto de confianza, tantos años acreditado por una constanteadhesión al difunto caballero.

En vano intentara Rita continuar al inmediato servicio de Carmen. DoñaRebeca había manifestado a este deseo una ostensible oposición, y laanciana hubo de conformarse con visitar a la niña en todas las ocasionesposibles.

De estas visitas no salía nunca tan satisfecha como Salvador.

En una de las que hizo por aquel tiempo quedóse como nunca malimpresionada, y, de regreso a Luzmela, iba murmurando:

—Está triste la niña….

—Es su seriedad propia, su traje adusto, lo que le da esa aparienciamelancólica—respondió el médico.

—No, no; cuando habla parece que va a llorar….

Salvador se quedó pensativo, un poco inquieto.

—Además—añadió la mujer, recelosa—jamás nos la dejan ver sintestigos…; muchos domingos voy a misa a Rucanto por buscar ocasión dehablarla al salir, y siempre a su vera están la hija o la madreguardándola con codicia.

—Está bien que Carmen no vaya sola.

—Bien estará; pero esas mujeres no me van gustando. Se dice que en lacasa hay muchos disturbios, que los hijos son para la madre tan maloscomo lo fué el marido….

Salvador, muy preocupado, hablando consigo mismo, dijo en voz alta:

—Habrá que averiguar si eso es verdad…; muchas veces la gente levantafantasías calumniosas…; ellos son todos algo inconscientes, psíquicospor herencia…. El mismo don Manuel murió de neurastenia renal y fuésiempre exaltado delirante; pero era tan cabal en nobleza y corazón,que su enfermedad no marchitó ninguno de sus bellos sentimientos.

Rita suspiraba.

—El, era otra cosa; nunca la «manía» que todos ellos padecen le dió porreñir ni por dañar…: gozaba en hacer bien, y si en sus tiempos fuéenamoradizo y zarandero, pagado lo hubo en buenas obras….

Algosospechoso andaba de su hermana, que a mí una noche bien me quisosonsacar los sentires que de ella tenía…; pero ¿cómo iba una aadivinar?… Teníala yo además poco tratada. Siempre la casona deRucanto fué secreta y aduendada para los lugareños…. Servidores delvalle no los quieren; pero los forasteros que les vienen de criados pocoduran, y, antes de najarse, algo murmuran en el pueblo.

—Pues es necesario enterarse de la verdad de esas habladurías….Indaga tú, Rita; yo también he de averiguar algo de lo que nosinteresa.

VI

Con aquellos indicios vagos y algunos más seguros que Salvador fuéadquiriendo, la incertidumbre se apoderó de su espíritu y sintió unahonda inquietud atormentadora.

Tuvo la idea de hacer llegar en secreto una carta a manos de Carmen pararecabar de ella una explicación categórica acerca de los misteriostenebrosos de aquella casa.

Después pensó pedir a doña Rebeca, francamente, una entrevista con lamuchacha.

Se dirigió a Rucanto lleno de ansiedad.

Parecía que le esperaban o que le habían visto acercarse, porque lerecibió con mucha gracia una sirviente, conduciéndole a la sala donde,con grata sorpresa, encontró a Carmen sola.

Estaba bordando.

Una nativa autodidaxia la hacía hábil para toda clase de labores, y sunaturaleza pacífica y bien dispuesta se avenía mal con la ociosidad.

Sonrió a Salvador con una encantadora picardía, muy nueva en susemblante.

Él, gozoso de hablarla sin testigos y de verla tan alegre, le acariciólas manos, dudando si la besaría.

Le pareció aquella mañana más mujer, más linda que otras veces, y comosi estuviera un poco desconocida.

Sin que ella hablase, él la interrogó impaciente:

—¿Estás contenta? Venía hoy a preguntarte, ansioso, si vives a tu gustoaquí, si te tratan bien; quiero saber con certeza si eres dichosa.Cuéntame la vida que haces, porque se dice por ahí que en esta casa hayuna zalagarda continua, y a Rita le parece que tú estás triste.

Bajó la niña hacia el bordado sus apacibles ojos oscuros, y un pocoturbada murmuró:

—¿Yo triste?

—¿Lo estás en efecto? ¿Tienes algún deseo, algún disgusto? ¿Es ciertoque aquí no hay paz ni alegría?…

Carmen, esquivando una respuesta categórica, balbució:

—Ellos riñen mucho; pero a mí eso no me importa…: ¡el padrino quisoque yo viviera con su hermana!…

—Siempre que ella fuese para ti buena como una madre….

La pobre niña tenía toda la voz llena de lágrimas cuando exclamó:

—¡Oh, una madre!… ¡Madre mía!…

Salvador, muy impresionado, volvió a tomar entre las suyas las manos dela muchacha.

—Tú sufres, Carmen; es preciso que me lo cuentes todo…: háblamepronto, antes que nadie venga.

Ella, serenándose, tornó a sonreir con graciosa malicia.

—No vendrán ahora, descuida; me han dado un encargo para ti…; tevieron llegar y me mandaron venir a esperarte….

Curioso, preguntó el médico:

—A ver, ¿qué se les ocurre a esas señoras?

Carmen, mirándole con franca mirada deliciosa, le contó sin máspreámbulos:

—Quieren que te cases con Narcisa….

Él soltó una carcajada demasiado expresiva.

La niña, medrosa, le atajó:

—¡Calla, no te rías tan fuerte, hombre!

Pero el médico no podía calmar su hilaridad jocunda.

Ahogando la risa llegó a decir:

—¿De modo que están locas de cierto?

—Sí; locas sí lo están….

—¿O es que quieren burlarse de mí?

—No, eso no; lo dicen en serio; han hablado mucho solas; luego doñaRebeca me ha llamado con suma amabilidad y me ha explicado el asunto,entremetido en muchos refranes…, que «al buen entendedor con pocaspalabras basta»…, que «más vale pájaro en mano que….» El pájaro erestú, ¿sabes?

—¿Sí?… Pues mira, le contestas que «no hay peor sordo que el que noquiere oír»… «que el que mucho abarca poco aprieta»….

Ella le interrumpió con argentina carcajada.

—Yo también tengo muchas ganas de reirme…, mira que casarte tú con Narcisa…, ¡tendría que ver!…

—¿De modo que gracias a esta embajada puedo, al fin, hablar contigolibremente?

—Sí, ¿me querías hablar?…

—¿No te digo que estaba muy inquieto por ti? Se comenta ahora mucho laguerra de esta casa….

—Déjalos que estén en guerra….

—Pero tú padeces.

—Yo estoy tranquila, Salvador; en todas partes tendría que sufrir.

—¿Y por qué, hija?

Ella volvió a inclinar la frente y, otra vez, eludiendo una explicación,dijo:

—Estos días están muy amables conmigo.

—¿Estos días solamente?…

Carmen no quería responder con franqueza, y salió diciendo:

—¿No sabes que va a venir Fernando?

—¿El marino?

—Sí.

—¿Y a qué viene?

—A pasar una temporada…: ese dicen que es bueno.

—Pero; ¿de verdad son malos los otros?

—¿Malos?… ¡Es que están algo locos!…

—Tú no tienes confianza conmigo, Carmen; eso me entristece….

Ella le miró cariñosa.

—Sí que la tengo…; ¿tú qué puedes hacer?… Ya no tiene remedio….

—¿Como que no?… Yo puedo hacerlo todo; todo, ¿entiendes?… Y lo harési es preciso; sólo falta que tú me autorices para ello.

—¿Qué harías?

—Llevarte adonde estuvieras a tu gusto…. Para eso estoy en el mundo,para velar por ti.

—¿Para eso?

—¿Y lo dudas? ¿No te lo aseguré el día en que saliste de Luzmela? ¿Nosabes que el padrino me lo dejó encargado?…

Aquella evocación alteró la expresión resignada de la niña. Seensombreció su rostro peregrino y estuvo a punto de romper a llorar.

Logró contenerse con un gran esfuerzo, y entregó su mano temblorosa aljoven para protestarle.

—Gracias, gracias….

El, muy conmovido, besó religiosamente aquella linda mano, insistiendo:

—Dime, ¿te quieres ir de esta casa?

—No, no; aquí me quedaré; si fuera necesario te avisaría.

—¿Me lo prometes?

—Prometido.

Se quedaron callados un momento; después Carmen preguntó con sobresalto:

—Y ¿qué diré a doña Rebeca de mi comisión?… La he cumplido muy mal.De antemano sabía que tú ibas a reirte, y he gozado con que juntos nosburlásemos un poco de las dos…. No tiene Narcisa ningún novio,¿sabes?, y te querían a ti porque eres rico. Me encargó la madre que telo propusiese como ocurrencia mía…; que te dijese cosas muy buenas dela chica…. Y no te las digo por si acaso las crees y te casas conella…. Luego estarías bien desesperado…. Además de ser locas sonmalas; hablan infamias de todo el mundo, de ti también, y delpadrino….

—¡Pobre Carmen!… Así no puedes vivir…. Yo arreglaré esto.

Carmen, lanzada involuntariamente al terreno de las confidencias, añadiótodavía:

—De Andrés tengo miedo…, y también de Julio….

Salvador estaba consternado; se había puesto de pie con impaciencia, yella insistió, siempre alarmada:

—¿Y qué le diré a doña Rebeca … de «eso»?…

—¿De qué, hija mía?

—De la boda….

Y todavía la niña se rió, un poco burlona.

—Pues, le dirás que yo no pienso casarme nunca.

—¿Nunca?… ¿Y es de veras?

La miró Salvador, largamente, para decir:

—Hasta que tú te cases.

Ella, enrojecida, no supo qué replicar.

En la casa, sumida en raro silencio, se oyeron entonces pasos y rumores.

Salvador, deseando esquivar en aquel momento la persecución de lasseñoras, se despidió de Carmen aceleradamente, prometiéndole volver muypronto y haciéndole prometer que, entretanto, ella le escribiría conreserva, poniéndole al corriente de su situación, sobre la cual erapreciso resolver en definitiva.

VII

Era aquél un día de emociones en Rucanto.

Saboreaba las suyas Carmencita, olvidada de todo para pensar en los díasfelices de Luzmela, evocados por la cariñosa visita de su único amigo.

De pronto cayó sobre su ensueño la voz punzante de doña Rebeca,interrogando:

—¿Se fué ya?

La joven se estremeció y, azorada, repuso:

—Ya….

—¿Y no has llamado a «tu prima»?

Tímida para disculparse, guardó silencio la joven, y doña Rebecacontuvo a duras penas su enojo, deseando explorar el resultado de lasgestiones que la encomendó.

—Habla, hija mía; ¿qué te ha dicho el médico?… ¿Le ponderaste aNarcisa?… La pobre Narcisa te quiere mucho; hoy me ha dicho que tienesya que aliviar el luto y salir con ella a paseo. Vamos, explícate:¿confesó que le era simpática?… ¡El siempre le echa unos ojos!…

Carmen, obligada a responder, torpe y confusa, dijo sencillamente.

—Me ha dicho que no piensa casarse nunca.

La señora, descompuesta en un instante, bramando de furor, alzó losbrazos sarmentosos sobre la cabeza de la niña.

Luego se tiró de los pelos. Uno de sus desahogos favoritos eraencresparse la melena blanca, que debiera ser albo nimbo de suancianidad.

Con la voz temblequeante de despecho, inquirió:

—Y ¿le has ofrecido mi hija?… ¡Mi hija despreciada por eseadvenedizo, un hijo de mala madre, ladrón, asesino!…

Carmen cerró los ojos, se tapó los oídos, se encogió en su sillapequeña, toda confundida y horrorizada.

Doña Rebeca seguía avanzando hacia la infeliz; le echaba encima sualiento fatigoso y le escupía en la cara los insultos.

—Te aborrezco, usurpadora, infame; que no puedes ver a mi hija porquees mejor nacida que tú, y más guapa y más rica….

Dió un manotazo furioso encima del bastidor, que rodó por el suelo. Ladébil madera del telar había gemido rota.

Entonces Carmen se levantó con un instintivo impulso de defensa.

Estaba blanca y tenía en los ojos un extraño fulgor.

Los puso en doña Rebeca con tal expresión de firmeza y desprecio, que lavieja abatió los brazos y la voz para murmurar:

—¿Me desafías?… ¿Te burlas de mí?… Tú eres la santa…, lasanta….

Esta palabra mordaz, aplicada pérfidamente, tenía el privilegio deaplacar las rebeliones de Carmen, tan humanas y tan justas.

Humilló la mirada, y cogió del suelo el bastidor.

Estaba pensando: ¡Santa! Todavía no lo soy; me sublevo; me he mofado deellas con Salvador…, las he acusado…, casi las odio…. ¡Dios mío,hazme buena, hazme santa!…

Doña Rebeca, jadeante, necesitaba descansar; pasó en seguida de lotrágico a lo jocoso; con una extraordinaria facilidad, para decir:

—«

No por mucho madrugar amanece más temprano

»…. «

El que con niñosse acuesta

….»

Entró en aquel momento la señorita de la casa. Estaba muy retepeinada ygarifa, en previsión de que la hubieran llamado para aceptarbenignamente los homenajes del médico, pero había oído los gritos de sumamá, y acudía ceñuda y grave al lugar de la catástrofe.

Viendo a Carmen descolorida y confusa, desmelenada y rendida a su madre,adivinó el resultado de sus tentativas, y ya se iba a insolentar, cuandouna voz providente dijo en la puerta:

—Señora, un telegrama….

Dió dos saltitos doña Rebeca para apoderarse del papel azul, y Narcisa,olvidada de sus propósitos, giró como una veleta hacia la noticiatelegráfica.

VIII

Aprovechó Carmen aquel afortunado momento para escaparse. Tenía en eldesván un pequeño refugio donde había pasado muchas horas de miedo y dedolor.

Era un cuartito con una tronera alzada sobre el alero del tejado; nadiele habitaba, y ella solía subir allí a ver cómo el sol pasaba por elvalle, a mandar un beso a la torre lejana de Luzmela y una oración alalto cementerio, donde su protector dormía ajeno a tanta desventura.

Se oía desde el alto rincón la voz recia del

Salia

, acordada eneterno cantar glorioso.

Carmen, engolfándose allí en la exaltación de los más altospensamientos, no desdeñaba la amistad de un ser miserable, que solíaesperarla en el solitario lugar y acariciarla humildemente.

Era un gato, que habitaba casi siempre por aquellos andurriales huyendode la escoba de doña Rebeca.

Tan ruin era y tan feo, que le llamaban

Desdicha

.

Carmen le llevaba con frecuencia algo de comer, y el pobre animal lepagaba su compasión con artísticos arqueos y amorosos ronquidos.

Muchas veces, contemplando ella los cambiantes policromos de los ojosdel gato, pensaba que eran aquellas bestiales pupilas las únicas que enla casona la miraban sin encono; y cuando el maullido blando y lastimosode

Desdicha

la llamaba con cariñosas inflexiones de gratitud, lesonreía como a un ser racional y le hablaba dulcemente, respondiendo asus insinuantes confidencias….

En una de las frecuentes escapatorias al desván, Carmen habíadescubierto entre inservibles trastos la imagen tallada en madera de unNiño Jesús.

Medía un palmo de altura, estaba desnudo y era una escultura tosca. Lacarita, atristada y borrosa, tenía unos ojos clementes, de los cualeshabían resbalado a las mejillas unas lágrimas de muy dudoso arte.

A Carmencita le dió mucha lástima de aquel inconsolable dolor rodandopor el rostro bendito.

Tomó la imagen y la aseó; y a escondidas, con sobresaltos y recelos, lehizo una túnica piadosa con el traje blanco de triste membranza.

El Niño estaba sobre un mundo dorado, encima de una peana rústica.

Buscó la joven un rinconcito donde colocarle, en uno de aquellos mueblesrotos, y allí escondido le visitaba todos los días y le contaba enplática muda y tierna sus dolores solitarios.

Aquella mañana fué a verle y le pareció que él también estaba másafligido que nunca.

Después se asomó a contemplar la torre grave y maciza de Luzmela, latorre amiga de su corazón.

Mirándola estaba con sus bellos ojos empañecidos de tristezas, cuando Desdicha

la vino a saludar con expresivos arqueos y ronroneosapremiantes. Ella le acarició, prometiéndole un regalo para más tarde, ycomo algunas lágrimas ardientes cayesen entonces sobra la piel tigresadel animal, volvió éste hacia la niña sus ojos mortecinos llenos demansedumbre y le dijo algo piadoso en su bárbaro lenguaje; después lamiócon delicia las gotas cálidas del llanto y tornó a sus arqueos y a susronquidos amistosos.

Carmen se inclinó hacia el pobre

Desdicha

hasta rozar con sus labiosrojeantes la piel hirsuta del animal; luego le colocó blandamente en elalfeizar de la ventana, a la

raita

del sol, y despidiéndose con pesarde la vista del valle y del cantar del Salia

, bajó al piso principal,porque era medio día, y se comía allí a las doce en punto.

IX

El papelito azul decía:

«

Llego en el expreso.—Fernando

».

Y toda la casa se había revuelto.

La comida no estaba pronta. Había un trajín impaciente de muebles enhabitaciones, y cada vez que la madre y la hija se encontraban en mediode tal jaleo, reñían y se increpaban, porque Narcisa, celosa siempre delhermano buen mozo y seductor, opinaba que aquellos eran demasiadospreparativos para recibirle, y protestaba con satíricas frases deaquella revolución inusitada.

En esto llegó Andrés. Traía hambre y estaba de muy mal humor.

El retraso de la comida le soliviantó, y al enterarse del motivo deaquellas alteraciones preguntó irritado:

—Y ¿a qué viene

ese

?

Doña Rebeca le contestó con autoritario tono:

—Viene a casa de su madre; hace seis años que no le veo, tiene tantoderecho como tú a vivir conmigo.

—¿Derecho?… El tiene carrera…; tú le prefieres porque es guapo, leconsientes todos sus caprichos y le das dinero….

Descargó un puñetazo sobre la mesa, con toda la reciedumbre de sus puñospotentes, y platos y copas saltaron con estruendo y destrozo.

—¡Está borracho!—dijo Narcisa con desprecio.

El se revolvió como una fiera, y le tiró a la cabeza su bastón decachiporra.

Se dió a gritos doña Rebeca; Narcisa, ilesa, inventó un desmayo, y Julioiluminó con un destello de feroz alegría su vidriosa mirada.

Andrés, creyendo que había herido a su hermana, improvisó un segundoacto melodramático, y aprovechando una iracunda mirada de su madre,fingió querer clavarse en el pecho un inofensivo cuchillo de postre.

La cándida niña de Luzmela, con un espontáneo movimiento de humanidad,corrió a estorbarle el

«suicidio», y aquella fué la primera vez que élmiró a la muchacha con detención y de cerca.

La encontró muy hermosa; toda su materia se estremeció, y al entregarleel cuchillo sin la menor resistencia le sobó las manos groseramente.

Quedó aplacado el guijarreño mozo por la magia de aquella sorpresa, ycomo Narcisa creyese prudente recobrarse «del síncope», porque la sopase estaba enfriando, se hizo la paz en un minuto, Julio dejó de sonreir,y todos se sentaron a la mesa, provista de otros platos y de otrascopas.

Comieron de prisa y comieron mucho; allí siempre se comía mucho. Con lasbocas llenas de insultos, en discordia, en pelea, los guisos y lasbotellas se despachaban lindamente….

Doña Rebeca, muy amable con Carmen, la llamó

sobrinita

varias veces yla instó a repetir de algunos platos.

La niña, incapaz de acostumbrarse a tales mudanzas estupendas, no sabíasi temer o alegrarse en aquella ocasión, y sintiéndose al fin contagiadapor la extraña tranquilidad general, esperó curiosa la hora del trenexpreso, que era la de las cuatro de la tarde.

X

Creyó doña Rebeca oportuno dar dinero a su hijo Andrés, con más larguezaque de costumbre, para que se fuera contento por muchos días; pero élapuñando el pago de la ausencia, no se alejó sin rezongar y sin echarsobre Carmen una mirada licenciosa.

Afortunadamente, la muchacha, distraída por los extraordinarios sucesosde aquel día, no había notado la brutal impresión que estaba causando enAndrés.

A la hora oportuna bajaron las señoras a la estación, y Carmen se quedósola. Ella nunca salía sino a la huerta o al campo…. ¿Qué iba a haceren lugares de pública reunión una chiquilla recogida de caridad ysiempre enlutada y triste? La niña había llegado a creer que doña Rebecatenía razón en disponer así de sus florecientes diez y siete años, y nointentaba nunca quebrantar este decreto, martirial y absurdo, que larecluía siempre en grave soledad.

Apenas salieron la madre y la hija, Carmen oyó que Julio aullaba en sudormitorio, y temiendo que saliera a asustarla desde algún rincón consus ojos crueles, bajó al zaguán y se puso a escuchar el silencio de latarde.

Sintióse a poco, por el jardín adelante, un rumor de palabras.

Sobre la dura voz de Narcisa y la chillona de su madre, otra, sonora yfirme, se alzaba risueña.

Carmen se asomó a mirar.

Allí estaba Fernando, esbelto, seductor, con su cara pálida y fina, subigote negro, sus ojos endrinos y soñadores.

Tenía despejada la frente, rizo el cabello obscuro, y sensual la boca,sonreidora y correcta.

Entró el viajero en el zaguán, y quedóse la muchacha fascinada, dudandosi en efecto sería aquel Fernando Alvarez de la Torre hijo de doñaRebeca.

Pero lo era, porque viéndola él replegada contra el muro, preguntó a sumadre:

—¿Esta es la hija del tío Manuel?

Y sin esperar respuesta, la abrazó con efusión, la miró con entusiasmo ydeclaró al fin:

—¡Es muy bonita…, muy bonita!

Carmen estaba encantada, Narcisa furiosa, y doña Rebeca parecíaabstraída en perplejidades y temores, con un aire lánguido de víctima,muy mal avenido con su figurilla inquieta y alocada. Sentía un enfermizoreblandecimiento de amor maternal hacia el marino, y veía avecindarse entorno suyo los iracundos celos de Narcisa.

Esta perspectiva, ¿la entristecía o la alegraba?… Era difícilaveriguarlo, porque su aspecto, adolecido, parecía poco sincero. ¿Acasono estaba ella en su elemento cuando más fuertes se desencadenaban en lacasona las tempestades familiares?…

Se habían quedado todos sumidos en un silencio molesto, durante el cualla galante sonrisa de Fernando siguió fija en el turbado rostro de laniña de Luzmela, y entonces la señora instó a su hijo a subir,ponderando con entrecortada voz, muy fingida y lacrimosa, los anhelosque sentía de verle a su lado y recrearse con su presencia.

Tan pronto como ellos desaparecieron, Narcisa empezó a trastear conbruscos ademanes; quitaba y ponía sillas de un lado a otro, empujaba apuntapiés el equipaje de su hermano, y silbaba unas amargasmurmuraciones.

—Ya tenemos en casa el viril; ya está aquí el oráculo; se completó lasección de estorbos…. Entre chiquillas de la calle y señoritos guaposvamos a estar divertidos….

Carmen, sin atender a Narcisa, estaba sintiendo todavía cómo laacariciaba dulcemente la sonrisa serena del marino.

En pocas horas cambió Fernando el semblante sombrío de la casa.

Cantó, abrió los balcones con estrépito, y una brisa otoñal, odorante ypura, refrescó las habitaciones lóbregas, cerradas por el desuso muchotiempo.

No quiso la que le habían preparado, sino otra mayor, con mejores vistasy peores muebles.

La casona, inmensa, tenía amplios aposentos desmantelados y medioruinosos.

Todas aquellas ventanas carcomidas y gimientes las abrió el marino depar en par, y el sol se tendió perezoso en las estancias, y entraron conél en la casa los rumores soberbios del río y el garganteo melódico delos malvises.

Estaba la mies en derrota; los ganados, libres, sesteaban soñolientos,se refocilaban en bárbaras persecuciones, o pacían en lentas cabezadaslos brotes

sirueños

.

Tintineaban las esquilas en la mansa levedad del ambiente, y todo elvalle se hermoseaba con traje de alegría en la paz geórgica de la tarde.

Fernando prodigaba sus admiraciones a los encantos de aquel panoramadelicioso, y saciando sus ojos de hermosura, rememoraba los añosinfantiles, pródigos en aventuras y promesas.

Mientras tanto, doña Rebeca había dejado de reñir a voces; Julio apenassalía de sus escondites, y Andrés no había vuelto a aparecer por lacasona.

Narcisa, más convencida que nunca de la importancia de su persona y dela sublimidad de su talento, se engolfaba en lamentaciones augurales,presagiando que el regreso tan festejado del marino había de traergraves perjuicios al esclarecido solar de Rucanto….

Con el reciente trasiego de muebles, Narcisa tomó pretextos para lanzarde su cuarto la camita de Carmen, y la niña, muy contenta, eligió paracolocarla un retirado gabinete desalhajado y achacoso, pero con reciallave en la cerradura y ancha ventana abierta al campo, sobre el caminode Luzmela.

Entonces, aprovechando los favorables vientos de paz que reinaban en lacasa, se atrevió a bajar del sobrado la abandonada imagen del NiñoJesús. La puso encima de una rinconera adherida al muro espeso deldormitorio, y se complació en su compañía y en su devoción con místicosarrobos.

Parecióle que el vestidito de la imagen estaba un poco sucio y se lolavó, para volvérselo a poner muy bien alisado y pomposo.

Buscaba todos los días algunas flores que ofrecerle y cada noche, antesde acostarse, le besaba con fervor en las divinas lágrimas.

Una mañana de aquellas estaba peinando la acrespada peluca del Niño consu mano alba y tersa, cuando sintió una inquietud medrosa que le hizovolver la cara.

Por la puerta entornada, los ojos felinos de Julio la perseguían,apostados en la oscuridad como una maldición.

XI

Fernando se complacía en manifestar a Carmen una simpatía franca, llenade atenciones.

Cuidábase poco de su madre y de su hermana, sin preocuparse de merecersu beneplácito.

Desde la primera mirada, vió cómo ellas aborrecían a la niña de Luzmela,y, sin protestar de esta monstruosidad, él se puso a quererla, porque lepareció digna de cariño.

Doña Rebeca tragaba saliva, renegaba de todo lo criado, a media voz, y,quedito, en los pasillos y en los rincones, le decía a Carmen injurias yrefranes con perversa impunidad.

Una calma aparente reinaba en la casona, porque Narcisa, sabiendo quele era imposible contrarrestar la influencia que Fernando ejercía en sumadre, se contentaba con zaherirlos a los dos a cierta distancia delmarino, apagando la voz y mordiendo las desesperaciones de su envidia.

El fracaso de sus tentativas conquistadoras cerca de Salvador la teníafrenética.

Había creído que, por miedo o por conveniencia, Carmen iba a cumplir asatisfacción la extraña embajada; que no era lerda la niña ni le faltabaingenio para enredar una madeja de amores. Pero no había querido, no,¡la pícara, la taimada!…

Uno de aquellos días en que tuvo ocasión de echarle a la muchacha encara lo que ella llamaba su

«ingratitud», tantos cargos terribles lahizo y de tales apariencias de indignación adornó su resentimiento, quela niña llegó a creer en la posibilidad de su culpa.

Mostróse muy apurada entonces, y Narcisa, abusando de aquella turbacióninocente, derrochó sobre la muchacha las recriminaciones y acudiódespués a las amenazas.

Carmen, llena de temor, trató de calmarla, insinuando alguna promesa.

—El me dijo—balbució—que no pensaba casarse…; pero creo que lodijo en broma…; quedó en venir pronto….

La presunta novia apaciguó un tanto sus furores para manifestar:

—No; si a mí por él no me importa un bledo…: tengo pretendientes desobra. Lo que siento es tu mala voluntad, tu poca complacencia…. Setrataba solamente de conocer sus intenciones…, de saber por qué nosvisita tanto…. Por ti no será…: ¡dicen que sois hermanos!…

La niña, recobrándose, contestó al punto:

—Si fuese cierto, por mí vendría….

—O no, que a los hermanos no les da tan fuerte. Ya ves lo que semolestan por mí los míos…, ¡como yo por ellos!…

No oyó Carmen estas últimas palabras, embebida en la ilusión de pensarque Salvador pudiera ser su hermano.

La otra argulló todavía:

—El bien me mira….

Distraída afirmó la muchacha:

—Sí…, él bien te mira….

—Bueno; pues quiero conocer sus propósitos, porque así estamosperdiendo el tiempo, y yo me perjudico.

Aun dijo Carmen, perpleja:

—Tú te perjudicas….

—Pues es preciso que te enteres pronto y bien de su intención…, condisimulo…, y si no, ¡pobre de ti!

La niña, como un eco, repitió mentalmente:

—¡Pobre de mí!

XII

Y sin embargo, Carmen ya no era tan pobre; tenía un amigo influyente enla casona donde antes sólo tuvo un Niño Jesús de madera y un gato feo yruin.

Con lozana alegría empezaba a florecer su corazón amoroso; y seducidapor aquellos primeros favores de la suerte, se sintió tan deseosa depaces y treguas en la batalla de su senda oprimida, que pensó encongraciar con un ardid a la terrible señorita de la casa, escribiendo aSalvador dos renglones que pudieran convertirse en alguna esperanza parala cazadora de novios.

Y ella, tan sin artificios ni dobleces, imaginó en seguida un mediofácil y seguro de hacer llegar su misiva a las manos del médico.

Era un sábado, y doña Rebeca daba algunas limosnas en ese día, por viejarutina de la casa. Solía la niña repartirlas, y tenía un pobre favoritomuy socorrido por ella en sus prósperos días de Luzmela.

Aguardóle, y, con misterio, le dió su papel para Salvador.

En él decía:

«Estoy bien y mucho más contenta; no dejes de venir pronto a vernos yprocura estar amable con Narcisa: es un favor que te pido».

Después que el emisario partió, gozoso de servir a su bella protectora,Carmen se quedó arrepentida de inducir a Salvador a una farsa con aquelimpremeditado ruego.

Quiso tranquilizarse pensando:—No será más que una medida para queahora me dejen en paz; él lo hará con gusto cuando yo le explique….—Pero ¿qué le explicaría?… Carmen enrojeció a solas, y sintió en sucorazón un acelerado latido.

Quedóse pensativa….

Entretanto, Andrés se había avistado ya con su hermano.

Llegó el malviviente a la casona un poco menos feroz que otros días.

El y Fernando se saludaron como si la víspera se hubieran visto.

El marino se contentó con decir:

—Estás viejo, hombre….

Andrés le atravesó con sus ojos bizcos, inexpresivos y torpes, y dijo unpoco sarcástico:

—Tú estás más joven.

Se volvieron la espalda. Fernando cantaba una barcarola. Andrés buscabaa su madre para pedirle dinero.

En el corredor se tropezó con Carmen; parecía haberse olvidado de ella,y al verla dió un gruñido y trató de hacerla una caricia.

Sobrecogida, no pudo evitar un ligero grito al esquivar su cuerpoinmaculado de las manazas brutales del hombrón.

Salieron doña Rebeca y Narcisa de sus habitaciones, como dos víboras desus escondrijos, silbando:

—¡Loca!… ¡Si está loca!… ¿Qué escándalo es éste?…

Andrés, detenido en medio del corredor, perseguía a la joven con unamirada estuosa y voraz, y las señoras de la casa, asomadas unas a cadapuerta, atisbaban procaces y malignas.

Fernando, desde la entrada del comedor, sonrió sobre aquella escenaamarga, sin sorpresa ni indignación aparentes, y le dijo a Carmen, quese le había acercado medrosa:

—Anda, vente conmigo un poco a la huerta….

Se hizo el silencio en torno a aquella voz armoniosa que ejercía unmilagroso imperio en la familia, y Carmen, bajo la protección de aquelinflujo bienhechor, se apresuró a obedecer.

Salieron a la huerta por la puerta vidriera del pasillo.

La miraba el marino intensamente, con una delicia manifiesta; ellasentía una turbación extraña.

Iban al mismo paso descuidado, por el sendero, y le dijo él:

—No tengas cuidado ninguno mientras esté yo aquí….

Después, de pronto, murmuró:

—¡Qué bonita eres y qué buena!

Ella, toda estremecida, se quedó silenciosa; su corazón aleteaba conunas agitaciones inefables.

Fernando suspiró. Se inclinó para arrancar entre la hierba unasborrajas, ya casi marchitas, y con otra voz distinta, fraternal yconfidencial, preguntó:

—¿No tienes más que este vestido, Carmen?

—Este, y otro más viejo….

—Y, ¿cuándo te quitas el luto?

—Cuando «ellas» manden….

El tiró las flores distraído y repuso:

—Le quitarás ahora para todos los Santos….

Entonces la niña le miró maravillada, tan llena de admiración, que él,otra vez con acento ardiente, le volvió a decir:

—¡Qué buena eres… y qué hermosa! Te quiero mucho, Carmencita, ¿mequieres tú algo?

Haciendo esfuerzos por serenarse, balbució ella con timidez encantadora:

—Algo, sí….

—¡Divina…, divina!—murmuró el marino, casi en un soliloquio; ydevoraba con delectación el rubor de la muchacha y su emociónprofunda….

Cuando volvieron de aquel breve paseo, Andrés se había marchado sinesperar a comer; Narcisa tenía un pliegue enigmático en su frenteorgullosa, un poco deprimida, y doña Rebeca parecía que había llorado.

Carmen, embebida en algún pensamiento celestial, sin duda, mostraba unaexpresión nueva y radiante, y Julio, que la perseguía con ojosinterrogadores, no quiso comer sin la sal de las lágrimas con que laniña de Luzmela solía sazonar las familiares viandas.

XIII

Estaba Salvador muy asombrado de los renglones de Carmen. Pensó en ir aRucanto al día siguiente con pretexto de saludar a Fernando, y leparecieron largas las horas hasta que llegase la de ver a su amiga.

Se recibió su visita en la casona con mucho agasajo.

Doña Rebeca hízose toda un puro caramelo, y Narcisa, que tardó enpresentarse un buen rato, llegó emperejilada y grave. Era delgadísima ycomponía mañosamente el desgarbo de sus formas mediante postizosfementidos. Vestía con lujo, y llevaba en la cara vulgar una expresióndura, y muchos polvos de color de rosa.

Fernando y Salvador se abrazaron cordialmente; contaban una misma edad yhabían hecho juntos algunas memorables jornadas infantiles.

Cuando entró Narcisa en la sala, Salvador no pudo remediar ciertoazoramiento mortificante, que ella interpretó a su antojo.

Llevaba el médico en la solapa una blanca margarita del jardín de Luzmela.

La señorita de la casa admiró con insinuante ponderación la gracia de laflorecilla, y el joven, por no saber qué hacer ni qué decir, se la quitódel ojal, ofreciéndosela.

Fué aquel un momento incomparable para Narcisa; tomó en triunfo la flor,y se la prendió en el pecho, rebosante de gozo….

Fernando convidó al médico a comer, y las señoras asintieron a lainvitación con tan buena voluntad, que Salvador no pudo evadirse deaceptarla, aunque estuviese muy disgustado allí. No era experto en artesde coquetería femenil, y los manejos astutos de Narcisa le poníannervioso.

Además, se hallaba impaciente por que Carmen le revelase el motivo desu extraña súplica, mientras ella parecía completamente olvidada de dara su amigo esta explicación. Tenía en aquella hora una actitud singulary extraña que acrecentaba su belleza dulcísima. Abstraída y silenciosa,mostrábase ajena a todo lo que no fuera oculto embeleso de su alma.

Salvador la observaba lleno de incertidumbre; y sólo pudo averiguar, alcabo, que de tarde en tarde la muchacha alzaba el vuelo de sus pestañassedeñas hacia los ojos fulgurantes de Fernando….

Cuando, a media tarde, volvía Salvador en su caballo hacia Luzmela, unapena asordada y mordiente lastimaba su corazón, y la gloria del valle yla canción del río, caían sin encantos en la sombra de su espíritu.

XIV

En uno de aquellos días, el marino pasó en la capital algunas horas.

A su regreso colocó sobre la mesa del comedor unos paquetes.

Narcisa corrió a curiosearlos y se complació a la vista de unaselegantes telas de finos colores.

Muy amable, dijo a su hermano:

—Has hecho compras, ¿eh?

Y él, con su galante sonrisa, respondió:

—Sí; unos trajes para Carmencita. Por ahorraros molestias, yo mismoavisé a la modista de Villazón, que vendrá mañana para que la niña elijamodelos.

Narcisa se puso verde.

Con las manos estremecidas sobre las telas, estuvo un momento dudando sipodría tragar su despecho. Tenía asomadas a los labios desdeñosos unasagrias frases de reproche y ofensa, y, con ellas extendidas por toda sucara descompuesta, salió de la estancia dando un tremendo portazo quealzó en todas las habitaciones un eco penetrante.

Fernando, sin perder su risueña actitud, volvióse hacia Carmen, queestaba inmóvil y pasmada, para decirle:

—¿Te gustan los colores?—y le señalaba las telas desdobladas.

La muchacha no se atrevía a responder ni casi a mirar.

El se le acercó afectuoso y la obligó a levantar la cabeza, rozándolecon la mano suavemente la redonda barbilla.

Con acento contenido y amoroso le suplicó, casi al oído:

—¿No te he dicho que mientras yo esté en Rucanto no debes temer nada?

Tenía Carmen cuajados de lágrimas los ojos y era presa de una emociónconfusa, entre grata y doliente.

Llena de sinceridad infantil interrogó ansiosa:

—Y ¿estarás aquí mucho?…

Había tal anhelo revelado y temeroso en esta pregunta, que el impávidomarino, tan señor de sí mismo y tan risueño, sintió una verdaderaemoción de piedad y de ternura.

La estaba mirando a los preciosos ojos ardientes, cuando contestó:

—Estaré… todo el tiempo que tú quieras….

—Entonces, siempre….

—Pues… siempre…. Ya sabes tú que te quiero mucho, ¿verdad?… Eresuna santa, niña, una santa muy hermosa.

Ella, con la incomparable sorpresa de aquel lenguaje cálido y ferviente,llena de efusión murmuró:

—Tú eres bueno….

Bajo la influencia de aquel minuto grande y puro de su vida, repuso Fernando:

—No; no soy bueno…; seré, si tú quieres, «menos malo»…; pero,aunque no soy capaz de nada sublime, tampoco de nada infame.

Y como si quisiera justificar sus palabras, dejó de sugestionar a laniña con su voz conqueridora y con su mirada magnética; la hizollegarse a mirar los vestidos, y quiso hablar de ellos en conversaciónamistosa y festiva.

Pero Carmen seguía extasiada ante una revelación luminosa que la poseíatoda de extraña y honda felicidad.

XV

Se supo en la casona y aun en los alrededores, que doña Rebeca y su hijomayor habían tenido una larga y solemne entrevista.

Y aunque parecía imposible que la señora fuese capaz de sostener unaconversación seria, sin exaltaciones y mudanzas, sin giros insensatos niabsurdas interpretaciones, ello fué cierto que Fernando la sometió aesta penitencia y que empleó en tal empeño toda la fuerza moral con quedominaba a su madre.

Se supo, también, que, al final de esta memorable confidencia, habíasido llamada Narcisa, y que después de escuchar, con mal contenidaimpaciencia, las admoniciones de su hermano, más autoritarias quesuplicantes, salió diciendo, evasivamente y con saña:

—Cásate con ella y te la llevas a navegar; mientras tanto, mamá disponeal fin de su herencia, que ya es hora, y paga lo que debe y salimos aflote…. Eso es lo mejor que podías hacer; ya que tanto te interesa lachica, a la vez que la sacas de penas, nos sacas a todos…. Tú que eresel mayor y el preferido, debes ayudar a tu madre….

Se supo, en fin, que entre otras muchas cosas acordes y sensatas,inusitadas en aquella casa de locos y de suicidas, Fernando dijo conacento honrado:

—Yo no soy capaz de hacerla feliz…; yo no la merezco….

Maravilló mucho que doña Rebeca escuchase el severo sermón de su hijosin tirarse de los pelos ni recitar siquiera un mal refrán, y que, porremate de cuentas, Carmen estrenase en paz sus lindos trajes y saliese apaseo a la Estación, después de la misa mayor del día de los Santos.

La miraron aquella mañana en el pueblo como a una desconocida; parecíaotra.

Llevaba con exquisita gracia su modesto traje de señorita; se habíarecogido sencillamente los cabellos, cuyos ensortijados aladares daban asus sienes puras la idealidad de una corona.

Pero lo más sorprendente, lo más admirable de la niña era aquella suincopiable expresión de delicioso ensueño, que encendía en sus labiossonrisas misteriosas y en sus ojos intensas y divinas luces.

Salvador la encontró al salir de la iglesia; iba Carmen con doña Rebecay el marino.

La señora llevaba un semblante dolorido y amargo como si estuviera bajoel peso de alguna gran desgracia.

Fernando parecía un poco triste; su habitual sonrisa era algo forzada.

Sólo Carmen iba poseída de íntimo gozo lleno de fulgores.

Se quedó Salvador absorto contemplándola, y el dolor causado por ella enel corazón del joven hacía días, se agudizó y le hizo palidecer.

Nada de esto advirtió la muchacha, engolfada en su interno delirio.

Fueron juntos los cuatro hacia la Estación, al paso menudo de doña Rebeca, que acentuaba su actitud de víctima musitando entre suspiros:

De fuera vendrá quien de casa nos echará…; unos nacen conestrella….

Fernando y Carmen se adelantaron un poco, enveredados a la par por lamies adelante.

Mostrábase el otoño benigno y dulce, y era la mañana serena y luminosa.

Tenía el ambiente una cristalina diafanidad, una templanza gozosa.

Las praderas, enverdecidas con un pálido color de esmeralda, ofrecíansuavidad fonge y amable, y en los hondones del terreno alzaban losarroyos su plácido son.

Los bosques, despojados a medias, daban al paisaje una nota melancólicade marchitez poética, y su mantillo abundoso en amustiadas hojas, poníaun contraste pintoresco sobre el terciopelo verde de las campas.

La hoz trágica, abierta en el horizonte, levantaba sus montañas bravas yoscuras hasta el cielo, vestido de índigo color, terso y puro, sin unsolo jirón de nube triste.

Carmen vivía con nuevas y potentes sensaciones toda aquella vidaapacible y fecunda del valle.

Derramaba la sorpresa de sus ilusiones en las caricias con que miraba alcielo y al campo, al bosque y a la montaña, para luego recoger de todaaquella belleza más infinitos anhelos de vida imperecedera, de eternaesperanza de felicidad.

Cuando oyó a su lado la voz amorosa de Fernando, aquella voz que sabíatener para ella acentos subyugadores, irresistibles, se ruborizó dedulcísimo placer.

Él no podía apartar los ojos de la joven.

Parecía que, mirándola, luchaba con una tentación dominante, y que,débil y antojadizo, se dejaba vencer de la mágica tentación.

Hablaron en voz baja, con las miradas confundidas y los corazonesagitados.

Hacían una pareja encantadora.

Mientras tanto, Salvador, acompañando a doña Rebeca, iba gustando unacruel amargura insoportable.

Carmen no le parecía la misma.

No era su hermanita de Luzmela ni su protegida de Rucanto.

Era ya una mujer, era una novia; y lo era a los ojos de todos, a plenosol, en plena posesión de todas las sensaciones divinas del amor,entregando su alma a otro hombre sin volverse a mirar si él padecía, siél se quedaba solo en el mundo, abandonado del único objeto de suvida….